Categoría: El Silencio-novela

EL SILENCIO VII


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*                        *                      *

Se despertó con los pies fríos, la cabeza retumbando como un tambor, la lengua estropajosa y la sensación de haber vivido espantosas pesadillas. Recordó con vaguedad la pesadilla que durante toda la noche había estado royendo las fibras más delicadas del interior de su ser. Intentó hacer presentes los aspectos más llamativos del sueño pero éste se diluía en la memoria como agua en la arena. Tan solo pudo retener la imagen de su mujer y sus hijas discutiendo con él, que acababa de tomar una decisión: iba a morir pero nunca sabría que los hechos se habían decidido en otra dimensión invisible. Aquello no tenía ningún sentido pero en el entramado del sueño era algo perfectamente lógico, era la renuncia definitiva a hacer daño a quienes más quería.

Se levantó tiritando,tocó el radiador que estaba completamente helado y se preguntó si la calefacción se habría estropeado. Levantó la persiana y lo que vio le despejó totalmente, haciéndole olvidar incluso la preocupación angustiosa que había dejado la pesadilla en su interior, como el  poso de un veneno amargo: en el exterior todo estaba blanco, la nieve había caído durante la noche y debió hacerlo constante y copiosamente porque calculó habría medio metro.

Ligeros copos caían oblicuos, debido a las rachas de viento, dejando en su mirada la dulzura navideña. Sintió una gran alegría, su mujer no podría salir de allí con el coche y hacerlo andando sería una locura. Habría tiempo para olvidar rencores y curar viejas heridas. Hasta era  posible que ese sabor navideño alegre volviera a sus labios, cálidos a pesar de estar degustando una bola de nieve hecha con la capa que cubría el alfeizar de la ventana.

Permaneció con la ventana abierta largo tiempo contemplando, a través del aire blanco, el valle allá abajo, dormido entre enormes sábanas blancas. Todo el verdor había desaparecido, hasta los árboles y arbustos parecían muñecos de nieve con brazos de pólipo, formaban un paisaje extasiante para ver en casa en gran pantalla como recordó haber visto aquella maravillosa película de nombre bíblico, Jeremias…,no pudo recordar el apellido del personaje que encarnaba Robert Redford. Pero aquello era real, el temblor de sus piernas, el rechinar de sus dientes dejaban bien claro que la belleza no tenía que reñir siempre con la dureza y la crueldad; en eso la naturaleza era como en tantas otras cosas la maestra de la vida.

Cerró la ventana mientras su mente, ya completamente despierta, se planteaba el día de forma tan pragmática como solía hacer en su trabajo. Lo primero era descubrir qué había pasado con la calefacción: una estancia en la montaña, entre la nieve, tiritando de frio no era precisamente una imagen agradable; pensó que su amigo tendría una provisión de leña y en algún sitio, a veces pasaba allí las navidades y una persona que conoce bien la montaña no puede fiar su supervivencia al azar de la tecnología.

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Bien abrigado salió al exterior hundiéndose en la nieve hasta las rodillas- tendría que buscar también una pala para abrir un sendero. Cuando llegó al depósito de gasoil tenía los vaqueros y los pies completamente empapados. Miró las agujas en los medidores, dos círculos acristalados, y sintió una ligera angustia, todos estaban a cero. Eso no tenía porque significar nada pero le dio mala espina; era posible que en el deposito solo hubieran quedado restos apenas suficientes para unas horas de calefacción. Cogió un palo que sobresalía entre la nieve y golpeó el metal, el sonido le pareció claramente el de un recipiente vacío.

Ya en la cocina buscó las llaves de la calefacción por todas partes, las encontró detrás de una puerta de madera que antes le había parecido un armario. Allí estaban las llaves del agua, el contador de la luz y un contador de gasoil, sobre él una pegatina lo indicaba claramente. Estaba claro que el depósito estaba vacío. Se pasó media hora buscando la leñera, hasta que descubrió una trampilla en el salón debajo debajo de la alfombra. Se trataba de un sótano dedicado a bodega, leñera y trastero.

Se trataba de un enorme cuarto, que ocupaba los bajos de toda la casa, estaba dividido por tabiques de madera en leñera a la izquierda,bodega a la derecha y cuarto para todo en el centro, donde guardaba juguetes viejos y todo tipo de cosas no usadas habitualmente, incluso pudo ver libros en cajas de cartón. Había encendido la luz según bajaba por la escalera de madera, el interruptor estaba encima de su cabeza, a la altura de los ojos, pisando el tercer escalón. Al fondo un par de ventanucos cerrados servían para dar un poco de luz en verano. Los abrió no sin esfuerzo, al otro lado del cristal tres barrotes de hierro parecían querer cerrar el paso a algún animal ya que era evidente ninguna persona podía pasar por allí. Su amigo había tomado precauciones para que ningún excursionista o aldeano tuviera tentaciones de entrar en la casa a la que había dotado de modernas medidas de seguridad.

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Antes de recoger leña en un capacho de mimbre, que tenían colgado de un clavo en la pared, estuvo hojeando los libros de las cajas sin encontrar nada que le llamara especialmente la atención; luego manipuló botellas hasta encontrar un tinto y un rosado de la casa que decidió probar en las comidas del día.

Subió todo hasta el salón, preparó la chimenea consiguiendo prender la leña no sin algunas dificultades. Entonces decidió atender a su estómago preparándose café, huevos revueltos con bacon y unas tostadas. Era hombre de buen apetito que se agudizaba cuando pisaba la montaña. Dejó preparadas raciones de todo para su mujer por si decidía levantarse, supuso que acabaría haciéndolo buscando el calor de la chimenea.

Desayunó con apetito y con el ánimo más tranquilo y alegre, la reacción de su mujer era normal pero ahora se verían obligados a pasar allí al menos una semana no tenía duda alguna sobre su comportamiento, se acabaría tranquilizando y entraría en razón. De vez en cuando levantaba la mirada del plato para contemplar por la ventana la nieve cayendo mansamente. Terminó, puso en el fregadero los cacharros y se acercó a vigilar el fuego. Solo entonces se dió cuenta de la mojadura pillada al salir, se quitó botas y calcetines poniéndolos junto al fuego, hizo lo mismo con los pantalones de pana, un par de calcetines fuertes y las playeras. Ya junto al fuego dejó que las prendas entraran en calor y se las puso con gran placer. Arrimó una silla y permaneció largo rato amodorrado por el dulce calor que se desprendía de la chimenea. Una cabezada le despertó, recordó a su mujer, y pensando que ella no se acercaría a la cocina mientras el estuviese allí, volvió a la habitación, antes echó varios leños más al fuego, y se introdujo en la cama después de cerrar la ventana que había quedado abierta, no sin antes dejar la puerta entornada, quería escuchar el ruido que haría si se levantaba.

