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EL LOCO DE CIUDADFRÍA II


EL LOCO DE CIUDAD-FRÍA

INTRODUCCIÓN

Soy un escritor relativamente conocido. Con ello quiero decir que, además de en mi casa y en mi entorno más inmediato, mi nombre suena en las orejas de algunos lectores (nunca nos parecen bastantes) que leen mis libros como si fueran el catecismo del padre Astete (no digo la Biblia, porque me sentiría blasfemo), con ello quiero decir que son reverentes y apasionados, una mezcla nada fácil de encontrar.

Tal vez debido a ello un viejo amigo de la universidad, donde ambos estudiamos periodismo (con un aprovechamiento aceptable, dada la época, finales del franquismo) me pidió, casi me exigió, que empezara a pensar en una serie narrativa que describiera las bellezas, muchas, y el ambiente, más bien frío, de nuestra ciudad. Necesitaba una firma atractiva, que tuviera autoridad, para lanzar el suplemento dominical del diario en el que llevaba trabajando más de dos décadas y del que acababa de ser nombrado director.

Por fin había alcanzado la cumbre y me necesitaba a mí, su amigo, para que todo el mundo leyera aquel suplemento en el que había puesto todas sus esperanzas de futuro, que eran muchas. Dije que sí, porque me gustan los retos y porque le debía algunos favores. Incluso construir un palacio con palabras me atrae. Soy así, un idiota integral que aún cree en el valor de la palabra.

Puso énfasis en que debería dejar bien a la ciudad; más que nada por el turismo y por ese prestigio histórico que a todos nos incumbe un poco, aunque sólo sea al rozar el musgo de la muralla al pasar. Nuestra ciudad es de recio abolengo, hay mucha historia en sus muros y en su suelo. Pero eso era algo que me importaba un “pito”. Yo quería contar la historia de sus gentes, porque una ciudad son las personas que la habitan y poco más. Al fin y al cabo muros hay en todas partes.

No sabía por dónde empezar. Se lo comenté a mi señora y no se le ocurrió otra cosa que mandarme a la catedral. Toda ciudad que se precie, con verdadera historia, tiene su catedral gótica, con sus vidrieras, sus bóvedas de cañón o como se llamen, que no soy muy experto en estos temas. Y si no tiene catedral tiene su iglesia románica o su convento. Pero yo no quería comenzar por allí, por sus raíces históricas, sino por un personaje emblemático que me aportara una historia dura y realista con la que golpear al lector en el plexo solar y dejarlo sin respiración, al menos unos cuantos suplementos dominicales. Luego ya podría volverme más suave y políticamente correcto. Tanto que hasta esperaba que los comerciantes de la ciudad se anunciaran al lado de mi relato. Al menos eso era lo que esperaba mi amigo.

Mi esposa seguía insistiendo:

-La describes por dentro, dices que es la mejor del mundo y seguro que te aclaman desde el primer suplemento. Hasta yo iniciaré una campaña para que te hagan un monumento. El ínclito Don…

Mi santa compañera, a quien Dios bendiga, acostumbra a burlarse de mí con cierta frecuencia. Lo que me mantiene en forma y no deja que mis escasos éxitos como escritor se me suban a la cabeza. Cuando terminó de reírse de mí le dije que aquello no me servía. Necesitaba algo duro, algo fuerte, algo muy humano y real como la vida misma. Y le expuse mis razones. Entonces ella se lo pensó un momento con cara seria y me miró muy atentamente:

-Puede que lo que tú necesitas sea contar la historia del loco de esta ciudad. Creo que ya te hablé de él alguna vez, pero mucho me temo que te habrás olvidado. Como haces con todo lo que no te interesa.

No, no me había olvidado. Aunque en aquel momento me pareció interesante como tema narrativo, me olvidé porque estaba rematando la novela que me haría ganar un importante premio y que llevaría a mi amigo del alma (con el que hacía años que no me relacionaba) a llamarme urgentemente por teléfono para hablarme de su proyecto.

Mi mujer me obligó a sentarme y se pasó un buen rato reviviendo y ampliando lo que en cierta ocasión me contara sobre el loco de “Ciudad-fría”. Ciertamente nuestra ciudad no se llama así, pero me gusta bautizarla así, más cuando tengo que relacionarme con sus gentes, frías, mezquinas y chismosas, que cuando el viento cortante te obliga a colocarte abrigo, bufanda y pasamontañas.

Nuestra ciudad es muy especial, hasta para los locos. No se trata del típico loco que va por la calle hablando en voz alta, gritando o metiéndose con todo el mundo. O uno de esos locos que se dedican a levantarles las faldas a las mujeres para verles las bragas. Nuestro loco es tan especial que como me dijo mi mujer, si hablas con él en un buen momento ni te enteras de que está loco. Al contrario parece una buena persona, inteligente y muy culta.

-¿En qué consiste entonces su locura? –pregunté, deseando saber de una vez si aquel tema me interesaría o no para abrir mis “Relatos urbanitas” para el suplemento dominical.

-Pues verás… No es fácil decirlo. Unas veces parece tener miedo de todo el mundo y sale corriendo, otras actúa como si fuera un telépata y te leyera el pensamiento… Curiosamente los pensamientos de los hombres parecen ser siempre negativos para él y los pensamientos de las mujeres parecen centrarse en el sexo, porque pone cara como de estar sintiendo un orgasmo mientras nos mira…

-¿Quieres decir que a ti también te ha mirado y ha puesto cara de “orgasmo”?

-Pues sí, para qué te voy a engañar. Y creo que le gusto mucho, porque ahora me huye cada vez que me ve a lo lejos. O cruza de acera o sale corriendo o baja la mirada y apresura el paso… ¡Una lástima! Porque me gusta que me aprecien de esa manera. Y tú hace ya tiempo que no lo haces. Jaja

Se estaba riendo otra vez de mí. Pero no me importó, porque el tema sí me estaba interesando. Ya lo creo.

Quise saber algunos datos más sobre el dichoso loco y mi señora me pidió me sentara tranquilamente hasta que acabara de exponerme todo lo que conocía al respecto. Así son las señoras, no tienen prisa para hablar, para comunicarse. Si los señores hiciéramos lo mismo, otro gallo nos cantaría. Así pude enterarme de algunas cosillas, que resumo antes de entar en faena. Tenía muy claro que no me pondría a escribir sin antes entrevistarme con él. Me lo pedía mi cuerpo de periodista y hasta el de escritor digno, para el que no vale todo y para el que la dignidad de la persona está por encima de los trucos narrativos. Necesitaba la versión personal del loco para que la historia tuviera el contraste necesario. Al parecer el loco llevaba así desde su juventud, aunque tuviera temporadas muy buenas. Ahora rondaba los cincuenta años. Era bajito, grueso, calvo y barrigón.

-Veo que lo conoces bien.

-No tanto como me gustaría. Siempre he deseado poder tener una larga conversación con él. Te envidio, porque estoy convencida de que no te detendrás hasta conseguirlo.

-¿Y también acostarte con él?

-Pues sí, jódete. Es el único hombre con el que te pondría los cuernos.

-Vale, vale. No te enfades.

-No estoy enfadada. Solo que me molesta tu actitud. Me parece un hombre muy interesante.

-Veo que te hace cosquillas. ¿Qué encuentras en su personalidad que te atraiga tanto?

-Para empezar es el primer hombre que me encuentra tan atractiva que sale corriendo para no mirarme con lujuria.

-Eso solo significa que es un reprimido de tomo y lomo. ¿En serio que nunca te ha mirado con lujuria? Ja,ja.

-Bueno, una vez me miró los pechos con mucho descaro. Desde entonces me huye.

–¿Y no será porque tus pensamientos le hacen salir pitando? ¿No dices que se cree telépata?

-¡Pobre hombre! Si fuera verdad que puede leer el pensamiento hasta yo saldría corriendo. Pero esas cosas no existen.

-¿Tu crees?
-¡No me digas que ahora crees en la telepatía!

-Yo creo en todo, hasta que no se demuestre lo contrario.

¡Mentira cochina! Lo dije para fastidiar. En realidad soy como Santo Tomás, hasta que no introduzco la mano en la herida y revuelvo las tripas, no me creo que nadie esté realmente herido. Bueno, es una metáfora un tanto exagerada, pero que se ajusta a mi manera de pensar. Soy bastante cínico para estas cosas. La imaginación está muy bien para la ficción, no para la vida. En la vida tienes que andar siempre con los pies en el suelo o te das de narices contra los tejados. El loco me caía mal aún sin conocerlo. Alguien que actúa con esa falta de respeto hacia los demás no podía resultarme simpático. Lo confieso, como confieso que no me gustaba la curiosa atracción que despertaba en mi esposa. Y no me pidan que exteriorice todos mis sentimientos. Sencillamente los locos para mí son difíciles de entender y demasiado complicados a la hora de la convivencia.

-Puede que se trate sencilamente de una obsesión compulsiva, que no puede controlar. No hay que darle tanta importancia. La sobrina de Amelia -¿la recuerdas?- trabajó un tiempo con él, apenas sacada la oposición y me contó sobre su conducta en aquel tiempo, con pelos y señales.

-¿Quieres decir que fueron compañeros de trabajo?

-Claro. La oficina en la que trabajaba el loco fue su primer destino. Trabajaban tan juntos que sus pies casi se tocaban. Escribían a máquina uno al lado del otro. Y ya conoces a la sobrina de Amelia, le atraen los tímidos, los raritos, y si además son inteligentes y cultos le pirran.

-¿Un loco culto?

-Lo dices como si te extrañara. ¡Como si no hubiera bastantes ejemplos de locos en la historia de la literatura o el arte! ¿Acaso Van Gogh no era un loco, según los parámetros que utilizamos los normales para catalogar de locos a las personas? ¿Y qué me dices de Dalí? Y…

-Vale, vale, para el carro. No vamos a discutir ahora sobre cordura y locura. Ni voy a negarte que a veces genialidad y locura se tocan. Ni tampoco voy a catalogar al loco como demente, hablando en terminología psiquiátrica, lo que quiero pedirte es que no metas en el mismo saco a estos genios y a ese loco. ¿Acaso ha hecho alguna genialidad?

-No, que yo sepa. Pero a lo mejor te da una sorpresa y resulta ser mejor escritor que tú.

-Casi cualquiera puede ser mejor escritor que yo. No soy tan engreído como para no darme cuenta que mi éxito literario tiene mucho de fortuna.

