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EL BUNKER III


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LA PARÁBOLA DEL VIDENTE Y DEL INVIDENTE

Antes de proseguir con la historia del búnker, detengámonos un instante para contar otra breve parábola. Ésta nos dará las claves para entender muchos episodios que ocurren en la otra historia.

En cierta ocasión un vidente salió de su casa con la intención de llevar a cabo ciertas tareas rutinarias. Encontrándose en la acera, a la espera de que el semáforo se pusiera verde para pasar al otro lado, sufrió un fuerte empellón por detrás. Al volverse se encontró con un invidente, quien le pidió prolijas disculpas. Al parecer alguien le había robado el bastón con el que tanteaba al andar. Nuestro personaje aceptó las disculpas cortésmente y se ofreció para ayudarle a pasar al otro lado, en cuanto el semáforo lo permitiera.

Mientras esperaban el invidente entabló una conversación que a nuestro hombre le pareció totalmente surrealista. El invidente estaba convencido, vamos que creía a pies juntillas, que todos los habitantes del planeta eran ciegos como él. No esperó su respuesta para expresar con todo detenimiento su filosofía de la vida, su “visión” de la existencia.

El vidente escuchó con paciencia hasta que su interlocutor trató de idiotas a quienes sostenían que la visión  no formaba parte de la naturaleza humana. En realidad el universo era una negra noche, solo se podían percibir sus formas palpando o hacerse una vaga idea de cómo era a través de los sonidos que emitían todos los objetos. Es cierto que algunos tenían sabor y hasta podían comerse, pero la mayoría eran duros o demasiado frágiles y se rompían entre los dedos. El mundo era una plataforma muy dura por abajo, arriba estaba el vacío, el aire y algún que otro objeto que sobresalía del suelo.

El vidente perdió un poco los nervios y le respondió con cierta acritud. ¿Acaso pretendía darle lecciones de cómo era la “realidad” a él, que podía verla todos los días, mientras el invidente estaba obligado a deducirlo todo de los escasos datos que le proporcionaban otros sentidos más limitados?

El dogmático invidente montó en cólera, le llamó “pazguato”, utópico, idealista de mierda y otras lindezas. No contento con los insultos utilizó todo su repertorio de gestos groseros, convencido como estaba de que el otro, de que los otros, de que todo el mundo, era ciego y por lo tanto nadie estaba viendo sus gestos. Para él un gesto obsceno era como un pensamiento íntimo, nadie puede saber lo que uno está pensando a no ser que se exprese en palabras y aún así, el oyente solo se hará una vaga idea de sus pensamientos y emociones.

Aún se atrevió a llegar más lejos. Como el vidente no dijera palabra, pasmado como estaba de semejante atrevimiento, intentó patearle el trasero y darle de puñetazos con muy malas intenciones. A nuestro vidente le bastó con separarse un poco del otro para no ser alcanzado.

La escena era ya tan ridícula que nuestro personaje no sabía si echarse a reír o a llorar. El invidente, entonces, encolerizado hasta el paroxismo por no poder alcanzarle, le mentó a la madre, que era una prostituta de mucho cuidado.

El vidente perdió la paciencia. El poder de su videncia le hubiera permitido darle una tremenda paliza a aquel estúpido dogmático, que había creado un universo adecuado a su limitada consciencia y no admitía que nadie le apeara de su burro.

El vidente intentó calmarse y se dijo que semejante conducta por su parte sería de todo punto mezquina e imperdonable. Sin embargo el otro continuó echando sapos y culebras por su negra boca, maldijo a los hijos del vidente y le pidió a gritos que le presentara a su esposa, él daría buena cuenta de su cuerpo y no como él, que era un eunuco de mierda.

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Nuestro hombre ya no pudo soportarlo más y se planteó muy seriamente acabar con la vida del invidente, de una forma tan limpia como contundente. ¿Y si le invitaba a pasar, ahora que estaba verde el semáforo? En realidad el semáforo se había estropeado y los vehículos pasaban a toda velocidad, como si se burlaran de los pobres peatones. El vidente se imaginó susurrándole a la oreja de aquella acémila con patas, para que nadie le oyera, que ahora sí, ahora podía pasar tranquilamente.

Así son los dogmáticos recalcitrantes y estúpidos, se atreven a insultar la inteligencia de todo el mundo y luego se fían de quien menos deberían hacerlo, de aquel a quien han insultado gravemente de aquel a quien han intentado golpear con furia unos segundos antes.

