Categoría: RELATOS MUSICALES

NOVENA SINFONÍA DE BEETHOVEN IV


ALLEGRO FINALE

Despertemos, hermanos, del sueño oscuro , del silencio aterrador del alma, de la noche sin límites, del deseo en que duerme la bestia. Hágase la luz, que alboree el día, que nazca por fin la alegría en nuestros corazones sumergidos en el océano del dolor. Ha llegado el gran momento que esperábamos desde el primer llanto inteligente. Están pasando ya los tiempos de la calamidad, de la desdicha sin esperanza, de la plaga apocalíptica, de la epidemia de odio inoculada en nuestra sangre con el primer aliento. De lo más profundo de la tierra clama la irresistible llamada del amor.

Con dedos, formados con la luz que habita nuestros corazones, perfora las rocas; con uñas diamantinas horada infinitos túneles hacia el sol que vuelve a brillar, allá sobre las altas cumbres. Con dientes resplandecientes deglute tierra y fuego. Con ojos ardientes de divino gusano puede ver ya sobre la superficie la luz del astro que nunca se ocultará.

Alegría…Alegría… hija predilecta del amor, la criatura más hermosa de la creación, te rogamos que nos acojas en tus brazos amorosos, acuna nuestras penas hasta que nuestros ojos, tristes y vacíos como la nada, se cierren en el sueño infinito de la muerte. Que dance la bella doncella, que dance sobre la punta de sus virginales pies. La que no ha sido hollada espera nuestros besos. Brinquemos todos a su alrededor acariciados por su mirada maternal.

Alegría…Alegría… aliento divino, vino embriagador, elixir de la eterna felicidad. Hermanos, bebamos todos de su copa, apuremos su contenido hasta las heces. Luego continuemos danzando todos juntos, las manos unidas, los pies entrelazados, las miradas ardientes, los pechos hinchados bajo el oleaje atronador del amor. Sobre el barrizal creado por la lluvia de nuestras lágrimas los truenos del odio intentan opacar la música que nos ahoga, los rayos del rencor sobre nuestras cabezas iluminan un cielo oscuro, apocalíptico, donde ya se ve asomar la rubia cabeza del sol de la alegría. ¡Qué largo el camino recorrido! ¡Qué atroz el abismo! Mirar hacia atrás nos sume en el vértigo, el mal se acurruca allá en el fondo donde aún no puede llegar la luz. Estamos preparados para el gran momento. Que nuestros pies se muevan al compás de la danza. Se acerca el gran día, largo tiempo esperado. El tiempo de la calamidad está pasando y se acerca otro tiempo, su alegre y majestuoso tema está surgiendo de las profundidades de la tierra. Las fuerzas de la oscuridad tratan de detenerlo pero él sigue avanzando a su majestuoso ritmo. Su alegría es incontenible aunque aún esté teñida de la melancolía de tan trágico pasado.

Arriba hermanos. Henchid vuestros corazones de gozo porque por fin somos conscientes de la gran verdad que se nos ha ocultado tantos siglos: “Todos somos hermanos”. Tendamos nuestras manos, enlacemos nuestros dedos, formemos el círculo perfecto y preparemos nuestras cuerdas vocales porque el himno que se acerca desde el fondo de nuestros corazones nos aliviará de cada herida. ¡Oh hermanos, el gozo divino por fin ha sido descubierto! Cesen las dudas, cese el llanto. Cantemos ahora. ¡Oh alegría! Condúcenos por las verdes alamedas a ese paraíso del espíritu que todos hemos soñado. Alegría …

Respondamos todos- ALEGRÍA. El amor que brota de nuestros corazones está terminando con los últimos jirones de la noche. Hombre, mujeres, niños, bajos, tenores, sopranos, voces infantiles, entonad el himno inextinguible. Alegría …ya nadie recuerda el dolor pasado, las lágrimas han sido enjugadas. Las bombas han sido desmontadas y su terrible secreto enterrado en el centro de la tierra, donde está siendo devorado por el magma. Marchemos alegres, paso marcial, al ritmo de la más pura alegría. Todos los hombres son hermanos. Ya no habrá verdugos ni víctimas, ricos ni pobres, ya no habrá más odio en los corazones.

