Categoría: Audiolibros

Mis novelas en audiolibro.

MI BIBLIOTECA PERSONAL I


No hace mucho, cuando me llegó este enlace, pensé que era el momento de crear mi propia biblioteca virtual, recordando los libros que había leído a lo largo de mi vida, los que estaba leyendo y los que anhelaba leer pero que no habían caído aún en mis manos. Se dice que quien tiene un amigo tiene un tesoro, por mi parte añadiría que tiene un libro tiene un amigo y por lo tanto un tesoro. Acumulé libros en papel durante años, que son auténticos tesoros, y ahora con la modernidad nuestro hijo Daniel, Danielillo para los amigos, nos regaló a su familia un libro electrónico, que es como una gigantesca biblioteca de Alejandría, solo que en un formato que da risa. ¿Cómo puede contener en su interior una biblioteca semejante? Os sugiero que habléis, no solo del libro que estáis leyendo en este momento, sino los que habéis leído a lo largo de vuestra vida y de cómo es vuestra biblioteca en papel o virtual y de las experiencias y emociones que os han causado los libros y cómo habéis llegado a ellos. Os pongo un enlace de una página donde cada cual habla de sus libros, crea su propia biblioteca, hace sus comentarios y todo muy bien ordenadito. Con el tiempo espero que este foro se convierta en un verdadero templo del libro, un templo muy hogareño, muy de andar por casa, sin necesidad de descalzarse o de andar con cuidado no sea que te pille la parienta con barro en las botas.

ENTRELECTORES, UNA PÁGINA PARA QUE LOS LECTORES SE CREEN SU PROPIA BIBLIOTECA.

http://www.entrelectores.com/

 

 

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Fue una de mis lecturas de juventud, cuando compraba libros de editorial Reno, muy baratos, casi los únicos que podía permitirme junto con los de Bruguera. Eran dos tomos que leí casi sin aliento. Una historia inolvidable, real, cruda, dura y que luego llevaría a la pantalla John Ford, uno de mis directores favoritos. Este primer contacto con Steinbeck hizo que siguiera leyendo su obra y se convirtiera en uno de mis escritores favoritos. Una obra imprescindible para un lector interesado en la literatura del siglo XX

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Reseñas
La complejidad de un personaje dostoievskiano
Reseña del libro

Nueva historia de Mouchette

Los libros de Bernanos no son fáciles de leer, especialmente para un lector que busque más la diversión y el entretenimiento que otra cosa. También te puede echar para atrás el que sea un escritor católico confeso si no comulgas con sus ideas. No obstante su calidad literaria es innegable y su sensibilidad hacia el alma humana y el tratamiento de sus personajes a mí me recuerda mucho a Dostoievsky. El personaje de Mouchette, supuestamente poco más que una adolescente en la novela, es de una complejidad psicológica apabullante, entroncada también con los conceptos de bien y el mal tan peculiares de estos escritores católicos de su época, como Julien Greene o Graham Green. Resulta curioso observar que mientras la novela Lolita de Nabukov siempre ha generado polémicas, un personaje de edad parecida tratado de una forma muy diferente no ha levantado la menor polémica, aunque tengan ciertas características muy parecidas. Una novela imprescindible para quien guste de la buena literatura y sea un apasionado de Dostoievsky.

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ULISES DE JAMES JOYCE

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NOTA PREVIA: Solo mi cabezonería va a conseguir que llegue a buen puerto. Después de haber escrito toda la reseña, y antes de guardarla, se me fue todo a… (me guardo la expresión). Mi portatil debe tener algún problema, esto no va, a ver si luego le pongo el antivirus. Pero a cabezón no me gana nadie, como dice mi mujer. Así que rehago todo lo escrito.

MIS IMPRESIONES PERSONALES

Como decíamos ayer (en expresión de Fray Luis de León) compré esta novela en el barrio de Arguelles, en Madrid, allá por el año 1978. Visitaba mucho el barrio con mi amigo Antonio porque allí vivía su madre, y me acostumbré a comprar allí casi todos mis libros, en un quiosco que regentaba, si no recuerdo mal, un argentino. La edición que tengo en mi biblioteca personal es de Editorial Bruguera, de bolsillo, del año 1976. Excelente traducción de Jose-María Valverde.