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EL SILENCIO VI


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Hizo la cama rabiosamente, de cualquier manera, deshizo su maleta, sacando un pijama y los útiles de aseo .Se acercó a la cocina y colocó la comida en los estantes, si ella quería irse él se quedaría, que se llevara el coche, cuando necesitara marcharse llamaría a un taxi o se arreglaría de cualquier otra manera. Si todo había terminado no tenía gran interés en nada, ni siquiera en conservar su trabajo, se quedaría allí y pensaría en ello, si permanecía solo iba a tener mucho tiempo.

Oyó a su mujer moverse en su habitación, seguramente no saldría ni para cenar; nunca parecía disfrutar de mucho apetito y los disgustos lo hacían desaparecer por completo – luego se resarcía premiándose con un buen surtido de productos de repostería-;así que no esperaba nada de esa noche, mañana se vería, si había algo que ver.

Cuando terminó salió al porche. El ocaso iba cayendo sobre las cumbres de las montañas, no quedaba mucho para la noche; el sol ,como recién fregado, lanzaba sus últimos rayos antes de acostarse. Parte del cielo era de un hermoso azul brillante pero a su derecha, en dirección al centro de la cordillera se veían algunas nubes que no presagiaban nada bueno.

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Era una hermosa puesta de sol aunque por el norte podían verse  algunos retazos de nubes, de un color más bien negruzco. Permaneció de pie contemplando la montaña: los altos picachos graníticos, el estrecho valle allá abajo con praderas verdes donde pacían algunas vacas; el cielo como recién lavado y sintiendo en la cara la cortante brisa que anunciaba una noche fría. Dio una vuelta alrededor de la casa observándolo todo con interés y entusiasmo, a pesar de ser hombre de metrópoli, nacido y criado allí, y de donde apenas había salido, fuera de las vacaciones en la playa o alguna navidad a esquiar en la montaña, su entusiasmo por la montaña a veces resultaba gracioso, dado su escaso conocimiento del entorno.

Allá a lo lejos, al fondo del valle se podía ver un pequeño pueblo con casas de piedra y tejados rojizos, durante unos minutos lo observó atentamente deteniéndose especialmente en el detalle de que aparentemente parecía incomunicado, no se veía carretera o camino que llegara hasta él. Por fin pudo ver un trozo de asfalto donde reflejaba el sol, a la salida del pueblo, dirigiéndose hacia unas laderas que parecían juntarse allí. Seguramente se trataba de una falsa impresión puesto que si pasaba la carretera tenía que existir una garganta o algo parecido. Al otro lado del pueblo pudo observar varios caminos que salían del pueblo en diferentes direcciones. Uno bordeaba las laderas de varias montañas hacia donde él se encontraba, aunque en un primer momento no pudo ver ningún camino por allí cerca, luego observó detrás de la casa uno de cabras que se encontraba con otro de tierra que parecía venir de aquella dirección.

El frío se estaba haciendo más intenso, notaba una fuerte sensación de hambre en el estómago, pensó en algo para comer y los jugos gástricos empezaron a trabajar con entusiasmo. Entró en la casa y se dirigió a la pequeña cocina separada por un tabique de madera y cristal del salón. Revolvió entre las bolsas con comida que había dejado allí al entrar y sacó unas costillas de cerdo, un par de chorizos y una morcilla. Pensó en algo caliente para entonarse y se decidió por una sopa de fideos de sobre. Busco recipientes por los armarios y encontró lo que necesitaba, un pequeño cazo para la sopa y una parrilla para asar las costillas y el chorizo. Intentaría hacer la morcilla aunque la comía pocas veces y no sabía cómo prepararla. Le gustaba cocinar de vez en cuando, hacer algunos platos que le gustaban, especialmente los fines de semana cuando la empleada, que también hacía de cocinera, se toma su descanso.

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Preparó todo con calma, sobre la tarima de la cocina encontró un pequeño transistor, buscó una emisora que pudiera escucharse sin demasiadas interferencias y trató de hacerse la ilusión de estar pasando un día de agradable descanso. Su mujer permanecía en la habitación, donde no se oía ruido alguno. Se dijo que el detalle de preguntarle si quería comer podría ayudar un poco. Llamó a la puerta cerrada con los nudillos y espero, no recibió contestación. Abrió la puerta, su mujer se había acostado y estaba leyendo con la luz de la lámpara de la mesita encendida. La pregunto con dulzura si quería cenar y al no recibir contestación volvió a cerrar suavemente.

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Cenó con apetito voraz, le gustó especialmente la morcilla que preparó en la parrilla. Cuando terminó puso los platos sobre el fregadero, apagó la radio y poniéndose un jersey de invierno en su habitación salió al porche donde encendió un cigarrillo. Era ya de noche, las primeras estrellas asomaban sus cabecitas de alfiler sobre el oscuro tejo del cielo. De vez en cuando una nube ocultaba el pequeño trozo de luna que asomaba a su derecha como un gajo blanco de alguna fruta exótica.

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Terminó el cigarrillo y fue a sentarse en el columpio de madera. Después de la sustanciosa cena se sentía más animado, la actitud de su mujer ya no le parecía tan trágica e irremediable. Encendió otro pitillo, pensando en lo bien que le vendría algo de licor. Volvió a la cocina y buscó por los estantes y armarios, encontró una botella de whisky, se sirvió un vaso colmado y volvió a salir al porche. Empezaba a hacer verdadero frío, la temperatura estaba bajando bruscamente. Bebió un largo trago notando cómo  el líquido le quemaba la garganta, después un agradable calorcillo le reanimó.

