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UN ESCRITOR FRUSTRADO III


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Continuamente se prometía mientras cogía el teléfono y marcaba el número de una revista del corazón, que pronto pondría coto al asedio de las vividoras que diluían su economía  como un azucarillo en el café, pero en cuanto un cuerpo femenino especialmente adecuado para despertar su lujuria y libidinosidad se cruzaba en su camino caía una y otra vez en el blando abismo del sexo donde se olvidan los propósitos más elevados. Durante un tiempo le preocupó la acción más cobarde, rastrera y vil de su vida, pero en cuanto superó sus efectos notó con alivio que los últimos escrúpulos de su lasa conciencia se habían diluido por alguna tubería de desagüe. Recordaba ya con un vago dolor su comportamiento con la secretaria de su padre pero no fue capaz de resistirse a venderla a una revista del corazón por una jugosa cantidad que le ayudó a superar un declive económico particularmente resbaladizo después de llenar la ávida boca de su última amante durante unos meses. La ingenua joven fue cazada por un paparazzi a la puerta de su domicilio y a cambio de tantas buenas cosas como le había dado, incluidos sexo y amor, se vio en las portadas de las revistas como la mujer despreciada por aquel atractivo calavera que se iba haciendo un huequecito en el mundo de la literatura y un amplio espacio en el rebaño de los famosos.

Al leer la entrevista, las respuestas del joven calavera estas aparecían a primera vista como una confesión dolorosa de su pecado pero en realidad la que quedaba como un trapo sucio era la pobre mujer, una ingenua y estúpida víctima de aquel mujeriego simpático por el que empezaban a suspirar muchas lectoras de revistas del corazón. El reportaje tuvo su continuación para relatar el intento de suicidio de la joven que se tragó un montón de pastillas en su piso donde luchaba a solas con su dolor. Fue rescatada en el último momento como una escena de serial por una amiga a la que había plantado en una cita para cenar y a la que casualmente había dejado un juego de llaves de su piso ya que era su amiga más íntima, su familia más allegada residía en un pueblecito  en una provincia muy alejada de la capital. Un tercer reportaje cerró la serie, en él se hablaba de la reconciliación de ambos mientras cenaban en un conocido restaurante -ahora somos buenos amigos- decía un titular.

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A los treinta años era carne de cañón para las revistas del corazón, allí fue aprendiendo el difícil o fácil arte de las exclusivas -no puedo juzgarlo por falta de experiencia- y ello ayudó a poner remiendos a su economía que como un gigantesco Titanic amenazaba con hundirse a cada iceberg con forma femenina que aparecía en el horizonte. La preocupación por la volatilidad de la fama, por un futuro que siempre estaba en manos de otros, se notaba en su rostro pálido, el entrecejo fruncido en un gesto de dolorosa preocupación, su cuerpo, poco curtido en el deporte y un poco fofo gracias al disfrute de la gastronomía amenazaba con quedarse en los huesos, algo que no le preocupaba mucho; no obstante por las noches oía el rechinar de la maquinaría y el miedo a la enfermedad poblaba sus sueños de extraños monstruos con cuerpo de mujer.

Aquel episodio  le tuvo preocupado durante una temporada no muy larga, su editorial, aprovechando el tirón popular le propuso escribir un bestseller que sería lanzado con todos los medios a su alcance. Le sugirió mezclar el thriller policiaco, tan de moda, con la corrupción política, su dosis aceptable de sexo y una descripción suavemente crítica de la gente bien, los famosos y famosetes que viven de las exclusivas en las revistas del corazón y cualquier otro ingrediente que se le ocurriera. Allí precisamente, debajo de un castaño, se le ocurrió la genial idea de utilizar un escándalo político de corrupción, nacían como hongos en aquellos momentos, bien enmascarado como una trama policiaca y de espionaje, salpicada oportunamente de asesinatos, amoríos adulterinos y sobre todo la invención de un personaje detectivesco muy atractivo, gran mujeriego y aficionado a la literatura  -se habló de una fotocopia apenas enmascarada del narrador- que encantó a la crítica, pero sobre todo a los lectores que hicieron de su primera novela un bestseller en el que apenas se notó su estilo descuidado y la poca profundidad psicológica de sus personajes. Córcoles se hinchó como un globo conectado a un gran depósito de gas.

