Categoría: UN VIAJE SIN RETORNO (NOVELA CORTA)

UN VIAJE SIN RETORNO VIII


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VI

Al despertar se encuentra  atado a una camilla que rueda por un pasillo del que solo puede ver el techo. Le introducen en un ascensor que baja a los sótanos, allí, en un despacho acolchado le descubren el pecho, le colocan unos cables, varios brazos le sujetan con fuerza durante toda la operación; cierra los ojos intentando ahuyentar el dolor que caerá sobre él pero unas manos forcejean con sus mandíbulas apretadas con rabia hasta lograr introducir algo entre sus dientes con textura de goma. Una voz dice algo sobre voltios,  todo está listo y de repente una espantosa sacudida quiebra su cuerpo, rígido, que se rebela contra aquella fuerza demoniaca, se cree a punto de romperse en mil pedazos, luego nada…

Despierta en una habitación desconocida, ni siquiera sabe quién es el que se encuentra tumbado sobre la cama. Un vago recuerdo insistente le obliga a buscar su nombre en aquella cáscara hueca que es su cabeza. Solo puede encontrar dos o tres nombres comunes que a pesar de repetirlos una y otra vez no encajan en el molde invisible que los rechaza. No importaría la ausencia de nombres o de un pasado con el que contrastar sus vivencias actuales si una insoportable angustia que asciende desde el fondo de su ombligo y escarba en su cerebro no le obligase a buscar  las necesarias respuestas.

Cuando alguien se despierta repentinamente sin ese pasado que conforma nuestra identidad siente una sensación parecida a haber sido descerebrado, un cráneo vacío no es nada, por eso se ve obligado a encontrar respuestas o a inventarlas. La otra alternativa es la angustia infinita y la locura. Eso es lo que ese joven desconocido, que ayer era una identidad perfectamente definida, tiene que hacer para mantener a raya la locura que acecha al otro lado de una estrecha línea pintada con yeso en el suelo. No encuentra una respuesta lógica a aquel vacío en su recuerdo, nadie le ha explicado las consecuencias de un electroshock ni persona alguna se encuentra a su lado cerca de la cama esperando su despertar para tranquilizarle. Más tarde comprenderá que el abismo que separa a los seres humanos es insondable. Solo si fuéramos capaces de vivir y sentir la vida de los otros podríamos conseguirlo algún lejano día. Solo la inconsciencia nos hace malvados, él no ignorará nunca a otro ser humano, nunca, lo promete…

Buscando respuestas deduce que sólo una terrible razón puede haberle sumido en esa oscuridad. Por un momento imagina que su pasado está lleno de crímenes horrendos, tal vez le han quitado la memoria para que no siga matando; son muy amables por hacer eso en lugar de matarlo a él y acabar con la causa del mal, de todos los males. Esta idea no se mantiene mucho tiempo en su cabeza, palpando su cuerpo comprende que es demasiado joven para ser ya un asesino con tantos crímenes a sus espaldas. Es una idea ridícula. Pero inmediatamente surge otra. El desconcierto que sufre podría ser perfectamente explicable si acabara de morir y el trauma  hubiera borrado toda su vida pasada. Se pellizca el brazo, se toca el rostro, es evidente que está vivo a no ser que la muerte permita una sensibilidad para con la materia parecida a la que se tiene dentro de un cuerpo. Se levanta rápidamente y golpea la pared con el puño, éste no puede penetrarla. Tiene que descartar también esa idea y lo hace con una extraordinaria euforia. Saber que aún sigue vivo le consuela de la angustiosa situación por la que está pasando. Por un momento piensa en que la posibilidad de morir, conocer el más allá y regresar para contárselo a todo el mundo sería algo tan extraordinariamente milagroso que le convertiría en el ser más importante de la creación. La certeza de que con la muerte no se termina todo transformaría la vida de la humanidad. La historia le recordaría como a un dios. Pero si nadie ha regresado de la muerte, no ve razón convincente por la que él sí pudiera conseguirlo. Aquello no es sino una estúpida fantasía que no le llevará a  parte alguna.

Finalmente decide que lo más fácil es pensar en un accidente, un golpe en la cabeza con la consecuente pérdida de memoria. Se toca el cráneo pero no tiene ningún vendaje, solo una cicatriz debajo del cuero cabelludo. Se dice que tal vez ha pasado mucho tiempo, tanto que la herida ha cicatrizado. Desea gritar llamar a alguien para que le de explicaciones, pero le contiene no saber dónde se encuentra; si está en un hospital puede organizar un buen alboroto para nada. Esperará la llegada de alguna enfermera.

Pero quien llega es un hombre gigantesco vestido de azul. No reconoce al celador, es  la primera vez que lo ve. La angustia que siente es tanta que no duda en preguntarle cómo se llama, dónde se encuentra y si ha tenido algún accidente que le ha privado de la memoria. El hombre se ríe amablemente, pone su manaza en su hombro y se lo explica todo. Siente un alivio infinito. La memoria volverá y con ella el pasado. Solo tiene que esperar pacientemente.

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Durante días recibe el amable tratamiento de choque. No sabe si los efectos se hacen más suaves con el tiempo o es su cerebro el que se fortalece, lo importante es que cada vez necesita menos tiempo para recordar. Por una parte se siente exultante ante el hecho de que ya no siente fobia alguna ante los cristales, no los contempla como un muro que es preciso reventar para alcanzar la libertad. En el interior de su cabeza se está abriendo una brecha que incluso puede notar físicamente debido a los fuertes chasquidos que se producen en el cráneo de vez en cuando, como si se tratara de una puerta hacia otra forma de vida. Por otra parte echa de menos el ser capaz de descargar la cólera represada en su interior. Caminando por los pasillos intenta encontrar otra forma de desahogarse que no tenga las nefastas consecuencias de acabar rompiendo cristales. Dejando resbalar  sus pies por el suelo ha encontrado alguna protuberancia o desnivel del suelo y cae hacia delante a plomo. En un acto reflejo alarga los brazos como le obligaban a hacer en el instituto en clase de gimnasia y para el golpe doblando el codo. Suena como si hubiera pateado el suelo y pronto tiene a su lado a un celador preguntándole qué ha hecho. No acepta su respuesta, es amenazado con las correas. La falta  de confianza que demuestra el celador le lleva a adoptar esta estrambótica forma de protesta por cualquier frustración. Se deja caer bruscamente hacia delante en cualquier lugar o momento, de forma inesperada se inclina hacia adelante como un árbol sin raíces, en el último momento impulsa sus brazos  y en lugar de doblar el codo lo mantiene rígido con lo que el golpe se hace  terrible. El celador primero, luego la monja y finalmente el doctor le recriminan un comportamiento que podría acabar en la rotura de un brazo o en algo peor, pero ni las amenazas de atarle ni los razonamientos logran terminar con este comportamiento. Al contrario cuanto más se le recrimina más lo repite, incluso llega a buscar otras formas de protesta, tales como dejar caer la jarra de cristal o los vasos en el comedor. Luego de repetir estas actuaciones varias veces se ven obligados a cambiar las jarras, los vasos e incluso los tazones del desayuno por otros recipientes de plástico.

