Categoría: PERDIDO EN EL TIEMPO (NOVELA MUSICAL)

PERDIDO EN EL TIEMPO XVIII


PERDIDO EN EL TIEMPO XVIII
Sinfonía n.º 9, Beethoven, Primer Movimiento-Allegro ma non troppo, un poco maestoso.

Algo me despierta, como un sonido lejano, como la intuición de algo que está ocurriendo cerca de mí y que aún no soy capaz de captar. Mi cuerpo está incómodo, noto la sucia rugosidad del asfalto bajo mí, un lecho infernal para una vida infernal. Sí, porque estoy empezando a recordar. ¡Ojala no pudiera recordar nunca! ¡Ojala me atrapara el olvido para siempre!

El golpe, sí en efecto, el golpe. He debido desmayarme. Tardo en captar todo su significado. Parece que en mi nueva vida no puedo dormir y olvidar, pero por lo visto se me ha concedido la gracia de los condenados a muerte, con un fuerte golpe en la cabeza puedo quebrar la lúcida tortura de permanecer siempre despierto, dando vueltas y más vueltas a esta autopista infernal. Es un consuelo saber que cuando ya no pueda más, cuando necesite olvidar, puedo lanzarme de cabeza contra el coche, o contra el guardarraíl y quedar inconsciente. ¿Cuánto tiempo he permanecido así? Soy incapaz de calcularlo. Tal vez si no hubiera puesto el reproductor en modo aleatorio lo podría saber por el número de piezas reproducidas desde el momento en que estaba consciente hasta el despertar, todo sería cuestión de calcular el tiempo que aproximadamente dura cada pieza. La imposibilidad de calcular el tiempo, ya que se han parado todos los relojes a mi disposición, el del coche, el reloj de pulsera, el del móvil, sería un gran incordio si tuviera algo más que hacer que dar vueltas y vueltas en la noche a una carretera que nunca me llevará a parte alguna.

Con dificultad deduzco que el sonido que me está llegando viene del coche, el reproductor sigue haciéndome escuchar pieza tras pieza, como el único norte de mi brújula, como el único placer de mi vida. Por fin logro saber qué pieza toca ahora. Me ha costado un poco, bastante, más de lo normal en un estado de vigilia. Es el primer movimiento de la novena sinfonía de Beethoven. El extraño sonido de los primeros compases me pareció al principio como la llamada de la polilla de Castaneda. ¿Por qué me viene ahora a la cabeza Castaneda y sus libros? No lo sé. Todo es muy extraño. Me siento como si hubiera transcurrido un día y despertara al siguiente tras una noche de sueño profundo. Pero no es así. Noto la palpitación en el lugar del cráneo donde recibiera el golpe. Me hago consciente del terrible dolor de cabeza que estoy sintiendo. Intento moverme, pero no lo consigo, el cuerpo parece haber quedado paralizado. Tampoco tengo prisa alguna, no me esperan en ninguna parte. Pero es un poco molesto estar aquí, tumbado sobre el incómodo y rugoso asfalto.

La música es la apropiada, como escogida por el dedo feroz de un destino encolerizado. Estoy naciendo a un nuevo mundo que me golpea dentro del cráneo, en el corazón que parece empezar a latir tras una parada cardiaca, su ritmo es lento, tímido, como pidiendo permiso para hacer notar su presencia. Pero de pronto se desboca, y con un golpe seco inicia una galopada. Sí, en efecto, estoy en un nuevo mundo y la música es la apropiada para comenzar la nueva andadura. Un mundo nocturno, oscuro, sin forma, sin perspectiva, sin dimensiones, sin alba y sin ocaso, sin comida y sin bebida, sin naturaleza, sin tiempo y sin espacio. Un mundo solitario donde nadie puede aparecer de repente ante mis ojos y presentarse. Un mundo sin habitar, inexplorado, y donde nada puede ser hallado porque toda la luz de que dispongo son los faros de un coche embrujado, con un depósito en el que la gasolina se renueva antes incluso de ser quemada, como contagiada por el castigo de Sísifo.

Es un mundo sin principio ni fin, donde puedo estar quieto y no sucederá nada, donde puedo dar vueltas y vueltas a esta carretera infernal sin ir a parte alguna, donde no se puede dormir, ni comer, ni beber, sin embargo parece que sí puedo fumar y hasta es posible que se renueve también la cajetilla de tabaco, como la gasolina en el depósito. Parece la broma macabra de un dios con un sentido del humor demoniaco. Sé que no puedo morir, porque las heridas infligidas a mi cuerpo se curan por sí mismas. No sé si puedo comer porque no tengo alimento, pero sí sé que no tengo hambre, ni sed. No necesito excretar, no necesito descansar, no necesito estirar o encoger músculos. Aún sé muy pocas cosas de este nuevo mundo, pero lo que sí sé es que nunca saldré de él. Es una intuición, una corazonada, un vacío en el bajo vientre, en el estómago, en el corazón, en el cerebro. De tanto desearlo un dios malévolo me ha concedido el deseo. Estar solo, solo para siempre, lejos de los seres humanos, de la humanidad, solo en un lugar desierto, en una noche perpetua, sin necesidades físicas, sin deseos, sin esperanza, sin metas, sin emociones, sin pensamientos. Bueno, tal vez esto último no entre en el pack de regalo. Los pensamientos bullen en el interior de mi cráneo, como gusanos taladrando un lugar donde poner los huevos. No puedo evitarlo. Lo que aún no sé tampoco es si soy capaz de sentir emociones o si he perdido mi mundo emocional para siempre, algo que agradecería, pero no estoy seguro. Sé que pensar en una tortilla de patata y en un porrón de vino no es un deseo, al menos no un deseo acuciante e incontrolable, es más bien una nostalgia, un recuerdo que se acerca, como una niebla deshilachada. Sé que el deseo de dormir es solo la necesidad de parar el mecanismo de mi mente, que como un molesto motor sigue ahí, al fondo, impidiéndome concentrarme, no sé en qué, pero debería concentrarme en algo. Sé que el deseo de fumarme un pitillo es algo más que un deseo, es como una rebeldía frente a algo, frente a todo. Es como gritar en voz alta: soy libre, lo seré siempre, aunque solo sea para fumarme un maldito pitillo, porque está prohibido, porque no quiero que me salven de nada, que cuiden de mi salud, que me digan que es muy malo morir de cáncer de pulmón y muy bueno morir de soledad, con muy buena salud, a los ciento cincuenta años.

En todo este discurso mental me va acompañando la música del genial sordo, del genial malhumorado, del genial y colérico Titán de la vida y de la libertad. Sí, es como si hubieran puesto música al nacimiento de este nuevo mundo, de este distorsionado y delirante universo. Intento levantarme de nuevo, pero el esfuerzo me hace pensar que estoy bien así, al menos durante un tiempo, si es que pasa el tiempo. Sin poder evitarlo dejo que mi mente recapitule, haga un somero inventario de la situación. Estoy solo, en una dimensión desconocida, que se parece a aquella en la que estaba en que mi cuerpo físico parece seguir siendo el mismo, aunque al parecer no necesita alimentarse, ni comer ni beber, ni dormir ni descansar. Aún es pronto para tener alguna seguridad al cien por cien, pero dado el tiempo transcurrido lo que es seguro es que algo ha ocurrido, y como parece que nada en este universo es reversible, tendré que acostumbrarme a la nueva situación. No parece que me canse, ni de estar en pie ni de estar sentado, ni de correr ni de saltar. El tiempo se ha detenido, al menos el tiempo que marcan los relojes, porque yo sé que las piezas de música han estado sonado todo el tiempo y que su duración sigue siendo la misma. Determinadas leyes físicas se han modificado o desaparecido. La ley de la gravedad parece seguir funcionando, pero no conozco ninguna ley física que permita a un motor de combustión ir quemando la gasolina y que ésta se vaya renovando, como si tal cosa. Lo que es seguro es que estoy solo en este pequeño universo, aunque tal vez sea grande, pero no pienso explorarlo. Lo que es seguro es que no necesito comer ni beber, aunque si lograra, por un milagro, encontrar algo de comida o de bebida, tal vez sí pudiera comer y beber, solo para disfrutar, sin necesidad de hacerlo para sobrevivir. Me pregunto si tendría que excretar si comiera, si tendría que mear si bebiera. Me imagino cagando en medio de la carretera y me entra tal ataque de risa que se me cierra el esfínter. Esto no tiene ni pies ni cabeza, lo que no me sorprende, porque nada de lo que ocurría en mi mundo de procedencia tenía el menor sentido, no hubiera sido lógico que simplemente por trasladarme a un mundo nocturno y delirante todo comenzara a cobrar sentido por primera vez.

