Etiqueta: EL BUSCADOR DEL DESTINO

EL BUSCADOR DEL DESTINO III


EL BUSCADOR DEL DESTINO

EL DESTINO LLAMA A MI PUERTA

Bueno, en realidad no fue el destino sino dos preciosas mormonas. Así, como lo escuchan. Ya saben que suele ser normal que los testigos de Jehován, los mormones, los adventistas del séptimo día, los apocalipticos del fin de los tiempos y toda clase de llamadores de timbres que algunas veces vienen bien y la mayoría muy mal. En mi caso, antes de convertirme en buscador del destino, habían llamado a mi puerta el cartero, empleados del ayuntamiento, personas que venían a visitar a vecinos y se equivocaron de piso, impuestos, otra vez el cartero, una encuestadora del censo o de lo que fuera, que a mí todos me parecen iguales, un empleado de comidas a domicilio, que no me dejó nada porque era para el vecino de arriba, y… Bueno, se lo pueden imaginar, pocas mujeres, la mayoría hombres con prisa y malencarados, nunca una vecina guapa, nunca una chica sin prisas, los testigos de Jehová todos hombres, las multas por el coche todas de luto… pero mormonas, lo que se dice mormonas, nunca… bueno, en una ocasión un par de mormones, pero eran hombres y a lo más que accedí fue a que me dejaran el libro del mormón.

Esta vez eran chicas, jóvenes, guapas como lo son todas las chicas jóvenes sin excepción, aunque algunas más que otras, éstas eran de las más que otras. El destino me jugó una mala pasada, me hizo una jugarreta asquerosa, porque aquel día estaban tan desesperado de la vida que decidí andar en calzoncillos por el apartamento, así me vieran las vecinas. Estaba tan desesperado que decidí salir así como estaba, que se fueran a la mierda, que se largaran con viento fresco. Por eso cuando al abrir la puerta casi con violencia me encontré a dos chicas sonrientes, confieso que me puse un poco colorado. Una de ellas era rubia, la otra morena, las dos vestían como los amish, aunque no tan de otro siglo. La rubia, preciosa, ojos azules, carita de rosa, llevaba una falda negra por debajo de la rodilla, pero una blusa clara con flores, lo que en las descripciones se llama floreada. La morena, caderas amplias, cara de hogaza de pan, pero muy agradable, también muy guapa, aunque no tan tímida como la rubia.

Ambas me miraron como quien no quiere ver y la rubia sufrió un pequeño sofocón, se puso como la grana. La morena, más madura, tal vez la veterana, la jefa, sonrió y me dijo que tal vez no fuera un buen momento, pero que me iba a dejar el libro del Mormón con su teléfono, para que las llamara en otro momento. Yo me puse como la grana al ver que estaba en calzoncillos y que ellas me miraban y no podía dejarlas entrar e intentar seducirlas porque eran mormonas. Bueno en realidad me puse como la grana porque las miré con cierto descaro, estaba enfadado, cabreado, y me las encuentro a la puerta, a cualquiera le puede pasar. Así que intenté mirarles los pechos, pero la ropa no permitía ver nada, solo que no podían ocultar su “pechonalidad” porque eso no se puede ocultar. Y la rubia al ver cómo la miraba de aquella manera comenzó a tartamudear, porque tenía algo que decirme, la morena la miraba y asentía como diciéndole, vamos hija, que tenemos que convertir a esta pobre alma, para eso te hiciste misionera. Y la rubia que intentaba decirme algo pero no podía porque se sonrojaba y miraba al suelo y tartamudeaba. Y yo intentando imaginar su cuerpo desnudo y sus pechos y a la morena lo mismo y al final, a pesar del cabreo que llevaba encima, yo también me sonrojé y miré al suelo, hasta que fui consciente que debería vestirme, aunque solo fuera una bata por encima. Y cuando me disculpé y lo hice la morena ya había dejado su teléfono en las pastas del libro de mormón y yo me estaba azorando más y más al imaginar que las invitaba a pasar y a un cafelito y luego intentaba seducirlas y… La imaginación es perversa. Desde que me enfrento al destino cada vez la tengo más perversa, y a veces deliro y no me encuentro. Me puse tan nervioso, pero que tan nervioso, que para disimular balbuceé que yo también les daría el mío, pero que como no me lo sabía de memoria lo iba a mirar en el móvil. El cual estaba sobre el mueble del hall, el cual encontré y miré con temblores en las manos, pensando en si me decidiría a invitarlas a pasar o no. Tenía entendido que los mormones se pueden casar con cuantas mormonas deseen, una poligamia bien entendida, claro. Pero eso no podía ser verdad, no lo permiten nuestras leyes retrógradas. Pero, ¿y si me hiciera mormón y me casara con las dos y unas cuantas más, aunque no por lo legal, solo por lo mormón? Bueno, mi vida cambiaría y tal vez dejara de enfrentarme al destino. En eso pensaba y cada vez me iba poniendo más nervioso. Al final encontré mi número y lo balbuceé y la morena lo anotó. Tomé con candorosas manos el libro, miré el número en la solapa, prometí que las llamaría y cuando iba a pedirles por favor que me disculparan por mi bochornoso comportamiento y se dejaran invitar a un cafelito, la morena agradeció haberlas recibido a pesar de lo imprevisible de su llegada y de que las circunstancias no fueran buenas, sonrió, invitó a la rubia a decirme algo y ésta me miró con cara tan angelical que me la hubiera comido a besos allí mismo de no haber salido las dos como angelitas perseguidas por un demonio en calzoncillos.

