Categoría: Un cadáver en la carretera-Género negro

UN CADÁVER EN LA CARRETERA XI


UNCADAV

ULTIMA NOCHE

Ella preparaba la cena, en su casita, situada en un perdido lugar de cualquier parte. El veía la televisión, como un zombi. Habían transcurrido muchos días, él no sabía muy bien cuántos. Ella era consciente de que las noticias eran buenas: la policía había cerrado el caso. La chica había matado al jefe y a los dos secuaces, los compinches habían matado a la chica. Ajuste de cuentas. Caso cerrado. Al menos eso decían los telediarios. No podía fiarse, tal vez todo fuera una trampa de la policía. Le buscaban a él para interrogarle, le consideraban un testigo. La hipótesis era que ella le había secuestrado, luego matado a los otros y ahí se perdía el hilo. Tal vez él lograra huir o tal vez estuviera muerto. Eso solucionaba todo a plena satisfacción. Le buscaré una nueva personalidad. No necesitaban de su dinero, que sus sicarios se quedaran con la empresa; ella tenía mucho dinero en cuentas secretas, en Suiza. Podría ir retirando lo que necesitara, utilizando cualquiera de sus múltiples personalidades. El reaccionaría, acabaría por hacerlo. Fin de la historia.

Terminó de preparar la cena y le sirvió a él una cerveza fría. Ella se sentó en el sofá a su lado, le besó y acarició su pelo revuelto. El se disculpó, levantándose para ir al servicio. Ella se quedó mirando un programa estúpido en la televisión. Como una auténtica ama de casa, pensó.

El regresó, pero llevaba algo en su mano derecha, era una pistola. La encañonó apuntándola al pecho. No tenía ninguna duda. Ella le miró fríamente a los ojos y dijo:

-Mátame, pichoncito. No tenemos futuro. Me consideras una asesina, una psicópata y el amor de una asesina no dura para siempre. Aprieta el gatillo y acabemos de una vez.

-Yo te quería, aún sabiendo que habías matado a un hombre. No lo conocí, aunque estoy seguro de que era un canalla desalmado y no merecía otro destino. Te amé con pasión cuando te enfrentaste a dos matones sin temblar. Era su vida o la tuya, no podías hacer otra cosa. Pero aquella mujer no merecía la muerte, era una prostituta, vendía su cuerpo por dinero; no merecía morir, no hacía daño a nadie. Entonces comprendí que eres una asesina fría, una profesional. ¿A cuántos has matado? Todo lo que me has dicho sobre tu vida es una mentira. Dime ahora la verdad. ¿A cuántos has matado?

-No lo sé pichoncito, puede que pasen de los cien. Tienes razón, soy una profesional. Mato por dinero. Aquel mamón no me había hecho nada. Te mentí. Me contrataron para liquidarlo. Mucho dinero. Lo seduje y lo aguanté durante unos meses, el tiempo suficiente para encontrar una oportunidad. Era un tipo muy bien protegido. Siempre estaba rodeado de matones, protegido por medidas de seguridad casi perfectas. Pero existía un agujero en la coraza. El mamón tenía gustos muy extraños en lo referente al sexo. Tal vez el menos extraño fuera que le gustaba follar en un coche en pleno campo, solo, sin guardaespaldas. Supe enseguida que esa era mi oportunidad pero había un pero; antes de quedarnos solos siempre me cacheaba Pulgarcito y no se andaba con remilgos, metía la mano hasta debajo de las bragas. Era imposible ocultar nada, ni una pistola diminuta, ni siquiera una navaja. El muy cabrón me cacheaba a fondo y disfrutaba con ello, vaya si disfrutaba. Se lo tomaba con calma, me manoseaba como una babosa. Y el jefe miraba, lo dejaba hacer. Eso le ponía cachondo. Lo hizo dos veces pero a la tercera descubrí la forma de engañar a Pulgarcito. El cabroncete tenía una debilidad, era maricón y no soportaba tocarle el culo a una mujer. A los hombres sí, se moría por tocar culos masculinos, en cambio del cuerpo de las mujeres le repugnaba. Había notado que podía desnudarme con la mirada por delante pero en cuanto movía el culo delante de él se ponía nervioso y buscaba cualquier excusa para irse. Se lo sonsaqué a Frankestein, me costó un polvete, un polvete miserable, porque al capullo no se le ponía tiesa y tuve que mamársela. Eso fue todo lo que conseguí de aquel gorila. Así que aproveché esa debilidad de Pulgarcito, escondí en el culo una pistolita que casi podía sujetar entre mis nalgas. Cuando me quedé a solas con el mamón saqué la pistolita y me apoderé de la suya. Lo demás fue fácil. Por cierto, ya que quieres saberlo todo. El mamón era un amante genial, la tenía grande y aguantaba minutos y minutos sin correrse. Le gustaba hacerlo por delante, por detrás, de rodillas, de pie, en los ascensores, que se la mamasen por debajo de la mesa, en el cuarto de baño, se lo hacía con dos a la vez, con tres, con cuatro, con las que fuera. Era un semental, un toro insaciable. Nunca he disfrutado tanto, tu eres un pardillo a su lado, tu…

-Cállate de una puta vez, zorra.

El sentía ansias de descuartizar su cuerpo, la mano le temblaba de tal forma que tuvo que quitar el dedo del gatillo.

-Lo que dices es mentira. Me provocas para que te mate. Eres una profesional pero no una pervertida. Me lo has demostrado en la cama, eres dulce, cariñosa, apasionada, romántica…

-Para el carro, pichoncito. Sabes que me he acostado con todos los hombres que maté, incluso con las mujeres. Hubo de todo, como en botica. Pichas grandes, medianas, diminutas. Amantes cariñosos, brutales, impotentes, fetichistas, pervertidos, hasta sadomasoquistas. Y qué decir de las mujeres, monjitas, ninfómanas, viejas, jovencitas, hasta una colegiala. ¿No me crees?

-Lo haces porque supones que no voy a poder matarte, pero lo haré. Eres un demonio, una zorra sin entrañas.

-Aún me quieres pichoncito. Tú aún me quieres, mi amor.

-Sí, sí, es verdad. Aún te quiero y te querré siempre.

-Si es verdad, dame un beso de despedida. Deja la pistola y bésame, luego podrás matarme, moriré a gusto.

El dejó la pistola sobre la mesa y la besó como nunca nadie había besado. Así pasaron los minutos. Ella respondió con pasión, estremecida. El se desprendió de su boca y entonces ella saltó como una pantera y se apoderó de la pistola. Le encañonó y chasqueó la lengua.

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-Ahora qué pichoncito. Tú eres el que va a morir. Antes quiero que me cuentes a cuántas te has follado. No te des prisa, tómatelo con calma.

-He tenido mis aventurillas pero los hombres siempre exageramos. Una aquí, otra allá, pero no demasiadas. Si es cierto que me han visto con muchas mujeres, pero no todos se derriten por mis huesos…

-No me mientas, pichoncito, no lo hagas o será lo último que digas…

-Está bien, está bien. Siempre tuve éxito con las mujeres, no sé porqué, no soy feo, pero otros son más atractivos y no se comen una rosca. Debe ser un don, como memorizar números de teléfono…

-No te enrolles pichoncito, al grano.

-En el instituto las chicas me perseguían y yo nunca decía que no, gordas, delgadas, feas, guapas, pecosas, rubias, morenas. Todas caían de rodillas y me la mamaban. Todas… ¿me has entendido?

-Claro, cariño, sigue.

-Cuando fui mayor de edad las casadas que antes se resistían, por miedo a pervertir a un menor, cayeron de rodillas ante mí y me la chuparon. Me has oído. Todas… Todas… Focas, mujeres despampanantes, ricas, pobres, recién casadas, maduritas fondonas. Todas…Todas….

-Te he oído cariño. Sigue.

-Me pagaban, algunas mucho. Así monté mi negocio. Soy un buen programador, el mejor si quieres, pero sin su dinero nunca hubiera salido adelante. Entonces contraté a las mujeres más guapas, aunque fueran unas inútiles. No me importaba, porque me las tiraba a todas…todas… ¿Me has oído? A todas….

-Claro, pichoncito. Y eran grandes, delgadas, feas, rubias, morenas…

-Sí, sí, eran gordas, delgadas, unas tenían el chocho grande, otras estrecho. ¡Pero qué me haces decir! Todas eran guapas, me oyes, todas….

-Claro, mi amor, sigue.