Marchemos lavados por la sangre de los corderos que hemos degollado, rebaños inmensos nos acompañan, cantando con sus voces el himno a la alegría. Nada puede detener ese ritmo que hace brincar nuestros pasos sobre las piedras del camino. Todos unidos a la busca del Elíseo, allí donde nadie necesita esconderse cada vez que tropieza con otro hermano, ni será preciso buscar en su rostro el signo de Cain, taladrar sus ojos esperando la mentira. Soy algo que nada ni nadie puede destruir, grita el tenor. Estoy de acuerdo… Estoy de acuerdo…

Se entrelazan las voces de soprano y mezzosoprano: La belleza alumbra nuestro camino. Las frases se juntan, se separan, se distancian, regresan, vuelven a encontrarse. Sí… Sí… es preciso creer en el espíritu, en algo inmortal; solo lo que permanece para siempre nos da seguridad. Alegría… Felicidad… Sí…Sí… es preciso creer, ya no sirven las dudas. De pronto el silencio. La alegría ha sido cortada de raíz. Surge una pregunta de todas las gargantas, un clamor sin respuesta: ¿Cómo un espíritu es capaz de semejante degradación? ¿Cómo un Dios puede permitir esto? ¿Quién nos asegura que no estamos solos? Una chispa puede brotar en cualquier lugar pero eso no enciende un eterno fuego purificador. Las manos enlazadas se pueden tensar buscando el frágil cuello del hermano, el odio es capaz de volver a crepitar entre los dientes. ¿Quién nos asegura que no volveremos al principio a ese continuo rechinar de dientes, la única música que existe en el infierno, capaz de sumergir a todo un planeta en una orgía de sangre, en una desatada carnicería de depredadores?

Alegría. ¡Que cesen las dudas! El ritmo es ya imparable y todo terminará por danzar de puntillas girando en círculos perfectos, hombres, bestias, plantas, hasta las piedras se unen en la música de las esferas. El asesino más frío no puede evitar que sus pies dejen de danzar, ni un solo instante. Mientras intenta aproximarse a su víctima la danza le envuelve en la locura de la alegría. El viejo puñal cae al suelo de sus manos febriles por la música y allí es pisoteado por millones de pies que saltan, que permanecen ingrávidos en el aire. La alegría lo puede todo. Hasta los eternos agoreros son incapaces de pronunciar sus terribles conjuros, se atraviesan en sus gargantas y de ellas brota el canto tanto tiempo reprimido. Nada tiene poder contra el elixir de los dioses.

Solo tu Beethoven, sordo y enfurruñado profeta, solo tú has podido libar del santo Grial. Algún día no muy lejano lo haremos todos. Mientras tanto que suene tu novena sinfonía, que suene hasta el fin de los tiempos, sobre el árido desierto de asfalto, en los cañones de los fusiles, en las playas ensangrentadas, en el rojo océano del odio; que apague el sórdido rumor del dinero, que ilumine la noche de los deseos oscuros, que sople como un huracán arrasando las viejas colinas del poder, donde momificados tiranos intentan sobrevivir a sus incontables víctimas. Que los gélidos terroristas que quieren asesinar estos tiempos sean castigados a escucharte hasta que el hielo de sus corazones se derrita en amargas lágrimas de arrepentimiento. ¿Quién será el último director que con su batuta en la mano se vea obligado a detener la orquesta, porque la música de la alegría está brotando de todos los corazones en este planeta-purgatorio?

¡Oh, tu Beethoven, viejo amigo, quiero que acompañes un día mis doloridos huesos al sepulcro, tarareando desafinadamente tu música inmortal! Nadie te verá, pero yo sí te veré, viejo amigo, yo sí te veré…

PARA TODAS LAS VICTIMAS DE LA VIOLENCIA DE CUALQUIER PAÍS, RAZA, RELIGIÓN, SEXO, IDEOLOGÍA. ESPECIALMENTE PARA VOSOTROS LOS NIÑOS, LAS VICTIMAS ENTRE LAS VICTIMAS. SI ALGÚN DÍA LA HUMANIDAD ES PERDONADA SERA GRACIAS A VOSOTROS.

NOVENA SINFONÍA DE BEETHOVEN III


TERCER MOVIMIENTO ADAGIO MOLTO E CANTABILE

Detengamos nuestros pasos a un lado del camino, busquemos la sombra de los feraces bosques, la mansa corriente del riachuelo, la tibia hierba que aguarda a nuestros cuerpos agotados. ¡Que se haga el silencio en nuestros corazones!