Pensó en sus dos mujercitas, tenían dos hijas de diez y seis años, a las que quería con verdadera pasión. Se habían quedado con los abuelos maternos, las imaginó en la cama pegadas a sus ositos de peluche idénticos; los irremediables celos les obligaban a comprar todo por duplicado. Una lágrima furtiva corrió por su cara, se la secó rabioso con la palma de la mano y bebió dos tragos largos de licor. No utilizaría a sus pequeñas como chantaje si el matrimonio seguía adelante tendría que ser por sí mismo. Apuró el vaso notándose mareado. El alcohol siempre le afectaba más de lo normal por eso no le gustaba beber habitualmente. El frío era ahora cortante, tendría que ir a por la cazadora de piel si quería quedarse más tiempo. Caminó hacia la casa dando algún traspiés. Ya en la cocina se sirvió el resto de la botella y decidió acostarse. Buscó otra manta en el armario y la puso encima del edredón, sería una noche gélida. Antes de introducirse en el lecho recordó que su amigo le había dicho que la casa tenía calefacción de gasóleo, regresó a la cocina y buscó los mandos, puso el termostato a veinte grados y regresó a la habitación.

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Buscó en la maleta una novela de Jim Thompson, 1280 almas, que había escogido de su colección de novela negra, pensando que su historia armonizaría con la oscuridad de su alma;  se desvistió, poniéndose el pijama de invierno que había traído ex profeso. Sumergido bajo el peso de mantas y edredones apuró un nuevo trago de whisky y se dispuso a paladear la novela de Thompson como si de un añejo licor se tratara. Al principio no fue capaz de centrarse en la lectura, se veía obligado a  releer páginas enteras antes de captar el sentido. Su mente se empeñaba en poner ante sí  tétricos cuadros, en los que aparecían su mujer, en la habitación de al lado, y sus niñas, en la de sus abuelos, superponiéndose en diferentes planos espacio-temporales, cada vez más trágicos y angustiosos. Por fin se sumergió en la lectura con intenso apasionamiento, incluso se sorprendió riéndose silenciosamente de las peripecias de aquel divertido canalla. Al cabo de un tiempo tuvo que despojarse de la manta y el edredón, la calefacción debía de estar funcionando porque el calorcillo en el aire de la habitación era una sensación muy agradable. Al fin se quedó dormido, con la botella de whisky vacía sobre la mesilla de noche, la lámpara encendida y el libro en la mano.

EL SILENCIO V


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Se despertó sobresaltada cuando el coche tomó una curva con demasiada brusquedad. Todavía no podía creer que se hubiera dormido después del shock histérico sufrido, pero gracias a Dios el cuerpo tiene más recursos de los que imaginamos, sino fuera así nadie sobreviviría al segundo o tercer disgusto serio que sufriera en la vida. Su marido contemplaba el hermoso paisaje montañoso mientras escuchaba la música country que ella detestaba. Era posible que la hubiera escogido para obligarla a hablar, al menos para pedirle que la quitara, pero no era probable ya que llevaba dormida un buen rato. Aquellos meses pasados como enemigos habían agudizado su susceptibilidad sobre el comportamiento de su marido, todo le parecía mal ,en cualquier detalle buscaba una pequeña venganza, cuando debía reconocer que su comportamiento era extremadamente delicado, necesitaba la reconciliación no lo ocultaba.

El sueño la había sentado bien, se notaba más relajada y tranquila; contempló el paisaje sin preocuparse de que su cuello se volviera hacia su marido, no se sentía con ánimos para charlar sobre ningún tema pero tampoco se iba a negar a hacerlo si él lo intentaba, aunque ahora estaba demasiado ocupado en contemplar el paisaje de su infancia, del que tanto le había hablado como para preocuparse de ella. La tormenta había pasado pero en el cielo, en dirección a la montaña a donde se dirigían, se estaban acumulando negras nubes que formaban un frente tormentoso, algo nada halagüeño sobre el tiempo que iban a encontrar. Al menos si se veían obligados a permanecer en la cabaña todo el tiempo esperaba limar asperezas, aunque no se sentía muy esperanzada al respecto después de su reacción al recordar los nefastos acontecimientos de unos meses atrás.

Ahora con los ojos abiertos contemplaba fijamente el asfalto. No se atrevía a moverse temerosa de que él la notara rebullir, le dolía todo el cuello, la espalda, hasta el trasero, pero siguió así, rígida, tensa como la cuerda de un arco presto al disparo. La negra nube que amenazaba lluvia desde hacía largo rato descargó por fin con aparato eléctrico. Una intensa cortina de lluvia ocultó todo alrededor del coche. Él dio las luces y bajó ostensiblemente la velocidad. Siempre la había gustado la lluvia, permaneció así largo tiempo, contemplando delante de ella y pensando, sin poder evitarlo, en su abuelo y sus extrañas teorías sobre el más allá.

 

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CAPITULO III

Llegaron a la cabaña,situada en lo alto de uno de los puertos de montaña del macizo montañoso,a una hora prudencial,tenían tiempo de instalarse y hacer la cena.Era un lugar demasiado aislado para su gusto;dejaron la carretera general para seguir un sinuoso camino de tierra durante un cuarto de hora hasta alcanzar una finca en la falda de una montaña.En el centro de lo que parecía un prado, allanado y apisonado con tierra, se veía una bonita cabaña de madera, no era muy grande pero sí lo suficiente para un salón con chimenea,una pequeña cocina y tres habitaciones, dos de ellas de pequeño tamaño.Las paredes hechas de troncos de madera sin desbastar encajaban perfectamente,los troncos estaban pintados de negro, seguramente con algún producto aislante,el tejado de teja roja sobre sólidas vigas parecía capaz de aguantar el peso de una buena nevada; la chimenea en ladrillo rojo estaba acompañada de un pararrayos y una antena de televisión. Detrás de la casa un trozo de terreno dedicado a huerta aparecía embarrado y descuidado.Delante habían instalado columpios de madera,una pequeña perrera,una mesa redonda de piedra con un banco circular del mismo material y unos metros más allá un cenador de madera podía servir de atalaya sobre la espléndida vista del valle.El sol luchaba a brazo partido con las nubes,dejándose ver a intervalos que calentaban la ligera brisa anunciadora de una noche fría y desapacible.

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Aquí tienes las sábanas y las mantas. ¿Quieres que te ayude a hacer la cama?

-Ya sé cómo ayudas tú a hacer las camas, cabrón –no esperaba respuesta por lo que aquella explosión de cólera le pilló por sorpresa, pero comprendió inmediatamente que era una buena señal, los psiquiatras saben muy bien que cuando se empieza a hablar de los problemas aunque sea de forma agresiva y violenta estamos en el camino de encontrar alguna solución-.

-Creí que habíamos venido a olvidar el pasado y buscar una reconciliación –habló en tono suave, casi cariñoso.

