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UN CADÁVER EN LA CARRETERA II


 

 

UN CADÁVER EN LA CARRETERA

PRIMERA NOCHE

Cadávere carretera 1

EN LA CASA I

Apenas habían recorrido unos diez kilómetros cuando observó la entrada de un camino de tierra, a la derecha. Tomando una decisión rápida decidió meterse por allí. Apagó las luces y sacudió fuertemente a la mujer intentando hacerse con su bolso sin conseguirlo.

-Creo que usted me está mintiendo. No entiendo tanta preocupación con la policía. Déjeme el bolso, quiero ver lo que lleva en él.

En ese momento la mujer pareció salir de un sueño, todo su decaimiento, vergüenza y aquella imagen que intentaba dar, como de haberse perdido en algún lugar remoto de su cráneo, debido al trauma sufrido, desapareció bruscamente. Como si fuera una actriz que se quitara de encima al personaje de un manotazo, para enfrentarse al director que ha pasado todos los límites. Abrió rápidamente el bolso y de él sacó un pequeño revolver con el que le encañó sin el menor titubeo ni temblor.

Cadáver carretera 2

-Ya estoy harta de ti, amiguito. Ahora me vas a llevar a tu casa y si es verdad que vives solo nos quedaremos juntitos los dos, hasta que esta historia se calme. Si eres bueno te daré un premio por el que muchos pagarían la mitad de su fortuna. Ya he visto cómo me mirabas. ¿Te gusto mucho? ¿No es así muchacho?

-Claro que me gustas, pero por favor guarda esa pistola. No me fío de las armas de fuego, un movimiento brusco y puede que me encuentre con una bala en el corazón. No quiero morir, la muerte es la única desgracia que no tiene remedio. Haré todo lo que me digas, pero por favor olvídate de la pistola.

-No es una pistola, sino un revolver. Veo que no te gustan las armas de fuego. Eso está muy bien, solo hay que usarlas cuando no tenemos la menor duda sobre lo que queremos hacer. Creo que eres un buen chico. Lo pasaremos bien juntos. Ahora arranca y llévame a tu casa.

Encendió las luces y regresó a la carretera, pero ahora no tenía ninguna prisa por llegar. Necesitaba recapacitar sobre las posibilidades de salir de aquel lío con vida. Ella no parecía una muñeca cualquiera que se hubiera cargado a su amante, por la única razón de no soportarlo. Sus nervios parecían de acero; sin duda una profesional que estaría metida en algún tipo de mafia. En las películas a los mafiosos no les gusta dejar ningún rastro tras de sí. Él podría describir a la policía con pelos y señales a la mujer que había recogido en la carretera. Su memoria visual no era un don, solo le ocurría con las mujeres atractivas y ello porque había trabajado durante años esa técnica. Le bastaba con ver una mujer bonita, de paso en cualquier parte, y al llegar a casa podía dibujar sus rasgos a la perfección. Incluso había diseñado un programa para el ordenador; escogía cada rasgo sin dudar y rara era la vez que al finalizar un rostro tenía que volver a retocarlo. Ella no conocía ese rasgo de su carácter, pero sin duda estaba pensando en deshacerse de él.

-No hablaré. Apenas me conoces pero no me interesa meterme en líos, tengo un buen trabajo y toda la vida por delante. El hombre está muerto y eso ya no tiene remedio. Además… seguro que era un cabrón y se merecía lo que le ha pasado.

-Tienes toda la razón, amiguito, era un auténtico cabrón. Ya tendremos tiempo de hablar de ello. En cuanto a ti, te calé a la primera. Has conseguido ganar mucho dinero. Por cierto, ¿en qué trabajas?

-En el ramo de la informática, soy programador. Tengo una empresa propia y me va muy bien.

-Te has acostumbrado a los placeres que proporciona el dinero, a la buena vida y a las mujeres. ¿Somos tu debilidad, no es cierto?

-No tiene sentido negarlo. Las mujeres siempre habéis sido mi debilidad.

-Lo sé. Un par de noches en mis brazos y no me denunciarías ni por todo el oro del mundo. ¿No es cierto?

-Puede que seas muy buena psicóloga, pero todos podemos equivocarnos al juzgar a los demás. El ser humano es siempre imprevisible.

-Creo que me arriesgaré contigo, amiguito.

No dijo nada más, bajó el cañón del revolver, pero su mano no se separó de la empuñadura, lo dejó reposar sobre su regazo y miró al frente. La carretera les está llevando hacia un futuro incierto, los faros del coche apenas dejan ver unos metros, el resto es solo oscuridad.

Cuando llegaron a su casa era más de media noche. Metió el coche en el garaje y abrió la puerta. En cuanto encendió la luz ella se introdujo dentro rápidamente y comenzó a buscar el baño sin preguntarle nada.

-Está detrás de aquella puerta, al final del pasillo, a la derecha.

¿Y ahora qué? Podría intentar llamar a la policía, pero ella tiene el revólver y me mataría sin dudarlo. Es una mujer fría como el hielo. Tendré que seguir el juego. Me ha estropeado las vacaciones pero si todo sale bien tendré algo para contar a mis conquistas, tal vez podamos reírnos un rato con una copa en la mano. Pero la muerte no es una broma, si me dispara no tardaré en caer durante toda una eternidad como sucede en las películas. La bala destrozará partes vitales de mi organismo, todos tenemos que morir pero no ahora y no tiene porqué ser con dolor. Odio el dolor, cantaría como una soprano si me torcieran un dedo. Pero de nada sirve dar vueltas a algo que no está bajo mi control. Solo puedo esperar y aprovechar cualquier circunstancia favorable?

Cadáver carretera 3

 

Mientras ella se ducha mira en el frigorífico. La mujer que hace la limpieza en varias casas de la zona tiene llaves de la suya. La telefoneó el día anterior para que llenara el frigorífico, dejando algo preparado para cenar. No volverá a limpiar la casa si no la llama ese es el acuerdo. No tiene hambre, pero no se piensa bien con el estómago vacío. En un recipiente hay sopa y en el otro unas albóndigas con tomate. Saca ambos y los introduce en el microondas. Si ella quiere comer habrá bastante para los dos.

Busca platos y cubiertos, colocándolos a ambos extremos de la mesa, sin olvidarse de las servilletas y unas botellas de cerveza. Ella entra con una toalla alrededor de su cuerpo. En otra ocasión hubiera dado las gracias al destino, pero tal como están las cosas aquella hermosa mujer que deja sus hermosas piernas y la parte superior de los pechos desnudos a su mirada, podría muy bien ser la muerte disfrazada de bella dama. Ella no se fija en su mirada o se habría dado cuenta del miedo que hay en sus ojos.

Un instante puede cambiar una vida, pero nunca pensé que me fuera a ocurrir a mí.

Ella se acerca hasta la mesa sin mirarlo y tomando una albóndiga con los dedos se la lleva a la boca, como una loba hambrienta habría hecho con un corderito, masticando después con ansia.

 

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-¿Me puedes dejar un vaquero y una camisa? Creo, que dada tu envergadura, no me quedarían muy mal.

-Claro. Sígueme y escoge lo que quieras.

La conduce hasta su habitación, donde abre el armario y deja que ella escoja a su gusto.

-Por cierto, si vamos a pasar unos días juntos, creo que es de buena educación presentarnos. Me llamo Antonio, Tony para los amigos.

-A mi puedes llamarme Laura si quieres. Si no te gusta escoge cualquier otro, el de tu amante más perversa, por ejemplo.

-Laura está bien.

-Bueno, si me dejas un minuto me vestiré. Claro que si prefieres mirar puedes quedarte para no perder detalle; mi dosis de pudor es ya tan pequeña que no sufriré mucho porque veas de cerca los defectos de mi carrocería.

-Tu carrocería no tiene defectos, pero creo que preferiría contemplarla en otro momento. Hoy no estoy de humor. Te espero para cenar.

El se vuelve a la cocina, pensando en la posibilidad de que ella haya dejado el bolso, con el revólver en su interior, en el baño. ¿Por qué no intentar hacerse con el arma? Podría encañonarla y luego llamar a la policía. Una vez el problema resuelto… a disfrutar de las bien merecidas vacaciones. ¿Y si ella se vengara? Tendría muchos años de cárcel para pensarlo. Y una mujer como ella, una auténtica leona, siempre tiene algún amigo o conocido dispuesto a hacerle un favor. O cualquier otro lo haría, si es a cambio de recibir unos buenos fajos de billetes. Piensa que tal vez tendría que vender la casita y comprar otra lejos de allí. La pondrá a nombre de su empresa. Ella solo sabe su nombre y no es seguro que no haya mentido. Con dinero todo tiene solución. Solo un hombre tan asustado como él elucubra semejantes estupideces. Parece el cuento de la lechera. Antes debe comprobar si esa posibilidad de salir del embrollo está a su alcance.

