Categoría: MIS TEXTOS EN ESCRITORES MADRID

EL COLECCIONISTA


 

EL COLECCIONISTA

EL COLECCIONISTA
El cuadro estaba asegurado y la galería había cobrado la cantidad correspondiente. La autora, una pintora que comenzaba con mucho empuje pero poco nombre, se sintió muy molesta por el incidente, aunque no le dio excesiva importancia al robo, acostumbraba a realizar varios cuadros con la misma temática, ninguno de ellos expresaba aquel momento único descrito en el cuadro robado, lo cierto era que se sentía más herida por la humillación que suponía ser robada en su primera exposición que por el cuadro en sí.
Yo en su lugar habría puesto el grito en el cielo porque un caco de tres al cuarto se hubiera llevado un momento tan íntimo que por cualquier otra razón. Eso pensaba mientras contemplaba sin prisas la fotografía del catálogo de la exposición que el galerista había puesto ante mí. Aún tomada de espaldas el atractivo de aquella mujer, tal vez la modelo o la propia pintora, era tal que habría investigado con solo la promesa de la invitación a un café para poder mirarla a los ojos. No me quejo de mi oficio, aunque tal vez tenga más sombras que luces, seguir los pasos de una adúltera o un adúltero moderno es tan aburrido que a veces me muerdo mientras les sigo para no dormirme, no puedo evitarlo, en cambio los casos de corrupción, ahora tan de moda resultan de lo más entretenido, las conversaciones telefónicas pinchadas son de lo más divertido y a veces, con un poco de suerte acabas en Panamá, siguiendo alguna cuenta opaca y tomándote un buen ron con una mulata sensual.
Perseguir a un caco de cuadros de galería era algo tan insólito en mi larga vida detectivesca que no regateé demasiado con el galerista sobre mis honorarios, tampoco puse límite de tiempo cuando me enteré que la modelo del cuadro era la misma pintora y cuando aquel hombre mayor, pelo canoso, ojos mortecinos y cuerpo achacoso me prometió presentarme a la pintora si necesitaba algún dato sobre el cuadro o sobre las personas interesadas en él. Quería conocer a la modelo, costara lo que costase, lo que ocurriera después dependería de ella, de mí y del destino, un trío siempre impredecible.
No sé por qué me había impresionado tanto aquella mujer a la que no se le veía la cara. Su cuerpo delgado parecía muy bien formado y atractivo, sensual, diría yo. Aquella espalda desnuda, aquellos hombros, los omóplatos, el vestido ligero, veraniego, la nuca inclinada que me hubiera gustado besar mientras la sujetaba por detrás, aquellas orejas bien formadas que hubiera lamido mientras ella se estremecía en mis brazos por las cosquillas. Me gustaba hasta el pelo sujeto en un moño sobre la cabeza y aquel mantón tan bonito le daba una apariencia única, no sé muy bien si de torera con estilo del formidable toro del deseo o de recatada y meditativa esposa.
El galerista observó con una sonrisa mi embeleso y me dejó estar hasta que el tiempo de mi contemplación resultó excesivo hasta para él, un hombre que parecía seguir viviendo un poco por delegación, como si delegara en sus pintores y en sus cuadros una vida que había agotado todas sus expectativas. Me preguntó directamente si aceptaba el caso y al apreciar mi afirmación con la cabeza se puso a extender el cheque mientras yo seguía intentando desentrañar el misterio de la mujer del cuadro al tiempo que comenzaba a montarme una historia romántica o erótica o perversa, o las tres cosas a la vez, con ella.
