Categoría: UN VIAJE SIN RETORNO (NOVELA CORTA)

UN VIAJE SIN RETORNO V


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Durante la noche se despierta una y otra vez con la angustia inconcreta de un peligro acechando en la oscuridad, dispuesto a devorar su mente al menor descuido. Desde algún lejano lugar del hospital le llegan los gemidos lastimeros de un hombre que se queja a gritos de la desgracia de estar vivo. Poco a poco sus rechinantes quejidos se vuelven monótonos, van decreciendo hasta convertirse en un lejano murmullo adormilante.

Cuando despierta la luz de la habitación  está encendida y en la puerta el gigantón está dando palmas al tiempo que le urge a levantarse con una voz suave de tenor que resulta sorprendente en un cuerpo como el suyo.  Odia levantarse tan temprano, aún no son las ocho de la mañana. En casa sus padres se han cansado de recriminarle una y otra vez ese continuo encamamiento patológico o enfermizo como dicen ellos  nunca antes de las doce podría ser el lema de su vida. “Deberías estar buscando trabajo, vago – le recrimina su padre -, me parto los riñones todos los días para darte de comer y lo agradeces encerrándote en ti mismo como si nos odiaras”. El no le hace caso, odia el mundo adulto, su hipocresía farisaica, la agresiva competencia para todo más propia de bestias de la selva que de seres racionales. Prefiere quedarse a gusto en la cama fantaseando sobre cualquier cosa antes que enfrentarse a lobos hambrientos por un puesto en una sociedad que no le gusta y  le repele a codazos cada vez que se acerca.

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El comedor es un variado muestrario de todos los posibles tipos de locura. Allí, están representadas  las diferentes edades, tipos físicos o caracteres, como si la locura no perdonase a nadie. La pieza estropeada que la genera debe buscarse en lo profundo de la mente no en un físico disminuido. En este submundo no sirve la lógica que utiliza la persona normal en la calle, hasta él  puede ser etiquetado y catalogado como cualquier otro de los desechos humanos que están sentados en sillas de formica tomándose tranquilamente el desayuno. Nadie evitará que se le catalogue como un objeto inservible y se le deposite en cualquier desván. Esto le aterroriza hasta extremos paralizantes.

La monjita de paso marcial que le recibió  el primer día se acerca a servirle el desayuno, llena su tazón de leche y deja un currusco de pan y un pequeño rectángulo de mantequilla envuelta en papel grisáceo sobre la mesa. Parece estar de mejor humor, hasta  le sonríe preguntándole cómo se encuentra. El no quiere contestar, no le apetece ser un diapasón que resuene según el humor de los otros.

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Moja el pan en la leche y por el rabillo del ojo  observa cómo un paciente se levanta de su mesa y se dirige hacia él, le ha estado observando desde que entrara al comedor con extraña atención. Es un hombre joven,  de no más de cuarenta años, impecablemente vestido de traje negro con corbata roja de lunares, zapatos de charol relucientes. Podría pasar perfectamente por un doctor si llevara encima del traje una bata blanca. Intrigado deja de comer y espera acontecimientos. El hombre llega a su lado, coge su barbilla con la mano derecha y se le queda mirando fijamente como si él pudiera ver algo que pasa desapercibido a los demás.

-Hola, me llamo José Luis. Tu debes ser Julio-Cesar, el emperador romano. He visto un retrato en un libro y tú tienes su misma cara.

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-¡Qué Julio-Cesar ni qué leches!, tú estás gagá amigo.

Inmediatamente comprende su error. No ha podido permanecer callado como se propuso hacer mientras le veía aproximarse. La sorprendente salida de aquel hombre no le ha dejado tiempo para reaccionar. Observa cómo la expresión de su rostro se ha modificado de forma aterradora. De ser la de una persona normal que intenta presentarse a otro con simpatía ahora ha pasado a  la de alguien que le odia como al asesino de sus seres más queridos. Aprieta la mandíbula con fuerza tal que él no puede rechazar la imagen de su dentadura saltando en pedazos. Los ojos del sujeto se han puesto rojos como si la sangre estuviera afluyendo a ellos de todo el cuerpo. Lo dicho parece  haber roto el maravilloso mundo de cristal en que el otro estaba viviendo, hasta sería capaz de ver los restos en  el suelo si se atreviera a mirarlo; pero el miedo a una reacción desmesurada de aquel loco le  obliga a mantener fija la mirada en su cara esperando el momento de la explosión. Porque ahora ya no le queda duda alguna de que aquel hombre está completamente loco. Repentinamente, antes de que capte el menor cambio en su expresión, es empujado violentamente sobre la mesa que vuelca cayendo al suelo patas arriba y rompiéndose con estrépito los tazones del desayuno. La leche se desparrama en un gran charco que se va extendiendo por todo el comedor.

Caído de espaldas junto a la mesa  observa perplejo cómo un tranquilo comedor de hospital se transforma en el plató donde alguien ha decidido representar todas las locuras a que la mente humana puede llegar. Mientras el hombre bien vestido es sujetado sin contemplaciones por el celador gigantesco que ha aparecido allí como materializado en el aire  – con una implacable llave de defensa personal que le  inmoviliza por detrás, las gigantescas manos entrelazadas sobre su nuca, los antebrazos en sus sobacos- sus vecinos de mesa han salido de su mutismo y chillan como sopranos histéricas. Más lejos otro se ha subido encima de la mesa y patea los tazones, al tiempo que bajándose los pantalones del pijama se masturba con expresión de querubín. Un tranquilo anciano, antes medio catatónico, golpea una silla contra la pared como intentando hacer un agujero que le lleve a otro lado, tal vez a una nueva dimensión. Algunos resbalan en la leche desparramada dándose una culada de película muda, deciden permanecer sentados en el suelo riéndose de todos y señalándoles con gestos obscenos.

