Categoría: Relatos eróticos

Mis relatos eróticos

DIARIO DE UN GIGOLÓ VIII


DIARIO DE UN GIGOLÓ (VERSIÓN SONYMAGE)

BEA/ CONTINUACIÓN

Bea era una chica joven a la que no calculé más de veinticinco años, me pareció muy agraciada a pesar de su solidez, alta, ancha de hombros, tan robusta que uno se habría atrevido a pensar, aunque solo hubiera sido un segundo, en una cierta figura hombruna, de no ser por sus pechos abundantes y erguidos como si buscaran de forma consciente desmentir cualquier idea sobre su femineidad. Bajo la amplia falda que le llegaba casi a los tobillos, uno podía intuir, sin mucha imaginación muslos jamonudos y robustas piernas, así como un trasero que merecería la pena ver embutido en unos pantalones, aunque las mujeres de aquel taller no parecían muy partidarias de semejante prenda.

Con una cierta aprensión abrí la puerta. Una campanilla sonó en alguna parte y las miradas de las mujeres presentes convergieron en mi apuesta figura. Aún más azarado me dirigí con el paquete que llevaba bajo el brazo hacia el mostrador. Bea dejó lo que estaba haciendo en una estantería y se acercó, bamboleándose como una barca saltando olas. Ya mirando por el escaparate supe que era ella, no podía ser otra, porque las otras tres mujeres eran mayores, alguna más que las otras dos. Tras colocarse tras el mostrador soltó una risita agradable.

¿No te habrá dicho Paco que ni se te ocurriera mirarme o te rajaría, verdad?

-¿Cómo lo sabes?

-Es un buen hombre, pero un poco chapado a la antigua. Tanto espanta a los moscardones, que revoletean a mi alrededor, que me voy a quedar para vestir santos.

Su risa era agradable y refrescante. En cuanto le expliqué el motivo de su visita me pidió que la acompañara a la trastienda.

-En cuanto te vi supe que eras el nuevo camarero.

-¿Por qué?

-Eres alto, guapo y no pareces tonto, justo lo que mi padrino busca para su negocio.

-¿Te parezco guapo? ¿Qué sabes tú de su negocio?

-Ni que fuera tonta, querido. Tú acabarás como el resto de los camareros, calentándoles el coño a pijas y relamidas, la mayoría ya como mojamas, eso sí con mucha pasta. Tú, guapito, serás antes mío. Lo juro por estas –cruzó dos dedos y los besó- y como se te ocurra decírselo a Paco quien te va a rajar soy yo.

Miró hacia la puerta y se calló. La más vieja de las costureras empujaba en ese momento la puerta de cristal.

-Vamos niña, deja que ese guapo mozo se vista sin tu presencia. Que a ti en cuanto una se descuida se te van los ojos a la carne.

Me vestí de prisa y salí a la tienda. Las cuatro mujeres me miraron como si nunca hubieran visto un hombre. Bea se acercó.

-Pareces un figurín, guapo. Deja que te ponga unos alfileres y te tome las medidas. No dejes que mi padrino te haga pagar nada. Es un poco rácano y a todos los camareros les hace pagar los dos trajes, pero tú eres demasiado guapo y listo, y además eres mío.

Hablaba en voz baja, las otras mujeres continuaban con su labor, si bien de vez en cuando nos miraban y cuchicheaban. La mayor, una mujer tal vez de unos sesenta años, de rostro seco y malhumorado, y que parecía la que llevaba la voz cantante, hizo callar a las otras dos. Bea disimulando se arrimó a mi oreja y me susurró:

-Ven esta tarde a última hora, antes de irte para el pub, te haré las pruebas y no tengas miedo de Pacorro, perro ladrador, poco mordedor.

Me pellizcó el vientre y se le escapó una risita un poco más fuerte de lo debido. La mujer mayor se acercó.

-Vamos niña, yo hubiera tenido tiempo de tomarles las medidas a un regimiento. Acaba ya.

-La mujer se alejó y Bea me sonrió.

-A esa no se la tiraría ni un recluta con un año de calabozo.

Sin poder evitarlo noté que los colores pugnaban por pintarme el rostro de “colorao”. Antes de que se produjera la desgracia escapé como alma que lleva el diablo. La risa de Bea era ahora ya tan franca que escuché la voz de la mojama.

-¿Pasa algo, niña?

-Nada, Doña Virtudes, que aquí el mozo me acaba de contar un chiste verde.

-Ya te daré a ti y a él. Espero que no le hayas citado para última hora porque me pienso quedar aquí toda la tarde contigo.

Escuché la risita de Bea a mis espaldas.

-¡Qué cosas dice Doña Virtudes!

Me fui a comer y aproveché la tarde para estudiar un poco en el Retiro y comprar algunos discos. A última hora de la tarde me dirigí al taller de costura de Bea. Había calculado tiempo suficiente para poder ir andando hasta el pub de Paco y hacer así un poco de ejercicio, porque había tomado el metro ya dos veces y mi presupuesto no andaba muy fino, aunque sí esperaba que se afinara en cuanto recibiera mi primer sueldo.

Me quedé de piedra al ver el cartel de “cerrado” en la puerta. El suelo se abrió bajo mis pies. ¿Qué iba a decirle a Paco? Aún así decidí probar suerte intentando abrir la puerta y luego golpeando con los nudillos, primero con delicadeza y luego casi a porrazos, con desesperación. Se abrió la puerta de golpe y antes de casi caerme sobre ella escuché la risita de Bea. Allí estaba, con una sonrisa de oreja a oreja.

-Hola, sotonto, he estado aquí todo el tiempo. Por un momento creí que ibas a salir pitando. Veo que no se te puede gastar ni una mísera broma. Pasa, hombre, pasa, antes de que te arrepientas. Y para otra vez procura tomar carrerilla para echar la puerta abajo, así la abriré a tiempo y podrás caer a gusto sobre mí, que estoy mullidita.

Y al reírse se llevó lasa manos a los pechos y se los acarició como una odalisca. Aquella chica iba a ser mi perdición. Mira que me había jurado mantenerme al margen, por muy “buena” que estuviera, para evitar problemas con Paco, pero es que no hacía otra cosa que provocarme.

Me quedé paralizado mirando sus pechos y todo lo demás, y ella tuvo que agarrarme de la mano y obligarme a entrar. Observé que por el interior del escaparate un visillo tapaba el cristal. Desde dentro parecía transparente pero yo juraría que por fuera no era así porque había mirado hacia el interior sin ver nada.

Caminé hacia el centro de la tienda dejando que Bea cerrara la puerta. Pronto estuvo a mi lado con cara seria.
-¿Qué miras? ¿Tanta prisa tienes?
Y moviéndose con agilidad felina para la solidez de sus carnes se colocó tras el mostrador, pero no antes de que yo pudiera contemplar su popa a mi sabor. Era una espléndida popa, de un galeón cargado de promesas. Hurgó bajo el mostrador y sacó un paquete y lo puso encima, con un fuerte golpe.
-Aquí está. No te engaño… Seguro que me has mirado el culo a placer. ¿A que sí?
¿Me había puesto colorado? Me llevé una mano a la mejilla. Estaba encendida, el calor no era normal. De haber visto algún espejo a mano me hubiera mirado con disimulo. No podía creer que aquella arrapieza estuviera poniéndome nervioso, como si fuera un adolescente timorato o una novicia que acabara de traspasar los muros del convento. Quise diseñar una estrategia, decir algo gracioso, pero solo pude toser y balbucear.
-No, no. Te lo juro.

