Etiqueta: MI PRIMERA NOCHE CON KATHY

CRAZYWORLD XXV


MI PRIMERA NOCHE CON KATHY IV

CRAZYWORLD

MI PRIMERA NOCHE CON KATHY IV

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Las dificultades de la penetración fueron para mí más un aliciente que un obstáculo. La conocida como postura del misionero parecía ser la mejor, aunque aquel impedimento que ella tenía entre sus muslos me obligó a tomarla de las piernas, subirla, bajarla, rotar mi pene como un tornillo torcido, buscando el perfecto acoplamiento con la tuerca, actuar con mucha suavidad a la hora de superar por algún hueco aquella berenjena palpitante que no dejaba de crecer conforme la excitación de Castwoman se intensificaba más y más, como la ululante sirena de la ambulancia crece en volumen conforme se acerca al lugar del accidente. Una vez en el interior, más espacioso, pude relajarme un poco de tanto retorcimiento y dejándome caer con mucha dulzura sobre el hermoso cuerpo de Kathy, me acoplé con fuerza, esperando que ningún movimiento brusco por su parte me obligara a iniciar de nuevo un camino tan resbaladizo como infranqueable. Su clítoris rezumaba en grandes cantidades una sustancia muy pegajosa que se adhería a mi pene y testículos como una babosa. Su frescor era reconfortante, teniendo en cuenta el calor que exhalaba mi bajo vientre, muy magullado, el dolor persistente e inquietante de mis testículos, forzados por la excitación “in crescendo” a producir más espermatozoides de los que seguramente había generado en toda su vida útil y sobre todo el posible despellejamiento de mi pene, que aunque no podía verlo, sí notaba la piel como frotada una y otra vez por piedra pómez. El glande acumulaba tanta sangre que de haberme capado en aquel instante hubiera muerto al perder toda la sangre de mi cuerpo “ipso facto”. Estaba tan dolorido que solo aquella excitación incomprensible e inaudita le permitía mantener la cabeza erguida, como un soldado de honor, que antes se dejara cortar la cabeza que arrodillarse.

 

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El olor que se desprendía de la berenjena de Kathy hubiera podido ser catalogado de apestoso, de no ser por sus efectos de pócima mágica. Intentaba cerrar mis conductos nasales porque bastaba una pizca de aquel perfume en mi pituitaria para sufrir una sacudida electromecánica en mis caderas que me obligaba a retroceder a toda prisa y luego a proyectar mi bajo vientre entre sus muslos, como una catapulta tensa hasta el límite a la que el soldado encargado hubiera cortado la cuerda con el filo de su cortante espada. El perfume rascaba mi pituitaria, haciéndome estornudar, y con cada estornudo mis caderas retrocedían bruscamente y luego se lanzaban hacia delante como la piedra de la catapulta. Con cada embestida la berenjena se comprimía y lanzaba un chorrito de líquido pegajoso y hasta tuve la sensación de que también proyectaba un gas que refrescaba mis muslos, el escroto, el pene, subiendo por mi bajo vientre hasta mi ombligo y de allí arrastrándose hasta la garganta que se encogía rítmicamente dejándome sin respiración a veces y luego obligándome a introducir el aire en grandes bocanadas. Junto con el frescor otra sustancia ignota estiraba la piel, abría los poros, tensaba todos los músculos, ablandaba toda carne y la estimulación resultaba tan completa y feroz que hasta los poros de la piel parecían desear abandonar su forma ginecea, vaginal, pistilar, receptiva, para transformarse en pequeños penecitos deseando crecer y penetrar, todos juntos, todos a la vez. Sentía crecer en mí infinidad de penes, todos ansiosos por apoderarse de la Venusberg para ellos solos. Aquella excitación me llevaba al paroxismo y penetraba y penetraba con el único pene que poseía y que ya estaba dentro y salía como un muelle roto. Toda mi preocupación consistía en que el retroceso no fuera total y fatal, para evitarme aquel doloroso y angustioso camino de tornillo torcido buscando la tuerca escondida.

Era imposible tomarse un respiro, las secreciones berenjenales tenían a mi sufrido cuerpo en pie de guerra a cada instante y conforme más penetraba y me sacudía en su interior, la excitación más y más aumentaba, hasta el punto de comenzar a sudar como en una sauna, a pesar del frescor de aquel supuesto gas que me subía hasta la garganta desde los muslos, todo mi cuerpo estaba húmedo y resbaladizo, mis músculos en tensión, mis ojos desorbitados, mi garganta oprimida de donde pugnaban por salir aullidos lobeznos, y mis caderas eran ya totalmente incontrolables, adoptando el ritmo marcado por aquella berenjena infernal que se comprimía para luego expandirse y arrojar más sustancia pegajosa, como un líquido seminal femenino, inextinguible, insaciable, adhiriéndose a la piel de mis muslos y de mi bajo vientre como un rebaño de babosillas buscando la sangre escondida en las venas ocultas. Y conforme el olor aumentaba, apestoso y delicioso al mismo tiempo, el coito se fue haciendo más y más feroz. Kathy chillaba como si la estuviera desollando, yo sudaba y resbalaba, sentía vértigo allá arriba, los ojos me daban vueltas, los oídos parecían haberse bloqueado porque solo podía percibir un persistente zumbido como de un moscardón metálico que ocultaba todo ruido del entorno que no fuera el chillido sopranil y percutiente del gemido de Catwoman, mis jadeos estentóreos y ese grito que pugnaba por salir y se bloqueaba una y otra vez ante la incapacidad de que mi pene explotara de una vez y todo lo que tuviera que salir, saliera como un misil húmedo y pegajoso. Porque la angustia de no ser capaz de eyacular me estaba poniendo frenético. Cada vez que el climas parecía haber llegado a la cúspide, que el miembro había engordado tanto que necesariamente era preciso que explotara, cuando sentía toda la sangre agolpándose en el glande, y los testículos bombeando litros y litros de semen que obligatoriamente deberían salir por el conducto o reventar, entonces la berenjena crecía un poco más, se comprimía un momento y luego arrojaba una nueva y más grande dosis mortífera.

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Quería explotar o morir y al mismo tiempo deseaba que todo aquel infierno de lujuria continuara hasta el fin de los tiempos. Kathy parecía desear lo mismo porque sus piernas se habían cerrado sobre mis caderas, como una tenaza, sus brazos me sujetaban por la espalda como dos cadenas y sus dedos se habían clavado en mi columna vertebral con la agudeza percutiente de las uñas de una gata. Su boca mordía mi pecho con los incisivos afilados de una gata en celo y la sangre resbalaba por mi espalda y por mi pecho, el dolor se unía al placer y ambos se juntaban en un éxtasis feroz que no podía saber cuánto tiempo llevaba estirándose, pero que estaba convencido de que acabaría explotando o saldría disparado como un misil, atravesando techo y tejado, hasta reventar en el aire, en plena estratosfera.

