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UN CADÁVER EN LA CARRETERA VIII


SEXTA NOCHE

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Antes de cenar él volvió a colocar el termómetro bajo su sobaco. No tenía fiebre. Ella se encontraba bien y quiso cenar a la mesa, con las correspondientes velas y en un ambiente romántico. El sentía curiosidad por conocer mejor a su amante y quiso saber sus aficiones, si le gustaba el cine, qué tipo de música escuchaba habitualmente. Ella contestó con buen humor, antes de cada respuesta exigía un beso.

Ella quiso hacer el amor y él aceptó a regañadientes temiendo que la herida volviera a abrirse. Ella puso pasión, aunque tuvo que refrenarse, porque la herida le molestaba mucho. El actuó como el amante más delicado del mundo. Satisfechos y felices, ella le pidió un cigarrillo y él se lo ofreció con reparos, semejaba una madre cuidando de su hija enferma. Ella se rió tiernamente y se lo dijo así, los dos rieron con ganas.

Siguieron charlando. De repente ella quiso escuchar las noticias y él trajo el televisor a la habitación.  Nada nuevo, la policía parecía perdida, dijo la locutora, muy mona y sonriente.

Ella le preguntó si le gustaba la locutora. El dijo que estando a su lado a una mujer como ella, todas las demás le parecían feas.

-Dime la verdad. ¿Te has enamorado alguna vez?

-No, algunas mujeres me han gustado más que otras; he pasado más tiempo con ellas, he sido más feliz, pero siempre he terminado cansado y aburrido. No buscaré disculpas para este comportamiento; ni odio a las mujeres – ninguna me ha hecho más daño del habitual- ni estoy esperando a la princesa de mis sueños, no me interesan las princesas. Me gustan todas y con todas me lo paso bien… Perdóname cariño, quiero decir que me gustaban, ahora solo me gustas tú.

-Vaya, vaya con el pichoncito. Menudo lapsus mentalis.

-¿Sabes latín?

-¿No te he contado que estudié varias carreras universitarias?

-Creo que sí, pero antes no te creí.

-Puedes creerme, soy una mujer muy inteligente, además de atractiva; habría podido conseguir lo que me propusiera. Pero para todo se necesita tiempo. Quería una vida regalada y la quería ya.

-Por eso te dejaste enredar con malas compañías.

-No existen las malas compañías, solo malas metas. Creo que lo leí en alguna parte. ¿Y tú, pichoncito? ¿No te has enredado en malas compañías?

-No, siempre buenas, muy buenas. Bellas mujeres,
más bellas mujeres…tengo algún amigo, aunque nos vemos poco.

-O sea que yo soy la peor compañía con la que has andado nunca. ¿Verdad, pichoncito?

-Nunca sermoneo a nadie. Bastante tengo con mis problemas, aunque pienso que llevas un mal camino. Ni siquiera la suerte podría salvarte, si continúas en esa dirección.

-¿Y qué me ofreces tú, cariño?

-Sabes…es la primera vez que lo pienso y la primera que se lo voy a decir a una mujer, pero no me arrepentiré nunca de hacerlo. Te ofrezco ser mi compañera, mi esposa, mi amante, lo que prefieras. Cuidaremos juntos de la empresa, viajaremos mucho, ampliaremos horizontes cuando lo deseemos. Disfrutaremos de la vida, en una palabra.

-¿Sabes, pichoncito? Estoy a punto de aceptar. Soy hay un problema.

-¿Cuál?

-Tenemos que deshacernos de esos sabuesos que ahora mismo están husmeando nuestro rastro.

-¿Tienes algún plan?

-Puede, puede que sí… puede que no.

El se sentía muy feliz, pensaba que tal vez ella encontraría la solución al problema. Ella pensaba que tal vez tuviera la solución, aunque eso cavara la tumba de ambos. Ella quiso olvidar en brazos de su amante. El quiso recordar una forma de hacer el amor que no olvidaría nunca.

 

SEPTIMA MAÑANA
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Despertaron juntos en el lecho, estrechamente abrazados. El se retiró rápidamente.

-Ya no me duele, mi amor, puedes abrazarme fuerte.

El la abrazó muy fuerte. Hicieron otra vez el amor. Ella gimió tan fuerte que él detuvo su movimiento amoroso para saber si le estaba haciendo daño. Ella contestó con una alegre risa. Esa fue toda su respuesta.