El vidente sonrió a su pesar, imaginando la escena. Al invidente bajando al asfalto y caminando en mitad del furioso tráfico. Si lograba sobrevivir sería un milagro. Lo que era totalmente seguro es que aquel estúpido recibiría una lección que nunca olvidaría.

¿De qué me serviría eso a mí?, pensó nuestro hombre. El poder de mi videncia me capacita para acabar con cualquier invidente, de forma limpia, irreprochable e inimputable. Nadie podría detenerme y juzgarme. ¿Qué delito he cometido? Puede que moralmente mi conducta sea reprochable, pero nadie lo sabe y aunque lo supieran, nada podrían hacer contra mí sin el amparo de la ley. No hay pruebas y sin pruebas cualquier juicio está perdido. El invidente no podrá hablar, estará muerto, y los demás se callarán como muertos, porque la sospecha no es una prueba. El pensamiento no delinque. ¿Qué he hecho yo hasta ahora sino pensar? ¿Quién me podría acusar de ser el instigador, el autor mental del crimen?

Semejantes disquisiciones acabaron por enfriar su cólera. Lo ridículo de la situación hizo aflorar una sonrisa a sus labios. ¿Hay algo más estúpido que escupir al cielo? ¿De qué le serviría asesinar “limpiamente”, sin verse obligado a pagar el precio establecido? ¿Se sentiría mejor? ¿Acaso el poder no está también sometido a poderes más altos?

Nuestro vidente se mordió los labios hasta hacerse sangre. Era muy cierto que los insultos habían sido de extrema gravedad y que si el otro hubiera podido pillarle le habría dado una paliza de muerte. Pero la situación no sería más ridícula si en lugar del invidente se hubiera enfrentado a una hormiguita parlanchina.  Es preciso tomarse la vida con humor, de otra forma todo el mundo estaría matando a todo el mundo.

Nuestro hombre tomó del brazo al invidente y gentilmente dio la vuelta a la esquina hasta encontrar un semáforo que no estaba averiado. Esperó a que se pusiera verde y lo dejó al otro lado, despidiéndose con palabras amables. Regresó por donde había venido y siguió su camino, cruzando de acera cuando el tráfico se lo permitió.

Se permitió un último pensamiento para el invidente. Aquel pobre hombre terminaría muy mal. Algún día sería atropellado al hacer caso de los consejos de la persona a la que acabara de insultar, o sería apaleado brutalmente por otro vidente con menos paciencia que la suya. ¿Pero qué podía hacer él? No hay peor ciego que el que no quiere ver. Ahora el invidente estaría ligeramente despistado y tendría que pedir la ayuda de alguien para caminar hacia su meta. Pero bien podría darse con un canto en los dientes, porque al menos estaba vivo.

Nuestro hombre siguió reflexionando. Sí, tal vez exista otra peor forma de ceguera, la de forzar a otros ciegos a que te sigan, dándoles de palos o atemorizándoles con el infierno eterno. Si un ciego guía a otro ciego, ambos acabarán en el abismo, y si un ciego guía a mil ciegos todos terminarán rompiéndose la crisma, el número solo es eso, un número y la matemática no genera personas.

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La moraleja de esta parábola es bastante simple. La sabiduría oriental habla de los ciegos y el elefante. Cada uno toca una parte y cree que el todo es como esa parte. El maestro habló en el evangelio de un ciego que guía a otro ciego. Me he permitido copiar estas parábolas y modificarlas a mi gusto. En realidad la lección es siempre la misma.

Mi consejo para todos ustedes, para todos nosotros, es que si son ciegos sean humildes y si no lo son sean humildes también, porque podrían ser ciegos sin saberlo. Todos deberíamos admitir la posibilidad de que existan más cosas en el cielo y en la tierra de las que ven nuestros sentidos. Todos deberíamos aceptar la posible existencia de seres más poderosos que nosotros, de consciencias más expandidas que las nuestras, de mundos invisibles, de la divinidad como una luz que solo pueden ver los videntes.

Una actitud abierta y humilde ante la realidad, infinita y misteriosa, bien podría librarnos de muchos problemas, incluso de una muerte inesperada y violenta.

Somos muy poquita cosa, somos mortales, somos limitados, puede que el destino no exista, que sean los “dioses”, videntes y poderosos los que manejan nuestros destinos. Enfadarles es una actitud estúpida e irreverente. Puede que solo se rían de nosotros, pobres ciegos, pobres hormiguitas, y nunca oigamos sus risas porque son inaudibles para nuestros oídos; pero puede que algún día un dios se deje llevar por la cólera y acabemos atropellados en cualquier semáforo de la vida.