Sin duda ha sido una larga travesía. ¿Ha merecido la pena? La melancolía llena de lágrimas nuestros ojos al volver la vista hacia el camino recorrido. Todos se han quedado en él, generación tras generación se han transformado en polvo pegado a nuestros pies. Todos se creían inmortales, el verdugo y la víctima, el rico y el pobre, el poderoso y el esclavo. Del suelo abonado por sus cuerpos ha brotado la nueva cosecha, pero el deseo insaciable es madre de la hambruna, la tierra fértil es ahora un erial donde millones de buitres revolotean hambrientos. A pesar de todo aún queda un poco de esperanza en los corazones. Sí hermano, cantemos, que sea un canto triste porque los corazones rebosan de dolor, pero que sea un canto: hasta el réquiem es también canción. Que las lágrimas resbalen hasta el suelo, no las detengamos vergonzosos porque la tierra que pisamos necesita el agua de la vida. Una lágrima por el cruel verdugo que no supo reconocer a su hermano arrodillado a sus pies, otra por la víctima incapaz de ver más allá del rostro de su hermano al verdugo que debió ser aniquilado. Una por el rico que sentado a la mesa donde celebra banquete tras banquete devoró, miope, el corazón del hermano pobre. Otra por el pobre sumiso que no supo luchar por la migaja de pan necesaria para su cuerpo enfermo. Una por el poderoso, erguido como un dios, en la cima de la montaña de cuerpos indefensos mirando hacia un horizonte lejano que no llenará sus ansias de poder. Otra por la cerviz inclinada que solo puede ver las llagas en sus pies.

Todos están muertos, los anónimos y los nombres en el libro de historia. Juan Nadie y Napoleón Bonaparte, Perico de los Palotes el tonto del pueblo y Hitler el frío exterminador de tontos del pueblo. Ahora buscamos entre las cenizas las que correspondieron a Napoleón, utilizamos nuestra sofisticada tecnología para diferenciar unas de otras y las vendemos en subastas de altos vuelos, pero pegada a la ceniza del que un día fue el gran Napoleón está la de Juan Nadie, a uno lo ensalzamos y del otro no nos acordamos, pero los dos están muertos, transformados en polvo. Una lágrima por todas las cenizas y continuemos el camino. Pisando túmulos funerarios una nueva generación se yergue frente al horizonte donde el sol se oculta dejando franjas anaranjadas sobre el límpido cielo.

¿Ha merecido la pena? ¿Ha merecido la pena tanto dolor, tanto odio, tanta desesperación? Quienes han utilizado la espada están ahora al mismo nivel de los desventrados por el acero. Quienes han vivido en la opulencia, han disfrutado de los placeres sensuales, al mismo nivel de los que han hozado en el suelo buscando raíces con que calmar sus vientres vacíos. Sí, todos ellos están ahora muertos, eso les iguala en un mismo destino.

Aún queda un poco de esperanza. Sobre la montaña más alta de la Tierra una nueva generación contempla melancólica el nacimiento de un nuevo sol. El sol es el mismo pero el día es nuevo. A lomos de un majestuoso caballo blanco galopa la esperanza renacida. Quienes sueñan con un mundo nuevo alguna vez serán recompensados por su silenciosa oración. Algún día verán al cordero divino pacer al lado del lobo, al león dejarse acariciar por las manos inocentes de los niños. De las espadas se harán rejas para el arado y de las lanzas cazuelas para el potaje comunal.

¿Ha merecido la pena? Hombres torturados, desmembrados, niños arrancados del vientre de sus madres. Pueblos arrasados por bombas que forman hongos apocalípticos en el cielo. Millones de seres tendiendo sus manos vacías hacia sus barrigudos y obesos hermanos. ¿Ha merecido la pena? Sí, mil veces sí, pero lloremos unos instantes por quienes han quedado atrás, tendidos a la vera del camino. Por los profetas degollados, por las visiones enterradas en la oscuridad de inmundos calabozos. Por los niños inocentes a quienes han cerrado los ojos violentamente antes de poder comprender el mundo que les rodeaba. Por el amor pisoteado lloremos, por la esperanza desangrada lloremos, por la inocencia groseramente corrompida lloremos. El momento del llanto ha cesado, pongámonos en pie, es hora de seguir paso tras paso hacia el horizonte. Mientras lo hacemos entonemos la canción siempre nueva: Alegría, sutil elixir del paraíso, aún no merecemos beber de tu copa pero algún día no lejano nos haremos dignos de compartir todos juntos, como hermanos, el dulce fuego que reanimará nuestros huesos cansados.

