Categoría: ALGUNAS HISTORIAS SÓRDIDAS

ALGUNAS HISTORIAS SÓRDIDAS III


ALGUNAS

El psiquiatra estaba pensando en darme el alta. Una mañana apareció por allí A.. Entró en mi habitación sonriente y me dijo que preparara mis cosas. Había hablado con el doctor y le había convencido de que si yo aceptaba vivir en su piso superaría mucho mejor las dificultades del regreso a la normalidad después de dos años encerrado. Le había convencido. Tenía el alta sobre la mesa del despacho. Me acompañó sonriente y dicharachero. Me despedí con cortesía de aquel psiquiatra al que había llegado a odiar. Al salir nos encontramos con P.. A. bromeó sabiendo muy bien, porque yo se lo había confesado, que aquella chica me gustaba mucho. Incluso le pidió que me dejara darle un beso, algo que yo no hubiera hecho por mi propia voluntad. Me puse muy colorado y la chica, sonriente y amable, me ofreció su mejilla. A. me jaleó, incitándome a besarla en la boca y burlándose de mi timidez. ¿A que no te importaría? Le preguntó, y ella sonrió de manera encantadora mientras se despedía rápidamente, lo sentía mucho, pero tenía prisa.

Tuve que despedirme también de la monjita, porque A. estaba exultante y no pensaba ahorrarme ningún mal trago. Con el tiempo sabría que aquel comportamiento era un claro síntoma de que había bebido. Lo disimulaba muy bien. Se trataba de un hombre alto, tal vez cercano al uno noventa, y muy fuerte, ancho de espaldas y de hombros. Su corpulencia era la de un oso. Un oso bonachón. Le gustaba dejarse perilla y conservaba todo su pelo, una larga melena. Podía resultar muy simpático a la gente, cuando no se ponía demasiado pesado.

ALGUNASH

Al fin salimos de allí. Solo me lo creí cuando atravesamos la puerta después de enseñarle el alta al vigilante. Estaba tan eufórico, tras dos años de encierro, que todo me parecía bien. Que el viejo utilitario de A., un Ford Fiesta, se quedara en la carretera y tuviera que empujarlo hasta conseguir que arrancara de nuevo o que A. me confesara, a preguntas cada vez más acuciantes, que había vendido mi libro de Shakespeare para comprarse una botella de ron Bacardí. Al principio intentó mentirme con total desvergüenza. Que si lo tenía en casa, que si ya lo vería, que no me preocupara, él era un hombre de palabra…Ante la expresión de incredulidad que yo no podía disimular a cada una de sus mentiras, al final confesó que se había quedado sin dinero, viéndose obligado a venderlo en una librería de lance.

Sentí un disgusto terrible y le pedí que me dejara en cualquier parte. No importaba que tuviera que recorrerme todo Madrid andando. Se enfadó mucho. Se puso agresivo, violento. Temí que fuera a pegarme. Poco a poco se fue calmando e intentó hacerme razonar. Me compraría el libro, si eso era lo que yo deseaba. No tenía que preocuparme. ¿Le perdonaba? Íbamos a vivir como reyes, los dos solos en el piso. No tendría que pagarle nada. Eso por supuesto. Se enfadaría mucho si intentaba darle dinero. Éramos amigos y los amigos están para eso. Además me pasaría alguna de sus amigas de vez en cuando. Yo era un chico muy tímido. Ya se había dado cuenta de mis dificultades con las mujeres. ¿Era virgen?

Me molestó mucho aquella incursión en mis secretos más íntimos. ¡Qué demonios le importaba si yo era virgen o no! ¡Payaso! No insistió. Se limitó a sonreír y a decirme que eso sería un aliciente para alguna de sus amigas. No le creí. ¿Qué amigas? El era un alcohólico. No se le levantaba, como me había confesado. Además yo sabía muy bien que muy poca gente podría soportar sus cambios de humor, sus desplantes, su agresividad. Me estaba mintiendo otra vez. Con el tiempo llegaría a saber muy bien que la mentira forma parte de la naturaleza más irreductible de un alcohólico.