No soy capaz de imaginarme cuántos orgasmos había sufrido Catwoman desde que estábamos enlazados, pero el mío se hacía esperar tanto que mis caderas habían alcanzado el movimiento imperceptible de una cámara rápida al máximo. Por fin algo se rompió allá abajo, creí que mis testículos habían reventado como un pantano al máximo de su capacidad y un torrente de líquido seminal, espermatozoides frenéticos, pugnando por no ahogarse en aquella corriente rápida, infernal, que parecía moverse en cascadas saltarinas, buscando un desagüe, pugnando por ser el primero que fertilizara aquel óvulo extraterrestre que parecía bombear hacia dentro, como un agujero negro. El canal seminal fue incapaz de soportar tanta presión y arrojó todo a la vez hacia el agujerito del glande. El miembro, a punto de reventar, se estiró y estiró y se hinchó aún más, si eso fuera posible y de pronto cuando la primera oleada llegó al agujerito y salió comprimida a niveles cuánticos sentía que todo se rompía en mi interior, el bajo vientre, el alto vientre, el plexo solar, riñones, hígado, toda la parafernalia interna, el sistema circulatorio, respiratorio, los músculos, los tendones, los poros, el cuero cabelludo, las fosas nasales, la garganta, los pulmones, y por último el corazón, que de tanto bombear ya no sabía si la sangre entraba o salía. Mi garganta se desbloqueó de pronto y un grito horrísono, infernal, aullador, imparable llegó hasta mis oídos, los desbloqueó, los taladró y se junto a los aullidos de Kathy y a los del hombre lobo que a lo lejos parecía responder, celoso y envidioso, y al inexpresable sonido de aquella mujer de la que recordaba que ella me había hablado en algún momento de la noche. Al cuarteto operístico se unió el griterío de todos los pacientes de Crazyworld que parecían haberse puesto de acuerdo, junto a las carreras y maldiciones del personal que les perseguía, a los relojes de cuco que alguien, tal vez Jimmy, había puesto en funcionamiento, a la música que se desprendía de los altavoces, también posiblemente causada por El Pecas y a todo lo demás, que era indescifrable en aquella algarabía.

Cuando el torrente terminó de salir y yo de aullar, cuando la Venusberg de Kathy, bien regada, fue haciendo decrecer su clítoris-berenjena y me permitió intentar sacar mi tornillo torcido de la tuerca, comprendí que de no ser por aquel tumulto insufrible que se había formado los aullidos de Catwoman y los míos hubieran provocado algo aún peor. Me pregunté si Kathy lo habría organizado todo, si Jimmy habría colaborado, si esto era normal cuando mi vampira favorita estrenaba a un novato, si Crazyworld era el infierno y yo estaba muerto o era el paraíso para los malos que han sido un poco buenos y se han arrepentido, como era mi caso. Tuve tiempo de reflexionar largo y tendido porque estaba tan agotado que me dejé caer sobre el cuerpo acogedor de Kathy y ésta me dejó hacer hasta que mi peso le resultó insufrible. Entonces me volteó como pudo, me empujó con todas sus fuerzas y yo salí disparado, con tornillo y todo fuera de la cama, quedando espatarrado boca arriba. Lo que ella aprovechó para salir disparada hacia el servicio, cerrar la puerta por dentro y resollar durante largo rato, luego oí la ducha y luego nada más porque mis ojos se cerraron, mi cuerpo se hundió en el suelo y perdí la consciencia de estar entre los vivos.

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CRAZYWORLD XXIV


MI PRIMERA NOCHE CON KATHY III

MI PRIMERA NOCHE CON KATHY/ CONTINUACIÓN

Con el tiempo llegaría a saber muy bien que esa era una excelente señal. Cuanto más fría, más gélida, más caliente, más excitada, más cachonda estaba la gatita. Mi idea era otra. Una piel volcánica indicaba una cachonda suprema. Pero esa era solo una idea del subconsciente puesto que seguía amnésico perdido, no recordaba haber practicado sexo con ninguna mujer. Aunque el sueño podía indicar lo contrario. ¿Sería yo un auténtico gigoló? En cambio la piel volcánica en Kathy indicaba lo contrario, que no había ni pizca de cachondez en ella y que su cólera sorda podía salir al exterior en forma de iceberg impredecible, capaz de hundir cualquier Titanic. Eso lo llegaría a saber con el tiempo, pero ahora solo sabía que ella estaba helada y que parecía ser yo el candidato ideal para calentarla.

Me mordisqueó una oreja y bajó su mano gélida hasta mi carita asustada. Yo continuaba tan sorprendido que solo pude balbucear.

-¿Cómo…? ¿Cómo…?

-Vamos cariño. Eso te lo explicaré luego. Ahora dedícate a la faena.

Se escuchó otra vez el estremecedor aullido de lobo. Se me puso el vello de punta.

-No te asustes. Es solo ese payaso de Kurt. Cuando hay luna llena le da por dar aullidos. Es nuestro hombre lobo.

Mis manos se deslizaron a su culo y lo magrearon con deleite. Kathy se estrechó más contra mí cuerpo y gimió.

-Sigue, sigue. Pensé que nunca llegaría la noche para hacerte una visita. Eres un regalo del cielo. Un bomboncito delicioso.

Continué. Separándola un poco lamí su pezón izquierdo. Ella gimió y exhaló un gritito agradecido.

De pronto escuché de nuevo a la mujer. Parecía estar sufriendo un orgasmo tras otro. Me quedé pasmado.

-No hagas caso, bomboncito, es la estúpida de Mary, una histérica insufrible. En cuanto se monta un poco de jaleo se pone a chillar como si la estuvieran degollando. Luego sufre orgasmo tras orgasmo hasta acabar agotada de tanto chillar. La muy idiota es incapaz de dejar que la toque ningún macho. Se excita con el barullo y el jaleo. Ya le he dicho al subnormal de Jimmy que lse dedique a ella y deje de quejarse de sus periodos e abstinencia. Si consiguiera hacerla gozar una sola vez ella sería suya para siempre.¿Sabes que me respondió ese burro?

-No, Kathy, amor.

-Que era vieja y fea para él y que soltaba ventosidades. Eso es señal de que lo ha intentado y le ha tocado el culo alguna vez. Pero sigamos con lo nuestro. Y no me llames amor, ni gatita. Lo odio. Llámame puta y lo más obsceno que se te ocurra. Eso me pone cachonda.

¡Vaya! Todo en la vida tiene su contrapartida o su opuesto, el día y la noche, lo dulce y lo amargo. Kathy era un bomboncito dulce pero tenía su toque amargo, como estaba comprobando. Me temía que esa no iba a ser la única sorpresa y no lo fue, aunque no adelantemos acontecimientos.

Yo no era un hombre dispuesto a insultar a una mujer, a decirle grosería o incluso a maltratarla, aunque fuera en el acto del amor y porque ella me lo pidiera. Yo era un hombre sensible, dulce, un verdadero pastelito para una mujer. Eso no me iba. Tendría que hacer un esfuerzo desmesurado. De pronto me vino a la cabeza. ¿Qué sabía yo de cómo era realmente? Era un maldito amnésico. No recordaba nada. ¿Habría sido un gigoló? ¿Me las habría tenido que ver con mujeres masoquistas y actuado como un sádico?

Como Kathy insistiera en que yo reparara mi pecado al llamarla amor me vi obligado a soltarle un par de insultos que no quiero citar aquí y unos cuantas groserías sobre su sexo y su persona. A ella le gustó y se restregó contra mí, como una gatita mimosa.

Pude comprobar que cada vez estaba más fría, casi gélida. Eso no me impidió besarla con deleite, como a un polo de fresa. Mi mano hurgó en su entrepierna y acarició su sexo intentando insuflar calor a su congelada tartita de chocolate. Busqué su clítoris y lo manipulé un poco. No mucho, porque algo extraño estaba sucediendo. Me pareció más grande de lo habitual en estos casos. Aunque bien pensado ¡qué sabía yo de lo que era habitual en estos casos! Era como un jovencito virgen, aunque en mi subconsciente debía rendir una sabiduría que iba brotando de forma inconsciente.

Su clítoris estaba creciendo de forma desmesurada y empapándose de un liquidillo lubricante como una esponja, sumergida en la bañera. Estaba rezumando enormes gotas que se convirtieron pronto en un torrente. Un olor fuerte, intenso, acre, llegó a mi nariz. Eso me excitó mucho, sin yo pretenderlo, era como un cóctel de feromonas gatunas le fueran restregadas por el olfato del gato macho. Dejé el clítoris con un estremecimiento.

Kathy, que debía haberlo previsto, se echó a reír.

-No te asustes, bomboncito de licor, mi clítoris es un poco raro. Con la excitación crece y crece hasta transformarse en una berenjena. Eso es buena señal. Significa que me has puesto muy cachonda.

-¿Es eso normal?