Sigue la música y me pregunto si el universo de Beethoven era también un universo solitario. El necesitaba a la humanidad, pero huía de ella, él necesitaba el cariño y la proximidad de un ser querido, pero le gritaba encolerizado si se aproximaba demasiado. No termino de hacer el inventario. Tal vez, con el tiempo, si es que existe, debiera salir de la autopista y explorar en la oscuridad. Tal vez la linterna del maletero sea también incombustible y eterna. Necesito saber si estoy realmente solo, si han desaparecido las gasolineras, los restaurantes, los moteles, los edificios, si todo, excepto mi coche y yo, se quedaron en la otra dimensión mientras nosotros saltábamos. ¿Necesito? Me temo que no necesito ya nada, pero siento curiosidad por saber si al otro lado de la autopista hay árboles, vegetación, naturaleza, si hay arroyos de agua cristalina de los que pueda beber, aunque solo sea por placer puro y simple. Siento curiosidad por saber si aquí hay animales, tal vez pueda hacerme con una buena mascota que me haga compañía. ¿Realmente siento curiosidad por algo? Creo que no.

Al fin consigo levantarme, regreso al interior del coche, busco con ansiedad la cajetilla de tabaco y enciendo un pitillo. Fumo como si encontrara placer en ello, o como si el humo pudiera abrir un boquete en la oscuridad y ver el cielo azul y el sol en lo alto. Justo cuando termino el pitillo acaba la música. Aunque sé que vendrá otra pieza, aleatoria, y que tal vez me sorprenda, y que a ésta seguirá otra y otra y otra, porque aquí nada parece desgastarse, estropearse, lo que tienes lo tienes para siempre y lo que no tienes nunca lo conseguirás. Enciendo otro pitillo, como deseoso de que se termine la cajetilla para ver si se renovará como la gasolina en el depósito. Siento curiosidad por saber hasta dónde llega el humor de los dioses. Me proyecto hacia el futuro, ¿encenderé el motor y seguiré dando vueltas, o me quedaré aquí, un sitio tan bueno como cualquier otro? Me entra la risa tonta. ¿Pensar en el futuro, proyectar mi mente hacia el futuro? Lo que sí sería un alivio es el vacío en mi mente, la ausencia de pensamientos. Entonces recuerdo mis técnicas de yoga mental y sigo carcajeándome. En este nuevo mundo que acaba de nacer al compás de la música del sordo genial tal vez solo ellas me sirvan de algo, porque está claro que no he podido dejar la mente al otro lado de la línea dimensional. Donde va la mente va la angustia y los problemas y el hacer el idiota en un bucle perpetuo. Sí, menos mal que me he traído esas dichosas técnicas. Recuerdo a Castaneda y su guerrero impecable. Está claro que vayamos donde vayamos y suceda lo que suceda siempre nos acompañará la mente, como una cabra loca que siempre tira al monte, a la oscuridad, más allá de esta onírica y corta iluminación de los faros.
Termino el pitillo y enciendo el motor del coche. Seguiremos dando vueltas y vueltas, puesto que no hay nada mejor que hacer.

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PERDIDO EN EL TIEMPO XVI


JOAN BAEZ

LLEGÓ CON TRES HERIDAS

BOB DYLAN Y JOAN BAEZ

“Blowing in the Wind”

Blowin’ In The Wind

How many roads must a man walk down
Before you call him a man?
Yes, ‘n’ how many seas must a white dove sail
Before she sleeps in the sand?
Yes, ‘n’ how many times must the cannon balls fly
Before they’re forever banned?
The answer, my friend, is blowin’ in the wind,
The answer is blowin’ in the wind.

How many years can a mountain exist
Before it’s washed to the sea?
Yes, ‘n’ how many years can some people exist
Before they’re allowed to be free?
Yes, ‘n’ how many times can a man turn his head,
Pretending he just doesn’t see?
The answer, my friend, is blowin’ in the wind,
The answer is blowin’ in the wind.

How many times must a man look up
Before he can see the sky?
Yes, ‘n’ how many ears must one man have
Before he can hear people cry?
Yes, ‘n’ how many deaths will it take till he knows
That too many people have died?
The answer, my friend, is blowin’ in the wind,
The answer is blowin’ in the wind.
Soplando en el viento

Cuantos caminos una persona debe de caminar
Antes de que lo llames un hombre?
Cuantos mares una paloma blanca debe de navegar
Antes de que duerma en la arena?
Cuanto tiempo tienen que volar las balas de cañon
Antes de que sean prohibidas para siempre?
La respuesta, mi amigo, esta soplando en el viento,
La respuesta esta soplando en el viento

Cuantos años puede existir una montaña
Antes de que este descolorida por el mar?
Cuantos años puede la gente existir
Antes de que se les sea permitida la libertad?
/> Cuantas veces un hombre puede voltear la cabeza
Pretendiendo que el no ve?
La respuesta, mi amigo, esta soplando en el viento,
La respuesta esta soplando en el viento

Cuantas veces un hombre debe de alzar la vista
Antes de que pueda ver el cielo?
Cuantos oidos debe tener un hombre
Antes de que pueda escuhcar a la gente llorar?
Cuantas muertes tendran que pasar hasta que el sepa
Que mucha gente ha muerto?
La respuesta, mi amigo, esta soplando en el viento,
La respuesta esta soplando en el viento.

BUMBURY
EL JINETE

He recordado que tal vez me quede en el maletero un trozo de tortilla, tal vez no la terminara en la merienda, y puede incluso que en el táper encuentre alguna raja de cecina, de jamón o un trozo de queso, incluso un trozo de pan duro me serviría. No sé por qué siento la imperiosa necesidad de saber lo que me queda de la vida. ¿Puedo comer, puedo beber, puedo reír? Es como si necesitara probarme y saber con qué puedo contar en este largo viaje alrededor del infierno. Sé que decidí no traer el libro electrónico, cargado de libros digitales escogidos, por miedo a perderlo. Sé que el libro que tenía en el asiento de atrás, Los pilares de la sabiduría de Lawrence de Arabia, lo subí al apartamento. Ningún cuaderno ni bolígrafo, iba a ser un viaje tranquilo, sin incidencias. La botella de agua la acabé con la merienda, en la gasolinera, y decidí no comprar otra, porque me quedaba muy poco para llegar a casa. Era un viaje improvisado, corto, no necesitaba ni siquiera lo imprescindible.