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Los gritos y chillidos horadan los tímpanos, tensan los nervios. El celador ha vuelto para seguir poniendo orden, ha debido llevarse al hombre bien trajeado a algún sitio. Dos hombres con cara de imbéciles se golpean con los puños e intentan patearse con terrible saña. Desde el suelo lo observa todo al tiempo que la venda roja que tanto teme se va colocando sobre sus ojos. El celador vuelve, abofetea con todas sus fuerzas al querubín masturbador, le sube los pantalones y termina sacándolo a rastras del comedor. Ya no puede seguir controlándose, todo se le aparece del  rojo color de la sangre. Se levanta con increible agilidad y cogiendo carrera se lanza contra los ventanales que dan al jardín; se produce una explosión y el rojo sangre pasa bruscamente al negro noche. Luego nada.

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Despierta tumbado en una camilla con la monja a su lado. Enfrente el gigante le está  mirando con preocupación, pregunta a  la monja por la gravedad de las heridas. Esta no contesta, está terminando de vendarle la cabeza con la frialdad y gesto desmañado con que se remendaría un saco. Remata la faena y comienza a limpiarle el rostro salpicado de  sangre con un trapo húmedo, después con más cuidado pasa un algodón empapado en alcohol por las heridas. Grita de dolor. Observa un gesto disimulado de la monja al gigante. Este desaparece. La monja de forma sorpresiva sale de su mutismo malhumorado y comienza a hablarle con enorme prisa, como si temiera que el silencio  descubriera lo que se está tramando; intenta ser simpática pero se nota enseguida que solo es una pose. Hace preguntas sin esperar respuesta. Decide informarle de que todos sus compañeros están ahora tranquilos, como si eso pudiera interesarles a cualquiera de los dos, sumergidos en reconcentrados pensamientos.” Pepe, le comenta  la monja – así debe llamarse el celador-  tiene experiencia en estas explosiones que se producen cuando algún acontecimiento inesperado y violento les saca de  su apatía”

Al cabo de unos minutos vuelve Pepe con otro celador  bajito, delgado y calvo, ambos traen en sus manos unas correas de cuero muy anchas con agujeros y hebillas en sus extremos. Intuye lo que va a pasar, los locos no pueden controlarse solo con medicación, para los locos violentos tienen que emplear métodos más expeditivos. Decide que cualquier oposición no serviría de nada. El gigante se lo explica con tranquilidad y le pide se comporte con calma. Van a llevarle a la habitación y le atarán a la cama, no pueden dejarle libre hasta que le vea el doctor, se ha producido profundas heridas con los cristales, podría haberse matado. Quitan el freno a la camilla y le llevan por el pasillo hasta su habitación, la monja les sigue con su taconeo marcial sin decir nada.

Comienzan a atarle. Cada celador por un lado de la cama le va sujetando las muñecas y los tobillos  a los barrotes con las correas. La monja le pone una inyección en el  brazo y por fin le dejan solo. Piensa que si estuviera en la Edad Media le atarían con cadenas, es la única diferencia que percibe entre esas dos épocas de la humanidad. No debe resultar fácil ser la mano que reduce a un hombre a la impotencia. Sin embargo todos se han marchado con una expresión amable en sus rostros, tal vez intentaban hacerse perdonar un comportamiento impropio de un ser humano. Cerró los ojos e intentó dormir pero el sentimiento de impotencia, de humillación y de vergüenza que le producía verse atado como un animal se lo impedía. Quiere razonar, convencerse de que el comportamiento de los celadores es razonable pero no puede con la intensidad de sus sentimientos, de estar libre sería capaz de  matar a aquellos bastardos o al menos los hubiera atormentado sobre el potro en una mazmorra, torturándoles hasta la muerte, regodeándose en su sufrimiento. Así no se trata a un ser humano aunque sea tan rarillo como él, ningún enfermo o loco se merecen esto. Le han infringido la peor humillación entre todas las posibles, nunca les perdonará. Rumia una y otra vez estos pensamientos hasta que finalmente el tranquilizante hace su efecto y se queda dormido.

UN VIAJE SIN RETORNO IV


 

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III

Hay un edificio en construcción, alguien le está mostrando lo que será su lujoso piso cuando esté terminado. Tiene la sensación de que a su lado se encuentra una mujer, tal vez su novia, le está hablando aunque no entiende lo que dice, ocupado  como está en evitar caerse de la estrecha viga a la que se ha encaramado. Mira hacia abajo, a través de sus pies puede ver la calle, allá abajo, a una distancia de vértigo. Sufre un mareo y a pesar del esfuerzo no puede evitar la caída. Lo hace a cámara lenta. Nota cómo el estómago se encoge. A pesar de ello consigue darse la vuelta, ahora puede observarlo todo mientras continúa cayendo. Percibe la realidad con una extraña precisión como si tuviera prismáticos en los ojos. No siente miedo a morir, solo le preocupa la posibilidad de caer sobre una  chica que está hablando con otra al lado de un coche aparcado. Piensa que si pudiera desviarse un poco caería sobre el techo del vehículo o en el capó y no sobre la cabeza de las chicas. Desea evitar su muerte, no tiene sentido que mueran todos. Cuando está convencido de que va a lograrlo se produce un brutal choque contra el coche, el dolor es tan terrible que cree haber muerto.