-Tampoco es eso. ¿No pretenderás que defienda a ese “loco”, como tu lo llamas, por encima de ti? Cuando el río suena… Si has tenido éxito es porque te lo mereces. Y además a mí no puedes engañarme, que leo todo lo que escribes. Una cosa es ser humilde y otra ser bobo…

-Bueno, bueno, no pierdas la objetividad, porque la voy a necesitar si decido meterme en esta historia.

-¿Aún no lo has decidido?

-Psss Estoy en ello. Las historias de locos siempre interesan. Aunque no tengo muy claro que encaje en mis relatos urbanitas. Me hablabas de que es un hombre culto. ¿Has hablado con él?

-No he tenido esa suerte, pero la sobrina de Amelia me comentó que era un portento, se quemaba las pestañas con los libros y sabía casi de todo. A ella le encantaba escucharle, aunque por lo visto era más callado que un mudo. Claro que en cuanto tenía la oportunidad le tiraba de la lengua. ¡Buena es la sobrina de Amelia para estas cosas! ¿La recuerdas?

-Apenas. Pero me interesa más el loco. Me gustaría saber a qué atenerme por si me decido a contar su historia.

-Pues aparte de leer, por lo visto también escribía un poco. Aunque la sobrina…

-¡Buena es la sobrina de Amalia!, jaja.

-No te burles. Es la que me ha dado casi toda la información. Como te decía ni siquiera ella logró que le enseñara algún relato o algunos versos.

-¿También es poeta? Pues entonces no me extraña que sea loco. Ya sabes… De poetas, músicos y locos, todos tenemos un poco.

-No me interrumpas o no acabaré nunca de contarte lo que necesitas saber. Ni siquiera ella logró que le enseñara un poema. Incluso en cierta ocasión le pidió que le escribiera uno. El se puso muy colorado y apenas logró balbucir que no se atrevía porque ella tenía novio. ¡Aaaah! Aún recuerdo lo mucho que me costó sacarte un poema para San Valentín, y eso que ya llevábamos un año de novios. Tuve que asegurarte que te recompensaría… ¡Hombres! ¡Todos sois iguales! Perdona que me emocione. Recordar aquellos tiempos en que tú me regalabas flores y poemas me pone romántica. Ahora tengo que recordarte mi cumpleaños el día anterior.

-Vamos, vamos, no hagas el paripé. De joven se es romántico por naturaleza. Además a esas edades por un beso eres capaz de bajar al infierno. ¡No digamos por algo más! Ya sabes aquello de “tiran más dos… que dos carretas! Y no voy a negarte que entonces estabas buenísima, más buena que el pan, para comerte y no dejar miga.

-¿Quieres decir que ahora no lo estoy?

-Siempre mal interpretas mis palabras. Sigues estando tan buena como entonces o más. La falta de juventud la compensas con esa madurez sensual, con esa plenitud… ¡uuufff!… que me vuelve loco.

-¿Me estás diciendo que he engordado?

-Lo ves, no se te puede decir un piropo, enseguida lo tergiversas. Que tengas curvas para parar un tren no significa que estés gorda. ¡Ni mucho menos!

Aquí detengo la narración unos momentos porque me vi obligado, muy gustosamente, por cierto, a demostrarle a mi amada esposa que seguía estando tan buena como siempre o más. Necesitó un par de minutos para recuperar el aliento. Entonces inició una narración más o menos coherente sobre el loco.

“Al parecer se presentó en la oficina con una mariconera colgada al hombro. Por lo visto en Madrid eso era muy corriente, para llevar libros o libretas en el transporte público o cualquier otra cosa. El loco acostumbraba a guardar en ella una novela negra (le gusta la novela negra como a ti, ya tenéis un punto de contacto), una libreta y un bolígrafo para escribir poemas y el bocadillo –entonces tenía horario partido-, imagino que también llevaría un peine, porque aún no estaría calvo. Calculo que tendría unos veintipocos, aunque si hablas con él seguro que le sacas ese dato.

-¿Quién te ha dicho que voy a hablar con él?

-Tu no escribes sobre alguien sin solicitarle antes una entrevista. Además, si no quisieras escribir sobre el loco no me estarías ahora tirando de la lengua. ¡Que te conozco!

-Ya, ya sé que me conoces mejor que mamá. Pero sigue contando. No te digo que sí, ni que no, aunque la historia cada vez me interesa más.

-Como te decía la sobrina de Amalia recibió una impresión muy negativa al verlo allí en la puerta. La mariconera al hombro, una gabardina enorme, barba de patriarca bíblico y muy mal cuidada, vaqueros remendados y unas deportivas del año de la tarara. Además estaba gordísimo. Como una albondiguilla con patas, según me dijo…

-¿Puedes dejar a la sobrina de Amalia en paz? Cuéntalo seguido, sin esas interrupciones que me ponen de los nervios.
-¡Vaya! Creía que no te interesaba la historia, jeje.

-Sí, él mismo le confesaría que llegó a pesar casi ciento diez quilos. ¿Te lo imaginas? Y no era muy alto, más bien bajito. En resumen que vestía como un pordiosero y hasta olía a sudor que tiraba para atrás. Aquello no hizo que se le recibiera en le oficina como a Papá Noel, precisamente. ¡Ya sabes cómo es la gente!

“Pero cambió mucho durante el primer año. Se puso a dieta y practicó deporte (creo que natación), se rapó la barba y su aspecto mejoró como de la noche al día. Hasta quien ya sabes quién me confesó que comenzó a resultarle atractivo. Intentó relacionarse con él, pero era tan tímido que se ponía colorado cuando ella le hablaba y apenas lograba sacarle un sí o un no y poco más.

“Todo fue bien hasta que empezó a comportarse de manera extraña. Aún más de lo que en él era normal. Ella logró hacerle confesar que se había hecho miembro de una sociedad misteriosa.

-¿Misteriosa? ¿Quieres decir esotérica?

-Tú sabes más que yo de eso. No puedo darte más datos.

-¿Masonería, espiritismo…?

-¡Qué se yo de esos temas! Pregúntale a él cuando lo veas. El caso es que actuaba como si pudiera leer el pensamiento ajeno y por lo visto no le gustaba nada de lo que leía. En cierta ocasión se dejó llevar, sin el menor control, y actuó como si estuviera sufriendo un orgasmo debido a los pensamientos de la sobrina de Amelia…

-Sería más bien de “leer” su cuerpo. Si no recuerdo mal la niña estaba bastante bien, muy bien…

-¡Ya empezamos! A cualquier hombre le gustaría hasta una escoba con faldas con tal de que tuviera unos buenos pechos y un buen culo y supiera moverse… ¡Que sois todos unos cabronazos! Se os suelta la rienda y vais a olerle el culo a la vecina de enfrente. ¡Si lo sabré yo!

-¡Qué vas a saber tú! Te lo suplico de rodillas, déjate de circunloquios.

-Como quieras. Lo que quería decirte es que esas cosas solo os pasan a los hombres. A las mujeres nos va más la personalidad global.

-¿Cómo de global?

-¡No seas idiota! Lo que digo es que si su personalidad es atractiva el resto no nos preocupa tanto. Por eso a mí me resulta tan atractivo. Un hombre con esa sensibilidad y esa cultura siempre merece la pena. Lo confieso.

-Vale, vale. ¿Cómo sabe tu informadora que llegó al orgasmo? Si puede saberse, claro.

-Por la cara que puso, por sus gestos y porque luego salió disparado hacia el servicio.

-Y regresó con una mancha en el pantalón…

-Eso no me lo dijo. Pero para que ella se avergonzara y hasta su pusiera colorada mientras me lo iba contando, tuvo que ser muy evidente. ¡Ya sabes cómo es!

Mi señora continuó contándome hasta el último detalle de la historia que ella conocía. Al parecer aquella manía telepática se hizo tan evidente con el tiempo que pronto llegó a ser conocido como “El loco de Ciudad-fría” (aquí sustituyo el verdadero nombre de nuestra ciudad, porque bastante conocido es ya nuestro loco como para encima darle más publicidad). La gente hablaba de él y se burlaban en su cara. Le tomaban el pelo y hasta la cabellera. Muchos no se recataron de echarle en cara su desvergüenza, aunque como más tarde me enteraría, en realidad su conducta no era para tanto.

No pudo contarme más porque coincidió con la época en que yo me había ido a trabajar a Madrid, donde ella se reuniría conmigo un año más tarde. Allí nos casamos y felices que somos, con todos los altibajos que hay en toda pareja, que son muchos, pero sabrosos. Acabábamos de regresar a nuestra ciudad, huyendo de la fama lograda tras mi último y reputado premio literario, y buscando un retiro tranquilo donde disfrutar del éxito y del bien merecido dinerillo que nos había caído encima, sin comerlo ni beberlo. Ella, mi esposa, adora su ciudad, donde naciera y se transformara en mujer. ¡Y qué mujer!
Cuando terminó de explicarme que lo último que sabía del loco era que seguía en la ciudad y trabajando en unas oficinas que no estaban lejos de nuestra casa, me decidí por completo. Iba a conocer al loco, intentaría entrevistarlo y si la historia me interesaba la publicaría. Sino al menos la experiencia habría merecido la pena.

Tomé nota de dónde localizar al hombre, así como de la historia que mi esposa me narrara, en la libreta de anotaciones que tengo siempre abierta sobre la mesa de despacho, y decidí que al día siguiente, aunque tuviera que madrugar, estaría apostado a las puertas del edificio… esperando a mi loco. Mi esposa me había dicho que no me resultaría muy difícil identificarlo. No quiso darme detalles de su físico, alegando que no le había vuelto a ver (luego descubriría que me había mentido). Según la comentaran no hacía mucho el loco continuaba con la manía que le había hecho célebre.

CRAZYWORLD VIII


CRAZYWORLD

JOHN SMITH, EL ASESINO EN SERIE

CRAZYWORLD VIII

JOHN SMITH, EL ASESINO EN SERIE

Jimmy parecía más tranquilo, tras su violenta reacción al oír hablar de Kathy. Nunca debí haberla mencionado. Me juré a mí mismo ser más discreto de ahora en adelante. Al fin y al cabo me encontraba en una clínica psiquiátrica, aunque en ella los locos fueran millonarios, lo que siempre es una garantía de cierta discreción y elegancia. Los locos proletarios acostumbran a ser mucho más burdos y groseros en sus reacciones.