Paquita estalló en risas.

-Te he pillado, tonto. Todos lo hacen. ¿Por qué no ibas a hacerlo tú? No me digas que no te gusto. Ni siquiera un poquito así…
Hizo un gesto con los dedos. Viendo mi expresión de desconcierto estalló en nuevas risas, como los cohetes festivos del pueblo que fueran encendidos por el pitillo del encargado. No fui capaz de soportar el ridículo, tomé el paquete y me dirigí a la puerta a toda la velocidad de mis piernas, que era mucha. No pude abrir. Estaba cerrada. Seguramente Bea la había cerrado con llave sin que yo me apercibiera de ello al entrar, tal vez cuando me encontraba de espaldas. ¡Qué tonto era! Siempre tendiendo trampas a las mujeres, para seducirlas, y no se me había pasado por la cabeza la posibilidad de que ellas quisieran seducirme a mí.

Bea se estaba tronchando de risa a mis espaldas. Me volví.

-Señorita Beatriz, ¡Por Dios!

-¿Señorita?

-Digo Beatriz, señorita Beatriz.

-¿”Zeñorita Beatriz”?

Había oprimido su naricita respingona con los dedos de su mano derecha, intentando remedar la voz de pito de Gracita Morales, la conocida actriz que estaba de moda.

-Quiero decir Bea, guapa, no me tomes el pelo de esta manera.

-“Zeñorita Bea, no me tome el pelo de ezta manera”.

Esta vez no pudo controlarse y estalló en histéricas carcajadas. Se sujetaba los sólidos y llamativos pechos con las manos, como si temiera que fueran a salir despedidos en cualquier momento. No podía hacer nada al respecto, por lo que me limité a contemplarla desde la puerta. Mi cara era un incendio y mi sofoco no tenía límites. Por fin ella se fue calmando.
-No saldrás de aquí sin antes darme un beso. No lo permitiré, te lo juro. Un beso “como el fó” según dice Paco que sabe tanto de francés como yo de monja.

De nuevo se dejó llevar por la hilaridad. Me pregunté cómo reaccionaría si le pillaba bien las cosquillas. No quise ni imaginarlo. Por si las moscas lo dejaría para otro día más calmado. Me acerqué dubitativo.

-Bea, por favor, no seas niña.

-¿Tanto miedo le tienes a mi padrino? Otros no se lo tuvieron y me suplicaron lo que yo estoy dispuesta a darte de mil amores.

-¿Le has gastado esta broma a todos los camareros de Paco?

Pregunté, esperanzado de que se tratara de la típica broma que se le hace al novato.

-Me gustaba embromarles cuando venían por aquí la primera vez, a arreglar algo de sus trajes o a encargar alguno, pero algunos se pasaron varios pueblos, casi me violan. Tuve que decírselo a Paco, por eso no me extraña que te haya avisado en plan bruto.

-¡Pero mujer, que con las cosas de comer no se juega!

-No podía saber que eran unos idiotas. Además ninguno me gustaba… al menos como tú. Me gustas mucho. ¿Lo sabías?
-Deja de jugar y abre la puerta.
Ella miró su reloj de pulsera, hizo un mohín y me guiñó un ojo.
-Tienes tiempo de sobra.
-No tanto si vas andando.
-Bueno, si te pones así, mira, te pago un taxi, pero antes v as a besarme y luego nos vamos a cenar tan ricamente. ¿A que no has cenado?
-No he tenido tiempo.
-Lo suponía.
Se fue acercando a mi moviendo las caderas con mucho garbo, como una chulapona en San Isidro, y cuando consideró que ya estaba bastante cerca se dio la vuelta con brusquedad y movió el culo con tanta sensualidad como una brasileña en una comparsa de carnaval. En otro momento y con otra mujer no habría dudado en darle una palmadita en el trasero o pellizcar sus nalgas, no entendía qué me estaba pasando con aquella chica.

-¿No es el mejor culo que has visto en tu vida?
-Esto…
-Esto, esto, te hablo de esto. ¿No crees que es el culo más atractivo que verás nunca?

Se lo acarició con total desvergüenza. Se volvió y se me acercó aún más. Me tomó de la mano y me llevó hasta el mostrador como si yo fuera un niño y ella la solícita mamá.
-Deja ahí el paquete. Vas a necesitar las dos manos.
-Lo hice.
-Y ahora me vas a besar como en las películas. Mejor, porque según dicen hacen trampa.
-No deberías jugar conmigo, Bea. No deberías…
Me acerqué, puse mi mano en su nuca y atraje hacia mí aquella gran cabeza redonda, aquel rostro redondo, aquellos pómulos rellenos, como una hogaza de pan y aquellos ojos negros que se habían cerrado esperando el momento y besé sus labios gordezuelos que se entreabrían como una rosa al sol de mayo. Para hacerlo tuve que bajar mi cabeza porque aunque ella era alta para la media de su generación no me llegaba ni al pecho. La besé con pasión, creo que también con rabia, picado en mi orgullo y jugueteé con su lengua todo lo que quise. Ella me respondió como con miedo de que pudiera arrepentirme, atrapando mi lengua y aferrándose mi boca como una ventosa, no fuera que decidiera salir corriendo. Retiré su cabeza un momento, observé sus ojos cerrados, su cuello largo y estrecho, como de cisne, milagrosamente capaz de soportar aquella cabeza, y luego volví a besarla y como quien no quiere la cosa llevé mi mano derecha a sus pechos y los magreé con delicadeza, uno tras otro. No dijo nada y no se retiró por lo que bajé mis manos hacia su trasero que no pasaría desapercibido ni en un desfile militar femenino y lo acaricié y oprimí con ganas, con deseo. Decidí regresar a las dunas del desierto y para sentirme más a gusto, como pude, desabroché los botones de su blusa e introduje mi mano. Mis dedos acariciaron su piel de satén y sus pezones aguerridos.
Entonces sí, ella se apartó con brusquedad y me soltó un tremendo bofetón. Me quedé paralizado mirando su cara seria, casi hosca.
-¿No es lo que querías?
-Sí, pero no tan deprisa, grosero…

Se me quedó mirando, como sorprendida de mi atrevimiento, pero pronto su rostro se distendió y su boca se ensanchó en una sonrisa que se fue acentuando hasta estallar en carcajadas.

LOS JUEGOS ERÓTICOS DE JOHNNY (RELATO ERÓTICO)


       NOTA: Antes de irme de vacaciones os dejo un nuevo relato erótico, tan refrescante o más que una buena cervecita fresca en una terraza. No os dejo huérfanos porque ya sois grandes y sabéis valeros por vosotros mismos. Que tengáis unas buenas vacaciones.

NOTA: Los juegos eróticos de Johnny es una sección especial, desgajada de la columna vertebral de la historia principal de Diario de un gigoló. Se me ocurrieron tantas ideas que me vi precisado a centrarme en el argumento principal y dejar las otras historias para diferentes secciones o novelas complementarias. Están escritas en un tono humorístico que hace más livianas las historias y este trajín sexual que sinceramente pone los pelos de punta. Espero que lo disfruten.