No resultó una investigación fácil, de haberle cobrado al galerista todo el tiempo empleado y las molestias le habría salido tan caro como un Picasso desconocido y poco cotizado, pero Picasso al fin y al cabo. Le pedí una lista de asistentes, que me mostrara las grabaciones de las cámaras de seguridad y que me diera su impresión sobre la causa del robo. No le parecía un robo por dinero, la pintora no era conocida y la cotización del cuadro no subiría mucho con el tiempo si todo el mundo sabía que había sido robado. Tampoco parecía el delirio de un romántico incurable que se hubiera enamorado de la mujer del cuadro de buenas a primeras, algo que me hubiera gustado refutarle porque yo estaba pasando ya por ese delirio, pero no lo hice porque quería ser discreto, al menos hasta recuperar el cuadro, luego le haría saber mi deseo de conocer a la pintora y modelo en una cena íntima en algún lugar apropiado. Según el galerista el robo tenía todas las pintas de haber sido hecho para alguien con unas manías muy peculiares, uno de esos pervertidos que lo mismo roban un zapato de tacón, que unas medias, que un cuadro, vamos un fetichista idiota que prefería el objeto al cuerpo, la fantasía a la persona.
Aquella hipótesis me dejó muy pensativo. Algo me venía a la cabeza y se iba, regresaba y volvía a marcharse. Decidí utilizar a San Google para que me ayudara a concretar la corazonada. En efecto, el robo del cuadro no era algo tan insólito como se pudiera creer. De unos años a esta parte se habían producido un gran número de robos de cuadros, algunos sin mucho valor, pero con una característica en común, en todos ellos aparecía una mujer como modelo, nunca completamente desnuda, sí en cambio con una vestimenta o una postura sensual, de un erotismo exquisito. Eso es al menos lo que deduje cuando coloqué los cuadros, uno al lado de los otros, en el escritorio de mi ordenador. Los robos no fueron muy llamativos, porque salvo en un par de casos en que los cuadros tenían un alto valor crematístico, los restantes eran de pintores noveles que exponían por primera vez o al menos no eran muy conocidos en el mundillo. También era curioso que en todos ellos coincidiera que el pintor fuera en realidad pintora y se utilizara a sí misma como modelo, salvo en uno de ellos, la modelo era una mujer tan exquisita que yo mismo me hubiera salido del camino para recogerla, como a una autoestopista perdida.
Mi investigación tuvo que ser muy meticulosa porque la policía no había logrado nada en ninguno de los robos, para mi claramente conectados. En todos ellos se había elegido el momento menos arriesgado, antes o después de la exposición, si las medidas de seguridad eran importantes, o en la misma exposición, por la noche. Un experto hacker había anulado las cámaras y las alarmas. Nadie recordaba nada, ni galeristas, ni pintores, ni modelos, ni invitados, salvo que un ridículo acosador en todas las ocasiones había aparecido por la galería, intentando invitar a la pintora o modelo a cenar, había expresado su admiración por el cuadro y al no obtener el menor éxito intentaba quedarse con algo de la pintora o modelo, un zapato, un chal, el bolso, a veces lo conseguía y a veces no.
No tenía nada, así que empecé por el esperpéntico acosador. Había imágenes en las grabaciones, ninguna clara, y aunque las cámaras hubieran enfocado un primer plano de su rostro, tampoco habría servido de mucho. Para mí estaba claro que iba disfrazado. Hablé con otros galeristas, otros directores de museo que me comentaron que aquel ridículo personaje parecía un artista de la performance, solo pretendía provocar, epatar, llamar la atención. Ninguno pudo darme el más mínimo detalle, estaba completamente a ciegas. Uno de ellos, el único con sentido del humor, me aconsejó que buscara en los psiquiátricos, solo un loco podía dejarse llevar por su delirio de aquella manera.