Se despierta angustiado, empapado en sudor. Tarda largo rato en darse cuenta de la situación. Le cuesta admitir que aún está vivo. A pesar de ello la realidad le parece más dura que la pesadilla. Está rodeado de locos y con pocas posibilidades de que la aventura termine bien. Le pesa la cabeza, el cuerpo parece de hierro, no puede moverse a pesar del gran esfuerzo de voluntad que está haciendo. Le duele todo el cuerpo como si le acabaran de dar una formidable paliza, puede ser el efecto del tranquilizante. Tiene hambre, mucha hambre, se pregunta por la hora, pero no tiene reloj, se deshizo de él  antes de salir de casa, entonces el discurrir del tiempo carecía de sentido. Era un buen reloj, regalo de sus padres  por Navidad. Intentaron hacerle creer que los Reyes Magos lo habían escondido debajo de la almohada. Esto le asqueó, está harto de ser tratado como un niño. El cariño que le dan es tan grosero que le produce náuseas.  Se pasaban el tiempo insistiendo en que reconociera su bondad al facilitarle tantas cosas materiales: la comida y cuatro duros para salir los domingos. Debería sentirse feliz y no pasarse el día maldiciendo de todo, le dicen una y otra vez. Se da cuenta con sorpresa de que está pensando en ellos en pasado como si ya estuvieran muertos.

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El tiempo va pasando. Le asombra la elasticidad  de las agujas de los relojes, su tictac parece siempre el mismo pero en realidad se estira y encoge como un chicle manipulado por una mano caprichosa. Ahora esa mano peluda lo está alargando hasta el infinito. Por fin se abre la puerta, alguien enciende la luz y  puede ver  cómo el gigantón aparece con una bandeja en sus musculosos brazos, parece un juguete, una agradable sonrisa distiende su rostro. Deja la bandeja en la mesita y se dirige a la ventana, sube la persiana y la grisácea luz de un día tormentoso de verano llega hasta su cama donde él está ya mirando el contenido de los platos. Antes de que se marche le pregunta por la hora, de alguna manera desea agradecerle su amabilidad intentando entablar una conversación imposible.

-La una del mediodía pero del día siguiente. Has dormido más de veinticuatro horas. Ahora están todos comiendo. No te preocupes, mañana ya empezarás a hacer vida normal.

Se sorprende de  haber dormido tantas horas, esto le asusta un poco aunque siempre le han dicho que el sueño no es malo. Lo que le preocupa es la facilidad con que un ser humano puede ser manipulado sin posibilidad de oponerse. Incluso podrían llegar a dañar de forma irreversible su cerebro sin que él se enterara.  Jura portarse bien, tiene que hacerlo si quiere salir de allí sin sufrir graves daños. Comienza a comer la sopa, poco más que un poco de agua sucia donde flotan algunos fideos. Después un trozo de pescado congelado en salsa verde, insípido y muy pasado. De postre una manzana verde. No es capaz de engañar a su estómago que se queda protestado.

Tarda en levantarse y al hacerlo se siente mareado su cabeza es  una pelota rodando por una pendiente sin fin. Decide pasar el resto de la tarde caminando pasillo arriba y abajo para intentar librarse del torpor insufrible que siente en todo el cuerpo, que le impide percibir la realidad en su forma habitual. Finalmente acaba por sentarse en una silla del comedor donde varios abuelos están dormitando como vegetales,  un hilillo de baba rebosa de la comisura de sus bocas. No puede descansar mucho rato porque pronto llega otro celador, un hombre mayor, de pelo cano y modales secos que le obliga a levantarse y seguir caminando, alega que eso es bueno para contrarrestar los efectos de la medicación.

Se siente raro, muy raro, como si otra mente se hubiese apoderado de la suya, no es capaz de controlar los pensamientos que se adhieren como ventosas a su consciencia, que erosionan implacablemente su voluntad;  ésta se debate intentando no ahogarse al ser arrastrada  por corrientes invisibles. Se sorprende intentando dar órdenes a los músculos de las piernas pero estos no responden, parecen moverse espasmódicamente. Su cuerpo es pura gelatina desparramándose en el aire.

UN VIAJE SIN RETORNO III


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Un brusco frenazo le obliga a salir  de sus recuerdos. Sobre la colina un conjunto de edificios de ladrillo hacen pensar inmediatamente en un hospital, pero la alta valla de alambre de espino en lo alto cambia la primera apreciación. Ningún hospital necesitaría encerrar a sus enfermos como si fueran reclusos. Sin duda aquello es una cárcel aunque  su interior esté lleno de doctores con bata blanca. La ambulancia se detiene frente a una gran puerta corredera con barrotes de metal terminados en afiladas puntas. A un lado el cajetín del portero automático que comunica con el interior. El conductor un hombre mayor, de pelo canoso y parco en palabras desciende del vehículo, se acerca hasta la puerta con paso cansino y llama un par de veces. Se identifica con una breve frase y la puerta comienza a moverse suavemente sobre el carril.

El vehículo recorre un largo camino de grava que lleva hasta el edificio central al que se accede por una escalera de piedra cubierta por una marquesina. A ambos lados  numerosos senderos dibujan todo el jardín que aparece muy bien cuidado con bancos de madera bajo los árboles en los que están  sentados  algunos pacientes, ensimismados en profundos, inalcanzables pensamientos. Los parterres de flores le producen una sensación de gran sosiego. Podría ser un lugar casi encantador si no existiera la valla que le recuerda su condición de prisionero. Le bastaría  con que le dejaran salir al jardín de vez en cuando para que su estancia fuera grata aunque tuviera que prolongarse algunos meses, su imaginación no necesita nada más. No siente ningún deseo de volver con sus padres, aquí podrá ser feliz ensimismado en sus fantasías.