LOS JUEGOS ERÓTICOS DE JOHNNY

I

EL GALLITO CIEGO

Recuerdo que durante el primer año de pupilaje con Lily (un año de prueba, y luego algún tiempo más, hasta que descubrió que Anabél y yo estábamos funcionando como pareja, casi como un auténtico matrimonio) acostumbraba a invitarme a su casa, a comer o cenar, cada vez que me llamaba por teléfono para confirmar alguna cita especial que ella había preparado para mí o para tratar algún tema delicado del negocio. No dejaba de ser una disculpa para encamarse conmigo. Cuando podía también se apuntaba Ani y formábamos un trío calaveras de mucho cuidado. Como la patrona era bisexual yo podía regular el trabajo y descansar un poco de vez en cuando, vamos lo que un burócrata llamaría salir a tomar el café. El trío se deshizo porque Lily no pudo soportar que Anabél, su mano derecha, su segunda de a bordo, la preciosa mulata que era el buque insignia, o mejor dicho la popa insignia (la mejor popa que acariciado nunca) la mintiera en un tema tan delicado e importante. No creo que influyeran los celos puesto que ambas me compartían de vez en cuando sin problemas, aunque en estos temas tan delicados nunca se puede conocer toda la verdad y nada más que la verdad. Puede que Lily quisiera ser la esposa y se sintiera relegada a un segundo término por Ani, como una suegra enamorada del yerno que llega incluso a odiar a su propia hija.

Como de esto no puedo saber más de lo que ya sé, que no es mucho, debería ir al grano. El caso es que tras su desengaño Lily dejó de invitarme para tratar “cuestiones” y me mandó a su jefe de matones, Anselmo, que utilizaba como factotum y que yo creo, más bien estoy convencido, de que formaban una pareja en la sombra, es decir que Anselmo ocupaba el lecho conyugal cuando Lily no tenía nada mejor. Este buen hombre me entregaba una carta de Lily, se bebía una copa conmigo sin negarse a comentar los avatares del negocio que no debería callar por discreción y luego se marchaba con mi respuesta manuscrita en la que abundaba la ironía, hasta el sarcasmo y mucho cariño y muchos besos que grababa en el papel tras pintarme los labios con el pintalabios de Ani, lo que no dejaba de ser un gesto bastante vengativo por mi parte. También acostumbraba a escribirle algún que otro verso erótico subido de tono.

Cuando aquella tarde escuché su voz al teléfono casi me da algo. No podía creer que la patrona se rebajara tanto como para reconciliarse conmigo. En realidad el tono de su voz no era precisamente de reconciliación, más bien frío y distante, me anunciaba que era de todo punto imprescindible que yo acudiera aquella tarde a su casa para tratar de un encargo o trabajito muy especial. Me esperaba sin falta y confiaba en que no me echara para atrás, a pesar de la dificultad del encargo. Respondí con voz desfalleciente algo así como “¡Qué no haría yo por ti, Lily, bella entre las bellas! Pero a ella no le gustó la broma y me cortó en seco. Vamos, Johnny, déjate de tonterías. Esto es serio. ¿No me puedes adelantar algo por teléfono? Lo siento, se trata de un asunto delicado y prefiero escupirlo a tus castas orejas.

Y con esta respuesta tan sardónica en el bolsillo de mi camisa Armani de donde asomaba una pluma de oro, regalo de Ani y una agendita negra, muy mona, también regalo suyo, me subí a mi descapotable, regalo mío, y me dirigí, raudo y veloz al encuentro de lo que imaginé sería un choque de trenes o tal vez un choque de barcos, con el palo de proa enhiesto, frente a una popa receptiva.

Lily tenía ya preparada la consabida mesa para la cena, con candelabros, perfumes aromáticos exóticos y un borgoña carísimo, lo que me dio a entender sin palabras que la patrona estaba escenificando la reconciliación, aunque yo no debería mostrar que lo sabía hasta que ella se quitara el sujetador. Su recibimiento fue tan frío como los cubitos de hielo que luego llenarían la cubitera de champán francés. Apenas un beso en la mejilla y una mirada distante, como si yo estuviera lejos y ella no tuviera prismáticos.

Iniciamos el aperitivo, bebimos un martíni seco y ella comenzó a hablarme del trabajo. Según me dijo el día anterior, o sea ayer, una chica muy modosita del barrio de Salamanca la había llamado para hablarle, con voz temblorosa y tan puritana que estuvo a punto de vomitar, sobre una despedida de soltera muy especial que estaba organizando para una amiga del alma, que se casaba en un tiempo muy corto. Preguntada por Lily quién le había facilitado su teléfono la habló de un conocido periodista de la prensa rosa. En realidad se trataba de Zoilín, que era más temido que conocido, en ciertos mentideros por su lengua viperina. Como hasta el momento las colaboraciones de nuestro pajarito cantor eran muchas y valiosas (hasta el punto de que estaba a punto de premiar a Zoilín con la mayor recompensa que jamás recibiría en su vida… un polvo con nuestra entrañable Ani) no dudó en escucharla, al menos. Y su propuesta, aunque extraña y tan ridícula como extravagante, la dejó pensativa. No mucho porque Lily era un águila para los negocios y una exploradora arriesgada cuando era necesario.

No se trataba de la consabida y manida despedida de soltera en la que la novia y sus amigas se “pimplan” más de la cuenta y con la disculpa de poner un billetito en el tanga del boy meten mano a su miembro y lo estrujan dolorosamente, no, en este caso se trataba de una auténtica ceremonia de la confusión o de la venganza, como sería más propio llamarla. Según le contara Almudena, con voz tímida, su amiga Marta se iba a casar, en un matrimonio de conveniencia por imposición de su padre cuyas empresas estaban en la ruina, con el hijo cabrón y botarate de un empresario de éxito. A Marta nunca se le hubiera ocurrido organizar algo así de no ser porque algo despertó sus iras, que eran muchas y muy dentadas o dentudas. Al parecer el novio había organizado una despedida de soltero antológica a la que había invitado a todos sus amigos, lo que no deja de tener su lógica, pero también a todas sus amigas, amantes, amancebadas, conocidas y en manos y en boca de la parte masculina de un estatus social residente en el barrio de Salamanca y otros barrios populares de la villa madrileña, como la Moraleja, por ejemplo. No conforme con ello invitó también a las mejores amigas de Marta. Y fue por boca de ellas que Marta se enteró de la jugada de su futuro y decidió darle un puñetazo en la boca con una estrategia semejante pero mucho más efectiva y regocijante.

Se trataba de satisfacer en todos los sentidos a una docena de amigas suyas que acudirían a la despedida de soltera en la casa de una de ellas, en la sierra madrileña. La despedida duraría todo un fin de semana, desde el viernes por la tarde hasta el domingo, noche incluida, lo que no dejaba de ser una despedida más larga que el “Largo adiós” de Raymond Chandler. En esta juerga del bello sexo cabía de todo, pero lo que no cabía era más de un gigoló puesto que el presupuesto confeccionado por mi patrona casi había agotado las arcas del nuevo estado independiente de mujeres vengativas. Ese era el problema, el verdadero y auténtico problema. Que solo un gigoló debería atender al menos a una docena de mujeres, sino más, durante todo un fin de semana. Lily había pensado en mí, precisamente en mí, porque reunía todas las cualidades, buena resistencia en las galopadas, culto y con labia para entretener las esperas y en fin, todo un dechado de cualidades. No pude resistirme y le respondí con un tono ligeramente enfadado.