La terapia de choque finaliza, el doctor considera que seguir con la terapia podría resultar peligroso por lo que la cambia a una sicoterapia de grupo. Le obliga a acudir todas las mañanas a su despacho donde junto con otros seis pacientes con enfermedades que les permiten cierta lucidez – tales como alcoholismo, depresión, toxicomanías- pasan una hora escuchando tétricas historias. Oye las conversaciones de los otros pero no consiguen sacarle una sola palabra, deja que su mirada se pierda en las paredes y cuando las recriminaciones suben de tono se levanta de la silla y se deja caer a plomo ante las miradas compasivas de todos que deciden no recriminarle nada para evitar ese espectáculo tan deprimente.

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El tiempo transcurre con la lentitud e inexorabilidad de una gota de agua cayendo de un grifo mal cerrado. Apenas recuerda la llegada a aquel lugar, podría hacer un mes o menos o tal vez mucho más. Los días no tiene aliciente alguno y su mente se pierde en extraños mundos donde nadie llegó nunca o al menos él lo cree así. Su cerebro está tan aturdido por la medicación que es incapaz de seguir dos pensamientos seguidos con algún sentido. Es consciente de que el tiempo no es nada si no va rellenando su oscuro pellejo de hechos, de acontecimientos, de sensaciones o emociones. El tiempo vacío  es la eternidad, la nada, un diosecillo de tres al cuarto. Se pregunta si Dios, en caso de existir, podría verse libre de la condena del tiempo o en otro caso permanecería para siempre perdido en un pensamiento sin sentido. Semejante posibilidad le abruma y encoleriza tanto que sus caídas se van haciendo más aparatosas cada día, el celador se ve obligado a atarle de nuevo a la cama.

Cuando el gigantón comienza su turno le hace una visita para saber cómo se encuentra. Lamenta que haya vuelto a recaer después de unos días de prometedora normalidad. Le habla del transistor que han  dejado sus padres al marcharse y que él ha guardado en el cajón de su mesita. Le pregunta si se lo han dicho, ante su respuesta negativa lo busca, lo saca de su cajita de cartón y  lo pone en marcha dejándolo en una emisora al azar. Lo deja sobre la almohada, al alcance de su mano. Las voces de los locutores acarician dulcemente sus oídos. Como un soplo de aire fresco en aquella oscura cueva reaviva sus pulmones haciéndole creer de nuevo en la libertad.

El resto del día  transcurre  plácido oyendo música, entrevistas, informativos. El mundo de la normalidad entra de nuevo en su vida. Antes de dormirse lo apaga y entonces, en medio del silencio, no puede evitar preguntarse cuál  será la pieza que falta en su mecanismo, la razón por la que su mente no sigue el mismo carril que los otros cogen con tanta facilidad. Reflexiona que en el fondo la normalidad no es sino una hipocresía, la tela con la que todo el mundo se tapa los ojos para no ver la verdadera realidad. De una forma u otra todos estamos locos, la normalidad se limita a la vida pública, en privado todos hacemos y pensamos las mismas estupideces más propias de locos que de personas normales y hablamos en voz alta como hacen los locos por la calle. La locura no es otra cosa que hacer en público las cosas que todo el mundo piensa se deben hacer en privado. Esta frase le sorprende, como impropia de su inteligencia. Durante unos segundos reflexiona sobre la posibilidad de que los electroshocks hayan agudizado su inteligencia, luego su cabeza cae sobre la almohada y se duerme profundamente

UN VIAJE SIN RETORNO VII


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V

Sus ojos están desparramados como nubes algodonosas por  un espacio indefinido y desde allí contemplan la caída de su cuerpo desde lo más alto del edificio. El cráneo abierto deja ver los sesos ensangrentados. Allá abajo, en el asfalto de la calle ya no queda nadie, ni siquiera un  coche aparcado junto a la acera. Recuerda vagamente cómo dos chicas  no hace mucho rato se encontraban charlando junto a un coche aparcado, pero ahora  todo está desierto y silencioso. Sigue cayendo lentamente, abre la boca para gritar pero no es capaz de hacerlo porque en ese momento comprende que ya está muerto.

Abre los párpados aterrorizado, no está muerto pero poco debe haber faltado porque se encuentra tumbado encima de una cama de hospital. A su derecha y sobre un soporte metálico una bolsa de suero gotea  en su muñeca. Se toca la cabeza, un espeso vendaje la cubre casi por completo a excepción de los ojos. Como en una pesadilla recuerda lo sucedido, no siente ningún remordimiento, al contrario está muy satisfecho de haberse librado de sus padres. No le gusta perder el control pero por una vez ha merecido la pena. Ya no volverá a verles hasta que el juez tome su decisión, esto llevará al menos unos meses. Intentará no volver con ellos, tal vez encuentre algún trabajo y pueda empezar a vivir solo en cualquier sitio, lo más lejos posible. La idea de que puedan encerrarlo en una cárcel como un delincuente no entra en sus cálculos, puede ser un enfermo o un loco pero nunca un delincuente. El deber de la sociedad es curarle, no quiere ser un marginado que se rebela contra todas las normas sociales.

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Al poco tiempo una enfermera entra en la habitación, viéndole despierto le pregunta si tiene hambre y enseguida vuelve con una bandeja llena de apetitosos platos. Saborea la comida  que es mucho más sabrosa que la del psiquiátrico, pero no tiene mucho tiempo para pensar en nada más porque un doctor le visita anunciándole que será  trasladado de nuevo, han tenido que darle una docena de puntos, ya se ha recuperado y no existe ninguna razón para seguir allí.

Por la tarde le introducen en una ambulancia y sin tiempo para mentalizarse se encuentra de nuevo en su cama donde dos celadores le atan otra vez  con  las correas, no está presente el gigantón a quien echa de menos. Llega la monja y le pone un calmante. Su comportamiento es tan serio y frío como siempre. Le recrimina su comportamiento con sus padres que se han marchado deshechos en lágrimas, un hijo así era un castigo del cielo aunque aún tiene una posibilidad de regenerarse, debería aprovecharla. “Tu madre gritaba que prefería verte muerto –le dice- cuando una madre dice algo así de su hijo es que ya ha perdido cualquier esperanza. Un verdadero loco no puede evitar comportarse como tal, pero tú no lo eres. El doctor se ha visto obligado a dejar la terapia de sueño que tenía prevista y ha decidido tratarse con electroshocks  te aseguro que no te van a quedar más ganas de hacer el payaso. Ahora duerme, te vendrá bien”. Le dejan  solo en la habitación que le sigue resultando tan extraña como el primer día. La mente da vueltas a los mismos recuerdos como un tiovivo descontrolado hasta que le coge el sueño, un sueño artificial que genera constantes pesadillas. Incapaz de despertarse va enlazando una tras otra como en una sesión de tortura aunque en este caso no exista el menor rastro de sus verdugos.