-Tu deberías saberlo…Perdona. Olvidaba que eres amnésico. Pues no, no lo es. Me han visto un montón de especialistas que se han quedado pasmados. Me hicieron un montón de pruebas. Me dijeron que era un caso único, jeje. Es un poco molesto para el amante de turno. Cuando se convierte en una berenjena sale al exterior y obstruye la vagina. Por eso me gusta que la tengan pequeña, así tienen menos dificultades para penetrarme y me hacen menos daño.

Kathy echó mano a mi miembro que estaba en plena fase de excitación.

-Tú la tienes grande. Tendrás que andar con cuidado y seguir mis instrucciones.

No pude evitar echar mano a su entrepierna. El clítoris continuaba creciendo y asomándose al extremo. Lo acaricié un poco para hacerme con sus textura . Kathy, gimió y exhaló un gritito. El clítoris estaba muy resbaladizo, empapado. Busqué su raja. Era complicado hasta para un dedo penetrar con semejante obstáculo. Kathy chilló de placer y sus caderas dieron un bote. Llevé mi mano a la nariz, curioso. El olor era tan intenso que casi me desmayo. Me puso frenético, las hormonas parecían lo suficientemente fuertes como para tumbar a un elefante.

-Reconozco que es un poco molesto, pero tiene sus compensaciones. Yo disfruto un trescientos por cien más que una mujer normal. Eso me dijeron es la causa de que sea una ninfómana perdida, según ellos. Nadie puede resistirse a semejante placer. Es adictivo. Los hombres también disfrutan más, por lo visto mi clítoris es un almacén de hormonas, algunas desconocidas. Los machos se vuelven frenéticos y eso ayuda a prolongar la erección. El lado negativo es que penetrarme requiere cierta técnica y tiene sus dificultades.

No podía creerlo. Aquella mujer parecía una máquina sexual. No me sorprendía ya que fuera capaz de trepar como una gata hasta el tejado. Yo también lo haría para alcanzar un orgasmo múltiple y tan intenso. que me ponía el vello de punta con solo imaginarlo.

Kathy restregaba su clítoris que iba alcanzando el tamaño de una berenjena contra mi miembro y a cada restregón gemía, chillaba y se sacudía como un pelele. Yo estaba un poco asustado, pero decidí aprovechar y disfrutar de su cuerpo todo lo que pudiera.

Me centré en sus pechos, los mordisqueé, lamí sus pezones y me deleité con aquel manjar suave, prieto, delicioso. Entre los restregones y mi trabajo en sus pechos Kathy perdió el control y se puso a chillar como una energúmena.

Entonces el hombre lobo volvió a las andadas. Su aullido fue horrísono y lúgubre, como contagiado del frenesí de Kathy. Era para reírse pero no lo hice, muy ocupado en disfrutar de lo que prometía ser una noche memorable y el mejor momento de mi estancia en aquel frenopático infernal. Apenas habían transcurrido veinticuatro horas y ni siquiera podía estar seguro de que el próximo día no fuera el último de mi vida, o de que el chalado del doctor Sun no me encerrara en las celdas de aislamiento, como parecía haber hecho con todos aquella noche, exceptuándonos a mi gatita y a mí. Si todo iba bien –que casi nunca va bien, según la ley de Murphy que acababa de asaltar mi cabeza- mi estancia en Crazyworld prometía mucho, muchas mujeres hermosas dispuestas a darme cariño, mucho camino que recorrer en el tren del placer, pero algo así requería un complot de circunstancias favorables, y allí lo más fácil era que todo se aliara para hacerte la vida imposible, las cariñosas mujeres podrían sufrir un colapso mental y transformarse en mis torturadoras; John Smith, el asesino en serie, bien podría despertar de su letargo o del sueño eterno y hacer una carnicería en menos tiempo del que Kathy alcanzaba un orgasmo, o el Sr. Múltiple Personalidad bien podría sacar a pasear a todas sus personalidades a la vez convirtiendo a Crazyworld en la carrera de aquellos chalados en sus locos cacharros. Nada, que era mejor aprovechar lo que se me ofrecía esta noche que pensar en un futuro incierto. Más vale pájaro en mano que ciento volando. Eso pensaba, sin duda, mi gatita, quien se apoderó del mío como de un pastelito de nata y nueces, disfrutando de cada nuez y cada grano de nata. Dejé de hacerme preguntas sobre el clítoris de Kathy, la berenjena mágica, y de intentar imaginarme su triste historia, de elucubrar sobre aquel sorprendente fenómeno, único en los anales de la medicina, y me dejé llevar hacia el paraíso terrenal, entre las piernas de Catwoman, la Venusberg habitada por una dragona de fuego inextinguible.

CRAZYWORLD XXIII


MI PRIMERA NOCHE CON KATHY II

Pero me costó mucho dormirme. Un montón de imágenes pasaban raudas por mi cabeza. Por si eso fuera poco de pronto se oyó un formidable aullido de lobo. Uuuuuu Era impresionante. Claro que con aquella luna llena sanguinolenta todo era posible. Tardé en comprender que el aullido seguramente procedía de un paciente licántropo o que padeciera alguna rara enfermedad de la que yo nunca hubiera oído hablar. De nuevo fui consciente de mi amnesia, muy curiosa porque algunos conceptos o datos surgían de mi memoria con absoluta naturalidad, pero no podía engarzarlos en vivencias personales y cronológicas. ¿Por qué conocía algunos términos de ciertas enfermedades y otros no? Era un misterio. Me pregunté quién sería el hombre lobo, Jimmy no me había dicho nada, tendría que preguntárselo. Se oyeron voces, carreras, golpes en las puertas…. De pronto una mujer chilló como si la estuvieran degollando durante un minuto y luego al siguiente cambió, parecía estar sufriendo un orgasmo tan terrible que era lógico que sacara al exterior todo el placer que recibía. Me puse la almohada por encima, me tapé los oídos como pude e intenté relajarme. Creo que fue el agotamiento el que me durmió.

EL SUEÑO

Una habitación lujosa. Yo estoy en la cama, desnudo. Es solo una sensación, porque no puedo verme. Acabo de hacer el amor con una dama muy atractiva y exquisita. Ésta se levanta de la cama y se dirige al servicio. Puedo ver su culito con toda claridad. Prieto, hermoso, una joya. Desaparece en el retrete. De pronto sé que soy un gigoló y que aquella señora es una de mis muchas clientas. Mi patrona me está felicitando. Se parece a Joan Collins. Nos hemos acostado muchas veces, aunque no soy capaz de recordarlas todas. Un barullo de imágenes, mujeres desnudas, altas, bajas, feas, atractivas, gordas, delgadas… Todos gimen como en pleno orgasmo y me dicen: sigue…sigue… no te pares.

La mujer regresó del servicio y se quedó parada en el centro de la habitación, frente al lecho. Me levanté un poco en la cama y con las dos manos hice el gesto de enfocarla con una supuesta cámara que tuviera en mis manos y disparar. El rostro, dulce y suave, los pechos, firmes y agresivos, el pubis, un suave triángulo de rizado vello sedoso. Ella se rió.

-¿Te gustaría sacarme alguna foto?

-¡Oh sí, me gustaría conservar este momento para la posteridad!

De pronto estaba junto a la ventana, apretó un botón y la persiana estaba arriba. La luz esplendorosa del sol penetró en el cuarto.

-Ven, tengo un regalo para ti. ¿No te habrás olvidado de que hoy es tu cumpleaños?

-¿En serio? ¿Y cuántos cumplo?

-Jajá. No tienes remedio.

-En serio. No me acuerdo.

Las ropas volaron. Ella debió quitarlas de la cama, no sé cómo. Noté el miembro erecto. No recordaba tampoco haber hecho el amor con ella.

De pronto estuve en la ventana, mirando el exterior. Ella estaba a mi lado, acariciando mi sexo. La tomé por la cintura y mi mano se deslizó a su culo sin darme cuenta.