Camina hacia el baño por pura inercia, pero a mitad de camino se dice que no tendría tiempo suficiente. Si ella le descubre ahora, ya no se fiará de él; no sería fácil volver a intentarlo. Incluso le matará como a un perro rabioso. Para una mujer como ella un cuerpo atractivo no significa nada. Lo mismo que para el matarife un trozo más de carne. Regresa a la cocina y se sirve una cerveza negra en una jarra de cristal. La mujer de la limpieza tiene una excelente memoria. La cerveza es de su marca preferida y solo tuvo que decírselo una vez. Anota mentalmente que si sale de aquella aventura aumentará su asignación mensual. Es una verdadera joya.

Laura llega, vestida con su ropa, un vaquero y una camisa llamativa; no le quedan nada mal. Observa que ha tenido tiempo para acicalarse, tiene los ojos pintados de un azul claro y la boca muy roja. Una mujer que es capaz de arreglarse después de cometer un asesinato se lo podría comer crudo de un único bocado y sin parpadear siquiera. Por si acaso será mejor alimentarla bien, para que sus instintos caníbales vayan en otra dirección.. Sirve sopa en los platos y la invita a sentarse.

-A pesar de la nochecita que he pasado tengo un hambre de lobo. Solo pude tragarme deprisa un sandwich en una cafetería antes de montar en el coche con Mamón… Lo llamaba así, muy bajito, cuando nadie podía oírme y lo repetía una y otra vez. Mamón…Mamón…Mamón… ¿Tú tienes hambre?

-Claro, apenas he probado bocado en todo el día. Procuro ser parco para evitar dormirme mientras conduzco. Además, pocas cosas hay en la vida que puedan quitarme el apetito y menos la muerte de ese cerdo. Porque era un mafioso, un matón. ¿No es cierto?

Él se hace el duro, como si estuviera rodando una película negra. No es muy convincente, pero tiene que intentarlo. Puede que de ello dependa su vida.

-Sí, lo era. Nadie lo echará de menos, aunque sus sicarios estén pensando en vengar su muerte. Es parte de su código de honor. Te preguntarás cómo mantengo el tipo con este apetito… Voluntad, amiguito, mucha voluntad. No me importa pasarme si las circunstancias me invitan a ello, pero luego sigo una dieta muy estricta. Cuando estoy a dieta nada es capaz de desviarme del camino. Para una mujer su físico es tan importante como para un hombre su dinero.

-¿Quieres algo para beber? Tengo cerveza, rubia o negra, y una abundante bodega con toda clase de vinos.

-Si no te importa preferiría vino. Si es posible de lo mejor que tengas en tu bodega. Lo de esta noche merece una celebración por todo lo alto.

-Entonces tengo que bajar a la bodega.

-Te acompaño.

Toma las llaves de un bonito llavero de madera colgado junto al frigorífico y la precede hacia el salón. Allí mueve una alfombra y con mucho cuidado levanta una pequeña puerta de madera, disimulada en el parquet.

“Puedo pedirle que baje primero – piensa notando la aceleración en el latido de su corazón –encender la luz y empujarla por las escaleras. Cada vez que bajo a la bodega se me ocurre esta idea. Es estúpido pensar en matar a alguien que no me ha hecho el menor daño, sin embargo esta situación no me gusta, antes o después pensará en asesinarme. Si tuvo redaños para cargarse al Mamón ni pestañeará si tiene que cargarse a un testigo molesto”.

Le viene a la cabeza una imagen surrealista: está sentado en un casino, jugando al poker. Las cartas son pésimas, Todo depende de que los demás no sepan que va de farol. Si gana recibirá un beso de la chica guapa y si pierde la dama fea le rebañará el gaznate con la guadaña.

Ella deja que él baje primero, lo que viene a confirmar sus sospechas. Decide olvidarse de la precaria situación en que se encuentra y disfrutar de la vida mientras pueda; la cena no está mal, beberán un vino excelente y en la compañía de una hermosa señorita se pasa bien el rato, hasta que llegue la hora de acostarse. Piensa si ella estará de humor para un buen polvo, es tan fría que puede esperarse cualquier cosa. De momento dejará el futuro aparcado, no se le puede traer de los pelos, cuando llega lo hace con el cuerpo y el paisaje que ha escogido previamente el destino.

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Continuará.

 

TODOS ESTAMOS SOLOS AL CAER LA TARDE XVI


TODOS ESTAMOS SOLOS AL CAER LA TARDE

La escalera, de maderas nobles, supuse, era tan larga como la escalera de Jacob, amplia, abrillantada esa misma mañana, supuse, reluciente… pero no tanto como la mujer que iba bajando, escalón tras escalón, con la misma prisa como si le esperara abajo el patíbulo. Todo en ella era rojo, salvo su piel, negra, bueno más bien café con leche o mestiza, una veta blanca, puede que paterna o materna, había iluminado un poro de cada tres, supuse también. Para mí era una noche de suposiciones, puesto que no sabía nada de lo que allí se cocía y tampoco estaba muy seguro de lo que buscaba Alfredo llevándome allí, el juego de suponer se convirtió en algo tan divertido como esperar descubrir al asesino que me va a matar en una reunión de sociedad.

Pero no tanto como observar a aquella mujer que parecía comportarse como la reina de Saba sin Salomón, sin África, sin nada más que un vestido de noche rojo intenso que dejaba ver sus hombros hermosos, sensuales, lo mismo que su boca, de labios abultados como si por cada beso le hubieran crecido un milímetro, y al parecer eran muchos los besos recibidos, lo mismo que el resto de su cuerpo, oculto bajo el vestido, pero no demasiado, porque se le pegaba al cuerpo como un guante de seda -tal vez el vestido también fuera de seda, nunca me preocupé de conocer las telas, nunca me preocupé de conocer demasiado a las mujeres, pero eso, intuía, iba a cambiar- realzando sus encantos, uno por uno, caderas amplias, piernas largas, senos deseando salir de un escote que creo llaman “palabra de honor” supongo que porque en este caso uno emplearía su palabra de honor de que bajo el vestido, en esa zona, había algo que merecía la pena. Supe enseguida que era madame Rouge porque los zapatos de tacón también eran rojos, lo mismo que sus pendientes, tal vez granates o tal vez cualquier otra piedra preciosa de un color rojo intenso. En su mano izquierda portaba un bolso, también rojo o granate, de piel, supongo, mientras que con su mano derecha iba haciendo gestos de dama de alta sociedad del siglo XIX, también supongo, porque yo no estuve en ese siglo. Supe enseguida que estaba realizando una parodia de sí misma porque todas las chicas rieron, lo que significaba que ya lo había hecho otras muchas veces y en todas ellas su patrona no se había enfadado con ellas.

Un escalón, otro y otro. No me hubiera importado que la escalera fuera de más escalones y que al bajar el último los hubiera vuelto a subir. Su pelo negro caía en cascada sobre sus hombros y sus ojos relucían como los de una gata en celo, en plena noche, maullando en el tejado, a la luz de la luna, pero mucho me temía que aquella mujer no era precisamente una gata, sino una pantera y peligrosa. Cuando pisó el último escalón ya nos había observado a todos, sabía cuántos y quiénes estábamos allí y me había calado a mí, porque no creía equivocarme al pensar que yo era el único de los presentes a los que madame Rouge no conocía. Me había mirado de abajo arriba, de arriba abajo, se había detenido en las diferentes partes de mi cuerpo, como si su acerada mirada lo hubiera dividido en tres o tal vez cuatro partes. Lo había hecho con la discreción de una mujer del gran mundo y con el ansia de una pantera hambrienta. Supuse que le gustaba y esa suposición era algo más que el deseo que siente todo hombre de gustar a una mujer como ella.

Al pisar el suelo de madera del salón hizo una graciosa inclinación doblando la rodilla izquierda, bajando la cabeza y extendiendo los brazos, como una prima donna de la ópera. Se produjo un aplauso atronador y algún bravo, lo que me hizo pensar que acostumbraba a repetir aquella actuación con frecuencia. Como si ya hubiera terminado de interpretar su papel de pronto todo en ella cambió, su sonrisa desapareció, se irguió en toda su estatura y caminó con paso firme hacia nosotros. Kayla se adelantó, susurrándole algo a la oreja, después se colocó a su costado derecho, la posición lógica dado que era su mano derecha. Madame Rouge se dirigió directamente hacia mí, sin dudarlo un segundo. Observé que no había mirado a Alfredo ni de reojo. Malo, pensé, la noche puede terminar antes de iniciarse. No temía porque le dieran una buena paliza, seguro que se la merecía, pero precisamente ahora no me apetecía marcharme sin más, deseaba pasar allí toda la noche y ver en qué acababa todo. Al llegar frente a mí madame Rouge extendió el dorso de su mano enguantada, yo incliné la cabeza y subí su zarpa hasta que pude besarla con comodidad. Hubiera preferido un beso en la piel, tal vez mi lengua captara algo de aquella naturaleza salvaje, aún así no me disgustó el contacto.

-Un placer, caballero.

¿Se refería a mí? No cabía duda porque no dejaba de mirarme. Dejó de hacerlo bruscamente para observar cómo Alfredo intentaba desplegar su mejor sonrisa sin conseguirlo.

