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TODOS ESTAMOS SOLOS AL CAER LA TARDE XVI


TODOS ESTAMOS SOLOS AL CAER LA TARDE

La escalera, de maderas nobles, supuse, era tan larga como la escalera de Jacob, amplia, abrillantada esa misma mañana, supuse, reluciente… pero no tanto como la mujer que iba bajando, escalón tras escalón, con la misma prisa como si le esperara abajo el patíbulo. Todo en ella era rojo, salvo su piel, negra, bueno más bien café con leche o mestiza, una veta blanca, puede que paterna o materna, había iluminado un poro de cada tres, supuse también. Para mí era una noche de suposiciones, puesto que no sabía nada de lo que allí se cocía y tampoco estaba muy seguro de lo que buscaba Alfredo llevándome allí, el juego de suponer se convirtió en algo tan divertido como esperar descubrir al asesino que me va a matar en una reunión de sociedad.

Pero no tanto como observar a aquella mujer que parecía comportarse como la reina de Saba sin Salomón, sin África, sin nada más que un vestido de noche rojo intenso que dejaba ver sus hombros hermosos, sensuales, lo mismo que su boca, de labios abultados como si por cada beso le hubieran crecido un milímetro, y al parecer eran muchos los besos recibidos, lo mismo que el resto de su cuerpo, oculto bajo el vestido, pero no demasiado, porque se le pegaba al cuerpo como un guante de seda -tal vez el vestido también fuera de seda, nunca me preocupé de conocer las telas, nunca me preocupé de conocer demasiado a las mujeres, pero eso, intuía, iba a cambiar- realzando sus encantos, uno por uno, caderas amplias, piernas largas, senos deseando salir de un escote que creo llaman “palabra de honor” supongo que porque en este caso uno emplearía su palabra de honor de que bajo el vestido, en esa zona, había algo que merecía la pena. Supe enseguida que era madame Rouge porque los zapatos de tacón también eran rojos, lo mismo que sus pendientes, tal vez granates o tal vez cualquier otra piedra preciosa de un color rojo intenso. En su mano izquierda portaba un bolso, también rojo o granate, de piel, supongo, mientras que con su mano derecha iba haciendo gestos de dama de alta sociedad del siglo XIX, también supongo, porque yo no estuve en ese siglo. Supe enseguida que estaba realizando una parodia de sí misma porque todas las chicas rieron, lo que significaba que ya lo había hecho otras muchas veces y en todas ellas su patrona no se había enfadado con ellas.

Un escalón, otro y otro. No me hubiera importado que la escalera fuera de más escalones y que al bajar el último los hubiera vuelto a subir. Su pelo negro caía en cascada sobre sus hombros y sus ojos relucían como los de una gata en celo, en plena noche, maullando en el tejado, a la luz de la luna, pero mucho me temía que aquella mujer no era precisamente una gata, sino una pantera y peligrosa. Cuando pisó el último escalón ya nos había observado a todos, sabía cuántos y quiénes estábamos allí y me había calado a mí, porque no creía equivocarme al pensar que yo era el único de los presentes a los que madame Rouge no conocía. Me había mirado de abajo arriba, de arriba abajo, se había detenido en las diferentes partes de mi cuerpo, como si su acerada mirada lo hubiera dividido en tres o tal vez cuatro partes. Lo había hecho con la discreción de una mujer del gran mundo y con el ansia de una pantera hambrienta. Supuse que le gustaba y esa suposición era algo más que el deseo que siente todo hombre de gustar a una mujer como ella.

Al pisar el suelo de madera del salón hizo una graciosa inclinación doblando la rodilla izquierda, bajando la cabeza y extendiendo los brazos, como una prima donna de la ópera. Se produjo un aplauso atronador y algún bravo, lo que me hizo pensar que acostumbraba a repetir aquella actuación con frecuencia. Como si ya hubiera terminado de interpretar su papel de pronto todo en ella cambió, su sonrisa desapareció, se irguió en toda su estatura y caminó con paso firme hacia nosotros. Kayla se adelantó, susurrándole algo a la oreja, después se colocó a su costado derecho, la posición lógica dado que era su mano derecha. Madame Rouge se dirigió directamente hacia mí, sin dudarlo un segundo. Observé que no había mirado a Alfredo ni de reojo. Malo, pensé, la noche puede terminar antes de iniciarse. No temía porque le dieran una buena paliza, seguro que se la merecía, pero precisamente ahora no me apetecía marcharme sin más, deseaba pasar allí toda la noche y ver en qué acababa todo. Al llegar frente a mí madame Rouge extendió el dorso de su mano enguantada, yo incliné la cabeza y subí su zarpa hasta que pude besarla con comodidad. Hubiera preferido un beso en la piel, tal vez mi lengua captara algo de aquella naturaleza salvaje, aún así no me disgustó el contacto.

-Un placer, caballero.

¿Se refería a mí? No cabía duda porque no dejaba de mirarme. Dejó de hacerlo bruscamente para observar cómo Alfredo intentaba desplegar su mejor sonrisa sin conseguirlo.

-Creo que te dejé bien claro que no volvieras a pisar mi casa. Mis chicas no están a tu disposición, ni aunque llevaras algún ladrillo de oro de Fort Knox, cosa que dudo. No obstante te daré una oportunidad si dejas libre a tu amigo y no te vuelves a ocupar de él en toda la noche.

-Acepto el trato.

Me sentí incómodo, actuaban como si yo fuera un caballo sobre el que estuvieran tratando, aunque madame Rouge más bien parecía querer montarlo y eso no me desagradaba en absoluto, aunque hubiera preferido otro trato. A Kayla le bastó mirar a su patrona para saber lo que se esperaba de ella. Se acercó a Alfredo, le tomó del brazo y se lo llevó entre risas. Yo quedé a disposición de la dama quien me ofreció el suyo, dirigiéndose sin vacilar hacia una puerta disimulada en un rincón, corrió la cortina y no tuvo que abrir nada porque aquella se abrió desde dentro. Me invitó a pasar con ella, lo que no era difícil porque existía suficiente espacio para los dos y para alguno más, si fuera preciso. Quien había actuado de fantasma de la ópera era su guardia de corps, su jefe de seguridad o su matón.

-Dile al chef que prepare una cena variada, él ya sabe lo que quiero, y que la suban al dormitorio en… pongamos una hora.

