Categoría: LA POESÍA DEL TIEMPO

LA POESÍA DEL TIEMPO IV


CAPÍTULO IV

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AMORES POR CORRESPONDENCIA

 

Acababa de abandonar el colegio religioso donde estudiaba para cura. Tenía dieciocho años y enraizado en la médula el miedo que me habían inculcado al mundo, el demonio y la carne. Sobre todo me asustaba la carne, la carne prieta de las chicas que caminaban por las aceras de mi ciudad. Nunca había visto un demonio y el mundo para mí no iba más allá del entorno donde residía. Pero las mujeres sí me asustaban, me aterrorizaban, por eso procuraba bajar la mirada cada vez que alguna venía a mi encuentro por la misma acera.

 

En aquellos tiempos no existía Internet, ni se le esperaba, los inventos que nos trajo el tiempo revolucionarían nuestras vidas, pero para algunos llegaron demasiado tarde. Aún así mi creatividad e inventiva, que me acompañaron desde niño, me permitieron aprovechar lo poco de que podía disponer. Mi madre gustaba de leer algunas revistas del corazón de la época y las dejaba en la mesa del salón o en cualquier parte que le viniera bien. Para un intelectual tan pagado de sí mismo, como yo era entonces, las revistas del corazón eran pura basurilla, no obstante tenían algo que sí me gustaba mucho, las mujeres de sus portadas y fotografías. Un día eché un vistazo a una de estas revistas, tal vez Diez Minutos, no puedo recordarlo con exactitud. Al final había una sección de correspondencia en la que los lectores pedían amistad o lo que fuera, que no era mucho, porque la época no lo permitía. No había muchas cartas, aunque sí las suficientes para hacerme una idea de lo que podría pasar si yo escribía a la revista, pidiendo amigos.

 

Me costó decidirme, pero al final lo hice. Fue una carta breve pidiendo amistad, especialmente amigas, y poniendo de manifiesto mi soledad y torpeza para relacionarme. Lo que no podía esperar fue lo que pasó. El tiempo me enseñaría que de alguna manera debo tener una cierta facilidad innata para expresarme con la palabra escrita, porque por entonces había escrito muy poco, así que no puedo atribuir esta facilidad a escribir folios y folios, como hago ahora. Debí de conmover con mi prosa escueta, o tal vez fuera sencillamente que había muchos en mi misma condición, solo que no se atrevían a pregonarlo en una revista.

 

No esperaba nada, o más bien muy poco, porque la esperanza nunca se pierde. La gran sorpresa me la dio el cartero, o más bien mi madre, que aquella mañana subió un montón de cartas diciéndome que el cartero preguntaba qué era aquello y si iba a ser así todos los días. Me quedé pálido, o tal vez pasara del rojo al pálido a tal velocidad que ni me enteré de lo avergonzado que me sentía. No dije nada y me llevé las cartas a mi habitación. Allí las manoseé, miré sus remites, pasmado de que el milagro hubiera ocurrido. Por fin las clasifiqué de una forma muy simple, mujeres y hombres. Éstas últimas las dejé para el final, dudando si arrojarlas directamente a la basura o leerlas antes, porque yo lo que realmente quería, enmascarando sexo y amor con amistad, era conocer mujeres, cuantas más mejor y cuanto más jóvenes mucho mejor, de mi edad, porque las adolescentes de aquella época eran realmente unas crías, o al menos eso pensaba yo.

 

Aún en estos tiempos resulta insólito recibir más de quinientas respuestas a un texto subido a Internet. Recibir más de quinientas cartas a una cartita dirigida a la sección de correspondencia de una revista del corazón, a mí me pareció casi un milagro, aunque no puedo saber si mi caso fue especial o les sucedía a todos los que mandaban una carta a la revista. El cartero se cabreó seriamente, hasta el punto de que mi madre, a la hora en que solía pasar por la calle, se asomaba a la ventana del piso y en cuanto lo veía aparecer, bajaba corriendo las escaleras, desde un tercero, para que el cabreado cartero no tuviera que echarlas al buzón, en el que no cabían todas, y se las diera en mano. Mi madre se reía, cuando me contaba los denuestos y reniegos del cartero, y no cesaba de preguntarme qué había hecho. Imagino que a pesar de mi vergüenza debí contarle que había escrito a una revista solicitando amigos, no le dije cuál, de eso estoy seguro, me daba mucha vergüenza que supiera que ojeaba sus revistas del corazón. Me pidió que fuera yo el que bajara y aguantara al cartero, pero no lo hice, era tan tímido y tenía tanto miedo –el huevo de la serpiente llamada fobia social- que habría preferido quedarme sin más correspondencia que verle la cara a aquel señor, tan enfadado con razón, que durante un tiempo salía huyendo de él cada vez que lo veía por la calle, como si pudiera conocerme.

 

Recuerdo que guardaba las cartas en cajas de zapatos, de cartón, clasificándolas de la siguiente manera: cartas con foto de chicas o mujeres, cartas sin foto de chicas que prometían, cartas sin foto de mujeres maduritas, cartas de chicos. Las cartas con foto estaban clasificadas según me gustaran más o menos, las últimas las de mujeres maduritas ya que para mí en aquel tiempo era inimaginable tener una relación sexual con una mujer madura, no porque no me gustaran, sino porque parecía fuera de lugar y hasta pecaminoso. Recuerdo que aquella avalancha de correspondencia coincidió con el tiempo que tuve que esperar desde que aprobara la oposición hasta que me adjudicaran una plaza y pudiera tomar posesión, tal vez más de un año. Todo aquel tiempo de que disponía lo empleaba para contestar una carta tras otra, por orden de interés para mí, claro. Lo hice de forma manuscrita, a pesar de tener una máquina portátil de escribir. Aquel, sin duda, fue el comienzo del fin de mi letra, que hasta entonces era tan mona y tan legible, el fin llegaría años más tarde cuando me puse a escribir en libretas y cuadernos mis esbozos de novelas, relatos, poemas, ensayos, anotaciones de sueños y de todo tipo. Hoy en día ni yo mismo entiendo mi propia letra y dudo de que exista letra de médico –famosa por su ilegibilidad- peor que la mía.