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Entonces el destino decidió actuar poniendo al alcance de sus manos a una jovencita de buena familia, harta del dinero y falso oropel de su familia, se dedicaba a la busca de un príncipe intelectual de prestigioso cerebro, físico agraciado y bolsillos vacíos a quien exhibir en las frívolas reuniones sociales dándoles un toque de glamour que ninguna lengua viperina podía conseguir, para ello se necesitaba un intelectual con suficiente cultura y espiritualidad, solo él podría paliar el hastío de aquellas vidas sin norte. Ella se adjudicó el papel de musa, de tierna amante a la espera de la santificación del matrimonio; a cambio dejaría caer en los bolsillos del elegido algún que otro napoleón de oro.

El aceptó encantado el papel que se le adjudicaba, ella era bella, tenía la riqueza que a él le faltaba y solo tenía que dejarse querer y ser discreto con sus líos de faldas a los que le resultaba tan difícil renunciar. Pero terminó por verse obligado a hacerlo, la jovencita no soportaba que fuera infiel a su musa que disponía de fondos propios y los había utilizado para poner un bonito apartamento a su nombre. Estaba enamorada de él y exigía un reconocimiento, no le pedía matrimonio pero comprendió que renunciar a otras mujeres y depender económicamente de ella era prácticamente lo mismo que estar casados, así que decidió dar el paso. Se casaron con la rimbombancia que la clase social de ella y su fama de intelectual y mujeriego exigían. Durante un tiempo su vida fue agradable tenía el futuro económico solucionado, una preciosa mujer, fiestas, relaciones interesantes; pero un día leyó un artículo en el que se le daba por muerto como escritor.

Una bella mujer y una respetable fortuna pueden terminar con el genio más prometedor, claro que es una bonita forma de acabar con la musa, yo mismo lo haría- así terminaba el artículo de un conocido y reputado escritor que había defendido su valía a capa y espada quizás porque había sido de los primeros en ensalzarle y no acostumbraba a reconocer haberse equivocado. Era más que posible que aquello de tener olfato de sabueso para reconocer a futuras lumbreras en jóvenes promesas era lo que le seguía impulsando a creer en él cuando todo el mundo le daba por muerto para la literatura.

Aquello le hirió profundamente, en lo más visceral de su hombría. No echaba de menos las largas tardes sobre el papel blanco, buscando una idea que se le escapaba o redondear una frase, algo que más se parecía a picar piedra que a dar forma al agua utilizando vasos de diversas formas y tamaños. El hecho de que alguien se hubiera atrevido a llamarle chulo, y que lo que más se destacara de su trayectoria vital fuera que vivía de las mujeres, como un Don Juan de pacotilla, encrespó su orgullo. Iba a escribir una gran obra y muchos tendrían que tragarse sus palabras.

Oyó comentarios sobre una sierra, en un lugar perdido en una provincia del norte. Visitó la zona y le gustó. Enterado de la venta de una finca en un pueblecito cercano a la serranía, decidió comprarla y con la aquiescencia de su esposa, quien no deseaba otra cosa que alejarle de las tentaciones, pasó allí una temporada, dando instrucciones al arquitecto sobre la casa que deseaba en la finca. Aprovechó los tiempos muertos para escribir una novela sobre un detective, calcado de sí mismo, que tuvo un gran éxito, como no podía ser menos. Fue muy complicado encontrar la idea apropiada, pero al fin le vino a visitar la musa, mientras se perdía en los montes cercanos, a caballo (lo primero que hizo fue comprarse un semental y una hermosa yegua y contratar a un experto para que empezara a formar una yeguada de categoría) con una mochila bien surtida de sabrosa comida y una novela policiaca para leer a la sombra de los olmos.