Si alguna vez cumplía su palabra daría por bien perdido aquel libro en el que yo había puesto tanta ilusión y tanto dinero. A mi edad perder la virginidad con una chica que se prestara a ello, sin tener que sufrir el tormento de una aproximación y un cortejo para el que no estaba preparado, sería un favor inolvidable. ¡A la mierda Shakespeare!

ALGUNAS1

Así iniciamos una amistad que duraría tres años. Me felicité de la suerte que suponía no tener que buscarme un piso de alquiler, dado el miserable sueldo que cobrábamos entonces los funcionarios, y no tener que compartirlo con desconocidos. Lo que yo ignoraba entonces era que en realidad él estaba haciendo un gran negocio. Comprarle todos los días una botella de ron Bacardí y una coca-cola de litro iba a suponer un desembolso mayor que si me hubiera pedido un alquiler.

Nunca fui un hombre mezquino para estas cosas. El dinero no deja de ser un papel para intercambiar favores y pesar en la balanza los favores que unos y otros se hacen, es propio de jugadores de bolsa, de seres sin corazón y sin entrañas. Nada me hubiera costado llevar las cuentas. Este mes tantas botellas de ron Bacardí, tantas de cocacola de dos litros, a tanto cada una, hacen un total de… Descontando lo que me costaría un alquiler por la misma zona y en un piso de características semejantes… este mes salgo perdiendo… o salgo ganando…

Acepté su oferta de ir a vivir a su piso con todas las consecuencias. Sabía cómo era A., intuía el tipo de convivencia que tendría con él y lo que me deparara el futuro no me pillaría de sorpresa. Cierto que en aquella etapa de mi vida muy pocas cosas me importaban lo suficiente como para analizarlas y tomarme la molestia de calibrar si una decisión sería o no mejor que otra. Intentaba sobrevivir como fuera, vivir otro día más a cualquier precio. Recuerdo muy bien un pensamiento que se formaba una y otra vez en mi cabeza: “ si consiguiera vivir hasta los cincuenta años sería un auténtico milagro, lo celebraría con el mismo entusiasmo que si llegara a vivir quinientos años, cinco siglos, en plenitud de facultades”.

Ideas de este tipo pasaban por mi mente con mucha frecuencia durante aquellos años de juventud desesperada. No es de extrañar que aceptara con aquella “pachorra” vivir con A. en su piso, gastarme lo que fuera para que adicción al alcohol no le pusiera violento y todo lo demás que viniera en el paquete, en el “pack” vital que el destino me entregara al iniciar el camino.

El piso no era gran cosa. Un bajo en un barrio de las afueras de Madrid. Creo que estaba por la zona de Peñagrande, al noroeste de Madrid, por la carretera de La Coruña  y cercano al Pardo. Al menos esa es la idea que se quedó en mi cabeza, al cabo de los años. No sabría decir la distancia desde el piso hasta el palacio del Pardo, donde aquel Generalísimo de los ejércitos, tan canijo y tan ninguneado por mí (nunca me tomé excesivas molestias en pensar en su persona) residía habitualmente. Lo que sí puedo decir fue lo que comí en los bares de aquel pueblo -¿era El Pardo un pueblo?- a los que me invitó A. para celebrar que ahora vivíamos los dos en su piso, como dos buenos colegas. Recuerdo que me llevó en su Ford Fiesta ( que resultó ser un coche mucho más sólido de lo que yo pensé al quedarnos tirados en la carretera la primera vez que monté en él, al salir del psiquiátrico) a visitar el Pardo. Pude ver la entrada al palacio y la zona donde el dictador, que había poblado mi infancia de alguna que otra pesadilla, residiera hasta no hacía muchos años. Si mi memoria no me flaquea mi entrada al piso de A. debió de ocurrir allá por el año 1978 o 1979, en plena transición tras la muerte del dictador.

 

Anuncios

ALGUNAS HISTORIAS SÓRDIDAS II


EL COMPROMISO

el-compromiso

Puede que llevara ya un par de años viviendo en el piso de mi amigo A. cuando una tarde éste entró acompañado de una mujer en aquella covacha infecta de solterones. Era una mujer joven, de unos veinticinco años, tal vez alguno más o alguno menos, yo entonces era un mal fisonomista porque no sentía el menor interés por las personas con las que me relacionaba. Me llamó la atención su baja estatura, era muy bajita y muy delgada, al menos para mi gusto. En cambio su rostro era agradable, de rasgos suaves en una cabeza pequeña y bien formada.