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Entran todos en un amplio vestíbulo con suelo de baldosas relucientes, al fondo un ancho pasillo con numerosas puertas, las consultas de los médicos. A la derecha detrás de un mostrador un conserje se afana moviendo algunos papeles  intentando disimular su aburrimiento. A la izquierda un conjunto de sillones y sofás con algunas plantas muy bien cuidadas. El conserje les invita a acercarse, el conductor le tiende un papel que el otro sella. Invita al policía y al joven a sentarse en la zona de sofás mientras él descuelga el teléfono y llama a alguien. El conductor se acerca al hombre de uniforme, le pregunta si debe esperarle, este contesta que no se preocupe, un coche patrulla pasará a buscarle dentro de media hora.

Al cabo de unos minutos alguien sale de un ascensor situado  al lado de una escalera que baja del piso superior. Es  una monja de impoluto hábito blanco, en la cabeza una cofia del mismo color extendiendo sus alas a ambos lados del rostro. Es delgada como un palo, solo el hábito hace su figura aceptable a la vista. Lleva gafas con soporte metálico sobre una nariz afilada, su rostro es alargado y su expresión hace pensar en una profesora despistada que se ha perdido incapaz de encontrar el camino de regreso. Sus ademanes son fríos y su caminar firme, como un soldado consciente de la misión urgente que se le ha encomendado. Hay una curiosa contradicción entre su rostro y sus ademanes como la habría entre una maestra vestida con uniforme de general. Se planta, rígida como un poste delante del policía que se levanta bruscamente como sorprendido en falta por un superior. Hace un par de preguntas rápidas como si ya lo supiera todo, pide el mandamiento judicial y les conduce por el pasillo hasta una puerta a la derecha que abre resueltamente, se trata de una pequeña salita con un sofá y un par de sillas. Les pide que esperen allí mientras ella habla con el doctor en el despacho de enfrente, éste sale enseguida a recibirlos.

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Es un hombre bajo, delgado, de cabeza grande, barba canosa, gafas de concha, aparenta unos cincuenta años aunque podrían ser algunos menos. Le dice al policía que puede marcharse, éste le responde que el chaval puede llegar a ser peligroso. Entonces les hace pasar a su despacho, se sienta detrás de su mesa y descuelga el teléfono. Pronto llega un gigantesco celador de casi dos metros de altura y músculos de un Hércules, el doctor le pide que espere a la puerta mientras habla con el paciente. Mira al policía con sonrisa de conejo y le pregunta con sorna si ahora cree que ya puede marcharse. Este saluda con  la mano en la gorra y se marcha sin decir una palabra cerrando la puerta tras de sí. El joven tiene la cabeza vuelta hacia allí, está mirando con miedo al gigante que permanece en el pasillo firme como una roca.

El doctor abre una carpeta, saca un folio pautado, coge la estilográfica del bolsillo de su bata blanca, la desenrosca y se dispone a escribir. Pregunta su nombre, domicilio, pero no obtiene ninguna respuesta. Levanta la cabeza sorprendido, el joven se ha encerrado en un absoluto mutismo y mira sus zapatos sucios como si en ellos se desarrollara algún interesante acontecimiento deportivo. Sin perder más tiempo llama por el interfono a la monja que aparece con paso marcial seguida del celador. El doctor hace un gesto y ayudado por el celador que le coge del brazo, levantándole de la silla,  es conducido por el pasillo con la monja a su derecha hasta  la segunda planta; en un despachito que hace de enfermería le obligan a sentarse, el celador le sube la manga de la camisa y le sujeta por detrás mientras la monja le pone una inyección. Le parece humillante el trato que está recibiendo, sobre todo que la monja no conteste a su pregunta de para qué es la inyección, pero se aguanta, está decidido a soportarlo todo. El celador  toma su brazo y le arrastra por el pasillo con exagerado cuidado, él trata de desasirse con  gesto brusco pero el gigantón se lo impide y amablemente le explica que le han puesto una dosis muy fuerte de tranquilizantes, muy pronto se dormirá, ahora es posible que se maree un poco.

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Llegan al final del pasillo entrando en la última habitación a la izquierda. Esta tiene dos camas metálicas. Sobre la mesita de noche hay un pijama cuidadosamente doblado. El celador amablemente quiere ayudarle a desvestirse mientras le explica que es la habitación más pequeña de la planta, las demás tienen cuatro camas. De momento estará solo hasta que haya un ingreso. El es consciente de que la expresión hosca de su cara obliga al celador a renunciar a ayudarle,  se queda a su lado mirándole con simpatía. Cuando se introduce en la cama le arropa, luego se marcha no sin antes intentar consolarle. No es un sitio agradable pero si se lo toma con calma pronto volverá a estar fuera. El joven piensa  que a pesar de su aspecto, de la fuerza brutal de sus músculos, es un hombre amable en el que se puede confiar. Antes de quedarse dormido intenta convencerse de allí no se está tan mal, la cama no es demasiado cómoda pero sí mucho más que los bancos donde ha pasado otras noches.

UN VIAJE SIN RETORNO II


 

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II

La ambulancia rueda sin prisas por las calles de la ciudad. Un bonito paseo si pudiera olvidar el destino: la cárcel de las mentes. Se siente molesto porque nadie considerará nunca urgente su enfermedad ni  se apresurarán para evitar la hemorragia de su mente, ésta se utiliza tan poco que no somos capaces de apreciar sus heridas mortales. No  sucede así  con las del cuerpo, un charco de sangre en la acera y todo el mundo se estremece  como en presencia de la muerte. Nos aterroriza un cuerpo que se desangra y nos encogemos de hombros ante una mente vacía.

Sentado en la parte trasera en compañía de un aburrido policía, se entretiene mirando las maniobras del conductor. Por encima de su cabeza los edificios parecen volar a su encuentro como en una secuencia cinematográfica de persecución. La ambulancia acelera al tomar la carretera nacional que le conducirá al hospital psiquiátrico. Reza para que aquellos edificios le aplasten, para que se derrumben sobre él agitados por un inesperado terremoto, su deseo no se realiza como sucede con  sus deseos más profundos, al contrario parecen guiñarle sus numerosos ojos en un gesto obsceno, cómplices bufonescos de su desgracia.