Algo pude ver, un deportivo rojo. ¿Era un Ferrari? Lo era. De pronto ella estaba en el centro de la habitación. Me ofreció unas llaves. Estaba desnuda. ¿De dónde las había sacado? No se había acercado al bolso.

-Vístete y pruébalo. Sin prisa. Necesito dormir unas horas. Cuando vuelvas despiértame. Como tú sabes.

Estaba en la acera. Vestido. Subí al coche, arranqué y salí disparado. En la ventana ella me hacía un gesto de despedida. ¿Cómo podía verla de espaldas? Atravesé ciudad como un cohete. El deportivo rugía como un león joven, a punto de lanzarse sobre su presa.

Salí a la autopista. Aceleré. Era una sensación extraña. Como si yo estuviera por encima del coche y éste no se moviera. Paisajes. Carreteras desconocidas. Se hizo de noche. Encendí las luces. Un bosque tupido. Una carretera estrecha. Me acordé de pronto de la mujer, esperando que yo la despertara. Me había olvidado de ella. Quise frenar, pero no encontraba el freno. Di un volantazo. El deportivo se me fue. Choqué brúscamente contra un árbol, la cabeza golpeó contra el volante. Sentí un sordo dolor. Quise salir del coche, pero estaba paralizado. Lo intenté una y otra vez. De pronto estuve en lo alto, levitando. Pude ver mi cuerpo, abajo, paralizado sobre el volante. Un charco de sangre salía de mi cabeza. Volé sobre las copas de los árboles. Pasé una cerca. Me encontré de pie, golpeando una puerta de cristal. Nadie me escuchaba. Golpeé con más fuerza una y otra vez… ¿Estaba muerto?

De pronto me desperté. No, no estaba muerto, y aquello no era el estado intermedio budista. Tardé en comprender que alguien golpeaba la ventana. ¿Cómo era posible? Un tercer piso y muy alto.

Escuché. Efectivamente, alguien golpeaba el cristal. Estaba despierto. El cristal retembló. Salté de la cama. Asustado. Abrí la ventana de golpe. ¿Quién estaba allí? ¿Catwoman?

Efectivamente. Una mujer enfundada en un traje ajustado de neopreno, como una buceadora. Una capucha ajustada a su cabeza. Un antifaz. Negro como la noche. Iluminada por la luna. Su mano izquierda se aferraba al alfeizar y la derecha al tubo de desague. No podía ver sus pies.

La mujer gritó.

-Ya era hora. Déjame entrar o acabaré esmochándome.

Instintivamente me puse a un lado. La mujer saltó al interior como una gata. Cayó en cuclillas. Se puso en pie y me miró.

-¿No me reconoces?

-No. No caigo. ¿Catwoman?

-Jajá.

Entonces me di cuenta de que estaba desnudo. Me apresuré a colocar mis manos sobre mis partes pudendas. Ella se rió con más ganas.

-Déjame ver lo que he venido a buscar.

Tardé en comprender. Con vergüenza aparté mis manos del sexo.

-¿Está desnudo mi nene? No me extraña. Se habrá llevado un buen susto.

-¿Cómo…? ¿Cómo…?

-¿Quieres decir cómo he trepado hasta aquí?

-Esa es solo una de mis habilidades. Las otras las conocerás en un instante.

-¿Cómo…? ¿Cómo es posible…?

-Durante un tiempo fui acróbata de circo.

Sabía que me estaba mintiendo, que me estaba tomando el pelo. ¿Aún continuaba soñando?

No. Catwoman caminó hacia mí y al llegar acarició mi sexo. Todo era muy real, ya lo creo. Aquello no podía ser un sueño.

-Vamos a la cama, cariño.

Me empujó. Me introduje en el lecho, bajo las sábanas, tapando mis vergüenzas. Ella se bajo la cremallera del traje, por delante y se quitó la capucha. Pude ver su rostro y su melena al viento. Era…era…era…

-¡Kathy! ¿Cómo…? ¿Cómo…?

-¿Cómo es posible? Ahora verás de lo que soy capaz.

Pude ver sus tetas balanceándose. Estaba desnuda bajo el traje. Se desprendió de él rápidamente. Pude ver su pubis, sus caderas, sus piernas, toda ella. Era realmente preciosa.

-A la luz de la luna no me verás muy bien. Enciende la lamparita.

Lo hice. Me quedé pasmado contemplándola. De pronto recordé el consejo de Jimmy. Sobre la mesita de noche había una toalla doblada, la desdoblé y la coloqué rápidamente sobre la lámpara. Salté de la cama y busqué en el baño. Encontré otra toalla. La puse sobre la lámpara del techo. Luego casi corriendo me acerqué a la mesita y hurgué bajo la toalla. Descubrí un artilugio en el soporte. Tanteé hasta encontrar el interruptor de que me había hablado el Pecas.

Me metí en la cama de un salto. Kathy permanecía de pie, desnuda, en el centro del cuarto, observando risueña mis movimientos.

-¿Qué haces?… ¡Ah, sí! Ese maldito pecoso te habrá hablado de las cámaras y el micrófono. No importa. El doctor Sun podría ver lo que vamos a hacer. No me importa. ¡Que rabie ese cabrón! Quita las toallas.

-No.

Negué al mismo tiempo con la cabeza.

Vale. Como quieras.

Se dirigió contoneándose y muy despacio hacia el lecho, dejando que yo la viera en toda su plenitud.

-¿Te gusta lo que ves?

-Mucho, muchísimo.

Balbuceé aturullado. ¿Sería el sueño un recuerdo de mi pasado? ¿En verdad era yo un gigoló que había terminado en aquel frenopático onírico, surrealista, por casualidades del destino? Entonces recordé mi imagen, que aún no había asimilado. Aquel amnésico que era yo poseía un hermoso cuerpo, ya lo creo. Muy alto, tal vez como un escolta de la NBA, cercano a los dos metros. Musculoso, músculo de gimnasio, piel suave de gigoló, de metrosexual con una estantería de potingues. Rostro duro como un Steve MacQueen de película acción después de haber recibido unos cuantos puñetazos, la nariz algo torcida y la cara como ligeramente hinchada. Toda una reinona de Hollywood. Casi me da la risa. Aún no me sentía vinculado a un cuerpo que desconocía, como si no fuera mío, lo mismo que mi carácter y mi pasado. Pero ahora al menos podía comprender un poco la sensación que estaba causando entre las bellezas de aquel espantable infierno dantesco. No era solo la suerte del novato, no, con un cuerpo como aquel uno podía permitirse guiñar un ojito a la mismísima Ava Gadner. No era extraño que Jimmy, El Pecas, se hubiera pegado a mí como una lapa. Alguna migaja recogería. ¡El muy ladino!

-Pues más te gustará cuando lo cates.

Alzó las ropas que me cubrían -yo me había introducido en el lecho de nuevo, a toda prisa, y tapado mis vergüenzas con toda la ropa a mi disposición- y sonrió como una Catwoman mortífera. Habría preferido un tiempecito para asimilar lo que me estaba pasando… que yo era en realidad un gigoló con un cuerpo espléndido, que el accidente se había producido al pasarme de rosca con un ferrari regalo de una clienta o de mi madame, o de quien fuera, que yo conocía muy bien a la mujer que seguiría esperándome, preocupada, que poco a poco iría recordando mi pasado y que éste parecía tan bueno que salir de allí volvía a ser mi prioridad. Pero antes, antes podría disfrutar de Kathy y de Alices y de Heather y de… Bueno, bueno, no solo el miembro estaba resucitando, también mi supuesta libido insaciable. Pero Catwoman, no me dejó. La también mortífera señorita Ruth tenía razón, Kathy encontraría el modo de acceder a mi dormitorio y de catarme como era debido, lo que no imaginaba es que sería vestida de Catwoman y trepando unos cuantos metros de pared desnuda. Esta mujer era toda una joya, e imprevisible como un rayo.

-Vaya veo que el nene está despertando. Je,je.