El matón sonrió y desapareció. Estaba encantado de cenar con ella, sin embargo seguía prefiriendo que alguna vez se le ocurriera contar conmigo. Madame Rouge siguió a paso de marcha por el pasillo hasta alcanzar un ascensor de época que a su vez se abrió como si la esperara. Un joven negro, vestido de etiqueta, aunque con un sospechoso bulto bajo el sobaco, inclinó la cabeza, lo que aprovechó su patrona para hacerle una caricia, como a un perro amaestrado. Cuando el ascensorista oprimió el botón correspondiente no podía evitar que una sonrisa de oreja a oreja le cruzara la cara.

El resto de la noche no estaba tan claro en mi memoria, porque una vez nos apeamos en un dormitorio, estilo suite francesa, en rojo, con detalles decorativos New Orleans, tan inmenso como la mitad de un hotel, madame Rouge se apoderó de mi como una araña se zamparía a una mosca, inyectando su liviano veneno sin disimulo y dejando que su presa pasara por todas las fases de la hipnosis hasta alcanzar la muerte. Claro que fue una muerte dulce, muy dulce.

Una sonrisa adolescente, imbécil, se apoderó de mi rostro serio y preocupado sin que pudiera evitarlo. Tras ser nombrado sheriff solo había vuelto a ver a madame Rouge un par de veces y las entrevistas no fueron precisamente agradables. Los dos jugamos fuerte y la pantera me dio un par de zarpazos antes de tomar la decisión de que le convenía más vivo que muerto. Ahora pensaba arrebatarle a una mosca grande, llamada Pico de Águila, que tenía bien enredada en su tela de araña. Ni siquiera tenía claro que saldría vivo de su mansión, aunque si al final salía con los pies por delante me llevaría también conmigo a madame Rouge y a cuantos pudiera. No iba a dejar que me cachearan, era el sheriff, y mi automática, bien escondida, me acompañaría allá donde yo fuera.

Sin perder ni un ápice de mi concentración en la conducción repasé aquella primera noche con la pantera roja, como la llamaría desde entonces. Sobre una mesa camilla nos esperaba una botella abierta de champán francés. Me invitó a sentarme y escanció dos copas. Alargó su copa, invitándome al brindis. Como yo no dijera nada fue ella la que brindó.

-Porque esta noche se repita.

-Cuando nos conozcamos mejor -dije sin saber muy bien lo que decía, pero sí lo que deseaba decir-.

-No hay mejor conocimiento que el íntimo. ¿No crees?

Asentí. Desde que llegara al condado, con la oscurísima sombra de mi pasado tras de mí, no me había preocupado lo más mínimo de las mujeres, al contrario había huido de ellas, desperdiciando ocasiones que ningún macho habría dejado pasar. La oscuridad era una niebla espesa a mi alrededor, solo me preocupaba de dónde poner los pies para no caerme de culo, eso era todo. Alfredo entró en aquel cuarto oscuro como un elefante en una cacharrería, como decía él, sin la menor consideración, abrió las ventanas y la luz del sol me deslumbró. La visita a madame Rouge era el primer paso en mi nueva vida y estaba decidido a aprovecharla al máximo. Con el tiempo Alfredo se empecinaría en que comenzara a escribir para sacar al exterior mis demonios y airearlos un poco. Opuse una férrea resistencia, no obstante se salió con la suya y tal vez fuera la mejor decisión que podía tomar cuando tomé aquel cuaderno entre mis manos y escribí sin parar, esbozando una historia que nunca he sabido de dónde salió, una historia de demonios, por supuesto, como resultaba inevitable. Los demonios del desierto rojo ya nunca dejarían de acompañarme, en el sótano de mi ranchito, que había acondicionado y disimulado al efecto, en una estantería, estaban los libros publicados hasta el momento,media docena, todos bajo seudónimo, por supuesto, y también mis cuadernos manuscritos, los pocos recuerdos que arrastraba de mi vida pasada, las pruebas que había ido obteniendo sobre los asesinos que seguían mis pasos y una excelente armería que sin duda tendría que utilizar antes o después, porque aquellos chacales nunca cejarían de perseguirme.

Madame Rouge dejó de comportarse como una dama y fue directa al grano.

-Alfredo ha tenido mucha suerte de que le acompañaras, de otra forma no habría salido vivo de aquí. No bromeo. Cuando le digo a un hombre que no vuelva a pisar esta casa será lo último que haga si comete ese error. Ni siquiera habría tenido opción de aparcar, le habrían tiroteado por el camino de no haber venido acompañado. Cuando me lo dijeron sentí curiosidad, aunque en realidad ya sabía que solo podías ser tú.

-¿Me conoce?

-Si vas a estar dentro de mí es mejor que te vayas acostumbrando a tutearme, y puedes estar seguro de que no saldrás de aquí sin antes haberme poseído. Sí, nadie llega al condado sin que yo me entere. He seguido tus pasos desde el primer día. Sé todo lo que has hecho y hasta lo que has pensado hacer y no te has atrevido. En mi negocio la información es más valiosa que el oro. Era cuestión de tiempo que ese borrachín de Alfredo y tú os acabarais conociendo y al primer sitio donde te llevaría sería aquí. El sabe que me gustan los hombres como tú. Traerte era mejor que venir con un ejército. El muy idiota cree que algún día volverá a dormir en mi cama. Sí, fuimos amantes, hace algún tiempo. La cosa no acabó bien porque Alfredo, ese don Juan de pacotilla, se fue a enamorar de la mujer que menos le convenía, como les suele ocurrir a todos los donjuanes. Sí, en efecto, él me contó la historia de don Juan como otras muchas, tal vez por eso le aguanté más de lo que suelo aguantar con un hombre. Pero eso es todo lo que debes saber por ahora. Puedes regresar siempre que lo desees, serás bien recibido, pero aconseja a ese idiota que él no vuelva a hacerlo, es la última gracia que le concedo.

-¿Cómo debo llamarte? Madame Rouge me parece una tomadura de pelo.

-Escoge un nombre y llámame así, o puedes darme un nombre distinto cada noche que regreses. No estás obligado, por supuesto, pero serías el primer hombre que no vuelva sin que yo lo haya echado antes a patadas. Y no desprecies el nombre de madame Rouge, es mi nombre de guerra, y hasta ahora las he ganado todas.

¿Quién se creía aquella mujer? Parecía una reina de Saba de los prostíbulos, convencida de que podría seducir a cualquier Salomón cargado de oro, a cualquier incauto como yo, a cualquier hombre que se le pusiera delante. Me equivoqué al juzgarla como una de esas mujeres tontas que piensan que un cuerpo voluptuoso no solo puede abrir cualquier bragueta, sino también comprar cualquier alma. Mientras me observaba con aquellos ojos negros relucientes, tan segura de sí misma, tan agazapada como una felina a punto de saltar sobre la presa, comprendí que tras ella, en la sombra, la seguía un ejército de malas experiencias que la habían transformado en una auténtica demonia. Tendría que tener mucho cuidado. Fue en aquel preciso momento cuando se me ocurrió el nombre, como el sarcasmo que se lanza al rostro de la muerte cuando sabes que ya no podrás evitar que te hinque el diente. Madame Rouge, la pantera roja.