Tendría yo por entonces unos 22 años y atravesaba la fase más infernal de mi enfermedad depresiva, por lo que ponerme a leer el Ulises fue más cabezonería que otra cosa. Quería conocer a toda costa una de las obras cumbre de la literatura universal y nada ni nadie me lo iba a impedir. Como hago siempre en estos casos, coloco la novela sobre la mesita de noche y así llueva o truene leo un par de páginas todas las noches, al menos dos.

Tardé un año en leerla entera, pero lo hice, así me parta un rayo. La impresión que obtuve fue que sin duda estaba ante una de las obras cumbres de la literatura universal, por su originalidad, por su estilo, por un montón de razones. Pero ello no obstante estaba claro que aquello era un verdadero ladrillo. Con el tiempo, y especialmente cuando me dediqué en serio a escribir, la releí por segunda vez, luego por tercera y hasta por cuarta. Ahora estoy pensando en leerla por quinta vez. Creo que la he exprimido bien, he sacado mucho provecho y hasta he disfrutado de ella. La considero imprescindible para todo aquel que desee ser escritor y un buen escritor.

ESTA ES LA RESEÑA QUE HICE EN ENTRELECTORES

Reseñas
UN REVOLUCIONARIO DE LA HISTORIA DE LA LITERATURA
Reseña del libro

ULISES

Publicada por
el 2 diciembre, 2011
con puntuación:

Creo que también lo compré en el tenderete de Argüelles que menciono al hablar de Proust y su Búsqueda del tiempo perdido. Una edición de bolsillo barata y en oferta.Yo estaba dispuesto a leer todos los clásicos, uno tras otro, y a cualquier precio. Necesitaba descubrirlos a todos para elegir mis favoritos y disfrutar con ellos.rnrn Por entonces, con unos 19 o 20 años, sabía muy bien quién era Joyce y que resultaba imprescindible leer su \”Ulises\”. Debo decir que para mí supuso una auténtica revolución. Había estado leyendo a clásicos del XIX y de pronto me encuentro con una ruptura, una grieta, en la historia de la literatura. Después de Joyce ya nada sería igual. Para un escritor, como es mi caso, no haber leído a Joyce, y concretamente su Ulises, hubiera sido tanto como ser un tragón o un gourmet, o como quieran denominarlo, y no haber probado nunca la paella, el cocido madrileño, los callos a la madrileña, la fabada asturiana, etc. Si no has leído a Joyce y te llamas escritor, es como si te consideraras un gourmet y nunca hubieras probado el cocido, la fabada, los callos, los riñones al jerez, la paella, etc etc. rnrn A Joyce hay que leerlo por obligación y si es posible disfrutarlo con pasión. La lectura del Ulises no es fácil y hay que tomárselo con calma. Lo mismo que si te tomas deprisa y corriendo una buena fabada… Puede haber gases. Si sufres de indigestión con su lectura, déjala y retómala meses más tarde o años. En algún momento un lector lo disfrutará y aprenderá mucho. Eso sí, hay que prepararse, vaciar el estómago, pedir un buen vino, meterse en un lugar discreto y comenzar con la fabada, sin prisas, degustando cada cucharada, y si luego sientes ganas de eructar… te tomas un buen Rioja o un Ribera del Duero y te levantas y estiras las piernas y miras la decoración del cuarto… y… Me da igual lo indigesta que sea una fabada, soy asturiano, me las como desde niño y disfruto como un enano. Recuerdo la primera fabada que comí. Era de Litoral, de bote, y agarré una buena indigestión y tuve gases. Porque era niño y tragón y me la comí toda, toda. Con el Ulises pasa lo mismo. Precaución, eso sí, pero a disfrutar.