Entonces se me encendió la bombilla dentro del cráneo y su luz iluminó unos metros a mi alrededor aquel pub cutre y oscuro donde algunos solitarios intentábamos ahogar en alcohol nuestras penas. No había preguntado por los compradores, los coleccionistas eróticos, los pervertidos del anochecer y del amanecer. Al día siguiente reemprendí mi viacrucis, visitando a los que ya había visitado. Algunos debieron pensar que yo estaba aún más loco que aquel acosador de artistas y de cuadros, a juzgar por la expresión de sus rostros. Conseguí listas de compradores que comparé con las de visitantes, que ya tenía. Sentí la tentación de gritar -¡eureka!- como el mismísimo Arquímides. Porque lo había encontrado. A veces los problemas aparentemente más complicados son los que tienen las soluciones más sencillas, algo así como la navaja de Ockham, en igualdad de condiciones la explicación más sencilla suele ser la más probable. Solo un hombre aparecía en todas las listas, eso sí, con diferentes nombres, pero era inconfundible, su comportamiento le delataba. Todos se acordaban de él, por una u otra razón, por su comportamiento excéntrico, por sus ofertas desmesuradas sobre determinados cuadros u objetos artísticos, siempre de carácter erótico. La descripción física era siempre diferente, no en vano había comenzado yo a sospechar que era un mago del disfraz, sin embargo todas coincidían en un dato para mí esencial. Los diferentes personajes tenían algo en común: su altura. Sí, puede parecer un detalle idiota, pero son estos detalles idiotas los que suelen llevar a los delincuentes a la “trena”. Ni se le ocurrió utilizar zapatos con plantillas o tacones, para variar un poco su altura. Es una de las grandes debilidades de los delincuentes, consideran que todo el mundo es idiota, menos ellos. Los policías son burócratas, deben cumplir sus protocolos, atenerse a sus competencias territoriales, a leyes y reglamentos. Yo era libre, un pajarraco libre con todo el tiempo del mundo para ocuparlo en las pocas cosas que me interesaban, como aquella mujer del cuadro.
Me llevó semanas conseguir un dato fiable de aquel esperpento de coleccionista. Todos los nombres eran falsos, sus direcciones también, pagaba en metálico, algo insólito en estos tiempos. Era una sombra, ridícula, pero sombra. Investigué por el lado de las empresas de transportes. Cuando el cuadro o el objeto era pequeño el propio coleccionistas se lo llevaba puesto, por así decir. Pero otros cuadros eran demasiado grandes para que uno se lo echara a las espaldas y recorriera las calles como un actor de teatro callejero. Podía contratar furgonetas o pequeños camiones de mudanzas, eso era cierto, sin embargo eso siempre deja rastro. Me llevó semanas seguir el rastro de las empresas de transporte, siempre distintas, hablar con los empleados que habían llevado el objeto a su destino. El lugar de recogida siempre era distinto, pero…pero…cuanto más complicamos el laberinto que estamos creando, más fácil es que nosotros mismos nos perdamos en él. El coleccionista sufrió esta desorientación, esta confusión de las mentes complejas. Uno de los cuadros era tan grande, casi un mural, que el coleccionista se sentó al lado del conductor y le ofreció una gran propina a cambio de llevarlo hasta su destino y ayudarle a descargarlo. Fue el exceso de generosidad el que le perdió, porque el conductor, con el que hablé solo lo recordaba por ese pequeño detalle. Nadie le había dado una propina tan sustanciosa y tan solo por recorrer caminos rurales hasta un chalet tan grande que parecía una mansión. El deseo del coleccionista de ocultar su residencia también le perdió. Nadie construye una mansión de lujo y no asfalta el camino para llegar a ella, nadie crea un laberinto de caminos de tierra para que sus invitados tengan que visitarle en helicóptero. Las mentes grandes son con frecuencia demasiado rebuscadas, demasiado complejas para el común de los mortales, eso les pierde porque todo el mundo acaba por señalarles con el dedo. ¡Ahí va el teórico cosmológico, o el matemático indescifrable, o el coleccionista millonario que edifica una mansión en mitad de la nada, en el campo, en lo alto de una colina, en un valle solitario, rodeado de bosques, y ni siquiera la señaliza ni asfalta los caminos!