-Lily, cariño, si en realidad lo que buscas es asesinarme para quedarte con mi herencia y recibir tu pensión de viuda alegre, de araña negra, me gustaría más que fueras valiente y me mataras tú a polvos, en lugar de que deban hacerlo unas niñatas pijas y tontas del barrio de Salamanca.

-Y quedarías muy feliz, con cara de angelito, si Anabél, tu dulce Ani, me ayudara a rematarte.

-De morir, patrona, me gustaría morir a gusto.

Se echó a reír con ganas.

-Eres único, Johnny, serías capaz de convencer a una mujer que te apunta con un revolver y te odia a muerte de que te pasara la pistola y con la mirilla la harías cosquillas donde tú sabes hasta que se muriera de risa.

Creo que esto marcó el inició de nuestra reconciliación y del largo y fructífero periodo que siguió a este evento. No obstante quise saber si esto era una venganza.

-Si no te conociera y te quisiera muy mal seguro que habría tramado algo así, pero conociéndote como te conozco sé muy bien que darías tu vida por satisfacer a un regimiento de mujeres, ocasión que no habías tenido hasta ahora.

-¿Y no hay otro candidato ni posibilidad de ampliar la plantilla?

-No podía rebajar más de lo que rebajé y qué otro candidato podría sustituirte, ¿Pichabrava? *, con él los cirujanos de los hospitales de Madrid estarían muy ocupados cosiendo rasgaduras y eso no sería bueno para el negocio.

*NOTA DEL EDITOR: Me remito a la larga historia que sobre este intrépido personaje, poseedor de un instrumento que Johnny calificaba de trombón, se cuenta en Diario de un gigoló, así como en varios episodios de “Cien mujeres en la vida de un gigoló”. El tremebundo tamaño de su pene había producido tantos desgarros en clientas morbosas y arriesgadas que Lily se vio obligada a contratar a un conocido cirujano, ginecólogo de prestigio, que estaba en plantilla y siempre disponible cada vez que actuaba este noble músico.

Aún tenía dudas que se disiparon cuando días más tarde me enteré de que Ani había sido escogida para premiar a Zoilín por su trabajo confidencial sobre famosos y sus buenos oficios de celestino para que famosas y famosos pudieran hacer favores a clientes escogidos, con mucha discreción, y a un elevado precio. *

NOTA DEL EDITOR: Sobre este episodio y la historia de Zoilín, en general, me remito a “Los famosos de Lily” y los “Pervertidos de Anabél”.

Al menos esa noche Lily selló conmigo una reconciliación apasionado. Al día siguiente hasta me trajo el desayuno a la cama y me anunció que Almudena me esperaba en un centro comercial para comer y afinar detalles. Que procurara llegar pronto porque al parecer tenía mucho sobre lo que hablarme, preguntarme, exponerme y negociar.

Desayuné con ganas y la patrona, muy cariñosa y generosa, me anunció que aliviaría mi trabajo de la mejor manera posible. Bajamos al sótano, abrió la enorme caja fuerte (parecida a Ford Knox) y me suministró toda clase de potingues que le enviaba regularmente su laboratorio sueco, donde su particular profesor chiflado confeccionaba esto y todo tipo de artilugios sexuales que Lily había decidido no vender en un sexshop porque este país aún no estaba preparado para semejante avance. Ayudó a preparar mi maletín y mi bolsa de viaje, que pronto estuvo repleta de consoladores, bolas chinas, potingues, consoladores con arneses automatizados –invento del profesor chiflado- una completa lista de instrumentos que pueden salvar la vida a un gigoló en plena selva.

La patrona me invitó a bañarme en la piscina, a que la diera un masaje y la echara un polvo rapidito antes de salir pitando para mi cita con Almudena. ¿Qué me esperaba? ¿Cómo sería esta mujer? ¿Qué demonios de despedida de soltera pensaban organizar estas pijas y puritanas pazguatas en un país que aún no había alcanzado la mayoría de edad, donde los machos podían despedirse de solteros cuantas veces quisieran y luego durante el matrimonio gastar media fortuna en pisos para mancebas, que se iban de putas cuando querían y que fardaban de don juanes mientras sus mujercitas se aburrían en casa o las llevaban como floreros ambulantes de acá para allá? ¿Querían hacer la revolución francesa y cortas cabezas? ¿Querían subir a los altares a un mártir del feminismo llamado Johnny? ¿Y esto lo iban a hacer ellas, precisamente ellas, pijas del barrio de Salamanca, puritanas, conservadoras, beatonas? ¿Y todo este follón por una venganza?

Continuará.

LOS FAMOSOS DE LILY II (RELATO ERÓTICO)


Zoilín se puso como la grana y mirándose la puntera de los zapatos, pudo apenas balbucir:

-Eso… eso ya lo suponía yo. No pido tanto. Solo que me deje mirar por un agujerito lo que hacen sus pupilas. Pido poco. Tengo un defecto que me impide disfrutar plenamente del sexo.

-Seguro que es usted uno de esos rapiditos que no te dejan ni preguntar si ya han entrado (porque no sientes nada de nada) cuando ya han salido.

Zoilín no sabía dónde meterse. De pronto se le soltaron unos inmensos lagrimones por la cara y casi de rodillas suplicó a las damas.

-No se burlen de mí, por Dios. Si son buenas conmigo pondré en sus manos un montón de famosos. Podrán hacer con ellos lo que quieran, siempre que les paguen, por supuesto, pero tampoco tanto como piensan. Se asombrarían ustedes de lo que estarían dispuestos a cobrar. Una bicoca para usted, señora Lily.

La señora Lily se quedó pensativa. Si Zoilín no mentía, la tentación de utilizar famosos para clientes escogidos, era una tentación demasiado fuerte para ella, una empresaria de primera y una voyeur vocacional que nunca desaprovecharía contemplar el polvo de un famoso.

-Dígame algún nombre, Zoilín. Para que me haga una idea. No le pido que me cuente todos sus secretos… no, aún no.

Fueron brotando nombres de aquella boquita de piñón que hicieron relamerse de gusto a Lily. Any, que la conoce bien, en ese aspecto mejor que yo, me describió los gestos por los que ella dedujo el enorme interés que suscitaban los nombres que iba desgranando pajarito cantor. Lo disimuló bastante bien. Un buen negociante nunca debe mostrar el gran interés que siente por un negocio determinado o el precio subirá por las nubes. Lily en esto era una maestra. Hubiera sido capaz de jugar al ratón y al gato con el mismísimo Belcebú.

Se hizo la desconfiada.

-¿Qué pruebas tengo de que esto es así y no me echarán de su casa con cajas destempladas?

Zoilín, ni corto ni perezoso, pidió un teléfono y marcó un número.

-Hola encanto. Soy Zoilín… Muy bien preciosa. No te pregunto cómo estás tú, porque no hay mujer en el mundo tan hermosa. Ya te lo he dicho muchas veces…Sí, sí, sabes que no es un halago, sino la pura realidad…Si…sí… Mira, ¿recuerdas lo que hablamos el otro día? Pues tengo a mi lado a una mujer que podría darte lo que pides y algo más. Todo con discreción absoluta…. Es de fiar. Puedes matarme si no te resulta como yo te digo… ¿Que quieres hablar con ella? Ahora mismito te la paso. Chao, preciosa. Un beso. Nos vemos mañana.