SINOPSIS

Como saben todos los que hayan oído hablar de esta obra, la acción transcurre en Dublín y es la historia de un día en la vida de Leopold Bloom, el protagonista, un agente publicitario, de su mujer Molly, cantante profesional, y del joven Stephen Dedalus, que si no recuerdo mal protagonizaría su novela Retrato del artista adolescente. Sigue el patrón de la Odisea de Homero y como imaginarán, teniendo en cuenta que son más de mil páginas, la odisea es considerable. El diálogo interno del protagonista es fantástico y revolucionaría para siempre la forma de escribir de los autores que le siguieron.

FICHA TÉCNICA

AUTOR: James Joyce.

TÍTULO ORIGINAL: Ulysses.

EDITORIAL: Bruguera Libro amigo-Lumen 1976.

ISBN 84-02-06644-5

GÉNERO: Narrativa.

Slictik

Postdata: Pronto subiré la biografía y bibliografía de Joyce a Efemérides.

Adjuntos:
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Parafraseando el diálogo interno de Leopold Bloom: “César… Cesitar… eres tan cabezón que un día te vas a comer las paredes, solo porque alguien te diga que no se pueden comer… especialmente si te lo dice tu mujer… Fuiste guardando cada párrafo que escribías, para que no te volviera a pasar lo mismo y luego escaneaste la portada de tu libro y lo subiste a tu blog y copiaste la URL aquí y resultó que el tamaño era enorme, y lo volviste a recortar y lo volviste a subir, y resultó que seguía siendo enorme, y decidiste copiar la URL de la fotito, sin editar, y te quedó muy pequeñita, y decidiste copiar la foto de la portada del libro que aparece en “Entrelectores” y luego decidiste copiar la reseña que hiciste allí… y luego, que es casi la hora de comer y no has desayunado ni te has quitado el pijama… y como se entere tu amada Conchi, te va a dar detrás de las orejas y lo tendrás bien merecido… Y todo porque se te ocurrió encender el ordenador para que se fuera encendiendo con su parsimonia habitual y su pausado vivir y así poder usarlo después del desayuno. Y viste un folleto sobre el arte de la creación mental que tenías al lado del ordenador para subir un texto a tu blog, el Guerrero impecable, y ya te liaste, César, Cesarín, idiotín, que te lías como una madeja y eres un adicto a toda clase de creación y te lías y te lías… ¡Oh my God! Que Dios me perdone, pero no volveré a hacer esto otra vez. Y ahora ponte a hacer todo lo que tienes pendiente, incluida la comida, para que tu Conchi lo tenga todo listao cuando regrese agotada del trabajo y luego… m… no lo volveré a hacer nunca… nunca… nunca…

Y esto sería una imitación humorística y no demasiado literal, pero sí bastante, de un monólogo interno del cuitado de Leopold Bloom, que es casi tan cuitado como Cesarín.

 

Y tuviste que subir la dichosa fotito, aunque fuera como archivo adjunto, por c… que tú eres más cabezón que nadie. Y ya no vas a desayunar, que son las trece horas… y no te has afeitado. Que Dios me coja confesado.

Y lean, lean el Ulises de Joyce, y disfruten del diálogo interno del bueno de Leopold, que sois como dos gotitas de agua, Cesarín, majín.

 

NOTA: Aprovecho que en mi relato “La rebelión de los libros” que estoy subiendo al hilo “Celebrando el día del libro” se mencionan unos cuantos libros escogidos y robotizados, para subir aquí las reseñas que de esos libros hice en mi página de Entrelectores.

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EL PODER Y LA GLORIA

Publicada por
el 30 noviembre, 2011
con puntuación:

Recuerdo que con dieciocho años comencé a comprar libros para iniciar mi biblioteca personal. La mayoría de ellos eran de la colección Reno de Plaza y Janés. Eran baratos, ediciones completas y fáciles de leer, aparte de estar muy bien editados para su precio (después de más de treinta años aún se conservan en buen estado. Creo recordar que compré el Poder y la gloria junto con Cada hombre en su noche de Julien Green. Ambos autores formaron parte de mis favoritos desde aquel momento y nunca han dejado de serlos. Una de las características que más me gustan de Graham Greene es su facilidad para la narración, un estilo sencillo pero cien por cien efectivo. Ninguna de sus novelas me aburrió nunca. Son obras maestras de la literatura y sencillas y divertidas de leer. Sus personajes son antológicos, como este cura, protagonista de la novela. Cualquiera de sus obras merece al menos una primera lectura. Ésta en concreto también forma parte de mi lista de relecturas.