-Con dinero todo es más fácil. Iba por ahí de caza y caían todas… todas… ¿me oyes?…

-Claro pichoncito. Y eran gordas, delgadas….

-No te rías de mí, zorra. Mátame y acabemos de una vez, no me gusta este juego sadomasoquista. Mátame puta, mátame…

-Luego, mi vida, ahora dime la verdad. ¿Cuánto de lo que has contado es cierto?

El se echó a llorar. A ella no le temblaba el pulso.

-Vamos, deja de lloriquear como un niño y dime la verdad.

-No es cierto, nunca me vendí. El negocio lo he sacado adelante yo solito. Tampoco es cierto que contratara chicas para tirármelas. En mi empresa están los mejores, sean hombres o mujeres, no tengo preferencia. Sí, es cierto que tengo éxito con las mujeres. Todos los veranos me acompaña una mujer a la casa donde estuviste. Y lo pasamos bien, a veces muy bien, otras regular. A veces ligo en la playa o en la discoteca o por ahí. Las llevo a caso y hacemos un “menage a trois”, si la otra quiere, sino la echo, pagándole el viaje y gastos, claro, no soy un miserable.

-¿Y el Sida? ¿No tienes miedo del Sida?

-Lo tenía, pero me cuido mucho, me hago análisis todos los meses y tomo precauciones. Es un riesgo mínimo y muy calculado.

-¿Tú crees? ¿Y estas últimas noches? Me has hecho cunnilingus y no he dejado que te pusieras preservativos.

-¿Qué quieres decir?

-Quiero decir, pichoncito, que tengo el Sida y ahora seguro que tú también.

-Me estás engañando otra vez, maldita zorra.

-No, no lo estoy haciendo. Y ahora te voy a dar la pistola y me vas a matar. ¿Verdad que sí pichoncito?

Ella le entregó la pistola sin que su mano temblara, él la tomó entre las suyas temblorosas y la encañonó.

-Ahora me vas a decir la verdad. Quiero la verdad, ¿me oyes?

-Claro, cariñito. Es cierto que soy una profesional pero no he matado a tantos. No me he acostado con todos, solo con quienes me gustaban. Te he tomado el pelo. Es cierto que el mamón era un buen amante, pero nunca me dio el cariño que me has dado tú. El muy cabrón acabó por contagiarse el Sida, tomaba precauciones, pero a veces se las saltaba cuando estaba muy bebido y en plena orgía. Me lo dijo antes de matarle.
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“También me dijo que había descubierto que era una profesional, pero que quería que yo le matara, no quería sufrir. Lo de Pulgarcito es cierto, a Mamón no le importaba que escondiera una pistola en el coño si quería, pero le daba instrucciones a Pulgarcito porque quería humillarme. Ahora que sabes que te he contagiado el Sida mátame.

-Aún no has dicho toda la verdad. ¿Me quieres? ¿Estás enamorada de mí?

-Claro, pichoncito por eso quiero que me mates. No Tenemos ningún futuro. ¡Mátame de una puta vez!

-No te creo, zorrita. ¿Cómo sé que no me estás mintiendo ahora?

-No lo sabes. Pero puedes hacerte un análisis de sangre. Tal vez descubras que ya tienes el Sida.

-No entiendo nada del Sida. ¿Puede saberse tan pronto que estoy contagiado?

-Podemos esperar. Y mientras tanto seguir follando sin preservativos. ¡Qué importa ya! Si no te has contagiado aún no creo que unos polvos más te sienten peor de lo que te han sentado hasta ahora.

Èl comenzó a calmarse. A ver las cosas con la frialdad con que las observan los que van a morir. Se sentó tranquilamente y le pidió a ella que le sirviera un buen trago. Estaba dispuesto a llegar al final de todo, aunque para ello tuvieran que pasar la noche enzarzados en insultos y peleas.

Ella se levantó, pizpireta, moviendo el culo con delectación. Parecía creer que echarían un último polvo antes de morir. Lo que no sabía era cómo sucedería. ¿Se atrevería él a disparar? ¿Tendría que matarle ella y luego dispararse en la sien? ¿Estaba él convencido de que realmente ella tenía el Sida y le había contagiado?
¿Cómo podía estar segura ella de que le había transmitido la enfermedad mortal?

-Sírvete tú otro. Tenemos toda la noche por delante. No me creo ni una palabra de lo que has dicho. Así que comenzaremos por el principio, desde que nos conocimos en la carretera. No quiero que me mientas. Lo sabré.

-¿Es un interrogatorio? Tú quién eres, ¿el poli malo o el poli bueno?
No me importa que me interrogues toda la noche y luego me dispares, pero yo pondré las condiciones.

-¿Qué condiciones? Me acabas de dar la pistola y ahora mando yo.

-¿Tú crees? ¿Entonces por qué no disparas de una vez?

-Está bien. ¿Qué condiciones?

-Por cada pregunta que me hagas deberás darme un largo beso y quitarme una prenda. Si al final decides matarme al menos me permitirás disfrutar del último polvo. ¿Hecho?

-Hecho. Pero no entiendo nada, absolutamente nada de lo que está pasando. Si eres una fría asesina profesional, a qué viene darme la pistola y pedirme que te mate… Y si me quieres, ¿a qué viene esta escena?

-Eres tú el que lo has empezado todo, el que me ha encañonado con la pistola.

-Está bien. Ya no aguanto más, quiero saberlo todo.

-Entonces pregunta.

-No entiendo tu aparición en la carretera. ¿Qué necesidad tenías de simular que te habían violado? Podrías haberte largado en el coche del Mamón, luego robar otro y desaparecer del mapa.

-¿Es una pregunta?

-¿Me estás tomando el pelo?

-Si es una pregunta tienes que pagar prenda y besarme.

Él volvió a dejar la pistola sobre la mesa camilla. Ya no le importaba que ella le encañonara y le disparara. Ya no le importaba morir. Ya no le importaba nada. Tuvo que arrebatarle una prenda a ella y besarla hasta que su mano en su nuca aflojó la presión. Luego ella le arrebató una prenda a él, besándole con una dulzura, impropia de la situación que estaban viviendo.

-Sí, suena raro. Yo no sabía que ibas a ser tú quien me encontrara. Tal vez hubiera sido mejor dejar allí el cadáver del mamón y escapar con el coche. Pero

Pulgarcito y Frankestein muy bien podían estar cerca. Entonces estaría perdida. Así que decidí dejar el cadáver en el coche, atarle con el cinturón y simular que nos trasladábamos los dos a otro lugar. Si ellos estaban cerca darían señales de vida. Y si no lo estaban podría dejar el coche cerca de la carretera, arrastrar el cadáver y simular que me había violado.

Me haría con el coche de quien parara y él tendría bastante confusión durante un buen rato para que la policía y mis “amiguitos” me dieran unas horas de ventaja. Era todo lo que necesitaba.

-¿Por qué no hiciste eso conmigo? ¿Por qué no me robaste el coche y me dejaste allí, para que me las arreglara yo solito?
-¿Es otra pregunta? Entonces necesito prenda y beso.

-¡Por Dios! ¿Crees que tengo ganas de juerga cuando nos estamos jugando la vida?

-Te la juegas tú. A mí me queda más bien poco.

-Eso es una sucia mentira. ¿Cuánto tiempo llevas con el SIDA? ¿Te estás medicando?

-Esa es una nueva pregunta.

Èl aceptó sumiso que ella le desnudara a su gusto y le besara. No estaba de humor, pero sus labios eran cálidos y su saliva le inoculó el elixir del deseo. Quiso acelerar los preliminares. Ella fue inflexible.

-Tú has elegido el juego, ahora debes aceptar las reglas…¿Tengo que responderte a la primera pregunta?… Me gustaste desde el principio. No me pidas ahora que desmenuce mis sentimientos. A las mujeres nos gusta más vivirlos que analizarlos. Lo sabes.

-¿Te estás medicando? ¿Cuánto tiempo hace que sabes que tienes el SIDA?

-¡Qué importa! Si no me crees deberías hacerte un análisis.

-¿Quieres decirme que no llevas encima tus análisis? ¿No puedes mostrarme alguna prueba?

-Esa es otra pregunta. No, no llevo nada encima. ¿Lo llevarías tú si hubieras decidido cargarte al mamón y salir huyendo hasta que la muerte te alcanzara?

-¡Dios mío! No puedo entenderte. No entiendo nada.

Se levantó con brusquedad y haciéndose de nuevo con la pistola la encañonó.

