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PERDIDO EN EL TIEMPO XXII


 

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PERDIDO EN EL TIEMPO

MÚSICA BIZANTINA

Me rindo y abro los ojos. Con mucha suavidad, esperando que todo haya cambiado. Me gustaría estar en el cielo, en el purgatorio, en el infierno. Me da igual. En el infinito vacío, en el nirvana, en el samahdi, en la budeidad. En cualquier parte menos aquí, donde sea aquí, cuando sea aquí. No quiero estar vivo, no quiero seguir dando vueltas a esta autovía infernal, no quiero mis recuerdos, aunque estos sean yo, prefiero la aniquilación. Pero por la rendija de los párpados la luz mortecina, rojiza, nocturna, me dice que sigo donde estaba y que estoy vivo.

Los ojos están abiertos. Puedo ver el el cuadro de mandos, las luces, el depósito de gasolina lleno, la velocidad a cero, el reloj parado. Todo sigue igual. Para estar muerto esto se parece demasiado a cuando estaba vivo, hace… No lo sé, puede que hayan pasado minutos, horas, meses, años, siglos… ¡Qué importa! El volante no está quebrado, sigue íntegro. Bajo la mirada hasta mi barriga, nada, ni una mancha de sangre, ni una herida, la ropa intacta. Muevo las manos remisamente y me palpo. No siento dolor, ningún agujero en mi cuerpo. Levanto la ropa y toco mi carne. Nada, la piel tiene la misma temperatura, la misma textura, está intacta. El recuerdo es claro. Suena la marcha al suplicio de Berlioz, el pie oprime el acelerador, el cuenta kilómetros avanza inexorablemente, aprieto los dientes, una curva, el coche se va, vueltas de campana, salto la mediana, salto el quitamiedos, caigo al otro lado y el coche voltea cuesta abajo. El volante se rompe. Noto cómo un trozo de plástico endurecido se clava en mi vientre. Un dolor intensísimo. Intento arrancarme el volante, el dolor es infernal y entonces… Nada.

Debería estar muerto. Debería estar al otro lado, si lo hay, en cualquier otro lugar, en cualquier otro tiempo… en la nada, debería estar en la nada y mis ojos no verían, mis oídos no escucharían esta música mística. El señor es mi pastor, nada me faltará…

“Salmo de David El Señor es mi pastor, nada me falta: 2.en verdes praderas me hace reposar, me conduce hacia las aguas del remanso 3.y conforta mi alma; me guía por los senderos de justicia, por amor a su nombre; 4.aunque vaya por un valle tenebroso, no tengo miedo a nada, porque tú estás conmigo, tu voz y tu cayado me sostienen. 5.Me preparas una mesa ante mis enemigos, perfumas con ungüento mi cabeza y me llenas la copa a rebosar. 6.Lealtad y dicha me acompañan todos los días de mi vida; habitaré en la casa del Señor por siempre jamás.”

Estoy vivo, aleluya, aleluya. Es un milagro. Aleluya. Debería sentirme feliz, soy inmortal, nada puede destruirme. Las luces del coche siguen encendidas. Miro hacia fuera. Hay asfalto y no tierra. A mi izquierda el quitamiedos, a mi derecha la mediana. Siento la tentación de bajar del coche y comprobar si éste ha sufrido daños, pero sé que es así, no necesito comprobarlo. La materia no está sometida a las leyes físicas que conocí, puede deteriorarse un tiempo, si es que el tiempo sigue existiendo, pero luego vuelve a su ser, al menos es lo que parece. Curiosamente el dolor continúa siendo la cruz en la carne del ser humano, de los animales, de todo ser vivo. Pero no parece afectarme como antes. No podré dormir pero sí desmayarme. Es bueno saberlo, aunque si para acceder a la inconsciencia hay que sufrir tanto, mejor olvidarlo.

Permanezco tranquilo, intento no moverme, no pensar, no recordar. Los milagros son muy bonitos, pero luego hay que seguir viviendo. No sé por qué pienso que debería haber metido una botella de alcohol en el maletero, la borrachera es una especie de sueño, así podría sugestionarme con el sueño y como nada aquí parece agotarse, podría beber y beber y beber… Al menos podría haberme olvidado del miedo a perder el libro electrónico y haberlo traído. Miles de libros para entretenerme durante la eternidad. Un ordenador portatil para escribir novelas y novelas, como aquí nada se agota la batería podría durar para siempre, y sino podría cargarla al coche, que éste sí que no se agota. Pues no, solo tengo música. Me encanta la música, adoro la música, pero solo música…

Debería salir del coche y ponerme a bailar como los derviches o ponerme a caminar, tal vez me cansaría, me agotaría, dejaría el coche atrás y la música y obligaría a mi cuerpo a sufrir con el esfuerzo, aunque tal como están las cosas dudo que llegara a cansarme, aunque me pusiera a correr. Sería interesante saber si puedo correr la gran maratón y luego otra y otra y otra, hasta que me fallara el corazón. Pero seguro que no me fallaba. Lo haré, haré muchas cosas, debo experimentarlo todo, saber dónde están los límites, tal vez hasta pueda volar si me lo propongo. Debería estar exultante. Ha ocurrido un milagro. Estoy vivo. Aleluya, aleluya.

Al final me puede la curiosidad, salgo del coche, camino a su alrededor intentando observar el menor rasguño, nada. Ha ocurrido un milagro. Aleluya. Y me pongo a danzar como los derviches, imitando las danzas que he visto tantas veces en vídeos, cuando estaba en la otra dimensión. Curiosamente es como si hubiera perdido parte de mi peso, todo mi peso, siento la atracción de la gravedad, una gravedad ligera, sutil. He perdido peso sin dieta, sin hacer deporte. Aleluya. Esto también debería alegrarme. Me muevo cada vez más rápido, poniendo los pies tal como los ponen los auténticos derviches. Lo hago con una facilidad asombrosa, como si yo mismo fuera un derviche. Giro y giro y giro. No me mareo, es una sensación agradable, un dulce vértigo.

Y así permanezco, puede que haya descubierto otra forma de dormir sin dormir. Recuerdo mi aprendizaje en las técnicas de yoga, otro tema a experimentar, hasta es posible que llegue al samadhi sin el menor esfuerzo. Todo esto es un sin sentido. Tendría que estar muerto y estoy vivo. Aleluya. Debería regresar al coche y poner la radio, a ver qué pasa por el mundo. Pero estoy así tan bien, girando y girando y girando…

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PERDIDO EN EL TIEMPO XXI


PERDIDO EN EL TIEMPO

BEETHOVEN
NOVENA SINFONÍA
ADAGIO MOLTO E CANTABILE

Me siento plenamente feliz. Una apacible corriente de bienestar recorre lentamente mi cuerpo. He surgido de la oscuridad como la llamita de una cerilla. Sé que tengo piernas porque un cosquilleo agradable me dice que están ahí. La consciencia se limita a un pequeño espacio que intuyo es todo mi cuerpo. Más allá puede que haya algo pero no lo sé ni quiero saberlo. Mi memoria duerme relajadamente, ni siquiera con sobresaltos. Intuyo un pasado, recuerdos, pero todo está dormido y no quiero despertarlo, sea lo que sea.

Es una sensación inexplicable, me viene a la cabeza la imagen de un feto en el vientre de su madre, tendría que hacer un esfuerzo para saber lo que eso significa y no lo voy a hacer. El dolor es un concepto lejano que algún día recordaré. Ni una mínima molestia, ni la menor sensación de desagrado. Todo está bien, todo es perfecto. Cómo ese sonido armonioso que llega desde alguna parte, desde no sé dónde. Puede que sepa lo que es la tristeza, pero no lo recuerdo. Tal vez esté sumergido en un baño de melancolía, aunque en realidad se trata de un concepto que se me escapa. Podría decir que es un momento perfecto que no quiero romper, por eso no digo nada. También el habla es una idea confusa, posiblemente agradable, aunque no lo sé con certeza. Entiendo lo que debe ser el movimiento, tal vez como un paisaje, como un horizonte sin concretar. No siento ninguna necesidad de moverme, de pensar, de hablar, de recordar, estoy bien, muy bien, y eso es suficiente. No entiendo el tiempo, porque nada fluye, tan solo una idea muy vaga de que algo así debe existir, de que yo una vez me deslicé con el tiempo. Algo, lo que sea, se mueve como el aire libre, por todo mi cuerpo, desde los pies a la cabeza y desde la cabeza a los pies. En su camino no encuentra ningún obstáculo y eso es algo que podría ser raro si pudiera hacerme una idea de un mundo diferente, de una consciencia distinta.