*                           *                           *

Despertar en una inquietante oscuridad. Recordar y situarse en un espacio-tiempo. El grito se tambalea en la garganta, la necesidad imperiosa de que alguien encienda la luz o suba la persiana. La oscuridad le hace daño, diluye el concepto de tiempo, de ahí nace toda angustia. El día y la noche mezclados, la vuelta al caos primigenio, encontrar un resquicio de luz. No se oye ningún ruido ni siquiera lejano, el silencio resulta inquietante para una mente que no cesa  de desvariar al margen del tiempo y el espacio como un navío arrastrado por la tormenta hacia un mar ignoto donde todo es posible, donde lo cotidiano puede llegar a transformarse en secuela de  la peligrosa y maléfica magia negra. La sensación de estar viviendo constantemente fuera de la realidad, asomarse al abismo con un vértigo incomprensible, caminar sobre el  filo de la navaja que separa el ser de la nada, todo ello abre una misteriosa herida en el alma que nunca termina de cerrarse.

Algo en su interior explota y la onda expansiva le lanza hacia terreno prohibido, más allá de la línea que los niños atraviesan un día  ingenuos y felices, la línea que los hombres nunca confesarán haber vuelto a pisar. Solloza sin control durante largo tiempo como no recuerda haber hecho en años. Su llanto hace presente al niño sensible que fue un día contemplando incrédulo el diminuto ataúd en el que reposa el bebé de un matrimonio vecino al que gustaba visitar con un amiguito, sobrino de la madre. La incalificable maldad de un dios que se llevó aquel indefenso cuerpecito hizo brotar en  su interior un espasmódico llanto que nadie pudo enjugar en los  años que siguieron ni la vida podría encontrar ya medios para hacerlo ya nunca.

No quiere renunciar a seguirse considerando el hombre de acero capaz de resistir a todos los huracanes. Durante un tiempo se había engañado llegando a sentirse un hombre inquebrantable pero aquel llanto le recuerda su fragilidad ante la dureza de la vida. Rememora aquel episodio de su niñez que se ha estado ocultando durante años. Su padre era muy proclive a la cólera. La mañana de aquel sábado presencia una grave discusión entre sus padres. Su madre aunque no le gustara admitirlo era lenguaraz como pocas, capaz de hacer perder los estribos al mismo demonio y su padre, aquel día como algunos otros, está a punto de sacudirla con ganas. Incapaz de soportar la tensión se marcha de casa, regresando por la tarde hambriento y angustiado.  Su padre está preparando la cena con cara sonriente, no encuentra a su madre por ningún lado. No quiere comer el plato de garbanzos que le han guardado, antes necesita encontrar el cadáver de su madre y se pone a buscar en todos los rincones de la casa. Busca debajo de las camas, en los armarios, en el cuarto de baño, hasta en los cajones. Su padre, intrigado le pregunta qué busca, cuando le responde que a su madre se carcajea jovialmente, acercándose le acaricia el pelo y le comenta que está en la peluquería poniéndose guapa. Ella hace esto tan pocas veces a lo largo del año que puede considerarse un extraño acontecimiento, de ningún modo previsible. El no cree en tan peregrina excusa y sigue buscando con más disimulo. Es un niño muy imaginativo, la fantasía le lleva a suponer que lo ha descuartizado y escondido en algún lugar a la espera de que se haga de noche para deshacerse de la prueba del delito.

Intenta reconstruir lo sucedido. Al marcharse él su madre sigue zahiriendo a su padre, es incapaz de contenerse como le sucede siempre, no se controla ni cuando recibe el primer bofetón, luego vienen los puñetazos, finalmente una cuchillada y otra y otra….La sangre empapa el suelo de la cocina, el cuerpo de su madre permanece inmóvil con el rostro sin vida mirando hacia el techo. No puede soportar tanta angustia  y sale corriendo de casa teniendo cuidado al cerrar la puerta de que su padre no  le oiga. Camina por el pueblo como un muerto viviente. Solo es consciente del lugar al que se dirige cuando lo tiene a la vista. Camina por un sendero de tierra, al fondo, entre los chopos, puede ver las blancas tapias del cementerio. Las puertas están cerradas por lo que se sienta en el suelo, sobre la tierra desnuda y comienza a dibujar con un palo en la tierra del camino. Dibuja el cementerio y la tumba donde enterrarán a su madre. Se imagina su carne devorada por los gusanos, los huesos mondos, nadie podrá ya devolvérsela. Llora angustiado por su orfandad, aunque las relaciones con su madre siempre han sido  bastante frías; un niño no se imagina solo, abandonado de los suyos, lejos de aquellos que siempre han formado parte de su primer recuerdo. La muerte se le aparece en toda su brutalidad; nos arrebata por sorpresa y ya no hay segundas oportunidades, no se puede volver de cualquier lugar al que los muertos vayan. Esta idea le marcará para siempre. Comienza vivir en su fantasía el día siguiente. Se levantará de la cama pero nadie le habrá preparado el desayuno, se vestirá de cualquier modo para ir a la escuela y  allí se verá obligado a poner buena cara, ni sus compañeros ni el maestro deberán sospechar nada. Cuando se levantó aquella mañana todo funcionaba normalmente, se había sentido un poco triste, angustiado por la falta de cariño entre sus padres, pero eso podía entenderlo, formaba parte de la vida, lo que resulta imposible de asimilar es la desaparición de un ser vivo. Ahora  una persona está delante de tus ojos, ahora ya no, ha desaparecido; es  la más terrible magia que brujo alguno osó imaginar. Nunca olvidará las interminables horas pasadas al lado del cementerio, ningún ser humano soportará nunca tanta angustia. Cuando cae  la noche regresa a casa y encuentra a su madre, alegre como unas castañuelas con su nuevo peinado. En aquel tiempo tendría unos seis años, a partir de aquel día se le aparecerá rostro de la vida como una calavera, pelada, huesos descarnados y fríos enterrados varios metros debajo de la tierra.

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Una presencia le saca de su ensoñación, un celador al que no conoce ha encendido la luz y le quita las correas. Otra vez es libre para deambular por los pasillos sin objeto ni meta. Un intenso sentimiento de cólera se apodera de él, golpea la cama, la mesita, el armario, todo lo que tiene a su alcance. Hasta que una formidable patada en la puerta retiene su tobillo en el boquete que ha conseguido abrir. Golpea con los puños la madera  hasta oír apresurados pasos por el pasillo, mientras le atan de nuevo ya no puede ver nada, la venda roja aprieta sus ojos.