El conductor no pudo hacerme un mapa, ni siquiera elemental, pero sí pudo decirme dónde se salió de la autovía, cómo recorrió una carretera comarcal hasta un pueblo perdido de la mano de Dios en la sierra y cómo a partir del pueblo ya no supo ni dónde estaba ni quién era. Su camión llevaba GPS, su empresa era importante, pero el coleccionista no le dejó usarlo. Otro dato que le perdió. El buen hombre se reía a carcajadas mientras me contaba las vueltas que dio toda la noche, buscando la carretera comarcal, el pueblo y algún indicador hacia la autovía. Su mujer no le echaría la bronca cuando viera tanto dinero y aquellas vueltas y revueltas en plena noche las volvería a hacer mil veces a cambio de una propina tan sustanciosa. Estaba tan eufórico que hasta me contó, a cambio de mi juramento de silencio, que no encontró el pueblo, ni la carretera comarcal, pero si un “puticlub” rural donde pasó la noche tan rícamente, disfrutando de un trío memorable con dos prostitutas. Durmió hasta que las mujeres le despertaron acuciándole a desaparecer porque el encargado las molería a palos si le encontraban en la cama, nadie se puede quedar hasta tan tarde. Era casi la hora de comer. Se vistió deprisa, pero no tanto que no pudiera preguntarles dónde estaba y cómo salir de allí. No había pérdida, un camino de tierra le llevaría hasta una gasolinera y allí le indicarían. Dejé al conductor riéndose de su historia y de su buena suerte. La propina debió de ser más que sustanciosa, como para pagar una noche con dos prostitutas en un puticlub y que su mujer no le echara la bronca, algo que no me dijo, pero que intuí porque no habría estado tan contento.
Me llevó un día entero, desde las siete de la mañana a las siete de la tarde, recorrer los caminos rurales, hasta encontrar el pueblo y luego moverme en aquel laberinto infernal con el todoterreno que había alquilado, hasta descubrir una chimenea en forma de falo que sobresalía de un cerro. Aquello también le perdió. ¿A quién se le ocurre diseñar una chimenea en forma de falo para una mansión en un perdido valle de montaña, si quiere permanecer oculto? Muchas veces estuve a punto de abandonar, solo mi condición de sabueso que nunca deja la presa, pero sobre todo la contemplación de aquel cuadro, cuya foto llevaba en el bolsillo de mi americana, la contemplación de aquella mujer, de espaldas, la nuca inclinada, ocultando su cuerpo, ocultando su desnudez, ocultándolo todo menos su belleza sensual, la que me llevó a insistir hasta la extenuación, o casi, porque había tenido la prudencia de llevarme unos sandwiches y unas cervezas.
Contemplé la puesta de sol, apostado en un lugar cercano a la casa. Fue hermosa, aunque no tanto como la mujer del cuadro. Ya noche cerrada me acerqué a la mansión, ningún perro ladró. Aquel idiota solo tenía una debilidad, las mujeres de los cuadros, no completamente desnudas, como había comprobado en los catálogos, sino encubiertas, sensuales, morbosamente ocultas a los ojos, no a la imaginación. Bueno, si le gustaban las mujeres, no era tan idiota, aunque no le gustaran los perros e invirtiera su dinero en mansiones donde el profeta dio su última voz, coronándolas con una chimenea en forma de falo. Puede que fuera idiota, pero no tanto. Eso me dije mientras buscaba con mi linterna posibles alarmas. No encontré ninguna y forcé una ventana. La casa estaba en silencio y a oscuras. Ni un ronquido, ni una respiración. Busqué en los sótanos su colección, busqué en ellos a la mujer del cuadro, mejor dicho, al cuadro, porque a la mujer, pintora o modelo esperaba verla cuando apareciera en la galería con el dichoso cuadro.
El sótano parecía un bunker nuclear para que se pudiera refugiar toda la población de Madrid. Estaba repleto de cuadros de mujeres desnudas, mejor dicho, sensualmente semidesnudas, de objetos fetiche, zapatos de tacón, mantones, abanicos, medias, bolsos. Estaba recorriendo aquel museo del Prado del erotismo cuando las luces se encendieron y no tuve ni tiempo de echar mano a la sobaquera para desenfundar mi pistola automática. El coleccionista parecía haber salido de la pared y me encañonaba con un revolver. No dijo nada, solo movió el revolver para que yo caminara en la dirección que él me señalaba. Tras una buena caminata llegamos a lo que parecía un salón rural en mitad del museo bunkeriano. La chimenea estaba encendida, por supuesto en forma de falo, sobre una mesa de madera viandas rurales, sopas de ajo, tortilla, jamón chorizo. Un jarro de vino. Me pidió que me sentara a una cómoda silla de madera y que sacara mi pistola con un solo dedo. Fue un error que no me lo pidiera en el museo, podría haber aprovechado un descuido, desefundar y zás, descerrajarle un tiro. Pero ya he dicho que era tonto, pero no tanto, no me dio ni una sola oportunidad.