Desayunaron copiosamente, los dos estaban desesperadamente hambrientos. Al terminar ella puso la radio. Fue un acierto no haberlo hecho antes, porque se les hubiera indigestado el desayuno. El conserje del motel estaba en el hospital como consecuencia de una descomunal paliza. Los matones querían saber de una chica. El se resistió y le molieron a palos. Los matones sabían de la chica y de su acompañante, del coche que les había llevado por toda la costa en alas del viento. No existían muchas posibilidades de continuar vivo, para aquel ingenuo mozo que había corrido detrás de una mariposa multicolor, sin saber que en sus frágiles lomos cabalgaba la muerte. Sufría graves lesiones en órganos internos, aunque aún así los médicos no le daban por perdido. Nunca lo hacen, a pesar de que la alegre Parca siempre termina por triunfar.

-Hay que prepararse, no tardarán en dar con nosotros. Te enseñaré a disparar en el bosquecillo.

-¿No haremos demasiado ruido?

-No, tengo un buen silenciador. Solo dispararemos unas cuantas veces, las suficientes para que aprendas lo más elemental y le pierdas el miedo a la pistola.

Ella le enseñó a disparar como lo haría una fría asesina: no dudes, dispara a matar, eres tú o el otro. El aprendió a hacerlo como un tímido cordero, que no olvida su condición, a pesar de que los lobos andan ya muy cerca. Regresaron a la casa y ella decidió que era mejor seguir camino cuanto antes. Esa noche volarían lejos del fuego que ya sentían quemar sus traseros, cuanto más lejos mejor. Ella tenía un plan. El no lo sabía o no quería saberlo.

UN CADÁVER EN LA CARRETERA VII


QUINTA NOCHE
Salieron de la casa como dos ladrones, apresurados y suspicaces. Ella iba en los brazos de un donjuan de pacotilla, que se había enamorado hasta las cachas de quien menos le convenía.

Ya en el coche ella señaló un lugar apartado de la costa. Necesitaban unos días de retiro y descanso absoluto para reponerse. Le preguntó si tenía dinero bastante para alquilar una casita apartada. El contestó que no había ningún problema. El coche enfiló la noche siguiendo la línea de asfalto. Ella parecía ensimismada, aunque de vez en cuando hablaba para perfilar un detalle.

-Tenemos que deshacernos de tu coche.

-¿Tú crees? Nadie tiene motivos para sospechar.

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-Cierto, pero ahora que Pulgarcito ha muerto se iniciará una cacería sin cuartel y ellos tienen buenos sabuesos, no tardarán en descubrir qué coche hemos utilizado. Prométeme que lo cambiarás en un concesionario cualquiera, no facilites tu nombre, ponlo a nombre de tu empresa.

-De acuerdo. ¿Algo más?

-Enciende la radio. Necesitamos saber cómo se mueven los cazadores. ¿Escuchaste las noticias en la casa?

-No, estuve siempre a tu lado.

-Lo imaginaba pichoncito, pero necesitaba oírlo de tu boca. Cada vez me gusta más que me digas cosas bonitas.

Se callaron porque el boletín de noticias hablaba de ellos. No sabían nada, excepto que los cadáveres pertenecían a unos conocidos mafiosos, su muerte se relacionaba con la del capo cuyo cadáver había aparecido unos días antes en la carretera de la costa. Se sospechaba podía tratarse de un ajusto de cuentas entre bandas rivales en el narcotráfico o la trata de blancas. De momento no había pistas, la investigación continuaba por sus cauces habituales.

-Más vale que la policía no sepa nada. Ellos tienen contactos en todas partes.

-¿Quieres dormir un poco?

-De acuerdo, pero despiértame cuando lleguemos

 

QUINTA MAÑANA

Cuando ella despertó él ya se había desprendido del coche deportivo y alquilado una casa modesta y solitaria, a unos kilómetros de la costa, escondida detrás de un bosquecillo de pinos.

-Espero que te gusta. Pensé despertarte, para que dieras tu conformidad, pero dormías como una angelita del cielo y me pareció un pecado hacerlo.

-Hiciste bien. Has elegido estupendamente. Un coche discreto pero con motor potente, lo que necesitamos y una casita muy recogida. Estupendo. Ahora necesito comer algo y descansar, el viaje me ha vuelto a abrir la herida. Tienes que hacerme una cura.

