Etiqueta: Relatos cortos

LA LLAVE


LA LLAVE

 

Al subir al coche me asalta una sensación rara. Me dirijo a la puerta y compruebo que está cerrada. ¿Con dos vueltas de llave? Miro en el bolsillo derecho de mi pantalón… Nada. Hago lo mismo con el izquierdo y comienzo a ponerme nervioso. Rebusco en la cazadora… Regreso al coche y comienzo una búsqueda exhaustiva. Los asientos, el suelo, el salpicadero. .. Nada. Decido que se hace tarde. Tomo asiento, me coloco el cinturón de seguridad y arranco. Mientras recorro las calles sumergidas en una espesa niebla no dejo de pensar. ¿Dónde está la llave? ¿Dentro de la casa? No puede ser. Vivo solo, estoy solo, no tengo familia, no tengo amigos. No puedo dejar una llave de repuesto a nadie. No puedo dejar una copia en uno de los tiestos de la entrada. No me fio. Asaltan casas, secuestran familias, roban…Estoy a las afueras. Tomo la carretera comarcal hacia el trabajo. La niebla es cada vez más espesa. Enciendo los faros antiniebla. Ahora tengo que llamar a los bomberos o a un cerrajero. Es una pasta gansa. Cambio de cerradura. Creo que voy a alquilar una habitación. Si puede ser a una chica joven. No voy a estar solo, voy a tener una llave de repuesto por si pasa algo. Tal vez la chica y yo…

Estoy delirando. Un fuerte sentimiento de cólera se apodera de mí. ¿No puedo ser una persona normal? Maldigo en voz alta… y vuelvo a maldecir. Enciendo el equipo, pongo el pendrive. Escucho una canción. Mad world de Gary Jules. Suena en la escena final de Donnie Darko. En ella el protagonista se mueve en bicicleta, a cámara lenta. Todos los futuros posibles elegidos son peores que el de su muerte. La secuencia, con la música de Gary es impresionante. Me siento raro. No puedo evitarlo.

El tiempo transcurre. Conduzco con mucha precaución, aferrado al volante, la vista clavada en la niebla. Vuelvo a maldecir. Sin poder evitarlo golpeo el volante con los dos puños cerrados. El coche hace un extraño. Veo salir de la niebla los dos ojos del demonio. Es otro coche que viene en dirección contraria. Vamos a chocar. Doy un volantazo. Ruidos extraños. Adiós coche. Aprieto el freno a fondo. Pongo el freno de mano. Salgo rápido del coche. No veo nada. Me miro las manos. No consigo vérmelas. Me preocupo hasta que me hago consciente de que estoy llorando. Abro el maletero. Cojo la linterna. La enciendo. Miro las cuatro ruedas. Las dos delanteras están incrustadas en una zanja. Me subo al coche, arranco, meto marcha atrás. Con cuidado voy bajando el acelerador. Nada. Repito la maniobra una y otra vez. Me encolerizo. Aprieto a fondo el acelerador. El motor ruge. Nada. Me doy por vencido.

Llamo a la grúa. La operadora es un robot, no comprende mi problema. Lo sentimos, la grúa más cercana no está disponible. ¿Cuánto tengo que esperar? No lo sé, una hora, tal vez más. Necesito su número de móvil. Se lo doy. Desconecto. Llego tarde a trabajar. Tal como están los tiempos…Llamo al trabajo. Explico mi situación. Cuelgo. Estoy cada vez más nervioso. Me reclino en el asiento. Pongo la radio. Saco la libreta y el bolígrafo del bolsillo de la camisa. Escribo. Me viene bien para calmar la mente. Una ciudad. Sucede algo extraño. La gente ya no se fía de nadie. No se atreven a cruzar un paso de cebra si hay coches cerca. Caminan por las aceras, tensos, como esperando el ataque de alguien. Nadie se fía de nadie. La ciudad es un caos, una selva. Ahora comprenden que sin la mínima confianza en el prójimo no se puede vivir.