Y se introdujo rápidamente en el lecho, restregándose contra mi piel como una gatita mimosa. Noté su piel fría, casi gélida. ¿Tanto frío hacía fuera?

CRAZYWORLD XXIII


Pero me costó mucho dormirme. Un montón de imágenes pasaban raudas por mi cabeza. Por si eso fuera poco de pronto se oyó un formidable aullido de lobo. Uuuuuu Era impresionante. Claro que con aquella luna llena sanguinolenta todo era posible. Tardé en comprender que el aullido seguramente procedía de un paciente licántropo o que padeciera alguna rara enfermedad de la que yo nunca hubiera oído hablar. De nuevo fui consciente de mi amnesia, muy curiosa porque algunos conceptos o datos surgían de mi memoria con absoluta naturalidad, pero no podía engarzarlos en vivencias personales y cronológicas. ¿Por qué conocía algunos términos de ciertas enfermedades y otros no? Era un misterio. Me pregunté quién sería el hombre lobo, Jimmy no me había dicho nada, tendría que preguntárselo. Se oyeron voces, carreras, golpes en las puertas…. De pronto una mujer chilló como si la estuvieran degollando durante un minuto y luego al siguiente cambió, parecía estar sufriendo un orgasmo tan terrible que era lógico que sacara al exterior todo el placer que recibía. Me puse la almohada por encima, me tapé los oídos como pude e intenté relajarme. Creo que fue el agotamiento el que me durmió.

EL SUEÑO

Una habitación lujosa. Yo estoy en la cama, desnudo. Es solo una sensación, porque no puedo verme. Acabo de hacer el amor con una dama muy atractiva y exquisita. Ésta se levanta de la cama y se dirige al servicio. Puedo ver su culito con toda claridad. Prieto, hermoso, una joya. Desaparece en el retrete. De pronto sé que soy un gigoló y que aquella señora es una de mis muchas clientas. Mi patrona me está felicitando. Se parece a Joan Collins. Nos hemos acostado muchas veces, aunque no soy capaz de recordarlas todas. Un barullo de imágenes, mujeres desnudas, altas, bajas, feas, atractivas, gordas, delgadas… Todos gimen como en pleno orgasmo y me dicen: sigue…sigue… no te pares.

La mujer regresó del servicio y se quedó parada en el centro de la habitación, frente al lecho. Me levanté un poco en la cama y con las dos manos hice el gesto de enfocarla con una supuesta cámara que tuviera en mis manos y disparar. El rostro, dulce y suave, los pechos, firmes y agresivos, el pubis, un suave triángulo de rizado vello sedoso. Ella se rió.

-¿Te gustaría sacarme alguna foto?

-¡Oh sí, me gustaría conservar este momento para la posteridad!

De pronto estaba junto a la ventana, apretó un botón y la persiana estaba arriba. La luz esplendorosa del sol penetró en el cuarto.

-Ven, tengo un regalo para ti. ¿No te habrás olvidado de que hoy es tu cumpleaños?

-¿En serio? ¿Y cuántos cumplo?

-Jajá. No tienes remedio.

-En serio. No me acuerdo.

Las ropas volaron. Ella debió quitarlas de la cama, no sé cómo. Noté el miembro erecto. No recordaba tampoco haber hecho el amor con ella.

De pronto estuve en la ventana, mirando el exterior. Ella estaba a mi lado, acariciando mi sexo. La tomé por la cintura y mi mano se deslizó a su culo sin darme cuenta.

Algo pude ver, un deportivo rojo. ¿Era un Ferrari? Lo era. De pronto ella estaba en el centro de la habitación. Me ofreció unas llaves. Estaba desnuda. ¿De dónde las había sacado? No se había acercado al bolso.

-Vístete y pruébalo. Sin prisa. Necesito dormir unas horas. Cuando vuelvas despiértame. Como tú sabes.

Estaba en la acera. Vestido. Subí al coche, arranqué y salí disparado. En la ventana ella me hacía un gesto de despedida. ¿Cómo podía verla de espaldas? Atravesé ciudad como un cohete. El deportivo rugía como un león joven, a punto de lanzarse sobre su presa.

Salí a la autopista. Aceleré. Era una sensación extraña. Como si yo estuviera por encima del coche y éste no se moviera. Paisajes. Carreteras desconocidas. Se hizo de noche. Encendí las luces. Un bosque tupido. Una carretera estrecha. Me acordé de pronto de la mujer, esperando que yo la despertara. Me había olvidado de ella. Quise frenar, pero no encontraba el freno. Di un volantazo. El deportivo se me fue. Choqué brúscamente contra un árbol, la cabeza golpeó contra el volante. Sentí un sordo dolor. Quise salir del coche, pero estaba paralizado. Lo intenté una y otra vez. De pronto estuve en lo alto, levitando. Pude ver mi cuerpo, abajo, paralizado sobre el volante. Un charco de sangre salía de mi cabeza. Volé sobre las copas de los árboles. Pasé una cerca. Me encontré de pie, golpeando una puerta de cristal. Nadie me escuchaba. Golpeé con más fuerza una y otra vez… ¿Estaba muerto?

De pronto me desperté. No, no estaba muerto, y aquello no era el estado intermedio budista. Tardé en comprender que alguien golpeaba la ventana. ¿Cómo era posible? Un tercer piso y muy alto.

Escuché. Efectivamente, alguien golpeaba el cristal. Estaba despierto. El cristal retembló. Salté de la cama. Asustado. Abrí la ventana de golpe. ¿Quién estaba allí? ¿Catwoman?

Efectivamente. Una mujer enfundada en un traje ajustado de neopreno, como una buceadora. Una capucha ajustada a su cabeza. Un antifaz. Negro como la noche. Iluminada por la luna. Su mano izquierda se aferraba al alfeizar y la derecha al tubo de desague. No podía ver sus pies.

La mujer gritó.

-Ya era hora. Déjame entrar o acabaré esmochándome.

Instintivamente me puse a un lado. La mujer saltó al interior como una gata. Cayó en cuclillas. Se puso en pie y me miró.

-¿No me reconoces?

-No. No caigo. ¿Catwoman?

-Jajá.

Entonces me di cuenta de que estaba desnudo. Me apresuré a colocar mis manos sobre mis partes pudendas. Ella se rió con más ganas.

-Déjame ver lo que he venido a buscar.

Tardé en comprender. Con vergüenza aparté mis manos del sexo.

-¿Está desnudo mi nene? No me extraña. Se habrá llevado un buen susto.

-¿Cómo…? ¿Cómo…?

-¿Quieres decir cómo he trepado hasta aquí?

-Esa es solo una de mis habilidades. Las otras las conocerás en un instante.

-¿Cómo…? ¿Cómo es posible…?

-Durante un tiempo fui acróbata de circo.

Sabía que me estaba mintiendo, que me estaba tomando el pelo. ¿Aún continuaba soñando?

No. Catwoman caminó hacia mí y al llegar acarició mi sexo. Todo era muy real, ya lo creo. Aquello no podía ser un sueño.

-Vamos a la cama, cariño.

Me empujó. Me introduje en el lecho, bajo las sábanas, tapando mis vergüenzas. Ella se bajo la cremallera del traje, por delante y se quitó la capucha. Pude ver su rostro y su melena al viento. Era…era…era…

-¡Kathy! ¿Cómo…? ¿Cómo…?

-¿Cómo es posible? Ahora verás de lo que soy capaz.

Pude ver sus tetas balanceándose. Estaba desnuda bajo el traje. Se desprendió de él rápidamente. Pude ver su pubis, sus caderas, sus piernas, toda ella. Era realmente preciosa.

-A la luz de la luna no me verás muy bien. Enciende la lamparita.