Ella se le quedó mirando fieramente con los puños apretados, caídos a los costados. Tenía la boca cerrada salvajamente como si pretendiera impedir a algún monstruo de su interior que asomara la cabeza al exterior. Así permaneció unos segundos que se le hicieron interminables, luego como si no pudiera impedir que explotara todo lo que llevaba dentro, su boca se abrió y un torrente de insultos y expresiones soeces le recordó que el pasado era mucho más que una categoría mental. Notó su cara ardiendo mientras la cólera pugnaba por salir al exterior, como un volcán a punto de reventar. De buena gana la hubiera pegado dos buenas bofetadas pero eso habría terminado definitivamente con el intento de reconciliación así que sin pensárselo dos veces dio media vuelta y salió corriendo de la casa.

Ya en el jardín recorrió a buen paso todo el perímetro de la valla hasta llegar a la puerta trasera, allí se detuvo junto al depósito de gasoil para recuperar el resuello. Apretó los dientes hasta hacerse daño luego maldijo de todo lo que se le ocurrió con palabras que salían de su boca como balas. Cuando se calmó se dio cuenta que ni siquiera había insultado a su mujer, en su subconsciente estaba clavada a sangre y fuego la orden de intentar la reconciliación a cualquier precio. Se  encontró detrás de la cabaña junto al depósito metálico, esa noche no pasarían frío, aunque si los sentimientos pudieran influir en el tiempo, la cabaña podría muy bien estar en el norte del Canadá, por poner el primer lugar gélido que se le venía a las mientes.Se entretuvo un rato contemplando el paisaje y luego volvió a la cabaña.

Al verla esforzarse bajo el peso de la caja llena de botes y latas de conserva, hizo un gesto para ayudarla, pero ella le ignoró siguiendo su camino hasta la cocina como si no hubiera nadie más en la casa. El salió hasta el jardincillo donde aún quedaban otras dos cajas y varias bolsas de plástico con comida y sacando un cigarrillo se dispuso a fumarlo mientras contemplaba más detenidamente el paisaje. A la izquierda mirando hacia la puerta de la cerca y el camino de tierra, la valla protegía de la caída por una ladera muy empinada con muchos matojos que terminaba en un amplio valle, encajonado entre dos laderas que iban ensanchándose hasta el fondo del valle, allá a lo lejos, podían apreciarse diminutas casa de teja, así como el cuerpo brillante de una carretera que travesaba el pueblo perdiéndose al otro lado de una estrecha garganta. Por el valle se oían esquilas de vacas y algunas manchas parduzcas moviéndose entre las escobas.

Terminó el cigarro sin que su mujer volviera a aparecer a recoger más bultos, supuso que estaría deshaciendo las maletas. En un par de viajes llevó todo a la cocina, su mujer estaba hurgando en la maleta en su habitación según atisbó a través de la puerta abierta. Empezó a colocar los comestibles en las estanterías y despensa, se dijo que debería hacer algo, mostrarle a su mujer que estaba dispuesto a ser un buen chico, ofrecerse a ayudarla a hacer su cama. Por cierto su amigo le había indicado dónde se encontraban las sábanas y mantas, en un arcón rústico en la habitación, a mano derecha según se entraba al salón; era pues su habitación puesto que su mujer acababa de elegir la otra. Aprovechó para llevar su maleta y echó un vistazo al arcón, no estaba cerrado con llave, en efecto, allí había mantas, eran gruesas y parecían muy cálidas. Cogió dos, un juego de sábanas y haciendo de tripas corazón se dirigió a la habitación de su mujer.

EL SILENCIO IV


SILENCIO

Le dolía el cuello, la espalda, el trasero, pero no se atrevía a moverse por miedo a que fuera interpretado por su marido como un gesto de comunicación, un permiso para iniciar el diálogo. Finalmente, agotada, se estiró, reclinó el asiento y cerró los ojos como si el sueño se estuviese apoderando de ella.

Pero eso era lo más lejano a la actividad desenfrenada de su fantasía, que le mostraba una y otra vez la misma escena. Su marido en la puerta de la habitación del hotel vestido tan solo con su slip, ni siquiera había tenido la decencia de vestirse para recibir a la presunta camarera que insistía en entregar un falso pedido. Seguramente no pensaba abrir la puerta del todo, su intención sería despedirla cuanto antes y volver a la cama donde le esperaba aquella repugnante mujer, su secretaria. Se quedó tan sorprendido que apenas protestó cuando la puerta, que ella abrió con brusquedad, le golpeó en la cara. Entró como una furia del averno hasta el fondo del cuarto donde estaba el lecho y apenas tapada por una sábana el cuerpo desnudo de la amante. Comprobar que era un hermoso cuerpo la enfureció aún más.

Paró el discurso del recuerdo, una intensa emoción la oprimía el pecho como una bola de fuego, quemando los pulmones e impidiéndole respirar. Abrió la boca intentando que el aire entrara a bocanadas; un intenso pánico se estaba apoderando de ella; tenía miedo de morir. Sabía lo que era una enfermedad psicosomática y su imaginación trabajaba a velocidad vertiginosa. Era como si se estuviera viendo muerta sobre el asiento del coche, de un ataque de asma. Quizás ya lo estaba porque por un momento se sintió elevada sobre el coche, contemplándolo todo desde lo alto. El terror la obligó a abrir los ojos, su marido se aferraba al volante con la vista fija en la carretera; una canción melancólica acompañaba el sonido de la lluvia repiqueteando sobre el metal de la carrocería y la luneta delantera. Quiso dar un grito pero nada salió de su garganta, intentó coger el brazo de su marido pero sus manos no se movieron.

Fue consciente de que volvía a respirar en cortos jadeos, poco a poco se calmó. Durante un tiempo permaneció con los ojos muy abiertos fijos en la cortina de agua que oscurecía la carretera delante del coche, sintiendo un miedo terrible a cerrar los ojos y revivir de nuevo la experiencia. Deseó que su marido hablara, la mirara un segundo, pero éste estaba muy ocupado vigilando la conducción, había encendido las luces y sus ojos escudriñaban frente a sí. Respiró profundamente buscando la calma, la respiración adquirió un ritmo lento y continuo, al cabo de un rato todo volvió a la normalidad.

