Categoría: EL HOMBRE SUEÑO

EL HOMBRE SUEÑO I


EL HOMBRE-SUEÑO

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EL HOMBRE-SUEÑO- INTRODUCCIÓN

Creo que se trata de una de mis novelas más interesantes sobre la locura (no es la única, “Una temporada en el infierno” es mejor, más dura y más profunda). Entronca con un relato breve “En el centro de la oscuridad”, que escribí hace algunos años como un grito desgarrador, nacido del abismo de la soledad y de la locura. No obstante “El hombre-sueño” toma caminos más divertidos, si es que el cinismo puede considerarse algo divertido. El protagonista, incapaz de asumir la muerte de sus padres en un accidente de automovil, decide introducirse en el interior de su cráneo y permanecer allí para siempre. Pronto descubrirá que no es tan dificil como parece. La realidad se irá diluyendo a su alrededor y su lugar será ocupado por el sueño, un sueño creado constantemente por él mismo, por su mente consciente que paso a paso se irá volviendo subconsciente del todo.

Allí descubrirá al “Gnomito cabrón”, un divertido personaje que le canta las verdades del barquero y con el que tendrá terribles trifulcas hasta descubrir que en realidad es él mismo, transformado en un “daimon”, un demonio insoportable que le tomará el pelo, se burlará de él hasta hacer sangre y sobre todo no le dejará soñar a gusto. Le obligará a ver la realidad, a palparla, a sentirla bajo sus pies. Y entonces comenzará su odisea psiquiátrica. El mundo onírico que ha construido y en el que es tan feliz, ese planeta propio donde una mujer irá desnuda si él lo quiere, aunque en la verdadera realidad vaya vestida, o donde los insultos de los demás se transforman en agradable reconocimiento de su genialidad, o donde todo puede ser transformado por la magia de su poder onírico, una especie de Alicia en el país de las maravillas aunque los demás se emperren en ver las cosas de distinta manera y hacérselas ver a él, con pastillas, con terapias de choque o con lo que sea.

El protagonista no tiene nombre, lo ha perdido en el camino, y su historia no es una historia real, porque él ha decidido que no lo sea, contra viento y marea, contra todo y contra todos. Solo el “Gnomito cabrón” podría rescatarle algún día lejano de su locura. La lucha será titánica, porque  nadie puede huir de la realidad sin pagar un alto precio, en sangre o vendiendo su alma. El “Gnomito cabrón” no es en realidad un demonio, sino su ángel bueno, su ángel de la guarda. A pesar de su lenguaje, propio del carretero más soez, a pesar de su cinismo tan terrible como auténtico, a pesar de su aparente papel de verdugo, en realidad es lo mejor de sí mismo, la única parte de sí mismo que le podría salvar.

Espero que les guste y les disguste con igual intensidad. Si no es así habré fallado estrepitosamente.

 

                                                 EL HOMBRE SUEÑO

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I

                                     VIAJE ALREDEDOR DE MI CRANEO

La muerte de mis padres fue como el clic de un interruptor que controlara todas las bombillas del Cosmos. Algún bromista apagó la luz y de repente me sumergí en la más negra de las noches. A veces, encerrado en el piso, chocaba con una silla o golpeaba la cabeza contra una pared, y eso me hacía consciente por un segundo de que la realidad aún seguía allí; la misma realidad que la luz hacía inmutable, como una gruesa pared de hormigón con la que la mirada se estrella una y otra vez;una pared tan inmutable como el mundo que nos rodea.

El cósmico clic me hizo ver con clarividencia casi divina la frágil línea que nos separa de la locura. Basta oprimir un botón en algún lugar escondido de la mente y la realidad desaparece con la facilidad de un sueño al despertar.

A veces permanecía horas y horas, puede que días (el tiempo es un a priori Kantiano) sentado en el sofá del salón mirando la pared de enfrente. Pronto hasta la solidez del ladrillo desaparecía y mi mirada se perdía más allá, en un punto lejano. Creo que pensaba en algo, que imaginaba algo, pero si alguien me hubiera preguntado no hubiera sabido decirle en qué. Mi mente era una oscura nube que se movía en alguna dirección, pero nunca supe dónde  descargó la tormenta.

La locura se apoderó de mi consciencia, dejé de comer, dejé de moverme, dejé hasta de ser. Sumergido en la noche, el tiempo debió de transcurrir en un vacío sin espacio a su alrededor. Fue entonces cuando comprendí que el universo, la realidad, es una creación de nuestra mente. Basta que ella se retire de la ventana desde donde la contempla para que aquella desaparezca, como un cuadro cuya pintura se borrara repentinamente dejando el marco vacío de contenido.

Eso es la locura: un cuadro vacío del que la mente se ha retirado, ha retirado su atención. No es el dolor inundándolo todo, el desgarramiento definitivo del alma. Simplemente se trata del vacío que deja la mente al replegarse sobre sí misma.

Asumí la locura como la ausencia de ese dolor infinito y persistente que nos deja en un momento dado sin ni siquiera un adiós cortés. No era el fin, ni tampoco el principio de algo. Simplemente un agradable vacío en el que uno puede flotar, como un bebé lo hace en el líquido amniótico del vientre materno.

Cuando acepté la facilidad de la locura, la felicidad de la locura, un mundo nuevo se abrió a mi mirada y pasado un tiempo de inmovilidad decidí explorarlo.

Los psiquiatras lo llamarían síndrome post-traumático o utilizaran cualquier otro nombre. Ellos tienen nombres para todo, pero no tienen soluciones para nada, por eso permanecerán para siempre, en sus despachitos de “pitiminí”, cobrando por las consultas, mientras exista el hombre. Iluminan un pequeño trozo del camino, solo para que sepas que más allá está la oscuridad.

Alguien –supongo que fue alguien porque no creo en los fantasmas, debió entrar en mi cubil—no sé cómo lo hizo- y conducirme de alguna manera al despacho de un psiquiatra. Estoy seguro de que él me dijo algo, pero no tengo tan claro que yo le contestara.

A mi vacío le recetó unas pildoritas y a mi cuerpo puede que una nueva cama, porque durante un tiempo se sintió a disgusto. ¿Se trataba de un nuevo espacio? ¿Un hospital? Puede que fuera un espacio nuevo, sin embargo el tiempo era el mismo. Nunca cambia. Parece ir hacia adelante, aunque en realidad esté dando vueltas sobre sí mismo durante toda la eternidad.

Tal vez allí aprendiera a ensoñar o tal vez lo hiciera antes o quizás después. Lo cierto es que la luz se hizo de nuevo aunque puede que sobre un mundo nuevo.

La muerte dejó de contemplar desde lejos la vana lucha y me miró muy de cerca al fondo de los ojos. Entonces pude ver el pleno sentido de la vida. Una mente que se mueve en una línea temporal que parece ir hacia delante. Aunque puede que sea tan solo una ilusión. El pasado es un olvido, no lo que dejamos atrás al dar un paso al frente.

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