Y si no existieran dioses violentos piensen que tal vez fueran tan benevolentes que no soportaran el sufrimiento que nos ocasiona nuestra estúpida ceguera e intentaran remediarlo abriéndonos los ojos, sacándonos del estupor de nuestra ceguera. Ellos saben que es ley de vida caminar hacia adelante, acabar viendo, expandir la consciencia. Cuanto antes los hagamos menos sufriremos. ¿Seremos tan tontos de agradecerles sus desvelos escupiendo al cielo?

La actitud respetuosa ante el misterio de la vida y otras formas de existencia posibles es algo que cualquier iniciado, que ha comenzado a ver un poco,  acaba adoptando de inmediato. La expansión de la consciencia nos hace más poderosos, pero es un poder limitado y ridículo. Utilizarlo en beneficio propio y perjudicando al prójimo es una actitud tan esperpéntica como la del invidente intentando golpear al vidente, como la del vidente intentando golpear a los dioses invisibles, como la de los dioses invisibles rebelándose contra Dios.

El karma caerá sobre nuestras espaldas y los dioses, nos reservarán un destino aciago. Se troncharán de risa mientras ven cómo somos atropellados en cualquier semáforo de la vida. Incluso los más benevolentes admitirán que necesitamos una lección, no podemos seguir siendo ciegos por toda la eternidad. Cuanto antes aprendamos la lección antes comenzaremos a evolucionar. Ni el dios colérico, ni el dios benevolente, podrán librarnos de un paso irremediable.

EL BUNKER I


MIS SERIES DE RELATOS

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RELATOS ESOTÉRICOS

 

EL BUNKER

UNA PARÁBOLA SOBRE LA EXPANSIÓN DE LA CONSCIENCIA

 

En mi adolescencia la Biblia fue mi libro de cabecera. Ni un solo día sin al menos un párrafo bíblico. Llegué a conocerla muy bien. Hasta era capaz de citar capítulos y versículos, algo que hoy en día me parece completamente ridículo.

¿Pueden creerme si les digo que a estas alturas de mi vida lo he olvidado casi todo… menos algunas frases que se me quedaron clavadas en el alma y que considero que reflejan verdades eternas (la verdad os hará libres) y las parábolas. ¿Quién no recuerda la parábola del hijo pródigo, por ejemplo?

La parábola es una de las formas más perfectas que conozco de comunicar grandes verdades a través de los sentidos, directas al centro del alma. Las demostraciones matemáticas seguro que son perfectas y de una belleza deslumbrante, pero a mí no me dicen nada, odio las matemáticas y cualquier sistema de ecuaciones que me demostrara la estructura del universo me parecería una tomadura de pelo. Prefiero una buena historia, que me entre por los ojos, que pueda palpar, oler, degustar con la lengua, escuchar cada sonido de su entorno, prefiero una buena parábola a cualquier razonamiento, concreto o abstracto.

Es por eso que me he propuesto explicarles qué es la expansión de la consciencia y sus consecuencias y cómo el yoga tántrico o cualquier otra forma de yoga o el conocimiento esotérico o el chamanismo logran expandir nuestra consciencia y modificar nuestras vidas hasta extremos que dan vértigo.

Podría haber elegido otra metáfora, la del coche y el conductor, por ejemplo, que recorren miles de kilómetros (la vida) para llegar siempre a la misma meta: el coche al desguace y el conductor buscando otro coche, aquí, allá o acullá.  Si he elegido la metáfora o parábola del búnker es porque refleja mucho mejor que la del coche lo que yo sentí y experimenté cuando se abrieron ante mí las puertas de la percepción y supe lo que de alguna manera había sabido siempre pero que nunca me atreví a admitir.

¿Qué es la consciencia? Muchos la confunden con el conocimiento. Es cierto que la consciencia es conocimiento, pero con muchas, muchas matizaciones. El conocimiento puede ser meramente teórico. Datos, datos, datos, decía un simpático robotín que ojeaba un libro a velocidad supersónica en una película. Los datos son conocimiento, es cierto, pero no son consciencia. Ésta es fundamentalmente experiencia. Ustedes pueden ver una foto del Tibet, pongamos por caso, o un vídeo, o pueden leer datos en un libro o en Google. Esto es conocimiento, pero consciencia es mucho más, es haber estado allí, haber visto en persona la cordillera de los Himalayas, palpado sus piedras, pisado su suelo, olido todos y cada uno de sus olores y abrazado a un lama. Esto sí es consciencia. La consciencia es la experimentación directa de algo, la unión, la fusión con el objeto a conocer. La intuición es una forma de conocimiento, de consciencia, muy superior a la lógica o al razonamiento o incluso a la experimentación a través de los sentidos.