El resto de la historia es tan divertido o más, pero si me permiten se lo voy a contar más tarde, por el camino, porque la llamada del destino a mi puerta lo digo por algo diferente, algo que les voy a ir contando con pelos y señales, poco a poco, al tiempo que alterno la historia mormona y así tenemos una narración en paralelo y ustedes se divierten más y yo, pobre de mí, me olvido un poco de cómo el destino me agarró a mí, por donde ustedes ya saben, y me las hizo pasar de a kilo. Estas cosas pasan, al menos a mí, más si el destino anda por medio, metiendo el rabo donde no debe.

UN VIAJE A NINGUNA PARTE

Un mes más tarde de la visita mormona, cuando yo me había decidido a llamarlas y ellas me invitaron a un cumpleaños y al tabernáculo, y ocurrieron cosas que les contaré en otro momento, decidí salir de casa para pasar el fin de semana dando vueltas por alguna parte. Lo que hice fue preparar la maleta, o mejor dicho, la bolsa de viaje, que en realidad ya estaba preparada porque la utilizaba todos los fines de semana que salía de viaje y que eran muchos o casi todos. Estaba siempre preparada, solo reemplazaba los calzoncillos o una camisa o pantalones cortos o largos o esas cosas tontas que para un buscador del destino no significan nada, pero que para la sociedad son tan importantes que te miran mal si no las haces o no te comportas como deberías.

Bajé la bolsa a la cochera, la puse en el maletero, subí al vehículo, encendí el encendido, luego lo apagué, bajé del coche, tomé de nuevo la bolsa del maletero e hice como que regresaba al apartamento. Quería engañar al destino y cuando lo hube conseguido salí corriendo a toda pastilla hacia el coche, subí, encendí, aceleré y salí de allí como idiota a quien no lleva el diablo porque no puede o porque se ha pensado los muchos problemas que le daría. Asomé el morro del vehículo un poco, ligeramente, fuera de la cochera, miré si venían de un lado y de otro, porque aunque la calle donde vivo es de una sola dirección el destino bien podría mandarme un emisario por dirección contraria, solo para chocar conmigo y hacerme la puñeta. Yo mismo pensé en salir por dirección prohibida y giré el volante. Pero una vez engañado el destino salí por donde debía y…

Continuará.

EL BUSCADOR DEL DESTINO II


EL BUSCADOR DEL DESTINO II

Luego recordé que eso era lo que me había dicho el último psiquiatra, una preciosa mujer de pechos rotundos. Me vino a decir que yo era un apático nato y que con tal de no tomar decisiones, de no hacer nada, era capaz de inventarme la Biblia en verso. Una psicosis, una esquizofrenia, una bipolaridad, un delirio catatónico inaprehensible, lo que fuera. No quise recordarle que todo aquello se lo habían inventado otros, sus colegas. Y no lo hice porque tal vez el destino me recompensara poniendo aquellos pechos maravillosos en mis manos de pitecántropo erecto.