El volvió a tomarla en brazos, pero esta vez no sonrió, le dolía demasiado el hombro para poder hacerlo. Ella le pidió que primero destapara la herida, que le trajera un espejo para poder echar un vistazo. Presentaba mejor aspecto del que ella esperaba, pero aún así quiso que se la limpiara y desinfectara a fondo. El cumplió sus instrucciones, apretando los dientes y ella apretó las mandíbulas con fuerza… aún así no pudo evitar que se le escapara un gemido. El insistió en tomar la temperatura, ella aceptó a regañadientes. No tenía mucha fiebre pero era preocupante que la temperatura no hubiera vuelto a la normalidad. El se ofreció a inyectarla un antibiótico. Ella quiso saber cómo lo había conseguido y él tuvo que explicar que había utilizado el seguro privado de su empresa para que un médico se lo recetara. Ningún problema, no quedarían rastros trás de él. Ella se enfadó mucho. El aguantó el chaparrón y luego la besó larga y dulcemente en la boca. Ella se calmó y pidió de comer. Comieron con apetito e hicieron planes para el futuro. Ella quería irse al extranjero cuando todo se calmara; él estaba de acuerdo, pero necesitaba tiempo para dejar la empresa en buenas manos.

UN CADÁVER EN LA CARRETERA VI


TERCERA MAÑANA

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Madrugaron. Ella dejó temblando al conserje, a él no se le ocurrió otra cosa que hacer una pregunta sin sentido.

-¿Puedo preguntarte algo?

-Claro, pichoncito.

-La primera noche me obligaste a usar condones y anoche me la chupaste como una niña haría con su primera piruleta. ¿Qué ha cambiado?

-La primera tenía miedo a coger el Sida, tu eres un donjuanito muy mono, pero no me fio de que seas tan meticuloso poniéndote el condón como chupando pezones.

-¿Te gusta mi técnica chupapezones?

-Eres único, pero no he contestado a la segunda parte. Anoche no me importó coger el Sida porque no vamos a vivir mucho, pichoncito

-¿Tienes miedo de Pulgarcito?

-No lo conoces, es peor que una víbora e infinitamente más traicionero. Si acabo con él los grandes jefazos mandarán al séptimo de caballería. Sabrán que no se enfrentan a una muñequita. Vamos a tener que correr mucho, amor, seguro que hasta perdemos el culo en un descuido.

-Sería una verdadera pena, tienes el mejor culo que he visto desde…cómo se llamaba aquella actriz?

-Me alegra que te lo tomes con humor. ¿Sabes que te estoy cogiendo verdadero cariño?

-¿Antes no?

-Antes eras un muñequito agradable. Ahora eres un hombre que luchará por esta mujer que tienes frente a ti, a dentelladas. Puede que no esté muy lejos el día en que te diga “te quiero”. ¿Sabes que solo lo he dicho una vez en mi vida?

-¿Y qué paso?

-Tal vez algún día te lo cuente. Busquemos un lugar agradable.

Ella encontró un lugar agradable y escondido, desde donde vigilar la carretera que conducía al motel. Él mientras tanto, la oyó hablar de su vida antes de decidir que el dinero era imprescindible para vivir el único tipo de vida que le gustaba. Entonces supo que ella tenía miedo a morir y que de alguna manera le hubiera gustado conocerlo antes de tomar esa decisión. Ella hablaba sin quitar ojo de la carretera y él escuchaba pensando que tal vez mañana volvería a ser libre, pero ahora ya no le decía nada esa posibilidad.

CUARTA NOCHE

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Ella le dejó en el coche, en un bosquecillo cercano a la carretera. Comprobó sus armas, tenía dos pistolas –él se preguntó dónde las habría guardado- y antes de marchar a esconderse, era de noche, le dio el beso más largo y apasionado que había recibido en toda su vida de donjuan. Ella esperó sin miedo a la muerte y él esperó con miedo a perderla.

Fue una espera larga y tensa. El deseó tener una pistola, ella apareció tambaleándose a la entrada del bosquecillo. El encendió los faros y corrió a buscarla. Ella se derrumbó entre sus brazos.
Ella se despertó y le dijo que la habían herido, pensaba que no de gravedad. Frankestein y Pulgarcito estaban mirando frente a sí como idiotas, en un coche agujereado que comenzaba a arder. El gimió de desesperación y ella le consoló, solo era una herida en un hombro. Pero tendrían que buscar un lugar tranquilo, la policía no tardaría en llegar. Ella le pidió la vendara con una de sus camisas y él lo hizo con mimo, siguiendo sus instrucciones.

