Categoría: Noticias y política

VARIACIONES SOBRE LA JUSTICIA


 

NOTA INTRODUCTORIA

Ciertamente que todos los personajes y situaciones que aparecen en este relato son ficticios y cualquier parecido con la realidad será pura coincidencia. No obstante más de treinta años como funcionario de Justicia en este país deben haberme predispuesto para que algo de lo que aquí se cuenta pueda tener cierto parecido o se asemeje a la realidad, lo mismo que un objeto de un determinado color se parecería a otro del mismo color de forma bastante remota en algunos casos, como podría ser que el parecido entre un elefante y un ratón fuera el color grisáceo de su piel.

Dudé mucho y aún continúo dudando sobre la persona del narrador (aquí aparece en tercera persona aunque la primera me gusta más y tal vez lo intente) y la estructura del relato. Es posible que este largo relato, puede que una novela, sufra numerosas variaciones, algunas muy profundas a lo largo del tiempo. No obstante me he decidido a subirlo porque de otra manera no lograría animarme a continuarlo.

La burocracia ya fue relatada, en toda su esperpéntica grandeza y en su terrible y trágica pompa, por uno de los genios del siglo XX, mi buen amigo Kafka, de quien leí toda su obra en mi juventud y aún la sigo releyendo de vez en cuando. Jamás podré superarlo y mucho menos emular el laberinto espiritual en el que se desenvuelven sus personajes, atrapados entre su consciencia de lo que debería ser y lo que realmente es la realidad que les rodea. Así se siente el autor al escribir esta historia. Es cierto que la justicia nunca podrá ser perfecta –no es divina- pero a veces uno se pregunta si no podría ser un poco mejor, menos burocrática, menos lenta, más humana y menos legalista, dirigida más a regular la convivencia entre los seres humanos de la forma menos lesiva para todos en lugar de intentar que todo el mundo pase por el aro de fuego de la “dura lex” encaminada a someternos a todos a una determinada ideología, filosofía de la vida, del ser humano y de lo que debería, según ellos, llegar a ser la humanidad.

Una buena justicia no evitaría errores ni corruptelas, ni la acción de jueces tan independientes que se consideran plenamente autorizados a retorcer el sentido de la ley hasta que ya no queda nada de su verdadera médula, o dicho de otra manera, que solo dejan cuellos rotos a su paso. Es cierto que todo esto es inevitable, pero al menos una buena justicia, rápida, poco burocrática, basada en el sentido común y no en la literalidad de leyes redactadas y aprobadas por quienes nunca las han aplicado ni las aplicarán y que a veces solo pisan la calle para subirse al coche oficial, ayudaría a que el ciudadano no estuviera tan alejado de la Justicia, casi como de aquí a las puertas de Orión, por donde intentan sobrevivir los replicantes en Blade Runner.

Esta historia ficticia se desarrolla en un país imaginario que evoluciona desde una dictadura de corte más o menos europeísta hasta una democracia de pleno derecho, de corte también europeísta. No se asusten si algunos episodios les recuerdan a países tercer-mundistas y a justicias que poco tienen de democráticas. La intención del autor ha sido la de recrear todas las justicias existentes en todos los países del globo, las que alguna vez existieron y las que alguna vez existirán, casi con toda seguridad. Por eso cualquier intento de situar este relato en un país concreto, protagonizado por personas concretas y reales y hacer encajar lo que se cuenta con lo que supuestamente conoce alguno de los lectores, rechinará con mucha fuerza. Les aconsejo que no lo intenten. Limítense a imaginarse la mejor de las justicias posibles, reflexionen seriamente sobre ello, denle vueltas y más vueltas a los supuestos problemas irresolubles, y cuando consigan llegar a una meta más o menos aceptable, olvídense de lo que han imaginado y degraden esa idea todo lo que puedan. A lo mejor logran escribir una historia parecida a esta

  VARIACIONES JUSTICIA

 

                 I

 

      LA TOMA DE POSESIÓN

 

El subdirector General de Relaciones con la Administración de Justicia terminó de firmar los trescientos nuevos nombramientos de auxiliares de Justicia. Lo que nunca supo uno de los nombrados, concretamente el número doscientos cincuenta y dos, fue si la firma se realizó con pluma y dicho señor firmó uno a uno los nombramiento o se utilizó un tampón con la firma del subdirector. Con el tiempo llegaría a saber cuántas firmas diarias era capaz de estampar un Juez antes de abandonar por agotamiento. Seguro que todo un subdirector no pasaría por esa tortura… ¿o sí?