Lo hice. Me quedé pasmado contemplándola. De pronto recordé el consejo de Jimmy. Sobre la mesita de noche había una toalla doblada, la desdoblé y la coloqué rápidamente sobre la lámpara. Salté de la cama y busqué en el baño. Encontré otra toalla. La puse sobre la lámpara del techo. Luego casi corriendo me acerqué a la mesita y hurgué bajo la toalla. Descubrí un artilugio en el soporte. Tanteé hasta encontrar el interruptor de que me había hablado el Pecas.

Me metí en la cama de un salto. Kathy permanecía de pie, desnuda, en el centro del cuarto, observando risueña mis movimientos.

-¿Qué haces?… ¡Ah, sí! Ese maldito pecoso te habrá hablado de las cámaras y el micrófono. No importa. El doctor Sun podría ver lo que vamos a hacer. No me importa. ¡Que rabie ese cabrón! Quita las toallas.

-No.

Negué al mismo tiempo con la cabeza.

Vale. Como quieras.

Se dirigió contoneándose y muy despacio hacia el lecho, dejando que yo la viera en toda su plenitud.

-¿Te gusta lo que ves?

-Mucho, muchísimo.

Balbuceé aturullado. ¿Sería el sueño un recuerdo de mi pasado? ¿En verdad era yo un gigoló que había terminado en aquel frenopático onírico, surrealista, por casualidades del destino? Entonces recordé mi imagen, que aún no había asimilado. Aquel amnésico que era yo poseía un hermoso cuerpo, ya lo creo. Muy alto, tal vez como un escolta de la NBA, cercano a los dos metros. Musculoso, músculo de gimnasio, piel suave de gigoló, de metrosexual con una estantería de potingues. Rostro duro como un Steve MacQueen de película acción después de haber recibido unos cuantos puñetazos, la nariz algo torcida y la cara como ligeramente hinchada. Toda una reinona de Hollywood. Casi me da la risa. Aún no me sentía vinculado a un cuerpo que desconocía, como si no fuera mío, lo mismo que mi carácter y mi pasado. Pero ahora al menos podía comprender un poco la sensación que estaba causando entre las bellezas de aquel espantable infierno dantesco. No era solo la suerte del novato, no, con un cuerpo como aquel uno podía permitirse guiñar un ojito a la mismísima Ava Gadner. No era extraño que Jimmy, El Pecas, se hubiera pegado a mí como una lapa. Alguna migaja recogería. ¡El muy ladino!

-Pues más te gustará cuando lo cates.

Alzó las ropas que me cubrían -yo me había introducido en el lecho de nuevo, a toda prisa, y tapado mis vergüenzas con toda la ropa a mi disposición- y sonrió como una Catwoman mortífera. Habría preferido un tiempecito para asimilar lo que me estaba pasando… que yo era en realidad un gigoló con un cuerpo espléndido, que el accidente se había producido al pasarme de rosca con un ferrari regalo de una clienta o de mi madame, o de quien fuera, que yo conocía muy bien a la mujer que seguiría esperándome, preocupada, que poco a poco iría recordando mi pasado y que éste parecía tan bueno que salir de allí volvía a ser mi prioridad. Pero antes, antes podría disfrutar de Kathy y de Alices y de Heather y de… Bueno, bueno, no solo el miembro estaba resucitando, también mi supuesta libido insaciable. Pero Catwoman, no me dejó. La también mortífera señorita Ruth tenía razón, Kathy encontraría el modo de acceder a mi dormitorio y de catarme como era debido, lo que no imaginaba es que sería vestida de Catwoman y trepando unos cuantos metros de pared desnuda. Esta mujer era toda una joya, e imprevisible como un rayo.

-Vaya veo que el nene está despertando. Je,je.

Y se introdujo rápidamente en el lecho, restregándose contra mi piel como una gatita mimosa. Noté su piel fría, casi gélida. ¿Tanto frío hacía fuera?

CRAZYWORLD XXII


MI PRIMERA NOCHE CON KATHY

Logré escaparme de Alice, pero no antes de que me pellizcara un bíceps. Semejantes muestras de cariño y de intimidad lograron que mis mejillas se incendiaran ligeramente. Menos mal que nadie nos había visto… Bueno, es un decir, porque sorprendí a Jimmy mirando con ojos golosos a la camarerita, escondido tras la puerta del salón, de la que asomaba su naricita pecosa. En cuanto estuve a su lado me susurró:

-Si me consigues a Alice habrás pagado parte de la deuda que tienes conmigo.

Me encogí de hombros.

-Haré lo que pueda.

Aquel pecosillo creía haberse transformado en mi gran acreedor. Iría viendo cómo me desenvolvía en Crazyworld, aquella jungla laberíntica, y luego decidiría sobre las supuestas deudas de Jimmy.

La cena transcurrió con cierta tranquilidad. Jimmy escogió la misma mesa, al lado de la cocina. Supuse que para lanzar pellizcos a Alice al pasar, aunque tuve la sensación de que J. era persona non grata. Todo el mundo parecía huirle, especialmente las mujeres. Me pregunté si hasta mi llegada no habría tenido que comer solo y si yo no sería el tonto caído del cielo para terminar con su soledad, la oreja paciente que escuchaba todas sus tonterías sin protestar y el instrumento, el puente, para llegar allí donde él ya no podría volver a llegar.

El menú fue excelente, como no podía ser menos tratándose de una residencia para millonarios. Una sopa de guisantes, seguida de pescado a la plancha y tarta de cerezas. Me pregunté si J. habría pensado en la posibilidad de colarse en la logística de transportes. Me parecía la forma mas obvia de huida, aunque si eso se me había ocurrido a mí también se le habría ocurrido a todo el mundo.

Aproveché para observar con más detenimiento a cada paciente. Si iba a pasar allí una temporadita, mejor saber con quién me tendría que gastar los cuartos y qué incidentes me depararía el futuro con aquel rebaño de gente rara, siendo muy suave en los calificativos.

Todo parecía tranquilo. Observé que algunos pacientes hablaban en voz alta consigo mismos. Otros charlaban animadamente con mis compañeros de mesa, como si estuvieran en un restaurante de lujo en lugar de un frenopático. Me pregunté qué clase de enfermedad padecería. Como J. estaba deseoso de charlar aproveché para hacerle preguntas.

-No te preocupes. En cuanto se nos presente la ocasión asaltaremos el despacho del doctor Sun y podrás ver las historias clínicas de todos.

-¿Cómo piensas hacerlo? ¿Es que le has mangado la llave?

-Tengo una llave maestra. Me la facilitó la señorita Ruth.

-No tienes remedio, Jimmy.

-Hay que buscarse la vida. Esto es una jungla. Ya lo comprobarás.

El tiempo se deslizó con normalidad hasta que el hombre de múltiple personalidad, un maduro espécimen, rayano en la obesidad y vestido de forma estrafalaria, como si se hubiera movido subrepticiamente de habitación en habitación, poniéndose una prenda aquí y otra allá, todas desconjuntadas, de diferentes tamaños y colores y hasta una especie de chal que posiblemente habría mangado en una habitación ocupada por un huésped femenino, se levantó de la mesa, con la sopa de guisantes resbalando de su barbilla y se contoneó como una auténtica mujer hasta llegar a nuestra mesa. Me miró con un remedo de picardía barata y me dijo.

-Joven, es usted muy atractivo. Estoy a su disposición esta noche para un buen polvo. ¿Podría pasar por mi habitación después de cenar?

Se quedó esperando respuesta. El Pecas se tronchaba de risa. Me dio un codazo y me susurró.

-Síguele la corriente o tendremos jaleo.

-Es usted una preciosidad. Cuente conmigo.

El Sr. Múltiple personalidad me lanzó un beso con la yema de los dedos y regresó a su mesa con un contoneo aún más pronunciado.

-Te has pasado un poco, pero has estado bien. La personalidad de Adelita llevaba mucho tiempo sin aflorar. Le debes gustar mucho.

-¿Adelita?

-Una mujer mexicana. Suele cantar a voz en grito aquello de si “Adelita, lala,lalala. Ya sabes. Hoy le ha dado por tirarte los tejos. Esto es nuevo.