-Creo que te dejé bien claro que no volvieras a pisar mi casa. Mis chicas no están a tu disposición, ni aunque llevaras algún ladrillo de oro de Fort Knox, cosa que dudo. No obstante te daré una oportunidad si dejas libre a tu amigo y no te vuelves a ocupar de él en toda la noche.

-Acepto el trato.

Me sentí incómodo, actuaban como si yo fuera un caballo sobre el que estuvieran tratando, aunque madame Rouge más bien parecía querer montarlo y eso no me desagradaba en absoluto, aunque hubiera preferido otro trato. A Kayla le bastó mirar a su patrona para saber lo que se esperaba de ella. Se acercó a Alfredo, le tomó del brazo y se lo llevó entre risas. Yo quedé a disposición de la dama quien me ofreció el suyo, dirigiéndose sin vacilar hacia una puerta disimulada en un rincón, corrió la cortina y no tuvo que abrir nada porque aquella se abrió desde dentro. Me invitó a pasar con ella, lo que no era difícil porque existía suficiente espacio para los dos y para alguno más, si fuera preciso. Quien había actuado de fantasma de la ópera era su guardia de corps, su jefe de seguridad o su matón.

-Dile al chef que prepare una cena variada, él ya sabe lo que quiero, y que la suban al dormitorio en… pongamos una hora.

El matón sonrió y desapareció. Estaba encantado de cenar con ella, sin embargo seguía prefiriendo que alguna vez se le ocurriera contar conmigo. Madame Rouge siguió a paso de marcha por el pasillo hasta alcanzar un ascensor de época que a su vez se abrió como si la esperara. Un joven negro, vestido de etiqueta, aunque con un sospechoso bulto bajo el sobaco, inclinó la cabeza, lo que aprovechó su patrona para hacerle una caricia, como a un perro amaestrado. Cuando el ascensorista oprimió el botón correspondiente no podía evitar que una sonrisa de oreja a oreja le cruzara la cara.

El resto de la noche no estaba tan claro en mi memoria, porque una vez nos apeamos en un dormitorio, estilo suite francesa, en rojo, con detalles decorativos New Orleans, tan inmenso como la mitad de un hotel, madame Rouge se apoderó de mi como una araña se zamparía a una mosca, inyectando su liviano veneno sin disimulo y dejando que su presa pasara por todas las fases de la hipnosis hasta alcanzar la muerte. Claro que fue una muerte dulce, muy dulce.

Una sonrisa adolescente, imbécil, se apoderó de mi rostro serio y preocupado sin que pudiera evitarlo. Tras ser nombrado sheriff solo había vuelto a ver a madame Rouge un par de veces y las entrevistas no fueron precisamente agradables. Los dos jugamos fuerte y la pantera me dio un par de zarpazos antes de tomar la decisión de que le convenía más vivo que muerto. Ahora pensaba arrebatarle a una mosca grande, llamada Pico de Águila, que tenía bien enredada en su tela de araña. Ni siquiera tenía claro que saldría vivo de su mansión, aunque si al final salía con los pies por delante me llevaría también conmigo a madame Rouge y a cuantos pudiera. No iba a dejar que me cachearan, era el sheriff, y mi automática, bien escondida, me acompañaría allá donde yo fuera.

Sin perder ni un ápice de mi concentración en la conducción repasé aquella primera noche con la pantera roja, como la llamaría desde entonces. Sobre una mesa camilla nos esperaba una botella abierta de champán francés. Me invitó a sentarme y escanció dos copas. Alargó su copa, invitándome al brindis. Como yo no dijera nada fue ella la que brindó.

-Porque esta noche se repita.

-Cuando nos conozcamos mejor -dije sin saber muy bien lo que decía, pero sí lo que deseaba decir-.

-No hay mejor conocimiento que el íntimo. ¿No crees?

Asentí. Desde que llegara al condado, con la oscurísima sombra de mi pasado tras de mí, no me había preocupado lo más mínimo de las mujeres, al contrario había huido de ellas, desperdiciando ocasiones que ningún macho habría dejado pasar. La oscuridad era una niebla espesa a mi alrededor, solo me preocupaba de dónde poner los pies para no caerme de culo, eso era todo. Alfredo entró en aquel cuarto oscuro como un elefante en una cacharrería, como decía él, sin la menor consideración, abrió las ventanas y la luz del sol me deslumbró. La visita a madame Rouge era el primer paso en mi nueva vida y estaba decidido a aprovecharla al máximo. Con el tiempo Alfredo se empecinaría en que comenzara a escribir para sacar al exterior mis demonios y airearlos un poco. Opuse una férrea resistencia, no obstante se salió con la suya y tal vez fuera la mejor decisión que podía tomar cuando tomé aquel cuaderno entre mis manos y escribí sin parar, esbozando una historia que nunca he sabido de dónde salió, una historia de demonios, por supuesto, como resultaba inevitable. Los demonios del desierto rojo ya nunca dejarían de acompañarme, en el sótano de mi ranchito, que había acondicionado y disimulado al efecto, en una estantería, estaban los libros publicados hasta el momento,media docena, todos bajo seudónimo, por supuesto, y también mis cuadernos manuscritos, los pocos recuerdos que arrastraba de mi vida pasada, las pruebas que había ido obteniendo sobre los asesinos que seguían mis pasos y una excelente armería que sin duda tendría que utilizar antes o después, porque aquellos chacales nunca cejarían de perseguirme.

Madame Rouge dejó de comportarse como una dama y fue directa al grano.

-Alfredo ha tenido mucha suerte de que le acompañaras, de otra forma no habría salido vivo de aquí. No bromeo. Cuando le digo a un hombre que no vuelva a pisar esta casa será lo último que haga si comete ese error. Ni siquiera habría tenido opción de aparcar, le habrían tiroteado por el camino de no haber venido acompañado. Cuando me lo dijeron sentí curiosidad, aunque en realidad ya sabía que solo podías ser tú.

-¿Me conoce?

-Si vas a estar dentro de mí es mejor que te vayas acostumbrando a tutearme, y puedes estar seguro de que no saldrás de aquí sin antes haberme poseído. Sí, nadie llega al condado sin que yo me entere. He seguido tus pasos desde el primer día. Sé todo lo que has hecho y hasta lo que has pensado hacer y no te has atrevido. En mi negocio la información es más valiosa que el oro. Era cuestión de tiempo que ese borrachín de Alfredo y tú os acabarais conociendo y al primer sitio donde te llevaría sería aquí. El sabe que me gustan los hombres como tú. Traerte era mejor que venir con un ejército. El muy idiota cree que algún día volverá a dormir en mi cama. Sí, fuimos amantes, hace algún tiempo. La cosa no acabó bien porque Alfredo, ese don Juan de pacotilla, se fue a enamorar de la mujer que menos le convenía, como les suele ocurrir a todos los donjuanes. Sí, en efecto, él me contó la historia de don Juan como otras muchas, tal vez por eso le aguanté más de lo que suelo aguantar con un hombre. Pero eso es todo lo que debes saber por ahora. Puedes regresar siempre que lo desees, serás bien recibido, pero aconseja a ese idiota que él no vuelva a hacerlo, es la última gracia que le concedo.

-¿Cómo debo llamarte? Madame Rouge me parece una tomadura de pelo.

-Escoge un nombre y llámame así, o puedes darme un nombre distinto cada noche que regreses. No estás obligado, por supuesto, pero serías el primer hombre que no vuelva sin que yo lo haya echado antes a patadas. Y no desprecies el nombre de madame Rouge, es mi nombre de guerra, y hasta ahora las he ganado todas.

¿Quién se creía aquella mujer? Parecía una reina de Saba de los prostíbulos, convencida de que podría seducir a cualquier Salomón cargado de oro, a cualquier incauto como yo, a cualquier hombre que se le pusiera delante. Me equivoqué al juzgarla como una de esas mujeres tontas que piensan que un cuerpo voluptuoso no solo puede abrir cualquier bragueta, sino también comprar cualquier alma. Mientras me observaba con aquellos ojos negros relucientes, tan segura de sí misma, tan agazapada como una felina a punto de saltar sobre la presa, comprendí que tras ella, en la sombra, la seguía un ejército de malas experiencias que la habían transformado en una auténtica demonia. Tendría que tener mucho cuidado. Fue en aquel preciso momento cuando se me ocurrió el nombre, como el sarcasmo que se lanza al rostro de la muerte cuando sabes que ya no podrás evitar que te hinque el diente. Madame Rouge, la pantera roja.

Continuará.

TODOS ESTAMOS SOLOS AL CAER LA TARDE XV


Aquel viernes, por la mañana, me llamó Alfredo. Estaría allí por la tarde, antes de caer el sol. No debía hacer planes ni aceptar cualquier otro compromiso o me atendría a las consecuencias. Aquel hombre era un fanfarrón malhumorado, muy pagado de sí mismo, pero como descubriría con el tiempo poseía un corazón de oro, sus amigos lo eran para siempre y podía dar la vida por ellos, porque para él la amistad era sagrada, no así el amor a la mujer, a no ser que se diese por válido que quien ama a todas las mujeres ama también a una.