 

UN VIAJE SIN RETORNO VI


 

IV

 

Al despertar entre zarandeos lo primero que puede ver es una nariz en un pan coloradote con dos ojos que le contemplaba fijamente, solo unos segundos más tarde le identifica, es el gigante. Le está hablando pero es incapaz de concentrarse en las palabras. Los tranquilizantes acabarán por reventarle  la cabeza. Desde su llegada al hospital no le ha abandonado la sensación de estar viviendo en una perpetua alucinación, una especie de secuencia cinematográfica en la que él hace el papel de títere sin la menor posibilidad de expresar su voluntad. Incapaz de recuperar su habitual manera de ser y pensar se siente como un poseído por un demonio que le hubiera dejado tan solo  un leve resquicio de consciencia. Se consuela pensando que si su yo normal es quien le ha ocasionado los problemas tal vez el nuevo yo le solucione algunos.

-Vamos deprisa, el doctor quiere verte antes de marcharse.

Le ayuda a vestirse y cogiéndole del brazo le arrastra hasta el despacho del doctor sentándole con el peso de su enorme manaza en el hombro. El doctorcito, así se atrevía ya a llamarle para su coleto, exhibía su sonrisa automática, esa que se pinta en la cara en cuanto sale de casa, tiene la impresión de estar ante un burguesito que les visita para aliviar el enorme tedio que le produce su regalada vida. Se lo imagina volviendo a  ella luego de una ducha fría de dura realidad sin haber perdido ni un momento su sonrisita de conejo que tanto odia ni haber despeinado un solo pelo de su engominada cabellera. A primera vista no puede evitar verle como a  alguien recién salido de la peluquería con su barba exquisitamente cuidada y la raya del pelo en su sitio, da la impresión de que una llamada intempestiva le ha sacado de algún cóctel o una de esas reuniones sociales donde todo el mundo sonríe y guarda las formas aunque por dentro se sientan tan hastiados o rabiosos como el común de los mortales.

-¿Cómo te encuentras? – la pregunta es amable aunque la expresión de su cara le está diciendo claramente que ya sabe lo ocurrido y no le ha  causado gracia precisamente.

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Se lleva la mano a la cabeza donde nota  fuertes palpitaciones debajo del vendaje. Se pregunto por la profundidad y gravedad de la herida, nadie ha tenido el detalle de una palabra de explicación. No responde al doctor, se queda quieto en su silla, sintiendo la boca pastosa y el cráneo vacío, su mente no deja de volar por la habitación sin el menor control. La humillación recibida merece una venganza adecuada, de momento empezará con un silencio despectivo.

-Ya me han contado lo sucedido. Tuvieron que atarte para impedir que te hicieras daño. Aquí eso es algo normal cuando los pacientes se encuentran en la fase aguda de su enfermedad y no se les puede controlar de otra manera. Este ambiente es como un bosque seco, basta una chispa para que todo comience a arder. A ti en cambio parecen atraerte los cristales, tal vez los veas como espejos que muestran un rostro que no deseas ver. ¿Es eso?.

Continua el silencio despectivo. Agradecería alguna pregunta amable sobre sus problemas, un ofrecimiento amistoso de ayuda le animaría aunque aún no está dispuesto a hacer concesiones a cambio de una palabra amable, pero allí nadie quiere ser su amigo, eso está claro y como paciente no les va a dar ninguna facilidad, no se la merecen.

-Está bien, ya veo que sigues en tus trece. Te he llamado para anunciarte la visita de tus padres, han sido localizados por la policía gracias a una denuncia que pusieron por tu desaparición. Cuando mandaron tu descripción al inspector no le cupo ninguna duda de que eras tú. Hablaré con ellos sobre los antecedentes de tu enfermedad ya que no quieres decirme nada, luego te someteremos a una cura de sueño, creo que es el tratamiento más suave que podemos aplicarte en estas circunstancias. Veremos como reaccionas.

Le acompaña hasta la puerta donde le despide con palabras amables que no quieren decir nada. El celador le está esperando.

 

*                           *                           *

 

Al día siguiente, a media mañana, recibe el aviso, sus padres le están esperando en el despacho del doctor. Es una noticia que teme desde el primer minuto de haber salido  de casa, no se librará nunca de ellos sino es en la tumba. Le angustia volver a ver sus rostros compungidos y escuchar sus palabras manidas y mimosas. La lejanía le hace capaz de pensar  en que su vida puede cambiar, pero basta con contemplar una sola vez la expresión de virgen dolorosa de su madre o la cólera de bestia herida en el rostro de su padre para que todas las esperanzas se transformen en humo, más allá del negro e impenetrable muro que le rodea solo existe el vacío.

Al entrar ve a su madre que está hablando con el doctor en ese tono que a él tanto le repugna, se interrumpe, culpable, y se dirige hacia él con apresurado embarazo. Rechaza coléricamente el abrazo que se le ofrece. Ha podido escuchar solo una frase de la conversación, pero para él es como un tratado. “ Este hijo nos va a matar a disgustos, doctor”. Ahora viene melosa a su encuentro deseando estrecharle contra su pecho. “Hipócrita, merecerías estar muerta”, piensa con odio notando cómo un sentimiento incontrolable se apodera de su espina dorsal y sube hasta la cabeza nublándose la vista con aquella venda rojo sangre que tanto teme. Lamenta que no haya ninguna ventana o puerta de cristal contra la que lanzarse. A su padre ni siquiera le mira, de él solo percibe un lamento ronco cercano a las lágrimas.

Su madre es una mujer frágil, menudita, con lengua de serpiente. Acepta su rechazo  con humildad y vuelve a sentarse quejándose al doctor del inútil sufrimiento del parto. Le han dado todo y a cambio solo reciben su desprecio y su odio. Se pone a llorar sin ningún control, hipando de vez en cuando o secándose los mocos con un pañuelo de florecitas que él  la ha visto bordar. Consigue calmarse un poco, para a continuación chillar histéricamente:  “¡Dios mío! ” y luego reanuda su llanto crispante. El doctor no pierde  la compostura, intenta calmarla en un primer momento, pero viendo la inutilidad de sus esfuerzos se limita a esperar la remisión de la crisis con la imperturbabilidad de un Buda. Su padre aprieta los puños y los dientes pero ante la última frase de su mujer – ¡Qué hemos hecho para merecer esto!- explota como un trueno en mitad de la tormenta. Siempre ha perdido el control con mucha facilidad, ahora de su boca salen más obscenidades que de un charco cenagoso saltan sapos al ruido de una piedra. Solo entonces el doctor parece perder su impasibilidad,  su rostro palidece y sin perder un segundo llama por el interfono al celador.