Me la presentó como Dulce, una amiga portuguesa. Hablaba español, aunque no muy bien y con fuerte acento portugués, lo que no me importó porque sonaba muy dulce, como su nombre. Me gustó a primera vista, al menos físicamente. La acababa de conocer por lo que no podía juzgar de su carácter y personalidad, aún así enseguida advertí algo extraño en ella. Se comportaba como si la casa fuera suya y A. su novio. Parecía tener un carácter fuerte y un tanto agresivo. Eso es algo que no me gusta en las personas, no soporto que me traten como si ellos estuvieran muy por encima de mí. Todos somos iguales, sino hermanos, al menos pertenecemos a la misma especie, la humana. ¿A qué viene entonces dárselas de dioses que visitan esta miseria de planeta?

A. le enseñó la casa y mientras les seguía, como un perrito faldero, observé las expresiones de su rostro al ver los dormitorios, sucios y con las camas sin hacer; el fregadero de la cocina, con la cacharrería sucia de varios días amontonada de cualquier manera, y la mesa del salón repleta de botellas vacías de ron Bacardí y Cocacola. Sin que mi presencia le incomodara lo más mínimo se puso a dictarle condiciones a mi amigo. Nada de esto, nada de lo otro, no soporto vivir en una pocilga… Y así todo el rato. Comenzó a resultarme antipática y nunca conseguiría cambiar esa primera impresión.

¿Quién era Dulce? ¿Cómo se atrevía a dar órdenes en casa ajena? Debo remontarme un par de años atrás para que la historia tenga sentido. A. y yo nos conocimos en el lugar menos propicio para las amistades. Ambos estábamos internos en un psiquiátrico. Yo llevaba allí varios meses, debido a una fuerte depresión que me había llevado a un intento de suicidio. Al cabo de unos días me enteraría de que él, A., era un alcohólico que estaba siguiendo una terapia de choque, porque todas las anteriores no habían dado el menor resultado.

El hecho de que no me lo dijera desde el principio me predispuso un poco en su contra. No soportaba a los mentirosos. La sinceridad abría mi corazón y rechazaba la hipocresía. Me refugiaba en mi concha y una vez allí era complicado conseguir que volviera a sacar la cabeza.

A. era un hombre joven, treinta años, me confesó en una conversación que mantuvimos paseando por un pasillo en forma de cuadrilátero, que rodeaba las habitaciones. Le habían injertado una pastilla en la ingle para evitar que bebiera. Yo desconocía aquel tratamiento y por un momento pensé que me tomaba el pelo. Pero era cierto. Al parecer se trataba de una terapia de choque que solo se les aplicaba a los alcohólicos que no respondían a nada. La ingestión de alcohol con aquella pastilla dentro de su cuerpo les producía unos efectos terribles, como presenciaría unos días más tarde.

eL COMPROMISO2.jpg

 

Por suerte el psiquiatra un hombre de unos cuarenta años, con modales burgueses y muy suaves que ocultaban una fría determinación que me obligó a pasar casi dos años en aquel infierno, ahora parecía bastante convencido de que mi “psicosis maniaco depresiva” como él había calificado mi pertinacia en los intentos de suicidio, había remitido casi por completo. De hecho hasta me dejaba salir a pasear por los jardines y estaba dispuesto a concederme algún permiso de fin de semana que nunca utilicé hasta entonces.

A. solo llevaba allí unos días y se le veía bastante desesperado e inquieto. No soportaba estar encerrado, me dijo. Se aburría y pasar las horas muertas recorriendo pasillos y tonteando con la monja encargada de la enfermería y con P., una psicóloga de buen ver, le empezaba a resultar insufrible. Estaba dispuesto a pedir el alta voluntaria. Tenían que dársela, aunque el psiquiatra, el mismo que me trataba a mí, le había convencido de que esperara al menos una semana, hasta ver cómo respondía al tratamiento.