 

Según el tono de la carta mi respuesta se adaptaba a lo que se podía esperar de cada chica o mujer, amistad, una pizca más que amistad, posibilidad de una historia romántica, aceptación del riesgo de atreverme a iniciar el camino hacia una relación sexual –un milagro que había que buscar, a Dios rogando y con el mazo dando- y por último las respuestas de cortesía, dando las gracias, diciendo que no podía mantener correspondencia habitual con todo el mundo después de aquel aluvión de correspondencia. Esta correspondencia de pura cortesía estaba dedicada a los pocos chicos que me contestaron y a las chicas o mujeres de las que no podía esperar gran cosa, maduritas maternales que solo querían animarme un poco, porque me notaban muy desesperado, hablándome de sus hijos que también habían tenido problemas para relacionarse y chicas con foto que parecían tan feas que solo una gran cultura y madurez intelectual o emocional me hubieran decidido a seguir con la correspondencia.

 

Me hubiera avergonzado comentar con alguien que las primeras de la fila eran las más guapas, según las fotos que me enviaban, por suerte no tenía a nadie para comentarlo, salvo mi madre que seguía preguntándome curiosa y a la que yo decía cualquier cosa para que me dejara en paz. Claro que tampoco había muchas chicas con un nivel intelectual o unos gustos culturales parecidos a los míos, salvo un par de maestras con las que inicié una correspondencia habitual, a las que escribiría sendos poemas y a las que conocería en persona en un viaje por toda España conociendo a chicas que me habían escrito y que querían conocerme.

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Como este es un relato sobre los poemas que he escrito a lo largo de toda mi vida y las circunstancias en que fueron escritos, debo dejar de lado, sin mencionar, a aquellas mujeres que solo recibieron mis cartas, sin más. Algunos de estos poemas se han perdido y los que conservo no puedo recordar a qué extraña casualidad se debió. Fue un error el escribir poemas manuscritos y mandar a la interfecta la única copia disponible del poema. Así, que recuerde, he perdido el poema que le escribí a M. (utilizaré solo iniciales, porque aunque muchas de ellas eran mayores que yo y ya deben ser abuelitas, como lo soy yo, con Internet nunca se sabe y hasta podría tener un disgusto por hablar de alguien sin su permiso). M. era una mujer rubia, de unos treinta años, puesto que ya tenía dos hijos, uno de ellos casi los diez, si mi memoria no falla. Su historia la cuento en la serie de Relatos titulada “Algunas historias sórdidas”, aunque aún no está subida a Internet. Recuerdo que su carta era breve y plagada de faltas de ortografía, pero lo que más me importaba era su foto y su sinceridad sensible y acogedora. Luego me enviaría otras dos más, estas en color, en una playa. Así se inició una correspondencia que duraría hasta que nos conocimos en persona, cuando viajé  a Madrid para tomar posesión de mi plaza. El resto de la historia se cuenta en el relato antes mencionado, así que no la voy a repetir aquí. Aunque el poema se perdiera tengo un vago recuerdo de su temática, la exaltación de su belleza es una temática segura, porque lo hice con todas las mujeres que me mandaron foto y a las que escribí un poema, también creo recordar algo sobre el mar, las olas, etc. Conscientemente le mandé el original y no me quedé con copia alguna, era un regalo especial, solo para ella. Con el tiempo enmendaría este error pasando a máquina los poemas manuscritos originales, de esta forma yo me quedaba siempre con una copia, así he podido rescatar alguno de aquellos poemas. También creo recordar haber escrito un poema para P. una mujer madura que residía en París –aún continuaba el periodo de emigración, aunque remitiendo- y que estaba soltera o tal vez divorciada, que me había escrito una carta muy maternal, pero que yo intentaba sacarle punta romántica o esperanza de “graduado” sin graduar. Es posible también que le escribiera otro poema a M.A. una preciosa chica, hija de un alto cargo del ejército, que residía por aquel entonces en Ceuta o Melilla. O puede que me contuviera precisamente el cargo de su padre y me mostrara más discreto y prudente. No lo creo, porque en aquellos tiempos, aparte de la timidez, primaba el romanticismo, el erotismo teñido de lirismo, porque hacía muy poco que abandonara el colegio religioso y la represión sexual aún presidía mi vida afectiva, aunque no la intelectual, que estaba apartando a machetazo todos los conceptos dogmáticos que me habían imbuido, entre ellos el sexo como el más vil y despreciable de los pecados, también el más poderoso, puesto que nos hundiría en el infierno con una facilidad pasmosa. También está perdido el poema enviado a una chica andaluza, que me había escrito con foto, y que, en respuesta a aquel romántico y “atrevido” poema, se sintió obligada confesarme que era lesbiana, algo tan insólito en aquellos tiempos, que solo mi apertura mental, que me acompañaría el resto de mi vida, hizo que mi respuesta fuera comprensiva, amable y generosa, tal vez una pizca de paternalista y estúpida. Todos aquellos poemas, incluidos los que acabaron en la hoguera, fueron hojas al viento, hoy hojas otoñales, pero en aquel tiempo hojas primaverales y románticas.  Todas aquellas cartas que recibiera durante quince días, y que sumarían más de quinientas, fueron quemadas. Las desechadas, aquellas a las que solo contesté con una respuesta cortés, anunciando que no podría mantener una correspondencia habitual, primero, luego las cartas de las que esperaba muy poca cosa, y luego, finalmente, todas ellas, tal vez en Madrid, durante mi etapa negra. Habrían sido de gran ayuda ahora, en esta recapitulación, junto con los cuadernos manuscritos de aquel diario que llevé en aquellos años oscuros, o aquel suplemento dominical de aquel periódico que documentó la etapa más miserable de mi vida.

 

Resulta curioso que en toda mi vida paupérrima de poeta, en ningún momento me planteara el ser un poeta con rima, es decir buscar en el soneto, el endecasílabo, y todas las formas poéticas clásicas, la belleza de la poesía. Para mí, entonces y ahora, la definición de poesía era la de Becquer, “poesía eres tú”, y soy yo –la oscura poesía del ego vanidoso y atormentado- y es el tiempo que pasa, que huye, y el recuerdo podado e idealizado, y la necesidad ególatra de que tu obra no haya sido en vano, de que tu sufrimiento no haya sido inútil, de que tu pasado no haya sido una pérdida de tiempo. Me pregunto qué sentido tiene ahora –para un guerrero impecable- dejarse llevar por estas vanidades (vanidad de vanidades y todo es vanidad), intentando que nada se pierda en una vida que no ha sido otra cosa que una lucha inútil, intentando que  todo permanezca para siempre. Tal vez me impulse a ello la necesidad de recobrar el tiempo perdido de Proust, o la esperanza de que no todo en mi vida ha sido inútil, o la de actuar de acuerdo a aquella filosofía vital que aún sigue presidiendo mis actos, la de que nada hay oculto que no haya de ser descubierto, ni nada secreto que no acabe saliendo a la luz, ni intimidad que no acabe siendo de dominio público, puesto que como digo en la Ceremonia del amor, el que amó una vez en el tiempo amó para siempre en la Eternidad, o dicho de otra manera, el que vivió una vez en el tiempo sigue viviendo para siempre en la Eternidad. Fueren cuales fueren las razones, si es que hay alguna, he decidido dejarme llevar por la poesía del tiempo y rematar esta historia de mi vida poética, ahora que estoy jubilado y solo, con mucho tiempo y pocas ganas de hacer nada, como un acto de voluntad, como un intento de guerrero.