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Pero ya es demasiado tarde, mientras su padre le amenaza con el puño en alto, la venda rojo sangre se apodera completamente de su cerebro. Todo lo que puede hacer es clavarse las uñas en la palma de la mano hasta hacerse sangre. La imagen de un cuchillo volando por encima de su cabeza hasta clavarse en el aparador de la cocina vuelve desde su infancia para poner en marcha el detonador de la bomba que lleva en su interior. En su cabeza el recuerdo explota lanzando metralla y pedazos de sesos a su alrededor. La cólera ciega guía sus pasos hacia su padre, carga contra él, derribándole al suelo como a un saco de patatas, donde queda despatarrado y silencioso. Durante un segundo pasa por su cabeza la idea de cargar también contra el doctor, pero algo  en su interior se lo impide, volviéndose se lanza contra la pared como un toro espoleado por banderillas de fuego. Suena un golpe terrible que hace retumbar todas las paredes, cuando el celador entra lo primero que  ve es al joven que yace en el suelo, el vendaje de la cabeza empapado en sangre y el rostro blanco como el de un cadáver. Por las baldosas se va extendiendo un gran charco de sangre.

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Durante la noche se despierta una y otra vez con la angustia inconcreta de un peligro acechando en la oscuridad, dispuesto a devorar su mente al menor descuido. Desde algún lejano lugar del hospital le llegan los gemidos lastimeros de un hombre que se queja a gritos de la desgracia de estar vivo. Poco a poco sus rechinantes quejidos se vuelven monótonos, van decreciendo hasta convertirse en un lejano murmullo adormilante.

Cuando despierta la luz de la habitación  está encendida y en la puerta el gigantón está dando palmas al tiempo que le urge a levantarse con una voz suave de tenor que resulta sorprendente en un cuerpo como el suyo.  Odia levantarse tan temprano, aún no son las ocho de la mañana. En casa sus padres se han cansado de recriminarle una y otra vez ese continuo encamamiento patológico o enfermizo como dicen ellos  nunca antes de las doce podría ser el lema de su vida. “Deberías estar buscando trabajo, vago – le recrimina su padre -, me parto los riñones todos los días para darte de comer y lo agradeces encerrándote en ti mismo como si nos odiaras”. El no le hace caso, odia el mundo adulto, su hipocresía farisaica, la agresiva competencia para todo más propia de bestias de la selva que de seres racionales. Prefiere quedarse a gusto en la cama fantaseando sobre cualquier cosa antes que enfrentarse a lobos hambrientos por un puesto en una sociedad que no le gusta y  le repele a codazos cada vez que se acerca.

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El comedor es un variado muestrario de todos los posibles tipos de locura. Allí, están representadas  las diferentes edades, tipos físicos o caracteres, como si la locura no perdonase a nadie. La pieza estropeada que la genera debe buscarse en lo profundo de la mente no en un físico disminuido. En este submundo no sirve la lógica que utiliza la persona normal en la calle, hasta él  puede ser etiquetado y catalogado como cualquier otro de los desechos humanos que están sentados en sillas de formica tomándose tranquilamente el desayuno. Nadie evitará que se le catalogue como un objeto inservible y se le deposite en cualquier desván. Esto le aterroriza hasta extremos paralizantes.

La monjita de paso marcial que le recibió  el primer día se acerca a servirle el desayuno, llena su tazón de leche y deja un currusco de pan y un pequeño rectángulo de mantequilla envuelta en papel grisáceo sobre la mesa. Parece estar de mejor humor, hasta  le sonríe preguntándole cómo se encuentra. El no quiere contestar, no le apetece ser un diapasón que resuene según el humor de los otros.

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Moja el pan en la leche y por el rabillo del ojo  observa cómo un paciente se levanta de su mesa y se dirige hacia él, le ha estado observando desde que entrara al comedor con extraña atención. Es un hombre joven,  de no más de cuarenta años, impecablemente vestido de traje negro con corbata roja de lunares, zapatos de charol relucientes. Podría pasar perfectamente por un doctor si llevara encima del traje una bata blanca. Intrigado deja de comer y espera acontecimientos. El hombre llega a su lado, coge su barbilla con la mano derecha y se le queda mirando fijamente como si él pudiera ver algo que pasa desapercibido a los demás.

-Hola, me llamo José Luis. Tu debes ser Julio-Cesar, el emperador romano. He visto un retrato en un libro y tú tienes su misma cara.

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-¡Qué Julio-Cesar ni qué leches!, tú estás gagá amigo.

Inmediatamente comprende su error. No ha podido permanecer callado como se propuso hacer mientras le veía aproximarse. La sorprendente salida de aquel hombre no le ha dejado tiempo para reaccionar. Observa cómo la expresión de su rostro se ha modificado de forma aterradora. De ser la de una persona normal que intenta presentarse a otro con simpatía ahora ha pasado a  la de alguien que le odia como al asesino de sus seres más queridos. Aprieta la mandíbula con fuerza tal que él no puede rechazar la imagen de su dentadura saltando en pedazos. Los ojos del sujeto se han puesto rojos como si la sangre estuviera afluyendo a ellos de todo el cuerpo. Lo dicho parece  haber roto el maravilloso mundo de cristal en que el otro estaba viviendo, hasta sería capaz de ver los restos en  el suelo si se atreviera a mirarlo; pero el miedo a una reacción desmesurada de aquel loco le  obliga a mantener fija la mirada en su cara esperando el momento de la explosión. Porque ahora ya no le queda duda alguna de que aquel hombre está completamente loco. Repentinamente, antes de que capte el menor cambio en su expresión, es empujado violentamente sobre la mesa que vuelca cayendo al suelo patas arriba y rompiéndose con estrépito los tazones del desayuno. La leche se desparrama en un gran charco que se va extendiendo por todo el comedor.

Caído de espaldas junto a la mesa  observa perplejo cómo un tranquilo comedor de hospital se transforma en el plató donde alguien ha decidido representar todas las locuras a que la mente humana puede llegar. Mientras el hombre bien vestido es sujetado sin contemplaciones por el celador gigantesco que ha aparecido allí como materializado en el aire  – con una implacable llave de defensa personal que le  inmoviliza por detrás, las gigantescas manos entrelazadas sobre su nuca, los antebrazos en sus sobacos- sus vecinos de mesa han salido de su mutismo y chillan como sopranos histéricas. Más lejos otro se ha subido encima de la mesa y patea los tazones, al tiempo que bajándose los pantalones del pijama se masturba con expresión de querubín. Un tranquilo anciano, antes medio catatónico, golpea una silla contra la pared como intentando hacer un agujero que le lleve a otro lado, tal vez a una nueva dimensión. Algunos resbalan en la leche desparramada dándose una culada de película muda, deciden permanecer sentados en el suelo riéndose de todos y señalándoles con gestos obscenos.

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Los gritos y chillidos horadan los tímpanos, tensan los nervios. El celador ha vuelto para seguir poniendo orden, ha debido llevarse al hombre bien trajeado a algún sitio. Dos hombres con cara de imbéciles se golpean con los puños e intentan patearse con terrible saña. Desde el suelo lo observa todo al tiempo que la venda roja que tanto teme se va colocando sobre sus ojos. El celador vuelve, abofetea con todas sus fuerzas al querubín masturbador, le sube los pantalones y termina sacándolo a rastras del comedor. Ya no puede seguir controlándose, todo se le aparece del  rojo color de la sangre. Se levanta con increible agilidad y cogiendo carrera se lanza contra los ventanales que dan al jardín; se produce una explosión y el rojo sangre pasa bruscamente al negro noche. Luego nada.