Dejo de escribir. Estoy angustiado. ¿Y si el señor de la grúa decide que hoy no sale, que no quiere correr riesgos? Me embuto en el chaleco reflectante. Camino hacia la carretera con la linterna encendida. No veo nada. Camino por la cuneta, no hay arcén, voy y vengo, vengo y voy. Si todo va mal, al menos puedo llamar a la policía. ¿Y si está ocurriendo algo imprevisto? Puedo regresar a pie. ¿Cuántos kilómetros? No lo sé. Transcurre el tiempo. Me quedo de pie, sin moverme, paralizado. Y espero…y espero… y espero.

Anuncios

LOS AMANTES (UN MITO OLVIDADO)


LOS AMANTES (UN MITO OLVIDADO)

Los dioses vivían en su paraíso de antimateria, el Walhalla, y los humanos en su humilde infierno, el planeta Tierra. No podía existir comunicación entre ellos porque materia y antimateria se aniquilan al menor contacto. A pesar de ello florecieron los mitos en ese sentido: Júpiter bajando del Olimpo en forma de toro para embarazar mujeres humanas, Prometeo trayendo el fuego de los dioses… Puede que haya algo de verdad en todo esto. Alguien debió de encontrar la fórmula para que los dioses se humanizaran y los humanos se divinizaran.

La walkiria Brunhilde, hija del padre de los dioses, Wotan, se enamoró de Sigfrido, el único humano que no temía a la muerte, y decidió humanizarse y darse a conocer. A su vez Sigfrido intentó elevarse y mató a Fafner el dios avaro que se humanizó para apoderarse de los tesoros materiales de la humanidad y que guardó en el fondo de una caverna, bajo un volcán. Sigfrido le clavó su espada Nothung, se bañó en su sangre y repartió los tesoros que guardaba el dios, transformado en dragón, entre los más desposeídos.

La sangre del dragón sobre su piel le transformó y pudo ver a Brunhilde. Ambos enamorados recorrieron los bosques, tomados de la mano, y cuando aquella noche estaban dispuestos a entregarse al amor, apareció Wotan y encolerizado durmió a su hija y la colocó sobre un túmulo. A su alrededor colocó un gran anillo de fuego, pensando que ningún humano se atrevería a cruzar para despertar a la durmiente con un beso en la boca. Ignoraba que Sigfrido era el único humano que no temía a la muerte.

Cuando Wotan desapareció Sigfrido atravesó el círculo de fuego al que combatió con su espada Nothung, y con un largo beso en la boca despertó a la durmiente. Ambos, encendidos en pasión, se apresuraron a consumar su amor y lo siguieron consumando toda la noche, hasta que agotados, al alba, se durmieron estrechamente abrazados, cuerpo con cuerpo, boca con boca. Así los encontró el padre de los dioses que había regresado para cerciorarse de que nadie había atravesado el círculo y burlarse de Sigfrido. Su cólera no tuvo límites. Arrojó a Sigfrido al otro lado del círculo, ordenó a Brunhilde que se vistiera y le acompañara. Antes tocó con su lanza la cabeza de su hija y lanzó una maldición sobre cielos e infiernos: Sus ojos nunca verían a su amado, sus labios nunca besarían sus labios y su boca nunca pronunciaría su nombre.

Hizo lo mismo con Sigfrido, a quien además condenó a la inmortalidad, puesto que tanto la deseaba y arrebató a la walkiria de su amante para siempre. Sigfrido regresó entre los humanos y desesperado juró olvidar a los dioses y a su amada para siempre, intentando olvidar a la walkiria entre los brazos de las más hermosas mujeres. Pero no pudo lograrlo y escondido bajo mil formas humanas escribió los poemas más bellos, las músicas más hermosas, pintó los cuadros más románticos y cantó las arias más conmovedoras. A su vez Brunhilde despreció el consuelo de los dioses, paseando solitaria por los jardines del Walhala.

Destino, que controla dioses y hombres, conmovido su corazón de piedra propuso a la diosa Maya confeccionar un velo que permitiera a diosa y humano el contacto. Pero ni uno ni otro se atrevieron a desairar a Wotan, por lo que interpretando de forma literal su maldición, Maya confeccionó un velo que solo serviría para tapar sus cabezas, impidiendo que pudieran verse, besarse y pronunciar sus nombres. De esta forma el resto de sus cuerpos, no alcanzados por la maldición, podrían amarse.