Y aquí estábamos, cara a cara, face to face, el coleccionista con dos pistolas y yo solo con una pistolita de juguete bajo el largo calcetín del pie derecho. Me sirvió un vaso de vino y me pidió que lo probara. Pensé que podría tener veneno o al menos un somnífero, pero no tuve opción porque su pistola me apuntaba a la frente. Estaba fresco y era muy bueno, de cosecha, de marca. Luego me sirvió una escudilla de sopas de ajo y me pidió que comiera. El hizo lo mismo. Comimos en silencio hasta que decidí hablar, sabía que si él creía que había venido solo y que nadie conocía mi incursión podía darme por muerto. Así que lo primero que hice fue convencerle de que mi cliente sabía dónde me encontraba y sino aparecía por la mañana aquel bunker sería asaltado por las fuerzas especiales.
Me escuchó con paciencia, pero lo que más me interesaba era lo que yo había venido a buscar. Le hablé del cuadro. Sus ojos se iluminaron y dejó de ser un fantasma. Aquello desató su lengua. No paró de hablar mientras comíamos. Aquella mujer le había fascinado, más que ninguna otra, aquel cuadro era ya la pieza más valiosa de su colección. Aunque de nada servía sin el original. Se haría con el original, antes o después. Lo llevaría hasta allí, a su mansión, y la mantendría secuestrada hasta obligarla a enamorarse de él. Ya sabía que aquel hombre estaba loco, aquello me lo confirmó. Quise saber si había hecho lo mismo con las otras mujeres. Me habría sorprendido porque en mi investigación no encontré casos de mujeres secuestradas y asesinadas que fueran pintoras o modelos. El coleccionista tenía muchas historias que contarme, y lo hizo. Terminamos la cena, me ofreció una copa, un puro. Nos sentamos frente al fuego y él no paraba de hablar. Era un pobre hombre, un fetichista de tres al cuarto, por no tener no tenía ni mayordomo, ni guardaespaldas, ni ama de llaves, ni doncella, no tenía nada ni a nadie, estaba más solo que la una. Se divertía haciendo dinero especulando en bolsa que luego invertía en su museo, había comprado muchos más cuadros de los que había robado, todo ello, por supuesto a través de sociedades offshore en Panamá, off course. Sentí curiosidad por la razón que le había llevado a robar aquel cuadro en lugar de comprarlo. Me habló del galerista, lo quería para él, al parecer estaba perdidamente enamorado de la modelo o pintora, él tampoco lo sabía. No aceptó ninguna suma, ni las más elevadas. No le dejó otra opción que robarlo.
Me harté de historias, de patologías, de perversiones sexuales, de erotismo de tres al cuarto. Yo solo quería salir vivo de allí… y por supuesto, con el cuadro. Imaginé mil formas de hacerme con una pistola y descerrajarle un tiro a aquel coleccionista de mierda. En una serie de televisión policiaca que había visto recientemente -me gustan mucho- un asesino tan brutal como esperpéntico utilizaba un truco genial, ponía la pistola en medio de la mesa y contaba hasta diez, cuando el otro intentaba pillar, él le clavaba un cuchillo en la palma de la mano. Por supuesto que ganaba siempre hasta que un detective más listo adivinó la jugada. Descarté esa posibilidad, no era lo suficientemente tonto como para aceptar aquel juego. Entonces decidí emprender el camino de la negociación. No hablaría, solo me interesaba el cuadro, me importaba un bledo, un comino, su vida de millonario coleccionista loco. No había matado a nadie, no iba a entregarle a la policía. El me escuchó con distanciamiento, ni siquiera supe si me oía. Trajo el cuadro y lo colocó encima de la chimenea, la punta del falo sobresalía por arriba del cuadro. Me dijo que aquel cuadro solo saldría de allí junto con su cadáver. Supe que hablaba en serio. Que no creía que yo hubiera explicado a mi cliente dónde estaba la casa porque antes habría tenido que acertar con ella para encontrarla, acertar para salir de allí y luego volver y volver a acertar. Era imposible. Sugerí el móvil. Seguro que no ha intentado llamar desde aquí, no hay cobertura en varios kilómetros a la redonda.
