Categoría: ALGUNAS HISTORIAS SÓRDIDAS

ALGUNAS HISTORIAS SÓRDIDAS II


EL COMPROMISO

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Puede que llevara ya un par de años viviendo en el piso de mi amigo Antonio cuando una tarde éste entró acompañado de una mujer en aquella covacha infecta de solterones. Era una mujer joven, de unos veinticinco años, tal vez alguno más o alguno menos, yo entonces era un mal fisonomista porque no sentía el menor interés por las personas con las que me relacionaba. Me llamó la atención su baja estatura, era muy bajita y muy delgada, al menos para mi gusto. En cambio su rostro era agradable, de rasgos suaves en una cabeza pequeña y bien formada.

Me la presentó como Dulce, una amiga portuguesa. Hablaba español, aunque no muy bien y con fuerte acento portugués, lo que no me importó porque sonaba muy dulce, como su nombre. Me gustó a primera vista, al menos físicamente. La acababa de conocer por lo que no podía juzgar de su carácter y personalidad, aún así enseguida advertí algo extraño en ella. Se comportaba como si la casa fuera suya y Antonio su novio. Parecía tener un carácter fuerte y un tanto agresivo. Eso es algo que no me gusta en las personas, no soporto que me traten como si ellos estuvieran muy por encima de mí. Todos somos iguales, sino hermanos, al menos pertenecemos a la misma especie, la humana. ¿A qué viene entonces dárselas de dioses que visitan esta miseria de planeta?

Antonio le enseñó la casa y mientras les seguía, como un perrito faldero, observé las expresiones de su rostro al ver los dormitorios, sucios y con las camas sin hacer; el fregadero de la cocina, con la cacharrería sucia de varios días amontonada de cualquier manera, y la mesa del salón repleta de botellas vacías de ron Bacardí y Cocacola. Sin que mi presencia le incomodara lo más mínimo se puso a dictarle condiciones a mi amigo. Nada de esto, nada de lo otro, no soporto vivir en una pocilga… Y así todo el rato. Comenzó a resultarme antipática y nunca conseguiría cambiar esa primera impresión.

¿Quién era Dulce? ¿Cómo se atrevía a dar órdenes en casa ajena? Debo remontarme un par de años atrás para que la historia tenga sentido. Antonio y yo nos conocimos en el lugar menos propicio para las amistades. Ambos estábamos internos en un psiquiátrico. Yo llevaba allí varios meses, debido a una fuerte depresión que me había llevado a un intento de suicidio. Al cabo de unos días me enteraría de que él, Antonio, era un alcohólico que estaba siguiendo una terapia de choque, porque todas las anteriores no habían dado el menor resultado.

El hecho de que no me lo dijera desde el principio me predispuso un poco en su contra. No soportaba a los mentirosos. La sinceridad abría mi corazón y rechazaba la hipocresía. Me refugiaba en mi concha y una vez allí era complicado conseguir que volviera a sacar la cabeza.

Antonio era un hombre joven, treinta años, me confesó en una conversación que mantuvimos paseando por un pasillo en forma de cuadrilátero, que rodeaba las habitaciones. Le habían injertado una pastilla en la ingle para evitar que bebiera. Yo desconocía aquel tratamiento y por un momento pensé que me tomaba el pelo. Pero era cierto. Al parecer se trataba de una terapia de choque que solo se les aplicaba a los alcohólicos que no respondían a nada. La ingestión de alcohol con aquella pastilla dentro de su cuerpo les producía unos efectos terribles, como presenciaría unos días más tarde.

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Por suerte el psiquiatra un hombre de unos cuarenta años, con modales burgueses y muy suaves que ocultaban una fría determinación que me obligó a pasar casi dos años en aquel infierno, ahora parecía bastante convencido de que mi “psicosis maniaco depresiva” como él había calificado mi pertinacia en los intentos de suicidio, había remitido casi por completo. De hecho hasta me dejaba salir a pasear por los jardines y estaba dispuesto a concederme algún permiso de fin de semana que nunca utilicé hasta entonces.