Continuará.

TODOS ESTAMOS SOLOS AL CAER LA TARDE XV


Aquel viernes, por la mañana, me llamó Alfredo. Estaría allí por la tarde, antes de caer el sol. No debía hacer planes ni aceptar cualquier otro compromiso o me atendría a las consecuencias. Aquel hombre era un fanfarrón malhumorado, muy pagado de sí mismo, pero como descubriría con el tiempo poseía un corazón de oro, sus amigos lo eran para siempre y podía dar la vida por ellos, porque para él la amistad era sagrada, no así el amor a la mujer, a no ser que se diese por válido que quien ama a todas las mujeres ama también a una.

Cumplió lo prometido. A partir de entonces no dejaría de visitarme un solo fin de semana, a no ser que estuviera muy ocupado corrigiendo exámenes, o hubiera encontrado una estudiante que aceptara aguantarle durante todo un fin de semana, o una madurita solitaria a la que hubiera seducido, o más bien le hubiera seducido a él, o simplemente tuviera otros planes imprevisibles e imprevistos, como su propio carácter. Todas estas circunstancias me permitían dedicar muchos fines de semana a mi persona, aunque nunca podía estar seguro de que una llamada por sorpresa el viernes por la mañana me obligara a permanecer a la espera de sus planes, porque no soportaba que alguien le impusiera los suyos, ni siquiera se los sugiriera. Así era Alfredo y había que aceptarle o rechazarle. Como él solía decirme, en una expresión española que yo no acababa de comprender: estas son lentejas, si las quieres las comes y sino las dejas.

Me encontró tomándome un güisqui con hielo acunándome en la mecedora del porche, mientras contemplaba la puesta del sol una vez más. Necesitaba animarme un poco, porque no las tenía todas conmigo. No me gustaban las prostitutas, el sexo mercenario, como yo lo denominaba. Me sentía mal si exigía lo que había pagado, y tonto si dejaba que ella se saliera con la suya y me diera lo imprescindible. Tampoco tenía mucha mano con ellas, no sabía de qué hablar y si hablaba de cualquier cosa nunca acertaba. Alfredo me pidió otro güisqui, charlamos un rato, hasta que el sol cayó en el abismo del otro lado del mundo, y de pronto, sin prepararme, me empujó hacia su coche. Protesté, deseaba cambiarme de ropa. Alfredo se rió. Si yo tuviera tu edad y tu cuerpo no me preocuparía de esas tonterías. Era otra de sus sentencias que dejaba caer a cada paso como mandas de plátano, para ver si alguien se daba una buena culada.

Aquella primera vez no fui capaz de memorizar el camino, podría haberme llevado al desierto, en plena noche, y recogido antes del alba, estaría igual de confuso. Al cabo de una media hora pude ver a lo lejos luces que parecían guiñarme los ojos, como un grupo de mujeres que lo hicieran de forma alternativa, primero una, luego otra, primero un ojo, después el otro. Cuando estuvimos más cerca me asombré de mi intuición porque en efecto, el luminoso existente encima de aquel edificio enorme, al estilo de las casas de Nueva Orleáns que yo había visto en la televisión, porque nunca pisé sus calles, mostraba a un grupo de mujeres, con muchas curvas y muy ligeras de ropa que se apagaban y encendían de forma rotatoria y no antes de que cada una de ellas guiñara un ojo y luego el otro a cada posible cliente.

Alfredo se burló de mi sorpresa.

-Madame rouge no se anda con chiquitas en nada, ni siquiera a la hora de llevarse a su habitación a un cliente que le guste. Ándate con ojo, tú eres el candidato ideal.

-¿Por qué tendría que andarme con ojo? Imagino que no me cobraría y si lo hiciera yo elegiría con quién.

-No, cobrar no te va a cobrar, pero sería mejor que lo hiciera, así al menos podrías protestar. No, todo será gratis, incluso te invitará a cenar, pero si puedes recházala, una sola noche y serás su presa para siempre. Hazme caso. Al menos, si no puedes resistirte, le puedes insinuar que le haga un descuento a tu amigo.

Apenas sabía nada de aquel hombre, por lo que todo lo que decía y hacía me chocaba hasta el punto de tener que darme algún tiempo para reflexionar sobre lo que decía o lo que hacía. Era un hombre difícil de comprender, pero una vez que lo lograbas resultaba tan transparente como un vidrio de una ventana recién limpiado y a fondo. No tenía secretos, su gran secreto era ser tan transparente que no te lo podías creer y tan español que necesitabas un cursillo intensivo sobre lo que él consideraba ser español, que no era precisamente lo mismo que pensaban otros, como llegaría a saber con el tiempo.
No me pareció que fuera la primera vez que Alfredo visitaba el prostíbulo de madame Rouge, al menos tendría que conocer el lugar a plena luz del día, de otra forma se habría perdido con absoluta seguridad. El matón de la puerta le saludó con más efusividad de la que yo esperaba. Luego me comentaría que parecía caerles bien a todos, debido a su cháchara y desparpajo, menos a madame Rouge que ni siquiera había tenido nunca el detalle de invitarle e a una copa, mucho menos a su lecho. También me comentó que aunque no hubiéramos visto a nadie hasta llegar a la puerta la noticia de que venía un cliente, incluso el nombre del cliente, ya habría llegado al rancho diez minutos antes. La zona estaba plagada de contrabandistas que se movían en la noche como coyotes y que trasladaban cualquier incidencia a su dueña, incluso existían torretas donde algunos chicos negros se turnaban con prismáticos para que nada pasara desapercibido a una mujer tan precavida como una loba.

Nada más entrar comprendí el apodo de la dueña. Las paredes pintadas en rojo, cortinajes del color de la sangre, farolillos con pantallas de un rojo intenso. Solo las sillas, las mesas y algún que otro adorno parecían cadáveres, a quienes hubieran desangrado y luego pintado de algún color desvaído para que su palidez cadavérica no desentonara en exceso en aquella orgía de sangre. Enseguida nos salió a recibir una mujer negra, con un vestido de noche negro, y unos rasgos muy típicos de su raza, pelo corto, hirsuto, rizado, pintado de un color indefinible, más bien pelirrojo, con una nariz grande y aplastada, aunque bien formada y una boca enorme, de labios gruesos y sensuales. Sus ojos eran grandes y expresivos y de sus grandes orejas colgaban unos pendientes enormes de color verde y blanco.