Noche avanzada llegaron a una especie de chalet solitario, ni una rendija de luz, parecía deshabitado. Ella le pidió que parara el coche y se bajó a investigar. El quiso sostenerla, parecía incapaz de dar un paso. Ella le hizo un gesto y se perdió en las sombras. Regresó con los dientes apretados y un sudor frío en su frente.

-Está abandonado. He desconectado la alarma, no hay perros, ni peligro alguno. Entraremos y me sacarás la bala.

-Tu estás loca. Necesitas un auténtico doctor y no un manazas que puede desangrarte.

-No quiero ir a la cárcel, aún no. No antes de que me haya cansado de ti.

-¿Será pronto?

-Si tenemos suerte será tarde, muy tarde. Si la suerte se vuelca con nosotros puede que te de un bastonazo cuando sea una abuela gruñona.

-¡Dios mío!, por qué no te habré conocido antes.

-Puede que el destino esté trazado pero los dos vamos a luchar como jabatos.

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Entraron en la casa por una ventana. El entró primero y luego la cogió en brazos para introducirla por la puerta, que forzó sin ninguna consideración. Ella estaba casi desmayada, pero tuvo fuerzas para sonreír y decirle muy bajito, con un hilo de voz:

-Esta es nuestra noche de bodas. Lástima que no tenga fuerzas para enderezar tu pistola, forastero.

Y se rio como un ángel, como un demonio, como una esposa. El la llevó a un lecho. Ella estuvo desmayada un buen rato, luego despertó.

-No perdamos el tiempo, pichoncito, vas a seguir mis instrucciones sin temblar, ¿verdad cariño?

Ella le dio instrucciones con voz firme. El las siguió apretando los dientes. Cuando ambos terminaron ella volvió a desmayarse y él se bebió media botella de güisqui en el salón. La noche fue larga, ella tuvo fiebre, él la cuidó como a una niña, dándole antibióticos que encontró en el botiquín. Ella tuvo pesadillas, él rezó en silencio mientras tomaba la fiebre cada media hora

CUARTA MAÑANA

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Ella despertó sonriente, haciéndose la buena; él la miró preocupado, tenía mala cara.

-Es preciso que nos pongamos en camino, aquí no estamos seguros.

-No estás para viajar.

-Puede que tengas razón. Nos quedaremos todo el día y nos iremos en cuanto se haga de noche. ¿Dónde están mis pistolas? Por cierto, pichoncito, ya nunca dudaré de ti. Has podido entregarme a la bofia y en cambio te has pasado la noche cuidándome. Te quiero, pichoncito.

-He rezado a Dios para que pudieras decírmelo. Es el momento más feliz de mi vida. No me importa lo que nos suceda de ahora en adelante. Si nos aguarda la muerte, moriré en paz a tu lado.

-Y también el mío. No te dejaré morir -puedes creerme- hasta que me des todo lo que necesito y necesito mucho.

Ella aceptó comer cualquier cosa, él le preparó un caldo de sobre y una tortilla francesa, con unos huevos que quedaban en el refrigerador. No quiso decirle nada, temiendo que se pasara el resto del día con las pistolas en la mano. Los residentes lo habían dejado conectado, lo que significaba que no tardarían en volver. No se separó de su lado en toda la mañana. De vez en cuando tomaba su mano y la miraba con arrobo de enamorado. Ella se hacía la dormida, esperando el beso robado, que por fin llegó. Finalmente entró en un sueño profundo que puso en marcha los mecanismos defensivos de su duro organismo de superviviente.

UN CADÁVER EN LA CARRETERA V


SEGUNDA NOCHE

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Cenaron con velas y toda la parafernalia que se utiliza en estos casos. Ella le haría un regalito muy sabroso. ¿Adivinaba el pichoncito qué iba dentro del envoltorio?

Después del postre ella quiso que encendieran la chimenea. ¿Estás loca? No, no lo estaba, sudarían desnudos sobre la alfombra mientras bebían el champagne de su bodega.

Fue cariñosa –algo sorprendente en una asesina-. Muy apasionada –él pensó que hasta lo sería con la muerte, si en lugar de hembra fuera un buen macho- y muy, muy romántica (algo totalmente inconcebible en una asesina… )Le exprimió todo el jugo y aún se quedó con ganas, no obstante fue comprensiva con su debilidad de macho. Al terminar la noche a él no le importó que fuera una asesina. A ella no le molestó que él fuera su presunta víctima, aunque ¿quién era capaz de saber lo que una mujer así guardaba en su fondo de armario?