Seguramente luego se trasladaría a un acto oficial o se iría a comer a un buen restaurante, si había llegado la hora de almorzar, muy satisfecho de  haber tapado uno de los enormes agujeros que tenía la Justicia de su país, a la que algunos comparaban con un queso gruyere.

El correspondiente funcionario puso los sellos a los nombramientos ( trescientos sellos en trescientos nombramientos de auxiliares administrativos de la Administración de Justicia) los introduje en trescientos sobres y se pasó el resto de la mañana poniendo con la máquina de escribir las direcciones de los agraciados. Antes de salir a comer (entonces el horario era partido, mañana y tarde) colocó los sobres en el correo para el día siguiente. A primera hora otro funcionario llevaría el saco a la correspondiente estafeta de Correos. Por aquel entonces Correos era del Estado y existía un sello de franquicia, evitando así tener que colocar un sello de uso común en cada sobre. Los sellos de los que se hablará más adelante se refieren a los sellos que tiene cada Juzgado u oficina administrativa para certificar que el correspondiente escrito no es una falsificación.

Telefónica también era del Estado en aquel tiempo y por las llamadas que realizaban los Juzgados no se pasaba la correspondiente factura al funcionario que utilizaba el teléfono. ¡Uff! ¡Menos mal! Pensaría el recién nombrado auxiliar número 252 en cuanto se enteró del asunto.

 

·          + +

Dos días más tarde, aproximadamente (no vamos a meternos ahora en cuánto tardaba el correo en aquellos tiempos), en una pequeña ciudad de provincias un joven de unos veintidós años, más o menos, recogía un sobre oficial en el buzón de su portal.

 

Lo abrió de inmediato y subió las escaleras de dos en dos, como un cangurito gentil, hasta el tercer piso, donde habitaba. Las oposiciones se habían convocado tres años antes (más o menos, no vamos a ser tan tiquismiquis). A pesar de necesitarse muchas más plazas para cubrir vacantes solo se convocó ese número, ni una más, tal vez porque el presupuesto no permitía más dispendios. Ese sería el sino de la Justicia se su país, según acabaría sabiendo el auxiliar 252, cuando se tapaba un agujero ya se habían abierto tres o cuatro en el “intermezzo”. Supuso que eso se debía a las mezquindades del presupuesto y no a la falta de previsión de ministros o subdirectores. No le entraba en la mollera que sabiendo que al cabo de dos años se iban a necesitar trescientas plazas más, se convocara una oposición con trescientas nuevas plazas, en lugar de seiscientas, que serían las imprescindibles una vez que se cumplieran los trámites y pasaran los dos o tres años correspondientes hasta que los nuevos pudieran tomar posesión.

 

A la oposición se habían presentado diez mil -10.000- candidatos, por lo que tocaban a…( al auxiliar 252 no se le daban bien las matemáticas y dejó de calcular antes de llegar a la solución). Por supuesto que al terminar todos los exámenes, mecanografía, taquigrafía (nunca la usó en el desempeño de su función) y teórico y práctico de leyes, los aprobados fueron trescientos, ni uno más. Esta vez no se preguntó cómo sabía el tribunal a cuántos era preciso “tirar” en el primer ejercicio para que no se vieran obligados, en el segundo, a dejar fuera a opositores que realizaran un ejercicio brillante.

El que con el tiempo sería el auxiliar 252 estudió en una academia durante más de un año, simultaneando sus estudios con un trabajo de basurero, o séase recogedor de basura en camiones. Puso tanto empeño que llegó a dar casi quinientas pulsaciones (machaqueo de teclas) por minuto, cuando solo le pedían 250 pulsaciones. Siempre estaría convencido de que llevar el doble de pulsaciones de las que le pedían fue lo que le salvó la vida en la oposición. Su taquigrafía no era mala, pero ya se sabe que en los exámenes uno se pone nervioso y no rinde ni la mitad de lo que sabe. En cuanto a los temas tuvo la mala suerte de que le tocara un tema de “penal”, que no dominaba mucho, en lugar de uno de “civil” que se sabía al “dedillo”. Esto le hundió y salió del gran salón donde se había celebrado el examen tan cabizbajo como un picapedrero con una gran piedra en la nuca. Estaba convencido de que había suspendido, por lo que aquella carta oficial le alegró el alma. Le daba igual ser el número 252 que el nº 1, lo importante es que su futuro económico estaba solucionado.

Continuará

  

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