 

 

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CADA HOMBRE EN SU NOCHE

EDITORIALPLAZA &JANÉS S.A. /COLECCIÓN RENO/ TÍTULO ORGINAL “CHAQUE HOMME DANS SA NUIT”. RADUCCIÓN DE J. FERRER ALEU. PORTADA DE R. COBOS-DEPÓSITO LEGAL B.43.689-1969/50 pesetas. BIBLIOTECA DE SLICTIK.

Cada libro llega a nosotros en el momento más adecuado, llama a nuestra puerta cuando más lo necesitamos -¿o es al contrario?- y se queda, con los ojos cerrados, esperando una señal por nuestra parte.

Los libros son una pequeña pócima, en la que el autor encierra un perfume, que lo quiera o no, huele a su propia vida. Por eso los libros no son objetos muertos, sino puentes escritos, por los que el lector puede pasar al encuentro de otras vidas.

Leí por primera vez “Cada hombre en su noche” a los dieciocho o diecinueve años. Ya conocía a Julien Green gracias a la lectura del libro de un belga, creo recordar, llamado Charles Moeller, y titulado “Literatura del siglo XX y cristianismo”. Lo encontré en la pequeña biblioteca que los frailes ponían a disposición de los futuros novicios en una pequeña sala de aquel colegio de Fuenterrabia-Ondarribia, cercano a Irún y a la frontera con Francia, donde transcurrieron tres años de mi vida, entre los quince y los dieciocho.

Aquel libro de Möeller me abrió nuevos horizontes, gracias a él oí hablar por primera vez de un tal Julien Greene, de Graham Greene, de Bernanos, de Henry James, de Maxence Van ders Meers y de bastantes escritores de gran altura, etiquetados por Möeller de “cristianos”, aunque si bien algunos de ellos se reconocen católicos, su obra va mucho más allá de sus creencias.

Por eso cuando me acerqué a mi librería habitual, dispuesto a gastarme la propinilla del mes -que mis padres daban al joven de dieciocho años para que se “divirtiera”, con gran sacrificio por su parte- en un libro de bolsillo (mi presupuesto no daba para rústica) y me di de bruces con una novela titulada “Cada hombre en su noche” mi corazón comenzó a latir aceleradamente. Efectivamente era de Julien Greene, un autor al que ansiaba echar el guante desde que leyera el excelente estudio del belga.

En la portada del libro, que aún conservo en mi biblioteca particular, aparece un dibujo de un joven a punto de subir una escalera. Su mirada se detiene en la estatua de una mujer que porta una antorcha en su mano derecha y cuyas curvas se disimulan bajo ropajes que la cubren de los pies a la cabeza. El dibujo no es muy bueno y además parece hecho a propósito para superar la ridícula censura de aquellos años de la dictadura franquista. En lugar de pintar la estatua desnuda (lo que hubiera estado más acorde con lo que se quería explicitar: la lujuria del protagonista) la cubre con una túnica que nos hace pensar en cómo el joven lujurioso puede sentirse atraído por ella.

En la solapa el burócrata de turno de la editorial escribe: “Cada hombre en su noche narra la historia de Wilfred Ingram, personaje que esconde tras una imagen de fe y de pureza, la búsqueda y la obsesión del placer”. Si no hubiera leído el ensayo de Möeller seguro que habría pensado en una especie de novela “porno” capaz de poner los dientes largos al jovencito de dieciocho años que yo era entonces.