* * *

NOVENA SINFONÍA DE BEETHOVEN II


SEGUNDO MOVIMIENTO

Un brusco acorde. Comienza la corta y sanguinaria historia del hombre. Una carrera desenfrenada hacia alguna parte que tal vez solo los dioses conozcan. Pavorosos redobles de timbal interrumpen la larga marcha. La especie humana necesita revolcarse en una orgía de sangre, en la ciénaga de la crueldad, en una espantosa ansia autodepredadora, carnicería capaz de terminar para siempre con cualquier especie infectada de este ponzoñoso virus. Una especie emponzoñada y sin embargo en cada ser humano esconde en su fondo el misterio luminoso, siempre acaba por surgir una chispa de luz en mitad de la más negra noche que los tiempos conocerán nunca. Cada cierto tiempo el cielo nos regala un ejemplar que parece tocado por la divinidad, capaz de hacer brotar de la sangre derramada nueva vida, de la crueldad más abyecta un nuevo concepto del amor. Y el ritmo sigue implacable, cada vez más alegre, más agitado, clamando por nuevas metas.

¡Eh aquí al hombre!. Fantástica y ridícula criatura, una espada en su mano derecha, una antorcha en su izquierda, en sus entrañas el instinto de supervivencia retorciéndose como monstruo hambriento. Buscando el alimento cotidiano descubre el cultivo de la tierra, el pastoreo de sumisos animales. La música sigue a ritmo endiablado, la historia del hombre también. Redobles de timbal anuncian la manifestación de la bestia que lleva dentro. Comienzan las grandes batallas de la historia, las víctimas dejan de tener nombre y se convierten en huesos enterrados en cualquier parte. Se colocan en fila, sumisas, para ser degolladas una tras otra por el verdugo implacable que tan sólo cumple órdenes del tiránico señor, ninguno de los dos se inmuta. Los corderos degollados tampoco.

Redoble de timbal. Perdido en un tiempo remoto un siervo encuentra una chispa de dignidad en alguna parte misteriosa de su dormida consciencia y se rebela: vuelan cabezas de dignos señores, vuelan cabezas de siervos; el siervo más fuerte, más musculoso, más inteligente, se convierte en señor. La sangre empapa la tierra, una rojez tenebrosa lo envuelve todo, pero la música sigue su ritmo imparable, nada puede detener el curso de los tiempos. En el cósmico reloj de arena diminutos granitos resbalan pausadamente a través del estrecho cuello de la gran retorta; cada galaxia, cada estrella cada planeta, cada ser vivo tiene su propio tiempo que avanza inexorable hacia el todo desde la nada, ¿ hacia dónde sino?. El hombre sigue empapando el suelo con la sangre de su hermano, pero de él brotan las semillas de nuevas ideas, nuevas revelaciones, firmes pasos hacia delante. Cada conquista del espíritu se acompaña con la invención de nuevas armas, por si acaso, por si a pesar de todo es preciso acabar algún día con la vida del hermano. El garrote, la espada, el cañón, la bomba, el misil balístico intercontinental. La lucha por el pan, la lucha por la libertad, la revolución del esclavo buscando sus derechos, la rebelión contra la alienación de la sociedad de consumo. Una de cal y otra de arena. Sobre las tumbas de millones de víctimas un profeta clama, conjura a la indomable voluntad del espíritu libre. Un paso adelante y otro hacia atrás, solo una especie es capaz de un baile ritual tan esperpéntico: el hombre. A pesar de ello sigamos adelante mientras aún quede un suspiro de esperanza. Mientras aún la sangre resuene en nuestras venas. Atruenan los timbales, que termine el baile.