Saludó a Alfredo con una sonrisa y éste enseguida se colgó de su brazo.

-¿No me presentas a este chico guapo?

Me estaba mirando con una sonrisa enorme que casi no cabía en su boca. Alfredo hizo las presentaciones con mucha ceremonia, como a él le gustaba y enseguida advirtió que no quería que su amigo, o sea yo, fuera secuestrado, era mi primera visita y no quería estar solo, para eso había venido acompañado. Kayla, que así dijo llamarse en la presentación, le plantó un buen beso en la boca a Alfredo y no cesó de sonreír mientras le recordaba que estaba en territorio de madame Rouge y allí era ella la que decidía.

Kayla nos condujo a un salón muy amplio, tan rojo que me asustó un poco, como si lo hubieran pintado con la sangre que un asesino en serie hubiera sacado de sus numerosas víctimas. Sentí un estremecimiento profundo y un intenso frío que subió por mi columna vertebral. Solo años más tarde entendería aquella misteriosa premonición. En el salón nos esperaban un conjunto de chicas de diferentes razas, rasgos y edades, todas ellas hermosas, todas ellas muy ligeras de ropa y con una sonrisa estereotipada en la boca que me recordó a una muñeca de juguete a la que se le hubiera roto la cuerda. Alfredo parecía sentirse a sus anchas y Kayla reía sus gracias, invitándole a escoger la rosa que más le gustara de aquel jardín.
Yo permanecía de pie, tímido, sin saber dónde meter las manos ni los ojos y con ganas de que toda aquella ceremonia estúpida terminara para irme con una de ellas a la habitación que me correspondiera. Kayla no dejaba de mirar hacia la escalera de madera, amplia, señorial, que habíamos dejado a nuestras espaldas. Esperaba a alguien. Creo que hasta yo sabía muy bien a quién estaba esperando. Y en efecto, cuando todas las miradas se clavaron en algo a mis espaldas y me volví con extremada curiosidad, supe que la mujer que bajaba las escaleras era ella, madame Rouge….

CRAZYWORLD XVI


EN LOS BOSQUES DE CRAZYWORLD I

Me encontraba en la despensa o almacén donde se guardaban los alimentos. Había estanterías por todas partes, repletas de latas, botes, cajas de cartón con cereales, sacos de legumbre, de arroz, de harina. Grandes arcones frigoríficos conservaban carnes y pescados. Aquello era enorme y resultaba interesante perderse en aquel laberinto. Me detuve ante unos tarros de cristal de pepinillos, dispuesto a llevarme uno pequeño. Ya había alargado la mano cuando al otro lado de la estantería otra mano, que no era la mía, movió un par de cajas de cereales y me llevé un susto de muerte al ver la mitad de una enorme cara. Un ojo riente me miraba con picardía. Me costó un par de segundos reaccionar.

-¡Dolores! Me has dado un susto de muerte.

-Lo siento, guapito de cara, pero escuché ruidos extraños por aquí y decidí dar un susto a la rata que está robando provisiones.

-¿Están robando?

-Desde hace algún tiempo. Mi primer sospechoso sería Jimmy sino llevara desganado una temporada. Pero sigue este pasillo hasta la próxima bifurcación a la izquierda. Allí te espero.

Hice lo que me pedía. Dolores me esperaba con una sonrisa y con una gran bandeja de galletas en sus manos.

-Las acabo de hacer. No soy mala cocinera y la mejor repostera de Crazyworld. Puedes estar seguro. Prueba una.
Estaba riquísima. Tomé otra y ya me disponía a mordisquearla cuando una mano fantasmal me la arrebató.

-Veo que has hecho galletas, Dolores, cariño. Y que no me has invitado. Seguro que no pensabas hacerlo. Estando aquí este guaperas, todas perdéis el sentido.

-Si no fueras tan simpático, Jimmy, ya te habría aplastado como a una sabandija. A veces eres imposible. Pensaba llamaros a los dos para que disfrutarais de este manjar del cielo, pero contigo una nunca sabe lo que va a pasar ni por dónde aparecerás. Eres como un fantasma.

-Gracias, “Doli”, me llevaré unas cuantas para el camino. Nadie se atreverá a negar que sean las mejores galletas del mundo. Vaya por los viejos tiempos.

-¿Qué viejos tiempos, idiota?

-Vamos, preciosa, ¿aún no le has contado a éste que tú y yo estuvimos liados durante un tiempo?

Maldije mentalmente a todos los demonios del infierno. Aquella sabandija repugnante, como le había llamado Dolores, cuando tenía el día malo –y desde que se me presentara en el desayuno no había tenido un solo momento bueno- era capaz de revolver toda la mierda de Crazyworld hasta conseguir que me cayera a mí sobre la cabeza. Dolores me resultaba muy simpática y le estaba muy agradecido por aquel bonito detalle. Ahora aquel mastuerzo lo estropeaba todo. La buena mujer me alargó una bolsa de plástico que sacara del bolsillo de su mandil y me dijo:

-Llévate todas estas galletas y no le des ni una más a este cabrón. No voy a negar lo que dice. Una está hecha de carne, como las demás mujeres, y necesita un poco de cariño de vez en cuando. Durante un tiempo me hizo algunos favores, no lo niego, aunque un caballero no hablaría de esas cosas.

-¿De qué cosas, “Doli”? ¿De cómo suspirabas cuando mi manguera regaba tu jardín florido?

Imposible haber calculado la velocidad con que Dolores se hizo con un bote de conserva de la estantería que teníamos delante y se lo arrojó a la cabeza a Jimmy. No le dio de pleno porque el muy ladino ya lo había previsto y se desvió a tiempo de la trayectoria. Luego, sin esperar una nueva reacción, comenzó a correr por el pasillo. Sin duda conocía mucho mejor que yo a la mujer, porque su agilidad felina para arrojarle el bote era totalmente inesperada en alguien de su peso y volumen.

-Vete. Ese cabrón ya me ha puesto de mal humor. Me hubiera gustado charlar un rato contigo y enseñarte este mundo y sus delicias. Otra vez será. Espero que no me consideres peor que antes.

-¿Por qué iba a hacerlo? Todos los seres humanos tienen derecho a un poco de placer de vez en cuando. Debería estar en las constituciones de todos los países.

-¿Hasta las gordas como yo?

Me enternecí. Traté de estrecharla en un abrazo, pero como no conseguí abarcarla, busqué con mis manos su papada, alcé su mentó y la besé. Al mirarla de nuevo noté humedad en sus ojos.