Me aferré al libro como un buitre y pagué apresuradamente su importe. En mi recuerdo aparecía la cifra de 25 pesetas de entonces, aunque acabo de comprobar que en la solapa aparece el precio de venta al público: 50 pesetas. Debí salir como alma que lleva al diablo, no con el ansia de sumergirme en una novela repleta de lujuria desenfrenada, sino debido al exceso de emotividad que es uno de los defectos de mi carácter. Entonces era capaz de emocionarme hasta las lágrimas al encontrar entre mis manos un libro largamente ansiado.

Para un joven recién salido del férreo nido del colegio religioso, donde me estuve preparando para el sacerdocio, casi cualquier cosa podía ser objeto de mi pecaminosa lujuria, hasta el puritano dibujo de la portada del libro. A pesar de ser muy consciente de la calidad de la novela, también esperaba con cierto morbo encontrarme con escenas de sexo más o menos explícito.

Debí subir las escaleras de dos en dos y encerrarme en mi habitación (vivía con mis padres en un pisito de alquiler) donde me tumbaría en la cama, tal como estaba, disponiéndome a leer, pausada y concentradamente, la breve biografía de la solapa, las tres frases del burócrata sobre el contenido de la novela y el primer capítulo.

Seguro que luego cerré el libro y respiré con agitación, pensando en el gozo que me produciría su lectura durante la noche, que acostumbraba a pasar en vela, leyendo y escuchando en la radio al loco de la colina. Aún no había encontrado trabajo, a pesar de mis esfuerzos, y prefería aprovechar la noche, el mejor momento del día, leyendo, que madrugar (me levantaba a la hora de comer, a pesar de las protestas de mi madre).

Enseguida me identifiqué con el protagonista, un joven católico, por tradición familiar, aunque no practica una religión en la que no cree demasiado. Sin embargo aún tiene clavado en el subconsciente el concepto de pecado y de castigo. Carece de cultura y su obsesión son las mujeres, algo que dada su juventud y soltería no parece excesivamente “pecaminoso”.

Su vida es anodina, aburrida, no se diferencia mucho de la nuestra. Trabaja en la sección de perfumería de unos grandes almacenes y su jefe y sus compañeros de trabajo no son precisamente para tirar cohetes.

Julien Greene es una especie de narrador de género negro, eso sí, un tanto “sui géneris”, porque en sus historias apenas aparecen cadáveres y el suspense está menos en saber quién mató al fiambre de turno y sus motivos que en saber hasta dónde llevarán a los personajes sus emociones y pensamientos, su carácter.

Hace algún tiempo mi hija Sara (a quien había dejado leer un par de novelas cortas del autor, acuciado por su interés en conocer nuevos autores y ampliar sus horizontes de lectora compulsiva, como su papá) me comentó que las historias de Julien Green tenían un suspense “muy raro” (el género policiaco es uno de sus favoritos), aunque eso no impedía que le gustaran mucho.

Le expliqué mi teoría de que el auténtico suspense está más en saber a dónde nos conduce la vida y cómo se enfrentarán a ella los personajes de la novela que en conocer el nombre y los apellidos del supuesto asesino. Es más interesante conocer la vida íntima de un personaje que saber si fue el mayordomo quien mató al señor de la mansión.

Aquí Julien Green entronca con la magistral narrativa de Dostoyevski y se parece mucho a autores como Graham Greene o Bernanos. Entre la realidad exterior y la interior escoge la segunda, porque sabe que lo que realmente nos interesa es lo que sucede en el interior de nosotros mismos, el resto es puro divertimento que nos aleja de los auténticos problemas, irresolubles, que bullen en nuestra consciencias.

El hecho de que elija el mundo interno como el universo donde se desarrolla su narrativa no lo hace menos ameno y misterioso. Al contrario, gracias a su prosa magistral descubrimos que en realidad nuestros pensamientos y emociones son infinitamente más interesantes de lo que nunca nos atreveremos a pensar.

Sus personajes también se benefician de esta elección. Su solidez, su entidad, “su carne” brota de lo que ellos viven por dentro y no de lo que sucede a su alrededor. Para ello no necesita desvelar todos y cada uno de sus pensamientos y emociones, ni siquiera la totalidad de su vida pasada. Nos basta con un atisbo de lo que ocultan, de lo que han podido ser sus vidas, para que el interés y el suspense se intensifiquen.