Convenció al doctor para que nos dejara pasear por los jardines cuando quisiéramos e incluso salir hasta una cafetería próxima. El psiquiátrico estaba a las afueras de Madrid, en un lugar deshabitado, cerca de un campamento militar. A. gustaba de ir a tomar un café o un refresco en aquel bar de carretera. Allí hablábamos de temas intrascendentes. Yo procuraba mantenerme despierto y responder a sus preguntas, aunque la medicación a que estaba sometido era tan fuerte que tenía que hacer terribles esfuerzos para no dormirme de pie.

Una tarde, A. pidió una copa de coñac. Intenté disuadirle, pero se puso tan agresivo, incluso violento, que decidí dejar que se rompiera la crisma contra la pared. Eso fue lo que sucedió, porque al segundo trago comenzó a ponerse pálido, a marearse, y acabó por los suelos. El dueño quiso intervenir. Logré que me dejara sacarle de allí. Sirviendo de muleta comenzamos a caminar por la orilla de la carretera, de regreso al psiquiátrico. Hubo momentos en que creí que se moría en mis manos.

EL COMPROMISO3.jpg

Aquella experiencia le hizo recapacitar. Durante dos días permaneció encerrado, sin atreverse a salir, ni siquiera al jardín. Me visitaba en mi habitación y charlábamos, yo sentado en la cama y él en la única silla del cuarto. A pesar de que la medicación me obligaba a pasar todo el día luchando contra el sueño, intentaba leer los libros que había llevado. Recuerdo muy bien que por entonces estaba leyendo las obras completas de Shakespeare, de editorial Aguilar. Un capricho que me había costado muy caro para el sueldo miserable que percibía como funcionario.

A. era profesor de matemáticas en un instituto. Según me dijo se pasaba la mayor parte del curso de baja. No le gustaba mucho leer y consideraba la literatura como una distracción para mentes poco lógicas. Aún así me pidió el libro. Se lo dejé, aunque estaba leyendo Hamlet. Yo me quedé con la segunda parte de las obras completas y comencé a leer los sonetos.

Al cabo de los dos días A. me dijo que se marchaba. Había pedido el alta voluntaria y a pesar de los consejos de la monjita, con la que al parecer hacía buenas migas, y de los serios consejos de P., a la que piropeaba más por pasatiempo que por verdadero deseo de seducirla (me había confesado que ya no se le “levantaba”), ya no aguantaba más y se iba.

Me limité a encogerme de hombros. Ya tenía muy claro que era mejor dejarle a su aire. Aceptaba muy mal los consejos y salvo que estuviera muy bien, solía responder de forma muy agresiva. Traía el libro consigo. Alargué la mano, respirando aliviado de recuperar una obra tan valiosa para mí. Pero él no me la dio. Me preguntó si me importaría que se la llevara. Estaba a mitad de una obra, no me dijo cuál.

A pesar de mi juventud –tendría entonces unos veintidós o veintitrés años- era muy consciente de que allí había gato encerrado. Ya sabía que no le gustaba leer y además, una vez en su casa, podría leer lo que le apeteciera. ¿Por qué Shakespeare precisamente? Insistió tanto que cedí. Me había hecho a la idea de no volver a verle más. Eso sería para mí un alivio. Ahora me vería obligado a visitarle al salir de allí para recuperar aquel tesoro. Era un contratiempo muy molesto, pero no estaba en condiciones de enfrentarme a él ni a nadie.

Pasó el tiempo. No volví a saber de él. Con harto dolor de mi corazón y dominado por una angustia compulsiva, tuve que aceptar la pérdida de lo que tanto me había costado conseguir. Había estado ahorrando durante meses para comprar los dos tomos de las obras completas. Maldije mi estupidez y aquella timidez patológica que tanto daño me causara a lo largo de mi corta vida.

 

ALGUNAS HISTORIAS SÓRDIDAS I


ALGUNAS HISTORIAS SÓRDIDAS

algunas-historias-sordidas

ALGUNAS HISTORIAS SÓRDIDAS

NOTA A LA NOTA

 

Desde hace algún tiempo estoy empeñado en la edición personal de mi obra completa. Es un capricho que no me sale muy caro y que me permito, tal vez guiado por sentimientos no muy claros, aunque para mí más que aceptables.