El joven había perdido el control tan repentinamente que por un momento temí por mi vida. ¡Menos mal que no tenía un hacha a mano o hubiera perdido mi cabeza!

John Smith, el asesino en serie, dormitaba tranquilamente. Reflexioné sobre la posibilidad de que al ser despertado reaccionara con violencia. Pero entre el dilema de sufrir la violencia de un durmiente o la de “El Pecas” que ya conocía, me decidí por el mal por conocer.

Jimmy se acercó hasta el sofá y zarandeó sin contemplaciones al asesino en serie. Este abrió una rendija en sus párpados y por ella contempló a su oponente. Al reconocerlo la cara adoptó una expresión simpática.

-¡Ah! Jimmy. Eres tú. ¿Ocurre algo?

-Quiero presentarte a un paciente nuevo.

-¿Sí? ¡Qué bien!

Más tarde me enteraría de que Smith, el asesino en serie, solo tenía un aliciente en la vida: contarle su vida a los pacientes nuevos. Los viejos ya se conocían al dedillo “sus hazañas”.

“El Pecas” le ayudó a ponerse en pie y nos condujo, a cada uno bien aferrado del brazo por sus manazas, hasta la piscina. Bajamos las escaleras de entrada, nos escoramos a la derecha y al llegar al borde de la piscina nos empujó suavemente hasta sentarnos a cada uno en la correspondiente tumbona. Luego se puso a chillar como un energúmeno. Al cabo de unos segundos hizo su aparición un celador, alto y fuerte, como un armario de los grandes, solo que con cara en lugar de puertas y con expresión de muy pocos amigos.

-¿Qué pasa, Jimmy? ¿Quieres pasar una temporadita en las celdas de aislamiento del doctor Sun?

-No, Robert, solo quiero que nos mandes a Alice.

-¿Y para eso tienes que chillar tanto?… ¡Loco de mierda!

Se marchó sin esperar más. Al poco salió una camarera, con su uniforme de gala. Rubia, alta, bien plantada, una preciosidad.

-¿Qué pasa, Jimmy, te pican los bajos?

-Sí, eso también, pero lo dejaremos para más tarde. Ahora mis amigos y yo queremos tres cócteles, con la mezcla de frutas que tú sabes.

-No cariño. Estás demasiado excitado.

-Pues un cóctel de frutas, pero sin lo que tú sabes.

-Eso está mejor. Te aconsejo que no vuelvas a chillar o me enfadaré contigo. Te prefiero cuando estás cariñoso.

-Lo siento, Alice, he perdido el control. Anda, ven y dame un besito.

-¡Que te lo de tu padre! Si no te portas bien no hay besitos. Ya lo sabes.

-Perdóname, Alice, vida mía. No lo volveré a hacer.

-Así me gusta. ¿Este es mi Jimmy!

-Mira te voy a presentar al nuevo. Este joven no recuerda su nombre. Sufre de amnesia tras un accidente de automovil. Llámalo como quieras.

“El Pecas” arrastró una tumbona hasta situarse frente a nosotros. Se recostó en ella, dio un sorbo a su cóctel de frutas, ayudado por la pajita, y antes de cerrar los ojos me hizo un guiño. Entonces John Smith inició su historia, con voz muy animada.

“Me trajeron aquí esposado y escoltado por media docena de guardaespaldas de mi padre…Mi progenitor, como sabe muy bien Jimmy, es un viejo mequetrefe, tan rico que ha logrado vivir hasta los cien años, gracias a su plantel de cirujanos, lo mejorcito del planeta, y espera vivir hasta los doscientos, gracias a la legión de genetistas, que trabajan en sus laboratorios con células madre y que cobrarían una suma padre si lograran cambiarle a mi odiado ancestro todos los órganos de su cuerpo.

“Al llegar me pusieron las manos del doctor Sun, quien ordenó que quitaran las esposas e inmediatamente me hipnotizó. No le resultó difícil, porque soy fácilmente sugestionable y no suelo oponer resistencia a las sugerencias de quienes me resultan simpáticos. El doctor no es un hombre al que sus pacientes paseen en silla gestatoria, pero en mi caso siento una gran debilidad por conocer las raíces de mis ansias destructivas y creo que solo el doctor Sun podrá lograr cavar un hoyo bajo tierra, como los topos, y acercarse lo suficiente como para oler mis raíces.

El doctor Sun me preguntó:

-¿Recuerda usted por qué está aquí?

-Claro, doctor. Mi padre no soporta que me cargue a sus amigos más íntimos.

-¿Cargar?

-Sí, doctor, asesinar, retirar de la circulación, darles el pasaporte… como usted prefiera expresarlo.

-¿Qué les hacía?

-¡Oh! No les hacía sufrir mucho, no. Solo un poco…un poquito, una pizquita de nada. Primero les mandaba anónimos, recriminándoles su mezquindad de corazón y amenazándoles con severas consecuencias sino creaban una fundación para mejorar la vida de los pobres del planeta. Una vez avisados de las consecuencias de sus actos, se me iban de la cabeza los pocos remordimientos que iba a tener al darles el pasaporte al más allá.

-¿Cómo un hijo de millonario se preocupa tanto de los pobres del mundo, en vez de dilapidar la fortuna de su padre en juergas y francachelas?

-Eso también lo intenté y casi logro. Mi padre acabó por cerrarme el grifo sino estudiaba en la universidad o hacía algo práctico, tal como trabajar en sus empresas y prepararme para ser un digno heredero. Desgraciadamente no pude controlar las cosquillas que me hacía el gatillo del rifle, con mira telescópica, en mi dedo índice.

-¿Y qué ocurrió?

-No me hicieron caso. Los ricos nunca piensan que las desgracias llamarán a su puerta… Y acabaron golpeando con brutalidad los llamadores de oro y platino… Me situé con un rifle frente a sus mansiones y según iban saliendo para subirse a sus limusinas los acribillé como a conejos, los freí a tiros como a faisanes, repletos de perdigones, en la sartén de mi odio más frío y demoledor.

-¿Y no le pillaron?

-¡Oh no! Se pasaron varios años buscando a pobres resentidos, más bien de raza negra, amarilla o cobriza. Ni siquiera se les pasó por la imaginación que el asesino de millonarios fuera alguien de su propia clase. Una serpiente criada en sus nidos y amamantada a sus pechos.

-¿Y qué hizo su padre?

-Por aquel entonces yo estudiaba en la universidad. Ese maldito mequetrefe se casó siete veces y tuvo veinte hijos. A todos les prometió su herencia si eran buenos y ellos le contestaron: sí, papá, papaito, somos buenos, seremos buenos… Y el muy idiota los creyó. Excepto a mí, que aunque se lo juré sobre la Biblia, me obligó a demostrarlo con actos, estudiando, sacando buenas notas, trabajando a ratos perdidos en sus empresas, desde abajo, para que así pudiera aprender todos los pasos que da un hijo de un millonario para saber cómo son los pobres y cómo sufren trabajando. Pero a mí me gustaban más las universitarias, y las bromas en las sociedades Tau-Ceti y Gama. Y las borracheras y las orgías y dormir durante las clases… Reconozco que era un desastre, un verdadero desastre. Aunque eso también lo hacían sus diecinueve hijos restantes y a ellos no les cayó encima la granizada que me cayó a mí. Mi padre me odiaba y prefería al resto de sus retoños, enclenques e idiotas congénitos. Yo era la oveja negra de la familia.

-¿Por eso odia a su padre?

-No. No le odio porque me pusiera muchas trabas en el camino de la herencia, ni porque me recortara el presupuesto, obligándome casi a mendigar. El dinero me importa una mierda, doctor Sun. Lo odio porque no se me mostró cariñoso conmigo, no me concedió la mínima dosis de cariño que debe esperar un hijo de su padre. El mío daba más cariño a sus perros de raza que a mi.

-¿Y su madre?

-Renunció a mí, a cambio de mil millones de dólares, de los de antes.

-¿La odia?

-¡Oh no! Yo hubiera hecho lo mismo. Por mil millones de dólares yo también hubiera renunciado a ella.

-¿No me ha dicho que el dinero le importa una mierda?

-Sí, el dinero en pequeñas dosis es como una mierda que uno descarga en el retrete todos los días, pero mil millones de dólares no es dinero, es el paraíso en la Tierra, docenas y docenas de mujeres hermosas, litros y litros del mejor güisqui de Kentucky y de Escocia, añejos, puros como el elixir de la vida; y es un jet privado para viajar por todo el mundo y es una isla solitaria, bunkerizada, donde pasar noches románticas con la amante de turno y es …

-Vale, vale. Ya veo que el dinero le importa una mierda. Entonces si odia a su padre y su madre le abandonó por una mierda, ¿se considera un huérfano?

-Así es. Las chicas de la universidad me perseguían por la herencia y yo las perseguía a ellas por mamar maternalmente de sus pechos.

-¿Y qué hacían ellas?

-Cuando me acostaba con ellas y mamaba de sus pechos y les prometía que al menos les repartiría un millón de dólares cuando heredara, ellas se mostraban muy amables conmigo, me halagaban, decían que era el mejor de sus amantes y mamaban la parte más sensible de mi cuerpo. Todo era felicidad…hasta que las abandonaba.

-Igual que su padre hizo con usted.

-Igual no. Ellas se ponían en manos de un abogado y le sacaban al viejo toda la tajada que les permitía su carne vieja y apergaminada.

-¿Y cómo reaccionaba su padre?

-Nada mientras siguiera los estudios y le trajera a casa buenas notas, compradas o manipuladas en el ordenador de la universidad. Consideraba aquellas calaveradas como propias de un universitario de mi clase.

-¿Para qué quería su padre a sus veinte hijos si no les daba ni una pizca de cariño?

-Para situarnos en la dirección de sus empresas. No se fiaba de quien no perteneciera a la familia. Nos hizo estudiar economía, derecho, ciencias políticas y sociales, psicología… Quería que lo supiéramos todo para que los consejos de administración no nos engañaran como a chinos (de los de antes, que los de ahora son casi capitalistas).

-¿ Y qué sucedió a continuación?

-Que lo mandé todo a la mierda y renuncié a los estudios, a la herencia y al padre que me engendró, porque a la madre que me parió no necesité renunciar.

-¿Y qué le dijo su papá?

-Me desheredó. Así, sin más. Retiró mi asignación mensual, dejándome en la miseria y hasta quemó el smoking que conservaba en mi viejo dormitorio y que me ponía las raras veces que iba a cenar a casa.