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Se ha pasado toda la mañana en el  palacio de Justicia, un edificio moderno  horadado de pasillos repletos de puertas y de gente. Allí ha tenido que esperar más de media hora sentado en un banco del largo pasillo, hambriento y mareado. Por allí pasa mucha gente que se le queda mirando como a un delincuente peligroso, le ven esposado, las palmas de las manos hacia arriba reposando sobre sus muslos como solicitando una limosna espiritual. Se transforma en un hampón de película de los años treinta, esas que tanto  le gusta ver en la televisión. De nuevo la fantasía como una cariñosa amante consolándole y ayudándole a superar la  vergüenza de sentirse contemplado como un monstruo de feria.

El juez es un joven con barba bien recortada, intuye que se la ha dejado para dar mayor respetabilidad a su rostro de niño. Le trata con simpatía, casi con camaradería. Esta actitud de la autoridad le hace vulnerable  pero no hasta el punto de perder  su talante defensivo frente a la realidad. Repite la historia que ya domina como un actor bien ensayado aunque no cree que sus palabras puedan servirle frente al destino cuya sombra se agiganta tras las espaldas del niño-hombre. El despacho está más limpio que el del inspector, parece más moderno e infunde más respeto. Sentado detrás de una mesa que para él es un búnker el  joven barbudo le contempla con interés. A un lado de la mesa una funcionaria joven y atractiva enseña sus piernas disimulando no haber visto la mirada insistente del joven mientras escribe a máquina las frases que el juez dicta con voz sin entonación como si la ley no tuviera más corazón que las tapas de los libros  donde está escrita. Por primera vez desde que salió de casa de sus padres se siente tranquilo, casi feliz, es consciente de que su suerte no la decide el azar sino un joven, apenas unos años mayor que él. Observa toda la escena con confianza, es un hombre quien le juzga y al contrario de otros no parece tener el menor interés en destrozar su vida. A cada instante esta confianza se va acentuando y  su voz se afina un poco más perdiendo la impostura del adulto, en cada palabra asoma el niño que aún sigue siendo.

Firma la declaración que le presenta la administrativa a quien se atreve a sonreír atraído por su bello cuerpo, por su dulce cara, por un vago intento de sonrisa compasiva en la comisura de esa  boca de finos labios que desearía besar. Declina leerla, está convencido de que palabra alguna podrá modificar unos hechos que tiene frente así como una fría pared que él no ha construido ni podrá destruir nunca. Vuelve a sentarse en el banco del pasillo a la espera de que aparezca el médico forense a quien se ha llamado para que asesore sobre cuál debe ser su futuro. Se permite una mirada de niño perdido hacia un grupo de hombres con carteras, algunos con togas, tal vez letrados, que comentan algo con voces tan solemnes como la vieja estatua de la Justicia vista al entrar al edificio con sus ojos atrapados en una venda. Uno de ellos capta su mirada y comenta algo en voz baja, oye risas que se le clavan en el corazón como dardos envenenados. Decide volver a sus fantasías que nunca le han decepcionado.

Aparece el forense, un hombre alto, delgado, atractivo pero su frialdad en el trato y su cara de palo le hacen extremadamente desagradable. Pasan a un despachito y cierra la puerta, afuera quedan los dos policías de guardia. El médico le hace unas cuantas preguntas que él contesta con desgana, apenas algo más que un monosílabo afirmativo o negativo. El hombre se cansa pronto, parece vivir su profesión como un castigo del destino que acepta con muy poca paciencia. Se levanta y abandona el despacho sin una palabra. Al cabo de unos minutos vuelve con el joven juez que le comunica su decisión. Será internado en un hospital psiquiátrico hasta que el doctor que se encargue de su caso le facilite un completo informe sobre su estado mental. Le alarga la mano que él estrecha agradecido mientras el forense le hurta la mirada y la mano. El juez comprende su estado de ánimo e intenta reconfortarle. No le llevarán esposado, tan solo le acompañará un policía en una ambulancia más que nada para entregar su orden de internamiento.

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UN VIAJE SIN RETORNO


UN VIAJE SIN RETORNO

 

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VIAJE SIN RETORNO

NOVELA

CAPÍTULO  I

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Le estremece el frío del acero en sus muñecas. Lo siente como si se tratara del filo tajante de una cuchilla de carnicero, rozando su piel y disponiéndose trinchar sus alas de pajarillo recién expulsado del nido. Aprieta los dientes con impotente cólera. A su edad, apenas un pollito recién salido del cascarón, aún saborea el placer agridulce de la rebeldía. No puede apartar la mirada de las esposas que el policía acaba de colocarle. Habituado a pensar en  imágenes, como secuencias cinematográficas de una película en constante revisión, una acude a su mente, la de un gorrión intentando echarse a volar, con sus alas cortadas, desde lo alto de un acantilado.

Lo zarandean, sin compasión, para introducirle en la parte trasera del coche policial.  Con el último empujón ha caído boca arriba, sobre el asiento, evitando por poco golpearse la cabeza con  la otra puerta. Permanece así, rígido, con la mirada perdida en el techo del vehículo, como un cadáver, sorprendido repentinamente por la Parca, a quien nadie ha tenido la decencia de cerrar los ojos, clavados en el dintel del más allá, ni se ha molestado en acomodar debidamente.

El policía que le pusiera las esposas, vocea antes de acomodarse en el asiento del copiloto.

-¡Siéntate bien, payaso! Además de loco, subnormal. ¡No te digo! Lo que nos espera con esta generación de gilipollas.