-Vete, cariño, vete. Tú no eres como los demás. Tú no perteneces a Crazyworld. Y aunque Jimmy sea un deslenguado y una sabandija, es el que mejor te podrá enseñar todo esto. Haz caso de sus consejos y olvídate de lo que diga de las mujeres.

Lancé un beso con la punta de mis dedos y ya me disponía a seguir mi camino cuando ella me alargó la bolsa con las galletas, que había dejado en una balda para darle un abrazo.

-Te olvidas de mis galletas. Ven a buscarme cuando quieras. Si no estoy en las cocinas o en las habitaciones, sirviendo comidas, estaré en mi cuarto. Solo tienes que preguntar a cualquiera y te indicarán el camino.

Besé sus mejillas y salí tras El Pecas. Dolores tenía razón. Aquel mastuerzo era insufrible, pero nadie mejor que él para desvelarme los secretos de Crazyworld. Necesitaba conocerlo todo si quería que los planes de fuga tuvieran éxito.
Atravesé las cocinas, no sin perderme varias veces. Al empujar la última puerta, tras probar con unas cuantas, cuyos letreros anunciaban que servían de puertas de emergencia para desalojar las cocinas, ésta se abrió, para mi sorpresa, y me encontré en los jardines. No tardé en ver a Jimmy que andaba por allí, paseando a lo largo de la pared, como si esperase que en algún momento yo acertara con la única puerta abierta, como me dijo al verme.

No recordaba si Jimmy me había hablado de los inmensos bosques que formaban parte de la finca. Tal vez la amnesia estuviera entrando en un proceso desconocido para mí y que me produjera aquellos lapsus extraños. Continuaba sin recordar lo esencial de mi pasado, aunque de vez en cuando imágenes sin control y sin la menor cronología me asaltaban. Una playa en algún lugar, una mujer hermosa y madura que me lanza las llaves de un coche. Aquello podía formar parte de mi pasado o tratarse tan solo de la escena de una película. Era imposible saberlo. No me preocupaba en exceso. Con el tiempo comenzaría a recordar o me quedaría amnésico de por vida. No me importaba mucho, al menos mientras no lograra fugarme de Crazyworld. Casi mejor no recordar nada. Sin embargo sí me preocupaba el olvido de lo que me estaba sucediendo en el presente. Eso podía complicarme mucho la vida.

Cruzamos el jardín que rodea el edificio principal de Crazyworl, dedicado a los pacientes, como si nos persiguiera un perro rabioso. Jimmy tenía mucha prisa. Le noté más agitado e inquieto que de costumbre. Ya me iba acostumbrando a sus
cambios de humor, también a las rarezas de los habitantes de aquel frenopático, aún así hubiera preferido saber dónde íbamos y qué le preocupaba.

-¿Dónde me llevas?

-Ya te he dicho que vamos al bosque. Quiero enseñarte algo.

-De acuerdo, Jimmy, ¿pero no podrías adelantarme algo?

-Prefiero darte una sorpresa. Además hasta que lleguemos aún estaré a tiempo de arrepentirme.

-¿Arrepentirte de qué? ¿Qué demonios me estás ocultando?

-Ya lo verás. Es algo que no te esperas.

-Claro. Si lo esperara ya no sería una sorpresa.

Jimmy no captó la ironía. Parecía muy ocupado intentando encontrar una senda en el tupido bosque que nos llevaría quién sabe dónde. ¡Con tal de que llegáramos a tiempo para la cena! El Pecas husmeaba el aire como un sabueso acatarrado. ¿Qué otras cualidades, aparte de su desatada lujuria, tendría aquel espécimen de ser humano, que yo aún no hubiera intuido?

CRAZYWORLD (EN EPISODIOS ANTERIORES)


CRAZYWORLD

EN EPISODIOS ANTERIORES

Un joven conduciendo un impresionante deportivo, algo que se ve todos los días, se ha perdido por una carretera secundaria de un Estado norteamericano que no sabemos cuál es ni nos importa. Se hace de noche, el joven es impetuoso y aprieta el acelerador y… zás, se “esnafra” contra un árbol. Sale despedido, se da un golpe en la cabeza y cuando se recupera camina por el bosque buscando ayuda.

Al final consigue llegar a una puerta sita en un larguísimo muro de seguridad. Toca el timbre y se desmaya.

Despierta en la enfermería, donde una vampírica enfermera -tendrán que releer los primeros capítulos porque ya no me acuerdo de su nombre- le mira como si quisiera chuparle la sangre, al joven le gustaría, pero piensa que le debe quedar muy poca. Esta portentosa enfermera es uno de los personajes centrales de esta novela, saga, culebrón delirante o como quieran llamarle. No vamos a desvelar más porque bastante se desvelará ella sola.

Nuestro joven descubrirá que se ha quedado amnésico porque no recuerda nada. Con el tiempo descubrirá que aquel lugar se llama Crazyworld (mundo loco para los que no sepan inglés, yo incluído) y es una clínica psiquiátrica para millonarios locos. Conocerá a Dolores, la gordita más deliciosa al este lado del Pecos, y otro de mis deliciosos personajes. Debo decir que nunca creeré haber sido capaz de crear tantos y tan deliciosos personajes en una misma historia. Son adorables, les quiero y su vida será eterna mientras mis dedos tecleen. No tengo abuela, por eso debo decirlo. No creo que nunca llegue a crear un personaje tan diabólicamente divertido como Jimmy El Pecas, ni mujeres tan hermosas, tan deliciosas, tan, tan, tan y tán, como las que aparecen aquí, que si una nave extraterrestre hubiera secuestrado a las mujeres más hermosas de la galaxia, incluido el planeta Tierra, y las hubiera situado en Crazyworld no serían tan hermosas y deliciosas y tan, tan y tán, como las que aquí aparecen y no es porque las haya creado mi fantasía, no, que ellas existen realmente.

Albert es el celador más borde de Crazyworld, pero nada tiene que hacer con Jimmy, El Pecas, que aparece como salido de la nada y nunca se separará de nuestro protagonista. Bueno, nunca, nunca, nunca… en momentos íntimos, que los hay, y muchos, nuestro personaje por fin estará solo.