Inicié mi carrera de buscador del destino en aquella bolera, perdida en una llanura sin puntos cardinales, aunque creo que ya había iniciado aquel camino al nacer, solo que de forma inconsciente, ahora lo hacía lúcidamente, como un fiat lux en medio de las tinieblas.

Buscaría a mi destino para ajustar cuentas y tal vez antes de que me descerrajara un tiro entre las cejas (era un pistolero mucho más rápido que yo) me pusiera cerca de la piel una hermosa mujer desnuda, como la última cena que sirven caliente a un condenado a muerte.

Aquella tarde fui a ver aquella película que había visto ya, pensando que el destino pondría en la butaca e al lado a una bonita chica, sensible, comprensiva y charlatana. No ocurrió nada, regresé a casa por la autovía, en medio de la noche, salí de ella por la salida más lejana, pensando que mi sagrada misión en la vida era ponerle al destino las cosas difíciles. Nada de rutinas previsibles y adormecedoras, siempre alerta para enfrentarle al menor descuido por su parte, esperando que se le trabara la mano en la cartuchera y así yo podría descerrajarle un certero disparo de mi colt de plata entre ceja y ceja, en uno de cualquiera de sus millones de ojos aviesos.

Aquel día no ocurrió nada, ni al siguiente, ni al siguiente del siguiente del siguiente, pero no me desesperé, debo decir que ni siquiera me inmuté. Iba al trabajo cada día, por una ruta distinta, salía a tomar café a horas imprevisibles y lo hacía en alguna cafetería al azar, sin elegir, sin rutinas, sin rotaciones.

Me engañaba a mí mismo sabiendo cuando no me apetecía salir de casa o quedándome cuando me apetecía salir. Me llevaba siempre la contraria pensando que si el destino me había castigado por seguir mis inclinaciones, me premiaría si me llevaba siempre la contraria. Y si no me premiaba, al menos sería más fácil pillarle descuidado si dejaba de ser previsible.

Me transformé en un implacable cazador, siempre observando a su presa, siempre acechándola, escondido entre la maleza del camino. Habría tenido éxito con otra presa, con cualquiera, antes o después, pero el destino era un implacable cazador, un infernal acechador. La lucha se convirtió en una guerra de Titanes, solo que el destino era una de las fuerzas poderosas que rigen el universo y yo un idiota que se creía un dios.

No por ello tiré la toalla, como un boxeador muy castigado, que ya no puede ver porque tiene las cejas abiertas y sangrantes. En mis zizzagueos en busca del destino me encontré con mujeres a las que jamás habría encontrado si el destino no me las hubiera puesto a huevo. Pensé eso, que si el destino me ponía a huevo a las mujeres yo solo tendría que hacer el trabajo fácil, acercarme a ellas y llevármelas a la cama.

No lo conseguí con ninguna, pero continué en mi acechante batalla con el destino. Cada día era una aventura imprevisible. Los fines de semana colocaba en el maletero mi equipaje, siempre el mismo, siempre preparado, la ropa recién lavada y planchada. Solo tenía que bajar a la cochera, subir al coche, darle al encendido y apretar el acelerador. No sabía con antelación si al salir giraría a la izquierda o a la derecha, si recorrería cien kilómetros o quinientos, por cualquier autovía o por alguna carretera secundaria. Nunca reservé habitación, ni por teléfono ni por Internet. Nunca me paraba a comer en los sitios que me llamaban la atención. Buscaba al destino y éste era un experto cazador, un zorro viejo. No cesaba de tenderle trampas, día tras día, hora tras hora, segundo tras segundo.

Incluso cuando me conectaba a Internet le tendía trampas al destino. No me conectaba a la misma hora, lo hacía cuando me apetecía y nunca me apetecía si preveía que el destino iba a pensar que lo deseaba. El destino conocía mis pensamientos y emociones, por eso lo engañaba sintiendo lo que no sentía y pensando lo que no quería pensar. En Internet nunca visitaba las mismas páginas, nunca repetía viejas rutinas ni miraba en el historial las que ya había visitado. Lo mismo visitaba una página de contactos y ponía un perfil surrealista que entraba en un foro sobre la conducta de las mariposas en la Selva Negra. Contestaba a cualquier correo spam que me llegara, sabiendo que el destino conocía muy bien que ni el más tonto lo haría. Me dejé timar por timadores de pacotilla que utilizaban timos que conocían los párvulos. Me hice el tonto porque eso era lo último que esperaba de mí el destino, sabiendo que era listo y me vanagloriaba de ello.