Una palabra me viene a la cabeza: música. Sí eso debe ser, debo estar escuchando música. Un sonido, armonioso. Oídos. Como una gota de agua sobre mi cabeza. No significa nada, pero sigue la segunda y la tercera, y ahora sé que está lloviendo. Lluvia. Una nueva palabra, nuevas palabras, nuevos conceptos, tal vez recuerdos de algo, sí de algo, ¿pero de qué? Algo me dice que pronto sabré y entonces esta beatitud, esta felicidad aérea que recorre mi consciencia, lo que soy, se escindirá y tendré que luchar para que no se acabe. Quiero permanecer así para siempre. Soy, para siempre, escisión. Las gotas menudean sobre mi cabeza, pronto serán un diluvio. Las palabras y los conceptos resbalan de mi cráneo, luego llegarán los sentimientos, lo que más temo, y no sé por qué. La música se intensifica, mis oídos se están abriendo. Música, oídos. Algo está llegando hasta mí desde alguna parte, y no quiero que llegue. La aérea armonía que circula por lo que soy dejará de fluir con suavidad, comenzará a buscar algo, se aturullará, se bloqueará y entonces llegará el dolor. Soy, dolor. No quiero ser, no quiero sufrir.

Me dejo llevar por la divina armonía, estoy en estado de beatitud. Estoy, soy. ¿Qué es ser y qué estar? No quiero ser nada, no quiero estar en parte alguna. Solo esta felicidad, suave y tranquila, circulando sin prisas, sin obstáculos. Nunca viví nada parecido. Nunca, siempre. Cada gota de agua es un concepto, un pensamiento, una palabra. Son confusas, pero al unirse parecen aclararse, transparentarse. El chaparrón, la tormenta, el diluvio. Antes de que lleguen me alcanza un paisaje idílico, árboles, un bosque, un arroyo cantarían. La sexta sinfonía de Beethoven, la pastoral. Beethoven, Beethoven, Beethoven… Y entonces estalla un trueno, y un relámpago ilumina la oscuridad. No sabía que estaba en tinieblas, ni qué era la luz. Ahora sé que la escisión se ha producido: luz, oscuridad, felicidad, dolor, recuerdo, olvido, fui, soy y seré, todo tiene su contraparte. Vida y muerte, recuerdo y olvido, recuerdo y olvido, recuerdo y olvido.

Quiero olvidar antes de recordar, quiero estar vivo y muerto, quiero permanecer en esta beatitud para siempre, que la aérea armonía circule hacia parte alguna, me recorra sin prisas, desde los pies a la cabeza, desde la cabeza a los pies, por los brazos, por la piel, por el exterior, por el interior, cada órgano, cada célula, cada milímetro de consciencia. Consciencia, pies, cabeza, mente, recuerdos, olvido, brazos, órganos. Soy consciencia y estoy en un cuerpo. Sí, eso era lo que se me escapaba, lo que me recorre, recorre un cuerpo. Cada parte de ese cuerpo es feliz, cada célula está en armonía, no hay obstáculos en el riego sanguíneo, no hay obstáculos para el prana, para la bienaventuranza. Prana, consciencia, cuerpo, armonía, felicidad, bienaventuranza. Me encojo, me protejo. Encogerse, protegerse. El diluvio me está calando con infinitas gotas que son palabras, conceptos, pensamientos, y lo peor de todo, emociones, sentimientos. No quiero regresar a lo que fui, sea lo que sea. Soy un feto flotando en el vientre oceánico de una madre. Feto, vientre, oceánico, madre. No puedo evitarlo, no puedo seguir luchando contra la oscuridad que viene desde alguna parte y me ahoga. ¿Estoy vivo? ¿Estoy muerto? Y algo estalla y algo se rompe y todo se escinde. Creo percibir el brutal comienzo y sé que estoy escuchando el primer movimiento, el segundo, como en surcos paralelos, desde dimensiones paralelas. Como si sonaran en otro tiempo, aún permanece el tercero, la armonía, la beatitud de la felicidad circulando sin obstáculos. Pero no puedo detener la llamada del destino de la quinta. Una puerta se abre, se está abriendo, lo que va a entrar terminará con mi beatitud. Debo luchar, con todas mis fuerzas, hasta el final.

Beethoven, Beethoven y Berlioz, marcha al suplicio. Un vehículo por una autovía infernal, un pie que oprime el acelerador, la velocidad aumenta, choca contra la mediana, da vueltas de campana, salgo volando del asfalto, un ruido ensordecedor, se rompe el volante, se me clava en el vientre, voy a morir…

Pero estoy vivo, lo sé, no soy un fantasma, no estoy en el cielo, no he alcanzado la beatitud. Sigo vivo. No quiero moverme, me niego, no quiero saber si me duele alguna parte del cuerpo, porque no me duele nada, aún circula el prana sin obstáculos. Siento el deseo de mover un dedo, para saber, pero no lo haré, me niego. Quiero mirar hacia abajo, para ver si aún sangro por la herida mortal. Pero no lo haré. Me encojo, me acurruco como un feto en el asiento de un coche. Siento el cinturón de seguridad. ¿Fui capaz de ponérmelo? ¿No quería morir?

Me centro en la circulación de la bienaventuranza, en la placidez de tener un cuerpo feliz, sin molestias, sin bloqueos, sin dolor. En la consciencia, una consciencia vacía de todo recuerdo, de toda angustia. Pero no podré seguir así mucho tiempo. Quiero saber. Quiero saber si la herida se ha cerrado, si el volante se ha recompuesto, si estoy ileso, indemne. Quiero saber si el coche tiene daños, por lo menos eso. No soportaría vivir el mito de Sísifo. Subí la piedra hasta la cima y luego la empujé por la ladera, tiene que estar rota en mil pedazos y haber quebrantado todo a su paso.

Voy a abrir los ojos, ahora sé que los tengo cerrados, es inevitable, pero aún un momento de paz, de placidez, de felicidad. Aún un momento, por favor. Necesito saber que puedo ser feliz, que puedo recobrar el estado de bienaventuranza cuando quiera.

Voy a abrir los ojos, lo sé. Algo se está moviendo, un párpado, una rendija, una ventana a la infernal realidad. El deseo morboso puede más que mi voluntad. Voy a saber lo que ha ocurrido.

Está bien. Me rindo, me rindo, me rindo…

PERDIDO EN EL TIEMPO XX


PERDIDO EN EL TIEMPO

HECTOR BERLIOZ

SINFONÍA FANTÁSTICA

MARCHA AL SUPLICIO

De pronto he decidido suicidarme…si puedo…si me lo permiten…si es posible. Estoy harto de esta historia. Es una mierda. Es inútil seguir fugándome de la realidad. Esto no es un delirio, una alucinación, un extravío de mi mente, estoy aquí, en una dimensión ignota, solo, y no regresaré nunca a la realidad que conozco, en la que he vivido hasta ahora. Seguir dando vueltas y más vueltas a esta autovía infernal no es precisamente un aliciente, además de noche, en una noche perpetua, eterna, solo con mi mente, que es lo único que me queda porque el cuerpo físico es solo un remedo de lo que fue, no puedo comer, ni beber, ni dormir, ni excretar… Puede parecer una mejora, ¿pero lo es?, no tengo hambre pero he perdido el placer de disfrutar de la comida, no tengo sed, pero beber también es un placer, no tengo necesidad de dormir, pero mi mente necesita evadirse unas horas al día. Puede que no muera, es algo que voy a probar, pero vivir, sin alicientes, solo, no es un don, es un castigo.