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CAPITULO II

La tormenta se hizo tan intensa que le obligó a detenerse en el arcén y dar las luces de avería, por si a algún coche se le ocurría seguir circulando. Volvió la mirada hacia su mujer que tenía los ojos cerrados y respiraba suavemente, parecía dormida. Con la vista clavada frente a sí, en  la cortina de granizo que golpeaba el coche con un ruido fuerte que hacía temer por la integridad de los cristales, recordó lo sucedido aquella mañana.

Tan pronto su mujer aceptó la proposición llamó a su amigo al trabajo y quedaron en encontrarse en la placita situada frente al moderno edificio donde tenía su despacho. Sacó el coche del garaje  y tomó la carretera general hacia el centro de la ciudad con un temblor en las manos y en todo el cuerpo que le obligó a detenerse varias veces en el arcén para intentar calmarse. Al llegar aparcó donde pudo sin preocuparse de la posible multa, llegaba con cinco minutos de retraso y temía que su amigo no le hubiese esperado. Pero allí estaba él sentado en un banco del parque donde jugaban algunos niños bajo la atenta mirada de jóvenes mamás a quienes en otro momento sin duda hubiera contemplado con placer pero ahora hurtó la mirada como si su mujer estuviese vigilándole escondida detrás de cualquier seto.

El día era triste y no sólo por los negros nubarrones que oscurecían el cielo ocultando la primavera que aquel año se había exhibido, días atrás, con sus mejores galas. Su amigo, un hombre bajo, fuerte, con grandes entradas en la frente y rostro bonachón, pasaba de la cuarentena y ésta era la primera vez que se veían en meses. Su amistad se fue diluyendo poco a poco al preocuparse más de sus respectivos matrimonios que de conservar la vieja camaradería de compañeros de calaveradas en la universidad. A pesar de ello aquellos deliciosos años aún pesaban mucho en el recuerdo de cada uno lo que les llevaba a citarse de vez en cuando para tomar unas copas y rememorar viejos tiempos. Sus respectivas no se llevaban muy bien por lo que se veían a escondidas con cualquier disculpa.

Se estrecharon la mano y el amigo le recriminó cariñosamente la estúpida idea de ir a pasar unos días en la alta montaña en aquella época del año, perder más de tres horas en el viaje para encontrarse con el frío , la lluvia y tal vez la nieve, no era una idea muy  acertada. Se sentó a su lado –había permanecido en pie durante el sermón de su amigo- y apretándole el brazo le explicó entrecortadamente la situación. Su matrimonio se hundía irremisiblemente, como el Titanic, su mujer le había sorprendido con la secretaria y aquella era posiblemente la última oportunidad de salvar una relación que había durado quince años. Su amigo tardó un poco en hablar, sorprendido por la noticia. En sus años universitarios las habían armado pardas, su fama de mujeriegos y gamberros precedía sus pasos, pero el matrimonio les había calmado y ninguno conocía que el otro hubiera sido infiel.

-Espero que al menos lo hayas hecho por una mujer que mereciera la pena. Sería estúpido tirar a la basura tantos años por un loro, una cotorra o cualquier otro pajarraco –utilizaba el viejo lenguaje acuñado por ellos en la universidad al hablar de las mujeres-.

-Era un cisne desvergonzado, pero no puedo entretenerme más, necesito la llave, quiero salir cuanto antes.

-Toma. ¿Tan mal iban las cosas? La última vez que os vi juntos, parecíais muy cariñosos.

-Ya sabes cómo son estas cosas, la convivencia se va pudriendo en el subsuelo y cuando al final brotan las ortigas uno comienza a darse cuenta de que el jardín llevaba mucho tiempo sin recibir los oportunos cuidados.

-Bueno, suerte. Ya me las devolverás cuando te parezca, no corre prisa.

-Hasta pronto. Te llamare a la vuelta.

Se abrazaron con un ligero titubeo por parte de ambos y se alejaron sin volver la cabeza. Ya en el coche reclinó el asiento y permaneció unos minutos con la mirada extraviada  como un hombre que se está jugando todo, incluso la vida, a una sola carta. Cuando arrancó caían algunas gotas, condujo de vuelta imaginando a su mujer con las maletas hechas,  esperando cualquier disculpa para anular la oportunidad que tanto le había costado darle.

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La tormenta fue disminuyendo en intensidad, un pequeño claro iluminó el asfalto mojado. Apagó las luces dándose cuenta de la fuerza con que aferraba el volante. Se relajó un poco y miró a su mujer, tenía los ojos muy abiertos y respiraba con el ritmo del sueño. Esto lo dedujo de la suavidad con que se elevaba su pecho a intervalos porque el sonido de la radio le hubiera impedido apercibirse de cualquier otro ruido. ”Bien, si ella se negaba a hablar buscaría el sonido de otras voces”. Cambió de emisora hasta encontrar un magazine de la tarde en una cadena de emisoras, en ese momento entrevistaban a un escritor .Cuando terminó la entrevista las primeras estribaciones del macizo montañoso aparecían a lo lejos, en menos de diez minutos estarían trepando por la estrecha y ondulante carretera de montaña. El cielo se iba despejando poco a poco, algunos retazos de oscuras nubes parecían volar sobre las montañas. El sol primaveral calentaba agradablemente el rostro y allá sobre un pueblo de tejas rojas cercano a las primeras colinas un hermoso arco iris resplandecía aún mojado por las últimas gotas de la tormenta. Miró a su mujer, dormida, recostada sobre el asiento y la cabeza desmadejada entre el reposacabezas y la ventanilla. ”Mejor así, se dijo, no soporto su mirada de hierro clavada en ninguna parte”.

Buscó en el pequeño hueco debajo del volante, siempre guardaba allí algunas casetes, revolvió hasta encontrar la música country de un cantante que le gustaba, especialmente sus canciones sobre la montaña. La introdujo en el radiocasete y se dispuso a disfrutar de la última parte del viaje. Las peñas mojadas relucían al sol a uno y otro lado de la carretera, los árboles presentaban un fuerte color verde en sus hojas húmedas, la primavera era una hermosa estación por allí; bueno, todas lo eran… Durante su infancia había pasado muchos veranos con sus abuelos en un pueblecito cercano al lugar donde se dirigían.  A veces cuando cerraba los ojos por las noches y buscaba una imagen relajante podía ver las mariposas multicolores volando silenciosamente entre las flores del camino de tierra que conducía a las fincas; el color negro y sabor dulcísimo de los arándanos llamándole a un festín inacabable; el rojo de los agavanzos, el verde de la hierba, el amarillo de las flores de las escobas quedaría para siempre en su retina como los colores de la felicidad. Si se concentraba un poco aún podía sentir los fuertes olores del estiércol de vaca, la hierba recién cortada y las flores y frutos pudriéndose en el mantillo del bosque. Aquellas sensaciones siempre quedarían unidas en su recuerdo a los momentos más felices y placenteros de su vida.