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SEGUNDA MAÑANA.

Ella preparó también el desayuno, ésta vez hubo hasta tortitas con nata. Al terminar dijo algo que a él le dejó de una pieza.

-Pichoncito, quiero que vayas al pueblo, compres cualquier cosa en el supermercado y hables con la cotilla.

-¿Ya te fías de mí?

-Te estoy poniendo a prueba, cariño.

Tuvo que buscar las llaves del coche bajo sus braguitas. Si él tenía alguna duda sobre lo que haría en el pueblo, eso se las disipó… Regresó pronto con noticias.

-Han estado unos matones –la cotilla no tenía dudas- preguntando por una chica. Fue ayer, por la tarde. Se marcharon convencidos, pero esta mañana a primera hora han regresado preguntando por unos extranjeros que han hecho un harén en su chalet. Al parecer se trata de unos millonarios que acogen a cuanta mujer joven se presente a su puerta. Las hay de todos los tipos y nacionalidades y su número convencería hasta al sultán más fogoso.

-¿Cuántos y cómo eran?

-Dos. Uno alto y fuerte, con una cicatriz en la mejilla derecha…

-Frankestein…

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-¿Cómo?

-Así le apodaban. ¿Y el otro?

-Bajito, delgaducho y con cara de mala leche.

-Pulgarcito. Prepara lo que necesites. Nos vamos.

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-¿No estabas convencida de que se habían dado por vencidos?
-Estaban en el bote. Pero esos putos extranjeros lo han estropeado todo. Me conocen, saben que no despreciaría una ocasión así. Si no me encuentran allí, seguirán buscando por la zona.

En diez minutos estaban en el coche. Ella había vuelto a teñirse el pelo, usaba gafas de sol, zapatos bajos y había sufrido una transformación que a él le pareció digna del mejor maquillador de Hollywood. Salieron de estampida. Ella conducía…

UN CADÁVER EN LA CARRETERA IV


PRIMERA MAÑANA.-

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Le despertó un fuerte olor a café fuerte y tostadas. Ella estaba al lado de la cama con una bandeja de desayuno. Llevaba una bata preciosa, seguro que la había encontrado en el armario de su habitación. ¿De quién era? Ya no lo recordaba, puede que se la hubiera comprado a alguna de sus amantes o puede que se la olvidaran allí. Dejó la bandeja sobre la cama y se acercó a la ventana, subiendo la persiana sin pedirle permiso.

 -Vamos dormilón, es muy tarde. Te despierta mejor el olor de la comida que un buen perfume.

-¿Porqué lo dices?

 -Hace un rato te estuve contemplando, me he rociado de perfume como para despertar a un muerto pero ni siquiera moviste la nariz.

 -A ver, acércate.

 Olió un fuerte perfume que le penetró hasta el estómago.

 -Lo encontré en la mesita de noche. De alguna de tus amantes, seguro, ¡eh cabroncete! Por aquí han pasado más mujeres que por un harén. ¿Me equivoco pichoncito?

 No le gustaba que le tratase con aquella familiaridad, pero tenía hambre y ella estaba muy hermosa con la bata, que dejaba ver sus muslos hasta muy arriba, al moverse.

 -Tienes razón. Me gustan las mujeres. ¿Qué quieres que haga?

 -Nada, me gustan los hombres que son capaces de hacer cualquier cosa por un coño. Pero te advierto que eso puede ser tu perdición.

 -¿Porqué lo dices?

 Por nada, es una broma. No seas mal pensado. ¿Desayunas?

-¿No lo has hecho tú?

 -No, me gusta desayunar en compañía.

 Desayunaron con muy buen apetito. Ella no se preocupó lo más mínimo de cerrar la bata al sentarse en la cama. Podía ver perfectamente sus braguitas blancas, muy escuetas.

 -¿Puedo hacerte una pregunta?

 -Claro, dispara –se echó a reír con una risa que habría sido encantadora en otra mujer que no fuera una asesina.

Anoche escondiste las llaves de mi coche debajo de tus braguitas. ¿Me equivoco?

-Sabía que no podrías resistir la tentación de verme dormir.

 -Tu monte de Venus estaba muy abultado y no creo que fuera debido a la excitación sexual.

 -Juzga tu mismo.

 Se puso en pie y abrió la bata. El bulto bajo las bragas ahora era normal o al menos así se lo pareció a él.

 -Lo hiciste.

 -Creí que te atreverías a meterme mano. Me equivoqué.