Se puso Lily y ambos mantuvieron una conversación que hubiera helado a un pingüino. Hablaron de números, de lugares, de cómo hacer que su relación fuera más discreta que la de Adán y Eva cuando, en el paraíso terrenal, ni siquiera había entrado la serpiente tentadora. Se pusieron de acuerdo con una facilidad pasmosa.

La famosa (actriz conocidísima y un poco en horas bajas por su edad y porque el teatro sufría una de sus cíclicas crisis y en el cine español se iniciaba tímidamente el destape que echaría de la pantalla a grandes actrices, con cuerpos ya un poco maduritos para el gusto del público, que iba a Perpiñán para ver El último tango en París de Bertoluchi, donde el culo de la Schneider era aún juvenil y turgente) se comprometió a venir a cenar a casa de Lily, siempre y cuando ésta garantizara discreción en el transporte, un coche con cristales oscuros, y discreción en la servidumbre, nadie se iría de la lengua. Lily le dio tales garantías que la otra quedó conforme. Any cuenta que a Zoilín le faltó tiempo para pedirle a Lily que cerrara el trato y le garantizara un sustancioso cobro en carne.

Lily hizo una seña a Anabel y ésta puso delante de Zoilín el álbum de fotos de sus pupilas que acostumbra a enseñar a los nuevos clientes, para que elijan a su gusto. En él, entre otras muchas, aparecieron desnudas y en posturas realmente excitantes (yo conocía muy bien ese album) Anabel, Venus de fuego….

Continuará.

LOS FAMOSOS DE LILY I (RELATO ERÓTICO)


NOTA: Animado por el mano a mano que se traen Gregorio y Mr. Bernie, me he animado a rescatar algunos relatos que en su momento subí a la sección erótico de la desaparecida Grupobuho, que creo recordar tenía el nombre de “En tu alcoba” o algo parecido. Los famosos de Lily formaban parte del inacabable culebrón erótico “Diario de un gigoló”, pero decidí desgajarlos y crear una nueva saga con los mismos protagonistas pero con otras historias diferentes y más morbosas. Lily es Lilian, la madame que recluta a Johnny en Diario de un gigoló y que se ha montado un negocio sexual realmente delirante y también muy divertido, porque el humor nunca falta en estas historias. Anabél, Ani, como la llama Johnny, es una preciosa mulata cubana con una larga historia que se cuenta en “Cien mujeres en la vida de un gigoló” y con la que nuestro personaje llega a formar una pareja más o menos estable y peculiar. Los famosos de Lily es una sección en la que se cuenta una parte del negocio de la madame dedicada a los famosos y famosetes que buscan sus diversiones sexuales o que se prostituyen a escondidas. El primer episodio son estas historias de Zoilín, un peculiar personaje de la prensa rosa, que consigue de Lily que el pague en carne sus informaciones y alcahueteos con los famosos y famosetes de turno. Como no he tenido tiempo de revisar la versión de Buho y como ya casi ni me acordaba que conservara estos relatos pido disculpas si hay algún párrafo demasiado explícito o algún episodio un tanto demasiado-atrevido. Los relatos se escribieron para una sección de Buho que advertí al lector de lo que se iba a encontrar y no se aconsejaba la entrada a menores, por lo que no me preocupé en exceso en hacer demasiadas elipsis o en utilizar un lenguaje discreto. Siempre fue un divertimento que encajaba muy bien con la historia lineal y cronológica de “Diario de un gigoló”. Espero que resulte refrescante para este verano, aunque si soy sincero creo que buena parte de estos relatos deben andar perdidos entre mis numerosos manuscritos en alguna carpeta y desconozco en este momento si la historia podrá ser rematada en su momento o no. Remito a los lectores al hilo de Diario de un gigoló donde subiré algunas anotaciones más para la guía del lector que hagan referencia y expliquen algo más de estos episodios, enmarcados en la historia general.

LOS FAMOSOS DE LILY

HISTORIAS DE ZOILÍN- EL PARAJITO CANTOR

Cuando Lily se encontró a Zoilín, el pajarito cantor, en su camino, yo aún no había sido captado por mi dulce panterita para el duro oficio de satisfacer a las mujeres a cambio de un módico estipendio ( díganme ustedes si no es módico cualquier precio por llegar al éxtasis, subir al séptimo cielo y bajar, sin verse obligados a degustar el alimento para jilgueritos de plástico de las compañías aéreas). Por tanto lo que les voy a contar no procede de cosecha propia, sino del buen vino embotellado y etiquetado por Anabel para el exquisito paladar de Johnny. Seguro que no tendrá la gracia sandunguera y esa sensualidad que Dios le dio a mi Any hasta en el tono de su voz, pero les aseguro que haré lo que pueda para que nada se pierda por el camino.

Ella estuvo presente en la primera entrevista entre ambos, en la que el ratoncito fue engatusado y transformado en correveidile de Lily entre los famosos de este país y algún que otro pajarraco de fama internacional. Ambas damas no sabían qué pensar de la extraña manía de aquel hombrecito que no dejaba un solo instante de intentar fotografiarlas con sus ojos hasta obtener un primer plano de sus rostros. Aún no habían leído a Freud y por tanto ni se les pasó por la imaginación que una persona pudiera llegar a caer en manías tan surrealistas y perversas.

El esfuerzo de Zoilín resultó inútil (está por ver el hétero que hubiera tenido éxito en lo que pajarito cantor se proponía). La vista se le desvió, contra su voluntad, a los pechos y piernas de aquellos monumentos de mujer. Se habían puesto escuetas minifaldas pensando que así seducirían mejor al hombrecito. ¡Oh, ingenuas y cándidas palomitas!

Luego de poner cara de circunstancias (me hubiera gustado ver su jeta) pajarito cantor pidió permiso para transplantarse al servicio sin pisar suelo, tal como hacían en la serie de Star Treak. Y poco le faltó para conseguirlo porque se volatilizó delante de los ojos de las damas como un cohete, pequeño pero cohete, en ignición. Lo que sucediera en aquel lugar retirado o retrete Any no lo supo nunca, pero tanto ella como yo nos lo imaginamos sobradamente.

Regresó pálido como un muerto y con la respiración bajo mínimos. De esta manera pudo hablar con las damas durante media hora sin verse obligado a poner un candado a su mirada, aunque justo es admitirlo, en un estado cercano a la catatonia.

Lily, cuenta Anabel con gracia inigualable, le miraba y remiraba como si un extraterrestre, pequeñito pero extraterrestre, se hubiera colado por su ventana con el único deseo de alegrar su colita, masturbándose en sus narices. No sabía muy bien qué tono emplear con aquel ridículo pervertido que sacaba su lengüita y ponía los ojos en blanco cada vez que fijaba su mirada atrevida en pechos o muslos. Any, muerta de risa, le echó una mano, mejor dicho, un par de tetas y de muslos, y así mientras la miraba a ella Lily podía reencontrarse y tranquilizarse antes de formular su siguiente pregunta.

-¿Es cierto que es usted el periodista de este país mejor informado sobre los trapos sucios de famosos, famosas, aristócratas, poderosos y gente escogida por la vida para ser únicos e irrepetibles?