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NOVENA SINFONÍA DE BEETHOVEN I


RELATOS MUSICALES

SINFONIA Nº 9 EN RE MENOR OPUS 125 CORAL

VERSION DE LA ORQUESTA FIRLARMÓNICA DE VIENA DIRIGIDA POR KARL BOHM CON JESSE NORMAN, BRIGITTE FASBINDER, PLACIDO DOMINGO Y WALTER BERRY

PRIMER MOVIMIENTO ALLEGRO MA NON TROPPO UN POCO MAESTOSO

En el principio era el silencio y la oscuridad. La noche eterna se extendía por el infinito vacío. Ni la tenue respiración del ser, ni la ardiente mirada de unos ojos vírgenes alteraban el diminuto círculo del no-tiempo. Tal vez solo el sutil oído de la divinidad hubiera podido captar la tenue respiración anhelante de lo que aún no es. La duda de la GRAN MENTE es solo un susurro en el centro de la oscuridad mientras se pregunta si debe o no lanzar su voluntad hacia la ingente tarea de crear un universo.

En el principio fue la luz palpitando agónica en la oscuridad. Apenas un punto brillante en el espacio infinito. Tan solo el leve rumor que produce un suspiro tenue, muy tenue. Suficiente para que se inicie el tiempo, la más extraña creación que mente alguna pudo imaginar. Un pequeño fragmento, el primero de la infinita línea temporal que comienza, se expande desde el punto y crea el espacio. La LUZ, el TIEMPO, el ESPACIO, solo faltaba la MIRADA.

El gran feto primigenio se hincha palpitando, se intensifica la luz hasta barrer la oscuridad y de pronto la explosión, LA GRAN EXPLOSION.

Ha nacido un luminoso bebé que expande su cuerpecito rodeado por apocalípticos sollozos explosivos. Risueño, balbucea incapaz de comprender lo sucedido: acaba de nacer un universo en medio de la NADA. ¡Oh mi Dios!, solo el silencio es tan hermoso. Al fin se inicia la nueva sinfonía del tiempo, una sinfonía nunca oída anteriormente, compuesta con los compases de una imparable marcha que ya no se detendrá nunca. ¿Cuántos eones para la formación de una galaxia?. ¿Cuántos millones de años son necesarios para la ignición de una estrella?. ¿Cuántos milenios para la preparación de un planeta en el que algún día surgirá la vida?. El tiempo es un universo tan inmenso que cualquier mente se perdería en él al primer paso, es preciso acortar y retardar el ritmo para que los seres vivos puedan bailar sus cortas existencias a la cadencia correcta, la que les permite ser conscientes de sí mismos. Lanzado el tiempo al vacío su curso es tan inexorable como un río caudaloso despeñándose desde la alta montaña en busca del mítico océano del reposo, eso que algunos llaman samadhi, que permite descansar para siempre, disfrutar de una absoluta felicidad, un estado de consciencia inimaginable para quienes permanecen en sus inmutables orillas sin el menor deseo de abandonarlas.

Un breve silencio para arrullar a la nueva criatura que surge del vientre invisible. Ninguna será concebida tan endeble, pero será ella y solo ella la que acabe dando el paso definitivo hacia la consciencia de sí misma, una meta que no ha cejado de buscar el universo desde su explosivo nacimiento. Un suave gemido, un llanto tan atenuado que escapa de toda percepción. Alegrémonos. Fuerte redoble de timbal… aquí está el hombre.

Nadie hubiera apostado una molécula de oxígeno por su supervivencia. ¡La criatura más indefensa de la creación, el fetillo dormido a merced de todos!. Pero observad como se pone de pie para luchar con toscos garrotes contra fieras hambrientas. Contempladlo en sus oscuras y malolientes cuevas, tan asustado que despertaría compasión en las bestias si estas hubieran sido dotadas de sentimientos. Sin duda la batalla está perdida, pero los dioses envían a Prometeo para proteger sus largas noches de todos los peligros visibles e invisibles que acechan en un mundo hostil, a él tan vulnerable.

Pero detengamos la danza y preparemos nuestros espíritus para la gran aventura que se aproxima.

PEQUEÑA PIEZA OPUS I NÚMERO I



RELATOS MUSICALES II
Dedicado a Conchi, mi esposa. Feliz cumpleaños, cariño. Es mañana. Me adelanto un poco.

NOTA: Este relato lo escribí cuando aún estaba soltero y ni siquiera éramos novios. ¡Cuánto tiempo! Forma parte de una serie de relatos musicales, que junto con una serie de poemas y otros textos, conformaron mi estrategia para seducirla. Ahora he creado un album, La musa del escritor, recopilando textos y fotos. Comprando en los chinos un album de presentaciones e imprimiendo textos con fotos queda una edición personal muy maja, no es un incunable pero desde luego bastante mejor que una edición de bolsillo. Les sugiero que hagan algo parecido con sus obras, se merecen eso y más, y si les apetece escribir algo para su pareja no se corten. Me olvidaba mencionar que también le escribo relatos eróticos, pero son solo para ella, lamento que no pueda dejarles pasar la puerta.