 -¿Qué hubieras hecho? ¿Me habrías pegado un tiro?

 -No mi amor, semejante atrevimiento hubiera merecido otro premio. Tal vez una noche loca.

 -¿Dónde escondiste la pistola?

 Veo que también la buscaste. No te lo voy a decir, me temo que pasaremos más noches, juntos, y no me fío de ti, aún no. Aunque bien pensado no creo que te atrevas a despreciar este cuerpo. ¿Te gusto?

-Mucho. Y tú lo sabes. No me tomes el pelo. ¿Entonces tus planes van para largo?

 -No puedo acortarlos. Los sicarios del mamón que mandé a manosear ortigas me estarán buscando, seguro. Intentarán encontrar una pista por aquí pero no mirarán muy a fondo. Seguro que piensan que he robado un coche y ya estoy lejos. No tienen mucha imaginación. Son unos cerdos bien alimentados.

 -¡Hacer lo imprevisto para que tu enemigo mire lejos cuando tú estás debajo de su bragueta!

 -Algo así- se echó a reír de nuevo.

 -Por cierto, hay algo que no encaja. ¿Dónde dejaste el coche del amo? ¿Por qué estabais solos, sin gorilas?

-Contestando a la primera –como si fueras el fiscal, jaja- el coche está en un bosquecillo cercano, al que se puede llegar por un camino de tierra. A la segunda, el cabrón tenía sus caprichitos. Le gustaba hacerlo a solas en plena noche y en plena naturaleza. Sus gorilas lo sabían, por eso no se extrañaron que les mandara esperar en la próxima gasolinera. ¿Satisfecho?

-¿Por qué no lo mataste en el coche? ¿Qué razón tenías para hacerlo en la carretera, donde te podían sorprender fácilmente?

-Necesitaba otro coche, con el de Mamón no hubiera llegado muy lejos. Tenía la seguridad de que un cadáver en la carretera haría que cualquier pardillo, o pardilla, se detuviera. No podía fallar.

-Y el pardillo fui yo.

-¡No te quejarás! Hasta ahora no te ha ido tan mal.

-Está bien. ¿Qué hacemos hoy?

-Bajaremos al pueblo, compraremos comida y nos daremos algún caprichito.

-¿Para qué? Mandé a la asistente que rellenara la nevera antes de ponerme en camino.

-Porque vendrán gorilas preguntando. Si alguien les dice que el don Juan de turno ha traído una amiguita de Madrid, nadie se extrañará. Seguro que te conocen bien… y la del supermercado que es una cotilla de mierda les hablará de tus aventuras.

-¿Cómo lo sabes?

Volvió a reírse, a punto estuvo de olvidarse del lío en que estaba metido.

-Porque siempre hay alguna cotilla de mierda en todos los pueblos, que lo casca todo, hasta cascaría las piedras si pudiera convertirlas en palabras.

-Pero si te describen, les pondrán sobre tu pista. No pasas precisamente desapercibida.

-Gracias, pichoncito. He pensado en eso, pienso en casi todo, a pesar de mi busto de mujer. Me teñiré el pelo, me pondré unas gafas de sol –nunca me las pongo porque me gusta guiñar el ojo a los machitos con los que me encuentro en el camino, al mamón eso le ponía fuera de sí- y llevaré unos zapatitos planos muy monos que acabo de ver en tu almacén particular. Con eso será suficiente.

-De acuerdo.

-Háblame del pueblo, del supermercado, de la cotilla…

Se lo fue contando todo con calma, hasta que ella quedó satisfecha. Mientras él se daba una ducha rápida ella se llevó la bandeja. Utilizó el otro cuarto de baño para prepararse. Lo supo porque asomó la cabeza al pasillo, mientras se vestía pensando que podría sorprender su cuerpo desnudo moviendo el culo por el pasillo. Ella primero pensó en vestirse de cualquier modo, un tanto descuidadamente, seguro que sorprendía a la cotilla, pero luego comprendió que era una estupidez ya que si los matones sospechaban de ella no solo la freirían a tiros sino que el testigo molesto acabaría en la parrilla con unos cuantos espetones de plomo. Ella no sabía por qué, pero aquel jovencito ingenuo le gustaba. Hicieron un recorrido triunfal, compraron cuatro chucherías y varias botellas de vino y licor a gusto de la señorita. Regresaron a casa y ella se dispuso a preparar la comida. El ágape no pudo ser mejor, ni la charla, ni la compañía. Él se olvidó de todo por un tiempo. El resto de la tarde se lo pasaron de cháchara, ella quería saberlo todo de él y él preguntó hasta cansarse, sin que ella se hiciera la sueca. Sólo más tarde se le ocurrió pensar que si no salían bien las cosas, ella tendría que matarlo … sabía demasiado.

