Categoría: EL BUFÓN DEL UNIVERSO

EL BUFÓN DEL UNIVERSO I


EL BUFÓN DEL UNIVERSO

NOVELA DE CIENCIA-FICCIÓN

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NOTA INTRODUCTORIA

Esta novela se basa en un sueño, muy largo y extraño, que tuve una noche de verano mientras acampaba en un valle de montaña. Sin duda se trata de uno de mis sueños más extraordinarios por su longitud y su temática. Al despertar en la tienda de campaña me asombré de haber tenido semejante sueño y decidí que no se perdiera, poniéndome de inmediato a escribirlo en un cuaderno. Me pasé varias horas recordando cada uno de los detalles y escribiéndolos como si de una novela se tratara. La historia onírica es muy aprovechable, aunque necesita atemperar todos sus aspectos oníricos para ser transformada en una novela de cienciaficción con un mínimo de verosimilitud y lógica narrativa.

Puedo rastrear en ella los problemas que sufría en aquel momento, fobia social, desconfianza absoluta en la naturaleza humana y en toda la humanidad y una crisis grave y profunda en mi enfermedad mental. Aunque no lo recuerdo es bastante verosímil que por aquella época estuviera leyendo Dune, la saga de Frank Herbert, puesto que la escena en la mansión de los duques, gobernantes del planeta, se parece bastante a escenas de la novela. Tampoco recuerdo si había visto ya la película de David Lynch basada en las novelas de Herbet o la vería con posterioridad.

Voy a copiar la nota que puse al terminar de pasar al ordenador el manuscrito del sueño, creo que tiene cierto interés.

“Al despertar tuve la sensación de haber soñado una auténtica novela. La hipótesis de haber visto una novela que escribiría en el futuro fue la primera que me planteé. No obstante el sueño fue pura imagen, una auténtica película.

 

La primera parte fue muy vívida y muy detallista. La segunda adquirió las tonalidades neblinosas y distorsionadas propias del sueño. Existía un hilo conductor en la historia, pero las escenas no eran muy claras. Excepto la escena final, en la que puedo ver con total claridad la sala de control de la nave.

 

Ha sido el primer sueño de una duración desorbitada. Normalmente ahora tengo varios sueños a lo largo de la noche. Algunos no tienen la menor relación con los otros.  A veces hay una especie de primera parte, me despierto y la segunda es completamente diferente. Con el tiempo he logrado un gran dominio sobre los sueños. Cuando quiero imaginar una historia que pueda servirme para algún relato, de alguna manera en sueños se produce la visualización de esa historia. Al despertar solo tengo que escribir un breve esbozo y luego ir adornando la narración con los detalles más oportunos y podando los que no sirven porque están demasiado distorsionados por el sueño.

 

Para un escritor esta facultad de soñar, programándose, es una maravillosa herramienta. Les sugiero que lo intenten. No desesperen si tardan en conseguirlo. Los sueños parecen moverse en otro tiempo distinto al nuestro”.

 

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EL BUFÓN DEL UNIVERSO

 

CAPÍTULO I

 

INTENTANDO OLVIDAR

 

Me muevo por la ciudad como un perro sarnoso. No he cobrado mi estipendio y he sido arrojado del palacio de la forma más vil. Puede que haya desperdiciado mi gran ocasión. Por mucho que viaje a planetas lejanos, mi fama me precederá.

 

Sin ser consciente he llegado a los suburbios, donde suelen habitar las gentes más pobres. Todos los planetas habitados se parecen, todas las ciudades parecen haber sido diseñadas de acuerdo al dinero que posean sus habitantes. Todos los planetas son para mí el mismo planeta, todas las ciudades una única ciudad. Me llaman de todas partes, mi fama vuela más rápido que las naves. Los bufones son una antigualla, un icono de un pasado remoto, por suerte ahora está de moda todo lo antiguo, resucitan las antiguallas para convertirse en lo más “chic”. Creo que la imaginación ha muerto, ha sido desterrada a lo más recóndito del universo, un lugar que algún día espero encontrar. Se ha agotado la fuente de la creatividad, por eso todo el mundo recurre al pasado, y cuanto más alejado en el tiempo, mejor.

 

Nací en un planeta perdido de la mano de Dios –una expresión tan antigua que necesariamente acabó poniéndose de moda- y en un continente abandonado por la civilización, gobernado por una aristocracia más ocupada en seguir las modas copiadas de las películas históricas de holovisión que en hacer algo productivo por la sociedad. Podría definir mi infancia con dos palabras: hambre y belleza. Hambre, porque porque los jerarcas solo se ocupaban de vestir a la moda y de divertirse según los patrones de las películas que veían en sus mansiones, importadas por naves espaciales fletadas por mercaderes o mercachifles que traficaban con lo que se les pedía en cada planeta, en el mío solo películas históricas y ropas y artilugios de un pasado remoto. El resto de nosotros subsistíamos como podíamos, cultivando trabajósamente huertos improductivos, explotando a brazo desnudo minas que nadie quería y transportando el mineral en carretas de madera tiradas por viejos animales moribundos hasta el espacio-puerto más cercano, donde los mercachifles intercambiaban valiosos minerales que en otros planetas más avanzados les arrebataban de las manos, por unos cuantos cajones frigoríficos repletos de alimentos desechados por la tripulación. Belleza, porque por fortuna nací en las Montañas blancas, cubiertas todo el año de nieves perpetuas, con hermosos valles repletos de bosques y horadados por bellísimos lagos de aguas cristalinas. Allí nacían las mujeres más hermosas y blancas, de piel como la leche, ojos azules como el cielo y rostros tan delicados como los bordados de nuestras abuelas.