PEQUEÑA PIEZA PARA DIRECTOR, ORQUESTA DE INSTRUMENTOS DE CUERDA Y MUJER MORENA.OPUS 1-Nº 1. –

El director emergió de las sombras y ascendió al escenario estirando la pechera de su reluciente chaqué. La batuta en la mano, la cabeza baja, caminaba rígido hacia el centro de aquel pequeño mundo iluminado por potentes focos multicolores que convertían cada rincón en una maravillosa fantasía cromática. Su paso es cansino, lento, envarado, como una marioneta manejada por manos inexpertas.

Sin levantar los ojos del suelo multicolor inclina el tronco en una profunda y rígida reverencia hacia la concurrencia. Su espalda restalla como un muelle forzado hasta el límite: por un momento estuvo a punto de quedarse así: un maniquí roto, ridículamente doblado por su ancha cintura. Con un formidable esfuerzo de voluntad endereza el torso, su rostro se distiende en una semisonrisa rígida, estereotipada, que un cambio de luces convierte en la mascara de un payaso, la boca roja, las mejillas de azul oscuro.

Abre los ojos y la sorpresa está a punto de terminar con una compostura adquirida en años de meticulosa autoobservación. Su rostro empalidece repentinamente, acentuándose su blancura al pasar el cromatismo de luces al blanco brillante de un solo foco iluminando la sorpresa en su cara. La boca se abre transformándose en una caverna y se cierra de golpe como una puerta batida por el viento. Las butacas vacías resplandecen bajo la brillantez de las enormes arañas. No se escucha la preceptiva ovación, un silencio omnipresente lo llena todo observándole con sus mil caras invisibles desde los asientos.

– Bien –piensa -, no entiendo nada, ¿qué se puede hacer frente al destino?, pero al menos me queda la música; soñaré dulcemente con mis paraísos sin la preocupación de que irrumpan en ellos quienes no comprenden , de que hollen con sus monstruosos pies mis rincones predilectos.

Se volvió hacia la orquesta alzando los brazos para dar la entrada; la batuta queda vibrando en el aire, paralizada por el asombro de su dueño. El escenario también se encuentra vacío, en cada silla un instrumento sin dueño le contemplaba inexpresivamente. Los violines permanecen de pie en sus asientos, casi de puntillas, atentos a su gesto. Los violonchelos se apoyan cansados en sus sillas, con las tripas tensas, preparadas para rugir rítmicamente. Los instrumentos de viento descansan plácidamente esperando su turno. Toda la orquesta está preparada, como siempre, aunque esta vez no han comparecido los músicos; no se les echa de menos, como si nunca hubieran existido, los instrumentos muestran tal vida que no necesitan de la presencia humana.

Al salir de su asombro puede contemplar frente a él, perfectamente visible, humana, real, una hermosa mujer morena con un largo vestido de noche color rojo sangre. Se queda estupefacto mientras ella le sonríe, amorosa y alegre. Se permite el descaro de examinarla a placer puesto que no se muestra molesta, al contrario le invita a hacerlo complaciente y con gesto pícaro.

No comprende cómo semejante visión ha podido pasar desapercibida para sus asombrados ojos desde el primer momento; tal vez no se encontraba allí antes, surgida del vacío como Venus Afrodita de las olas – ahora ya nada puede sorprenderle- o simplemente la vieja rutina de salir al escenario le ha privado de percibir toda aquella monstruosa novedad. Ahora lo único que importa es su cálida presencia, la culminación de sus visiones paradisiacas tantas veces vislumbradas en sus interpretaciones.

Aquella mujer es hermosa, muy hermosa, el óvalo de su rostro casi perfecto; su cuerpo un prodigio de armonía cristalina a pesar de la rotundidad de sus formas que se adivinaban a través de la fina tela del vestido. Sin embargo lo más atrayente de su persona son sus ojos, magnéticos, misteriosamente luminosos, claros y profundos como la más hermosa noche estrellada del universo desde su creación; una noche solo posible en cada ciclo cósmico de expansión y contracción que sufre el universo en el infinito vacío de su eternidad. Resume y compendia toda la belleza y variedad de las noches transcurridas a lo largo de milenios, de eones, que evoluciona en todos los universos con ritmo inalterable, al compás de la música de las esferas.