Me hice el listo con los tontos que me consideraban tonto y los traté como tontos porque se creían listos. Me hice el tonto con los listos que se las sabían todas. Diseñé una estrategia para enfrentarme con el universo que no es otra cosa que un laberinto-trampa diseñado por el destino.

Y no pasó nada… nada… día tras día, semana tras semana, mes tras mes… Era algo insólito, inexplicable, milagroso, maligno. A todo el mundo le ocurre algo de vez en cuando, hasta a mí. Se te pincha una rueda por una carretera secundaria, lejos de cualquier población. Alguien te pone la zancadilla al pasar por su lado, sin querer, y te esmorras. Una mujer tropieza contra ti, sin querer, al girar en la esquina. O te ponen una multa en el lugar más inesperado, donde nadie lo esperaría, en llano, con total visibilidad, sin la menor posibilidad de que un coche de civiles esté por allí camuflado. O el ordenador se bloquea en el peor momento, cuando no puedes guardar algo importante que se perderá para siempre y que tardarás días o años en rehacer.

A todo el mundo le ocurre, a mí me pasaba casi con más frecuencia que a los demás. Pero dejaron de pasarme esas cosas. Mi vida se transformó en algo muy aburrido. Era como si el destino manejara los hilos de mi vida, intentando que la rutina terminara por ahogarme.

Y de pronto, al cumplirse el primer aniversario de mi decisión de la bolera, todo cambió…Sentí el aliento del destino en la nuca. Si me olvidaba el móvil en casa sabía que pincharía una rueda, o las cuatro, en un lugar desierto o tendría un accidente contra mí mismo o contra un árbol y este no podría llamar a la grúa porque los árboles no tienen móviles. Si no me olvidaba del móvil alguien me llamaba cuando iba conduciendo y yo contestaba sin dudar porque pensaba que el simple hecho de que alguien me llamara era un milagro y uno contesta siempre a los milagros, esté haciendo lo que esté haciendo. Y era un milagro que los civiles de tráfico me vieran entre un tráfico tupido y me calcaran una multa.

Mi vida comenzó a ser más peligrosa que la de un asesino a sueldo. Me transformé en un paranoico y con razón. No era posible que se me estropeara el frigorífico, el televisor, el ordenador, la vitro, la campana extractora, el termostato de la calefacción en invierno y el aire acondicionado en verano… todo a la vez, bueno, no, uno detrás de otro, con intervalos de diez segundos contados por mi mente y luego ladrados por la boca, contraída en un rictus. Cuando pasaba la calle miraba a la izquierda y luego a la derecha y otra vez a la izquierda y de nuevo a la derecha. Ni un solo coche, y de pronto ponía un pie en el asfalto y un coche pasaba a toda velocidad, a punto de atropellarme. Me arreaba un susto de “muete”. O cruzaba una calle desierta por donde no había paso a nivel y un policía local salía de la nada y me calcaba una multa.

Me había encontrado con una preciosa vecina todas las semanas, al menos una vez, los lunes, a las ocho de la mañana. Pues bien, dejé de verla y no porque se marchara, escuché a unos vecinos hablar de ella y continuaba habitando en mi misma planta. Contestaba a cualquier llamada a cualquier hora, en cualquier lugar, estuviera haciendo lo que estuviera haciendo… pues bien, dejaron de llamarme. Me bajaba al asfalto al girar las esquinas, para evitar chocar con alguien… pues bien, todo el mundo parecía haber pensado lo mismo que yo y siempre tenía yo la culpa y me veía obligado a pedir disculpas. Si alguna vez alguien no chocaba conmigo le seguía con discreción, como un detective privado, por si iba a encontrarse con el destino, quien le premiaría con cualquier chuchería.