 

Con esa belleza era suficiente para mí, paisajes solitarios y olvidados por el frío glacial que bajaba desde los glaciares, y las más bellas mujeres del planeta, de la galaxia decían los mercachifles. Los jerarcas acudían a los lugares de esparcimiento, buscando carne fresca para sus harenes de amantes, y los mercachifles las intercambiaban por juguetitos divertidos e inútiles. Lo sé porque acostumbraba a estar por allí cerca, tanto para ver la belleza de las jovencitas como para alimentarme de las sobras que todas las noches dejaban en callejones traseros, al alcance de animales carroñeros y de pilluelos como yo.

 

Por desgracia había nacido con una pequeña deformidad en la espalda, que llamaban joroba, y que bien hubiera podido disimular caminando más erguido con las ropas adecuadas, pero ni tenía ganas de caminar erguido ni hubiera conseguido las ropas adecuadas aunque se me permitiera trabajar en las minas, algo impensable para un adolescente enclenque y además jorobado. Mis padres maldijeron de su suerte al ver mi deformidad que les impediría venderme como servidor a los jerarcas o como esclavo a los mercachifles. Por aquel entonces no se habían puesto de moda los bufones, algo que les habría permitido sacar un buen pellizco vendiéndome como bufón a cualquier jerarca extravagante. Me abandonaron a la puerta de la iglesia de una de las numerosas confesiones religiosas que intentaban llevar una pizca de consuelo a tanto desheredado, a cambio de las preceptivas limosnas. Allí me cuidaron y alimentaron hasta que crecí lo suficiente para que pudieran darse cuenta de que nunca sería un devoto, la religión era algo incomprensible para mí y no procuraba disimularlo.

 

Siendo aún un niño me vi obligado a pelear con otros pilluelos y con animales carroñeros por las sobras. Con un buen machete, que logré robar a un borracho, me trasladé durante un tiempo a la naturaleza, y en pleno bosque me construí una cabaña de ramas y logré construirme un buen arco, tras experimentar una y otra vez. Así comenzó mi vida de trapero, matando animales para comer y para intercambiar sus pieles en la ciudad por pequeños utensilios que me sirvieron de gran ayuda. Algunos traperos y cazadores quisieron tomarme a su cargo, de ellos aprendí muchos trucos, pero nunca permanecí mucho tiempo con ninguno de ellos, empecinados en convertirme en un esclavo barato.

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Con el tiempo conseguiría un buen hacha, un excelente mechero, alimentado con una batería que parecía inagotable y algunos utensilios que intercambiaba con los padres de las jovencitas que eran vendidas a los mercachifles. Me construí una buena cabaña de troncos y pasaba largas temporadas en el bosque, pero el frío y la necesidad de contemplar la belleza de las jovencitas me hacía regresar a temporadas a la ciudad. Así hubiera transcurrido buena parte de mi vida de no ser por aquella estúpida curiosidad que me llevó a entrar en un barucho para tomar aguardiente barato, como hacían todos los adultos. Allí escuché la conversación de dos tripulantes de una nave que habían acudido para gastarse sus soldadas en aguardiente y putas baratas. Descubrí la forma de subirme como polizón a la nave, sin que nadie se enterara, y salir de una vez para siempre de aquel apestoso planeta. Tal como estaba me escondí en el compartimento de carga del pequeño vehículo volador que habían alquilado para llegar hasta allí y sin demasiados tropiezos pude acceder a la bodega de la nave y buscar el mejor refugio, el que nunca era inspeccionado, según aquellos cochambrosos tripulantes.

 

De una manera tan peculiar se iniciaría mi vida como bufón de corte. La desgracia quiso que en pleno vuelo el comandante decidiera inventariar toda la bodega de carga, buscando dar un escarmiento a la tripulación, de la que se había quejado un jerarca a quien habían arrebatado una de sus jovencitas recientemente adquiridas. El comandante negó que su tripulación estuviera implicada y a cambio de que su nave no fuera puesta patas arriba por la guardia personal del jerarca entregó una buena provisión de películas históricas que reservaba para la burguesía de otro planeta más rico. El enfadado jerarca se dejó convencer ante la perspectiva de que su esposa le dejara en paz por una larga temporada con sus quejas sobre el excesivo número de sus concubinas. El comandante quiso cerciorarse de que la jovencita objeto del litigio estaba en la bodega, escondida por algún grupo de tripulantes rijosos y desvergonzados. No la encontraron, a cambio yo tuve que sufrir un severo castigo como polizón. El frustrado y encolerizado comandante no me ahorró tortura alguna, incluso decidió utilizar conmigo una extraña sonda psíquica que había adquirido en un planeta tecnológico, donde le prometieron que hasta las mentes más rebeldes se convertirían en mansos corderitos tras pasar por la sonda. No encontró mejor ocasión para probarla y aquel desatino descubriría una faceta tan escondida en mi mente que nunca supe de su existencia. De pronto me convertí en el “bufón del universo” como sería presentado en las grandes mansiones por pomposos mayordomos, deseosos de agradar a sus señores hasta el vómito.