He decidido mirar. He parado el coche, sin poner las luces de avería, y me he bajado sin el chaleco reflectante. No espero intrusos, no espero nada. He abierto el maletero y mirado a fondo. El táper está vacío, no queda tortilla, ni cecina, ni jamón, ni un trozo de queso duro, ni un currusco de pan incomible, ni una gota de agua. No queda nada. Pero algo ha llamado mi atención. Dentro del táper he visto la navaja multiusos, un capricho que me concedí hace años y que tantos servicios me ha hecho en mis excursiones a la naturaleza. La he tomado entre mis dedos y la he observado largamente. Una idea macabra se va formando en el interior de mi cráneo. No le voy a dar al destino ni la más mínima oportunidad. No me queda nada, aparte de un pendrive con mucha y buena música y la posibilidad de escuchar -si las ondas no salen huyendo- alguna emisora de radio de algún tiempo y lugar, aunque nunca estaré seguro de qué tiempo.

Quiero saber si soy inmortal, si puedo abrirme las carnes y morir. La navaja multiusos me viene de perlas, está bien afilada, puedo apretar el filo contra mi muñeca y ver si aún soy capaz de sentir dolor, si aún tengo sangre en mi interior, si las fuerzas poderosas me van a dejar morir, aquí, en medio de la nada, en la oscuridad de la noche eterna, en el vacío asfaltado de la carretera del infierno. Quiero saber si me han dejado la única opción que le queda al prisionero del tiempo, al esclavo de la aleatoriedad, al títere del destino. Puedo elegir entre vivir o morir. O al menos eso creo. Voy a probarlo. Voy a retar a las fuerzas poderosas. Alzo mi navaja hacia el cielo oscuro, la pongo sobre la palma de mi mano derecha, sostengo la muñeca con la mano izquierda y comienzo a rotar sobre mi mismo en una danza llamando a la muerte, en un ritual blasfemo, desafiando a cualquiera que esté sobre mí, que tenga el más mínimo poder sobre mí. Soy libre, digo en voz alta, al menos me queda eso. Nadie, ni vosotros, podréis arrebatarme esa libertad, aunque todos los futuros estén escritos yo siempre podré elegir entre la vida y la muerte.

De pronto me encuentro saltando alrededor del coche. Comienza la canción de Joan Baez y acoplo mis movimientos a ese ritmo. Es un maravilloso desatino controlado. ¡Lástima que nadie pueda verme! Pero no lo lamento. Creo que este es el supremo desatino controlado, hacer algo que nadie puede ver, solo porque quiero hacerlo, porque soy libre. Intento cantar con Joan pero desisto ante mi ridícula voz. Decido recitar.

Aquí estoy, con tres heridas,
ciegas fuerzas poderosas.
Me habéis herido con el amor,
con la vida, con la muerte.

Sangro por tres heridas,
la de la vida, la del amor,
la de la muerte.

Son las únicas que matan
la del amor, la de la muerte,
la de la vida.

Pero sigo siendo libre de elegir,
puedo escoger la vida o la muerte
puedo escoger el amor.

Escoja lo que escoja
por alguna de las tres heridas
me desangraré hasta la muerte.
La de la vida, la del amor,
la de la muerte.

Me he dejado caer a plomo sobre el asiento. He colocado el filo de la navaja sobre mi piel. No he buscado una toalla o un trapo para evitar que la sangre salpique el cuero. He apretado un poco, duele, he apretado más fuerte, duele más, al menos sé que sigo vivo, porque a ningún muerto le duele nada. La sangre comienza a brotar lentamente. ¿He conseguido alcanzar la vena? Creo que no. Decido apretar más fuerte, con rabia, apretando los dientes. El filo se va deslizando poco a poco. Miro la muñeca, comienzo a tener una herida. ¿Es la vida? ¿Es el amor? ¿Es la muerte?

La sangre va goteando sobre mis muslos. Necesito más sangre, más. Necesito más heridas, más. No importa el dolor, es solo el camino que nos conduce a través de la vida y el amor hacia la muerte. Aprieto más los dientes, clavo más hondo el filo de la navaja, grito de dolor y maldigo. Miro la herida, no me parece bastante profunda. Inspiro profundamente. Busco otro lugar en la muñeca, palpo hasta encontrar la vena y cuando voy a aplicar el filo cortante, me detengo. No puedo creer lo que estoy viendo. La primera herida ha dejado de sangrar, pero no es solo eso, se está cerrando. Al cabo de unos segundos ya no puedo ni ver la cicatriz. No puedo morir, pero sí puedo sentir dolor. Las fuerzas poderosas son sádicas. Las reto, las maldigo. Con rabia infinita abro una nueva herida y corto como si fuera un filete muerto. Luego decido infligirme una tercera. El dolor es terrible, pero todas cicatrizan. Arrojo la navaja contra el cristal, rebota y cae al suelo, bajo el asiento. Bueno, al menos ya sé con lo que puedo contar. Enciendo un pitillo mientras suena la canción de Bob Dylan.

Salgo al exterior, camino alrededor del coche, cuando empieza la canción del jinete acompaso mis movimientos a la música, pronto me doy cuenta de que estoy en un entierro, es como si llevara el ataúd, me muevo al ritmo de una marcha fúnebre.

Algo ha ocurrido porque se inicia otra vez la canción de las tres heridas, no creo que la aleatoriedad me gaste esta broma, tal vez la copiara dos veces. Comienzo a correr, como loco, alrededor del coche, como si buscara algo, como si buscara la vida, el amor, la muerte. Me quedo sin aliento, siento un golpe en las sienes y me desplomo.


PERDIDO EN EL TIEMPO XV


PERDIDO EN EL TIEMPO XV

BEETHOVEN
SEXTA SINFONÍA-PASTORAL

Siento una necesidad imperiosa de dormir, pero no puedo, algo me lo impide. Debería estar completamente agotado, hambriento, sediento, destrozado de los nervios, desesperado… No siento nada, como si hubiera perdido el cuerpo, solo tengo ganas de llorar. Ni siquiera eso me es concedido, apenas un poco de humedad en los ojos, como rocío mañanero. Desearía aliviarme rezando, pero estoy vacío, tan vacío como el vientre de la nada. Poco a poco voy aceptando mi nueva situación. Estoy perdido en el tiempo, tal vez en el espacio, en alguna dimensión ignota a donde he sido arrojado por mis muchos pecados. He perdido el cuerpo y sus funciones, he sido desterrado de la realidad, tal vez hasta haya perdido el alma, sin enterarme, con la suavidad de quien limpia un cristal que ya estaba limpio y sigue viendo lo mismo que veía antes. Me siento el mismo pero no soy el mismo, mi personalidad, mi individualidad parecen no haber cambiado, sigo poseyendo los mismos recuerdos, sigo embargado por las mismas emociones, pero algo, algo muy sutil ha cambiado para siempre.

Poco a poco voy aceptando que ya nunca más veré la luz del día, el alba y el ocaso han dejado de tener significado. ¡Oh cuánto me gustaría poder echar una cabezadita y olvidarme de todo! ¡Voy a echar de menos tantas cosas! De pronto soy consciente de estar escuchando la sexta sinfonía de Beethoven, la pastoral. Ya nunca más caminaré por los bosques de mi amada montaña, ni pisaré la hierba de los campos, ni escucharé el trino de las aves, ni sentiré la brisa entre las hojas, ni me tumbaré junto a un riachuelo para mirar el cielo azul y el majestuoso sol. Todo me ha sido arrebatado sin preaviso, sin transición. La naturaleza ha dejado de tener significado en esta oscuridad impenetrable. Puede que esté ahí, más allá del quitamiedos o guardarraíl de la autovía, pero no puedo verla y tal vez tampoco pudiera pisarla si me atreviera a salir del coche y caminar en la oscuridad, buscando un árbol perdido en la supuesta llanura, porque no tengo constancia de que todo siga como antes, solo que en la más absoluta oscuridad, ni la gran ciudad que estaba antes allí, en el centro del círculo de circunvalación. No puedo saber si he sido arrebatado a otra dimensión solo con mi coche y esta autopista infernal o si estoy en el mismo mundo en el que estaba, solo que en otra dimensión solitaria y vacía.