La mujer se ve obligada a chasquear los dedos para que el director vuelva a la realidad. Le recrimina – con voz sutil, cantarina, sensualmente femenina- semejante embelesamiento y le invita a dirigir de una vez la orquesta que aguarda. Él está a punto de protestar enérgicamente la falta de músicos, la ausencia de público, pero reflexiona sobre la imposibilidad de que la lógica explique nada de lo que está sucediendo; cualquier palabra podría ahuyentar una visión tan milagrosa e irrepetible. Alza los brazos con la fina batuta brillando en lo alto en el típico gesto de atención a la orquesta.

Golpea el atril con ella reclamando inútilmente un silencio que nunca se ha roto y entonces, con el suave y preciso movimiento que le caracteriza, marca el ritmo lento, melancólico, adagioso, del comienzo de la pieza.
No se sorprende cuando oye a los violines musitar la dulce queja, ni a los violonchelos responder enérgicamente con dolor melancólico. Ni siquiera mira hacia las sillas para contemplar la evolución de aquella orquesta apocalíptica, sólo tiene ojos para la mujer que ha cruzado las piernas con el movimiento de la blanca y acariciante ola que rompe en una playa virgen de suave arena, susurrante y ardiente.
Ella sonríe, alegre, con su boca de terciopelo, animándole a seguir. No necesita semejante invitación, sus brazos son un océano de infinitas olas que se mueven de mil maneras buscando todos los matices imaginables. En cambio sus ojos vuelan al encuentro de la hermosa visión que resplandece ahora en toda su pura belleza y se transparenta en cada rincón del oscurecido escenario, iluminado tenuemente por multicolores y sutiles haces de luz.

El rostro de la mujer se va transformando al compás de la música, es un rostro con los rasgos y colores de todas las razas, de todos los tiempos, de todos los lugares. En él se pueden contemplar visiones atemporales de países desconocidos, de tiempos remotos, quizás pasados o quizás por pasar; visiones de trágicos amores protagonizados por la hermosa dama morena, de melancólicos atardeceres, de besos interminables y apasionadas caricias, de dulces culminaciones, de resplandecientes finales amorosos que discurren plácidamente como anchos, tranquilos y profundos ríos movièndose en la llanura.

Es una hermosa sinfonía, llena de momentos alegres o tristes, melancólicos o apasionados momentos pasados o futuros con infinitos rostros que son solo uno o en múltiples lugares que tienen un único nombre y un solo hechizo.

La dama de rojo le sonríe desde todos los puntos de su basta visión; no importan sus rasgos, aquellos ojos resultan inconfundibles, es la mirada profunda de la única noche, del único cielo que contiene en si todos los encantos y maravillas del cosmos.

Se deja llevar y viaja con ella por un universo inagotable, no importa hacia donde, ni importa el tiempo transcurrido o por transcurrir, solo su rostro, su mirada iluminando los ciclos de nuevos e inmensos mundos que empiezan a crearse.

FIN

FANTASÍA PARA VIOLÍN SOLO OPUS 6-1


NOTA PREVIA: Este relato tiene muchos años, lo escribí estando soltero ( ni te cuento) como otros muchos, también poemas, con los que me propuse conquistar a la que hoy es mi mujer (eso indica que tuve éxito). Hace también algunos años, bastantes, decidí enviarlo a un concurso de relato corto y ha sido el único texto que tuvo una mínima repercusión en los concursos literarios, logró el tercer premio, un accesit en un concurso literario de La Mancha, cuando a mi ni se me pasaba por la cabeza que algún día acabaría aquí.

Dedicado a Conchi, mi esposa, con todo mi cariño. Para su cumpleaños, que ya se acerca, tengo reservado el titulado: Pequeña pieza para director de orquesta, orquesta sinfónica y mujer morena.

RELATOS MUSICALES
FANTASíA PARA VIOLíN SOLO OPUS 6 Nº 1 SOBRE UN TEMA AMOROSO

En alguna parte suena un violín, su sonido es suave, titubeante, como temeroso de iniciar una fantasía que nunca podrá terminar. Abro la ventana a la noche agujereada de estrellas y me siento sobre una silla esperando escuchar el arranque de la música. Por fin comienza, con melancólica fuerza inicia su triste discurso.