-¿Por eso mata a los amigos de su padre?

-No, doctor Sun, los mato porque se lo merecen.

-¿Ha vuelto a ver a su madre?

-No. Ella perdería sus mil millones.

-¿Ha tenido amigos?

-No. Ellos iban también por la pasta.

-¿Por eso odia a todo el mundo?

-Sí, Nadie buscaba mi afecto por mí mismo, iban tras el dinero, tras la herencia. Me sentía solo, abandonado, y comencé a elucubrar venganzas.

-A todos nos ocurre algo parecido, pero no llegamos a matar a la gente. ¿Cómo pudo dar ese paso?

-No lo sé. La vida no tenía mucho interés para mí.

-¿Se aburría?

-¿Quién no se aburre en esta vida? Es realmente tediosa. Pero no era simple aburrimiento. Yo odiaba a todo el mundo porque nadie me quería. Aunque no se lo crea, doctor Sun, lo único que he buscado toda mi vida es que alguien me quiera.

-Y como nadie le quería se dedicó a matar. ¿Usted cree que se puede conseguir afecto matando gente?

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-Por supuesto que no. Ni matando ni sin matar; ni esforzándote ni dejando que las cosas vayan por sus pasos contados; ni teniendo suerte ni careciendo de ella. El amor y la amistad son misterios inescrutables para mí.

-Como para todo el mundo. Nadie sabe por qué el ser humano, lo más egoísta que ha parido madre puede amar a alguien o comunicarse y sentir afecto por otra persona. Eso es un misterio, como usted dice. Tiene razón. Pero los demás nos conformamos con lo que nos da la vida. No pedimos peras al olmo ni amor eterno a un ser mortal.

-Lo que usted diga, doctor, pero yo no podía estarme quieto. Tenía que hacer algo.

-¿No le gustaba el deporte o jugar a las cartas? ¿No me diga que el sexo no es un bonito pasatiempo para pasarse el resto de la vida jugando a tu me tocas yo te toco, sin necesidad de andar por ahí, pegando tiros?

-Lo intenté, doctor. Se lo aseguro. Y no me fue mal. Las chicas se acostaban conmigo a las primeras de cambio y no lo pasábamos mal. Pero siempre acababan por sacar el tema de la herencia. Entonces me daban ganas de matarlas. Pero eran demasiado hermosas para cortar sus lindos cuellos.

-Ya veo. Los millonarios amigos de su padre eran feos y repugnantes.

-Algunos no eran tan feos, pero todos eran muy, muy repugnantes.

-¿Y nunca pensó en que le pillarían y se pasaría en la cárcel el resto de su vida? No debe ser muy agradable permanecer enjaulado, como un pájaro tonto.

-Los polis son idiotas. Se pusieron a buscar entre los desheredados de la vida, resentidos y con antecedentes militares. Decían que el asesino disparaba muy bien, jeje.

-¿No tenía miedo de que lo encerraran de por vida o le descerrajarán un tiro a quemarropa?

-No. Encerrado no iba a estar más solo y muerto estaría mejor.

-¿Pero matar, quitar la vida a otro?

-Eso es como todo, una vez se empieza ya no parece tan difícil como al principio.

A mí la historia de John Smith me estaba volviendo majareta… bueno aún más de lo que ya estaba. Porque o bien el narrador se trabucaba y repetía las mismas frases o bien era mi cerebro el que, como un disco rayado, regresaba una y otra vez al mismo microsurco.

Jimmy no tardaría en llevarme al despacho del doctor Sun y abrir la caja fuerte, donde el doctor guardaba las historias más escalofriantes. No recuerdo si ya he contado esto y me estoy repitiendo o es que me duele mucho la cabeza o es la voz de Smith, susurrante y ronca como la del Padrino… Por cierto, ¿quién era el Padrino? Me vienen a la cabeza retazos de recuerdos que luego se esfuman sin dejar huella. Cada vez me duele más y más la cabeza.

Me temo que estoy contando algo que John Smith no me contó y que tal vez luego pudiera leer en la historia clínica del doctor Sun. He perdido la noción del tiempo y del espacio. Creo que me voy a marear… Sí me voy a marear…

Y me desmayé. Cuando regresé a mí una mano suave me tocaba en el hombro. Abrí los ojos y allí estaba ella, mi camarera favorita. Puso su índice en mis labios, indicándome que no hiciera ruido. Me ayudó a levantarme de la tumbona, a cámara lenta y nos deslizamos hacia el interior del edificio.

-¿Y Jimmy?

-No te molestes, cuando tenga hambre vendrá tras nosotros.

“El Pecas” no tardó mucho en seguirnos. Volví la cabeza y allí estaba él, con los ojos clavados en trasero de la mujer. Volví un poco más la cabeza y allí estaba él, John Smith, con los ojos cerrados, gesticulando con los brazos. Jimmy se barrenó la sien.

-No te preocupes por él. Cuando se pone a revivir su brutal vida de asesino en serie puede pasarse las horas muertas, con los ojos cerrados, contando su historia a oyentes invisibles o al viento. Si le da fuerte también se pasará así el resto de la noche. No necesita comer ni dormir. Luego, cuando se calma, puede pasarse una larga temporada durmiendo como un lirón.

Y así entré, apoyado en la mujer de mis sueños, dispuesto a ver cómo me iba mi primer almuerzo en Crazyworld.

Continuará.

 

LUIS QUIXOTE Y PACO SANCHO I


LUIS QUIXOTE Y PACO SANCHO-NOVELA HUMORÍSTICA Y CLARO HOMENAJE A LA INMORTAL OBRA CERVANTINA

CAPITULO I

De cómo Luis Quixote y su amigo Paco Sancho después de numerosas aventuras que no es el momento de relacionar llegan a un motel de carretera, cansados y polvorientos, en sus contaminantes, rugientes, viejas y deterioradas, cabalgaduras metálicas.

En un lugar de la Mancha (cuyo nombre no voy a pregonar por discreción y respeto) retomo la historia de nuestros queridos personajes cuyas anteriores aventuras nos negamos a relatar porque así es deseo expreso del autor, al menos de momento, y sin otros motivos o matices.

Luis Quixote es un gallego o portugués –que el autor de esta historia no se ha tomado mucho interés en llegar a conocer tan nimio detalle que a nada conduce -flaco hasta extremos que resultarían exagerados incluso en una modelo anoréxica; alto sin llegar al techo de un jugador de la NBA, medio calvo – los escasos pelos de su cabellera han crecido hasta los hombros, como en un hippy de los años sesenta-. Y puede que lo fuera en su tiempo, tiene edad para ello; sus cabellos canos, su cara arrugada, sus andares parsimoniosos, de quien ha perdido el último tren, así parecen indicarlo.

Paco Sancho tiene la edad de su colega aunque se conserva mejor, gordo y lucido como gorrino bien alimentado. Es bajito, cabezón, le quedan dos pelos sobre su cráneo y sus andares son los de una pelota con patas. Parecen conocerse desde niños y no sería sorprendente que así fuera. Se podría deducir que la cultura yanqui de la movie-road y del book-road (Kerouack) los impulsaran al dulce “far niente” aventurero de los hippyes motoristas. Seguro que viajaron mucho a lomos de sus cabalgaduras metálicas, puede incluso que cruzaran el charco. Pero ahora están aquí, en este preciso momento de su vida…

En un lugar de la Mancha…y en un sucio motel de carretera encontramos a Luis Quixote y su amigo Paco Sancho. Han decidido pernoctar allí para aliviar el cansancio de varias jornadas a lomo de sus cabalgaduras de hierro. Aquella jornada será para Paco Sancho una de las más tristes de su vida puesto que podrá observar como su amigo y colega de toda la vida, el inigualable Luis Quixote comienza sufrir lo que Sancho considera como un serio trastorno mental.

Luisillo – así le llama Paco Sancho cuando no utiliza otros apelativos aún más cariñosos como colega, tronco, tío…- siempre ha sido un apasionado de los productos psicotrópicos, que ha venido utilizando desde su lejana juventud, como el típico yanqui abusa de esos chicles que llenan sus bocas hasta en las ceremonias más pomposas; la amplitud de sus gustos van desde el inocuo canutillo de hachís a una coz en vena de caballo y buen caballo no mal jumento, que a Luisillo le gusta galopar rápido por los oscuros laberintos de su imaginación. Los sueños siempre fueron la gran debilidad de Luisillo, puede que ya de niño esta morbosa tendencia dejara bien claro qué había elegido como su talón de Aquiles para los restos, un talón por donde la afilada lanza del destino iba a penetrar en las entretelas de su alma. Tanto sueño artificial acabará por cobrarse su salario de locura. Es lo que sospecha Paco Sancho que nunca aceptó de buen grado esos venenos, lo suyo son las comidas sustanciosas y en tiempos más juveniles lo fueron las mozas lozanas y más bien entraditas en carnes. “Un buen culo y unas buenas tetas y andan solas las carretas”. Decía con gran entusiasmo –el refranero le quedaba estrecho y se dedicaba a añadirle refranes en cuanto le quedaba un poco de tiempo entre almuerzo y almuerzo –a quien quisiera oírle mientras corría resollando como un fuelle asmático detrás de un buen culo de hembra, tal vez yanqui.

Apenas instalados en la cutre habitación Paco Sancho se apresuró a pedir media docena de hamburguesas, unas cuantas raciones de patatas fritas y una docena de botellines de cerveza bien fresquitos. Mientras Sancho papeaba a dos carrillos su colega Luis se preparó un buen puro de hierbas que comenzó a fumar sin ofrecer, muy consciente de que cuando su buen amigo Paco trasiega nada en el mundo le distraerá de tan placentera labor. Aquellas hierbas seguramente tienen mezclado algún polvo del demonio porque a mitad de canuto Quixote inicia una charla extraña y completamente fuera de horma.

-Amigo Sancho, he estado pensado que bien podríamos dedicarnos a la caballeresca aventura de socorrer al ciudadano víctima de la injusticia en esta sociedad tan dejada de la mano de Dios. Así podríamos hacer que nos armaran caballeros en algún raro ritual masónico o incluso satánico que todo sirve al caballero cuyas miras están puestas en las más altas hazañas como son socorrer y dar consuelo a los desheredados de la fortuna…

-Oye tronco, creo que el peta te ha sorbido el seso. Deberías comer al menos una hamburguesa, estás en ayunas, seguro que se te pasa el mal viaje.