Puedo recordar mis paseos por el campo, en primavera, verano, otoño, invierno. Puedo recordar las montañas en el horizonte y el prado verde en el que me siento y el rumor del arroyo cercano y el canto alegre de las avecillas y la sensación de intensa felicidad que me acogía antaño. ¡Puedo recordar tantas cosas! Pero no es lo mismo que vivirlas, el recuerdo es como un mal cuadro, repleto de agujeros, pintado a brochazos, sin la menor delicadeza ni sensibilidad, es como imaginar un bosque a través de un grosero remedo de árbol que es solo una línea torcida en el centro de una tela sucia. De ahora en adelante solo me quedará el recuerdo, la imaginación, la fantasía forzada, será como escuchar una música a lo lejos, muy lejos, ni siquiera sabes si es la música que tu deseas, si la está tocando una buena orquesta, ni siquiera sabes si es música o un ruido confuso un “brohuhaha” francés.

Cierro los ojos, llamando al sueño, que aún no estoy convencido me haya sido arrebatado para siempre. En medio de la autovía vacía y silenciosa, oscura como boca de lobo –he apagado los faros- con el vehículo detenido sin luces de emergencia, sin esperar ya nada, ni que de pronto todo vuelva a la normalidad y sea aplanado por un trailer, aislado del mundo y sus pompas, escucho religiosamente la música del sordo genial, que podía oír el canto de los pájaros, el rumor del arroyo cantarín, el estrépito de la tormenta que se acerca, sin poder oírlas, solo imaginando lo que el cuadro silencioso estaría transmitiendo. Yo ni siquiera tengo un cuadro al que mirar y la imaginación parece una vieja maquinaria mal engrasada.

Me dejo llevar por la música, sin pensar en lo que haré más tarde, si continuaré dando vueltas y más vueltas a esta carretera infernal mirando la aguja del depósito, a ver si se mueve, como un signo de que todo regresa a la normalidad, o si me quedaré aquí, sentado, esperando a Godot, o si me decidiré a salir del coche y caminar fuera de la cinta de asfalto, con esa linterna que se enciende cuando la agito, buscando algo, cualquier cosa, un árbol perdido, una casa abandonada, una ciudad en las sombras, la verde hierba que no podré ver pero sí pisar, el bosque tupido, subiendo y bajando, los árboles que me miran como fantasmas sin alma, el sobresalto de un animal silvestre que me haga pensar en un remedo de vida, de naturaleza. Tal vez encuentre una línea invisible, un abismo sin fondo entre dimensiones, una niebla de Stephen King repleta de monstruos tentaculares que me descuarticen en un pis-pás. Cualquier cosa sería mejor que esta espera inútil, que un tiempo que parece haberse detenido para siempre, a la espera de que yo lo ponga en marcha, como un reloj viejo, con el mecanismo roto.

¡Cuánto agradecería una buena tormenta! Los rayos iluminando el cielo oscuro, el horrísono estrépito del trueno, la lluvia percutiente contra el techo de este vehículo infernal. Sería un gran alivio. Ni siquiera sé con seguridad si el tiemplo climatológico también se ha detenido. Tal vez ya no vuelva a sentir la lluvia en la cara, el frío en el rostro, la blanda nieve sobre la cabeza, el calor asfixiante en la piel. Tal vez todo eso solo sea ya parte de un pasado muerto que tendré que resucitar, célula a célula, a través del recuerdo. Es lo que estoy haciendo ahora, mientras la sinfonía llega a su fin, intentar resucitar aquellos viejos recuerdos de una vida que fue hermosa a pesar de todo. Solo me quedas tú, Beethoven, viejo y entrañable amigo, lo mismo que otros músicos que me acompañarán al infierno por esta carretera demoniaca, que seguirán alegrando mi alma mientras demonios invisibles me susurran malévolos pecados en la oscuridad, pecados que nunca podré ya cometer, porque mi cuerpo está muerto, mi alma está muerta, aquí solo vive un coche con el motor en marcha que reinicia de nuevo su círculo dantesco.

PERDIDO EN EL TIEMPO XIV


PERDIDO EN EL TIEMPO XIV

CANTO GREGORIANO
MISA DE ANGELIS

He golpeado el volante con un golpe seco de mi puño, he frenado bruscamente y apagado las luces. Cierro los ojos e intento rezar. La vida nos parece algo tan sólido y elemental que no somos capaces de imaginar el prodigio que supone estar vivo. Es más comprensible el vacío, la nada, no suponen ningún esfuerzo. En el principio era el vacío y la no existencia, nada existía y nada tenía por qué existir, un silencio infinito ocupaba cada partícula del eterno vacío, nada ni nadie era consciente de que ese debería ser el estado natural de las cosas. Hasta la explosión primigenia no surgió el misterio, de un diminuto huevo comprimido por fuerzas inexplicables brotaría un universo infinito, infinitos universos infinitos. Y en el culo del mundo, del universo, un planeta como tantos otros acogió la vida que surgía del misterio. Y entre tantas criaturas una de ellas tuvo un ápice de consciencia, suficiente para ser consciente de su existencia, para preguntarse de dónde había surgido.

Cuando la mano de la divinidad nos sostiene sobre el vacío todo tiene sentido, somos porque tenemos que ser, porque fuimos desde el principio, aunque no lo recordemos y seremos hasta el final, aunque no lo sepamos, y el círculo perfecto nos aleja de la nada, lo único perfectamente lógico. Nos creemos poderosos, nos creemos dioses, creemos en nuestra existencia eterna aunque sabemos que antes del primer vagido de consciencia no recordamos nada y aquel que no recuerda es nada. Y los diosecillos de pacotilla se ponen a transformar un planeta, eliminando todo aquello que les estorba y creen que están transformando un universo, que ellos son el centro de ese universo, que en toda la infinitud del universo, que en todos los infinitos universos infinitos solo existe una criatura inteligente, consciente.

Todo nos pertenece, todo se retorció hasta el paroxismo y el huevo primigenio explotó y se expandió solo para que nosotros viéramos la luz y nos pusiéramos a parlotear como cotorras sobre lo importantes que somos, lo poderosos, únicos, la cima de la creación. Y ni siquiera aceptamos la gran fraternidad humana como centro de un universo en expansión, nuestro ego es tan inmenso, tan apocalípticamente ridículo que cada uno llega a creerse el centro de todo y de todos, somos soles únicos y a nuestro alrededor giran todos los planetas, somos supernovas deslumbrantes y las galaxias se arrodillan a nuestro paso.

Pero cuando la mano divina se retira y caemos hacia el abismo de la nada, cuando el vacío se hace a nuestro alrededor, cuando el silencio y la soledad es todo lo que podemos esperar, nos hacemos conscientes de la nada que somos y de la fina capa de aire que nos separa de la no existencia. Entonces solo queda rezar, rezar para que todo vuelva a ser como antes, para que podamos volver a sentirnos el centro del universo, la realidad única y última, para que podamos pavonearnos por las calles de nuestras ciudades, hinchando el pecho ante nuestra desmesurada importancia personal; para que podamos ser poderosos y terribles, despojando a los tontos de lo que creen tener, torturando a los corderos que no saben que están en nuestras manos, en el matadero que hemos fabricado para ellos. Y nos creemos inmortales y nada nos podrá arrebatar una existencia tan sólida, y los días pasarán como antes pasaban, cuando la mano divina nos sostenía en el vacío pero no nos dábamos cuenta de ello y ni siquiera dábamos las gracias.