Cumplió lo prometido. A partir de entonces no dejaría de visitarme un solo fin de semana, a no ser que estuviera muy ocupado corrigiendo exámenes, o hubiera encontrado una estudiante que aceptara aguantarle durante todo un fin de semana, o una madurita solitaria a la que hubiera seducido, o más bien le hubiera seducido a él, o simplemente tuviera otros planes imprevisibles e imprevistos, como su propio carácter. Todas estas circunstancias me permitían dedicar muchos fines de semana a mi persona, aunque nunca podía estar seguro de que una llamada por sorpresa el viernes por la mañana me obligara a permanecer a la espera de sus planes, porque no soportaba que alguien le impusiera los suyos, ni siquiera se los sugiriera. Así era Alfredo y había que aceptarle o rechazarle. Como él solía decirme, en una expresión española que yo no acababa de comprender: estas son lentejas, si las quieres las comes y sino las dejas.

Me encontró tomándome un güisqui con hielo acunándome en la mecedora del porche, mientras contemplaba la puesta del sol una vez más. Necesitaba animarme un poco, porque no las tenía todas conmigo. No me gustaban las prostitutas, el sexo mercenario, como yo lo denominaba. Me sentía mal si exigía lo que había pagado, y tonto si dejaba que ella se saliera con la suya y me diera lo imprescindible. Tampoco tenía mucha mano con ellas, no sabía de qué hablar y si hablaba de cualquier cosa nunca acertaba. Alfredo me pidió otro güisqui, charlamos un rato, hasta que el sol cayó en el abismo del otro lado del mundo, y de pronto, sin prepararme, me empujó hacia su coche. Protesté, deseaba cambiarme de ropa. Alfredo se rió. Si yo tuviera tu edad y tu cuerpo no me preocuparía de esas tonterías. Era otra de sus sentencias que dejaba caer a cada paso como mandas de plátano, para ver si alguien se daba una buena culada.

Aquella primera vez no fui capaz de memorizar el camino, podría haberme llevado al desierto, en plena noche, y recogido antes del alba, estaría igual de confuso. Al cabo de una media hora pude ver a lo lejos luces que parecían guiñarme los ojos, como un grupo de mujeres que lo hicieran de forma alternativa, primero una, luego otra, primero un ojo, después el otro. Cuando estuvimos más cerca me asombré de mi intuición porque en efecto, el luminoso existente encima de aquel edificio enorme, al estilo de las casas de Nueva Orleáns que yo había visto en la televisión, porque nunca pisé sus calles, mostraba a un grupo de mujeres, con muchas curvas y muy ligeras de ropa que se apagaban y encendían de forma rotatoria y no antes de que cada una de ellas guiñara un ojo y luego el otro a cada posible cliente.

Alfredo se burló de mi sorpresa.

-Madame rouge no se anda con chiquitas en nada, ni siquiera a la hora de llevarse a su habitación a un cliente que le guste. Ándate con ojo, tú eres el candidato ideal.

-¿Por qué tendría que andarme con ojo? Imagino que no me cobraría y si lo hiciera yo elegiría con quién.

-No, cobrar no te va a cobrar, pero sería mejor que lo hiciera, así al menos podrías protestar. No, todo será gratis, incluso te invitará a cenar, pero si puedes recházala, una sola noche y serás su presa para siempre. Hazme caso. Al menos, si no puedes resistirte, le puedes insinuar que le haga un descuento a tu amigo.

Apenas sabía nada de aquel hombre, por lo que todo lo que decía y hacía me chocaba hasta el punto de tener que darme algún tiempo para reflexionar sobre lo que decía o lo que hacía. Era un hombre difícil de comprender, pero una vez que lo lograbas resultaba tan transparente como un vidrio de una ventana recién limpiado y a fondo. No tenía secretos, su gran secreto era ser tan transparente que no te lo podías creer y tan español que necesitabas un cursillo intensivo sobre lo que él consideraba ser español, que no era precisamente lo mismo que pensaban otros, como llegaría a saber con el tiempo.
No me pareció que fuera la primera vez que Alfredo visitaba el prostíbulo de madame Rouge, al menos tendría que conocer el lugar a plena luz del día, de otra forma se habría perdido con absoluta seguridad. El matón de la puerta le saludó con más efusividad de la que yo esperaba. Luego me comentaría que parecía caerles bien a todos, debido a su cháchara y desparpajo, menos a madame Rouge que ni siquiera había tenido nunca el detalle de invitarle e a una copa, mucho menos a su lecho. También me comentó que aunque no hubiéramos visto a nadie hasta llegar a la puerta la noticia de que venía un cliente, incluso el nombre del cliente, ya habría llegado al rancho diez minutos antes. La zona estaba plagada de contrabandistas que se movían en la noche como coyotes y que trasladaban cualquier incidencia a su dueña, incluso existían torretas donde algunos chicos negros se turnaban con prismáticos para que nada pasara desapercibido a una mujer tan precavida como una loba.

Nada más entrar comprendí el apodo de la dueña. Las paredes pintadas en rojo, cortinajes del color de la sangre, farolillos con pantallas de un rojo intenso. Solo las sillas, las mesas y algún que otro adorno parecían cadáveres, a quienes hubieran desangrado y luego pintado de algún color desvaído para que su palidez cadavérica no desentonara en exceso en aquella orgía de sangre. Enseguida nos salió a recibir una mujer negra, con un vestido de noche negro, y unos rasgos muy típicos de su raza, pelo corto, hirsuto, rizado, pintado de un color indefinible, más bien pelirrojo, con una nariz grande y aplastada, aunque bien formada y una boca enorme, de labios gruesos y sensuales. Sus ojos eran grandes y expresivos y de sus grandes orejas colgaban unos pendientes enormes de color verde y blanco.

Saludó a Alfredo con una sonrisa y éste enseguida se colgó de su brazo.

-¿No me presentas a este chico guapo?

Me estaba mirando con una sonrisa enorme que casi no cabía en su boca. Alfredo hizo las presentaciones con mucha ceremonia, como a él le gustaba y enseguida advirtió que no quería que su amigo, o sea yo, fuera secuestrado, era mi primera visita y no quería estar solo, para eso había venido acompañado. Kayla, que así dijo llamarse en la presentación, le plantó un buen beso en la boca a Alfredo y no cesó de sonreír mientras le recordaba que estaba en territorio de madame Rouge y allí era ella la que decidía.

Kayla nos condujo a un salón muy amplio, tan rojo que me asustó un poco, como si lo hubieran pintado con la sangre que un asesino en serie hubiera sacado de sus numerosas víctimas. Sentí un estremecimiento profundo y un intenso frío que subió por mi columna vertebral. Solo años más tarde entendería aquella misteriosa premonición. En el salón nos esperaban un conjunto de chicas de diferentes razas, rasgos y edades, todas ellas hermosas, todas ellas muy ligeras de ropa y con una sonrisa estereotipada en la boca que me recordó a una muñeca de juguete a la que se le hubiera roto la cuerda. Alfredo parecía sentirse a sus anchas y Kayla reía sus gracias, invitándole a escoger la rosa que más le gustara de aquel jardín.
Yo permanecía de pie, tímido, sin saber dónde meter las manos ni los ojos y con ganas de que toda aquella ceremonia estúpida terminara para irme con una de ellas a la habitación que me correspondiera. Kayla no dejaba de mirar hacia la escalera de madera, amplia, señorial, que habíamos dejado a nuestras espaldas. Esperaba a alguien. Creo que hasta yo sabía muy bien a quién estaba esperando. Y en efecto, cuando todas las miradas se clavaron en algo a mis espaldas y me volví con extremada curiosidad, supe que la mujer que bajaba las escaleras era ella, madame Rouge….

TODOS ESTAMOS SOLOS AL CAER LA TARDE XIV


EN EPISODIOS ANTERIORES…

El protagonista es un hombre aún joven que ha llegado a un condado de Nuevo México, a una distancia prudencial de Albuquerque. Se podría decir que ha llegado al culo del mundo, pero es precisamente lo que buscaba, un lugar donde nadie haga preguntas ni quiera saber el pasado de sus visitantes. Una especie de aldea de forajidos del Oeste, donde nadie pregunta y mucho menos si se llevan bajas las cartucheras, como los pistoleros. En cambio este condado es el lugar tan tranquilo que como descubrirá -ahora que es sheriff, chantajeado por el alcalde que quiere un hombre de paja tras jubilarse el anterior- hace ya tantos años que no se comete un crimen que cuando llega el monstruo y comienza la serie de crímenes bestiales que pondrán patas arriba la vida del condado, de los condados vecinos, del Estado y de la nación, los ciudadanos comenzarán a preguntarse si ha llegado el Apocalipsis y el sheriff se planteará si será capaz de enfrentarse el solo a la bestia o tendrá que pedir ayuda al FBI.