Antonio solo llevaba allí unos días y se le veía bastante desesperado e inquieto. No soportaba estar encerrado, me dijo. Se aburría y pasar las horas muertas recorriendo pasillos y tonteando con la monja encargada de la enfermería y con Paloma, una psicóloga de buen ver, le empezaba a resultar insufrible. Estaba dispuesto a pedir el alta voluntaria. Tenían que dársela, aunque el psiquiatra, el mismo que me trataba a mí, le había convencido de que esperara al menos una semana, hasta ver cómo respondía al tratamiento.

Convenció al doctor para que nos dejara pasear por los jardines cuando quisiéramos e incluso salir hasta una cafetería próxima. El psiquiátrico estaba a las afueras de Madrid, en un lugar deshabitado, cerca de un campamento militar. Antonio gustaba de ir a tomar un café o un refresco en aquel bar de carretera. Allí hablábamos de temas intrascendentes. Yo procuraba mantenerme despierto y responder a sus preguntas, aunque la medicación a que estaba sometido era tan fuerte que tenía que hacer terribles esfuerzos para no dormirme de pie.

Una tarde, Antonio pidió una copa de coñac. Intenté disuadirle, pero se puso tan agresivo, incluso violento, que decidí dejar que se rompiera la crisma contra la pared. Eso fue lo que sucedió, porque al segundo trago comenzó a ponerse pálido, a marearse, y acabó por los suelos. El dueño quiso intervenir. Logré que me dejara sacarle de allí. Sirviendo de muleta comenzamos a caminar por la orilla de la carretera, de regreso al psiquiátrico. Hubo momentos en que creí que se moría en mis manos.

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Aquella experiencia le hizo recapacitar. Durante dos días permaneció encerrado, sin atreverse a salir, ni siquiera al jardín. Me visitaba en mi habitación y charlábamos, yo sentado en la cama y él en la única silla del cuarto. A pesar de que la medicación me obligaba a pasar todo el día luchando contra el sueño, intentaba leer los libros que había llevado. Recuerdo muy bien que por entonces estaba leyendo las obras completas de Shakespeare, de editorial Aguilar. Un capricho que me había costado muy caro para el sueldo miserable que percibía como funcionario.

Antonio era profesor de matemáticas en un instituto. Según me dijo se pasaba la mayor parte del curso de baja. No le gustaba mucho leer y consideraba la literatura como una distracción para mentes poco lógicas. Aún así me pidió el libro. Se lo dejé, aunque estaba leyendo Hamlet. Yo me quedé con la segunda parte de las obras completas y comencé a leer los sonetos.

Al cabo de los dos días Antonio me dijo que se marchaba. Había pedido el alta voluntaria y a pesar de los consejos de la monjita, con la que al parecer hacía buenas migas, y de los serios consejos de Paloma, a la que piropeaba más por pasatiempo que por verdadero deseo de seducirla (me había confesado que ya no se le “levantaba”), ya no aguantaba más y se iba.

Me limité a encogerme de hombros. Ya tenía muy claro que era mejor dejarle a su aire. Aceptaba muy mal los consejos y salvo que estuviera muy bien, solía responder de forma muy agresiva. Traía el libro consigo. Alargué la mano, respirando aliviado de recuperar una obra tan valiosa para mí. Pero él no me la dio. Me preguntó si me importaría que se la llevara. Estaba a mitad de una obra, no me dijo cuál.

A pesar de mi juventud –tendría entonces unos veintidós o veintitrés años- era muy consciente de que allí había gato encerrado. Ya sabía que no le gustaba leer y además, una vez en su casa, podría leer lo que le apeteciera. ¿Por qué Shakespeare precisamente? Insistió tanto que cedí. Me había hecho a la idea de no volver a verle más. Eso sería para mí un alivio. Ahora me vería obligado a visitarle al salir de allí para recuperar aquel tesoro. Era un contratiempo muy molesto, pero no estaba en condiciones de enfrentarme a él ni a nadie.

Pasó el tiempo. No volví a saber de él. Con harto dolor de mi corazón y dominado por una angustia compulsiva, tuve que aceptar la pérdida de lo que tanto me había costado conseguir. Había estado ahorrando durante meses para comprar los dos tomos de las obras completas. Maldije mi estupidez y aquella timidez patológica que tanto daño me causara a lo largo de mi corta vida.