-¡Maldita zorra! Vas a decírmelo todo de una vez.

-Lo estoy haciendo.

-Y me vas a enseñar los análisis de sangre. No te creeré hasta que los vea.

-Pues no los llevo encima.

-¡Maldita hija de puta! ¡Te voy a matar, te voy a matar ahora mismo!

Èl quitó el seguro y dejó el dedo en el gatillo. Ella no parecía tener miedo.

-¡Hazlo! Pero antes me prometiste un buen polvete.

-No puedo. No puedo contigo.

De nuevo puso el seguro y dejó la pistola en su sitio. Se dejó hacer por ella.

 

DormitorioLago

Estaba deseando poseerla una vez más, sentir su cuerpo desnudo entre sus brazos, pero antes él quería saber. Necesitaba respuestas a unas cuentas preguntas fundamentales. ¿Ella le había contagiado el Sida conscientemente o solo estaba jugando con él, como una gatita resabiada con el ratoncito que acababa de caer entre sus garras? ¿Su naturaleza era ya la de una fría asesina o existía una veta humana en su interior, que podría ser despertada en algún momento? ¿Era posible que ella le quisiera realmente? ¿En realidad había querido a alguien en su vida? ¿Unos cuantos días eran suficientes para que el deseo y el amor brotaran como un geyser inextinguible y poderoso?

Le urgía encontrar respuestas a aquellas preguntas, pero ¿cómo lograr que ella dejar de jugar y se sincerara plenamente, por primera vez en su vida? El ya no era el mismo joven despreocupado que conducía su deportivo a través de una noche apacible, escuchando la música cosquilleante de George Winston y deseando llegar a casita, para descansar del viaje y quedarse dormido imaginando cómo serían las mujeres con las que se acostaría los próximos días.

Él era un hombre distinto, con la vida rota, deseando librarse de aquella mujer y recuperar lo que estaba a punto de perder para siempre. Pero no conseguiría hacerlo mientras viera en ella a la mujer y a la persona y no a la asesina en serie que le utilizara en un momento determinado para librarse de sus perseguidores.

Ella continuaba jugando a las prendas, cariñosa, lujuriosa, como si el pasado no existiera y se acabaran de conocer en una discoteca. Él decidió cambiar de estrategia, debería aprovechar el momento o no habría otra oportunidad. Intentó mostrarse todo lo tierno que le permitía la situación dramática que estaba viviendo.

-¿Sabes que te quiero?

Ella permanecía impasible, como si hubiera visto el futuro y supiera que siempre le sería favorable.

-¿De verdad me quieres, pichoncito?

-Sí, ¡maldita sea! Te quiero y te deseo. Pero necesito saber la verdad, toda la verdad.

-¿Qué verdad, pichón?

-Dejémonos de juegos. Cuéntame tu vida. Necesito saber cómo eres en realidad.

-Eso nos llevaría muchos días.

-Tenemos todo el tiempo del mundo.

-¿Tú crees? Me da en la nariz que ésta será nuestra última noche.

-Al menos dime la verdad sobre cómo te convertiste en una asesina profesional.

-Ya te lo he contado.

-No te creo.

-¿Y qué quieres que haga? ¿Tan difícil te resulta aceptar que alguien desee solucionar sus problemas económicos para siempre? ¿No lo intentan los demás?

-Pero no matando.

-¿Tú crees? Algunos no aprietan el gatillo, pero son tan asesinos como yo.

-No lo niego. Pero no se puede matar como quien se bebe un vaso de agua.

-Es más fácil de lo que crees.

-¿Y el remordimiento

-Si tienes claro lo que deseas que sea tu vida apenas dura unos días. El tiempo suficiente para quitarte la venda de los ojos. La vida no es como nos la han pintado, pichoncito.

-¿A eso llamas vida? Caminar sobre el alambre, siempre a punto de dar un traspiés, huyendo y escondiéndose.

-Todo tiene su riesgo, pero si eres listo no es tan complicado salir bien librado.

-Al menos dime la verdad sobre el mafioso que te cargaste.

-Ya te lo he contado.

-No te creo. Hay cosas que no encajan.

-¿Cómo cuales?

-Simular una violación y salir a la carretera a buscar ayuda no tiene el menor sentido.

-Funcionó. ¿No crees?

-No tiene sentido. Prefiero pensar que el mafioso te secuestró, te violó y tú encontraste la forma de acabar con él.

-Eso calmaría tu conciencia. ¡Una pobre chica que cae en las garras de un desalmado y luego tiene los ovarios de librarse de él para siempre! ¿Qué me dices de mi puntería? ¿Crees que me entrenaba en un club de tiro para damas aburridas? ¿Y Pulgarcito y Frankestein? ¿Me transformé de repente en la ayudante de James Bond? ¿Y la puta?

-Sí, eso es lo que no entiendo. ¿Cómo pudiste matarla tan fríamente?

-¿Existía otra opción? Esa nos libraría de la policía para siempre. Estoy convencida.

-¿A cambio de quitarle la vida a una pobre mujer?

–Ella eligió un camino arriesgado y se topó conmigo. ¡Mala suerte.

-¿Eso es todo lo que se te ocurre decir? ¿Mala suerte? Solo tenía una vida y aunque no fuera precisamente un camino de rosas, no tenía otra. Ya nunca volverá a tener otra. Solo se resucita en las películas.

-Mala suerte. No te hagas mala sangre. Nadie la echará de menos.

-Yo la echaré de menos.

-¿Te gustaba? ¡Habérmelo dicho! Unos cuantos polvos y habría perdido interés en ella.

-No es eso. Se cruzó en mi camino, la conocí, hablamos… ¡No puedo hacer como si nunca hubiera existido!

-Todos los días muere gente a la que no conoces de nada. A tu alrededor muere gente a la que solo conoces de vista, con la que solo has intercambiado cuatro “horas” y cuatro “hasta luego”. Seguro que no has pensado en su muerte más de dos segundos.

-Es cierto. Pero ellos no han muerto de un tiro en la nuca.

-Deja de darle vueltas. Lo hecho, hecho está. Dentro de un mes ni te acordarás de ella. Yo me ocuparé de que así sea.

-¡Eres tan fría como un témpano!

-A ti te gustaría que yo fuera otra. Pero eso no tiene remedio. Soy como soy.

-¿Por qué me necesitas tanto?

-Porque te quiero y porque la soledad no es agradable.

-Podrás encontrar a otros, a quien tú quieras.

-Ellos no serán tú.

-¡No puedo! ¡No puedo hacer como si nada hubiera ocurrido!

 

-Puedes, si quieres. Aún estamos a tiempo. Ven conmigo. Nadie nos perseguirá. Dentro de un año estaremos lejos, al otro lado del mundo, con otras identidades y dinero suficiente para no preocuparnos por nada.

-¿Y si no lo hago? ¿Me matarás?

-No es necesario. Tú no hablarás.

-¿Por qué estás tan segura?

-O vienes conmigo o serás tú quien me mate. Ya no puedes volverte atrás. Te tengo cogido por los cojones.

-¡Oh Dios mío! Es cierto. No podría vivir sin ti. ¿Qué me has dado?

-Un poco de sexo.

-Otras me lo dieron antes.

-No como éste.

-Cierto. No como éste.

-¡Vamos! No perdamos más tiempo. La noche se mueve.

Ella se acercó hasta él, con una sonrisa. Le tomó de la mano, llevándole hasta el dormitorio, como si fuera un manso corderito. La pistola quedó sobre la mesa camilla.

Ambos sabían que aquella sería su última noche, que las cartas estaban echadas. Pero siempre existe una esperanza. El milagro se puede producir.

Ambos esperaban que el sexo fuera el milagro. Ambos deseaban al menos una noche de pasión antes de morir. Porque no ha nada como el sexo, cuando uno va a despedirse de la vida.

Ambos esperaban que el sexo fuera el milagro. Ambos deseaban al menos una noche de pasión antes de morir. Porque no ha nada como el sexo, cuando uno va a despedirse de la vida.

 

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UN CADÁVER EN LA CARRETERA X


CADAV

-Tenemos una botella de whisky y unos benjamines en la nevera. Nos vendrá bien un trago. ¿Qué prefieres?

El no dijo nada. Ella le sirvió un largo trago en un vaso y echó unos cubitos. Se sirvió uno triple para ella.

-Bebe, pichón. Esto te animará.