No es la música que yo hubiera elegido para acompañar un suicidio, mejor la novena de Beethoven, mucho mejor, o el réquiem de Mozart o el de Fauré, o… tantas otras, pero es la música aleatoria que me ha traído el destino y tal vez no sea la mejor pero sí armoniza con mi estado de ánimo. Es una marcha al suplicio, al cadalso, a la guillotina, pero sin llegar nunca a ella. Una marcha sarcástica, cínica, tambaleante, pomposa, majestuosa, estúpida, delirante, inconmovible, testaruda, digna, lúcida, segura de sí misma, indubitable. La marcha de quien no teme nada porque la desesperación le hace grande, poderoso, gigante, verdugo, víctima, espectador, actor, bufón y rey, real y mental. Todo es mental, todo es fantasía, puedo hacer lo que quiera porque soy un dios, puedo reír y llorar, puedo recordar y olvidar.

Toto tototó toto tototó torotototó torotototó tutu tututú etc Tatatá tataratatatatá etc etc Tata tataratatá etc

Grande Berlioz, me pudo ver en el futuro, yendo al cadalso en plena oscuridad, en plena noche eterna, por una autovía infernal, apretando el acelerador, observando cómo la aguja del cuentakilómetros sube y sube, veinte, cuarenta, sesenta, ochenta, cien, ciento veinte… Me pudo ver yendo al suplicio, el pie en el acelerador, los dientes apretados, la mirada al frente, los faros trepanando la noche. Ya no me importa comprobar si estoy o no realmente solo. Me había planteado explorar, sí, salir del coche con una linterna, trepar el quitamiedos y caminar siguiendo la luz de los faros, hasta donde llegaran y más allá, saltando arbustos, rodeando arbolitos, tropezando en piedras, buscando, siempre buscando, una gasolinera, aunque estuviera abandonada, un muro, derruido, las viejas ruinas de una civilización, algo, cualquier cosa que me indicara que una vez hubo algo, convertido en arqueólogo en paleontólogo, buscando un hueso humano, una tibia, un peroné. Buscando un arroyo donde pudiera beber incluso sin tener sed, un manzano silvestre del que pudiera comer, aunque no tuviera hambre. Buscando más allá, tras el montículo y la colina, una luz en la oscuridad, artificial, lunar, lo que fuera. Una huella de pies en el suelo, una huella de animal, algo, lo que sea. Sí, quería hacerlo, no rendirme hasta saber la verdad, hasta descubrir si estoy realmente solo. Pero ahora sigo oprimiendo el acelerador, guiado por esta música infernal, divina, delirante. ¿Qué haría si ahora mismo apareciera un ser humano caminando sobre el asfalto? Cuando vivía entre los humanos, huía de ellos y me refugiaba en mi pequeño apartamento como en un búnker, ahora daría cualquier cosa por ver un ser humano, el que fuera, niño, joven, adulto, anciano, mujer, hombre, caminando por esta autovía. No importa que no quisiera hablar conmigo, que me despreciara, que se burlara de mí, o que comenzara a charlar sobre el tiempo, hoy hace un día estupendo, el sol es maravilloso, estamos en primavera, en verano, hoy hace un día infernal, llueve a cántaros, jarrea, el cielo se desploma, los relámpagos hienden el cielo y la tierra, los truenos son las trompetas del apocalipsis, la nieve cae en copos gigantescos, nos va a enterrar, el frío es insufrible, me corta los dedos, quema mis orejas… No importa de qué quisiera hablar el otro humano conmigo, al menos escucharía el sonido humano. Tenía previsto jubilarme pronto, irme a la montaña, una casita con jardín y huerto, un perrito y un gatito. Ya no oiré el ladrido de un perrito cariñoso ni el maullidito de un gatito zalamero. Adoro a estas personitas, tan pequeñas, tan encantadoras. No hablan el lenguaje humano sino el perruno o el gatuno. Tampoco yo hablo el ruso, el chino, el extraterrestre y sin embargo soy inteligente, consciente, humano.

Tata tatatá…

Ahora podría saltarme a la torera lo políticamente correcto, despotricar de esto o de aquello, decir lo que realmente pienso y no lo que me obligan a pensar. Podría hacer lo que quiero y no lo que me han obligado a hacer desde la cuna. Pero ya no quiero hacer nada porque estoy solo, nadie me ve, porque yo no necesito hacer nada, pensar nada, sentir nada, porque no quiero convencerme de nada. Los demás eran espejos en los que me miraba para poder verme. Ahora que estoy solo no necesito mirarme, ni verme, ni siquiera necesito existir.

Podría pasarme el resto del tiempo, si es que existe, de la eternidad, recapitulando lo que fue mi vida en el otro lado. ¿Para qué? No necesito recordar nada, justificar nada, lamentar nada, angustiarme por nada. Solo lo hacemos para que los espejos que son los otros sigan ahí y nos permitan mirarnos en ellos y encontrar nuestra imagen. Porque no tenemos imagen alguna, somos fantasmas en medio de la noche, en mitad del Cosmos. Ya no tengo que reparar daños, reconstruir jarrones rotos, ni buscar la reconciliación, ni buscar nuevos horizontes. Estoy solo y todo lo que antes me parecía importante ahora ni siquiera existe. No soportaría que mi mente se pasara los días y las noches, y el día-noche eterno recordando siempre lo mismo, una y otra vez, como si no hubiera otra cosa, intentando delimitar lo que fue realmente real y lo que añadió mi fantasía. ¿Qué importa lo que ocurrió realmente fuera de mí o lo que añadí dentro de mí? Lo real y lo irreal son una misma cosa. No soportaría dejar que mi mente me atormentara una y otra vez con los mismos recuerdos. Y sin embargo es lo que hacía cuando estaba al otro lado, con los otros, me pasaba más tiempo recordando el pasado que buscando el futuro, que caminando en el presente. El pasado lo era todo, me movía hacia atrás, como los cangrejos. Caminaba de culo y no lo sabía.

Tata tatatá

Ciento treinta, ciento cincuenta. Estoy buscando desesperadamente la muerte. Sé que el dolor será inevitable, como me ocurrió cuando me golpeé la cabeza y me desmayé, pero espero desesperadamente que sea un dolor breve, luego la nada, la ausencia de dolor, de recuerdos. ¿Y si resucito? Espero que no, que el coche estalle, que se calcine, que mi cuerpo se convierta en ceniza. ¿Pero y si resucito? ¡Maldita sea, aunque así fuera, tengo que comprobarlo!

Doscientos, doscientos diez…

El volante tiembla, cualquier pequeño movimiento en falso y chocaré con el quitamiedos, el coche dará una vuelta de campana, saltará la mediana, dará tantas vueltas de campana que terminaré fuera de la autovía entre los matojos, en plena oscuridad, los faros se apagarán y mi recuerdo desaparecerá para siempre. Nada de lo que fui es real. Tengo estos recuerdos como podría tener otros. Los recuerdos persisten porque siempre hay alguien que nos ha acompañado un trecho del camino y que ha visto lo que nosotros hemos visto, que ha vivido lo que nosotros hemos vivido, porque vemos algo en el espejo creemos que es real. Pero ahora que no hay espejos, ahora que estoy solo lo mismo podría inventarme recuerdos completamente diferentes, una existencia absolutamente distinta. Si viniera ahora mismo un extraterrestre y me abdujera podría contarle una vida nueva, diferente y él se lo creería porque no me ha visto, no me ha acompañado en el camino, no sabe cómo soy realmente, cómo fui, no sabe nada de mí. Recordamos porque están los otros, sino fuera así no necesitaríamos recordar, podríamos fantasear.
Doscientos cincuenta, doscientos sesenta