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Despierta tumbado en una camilla con la monja a su lado. Enfrente el gigante le está  mirando con preocupación, pregunta a  la monja por la gravedad de las heridas. Esta no contesta, está terminando de vendarle la cabeza con la frialdad y gesto desmañado con que se remendaría un saco. Remata la faena y comienza a limpiarle el rostro salpicado de  sangre con un trapo húmedo, después con más cuidado pasa un algodón empapado en alcohol por las heridas. Grita de dolor. Observa un gesto disimulado de la monja al gigante. Este desaparece. La monja de forma sorpresiva sale de su mutismo malhumorado y comienza a hablarle con enorme prisa, como si temiera que el silencio  descubriera lo que se está tramando; intenta ser simpática pero se nota enseguida que solo es una pose. Hace preguntas sin esperar respuesta. Decide informarle de que todos sus compañeros están ahora tranquilos, como si eso pudiera interesarles a cualquiera de los dos, sumergidos en reconcentrados pensamientos.” Pepe, le comenta  la monja – así debe llamarse el celador-  tiene experiencia en estas explosiones que se producen cuando algún acontecimiento inesperado y violento les saca de  su apatía”

Al cabo de unos minutos vuelve Pepe con otro celador  bajito, delgado y calvo, ambos traen en sus manos unas correas de cuero muy anchas con agujeros y hebillas en sus extremos. Intuye lo que va a pasar, los locos no pueden controlarse solo con medicación, para los locos violentos tienen que emplear métodos más expeditivos. Decide que cualquier oposición no serviría de nada. El gigante se lo explica con tranquilidad y le pide se comporte con calma. Van a llevarle a la habitación y le atarán a la cama, no pueden dejarle libre hasta que le vea el doctor, se ha producido profundas heridas con los cristales, podría haberse matado. Quitan el freno a la camilla y le llevan por el pasillo hasta su habitación, la monja les sigue con su taconeo marcial sin decir nada.

Comienzan a atarle. Cada celador por un lado de la cama le va sujetando las muñecas y los tobillos  a los barrotes con las correas. La monja le pone una inyección en el  brazo y por fin le dejan solo. Piensa que si estuviera en la Edad Media le atarían con cadenas, es la única diferencia que percibe entre esas dos épocas de la humanidad. No debe resultar fácil ser la mano que reduce a un hombre a la impotencia. Sin embargo todos se han marchado con una expresión amable en sus rostros, tal vez intentaban hacerse perdonar un comportamiento impropio de un ser humano. Cerró los ojos e intentó dormir pero el sentimiento de impotencia, de humillación y de vergüenza que le producía verse atado como un animal se lo impedía. Quiere razonar, convencerse de que el comportamiento de los celadores es razonable pero no puede con la intensidad de sus sentimientos, de estar libre sería capaz de  matar a aquellos bastardos o al menos los hubiera atormentado sobre el potro en una mazmorra, torturándoles hasta la muerte, regodeándose en su sufrimiento. Así no se trata a un ser humano aunque sea tan rarillo como él, ningún enfermo o loco se merecen esto. Le han infringido la peor humillación entre todas las posibles, nunca les perdonará. Rumia una y otra vez estos pensamientos hasta que finalmente el tranquilizante hace su efecto y se queda dormido.

UN VIAJE SIN RETORNO IV


 

VIAJE SIN

III

Hay un edificio en construcción, alguien le está mostrando lo que será su lujoso piso cuando esté terminado. Tiene la sensación de que a su lado se encuentra una mujer, tal vez su novia, le está hablando aunque no entiende lo que dice, ocupado  como está en evitar caerse de la estrecha viga a la que se ha encaramado. Mira hacia abajo, a través de sus pies puede ver la calle, allá abajo, a una distancia de vértigo. Sufre un mareo y a pesar del esfuerzo no puede evitar la caída. Lo hace a cámara lenta. Nota cómo el estómago se encoge. A pesar de ello consigue darse la vuelta, ahora puede observarlo todo mientras continúa cayendo. Percibe la realidad con una extraña precisión como si tuviera prismáticos en los ojos. No siente miedo a morir, solo le preocupa la posibilidad de caer sobre una  chica que está hablando con otra al lado de un coche aparcado. Piensa que si pudiera desviarse un poco caería sobre el techo del vehículo o en el capó y no sobre la cabeza de las chicas. Desea evitar su muerte, no tiene sentido que mueran todos. Cuando está convencido de que va a lograrlo se produce un brutal choque contra el coche, el dolor es tan terrible que cree haber muerto.

Se despierta angustiado, empapado en sudor. Tarda largo rato en darse cuenta de la situación. Le cuesta admitir que aún está vivo. A pesar de ello la realidad le parece más dura que la pesadilla. Está rodeado de locos y con pocas posibilidades de que la aventura termine bien. Le pesa la cabeza, el cuerpo parece de hierro, no puede moverse a pesar del gran esfuerzo de voluntad que está haciendo. Le duele todo el cuerpo como si le acabaran de dar una formidable paliza, puede ser el efecto del tranquilizante. Tiene hambre, mucha hambre, se pregunta por la hora, pero no tiene reloj, se deshizo de él  antes de salir de casa, entonces el discurrir del tiempo carecía de sentido. Era un buen reloj, regalo de sus padres  por Navidad. Intentaron hacerle creer que los Reyes Magos lo habían escondido debajo de la almohada. Esto le asqueó, está harto de ser tratado como un niño. El cariño que le dan es tan grosero que le produce náuseas.  Se pasaban el tiempo insistiendo en que reconociera su bondad al facilitarle tantas cosas materiales: la comida y cuatro duros para salir los domingos. Debería sentirse feliz y no pasarse el día maldiciendo de todo, le dicen una y otra vez. Se da cuenta con sorpresa de que está pensando en ellos en pasado como si ya estuvieran muertos.

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El tiempo va pasando. Le asombra la elasticidad  de las agujas de los relojes, su tictac parece siempre el mismo pero en realidad se estira y encoge como un chicle manipulado por una mano caprichosa. Ahora esa mano peluda lo está alargando hasta el infinito. Por fin se abre la puerta, alguien enciende la luz y  puede ver  cómo el gigantón aparece con una bandeja en sus musculosos brazos, parece un juguete, una agradable sonrisa distiende su rostro. Deja la bandeja en la mesita y se dirige a la ventana, sube la persiana y la grisácea luz de un día tormentoso de verano llega hasta su cama donde él está ya mirando el contenido de los platos. Antes de que se marche le pregunta por la hora, de alguna manera desea agradecerle su amabilidad intentando entablar una conversación imposible.