 

Para todas aquellas mujeres, cuyos poemas se han perdido, va este homenaje a su belleza, un homenaje tan romántico y lírico, como oscuro y atormentado. Tal vez Proust tenga razón y el tiempo pueda ser recobrado, lo que es seguro es que nunca se perdió, puesto que está enraizado en nuestra personalidad actual. La personalidad es un 98% de memoria y el resto habría que buscarlo. Como dijo aquel que nunca recuerdo y al que parafraseo constantemente cuando toco estos temas. Intentando recobrar aquella parte de mi personalidad que permanece en rincones oscuros, e intentando recapitular al estilo Castaneda aquellos hilos energéticos que fui dejando en el camino, seguiré recopilando poemas que por su calidad poética deberían haber sido quemados pero que por su calidad humana son parte de mi vida de guerrero sobre la tierra.
BELLEZA DE MUJER
Mayte

Belleza de mujer,
fugitiva y eterna,
un solo instante en nuestros brazos;
un breve aleteo en nuestros ojos
y la amaremos para siempre,
aunque el tiempo la entierre,
cruel, en el recuerdo:
un triste esqueleto de duros huesos,
cuencas vacías mirando la noche,
hedor de podredumbre.

Su cadáver pasará a nuestro lado
y las entrañas devolverán
entre arcadas repugnantes
el dolor de lo perdido,
pero nadie podrá quitarnos
el recuerdo, el perfume de su belleza.
Mayte2

¿Quién me arrebatará el deseo
infinito y dulce de tu cuerpo de diosa?
¿Quién podrá destruir la esperanza de tu amor,
despertarme de mi sueño mientras suspiramos
juntos y felices en el lecho?
¿Cómo borrar la imagen de mis besos
en tus labios, tu sonrisa adorable
llamándome al placer?

Aunque estés lejos, en el vacío de lo imposible,
siempre te tendré cálida, acurrucada en mis brazos;
aunque no seas mía, me pertenecerá siempre
la esencia de tu dulce recuerdo.
M.A.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA POESÍA DEL TIEMPO III


 

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BAILA POETA

¿Fue Yolanda la primera chica para la que escribí un poema? Es posible. Durante mi estancia en el colegio, hasta los dieciocho años, pude ver a alguna que otra chica y todas me gustaron más o menos, incluso alguna mucho, pero nunca se me hubiera ocurrido escribirles una poema, esas cosas eran pecado. Al salir al mundo, al demonio ya la carne, como nos habían enseñado pasé una época con muchas dificultades para la relación y apenas salía de casa. Mi primera visita a una discoteca fue todo un acontecimiento. Aún recuerdo que se llamaba Atomium y estaba en un pasaje de la calle Ordoño II de León.

Allí sufrí una de las experiencias más ridículas de mi vida, intentando que alguna chica accediera a bailar conmigo. Recuerdo que allí se produjo mi primer encuentro con dos chicas a las que luego trataría bastante en el bar de Tomás donde tomaba vinos con J.R. tras el trabajo de la mañana en el Juzgado número 2 de León. Era una sidrería, ahora recuerdo, y se llamaba el Llagar. La chica se llamaba Cary, imagino que por Caridad, y la otra Caty. Las dos eran bajitas y muy normales, aunque a mi me parecieron muy deseable. No recuerdo haberles escrito algún poema, aunque todo es posible en aquellos tiempos en los que escribía poemas a todas las chicas que aparecían en mi vida.

Sino escribí este poema sobre la soledad en una discoteca tras la experiencia en el Atomium seguro que me basé en ella al escribirlo tiempo más tarde, tal vez en Madrid. Creo que refleja muy bien lo que sentí el Atomium.

                              BAILA POETA.

 

 

La luz golpea

Silenciosa

El cerebro.

 

El sonido rasga

La carne rebelde.

 

Baila poeta,

Al ritmo de tu angustia.

 

Retuerce tu cuerpo

Hasta olvidar

Tu amarga soledad.

 

Escupe tu impotencia

Blanco y rojo

Rojo y blanco

Giran y giran

En tu pupila

 

Patea tu amargura

Con las plantas de tus pies

Donde has escrito tus versos.

 

Verde, rojo, blanco.

Blanco, rojo, verde.

En tu alma

Arcoiris de tristeza.

Girando

La esperanza del olvido.

 

En la penumbra

Sangre

Se apaga y se enciende

Llamando

A la locura.

 

Poeta

Baila y llora

Sobre el amor soñado.

 

Pisa

La blanca luz

Que hiere

Tu dolor.

Aplasta

Cruel

Tus entrañas vivas

De gemidos

De amor

De gritos del corazón.

 

Poeta

Triste

Oculta

Tus lágrimas

A los ojos indiferentes.

Devóralas

Muy dentro.

Y baila

Espectral

Con la sonrisa

Muerta

En la máscara riente.

 

¿Quién te quiere

poeta

angustiado?

 

¿Quién comprende

tu espíritu

dulce?

Atormentado

Ayer

Melancólico

Hoy

Y triste

Siempre.

 

¿Quién puede

amar

tu desnuda ternura

erizada

de angustia?

¿Abrazar

tu corazón

abierto al infinito

agitado

en la ansiedad

de una espera

ETERNA?

 

¿Quién puede

besar

los lejanos

horizontes

entrevistos en tus sueños?

 

¿Quién descubrirá

más allá

del frío

de tu mente

viajera

Tempano

A la deriva

Fragil

Y luminoso

En la noche polar

Ese fuego

ARDIENTE

Con brazos

De llama

Estrechando

El vacio?