Y cuando la mano se retira solo queda rezar. PADRE NUESTRO… KYRIE ELEISON…AVE MARÍA… AGNUS DEI…

Aprieto los ojos pero las lágrimas se escapan a mi pesar. Recuerdo mi adolescencia, cantando la misa de angelis en la misa de celebración de la fiesta del colegio. Entonces estaba solo pero no lo sabía, porque otras voces cantaban conmigo. Entonces estaba convencido de que nunca moriría porque era joven y la vitalidad me rezumaba de las orejas, y el tiempo futuro, la muerte, estaban tan lejos, tan, tan lejos, que uno no podía pensar en ello sin reírse. Entonces creía que la vida me concedería todo lo que le pedía, porque yo eran grande, me lo merecía, había hecho méritos, los haría, amaría y sería amado, nunca estaría solo, alcanzaría todas las metas que me había propuesto y sería grande, grande, grande.

Y la mano se retira y comienzo a caer a un vacío infinito, me gustaría reírme a mandíbula batiente, porque nada se me podía arrebatar ya, puesto que todo me había sido arrebatado, pero siempre se puede sufrir un poco más, aunque solo sea una pizca. Siempre se te puede arrebatar la luz, incluso en un día gris y nublado, con la niebla llegando hasta tus ojos. Y la noche se puede hacer eterna, cuando las farolas se apagan. Y ningún otro vehículo me acompaña en mi camino solitario por la autopista. Los otros estaban lejos, pero estaban, no me hablaban, pero hablaban entre ellos. Siempre era posible recibir una llamada inesperada, pero ahora ya no hay cobertura ni la habrá nunca más para mí. La mancha blanca y lanuda del rebaño permitía la sugestión, el frío intenso de la soledad es menos intenso cuando observas al rebaño balar a lo lejos.

Entonces tenía mis libros para vivir las historias escritas por otros, ahora no tengo nada, podría haberme traído el libro electrónico con miles de libros digitales en su pancita lisa. Ni siquiera me acordé de poner en la bolsa el libro de papel de mi mesita de noche. Solo me queda una pequeña libreta casi llena de anotaciones sin importancia. No podría escribir mucho, aunque quisiera, no podría contar mi historia, aunque alguien pudiera escucharme. Estoy solo, en medio de una desierta autovía, silenciosa y oscura, llorando, rezando. Pido que la mano divina vuelva a sostenerme de nuevo, aunque regrese a la soledad de aquel apartamento diminuto, entre mis libros de papel, mis libros digitales, mis cuadernos y libretas, mi música. Todo lo que escribí durante años será arrojado a la basura sin contemplaciones, ha sido como cavar una y otra vez mi tumba, donde ni siquiera puedo ya ser enterrado. Al menos me gustaría sentir dolor físico, un pinchazo en el pecho, anunciando el infarto, esa opresión en el cerebro precursora del ictus cerebral. Al menos podría hacerme la ilusión de que dentro de un mes o dos, o tres, habré muerto de hambre, o antes de sed, cuando ya ni pueda beberme mis orines. Pero ni siquiera eso me ha sido concedido. No tengo hambre, no tengo sed, el cuerpo es ligero como una nube, levito sobre el asiento de un coche al que nunca se le terminará la gasolina, no tengo para escribir ni un libro para leer. No necesito comer, ni beber, ni excretar, ni dormir. Puedo dar vueltas y vueltas o quedarme parado y rezar. KYRIE ELEISON.

Al menos me queda la música. Al menos me queda el recuerdo, aquel adolescente que cantaba con su voz dislocada la misa de angelis. Al menos me queda la memoria del pasado. Al menos podré escribir novelas en mi mente, contarme todas las historias que quiera.

Y me pongo a cantar con voz destemplada, mientras las lágrimas mojan mis mejillas, intentando rezar para que la mano divina vuelva a sostenerme en el vacío.

KIRIE-E-E-EE-EEE

PERDIDO EN EL TIEMPO XIII


 

AUTE, LUIS-EDUARDO
AL ALBA

El alba debería asomar en el horizonte, debería haberlo hecho ya si la radio no está también fuera del tiempo, como yo. Toda una noche esperando al alba pero la noche continúa, tal vez por toda la eternidad. Debería estar desayunando, un café con leche y un croissant en cualquier cafetería de carretera, o cualquier otra cosa, sin embargo no tengo hambre, el estómago parece quieto y relajado como si no existiera. No tengo hambre ni sed, ni siento deseos de orinar, de mear hablando claro porque aquí nadie me escucha, no tengo por qué seguir utilizando el lenguaje social ni ser políticamente correcto, ni ser nada, porque ahora estoy solo, puedo emplear las palabras que quiera, pensarlas o gritarlas, no seré señalado por el dedo acusador, no seré mirado como un loco, no seré insultado ni marginado, con el tiempo recobraré mi lenguaje, el lenguaje de mis vísceras, con el tiempo recobraré muchas cosas perdidas. Pero me temo que no recobraré el hambre, la sed, las necesidades corporales, el deseo, todo aquello que conformó mi vida como la única realidad posible.

Los relojes siguen detenidos, el móvil sin cobertura, el depósito no ha perdido ni una gota de gasolina, las farolas apagadas, las lejanas luces de la ciudad han desaparecido, el quitamiedos no se abre a salida alguna. La noche es más oscura que nunca y para mí ya no habrá nunca más alba o más ocaso. El pasado está muerto, lo que viví es un vago recuerdo, el amor pudo haber sido sentido por otro, el dolor y la tragedia una leyenda histórica, una leyenda urbana, el franquismo parece un cuento de miedo para niños, la democracia de la urna multiorgásmica que necesita votaciones constantes para sentirse viva parece una pesadilla superada, ya no me importa si ganó Hillary o Trump, si algún día morirá Fidel o los últimos dictadores se irán a vivir a Marte en algún viaje turístico. Han pasado solo unas horas pero la grieta en el tiempo es de eones. Estoy lejos de todo, del niño que fui, del adolescente insaciable que deseaba tener sexo con todas las mujeres del planeta, del joven que se tiraba por las ventanas o se subía a los cables de alta tensión como un mono desesperado o se iba a Costa Fleming a follar con una despampanante sueca tan cargado de pastillas que el miembro no se le hubiera levantado ni con una grua. Atrás queda la locura y la cordura, el romanticismo y el quijotismo, los hijos que no tuvimos y lo que tuvimos, el gatito y el perrito que nunca tendré, los miles de buitres callados que extienden sus alas y la rata que fui ya nunca más se esconderá en las cloacas.

Parece que solo me queda el deseo del pitillo, pero es un deseo falso, artificial, como si buscara en el humo el viaje infernal de la droga que no puede ser peor que éste. Vuelvo a encender otro más y no me preocupo de mirar si se van reproduciendo en la cajetilla como en un nido de buitres. Ya no necesitaré comida, ni bebida, ni mujer a la que mirar con deseo, ni gatito que me lama la cara. Puede que hasta no necesite más tabaco, si es que los pitillos no se reproducen como los delirios de un drogadicto. Por no necesitar ya no necesitaré ni expulsar excrementos, ni el líquido amarillento y caliente cargado con todas mis toxinas. No voy a necesitar hablar pero lo voy a hacer de todas formas, voy a gritar en mi nuevo lenguaje recuperado a la hipocresía, a la beatería, a lo políticamente correcto, al miedo del qué dirán y qué no dirán, al miedo que corroe las entrañas, al miedo que me persiguió de niño como el hombre del saco y el sacamantecas, al miedo de que me señalen con el dedo, al dedo dictatorial, al dedo del anuncio publicitario, al dedo del futuro, al dedo del pasado, al dedo de los que saben y de los que no saben, de los que creen saber y te marcan el camino, al dedo del destino, al dedo en el gatillo de la violencia. Aún poseo todos mis dedos, pero no son bastantes para horadar la noche. Y el alba no regresará nunca y los miles de buitres callados se esconderán en las cloacas porque a mí ya no pueden tocarme. Y los fascistas de toda ralea no me atemorizarán nunca más porque estoy fuera del tiempo y el espacio, estoy fuera de la vida y de la muerte, estoy al margen de la historia, y ni el amor volverá a seducirme ni la muerte me atraerá con sus cantos de sirena.