Jimmy se encarga de enseñarle la clínica al joven amnésico y toda esta primera parte de la historia va de eso, de conocer dónde estamos y a qué nos dedicamos. Como el doctor Sun, mi personaje humorístico más divertido que aquí aparece en un sorprendente papel dramático. Hemos visto el salón-comedor, hemos conocido a John Smith, el asesino en serie, al Sr. Múltiple personalidad, a camareras que quitan el hipo, a… bueno hay tantos personajes que no me acuerdo de todo. Lo importante, para el lector que se haya perdido, como yo, es que la historia es realmente sencilla, el joven pierde la memoria, le va a costar mucho recobrarla y mientras tanto visita un exclusivo psiquiátrico para millonarios locos, con El Pecas de anfitrión, peleándose con todas las mujeres guapas con las que se encuentra. Poco a poco nuestro protagonista irá sabiendo que de allí no sale nadie y que es una suerte quedar encerrado en un lugar donde hay tantas mujeres bellas.

Y no necesitan saber nada más, si no se acuerdan, relean, como hago yo que he releído veinte mil veces la historia y sigo sin acordarme. Y ahora proseguimos.

EN UN LUGAR DE LA MANCHA DE CUYO NOMBRE NO QUIERO ACORDARME…¡Uy perdón! quiero decir en Crazyworld nuestro hombre visita el centro de seguridad y encuentra….

CRAZYWORLD XV


EL CENTRO DE SEGURIDAD DE CRAZYWORLD III

-Aquí nadie te molesta. Solo tienes que observar la precaución de cerrar por dentro el pestillo. Esto suele estar desierto, salvo dos o tres clientes que han montado bulla y necesitan calmarse durante algún tiempo. Eso sí, cuando Crazyworld se revoluciona las celdas de aislamiento se llenan hasta los topes y el doctor Sun suele habilitar los calabozos del centro de seguridad, para los menos zumbados, claro, porque no tienen las paredes acolchadas y ninguna cabeza es de goma. Se puede gritar lo que se quiera o rebotar en el catre o hacer el salto del tigre. Nada se transmite al exterior. De todas formas si quiere traer aquí a una mujer, será mejor que me lo diga con antelación para que pueda organizarlo todo. No me gustaría que te descubrieran y me j… el invento.

-Y de paso prueba también a la señora…

-Yo no te pido favores. Ahora bien, entre amigos esas cosas están demás. ¿No crees?

Permanecimos en silencio. Jimmy me había hecho un gesto de silencio, con el dedo en la boca. Me pregunté cómo podría haber escuchado nada en el exterior si las celdas estaban tan acolchadas como él decía. ¿Acaso tenía orejas de murciélago? Se levantó y caminó de puntillas hacia la puerta. La abrió y asomó la cabeza. Luego la abrió más y asomó el torso. Por fin la abrió del todo y dio unos pasos hacia el exterior. Regresó. La entornó ligeramente y se sentó a mi lado en el catre.

-Creí haber oído algo. Ya sé que pensarás que es imposible, estando la puerta cerrada, pero si alguna vez pasas un mes aquí tus oídos se te agudizaran de tal forma que creerás escuchar todas las conversaciones de Crazyworld. No debería haber nadie por aquí, al menos durante una hora. Pero será mejor que nos larguemos.

Jimmy me tomó de la mano y me hizo un gesto con la otra hacia los pies. Intenté caminar como lo hacía él, casi de puntillas. El pasillo se me hizo muy largo. Una puerta tras otra nos arrastramos como gusanos bailando el Lago de los cines. Cuando llegamos al final del pasillo me dolían los pies, las piernas, la espalda, me dolía todo el cuerpo. El Pecas movió el picaporte, nada. Entonces sacó una especie de cartera del bolsillo de su americana y hurgó en la cerradura como un delincuente consumado. Esta se abrió con un clic.

Pasamos al otro lado, donde todo estaba oscuro como boca de lobo. Fui a decirle a Jimmy que aún conservaba mi encendedor en el bolsillo. En realidad no recordaba muy bien si era el mío o alguien se lo había dejado en la ropa que me dieron al salir de la enfermería. Lo cierto es que me había encontrado con aquel mechero al meter la mano por primera vez en el bolsillo y había decidido guardarlo allí por si las moscas. El Pecas se me adelantó. Me susurró al oído que no debería hablar ni encender ninguna luz. Allí había cámaras y nos verían de inmediato en cuanto hiciéramos el menor ruido.
Me deslicé tras aquel fantasma y al cabo de unos segundos doblamos a la derecha. Jimmy cerró tras sí otra puerta con cuidado y encendió una luz tenue, oprimiendo un interruptor en la pared. Nos encontrábamos en una especie de hall, con algunos sillones alrededor de una mesita de salón. Parecía como una especie de sala de espera. En lo alto de una formidable puerta blindada pude ver una cámara de televisión. Jimmy hizo un gesto con los dedos de la mano derecha. La cámara se movió hacia nosotros. Mi compañero hizo un gesto muy expresivo con el dedo índice de la mano derecha hacia arriba. ¡Estaba loco! ¿Acaso pretendía que nos esposaran y encerraran en un calabozo? Y eso sería lo mejor que podría pasarnos, porque si salía un guardia de seguridad, nos ponía las esposas y se liaba a mamporros con nosotros juro que en cuanto pudiera apalearía a aquel mastuerzo hasta acabar con él.

La puerta comenzó a deslizarse con suavidad, con lentitud exasperante. Cuando se hizo una abertura suficiente Jimmy me invitó a pasar, con un leve gesto de cabeza. Me negué a ser el primero. ¿Y si al otro lado aguardaba un guardia de seguridad con una buena porra, dispuesto a descargarla sobre mi cabeza? El Pecas leyó en mis ojos el pensamiento que me acuciaba. Hizo una suave pedorreta y pasó el primero. No escuché el típico ruido de un cráneo roto por un bate de beisbol o una porra de goma. Eso me animó bastante y crucé la línea dimensional que me separaba de otro universo con ciertas garantías de que nada malo me sucedería, al menos durante los primeros segundos.

Si en algún momento se me ocurrió pensar que estaba entrando en la cueva de Alí Babá, me equivoqué de plano. Aquella era la cueva de los policías que atrapan a los ladrones que guardan los tesoros en cuevas de Alí Babá. Solo que allí no había otro tesoro que la intimidad de unos pobres locos. Nos encontrábamos en una especie de plataforma, con el suelo enmoquetado, imagino que para que los pies no produjeran el menor sonido al pisar o deambular por aquella especie de jaula de los leones. Se trataba de una circunferencia amplia, construida de metal, con grandes ventanales provistos de gruesos cristales, a través de los que ahora no podía verse nada, porque las amplias y compactas persianas estaban todas bajadas. La iluminación venía del alto techo, gracias a unas lámparas o focos dirigidos hacia abajo y cubriendo todas las direcciones posibles. En medio del círculo había una pequeña plataforma elevada y en ella una silla anatómica muy cómoda y una especie de estantería con varios monitores.