-Amigo Sancho, los sueños nunca son malos viajes ni siquiera cuando se convierten en pesadillas porque es el soñar y no el comer lo que distingue al hombre de la bestia.

-Seguro, colega, pero yo prefiero una buena hamburguesa al mejor sueño, aunque sea erótico y en él todas las hurís de Hollywood me atosiguen con sus indudables encantos, solo puestos en duda por cuatro rácanos productores que quieren rebajar sus pantagruélicos sueldecitos.

-Ya veo amigo Sancho que sigues prefiriendo la manduca a los más altos ideales amorosos. No obstante todo buen caballero precisa de una alta dama a la que ofrecer sus desaforadas fazañas en defensa del pobre y el desvalido.

-Quédese usted, colega Don Quixote, con esas altas damas de largas piernas que yo me quedo con una buena hamburguesa si no hay un buen cocido al alcance de mi exquisito paladar.
-Amigo Sancho las damas de alta alcurnia que yo busco no son cuerpos de celuloide donde refocilar mi lujuria, sino princesas…

-Pues con los tiempos que corren la mayoría de las princesas no sirven para otra cosa sino para refocilar la lujuria y me temo que algunas ni siquiera para eso –hay formas más limpias de conseguir la pasta- por ejemplo que te toque el cupón, tronco.-

-Tienes razón amigo Sancho que los tiempos modernos que se deslizan entre nuestra pestañas no son precisamente buenos tiempos para caballeros andantes, desfacedores de entuertos, sino para malandrines televisivos, políticos corruptos y mercenarios entrenados como comandos con una tarjeta de crédito en la boca, entre otra gente de buen vivi,r pero son precisamente tiempos como estos los que más han necesidad de la ilustre orden de la caballería andante, protectora de viudas, amparadora de doncellas…
-Tronco, no vuelvas a fumar un peta de esas hierbas porque acabarás con la chola del revés. ¿A quién se le ocurre hablar de doncellas en estos tiempos? Una doncella de buen ver y mejor catar no duraría ni un minuto sin que su doncellez fuera puesta a prueba por desaprensivos productores de tv o de flims o por rosados editores de prensa, dispuestos a pagar el oro y el moro porque su doncellez fuera pisoteada por el famosete de turno o incluso por millonarios dispuestos a pagar más por una flor tan exótica que por un paseo en el espacio y una dormida en un cubículo de una estación espacial. Vamos, coleguilla, deja ya el peta y embúchate una de estas sabrosas hamburguesas ,bien regadas con una cañita bien fría de esta cervecita, y olvídate de todas esas mandangas que solo son producto de un mal viaje.

Pero cuando Paco Sancho dio buena cuenta de la penúltima hamburguesa y elevó su mirada bovina hacia su colega del alma, este se había recostado sobre el sucio almohadón y con los ojos en blanco clavados en el techo se hallaba más allá de este mundo de carne aplastado entre rodajas de pan de molde. Decidió dejar en la bolsa de papel la última hamburguesa con algunas patatas fritas grasientas, y lo hizo más por haber saciado su apetito que por deseo de volver a su amigo Luis Quixote a la realidad del pesebre, sino la más alta si la indispensable si se quiere tener los pies en el suelo, a base de carne picada y bollería industrial. Eructó aparatosamente y a continuación buscó como pudo acomodo en el lecho de donde pronto surgieron sonoros y sólidos ronquidos.

Continuará


HOMENAJE AL QUIJOTE


Queridos amigos: Os invito a participar del próximo carnaval subiendo a este hilo al vuestro propio toda clase de historias sobre el carnaval, relatos, poemas, anécdotas, impresiones, disfraces de todo tipo.

Me encantaría que os animarais a disfrazaros de personajes literarios y a escribir algo como si fuerais ese personaje o nos narrarais historias nuevas del mismo. También podéis disfrazaros de autores, Cervantes etc y contarnos cómo os va en el carnaval. Acompañaría mucho que con el texto subierais una foto del personaje o autor o incluso una vuestra, disfrazados.

Por mi parte aún no tengo claro si subiré un texto entresacado de mi novela “Luis Quixote y Paco Sancho” o el comienzo de “La rebelión de los libros” y así aprovecho para seguir con la historia en abril, con la celebración del día del libro.

No importa lo que hagáis, lo importante es disfrazaros literariamente, y de paso se puede aprovechar para ir así a la celebración del tercer aniversario. Ir pensando en subir algo para carnaval. También abriré un hilo para San Valentín. Se os acumula un poco de trabajo, pero nada cansa si es divertido. Un saludo.

NOTA PREVIA: Luis Quixote y Paco Sancho es una novela humorística que aún no he conseguido rematar, como la mayoría de mis novelas, que comienzo con mucho entusiasmo y que luego dejo en un cajón, a la espera de mejores tiempos. Mi pasión por el Quijote, para mí el libro más grande jamás escrito y la fuente donde comencé a beber mi sentido del humor y en la que aún sigo bebiendo, me llevó a intentar trasladar a la época moderna tanto historia como personajes, con las necesarias licencias y la modestia en el estilo. Slictik no es Cervantes, pero creo que al gran autor no le hubiera molestado mi intento de apropiarme de su historia y de situarla en nuestros tiempos. Si bien fue justa su cólera contra el Quijote de Avellaneda, un pobre plagio que intentó aprovechar su fama, estoy convencido de que su sentido del humor y su generosidad habrían mirado con benevolencia este ingenuo homenaje.Aunque no se concreta el tiempo en el que el narrador sitúa la historia, por lo que en ella se cuenta, se supone que podría situarse en los años 60, la época de los hippies, el amor libre y los pitillos de marihuana. Luis Quixote y Paco Sancho regresan a España con sus motos, tan deterioradas como ellos, tras una larga estancia en USA. Allí Luis Quixote se aficionó a la marihuana y debido a su apellido y a otros motivos subconscientes le dio por considerarse una reencarnación del famoso Don Quijote. Su viaje motorizado por la Mancha, años antes de que los avatares de la vida me trajeran hasta aquí, intenta remedar los principales episodios del Quijote. Todo se moderniza y en lugar de rocín y jumento tenemos moto y vespa y en lugar de venta nos encontramos en un motel. Este es un párrafo de mi novela, un pequeño homenaje al carnaval, en el que casi todo vale.

HOMENAJE A CERVANTES Y A SU INMORTAL OBRA EN EL DÍA DEL LIBRO

 

*Monumento a Cervantes en Alcazar de San Juan

Quiero homenajear a Cervantes y al Quijote en el día del libro. Tal vez cuando lo escribí, hace años, no me centré lo suficiente en el libro. Espero hacerlo algún día con más tiempo. El Quijote fue el gran libro de mi vida porque me abrió horizontes impensables, como lector y como escritor. Me costó un poco su lectura porque no es fácil, aunque siempre merecerá la pena para un buen lector y sobre todo para quien desea ser un buen escritor.

No quiero dejar transcurrir este año sin hacer mi humilde y peculiar homenaje al Quijote, sin duda uno de los libros de mi vida, sino el libro de mi vida por excelencia…Hace unos años inicié una de mis interminables series, intentando homenajear al Quijote reconstruyendo sus personajes y su historia en un entorno moderno. Tras darle muchas vueltas elegí la Mancha como el lugar más adecuado para situar la acción y los años sesenta como el tiempo que me venía bien para que Luis Quixote sufriera el delirio, por ingestión de hierbas, que le haría creerse el mítico D. Quijote…

Al tiempo que imaginaba y rumiaba las incidencias de esta historia fui buscando nombre para los personajes. No podían llamarse D. Quijote y Sancho Panza por respeto a Cervantes y porque aunque estuvieran basados en estos personajes inmortales la distancia que les separaba de ellos era astronómica… Luis Quixote y Paco Sancho fueron, finalmente, los nombres que más me gustaron. Sin embargo el problema básico era convertir en loco a Luis Quixote sin que pareciera una tomadura de pelo demasiado descarada. Tras darle muchas vueltas en el magín no se me ocurrió mejor idea que convertir a los personajes en hippies que regresaban a España desde San Francisco (USA) para saludar a sus familiares tras una larga ausencia…. Montados, Quixote en una vieja Harle Davidson y Paco Sancho en una destartalada moto sin pedigrí, se detienen a descansar en un motel de carretera cuando Luis Quixote decide fumarse la hierba que le han facilitado unos amigos norteamericanos de ascendencia india. Alguien debió mezclar algún hierbajo psicotrópico de rara ascendencia con el resto de las hierbas, marihuana y otras igualmente conocidas, porque al cabo de un tiempo los ojos se le quedan en blanco y tras un periodo de semiinconsciencia comienza a delirar, ante el pasmo, primero, de su buen amigo Paco Sancho, que luego sufre un ataque de pánico….

Luis Quixote está acostumbrado a las burlas que desde niño sufre de todo el mundo debido a su apellido, Quixote, de ascendencia gallega, su padre lo era, si bien su madre procedía de la Mancha, concretamente del Toboso. Esas burlas le impulsaron a leerse el Quijote de cabo a rabo, con el fin de rebatir las burlas y tener argumentos sólidos contra sus burladores. No es pues extraño que en su delirio llegue a creerse el auténtico Quijote, resucitado de entre los muertos ficticios. Como tal comienza a hablar y conducirse….

Con gran dificultad Paco Sancho convence a Quixote para continuar camino hasta el próximo hospital. Antes llegan a una venta, donde Luis Quixote decide pernoctar, no sin antes comer alguna cosilla ya que las hierbas de han producido un apetito ferz… Esa noche exigirá ser nombrado caballero andante por el ventero y de esta forma se inician sus aventuras modernas como nuevo Quixote….La idea no era mala, pero el primer episodio no me convención. Me pareció flojo y la historia quedó bloqueada y aparcada, sin perjuicio de que en cualquier momento pueda ser reiniciada con más ánimo y mejores logros….

 

Don Quijote es el personaje de la historia de la literatura que más me impresionó y conmovió, junto con su escudero Sancho Panza. Los personajes de locos me interesan desde siempre por motivos personales, pero hay en D. Quijote y Sancho tal humanidad, tales hechuras literarias y sobre todo esa profundización en la naturaleza humana que los hace inmortales, que ya no pude despegarme de ellos. Resultan actuales en toda época y circunstancia. No es pues extraño que un escritor sienta deseos de resucitarles, recreando su peripecia vital. Recuerdo ahora la novela de Andrés Trapiello, por poner solo un ejemplo actual, sin olvidarme del ensayo de Unamuno….