Comencé a actuar como un loco imprevisible, loco ya lo era pero previsible. Comencé a hacer todo aquello que alguien que me conociera bien nunca habría esperado de mi y lo que cualquiera que no me conociera pensaría que era una amenaza a su integridad física o moral. Me convertí en un hombre imprevisible, incluso para mí, sobre todo para mí. Sabía que el destino acechaba mis pensamientos, mis emociones, mis deseos más ocultos. Decidí que si mis pasos, mi caminar eran previsibles, un paso tras otro, entonces el destino sabría a dónde iba, por eso aprendí a caminar de forma aleatoria,, unas veces me lanzaba a galopes desenfrenados, inesperados, como si fuera un corredor en las Olimpiadas, o un hombre desesperado que busca alcanzar la meta, sea ésta la que fuere, o como si llegar a un sitio determinado fuera cuestión de vida o muerte. En otras ocasiones, siempre de forma aleatoria, actuaba como un parapléjico que hubiera recobrado la movilidad de forma milagrosa, pero a quien le costara recordar cómo se caminaba. Lo hacía hacia atrás o me movía hacia la derecha o hacia la izquierda, los pies en línea horizontal perfecta.

En mi apartamento actuaba como un paranoico o como un poseído por el demonio, porque lo de paranoico ya lo he dicho antes. Nunca cocinaba a las mismas horas, los mismos días. La vitro, servidora del destino, me acechaba y entonces yo, ¡zás!, la encendía cuando estaba descuidada y me ponía a cocinar platos que nunca había cocinado antes y que leía en un libro electrónico de recetas y luego olvidaba, para que el destino no previera el posible menú.

Por las noches me acostaba a horas imprevistas, leía un poco o un mucho en el libro electrónico, cerraba los ojos como si estuviera muy cansado y de pronto, ¡zás!, apagaba la lámpara de la mesita de noche que no se lo esperaba y se llevaba un susto de “muete”. Engañaba al sueño y me dormía cuando menos se lo esperaba. Me despertaba de forma aleatoria y comenzaba mi actividad cuando menos podía preverlo el apartamento, cuando más descuidado estaba. Yo era un hombre aleatorio, incluso para un apartamento avisado y con mis ojos. Podía acercarme al frigorífico a beber, deprisa o como un zombi, lo abría tras unos momentos de vacilación, nunca los mismos y bebía de cualquier recipiente, aleatoriamente. Eso sí, no dejaba la botella de lejía en el frigorífico. Procuraba no tener ese despiste, no fuera que el destino se aprovechara y me descerrajara un tiro entre los ojos. Sabía que él esperaba que yo acabara matándome, incluso de forma dolorosa, incluso bebiendo lejía, por eso decidí no quitarme la vida, ni lo intentaba, mucho menos en formas previstas por la psiquiatría, tampoco pensaba en métodos imprevisibles.

Mi vida era tan intensa que descansaba en cualquier lugar,de pie, con el ojo derecho abierto, y cuando era lógico que abriera el derecho lo cerraba y abría el izquierdo o cerraba los dos o me iba a la cama, o me echaba la siesta en el sofá. La intensidad era tal que me estaba destrozando la vida, por eso clamé al destino y no me oyó… Bueno, no me oyó cuando yo quería, porque de pronto dejó de jugar conmigo al escondite y me preparó una buena. Quieres caldo, pues toma dos tazas, quieres que el destino te ahogue, pues te tira al mar, te hunde hasta el fondo y deja que mires los peces de colores. Porque eso fue lo que ocurrió. Un día… un día cualquiera, cuando ya no sabía qué hacer para engañar al destino… cuando tenía los nervios destrozados de tanta intensidad y concentración… ocurrió lo imprevisible, lo que no sucede nunca, lo que solo les ocurre a los otros, a los demás, a los que acaban saliendo por televisión o siendo encontrados en un basurero. A los otros, siempre a los otros… y esta vez me ocurrió a mí.