La tormenta disminuyó poco a poco de intensidad hasta terminar en  un suave repiqueteo de gotas sobre el cristal, paró el limpiaparabrisas y apagó las luces. Un pequeño claro se iba aproximando a su izquierda. Se relajó un poco en la conducción y miró a su mujer, tenía los ojos fijos en el asfalto y respiraba con el ritmo suave de quien duerme con los ojos abiertos. “Bien, si quería hacerse la dormida allá ella, buscaría la compañía de otras voces. Buscó  otra emisora y se decidió por un programa de tarde donde en ese momento entrevistaban a un escritor conocido. Escuchó sus sesudas opiniones con la alegría de quien ha estado solo varios días en la naturaleza y de pronto encuentra un pastor con ganas de charlar. Cuando terminó la entrevista las primeras estribaciones del macizo montañoso al que se dirigían aparecieron después de una curva. En menos de diez minutos estarían trepando por la estrecha y ondulante carretera de alta montaña. El cielo iba despejando poco a poco, algunos retazos de nubes parecían volar sobre las montañas impulsadas por un fuerte viento. El sol primaveral enseñaba su cara recién lavada calentando agradablemente el cuerpo. Sobre los tejados rojos del pequeño pueblo encogido al pie del desfiladero un  hermoso arco iris resplandecía, parecía un puente de cristal rezumando agua.

 

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EL SILENCIO III


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Pensó en lo tensa que estaría, con toda seguridad acabaría el viaje con (torticulis). No pudo evitar volver a mirarla, siempre fue una mujer hermosa y aún lo seguía siendo más en aquel momento a pesar de la tensión de su cuerpo y la rigidez de su postura. Llevaba unos pantalones negros muy ajustados que resaltaban la atractiva forma de sus largas piernas, la rotundidez de sus muslos, caderas y nalgas. Una ajustada blusa blanca resaltaba sus admirables pechos que había tenido tantas veces en sus manos y en su boca. El rostro ovalado terminaba en un mentón suave que engañaba a los desconocidos sobre su carácter, fuerte y duro como el acero cuando era preciso. Su nariz, ligeramente chata, daba a sus rasgos una expresión agradable que se acentuaba cuando uno contemplabla aquella sonrisa en su boca que enamoraba casi tanto como el azul de sus ojos. Su melena castaña se desparramaba sobre el reposacabezas como los suaves hilos de un exótico tejido refulgiendo cuando el sol asomaba su redonda cabeza entre las nubes. La miró con deseo, con aquel fuego que hinchaba sus venas cuando contemplaba su cuerpo desnudo. Ella tuvo que advertir su mirada pero no se movió parecía una estatua sedente. Le gustaría volver a tenerla en sus brazos pero no esperaba mucho de aquella semana, vista la actitud de ella empezaba a no esperar nada .movió el dial, en el camino de emisora en emisora encontró una balada country y allí lo dejó. Mientras una dulce voz femenina desgranaba su melodía él se concentró en la carretera, ahora mojada, empezaba a llover con fuerza.

*                  *                      *

Su marido contemplaba el paisaje, aparentemente tranquilo mientras conducía a poca velocidad, nunca le había visto conducir tan despacio, parecía no tener ninguna prisa para llegar a su destino. En el reproductor del coche una cinta de música country sonaba sin parar, él tenía que saber lo odiosa que le resultaba esa música y no obstante la había puesto. ¡Cómo le gustaría poder olvidarse de los últimos meses como si  nada hubiera pasado y rehacer aquella tranquila vida que llevaban antes de su ascenso a directora de relaciones públicas! Pensó en la posibilidad de que él estuviera haciendo todo lo posible por obligarla a reaccionar, a hablarle, pero eso no llegaba a su corazón, tenía que haberlo pensado antes de encamarse con su secretaria. Podría haberla cogido del cuello y hacerla ver que su matrimonio  iba bien, obligarla a quedarse enferme en la cama, a pedir unos días de vacaciones por agotamiento nervioso, cualquier cosa antes de follar con aquella guarra. Si pudiera cambiarlo rezaría porque la escena a la puerta de la habitación del hotel no hubiera sucedido, ahora podían perfectamente ir unos días de vacaciones a la montaña, se gastarían bromas y reirían como solían hacer, por la noche harían el amor con apasionamiento, ella disfrutaría de las caricias y la ternura que su marido la prodigaba en el acto del amor, después saldrían a fumar un cigarro y contemplar las estrellas. Pero no se podía volver atrás, era posible que fuera una categoría mental como pensaba Kant pero nadie había sido capaz de cambiar nunca su pasado, el pasado es algo irrevocable.

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No había vuelto la cabeza ni movido un músculo en la hora que llevaban allí sentados en aquella especie de ataúd con ruedas;  al menos así lo veía ella cuando se imaginaba por encima, como suspendida en el aire como un espíritu fuera del tiempo y el espacio, miraba hacia abajo y a través del techo podía contemplar el interior de un féretro que aparentaba moverse pero solo era una ilusión de sus mentes, en su interior los cadáveres miraban por el cristal hacia la finta de asfalto, se hacían la ilusión de estar vivos viajando hacia alguna parte, la realidad es que pronto se pudrirían los últimos pedazos de carne pero aún siendo unos esqueletos esperpénticos seguirían sentados en aquel coche viajando hacia ninguna parte. La mente era incombustible creando ilusiones.

Se asustó de aquel pensamiento tal vez producto del terrible desfallecimiento sufrido hacía algunos minutos cuando recordando la escena del hotel había creído morirse y salir fuera del cuerpo. Aquellas extrañas experiencias le habían sucedido con cierta frecuencia siendo una adolescente pero no se habían vuelto a repetir desde la muerte de su abuelo, un hombre culto a quien ella quería con delirio pero que tenía la extraña manía espiritista. Leía libros y libros sobre el tema y en cuanto encontraba un par de cándidos palomos preparaba una sesión en su cuarto, cerraba las ventanas, corría las cortinas y tapaba hasta la más pequeña rendija por donde pudiera atravesar un rayo de luz y preparaba la mesa con la tabla de la Ouija.