Se levanta bruscamente como disparado por un muelle, se sienta firme; un recluta, obligado a saludar, sentado, a un general, no lo haría mejor. Mantiene la mirada clavada en el policía; intenta retener los rasgos de su rostro en su memoria, disfruta por adelantado de una venganza que ha comenzado a filmar con la cámara de su mente. En cambio no tiene nada contra su compañero, sentado al volante, que en ese momento, y como si leyera su pensamiento, vuelve la cabeza mirándole muy despacio; en el fondo de sus ojos él es capaz de percibir la frialdad del desprecio. El coche se mueve muy lentamente, como si quisieran demostrarle, de una vez por todas, el pobre concepto que tienen del subnormal al que han esposado. Ni siquiera es un delincuente de poca monta, apenas llega a gilipollas del montón.

Sin ninguna prisa se unen a la  habitual caravana crepuscular de las ciudades, aquellos imbéciles han decidido no utilizar  luces ni la sirena, es algo muy humillante para quien ya se considera el enemigo público número uno. Observa   a los peatones apresurarse, como si temieran perder sus preciosos culos, desprendidos de sus rígidos esqueletos, por la falta de engrase de alguna tuerca. Pronto se cansa de contemplar una película tan aburrida, todas las que filma, con su cámara mental, de la vida, de la realidad, le parecen estúpidas. Se imagina a sí mismo  como el protagonista de una película en blanco y negro. Está de pie en el andén de una  estación vacía, la mirada perdida en aquel tren que se aleja a cámara lenta. Es el tren de la vida y el  viaje emprendido  hacia la libertad termina irremediablemente en fracaso, ya no pasará otro hasta la noche: el expreso nocturno que nadie quiere tomar.

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Busca un título para la película que ha empezado a rodar. Uno acude a su cabeza sin necesidad de esforzarse mucho. A continuación de su nombre, en grandes letras, la música entra en “creschendo”. Entonces van apareciendo  las  letras mayúsculas,  inclinadas a la derecha y como desgarradas: “Viaje sin retorno”. No es la primera vez que fantasías parecidas le atrapan en un círculo morboso; en él la muerte va dando vueltas y más vueltas, sentada sobre un trenecito de juguete. La intuición de una muerte inminente e inevitable es la gran tragedia de su vida; una tragedia buscada y rechazada constantemente con la misma intensidad. La  oscura puerta se cierra detrás de él como le sucede a John Wayne en “Centauros del desierto” pero el vaquero gigantón no duda entre quedarse en un hogar sin atractivos o volver  al desierto con la secreta esperanza de que un indio rebelde le rebane el cuero cabelludo. Él, en cambio, ha pasado largos meses de angustia, hasta cruzar la puerta; sólo la intensidad del sufrimiento en los últimos días le ha empujado hacia el rectángulo de luz. Hubiera deseado una elección tan serena como la que cualquiera podría tomar en el paisaje del Monument Valley, pero eso es algo reservado exclusivamente a su ídolo.

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Su salida del hogar paterno ha sido  como la estampida de un becerro al galope.  Sentía más miedo de lo que dejaba atrás que de lo que pudiera encontrar enfrente. El pase de la película por la televisión coincidió con una de las crisis más fuertes sufridas en los dos últimos años. Crisis que un psiquiatra, al que acabaron por llevarle sus padres cuando se convencieron de que no eran simples pataletas de niño mal criado, les enseñó a llamar depresiones. La escena de la puerta fue tan impactante que nadie le convencería nunca de que no fue puesta por la mano del destino para obligarle a seguir el camino marcado. La muerte es una puerta que se abre y por ella cualquiera puede escapar de la permanente angustia que  produce el hecho de estar vivo; desgraciadamente no saldrá a su encuentro unos pasos más allá  como él desea, antes bien se verá obligado a vagar por el desierto, una aventura demasiado terrible para un pobre pajarito: él no es John Wayne.

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Por la acera un perrito mueve sus patitas, velozmente, intentando no despegarse de su amo al que le une una larga correa. La muerte debe ser algo parecido –piensa-, como un perro rabioso que te ha mordido en el tobillo y ya nunca te soltará. Tendrás que arrastrarte cojeando, con sus mandíbulas clavadas en tu carne –como quien ha caído en un cepo- hasta quedar desangrado un día incierto en cualquier lugar.

“Un viaje sin retorno”, se repite una y otra vez, con placer masoquista. No es capaz de controlar su mente, una aguja vieja y gastada, que salta en el mismo surco del disco, obcecada, empujada por un rayón invisible. La escena de aquella película le mantiene ocupado todo el trayecto, ni siquiera las alegres jovencitas que se ríen en la acera consiguen atraer su atención. Sobre el andén desierto su figura es apuñalada a cámara lenta por el cuchillo de un invisible asesino. No consigue terminar de morir como si la película fuera lanzada hacia atrás y hacia delante por un operador loco. La vida no es una película, piensa, aunque no sabe si debe alegrarse o no por ello.

El coche se detiene frente a una vieja comisaría. Otra vez es empujado, ahora escaleras abajo, hasta llegar a los sótanos donde lo introducen en un calabozo húmedo y oscuro. Acepta los insultos, como la confirmación de su presencia visible entre los hombres. A veces le gusta regodearse en la historia del hombre invisible, es una de sus fórmulas mágicas, tiene varias, con las que intenta huir de la realidad que penetra por sus ojos hasta el fondo del alma. En cambio ahora más bien necesita sentirse real; siente miedo porque en cualquier momento va a desaparecer de entre los vivos. No quiere que el poderoso elixir mental le transforme en una ráfaga de viento; aunque de esta manera podría acabar con todos sus enemigos, con la suave inmaterialidad de una brisa tóxica. Al menos no todavía.