Es sintomático, por ejemplo, que un personaje secundario, en cuanto a la extensión de páginas que ocupa en la novela, aunque no en cuanto a la importancia que tiene en la trama, esté tan bien construido y resulte tan interesante para el lector que muy bien se habría podido escribir una nueva novela con él de protagonista. Se trata de un extraño loco, cuya patología y las circunstancias que la provocaron permanecen en una adecuada semipenumbra. Su relación con el protagonista se produce de manera misteriosamente casual –aquí aparecen claramente las fuerzas del mal, en cuyo manejo Julien Green es un verdadero maestro- y desembocará en un sorprende e irreversible final.

Ya por entonces sentía una gran fascinación por este tipo de personajes, aunque durante la primera lectura de la novela estaba bien lejos de suponer que con el tiempo yo llegaría a ser un loco tan apasionante, para mí como autor, como lo era él. Curiosamente este personaje tiene el mismo nombre que el que da título a la novela de Henry Miller, “Max y los fagocitos blancos”. Los hubiera relacionado de inmediato a los dos si por entonces hubiera leído la novela de Miller, pero aún me restaban algunos años para hacerlo.

El tratamiento que hace J. Green del mal no puede ser más misterioso y sutil. Como en Bernanos el mal no está claramente definido, ni puede ser encarnado en un hombre concreto, permanece en el aire, como un tóxico invisible, envenenándolo todo y haciendo que las circunstancias más anodinas se acaben transformando en el frío rostro del destino, de un Satanás, tan invisible como omnipresente.

La novela me fascinó y es posible que la releyera una segunda vez, ya que la propina de mis padres rara vez me daba para comprarme una segunda novela antes de cobrar la próxima.

A lo largo de los años la he releído varias veces y siempre con la misma o parecida fascinación. Creo que dentro de la obra de Green ocupa un lugar destacado, aunque otras tal vez la superen en la concepción global de la historia y en ese ambiente de pesadilla que acaba por atemorizar al lector un poco sensible. “Cada hombre en su noche” es una novela para leer de un tirón, sumergidos en su ambiente como buceadores en aguas profundas. No se trata de una novela para católicos que crean en el pecado y en su correspondiente castigo, sino para lectores sensibles que hayan percibido alguna vez el misterio de la vida y casi tocado con su mano temerosa el mal que pulula a nuestro alrededor.

Si aún no conocen al autor es una excelente manera de comenzar a conocerlo. No es un bestseller a la moda, sino uno de esos libros que dejan huella. La que dejó en mi vida es imborrable. Creo que el libro llamó a mi puerta en el momento oportuno y la lección que traía consigo resultó inolvidable.

Sinopsis

Una de las obras cumbre de Julien Greene. El autor es ya un clásico, uno de los novelistas más importantes del siglo XX. Considerada como una obra religiosa, católica, cristina, y su autor como uno de los escritores cristianos más importantes de todos los tiempos, la novela trasciende cualquier etiqueta y categoría. No deja indiferente, seas creyente o agnóstico, es humana y sobre todo es una obra maestra de la literatura.

 

 

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DAVID COPPERFIELD
Por: Charles Dickens

Recuerdo muy bien la impresión que me causó la primera lectura. Alguien me había prestado la novela, no recuerdo quién. Creo que yo tenía entonces 18 o 19 años. La leí de un tirón y disfrutando y sufriendo como con pocas novelas. Creo que fue mi primera lectura de Dickens y desde entonces entraría en mi biblioteca para siempre. Ahora tengo un buen número de sus obras. Es un maravilloso narrador y poco importa que la sociedad evolucione y sus descripciones hayan quedado atrás, tiene la magia del buen narrador, nunca te deja indiferente. Creo que ya va siendo hora de releerla, las relecturas de los clásicos son imprescindibles para un buen lector.
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EL PROCESO
Por: Franz Kafka

Kafka fue uno de los descubrimientos más delirantes y terribles en mi vida de lector juvenil.A pesar de la dificultad de su lectura y de la poca amenidad de sus tramas, no pude permanecer impasible ante su devastadora visión de nuestra sociedad moderna. En este caso la trama me cae tan cercana (por mi profesión) que durante su lectura llegó a obsesionarme. Quienes no hayan vivido nunca el laberinto que supone un proceso judicial estarán tentados de pensar que esta es la típica historia de alguien que se ha fumado algo y le ha sentado muy mal. Quienes conocemos ese mundo sabemos que la realidad supera siempre a la ficción.