 

ALGUNAS HISTORIAS SÓRDIDAS I


ALGUNAS HISTORIAS SÓRDIDAS

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ALGUNAS HISTORIAS SÓRDIDAS

NOTA A LA NOTA

 

Desde hace algún tiempo estoy empeñado en la edición personal de mi obra completa. Es un capricho que no me sale muy caro y que me permito, tal vez guiado por sentimientos no muy claros, aunque para mí más que aceptables.

 

Soy consciente de que solo un milagro conseguiría la publicación de algunas de mis obras antes de mi muerte o incluso después de ella, de forma póstuma, como fue el caso de Kafka. No es algo que me preocupe ni mucho ni poco, porque como dicen por mi tierra “a burro muerto la cebada al rabo”.  Lo que suceda con mi obra literaria (expresión retórica y grandilocuente donde las haya) tras mi muerte es algo que me preocupa tanto como que me pongan comida para alimentarme en el más allá.

 

Si tuviera la más mínima duda de que lo que llevo escribiendo durante todos estos años es algo más que pura y egocéntrica diversión, tal vez me sintiera un poco obligado  a que no se hundiera en el olvido para siempre. Si Max Brod, el amigo de Kafka, no hubiera decidido saltarse a la torera la recomendación de “K” de que quemara todos sus manuscritos, la historia de la literatura habría perdido mucho, muchísimo en mi opinión subjetiva, y creo que no solo yo, algunos más, hubiéramos quedado un poco huérfanos.

 

Pero este no es mi caso, por supuesto, nada se perdería si mañana  quemara todo lo escrito y eliminara todos los textos subidos a Internet, salvo mi propia vanidad. Aún así me apetece mucho tener en mi biblioteca  mi propia obra, editada a mi manera, para mí particular refocile y solaz.  Desde hace un año he ido comprando en “los chinos” una especie de álbumes plastificados que son muy adecuados para presentaciones con texto y fotos o ilustraciones. Poco a poco, sin prisa pero sin pausa,  porque no es mi intención morirme antes de tiempo y espero que ese tiempo me permita vivir hasta los cien años, más o menos, me temo que más ya no sería vivir, solo vegetar.

 

Estos relatos, las historias sórdidas, tienen ya algunos años, bastantes, los escribí en una etapa muy concreta de mi vida, cuando la evolución personal y como escritor era la que era.  He reformado algunos, reescrito otros y los menos han quedado tal como estaban.

 

Incluso para un lector avispado, sería muy complicado dilucidar lo que hay en ellos de real, de vivencia personal, de autobiografía o de técnica narrativa transformadora de la realidad. Eso sí, todos están basados en hechos reales, ocurridos en mi entorno o leídos en la prensa o vistos en telediarios o en otros programas televisivos, incluso alguno lo escuché en la radio. De entre ellos, tal vez el cincuenta por ciento, están basados en vivencias personales o en vivencias de otras personas muy próximas dentro de mi entorno, en una etapa concreta de mi vida.

 

Hay personas reales que aparecen en estas historias, cuyos nombres y circunstancias personales han sido modificadas, y cualquier dato que sirviera para identificarlas ha sido completamente transformado, por lo que resultarían irreconocibles, incluso para mí, si el recuerdo no fuera tan vivo en mi memoria. En algunos casos, ni muchos ni pocos, las personas han fallecido, o ha transcurrido tanto tiempo que no podrían recordar lo sucedido o serían incapaces de reconocerse en los personajes que se mueven en ellas.

 

¿Por qué no había subido estas historias hasta este momento? No suelo hacerme estas preguntas. Dejo que el tiempo y las circunstancias hablen o que mi subconsciente se muestre imperioso, coercitivo, entonces sé que ha llegado el momento de hacer algo o de dejar de hacerlo. Tal vez la necesidad de subir a Internet esta serie de relatos se deba a un ejercicio que llevo haciendo desde hace algún tiempo. Se trata de ejercicios de “Recapitulación”. Así lo denomina don Juan, el protagonista de los libros de Castaneda, un brujo o chamán yaqui, que en Nuevo México y allá por los años 1960, introdujo a Carlos Castaneda en el camino del conocimiento, tal como nos lo cuenta él en toda su obra.