-La una del mediodía pero del día siguiente. Has dormido más de veinticuatro horas. Ahora están todos comiendo. No te preocupes, mañana ya empezarás a hacer vida normal.

Se sorprende de  haber dormido tantas horas, esto le asusta un poco aunque siempre le han dicho que el sueño no es malo. Lo que le preocupa es la facilidad con que un ser humano puede ser manipulado sin posibilidad de oponerse. Incluso podrían llegar a dañar de forma irreversible su cerebro sin que él se enterara.  Jura portarse bien, tiene que hacerlo si quiere salir de allí sin sufrir graves daños. Comienza a comer la sopa, poco más que un poco de agua sucia donde flotan algunos fideos. Después un trozo de pescado congelado en salsa verde, insípido y muy pasado. De postre una manzana verde. No es capaz de engañar a su estómago que se queda protestado.

Tarda en levantarse y al hacerlo se siente mareado su cabeza es  una pelota rodando por una pendiente sin fin. Decide pasar el resto de la tarde caminando pasillo arriba y abajo para intentar librarse del torpor insufrible que siente en todo el cuerpo, que le impide percibir la realidad en su forma habitual. Finalmente acaba por sentarse en una silla del comedor donde varios abuelos están dormitando como vegetales,  un hilillo de baba rebosa de la comisura de sus bocas. No puede descansar mucho rato porque pronto llega otro celador, un hombre mayor, de pelo cano y modales secos que le obliga a levantarse y seguir caminando, alega que eso es bueno para contrarrestar los efectos de la medicación.

Se siente raro, muy raro, como si otra mente se hubiese apoderado de la suya, no es capaz de controlar los pensamientos que se adhieren como ventosas a su consciencia, que erosionan implacablemente su voluntad;  ésta se debate intentando no ahogarse al ser arrastrada  por corrientes invisibles. Se sorprende intentando dar órdenes a los músculos de las piernas pero estos no responden, parecen moverse espasmódicamente. Su cuerpo es pura gelatina desparramándose en el aire.

UN VIAJE SIN RETORNO III


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Un brusco frenazo le obliga a salir  de sus recuerdos. Sobre la colina un conjunto de edificios de ladrillo hacen pensar inmediatamente en un hospital, pero la alta valla de alambre de espino en lo alto cambia la primera apreciación. Ningún hospital necesitaría encerrar a sus enfermos como si fueran reclusos. Sin duda aquello es una cárcel aunque  su interior esté lleno de doctores con bata blanca. La ambulancia se detiene frente a una gran puerta corredera con barrotes de metal terminados en afiladas puntas. A un lado el cajetín del portero automático que comunica con el interior. El conductor un hombre mayor, de pelo canoso y parco en palabras desciende del vehículo, se acerca hasta la puerta con paso cansino y llama un par de veces. Se identifica con una breve frase y la puerta comienza a moverse suavemente sobre el carril.

El vehículo recorre un largo camino de grava que lleva hasta el edificio central al que se accede por una escalera de piedra cubierta por una marquesina. A ambos lados  numerosos senderos dibujan todo el jardín que aparece muy bien cuidado con bancos de madera bajo los árboles en los que están  sentados  algunos pacientes, ensimismados en profundos, inalcanzables pensamientos. Los parterres de flores le producen una sensación de gran sosiego. Podría ser un lugar casi encantador si no existiera la valla que le recuerda su condición de prisionero. Le bastaría  con que le dejaran salir al jardín de vez en cuando para que su estancia fuera grata aunque tuviera que prolongarse algunos meses, su imaginación no necesita nada más. No siente ningún deseo de volver con sus padres, aquí podrá ser feliz ensimismado en sus fantasías.

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Entran todos en un amplio vestíbulo con suelo de baldosas relucientes, al fondo un ancho pasillo con numerosas puertas, las consultas de los médicos. A la derecha detrás de un mostrador un conserje se afana moviendo algunos papeles  intentando disimular su aburrimiento. A la izquierda un conjunto de sillones y sofás con algunas plantas muy bien cuidadas. El conserje les invita a acercarse, el conductor le tiende un papel que el otro sella. Invita al policía y al joven a sentarse en la zona de sofás mientras él descuelga el teléfono y llama a alguien. El conductor se acerca al hombre de uniforme, le pregunta si debe esperarle, este contesta que no se preocupe, un coche patrulla pasará a buscarle dentro de media hora.

Al cabo de unos minutos alguien sale de un ascensor situado  al lado de una escalera que baja del piso superior. Es  una monja de impoluto hábito blanco, en la cabeza una cofia del mismo color extendiendo sus alas a ambos lados del rostro. Es delgada como un palo, solo el hábito hace su figura aceptable a la vista. Lleva gafas con soporte metálico sobre una nariz afilada, su rostro es alargado y su expresión hace pensar en una profesora despistada que se ha perdido incapaz de encontrar el camino de regreso. Sus ademanes son fríos y su caminar firme, como un soldado consciente de la misión urgente que se le ha encomendado. Hay una curiosa contradicción entre su rostro y sus ademanes como la habría entre una maestra vestida con uniforme de general. Se planta, rígida como un poste delante del policía que se levanta bruscamente como sorprendido en falta por un superior. Hace un par de preguntas rápidas como si ya lo supiera todo, pide el mandamiento judicial y les conduce por el pasillo hasta una puerta a la derecha que abre resueltamente, se trata de una pequeña salita con un sofá y un par de sillas. Les pide que esperen allí mientras ella habla con el doctor en el despacho de enfrente, éste sale enseguida a recibirlos.

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Es un hombre bajo, delgado, de cabeza grande, barba canosa, gafas de concha, aparenta unos cincuenta años aunque podrían ser algunos menos. Le dice al policía que puede marcharse, éste le responde que el chaval puede llegar a ser peligroso. Entonces les hace pasar a su despacho, se sienta detrás de su mesa y descuelga el teléfono. Pronto llega un gigantesco celador de casi dos metros de altura y músculos de un Hércules, el doctor le pide que espere a la puerta mientras habla con el paciente. Mira al policía con sonrisa de conejo y le pregunta con sorna si ahora cree que ya puede marcharse. Este saluda con  la mano en la gorra y se marcha sin decir una palabra cerrando la puerta tras de sí. El joven tiene la cabeza vuelta hacia allí, está mirando con miedo al gigante que permanece en el pasillo firme como una roca.