Él lo apuró de un trago. A ella le pareció muy bien que empezara a reaccionar. Ella le ayudó a acostarse, le desvistió con cuidado y le dejó desnudo sobre la cama, la venda tenía manchas de sangre en su pierna izquierda. El cerró los ojos. Ella le obligó a abrirlos. Puso la radio y buscó una emisora con música de baile. Hizo el mejor streap-tease de su vida pero él no reaccionó.

Ella le chupó la polla con sabiduría de prostituta. El no quería pero la naturaleza cumplió con las leyes no escritas. Ella le violó muy dulcemente, con mucha pasión, con ternura, con un romanticismo enfermo.

Al fin se quedó dormido. Ella se movió desnuda por la habitación como una pantera enjaulada. Susurraba en voz baja. “La mejor solución, la única, todo ha terminado, un gilipollas se lo tragaría sin hacer preguntas y este cretino lo va a echar todo a perder. Creí que tenía más huevos. Puede que aún sea capaz de hacerle reaccionar, está muy encoñado”.

Ella se dio una ducha mientras él dormía, puso la pistola bajo la almohada y se tendió desnuda a su lado. Le contempló en silencio, luego empezó a acariciarle suavemente el cuerpo, jugueteó con su sexo dormido.
Ella tardó en dormirse, al fin lo consiguió pensando que mañana sería otro día.

OCTAVA MAÑANA

 

Él se despertó al olor del desayuno. Ella estaba desnuda, sentada en la cama, con una repleta bandeja a su lado. El no quería comer, pero ella le obligó a tragar unos trozos de tostada y a beberse un trago de café fuerte. Ella dejó la bandeja en el suelo y trabajó de nuevo su pajarito dormido. El dijo que quería morirse.

-No, no te morirás, pichoncito. En todo caso de amor. Porque te voy a matar a polvos.

Ella le violó de nuevo, muy suave y largamente. El no opuso resistencia. Ella le oyó gemir dulcemente y se sintió feliz. Por fin él reaccionaba. Aceleró su movimiento para terminar en un orgasmo muy largo, muy frenético.

Ella pensaba. “Ha sido el mejor polvo de mi vida, quién me lo iba a decir”. El pensaba “quiero morir, no puedo seguir viviendo”, pero en el fondo sabía que era un pelele en sus manos. Su sexo tenía atrapada su alma, con forma de pene, para siempre. Ella le besó sobre un universo sin tiempo, antes de dejarse caer a su lado. El miraba el techo de la habitación como si en el pudiera encontrar la solución a su tragedia.

Ella esperó a que la respiración de él se calmara y luego habló.

-¿Sabes?, no es tan difícil matar. Únicamente nos retiene el miedo al castigo. Pero a nosotros no nos pillarán nunca. Buscaremos un sitio apartado y esperaremos un poco. Con el tiempo tú pondrás la empresa en buenas manos y nos iremos fuera. Haremos un crucero por todo el mundo. Seremos muy felices, pichoncito. Te prometo que no volveré a matar. Empezaremos de cero, como dos tortolitos que se acabaran de conocer. Seremos los amantes de Teruel, tonta ella y tonto él.

Ella se rió con ganas. El pudo al fin hablar.

-¿Cómo puedes decir eso? El próximo que te estorbe en tu camino recibirá un tiro en la nuca.

-Aún estás nervioso pero se te pasará. Ya lo verás. Dentro de unos días no te acordarás de nada.

Ella le ayudó a vestirse y recogió todo con esmero. El se dejó llevar hasta el coche.

UN CADÁVER EN LA CARRETERA IX


OCTAVA NOCHE

CADAV

Ella decidió la ruta, sentada al volante. El protestó, no tenía sentido, pudiendo hacerlo él sin problemas. Ella le besó, sonriéndole, hacía todo lo posible para convencerle de que las cosas irían bien.

El coche no iba lo suficientemente deprisa, teniendo en cuenta que alejaba a dos presas de sus perseguidores. Ella parecía observar la carretera con mucho detenimiento, en su boca una media sonrisa, más rictus acechante que otra cosa. El se preguntó la razón de aquella expresión de fiera acosada, su miedo era muy superior y sin embargo nada delataba un ansia asesina oculta. Al salir de un pueblo una pareja joven hacía autostop. Ella miró a la chica ralentizando la marcha del coche, pero no debió gustarle lo que vio porque aceleró bruscamente, dejando a la pareja con dos palmos de narices, a lo lejos se oyeron voces, sin duda los mejores insultos de su diccionario. El la notaba cada vez más rara, no era la amante dulce, ni la mujer indefensa, dormida, su  carita de ángel sobre lecho ajeno. Quiso atribuirlo al pánico de la presa, cuando siente tras de sí el aliento del cazador.

Muy lentamente atraviesan una ciudad costera, de regulares dimensiones. Ella acecha el paso de las chicas jóvenes, como una lesbiana calenturienta. Ya en las afueras un grupo de prostitutas charlan entre los árboles. Al ver el coche hacen gestos obscenos mientras rÍen brutalmente. Una de ellas, más alejada del grupo esboza un gesto desganado, como si estuviera haciendo autostop. A una autoestopista así la hubieran parado fácilmente, minifalda muy corta, cortísima, y escote amplio, amplísimo. Ella se detuvo y él la miró sorprendido y preocupado

-¿Estás haciendo autostop, preciosa?

-Hago lo que sea si pagáis bien.

-¿Cuánto pides?

La chica es mona pero a él no le parece nada del otro mundo. La chica dice el precio, aceptable, y ella cierra el trato. El se encoge de hombros, no le gusta un “menage a trois”, no por ahora, al menos; pero ella tiene un plan, ella siempre tiene algún plan. Mejor esperar a ver qué resulta de todo aquello.

La chica sube atrás y pide un cigarrillo. El ofrece tabaco, que ella acepta, se inclina en exceso para que él pueda ver su escaparate, al tiempo que enciende el cigarrillo. También tiene ganas de hablar.

-Creo que sois gente de pasta aunque podríais haber elegido mejor coche, ¿no os parece?

-¿No te gusta?- pregunta ella y él escucha interesado.

-No está mal, pero me gustan más los deportivos, descapotables, en color rojo chillón si puede ser. Mola.

-Todo se andará, preciosa. ¿Tienes chulo?

-Voy por libre aunque de vez en cuando algún cabrón me sacude y se lleva la pasta. Gajes del oficio.

-¿Tienes amigas, hijos, algún familiar?

-¿Por qué lo preguntas? ¿No seréis de los raritos-raritos? Si es así prefiero bajarme.

-No te asustes, preciosa, es solo por si tienes algún inconveniente en acompañarnos de viaje unos cuantos días.

-No tengo a nadie que me espere. Puedo acompañaros si pagáis bien. ¿A él también le gusto?

-El no cuenta, se apuntará a lo que yo diga.

-En ese caso…

El empieza a sospechar el final de todo aquello; no le gusta, sea lo que sea que esté tramando su linda cabecita. Ella tiene un plan muy claro y quiere que todo salga bien, porque así ambos tendrán alguna oportunidad, aunque fuese solo una. Una es siempre mejor que ninguna.

La chica piensa que los dos son de los rarillos. Ella le gusta, aunque no tiene mucha pinta de tortillera, pero sobre todo le gusta él. Buen mozo, simpático, un pastelito de nata. Umm…se relame. Va a ser  muy bonito, casi tanto como el adelanto que le ha dado ella. Ella piensa en un buen lugar, solitario, adecuado a lo que desea hacer. Es esencial para el negocio que se trae entre manos, un negocio con pocos testigos. El piensa en cómo librarse de la chica. No quiere llegar a una bronca seria con ella, pero la van a tener de todas formas, porque a él no le gusta lo que está viendo, a no ser que ella solo le esté poniendo a prueba, divertirse un rato en un menage a trois y ver cómo reacciona él… En ese caso…
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Llegan a un motel solitario, poco concurrido, por la pinta de las instalaciones. Ella sale con la chica, a fumar un cigarro y se alejan hacia la zona más oscura. Sin duda intenta que no las vean. El tiene que encargarse de todos los trámites. Ya en la habitación ella le pide que salga a fumar un pitillo, las chicas tienen que hablar. El se encoge de hombros, cada vez actúa más raro. Preocupado obedece, necesita pensar en algo para librarse de la chica, y cuanto antes se le ocurra algo, mejor para todos, especialmente para la chica.

Ella le está rogando a la chica que se deje pintar y cambiar de ropa. Tendrá que ponerse uno de sus vestidos, seguro que le sienta muy bien, son de la misma talla. La chica está ya un poco más que mosca.