UN CADÁVER EN LA CARRETERA III


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Laura -de alguna manera hay que llamarla- escoge un excelente tinto. Resulta evidente que aquella mujer no es una cualquiera, reconvertida en la amante de un mafioso por circunstancias del azar. Sin duda se trata de una mujer con clase, con mucha clase. Puede que incluso sea universitaria, al menos aparenta poseer una cultura aceptable. Se promete descubrir esos detalles en la conversación que con toda seguridad seguirá a la primera copa de vino. Le gustan las mujeres de carácter y ella lo es, vaya si lo es, todo un carácter….

Regresan a la cocina donde él abre la botella con los gestos de un caballero de smoking ante la dama de sus sueños, que le contemplara enfundada en su vestido de noche. Sirve un sorbo en la copa de ella que enseguida paladea como una experta.

-Excelente, amiguito, eres un hombre de gustos exquisitos. ¿También para las mujeres?

-Eso no me corresponde a mí decirlo, pero creo que mi ojo es de lo mejor. Claro que un buen ojo no lo es todo, hace falta que ellas piensen lo mismo de mí.

-No seas modesto, pichoncito. Puede que te sorprenda saber que sólo gusto a los hombres exquisitos. Ya sé, ya sé que a los hombres os gustan todas. Pero solo para echar un polvo rápido. Cuando se trata de algo más y no digamos de enamorarse solo los hombres cultos y exquisitos aguantan mi galopada. Es curioso cómo sois de cínicos los hombres. Para vosotros un agujero es siempre un agujero aunque sea un dibujo en una pared.

-Ese es un retrato robot del hombre machista, sin embargo hasta él cambia en cuanto convive dos días con una mujer. Cuando la observa levantarse al servicio, después de la segunda noche de amor. Entonces empieza a ver en ella algo más que una cálida cueva donde refugiar su flauta saltarina. Al menos así lo veo yo.

-Me gusta tu manera de hablar.

-Te gustarían más cosas de mí, créeme.

 -Lo sé, pero esta noche estoy cansada. Sírveme más vino, pichoncito.

 Terminan de cenar cambiando apenas un par de frases de cortesía, ambos hacen gala de un prodigioso apetito. Engullen la sopa y las albóndigas y como postre una tarta de queso que encuentran en el refrigerador. Ella le pide una copa de buen cognac y un pitillo. El se hace con una botella de excelente licor en el salón. Llena la copa de ella y en la suya escancia una buena ración. Ofrece un cigarrillo rubio, que la mujer toma con los ademanes de una vampiresa de cine y espera mirándole fijamente –su pestañeó le recuerda a una actriz que no es capaz de situar en su memoria- a que él lo encienda. Se miran unos segundos en silencio y de pronto Laura se echa a reír.

 -No sería mala escena para una película. ¿Puedo hacerte una pregunta?

 -Claro, dispara.

 -¿Tienes novia?

 -Ninguna fija. En mi agenda algunos números de teléfono están subrayados en rojo, ni un solo círculo en azul. ¿Ahora puedo saber algo íntimo de ti?

 -Claro, dispara, pichoncito. Puede que seas el único hombre al que le cuente ciertas cosas. ¿Sabes que cada vez me caes mejor?

 -Me alegro. Es una pena que no nos hayamos conocido unos años antes. Tal vez en la universidad. Por cierto, ¿has acabado alguna carrera?

 -Si tengo varias carreras universitarias, pero un título no es necesariamente un pasaje hacia el océano de la cultura, ni significa que sepas algo más que cuatro vagos conceptos de esto o de aquello, que deberás asimilar por tu cuenta, si alguna vez quieres ejercer tu profesión. El título es solo un papel y la cultura una forma de vivir.

-¿Cómo has podido acabar en este lío?

-Siempre me gustó vivir bien y como no nací millonaria tuve que buscarme la vida; esos resquicios que esta sociedad permite tan solo a los valientes.

-Eso suena un tanto cínico.

 -El cinismo es la verdad de los valientes.

 -Esa frase debería enmarcarse, pero creo que en realidad no hace sino ocultar la realidad de una vividora sin escrúpulos.

 -Tal vez, amiguito, pero un secuestrado no debería dirigirse así a su raptora.