Me hice con el Quijote, en la edición de bolsillo de colección Austral, cuando estudiaba sexto de bachillerato. No habría cumplido aún los dieciseis años y continuaba mis estudios, interno en el colegio religioso, ahora en Fuenterrabía (Ondarribia como se llama ahora). … Puede que lo comprara con la escasa propina que recibía de mis padres o tal vez fuera producto de alguno de los premios que conseguí por trabajos para la revista del colegio, en todo caso me puse a leerlo con reverencia, como se merecía esta obra maestra de la literatura universal….

Dado mi carácter colérico, mi obstinación y cabezonería, tuve que elegir el peor momento de todos los posibles. Quedaban menos de quince días para los exámenes finales, que esta vez serían en el instituto de Irún… Hasta entonces nos examinábamos en el propio colegio y las notas eran admitidas como válidas por el Ministerio de Educación. Puede que ese año cambiaran la legislación, el caso es que nos teníamos que examinar por libre en el instituto…..

Toda mi vida de estudiante fue un estudiar sin respiro, desde el primero al último día del curso. Necesitaba de la beca para poder seguir estudiando, de otra forma me hubieran hecho regresar a casa. Yo no quería ser minero, me asustaba trabajar en el fondo de una mina y ese era mi único porvenir, a poco que fuera un poco realista. Planificaba el curso aprovechando todas las horas de estudio de que disponía, sin concederme un respiro. La última semana acostumbraba a repasar con calma, sin agobios, cada una de las asignaturas….
La mayoría de mis compañeros hacían todo lo contrario, se tiraban a la bartola durante el curso y la última semana hincaban el codo con desesperación, incluso por las noches se escondían en los servicios o estudiaban, con una linterna, bajo las mantas. Intentaban memorizarlo todo, en una gesta que bien hubiera podido cantar Homero, se haber sido un vate moderno…Algunos lograban aprobar y hasta hubo quien igualó o superó mis notas, que no eran nada malas. Esto me enfurecía, me encolerizaba hasta extremos ridículos. No me parecía justo, ni mucho menos, el que yo tuviera que hincar el codo durante todo el año, mientras a ellos les bastaba con una semana. Lo mismo me ocurre con casi todo. Si tengo cultura es porque soy autodidacta, porque me leía todo lo que caía en mis manos, hasta los anuncios luminosos de las tiendas. Mis padres no pudieron darme una carrera universitaria. Entonces pensaba en hacer psicología o periodismo…
Escribo palabra tras palabra, día tras día, sin lograr grandes cosas, más bien me mantengo en una “áurea mediocritas”. Otros se han consagrado como escritores a edad temprana y dudo que hayan tenido tiempo para escribir más que yo. Eso me demuestra que no soy un hombre del renacimiento, sino un apasionado currante de la cultura. No tengo nada de genio aunque sí de trabajador infatigable. Puede que sea injusto, pero es así y debo aceptarlo…

Aquel final de curso no lo había asumido. La juventud es rebelde por naturaleza. En venganza decidí leerme el Quijote durante las horas de clase que los profesores nos dejaban para preparar los exámenes finales. No recuerdo si había ganado el curso con un trabajo para la revista o lo había comprado con mi magro estipendio mensual. Se trataba de una edición de bolsillo de Espasa Calpe, Colección Austral, que aún conservo en perfectas condiciones aunque la versión que leo ahora tiene la letra mucho más grande y está ilustrada…. Los compañeros me miraban con sorna –el empollón nos restriega por los morros que se lo sabe todo y no necesita ni repasar- y yo a mi vez les miraba con rabia…. Los primeros capítulos me resultaron muy indigestos. No estaba acostumbrado al lenguaje cervantino, barroco y arcaico. Sin embargo pronto los personajes de D. Quijote y Sancho se agigantaron en mi fantasía. Comprendí, aunque solo fuera superficialmente, lo bien trazados que estaban y la soterrada rebeldía que Cervantes sentía hacia la sociedad en la que vivió, alimentada culturalmente por libros de caballería, la mayoría mal escritos y sin pies ni cabeza. Algo así como los actuales culebrones televisivos o los reality shows de aquel tiempo. No le gustaba el mundo que le había tocado en suerte, tan injusto o más que el actual. Tras la socarronería de las situaciones que tan bien se describían en la novela, se podía percibir claramente la crítica social y el profundo análisis de la naturaleza humana….

Me dejé absorber en su lectura y sin darme cuenta se me echó encima el día fatídico. Aprobé todas las asignaturas, aunque con notas mucho más bajas de lo que en mí era habitual. Todas menos una. Me suspendieron en arte. ¡En Arte! ¡Con lo que a mí me gustaba el Arte! Era una vergüenza. Comprendí que un repasito a tiempo me hubiera venido muy bien, pero encandilado por el Quijote y sobrado de orgullo me encontré con una calabaza que hube de regar durante todo el verano…

De esta forma tan chusca me inicié en el Quijote. Durante años releería capítulo a capítulo, con algún que otro descanso, pero sin olvidarme de cumplir con una tarea, que me había impuesto planificando ya mi futura vocación de escritor. Curiosamente cuanto más profundizaba en la inmortal obra más deleite encontraba en ella…

Sin ponerme a idealizar hasta el ridículo un libro que no deja de tener sus grandes defectos, como toda obra humana, por muy maestra que sea, lo cierto es que el tiempo, que todo lo destruye, no ha erosionado gravemente la que puede considerarse primera novela en la historia de la literatura… Si el lenguaje es anticuado –no en vano han pasado cuatro siglos- lo cierto es que sigue siendo espejo del buen hablar y del buen escribir. Pocos son los que actualmente no aceptarían un elogio en el sentido de “ escribes como Cervantes” o “tienes un estilo cervantino”… Si bien es cierto que la narración lineal a menudo se interrumpe con otras historias, pastoriles o de temática diversa, también lo es que el Quijote es una historia bien estructurada, amena, llena de hallazgos y bellezas sin cuento. Hoy podríamos decir que la novela Quijote sufre con frecuencia la enfermedad del culebrón –interrupciones sin cuento que retardan el ritmo narrativo- y una prolijidad descriptiva que nos recuerda que en tiempos de Cervantes no existía el arte cinematográfico… El lector siente la tentación de saltarse esos largos incisos, así como la de intentar traducir al castellano actual muchos términos que resultan chocantes, acortar párrafos y podar frases que parecen no terminar nunca. Sin embargo basta con esforzarse un poco para que el lenguaje del Quijote resulte tan atractivo que hasta yo mismo he intentado imitarlo en la historia de Luis Quixote y Paco Sancho. Hacer hablar a Luis Quixote de temas actuales, utilizando una imitación del lenguaje cervantino, puede resultar extremadamente divertido. Lo mismo que imaginar al mismísimo Quijote caminando por nuestras calles, vestido con la ridícula parafernalia que tan bien describe Cervantes…

Los personajes, aparte D. Quijote y Sancho, están trazados de tal manera que el lector podría imaginárselos frente a sus narices con toda nitidez. Ahora mismo me viene a la memoria Ginés de Pasamonte o Ginesillo de Parapilla (cito de memoria) el malo más malo de todos los culebrones habidos y por haber. Un malo auténtico, que pone los pelos de punta, no como las imitaciones ridículas que se han dado en llamar “malos cinematográficos” o esos canallitas de los culebrones televisivos que nos hacen reír, hasta sin ganas, porque su maldad es tan divertida como la de una marioneta dando garrotazos a otra. El resto de personajes, desde el famoso vizcaíno a los duques, pasando por Maritornes, el ventero o cualquiera de los innumerables secundarios de lujo, como se dice en el argot cinematográfico, que pululan por las páginas del Quijote, son absolutamente maravillosos, trazados con mano maestra que conoce muy bien la condición humana. Resultan apasionantes para cualquier escritor que disfrute creando personajes de ficción. Uno podría centrarse en cualquiera de ellos y escribir una novela completa. Este dato por sí mismo indica, bien a las claras, la entidad de todos y cada uno de los personajes de esta obra maestra…

Mi admiración por ella me llevó a intentar resucitar a D. Quijote y Sancho Panza, los auténticos, no a los patéticos remedios –Luis Quixote y Paco Sancho- que me inventaría más tarde. Los imaginé paseando por nuestras modernas calles, entre el humo de los tubos de escape de los coches y cargando contra los semáforos, como gigantes de tres ojos. La tarea escapaba a mis posibilidades y sólo el amor por estos personajes me llevó a imaginar que podría traerlos a la vida con un mínimo de éxito…

Continuo siendo un apasionado lector del Quijote. Ahora mismo estoy releyendo la historia del Curioso impertinente, otro de los numerosos incisos de la novela –en realidad una novela corta- y a pesar de lo desfasado e ingenuo de la anécdota que da pie al relato, de lo insufrible que a veces resulta tanta prolijidad, las frases tan largas, el estilo tan recargado, me fuerzo a ello porque no hay texto en la literatura castellana donde uno pueda aprender tanto a poco que se esfuerce uno…

Aconsejo la lectura del Quijote en su versión original, sin podas y sin trasponer su lenguaje al castellano moderno. En una primera lectura el lector se puede saltar los incisos, leer capítulo a capítulo, haciendo pausas, tomándose su tiempo; leer otra novela moderna y retomar el siguiente capítulo al cabo de un mes, por ejemplo. Hay momentos del Quijote que son antológicos, que ningún lector debería desconocer y para el escritor que desea llegar alto algún día el Quijote es un espejo mágico, donde encontrará todo lo que anda buscando y aún más cosas que ni se le ocurriría buscar…Este es mi pequeño homenaje al Quijote en su cuarto centenario. Les aseguro que merece la pena el esfuerzo, lo mismo que el que supone leer el Ulises de Joyce o A la busca del tiempo perdido de Proust.

 

CRAZYWORLD VII (JIMMY EL PECAS)


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JIMMY EL PECAS

-Albert, mamón, como vuelvas a tratar así a mi amigo pondré una serpiente de cascabel en tu cama.

Quien hablaba era un joven alto y pecoso que miraba al celador, a aquel armario empotrado en el malhumor, a aquel cascarrabias detestable, a quien yo estaba pensando en dar una patada en sus testículos –suponiendo que los tuviera- como desde una altura olímpica, a pesar de que Albert le sacaba la cabeza y al menos dos o tres cuerpos de ventaja.