Un plato salió volando estrellándose contra la pared. Nos sobresaltamos. Habíamos dejado de seguir el contoneo de Adelita. Antes de llegar a su mesa debió ocurrir algo porque la buena mujer estaba ante la mesa de una pareja madura, los brazos en jarras, contemplando de hito en hito hito al hombre. Este parecía realmente asustado. El plato de la sopa de guisantes parecía ser el suyo, lanzado con mano maestra por “Adelita”. Este se puso a chillar con una voz femenina tan aguada que algunas copas de vino estallaron en mil pedazos.

-No le consiento, caballero, que me mire así el culo. Una dama merece un mínimo de respeto.

-¿Quién es la pareja, Jimmy?

-El matrimonio Durán, esclavos de qué dirán, una pareja de mequetrefes muy ricos. Padecen una patología severa que el doctor Sun ha diagnosticado como “síndrome de personalidad falsamente empática”. SPFE. Se pasan el día pendientes de que nadie hable mal de ellos y cualquier mirada que les dirigen es interpretada de la peor manera posible. Adelita ha escogido muy mal. Los Durán se volverán insoportables durante una buena temporada.

Un celador musculoso, como salido de la nada, se abalanzó sobre Adelita. Intentó hacerle una llave para reducirla pero ésta se volvió como un puma hacia él y le redujo con enorme facilidad con una llave portentosa de muñeca.

-Mala suerte para Ronald, toro sentado, ha hecho surgir la personalidad de Huang Ching Ping, maestro en artes marciales. Ahora tendremos una bonita diversión -dijo y acomodó sus codos en la mesa, dispuesto a presenciar un espectáculo escalofriante-.

Lo fue. Comenzaron a brotar celadores de todas partes, como si lo hicieran de la tierra, que se lanzaron sobre Huang Ching Ping como si intentaran bloquear a un jugador de futbol americano. El maestro se libró de uno, de otro, el tercero impactó con su torso, derribándole. Ambos rodaron por el suelo. Varias meses volcaron. Se oyeron chillidos. Hubo estampidos. El comedor se volvió de pronto un ring de lucha libre. Los golpes y caídas eran tan exagerados y poco creíbles como en este tipo de lucha.

Los celadores lo habrían pasado muy mal de no haber aparecido la señorita Ruth con una especie de pistola de dardos. Disparó a quemarropa sobre el pecho de Huang Chin Ping y éste pronto estuvo roncando en el suelo. Los celadores se arrastraban por el suelo, humillados y quejicosos.

-Un cliente para el doctor Sun. Las celdas de aislamiento ya no estarán vacías.

La señorita Ruth enfundó la pistola y ordenó a Alice que hiciera regresar a los comensales. La tropa volvió a regañadientes pero nadie siguió con la cena, se habían desatado las patologías y aquello era un lío espantoso. El Pecas siguió troceando el pescado, llevándose bocaditos a la boca mientras observaba al personal y me iba contando las incidencias. Yo casi había terminado de comer. Me embutí de paso y deprisa el último trozo de pescado. Terminé el postre y me levanté.

-No puedo soportar esto. Te espero en el jardín.

-Tú te lo pierdes.

Salí de estampida y solo respiré aliviado cuando me encontré fuera del edificio. La noche había caído, una noche despejada, tranquila, con numerosas estrellas en el firmamento y una luna llena muy hermosa, como de hombre lobo, con un colorido como de sangre derramada. Busqué en mis ropas el tabaco. Necesitaba un pitillo. De pronto recordé que era amnésico. ¿Acaso era fumador antes de perder la memoria? Si era así sentía síndrome de abstinencia y ahora no tenía un pitillo a mano.

Se oyó una sirena estridente. En el edificio se escuchaban voces destempladas, ruidos como de platos que se rompían, carreras… A mi lado pasaron varios celadores en ropa de calle, sin duda fuera de servicio. Seguramente estarían en sus residencias, tan tranquilos, cuando oyeron la sirena de alarma. Eso deduje de aquel evento inesperado. Todo se fue calmando. Al cabo de media hora Crazyworld parecía un cementerio. J. no apareció. Me sentía tan cansado que decidí retirarme. Entré en el edifico. Estaba vacío, las luces apagadas. Encontré como pude las escaleras. Subí un piso y otro hasta llegar al tercero. Encontré de nuevo mi cuarto. Cuando iba a abrir la puerta apareció la señorita Ruth, surgiendo de la oscuridad como un fantasma huesudo. Me dio susto de muerte.

-Hemos logrado reducir el motín, la mayoría está en las celdas de aislamiento. Tendré que cerrarte por fuera. Será una noche complicada joven. Intente dormir y olvídese de todo. Oiga lo que oiga permanezca quietecito y en silencio. Volveré a abrir la puerta por la mañana y sobre todo ni se le ocurra facilitarle las cosas a Kathy. Es de todo punto imprevisible lo que hará, más con esta locura que se ha desatado, pero puedes estar seguro que intentará acostarse contigo, no se le ha escapado un novato, paciente o del personal, desde que Crazyworld es Crazyworld. No tengo mucha confianza en que la puerta cerrada la detenga, pero tampoco es cuestión de darle todas las facilidades, dejar la puerta abierta y servirte en bandeja, joven. Lo dicho, intente dormir y si todo va bien mañana se sentirá como nuevo.

No supe qué decir. Entré en el cuarto encendí la luz y a mis espaldas escuché la llave en la cerradura. ¿Me estaba encerrando aquella vieja bruja? En otro momento me hubieran puesto a aporrear la puerta como un loco, pero estaba demasiado cansado. Había sido un día con tantas emociones que me desprendí de la ropa prestada, a manotazos, me quedé en pelota picada y me introduje entre las sábanas con un suspiro de alivio. ¡Al fín! ¡Uff, qué bien!

CRAZYWOLRD XXII


MI PRIMERA NOCHE CON KATHY

Logré escaparme de Alice, pero no antes de que me pellizcara un bíceps. Semejantes muestras de cariño y de intimidad lograron que mis mejillas se incendiaran ligeramente. Menos mal que nadie nos había visto… Bueno, es un decir, porque sorprendí a Jimmy mirando con ojos golosos a la camarerita, escondido tras la puerta del salón, de la que asomaba su naricita pecosa. En cuanto estuve a su lado me susurró:

-Si me consigues a Alice habrás pagado parte de la deuda que tienes conmigo.

Me encogí de hombros.

-Haré lo que pueda.

Aquel pecosillo creía haberse transformado en mi gran acreedor. Iría viendo cómo me desenvolvía en Crazyworld, aquella jungla laberíntica, y luego decidiría sobre las supuestas deudas de Jimmy.

La cena transcurrió con cierta tranquilidad. Jimmy escogió la misma mesa, al lado de la cocina. Supuse que para lanzar pellizcos a Alice al pasar, aunque tuve la sensación de que J. era persona non grata. Todo el mundo parecía huirle, especialmente las mujeres. Me pregunté si hasta mi llegada no habría tenido que comer solo y si yo no sería el tonto caído del cielo para terminar con su soledad, la oreja paciente que escuchaba todas sus tonterías sin protestar y el instrumento, el puente, para llegar allí donde él ya no podría volver a llegar.

El menú fue excelente, como no podía ser menos tratándose de una residencia para millonarios. Una sopa de guisantes, seguida de pescado a la plancha y tarta de cerezas. Me pregunté si J. habría pensado en la posibilidad de colarse en la logística de transportes. Me parecía la forma mas obvia de huida, aunque si eso se me había ocurrido a mí también se le habría ocurrido a todo el mundo.

Aproveché para observar con más detenimiento a cada paciente. Si iba a pasar allí una temporadita, mejor saber con quién me tendría que gastar los cuartos y qué incidentes me depararía el futuro con aquel rebaño de gente rara, siendo muy suave en los calificativos.