El doctor abre una carpeta, saca un folio pautado, coge la estilográfica del bolsillo de su bata blanca, la desenrosca y se dispone a escribir. Pregunta su nombre, domicilio, pero no obtiene ninguna respuesta. Levanta la cabeza sorprendido, el joven se ha encerrado en un absoluto mutismo y mira sus zapatos sucios como si en ellos se desarrollara algún interesante acontecimiento deportivo. Sin perder más tiempo llama por el interfono a la monja que aparece con paso marcial seguida del celador. El doctor hace un gesto y ayudado por el celador que le coge del brazo, levantándole de la silla,  es conducido por el pasillo con la monja a su derecha hasta  la segunda planta; en un despachito que hace de enfermería le obligan a sentarse, el celador le sube la manga de la camisa y le sujeta por detrás mientras la monja le pone una inyección. Le parece humillante el trato que está recibiendo, sobre todo que la monja no conteste a su pregunta de para qué es la inyección, pero se aguanta, está decidido a soportarlo todo. El celador  toma su brazo y le arrastra por el pasillo con exagerado cuidado, él trata de desasirse con  gesto brusco pero el gigantón se lo impide y amablemente le explica que le han puesto una dosis muy fuerte de tranquilizantes, muy pronto se dormirá, ahora es posible que se maree un poco.

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Llegan al final del pasillo entrando en la última habitación a la izquierda. Esta tiene dos camas metálicas. Sobre la mesita de noche hay un pijama cuidadosamente doblado. El celador amablemente quiere ayudarle a desvestirse mientras le explica que es la habitación más pequeña de la planta, las demás tienen cuatro camas. De momento estará solo hasta que haya un ingreso. El es consciente de que la expresión hosca de su cara obliga al celador a renunciar a ayudarle,  se queda a su lado mirándole con simpatía. Cuando se introduce en la cama le arropa, luego se marcha no sin antes intentar consolarle. No es un sitio agradable pero si se lo toma con calma pronto volverá a estar fuera. El joven piensa  que a pesar de su aspecto, de la fuerza brutal de sus músculos, es un hombre amable en el que se puede confiar. Antes de quedarse dormido intenta convencerse de allí no se está tan mal, la cama no es demasiado cómoda pero sí mucho más que los bancos donde ha pasado otras noches.

UN VIAJE SIN RETORNO II


 

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II

La ambulancia rueda sin prisas por las calles de la ciudad. Un bonito paseo si pudiera olvidar el destino: la cárcel de las mentes. Se siente molesto porque nadie considerará nunca urgente su enfermedad ni  se apresurarán para evitar la hemorragia de su mente, ésta se utiliza tan poco que no somos capaces de apreciar sus heridas mortales. No  sucede así  con las del cuerpo, un charco de sangre en la acera y todo el mundo se estremece  como en presencia de la muerte. Nos aterroriza un cuerpo que se desangra y nos encogemos de hombros ante una mente vacía.

Sentado en la parte trasera en compañía de un aburrido policía, se entretiene mirando las maniobras del conductor. Por encima de su cabeza los edificios parecen volar a su encuentro como en una secuencia cinematográfica de persecución. La ambulancia acelera al tomar la carretera nacional que le conducirá al hospital psiquiátrico. Reza para que aquellos edificios le aplasten, para que se derrumben sobre él agitados por un inesperado terremoto, su deseo no se realiza como sucede con  sus deseos más profundos, al contrario parecen guiñarle sus numerosos ojos en un gesto obsceno, cómplices bufonescos de su desgracia.

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Se ha pasado toda la mañana en el  palacio de Justicia, un edificio moderno  horadado de pasillos repletos de puertas y de gente. Allí ha tenido que esperar más de media hora sentado en un banco del largo pasillo, hambriento y mareado. Por allí pasa mucha gente que se le queda mirando como a un delincuente peligroso, le ven esposado, las palmas de las manos hacia arriba reposando sobre sus muslos como solicitando una limosna espiritual. Se transforma en un hampón de película de los años treinta, esas que tanto  le gusta ver en la televisión. De nuevo la fantasía como una cariñosa amante consolándole y ayudándole a superar la  vergüenza de sentirse contemplado como un monstruo de feria.

El juez es un joven con barba bien recortada, intuye que se la ha dejado para dar mayor respetabilidad a su rostro de niño. Le trata con simpatía, casi con camaradería. Esta actitud de la autoridad le hace vulnerable  pero no hasta el punto de perder  su talante defensivo frente a la realidad. Repite la historia que ya domina como un actor bien ensayado aunque no cree que sus palabras puedan servirle frente al destino cuya sombra se agiganta tras las espaldas del niño-hombre. El despacho está más limpio que el del inspector, parece más moderno e infunde más respeto. Sentado detrás de una mesa que para él es un búnker el  joven barbudo le contempla con interés. A un lado de la mesa una funcionaria joven y atractiva enseña sus piernas disimulando no haber visto la mirada insistente del joven mientras escribe a máquina las frases que el juez dicta con voz sin entonación como si la ley no tuviera más corazón que las tapas de los libros  donde está escrita. Por primera vez desde que salió de casa de sus padres se siente tranquilo, casi feliz, es consciente de que su suerte no la decide el azar sino un joven, apenas unos años mayor que él. Observa toda la escena con confianza, es un hombre quien le juzga y al contrario de otros no parece tener el menor interés en destrozar su vida. A cada instante esta confianza se va acentuando y  su voz se afina un poco más perdiendo la impostura del adulto, en cada palabra asoma el niño que aún sigue siendo.

Firma la declaración que le presenta la administrativa a quien se atreve a sonreír atraído por su bello cuerpo, por su dulce cara, por un vago intento de sonrisa compasiva en la comisura de esa  boca de finos labios que desearía besar. Declina leerla, está convencido de que palabra alguna podrá modificar unos hechos que tiene frente así como una fría pared que él no ha construido ni podrá destruir nunca. Vuelve a sentarse en el banco del pasillo a la espera de que aparezca el médico forense a quien se ha llamado para que asesore sobre cuál debe ser su futuro. Se permite una mirada de niño perdido hacia un grupo de hombres con carteras, algunos con togas, tal vez letrados, que comentan algo con voces tan solemnes como la vieja estatua de la Justicia vista al entrar al edificio con sus ojos atrapados en una venda. Uno de ellos capta su mirada y comenta algo en voz baja, oye risas que se le clavan en el corazón como dardos envenenados. Decide volver a sus fantasías que nunca le han decepcionado.

Aparece el forense, un hombre alto, delgado, atractivo pero su frialdad en el trato y su cara de palo le hacen extremadamente desagradable. Pasan a un despachito y cierra la puerta, afuera quedan los dos policías de guardia. El médico le hace unas cuantas preguntas que él contesta con desgana, apenas algo más que un monosílabo afirmativo o negativo. El hombre se cansa pronto, parece vivir su profesión como un castigo del destino que acepta con muy poca paciencia. Se levanta y abandona el despacho sin una palabra. Al cabo de unos minutos vuelve con el joven juez que le comunica su decisión. Será internado en un hospital psiquiátrico hasta que el doctor que se encargue de su caso le facilite un completo informe sobre su estado mental. Le alarga la mano que él estrecha agradecido mientras el forense le hurta la mirada y la mano. El juez comprende su estado de ánimo e intenta reconfortarle. No le llevarán esposado, tan solo le acompañará un policía en una ambulancia más que nada para entregar su orden de internamiento.

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