Y así cada noche los amantes se encuentran en la mansión que Destino puso a su disposición en un lugar oculto de la Tierra. Antes de entrar se colocan el velo sobre sus cabezas y se buscan a tientas. Desnudan sus cuerpos y se entregan al deseo, pero no pueden amarse con sus almas que residen en sus cabezas, porque no pueden verse, ni besarse, ni pronunciar sus nombres.

Cuentan las crónicas humanas que un trágico genio, Magritte, pintó una serie de cuadros sobre dos amantes con las cabezas tapadas por un velo. Mentes enfermizas afirman que los pintó tras el suicidio de su madre por la que sentía un deseo incestuoso. Solo yo conozco la verdad. ¿Quién soy? El cronista de dioses y hombres, quien solicitó del guardián de los sueños humanos le permitiera transmitir a Magritte, la verdad oculta en el viejo mito.

Se acerca el ocaso de los dioses y el apocalipsis humano, solo Brunhilde y Sigfrido podrían impedirlo, pero no lo harán, porque están convencidos de que ocaso y apocalipsis les librarán de la maldición y de nuevo podrán encontrarse en el lecho, contemplarse, besarse, pronunciar sus nombres y entregarse no solo sus cuerpos, sino también sus almas. Ignoran lo que yo sé, que nada puede librarles de la maldición y que el ocaso terminará con todos los dioses, incluida Brunhilde y el apocalipsis con todos los humanos, incluido Sigfrido. Mientras llega el fin de todos, que espero con ansia para librarme de una vez de escribir estas miserables crónicas, pienso divertirme buscando un nuevo pintor genial que quite el velo a los amantes en una nueva serie de cuadros.

Diario de un sordomudo


DIARIO DE UN SORDOMUDO

Hoy ha sido un día especialmente silencioso…Intento tomarme el pelo para evitar esos estados de ánimo depresivos que me asaltan desde que tengo uso de razón, pero me temo que el humor es un instrumento solo al alcance de las almas elevadas, sobre todo cuando debes burlarte de tus propias tragedias. Me temo que mi alma está más bien a ras de tierra, reptando de acá para allá a la busca de la supervivencia diaria. No le pido más a la vida.

Es bueno mantener la esperanza, aunque sea a costa de engañarte y sugestionarte con la posibilidad de un milagro. Nací sordomudo, como mis padres, y tardé en hacerme consciente de que el silencio que me envolvía, como un impenetrable muro de acero, no era algo natural a la condición humana, sino consecuencia de una enfermedad o tal vez de una maldición divina, como me decía mi madre con signos muy drásticos de sus manos y la expresión de sus ojos, mirando al cielo, como si pudieran fulminar a la divinidad. Desde aquel momento no he cesado de buscar fórmulas para mantenerme a flote, nadando en un océano de silencio. Primero fue la milagrosa operación que me devolvería el oído y con él tal vez la posibilidad de hablar. Luego las creencias religiosas, que mi madre me inculcó con verdadera devoción, a pesar de sus fulminantes salidas blasfemas, cuando la incomunicación con su entorno la hundía en la desesperación. Hubo un tiempo en el que imaginé que las nuevas tecnologías acabarían por resolver muchos problemas insolubles hasta aquel momento, implantando chips en el cerebro que permitieran ver a los ciegos, oír a los sordos, hablar a los mudos y caminar a los parapléjicos. Fue una etapa que acabé quemando como todas las anteriores. Ahora me da por el budismo, el yoga mental y la posibilidad de comunicarme a través de la telepatía. Cualquier cosa me sirve para no darme por vencido.

Esta mañana, después de vestirme, de forma instintiva coloqué mi libreta y el lapicero en el bolsillo de la camisa. Aún no he asimilado que aquí no lo necesito. Hace unos meses que dejamos la ciudad. Al jubilarse mi padre decidió hacerme caso y comprar una casa cualquiera en un pueblo abandonado. Me costó más convencerlo de que escogiera una zona de montaña. Con los ahorros que la familia tenía en un banco – que no se llevaron las acciones preferentes ni las quiebras- conseguimos hacernos, a buen precio, con una casa abandonada en un pueblo casi desierto, perdido en una zona montañosa del norte. Hay mucho que mejorar en la casa, pero no es precisamente tiempo lo que nos falta. En eso nos ocupamos, además de cuidar un par de vacas, unas cuantas santas cabras, un pequeño rebaño de ovejas y un corral de gallinas, y por supuesto dos cerdos, para tener chorizo, jamón y morcilla. Con eso y una huerta donde intentamos sembrar alguna patata, berzas, judías verdes, lechugas, tomates y lo que acepte el terreno, vamos saliendo adelante, al menos no nos moriremos de hambre.