-Vamos mujer, no es nada. Sencillamente somos transformistas

-¿Trans…qué?

-Quiero decir que a él le gusta que la chica se parezca a mí, que esté vestida con mis ropas, se pinte igual, en resumen que parezcamos dos almas gemelas. Le gusta follar conmigo, le gusta mucho, pero follar conmigo y con una doble es para él llegar al paraíso.

-Esto es muy rarito, pero lo entiendo. Es la primera vez que me sucede aunque puede que me guste. ¿A ti también te gustan los dobles?

-Si, lo pasamos muy bien, unas veces mejor y otras peor, pero siempre bien.

-Espero que esta vez sea de las buenas.

-Si es así tendrás una propinilla. Pero necesito dejarte perfecta, que apenas se note la diferencia. Mi marido es muy exigente.

Cuando él se cansa y regresa del paseo, ellas aún siguen dentro. Tardan tanto que se impacienta y comienza a golpear la puerta.

-Ya vamos cariño, no seas tan impaciente.

Salen. Dos gemelas no hubieran engañado tanto. El no se había apercibido de la semejanza entre ambas, así a palo seco; sin embargo tienen una estatura casi idéntica, medidas de pecho y cadera muy similares, el pelo ahora es del mismo color, pelirrojo, y ambas lo llevan suelto. El óvalo del rostro muy semejante, tal vez ella tiene la cara un poco menos ancha. Lo ojos del mismo color. Es sorprendente que ella haya visto ese parecido de una sola ojeada. Le ha quitado el colorete y toda la pintura que embadurnaba su cara, como la de un indio en pie de guerra. Está pintada tan sobriamente que uno debe fijarse para notarlo. La chica parece otra, más atractiva sin duda y desde luego nadie que la viera ahora diría que es una puta. El empieza a escamarse. Ella inicia la parte final del plan, la más peligrosa.

-Bueno chicos, se me ha ocurrido una idea. Vamos a dar un paseo por el bosque y retozar como Ninfas y Faunos.
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-¿Qué es eso? – La chica a pesar de los razonamientos que le han dado está un poquito nerviosa.

-Los antiguos creían en semidioses, Faunos y Ninfas, que hacían orgías sexuales en los bosques –intervino él, dispuesto a salir en defensa de la chica, empieza intuir por dónde van los tiros… directos a la nuca de la pobre mujer.

-Nos vamos en el coche, hasta donde podamos llegar con él. Encontraremos un bonito lugar para una orgía, lo vamos a pasar muy bien.

-Quiero hablar contigo.

El estaba dispuesto a terminar el viaje allí mismo. Se había encoñado y había cometido la estupidez de hacerse cómplice de una asesina. Esto tiene que acabar, ya… Pensaba con la cabeza, el corazón y las gónadas decían otra cosa: “convéncela de que deje a la chica y vete con ella, si sois listos no podrán encontraros, todo terminará por olvidarse antes o después. Podéis empezar de cero”. Ella sabía que la farsa había terminado, no obstante se alejó con él unos pasos y hablaron. La chica les dejabahacer sin comprender lo que estaba sucediendo.

-¿De qué quieres hablar?

-¿Qué vas a hacer con la chica?

-Déjame a mí, nos vamos a librar de los sabuesos. Nos iremos lejos y empezaremos una nueva vida juntos, solos tú y yo.

-¿Antes quiero saber qué vas a hacer con esa pobre chica?

-Bien, pichoncito, lo sabrás pronto. Ahora sube al coche y pon buena cara.

-¿Y si no lo hago?

-Si no lo haces sacaré mi pistolita de juguete de las bragas y os dejaré aquí juntitos a los dos. Estáis demasiado cerca para que pueda fallar.

-Está bien. Pero déjame que intente convencerte…

-Sube al coche y cierra el pico. Recuerda que eres mi rehén.

Subieron al coche. Esta vez conducía él y ella se colocó detrás, con la chica. El sabía que ella no dudaría en meterle una bala en la cabeza. Ella sabía que él lo sabía y la chica pensaba que era una simple pelea de enamorados. De todas formas aquello le parecía un poco rarito. Intentó hablar, enterarse de algo.

-¿Qué van a hacer en el bosque?

-Pasearemos, nos desnudaremos, follaremos. Nos revolcaremos en el duro suelo como animales y nos lo pasaremos muy bien.

-Tu marido es un poco rarito, ¿no?

-Bastante preciosa, si te portas bien será generoso contigo, tiene mucha pasta.

-Ya voy entendiendo. Tú conseguiste encoñarle, le ayudas con sus caprichitos y a cambio los dos vivís de puta madre. ¿No es eso?

-Lo has comprendido todo muy bien, preciosa.

-¿De verdad que eres su mujer?

-No, no estamos casados, el muy cabrón me paga por cada nueva aventurilla. Es generoso, muy generoso, pero así nunca me libraré de él. Me tiene bien cogida por el coño, pero si tú te portas bien puede que le convenza para que nos casemos. Le gustas mucho. ¿Sabes?

-¿De verdad?

¡Y solo con verme una vez, los hay raritos!

-No, preciosa, no es la primera vez que te ve, lleva una temporada siguiéndote. Es muy bueno para seguir a la gente sin que nadie note nada. Pero para cerrar el trato tenía que intervenir yo. Ya en plena faena se porta como se puede esperar de un macho como él, pero habitualmente es un cobardica, siempre tiene cagados los calzones, te lo digo yo que se los cambio todos los días.

Se hizo el silencio. La chica quedó más convencida. Ella pensaba que la chica era un poco tonta. El había oído la conversación y pensaba si la suerte no les haría pasar frente a una comisaría o un cuartel de la Guardia Civil. Ella le dio instrucciones claras y tajantes, él las seguía. Al cabo de unos diez minutos se acercaban a un extenso bosque de pinos. Numerosos caminos de tierra llegaban hasta la carretera. Ella le obligó a meterse por uno de ellos.

A ella le preocupaba que alguna pareja estuviera por allí, retozando, pero no vio luces –los amantes prefieren la oscuridad- ni signos de coches emboscados. Estaban ya muy dentro del bosque. Le ordenó que apagara las luces y el motor. Ella salió del coche y escuchó unos minutos en silencio. No se oía nada, ni el canto de algún parajito despistado. Ella abrió el maletero y sacó de su bolsa de viaje la pistola con la que habían estado practicando esa mañana y una linterna de bolsillo. Puso en la pistola un nuevo silenciador, tal vez pensaba que el otro podía fallar. A punta de pistola les obligó a salir del coche, a él y a la chica. El sabía que no podía hacer nada por la chica, era su vida o la suya. La chica comprendió de repente toda la tragedia que estaba viviendo y comenzó a llorar como una Magdalena.

-No me hagáis nada, por la vida de mi madre. Os lo suplico, haré lo que queráis, todo, todo, lo que más os guste…

-Creí entender que no tenías a nadie.

-Y es cierto, mi madre está muerta. Era solo una frase.

La chica continuó sollozando, se arrodilló ante ella y extendió las manos en un gesto de desesperación. El quería hacer algo.

-¿Puedo hablar contigo?.

-De acuerdo, pero no nos moveremos de aquí. Habla.

-Sé lo que pretendes, la has preparado para que pueda pasar por ti, que esas sabuesos lleguen a creer que te he matado. No nos perseguirán, les habré hecho un favor. Pero la policía tiene tus huellas y las de ella. Sabrán que no eres tú y si lo saben ellos también se acabarán enterando los sabuesos. No servirá de nada.

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-Te equivocas. La policía no tiene mis huellas. El gran mamón borró mi identidad y me dio otra, mejor dicho me dio muchas otras. Solo él y yo lo sabemos. A ella la quemaré los dedos, no podrán sacar una sola huella. Se parece mucho a mí. Todos tragarán.

-No, no lo harán y tú lo sabes.

-No se molestarán mucho. A todos les interesa que el asunto quede zanjado cuanto antes.

La chica sabía que iba morir. La desesperación la obligó a calmarse. No era tan tonta como ellos creían, sabía que hablando podría lograr algo, llorando solo aseguraría que ella se pusiera nerviosa y eso no la ayudaría en nada.

-Os juro que no diré nada, podéis hacer conmigo lo que queráis, luego me iré y no diré nada. Lo juro… Si no os fiáis de mí os acompañaré hasta que el problema que tenéis quede solucionado. Lo vamos a pasar muy bien, os lo prometo.