 

Oh poeta

Poeta

¿quién te condenó

a percibir

la luz

en un mundo

ciego?

 

¿A sentir

EL AMOR

En la patria sin sol

De la oscura

Violencia

 

¿Quién te obligó

al parto

de la mente

en la tierra yerma

de la abortiva estupidez?

 

LA POESÍA DEL TIEMPO II


CAPÍTULO II

¿EL PRIMER AMOR PLATÓNICO?

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       YOLANDA

La memoria es frágil y el recuerdo nos juega malas pasadas. Victoria no pudo ser la primera mujer a la que escribí un poema, porque antes se lo había escrito a otra, a Yolanda, unos años antes, tal vez dos o tres. Tendría unos diecinueve años y residía en León, preparaba las oposiciones que me llevaron a ser compañero de Victoria, por lo tanto y lógicamente es anterior en el tiempo. Todas las tardes iba a una academia donde estudiaba mecanografía, taquigrafía y el temario de leyes. Yolanda también las estaba preparando y justo se ponía en la máquina de escribir que tenía a mi derecha. Era una chica delgada y que hoy no me hubiera parecido una belleza excepcional, sencillamente era una chica agradable, con un rostro agraciado, nada excepcional, aunque a mi me parecía muy guapa y muy dulce. Es la poesía del tiempo que da y quita, que pone y retoca. Desde este momento temporal Yolanda aparece como una chica que logró enamorarme solo porque estaba cerca de mí y porque yo era joven, romántico y mi sexualidad rebosaba por los poros. Creo que cuando escribí este texto que también subí a Grupobuho, recordaba mejor aquella época, por lo que me fiaría más de lo que conté entonces que de lo que podría narrar ahora. Esta es la historia que escribí entonces sobre Yolanda, a la que considero mi primer amor platónico. Creo que antes de la historia debería ir el poema.

 
Nota: Disculparán este pequeño experimento iniciático.  Reviso mi pasado a la busca de lo mejor de si mismo. Algo aparentemente paradójico porque el pasado está muerto. ¿Es así?. Creo que no, creo que los momentos no mueren y desaparecen para siempre. El recuerdo puede ser traído al presente y vivido con la misma intensidad que entonces aunque las manos no puedan palpar la rugosidad material del momento.
El autor lo escribió teniendo 19 o 20 años. No ha sido corregido. Así estaba en la vieja carpeta. Tendrán que disculpar la endeblez de la forma aunque el progreso logrado en estos años no sea precisamente para tirar las campanas al vuelo.
Yolanda era una chica más bien baja, más bien delgada, nada explosiva, pero sus ojos oscuros decían muchas cosas aún mirados de soslayo y a hurtadillas. Su codo rozaba el del autor al escribir a máquina. Se sentaban juntos en una sala de una academia de mecanografía y taquigrafía en la que el autor estaba preparando una oposición. No hubo mucho más que miradas a hurtadillas y una invitación a café y un poco de charla en un bar cercano. Ella estaba acompañado por una amiga y la conversación fue de todo punto intrascendente. Meses de saludos y tímida contemplación. Eso fue todo.
Fue la primera amiga y el primer amor platónico. En el colegio religioso no se codeaba uno precisamente con chicas. Para todo hay una primera vez, para la amistad y para el platonismo romántico amoroso.
El último día de academia el autor puso un sobre en sus manos con este poema. No hubo respuesta. No podía haberla.

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Para Yolanda, mi primera amiga y mi primer amor platónico.

Yolanda, mujer maravillosa,
¡qué triste decirte adiós!,
sepultarte en el recuerdo,
caminar en el futuro lejos de tu presencia,
pisando cada día el polvo de la tumba
que mis manos cavaron con dolor
y melancolía en la carne de mi corazón,
donde enterré tu nombre con mimosa delicadeza,
temeroso de aplastar, de manchar,
la suavidad y la hermosura de tu imagen
que como frágil florecilla
se agostaba entre mis dedos.

Te amé sin quererlo,
sin atreverme a desearlo,
sin ni siquiera saberlo;
te colaste hasta el fondo de mi alma atormentada
por una rendija diminuta abierta en el realismo
cruel y brutal de mi pétrea mente.

Amarte era amar un sueño imposible,
querer apresar el viento huidizo
besar los labios ardientes del sol
en la noche tenebrosa.

He tenido dulces, acariciantes sueños,
pero nunca mi corazón se hirió con ellos.
¿Porqué me enamoré de ti,
mi mas hermoso sueño?.
¿Porqué dejar mi alma bucear
en el vacío mar
de ilusiones sin esperanza,
ahogarse con la angustia
de fatigantes, inútiles esfuerzos de demente,
como un eterno naufrago
en el agitado océano del amor?.

¡Si pudiera mi alma viajar hasta la tuya!.
Recorrer el espacio al dulce mandato
de un corazón hambriento de la mirada
sonriente de tus ojos sugerentes
de mundos inalcanzables para deseos y suspiros
siempre con un mañana de infinitos
ayeres a las espaldas.

¡Poder seguir tus pasos
el cadencioso ritmo de tu cuerpo!.
¡Poder besar tus labios
con los míos, invisibles!.
Susurrarte en los oídos palabras de amor
sin buscar respuesta ni consuelo alguno.
Tener tus ojos huidizos
siempre al alcance de los míos.
Aspirar el aroma de tu alma
ahogando en el mi soledad.

¿Qué misterio se esconde en la fuente de la vida
para amar sin ser amado
para sufrir por lo imposible y suspirar en el vacío?.

Yolanda, dulce nombre que me llena de ternura,
apenas intuí tu alma en una fugaz mirada
quedé ya prendido en la red de tu atractivo sutil
como la indefinible sonrisa
tierna, amorosa y triste
que sorprendí en tus ojos en un momento de descuido.
Muchas veces anhelo estrechar
tu hermoso cuerpo entre mis brazos,
reposar mi cabeza febril en el calor de tu pecho;
acariciar tu cabello entre mis dedos amorosos,
besar en tus labios en el fondo de tu espíritu.

Un instante de amor contigo compartido
y en mi seco corazón hubiera brotado
una planta misteriosa en su frágil hermosura
inmune a los vientos abrasadores de la vida.