El volante trepida, no puedo controlarlo. De pronto el coche se va, colisiona con la mediana, da una vuelta de campana, otra, parece una pelota loca, el volante se rompe entre mis manos. Noto que algo se clava en mi vientre, debe ser un trozo de volante. El dolor es terrible, espantoso. No es así como quería morir, no con este dolor. No puedo soportarlo. El coche se ha detenido, no sé dónde, no sé cuándo. Puedo que ahora explote y el fuego me calcine, también será doloroso, pero más rápido. Mientras llega ese momento debo disminuir el dolor que me atenaza, intento moverme hacia atrás, tal vez el trozo de volante que tengo en la barriga salga y el dolor disminuya. A la de una a la de dos, a la de…

PERDIDO EN EL TIEMPO XIX


PERDIDO EN EL TIEMPO

SEGUNDO INTERMEZZO

Estoy harto de medir el tiempo en compases musicales, de la noche, de dar vueltas y vueltas a esta autovía infernal sin ir a parte alguna, de estar solo en un coche que se ha convertido en mi hogar, de tener un cuerpo que no me sirve para nada, ni para comer, ni para dormir, ni siquiera para sufrir, porque debería estar dolorido tras el golpe contra el asfalto al desmayarme. No puedo estar seguro si fue solo un desmayo o me golpeé contra el vehículo, tal vez a sabiendas. Me palpo el cráneo, no encuentro ningún chinchón o herida. Si caí a plomo y me golpeé la cabeza contra el asfalto tal vez debiera estar sangrando, aunque fuera una heridita de nada. No tengo dolor de cabeza, no me duele la espalda ni el trasero, no me duele nada, estoy en mejor forma de la que estuve nunca en toda mi vida. Al menos es un consuelo saber que aunque no pueda dormir sí puedo perder la consciencia, no importa que tenga que darme cabezazos contra algo. También sé que me falla la mente, la memoria, puedo creer recordar algo que realmente no estoy seguro de que haya ocurrido. En eso sigo siendo el mismo, gracias a Dios.

Decido que estoy harto de escuchar música. No soy capaz de contabilizar el tiempo transcurrido, puede que unas horas, puede que un día, en mi mundo, el que acabo de abandonar, tal vez esté amaneciendo. Intento calcular las horas. Me perdí al caer la noche, tal vez las veintidós horas, por la duración de las piezas musicales que he escuchado hasta ahora creo que el resultado sería bastante aproximado… si no fuera porque no sé cuánto tiempo he permanecido desmayado. ¿Minutos, segundos, incluso una hora? No hay forma de saberlo. Necesito un contador de tiempo, cualquiera, no se puede vivir fuera del tiempo. Echo mano al bolsillo de la camisa y suspiro de alivio, en efecto, allí está mi libreta y el bolígrafo que llevo siempre a todas partes. Por un momento pienso en comenzar un diario, algo así como Diario de alguien que se perdió en el tiempo. Me río con ganas, sin control, no hay nadie que pueda mirarme mal. ¿Para qué necesito un diario? Solo lo leería yo y además solo tengo esta libreta… a no ser, a no ser que haya metido en la mochila algún cuaderno, o varios, no sería extraño, cuando salgo de viaje me gusta llevar cuadernos, por si me pilla la inspiración y puedo escribir algo en mis múltiples novelas. Soy… o mejor dicho, era, un escritor compulsivo. ¿Cuántas novelas empezadas? He perdido la cuenta. ¿Cuántas terminadas? Sí, es cierto, alguna hay, milagro, pero solo novelas cortas, ninguna larga. Ya no podré seguir escribiendo novelas, aquí, perdido en el tiempo, en medio de la noche, en mitad de la nada. ¿Qué será de mis manuscritos y novelas a medio terminar, diseminadas por mi apartamento? Terminarán en la basura, como he terminado yo, en un gran basurero nocturno.

Estos pensamientos me deprimen, pero no quiero poner música. Observo que el coche apenas se mueve, miro el cuentakilómetros, no voy ni a veinte por hora. Al menos funciona, lo mismo que la aguja del depósito de gasolina, aunque no se ha movido ni un milímetro, podría seguir acelerando el resto de la eternidad y no gastaría ni un litro de gasolina, el gran invento del milenio. Necesito escuchar una voz, cualquiera, diciendo cualquier cosa, narrando las peores noticias del mundo. Y entonces recuerdo. En efecto, la radio funcionaba… es un decir, pero podía escuchar alguna emisora. Algo insólito, increíble, incomprensible. Vamos a probar, decido. Tal vez consiga hacerme una idea de lo que puedo esperar. Es posible que vaya acompasado con el mundo real, al menos debe haber una emisora que pueda servirme de guía. Sería maravilloso que pudiera seguir sugestionándome, es hora de levantarse, chato, puedes prepararte un buen desayuno, luego irás a trabajar, saldrás, regresarás para comer, verás la tv, leerás alguna novela interesante (por cierto, ¿llevo en el coche alguna novela?, sé que el libro electrónico me lo dejé en casa para no perderlo) y cuando te parezca bien te irás a la piltra, a dormir con los angelotes, antes cenarás, por supuesto, y verás el telediario para consolarte, hay otros peor que tú.

Una mierda, una auténtica mierda, pero ahora creo que es mucho mejor que esto, dar vueltas por una autovía solitaria, siempre de noche, escuchando una música que acabarás sabiendo de memoria, cada compás, porque por mucho que hayas llenado el pendrive, todo se acaba, menos esta maldita noche. Sí, estoy de acuerdo, mejor la mierda de rutina que llevaba que esta libertad absoluta que no me sirve de nada. Enciendo la radio, toco la tecla de búsqueda automática y dejo que se vaya parando en cada emisora que encuentre.

“El Sr. Puigdemont… El Sr. Puigdemont… El Sr. Puigdemont… Empiezo a estar hasta el gorro del Sr. Puigdemont, de los independentistas, de los constitucionalistas, de los políticos, de los medios, de los ciudadanos, de la democracia, de todo… Menos mal que aquí donde estoy solo tengo que apagar la radio y todo desaparecerá en el silencio, en la música, en la noche…

“Los cuarenta principales…Música para dormir, para crecer, para soñar, para tocarse la pirondilina. Empiezo a estar harto de música, de cualquier música, de todas las músicas…

“Son las ocho de la mañana, noticias. Les habla Luis Rodriguez y esto es la cadena C.A.P.I, la radio de su vida. Lo que nadie pensaba que ocurriría acaba de ocurrir. Parece una broma de mal gusto, pero está confirmada. Hace exactamente media hora un misil nuclear norcoreano ha caído sobre territorio hawaiano. En un principio se pensó que era otra de esas bromas macabras que suelen gastar algunos descerebrados, pero no, está confirmado por el mismísimo Sr. Trump en uno de sus famosos tweet. Desataremos el infierno sobre sus cabezas y el trasero de…

Oprimo rápidamente la tecla de búsqueda. Esto no puede ser cierto. Tal vez en una realidad paralela, en una de las múltiples dimensiones existentes en la teoría de cuerdas o de violines, o de lo que sea, haya podido ocurrir, al fin y al cabo todas las posibilidades de que algo ocurra deberían quedar reflejadas en alguna dimensión, o de otra forma ¿dónde estaría la libertad humana? En el último segundo alguien puede cambiar de opinión y lo que iba a ocurrir ya no ocurre y lo que no iba a ocurrir ocurre. El universo tiene que estar preparado para estos avatares. Una dimensión donde ocurren todas las cosas que son resultado de las decisiones libres de personas, animales, plantas, materia orgánica e inorgánica, leyes físicas, leyes cósmicas, lo que sea… Otras dimensiones donde las cosas que iban a ocurrir no han ocurrido, pero esa dimensión era real y consistente hasta el último segundo en el que alguien cambió de opinión libremente. No se puede tirar un universo entero a la basura porque alguien sea libre. Las múltiples posibilidades deben generar múltiples dimensiones. Eso parece lógico.