Ella deja hablar a la chica, no tiene prisa. La decisión está tomada. El piensa muy deprisa, busca un argumento que vuelva las cosas a su sitio. La chica continúa hablando, mientras no la callen habrá alguna esperanza.

-Si no hay otro remedio os buscaré otra que os sirva. Una que se te parezca más. Conozco a una compañera que tiene el Sida. A veces me dice que quiere morir. Se parece a ti. Te lo juro… Te lo juro…

A ella le disgusta que a la chica no le importe que otra muera en su lugar. Es una zorra cobarde y estúpida. Les encañona de nuevo.

-Vamos, los dos, vamos a dar un paseito, muy juntitos.

Ellos delante y ella detrás caminan por el bosque con precaución, mirando el suelo que pisan, no se ve nada delante de ellos, una oscuridad cerrada como la de sus almas. El está pensando que tal vez pueda empujar a la chica y arrojarse sobre ella, en la oscuridad es fácil que no pueda reaccionar a tiempo. Como si ella pudiera leer sus pensamientos enciende la linterna. Les ordena detenerse.

-¿Quieres follarla antes, pichón?

El se arrodilla y suplica.

-No lo hagas. Podemos arreglarlo de otra manera.

Ella ríe muy fuerte.

-Eso es lo peor que podías hacer, pichón, eres un cretino. ¿Quieres follarla, sí o no? Decídete.

-¿Cómo puedes preguntarme eso?

La chica reza en silencio con las manos juntas delante del pecho. El se levanta y se aleja unos pasos. Ella saca algo envuelto en un pañuelo.

-Ponte el anillo y el colgante. Vamos, deprisa.

La chica lo hace. Ahora reza en voz alta, “Padre nuestro…” Se oye un gemido en el silencio oscuro del bosque. El está llorando. Ella se acerca a la chica, pone la pistola en su sien y dispara. La chica cae como un fardo.

-Vamos, pichón, ya está hecho. Ahora me vas a ayudar a dejarlo todo como es preciso que quede. Mojaremos unos trapos en gasola y quemaremos sus manos, dejaremos que se queme un poco el resto del cuerpo, solo un poco. Pensarán que el asesino tenía prisa y no esperó que se quemara entera.

-¿Cómo eres tan fría? ¿Cómo se puede matar así a un ser humano? Ni siquiera has parpadeado. No tienes corazón, no tienes entrañas… Eres una maldita zorra hecha de puro hielo… Eres peor que las bestias… Eres….

-Basta, pichoncito mío. Ya pasó, ya pasó todo, mi bebesito. Nos iremos a un motel y follaremos como locos.

-¿Aún puedes pensar en follar?

Eres…

-Vamos, cretino, o te frío ahora mismo.

Regresan al coche, él hace lo que ella le ordena. Ella se da prisa. El desea morir, pero antes es preciso llevársela por delante. Espera la ocasión. Ella va a dejar la pistola en el maletero. El se arroja en ese momento sobre ella. Luchan sobre el suelo, ella consigue arrearle un rodillazo en los testículos. El se hace un ovillo en el suelo, aullando de dolor. Ella se hace con la pistola y lo encañona. El se va calmando, de pronto se levanta y vuelve a arrojarse sobre ella, aullando no se sabe si de dolor o de desesperada demencia. Ella dispara una sola vez y la bala roza la pierna izquierda de él, tal vez desprende una esquirla del hueso al pasar rozando la rodilla. El se lleva la mano a la herida, está sangrando abundantemente.

-No te muevas, pichón. Ahora mismo te curo. Es normal que reacciones así, no estás acostumbrado a estas emociones. No ha sido nada, no te preocupes, tengo una excelente puntería. Solo un rasguño que mamá curará. Cortará la hemorragia y su nene quedará como nuevo. Dispuesto para la juerga incestuosa de esta noche.

El no dijo nada, no se movió. Lo había sospechado desde el principio, pero ahora tenía la certeza. Estaba en manos de una psicópata.

Ella actuó como una experta enfermera. El la dejó hacer.

El no se había movido del suelo, donde su enfermera lo curara con tanta precisión, sangre fría y falta de consideración a su dolor. Le explicó lo que había hecho y que de ahora en adelante serían libres para siempre. Deberían esperar un tiempo antes de reanudar su nueva vida como amantes. Ella asumiría una de sus personalidades documentadas, puede que hasta buscara un cirujano plástico para algunos retoques y pasarían un tiempo escondidos hasta que las noticias les fueran favorables. Él no dijo nada. Solo pensaba en la forma más sencilla de acabar con ella. Sin embargo no pudo menos de admirar su perfecto control y la sensualidad que desprendía todo su cuerpo felino. La belleza de su rostro, a la luz de la linterna, resultaba casi demoniaco, tiznado como un guerrero para la batalla.

Ella arrastró el cadáver de la pobre prostituta hacia un lugar más despejado, pensando en la posibilidad de que pudiera quemar el bosque. Allí machacó las yemas de los dedos de la mujer con una piedra, roció las manos con gasolina y las prendió fuego. Esperó a que la carne se chamuscara lo suficiente. Luego roció el rostro con un buen chorro y le prendió fuego. Necesitaba que los rasgos se deterioraran lo suficiente para que pudieran confundirla con la puta, sin hacer imposible la tarea de los forenses. Apagó el fuego con tierra y ahora roció el resto del cuerpo con mucho cuidado. Prendió fuego otra vez y esperó que el asado estuviera a su gusto. Cuando se dio por satisfecha regresó al coche con la linterna en la mano izquierda y la pistola en la derecha.

Ella se puso al volante con la pistola en su regazo. El se sentó en el asiento del copiloto, procurando mover lo menos posible la pierna herida. Ella buscó un motel donde no hicieran preguntas. El actuó como un zombi.

Pronto estuvieron solos en el pequeño bungalow. Ella de pronto se puso tan cariñosa, tan dulce, que él intentó olvidar lo ocurrido. No lo logró. La otra parte, la buena, de la personalidad psicopática de ella, trabajó duro para hacerle olvidar.

UN CADÁVER EN LA CARRETERA VIII


SEXTA NOCHE

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Antes de cenar él volvió a colocar el termómetro bajo su sobaco. No tenía fiebre. Ella se encontraba bien y quiso cenar a la mesa, con las correspondientes velas y en un ambiente romántico. El sentía curiosidad por conocer mejor a su amante y quiso saber sus aficiones, si le gustaba el cine, qué tipo de música escuchaba habitualmente. Ella contestó con buen humor, antes de cada respuesta exigía un beso.

Ella quiso hacer el amor y él aceptó a regañadientes temiendo que la herida volviera a abrirse. Ella puso pasión, aunque tuvo que refrenarse, porque la herida le molestaba mucho. El actuó como el amante más delicado del mundo. Satisfechos y felices, ella le pidió un cigarrillo y él se lo ofreció con reparos, semejaba una madre cuidando de su hija enferma. Ella se rió tiernamente y se lo dijo así, los dos rieron con ganas.

Siguieron charlando. De repente ella quiso escuchar las noticias y él trajo el televisor a la habitación.  Nada nuevo, la policía parecía perdida, dijo la locutora, muy mona y sonriente.

Ella le preguntó si le gustaba la locutora. El dijo que estando a su lado a una mujer como ella, todas las demás le parecían feas.

-Dime la verdad. ¿Te has enamorado alguna vez?

-No, algunas mujeres me han gustado más que otras; he pasado más tiempo con ellas, he sido más feliz, pero siempre he terminado cansado y aburrido. No buscaré disculpas para este comportamiento; ni odio a las mujeres – ninguna me ha hecho más daño del habitual- ni estoy esperando a la princesa de mis sueños, no me interesan las princesas. Me gustan todas y con todas me lo paso bien… Perdóname cariño, quiero decir que me gustaban, ahora solo me gustas tú.

-Vaya, vaya con el pichoncito. Menudo lapsus mentalis.

-¿Sabes latín?

-¿No te he contado que estudié varias carreras universitarias?

-Creo que sí, pero antes no te creí.

-Puedes creerme, soy una mujer muy inteligente, además de atractiva; habría podido conseguir lo que me propusiera. Pero para todo se necesita tiempo. Quería una vida regalada y la quería ya.

-Por eso te dejaste enredar con malas compañías.

-No existen las malas compañías, solo malas metas. Creo que lo leí en alguna parte. ¿Y tú, pichoncito? ¿No te has enredado en malas compañías?

-No, siempre buenas, muy buenas. Bellas mujeres,
más bellas mujeres…tengo algún amigo, aunque nos vemos poco.