Kafka es tan demoledor que cuando terminas de leer una de sus obras tienes que pasar por el psiquiatra y seguir una terapia de choque para evitar la depresión. Lo más duro de admitir es que tenga más razón que un santo. La deshumanización burocrática aún estaba en pañales, y es bastante anterior al Gran Hermano de George Orwell, sin embargo jamás encontraré, aunque viva mil años, algo más deprimente sobre la condición del hombre moderno y la sociedad en la que por desgracia nos ha tocado vivir.

Kafka marcó mi vida y su influencia en mí como escritor es tan profunda que a veces me cuesta encontrar las raíces. Leí casi toda su obra, pero es uno de los pocos autores, clásicos de la literatura, que tendría que mentalizarme muy mucho para volver a releerlo.

 

 

CRAZYWORLD VI /AUDIOLIBRO


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EL DOCTOR SUN /CONTINUACIÓN

-¿Y bien?

-Nada, doctor. No se encontró nada.

-Bien. Pregunte qué ha ocurrido con el vehículo del joven. Que lo remolque una grúa hasta aquí y que un agente de seguridad lo revise a fondo.

-¿Vuelvo a llamarle, doctor?

-No, no me interrumpa. No es urgente. Luego me dirá lo que sea.

-Bien, doctor.

El peludo Sun continuaba escribiendo. Me miraba y escribía, me miraba y escribía…  y así sucesivamente.

-Creo que lo mejor será hipnotizarle, a ver si guarda algo de interés en el subconsciente.

-Preferiría que no, doctor.

-¿Le da miedo la hipnosis?

-Ahora me da miedo todo. Si no le importa, antes debería hacerme hablar un rato, tal vez mañana o pasado mañana recuerde lo suficiente para que la hipnosis no sea necesaria.

-Como quiera.

El Dr. Sun acabó de escribir en la historia clínica. Supuse que había anotado mis datos físicos a ojo. La verdad, la altura, el color de mis ojos… Se puso en pie y comenzó a pasear frente al diván. Llegaba a la pared, regresaba, caminaba hasta la otra pared… y así sucesivamente.

-Le someteré a una batería de test. Antes me interesa saber lo que recuerda y lo que no… ¿Qué recuerda del accidente?

-Poco, doctor. Cuando desperté el vehículo tenía forma de acordeón y estaba empotrado en un árbol.

-¿Cuándo despertó?

-No sé si estaba dormido, inconsciente o borracho.

Sun, el peludo Sun, regresó a la mesa y echó una ojeada a un documento.

-No, borracho no. El análisis de sangre nos revela que no existía un gramo de alcohol en su cuerpo. También dice que estaba en ayunas.

-No puedo decirle nada al respecto. No recuerdo absolutamente nada anterior al accidente.-

-Bien.

El doctor regreso a la mesa y echó otro vistazo al documento anterior. Aquel hombre no podría estarse quieto ni un solo momento.

-Lo encontraron desmayado frente a la verja. Antes pudo oprimir el timbre. ¿Recuerda algo de lo sucedido en el quirófano? Cualquier imagen puede ser reveladora.

-Solo el rostro agraciado de una mujer. Me vino a la cabeza la imagen de una vampira.

-Kathy.-

-Sí, luego me dijeron su nombre.

-Dolores.

-¿Cómo dice?

-Digo que se lo dijo Dolores.

-¿Cómo lo sabe?

-Pura deducción lógica. Aquí todo lo dice Dolores… ¿Algún sueño de esa noche?

-Ninguno. Dormí como un ceporro.