Tal vez esté escuchando una emisora de una de esas dimensiones de posibilidades descartadas. No puede ser posible que un imbécil haya decidido hacer explotar un misil nuclear, por decisión libre o por error, en un lugar habitado y miles, millones de personas se hayan esfumado. Y el Sr. Trump podría reaccionar así, todos lo sabemos, pero no sin una causa, sin que algo haya ocurrido. No puede ser cierto que en mi mundo, en mi realidad, bueno, en lo que fue mi mundo y mi realidad, estén ocurriendo estas cosas. No puede ser cierto que estén al borde de una guerra nuclear por cuatro tontos del culo. Bajo el dedo sobre el botón de búsqueda.

“Se ha declarado el estado de sitio en Cataluña, los tanques hacen un ruido horrísono sobre el asfalto. Recuerden que el toque de queda comienza a las veintidós horas…

Eso no es posible. Es una emisora de otra dimensión descartada.

“El Sr. Puigdemont se ha mostrado muy satisfecho por haber sido investido vía plasma por el parlamento catalán que se ha saltado a la torera el artículo 155, el tribunal constitucional y lo que haga falta. El nuevo gobierno catalán que será nombrado en unos días será tan efectivo desde Bruselas, en el exilio, como desde suelo catalán, no se olviden ustedes que vivimos en un mundo globalizado…

No puede ser. Si cuando yo desaparecí en el tiempo ni se había convocado referéndum, ni elecciones, ni nada. O tal vez no lo recuerde. Mi memoria está muy confusa. Sigo oprimiendo el botón, buscando emisoras que confirmen o desmientan noticias que parecen contradictorias.

“Un gran trozo de hielo en la Antártida se ha desprendido del continente y viaja a la deriva. Según los científicos de las estaciones establecidas en aquel continente se teme que el hielo se irá licuando a gran velocidad. Los gobiernos del mundo deben prepararse para una evacuación a corto plazo de todas sus zonas costeras…

No, no, que esto no me lo creo. Debe tratarse de alguna emisora de una de las más remotas dimensiones descartadas. Y mucho menos me creo que todo esto ocurra a la vez. Que no, que no me lo creo.

“Son las catorce horas, diario hablado de radio nacional…

Ves como no podía ser cierto. No pueden ser las ocho de la mañana y pasados tres o cuatro minutos sean las catorce horas. Esta maldita radio no solo funciona sino que es capaz de captar las emisoras de todas las dimensiones habidas y por haber. Tiene gracia. Los relojes no funcionan, la gasolina no se gasta, no amanece, estoy en una noche perpetua, pero hete aquí que la radio es inmune a cualquier bicho viviente y recibe emisiones de cualquier tiempo y lugar, como si todos los agujeros de gusano se hubieran colapsado en el interior de mi coche. Tendría gracia sino fuera uno de esos mierdosos tormentos del infierno. Porque ahora puede que no me sienta tan solo sabiendo lo que les ocurre a los que dejé en el mundo real del que yo formaba parte, pero nunca estaré seguro de si lo que el locutor de turno dice que está pasando, está ocurriendo o no, o era una posibilidad inverosímil que se hizo real o una posibilidad verosímil que nunca llegó a ser y permanece en el limbo de las dimensiones descartadas. Nunca sabré lo que es real y lo que no lo es. ¿Pero alguna vez lo supe? ¿Es real esto que estoy viviendo? Me troncharía de la risa si pudiera, pero se me han quitado las ganas. Me entran ganas de llorar y no parar, así al menos sabría si puedo deshidratarme y morir.

Sigo oprimiendo el botón, el dial parece tener tantas emisoras y tan compactas que es un auténtico milagro que no se produzcan interferencias y cuando me canso de la FM, pongo la AM o la banda ancha, o lo que sea y las emisoras siguen goteando como si todas las emisoras de cualquier tiempo y lugar, de aquí a la eternidad, se hubieran dado cita, justo aquí, donde yo estoy, que no sé dónde es ni lo que me espera. No sé nada de nada, como Sócrates. Solo sé que nada sé… Y a la mierda con todo. Apago la radio sin haber confirmado nada, ni la hora. Acelero. Enciendo otro pitillo sin importarme una mierda si la cajetilla de tabaco se acabará o no, si será como esta infernal radio incombustible o los malnacidos que me han traído aquí me dejarán encima sin tabaco, para que no pueda matarme a gusto.

Está visto que lo mío es la música, mejor algo de música, lo que sea, que las noticias. Mejor la soledad que el Sr. Puigdemont al que tendría que comer hasta en la sopa si tuviera una fiambrera con sopa en el maletero y además inextinguible, incombustible, como la gasolina. Acelero más y más, bajo la ventanilla, saco la mano y dejo caer ceniza sobre el asfalto. A ver quién es el guapo que me pone una multa. Golpeo el volante hasta despellejarme las manos y luego me río como un loco. Está claro que lo mío no son las lágrimas. Ahora mismo preferiría llorar como el diluvio universal a reír como un loco, pero no puedo. Y encima la canción aleatoria que toca es esa de “tiene que llover a cántaros”. Lo mío no tiene remedio, ni el “desgraciaíto” del Sr. Sísifo sufrió semejante condena.

PERDIDO EN EL TIEMPO XVIII


PERDIDO EN EL TIEMPO XVIII
Sinfonía n.º 9, Beethoven, Primer Movimiento-Allegro ma non troppo, un poco maestoso.

Algo me despierta, como un sonido lejano, como la intuición de algo que está ocurriendo cerca de mí y que aún no soy capaz de captar. Mi cuerpo está incómodo, noto la sucia rugosidad del asfalto bajo mí, un lecho infernal para una vida infernal. Sí, porque estoy empezando a recordar. ¡Ojala no pudiera recordar nunca! ¡Ojala me atrapara el olvido para siempre!

El golpe, sí en efecto, el golpe. He debido desmayarme. Tardo en captar todo su significado. Parece que en mi nueva vida no puedo dormir y olvidar, pero por lo visto se me ha concedido la gracia de los condenados a muerte, con un fuerte golpe en la cabeza puedo quebrar la lúcida tortura de permanecer siempre despierto, dando vueltas y más vueltas a esta autopista infernal. Es un consuelo saber que cuando ya no pueda más, cuando necesite olvidar, puedo lanzarme de cabeza contra el coche, o contra el guardarraíl y quedar inconsciente. ¿Cuánto tiempo he permanecido así? Soy incapaz de calcularlo. Tal vez si no hubiera puesto el reproductor en modo aleatorio lo podría saber por el número de piezas reproducidas desde el momento en que estaba consciente hasta el despertar, todo sería cuestión de calcular el tiempo que aproximadamente dura cada pieza. La imposibilidad de calcular el tiempo, ya que se han parado todos los relojes a mi disposición, el del coche, el reloj de pulsera, el del móvil, sería un gran incordio si tuviera algo más que hacer que dar vueltas y vueltas en la noche a una carretera que nunca me llevará a parte alguna.

Con dificultad deduzco que el sonido que me está llegando viene del coche, el reproductor sigue haciéndome escuchar pieza tras pieza, como el único norte de mi brújula, como el único placer de mi vida. Por fin logro saber qué pieza toca ahora. Me ha costado un poco, bastante, más de lo normal en un estado de vigilia. Es el primer movimiento de la novena sinfonía de Beethoven. El extraño sonido de los primeros compases me pareció al principio como la llamada de la polilla de Castaneda. ¿Por qué me viene ahora a la cabeza Castaneda y sus libros? No lo sé. Todo es muy extraño. Me siento como si hubiera transcurrido un día y despertara al siguiente tras una noche de sueño profundo. Pero no es así. Noto la palpitación en el lugar del cráneo donde recibiera el golpe. Me hago consciente del terrible dolor de cabeza que estoy sintiendo. Intento moverme, pero no lo consigo, el cuerpo parece haber quedado paralizado. Tampoco tengo prisa alguna, no me esperan en ninguna parte. Pero es un poco molesto estar aquí, tumbado sobre el incómodo y rugoso asfalto.