Fue por entonces cuando comenzó a recortar todas las críticas, incluso las malas y las fue coleccionando en un precioso álbum, encargado al efecto en una tienda especializada. El matrimonio regresó a la capital para el parto. Allí Córcoles entregó el manuscrito a su editor y éste se publicó unos meses más tarde, cuando las felicitaciones y visitas por su primer hijo comenzaban a hacerse menos frecuentes. El éxito los lanzó a una constante vorágine social. No cesaban de aparecer en las primeras páginas de las revistas del corazón que, curiosamente, apenas habían mencionado el nacimiento de su primer hijo. Córcoles estaba ya casi olvidado por las revistas a las que había hecho ganar tanto dinero con sus exclusivas cuando su éxito literario le volvió a catapultar a la fama. Después de su matrimonio, que sí fue seguido con grandes medios, el interés que despertaba todo lo suyo para la curiosidad morbosa de sus lectores, decayó rápidamente. Ahora el éxito literario le volvió a abrir las puertas de ese mundillo de par en par. Su casa era un constante trasiego de periodistas gráficos, deseosos de una entrevista en exclusiva, una foto en el sofá con el niño o cualquier otra tontería que pudiera hacer subir la tirada de la revista. Esto llegó a hacerse tan agobiante que Córcoles, aprovechando que el primogénito había nacido enclenque, convenció a la mamá para alejarse de la vida ruidosa de la capital y retirarse al campo, donde el niño podría superar las debilidades con que la naturaleza le había castigado.

 

UN ESCRITOR FRUSTRADO II


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UNA BIOGRAFÍA CÍNICA

 

“Hoy, en nuestra exitosa serie de biografías cínicas sobre personajes y personajillos del mundillo literario, cinematográfico, artístico y cultural, que tan bien están siendo acogidas por la mayoría de nuestros lectores, vamos a dedicar unas pinceladas a uno de los escritores jóvenes con mayor proyección de futuro, futuro  que con el tiempo se ha quedado en nada, bueno en casi nada. Ha sido la mayor decepción que ha tenido este crítico en su larga vida de botánico literario -si se me permite la expresión-, la primera planta que se  ha agostado entre mis dedos. Pero esto no impedirá que esta pequeña biografía, sin dejar de ser cínica, de ahí su encanto, sea todo lo objetiva que puede esperarse de una decepción tan dolorosa.

Luis Domingos Córcoles es nuestro personaje de hoy. Cuarenta y cinco años, alto, delgado, casi fibroso, conserva todo el cabello que los años han vuelto plateado, tiene cara de niño bueno en la que dos ojos grandes y pícaros le han dado más éxito entre las mujeres que a un actor de Hollywood una docena de películas de éxito. Casado con una de las más importantes fortunas del país. Dos hijos de los que no parece ocuparse mucho, si tenemos en cuenta todas las aventuras amorosas que se le adjudican, y una obra literaria que prometía mucho pero que se ha quedado en muy poco, casi en nada.

Ya desde niño creyó haber nacido con buena estrella y la vida parecía  querer demostrárselo a cada instante. De familia burguesa con posibles tuvo una infancia tranquila, sin preocupaciones ni más miedos que los creados por su fantasía cuando se apagaba la luz de su habitación, repleta de libros y juguetes. Estudió sin prisas ni pausas lo suficiente para conseguir un título universitario que colocó en una de las paredes del pequeño apartamento que le regalaron sus padres satisfechos de que su hijo empezara a alcanzar las expectativas que habían puesto en él. Fue aquel el momento elegido para rebelarse con mucha suavidad y elegancia: quería ser escritor y comenzó a escribir poemas sobre el amor que no llega y el tiempo que todo lo devora. Se encerró durante meses en su coqueto apartamento, bien decorado y amueblado gracias a la solicitud materna, hizo de bohemio dejándose crecer la barba y se imaginó estar pasando hambre a pesar del cuidado de sus progenitores por su salud, concretado en un envío quincenal de abundantes alimentos que la empleada de hogar traía con timidez y en el fondo con la ilusión de que algún día el señorito la invitara a quedarse a cenar, pero las ensoñaciones románticas de bohemio trasnochado en que andaba inmerso le impidieron darse cuenta de que un pequeño amor proletario llamaba a su puerta.

A los seis meses salió de su retiro con una ristra de poemas que tituló luego de mucho pensar: “Esclavo del amor y del tiempo”. Hizo que lo pasara a máquina la secretaria de su padre con la promesa de que si aquel no se enteraba la invitaría a cenar en el mejor restaurante de la ciudad. La secretaria era una joven agradable que debía a la falta de exuberancia en sus atractivos el que llevara ya un par de años en el despacho de su padre sin haber caído en sus libidinosas garras con el consiguiente ultimátum de su madre que ya había echado a media docena de secretarias durante la última década.