Yolanda, amor imposible, ya solo eres un recuerdo
que acaricia levemente una fibra sensible,
tan desafinada por el tiempo
que gemidos roncos y rotos
se van diluyendo en el polvo.
Pronto tan solo serás un nombre bello,
un dulce sueño que se olvida en el brusco despertar.

En el mundo del espíritu encontraré tu huella,
donde no hay caminos podrán conocerse
sin máscara nuestras almas,
hablarse y quizá amarse;
pero ya nunca serás aquella
dulce y tierna Yolanda,
cuyos ojos estaban hechos de amor
su rostro de ilusiones soñadas,
Un cuerpo todo encanto, ritmo y hermosura.
Serás espíritu divino, mujer angélica,
pero yo te amé con aquel cuerpo
que lleva en su interior el gusano
implacable de la podrida muerte,
pero que el alma, embriagada y loca
amará con pasión desenfrenada.

LA POESÍA DEL TIEMPO I


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LA POESÍA DEL TIEMPO

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INTRODUCCIÓN

¿Qué es un poeta? No es una pregunta fácil de responder. Si llamamos poeta a quien escribe “poesía”, es decir a quien hace versos o escribe frases rimadas, cualquiera podría serlo. Un ripio es un mal verso y un poeta ripioso es un pésimo poeta, pero lo mismo que quien arregla zapatos es un zapatero, lo haga bien o mal, quien escribe versos es un poeta, sea bueno o malo.Si llamáramos poetas solo a los buenos, nos encontraríamos en un terreno muy frágil, con linderos poco definidos. Hay clásicos de la poesía que no gustan a algunos, incluso a muchos. Hay poetas desconocidos que algunos, tal vez bastantes, consideraríamos deben formar parte del Parnaso de la historia de la literatura y sin embargo permanecen en el anonimato más gris.

Si consideráramos “poeta” a quien aprecia la belleza, tendríamos que ampliar el redil, introduciendo en él a músicos, pintores, narradores, escritores de prosa poética, arquitectos, fotógrafos, directores de cine, jugadores de ajedrez de alto nivel… incluso filósofos, físicos, matemáticos, científicos de todas clases…Cualquier persona normal podría ser un poeta.

Estoy más a favor de la definición de poeta como persona que ama la belleza que de cualquier otra. El hecho de que escriba o no “poesía” es algo secundario. Quien tiene un corazón de poeta, podrá expresar su amor a la belleza de infinitas formas y no por ello dejará de ser un poeta.

Es por ello que me atrevo a llamarme poeta, porque amo la belleza y porque intento expresarla escribiendo, aunque mi prosa poética es tan pobre y poco lograda que si no anidara en mi corazón la belleza, como un pájaro desesperado por echar a volar, me consideraría un soberbio si me llamara solo poeta por escribir algo de prosa poética, muy sentida, eso sí, pero muy poco trabajada y formalmente deleznable.

Puede que lo que haya escrito no sea poesía, pero mi vida, como la de cualquier ser humano, es pura poesía del tiempo, y en ese sentido me atrevo a titular la recopilación de mi prosa poética como “Poesía del  tiempo”. Aunque comenzara a escribir los primeros versos a los trece o catorce años (creo recordar que fue un poema sobre la montaña, ahora perdido) ya desde muy niño mi imaginación poética me impulsó a apreciar la poesía de Antonio Machado, Lorca y otros poetas en la escuela. Mi imaginación poética se puso en marcha y aunque no escribiera nada fui dejando en mi corazón y en lo profundo de mi alma las imágenes y metáforas poéticas que toda existencia humana lleva consigo.

Nuestras vidas son pura poesía del tiempo. Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir, como dijo el gran poeta. Por ello me atrevo a recapitular mi vida y a intentar abrazar a todos los “yoes” que han formado parte de mi existencia. No fechaba mis poemas porque consideraba que era prosificarlos aún más de lo que ya lo había hecho al escribirlos, y porque el tiempo siempre fue para mí algo tan volátil que fecharlo era como intentar crear un calendario en el agua o en el viento.

Mis primeros poemas, no los trabajos de adolescente, nacieron en Madrid, allá por los años 1978 a 1982. Con veintiún años aterricé en Alcalá de Henares y allí escribí uno de mis primeros poemas a una compañera de trabajo que me gustaba mucho. Se llamaba Victoria y su poema fue destruido, por mis manos y el fuego, años más tarde. Solo recuerdo vagamente su comienzo. Algo así como: Victoria, tu nombre vence dulcemente en cada batalla de la vida…

Escribí muchos poemas para mujeres, como no podía ser menos, pero sobre todo escribí muchos poemas abriendo mi vientre con el bolígrafo Bic y exhibiendo al exterior mis entrañas desesperadas, angustiadas, solitarias y suicidas.

Recuerdo que escribía en el autobús y en el metro, camino del trabajo. Me compré un bolso masculino, que entonces llamaban mariconera, y que llevaba siempre colgado al cuello. Allí guardaba una novela de bolsillo, casi siempre novela negra o de ciencia-ficción, una libreta pequeña con un par de bolígrafos, un “bocata” para la mañana y algunas “cosillas” que bien podría necesitar en mis rutinarios y cotidianos viajes.

Leía y escribía en el metro y en el autobús o sentado en algún banco en cualquier sitio o esperando en las paradas o en las colas. La terrible soledad que sentía comenzó a manifestarse en poemas terribles, infernales, tan angustiosos que aún hoy día me estremezco al leerlos. Así el poema titulado “Autorretrato” o “Belleza de mujer” o tantos otros…

RELOJ DE CUCO

He recopilado todos los poemas que he encontrado. He intentado reformar, reescribir y mejorar algunos. Cuando no lo he conseguido o he considerado que perdían intensidad emotiva aunque ganaran formalmente, los he dejado tal cual estaban. He intentado terminar algunos poemas apenas esbozados o que andaban perdidos por ahí, sin rematar. Mis últimas muestras poéticas, “Canciones tristes y desesperadas”, aún están en el horno. Brotaron sin que yo pudiera hacer nada escuchando las canciones de Leonard Cohen, uno de mis cantautores favoritos. No sé lo que dicen sus letras, porque desconozco el inglés, y aunque tengo libros traducidos al español de sus poemas y canciones, la verdad es que cuando escucho alguna de sus canciones entiendo más lo que expresa mi corazón que lo que dicen sus letras. Por ello me costó muy poco ir escribiendo los poemas según escuchaba sus canciones. Al principio no tomaba nota de la canción, por eso ahora me resulta difícil saber qué canción inspiró tal poema o de qué música brotó tal letra.Me considero un pésimo poeta escribiendo versos, pero un gran poeta como amante de la belleza. Sin duda soy mejor narrador que poeta, pero sería una pena volver a quemar la poesía del tiempo que ha ido trazando mi vida en los campos secos, en los eriales, hincando el arado entre yermos y rocas. Siguiendo el consejo que le da don Juan a Castaneda, he decidido que también mis poemas sirvan para recapitular mi vida. A ver si de esa forma el Águila decide tragar la recapitulación y dejarme pasar al más allá y a la inmortalidad.