La pregunta no estaba formulada de esta manera pero Any lo adornaba todo y sus adornos resultaban siempre mejores que el mobiliario, por lo que mantengo y reitero la pregunta. Se produjo un corte de respiración en Zoilín, a quien ponía en trance hasta el vibrato de la voz de Lily.

-No encontrará otro mejor. Por un módico precio le cuento hasta la talla de las bragas y calzoncillos de los famosos.

-¿Y qué módico precio sería ese?

-Yo preferiría que se me pagara en carne. Usted me entiende.

-No, no le entiendo, querido amigo. Un polvo con cualquiera de estas dos damas aquí presentes le costaría un ojo de la cara y la mitad del otro.

Enrojecimiento progresivo y convulso del rostro de Anabel que estaba a punto de reventar de risa, al tiempo que intentaba controlarse por arriba, la risa, y por abajo, el pis. Se hubiera ido corriendo también al servicio o retrete, aunque por un motivo distinto que Zoilín, si la sensación de que se perdería algo muy importante no la hubiera aplastado contra el sillón.

Aguantó como pudo y así yo pude enterarme, con el tiempo, de esta clamorosa escena. Me la contaba Any entre risa y risa e hipido e hipido. Estábamos en su apartamento, concretamente en su habitación y aún más concretamente en su lecho. Desnudos, por más señas, y en el relajo subsiguiente a un polvo antológico en el que ambos dimos lo mejor de nosotros mismos, sin dejar ni un litro de gasolina en la reserva. A mí me entró sueño, indomeñable y evidente, y Any, despierta, como Julieta en el balcón esperando otra vez a Romeo, decidió que la única forma de mantenerme en vela, con el posible premio de otro polvote de propina, era contarme una nueva historia de Zoilín, un personaje que me resultaba particularmente simpático y divertido. Se pueden imaginar la escena con muy poco esfuerzo: dos cuerpazos de primera, desnudos sobre la cama revuelta, riéndose a mandíbula batiente conforme la historia avanza.

 

DIARIO DE UN GIGOLÓ VII


 

DIARIO DE UN GIGOLÓ (VERSIÓN SONYMAGE)

EL PUB DE PACO/ CONTINUACIÓN

Nadie se atrevió. Como llegaría a saber con el tiempo, Paco tenía fama de calar a la primera al personal y nunca apostaba si el otro le iba a salir respondón o le complicaba la vida. No tuve tiempo para fijarme en la señorita Julia, supe que se había ido cuando un compañero se acercó para decirme que me encargara yo de poner la música porque a Antoñito, el supuesto “pincha” porque allí servían todos, se lo había llevado “la pianista” como al parecer la llamaban por allí.

No quise saber más, me sentí bastante dolido de la actitud de aquella mujer que primero me lisonjeaba y seducía y luego se iba con otro, como si yo le importara un comino. Mi veta rencorosa me hizo maldecir en voz baja y me juré que aquella pianista promiscua y beatona me las iba a pagar todas juntas. Eché un vistazo a los discos de vinilo que se apretujaban unos contra otros, sin orden ni concierto, en una caja de cartón y elegí la música que me pareció menos mala.

Al cabo de un rato Paco se acercó y me felicitó.

-Parece que les gusta tu música. Desde mañana te encargarás de pincharla. Puedes traer la que tengas en casa, te recompensaré de alguna manera y si alguno de tus discos se pierde o se rompe te daré para que compres uno nuevo. Y toma, esto es para que compres alguno de tu gusto.

Y me soltó dos o tres billetes verdes.

 

-Y no te hagas mala sangre por la elección de la señorita Julia para calentarle la cama esta noche, es una mujer muy rarita, hay que saber llevarla. Se hace de esperar pero cuando te echa el ojo no decepciona.

Paco no había estudiado psicología pero tenía un excelente ojo. Me había calado sin necesidad de hacer preguntas. Decidí poner un poco de rock porque la parroquia parecía un poco soñolienta y aún no era hora de cerrar. Que yo supiera no llevábamos comisión por las copas, pero no me apetecía esconderme tras la barra y echar una cabezadita, no esta noche al menos, quería documentarme todo lo posible sobre lo que me iba a esperar en aquel barco en el que acababa de ser contratado como marinero. Al cabo de unos minutos me sobresaltó el ruido de mesas y sillas arrastrándose. Al fondo del local unos jóvenes apartaban sillas y mesas para hacer una pequeña pista de baile, Se pusieron a bailara con gran entusiasmo. Paco se acercó de nuevo frotándose las manos.

-Estoy pensando en poner una pequeña pista de baila. ¿Qué te parece la idea?

-No me parece mal, aunque la juventud no suele tener mucho dinero y sería negativo para el negocio que se asustaran los que sí lo tienen, como la señorita Julia, por ejemplo. Habría que buscar una fórmula, hacer un tabique o reservados. Ignoro de qué espacio se podría disponer.

-Creo que me vas a traer suerte, no sé por qué, pero lo huelo. Lo consultaré con la almohada.

-También deberías consultarlo con un arquitecto, ellos saben de estas cosas.

-“Equiliqua”. Tienes buena cabeza, chico.

 

Y se alejó tarareando al tiempo que movía los pies con cierta gracia. ¿Le gustaría el rock a aquel “carroza”? Decidí probar de registro y cambié la música, a ver qué tal resultaban las baladas. Como suele ocurrir en estos casos bailan las parejas ya formadas y el resto se queda a dos velas, son pocos los que se lanzan a buscar pareja y no la consiguen. Una chica agraciada se acercó a la barra.

-¿Te gustaría bailar conmigo?

-Como gustar sí que me gustaría, pero no sé si el patrón querrá darme permiso.

-Yo se lo pido.

Y allá que se fue, atrevida. Regresó muy contenta.

-El patrón ha dicho que eso es cosa tuya, ji,jí.

Su risita era un poco desagradable, parecía una de esas chicas pijas, de familia adinerada que parecen haberse olvidado de la finalidad del lenguaje y haberse convencido desde la cuna que el dinero de papá lo puede todo. Miré a Paco que se encogió de hombros. Bueno, pensé, mejor bailar que dormitar, y si la chica me quiere llevar a la cama no diré que no, al fin y al cabo esta noche ya está totalmente perdida para mí.

El otro camarero me miró con cara de sentirse ninguneado y sin encomendarse ni a Dios ni al diablo se acercó a otra chica y tras una breve conversación comenzaron a bailar muy cerca de nosotros. Eso acabó de animar al personal que se buscó la vida para bailar, aunque fuera con la fregona que uno sacó del almacén. Se produjeron risas y el ambiente se animó. Paco se puso tras la barra, se sirvió un cubalibre y nos observó sonriente y frotándose las manos, aquel gesto parecía ser una manía compulsiva e incontrolable cuando se entusiasmaba demasiado o se le tensaban los nervios.

La chica se frotaba contra mí con la tranquila decisión de la ola que sabe que antes o después acabará conquistando la playa. Me preguntó el nombre y fue enlazando pregunta tras pregunta hasta que comprendió que nos veíamos obligados a levantar mucho la voz. Estábamos llamando la atención y eso la desanimó. Se apretó aún más y dejó que yo la acariciara con suavidad las nalgas sobre su vestido de boutique cara. Todo iba muy bien hasta que la mala suerte quiso que uno de los discos que había apilado en el soporte, para que fueran cayendo uno a uno sobre el plato, estuviera rayado. Tuve que soltar a mi “partenaire” y salir pitando, entre las risas, silbidos y la bronca del populacho. Me costó un tiempo probar a ver si aquella rayadura se debía a la suciedad del disco o era ya una cicatriz irremediable, repasé los dos discos que aún quedaban por caer y busqué alguna balada más con la intención de prolongar el “tete a tete” con aquella chica cuyo físico no me disgustaba aunque me repateaba un poco aquella risita tonta y aquella forma de hablar tan engolada, como si fuera la reina del baile. Cuando me disponía a regresar a la improvisada pista de baile observé que el grupo de jóvenes había desaparecido dejando las mesas sin colocar. Miré a Paco quien se encogió de hombros.