Termino un pitillo y enciendo otro y aprieto con fuerza el acelerador y el coche se lanza hacia adelante cosquilleando con sus luces el vientre de la noche. Y daré vueltas y más vueltas al circuito infernal mientras el dedo aleatorio del destino irá poniendo por mí la música de mi vida, la que hizo danzar mis pies y la que alivió mi alma. Ya no importa que regrese el alba, ni que el sol asome en el horizonte, ni que la luz vuelva a mis ojos, no necesito el engaño del tiempo, la seducción de la supusta realidad. Aquí estoy, sentado sobre nubes oscuras, haciendo ver que todo sigue yendo hacia delante. La radio me irá mostrando los millones de mundos posibles, las dimensiones infinitas que hacen posibles nuestros actos. Y mientras allá, en el mundo que se cree real se suceden los terremotos y las inundaciones y los accidentes, y el frío y el calor y la violencia insana y mientras el apocalipsis extiende sus alas como buitre de mal agüero y las ratas regresan a las cloacas, yo sigo aquí dando vueltas y más vueltas, escuchando la música que nunca se acaba, sin esperar nada sin anhelar nada. Nada que decir al amor mío, ni a los hijos que no tuvimos, ni a los que tuvimos y que sangre la luna llena al filo de la guadaña. Que ellos sigan el camino del tiempo, porque yo me he quedado aquí varado, fuera del tiempo, sin alba y sin ocaso.

Si te dijera, amor mío,
Que temoa a la madrugada,
No sé qué estrellas son estas
Que hieren como amenazas,
Ni sé qué sangra la luna
Al filo de su guadaña.
Presiento que tras la noche
Vendrá la noche más larga,
Quiero que no me abandones
Amor mío, al alba.
Los hijos que no tuvimos
Se esconden en las cloacas,
Comen las últimas flores,
Parece que adivinaran
Que el día que se avecina
Viene con hambre atrasada.
Presiento que tras la noche

Miles de buitres callados
Van extendiendo sus alas,
No te destroza, amor mío,
Esta silenciosa danza,
Maldito baile de muertos,
Pólvora de la mañana.
Presiento que tras la noche
Written by Luis Eduardo Aute Gutierrez • Copyright © Universal Music Publishing Group

PERDIDO EN EL TIEMPO XII


PERDIDO EN EL TIEMPO XII

INTERMEZZO

He perdido por completo la sensación del tiempo. Las variaciones Golberg se han repetido varias veces, no sé cuantas. Hasta terminar la primera audición mis cálculos sobre la hora no podía estar muy equivocados, conociendo con aproximación la duración de cada pieza no es difícil hacerse una idea del tiempo transcurrido desde que los relojes se han detenido, el del coche, el reloj de pulsera, el del móvil, todos parados a las 00,00. Calculo que sería la una o las dos de la mañana, no mucho más, cuando terminaron las variaciones por primera vez, pero tras el número desconocido de repeticiones no me atrevo a calcular la hora que rige en el mundo real, en la dimensión que por lo visto he abandonado para siempre. ¿Qué hora puede ser? ¿Las siete, las ocho de la mañana? No tengo ni la menor idea.

Como me ocurre en los delirios el tiempo se convierte en algo intengible, solo si miro el reloj antes de iniciarse la secuencia atemporal y luego lo vuelvo a mirar cuando termina todo puedo hacerme una idea del tiempo transcurrido. El mecanismo funciona al margen de mi mente, es posible saber cuántas vueltas da una manecilla o cuántos números han saltado en el reloj numérico. Sin embargo la sensación interna de tiempo desaparece, de alguna manera se parece al sueño, cuando despiertas sabes las horas que has dormido porque un mecanismo exterior a ti te lo dice. Las secuencias oníricas han podido transcurrir a lo laargo de horas,de días, incluso de años. Si en el tiempo hubiera tiempo, que no lo hay, éste sería tan flexible como un chicle que estiras y encojes a tu gusto.

He detenido el doche en mitad de la autovía, he apagado las luces, he bajado las ventanillas y me he fumado dos pitillos. Me importa un bledo que esto sea un delirio, que el tráfico haya continuado, sin que yo lo percibiera, que los vehículos me hayan sorteado como buenamente han podido, que en algún momento uno no lo consiga y que el choque sea el de un camión trailer y que me haga papilla, que la muerte sea un golpetazo horrísono que convierta mi sufrido coche en un acordeón y que mi cuerpo y huesos se hagan fosfatina. Esto se parece tanto a la desesperación que me da miedo solo pensarlo. Quiero morir, eso es evidente, y la forma que adopte esa muerte me tiene sin cuidado. El dolor no puede ser tan terrible cuando el tiempo se ha comprimido en unas milésimas de segundo.

Ni siquiera he puesto las luces de avería… por si las moscas. He salido el vehículo y me he puesto a bailar en el asfalto como un energúmeno. He gritado como si alguien pudiera escucharme. S.O.S ayúdenme. He recordado la famosa escena de Johnny cogió su fisil. Sé que estoy solo, perdido en el tiempo, pero uno nunca deja de esperar, de creer en los milagros, aunque te rodeen las sombras de la muerte… nada temo porque tú estás conmigo, tu vara y tu cayado me protegen.

Me he desgañitado y luego me he puesto a llorara como un niño. Al fin me calmé, nada como saber que nadie acudirá en tu ayuda para calmar el berrinche de un niño. Regreso al interior del vehículo, lo más próximo a un hogar que ahora tengo. He vuelto a marcar un número al azar. No hay cobertura, no hay conexión, no hay señal de llamada, nadie responderá nunca. Nunca ocurrirá nada, solo el silencio más absoluto.

No sé por qué se me ha ocurrido encender la radio. Apagada la música el silencio me estaba taladrando el alma.

“Son las ocho de la mañana. Noticias. Aquí radio…

La voz del locutor, tan mecánica, tan cotidiana, tan insulsa, ha sido como el trallazo de un látigo de siete puntas golpeando cada poro de mi piel. Me he estremecido como si el Ártico hubiera entrado por las ventanillas. Estoy temblando espasmódicamente. No he querido apagar la radio.

¿Puede haber algo tan estremecedor como la irrupción de la cotidianedad en un universo perdido en el tiempo?

Ni siquiera intento explicarme el misterio. Los relojes no funcionan, ni el móvil, ni un solo vehículo en la desierta autovía. La oscuridad no ha disminuido un ápice. El alba debería estar extendiendo sus dedos mágicos sobre el horizonte. Algo, cualquier cosa, debería indicar que esta pesadilla está a punto de terminar. Pero no es así. El mundo parece seguir ahí fuera, en algún lugar, al otro lado, más allá d ela oscuridad. ¿Por qué las ondas de radio pueden llegar hasta aquí cuando nada más lo hace, ni siqueira el enfadado vozarrón de Diois?

Me concentro en las noticias y de pronto me echo a reír a mandíbula batiente.