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Transcurre el tiempo sin ser molestado, piensa que al menos le dejaran dormir  toda la noche, y se acurruca en el jergón; cierra los ojos, dejando que la fantasía baile el suave ritmo que precede al sueño. Le despierta el rechinar de una llave en la cerradura. Dos policías lo suben a un despacho en el primer piso, toman sus  huellas dactilares y le cachean sin ninguna consideración.  Sentado ante una máquina de escribir otro policía, de uniforme, intenta en vano rellenar una ficha con sus datos,  pero su obstinado silencio se lo impide.  No lleva documento alguno encima que acredite su personalidad; antes de salir de casa lo ha quemado todo como quien hubiera quemado las naves al arribar a una isla desierta. Un profundo deseo autodestructivo está en la raíz de este viaje, en cada uno de sus actos. Necesitaba huir de un ambiente opresor en el que nunca encontrará la puerta abierta hacia el desierto, esa puerta que tanto anhela abrir. Es su fantasía favorita desde hace un mes. Le gusta dejarse llevar hacia mundos desconocidos, a través de las películas; de esta forma consigue realizar sus sueños más ocultos, aquellos que nadie llegará a conocer jamás.

Registran su mugrienta cartera sin encontrar nada de interés, aparte del último billete de tren y algunos papeles manuscritos sin ningún sentido. Deciden apretarle las tuercas para que les diga su nombre  o al menos la ciudad en la que viven sus padres,  quieren acortar de alguna manera el tiempo que les llevará datar su origen, pero él permanece rígido, orgulloso de su silencio, como un acantilado haciendo frente a la inútil furia de las olas. Esta imagen le parece muy cinematográfica, adecuada a la situación. Para no caer en el enredo de sus preguntas busca en la memoria un asidero que le aleje del tiempo real. Recuerda el comienzo de la aventura: una noche sale furtivamente de casa mientras sus padres duermen plácidamente, decidido a coger el primer tren nocturno que pase, con el escaso dinero que ha conseguido ahorrar  en los últimos meses, a costa de grandes sacrificios. A lo largo del recorrido se ha bajado en cada ciudad suficientemente grande para  pensar que puede encontrar trabajo con alguna posibilidad de éxito, pero es recibido en todas partes con el frío desprecio que se reserva para los drogadictos o vagabundos. Cansado de bocadillos baratos y de insultos saca billete para la gran ciudad, al menos allí pasará más desapercibido y puede que la suerte le depare alguna de esas curiosas oportunidades que solo se dan en los lugares grandes, en los que el destino se detiene en las esquinas y choca con el primer transeúnte que da a la vuelta a la manzana a una hora concreta. Ese transeúnte puede ser él, el gran elegido de la fortuna.

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Los policías interrumpen su vagabundeo por aquellos tristes recuerdos. Si  poseyera muchos recuerdos alegres los habría sacado todos del bolsillo sin fondo de su memoria, los habría puesto sobre la mesa donde están sus pertenencias para que los vieran aquellos idiotas, luego se reiría a carcajadas. Pero por mucho que registra sus bolsillos solo logra encontrar uno: Los Reyes Magos han traído un balón de reglamento, la única vez que le han hecho caso. Pero eso está ya tan lejano que  no lo puede considerar parte de su vida. Cuando el pasado se hunde en el profundo pozo del miedo a recordar, la vida que has gastado ya no forma parte de ti, solo es el triste relato que se oye contar a alguien en algún lugar que no se puede recordar.

Ellos han decidido dejar de torturarle, necesitan del tiempo lo mismo que del bocadillo para la cena, no se pueden permitir el lujo de tirarlo a la papelera. Ahora le arrastran por un pasillo atestado de gente – mujeres muy pintadas, hombres malcarados- hasta un despacho modesto y sucio. Detrás de una mesa  está sentado un cuarentón calvo y con cara de mala leche removiendo  unos papeles como si no supiera qué hacer con ellos. Al entrar él su mirada resbala sobre su cuerpo como si temiera contaminarse;  hace un gesto a los policías que desaparecen silenciosamente, y se presenta como un inspector, señalando su nombre escrito en una plaquita metálica sobre la mesa. El joven  no se digna mirarla, no va a hacer concesión alguna a quienes no estén dispuestos a aceptarle a él como a un ser humano.

Con  tono frío, cortante como un cuchillo que se exhibe delante de nuestras narices para advertirnos que tengamos cuidado, el inspector le ordena que le cuente  lo sucedido sin omitir nada. Al contestarle la voz le sale demasiado ronca y varonil como la de un hombre que acepta su responsabilidad sin inmutarse,  para animarse intenta recordar algún héroe cinematográfico en una situación parecida pero no lo consigue. Cuenta rápidamente lo sucedido desde su salida de casa  hasta  el momento en que frente a unos escaparates, repletos de objetos que nunca serán suyos, su cólera – impotente contra un mundo hecho de duro granito- estalla en un atronador ruido de cristales rotos. Habla como una grabadora puesta en marcha por mano invisible, mientras lo hace piensa en el sucio catre de la celda, allí tumbado al menos podía dejar volar sin ataduras el dulce pájaro de la fantasía. Los únicos momentos agradables en su vida son aquellos en que, lejos de todos y sin ser molestado por nadie, deja que su mirada se pierda en cualquier punto frente a sí, hilvanando secuencia tras secuencia al azar como en una película sin guión definido, improvisada. Su vida adquiere en esos momentos el sutil colorido de los sueños más dulces y escondidos.