 

-La juventud es así, tarambana hasta para mear. Coloca las mesas y vamos cerrando, que esto parece que no va a dar más de sí por esta noche.

Aquella fue mi primera noche en el pub de Paco. Antes de cerrar éste me recordó que fuera por la mañana, antes de la una, a la dirección que me había dado. Allí me arreglarían el uniforme que llevaba y me harían un par de ellos.

-Eso corre por mi cuenta, pero con la condición de que no vuelvas a acercarte a Bea. Fui su padrino y para mí es como una sobrina, qué digo, como una hija. Como se te ocurra desgraciarla da por hecho que te buscaré y te rajaré allí donde te encuentre.

Pensé que no era para tanto y así se lo hizo saber. Paco se enfadó mucho y a punto estuvo de arrearme un bofetón. La cosa iba en serio, mejor saberlo antes que después. Me escabullí sin despedirme y en cuanto llegué al piso me tumbé sobre la cama tal como estaba.

BEA

A la mañana siguiente, en cuanto me desperté, decidí acercarme hasta el taller de costura. Era un pequeño local por la zona de Sol en el que trabajaban tres o cuatro mujeres, al menos que yo pudiera ver desde el escaparate. Paco me había dicho que era manchego, no sé de qué pueblo, y que en el taller todas las costureras eran del pueblo.


Diario de un gigoló VI (Versión Sonymage)


DIARIO DE UN GIGOLÓ, VERSIÓN SONYMAGE
EN EL PUB DE PACO/CONTINUACIÓN

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Miré a la dama en cuestión. Una mujer delgada, bien vestida, aunque un poco remilgada para mi gusto. No estaba mal, aunque tan poco tan bien como para ir corriendo tras sus posaderas. La dama me observó con detenimiento e hizo un gesto a Paco.

-Quiere lo de siempre, un jerez seco. Esta es su botella, es especial, solo para ella. Si le sirvieras a otro y ella te viera se quejaría y yo tendría que echarte un buen rapapolvo a su presencia. Se lo vas a llevar. Te preguntará si eres nuevo. Es posible que te pida que te sientes con ella unos minutos. Me miras y yo asentiré, así sabrá que estás en el ajo. Te hará alguna pregunta. Procura ser discreto y muéstrale un poco de tu cultura, no demasiado, no te pavonees con ella. No tengo nada más que decirte. Y ahora lleva el jerez.

Lo hice. Dije un buenas noches simpático, no demasiado y dejé el jerez ante ella con cuidado. Ya me disponía a marcharme cuando ella me retuvo.

-¿Eres nuevo?

En otras circunstancias me hubiera gustado responder con alguna broma, algo así como “sí, con cara de huevo”. Pero no estaban los tiempos para hacer bromas con el trabajo.

-He comenzado esta noche.

-Siéntate ahí, solo será un minuto.

Miré a Paco que asintió. Me senté frente a ella, la silla era un poco baja para mí, procuré que mis pies no la rozaran.

-¿Es tu primer trabajo?

-No. Soy universitario y tengo que trabajar un poco para ayudarme en los estudios.

-¿Qué estudias?

-Psicología.

-Interesante carrera. ¿Te gusta la música?

-Mucho, sobre todo la música clásica.

-¿Qué compositores te gustan más?

-Beethoven…(observé un gesto en ella como diciendo, lo de siempre)… eso me hizo titubear buscando su compositor favorito… Chopin…

-¿Chopin? Tienes buen gusto. Puede que un día de estos te invite a mi casa. Tengo un maravilloso piano. Te tocaré algún nocturno y luego podremos bailar un vals. ¿Te gustan los valses chopinianos?

-Ya lo creo, son maravillosos, parece como si el alma te bajara a los pies.

-¡Qué metáfora tan bonita? ¿No serás poeta?

-Nunca he intentado escribir. Creo que no es lo mío.

-¿Y qué es lo tuyo?

-Amar. Creo que lo mío es amar.

La señorita Julia se rió de buena gana.

-Veo que a tus dedos les gusta tocar otras cosas más que los nocturnos. ¿Sabes tocar el piano?

-Me gustaría pero no tengo tiempo, estoy demasiado ocupado con la universidad, y aunque lo tuviera, no me queda dinero para tomar clases.

-Eso tiene arreglo. A mí no me importaría enseñarte… si eres bueno, claro.

Lo dijo con una malicia que me dejó descolocado. Por lo que me contara Paco me había hecho una idea de ella más cercana a la beatería y gazmoñería que al desparpajo que indicaba ahora el tono de su voz. Claro que si era verdad que se llevaba a casa a camareros y clientes para algo más que tocar el piano, estaba claro que no podía ser una beata, al menos por dentro. Tal vez se le hubiera escapado, pero por si acaso decidí recoger el guante antes de que fuera tarde.

-Lo seré-dije con un entusiasmo y una intención tan evidente que los ojos de la mujer se humedecieron.

-Así me gusta. Y ahora puedes marcharte. Gracias por tu tiempo.

El cambio fue tan brusco que creí haberla ofendido. ¿Dónde estaba el límite entre su gazmoñería y atrevimiento, entre la beata y la amante sin inhibiciones. Decidí que solo el tiempo me permitiría ver claro en aquel tupido bosque.

Regresé junto a Paco quien me ordenó ponerme a su lado, tras la barra.

-¿Cómo te ha ido?

Creo que bien- y le conté la conversación-.

La tienes en el bote, muchacho. Lo que menos esperaba era encontrarse con un camarero al que le gustara ese tipo de música. Los demás siempre se quejan de que les obliga a escucharla tocar el piano. Dicen que es una petarda. Pero si a ti te gusta ese tipo de música haréis buenas migas.

La noche se fue agitando y me vi obligado a ponerme las pilas. Algunos se quejaron de la impericia del nuevo y Paco tuvo que salir en mi defensa.

-En una semana será el puto amo de este barco. ¿Alguien quiere apostar?

Continuará.

 

Diario de un gigoló V (Versión Sonymage)


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DIARIO DE UN GIGOLÓ

CAPÍTULO I/ LILIAN

EN EL PUB DE PACO/ CONTINUACIÓN

Sin ninguna prisa, observando el entorno como un detective que se introdujera en la boca del lobo para investigar la mala vida de la esposa de su cliente, me acerqué hasta la barra, donde pedí una cerveza negra. Un hombre, mitad oso, dada su envergadura, y mitad humano, a juzgar por su tripita cervecera, se acercó hasta el lugar donde me había aposentado, con una sonrisa servicial en la boca.

-¿Qué va a ser?

-Una cerveza negra.

-¿Cualquiera?

-Cualquiera.

Me sirvió una jarra.

-A esta invita la casa.

-¿Y eso?

-Me da en la nariz que vienes a algo más.