MADAME ROUGE

Las puestas de sol más hermosas las he contemplado aquí. Desde mi llegada no me he perdido una sola. El mejor momento del día es este, cuando cae la tarde y el sol se oculta tras las colinas que se extienden en el horizonte. Procuro que el ocaso me pille en casa, en el porche, escuchando a Bach, a veces con un vaso de güisqui en la mano -porque al caer la tarde todos estamos solos- y a veces leyendo el poema que me regaló Alfredo y que tituló precisamente así: “Todos estamos solos al caer la tarde”. En raras ocasiones estoy fuera de casa y ésta es precisamente una de ellas. Mientras contemplo el sangriento sol caer sin prisas tras las áridas montañas me pregunto cómo me irá la noche. Siento una ligera aprensión, incluso algo de miedo, al volver a los dominios de madame Rouge. No debería ser así, qué miedo puede dar una hermosa mujer madura de la que fui amante hasta que me hicieron sheriff y decidí que no podía seguir siéndolo y al mismo tiempo un hombre honrado en el ejercicio de mi cargo.

Cuando llegué al condado, hace ya algunos años, madame Rouge ya formaba parte de él. Según supe, había venido de Nueva Orleáns con un par de pupilas, o más bien compañeras de profesión, prostitutas, tal vez huyendo de algo no demasiado agradable. Nadie sabía en el condado qué era ni a mi me lo dijo. Guardar los secretos del pasado y nunca intentar desvelarlos parecía ser la única norma existente en aquel territorio semidesértico. Debió encandilar al viejo sheriff, ahora jubilado, y al entonces alcalde, que no era el actual, compró un rancho con el dinero que llevaba encima, al parecer mucho, y al poco tiempo comenzaron a llegar más pupilas, de todas las razas, color de piel y edades y algunos hombres, fuertes y malencarados, todos ellos formaron el único prostíbulo autorizado en aquel condado. Hasta entonces, según me contaron los más ancianos, si querías echar un polvo tranquilo tenías que irte a los condados vecinos, aquel era un lugar dominado por las santurronas y las diferentes confesiones religiosas que se repartían los feligreses con una extraña equidad, uno para mi, otro para ti.

Madame Rouge estaba metida en negocios turbios, lo sabían hasta los niños de pecho. Según decían lo controlaba todo, hasta el tráfico de drogas, aunque esto último nunca se decía en voz alta y algunos lo negaban. Aquella mujer era capaz de todo, pero odiaba las drogas. ¿Era esa la razón de que hubiera huido de Nueva Orleáns como si la persiguieran todos los demonios? A mí nunca me lo dijo, en realidad no me dijo nada que hubiera podido comprometerla, ni en los momentos más íntimos, cuando me acariciaba el pecho y se le escapaban palabras cariñosas, inimaginables para sus pupilas y matones.
Cuando tropecé por casualidad con aquel condado no pensaba quedarme mucho tiempo. Llevaba un par de años huyendo y pensaba que nunca dejaría de hacerlo. Huía de mí mismo, del recuerdo, pero sobre todo de mis perseguidores. A pesar de todo me gustó lo que estaba viendo y sin hacer planes, alquilé un local donde monté una tiendecita para vender y reparar ordenadores, algo insólito en aquellos pagos. A duras penas lograba sobrevivir, teniendo que echar mano de mis ahorros más de lo que hubiera deseado. Pero poco a poco me fui haciendo con la población y descubrí que los jóvenes estaban ansiosos por subirse al carro que ya ocupaban desde hacía mucho tiempo toda la juventud del país y casi del mundo. Supongo que a nadie se le ocurrió montar allí un negocio de informática y los jóvenes rara vez se acercaban a Alburquerque, que estaba un poco lejos, se limitaban a pasárselo bien en los condados vecinos y cuando decidían ir a la metrópoli no era precisamente para hacer compras.

Llegué a sentirme tan a gusto en aquel lugar, perdido de la mano de Dios, contemplando aquellas maravillosas puestas de sol, que decidí arriesgarme y me instalé en un ranchito abandonado que vendía un banco. Visité Alburquerque y me hice con proveedores de confianza, luego comencé a viajar por el condado convenciendo a los jóvenes de que no podían seguir aislados del mundo y de que el universo virtual les abriría las puertas del paraíso.

Al principio me mostré desconfiado, no quería que nadie llegara ni siquiera a poder atisbar mi secreto, pero luego comprendí que yo era uno más de los que habían decidido ocultar su pasado allí. La mitad de la población no había nacido en el lugar, llegaron como yo, extraviados tras recorrer tantos caminos en la vida que no era extraño que terminaran en el culo del mundo. Apenas salía de mi rancho sino era para trabajar y procuraba mantenerme lo más alejado posible de las mujeres y las invitaciones. Tenía fama de misántropo y misógino y creo que bien merecida. Las heridas del pasado aún no habían cicatrizado y no lo harían nunca. Ni siquiera me planteaba pensar en otra mujer, pero fue entonces cuando conocí a Alfredo.
Alfredo era un español que tras la guerra civil salió de un país en el que no se sentía capaz de vivir y buscó una universidad americana donde dar clases. Su inglés no era muy bueno por lo que pensó en alguna donde se hablara español y pudiera dar clases de literatura castellana. Tuvo suerte y llegó a Alburquerque donde se sintió a sus anchas. Gran vividor, le gustaban tanto las mujeres que se hubiera olvidado de comer, su segunda gran pasión, de haber tenido todas las noches a una mujer en su lecho. Creo que por suerte para él le costaba mucho seducir a las estudiantes a las que daba clase y no tenía mejor suerte con las mujeres maduras de la ciudad. Por eso todo el tiempo que no estaba dando clase lo empleaba en intentar seducir a alguna mujer para que le calentara la cama. Sus decepciones las calmaba comiendo y bebiendo. Alguien desde el otro lado del océano le mandaba de vez en cuando paquetes con viandas asturianas, fabes, sidra… Se jactaba de seguir siendo un asturiano por los cuatro costados.

Le conocí por casualidad en el colmado de Doña Paquita, una mexicana amable que sentía una especial debilidad por Alfredo, no sé de qué tipo y nunca se lo pregunté, ni a uno ni a otro. Recalé allí una noche en que me sentía especialmente solo y quería emborracharme. Alfredo permanecía cabizbajo, sentado a una mesa, con una botella y un vaso de güisqui frente a él. Tras el mostrador Doña Paquita le observaba preocupada. Tardó en apercibirse de mi presencia, pero en cuanto me vio me hizo una seña enérgica para que me sentara con él, pidió otro vaso a la dueña y así comenzó nuestra amistad.
Fue Alfredo el primero que me habló de madame Rouge y me animó a visitarla. No podía creer que llevara ya algún tiempo en el condado y no me hubiera acercado por el rancho. Cuando supo que ni siquiera había levantado una falda entre la población civil femenina se enfadó mucho. Era un hombre muy peculiar al que me costó comprender, para él vivir sin sexo era algo incomprensible, como solía decir, hasta en el infierno hay demonias para pasar el rato. No fue aquella noche, porque ambos terminamos por los suelos y luego en la cama de Paquita, los dos juntos, roncando sin molestarnos. La doña tenía amigos y alguno hacía de matón para proteger su negocio a cambio de bebida gratis, por lo que imagino que fueron ellos los que nos acostaron. Pero en la siguiente visita de Alfredo no me pude librar de acompañarle a ver a la famosa madame Rouge.

TODOS ESTAMOS SOLOS AL CAER LA TARDE XIII


MADAME ROUGE-CONTINUACIÓN

Aquella tarde pasó por mi casa a recogerme en su destartalada camioneta que sólo él podía saber a quién se la había comprado y nos acercamos a la reserva. Nos recibió en el interior de la choza y no habló hasta que la mujer vieja -que nadie me había dicho si era su esposa o su criada y yo no me había atrevido a preguntar- nos sirvió la infusión de hierbas. El anciano sonrió y se nos quedó mirando hasta que terminamos de beber. Entonces quiso saber cómo nos había ido la experiencia. Miró a Pico de Águila que se encogió de hombros y luego a mí.

Manifesté mi satisfacción, y también mi sorpresa, por el trabajo desempeñado por el joven rebelde. El chamán quiso saber si estaba dispuesto a aceptarle definitivamente como ayudante. Le respondí que el periodo de prueba había terminado y que al día siguiente llamaría al alcalde. No tenía la menor duda de que firmaría el contrato y se convertiría en uno más de la plantilla. El chamán asintió, felicitó a Pico de Águila que inclinó respetuosamente la cabeza y solicitó permiso para marcharse.

Quedamos solos, lo que aproveché para pedir su permiso para informarme en la reserva acerca de algo que no había dejado de preocuparme desde que Lucy me comentara lo que Pancho había dicho del joven rebelde. No me preocupaban sus borracheras puesto que nunca le olía el aliento a alcohol en el trabajo, pero sí sus visitas al prostíbulo de madame Rouge.