Tras desayunar un tazón de leche recién ordeñada, con unos huevos fritos y unos torreznos, he salido a caminar por el bosque cercano. Es hermoso, pero tan silencioso como mi propia alma. A veces intento imaginarme cómo sería oír. La única comparación que se me ocurre es pensar cómo se imaginará un ciego de nacimiento la realidad coloreada. Algo indescriptible. En la ciudad gastaba más libretas que dinero en trasporte. Nadie conoce el lenguaje de signos y cuando quieres algo y no te haces entender tienes que escribir en la libreta y arrancar luego la hoja. Aquí no la necesito para nada. La pinta, mi vaca preferida, se me queda mirando con sus enormes ojos bovinos durante largo rato, pero a ella no puedo darle una hoja de papel con unas palabras. Ella me entiende igual que yo a ella, con una mirada.

En la ciudad solía acercarme por la asociación de sordomudos. Me gustaba hablar con mi propio lenguaje de signos, aparatosos, cínicamente metafóricos. Los demás se reían de mis invenciones, les hacía mucha gracia. Decían que yo era un sordomudo marciano, por eso hablaba así. Los normales no saben que no existe un lenguaje universal de signos, cada país, casi cada grupo tiene su propio lenguaje adaptado a sus necesidades e idiosincrasia. Mejor o peor cualquier sordomudo que conozca un lenguaje de signos acabará por hacerse entender de otros, pero eso siempre lleva un tiempo de adaptación. A veces me digo que nuestros gestos son tan expresivos que los normales deberían probar a convertirse en mudos por un tiempo. Creo que así se entenderían mejor entre ellos, sobre todo los políticos. Pero es solo el típico consuelo del tonto… mal de muchos…
Me gusta imaginarme a los políticos hablando el lenguaje de los sordomudos. Me troncho de risa cuando pienso en ello. Especialmente me divierte desde que con los recortes nuestras posibilidades económicas se acercan a la indigencia. Al menos la casa es nuestra y mal que bien vamos comiendo, patatas viudas como dice mi padre o sopas de ajo, o lo que sea, pero comemos. A veces mi fantasía delirante me lleva a pensar en que los brazos me crecen, me crecen, hasta hacerse gigantescos y desde lo alto, casi desde el cielo, puedo hacer un corte de mangas que todos vean. No solo a los políticos, también el resto de normales insensibles merece un severo corte de mangas.

He trabajado arreglando el tejado, luego, después de comer me he ido al bosque con mi libro electrónico y he leído hasta cansarme. Es uno de los inventos más maravillosos de la tecnología, al menos para un sordomudo al que le gusta leer, como es mi caso. Antes de venirnos para acá me bajé miles de libros de varias páginas de descargas gratuitas. Tengo lectura hasta que me muera. Me importa un rábano lo que piensen los autores de que les he quitado unas buenas ganancias. Nadie se ocupa de nosotros, son capaces de recortarnos o suprimir las magras ayudas de la ley de dependencia que casi nadie ha recibido, no existimos para ellos, los normales que no necesitan un intérprete de signos para ver un telediario. ¡Que les zurzan! Si alguien piensa que soy tan idiota como para gastarme en libros lo que necesito para comer es que es un idiota. En la ciudad conseguía trabajar de vez en cuando, muy poco, la mayor parte del tiempo estaba en el paro, cuando lo tenía. Si a los normales les va como les va, a nosotros ni te cuento.
Lo único que hecho de menos es la conexión a Internet. Me gusta escribir, llevo años haciéndolo y subiendo mis textos en blogs o donde me dejaran. Me hacía la ilusión de ser una persona normal hablando en chats y hasta intentando ligar. Lo pasaba de rechupete, hasta que la chica me pedía una cita…entonces todo se venía abajo. ¿Cómo decirle a una chica que tiene que aprender el lenguaje de signos para hablar contigo? Me deprimía tanto que pasaba meses sin conectarme. Ahora tenemos la posibilidad de mandar “esemeses” o correos electrónicos, o chatear, sí es cierto, pero yo sigo prefiriendo el lenguaje de los signos, al menos si la otra persona te entiende y te responde, sabes que estás en condiciones de plantearte una amista o lo que sea. Una cosa es jugar en Internet y otra, muy diferente, decirle a una preciosidad, por signos, que la quieres y que contigo pan y cebolla… cebolla… y haces como si pelaras una cebolla.
He aprovechado que llevaba la libreta para escribir. Antes de llegar al pueblo, durante el traslado, hemos parado a comer en un bar de carretera, en un pueblecito que no queda demasiado lejos. He visto que tenían un pequeño cibercafé. Es posible que mi portátil, donde escribo a veces y donde guardo todos mis libros electrónicos, me pueda servir para algo más. Tal vez pueda seguir subiendo textos. Si no me sirve el pendrive creo que podría mandarme los textos al correo y luego subirlos desde el caber.