Me enfadé un poco por su soberbia de creerse capaz de leer mis pensamientos.

-¿Cómo a qué? Si puede saberse.

-No te enfades, chico, ¿no has visto el letrero en la puerta?

-Así es, pero cómo puede saber que me interesa.

-Pareces universitario y perdona que te lo diga así, pero también se te ve como necesitado de redondear tus ingresos.

Me miré la ropa. Llevaba la camisa desgarrada y con manchas, tal ves de la copa que alguien me arrojara por encima. Eso me ablandó un poco.

-¿Sigue en pie la oferta?

-Pues claro. Si tuviera camarero ya habría retirado el cartel. ¿No crees?

Así se inició mi relación con Paco. Así dijo llamarse mientras me tendía su manaza de oso.

-El empleo es tuyo, si lo quieres.

-¿Así, sin más?

-¿Quieres que te haga una entrevista de trabajo?

-No, claro pero no me conoce de nada. Ni siquiera sabe si he trabajado alguna vez de camarero.

-¿Lo has hecho?

-Sí, pero…

-Pero nada. Eres un chaval fuerte y pareces despierto. Aprenderás pronto.
Con el tiempo, otro camarero (el pub tenía tres, además de Paco) me sacaría de dudas. Fue mi prestancia la que le hizo decidirse tan pronto. El atractivo físico era una condición básica para trabajar allí. Al parecer acudían muchas damas solitarias buscando compañía fácil. Cuando no encontraban algo de su gusto entre la clientela habitual acostumbraban a invitar a una copa al camarero de su gusto y luego podían pedirle que les acompañara a casa o donde fuera que hubieran situado su nidito de amor.

Paco hacía la vista gorda de todos estos tejemanejes a cambio de un porcentaje, un tanto por cien que cobraba al camarero de turno o al cliente de turno que quisiera utilizar las habitaciones que poseía el dueño en el piso de arriba. En resumidas cuentas que Paco era un discreto y amable celestino. Incluso solía invitar al pelma de turno que iba por allí solo a echar un “vistazo” con el fin de saber si se trataba de un cliente potencial o si acabaría por dar más problemas de lo que valía, como el mismo Paco me contaría con el tiempo.
Pidió a uno de los camareros que ocupara su lugar tras la barra y me hizo pasar a la trastienda. Me invitó a sentarme en una silla y él ocupó un sillón tras una pequeña mesa de despacho. No había lugar para más en aquel diminuto cuartucho. Iniciamos la conversación hablando de lo que más nos interesaba a ambos. Quise hacerme el duro y puse mis condiciones.

-Soy universitario, necesitaré una noche libre la víspera de exámenes y horario a tiempo parcial cuando tenga que preparar alguna asignatura difícil.

-Hecho.

-Antes de abandonar mi trabajo como portero de discoteca me gustaría saber cuánto voy a ganar aquí. Para perder dinero no necesito cambiar de trabajo.

-¿Cuánto ganas allí?

Inflé mi salario, intentando hacerme el listillo, a ver si colaba.

-Hecho.

-Y paga usted el uniforme.

Había observado que los camareros llevaban camisa negra con pajarita, con pantalón de tergal del mismo color.

-Hecho. ¿Algo más?

Abrí la boca buscando conseguir mejores condiciones puesto que me lo había puesto tan fácil, “a huevo”, pero no se me ocurrió nada más. Paco escupió en la palma de su mano derecha y me la tendió con una sonrisa.

-Soy de pueblo, hijo mío, allí sellamos los tratos de esta manera. Nada de papeles. Si estás descontento con algo me lo dices y veremos qué se puede hacer. Si estás enfermo llamas y yo me lo creo, siempre que no abuses. ¿Podrías empezar ahora?

-¿Ahora? Tendría que trabajar tal como voy vestido.

Y señalé mi camisa. Paco rió.

-¿Has tenido alguna batalla campal con una chica?

-Algo parecido.

Su sonrisa se ensanchó.

Así me gusta. Vamos a probarte uno de mis uniformes.

Abrió un armario disimulado en la pared y descolgó de una percha una camina y un pantalón.

-Nadie va a fijarse en tus zapatos por esta noche. ¿Tienes zapatos negros?

-Sí, un par para vestir. No me desagrada el negro.

-Me gusta tu honradez, chico, podrías haberme dicho que no para que te comprara un par. Pues mira, por “honrao” te voy a dar para un buen par de zapatos y un pequeño adelanto. Mañana quiero verte con zapatos negros.
Abrió un cajón, rebuscó en él y me tendió un par de billetes.

-Y ahora pruébate esto, mañna por la mañana pasarás por la dirección que te voy a dar para que te hagan unos arreglos y te confeccionen una camisa y un pantalón de repuesto. Mucho ojo, chaval, la chica es mona pero es del pueblo, es como si fuera una hija para mí. ¿Me entiendes? Como se te ocurra camelarla y luego dejarla tirada te voy a dar una somanta de “ostias” que no te va a reconocer ni tu padre. Y te lo dogo muy en serio. ¿Lo has pillado?

-A sus órdenes.

-Nada de bromitas con esto. Y ahora quítate la ropa y ponte esto. No te preocupes que te vea en calzones. Estoy curado de espantos y además me gustan las mujeres y mucho. Si fueras una mujer y te viera en bragas no respondería de mis instintos. Pero tú llevas calzones, ¿no, chaval?

-Imagino lo que quiere decir. Me gustan demasiado las mujeres para hacer tonterías.

-Eso espero, porque aquí los camareros somos todos muy machos. Te adelanto que si alguna dama te tira los tejos debes hacerle caso. Habla conmigo y podrás salir antes. Si luego te hace un “regalito”. ¿Sabes lo que quiero decir? Pues me lo dices y hacemos cuentas. Confío en ti, chaval, tienes cara de “honrao”.
Me probé sus ropas, las mangas me quedaban largas. Paco las recogió con mimo. El pantalón era un poco ancho. Paco me apretó el cinturón sin contemplaciones. Apenas me sobraban unos dedos de largo. Nuestra estatura era muy parecida. Recogió un poco los bajos y me colocó la pajarita.

-Listo. Si tienes alguna dificultad vienes a la barra y te pongo al loro. Hoy te echarán una mano los compañeros, pero mañana quiero que te defiendas tu solito y dentro de una semana serás el amo en “The Sailor”.

Lo pronunció tal cual, “De Sailor”. De esta guisa me acompañó hasta la barra. Me colocó a su lado mientras echaba un vistazo a la concurrencia.

-De momento está tranquilo. Te enseñaré dónde están las botellas, cómo servir una jarra de cerveza “como el fó” y cómo preparar un martín, los cócteles los dejaremos para mañana. ¿Ves aquella dama del rincón? Es la señorita Julia, una solterona aceptable, tiene mucha pasta, vive de las rentas, y ya te ha echado el ojito. Esta noche no te invitará, no te conoce de anda, antes querrá ver cómo te desenvuelves, pero lo hará un día de estos, seguro. Hazte un poco el remilgado, no mucho, porque a ella no le gustan demasiado fáciles, pero tampoco muy complicados. Tú mismo sabrás cómo maniobrar, ni demasiado fácil ni se lo pongas muy complicado. Te llevará a su piso y te dará una buena propina. Quiero el veinte por ciento y no me engañes. Sería una estupidez por tu parte.

Continuará