La silla estaba de espaldas a mí, por lo que no pude ver a la persona que la ocupaba. Jimmy se estaba dirigiendo hacia allí, sin mucha prisa y con la espalda ligeramente encorvada, como si temiera algo o alguien le diera un poco de miedo. La plataforma giraba, aunque con mucha lentitud, razón por la que no me di cuenta al principio. Me quedé esperando a que la silla se me enfrentara y pudiera ver a su ocupante. Mejor mantenerse a una distancia prudencial mientras no sepas con quién te juegas los cuartos… o el cráneo.

Antes de que El Pecas llegara a la plataforma ésta había completado parte del giro y pude ver al dichoso ocupante de la silla. Digo mal, porque el dichoso no fue el ocupante, sino yo. Una mujer se puso de pie y miró a Jimmy con una mirada que no sabría cómo clasificar o catalogar. Me rasqué la cabeza, pensando que era la amnesia la que me impedía encontrar palabras. Las palabras justas para describir la mirada que la mujer dirigía a Jimmy y las palabras exactas, sin el menor deseo de exagerar, suficientes para describir aquel cuerpo, aquella persona, semejante mujer. ¡Guaaauuuu!
Era una joven alta, yo diría que casi tanto como yo, pelirroja, una hermosa melena acariciaba unos hombros hermosos, enfundados en una chaqueta que formaba parte del uniforme, de un color azulado, con una línea roja en las mangas. El pantalón era del mismo color y la raya roja más gruesa. Cuando terminé el recorrido por las largas piernas me encontré que los pies no estaban embutidos en botas militares, como esperaba, sino en unas graciosas, casi diría divinas, sandalias, también azuladas, de tacón alto. Regresé hacia arriba y de paso me fijé en las caderas, amplias, armonizando con una cinturita frágil y muy deseable. Los pechos no se veían bien, quiero decir ni bien ni mal, puesto que estaban ocultos bajo la camisa del uniforme, blanca, con todos los botones en sus ojales y sin el menor escote. Uno se imaginaba su tamaño y forma, pero poco más, y ello con cierta dificultad. El cuello largo, como de cisne de ballet y… Cuando llegué a los ojos, casi caigo de culo. Eran preciosos y de una intensidad deslumbrante. Claros, no sabría decir si azules o verdosos. Tan bellos y tan mortales como un rayo laser preparado para la guerra. Porque eso es lo que pensé tras reflexionar mucho, que la mujer estaba en guerra con Jimmy y que a mí no me había visto aún o si eso no era cierto lo disimulaba muy bien.

¡Guaaauuu! ¡Qué mujer! No tuve tiempo de deleitarme mucho con su visión, porque aquella diosa de la seguridad intergaláctica dio un salto de pantera, abandonó la plataforma y quedó a un par de pasos del Pecas, que se movía ahora como un reptil temeroso, con la espalda más encorvada que nunca.

-Hola Heather. ¿Cómo estás?

-Mejor que tú, malnacido. Y como me vuelvas a hacer ese gesto con el índice de tu mano derecha, te juro que te voy a cortar el índice, la mano derecha y sobre todo esa mierda que llevas entre las piernas.

Jimmy se enderezó un poco, se puso firme, como ante un general y enfrentó el brilló de los ojos de aquella mujer, que pocos se atreverían a mirar de frente durante mucho rato, como al sol que nos alumbra.

-Harías mal Heather, porque puedes volver a necesitar “esa mierda” que tanto contento te dio en un tiempo. Bien pudiera suceder que la echaras de menos.

-¡Maldito cabrón! Siempre tienes respuestas para todo y no negaré que en una isla desierta puede que no te castrara… si resultara que fueras el único macho existente. Pero veo que hay otros y mucho más atractivos que tú. ¿Por qué no me presentas a tu amigo… y tal vez te perdone la vida?

Continuará.

CRAZYWORLD XIV


EL CENTRO DE SEGURIDAD DE CRAZYWORLD I

Centro de control tunel La Laja, Las Palmas de Gran Canarias_1

Por fin ambas miradas se despegaron. Jimmy fuese y allí no hubo nada… al menos de momento. Una vez en el hall, “El Pecas” recobró su buen humor.

-Creo que vamos a empezar por el Centro de seguridad de Crazyworld, el cerebro de esta locura. Nada sucede aquí sin que alguien lo sepa o quede grabado de alguna forma.

-¿Quieres decir que estamos siendo vigilados constantemente, como si esto fuera el país del Gran Hermano?

-Imagino que te refieres a la novela de Orwel. No soy tan tonto o inculto como te puedo parecer…

-No he dicho eso, Jimmy.

-No importa. Sí aquí hay una cámara escondida tras cada objeto, incluidos los más inesperados, sobre todo esos. También hay micrófonos por todas partes. Si quieres hacer algo sin que nadie lo sepa tienes que hacer como yo, trazar un mapa de todas las cámaras y micrófonos y anularlos por un tiempo, solo los imprescindibles y de forma que parezca casual. Si no lo haces así pronto te descubrirán y te llevarán a las celdas de aislamiento.

-¿Qué son las celdas de aislamiento, Jimmy?

-Ahora las verás. Están de camino hacia el centro de seguridad.

Nos habíamos quedado charlando tranquilamente en el hall. Tras el opíparo y accidentado almuerzo los pacientes se habían ido diluyendo, como un azucarillo en un vaso de agua. Imaginé que muchos subirían a sus cuartos para echarse la siesta o hacer cualquier cosa de las que son capaces de hacer los locos, porque si bien de los cuerdos esperas que hagan cualquier cosa, de los locos solo unas cuantas. Otros saldrían a los jardines. Hacía una tarde estupenda y apetecía sentarse en un banco a la sombra o tomar el sol cerca de la piscina, bajo una sombrilla, en bañador o en traje de calle. ¿A qué se dedicaría cada uno de los pacientes de Crazyworld tras el almuerzo? Seguro que si se lo preguntaba a Jimmy éste me lo contaría todo con pelos y señales, pero yo no quería que se enfangara una vez más en una charla estúpida que no nos llevaría a parte alguna. El hall estaba casi desierto, solo John Smith, el asesino en serie, dormitaba en su sofá favorito. No obstante supuse que el personal del comedor terminaría sus faenas pronto y no deseaba más problemas con El Pecas, el hombre-problema por excelencia.

-Me gustaría que me enseñaras las celdas de aislamiento y conocer ese famoso centro de seguridad. Lo que no entiendo es cómo demonios puedes acceder a él. ¿No se supone que los pacientes no deberíamos saber ni de su existencia, mucho menos poder entrar allí y ver el tinglado?