-O sea que yo soy la peor compañía con la que has andado nunca. ¿Verdad, pichoncito?

-Nunca sermoneo a nadie. Bastante tengo con mis problemas, aunque pienso que llevas un mal camino. Ni siquiera la suerte podría salvarte, si continúas en esa dirección.

-¿Y qué me ofreces tú, cariño?

-Sabes…es la primera vez que lo pienso y la primera que se lo voy a decir a una mujer, pero no me arrepentiré nunca de hacerlo. Te ofrezco ser mi compañera, mi esposa, mi amante, lo que prefieras. Cuidaremos juntos de la empresa, viajaremos mucho, ampliaremos horizontes cuando lo deseemos. Disfrutaremos de la vida, en una palabra.

-¿Sabes, pichoncito? Estoy a punto de aceptar. Soy hay un problema.

-¿Cuál?

-Tenemos que deshacernos de esos sabuesos que ahora mismo están husmeando nuestro rastro.

-¿Tienes algún plan?

-Puede, puede que sí… puede que no.

El se sentía muy feliz, pensaba que tal vez ella encontraría la solución al problema. Ella pensaba que tal vez tuviera la solución, aunque eso cavara la tumba de ambos. Ella quiso olvidar en brazos de su amante. El quiso recordar una forma de hacer el amor que no olvidaría nunca.

 

SEPTIMA MAÑANA
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Despertaron juntos en el lecho, estrechamente abrazados. El se retiró rápidamente.

-Ya no me duele, mi amor, puedes abrazarme fuerte.

El la abrazó muy fuerte. Hicieron otra vez el amor. Ella gimió tan fuerte que él detuvo su movimiento amoroso para saber si le estaba haciendo daño. Ella contestó con una alegre risa. Esa fue toda su respuesta.

Desayunaron copiosamente, los dos estaban desesperadamente hambrientos. Al terminar ella puso la radio. Fue un acierto no haberlo hecho antes, porque se les hubiera indigestado el desayuno. El conserje del motel estaba en el hospital como consecuencia de una descomunal paliza. Los matones querían saber de una chica. El se resistió y le molieron a palos. Los matones sabían de la chica y de su acompañante, del coche que les había llevado por toda la costa en alas del viento. No existían muchas posibilidades de continuar vivo, para aquel ingenuo mozo que había corrido detrás de una mariposa multicolor, sin saber que en sus frágiles lomos cabalgaba la muerte. Sufría graves lesiones en órganos internos, aunque aún así los médicos no le daban por perdido. Nunca lo hacen, a pesar de que la alegre Parca siempre termina por triunfar.

-Hay que prepararse, no tardarán en dar con nosotros. Te enseñaré a disparar en el bosquecillo.

-¿No haremos demasiado ruido?

-No, tengo un buen silenciador. Solo dispararemos unas cuantas veces, las suficientes para que aprendas lo más elemental y le pierdas el miedo a la pistola.

Ella le enseñó a disparar como lo haría una fría asesina: no dudes, dispara a matar, eres tú o el otro. El aprendió a hacerlo como un tímido cordero, que no olvida su condición, a pesar de que los lobos andan ya muy cerca. Regresaron a la casa y ella decidió que era mejor seguir camino cuanto antes. Esa noche volarían lejos del fuego que ya sentían quemar sus traseros, cuanto más lejos mejor. Ella tenía un plan. El no lo sabía o no quería saberlo.

UN CADÁVER EN LA CARRETERA VII


QUINTA NOCHE
Salieron de la casa como dos ladrones, apresurados y suspicaces. Ella iba en los brazos de un donjuan de pacotilla, que se había enamorado hasta las cachas de quien menos le convenía.

Ya en el coche ella señaló un lugar apartado de la costa. Necesitaban unos días de retiro y descanso absoluto para reponerse. Le preguntó si tenía dinero bastante para alquilar una casita apartada. El contestó que no había ningún problema. El coche enfiló la noche siguiendo la línea de asfalto. Ella parecía ensimismada, aunque de vez en cuando hablaba para perfilar un detalle.

-Tenemos que deshacernos de tu coche.

-¿Tú crees? Nadie tiene motivos para sospechar.

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-Cierto, pero ahora que Pulgarcito ha muerto se iniciará una cacería sin cuartel y ellos tienen buenos sabuesos, no tardarán en descubrir qué coche hemos utilizado. Prométeme que lo cambiarás en un concesionario cualquiera, no facilites tu nombre, ponlo a nombre de tu empresa.

-De acuerdo. ¿Algo más?

-Enciende la radio. Necesitamos saber cómo se mueven los cazadores. ¿Escuchaste las noticias en la casa?

-No, estuve siempre a tu lado.

-Lo imaginaba pichoncito, pero necesitaba oírlo de tu boca. Cada vez me gusta más que me digas cosas bonitas.

Se callaron porque el boletín de noticias hablaba de ellos. No sabían nada, excepto que los cadáveres pertenecían a unos conocidos mafiosos, su muerte se relacionaba con la del capo cuyo cadáver había aparecido unos días antes en la carretera de la costa. Se sospechaba podía tratarse de un ajusto de cuentas entre bandas rivales en el narcotráfico o la trata de blancas. De momento no había pistas, la investigación continuaba por sus cauces habituales.

-Más vale que la policía no sepa nada. Ellos tienen contactos en todas partes.

-¿Quieres dormir un poco?

-De acuerdo, pero despiértame cuando lleguemos

 

QUINTA MAÑANA

Cuando ella despertó él ya se había desprendido del coche deportivo y alquilado una casa modesta y solitaria, a unos kilómetros de la costa, escondida detrás de un bosquecillo de pinos.

-Espero que te gusta. Pensé despertarte, para que dieras tu conformidad, pero dormías como una angelita del cielo y me pareció un pecado hacerlo.

-Hiciste bien. Has elegido estupendamente. Un coche discreto pero con motor potente, lo que necesitamos y una casita muy recogida. Estupendo. Ahora necesito comer algo y descansar, el viaje me ha vuelto a abrir la herida. Tienes que hacerme una cura.

El volvió a tomarla en brazos, pero esta vez no sonrió, le dolía demasiado el hombro para poder hacerlo. Ella le pidió que primero destapara la herida, que le trajera un espejo para poder echar un vistazo. Presentaba mejor aspecto del que ella esperaba, pero aún así quiso que se la limpiara y desinfectara a fondo. El cumplió sus instrucciones, apretando los dientes y ella apretó las mandíbulas con fuerza… aún así no pudo evitar que se le escapara un gemido. El insistió en tomar la temperatura, ella aceptó a regañadientes. No tenía mucha fiebre pero era preocupante que la temperatura no hubiera vuelto a la normalidad. El se ofreció a inyectarla un antibiótico. Ella quiso saber cómo lo había conseguido y él tuvo que explicar que había utilizado el seguro privado de su empresa para que un médico se lo recetara. Ningún problema, no quedarían rastros trás de él. Ella se enfadó mucho. El aguantó el chaparrón y luego la besó larga y dulcemente en la boca. Ella se calmó y pidió de comer. Comieron con apetito e hicieron planes para el futuro. Ella quería irse al extranjero cuando todo se calmara; él estaba de acuerdo, pero necesitaba tiempo para dejar la empresa en buenas manos.

UN CADÁVER EN LA CARRETERA VI


TERCERA MAÑANA

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Madrugaron. Ella dejó temblando al conserje, a él no se le ocurrió otra cosa que hacer una pregunta sin sentido.

-¿Puedo preguntarte algo?

-Claro, pichoncito.

-La primera noche me obligaste a usar condones y anoche me la chupaste como una niña haría con su primera piruleta. ¿Qué ha cambiado?

-La primera tenía miedo a coger el Sida, tu eres un donjuanito muy mono, pero no me fio de que seas tan meticuloso poniéndote el condón como chupando pezones.

-¿Te gusta mi técnica chupapezones?

-Eres único, pero no he contestado a la segunda parte. Anoche no me importó coger el Sida porque no vamos a vivir mucho, pichoncito

-¿Tienes miedo de Pulgarcito?

-No lo conoces, es peor que una víbora e infinitamente más traicionero. Si acabo con él los grandes jefazos mandarán al séptimo de caballería. Sabrán que no se enfrentan a una muñequita. Vamos a tener que correr mucho, amor, seguro que hasta perdemos el culo en un descuido.