Yo conocía bien a madame Rouge y sabía que todos tenían crédito en su establecimiento hasta que ella decidía cobrar las deudas Entonces era preciso sacar dinero de las piedras o sufrir una descomunal paliza y seguir buscando dinero bajo las piedras, ahora en un plazo fijo y no prorrogable. ¿De dónde habría sacado dinero Pico de Águila antes de comenzar a trabajar a prueba para la oficina del sheriff? Sus deudas serían cuantiosas y a pesar de los pagos que estuviera haciendo con su magro sueldo actual antes o después madame Rouge le haría una reclamación que él no podría rechazar.

¿Hay algo peor que la soledad? Sí, que además de estar solo unos mafiosos te persigan por todo el país intentando acabar con tu vida… y aún hay algo peor… que esos matones te torturen antes para sacarte toda la información que supuestamente posees. Eso era lo que yo había estado haciendo en los últimos años, huyendo con la muerte en los talones, pasando unos días completamente solo en cualquier madriguera hasta que husmeaba el peligro y salía corriendo, con el rabo entre las piernas, como un astuto zorro que sabe muy bien que no gana nada enfrentándose a la manada de lobos.

Por eso no tuve inconveniente en aceptar una exquisita cena con velas y champán francés con madame Rouge, puesto que además de su agradable compañía todo corría por cuenta de la casa. No sé que vio en mi. En aquel increíble prostíbulo, que parecía un Versalles reformado por un arquitecto adorador de las mansiones del sur, con excéntricos toques de Nueva Orleans, al parecer existía un rígido protocolo. Cualquier visitante desconocido debía ser introducido a presencia de la dueña, quien le miraba de arriba a abajo, le hacía unas cuentas preguntas insidiosas, sin invitarle a sentarse, y luego le despachaba con una sonrisa pegajosa y un gesto de reina de carnaval, no sin antes restregarle por los morros las normas de la casa.

No sé qué vio en mi, repito, porque ni siquiera vestía mi mejores ropas y mi rostro tenía que ser necesariamente un poema a la desolación, si juzgamos las emociones que me corroían por dentro. Juré que sí, que en mis bolsillos guardaba algunos billetes, y a una de sus preguntas sobre mi pasado debí poner tal cara de pena que ella se sintió intrigada. Creo que fue eso y no otra cosa lo que me hizo acreedor a una cena con la dueña. Antes me invitó a sentarme a su lado en el sofá tapizado en rojo y le pidió, con una amabilidad que me sorprendió, a una de las pupilas que zascandileaba por allí que le pidiera a Joe, al parecer su mayordomo particular, que trajera una botella del mejor champán francés, con unas fresas, y que preparara una cena francesa, como él sabía, a la mayor rapidez posible, que serviría en el gabinete privado, en la forma acostumbrada para las grandes ocasiones.

Aquella fue para mí una noche memorable que me permitió conocer a madame Rouge en la intimidad y me hizo sospechar que tras aquellos modales de prostituta que llega a la jerarquía de madame por méritos propios, existía una mujer con una personalidad apasionante. Se trataba de una mujer que resbalaba por la cuarentena con la seguridad que da una belleza madura que no se marchitará nunca, porque en su interior late un fuego inextinguible. Hablamos buena parte de la noche y aunque intuí que buena parte de lo que me contó de su vida era un culebrón francés, un vovedil que ella misma se había creado, sí pude atisbar un pasado tan duro que no era de extrañar que su corazón se hubiera helado y endurecido como el acero.

¿Qué había visto en mi aquella mujer para, tras disfrutar de los postres con un licor dulce, me invitó a su dormitorio, donde continuamos charlando un rato antes de que me invitara a su lecho? Lo hizo con ironía y cinismo. Ella era la joya de aquella mansión y aunque no se ofrecía a cualquiera yo estaba obligado a aceptar su invitación si quería seguir viniendo a disfrutar de sus pupilas. La invitación era irrechazable y no lo hice. Me gustaba aquella mulata de piel más café que leche, de una sensualidad volcánica y la prestancia de María-Antonieta. La condición más parecía un regalo regio que asumí con una respetuosa inclinación de cabeza y una sonrisa en los labios.

Con el tiempo llegaría a conocer la excepcionalidad de aquel trato. Su confianza en mí también fue excepcional, razón por la que yo ahora sabía que no podía, de ninguna manera, dejar a Pico de Águila entres sus uñas pintadas de rojo y exquisitamente recortadas. Si madame Rouge era dulce como la miel también era un veneno de cobra para quienes se atrevían a incurrir en su ira. Necesitaba conocer todo sobre las andanzas del navajo, porque cualquier cabo suelto traería problemas.

Cuando conocí al chamán para mi solo era un anciano amable que intentaba ayudar a un joven descarriado, no creía en sus dotes chamánicas, ni siquiera creía en los chamanes. No aprecié en él ninguna sabiduría especial ni otro poder que el de la bondad que expresaban sus ojos. Decidí darle una oportunidad a Pico de Águila porque él me lo había pedido, sin confiar gran cosa en que no tuviera que pedirle en cualquier momento que se marchara. Cuando se lo propuse al alcalde se despachó con una cínica carcajada. ¿Acaso me había captado el ejército de salvación? Se negó en redondo. Seguramente pensó que se trataba solo de uno de mis estúpidos caprichos, por eso se sorprendió tanto cuando yo puse cara de poker y le lancé a la cara un farol al que no supo responder.

No sé por qué estaba haciendo aquello por aquel joven rebelde, ni entendía por qué aquel anciano que no tenía nada mejor que hacer que esperar la muerte al sol se preocupaba tanto por alguien que era tan fiable como una tormenta de verano. Con el tiempo llegaría a comprender muchas cosas, sin embargo aún no había llegado el momento de la comprensión, del conocimiento. Actué dejándome guiar por un impulso… y no me equivoqué.

El chamán nunca hablaba mucho y mi interés por lo que pudiera decirme tampoco era excesivo. La cortesía me impulsó a soportar su extraño ritual. Me senté en el suelo, sobre un cojín, acepté el cuenco de barro con la infusión que me trajo su sirviente -¿o era su esposa? Y bebí en silencio, sin prisa, mientras el anciano me miraba a los ojos, como si estuviera taladrando algo en mi interior, no sabía bien dónde, evaluando facetas de mi carácter que ni yo mismo sabía que existían. Al cabo de unos minutos posé el cuenco y entonces el chamán me dijo que no me apresurara pero que hiciera lo que tenía que hacer.

Me despedí con una inclinación de cabeza y él con una sonrisa enigmática. La vieja sirviente me acompañó hasta la puerta. Sentí una vaga curiosidad por aquella mujer a quien el anciano trataba con tanta deferencia. Me propuse preguntarle a Pico de Águila por ella la próxima vez que nos viéramos, si no me olvidaba de ello. Mis preocupaciones en aquel momento iban en otra dirección. Recorrí el suelo terroso y polvoriento con una extraña calma, como si las palabras del chamán fueran un aviso. El sol se estaba poniendo. No había caído en la cuenta hasta aquel momento, pero mis visitas a la reserva solían coincidir con la puesta de sol. ¿Casualidad?

Sabía en qué dirección estaba la cantina y hacia allí me dirigí. Quienes mejor podían informarme sobre Pico de Águila serían los jóvenes, tal vez sus antiguos compañeros de juegos en la infancia y durante un tiempo de correrías juveniles, aunque me costaba pensar en el navajo formando parte de cualquier manada, más bien era un coyote solitario. Sentados en el porche de la cantina cuatro jóvenes bebían cerveza y me miraban acercarme como si fuera transparente, como si en realidad quisieran percibir algo más allá de mí mismo. Llegué hasta ellos y no dije nada. Busqué una postura cómoda en el suelo de tablas y esperé. Ellos tampoco abrieron la boca, me miraban de soslayo, brevemente y continuaban bebiendo con parsimonia. Entonces una voz me sobresaltó. Una anciana enjuta y rugosa estaba a mi lado. ¿Como había llegado tan silenciosamente? Aquella parecía ser una cualidad del pueblo navajo. Me preguntaba en torpe español qué deseaba. No tuve dificultades en entenderla porque desde que me había instalado en el pueblo no había dejado de escucharlo un solo día, y además Alfredo gustaba de soltarme largas parrafadas en su idioma natal en el que parecía sentirse siempre más cómodo.

Señalé la cerveza del joven más cercano y le pedí que trajera otra ronda para ellos, sin pedirles permiso, sin ni siquiera mirarles. La anciana desapareció y regresó con unas cuantas botellas de cerveza en su regazo que distribuyó sin abrir. Ellos rompieron el cuello contra el suelo y bebieron ávidamente. Intenté abrir la mía contra el borde de la madera, sin lograrlo. Entonces el que estaba más cerca me la arrebató y rompió su cuello de un golpe seco contra la madera. Los otros rieron. No me dieron las gracias, pero consideré que era el mejor momento para iniciar las preguntas.
-Necesito saberlo todo sobre Pico de Águila. Tiene problemas y todos los detalles pueden ayudar. No tengo ningún interés en crearle más problemas de los que ya tiene, de otra forma no lo habría hecho mi ayudante.