 

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CAPÍTULO I

 

POLVOREDO

LA POESÍA DE LA MONTAÑA

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Recuerdo bien que mi primer poema lo escribí a los doce o trece años. Por entonces residíamos en Ciñera, un pueblo minero de la montaña de León, cerca del puerto de Pajares. Desde los diez años permanecía interno en un colegio religioso, concretamente en Valladolid, en los agutinos recoletos. Durante los veranos nos permitían tres meses de vacaciones , uno de los cuales, coincidiendo con las vacaciones de mi padre, lo pasábamos con los abuelos maternos en Polvoredo, un pueblecito cercano a los Picos de Europa. Los otros dos meses permanecíamos en Ciñera, donde yo hacía de monaguillo para el cura del pueblo y me pasaba la mayor parte del tiempo deambulando por las montañas cercanas. En uno de estos paseos, en el que pasé un puente de madera medio podrida y que entonces me pareció muy peligroso, llegué hasta un hermoso hayedo donde escribí el poema. Seguramente llevaba una libreta y un bolígrafo, costumbre que me acompañaría el resto de mi vida. No lo conservo, o bien se perdió o bien lo quemé, como hice con otros textos durante una grave depresión, recién casado. Hace unos días escribí también un poema sobre la montaña que he utilizado como fotopoema en Sonymage. Aunque no creo que tenga mucho que ver con aquel poema sí conserva mi pasión por la montaña. Voy a colocarlo aquí, aunque está completamente fuera del tiempo cronológico.

 

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                            CAPÍTULO II

                             LA POESÍA DE LA MUJER

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No recuerdo que escribiera un solo poema a las chicas durante el tiempo que permanecí interno en el colegio de Valladolid, hasta los dieciocho años. Tal vez se debiera a la prevención con que los frailes veían a la mujer, el pecado de la carne.  A pesar de ello nunca pude controlar el deseo lujurioso que me llevaba a mirar a hurtadillas a las chicas y mujeres de mi entorno. Atreverme a poner en verso ese deseo hubiera sido un pecado tan grave que no me atrevo ni a imaginarlo. Por eso no fue hasta los veintiuno o veintidós años, en Alcalá de Henares, que me atreví a escribirle un poema a una compañera de trabajo. No lo hubiera hecho de no haber sido porque la iba a perder de vista definitivamente puesto que había pedido el traslado. Un día se lo entregué al salir, en un sobre cerrado. La historia la cuento  en un texto que escribí en el desaparecido blog de Grupobuho, en la sección dedicada a Historias de mujeres. Y decía así:

    VICTORIA

 

 Durante mi juventud padecí una fascinación irresistible hacia la mujer…también ahora, aunque de otra manera y de forma menos irresistible.A mis veintiuno o veintidós años, estrenar trabajo y encontrarme con una linda jovencita de compañera, mesa con mesa, debería producir necesariamente, siguiendo la lógica más elemental, determinados efectos.Si además añadimos que el joven acababa prácticamente de salir del cascarón religioso, que estaba lejos de su familia, que carecía de amigos y que para él, encontrar el amor de su vida era un objetivo prioritario, el enamoramiento era unaria cantada, compuesta por Mozart o Rossini, vital, divertida y alegre, muy alegre.

 

La timidez tal vez sea una barrera que la plaza de toros de la vida pone a disposición de los novilleros para no cometer más locuras de las necesarias y poder refugiarse en ella cuando el toro bravo embiste, con cuernos afilados.No es mala cosa, aunque para un joven que debe contemplar a una jovencita durante todo el horario de trabajo esa es una tortura para experimentar e imposible de describir.Ella también estaba lejos de casa, sin familia, pero sí con amigos. Los fines de semana regresaba al hogar, dulce hogar, y el resto de los día tenía su propia vida, íntima e inaccesible al compañero, que cada vez que levantaba la vista de la máquina de escribir, se enfrentaba a un rostro aniñado, atractivo y muy dulce.En la oficina trabajaban más hombres, pero todos mayores, casados y con familia. Había también algunas chicas, jóvenes y solteras, sin embargo a él solo le interesaba una.

vICTORIA

Ella se llamaba Victoria y era delgadita, como las modelos de pasarela actuales. Estatura media, morena y la mirada de sus ojos, suave, vivaracha y alegre.Todo el monte es orégano, debió de haber pensado el jovencito, aunque existían dos obstáculos, la joven tenía novio y un hombre cuarentón, que visitaba la oficina una vez a la semana, por motivos profesionales, la piropeaba discretamente y hablaba con ella siempre que podía.

 

 El hombre llegaría a ser famoso, adquiriendo cierta relevancia social. Estaba casado y tal vez tuviera hijos. No obstante una perita en dulce siempre es una perita en dulce.El hombre era alto, bien parecido, poseía una labia un tanto desagradable para el joven, aunque tal vez no para ella y para el resto de los mortales.Los pensamientos del enamorado discurrían en silencio, durante meses no dijo esta boca es mía.

 

 Hasta que un día escribió un poema, que le dedicó a Victoria. Poema que se ha perdido y del que solo recuerda el comienzo.“Victoria, tu belleza vence dulcemente, en cada batalla de la vida”.O algo así, porque a pesar de hacer una copia y conservarla, el poema terminó en el fuego, en uno de sus arrebatos de baja autoestima.Tras largas reflexiones pasó los versos a un folio, manuscritos, con letra de molde.

 La dedicatoria decía algo así: “A Victoria, cuya belleza vence dulcemente en cada batalla de la vida”.

Introdujo el folio en un sobre, lo cerró con saliva y puso su nombre.  Dobló éste con cuidado, guardándolo en el bolsillo del vaquero. No me atreveré nunca, pensaba. Finalmente surgió la ocasión. Todos se habían marchado y Victoria se quedó para terminar algo urgente. El aguardó también y al salir  la alcanzó en la acera.-¡Victoria! Tengo algo para ti.Le entregó el sobre doblado y salió de estampida.