La música es la apropiada, como escogida por el dedo feroz de un destino encolerizado. Estoy naciendo a un nuevo mundo que me golpea dentro del cráneo, en el corazón que parece empezar a latir tras una parada cardiaca, su ritmo es lento, tímido, como pidiendo permiso para hacer notar su presencia. Pero de pronto se desboca, y con un golpe seco inicia una galopada. Sí, en efecto, estoy en un nuevo mundo y la música es la apropiada para comenzar la nueva andadura. Un mundo nocturno, oscuro, sin forma, sin perspectiva, sin dimensiones, sin alba y sin ocaso, sin comida y sin bebida, sin naturaleza, sin tiempo y sin espacio. Un mundo solitario donde nadie puede aparecer de repente ante mis ojos y presentarse. Un mundo sin habitar, inexplorado, y donde nada puede ser hallado porque toda la luz de que dispongo son los faros de un coche embrujado, con un depósito en el que la gasolina se renueva antes incluso de ser quemada, como contagiada por el castigo de Sísifo.

Es un mundo sin principio ni fin, donde puedo estar quieto y no sucederá nada, donde puedo dar vueltas y vueltas a esta carretera infernal sin ir a parte alguna, donde no se puede dormir, ni comer, ni beber, sin embargo parece que sí puedo fumar y hasta es posible que se renueve también la cajetilla de tabaco, como la gasolina en el depósito. Parece la broma macabra de un dios con un sentido del humor demoniaco. Sé que no puedo morir, porque las heridas infligidas a mi cuerpo se curan por sí mismas. No sé si puedo comer porque no tengo alimento, pero sí sé que no tengo hambre, ni sed. No necesito excretar, no necesito descansar, no necesito estirar o encoger músculos. Aún sé muy pocas cosas de este nuevo mundo, pero lo que sí sé es que nunca saldré de él. Es una intuición, una corazonada, un vacío en el bajo vientre, en el estómago, en el corazón, en el cerebro. De tanto desearlo un dios malévolo me ha concedido el deseo. Estar solo, solo para siempre, lejos de los seres humanos, de la humanidad, solo en un lugar desierto, en una noche perpetua, sin necesidades físicas, sin deseos, sin esperanza, sin metas, sin emociones, sin pensamientos. Bueno, tal vez esto último no entre en el pack de regalo. Los pensamientos bullen en el interior de mi cráneo, como gusanos taladrando un lugar donde poner los huevos. No puedo evitarlo. Lo que aún no sé tampoco es si soy capaz de sentir emociones o si he perdido mi mundo emocional para siempre, algo que agradecería, pero no estoy seguro. Sé que pensar en una tortilla de patata y en un porrón de vino no es un deseo, al menos no un deseo acuciante e incontrolable, es más bien una nostalgia, un recuerdo que se acerca, como una niebla deshilachada. Sé que el deseo de dormir es solo la necesidad de parar el mecanismo de mi mente, que como un molesto motor sigue ahí, al fondo, impidiéndome concentrarme, no sé en qué, pero debería concentrarme en algo. Sé que el deseo de fumarme un pitillo es algo más que un deseo, es como una rebeldía frente a algo, frente a todo. Es como gritar en voz alta: soy libre, lo seré siempre, aunque solo sea para fumarme un maldito pitillo, porque está prohibido, porque no quiero que me salven de nada, que cuiden de mi salud, que me digan que es muy malo morir de cáncer de pulmón y muy bueno morir de soledad, con muy buena salud, a los ciento cincuenta años.

En todo este discurso mental me va acompañando la música del genial sordo, del genial malhumorado, del genial y colérico Titán de la vida y de la libertad. Sí, es como si hubieran puesto música al nacimiento de este nuevo mundo, de este distorsionado y delirante universo. Intento levantarme de nuevo, pero el esfuerzo me hace pensar que estoy bien así, al menos durante un tiempo, si es que pasa el tiempo. Sin poder evitarlo dejo que mi mente recapitule, haga un somero inventario de la situación. Estoy solo, en una dimensión desconocida, que se parece a aquella en la que estaba en que mi cuerpo físico parece seguir siendo el mismo, aunque al parecer no necesita alimentarse, ni comer ni beber, ni dormir ni descansar. Aún es pronto para tener alguna seguridad al cien por cien, pero dado el tiempo transcurrido lo que es seguro es que algo ha ocurrido, y como parece que nada en este universo es reversible, tendré que acostumbrarme a la nueva situación. No parece que me canse, ni de estar en pie ni de estar sentado, ni de correr ni de saltar. El tiempo se ha detenido, al menos el tiempo que marcan los relojes, porque yo sé que las piezas de música han estado sonado todo el tiempo y que su duración sigue siendo la misma. Determinadas leyes físicas se han modificado o desaparecido. La ley de la gravedad parece seguir funcionando, pero no conozco ninguna ley física que permita a un motor de combustión ir quemando la gasolina y que ésta se vaya renovando, como si tal cosa. Lo que es seguro es que estoy solo en este pequeño universo, aunque tal vez sea grande, pero no pienso explorarlo. Lo que es seguro es que no necesito comer ni beber, aunque si lograra, por un milagro, encontrar algo de comida o de bebida, tal vez sí pudiera comer y beber, solo para disfrutar, sin necesidad de hacerlo para sobrevivir. Me pregunto si tendría que excretar si comiera, si tendría que mear si bebiera. Me imagino cagando en medio de la carretera y me entra tal ataque de risa que se me cierra el esfínter. Esto no tiene ni pies ni cabeza, lo que no me sorprende, porque nada de lo que ocurría en mi mundo de procedencia tenía el menor sentido, no hubiera sido lógico que simplemente por trasladarme a un mundo nocturno y delirante todo comenzara a cobrar sentido por primera vez.

Sigue la música y me pregunto si el universo de Beethoven era también un universo solitario. El necesitaba a la humanidad, pero huía de ella, él necesitaba el cariño y la proximidad de un ser querido, pero le gritaba encolerizado si se aproximaba demasiado. No termino de hacer el inventario. Tal vez, con el tiempo, si es que existe, debiera salir de la autopista y explorar en la oscuridad. Tal vez la linterna del maletero sea también incombustible y eterna. Necesito saber si estoy realmente solo, si han desaparecido las gasolineras, los restaurantes, los moteles, los edificios, si todo, excepto mi coche y yo, se quedaron en la otra dimensión mientras nosotros saltábamos. ¿Necesito? Me temo que no necesito ya nada, pero siento curiosidad por saber si al otro lado de la autopista hay árboles, vegetación, naturaleza, si hay arroyos de agua cristalina de los que pueda beber, aunque solo sea por placer puro y simple. Siento curiosidad por saber si aquí hay animales, tal vez pueda hacerme con una buena mascota que me haga compañía. ¿Realmente siento curiosidad por algo? Creo que no.

Al fin consigo levantarme, regreso al interior del coche, busco con ansiedad la cajetilla de tabaco y enciendo un pitillo. Fumo como si encontrara placer en ello, o como si el humo pudiera abrir un boquete en la oscuridad y ver el cielo azul y el sol en lo alto. Justo cuando termino el pitillo acaba la música. Aunque sé que vendrá otra pieza, aleatoria, y que tal vez me sorprenda, y que a ésta seguirá otra y otra y otra, porque aquí nada parece desgastarse, estropearse, lo que tienes lo tienes para siempre y lo que no tienes nunca lo conseguirás. Enciendo otro pitillo, como deseoso de que se termine la cajetilla para ver si se renovará como la gasolina en el depósito. Siento curiosidad por saber hasta dónde llega el humor de los dioses. Me proyecto hacia el futuro, ¿encenderé el motor y seguiré dando vueltas, o me quedaré aquí, un sitio tan bueno como cualquier otro? Me entra la risa tonta. ¿Pensar en el futuro, proyectar mi mente hacia el futuro? Lo que sí sería un alivio es el vacío en mi mente, la ausencia de pensamientos. Entonces recuerdo mis técnicas de yoga mental y sigo carcajeándome. En este nuevo mundo que acaba de nacer al compás de la música del sordo genial tal vez solo ellas me sirvan de algo, porque está claro que no he podido dejar la mente al otro lado de la línea dimensional. Donde va la mente va la angustia y los problemas y el hacer el idiota en un bucle perpetuo. Sí, menos mal que me he traído esas dichosas técnicas. Recuerdo a Castaneda y su guerrero impecable. Está claro que vayamos donde vayamos y suceda lo que suceda siempre nos acompañará la mente, como una cabra loca que siempre tira al monte, a la oscuridad, más allá de esta onírica y corta iluminación de los faros.
Termino el pitillo y enciendo el motor del coche. Seguiremos dando vueltas y vueltas, puesto que no hay nada mejor que hacer.