-Y ahora ya estás pidiendo disculpas a este joven y llevándolo en brazos a donde él quiera ir, ¡so mamón!

Albert bufó como si le hubiera picado la serpiente de cascabel que le había prometido Jimmy. Dio una fuerte sacudida a la silla de ruedas, hasta que caí al suelo como un fruto maduro y luego salió de estampida, rezongando algo entre dientes.

-No te preocupes, no dirá nada. Es un infecto lameculos que sabe quién paga aquí su sueldo.

Me tendió una mano, que aproveché para ponerme en pie, flexionando las piernas para hacer fuerza, porque aún me sentía muy débil.

-Soy Jimmy, aunque todos me llaman Jimmy “El Pecas”.

Estuve a punto de preguntar por qué, pero me bastó una ojeada a su rostro, picado de viruelas como un mapa de puntos, para darme cuenta de que sobraban las preguntas.

-¿Eres nuevo?

-Eso parece.

Estábamos caminando por el pasillo, uno al lado del otro. Yo no sabía dónde ir, pero esperaba que mi nuevo amigo y salvador se ofreciera para hacer de anfitrión.

-¿Cómo te llamas?

-Lo siento, pero no lo recuerdo.

-No te esfuerces. Los golpes en la cabeza tienen estas cosas, lo mismo te olvidas de todo que recuerdas haber sido Napoleón Bonaparte y Gengis Khan en una sola pieza.

-¿Cómo sabes eso?

-Jimmy lo sabe todo. Es el único que lo sabe todo en Crazyworld… Bueno, si exceptuamos a Dolores…

-Me ha servido el desayuno. Me resulta muy simpática.

-Y lo es. No te fíes de nadie en Crazyworld, amigo, ni siquiera de mí. Pero puedes fiarte de Dolores. Es la única que nunca te mentirá en este antro de perdición. Esta mañana, al despertar, ya me había enterado de que había un nuevo ingreso. No pude saludarte antes porque esa bruja malnacida de Ruth había cerrado tu puerta con llave.

-Sí, según me explicó Dolores, parece que temen que Kathy me haga una visita. Por mí puede visitarme cuando quiera. La conocí anoche, fue la enfermera que me atendió.

Noté que Jimmy se ponía muy nervioso, le cambiaba el color de la cara y las pecas resaltaban aún más.

-Te disculpo porque eres nuevo. Pero nunca me vuelvas a hablar de esa zorra. Si lo haces no respondo de mis actos.

-¿Qué ocurre, Jimmy?

-Odio a esa maldita zorra del demonio y no consiento que nadie me hable de ella.

-Está bien, no lo volveré a hacer. Tendré que aprender mucho de Crazyworld, por lo que veo.

-Te serviré de anfitrión encantado, pero recuerda mi advertencia.

-¿Por qué estás tú aquí, Jimmy?

-Adicto al sexo. La acémila de mi progenitor decidió encerrarme porque no dejaba en paz a las esposas de sus amigos, a sus hijas, a sus sobrinas y nietas, a sus criadas, a sus empleadas…

-Aunque así fuera. Me parece un poco fuerte encerrar a alguien en una clínica psiquiátrica solo porque no se puede resistir a los encantos femeninos.

-Aún no sabes nada de Crazyworld, amigo. Ya te contaré cosas que te pondrán los pelos de punta. ¿Has desayunado?

-Sí, Dolores me sirvió un espléndido desayuno antes de que Albert me llevara a la consulta del doctor Sun.

-No te preocupes por ese mamón. Ya pensaremos en algo que pondrá su culo a rebotar contra las paredes. ¿Qué te ha parecido Sun?

-Con franqueza: no me cae bien.

-Es cuestión de saber llevarle, con mano izquierda y un poco de pelotilleo. Si me aceptas como guía aprovecharemos la mañana para conocer Crazyworld. ¿Qué te parece si nos vamos fuera, nos sentamos en una tumbona y le pedimos a Alice que nos sirva un cóctel?

-¿Quién es Alice?

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-Una camarera que está de pan y moja.

Habíamos descendido hasta el vestíbulo. Amplio, suelo de mármol, muchas plantas, divanes y sillones ocupados por ociosos pacientes… Me quedé pasmado al observar a un paciente, en pijama, que tumbado en un sofá roncaba aparatosamente.

-No te enseñaré el comedor porque ya lo conocerás durante el almuerzo.

-¿Quién es aquel roncador enpijamado?

-Ven. Te voy a presentar a John Smith, el asesino múltiple, le invitaremos a un trago junto a la piscina y te contará su vida en prologo, capítulos y epílogo.

-¿No es peligroso?

-No, de momento, al menos en lo que lleva en Crazyworld no ha matado a nadie.

Continuará.

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Relatos esotéricos VI


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RELATOS ESOTÉRICOS

LOS DIOSES DEL KARMA

I

EL INICIADO

Un verdugo del karma sabe muy bien que sus competencias pueden ser ampliadas, reducidas, modificadas, anuladas…Como burócrata que es acepta con resignación su destino, incluso cuando una comisión de servicio te obliga a realizar un trabajo que nadie quiere, del que todos huimos si nos es posible.
Servir de guía turístico de un iniciado es una de las peores comisiones de servicio a que puede ser enviado un verdugo del karma. Hemos establecido un turno de guardia entre nosotros, los verdugos, para evitar que alguien sufra el acoso de un dios kármico enfadado o que la estulticia del jefe de sección de turno cargue a uno con un trabajo que todos deberíamos llevar a cabo, en forma justa y equitativa.

Los nuevos iniciados acostumbran a ser un tanto pejigueras. Con eso de que creen estar viéndolo todo por primera vez, se ponen a criticar desaforadamente lo que no les gusta; se rebelan contra las leyes más naturales; despotrican de esto, de aquello y de lo demás allá, y lo que es peor, insultan, a todo aquel que tiene la desgracia de cruzarse en su camino. Eres un tal o un cual es lo menos que nos dicen a sus guías. En una palabra, acostumbran a ponerse muy violentos. Y eso siempre resulta desagradable, aunque luego puedas tomarte la revancha, tomándoles el pelo a gusto y gana.

Cuando la lucecita roja de mi colgante se iluminó supe que algo malo iba a sucederme. Como estaba en turno de guardia para atender a los nuevos iniciados, no me hice muchas cábalas sobre lo que significaba aquella llamada a horas intempestivas.

Normalmente los novatos, los iniciados que acceden por primera vez a nuestro edificio burocrático, terminan siempre perdidos en el vestíbulo. El conserje de turno no precisa intercambiar una sola palabra con ellos para saber quiénes son y a qué vienen. Se limitan a pulsar la tecla que enciende la lucecita roja del verdugo del karma en turno de guardia y procuran vigilar con ojos atentos al iniciado para que el muy palurdo no toque donde no debe y nos haga saltar por los aires, o se cuele por una puerta que no es, y organice un lío de mil demonios.

Lamenté no poder acudir aquella noche a la cita con mis turistas oníricos. Era un grupo bastante manso y que no creaba más problemas de los imprescindibles. Les había presentado al archivero mayor y devuelto con una facilidad pasmosa a su estúpida realidad vigil. Me había hecho a la idea de acompañarlos durante varias noches, enseñando a aquellas cabezas de chorlito los lugares más comunes de nuestro mundo. Me las prometía muy felices gastándoles algunas bromas, inocuas, aunque en extremo regocijantes. Pero el deber es el deber y hacer novillos no resulta muy divertido aquí, cuando un dios del karma puede ponerte las peras al cuarto y gastarte alguna de sus terribles bromas.

Así que me busqué un sustituto para la noche y me dirigí al vestíbulo, fantaseando con las posibilidades que el novicio de turno me permitiría ensayar, según su inteligencia fuera cero o estuviera por debajo de esa línea. Apenas pisé el abovedado y amplio vestíbulo, el conserje de turno salió a mi encuentro y me señaló a un joven despistado que no dejaba de dar vueltas y más vueltas, de acá para allá, tanteando puertas, buscando extraños resortes en las paredes y lanzando patadas al mobiliario y enseres que jalonaban el extenso espacio a su disposición.

Me encogí de hombros, hice un gesto amistoso al conserje y me acerqué hasta el iniciado, sin ninguna prisa, observando con detenimiento sus gestos, por si podía darle ya una nota de inteligencia cero o debería rebajarla hasta intentar batir el record de estupidez de los iniciados, que estaba bastante alto.

-Hola amigo. ¿Se ha perdido?

El joven me oyó. Algo de lo que no son capaces la mayoría, que creen haberse vuelto locos por oír voces donde todo debería estar silencioso. Eso me hizo pensar que me encontraba en presencia de un “cero” y no debería darle más vueltas al asunto. El joven se volvió y me percibió, algo que ya de por sí indica un estado de evolución poco corriente. Una gran parte de los iniciados se pasan varios minutos intentando localizar de dónde proviene la voz, sin llegar a encontrar a su guía, aunque se den de bruces con él.

-Menos mal que le encuentro. Le juro que no sabía por dónde salir de este maldito laberinto.

-Puedo saber qué desea? ¿Qué le trae hasta aquí? ¿O se trata de un secreto que solo puede desvelar a presencia de un dios?

-¿Dios? ¿Existe Dios?

Estaba claro. Se trataba de un ejemplar “iniciatus filosóficus” con muchas ganas de dar la tabarra.

-¿Sabe al menos dónde se encuentra?

-Imagino que en alguno de esos mundos extraños a donde me llevan a menudo mis ejercicios de relajación.

-Algo así… Bien, voy a presentarme. Soy un verdugo del karma, no importa mi nombre, y le serviré de guía por este lugar.

-¿Un verdugo del karma? ¡Qué interesante!

-Como supongo que su tutor le ha enviado aquí para conocer el funcionamiento del engranaje cósmico y para echar un primer vistazo a los dioses del karma, me permito sugerirle que me acompañe.

-Me niego rotundamente si no me explica qué está pasando.
Me lo temía. El iniciado filosófico no da un paso sin antes saber dónde va a pisar.

-¿No recuerdas nada, amigo?

Se quedó un rato en suspenso y de pronto una lucecita se iluminó dentro de su cabezota.

-¡Ah, sí, el sueño!