Todo parecía tranquilo. Observé que algunos pacientes hablaban en voz alta consigo mismos. Otros charlaban animadamente con mis compañeros de mesa, como si estuvieran en un restaurante de lujo en lugar de un frenopático. Me pregunté qué clase de enfermedad padecería. Como J. estaba deseoso de charlar aproveché para hacerle preguntas.

-No te preocupes. En cuanto se nos presente la ocasión asaltaremos el despacho del doctor Sun y podrás ver las historias clínicas de todos.

-¿Cómo piensas hacerlo? ¿Es que le has mangado la llave?

-Tengo una llave maestra. Me la facilitó la señorita Ruth.

-No tienes remedio, Jimmy.

-Hay que buscarse la vida. Esto es una jungla. Ya lo comprobarás.

El tiempo se deslizó con normalidad hasta que el hombre de múltiple personalidad, un maduro espécimen, rayano en la obesidad y vestido de forma estrafalaria, como si se hubiera movido subrepticiamente de habitación en habitación, poniéndose una prenda aquí y otra allá, todas desconjuntadas, de diferentes tamaños y colores y hasta una especie de chal que posiblemente habría mangado en una habitación ocupada por un huésped femenino, se levantó de la mesa, con la sopa de guisantes resbalando de su barbilla y se contoneó como una auténtica mujer hasta llegar a nuestra mesa. Me miró con un remedo de picardía barata y me dijo.

-Joven, es usted muy atractivo. Estoy a su disposición esta noche para un buen polvo. ¿Podría pasar por mi habitación después de cenar?

Se quedó esperando respuesta. El Pecas se tronchaba de risa. Me dio un codazo y me susurró.

-Síguele la corriente o tendremos jaleo.

-Es usted una preciosidad. Cuente conmigo.

El Sr. Múltiple personalidad me lanzó un beso con la yema de los dedos y regresó a su mesa con un contoneo aún más pronunciado.

-Te has pasado un poco, pero has estado bien. La personalidad de Adelita llevaba mucho tiempo sin aflorar. Le debes gustar mucho.

-¿Adelita?

-Una mujer mexicana. Suele cantar a voz en grito aquello de si “Adelita, lala,lalala. Ya sabes. Hoy le ha dado por tirarte los tejos. Esto es nuevo.

Un plato salió volando estrellándose contra la pared. Nos sobresaltamos. Habíamos dejado de seguir el contoneo de Adelita. Antes de llegar a su mesa debió ocurrir algo porque la buena mujer estaba ante la mesa de una pareja madura, los brazos en jarras, contemplando de hito en hito hito al hombre. Este parecía realmente asustado. El plato de la sopa de guisantes parecía ser el suyo, lanzado con mano maestra por “Adelita”. Este se puso a chillar con una voz femenina tan aguada que algunas copas de vino estallaron en mil pedazos.

-No le consiento, caballero, que me mire así el culo. Una dama merece un mínimo de respeto.

-¿Quién es la pareja, Jimmy?

-El matrimonio Durán, esclavos de qué dirán, una pareja de mequetrefes muy ricos. Padecen una patología severa que el doctor Sun ha diagnosticado como “síndrome de personalidad falsamente empática”. SPFE. Se pasan el día pendientes de que nadie hable mal de ellos y cualquier mirada que les dirigen es interpretada de la peor manera posible. Adelita ha escogido muy mal. Los Durán se volverán insoportables durante una buena temporada.

Un celador musculoso, como salido de la nada, se abalanzó sobre Adelita. Intentó hacerle una llave para reducirla pero ésta se volvió como un puma hacia él y le redujo con enorme facilidad con una llave portentosa de muñeca.

-Mala suerte para Ronald, toro sentado, ha hecho surgir la personalidad de Huang Ching Ping, maestro en artes marciales. Ahora tendremos una bonita diversión -dijo y acomodó sus codos en la mesa, dispuesto a presenciar un espectáculo escalofriante-.

Lo fue. Comenzaron a brotar celadores de todas partes, como si lo hicieran de la tierra, que se lanzaron sobre Huang Ching Ping como si intentaran bloquear a un jugador de futbol americano. El maestro se libró de uno, de otro, el tercero impactó con su torso, derribándole. Ambos rodaron por el suelo. Varias meses volcaron. Se oyeron chillidos. Hubo estampidos. El comedor se volvió de pronto un ring de lucha libre. Los golpes y caídas eran tan exagerados y poco creíbles como en este tipo de lucha.

Los celadores lo habrían pasado muy mal de no haber aparecido la señorita Ruth con una especie de pistola de dardos. Disparó a quemarropa sobre el pecho de Huang Chin Ping y éste pronto estuvo roncando en el suelo. Los celadores se arrastraban por el suelo, humillados y quejicosos.

-Un cliente para el doctor Sun. Las celdas de aislamiento ya no estarán vacías.

La señorita Ruth enfundó la pistola y ordenó a Alice que hiciera regresar a los comensales. La tropa volvió a regañadientes pero nadie siguió con la cena, se habían desatado las patologías y aquello era un lío espantoso. El Pecas siguió troceando el pescado, llevándose bocaditos a la boca mientras observaba al personal y me iba contando las incidencias. Yo casi había terminado de comer. Me embutí de paso y deprisa el último trozo de pescado. Terminé el postre y me levanté.

-No puedo soportar esto. Te espero en el jardín.

-Tú te lo pierdes.

Salí de estampida y solo respiré aliviado cuando me encontré fuera del edificio. La noche había caído, una noche despejada, tranquila, con numerosas estrellas en el firmamento y una luna llena muy hermosa, como de hombre lobo, con un colorido como de sangre derramada. Busqué en mis ropas el tabaco. Necesitaba un pitillo. De pronto recordé que era amnésico. ¿Acaso era fumador antes de perder la memoria? Si era así sentía síndrome de abstinencia y ahora no tenía un pitillo a mano.

Se oyó una sirena estridente. En el edificio se escuchaban voces destempladas, ruidos como de platos que se rompían, carreras… A mi lado pasaron varios celadores en ropa de calle, sin duda fuera de servicio. Seguramente estarían en sus residencias, tan tranquilos, cuando oyeron la sirena de alarma. Eso deduje de aquel evento inesperado. Todo se fue calmando. Al cabo de media hora Crazyworld parecía un cementerio. J. no apareció. Me sentía tan cansado que decidí retirarme. Entré en el edifico. Estaba vacío, las luces apagadas. Encontré como pude las escaleras. Subí un piso y otro hasta llegar al tercero. Encontré de nuevo mi cuarto. Cuando iba a abrir la puerta apareció la señorita Ruth, surgiendo de la oscuridad como un fantasma huesudo. Me dio susto de muerte.

-Hemos logrado reducir el motín, la mayoría está en las celdas de aislamiento. Tendré que cerrarte por fuera. Será una noche complicada joven. Intente dormir y olvídese de todo. Oiga lo que oiga permanezca quietecito y en silencio. Volveré a abrir la puerta por la mañana y sobre todo ni se le ocurra facilitarle las cosas a Kathy. Es de todo punto imprevisible lo que hará, más con esta locura que se ha desatado, pero puedes estar seguro que intentará acostarse contigo, no se le ha escapado un novato, paciente o del personal, desde que Crazyworld es Crazyworld. No tengo mucha confianza en que la puerta cerrada la detenga, pero tampoco es cuestión de darle todas las facilidades, dejar la puerta abierta y servirte en bandeja, joven. Lo dicho, intente dormir y si todo va bien mañana se sentirá como nuevo.

No supe qué decir. Entré en el cuarto encendí la luz y a mis espaldas escuché la llave en la cerradura. ¿Me estaba encerrando aquella vieja bruja? En otro momento me hubieran puesto a aporrear la puerta como un loco, pero estaba demasiado cansado. Había sido un día con tantas emociones que me desprendí de la ropa prestada, a manotazos, me quedé en pelota picada y me introduje entre las sábanas con un suspiro de alivio. ¡Al fín! ¡Uff, qué bien!