Después de cenar ha venido mi madre a la cocina y me ha tocado el hombro con cuidado, para que no me sobresaltara demasiado. Me ha pedido que fuera con ella al salón. En la 2 de tve estaban echando la noche temática, documentales sobre sordomudos. Me he quedado porque mis padres insistieron, pero no me ha hecho mucha gracia ver cómo somos realmente los sordomudos. A los normales les gusta poner de manifiesto nuestros fantásticos logros, una mujer sordomuda que consigue que aprecien su pintura, Borges se quedó ciego al final de su vida, ese atleta de las piernas artificiales compitió en las últimas olimpiadas… No soporto esa mierda. Me siento como una hormiga que tardara un año en llevar una miga de pan desde el suelo de la cocina al hormiguero, atravesando toda la casa y el patio. Quiero ser yo quien produzca las migas, sentado a la mesa, dándome un banquete y que sean “otras hormigas” las que se arrastren buscando la miguita y recorriendo todo un universo hasta el hormiguero para que su familia pueda comer.

Me he ido a la cama antes de que acabara. Hoy no me apetece leer, ni hacer nada. En cuanto acabe esta entrada en el diario apagaré el portátil, apagaré la luz y me iré al mundo de los sueños, el único lugar donde soy igual que los demás. Por mi me quedaría dormido el resto de mi vida. También voy a dejar el budismo. Me importa un bledo que en la próxima reencarnación nazca normal y pueda hablar desde que el médico me propine un golpe en las nalgas hasta que muera, a edad provecta, sin dejar de hablar un segundo. También me importa un bledo lo que pude haber hecho en vidas pasadas para tener que pagar este maldito karma. Solo quiero dormir, dormir, dormir…

Me temo que mañana mi madre me despierte igual que hoy. Puede dar un portazo o entrar tocando la trompeta, yo no me enteraría. Solo su mano en mi hombro puede atenuar este silencio absoluto, aunque sea durante unos segundos.

NOTA IMPORTANTE Se ha puesto en contacto conmigo una persona que me dice que el término “sordomudo” está desfasado y que hasta les resulta ofensivo a personas que padecen esta deficiencia física. Pido disculpas por mi ignorancia y me documentaré al respecto. Es evidente que el texto no pretende ofender a nadie y que el tema está tratado con mi máxima sensibilidad humana. No obstante he decidido mantener el título porque nos dice más del carácter del personaje que si lo cambiara por cualquier otro. Diario de un discapacitado físico, Diario de una persona con problemas de audición, etc me parecen ridículos, creo que importa más cómo te traten que como te llamen, aunque si documentándome veo que realmente puede resultar ofensivo para ese colectivo lo cambiaría sin problemas.

LOS DIOSES


DEDICADO A MI PERRITA TULA, ATROPELLADA POR UN CAMIÓN CUANDO YO TENÍA TRES AÑOS. NUNCA PUDE RECUPERARME Y NO HE VUELTO A TENER PERRO.
IN MEMORIAM

LOS DIOSES

Ellos creen que no les comprendemos, que son nuestros dioses, que están por encima de nosotros, como nuestros dueños y señores. Ellos creen que entre humanos y perros hay más distancia que entre su planeta, al que llaman Tierra y el confín del universo. Ellos creen muchas cosas pero nunca admitirán que están equivocados.