PERDIDO EN EL TIEMPO XVI


JOAN BAEZ

LLEGÓ CON TRES HERIDAS

BOB DYLAN Y JOAN BAEZ

“Blowing in the Wind”

Blowin’ In The Wind

How many roads must a man walk down
Before you call him a man?
Yes, ‘n’ how many seas must a white dove sail
Before she sleeps in the sand?
Yes, ‘n’ how many times must the cannon balls fly
Before they’re forever banned?
The answer, my friend, is blowin’ in the wind,
The answer is blowin’ in the wind.

How many years can a mountain exist
Before it’s washed to the sea?
Yes, ‘n’ how many years can some people exist
Before they’re allowed to be free?
Yes, ‘n’ how many times can a man turn his head,
Pretending he just doesn’t see?
The answer, my friend, is blowin’ in the wind,
The answer is blowin’ in the wind.

How many times must a man look up
Before he can see the sky?
Yes, ‘n’ how many ears must one man have
Before he can hear people cry?
Yes, ‘n’ how many deaths will it take till he knows
That too many people have died?
The answer, my friend, is blowin’ in the wind,
The answer is blowin’ in the wind.
Soplando en el viento

Cuantos caminos una persona debe de caminar
Antes de que lo llames un hombre?
Cuantos mares una paloma blanca debe de navegar
Antes de que duerma en la arena?
Cuanto tiempo tienen que volar las balas de cañon
Antes de que sean prohibidas para siempre?
La respuesta, mi amigo, esta soplando en el viento,
La respuesta esta soplando en el viento

Cuantos años puede existir una montaña
Antes de que este descolorida por el mar?
Cuantos años puede la gente existir
Antes de que se les sea permitida la libertad?
/> Cuantas veces un hombre puede voltear la cabeza
Pretendiendo que el no ve?
La respuesta, mi amigo, esta soplando en el viento,
La respuesta esta soplando en el viento

Cuantas veces un hombre debe de alzar la vista
Antes de que pueda ver el cielo?
Cuantos oidos debe tener un hombre
Antes de que pueda escuhcar a la gente llorar?
Cuantas muertes tendran que pasar hasta que el sepa
Que mucha gente ha muerto?
La respuesta, mi amigo, esta soplando en el viento,
La respuesta esta soplando en el viento.

BUMBURY
EL JINETE

He recordado que tal vez me quede en el maletero un trozo de tortilla, tal vez no la terminara en la merienda, y puede incluso que en el táper encuentre alguna raja de cecina, de jamón o un trozo de queso, incluso un trozo de pan duro me serviría. No sé por qué siento la imperiosa necesidad de saber lo que me queda de la vida. ¿Puedo comer, puedo beber, puedo reír? Es como si necesitara probarme y saber con qué puedo contar en este largo viaje alrededor del infierno. Sé que decidí no traer el libro electrónico, cargado de libros digitales escogidos, por miedo a perderlo. Sé que el libro que tenía en el asiento de atrás, Los pilares de la sabiduría de Lawrence de Arabia, lo subí al apartamento. Ningún cuaderno ni bolígrafo, iba a ser un viaje tranquilo, sin incidencias. La botella de agua la acabé con la merienda, en la gasolinera, y decidí no comprar otra, porque me quedaba muy poco para llegar a casa. Era un viaje improvisado, corto, no necesitaba ni siquiera lo imprescindible.

He decidido mirar. He parado el coche, sin poner las luces de avería, y me he bajado sin el chaleco reflectante. No espero intrusos, no espero nada. He abierto el maletero y mirado a fondo. El táper está vacío, no queda tortilla, ni cecina, ni jamón, ni un trozo de queso duro, ni un currusco de pan incomible, ni una gota de agua. No queda nada. Pero algo ha llamado mi atención. Dentro del táper he visto la navaja multiusos, un capricho que me concedí hace años y que tantos servicios me ha hecho en mis excursiones a la naturaleza. La he tomado entre mis dedos y la he observado largamente. Una idea macabra se va formando en el interior de mi cráneo. No le voy a dar al destino ni la más mínima oportunidad. No me queda nada, aparte de un pendrive con mucha y buena música y la posibilidad de escuchar -si las ondas no salen huyendo- alguna emisora de radio de algún tiempo y lugar, aunque nunca estaré seguro de qué tiempo.

Quiero saber si soy inmortal, si puedo abrirme las carnes y morir. La navaja multiusos me viene de perlas, está bien afilada, puedo apretar el filo contra mi muñeca y ver si aún soy capaz de sentir dolor, si aún tengo sangre en mi interior, si las fuerzas poderosas me van a dejar morir, aquí, en medio de la nada, en la oscuridad de la noche eterna, en el vacío asfaltado de la carretera del infierno. Quiero saber si me han dejado la única opción que le queda al prisionero del tiempo, al esclavo de la aleatoriedad, al títere del destino. Puedo elegir entre vivir o morir. O al menos eso creo. Voy a probarlo. Voy a retar a las fuerzas poderosas. Alzo mi navaja hacia el cielo oscuro, la pongo sobre la palma de mi mano derecha, sostengo la muñeca con la mano izquierda y comienzo a rotar sobre mi mismo en una danza llamando a la muerte, en un ritual blasfemo, desafiando a cualquiera que esté sobre mí, que tenga el más mínimo poder sobre mí. Soy libre, digo en voz alta, al menos me queda eso. Nadie, ni vosotros, podréis arrebatarme esa libertad, aunque todos los futuros estén escritos yo siempre podré elegir entre la vida y la muerte.

De pronto me encuentro saltando alrededor del coche. Comienza la canción de Joan Baez y acoplo mis movimientos a ese ritmo. Es un maravilloso desatino controlado. ¡Lástima que nadie pueda verme! Pero no lo lamento. Creo que este es el supremo desatino controlado, hacer algo que nadie puede ver, solo porque quiero hacerlo, porque soy libre. Intento cantar con Joan pero desisto ante mi ridícula voz. Decido recitar.

Aquí estoy, con tres heridas,
ciegas fuerzas poderosas.
Me habéis herido con el amor,
con la vida, con la muerte.

Sangro por tres heridas,
la de la vida, la del amor,
la de la muerte.

Son las únicas que matan
la del amor, la de la muerte,
la de la vida.

Pero sigo siendo libre de elegir,
puedo escoger la vida o la muerte
puedo escoger el amor.

Escoja lo que escoja
por alguna de las tres heridas
me desangraré hasta la muerte.
La de la vida, la del amor,
la de la muerte.

Me he dejado caer a plomo sobre el asiento. He colocado el filo de la navaja sobre mi piel. No he buscado una toalla o un trapo para evitar que la sangre salpique el cuero. He apretado un poco, duele, he apretado más fuerte, duele más, al menos sé que sigo vivo, porque a ningún muerto le duele nada. La sangre comienza a brotar lentamente. ¿He conseguido alcanzar la vena? Creo que no. Decido apretar más fuerte, con rabia, apretando los dientes. El filo se va deslizando poco a poco. Miro la muñeca, comienzo a tener una herida. ¿Es la vida? ¿Es el amor? ¿Es la muerte?