Tengan esto muy en cuenta a la hora de traducir esta parábola a claves más asequibles para ustedes. También les iré dando alguna que otra clave de forma directa y simple.

De momento solo me interesan que anoten estas claves:

-Búnker=nuestro cuerpo físico.

-Habitante del búnker= la consciencia que habita nuestro cuerpo y que no es lo mismo que él. Esto es esencial. No intentaré convencerles con razonamientos, sino con la experimentación, con la parábola.

El bunker II


LA PARÁBOLA DEL BUNKER I

Esta es la historia de cómo un habitante de su bunker se despertó una noche y descubrió que un intruso se había colado en su interior, saltándose a la torera todas las medidas de seguridad. Algo que era imposible había ocurrido y un evento tan imprevisible cambió para siempre su vida.

Recordemos:
Bunker: cuerpo físico.

Habitante del bunker: la consciencia.

Iniciado: Habitante del bunker que se despierta una noche y descubre que hay intrusos.

Esta es la historia de cómo el habitante del búnker llegó a descubrir que ese lugar, donde habitaba de forma permanente, no era inexpugnable como le prometieron, y que el sistema de seguridad, lo mejor del mercado, era en realidad una auténtica birria, y cómo estos acontecimientos fueron cambiando su forma de pensar hasta lograr ver la luz y descubrir que lo increíble era cierto y lo imposible real. Esta es la historia de un ser humano que creía ser vidente y era ciego, que creía ser inmortal y era mortal, que pensaba estar pisando la realidad todos los días cuando en realidad vivía en la ficción y estaba siendo pisoteado por la auténtica realidad, el universo invisible.

Había una vez… un hombre (cámbienlo a su gusto, una mujer, un niño, un adulto, un… lo que sea) que habitaba en un búnker…
Este hombre ingenuo y crédulo pensaba, más bien estaba convencido, de que su búnker era inexpugnable. Así se lo juraron y perjuraron en la tienda donde lo compró. No es eterno, se deteriora con el tiempo, pero eso sí, nada ni nadie podrá entrar en él jamás, a no ser con su permiso y en la forma que usted acuerde con el intruso.

También le dijeron que su búnker, que todos los búnkers estándar llevaban incorporado un sistema de alarma, de altísima seguridad, que permitía al residente saber cuándo alguien intentaba penetrar en su casa y poner remedio a esta intrusión.

Nuestro personaje dio las gracias y se instaló tranquilamente en el búnker. Voy a ser todo lo feliz que pueda, se prometió, y como nadie puede entrar aquí estaré a salvo de coacciones. Me relacionaré con los demás habitantes de este simpático planeta llamado Tierra de igual a igual, pactaremos una forma de convivencia y nos amaremos para siempre. Si no es posible, si el odio comienza a enraizar en nuestros corazones, entonces… entonces, me recluiré en mi búnker y nadie podrá hacerme daño. Aquí podré pensar y sentir a gusto, aquí llevaré una vida íntima que nadie conocerá ni nadie podrá interrumpir o cambiar con amenazas, pistolas o misiles.

No es extraño que nuestro amigo pensara así, nosotros también lo hacemos. Es cierto que nuestro cuerpo se deteriora y no está garantizado a prueba de bombas. El tiempo lo erosiona y una bala, un cuchillo, una bomba pueden acabar con él. Pero al menos nos garantizaron un búnker a prueba de intrusos. Nadie entrará en nuestro hogar si nosotros no le abrimos la puerta, nadie nos espiará si nosotros no se lo permitimos. A lo más que llegamos es a vernos a través de la estrecha rendija que llamamos ojos y que el vendedor del búnker nos dijo que eran en realidad unas ventanas maravillosas con un software especial que casi nos permitiría sugestionarnos con que estábamos en el interior de los búnker ajenos. Podemos notar la textura de las paredes del otro búnker si éste nos lo permite. Podemos escuchar lo que sucede fuera de nuestro refugio a través de un sofisticado sistema de escucha al que llamamos oídos. Y así sucesivamente.