Continuará

EL BUSCADOR DEL DESTINO I


NOTA INTRODUCTORIA

Creo que fue en uno de los episodios de diario de un enfermo mental cuando hablé de esta idea, que surgió de la nada, y a la nada volvió, dando coletazos. Me prometí no forzar la creatividad, no lo hagas, Cesarito, que luego te arrepentirás, siempre te arrepientes cuando te pasas de listo. La verdad es que la había dejado aparcada en el parking subterráneo de mi mente pero durante la fiesta de la Concepción, Inmaculada, me fui a ver una película, cualquiera, y de pronto, en una bolera, cerca de unos minicines, alcancé la iluminación. El destino me habló y supe que esta historia iba a ser lo más divertido que había escrito nunca. Me puse a ello en la bolera, las chicas guapas no me miraban, los bolos caían y el destino hablaba en susurros, y yo me reía, lo estaba pasando divinamente. Y como no puedo guardar nada en silencio, esconderlo para que nadie lo vea, esconderme yo, a ver si dejo de dar la lata de una vez, decidí compartir mi regocijo con mis colegas. Ya que comparto mis penas bien puedo compartir el regocijo y una jarra de cerveza, por pedir que no quede.

EL BUSCADOR DEL DESTINO

NOVELA DELIRANTE

I

CÓMO ME OPUSE AL DESTINO

No sé porqué razón estuve siempre convencido, incluso desde niño, puede que de bebé, hasta es posible que en el vientre de mi madre también pensara lo mismo, de que el destino me había jugado una mala pasada al obligarme a nacer. Desconozco si antes de nacer existimos o si la cigüeña nos trae de la nada; ignoro si alguien me dijo algo de la vida que me esperaba o tal vez mis delirios comenzaran como feto. Puede que me emborrachara con la sangre de mi madre, aunque por lo que escuchaba a escondidas, siendo niño, había nacido en una familia perfectamente normal, siempre y cuando se considere normal a todo aquel que siga las normas.

Años más tarde, bastantes años más tarde, descubrí en una terapia hipnótica, que había logrado, retorciéndome como un gusano, enredar el cordón umbilical alrededor de mi cuello. Cuando el terapeuta me preguntó por qué lo hacía, respondí, sin dudar y no por impulso de la hipnosis (que no coartaba mi libertad lo más mínimo, salvo cuando el hipnotizador me daba una orden a la que no podía oponerme) que no deseaba vivir, y lo dije con rabia. Hubiera querido profundizar más pero comprendí que no podía hablar si él no me preguntaba.

Fueron mis padres los que me obligaron a la terapia hipnótica, aunque yo no quería, en realidad nunca quise nada, pero tampoco me opuse a nada, nunca, ni en las situaciones más extremas, ni siquiera me habría opuesto a tirarme por un precipicio si a alguien se le hubiera ocurrido proponérmelo. Desde niño fui muy apático, actuaba a impulsos de órdenes ajenas y cuando pretendía tomar alguna decisión propia siempre estaba demasiado cansado para planteármelo siquiera. Mis padres me decían que yo era un vago (la palabra apático les llamó una vez la atención pero ni siquiera preguntaron qué significaba), un dejado de la mano de Dios. No entendían de dónde había salido y mi padre bromeaba con mi madre y mi madre se enfadaba y le contestaba que le iba a poner los cuernos de verdad, para que se enterara de lo que valía un peine, que por cierto, desconozco a cómo estaba el kilo de peine, aunque durante mi infancia se pagaban en pesetas, o incluso en reales o perronas.

Creo que el de vago fue el primer diagnóstico que me hicieron en la vida, pero el que vale fue el que me hizo un psiquiatra al que al parecer caía bien, menos mal, porque pretendió dejarme encerrado de por vida, si le caigo mal me tortura como dicen que la CIA torturó en Guantánamo. Es cierto que luego cambió su diagnóstico, y solo Dios sabe porqué fui calificado de bipolar y luego me hicieron pasar a esquizofrénico, así, sin más, para terminar –también de paso, en la vida todos estamos de paso- como depresivo-compulsivo-delirante y alucinante.

A estas alturas de mi vida, cuando me volví compulsivo y dejé de ser vago y apático, ya vivía solo, en un apartamento en el que tenía que entrar de perfil. Tenía un trabajo al que mimaba como a las niñas de mis ojos, a las que había puesto gafas para pasear, y me había olvidado de los diagnósticos, las etiquetas y de toda la parafernalia infernal que rodea a los enfermos mentales como el fuego a los condenados en el infierno.