La sangre va goteando sobre mis muslos. Necesito más sangre, más. Necesito más heridas, más. No importa el dolor, es solo el camino que nos conduce a través de la vida y el amor hacia la muerte. Aprieto más los dientes, clavo más hondo el filo de la navaja, grito de dolor y maldigo. Miro la herida, no me parece bastante profunda. Inspiro profundamente. Busco otro lugar en la muñeca, palpo hasta encontrar la vena y cuando voy a aplicar el filo cortante, me detengo. No puedo creer lo que estoy viendo. La primera herida ha dejado de sangrar, pero no es solo eso, se está cerrando. Al cabo de unos segundos ya no puedo ni ver la cicatriz. No puedo morir, pero sí puedo sentir dolor. Las fuerzas poderosas son sádicas. Las reto, las maldigo. Con rabia infinita abro una nueva herida y corto como si fuera un filete muerto. Luego decido infligirme una tercera. El dolor es terrible, pero todas cicatrizan. Arrojo la navaja contra el cristal, rebota y cae al suelo, bajo el asiento. Bueno, al menos ya sé con lo que puedo contar. Enciendo un pitillo mientras suena la canción de Bob Dylan.

Salgo al exterior, camino alrededor del coche, cuando empieza la canción del jinete acompaso mis movimientos a la música, pronto me doy cuenta de que estoy en un entierro, es como si llevara el ataúd, me muevo al ritmo de una marcha fúnebre.

Algo ha ocurrido porque se inicia otra vez la canción de las tres heridas, no creo que la aleatoriedad me gaste esta broma, tal vez la copiara dos veces. Comienzo a correr, como loco, alrededor del coche, como si buscara algo, como si buscara la vida, el amor, la muerte. Me quedo sin aliento, siento un golpe en las sienes y me desplomo.


PERDIDO EN EL TIEMPO XV


PERDIDO EN EL TIEMPO XV

BEETHOVEN
SEXTA SINFONÍA-PASTORAL

Siento una necesidad imperiosa de dormir, pero no puedo, algo me lo impide. Debería estar completamente agotado, hambriento, sediento, destrozado de los nervios, desesperado… No siento nada, como si hubiera perdido el cuerpo, solo tengo ganas de llorar. Ni siquiera eso me es concedido, apenas un poco de humedad en los ojos, como rocío mañanero. Desearía aliviarme rezando, pero estoy vacío, tan vacío como el vientre de la nada. Poco a poco voy aceptando mi nueva situación. Estoy perdido en el tiempo, tal vez en el espacio, en alguna dimensión ignota a donde he sido arrojado por mis muchos pecados. He perdido el cuerpo y sus funciones, he sido desterrado de la realidad, tal vez hasta haya perdido el alma, sin enterarme, con la suavidad de quien limpia un cristal que ya estaba limpio y sigue viendo lo mismo que veía antes. Me siento el mismo pero no soy el mismo, mi personalidad, mi individualidad parecen no haber cambiado, sigo poseyendo los mismos recuerdos, sigo embargado por las mismas emociones, pero algo, algo muy sutil ha cambiado para siempre.

Poco a poco voy aceptando que ya nunca más veré la luz del día, el alba y el ocaso han dejado de tener significado. ¡Oh cuánto me gustaría poder echar una cabezadita y olvidarme de todo! ¡Voy a echar de menos tantas cosas! De pronto soy consciente de estar escuchando la sexta sinfonía de Beethoven, la pastoral. Ya nunca más caminaré por los bosques de mi amada montaña, ni pisaré la hierba de los campos, ni escucharé el trino de las aves, ni sentiré la brisa entre las hojas, ni me tumbaré junto a un riachuelo para mirar el cielo azul y el majestuoso sol. Todo me ha sido arrebatado sin preaviso, sin transición. La naturaleza ha dejado de tener significado en esta oscuridad impenetrable. Puede que esté ahí, más allá del quitamiedos o guardarraíl de la autovía, pero no puedo verla y tal vez tampoco pudiera pisarla si me atreviera a salir del coche y caminar en la oscuridad, buscando un árbol perdido en la supuesta llanura, porque no tengo constancia de que todo siga como antes, solo que en la más absoluta oscuridad, ni la gran ciudad que estaba antes allí, en el centro del círculo de circunvalación. No puedo saber si he sido arrebatado a otra dimensión solo con mi coche y esta autopista infernal o si estoy en el mismo mundo en el que estaba, solo que en otra dimensión solitaria y vacía.

Puedo recordar mis paseos por el campo, en primavera, verano, otoño, invierno. Puedo recordar las montañas en el horizonte y el prado verde en el que me siento y el rumor del arroyo cercano y el canto alegre de las avecillas y la sensación de intensa felicidad que me acogía antaño. ¡Puedo recordar tantas cosas! Pero no es lo mismo que vivirlas, el recuerdo es como un mal cuadro, repleto de agujeros, pintado a brochazos, sin la menor delicadeza ni sensibilidad, es como imaginar un bosque a través de un grosero remedo de árbol que es solo una línea torcida en el centro de una tela sucia. De ahora en adelante solo me quedará el recuerdo, la imaginación, la fantasía forzada, será como escuchar una música a lo lejos, muy lejos, ni siquiera sabes si es la música que tu deseas, si la está tocando una buena orquesta, ni siquiera sabes si es música o un ruido confuso un “brohuhaha” francés.

Cierro los ojos, llamando al sueño, que aún no estoy convencido me haya sido arrebatado para siempre. En medio de la autovía vacía y silenciosa, oscura como boca de lobo –he apagado los faros- con el vehículo detenido sin luces de emergencia, sin esperar ya nada, ni que de pronto todo vuelva a la normalidad y sea aplanado por un trailer, aislado del mundo y sus pompas, escucho religiosamente la música del sordo genial, que podía oír el canto de los pájaros, el rumor del arroyo cantarín, el estrépito de la tormenta que se acerca, sin poder oírlas, solo imaginando lo que el cuadro silencioso estaría transmitiendo. Yo ni siquiera tengo un cuadro al que mirar y la imaginación parece una vieja maquinaria mal engrasada.

Me dejo llevar por la música, sin pensar en lo que haré más tarde, si continuaré dando vueltas y más vueltas a esta carretera infernal mirando la aguja del depósito, a ver si se mueve, como un signo de que todo regresa a la normalidad, o si me quedaré aquí, sentado, esperando a Godot, o si me decidiré a salir del coche y caminar fuera de la cinta de asfalto, con esa linterna que se enciende cuando la agito, buscando algo, cualquier cosa, un árbol perdido, una casa abandonada, una ciudad en las sombras, la verde hierba que no podré ver pero sí pisar, el bosque tupido, subiendo y bajando, los árboles que me miran como fantasmas sin alma, el sobresalto de un animal silvestre que me haga pensar en un remedo de vida, de naturaleza. Tal vez encuentre una línea invisible, un abismo sin fondo entre dimensiones, una niebla de Stephen King repleta de monstruos tentaculares que me descuarticen en un pis-pás. Cualquier cosa sería mejor que esta espera inútil, que un tiempo que parece haberse detenido para siempre, a la espera de que yo lo ponga en marcha, como un reloj viejo, con el mecanismo roto.

¡Cuánto agradecería una buena tormenta! Los rayos iluminando el cielo oscuro, el horrísono estrépito del trueno, la lluvia percutiente contra el techo de este vehículo infernal. Sería un gran alivio. Ni siquiera sé con seguridad si el tiemplo climatológico también se ha detenido. Tal vez ya no vuelva a sentir la lluvia en la cara, el frío en el rostro, la blanda nieve sobre la cabeza, el calor asfixiante en la piel. Tal vez todo eso solo sea ya parte de un pasado muerto que tendré que resucitar, célula a célula, a través del recuerdo. Es lo que estoy haciendo ahora, mientras la sinfonía llega a su fin, intentar resucitar aquellos viejos recuerdos de una vida que fue hermosa a pesar de todo. Solo me quedas tú, Beethoven, viejo y entrañable amigo, lo mismo que otros músicos que me acompañarán al infierno por esta carretera demoniaca, que seguirán alegrando mi alma mientras demonios invisibles me susurran malévolos pecados en la oscuridad, pecados que nunca podré ya cometer, porque mi cuerpo está muerto, mi alma está muerta, aquí solo vive un coche con el motor en marcha que reinicia de nuevo su círculo dantesco.