-Sería una verdadera pena, tienes el mejor culo que he visto desde…cómo se llamaba aquella actriz?

-Me alegra que te lo tomes con humor. ¿Sabes que te estoy cogiendo verdadero cariño?

-¿Antes no?

-Antes eras un muñequito agradable. Ahora eres un hombre que luchará por esta mujer que tienes frente a ti, a dentelladas. Puede que no esté muy lejos el día en que te diga “te quiero”. ¿Sabes que solo lo he dicho una vez en mi vida?

-¿Y qué paso?

-Tal vez algún día te lo cuente. Busquemos un lugar agradable.

Ella encontró un lugar agradable y escondido, desde donde vigilar la carretera que conducía al motel. Él mientras tanto, la oyó hablar de su vida antes de decidir que el dinero era imprescindible para vivir el único tipo de vida que le gustaba. Entonces supo que ella tenía miedo a morir y que de alguna manera le hubiera gustado conocerlo antes de tomar esa decisión. Ella hablaba sin quitar ojo de la carretera y él escuchaba pensando que tal vez mañana volvería a ser libre, pero ahora ya no le decía nada esa posibilidad.

CUARTA NOCHE

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Ella le dejó en el coche, en un bosquecillo cercano a la carretera. Comprobó sus armas, tenía dos pistolas –él se preguntó dónde las habría guardado- y antes de marchar a esconderse, era de noche, le dio el beso más largo y apasionado que había recibido en toda su vida de donjuan. Ella esperó sin miedo a la muerte y él esperó con miedo a perderla.

Fue una espera larga y tensa. El deseó tener una pistola, ella apareció tambaleándose a la entrada del bosquecillo. El encendió los faros y corrió a buscarla. Ella se derrumbó entre sus brazos.
Ella se despertó y le dijo que la habían herido, pensaba que no de gravedad. Frankestein y Pulgarcito estaban mirando frente a sí como idiotas, en un coche agujereado que comenzaba a arder. El gimió de desesperación y ella le consoló, solo era una herida en un hombro. Pero tendrían que buscar un lugar tranquilo, la policía no tardaría en llegar. Ella le pidió la vendara con una de sus camisas y él lo hizo con mimo, siguiendo sus instrucciones.

Noche avanzada llegaron a una especie de chalet solitario, ni una rendija de luz, parecía deshabitado. Ella le pidió que parara el coche y se bajó a investigar. El quiso sostenerla, parecía incapaz de dar un paso. Ella le hizo un gesto y se perdió en las sombras. Regresó con los dientes apretados y un sudor frío en su frente.

-Está abandonado. He desconectado la alarma, no hay perros, ni peligro alguno. Entraremos y me sacarás la bala.

-Tu estás loca. Necesitas un auténtico doctor y no un manazas que puede desangrarte.

-No quiero ir a la cárcel, aún no. No antes de que me haya cansado de ti.

-¿Será pronto?

-Si tenemos suerte será tarde, muy tarde. Si la suerte se vuelca con nosotros puede que te de un bastonazo cuando sea una abuela gruñona.

-¡Dios mío!, por qué no te habré conocido antes.

-Puede que el destino esté trazado pero los dos vamos a luchar como jabatos.

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Entraron en la casa por una ventana. El entró primero y luego la cogió en brazos para introducirla por la puerta, que forzó sin ninguna consideración. Ella estaba casi desmayada, pero tuvo fuerzas para sonreír y decirle muy bajito, con un hilo de voz:

-Esta es nuestra noche de bodas. Lástima que no tenga fuerzas para enderezar tu pistola, forastero.

Y se rio como un ángel, como un demonio, como una esposa. El la llevó a un lecho. Ella estuvo desmayada un buen rato, luego despertó.

-No perdamos el tiempo, pichoncito, vas a seguir mis instrucciones sin temblar, ¿verdad cariño?

Ella le dio instrucciones con voz firme. El las siguió apretando los dientes. Cuando ambos terminaron ella volvió a desmayarse y él se bebió media botella de güisqui en el salón. La noche fue larga, ella tuvo fiebre, él la cuidó como a una niña, dándole antibióticos que encontró en el botiquín. Ella tuvo pesadillas, él rezó en silencio mientras tomaba la fiebre cada media hora

CUARTA MAÑANA

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Ella despertó sonriente, haciéndose la buena; él la miró preocupado, tenía mala cara.

-Es preciso que nos pongamos en camino, aquí no estamos seguros.

-No estás para viajar.

-Puede que tengas razón. Nos quedaremos todo el día y nos iremos en cuanto se haga de noche. ¿Dónde están mis pistolas? Por cierto, pichoncito, ya nunca dudaré de ti. Has podido entregarme a la bofia y en cambio te has pasado la noche cuidándome. Te quiero, pichoncito.

-He rezado a Dios para que pudieras decírmelo. Es el momento más feliz de mi vida. No me importa lo que nos suceda de ahora en adelante. Si nos aguarda la muerte, moriré en paz a tu lado.

-Y también el mío. No te dejaré morir -puedes creerme- hasta que me des todo lo que necesito y necesito mucho.

Ella aceptó comer cualquier cosa, él le preparó un caldo de sobre y una tortilla francesa, con unos huevos que quedaban en el refrigerador. No quiso decirle nada, temiendo que se pasara el resto del día con las pistolas en la mano. Los residentes lo habían dejado conectado, lo que significaba que no tardarían en volver. No se separó de su lado en toda la mañana. De vez en cuando tomaba su mano y la miraba con arrobo de enamorado. Ella se hacía la dormida, esperando el beso robado, que por fin llegó. Finalmente entró en un sueño profundo que puso en marcha los mecanismos defensivos de su duro organismo de superviviente.

UN CADÁVER EN LA CARRETERA V


SEGUNDA NOCHE

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Cenaron con velas y toda la parafernalia que se utiliza en estos casos. Ella le haría un regalito muy sabroso. ¿Adivinaba el pichoncito qué iba dentro del envoltorio?

Después del postre ella quiso que encendieran la chimenea. ¿Estás loca? No, no lo estaba, sudarían desnudos sobre la alfombra mientras bebían el champagne de su bodega.

Fue cariñosa –algo sorprendente en una asesina-. Muy apasionada –él pensó que hasta lo sería con la muerte, si en lugar de hembra fuera un buen macho- y muy, muy romántica (algo totalmente inconcebible en una asesina… )Le exprimió todo el jugo y aún se quedó con ganas, no obstante fue comprensiva con su debilidad de macho. Al terminar la noche a él no le importó que fuera una asesina. A ella no le molestó que él fuera su presunta víctima, aunque ¿quién era capaz de saber lo que una mujer así guardaba en su fondo de armario?

CADAVERG

SEGUNDA MAÑANA.

Ella preparó también el desayuno, ésta vez hubo hasta tortitas con nata. Al terminar dijo algo que a él le dejó de una pieza.

-Pichoncito, quiero que vayas al pueblo, compres cualquier cosa en el supermercado y hables con la cotilla.

-¿Ya te fías de mí?

-Te estoy poniendo a prueba, cariño.

Tuvo que buscar las llaves del coche bajo sus braguitas. Si él tenía alguna duda sobre lo que haría en el pueblo, eso se las disipó… Regresó pronto con noticias.

-Han estado unos matones –la cotilla no tenía dudas- preguntando por una chica. Fue ayer, por la tarde. Se marcharon convencidos, pero esta mañana a primera hora han regresado preguntando por unos extranjeros que han hecho un harén en su chalet. Al parecer se trata de unos millonarios que acogen a cuanta mujer joven se presente a su puerta. Las hay de todos los tipos y nacionalidades y su número convencería hasta al sultán más fogoso.

-¿Cuántos y cómo eran?

-Dos. Uno alto y fuerte, con una cicatriz en la mejilla derecha…

-Frankestein…

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-¿Cómo?

-Así le apodaban. ¿Y el otro?

-Bajito, delgaducho y con cara de mala leche.

-Pulgarcito. Prepara lo que necesites. Nos vamos.

CADAVERJ

-¿No estabas convencida de que se habían dado por vencidos?
-Estaban en el bote. Pero esos putos extranjeros lo han estropeado todo. Me conocen, saben que no despreciaría una ocasión así. Si no me encuentran allí, seguirán buscando por la zona.

En diez minutos estaban en el coche. Ella había vuelto a teñirse el pelo, usaba gafas de sol, zapatos bajos y había sufrido una transformación que a él le pareció digna del mejor maquillador de Hollywood. Salieron de estampida. Ella conducía…