 

Soy consciente de que solo un milagro conseguiría la publicación de algunas de mis obras antes de mi muerte o incluso después de ella, de forma póstuma, como fue el caso de Kafka. No es algo que me preocupe ni mucho ni poco, porque como dicen por mi tierra “a burro muerto la cebada al rabo”.  Lo que suceda con mi obra literaria (expresión retórica y grandilocuente donde las haya) tras mi muerte es algo que me preocupa tanto como que me pongan comida para alimentarme en el más allá.

 

Si tuviera la más mínima duda de que lo que llevo escribiendo durante todos estos años es algo más que pura y egocéntrica diversión, tal vez me sintiera un poco obligado  a que no se hundiera en el olvido para siempre. Si Max Brod, el amigo de Kafka, no hubiera decidido saltarse a la torera la recomendación de “K” de que quemara todos sus manuscritos, la historia de la literatura habría perdido mucho, muchísimo en mi opinión subjetiva, y creo que no solo yo, algunos más, hubiéramos quedado un poco huérfanos.

 

Pero este no es mi caso, por supuesto, nada se perdería si mañana  quemara todo lo escrito y eliminara todos los textos subidos a Internet, salvo mi propia vanidad. Aún así me apetece mucho tener en mi biblioteca  mi propia obra, editada a mi manera, para mí particular refocile y solaz.  Desde hace un año he ido comprando en “los chinos” una especie de álbumes plastificados que son muy adecuados para presentaciones con texto y fotos o ilustraciones. Poco a poco, sin prisa pero sin pausa,  porque no es mi intención morirme antes de tiempo y espero que ese tiempo me permita vivir hasta los cien años, más o menos, me temo que más ya no sería vivir, solo vegetar.

 

Estos relatos, las historias sórdidas, tienen ya algunos años, bastantes, los escribí en una etapa muy concreta de mi vida, cuando la evolución personal y como escritor era la que era.  He reformado algunos, reescrito otros y los menos han quedado tal como estaban.

 

Incluso para un lector avispado, sería muy complicado dilucidar lo que hay en ellos de real, de vivencia personal, de autobiografía o de técnica narrativa transformadora de la realidad. Eso sí, todos están basados en hechos reales, ocurridos en mi entorno o leídos en la prensa o vistos en telediarios o en otros programas televisivos, incluso alguno lo escuché en la radio. De entre ellos, tal vez el cincuenta por ciento, están basados en vivencias personales o en vivencias de otras personas muy próximas dentro de mi entorno, en una etapa concreta de mi vida.

 

Hay personas reales que aparecen en estas historias, cuyos nombres y circunstancias personales han sido modificadas, y cualquier dato que sirviera para identificarlas ha sido completamente transformado, por lo que resultarían irreconocibles, incluso para mí, si el recuerdo no fuera tan vivo en mi memoria. En algunos casos, ni muchos ni pocos, las personas han fallecido, o ha transcurrido tanto tiempo que no podrían recordar lo sucedido o serían incapaces de reconocerse en los personajes que se mueven en ellas.

 

¿Por qué no había subido estas historias hasta este momento? No suelo hacerme estas preguntas. Dejo que el tiempo y las circunstancias hablen o que mi subconsciente se muestre imperioso, coercitivo, entonces sé que ha llegado el momento de hacer algo o de dejar de hacerlo. Tal vez la necesidad de subir a Internet esta serie de relatos se deba a un ejercicio que llevo haciendo desde hace algún tiempo. Se trata de ejercicios de “Recapitulación”. Así lo denomina don Juan, el protagonista de los libros de Castaneda, un brujo o chamán yaqui, que en Nuevo México y allá por los años 1960, introdujo a Carlos Castaneda en el camino del conocimiento, tal como nos lo cuenta él en toda su obra.

 

La recapitulación es una técnica chamánica que don Juan dice a Castaneda le resultará imprescindible para transformarse en un “guerrero impecable”. Consiste en recordar los acontecimientos más importantes en la vida de un aspirante a guerrero, los más importantes a nivel emocional. Don Juan tiene la teoría –que yo comparto desde que Milarepa me hablara de la “vinculación”- de que todas las personas vamos dejando atrás hilillos energéticos. Habitualmente van asociados a circunstancias dramáticas o intensamente emocionales y sentimentales.