“Cada vez más cercanas las próximas elecciones. El bloqueo se ha convertido en una pesadilla para la clase política, para el ciudadano español, para la comunidad europea, para el mundo, para la galaxia…Esto cada vez se parece más a la conocida película de Woody Allen, La rosa púrpura del Cairo. Los personajes de esta delirante farsa han saltado a la pantalla, donde se proyecta una película sin pies ni cabeza y en ella no dejan ni un segundo de repetir sus frases manidas, escritas por un guionista hasta arriba de coca. Todos tenemos que escucharlas una y otra vez, como tenemos que ver sus gestos estereotipados de muñecos rotos.

“Las manifestaciones se suceden, unos a favor, otros en contra, y algunos con pancartas tan desconcertantes que nadie sabe si están a favor en contra o todo lo contrario.

“Han transcurrido casi tres años y nadie ha dimitido, nadie parece estar dispuesto a dejar su poltrona ni para mear”.

“Disculpen ustedes ete lenguaje chabacano pero la paciencia de este locutor se ha terminado, como la de todos ustedes”.

No es posible. El tiempo parece seguir transcurriendo en alguna parte, mientras yo permanezco en otra dimensión, donde en la que algún dios maligno me ha arrojado, compuesto solo de una noche eterna, una autopista vacía y un coche coche que no gasta combustible y sigue funcionando como si tal cosa. Escucho durante unos minutos el delirante boletín que noticias que parece saltar en el tiempo como un cangurito gentil, dejándose llevar por el capricho o tal vez por alguna ley física fuera de toda lógica.

Reflexiono sobre lo que está ocurriendo. No es posible que no haya podido llegarse a un acuerdo durante tres años y que todo siga bloqueado. Me pregunto si no estaré captando otra dimensión paralela a la real, en la que con seguridad ese esperpento valleinclanesco que conocí antes de ser trasladado a este infierno dimensional ha tenido un final, el que sea. Decido no hacer demasiado caso a lo que oiga por esta radio loca. Las elecciones parecen centrar la mayor parte del tiempo del boletín. Todos, hasta las moscas cojoneras, deben de estar ya tan saturados que es incomprensible no se haya producido una solución violenta.

El boletín parece estar ocurriendo en un presente discontinuo, como si los días hubieran sido derribados, como si la pared medianera que tienen todos los pisos, hubiera sido tirada abajo y todos pudieran ver lo que hacen todos. Los días son algo así, paredes medianeras en el tiempo que alguna mano poderosa y malévola ha derribado para mí, desapareciendo por completo la sensación de continuidad temporal, que es la base de nuestras vidas.

La voz del locutor, que está relatando todo con un cinismo chocante, deja paso a la dulce y cuitada voz de una locutora que desgrana malas noticias como un cuervo deja caer los graznidos desde lo alto en su vuelo hacia el horizonte. Terremotos en Japón que dejan el país asolado, inundaciones en España, incendios en Australia, los polos se derriten y las ciudades costeras deben de ser evacuadas, la guerra de Siria sigue aún, algo increíble porque no debe quedar nadie para contarlo. Es imposible que todo esto esté ocurriendo el mismo día. Es como si las fuerzas poderosas quisieran gastarme una broma de mal gusto y hubieran empalmado trozos de diferentes boletines, narrados por la misma locutora a lo largo de diferentes años en el futuro. Los segmentos encadenados, en un batiburrillo dimensional e infernal de acontecimiento, se convierten en una cadena temporal delirante y sin el menor sentido, al faltar los eslabones que permitirían una concatenación lógica de causa y efecto tal como sucede en la realidad cotidiana, donde las tragedias pueden ser asimiladas al haber sido separadas por un espacio temporal que impide su acumulación emocional.

No soporto más este estúpido guión y decido volver a la música del pendrive. El silencio nocturno se hace angustioso, al menos la música me da una ligera sensación de que en algún momento todo esto acabará. Enciendo otro pitillo preguntándome cuánto me durará el cartón que compré antes de iniciar el viaje. Me sonrío pensando en la posibilidad de que cada paquete consumido se reproducirá por arte de magia en el cartón que he tirado de cualquier manera en el maletero. Si he perdido el apetito y no necesitaré más alimento, como parece indicar el que ni siquiera me acuerde de la comida, si el combustible del coche se regenera por arte de magia, espero que las fuerzas poderosas me permitan algún vicio, aunque solo sea esta adicción estúpida al tabaco. Me pregunto si mis pulmones continuarán deteriorándose por el humo o tal vez todas las células se regeneren. Estaría bien no envejecer, no volver a sufrir más enfermedades. Imagino que si me quieren mantener aquí por toda la Eternidad, ya habrán pensado en todo ello.

Me planteo abandonar el coche y explorar más allá del quitamiedos, en la oscuridad. Incluso llego a colocar en el asiento del copiloto la linterna que llevo siempre en el coche y que comprara con tanta ilusión en una ferretería. No necesita pilas, se enciende agitándola con movimientos de la mano. Comienzo a estar realmente enfadado, cabreado, encolerizado, con esta situación estúpida. Decido olvidarme de esa opción desesperada, no porque tenga miedo a lo que podría encontrar unos kilómetros más allá, fuera de la autovía, sino porque he perdido cualquier interés que algún día pude tener sobre la vida, la humanidad o los acontecimientos sin el menor sentido que han salpicado mi vida de alucinado demente. Nada delo que me ocurra de ahora en adelante tendrá el menor interés para mí, me limitaré a seguir dando vueltas en la oscuridad, a detenerme cuando quiera y a dejar que las fuerzas poderosas pongan la música que consideren oportuna para que yo baile la danza del mequetrefe solitario al que ya nadie volverá a ver. Me sonrío al ser consciente de que tampoco tengo ganas de mear o de la otra necesidad mayor. En mi mente intentan brotar palabras chabacanas, groseras, un lenguaje vulgar y horripilante, al fin y al cabo si nunca vuelvo a ver a personas, me puedo permitir el lujo de utilizar el lenguaje que quiera, todas las normas sociales han sido abolidas para mí.

También me pregunto si el aburrimiento me llevará, una vez más, a refugiarme en mi fantasía delirante, creando mundos que me produzcan la sensación de seguir vivo. No me quiero responder a esta pregunta. Me limito a escuchar la canción, tarareándola con mi voz de grillo ronco y desafinado. Una divertida bromita de las fuerzas poderosas.
ESPAÑA, CAMISA BLANCA….

España camisa blanca de mi esperanza
reseca historia que nos abraza
con acercarse solo a mirarla,
paloma buscando cielos más estrellados
donde entendernos sin destrozarnos
donde sentarnos y conversar.

España camisa blanca de mi esperanza
la negra pena nos atenaza
la pena deja plomo en las alas
quisiera poner el hombro y pongo palabras
que casi siempre acaban en nada
cuando se enfrentan al ancho mar.

España camisa blanca de mi esperanza
aveces madre y siempre madrastra
navaja, barro, clavel, espada;
la muerte siempre presente nos acompaña
en nuestras cosas más cotidianas
y al fin nos hace a todos igual.

España camisa blanca de mi esperanza
de fuera o dentro, dulce o amarga
de olor a incienso de cal y caña
quién puso el desasosiego en nuestras entrañas
nos hizo libres pero sin alas
nos dejó el hambre y se llevó el pan.

España camisa blanca de mi esperanza
aquí me tienes, nadie me manda
quererte tanto me cuesta nada
nos haces siempre a tu imagen y semejanza
lo bueno y malo que hay en tu estampa
de peregrina a ningún lugar.