“Me gustaría hablarte sin palabras para que mi mirada te dijera todo; seducir tu corazón con la maravillosa música, siempre vieja y siempre nueva del amor. Pero, ¡oh ironía de la vida!, aquí estoy esta noche, soñando, mientras arrojo borrones sobre un papel. La fantasía me lleva fuera del tiempo a un extraño lugar donde puedo abrazarte, besarte dulcemente sin correr desbocado detrás de un fantasma, sin saltar valla tras valla en una loca persecución sin final; aquí estoy sin decidirme a tirarme de cabeza a un abismo sin fondo”.

He apoyado mi cabeza en el alféizar de la ventana, el violín ha dejado de luchar contra algo que le hacía daño y ahora su música parece volverse más dulce, me imagino el brazo del invisible violinista moviéndose en el aire con lentitud acariciadora.

“En mi ensoñación estúpidas palabras van formando un ridículo poema. Empapelaré tu cuarto de poemas, contaminaré el universo de palabras, al final acabaré abriéndome la cabeza contra la pared. Despertaré por la mañana, tú estarás ahí con tu belleza deslumbrante, tu alma fuerte y dulce, tu dolor y tu miedo, mirándome con esos ojos infinitos, tan reales que no quiero volver a dormirme nunca, ningún sueño es tan hermoso como esa mirada que me hiere tan hondo”.

El gemido del violín me ha despertado, la noche sigue clara y tranquila, pero algo me hace presagiar una tormenta.

“Me gustaría reírme, olvidar… pero tú estás ahí, enfrente, en medio de la noche, resplandeciente como un ángel de luz, acariciando mi sueño. Grito a mi destino suplicando que el viento sople en la misma dirección, hinchando las velas de nuestras veleros, conduciéndonos hacia la misma playa desde ese océano eterno donde vagamos perdidos buscando un poco de amor.

Quisiera reírme, pensar que la vida es una comedia divertida, un sueño surrealista con personajes de cartón. Quisiera ser un arlequín, carcajearme de mi sombra, irrumpir en el escenario donde se representa la tragedia aburrida, dulzona, del amor; quisiera bailar con viveza taladrando mi risa, mis entrañas, y sin embargo me quedo ahí parado, desarmado, embobado, contemplando esa aurora que nace en mi alma”.

Leo en la música del violinista como si fuera un poema recién escrito. Concluyo que está enamorado. Le imagino en su diminuta habitación de alquiler mal amueblado tocando de pie toda la noche música para su amada esquiva y tal vez lejana. Sin duda es una hermosa mujer pero tan difícil de encantar como a una cobra salvaje. Para conseguirlo se pasa las horas buscando en su violín los más finos sortilegios, rascando las cuerdas como si fueran las cerraduras de su caja de hechizos.

“Llenaré las nubes con poemas, escribiré en ellas tu nombre, endulzaré todos los sueños con besos de tus jugosos labios, agotaré la fantasía imaginando caricias; despierto, y ahí, enfrente, estarás tú, tú con esos ojos dulces, tan reales, clavados como cuchillos en mi rostro; un frío sudor empapará mi piel como cuando intento besar al vacío o hacer el amor con la nada.

Creo que te quiero, intento olvidarlo, reírme, pero esa mirada me persigue, siento tu corazón tan cerca que casi oigo sus latidos. Camino sobre el tiempo a tu encuentro cuando de pronto recuerdo que el tiempo no existe, que tu formas parte de mí, que el amor lo abraza todo, estamos cogidos en sus redes, antes o después todos acabaremos ahogàndonos en ese eterno océano; al fin ya no me preocupa el futuro, el amor es un tren que creemos hemos perdido sin darnos cuenta de que en realidad nunca hemos bajado de él”.

El violín ha enmudecido, más bien parece haber muerto tras una larga agonía de amor como una nueva historia de Tristán e Isolda, tras descubrir que su amor no puede sobrevivir a la lealtad. Por un momento yo también he sentido morder en mi corazón la agonía de un amor no correspondido. Triste, casi desesperadamente melancólico, cierro la ventana y me dispongo a luchar a brazo partido con un sueño esquivo. Antes de hacerlo pienso un instante en el violinista, tal vez nunca tocará la fantasía a su amada, si no lo hace la perderá para siempre. Pero a mi ¡qué me va en ello!.