El joven, vestido con unos vaqueros viejos, una camisa rota y una especie de turbante sucio y descolorido tapándole la frente, me miró con fijeza, luego volvió su rostro hacia el sol que estaba dejando una gruesa banda rojiza en el horizonte y no dijo nada. Tuve que esperar dos largos minutos que se me hicieron eternos. Por fin, sin volver a mirarme habló con tono irónico que no me pareció muy amigable.

-¿Cuándo no ha tenido problemas Pico de Águila?

-Pero esta vez son serios. Tan serios que podrían acabar con su vida.

Escuché extrañas risitas.

-¿Qué quiere que le cuente?

-Por ejemplo de dónde sacaba el dinero para ir a visitar a madame Rouge.

Nuevas risitas y alguna palmada sobre la madera.

-A Pico de Águila le gustan demasiado las mujeres blancas. Ya le dijimos que eso sería su perdición. Hay una chica en la reserva que está deseando entrelazar sus manos con él, pero no, él necesita una de esas putas blancas que no le hacen el menor caso y se burlan de él.

-Y las negras, también las negras.

Quien hablaba era el joven más alejado, de fuertes rasgos indígenas.

-Y también las negras. Madame Rouge le daba crédito a cambio de sus favores. A esa mujer le gustan los jóvenes altos y de rostros agradables. Tenga cuidado sheriff, usted también es alto y guapo.

Las risas ahora se hicieron estrepitosas, pero no denotaban falta de respeto hacia mi persona.

-Conozco a madame Rouge, puede fiarte pero en tu bolsillo tiene que haber antes algunos billetes. ¿De dónde los sacaba Pico de Águila?

-Llevaba coches robados a otros Estados. Siempre estaba de viaje.

-¿Estaba metido en la droga?

-¿Quién sabe? El no lo haría, pero no te puedes fiar el hombre blanco, podrían haber puesto algún alijo en algún coche.

-¿Algo más?

-Le hacía favores a madame Rouge. No sabemos cuáles, aparte de calentar su cama… o enfriarla, porque esa es una mujer de sangre caliente. Creo que usted la conoce bien, sheriff.

-La conozco. ¿Esos favores podrían haber llegado a librarse de alguien?

-No, Pico de Águila respeta la vida humana, no como el hombre blanco, pero podría haber dado algún susto a alguien o seguido el rastro de algún lobo peligroso. ¿Quién sabe? Puede que hasta haya desvalijado a algún borracho cuando necesitaba visitar a sus putitas blancas. No mucho más por su cuenta, en cambio sí ha podido meterse en líos más graves trabajando para madame Rouge. Esa mujer es peligrosa, sheriff. ¿Por qué no se lo pregunta a ella? Tal vez le recompense con una noche en su lecho de cortinajes rojos.

Risas y algún pataleo. Me pregunté cómo conocería él aquel detalle, Pico de Águila no era precisamente muy hablador. La conversación parecía haber terminado, pero no me levanté. Había llegado a conocer que la prisa era una descortesía para aquella gente que nunca miraba el reloj, como si la vida no pudiera deparar la menor sorpresa. Habíamos vaciado las botellas. Esperé mirando la puesta de sol, pronto caería la noche. El que parecía el jefe de la pandilla había vuelto la cabeza hacia sus compañeros. Para ellos yo ya no estaba allí. Aún así esperé. La anciana recogió los cascos. De nuevo me dio un susto. La toqué en el hombro.

-Cóbreme. También dos rondas más para ellos.

La mujer extendió los dedos. Saqué varios billetes, propina incluida, y se los dejé en la palma de la mano. Me levanté con parsimonia.

-Gracias por la información, el chamán me dio permiso, pero imagino que eso ya lo sabíais a pesar de que no he visto a ningún mensajero. ¿No es así?

-Así es, sheriff. No tenga prisa en sacar a Pico de Águila de sus problemas, se meterá en más. Y tenga cuidado con madame Rouge, jefe, esa mujer es una víbora.

Me llevé la mano hasta el ala del sombrero. Todos me miraban ahora y en su boca se dibujaba una sonrisa extraña, casi malévola. Caminé con calma hasta mi coche. Al arrancar miré en su dirección. La anciana había puesto botellas sobre el suelo del porche y todos parecían muy ocupados rompiendo cuellos. Ni siquiera miraron en mi dirección, era como si yo nunca hubiera estado allí.

Continuará

TODOS ESTAMOS SOLOS AL CAER LA TARDE XII


 

MADAME ROUGE

Alguien, sin duda muy atrevido, la llamó así por primera vez y a ella debió gustarle porque adoraba el color rojo (toda la casa estaba decorada en ese color, cortinas, alfombras, paredes…) y porque todo lo francés le parecía muy “chic”, y con el apelativo se quedó, nadie la conocía por otro nombre en el condado. Yo sabía muy bien quién era Madame Rouge, una mujer madura, de piel negra, fría cuando era preciso y cálida cuando se fiaba, que llevaba su negocio con mano firme y delicada al mismo tiempo, que podía fiarte si le inspirabas confianza pero que te sacaría tu última moneda por el gaznate sin parpadear, si era preciso. Al parecer había llegado al condado mucho antes que yo, tal vez de New Orleans, con una comitiva variopinta, media docena de chicas de muy buen ver, un negro alto, fuerte y con la cara marcada y un chofer blanco, joven y muy bien trajeado, que conducía uno de los coches, el más grande y lujoso, ocupado solamente por madame Rouge, el resto de la comitiva ocupaba el otro, más pequeño y discreto. Así al menos me lo contaron, porque no tuve la suerte de estar presente en semejante acontecimiento.

Puede que la mitad del pueblo, del condado, estuviera compuesta por fugados de diferentes lugares y por diferentes razones, que habíamos recalado allí por casualidad y todos habíamos decidido que aquel era un buen lugar para pasar desapercibido y vivir con una cierta tranquilidad de ánimo, lo que no deja de ser una prueba, que si no serviría en un juicio sí inclinaría al jurado a absolver al acusado de toda responsabilidad. No se necesitaba mucho tiempo para cerciorarse de que aquel era el último lugar del mundo en el que alguien miraría si estuviera buscando a cualquier persona, de cualquier raza, posición social, carácter o idiosincrasia. A que los fugados decidiéramos hacer un alto en el camino contribuía, y no poco, el viejo sheriff. Era uno de los hombres menos curiosos que conocería nunca, solo le interesaban dos cosas, no tener problemas y sacar una pizca de dinerito extra de cualquiera que se pusiera en su camino. Tardó más de dos meses en hacerme una visita y supongo que cuando decidió que tendría menos problemas cuanto menos preguntas me hiciera, así como que la única propina que conseguiría de mi sería una jarra de cerveza en casa de Joe, suponiendo que este me fiara, perdió el poco interés que podía tener en saber algo sobre mi pasado, presente o futuro.

Cuando madame Rouge y su comitiva llegaron al pueblo, seguramente buscando un lugar tranquilo donde descansar unos días, debieron darse cuenta de lo propicio que sería para su negocio ser vigilado por una autoridad como la del viejo sheriff. La casualidad hizo que ésta no fuera la única razón por la que la futura madame Rouge decidió aposentar sus posaderas entre cortinas y alfombras rojas. La vieja madame del condado, aún más vieja que el viejo sheriff, había decidido retirarse, vender todo lo que poseía, incluida alguna de sus “chicas” más jóvenes, suponiendo que alguien estuviera interesado en ellas, y largarse a Florida para vivir los últimos años de su ajetreada vida de las rentas adquiridas con mucha sabiduría y buen hacer.

La señorita Rouge vio la ocasión y sin pensárselo mucho decidió comprar el ranchito de la vieja madame por una suma aceptable, que pagó en dinero fresco que seguramente llevaría en sus muslos, sujeto por las ligas. En cuanto el viejo sheriff se enteró fue a hacerle una visita y pronto llegaron a un acuerdo. Con el tiempo aquel ranchito se transformaría en la mejor mansión del condado, donde los ricachos tenían reservada suite propia y pasaban largas temporadas y los demás se daban una merecida alegría cuando podían o madame Rouge les permitía endeudarse. Con el tiempo llegaría a conocer una versión más intimista de estos hechos.

Antes de abandonar la reserva aún no había decidido si mi preocupación por Pico de Águila merecía la pena de una visita a madame Rouge, una situación compleja y problemática para quien fuera buen cliente y amigo y ahora la autoridad encargada de que nadie se saliera demasiado de los raíles legales. Fue por eso que decidí aprovechar la licencia del viejo chamán y acercarme hasta la cantina. Esta era un viejo barracón de madera, con un amplio porche delantero construido con tablones sin devastar y tan podridos que me lo pensé dos veces antes de aposentar mi trasero y dejar que las piernas colgaran sobre el polvo de la llanura. Sentados a la sombra cuatro jóvenes navajos bebían sus botellas de cerveza con la vista perdida en cualquier parte, incluso en el rojo incandescente en que se había convertido el sol antes de esconderse sobre los cerritos mochos que conformaban el horizonte norte de la reserva. Me habían observado con el rabillo del ojo mientras me aproximaba pero ahora ni siquiera notaban mi presencia, lo que me indicaba que estaban muy atentos a todo lo que pudiera hacer o decir. Saludé sin obtener otra cosa que un suave gruñido del joven más próximo a mí, casi tan alto como yo pero de rostro mucho más impasible, una característica que parecía connatural a su raza. Sentí como una presencia a mis espaldas y volví la cabeza, una mujer vieja y arrugada estaba apoyada en el dintel de la puerta mirando también la puesta de sol, como si yo le importara tanto como su negocio, es decir nada.