Supe que estaba perdido. Me preparé a morir como un detective de película, todo por la dama del cuadro, todo. Entonces el loco coleccionista cometió un error. Me pidió que me pusiera delante de la chimenea, quería matarme delante del cuadro, pero antes iba a inmortalizar el momento con la cámara de su móvil. Aquello le perdió, porque justo cuando estaba encuadrando, o intentándolo con una sola mano, en la otra tenía la pistola, el destino quiso que un leño auténtico de la chimenea se viniera abajo y rodara hasta mis pies. No desaproveché la ocasión, me acuclillé con la rapidez del demonio, una bala silbó sobre mi cabeza. Le lancé el tronco ardiendo al cuerpo y su bata de seda (porque aquel estúpido iba en bata de seda) se incendió. Dejó caer la pistola e intento apagar el fuego. Me hice con ella y cuando me disponía a encañonarle y a pedirle que se rindiera, el muy idiota se arrojó sobre la mesa, donde estaba la otra pistola, se hizo con ella, me encañonó y se dispuso a oprimir el gatillo. No lo dudé un instante. Disparé y la bala penetró por su frente, dejando un buen agujero. Cayó sobre la mesa, arrojando toda la cubertería al suelo. Lo que quedaba del jarro de vino sirvió para terminar de apagar su bata de seda. Allí quedó, espatarrado, con una expresión en su cara de incredulidad tal que a punto estuve de resucitarle para que le diera tiempo de asumir lo ocurrido.
No lo hice. Allí lo dejé. Embalé el cuadro como pude con una sábana y salí como alma que lleva el diablo. Encontré mi todoterreno, coloqué el cuadro en el maletero y me pasé el resto de la noche dando vueltas y vueltas. No encontré el puticlub del conductor, no encontré nada. Cuando ya desesperaba vino la luz y con ella un cierto sentido de realidad. Intenté llamar a la policía, pero aún no tenía cobertura. El destino me llevó a un indicador, éste a una carretera comarcal, ésta a un autovía y… aparecí en la galería justo cuando el galerista estaba abriendo la puerta. Se quedó asombrado. Le dije que tenía el cuadro, me hizo pasar, cerró la puerta por dentro, y me pidió que se lo enseñara. Le quité la sábana y los dos lo estuvimos contemplando, embobados tanto tiempo que cuando él habló me sentí inmortal, había transcurrido toda una eternidad.

-Bien, amigo, ha hecho un gran trabajo. Creo que se merece conocer a la pintora y modelo, porque ambas son una y misma cosa, se pintó a sí misma en un espejo.

No terminaba de creerle. Recordé lo que me había dicho el coleccionista. Había renunciado a una fortuna a cambio de quedarse con el cuadro. No era de fiar. Estaba bajo el embrujo, el embrujo de Sanghai, bromeé, parafraseando el título de la película. El coleccionista había sido embrujado y estaba muerto y tal vez yo lo estuviera pronto si no me andaba con cuidado, porque el galerista también estaba embrujado. Miré de reojo al hombre y me palpé el bulto de la pistola bajo el sobaco. No iba a dejarme sorprender así como así, antes tenía que conocer el original, porque el cuadro me gustaba mucho, cierto, pero no tanto como imaginaba me iba a gustar el original.
César García
Anuncios