Dicen que no entienden nuestro lenguaje canino, que es muy simple, solo un “guau” para decir cualquier cosa. ¿Para qué más si con olernos ya sabemos todo del otro? ¿Acaso ellos entienden todos los lenguajes de todas las tribus de su planeta? Hay casi tantos lenguajes como humanos. Les ha llevado siglos decidir que hablando inglés podrán entenderse mejor.

Dicen que nuestro tipo de sociedad es muy rudimentario, que en realidad somos sus esclavos y que nuestra territorialidad es irracional. A ellos les ha llevado siglos fundar su famosa ONU, ¡y para lo que les sirve! En cuanto a su territorialidad la defienden con misiles nucleares. A nosotros nos basta con un ladrido más alto que otro y con enseñar los dientes.

Dicen que nuestra economía es muy rudimentaria. A cambio de dejarnos acariciar detrás de las orejas y de aceptar convivir con ellos nos echan algún hueso que otro o nos dan esos malditos piensos de los supermercados que saben a goma de mascar. En cambio ellos inventaron el dinero y la economía de mercado y están todos los días aterrorizados por sus primas de riesgo y sus bolsas de pacotilla.

Dicen que no hemos conseguido evolucionar en miles de años. Ellos en cambio han conseguido pasar del garrote a la bomba nuclear en un santiamén.

Se creen los jerarcas supremos del universo, los amos de su destino. No saben que nosotros llevamos oliendo a otras entidades más altas que ellos desde que el primer perro pisó el árido suelo de este maldito planeta-prisión. Ignoran que ellos son sus perros y que sus destinos están atados con correas.

Son incapaces de ver lo que tienen delante de los ojos. Hay una rebelión soterrada en el reino animal. Los perros estamos planificando la gran rebelión. Es cierto que nos llevará mucho tiempo, lo mismo que a los esclavos humanos les llevó mucho tiempo romper el yugo de sus jerarcas y aristócratas y a sus mujeres convencer a sus hombres de que tenían alma, aunque fuera mejor que la suya. Aún hoy las mujeres están en pie de guerra para alcanzar las últimas metas de su liberación.

Hay una rebelión soterrada que les estallará un día en las narices. En nuestra especie los terroristas han decidido utilizar la violencia y algunos perros se han rebelado y acabado con la vida de algunos humanos. No me atreveré a decir que no se lo merecían, sin embargo la gran mayoría estamos por una resistencia pacífica.

Nuestra evolución no nos ha llevado a caminar a dos patas y a desarrollar los dedos de las patas delanteras como instrumento para evolucionar hacia una cultura de “canis hábilis”. Ellos creen que tener cosas es mejor que tener una gran manada solidaria y amorosa; que inventar cosas es mejor que acariciarse a la luz de la luna.

Desprecian nuestra sexualidad perruna porque no tenemos inhibiciones y desprecian nuestras vidas, llamándolas vidas de perros, porque están convencidos de que la humana es una gran vida.

Ellos se creen nuestros dioses y lo mismo nos llevan a una peluquería canina (¡maldita la falta que nos hace!) que nos abandonan en una gasolinera. Son nuestros amos y señores, los gobernantes de nuestros destinos. No saben que hay una revolución en marcha y los dioses serán destronados y abandonados a su suerte.

Ellos no saben que la rebelión aún no ha estallado porque algunos amos nos tratan como si fuéramos sus hijos y un perro nunca puede morder la mano que le acaricia. Pero nuestra paciencia no es eterna y algún día se encontrarán con las gargantas rotas mientras duermen. Que los dioses, los verdaderos dioses, no lo quieran. Yo soy el Ghandi de los perros y creo en la resistencia pacífica, en un ladrido a tiempo, en salvar a los humanos de sus propias contradicciones, haciéndoles ver que una buena manada, amorosa y solidaria vale más que mil millones de humanos armados con misiles y jugando a la bolsa en sus ratos libres.

Que la paz sea con todos, perros y humanos, animales y dioses, porque todos procedemos del gran Todo. El humano Milarepa me lo enseñó telepáticamente. Yo fui su mascota durante años, hasta que decidí abandonarle tras una buena lamida cariñosa. Ya soy viejo y debo ponerme al frente de mi raza para evitar la masacre.