Presentó el manuscrito a un conocido premio que consiguió sin demasiadas dificultades, algunos críticos mal pensados dirían luego que tuvo la gran suerte de presentarse un año en el que la escasez de buenos trabajos estuvo a punto de obligar a declarar desierto el premio por primera vez pero a él nunca le importaron mucho las críticas, al menos de puertas para afuera. Después de unos ajetreados días dedicados a atender  la fama que aporreaba a su puerta decidió cumplir la promesa otorgada a la secretaria de su padre más que nada porque fue preguntado por alguna periodista cotilla  si tenía novia. Pensó que no le vendría mal si le veían con una mujer, incluso imaginó poder sacar un dinerillo de alguna exclusiva en la prensa del corazón -aún conservaba la graciosa ingenuidad del primerizo- pero no logró que revista alguna se decidiera a pagar nada a un desconocido poeta porque sus lectores supieran que tenía novia. A pesar de ese pequeño contratiempo decidió prepararse para su nuevo rango de mito de las letras. Tenía entonces veinticinco años y se consideraba un joven apasionado, idealista, dispuesto a cambiar el mundo con su pluma; la mojaría en su propia sangre si fuera preciso para alcanzar sus objetivos. ¿No hemos sido todos un poco así al comienzo de ese camino que antes o después nos conducirá al fango?

Su idealismo nunca abarcó al sexo femenino. Una tarde se presentó en el despacho de su padre e invitó a su secretaria a cenar la noche de la semana que mejor le viniera, ella no lo dudó un instante, precisamente esa noche le venía de perlas, además tenía un hambre de lobo. Seguramente ella pensaba que una ocasión así no podía dejarse enfriar o el plato terminaría estropeándose. Quedaron en verse en una cafetería próxima al despacho, en cuanto su padre la dejara salir estaría allí en un pis-pás. No se olvidó de saludar brevemente a su padre quien le felicitó a regañadientes insistiendo en que la literatura no era más que humo que ciega un momento para luego dejarnos ver con mayor claridad la cruda realidad de la vida. Su hijo se despidió demasiado bruscamente dejándole con la siguiente metáfora sobre la realidad intentando salir de su boca. En el fondo nunca se había llevado bien con la familia aunque lo disimulara hasta alcanzar el estatus económico que le permitiera alejarse de su lado lo más pronto posible.

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La secretaria se llamaba Yolanda -así se presentó ella nada más verse pensando con razón que no sabría su nombre ya que nunca había tenido la delicadeza de preguntárselo desde que la viera por primera vez en el despacho de su padre-y era una chica delgada  de cara ligeramente afilada terminada en una barbillita de niña indefensa, cualidad que llegaba a algún lugar escondido de la psicología masculina que sin darse cuenta comenzaban a pensar en lo mucho que les gustaría protegerla estrechamente entre sus brazos, ni siquiera Córcoles era inmune a este sentimiento; morena con  melena rizada, a primera vista nunca decía mucho a los hombres pero más tarde después de haber contemplado varias veces sus ojos grandes y tiernos una especie de atractivo oculto parecía desplegarse con la sutileza de un buen perfume y la víctima terminaba enredado en sus redes sin la menor consciencia de haber sentido ese estremecimiento en las entrañas, síntoma de males mayores. De todo esto se iría haciendo consciente con el tiempo, en aquellos momentos para él Yolanda no era sino una vergonzosa e indefensa jovencita, seguramente aún virgen, ignorante del agradable sabor de  las mieles del amor.

Cenaron en un restaurante italiano elegido por ella que parecía sentir debilidad por la pasta mientras huía como del demonio de los alimentos grasos a pesar de su marcada delgadez, excesiva a juicio de Córcoles, que no le vendría mal recubrir un poco más sus huesos y convertir el liso asfalto sino en una curva peligrosa sí al menos digna de atención. Calentaron el cuerpo con un suave vinillo y soltaron sus lenguas sin recato, él habló de sus proyectos literarios, de la agradable velada que estaba disfrutando gracias al dulce atractivo de su pareja…Ella era consciente de que el señorito hubiera sido capaz hasta de encontrar algo agradable en el asesino contratado para meterle una bala en la sesera con tal de que hubiera sido mujer. Era un momento irrepetible por lo que aceptó sus requiebros con el entusiasmo de la adolescente que descubre por primera vez lo que su cuerpo es capaz de provocar en el sexo contrario. Se dejó coger la mano mientras comentaba lo vacía que estaba su vida y la escasez de caminos en su futuro.