Bueno, olvidar, olvidar, uno nunca se olvida de ciertas cosas, pero casi. A ratos perdidos, cuando me aburría, me divertía diagnosticándome y lo pasaba muy bien. De esta diversión me sacó una mujer que apareció en mi vida como un milagro, uno de esos milagros que tocan a sorteo entre los menos agraciados por la vida, como si esta quisiera lavar su conciencia con aguarrás. Me enamoré, me casé, tuve una hija y cuando ya me había convencido de que era una persona perfectamente normal, tuve una crisis, comencé a hacer tonterías y de pronto, casi sin darme cuenta, me encontré divorciado de una mujer maravillosa, de una hija más lista que el hambre y de un pasado al que había cobrado un cierto cariño, aunque en el fondo nos odiáramos cordialmente.

Nunca comprendí las razones de aquella mujer para enamorarse de mi, ni sus razones, ni sus emociones, ni nada de nada. Nunca comprendí nada, ni del amor ni del odio, ni de la vida ni de la muerte, ni mucho menos comprendo quién soy yo, por qué sigo vivo aún y por qué el destino ha jugado conmigo como un demonio con el nuevo huésped del infierno.

Fue por eso y por otras varias razones difíciles de explicar y digerir, sin haberlo comido ni bebido, que un día me puse a buscar al destino para ajustar cuentas, como a un pistolero que hubiera matado a mi familia, y me persiguiera, emboscado, emprenda yo el camino que emprenda.

No sé por qué lo hice, ni cómo lo hice, ni siquiera sé si lo hice. Una tarde, en una bolera, tomando una cerveza mientras esperaba que comenzara la sesión de cine en unos multicines cercanos, tomé una decisión que cambiaría mi vida. Tal como ésta se había desarrollado, cambiarla era tan elemental como fácil, estimado doctor Watson. Debí haberlo hecho antes, ahora soy ya un vejestorio, de huesos dolidos, sin corazón y con una mente que juega conmigo al escondite inglés, todos los días y a todas las horas.

Creo que fue un simple gesto, como una moneda que se tira al aire, el que me llevó por un camino insólito que ningún otro humano ha recorrido nunca, al menos que yo sepa, salvo el tonto de Edipo, que no pudo caminar mucho porque se había cegado con sus propias manos.

Aquella tarde salí de mi apartamento, sucio y cubierto de telarañas y naftalina, y me dirigí al pueblo más cercano porque en el mío ya no quedaban espectadores, se los había comido alguien, el sacamantecas o tal vez la crisis. Miré la cartelera sin verla, pregunté al taquillero por las sesiones y como las películas que me gustaban comenzaban a partir de las diez o veintidós horas, para ser más precisos, escogí una al azar. Resultó que ya la había visto. Lo supe cuando me dirigía la bolera cercana para tomarme una cervecita mientras hacía tiempo. Allí, en la encrucijada de mi vida, tomé una decisión. Elegí entre cambiar la entrada para otra película, regresar a casa sin ver cine o ver una película que ya había visto, solo porque el destino lo quería así.

En la bolera había chicas guapas que no me miraron como a un marciano, no me acerqué a ellas porque había decidido que no haría nada, que todo lo dejaría en manos del destino. Luego recordé que eso era lo que me había dicho el último psiquiatra, una preciosa mujer de pechos rotundos. Me vino a decir que yo era un apático nato y que con tal de no tomar decisiones, de no hacer nada, sería capaz de inventarme la Biblia en verso. Una psicosis, una esquizofrenia, una bipolaridad, un delirio catatónico, daba igual lo que fuera. No quise recordarle que todo aquello se lo habían inventado otros, sus colegas. Y no lo hice porque tal vez el destino me pudi8era recompensar poniendo aquellos maravillosos pechos en mis manos de pitecántropo erecto, o a punto de sufrir una erección.

Inicié mi carrera, como buscador del destino en aquella bolera, perdida en una llanura sin puntos cardinales, aunque creo que en realidad ya había iniciado aquella carrera al nacer, solo que ahora me había hecho consciente, como una especie de “fiat lux” en medio de las tinieblas.

Buscaría a mi destino para ajustar cuentas y tal vez antes de que me descerrajara un tiro entre las cejas (era un pistolero mucho más rápido) me pusiera cerca de la piel una hermosa mujer desnuda, como la última cena que sirven caliente a un condenado a muerte.

Continuará.