Fuente: musica.com
Letra añadida por poppop34

Ana Belén

PERDIDO EN EL TIEMPO XI


PERDIDO EN EL TIEMPO XI

JOHAN SEBASTIAN BACH
VARIACIONES GOLDBERG

Las manos relajadas al volante. La mirada tranquila al frente, como si la autovía fuera solo para mí. El pie pegado al acelerador, sin la menor tensión, manteniendo sin esfuerzo la misma presión. El cuerpo tan sutil como una nube de aire fresco echándose la siesta. La mente como un océano en calma, sin oleaje. He llegado a pensar que estoy muerto, solo que no recuerdo aún lo ocurrido. Tal vez me encuentre en ese estado intermedio del que habla el libro tibetano de los muertos, justo antes de que el difunto se haga consciente de haber fallecido.

No puede existir mejor música para acompañar esta placidez melancólica que me invade. Es curioso, pero tengo el pendrive repleto de música de Bach, el más espiritual de los músicos, las pasiones, las cantatas, los conciertos de Bradenburgo, el arte de la fuga, el clave bien temperado, las suites para violonchelo solo de Casals…y sin embargo la mano que maneja la aletoriedad ha esperado hasta ahora para poner una pieza del maestro.

Si estuviera muerto, pienso, habría pasado por la fase de ir recapitulando mi vida entera, como en una película proyectada a velocidad vertiginosa, como dicen que ocurre al morir. Pero mi pasado es un gran vacío, un agujero negro que se ha tragado todo y lo ha comprimido en una minúscula partícula que es mi consciencia, la sensación de ser yo.

Haciendo un esfuerzo recuerdo que me pasé décadas escribiendo compulsivamente. Toda mi obra está inacabada, docenas de novelas esbozadas, a medio escribir, pendientes de rematar. Un apartamento repleto de cuadernos, libretas, álbumes ilustrados con trozos de mis novelas, archivadores con documentación, con copias de trabajo. Alguien lo quemará todo si no aparezco, o tal vez ni se moleste en darle un final esotérico a tanta insensatez, se limitará a tirarlo todo a la basura, como restos de comida sin digerir.

Horas y horas subiendo textos a Internet que permanecerán en el más absoluto de los olvidos, nadie se preocupará de eliminarlos porque ni siquiera saben que existen en páginas que ya ni aparecen en Google porque llevan años sin recibir visitas.

VANIDAD DE VANIDADES Y TODO ES VANIDAD

Amé porque si no amas no estás vivo y yo creo que lo estoy, que lo estuve. Creo.

Nací sin haberlo solicitado en un punto de la línea temporal, sin recordar qué era antes, sin saber quién decidió sacarme de la nada. Y ahora estoy en algún lugar del tiempo, perdido. En alguna dimensión desconocida, en un universo de oscuridad del que el bing bang arrojó, como un vómito, una autovía circular, como un infierno sin principio ni fin.

VANIDAD DE VANIDADES Y TODO ES VANIDAD

¡Cuántas mañanas, tardes y noches! Un alba encdenada, un ocaso repetido hasta la saciedad. La lucha de un bípedo por sobrevivir en una sociedad donde el trabajo envilece y la falta de trabajo mata. Ganas el pan con el sudor de tu frente y con el sudor del de enfrente si eres corrupto y te crees listo.

PORQUE TODO ES VANIDAD. VANIDAD DE VANIDADES Y TODO ES VANIDAD.

Millones y millones de bípedos han surgido y se han apagado. Ya no existe el menor recuerdo de ellos. La historia es un libro infantil, repleto de monstruos malos y de algún niño bueno, empeñado en asustarles con su magia infantil.

Ta-ta…tara-rá, etc

El maestro Bach hace un repaso melancólico a la vida fugaz, mientras en la habitación de al lado el poderoso insomne intenta pegar los ojos que se abren como platos ante tantas causas para el remordimiento.

VANIDAD DE VANIDADES Y TODO ES VANIDAD

¡Tanta lucha inútil, tanta angustia sin sentido! El miedo al mañana nos hace despreciar la dulzura de una uva madura robada al pasar o la sonrisa de un niño que aún no sabe qué es el mañana.

Recorremos un camino que no lleva a parte alguna, pisoteando flores y talando bosques donde ya no cantarán los pájaros que siempre fueron felices.

No disfrutas del momento y ahora solo nos queda el recuerdo de lo que pasó a nuestro lado, mientras hacíamos cálculos con el dinero que nos permitiría vivir hasta los mil años, porque nadie muere nunca, la vida es un regalo a perpetuidad.

Incapaces de saber de la fugacidad de las cosas haces planes para cuando dentro de un millón de años tengas que trasladarte a una residencia de ancianos.

PORQUE TODO ES VANIDAD Y VACÍO.

Porque el tiempos nos engaña con la supuesta eternidad de nuestras vidas, mientras el sabio al que nunca escuchamos repite el viejo mantra.

VANIDAD DE VANIDADES Y TODO ES VANIDAD

Nos encontramos con miles de viajeros atareados, nadie se detiene para esbozar una sonrisa, para tomar una mano, para preguntar con rostro alegre: ¿Cómo te va, hermano? ¿ No querrías que te llevara tu pesado fardo hasta la próxima posada?

Y mientras las manos angelicales del gran Bach recorren el teclado, olvidado por completo de que en la habitación de al lado por fin ronca el poderoso, el tiempo ha ido fluyendo como un gran rio caudaloso desde el principio de los tiempos, arrastrándolo todo a su paso, para conducirlo al mar que es el morir. Y allí van los poderosos y los proletarios anónimos, y los políticos que intentan manejar el destino de sus hermanos, y los famosos a quien nadie ya recuerda, perdido su rastro en un universo infinito que se expande hacia la mar, que es el morir.

Gruesos lagrimones brotan de mis ojos, cayendo sobre el cuero del volante y resbalando hasta la alfombrilla, a mis pies, que es el mar a donde conduce todo, la alegría y la desdicha, la risa y el llanto.

PORQUE… VANIDAD DE VANIDADES Y TODO ES VANIDAD

Mientras recorro la autovía del infierno, a los costados de este vehículo, Pegaso alado que me lleva al Sheol, veo encenderse la oscuridad, como millones de pantallas donde se proyecta toda mi vida. Solo puedo ver un retazo de cada escena, porque la velocidad es constante, ciento veinte por hora, ni un kilómetro más ni uno menos.

Y veo a mis yoes repetir durante toda la eternidad cada instante que pasó, desde el niño que apenas reconozco, hasta ese gordito pausado y trabado que subió al coche hace unaas horas que ahora son siglos y milenios y algún día serán universos que se encienden y apagan.

PORQUE TODO ES VANIDAD. VANIDAD DE VANIDADES Y TODO ES VANIDAD

Mi rostro húmedo no se inmuta, mis ojos empañados ya no pueden ver el asfalto, pero no importa, porque alguien conduce por mí, en realidad estoy paralizado en un tiempo sin límites que me sugestiona intentando hacerme ver que se está moviendo. Yo sé que alguien ha dado al pause y la imagen está congelada.

Y mientras las escenas se suceden en las pantallas encadenadas solo lamento que el amor sea tan breve y que uno no pueda amar para siempre, a todos y a todo, porque si hay algo que podría vencer al tiempo es el amor, sin embargo no amamos lo suficiente para que eso suceda algún día. Por eso el tiempos nos aprisiona en un goteo constante de segundos que horadan la piel del alma. Somos coladores ambulantes.

Y esta vez sí, bajo la mano y retrocedo hasta el principio, cuando ya la música del más espiritual de los músicos ha terminado en una nota que ha quedado colgando, a la espera de que el movimiento de mi brazo, que ha recorrido toda la eternidad, llegue hasta el botón del “Repeat”.

Y todo comienza de nuevo, como si el universo se hubiese contraido, presto a expandirse otra vez. Ta-ta, tarará, etc etc

Mi voz surge de una caverna tan profunda como el infierno. Me asusta saber que aún poseo voz.

VANIDAD DE VANIDADES Y TODO ES VANIDAD