Terminada la cena aceptó sin hipócritas prevenciones la sugerencia de tomar una copa en un agradable pub muy recoleto y propicio a la intimidad, allí podrían seguir contándose sus cosas sin que nadie les molestara. El señorito apenas guardó las apariencias unos minutos, lo justo para que el discreto camarero les sirviera las copas y se esfumara con la suavidad que el humo del cigarrillo de él lo hacía hacia el techo. Fue materialmente asaltada sin que ella pusiera más obstáculos que los imprescindibles para no llegar al coito en un lugar tan poco propicio.

Dieron por finalizada la noche en su apartamento, donde la pasión alcohólica del atractivo señorito aceleró y brutalizó un acto que ella hubiera esperado más tierno y romántico, al menos así lo había imaginado desde el primer día que le vio aparecer por la puerta del despacho y estrechó su mano distraídamente mientras su padre les presentaba. Su relación duro un par de meses, el tiempo preciso para que él se encaramara de rondón al estribo del tranvía de la fama: colaboraciones en la prensa, entrevistas y habladurías sobre sus muy atractivos proyectos literarios. Un precontrato con un editor avispado sobre su primera novela le permitió, gracias al adelanto agradablemente sustancioso y a las pequeñas pero seguras cantidades de sus colaboraciones independizarse definitivamente de sus padres y con la disculpa de que la casa editorial tenía su domicilio social en otra ciudad trasladarse allí desde la capital e instalarse a una distancia prudencial de sus progenitores.

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Esta excusa también le sirvió para dejar a su amante que ya empezaba a creerse con privilegios de futura esposa con un simple -hasta pronto- y el regalo de una costosa joya que ella aceptó resignada, en el fondo nunca tuvo demasiadas esperanzas de cazar al señorito. Mientras recogía su último beso en el andén, permaneció entera, ni una sola lágrima resbaló por sus mejillas pero se juró que si surgía la ocasión le haría pagar aquel desapego frío y calculador que él ponía en todo. Mientras ella se dejaba llevar por estos sentimientos él apenas sintió un leve cosquilleo en la conciencia.

Dispuesto a emprender una nueva vida alquiló un pequeño apartamento, buscó  y consiguió -no sin algunas dificultades que salpimentan una buena relación- una atractiva amante por días, secretaria en la editorial y se dispuso a conquistar el mundo. Gracias a la influencia de la prestigiosa empresa editorial que lo había incorporado a su exclusiva cuadra de caballos de carrera como un potro joven que promete -en expresión del obeso fumador de puros que llevaba las riendas de la empresa- ganó un concurso de relatos cortos. Aumentó el número de sus colaboraciones en los medios de comunicación y su caché  subió lo suficiente para no verse obligado a pisar todos los días el duro suelo de la economía. Conseguido lo más difícil  decidió intentar lo más fácil, según su peculiar visión del buen periodista,  que era convertirse en una pluma de prestigio dándole un cierto humor a sus artículos, humor del que creía carecer aunque pronto descubrió que todos llevamos dentro, en  lo profundo de nuestra psicología, una veta de oro que debe buscarse con duro esfuerzo,  no obstante  a veces la suerte la pone delante de nuestras narices  a las primeras de cambio como  en su caso que encontró la mena sin mucho esfuerzo; esto le ratificó una vez más en  la creencia infantil de estar siendo guiado por una buena estrella.

La fama llegó con esa facilidad que al cabo de un tiempo todos los famosos llegan a maldecir, poco preparados para afrontar las espinas que tiene la corona de laurel que te colocan sobre la cabeza. La bella coqueta dejó caer sobre su cabeza copos de oro y al relumbre de sus cabellos acudieron algunas mujeres interesadas en acostarse con famosos tal vez deseosas sin saberlo de que la diosa errara un poco su mano y las salpicara con alguno de sus dones. No fueron solo mujeres las que acudieron tras sus pasos, también lo hicieron los típicos pelotillas que siempre buscan una buena inversión para su futuro, puesto  que no tienen dinero que gastar en bolsa quieren que sus adulaciones les abran el paso hacia un futuro lleno de rosas. Un amigo en el Parnaso siempre puede llegar a ser útil. Existen otras especies zoológicas que suelen pegarse a los famosos como los mosquitos a quienes se adentran en los pantanos buscando la  sangre fresca de sus venas, acudieron al olor del elixir. Recibió ofertas para colaborar en revistas, periódicos y otros medios de comunicación y no dijo que no a ninguna, permitiéndose opinar sobre todo y sobre todos con un desparpajo que llegó a ser proverbial. Hizo unos dinerillos que malgastó con amantes de poco pelo y morro protuberante que ordeñaron su bolsillo con la disculpa de meter mano en la bragueta, bajando su cremallera ostentosamente para que el no pudiera creer que les guiaba otro impulso que el de satisfacerle. Su rostro empezó a ser conocido de alguna entrevista en televisión o foto en la prensa, pronto empezó a andar de boca en boca cuando le dedicaron alguna portada las revistas del corazón