SILENCIO 3

El más allá era su vida, y cuando sus padres le amenazaron con prohibirle volver a hablar con su nieta aprovechaba sus ausencias para pasarse horas y horas hablándole del mundo que hay al otro lado de la muerte. En una ocasión la había hecho participar en una sesión donde sucedieron tantas cosas raras o quizás sólo fuera la sugestión  que llegó a desmayarse de terror, luego su abuelo la hizo jurar que nunca hablaría  de aquello.

Contrató a un detective privado e hizo que le siguiera para confeccionar un informe completo de sus actividades. Había querido comprobarlo por sí misma, se enteró del número de su habitación y preparó la sorpresa. Sobre la cama estaba el cuerpo desnudo de una mujer que la miraba con sorna, el hecho de que aquel cuerpo fuera hermoso la enfureció aún más, se lanzó sobre la mujer tirándola de los pelos y arañándola como una vulgar verdulera en una discusión de mercado. Cuando su marido trató de apartarla de ella y calmarla le mordió la mano hasta el hueso. Quiso decirle todo lo que llevaba dentro pero apenas balbuceó un insulto y salió a la carrera del hotel llorando, sollozando entrecortadamente.

La viveza del recuerdo de una escena por la que había pasado ya más de un mes oprimió su pecho como tuviera en él una bola de fuego quemándole los pulmones e impidiéndola respirar. Había abierto la boca espasmódicamente, intentando que el aire entrara a bocanadas sin conseguirlo; un intenso pánico se apoderó de ella al ser consciente de que su cuerpo se quedaba rígido y su cabeza era incapaz de   procesar lo que le estaban mostrando los sentidos. Un pinchazo en el pecho la hizo pensar en un infarto. Su imaginación de desbocó y se vio muerta sobre el asiento del coche, desde muy alto contemplaba aquel cuerpo desmadejado, la cara pálida, los ojos fijos. El infinito terror que sintió la volvió a la realidad, una gran bocanada de aire penetró en sus pulmones como un golpe de viento a través de una ventana abierta y todo su cuerpo pareció revivir. Durante un rato una intensa vibración en la cabeza hizo que todo diera vueltas a su alrededor, luego un penetrante dolor en las sienes hizo que deseara gritar, hacer que él parara el coche, pero nada salió de su boca. Respirando a cortos jadeos se fue calmando. Permaneció largo rato con los ojos cerrados haciéndose la dormida. Finalmente, sin poder evitarlo, se quedó  realmente dormida.

EL SILENCIO II


Al principio él se lo había tomado con tranquila resignación pero viendo que la situación se prolongaba día tras día, comenzó a montar en sordas cóleras que intentó paliar primero con el deporte y luego saliendo de casa con una frecuencia rara en él, un hombre muy hogareño, para finalmente llegar a plantearse seriamente la infidelidad conyugal como única válvula de escape a la presión que en su interior iba creciendo día a día. Lo mismo que el sentimiento hogareño y paternal iba con su carácter, la fidelidad conyugal también era algo connatural con su lógica de las relaciones humanas; pensaba que un compromiso tan serio como la vida de pareja no podría resistir las infidelidades por mucho lo intentaran los progresistas y liberales de pico que nunca aguantaban en sus mujeres el comportamiento que a ellos les parecía tan razonable. Cuando se decidió a dar el paso pensó que sería una canita al aire sin más trascendencia, conocía muchos hombres que lo hacían de vez en cuando y nunca eran descubiertos. Sus matrimonios iban, no muy bien, eso es cierto, pero no peor de lo que iba el suyo ahora. Lo tenía muy fácil ya que su secretaria en la empresa donde llevaba la asesoría jurídica –conoció a su mujer y se hicieron novios en la facultad de derecho-, una rubia de cuerpo esplendoroso donde no se podría reclinar la cabeza sin perderse para siempre en alguna curva, le llevaba tirando los tejos desde que entró en la empresa, de eso hacía un par de años. Sus amigos le tomaron el pelo durante una buena temporada hasta que se cansaron, sus argumentos reincidían siempre en que no necesitaba buscar fuera lo que ya tenía en casa, aparte de que la “macizorra” señorita tenía un carácter cercano al de los reptiles, siempre pegada a la tierra, buscando su placer y un mejor futuro económico.

Cuando ésta volvió a insinuarse -lo que hacía con la periodicidad de un ciclo menstrual bastante bien regulado- él se lió la manta a la cabeza, disponiéndose a disfrutar de aquel hermoso cuerpo que se le ponía a tiro, dejando que el futuro decidiera por sí mismo lo que quería hacer con su vida cuando se convirtiera en presente. Se hicieron amantes y gozaron del sexo sin restricciones, a ambos les encantaba y aprovechaban la hora de comer para hacerlo en la cama de la habitación de un hotel cercano o por las tardes después del trabajo, al principio él llamaba para disculparse, luego dejó de hacerlo ya que ella no parecía inmutarse por nada. Algunos fines de semana en que ella tenía que asistir a cenas de trabajo aprovechaban toda la noche, las niñas empezaron a vivir habitualmente en casa de unos u otros abuelos sin que protestaran por ello, el hogar no resultaba muy agradable en aquel tiempo.

Al cabo de unos meses él trató de romper, ya se había saciado de aquel cuerpo, que durante tanto tiempo había excitado su deseo día tras día, ahora fue conociendo mejor a la persona que lo habitaba y no le gustó nada. Era una mujer promiscua, muchos días después de hacer el amor por primera vez le contaba para excitarle sus anteriores aventuras. Se había acostado con la mitad del personal de la empresa, con unos porque le parecieron atractivos, con otros porque ocupaban un puesto desde donde la podían ayudarla. Había conseguido un piso, un apartamento y un buen coche, regalos de ejecutivos con posibles pero no lo hacía por dinero; lo que a ella le gustaba más en la vida era el sexo, un buen macho satisfaciendo sus necesidades biológicas, pero al cabo de unas semanas empezó a hablarle de algún regalo, un recuerdo de su aventura, después de que se había enamorado de él y quería casarse, no tenía prisa pero esperaba que con el tiempo terminara rompiendo con su mujer que parecía no hacerle ningún caso.