Vale, todo eso entra en el interior de nuestro búnker, pero nosotros lo filtramos a través de un prodigioso ordenador que llamamos “cerebro” y que con un programa maravilloso nos permite dejar pasar solo lo que nos interesa o almacenarlo para estudiarlo más tarde.
Todo perfecto… hasta que un día descubrimos que nuestro búnker tiene “goteras”. Aquí entran intrusos cuando quieren y se van cuando les da la gana. Nos han estafado. Esto parece un queso gruyere.

Permítanme interrumpir aquí esta parábola y comenzar otra muy breve, para que se hagan idea de lo que siente el habitante de la casa cuando descubre intrusos. Será la parábola del vidente y el invidente. Con cierto parecido a la parábola de un ciego que guía a otro ciego hasta caer ambos en el abismo, solo que un poco diferente, ligeramente modificada.
Les espero en el próximo capítulo. Si prefieren seguir pensando que su búnker es inexpugnable, allá ustedes. Si quieren seguir engañados, pues muy bien. Pero si desean conocer la auténtica sabiduría, la única que puede explicarnos el Cosmos, la vida, al ser humano y a Dios… pues entonces regresen por aquí.

Continuará.

El Bunker I


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UNA PARÁBOLA SOBRE LA EXPANSIÓN DE LA CONSCIENCIA

En mi adolescencia la Biblia fue mi libro de cabecera. Ni un solo día sin al menos un párrafo bíblico. Llegué a conocerla muy bien. Hasta era capaz de citar capítulos y versículos, algo que hoy en día me parece completamente ridículo.
¿Pueden creerme si les digo que a estas alturas de mi vida lo he olvidado casi todo… menos algunas frases que se me quedaron clavadas en el alma y que considero que reflejan verdades eternas (la verdad os hará libres) y las parábolas. ¿Quién no recuerda la parábola del hijo pródigo, por ejemplo?
La parábola es una de las formas más perfectas que conozco de comunicar grandes verdades a través de los sentidos, directas al centro del alma. Las demostraciones matemáticas seguro que son perfectas y de una belleza deslumbrante, pero a mí no me dicen nada, odio las matemáticas y cualquier sistema de ecuaciones que me demostrara la estructura del universo me parecería una tomadura de pelo. Prefiero una buena historia, que me entre por los ojos, que pueda palpar, oler, degustar con la lengua, escuchar cada sonido de su entorno, prefiero una buena parábola a cualquier razonamiento, concreto o abstracto.
Es por eso que me he propuesto explicarles qué es la expansión de la consciencia y sus consecuencias y cómo el yoga tántrico o cualquier otra forma de yoga o el conocimiento esotérico o el chamanismo logran expandir nuestra consciencia y modificar nuestras vidas hasta extremos que dan vértigo.
Podría haber elegido otra metáfora, la del coche y el conductor, por ejemplo, que recorren miles de kilómetros (la vida) para llegar siempre a la misma meta: el coche al desguace y el conductor buscando otro coche, aquí, allá o acullá. Si he elegido la metáfora o parábola del búnker es porque refleja mucho mejor que la del coche lo que yo sentí y experimenté cuando se abrieron ante mí las puertas de la percepción y supe lo que de alguna manera había sabido siempre pero que nunca me atreví a admitir.
¿Qué es la consciencia? Muchos la confunden con el conocimiento. Es cierto que la consciencia es conocimiento, pero con muchas, muchas matizaciones. El conocimiento puede ser meramente teórico. Datos, datos, datos, decía un simpático robotín que ojeaba un libro a velocidad supersónica en una película. Los datos son conocimiento, es cierto, pero no son consciencia. Ésta es fundamentalmente experiencia. Ustedes pueden ver una foto del Tibet, pongamos por caso, o un vídeo, o pueden leer datos en un libro o en Google. Esto es conocimiento, pero consciencia es mucho más, es haber estado allí, haber visto en persona la cordillera de los Himalayas, palpado sus piedras, pisado su suelo, olido todos y cada uno de sus olores y abrazado a un lama. Esto sí es consciencia. La consciencia es la experimentación directa de algo, la unión, la fusión con el objeto a conocer. La intuición es una forma de conocimiento, de consciencia, muy superior a la lógica o al razonamiento o incluso a la experimentación a través de los sentidos.
Tengan esto muy en cuenta a la hora de traducir esta parábola a claves más asequibles para ustedes. También les iré dando alguna que otra clave de forma directa y simple.
De momento solo me interesan que anoten estas claves:
-Búnker=nuestro cuerpo físico.
-Habitante del búnker= la consciencia que habita nuestro cuerpo y que no es lo mismo que él. Esto es esencial. No intentaré convencerles con razonamientos, sino con la experimentación, con la parábola