Se habló de su fama de mujeriego en la universidad donde prefería siempre la presencia de una atractiva mujer a la lectura de un libro; de la secretaria de su padre que había quedado desconsolada cuando fue abandonada sin consideración alguna, de sus nuevos amoríos en el vasto huerto del entorno en que se movía ahora; en él no despreciaba ninguna col, lechuga o tomate siempre que tuvieran buena presencia o agradable sabor. Dejaba que se dijera cualquier cosa sobre su persona siguiendo el viejo dicho -que hablen de uno aunque sea mal-. Nunca rectificaba un rumor ni puntualizaba nada, en alguna ocasión se le oyó decir que no ligaba con monjas y por lo tanto la fama de calavera no le iba a hacer ningún daño.

CUADRO DE GUSTAVO DE MAEZTU

Tal vez por eso decidió dedicarse al relato corto intentando contar  irónicamente sus experiencias eróticas. Se presentó a un concurso de prestigio y otra vez tuvo la suerte como aliada. Si sus poemas eran buenos, algunos excelentes, en cambio su prosa no lo era tanto. Según rumores el jurado parece que estaba dispuesto a declarar el premio desierto dada la baja calidad de los originales presentados, pero fue presionado por el editor para que un premio tan prestigioso no quedara desierto. Su relato era uno de los menos malos, tenía sexo, pasión y una cierta originalidad aunque indudablemente su estilo era inmaduro, muy mejorable.

Envanecido por el éxito dejó de escribir, ocupando su tiempo en disfrutar de las jovencitas que se pusieron a su alcance, quienes ordeñaron sin compasión su líquido seminal y le arrebataron de manos de la musa, quien asustada de las mariposillas multicolores que revoloteaban a su alrededor solo le hizo alguna que otra visita ocasional de cortesía. No es fácil libar alguna gota de exquisita poesía del placer sexual, los mejores poemas nacen en los momentos más trágicos de nuestra vida, cuando la soledad nos desgarra por dentro, cuando la muerte visita a nuestros seres queridos, cuando la de desesperanza y el vacío nos hacen ver el abismo infranqueable que es la vida.  En vez de  saturarse de tragedias ajenas ya que su buena estrella le impedía sufrirlas y escribir como un forzado, entró en el juego de las exclusivas porque su economía no flotaba como él hubiera deseado contando tan solo con los adelantos de la editorial o las colaboraciones en prensa, radio y esporádicamente en televisión. Una vez que uno se acostumbra a la buena vida hasta la comodidad del burgués le parece tan sólo las sobras del gran banquete de la vida. En cuanto su economía declinaba utilizaba el fácil refugio de las exclusivas, un trabajo cómodo y bien remunerado en el que bastaba con aparcar la ética o la finura de espíritu unos instantes a cambio de recibir el sustancioso salario de su traición o mala baba. No le gustaba comportarse como un hombre sin escrúpulos a pesar de quedarle pocos porque era consciente de la importancia de una buena imagen social, pero no era capaz de librarse del acoso del rebaño de hermosos cuerpos femeninos que suelen acompañar a los famosos, con una sonrisa encantadora y la disculpa de hurgar en su bragueta suelen terminar metiendo mano a la cartera lo que convierte a cualquier economía doméstica en algo tan azaroso como la vida  de un ama de casa incapaz de llegar a fin de mes y siempre al borde de un ataque de nervios. Los dinerillos de las exclusivas los malgastaba con amantes de hermosos cuerpos pero sin ningún interés humano y mucho y protuberante morro.