 

 Victoria se quedó con cara de susto y la boca abierta. No tiene tiempo ni de preguntarle de qué va la cosa.Pasa el tiempo. No sucede nada. Un día nota cuchicheos y risitas entre las compañeras. El futuro famoso y actual piropeador de Victoria le toma el pelo al joven con frases hirientes. Antes le caía mal, ahora le odia, intensa, satánicamente.Lo que él temía se ha producido. No que ella le desdeñara, estaba previsto y aceptado, sino que no se resistiera a comentárselo a alguien. Secreto de dos, secreto de todos.

 

Lo que no hemos contado es que nuestro personaje está deprimido, muy deprimido. Sufre ciclos depresivos, muy profundos. Se interna en una clínica para seguir una terapia de sueño. Consiste en dormir, día y noche, y otro día y otra noche y otro… Te despiertan para comer y te vuelven a dormir, con medicación disuelta en suero y administrada por vía intravenosa. Sueños y más sueños, despiertas y recuerdas algo, y luego vuelves a dormir y a soñar…Salió mejor de lo que entró. La terapia daba resultado.

 

Regresa al trabajo y… no sucede nada. Todo parece haberse calmado. Se han olvidado de él, ya no le toman el pelo; el olvido corre su velo sobre el espantoso ridículo que acaba de hacer.Al fin de vuelta a la rutina. ¡Uff! Todo pasa, todo llega…

 

Cuando Victoria le dice en un aparte que desea hablar con él, citándole en una cafetería, él no acepta, sabiendo de antemano cuál será el tema de la conversación. Imagina lo que ella tiene que decirle y se asusta. Teme derrumbarse en público.Ella insiste, hasta le propone ir a su piso. El acepta porque la esperanza es lo último que se pierde. ¿Y si la respuesta fuera sí?

 

 Mientras caminan juntos el joven siente renacer la esperanza. Se deja llevar en alas de la fantasía, aunque la lógica es aplastante: Victoria no caería en sus brazos, ni aunque la empujaran.

 

El piso es viejo, lo comparte con otro que no estará, porque trabaja hasta muy tarde. Hay un viejo sofá, completamente deteriorado y dos sillas desvencijadas. Allí no puede sentarse una dama. Solo queda la cama, deshecha, con la ropa revuelta (el joven suele hacerla una vez a la semana).Ante su sorpresa Victoria no se asusta y acepta sentarse sobre aquel revoltijo de sábanas. El joven se sienta a su lado, temblando de miedo y de deseo. Un gesto y su brazo rodeará su hombro. Otro gesto y su cabeza se inclinará hasta que sus labios toquen la boca femenina.

 

Pero Victoria no lo hace y él permanece a su lado, con tanto miedo que hasta le tiemblan las piernas. Su excitación es tanta que nota su miembro viril ponerse duro como un palo.Así escucha a la joven. Habla con voz dulce, aunque muy serena y con una espantosa seguridad en sí misma. Le dice que el poema se le ha gustado mucho, que se siente feliz de que haya pensado en ella de esa manera. Cualquier mujer se sentiría feliz de despertar semejantes sentimientos en un hombre. Pero…

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Pero ella tiene novio y está enamorada de él y piensan casarse en cuanto ella consiga el traslado. Está allí de paso. Regresará con su familia en cuanto le sea posible. Lo suyo no tendría el menor futuro. No es que le parezca poco atractivo o feo, al contrario, el joven posee un físico agradable. Tampoco es mala persona, al contrario, su sensibilidad al escribir esos versos lo demuestra.Victoria se atreve incluso a dar un paso más. Le dice, con una sonrisa, que a él le parece sincera, aunque tal vez su mirada lo desmienta –el joven es demasiado inexperto para estar seguro- Victoria le dice que si no tuviera novio hasta se le entregaría ahora, sobre este lecho sucio y revuelto. 

 

Reconoce que el poema la ha trastornado.La excitación que siente el pollito es tal que le aterra no poder controlarse, explotar sobre el calzoncillo y que los restos se muestren al exterior en la bragueta del pantalón. Piensa que arriesgarse tal vez merezca la pena, al fin y al cabo no tiene nada que perder. Si ella no se opone terminantemente seguirá adelante y sea lo que Dios quiera.¡A la mierda su novio! ¡A la mierda todo! Daría ese paso sin pensárselo dos veces. Ella merece la pena. Ha encontrado el amor de su vida. ¿Por qué titubear ahora?

 

Pero no lo hace. Le aterra la posibilidad de que ella le rechace, con palabras duras, hirientes.Con el alma resbalando de sus ojos hacia el suelo él responde que lo comprende. Que se quede con el poema que ella intenta devolverle. Es suyo, solo suyo y para siempre.  Ella le ofrece su amistad. Para eso no hay dificultad alguna. Pero él sabe que solo son palabras. ¿Qué clase de amistad podría existir entre ellos después de esta escena? Un resentimiento feroz se apodera del joven enamorado. No sabe de dónde procede. Ignora qué le impulsa a odiarla. Al fin y al cabo ella se ha comportado con una delicadeza y sinceridad digna de elogio. Pero es así. La odia, porque con sus palabras le está arrebatando la vida. No habrá otras mujeres. Para él es todo o nada, ahora o nunca.

 

Se levanta y la acompaña a la puerta. Victoria se marcha y él se queda. Un paso más y el infierno se acerca a grandes pasos.A la semana de esta patética escena el pobre cuitado oye cómo el futuro famoso, casado y con familia, rijoso y seductor de jovencitas, le propone a Victoria que cene con él ese fin de semana. Ella mira al joven y no acepta, porque pasa todos los fines de semana con su familia (todos los fines de semana, insiste, pero el dolido espectador nota que no dice nada de su novio).El burgués rijoso insiste, propone fechas alternativas, da vueltas alrededor de Victoria como una polilla alrededor de una bombilla encendida. Victoria resiste, pero el joven nota que hay menos fuerza cada vez en sus negativas. Una idea pasa por su cabeza, en la que están bullendo todas las calderas del infierno. Ella va a ceder, piensa, se va a acostar con ese imbécil, solo porque es rico y poderoso y alto y guapo y no le ha escrito un poema, simplemente se lo ha planteado como un pasatiempo sin importancia. No está enamorado de ella. No dejará a su familia por Victoria. Lo pasarán bien una noche, tal vez más noches si ella consiente y no crea problemas y luego se olvidará para siempre de alguien a quien el joven ama más que a su propia vida.