-Exacto. Si estás aquí es porque has llegado a un acuerdo con tu maestro o tutor. Has aceptado conocer alguno de los secretos que tanto te inquietan y planificado y programado esta visita… Pues bien yo soy tu guía. Como sabes el maestro no puede entrar aquí con sus novicios o iniciados. Así pues tendrás que aceptarme a mí, lo quieras o no.

-Está bien. No se apresure, amigo.

-Lo siento. Hay mucho para ver y tengo cosas más importantes que servir de guía a un palurdo como usted.

-Oiga. No me insulte. Aunque mi conocimiento sea limitado, en mí late la chispa divina, que es igual a la suya. ¡Vaya con cuidado!

Me carcajeé en su cara. Al menos, pensé, no me aburriría con aquel pardillo, no.

-Vamos, no se enfade, la visita programada es muy larga.

Cuanto antes nos pongamos en camino antes la terminaremos. Si es tan amable cierre los ojos. Le tocaré con mi dedo en el tercer ojo y cuando le ordene abrirlo nos encontraremos en el salón de guardia que utilizan los dioses del karma para vigilar la realidad del mundo visible. Le suplico procure pegarse a mí, no gritar, hacer el menor ruido posible y seguir todas y cada una de mis instrucciones. De otra manera le harán pagar su osadía.

Cerró los ojos. Puse mi dedo índice en su entrecejo y grité:

-Un…dos…tres…

CRAZY WORLD V (El doctor Sun)


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EL DOCTOR SUN

Dolores continuó contándome chismorreos sobre aquella clínica del demonio. Algunos eran más bien secretos o misterios, sin duda muy importantes, pero a los que no hice demasiado caso, muy ocupado en rematar el desayuno. Aún ignoraba que un tal Jimmy, “El Pecas”, tomaría el relevo de Dolores y me desvelaría con pelos y señales qué me esperaba de ahora en adelante.

Dolores recogió la bandeja, la colocó en el carrito y se acercó a darme un beso maternal, que yo agradecí como un pollito angustiado agradecería a su mamá clueca que le librará del miedo a ser comido por el habitual zorro, depredador de gallineros. En ese momento entró de nuevo Albert, como un ciclón.

-El doctor Sun me ha ordenado que lo lleve inmediatamente a su consulta.
A Dolores, inclinada sobre mi frente, con sus castos y enormes pechos reposando en mi nariz, no le hizo demasiada gracia la interrupción.
-Usted es idiota, Albert, y en su casa aún no lo saben.

Se irguió en toda su majestuosidad frente al matón de gesto agrio (tal vez se desayunaba con zumo de limón puro) y a punto estuvo de sacarlo del cuarto a sopapos. Pero se lo pensó mejor (tal vez el hecho de que yo hubiera terminado mi desayuno ayudó bastante) y acató las órdenes del gran jefazo, no sin antes poner las cosas en su sitio.

-Dígale al doctor que no consentiré que se lleve a mis pacientes sin desayunar. Que sea la última vez.

-Eso se lo explica usted misma al doctor.

-Lo haré. ¡Vaya si lo haré! Y por lo que a usted se refiere quiero que me trate a este joven como si fuera mi hijo o caso contrario me rendirá cuentas.

Albert calló, por la cuenta que le traía y Dolores salió con el carrito, muy tiesa y muy oronda. Las jambas de las puertas se apartaron unos centímetros, temerosas y recatadas.

Aquel mamón, matón y de leche agria, en cuanto mi benefactora desapareció de su vista, perdió los pocos escrúpulos que le quedaban. Sin presentarse, como es de buena educación, y sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, como es de gente, buena o mala, temerosa del destino, me tomó en sus brazos, sin ninguna consideración y se disponía a dejarme caer sobre una silla de ruedas, que había de traído de su mano, sin darle la menor importancia, cuando yo grité, primero, y después anuncié que no estaba dispuesto a presentarme en la consulta de un eminente doctor en pijama.

Albert me dejó caer sobre el lecho, que rechinó sobre sus goznes, y se dirigió, hecho un basilisco, al armario empotrado. Allí revolvió hasta sacar unos vaqueros con las rodilleras rotas y una camisa vaquera a rayas rojas y azules, realmente repugnante. Me calzó unas sandalias, tipo “pescador de hombres”, y tras haberme arrancado el pijama a mordiscos y colocado de cualquier manera la ropa, me volvió a tomar en brazos e hizo como que mi peso le obligaba soltarme bruscamente. ¡Embustero, trapacero, hijo de p…! La silla crujió, las ruedas se desinflaron y mi cuerpo protestó como un millonario al botones de un hotel de seis estrellas.

Todo fue inútil, porque aquel maldito matón emprendió una loca carrera. La puerta no se expandió, como en el caso de Dolores, y mis rodillas tropezaron con las jambas, primero con una y luego con otra. Mientras Albert conducía la silla por el pasillo, como si fuera un bólido de fórmula uno, me restregué mis rótulas y busqué roturas en huesos y músculos. No sufría daño alguno y observé curioso cómo la ropa se ajustaba a mi cuerpo, como si fuera de mi talla, o más bien como si hubiera sido hecha a medida. Anoté el dato para preguntarle a Dolores en la próxima ocasión.

Me habían adjudicado un cuarto en la quinta planta, la misma donde estaba situado el despacho del famoso doctor Sun. Eso me permitió librarme de la entrada en el ascensor. El grosero, estúpido y malnacido hijo de perra (me estoy refiriendo a Albert) llamó suavemente, casi diría que con dulzura, a la puerta, con sus nudillos de boxeador retirado. De haber empleado esa misma dulzura conmigo ahora nos estaríamos besando como apasionados amantes que acabaran de conocerse.

Una voz baja y varonil le invitó a pasar. La imagen que me hice del doctor Sun antes de atravesar la puerta fue más o menos ésta: fornido, ancho de hombros, alto, perilla a lo Freud, traje oscuro, estetoscopio colgado de su cuello…

Lo que vi fue esto otro: Un hombre tan canijo que su cabeza apenas sobresalía de la mesa de su despacho; tan morenazo que parecía negro; tan peludo que se le hubiera podido considerar como hijo del “hombre lobo”; tan serio que parecía Edipo tras sacarse los ojos, luego de haberse enterado que la tía buena con la que se acababa de acostar era su madre y el marido de la tía buena, su padre, y la jovencita con la que pensaba acostarse su hermana y…

-Buenos días, doctor Sun.

Aquel malnacido era un redomado pelota. Suele pasar que bestias pardas como aquel matón se achantan y besan el culo de un superior que inclina el dedo pulgar hacia abajo, con los antiguos césares.

-Buenos días, Albert. Coloque al paciente en el diván y luego puede irse.

Albert me tomó en sus brazos, con el mimo con el que un reciente esposo lleva a la esposa al lecho nupcial, y una vez en la perpendicular del diván, sin ningún remilgo, ni vergüenza, ni complejo, ni sentimiento de padecer una patología insana, me soltó sin avisar. Reboté, literalmente hablando, pero antes de tocar el suelo, el malnacido me empujó ligeramente con una mano y allí quedé, encajado casi de cualquier manera, en el amplio diván del doctor Sun. Este hombrecillo peludo hizo como que no hubiera visto nada, a pesar de que estaba observándome con los ojillos negros muy abiertos. Tomé buena nota y decidí odiarlo, aún antes de saber por qué razón o razones.

-Ya puedes irte, Albert. Regresa a por el paciente dentro de una hora.

-No me olvidaré, doctor.

-¡Maldito pelota, hijo de perra del averno! ¡ Así se rompiera la crisma por las escaleras!

Albert cerró la puerta con suavidad. Deseé ser una puerta.

-Bien. Póngase cómodo. Necesito que me de algunos datos para su historia clínica.

No hubiera necesitado el permiso del Dr. Sun para buscar mejor posición. Albert me había dejado en una posición realmente incómoda. Busqué acomodo en el diván y apenas lo hube encontrado cerré los ojos y me dispuse a dormir una buena siesta. Pero el Doctor no me lo permitió.

-¿Me ha oído?

La implacable voz de barítono del Dr. Sun hubiera seguido incordiándome el resto de la sesión, así que decidí contestar.

-No recuerdo nada.

-Bien. Ya suponía que era fácil que usted sufriera una amnesia post traumática. ¿No recuerda nada, nada de nada?

-Nada, doctor.

-Bien.

El Dr. Sun se sentó tras su mesa de despacho. Abrió un cajón, sacó un folio y se puso a escribir sin parar, con una pluma estilográfica, que relucía, tal vez era de oro.

Se trataba de un hombres bajito –sus pies no llegaban al suelo, según un pude observar por el hueco, bajo la mesa-y tan peludo que bien hubiera podido interpretar el papel de hombre lobo en una película, sin necesidad de maquillarse.
Moreno por naturaleza, cabeza grande y cuerpo enjuto, dientes amarillos, boca pequeña y mandíbula firme. Me pregunté si entre el personal de Crazyworld habría psiquiatras femeninos, y sí podría cambiar de Doctor, sólo con pedirlo.

-¿Conserva su cartera? Tal vez con su carnet de conducir tengamos bastante… De momento.

-Lo siento Doctor. No he visto mi ropa en el cuarto.

-Me enteraré.

El Doctor activó el interfono.

-Señorita Lucy, ¿puede venir un momento?

Por una puerta lateral, que sin duda comunicaba con el despacho de su secretaría, se introdujo una mujer joven, bajita, taconeando en morse.

-Lucy. ¿Puedes enterarte de lo que ha sido de la ropa de este joven?

-Sí, doctor. Era una vocecita remilgada, como el pedito del anfitrión en un cóctel. Salió, cerrando la puerta tras de sí. Al cabo de un minuto, que el doctor Sun empleó en observarme con interés, la misma vocecita de antes sonó muy intensificada por el interfono.-

-Doctor. Lo tiraron todo a la basura. La ropa estaba inservible, rota y manchada de sangre. Nadie sabe nada de la cartera.

-¿No se encontró alguna documentación?

-Me interesé por ello, doctor. Supuse que me lo preguntaría.

El Dr. Sun golpeó con sus dedos peludos el interfono, como diciendo: ¡buena chica, buena chica! En realidad se trataba de otra maldita pelota, con voz de pedito. Comprendí que mi malhumor nacía del trato recibido de Albert. Tal vez en otra ocasión descubriera encantos escondidos en el cuerpecito o de Lucy.

Continuará.