Pedí una cerveza para mí y una ronda para los jóvenes. Cuando la vieja regresó con los cinco botellines oprimidos contra su pecho con sus manos sarmentosas y me tendió a mí primero un botellín y luego a los jóvenes, estos apenas me miraron y agradecieron la deferencia con gruñiditos y risitas. Aproveché la expansión emotiva para llevar la conversación a mi terreno.

-¿Conocéis a Pico de Águila?

Continuará

Todos estamos solos al caer la tarde XI


TODOS ESTAMOS SOLOS AL CAER LA TARDE

PICO DE ÁGUILA/CONTINUACIÓN

Cuando le conocí solo pude ver a un anciano amable que intentaba ayudar a un joven descarriado, no creía en sus dotes chamánicas, ni siquiera creía en los chamanes. No aprecié en él ninguna sabiduría especial ni otro poder que el de la bondad que expresaban sus ojos. Decidí darle una oportunidad a Pico de Águila porque él me lo había pedido, sin confiar gran cosa en que no tuviera que pedirle en cualquier momento que abandonara. Al proponérselo el alcalde se despachó con una cínica carcajada. ¿Acaso me había captado el ejército de salvación?

Se negó en redondo. Seguramente pensó que se trataba solo de uno de mis estúpidos caprichos, por eso se sorprendió tanto cuando yo puse cara de poker y le lancé a la cara un farol al que no supo responder. Él sabía muy bien que antes o después sería preciso aumentar la plantilla, al menos en un par de agentes, tal vez más, pero no podía asumir que yo hubiera elegido a un joven navajo, y además rebelde, conflictivo, y que me empecinara en ello. Tal vez pensara que se trataba solo de uno de mis caprichos, por eso cuando volvió a negarse con rotundidad y yo le amenacé con dejar el cargo, se vio pillado por sorpresa. No supo qué hacer y se puso a pasear por el despacho como un mono inquieto, sin saber muy bien a dónde mirar o qué decir. Su mente debió de ponerse a trabajar y muy deprisa. Creía tenerme pillado por donde más duele, pero desconocía mi umbral de dolor y hasta dónde estaba dispuesto a llegar en el envite. Finalmente me enfrentó.

-Si aceptara… no he dicho que esté aceptando, tendría que ser bajo determinadas condiciones que no estoy dispuesto a negociar.

-Ponga las cartas sobre la mesa y le diré si acepto el juego o no.

-Tendrá que tenerlo a prueba durante un tiempo prudencial y lo despedirá si no cumple o resulta conflictivo.

-Bien. Estoy de acuerdo. ¿Algo más?

-Si no sorprendiera favorablemente -lo que no creo- y le firmáramos un contrato, usted se haría responsable de su conducta. No solo eso, tendría que vigilarle estrechamente, convertirse en su tutor… ¡Qué digo! Usted tendría que ser su padre. Debería enseñarle todo lo que debe saber, ayudarle a evitar cualquier conflicto con cualquier ciudadano e intervenir si está a punto de producirse alguno.

-¿Eso es todo?

-Eso es todo… de momento. Le aseguro que si se produce algún conflicto y usted no lo resuelve a satisfacción no tendré compasión, ni con usted ni con él. A usted le trituraré y él irá a la cárcel.

Lo dijo como si no fuera suficiente para él que ambos nos marcháramos del condado. De esa manera dio por terminada la conversación. Me quedé pensativo, sin duda me había metido en un buen lío del que tal vez no lograra salir sin tener que dejar un lugar y una vida a la que ya había comenzado a acostumbrarme.

Cuando se lo propuse a Pico de Águila se limitó a encogerse de hombros. Nuestra relación no mejoró durante los meses que estuvo a prueba. Me sentí como un caminante que golpea a una piedra del camino, lo haces por estupidez y no esperas que ella te responda. Yo también me encogí de hombros, aguardando a que pasara el tiempo.

Me sorprendió la actitud de aquel joven rebelde. Aprendió pronto el protocolo imprescindible para manejarse como nuevo ayudante del sheriff. Siguiendo mis consejos procuraba no ir solo para solucionar cualquier incidente al que se le llamara. Nunca perdía la paciencia y si las cosas se complicaban y estaba solo -la plantilla era tan reducida que era algo inevitable- llamaba a Lucy y esta me avisaba. Su relación con el resto de compañeros era más que aceptable, salvo con Pancho que gustaba de gastarle bromas, algunas muy pesadas, y tomarle el pelo a cada instante.

A pesar de la fama de conflictivo el joven navajo se mostraba impasible, como un cactus ante una mano que se le acercara amenazadora. Me vi obligado a hablar con Pancho, quien prometió enmendarse, pero no lo hizo. Temí que aquello acabara por reventar, y a punto estuvo de pasar cuando alguien puso un pequeño tiesto con un cactus en el sillón de Pancho. Este solía dejarse caer sobre él sin mirar, se echaba para atrás y se espatarraba, colocando las botas sobre la mesa. Era algo que todos sabíamos. Aquella mañana se encontró con lo que no esperaba y salió a buscar a Pico de Águila con ansias homicidas, tal como me contó Lucy al llamarme. Salí tras ellos y logré llegar a tiempo. Pico de Águila acostumbraba a dormir en una pequeña choza en la reserva, salvo cuando tenía guardia o debía enlazar turnos, entonces dormía unas horas en un ático que le había alquilado un viejo matrimonio, a mi ruego, y que residía a unas manzanas de la oficina. Por suerte aquella mañana el joven estaba en la reserva, Pancho lo sabía y yo también, lo que me permitió llegar justo a tiempo de ver cómo ambos se preparaban para enzarzarse en una pelea cuerpo a cuerpo en el centro de un corro que habían formado los jóvenes navajos. Me abrí paso a codazos, recordé a Pico de Águila que no le iba a consentir el menor desliz y me llevé a la fuerza a Pancho, recriminándole su actitud que hubiera sulfurado a uno de aquellos totems ante los que hablábamos.

Eso fue todo. Pancho no volvió a dirigirle la palabra y Pico de Águila simuló no verle, algo que no debió de costarle mucho porque hacía lo mismo con todos nosotros. Los días transcurrieron con aburrida normalidad hasta que un día el joven decidió verme. Intuí que era por alguna razón porque hasta ese momento solo se apercibía de mi presencia cuando yo le hablaba. El chamán deseaba verme.

Aquella tarde pasó por mi casa a recogerme en su destartalada camioneta que sólo él podía saber a quién se la había comprado y nos acercamos a la reserva. Nos recibió en el interior de la choza y no habló hasta que la mujer vieja -que nadie me había dicho si era su esposa o su criada y yo no me había atrevido a preguntar- nos sirvió la infusión de hierbas. El anciano sonrió y se nos quedó mirando hasta que terminamos de beber. Entonces quiso saber cómo nos había ido la experiencia. Miró a Pico de Águila que se encogió de hombros y luego a mí.

Manifesté mi satisfacción, y también mi sorpresa, por el trabajo desempeñado por el joven rebelde. El chamán quiso saber si estaba dispuesto a aceptarle definitivamente como ayudante. Le respondí que el periodo de prueba había terminado y que al día siguiente llamaría al alcalde. No tenía la menor duda de que firmaría el contrato y se convertiría en uno más de la plantilla. El chamán asintió, felicitó a Pico de Águila que inclinó respetuosamente la cabeza y solicitó permiso para marcharse.

Quedamos solos, lo que aproveché para pedir su permiso para informarme en la reserva acerca de algo que no había dejado de preocuparme desde que Lucy me comentara lo que Pancho había dicho del joven rebelde. No me preocupaban sus borracheras puesto que nunca le olía el aliento a alcohol en el trabajo, pero sí sus visitas al prostíbulo de madame Rouge.

Yo conocía bien a madame Rouge y sabía que todos tenían crédito en su establecimiento hasta que ella decidía cobrar las deudas Entonces era preciso sacar dinero de las piedras o sufrir una descomunal paliza y seguir buscando dinero bajo las piedras, ahora en un plazo fijo y no prorrogable. ¿De dónde habría sacado dinero Pico de Águila antes de comenzar a trabajar a prueba para la oficina del sheriff? Sus deudas serían cuantiosas y a pesar de los pagos que estuviera haciendo con su magro sueldo actual antes o después madame Rouge le haría una reclamación que él no podría rechazar?

Continuará