 

Antes de morir, el guerrero impecable debe recapitular toda su vida, para que al morir el Águila se quede con la recapitulación y le deje sobrevivir a la muerte. Todos estos términos les resultarán muy extraños, pero no se preocupen, porque a partir de primeros de año comenzaré a subir un diccionario chamánico, sacado de los libros de Castanda, que les servirá para saber de qué estoy hablando. Esta técnica de “recapitulación” se contradice con otra, la de “borrar el pasado”, que también les explicaré en ese diccionario. Pero solo es una contradicción en apariencia, como sabrán a su debido tiempo.

 

El hecho de que en el thriller que he comenzado a subir se hable mucho de los libros de Castaneda, también me ha impulsado a confeccionar ese diccionario. Y nada más. Creo que ha llegado el momento de “recapitular” mi pasado. Me servirá como contrapunto al delirio que me ha acompañado y me acompañará en historias tan delirantes como Crazyworld o Un escritor frustrado, pongamos por caso. Necesito volver a pisar tierra con fuerza y que me fantasía se ancle durante un tiempo. Estas historias me ayudarán, sin duda.

algunas-historias-sordidas-ii

NOTA.- Esta serie de relatos surgió como una necesidad del autor de reencontrarse con la realidad perdida. Extraviado en la fantasía más delirante necesitaba tomar tierra de nuevo y nada mejor que la sordidez de unas historias, siempre con un sólido anclaje en la realidad, para poner a la imaginación en su lugar, un lugar muy alto, sin duda, pero con la perspectiva desenfocada.

 

Todos los relatos parten de un hecho real, bien sea una vivencia personal, una historia narrada por un conocido, un cotilleo oído al azar o una crónica perdida entre las páginas de un periódico y de una brutalidad que solo tienen las realidades más sórdidas. Todo me podía servir y me puse a ello como un ejercicio de humildad y de penitencia. Cuando te pierdes en el humor o en la fantasía necesitas enfrentarte otra vez a la desnuda naturaleza humana. Podría haber elegido respirar aire puro y narrar historias donde la parte más espiritual del ser humano elevara la consciencia del lector. Las dejo para otra serie, aún en fase de esbozo. La sordidez de nuestro lado oscuro no puede ser enterrada en el olvido, porque vivimos tiempos sórdidos y es preciso que nos enfrentemos a lo que todos, todos sin excepción, podríamos llegar a ser si nuestro ángel de la guarda no guiará nuestros pasos.

 

Este relato no se basa en un hecho real, sino en una “vivencia” real. El autor padeció en su juventud terribles depresiones que le hicieron pasar una temporadita en el infierno. Lo peor no fue la angustia y el sufrimiento inenarrables, sino el desprecio, la marginación y la conducta vil y rastrera de muchos de sus semejantes. Eran personas normales y sin embargo se comportaron como auténticas bestias, incapaces de la compasión, la empatía y el respeto que todo ser humano merece, aunque sea un enfermo mental, o precisamente por ello. Este relato narra los sentimientos más íntimos del autor ante estas vilezas. Pudo haber elegido otro soporte, un niño con síndrome de Dawn que es maltratado por adultos, una adolescente violada, un pedófilo que compra a unos padres con malas artes, el tonto del pueblo que soporta las bromas sangrientas de “los listos”. Cualquiera de estos soportes le hubiera permitido expresar su vivencia, pero eligió una historia con un componente sexual más soterrado que explícito porque le da un toque especialmente morboso y repugnante a una conducta que retrata lo peor de nuestra naturaleza humana.

 

En otras historias la realidad habrá sido vivida por otros o por el mismo autor que solo las manipulará lo imprescindible para que la narración no pierda interés o alcance el clímax emocional necesario para atrapar al lector. En ellas los veinticuatro pecados capitales (por poner un número, hay muchos más) y alguna que otra virtud nos intentará retratar los abismos de la psicología humana. Confieso que Dostoievski ha sido mi maestro en esta dura aventura y a él van dedicados estos relatos, donde quiera que esté.