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Su boca se cierra bruscamente, sin ser consciente de ello su otro yo ha finalizado ya la historia. La parte más preciada y consciente de sí mismo se ha perdido en el recuerdo de hermosos momentos que nadie le arrebatará. No necesita sentarse delante de un televisor para disfrutar de sus películas favoritas, de alguna manera  técnicamente inconcebible en el fondo de su cerebro se apaga una luz y sobre la invisible pantalla comienza una historia. Le ha costado mucho descubrir y controlar ese precioso mecanismo pero ahora puede manejarlo a su gusto en cualquier momento y lugar. El hombre calvo le mira en silencio; sin saber porqué piensa en él como en  Poncio Pilatos cuando le pregunta a Jesús por la Verdad, al único que la conoce, al maestro de todos los maestros. Pero no le importa con quién está hablando, sin  detenerse  a escuchar su respuesta sale a la terraza para intentar solucionar lo que más le preocupa: sus problemas políticos. El inspector también está pensando en solucionar los suyos, su rostro ha modificado ligeramente la expresión agria con que le recibió por una compasiva pero su mirada pugna aún por desprenderse de las limaduras de hierro que lleva adheridas desde hace años, tal vez la secuela de los muchos días pasados contemplando miserias. Por fin carraspea, se rasca el cogote durante largo rato y comienza a interrogarle suavemente. ¿Pretendía robar?… Eso tiene más sentido. El hambre es siempre un atenuante, pero aún así no conseguirás salir bien librado, son muchos los comerciantes poderosos y cabreados dispuestos a pedir tu cabeza en bandeja de plata. ¡Si al menos le permitiera avisar a sus padres!, el Juez sería más benévolo si éstos prometieran hacerse cargo….

De la boca del joven sale una firme protesta contra la suposición de que sea capaz de robar. La frívola acusación del inspector le hace ver con tal lucidez su situación que decide encerrarse en un mutismo hostil.

-¿Quieres que me crea que paseabas tranquilamente y para desahogar tu resentimiento contra la sociedad empezaste a romper todo los escaparates que tenías a mano? ¿Es eso lo que quieres que ponga en el expediente?

No recibe respuesta alguna. El silencio se prolonga un par de minutos durante los que el inspector no deja de rascarse la calva con fruición hasta hacerse sangre.

-Está bien. Hemos comprobado que careces de antecedentes penales, esto será un punto a tu favor. Mi opinión es que estás totalmente majareta, chaval. Espero que el Juez opine lo mismo y te interne durante un tiempo en el lugar adecuado. Si nos facilitas la dirección de tus padres todo será mucho más fácil para ti.

El hombre calvo está sacando su vena paternalista. Tal vez tiene un hijo de su edad y la imagen de éste  en una situación parecida  le está ablandando, o puede que se haya producido el milagro y su escasa capacidad de empatía hacia el prójimo se ha puesto en marcha durante unos segundos por algún escondido motivo. El joven  piensa: si todos nos pusiéramos en lugar del otro, si pudiéramos sentir sus pensamientos, comprenderíamos mejor sus problemas. No conoce la palabra empatía pero de alguna manera intuye que ésta es la facultad humana más importante del hombre como ser social. Desgraciadamente es tan rara como el oro cuya veta interrumpe el color terroso del suelo haciéndolo resplandecer. Gracias a esa veta los seres humanos consiguen el toque de bondad capaz de librarles por un momento de la fealdad de las fauces con que han sido dotados por la naturaleza para enfrentarse a los peligros de la selva.

Estos pensamientos son demasiado complejos para él aunque está descubriendo que la situación límite en que se encuentra agudiza su mente ayudándole a ver cosas que antes le pasaban completamente desapercibidas. Lo achaca a su inteligencia escondida que empieza por fin a surgir de la oscuridad y que acabará por darle grandes satisfacciones. Tal vez sin pretenderlo, como un nuevo Newton al que le ha caído encima la manzana tonta, haya descubierto la solución a todos los problemas de la humanidad. Un poco de simpatía por parte de las personas que nos rodean y nuestra vida puede cambiar, cualquier vida aún la más destrozada puede ser recuperada. A pesar de su extremada juventud no le queda mucha esperanza ni en los hombres ni en la naturaleza humana. No cree en nadie ni en nada, quizás un poco en el destino que tan pronto nos besa como nos escupe en plena cara sin razón alguna. Si él fuera un jugador disfrutaría con un porcentaje tan alto: el cincuenta por ciento. Pero no lo  es, odia dejar cualquier cosa en manos del azar, todo debería ser lógico y conseguirse con el propio esfuerzo. Si pudiera pedirle algo a la vida se conformaría con un poco de comprensión y humanidad; algo que nunca encuentra, no al menos en dosis suficientes para que ésta  sea digna de ser vivida.

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Otra vez en la celda se deja caer a plomo sobre el catre. Por fin su mente ha quedado en libertad otra vez. Siente como si  un águila de poderosas alas le transportara sobre sus sedosos lomos lejos, muy lejos de la obscena realidad, hacia un lugar donde uno puede  dejar su corazón al descubierto, desnudo; una posibilidad que a todos nos inquieta, como es inquietante la desnudez física del otro. Desnudez que tratamos siempre de disimular entre los recovecos de la palabra o la sonrisa. Nunca será capaz de convertirse en un actor, algo indispensable para triunfar en una sociedad donde el disimulo es condición indispensable para ser aceptado, antes arrojará  su corazón a un muladar. Está cansado de lanzar la culpabilidad sobre hombros ajenos; se pregunta por las causas que hacen de él un ser anormal incapaz de adaptarse a la vida social. Encuentra muchas, todas se resumen en la herida del pecado original; de eso le han  hablado en las sesiones de catecismo previas a la primera comunión. La angustia de sufrir por algo que nunca podrá remediar le inquieta de tal  manera que hinca sus calcaños en los costados y obliga al águila a extender sus alas y  llevarle, atravesando parajes donde no acecha el monstruo de la culpa o el remordimiento, hacia un recóndito paraíso.