 -Vaya, por fin te quitas la careta, por un momento llegué a pensar que eras mi invitada.

 -Es una broma… o casi. Háblame de cómo funcionas en esta casa. Supongo que alguna señora vendrá a limpiar de vez en cuando…

 -Una señora mayor, que atiende varias casas en urbanizaciones cercanas, pasa cuando la llamo por teléfono, para limpiar un poco. Tiene un juego de llaves y cuando no estoy viene a echar un vistazo de vez en cuando o pasa cada cierto tiempo para ver si hay alguna novedad. Cuando vengo llena el frigorífico unos días antes. La despensa y la bodega las tengo repletas, así que en una semana no necesitaré nada.

-Eso está bien. Entonces pasaremos unos días tranquilitos, tu y yo pichoncito. Es todo lo que necesito.

-¿Por qué?

 -Los amigos del muerto escarbarán la zona durante unos días, luego nos dejaran en paz.

-¿Mafiosos?

 -Cuanto menos sepas mejor para tu body, amiguito.

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La conversación fue decayendo, a pesar de haber dado buena cuenta de la botella de cognac. Ambos estaban cansados. Él tuvo que ayudar a Laura a llegar a la habitación, allí la dejó caer sobre la cama como un fardo y al instante se quedó dormida. Al menos eso daba a entender su boca entreabierta respirando rítmicamente.   El fue a su habitación y apagó la luz, pero su mente trabajaba febrilmente. Necesitaba encontrar una solución razonable para aquel embrollo. Así transcurrió más de media hora. A cada minuto miraba la esfera luminosa de su reloj, como si fuera a quedarse sin tiempo para pensar. Cuando creyó que ella no despertaría ya, se descalzó y empezó a recorrer la casa buscando algo, que solo al cabo de un rato supo qué era.  No encontraba las llaves del coche, buscó por toda la casa con tensa desesperación. Bajó al garaje y escrutó meticulosamente cada rincón. El coche estaba abierto pero las llaves no estaban puestas, ni habían quedado tiradas en sitio alguno. Un polizonte no hubiera podido hacer un registro más exhaustivo. Entonces se imaginó lo ocurrido.  “La muy zorra me las ha birlado delante de mis mismas narices. Además de puta y asesina es una carterista de primera. Seguro que ahora las tiene bajo de las bragas. Es capaz. Miraré su bolso por si acaso, pero es perder el tiempo. Cualquiera le hace cosquillas ahí, seguro que lo tiene más sensible que la lente de un satélite espía americano”. Regresó al salón, de puntillas, se acercó a su habitación y permaneció delante de su puerta varios minutos, silencioso, al acecho. No podía creerlo pero la muy puta roncaba. Puede que estuviera disimulando, ninguna mujer ronca así, pensó. No, eran demasiado naturales. Se decidió, abrió la puerta con cuidado y entró. El bolso estaba sobre la silla al lado del armario. Lo tomó, lo abrió y palpó a tientas. No había ninguna llave, tampoco estaba la pistola. “Si no las tiene bajo las bragas las tendrá debajo del colchón”. No pudo reprimirse, si le pillaba alegaría que deseaba palpar su cuerpo, no se sorprendería mucho. La luz iluminaba parte de su cuerpo desnudo, solo cubierto por las braguitas. Le pareció que el monte de Venus se elevaba demasiado. “creo que tengo razón, las tiene ahí”. Antes de meter la mano bajo el colchón contempló con placer lujurioso su cuerpo desnudo. Le gustaban sus pechos “tiene los pezones erguidos la muy puta”. Con suave cuidado palpó bajo el colchón y luego bajo la almohada… nada.  Salió de puntillas y cerró la puerta. Con el teléfono cortado y sin coche era inútil cualquier movimiento. Podía acercarse hasta el pueblo pero estaba a más de quince kilómetros. “A buen paso son más de dos horas; de noche, y por esa carretera de mierda no pasan ni las ratas. Ya ha habido algún atraco, nadie se atreve. Además es posible que haya puesto el despertador para que suene dentro de una hora. Con mi coche me pilla en un momento y esta vez no tendrá misericordia, seguro que me pega un tiro”. No sabía si el razonamiento era muy bueno o era el cuerpo desnudo de ella el que le retenía. Tal vez las dos cosas. Decidió darse por vencido. Fue a su habitación y se acostó vestido, pero tardó en dormirse. Aquel cuerpo desnudo le excitaba más que el miedo.