 

El resentido enamorado mataría al burgués ahora mismo y también la mataría a ella, a Victoria. Sus sentimientos le superan. Nunca creyó que la naturaleza humana pudiera ser tan demoniaca. Poco a poco se va calmando. Al fin y al cabo ella no es suya, no es su propietario, su cuerpo es suyo y solo suyo y de nadie más. Puede entregarlo a quien quiera. ¡Qué importa que el otro no la ame y que el compañero que está a punto de soltar un sollozo la ame con amor romántico, pasional, como un personaje del romanticismo literario! Además suya fue la culpa. Fue él quien escribió el poema y se lo entregó y le dijo todo lo que sentía. La culpa es suya y solo suya. ¿Por qué culpar a quien nunca le dio la menor ocasión para ilusionarse?

 

Nunca supo si Victoria cedió o no, si llegó a acostarse con aquel maldito burgués rijoso o si aquello quedó en un simple rifirrafe entre un Don Juan de pacotilla y una jovencita que era bastante más madura de lo que indicaban sus años. El joven espiaba sus gestos cada día. Nada objetivo le dijo que sí, que ella había entregado su cuerpo desnudo a un cabrón sin escrúpulos. Pero algo en su interior, muy dentro de su carne, en el fondo de su alma, le gritó que sí, que ella había cedido, que lo que tanto le repugnaba había tenido lugar.

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Victoria acabó por obtener el traslado a su ciudad natal. Nunca supo si se casó con su novio, aunque todo parece indicar que fue una buena esposa y una buena madre. En cuanto al burgués rijoso, alto, guapo, casado, con familia y muy creído de sí mismo, llegaría a ser famoso por circunstancias de un tipo y de otro. El no tan joven le vería en la televisión, hablando con aquella repugnante voz de pijo, engolado, narcisista, como un dios al que la vida debería rendírsele sin rechistar y al que todas las mujeres deberían desear. Porque él era un hombre al que los dioses machos mearon desde el Olimpo y al que las diosas hembras amamantaron a sus pechos.

 

Cuando el hombre que llegó a ser el joven encendía el televisor y oía aquella voz repugnante y veía aquel rostro miserable, arrancaba el cable del enchufe y sentía deseos de tirar el televisor por la ventana. Pero antes de que el futuro diera la vuelta a la esquina el joven enamorado y resentido calló en una profunda depresión.  Puede que sus fantasías no fueran ciertas y que sus sentimientos se acercaran al delirio de un demente, pero algo sí era verdad: un pollito recién salido del cascarón está a merced de cualquier depredador o de cualquier inclemencia de la vida.

 

Pasó el tiempo. Durante muchas noches oyó en sueños reírse a Victoria, a sus compañeras y sobre todo a aquel macho insolente. Nunca supo si fue esa la razón más poderosa que le impulsó a intentar el suicidio. Sobre una montaña, en mitad de un bosque, alzó hasta la sien una pistola, que nunca confesaría de dónde  obtuvo.  Vio a la muerte acercarse sobre el césped húmedo, en el que aún quedaban  ligeras capas de nieve. Supo que nadie le libraría de ella. Porque Dios estaba muy lejos, tanto que nadie le había visto nunca.

 

Apretó el gatillo deseando hundirse en la nada y olvidar para siempre que una vez fue un ser vivo, un fetillo monstruoso, un error de la naturaleza y…

 

No ocurrió nada. Alguien, no sabía quién, le había regalado una nueva vida. El muy idiota ni siquiera sabía distinguir una bala de verdad de una de fogueo. La pistola era de verdad, o al menos lo parecía, por su peso, por sus dimensiones, por su mecanismo. El cargador también parecía bueno, las balas eran grandes y nada en ellas hacía pensar que estuvieran huecas o pesaran menos de la cuenta. Entonces …

 

¿Qué había ocurrido? Lo dedujo inmediatamente. La pistola estaba cargada con balas de fogueo. Ni siquiera probó el resto. Puede que alguna fuera buena. Le habían regalado una nueva vida y eso era suficiente para él.Un nombre en una agenda, un poema perdido o quemado. Algo que ocurrió en algún tiempo, en algún lugar y que ya nadie recuerda. Una realidad constatable y palpable, una fantasía delirante que nunca pudo ser comprobada y que llegó a ser más real para un joven romántico que cualquier pared contra la que se hubiera golpeado la cabeza.

 

Una historia más, arrastrada por el río de la vida. Una pesadilla que nunca debió haber sido recordada.  Una mujer más en la vida de un hombre, que llegaría a enamorarse de otras muchas mujeres. La parte femenina del universo se pasea por una pasarela de modelos. Va tomando la forma de una mujer y de otra y de otra…

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La historia es un río de mujeres que pasan ante los ojos muy abierto de un joven romántico que cree que él solo merece su amor, que está convencido de que algún día la parte femenina del universo y su parte masculina se unirán para siempre y él será un buda, un imperturbable dios, que recordará todo sin miedo y sin vergüenza.El destino es inescrutable y marca sus cartas con signos que sólo él puede ver. Victoria no era la mujer de su vida. Solo él sabe por qué razón. El destino es un fullero, siempre hace trampas…

De vez en cuando alguien le resulta simpático y decide ponerle un as en la bocamanga con el que ganará la partida. El afortunado no lo sabe y pasa el tiempo y el dolor se vuelve irrespirable y cuando todo está perdido el as cae de su manga, con un movimiento ligero, cuando otros más bruscos no le desplazaron. El as tiene rostro de mujer, cuerpo de mujer, nombre de mujer… y le está sonriendo al hombre desesperado.  Pero tal vez el destino tenga otras cartas guardadas en su ajustada bocamanga. Tal vez todo vuelva a empezar de nuevo y la muerte se acerque a grandes pasos, con una pistola en la mano. Uno vive una vida como si fuera única, aunque en realidad está viviendo su milésima vida y cometiendo su milésimo error.

Nunca aprendes, nunca escarmientas, nunca te rindes. Porque algo te impulsa a seguir. El buda imperturbable que serás está sonriendo mientras te contempla, fuera del tiempo y el espacio. ¿Pero cuánto queda para llegar hasta él?