 

La recapitulación es una técnica chamánica que don Juan dice a Castaneda le resultará imprescindible para transformarse en un “guerrero impecable”. Consiste en recordar los acontecimientos más importantes en la vida de un aspirante a guerrero, los más importantes a nivel emocional. Don Juan tiene la teoría –que yo comparto desde que Milarepa me hablara de la “vinculación”- de que todas las personas vamos dejando atrás hilillos energéticos. Habitualmente van asociados a circunstancias dramáticas o intensamente emocionales y sentimentales.

 

Antes de morir, el guerrero impecable debe recapitular toda su vida, para que al morir el Águila se quede con la recapitulación y le deje sobrevivir a la muerte. Todos estos términos les resultarán muy extraños, pero no se preocupen, porque a partir de primeros de año comenzaré a subir un diccionario chamánico, sacado de los libros de Castanda, que les servirá para saber de qué estoy hablando. Esta técnica de “recapitulación” se contradice con otra, la de “borrar el pasado”, que también les explicaré en ese diccionario. Pero solo es una contradicción en apariencia, como sabrán a su debido tiempo.

 

El hecho de que en el thriller que he comenzado a subir se hable mucho de los libros de Castaneda, también me ha impulsado a confeccionar ese diccionario. Y nada más. Creo que ha llegado el momento de “recapitular” mi pasado. Me servirá como contrapunto al delirio que me ha acompañado y me acompañará en historias tan delirantes como Crazyworld o Un escritor frustrado, pongamos por caso. Necesito volver a pisar tierra con fuerza y que me fantasía se ancle durante un tiempo. Estas historias me ayudarán, sin duda.

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NOTA.- Esta serie de relatos surgió como una necesidad del autor de reencontrarse con la realidad perdida. Extraviado en la fantasía más delirante necesitaba tomar tierra de nuevo y nada mejor que la sordidez de unas historias, siempre con un sólido anclaje en la realidad, para poner a la imaginación en su lugar, un lugar muy alto, sin duda, pero con la perspectiva desenfocada.

 

Todos los relatos parten de un hecho real, bien sea una vivencia personal, una historia narrada por un conocido, un cotilleo oído al azar o una crónica perdida entre las páginas de un periódico y de una brutalidad que solo tienen las realidades más sórdidas. Todo me podía servir y me puse a ello como un ejercicio de humildad y de penitencia. Cuando te pierdes en el humor o en la fantasía necesitas enfrentarte otra vez a la desnuda naturaleza humana. Podría haber elegido respirar aire puro y narrar historias donde la parte más espiritual del ser humano elevara la consciencia del lector. Las dejo para otra serie, aún en fase de esbozo. La sordidez de nuestro lado oscuro no puede ser enterrada en el olvido, porque vivimos tiempos sórdidos y es preciso que nos enfrentemos a lo que todos, todos sin excepción, podríamos llegar a ser si nuestro ángel de la guarda no guiará nuestros pasos.

 

Este relato no se basa en un hecho real, sino en una “vivencia” real. El autor padeció en su juventud terribles depresiones que le hicieron pasar una temporadita en el infierno. Lo peor no fue la angustia y el sufrimiento inenarrables, sino el desprecio, la marginación y la conducta vil y rastrera de muchos de sus semejantes. Eran personas normales y sin embargo se comportaron como auténticas bestias, incapaces de la compasión, la empatía y el respeto que todo ser humano merece, aunque sea un enfermo mental, o precisamente por ello. Este relato narra los sentimientos más íntimos del autor ante estas vilezas. Pudo haber elegido otro soporte, un niño con síndrome de Dawn que es maltratado por adultos, una adolescente violada, un pedófilo que compra a unos padres con malas artes, el tonto del pueblo que soporta las bromas sangrientas de “los listos”. Cualquiera de estos soportes le hubiera permitido expresar su vivencia, pero eligió una historia con un componente sexual más soterrado que explícito porque le da un toque especialmente morboso y repugnante a una conducta que retrata lo peor de nuestra naturaleza humana.

 

En otras historias la realidad habrá sido vivida por otros o por el mismo autor que solo las manipulará lo imprescindible para que la narración no pierda interés o alcance el clímax emocional necesario para atrapar al lector. En ellas los veinticuatro pecados capitales (por poner un número, hay muchos más) y alguna que otra virtud nos intentará retratar los abismos de la psicología humana. Confieso que Dostoievski ha sido mi maestro en esta dura aventura y a él van dedicados estos relatos, donde quiera que esté.