Fue entonces cuando recordó su obsesión de otro tiempo. Entonces se había sentido como vigilado por una especie de ángel exterminador, le perseguía la mala suerte, donde los demás pasaban sin un rasguño él recibía heridas sangrantes. Siempre que hacía una, en lenguaje coloquial, la acababa pagando. Aquello le llevó a pensar en la posibilidad de estar marcado por el destino de una manera que ahora no podía concretar pero que con el tiempo se acabaría haciendo tan visible como una pieza de caza largamente acechada. Sin ir más lejos su despedida de soltero estuvo a punto de costarle la boda. De alguna manera su acuciante necesidad de sexo le llevaba a situaciones gravemente problemáticas. Desde aquel episodio se juró no dejarse dominar nunca por aquel deseo que como un torrente intentaba arrastrarle cada vez que veía una hermosa hembra y lo había cumplido hasta entonces, su mujer no había sido consciente del sacrificio que le había costado o al menos eso pensaba él.

Desvió la mirada de la carretera por donde acababan de pasar aquellos recuerdos como secuencias en un cine al aire libre y durante un instante la miró. Seguía sentada, casi encogida sobre el asiento, con aquella mirada ferruginosa clavada en el asfalto, tuvo la impresión de que no había desviado el cuello ni un milímetro.

EL SILENCIO


                 

 

 

                             EL SILENCIO

 

                            NOVELA

 

 

                   CAPÍTULO I                                                                                        

 

 

Su mujer estaba en el porche. Podía verla desde el camino de tierra, que unía la carretera comarcal a su finca. Había encendido un cigarrillo, pero al verle intentó bajar las maletas hasta el camino de gravilla, aunque parecían pesar mucho, porque las dejó donde estaban, con un gesto brusco. Aparcó a su, bajó del coche, abrió el maletero y se dispuso a hacerse cargo de las maletas.

 

-¿Está todo? ¿Has apagado las luces?

 

No recibió respuesta. Ella ni siquiera le miró. Colocó las maletas en el maletero y ambos entraron en el coche. Arrancó  sin echar ni una mirada a la, aún sabiendo que muy bien podría no volver a ella, los jueces acostumbraban a dejar el domicilio conyugal a las esposas en los casos de separación. En aquel hogar fue muy feliz, allí nacieron sus dos hijas y transcurrieron los mejores años de su vida, pero, mientras aguardaba en el ceda el paso para salir a la carretera general, solo pensaba en las tres horas que tenían por delante, hasta llegar a la cabaña que su amigo les había prestado. Iban a ser muy duras si ella seguía negándose a hablarle.

 

-¿Te importa si pongo la radio?

 

Ella se encogió de hombros, sin volver la cabeza, tenía la vista fija delante de sí como si un imán hubiera sujetado su “mirada de hierro”. Una buena metáfora si fuera escritor – pensó con desesperación-. Movió el botón del dial buscando una emisora con un programa interesante, agradecería una voz amiga que le ayudara a pasar el mal trago. No la encontró, en todas hablaban de famosos y sus frívolos problemas sentimentales. Las vacaciones hacían aún más fútiles y vacíos los programas de entretenimiento. Se disponía a cambiar, cuando al mirarla le pareció notar en su rostro una cierta expresión de interés en lo que estaban diciendo. Dispuesto a hacer cuanto estuviera en su mano para tender un puente sobre el abismo, levantó la mano y la colocó sobre el volante, apretándolo con enorme fuerza como si pudiera romperlo. Los dolorosos recuerdos acudieron a su mente una vez más, sin que pudiera hacer nada por evitarlo, como un difunto que rememorara su fallecimiento, incapaz de hallar nada interesante en el más allá, ahora que deja atrás todo lo que alguna vez le había interesado;  así él se sentía impotente para encontrar algo atractivo en el tiempo que se prolongaba hacia delante, con la misma indiferencia que la raya continua de la carretera.

 

 

 

Nunca se puede situar en un punto concreto el nacimiento de los grandes problemas de la vida, a no ser que lo hagamos en el momento del nacimiento, pero si uno se viera obligado a hacerlo, ante la insistente pregunta de un psiquiatra, lo colocaría en el verano anterior. Fue por entonces cuando su mujer se vio obligada a renunciar a las vacaciones, ya que la empresa para la que trabajaba como directora de relaciones públicas le exigió amablemente que se quedara puesto que su presencia era imprescindible para rematar una fusión muy importante, que les daría la supremacía en su sector comercial.

 

Cuando ella se lo contó, con rostro compungido, no pudo dejar de pensar que su inevitable presencia seguramente tendría relación con su gran atractivo físico, capaz de convencer a cualquiera de cualquier cosa. No podía entender que los acuerdos comerciales no pudieran firmarse sin su presencia, su mujer era licenciada en derecho y doctora en economía, una lumbrera, pero totalmente desaprovechada en la empresa, donde si bien era cierto que recibía un substancioso sueldo, mayor del que pudiera percibir en la enseñanza o en un bufete mediocre de abogados, era más por exhibir su cuerpo, su simpatía y labia, aparte de su dominio de los idiomas, que por sus innegables conocimientos en derecho o economía.

 

 Él había esperado para pedir las vacaciones, pero viendo que el humor de su esposa no era muy bueno, si se le calificaba generosamente y detestable si uno se dejaba de remilgos, se decidió a tomar unos días de vacaciones, y con las niñas se había acercado a una zona costera. Agobiado de playa decidió llevarles a un campamento de verano, en la montaña. El se hospedó en un parador cercano y se dedicó a ver paisajes o hacer rutas de senderismo. Cuando el director del campamento le rogó que no viera tan a menudo a las niñas, porque sobre todo la pequeña le echaba luego mucho de menos y se volvía insoportable, se compró una tienda de campaña y marchándose del parador pasó el resto de la quincena dándole vueltas a la cabeza, acampado en hermosos paisajes montañosos.

 

 

Por fin se acabaron las vacaciones y regresaron a casa. Su mujer, a la que había dejado de llamar por teléfono, ya que siempre terminaban discutiendo, se encontraba aún de peor humor, si ello era posible. Por lo visto algún directivo había pensado que en vez de relaciones públicas era una especie de fulana de lujo. Cuando le puso en su sitio, con la firmeza de carácter que él conocía bien, se vio obligada a facilitarles diversiones sexuales para lo que tuvo que contactar con gente muy poco recomendable. Las niñas huían de ella como de la peste y él tuvo que soportar su cólera cuando una noche se puso cariñoso. El resultado fueron habitaciones separadas durante todo el otoño e invierno. Ni siquiera el buen éxito de la fusión empresarial trajo la reconciliación.