-Cierto, amigo, nadie debería entrar allí, ni siquiera el personal, salvo el autorizado, no obstante si tienes amigos hasta podrías entrar y salir del infierno como si tal cosa. Tengo una buena amiga en el Centro de Seguridad y no me preguntes nada más, pronto la vas a conocer.

No hice más preguntas. Jimmy me hizo bajar por unas escaleras, disimuladas tras frondosas plantas.

-¿Por qué no pillamos el ascensor?

-Porque tienen cámaras hasta en el suelo, para grabarnos las plantas de los pies. Esta es una escalera de servicio que casi nadie utiliza y por lo que observé la última vez que estuve mirando las pantallas en el Centro de seguridad no estaban pinchadas. Ni un solo plano. Nos conviene pasar lo más desapercibidos que nos sea posible.

-Si tú lo dices.

CRAZYWORLD XIII


PRIMER ALMUERZO EN CRAZYWORLD Y VII

-Esto es una gran ciudad. Acabas de llegar, no puedes saberlo. Ya te iré mostrando todo con calma.

Observé que Alice reía con otras camareras, al fondo del comedor. Parecían muy felices y de vez en cuando miraban hacia nuestra mesa. Seguramente lo estaban pasando en grande a nuestra costa. El almuerzo estaba terminando y los pacientes salían con paso cansino hacia sus cuartos o hacia cualquier otro lugar. Aquí la prisa estaba de más y las normas parecían ser las imprescindibles, sino alguna menos. Maldije para mis adentros a Jimmy que siempre se las arreglaba para hacer enfadar a alguien, especialmente a mujeres, y especialmente a Alice. Por su culpa yo estaba a medio comer. Se lo dije enfadado a Jimmy y este, ni corto ni perezoso, se levantó, entró en la cocina y al cabo de unos segundos regresó con una bandeja.

-¿Desea algo más el señor o tiene bastante con esto?

-Gracias, Jimmy. No es por ofenderte, pero te iría mejor en la vida si incordiaras menos al personal, especialmente a Alice.

-Tú come y calla. Alice es cosa mía.

Y mientras yo le daba al diente El Pecas continuó con su delirante historia sobre Crazyworld. De vez en cuando comía algo del plato que había tomado de la bandeja. No tenía mucha hambre, deduje que pocas veces la tenía, a juzgar por su delgadez, su hambre iba dirigido hacia otros bocados, más exquisitos. Me prometió una visita a la ciudad de las putas, aunque esperaba que yo no tuviera que necesitarlas nunca. Un joven alto y guapetón no debería tener problemas en Crazyworld. Había suficiente mujeres para todos. Y al decir esto me guiñó un ojo.

Terminé de almorzar con toda la rapidez que pude, sin arriesgarme a sufrir una indigestión o forzar el vómito. El comedor se había quedado desierto y Alice no dejaba de charlar con las otras camareras, alzando la voz un poco más a cada minuto que pasaba. No dejaban de mirarnos mientras yo trasegaba como un muerto de hambre y El Pecas hablaba como un anacoreta que acabara de encontrarse con otro ser humano tras años de soledad. Yo no dejaba de alzar la vista a cada bocado y eso me ponía más nervioso a cada instante y me avergonzaba tanto que terminé por cortar abruptamente el monólogo de Jimmy.

-Ya he terminado. Creo que deberíamos irnos.

-¿Lo dices por Alice? Puedes seguir comiendo todo lo que quieras. ¿Tienes más hambre? Puedo ir por otra bandeja…

-No, déjalo. He comido como un león hambriento. No quiero reventar. Si te parece vamos a dar un paseo y me enseñas todo lo que puedas de Crazyworld.

-Está bien. Pero si lo haces por esa “zorra” te juro que dejaremos de ser amigos.

Le juré que no era por ella, sino porque había llenado tanto el estómago que necesitaba caminar o explotaría. No sé si Jimmy me creyó o no, lo cierto es que se puso en pie y me empujó, cuando hice un amago de llevar la bandeja a la cocina. Salimos caminando por el pasillo central. El Pecas sacando pecho y sin la menor prisa, y yo tras él, como escondiéndome. No supe hasta un tiempo después lo que me estaba pasando. ¿Acaso sentía miedo de aquella preciosidad? No, no era miedo, creo que era angustia por enemistarme con ella y perder así la oportunidad de ser invitado a su lecho. Sin embargo en aquel instante no estaba preparado para admitir una debilidad semejante y preferí engañarme pensando que Alice era una mujer de armas tomar. Mejor pasar por un cobarde, un calzonazos, que admitir que iba a deprimirme mucho en aquel maldito frenopático si aquella hermosura me ponía mala cara.

Al pasar al lado de las mujeres Jimmy se rascó la garganta, como si tuviera algo en el conducto. Y a fe que lo tenía, y mucho, porque soltó un formidable un escupitajo o “japo” que se pegó al suelo como un enorme sapo, y allí se arrastró unos centímetros, hasta quedar justo a un dedo de la puntera del zapato de Alice. Sus compañeras soltaron un chillido histérico, luego escupieron un montón de sapos por la boca, que quedaron flotando en el aire tras de mí, y finalmente se echaron a reír con estruendosas carcajadas.

Yo me aparté un poco, tanto para no pisar el escupitajo verdoso como para ocultarme aún más tras la magra espalda de Jimmy. Hubiera deseado que la tierra me tragara y me dejara en medio del bosque de Crazyworld. Puede que allí me muriera de hambre, pero no de vergüenza. Cuando ya había concluido que aquel estúpido-zoquete me chafaría para siempre cualquier plan con Alice. Levanté la vista justo en el momento de notar una mirada clavada en mí. Era la camarerita linda, quien me observaba sonriente. No podía creer lo que estaban viendo mis ojos. Cualquier mujer te enterraría vivo en una situación semejante. Pero ella no, ella me guiñó un ojo al pasar, como diciéndome que todo tendría arreglo y que muy pronto seríamos íntimos.

¿Íntimos? Si yo no estaba loco, algo que ahora dudaba, lo que era seguro, sin el menor atisbo de duda, y lo que me estaba diciendo mi mente, muy lúcida en aquel momento, es que todos en Crazyworld estaban locos, incluido el personal.
Jimmy se volvió, retó a Alice con la mirada, y allí se quedó un minuto, echando fuego por las rendijas que eran sus ojos. Yo aproveché para salir al hall y observar la escena escondido tras el quicio de la puerta.

Continuará.