-No me extrañaría. Le dieron algo muy fuerte para dormir. Bien, ya veo que es inútil. Le haré ahora la batería de test. Responda sin titubear. No se lo piense. Es la única forma de asociar su respuesta con algo.

-De acuerdo, doctor.

Sun revolvió entre sus papeles, me miro y preguntó:

-¿Mujer?

-Kathy.

-Ya veo que ha cedido a sus encantos. A todos nos pasa al principio, luego huimos de esos encantos.

-¿Qué quiere decir?

-Nada. Ya lo comprenderá usted mismo.

-¿Muerte?

-Me libré.

-¿Qué quiere decir?

-Me libré de la muerte, no se me ocurre otra cosa.

-¿Coche?

-Acordeón.

-¿Carretera?

-Noche.

Así continuó durante una media hora. Luego se levantó y me puso unos cartelones con manchas de tinta delante de los ojos.

-¿Qué ve aquí?

Se lo dije. Finalmente me hizo un test muy raro.

-Es de mi invención. Lo diseñé para casos de amnesia, aunque sirve muy bien para otras patologías.

Consistía en imaginar una personalidad ficticia para mí y desarrollarla hasta el límite. Sin saber por qué me imaginé como un vampiro que clavaba sus colmillos en el cuello de Kathy.

-¡Mala suerte que ella estuviera de guardia esa noche! Durante días su mente lo distorsionará todo.

-¿Tan peligrosa es?

-¡Ya lo verá, ya…! Sigamos con el test. Dígame qué imagen asocia a esta palabra… Padres.

-Riqueza, mucha riqueza. Me pasan una pensión muy importante. Vivo del cuento.

-Me temo que esa imagen es más un deseo que una realidad. Dígame una ciudad cualquiera. La primera que le venga a la mente.

-¡París!

-¿Por qué París? Está lejos, ¿cree que ha vivido allí?

-Ni idea. Me gusta esa ciudad. Ignoro la razón.

-¿Sabe alguna palabra en francés?

-Je t’aime, mon amour.

-Reincide en una vieja obsesión. Si digo sexo, usted dice…

-Mujer, mujeres, cuerpos desnudos, placer, infinito placer, orgasmo… Lo mejor de la vida.

-Vaya. No parece usted un joven virgen, ingenuo y romántico. Describa me a una mujer cualquiera que le venga a la mente. Que no sea Kathy, por supuesto.

-Bueno. Intentaré no acordarme de Kathy. Rubia.

-Kathy es rubia…

-Lo siento es lo primero que me viene la mente. Vamos a ver. La rubia, alta…

-Kathy es alta.

-Lo siento, doctor, me temo que mi mente está contaminada.

-Ya se elevó dice. Mire. Creo que hoy es inútil continuar. Le voy a dar una libreta y un bolígrafo. Escriba a lo largo del día  las imágenes que le vengan a la cabeza, asociadas a palabras, busqué en las más inocuas y menos emotivas.

El doctor Sun me tendió una pequeña libreta y un bolígrafo barato. Estaba de muy mal humor, como si yo hubiera puesto poco de mi parte, como si me hubiera negado a colaborar. Se inclinó hacia delante en su sillón y oprimió el botón del intercomunicador con su secretaria.

-Lucy, ¿han traído el coche de este joven?

-Aún no, doctor.

-De las órdenes oportunas hipp tráiganme todo lo que encuentren en el vehículo, equipaje en documentos… Hasta las cáscaras de pipas, si las hubiere. Diga al servicio de seguridad que rastree la zona, por sí lograran encontrar algo, cualquier cosa…¡Ah! Y que rastreen la matrícula en los ordenadores. Mañana a primera hora quiero todo sobre mi mesa.

-Bien, doctor, ¿algo más?

-Dígale a Albert que ya puede llevarse al paciente.

-Ok, doctor. Le recuerdo que está pendiente  su entrevista con nuestro director.

-Gracias, Lucy, es usted un encanto.

-Usted sí que es un encanto, doctor. ¿Para cuándo la cena que me ha prometido?

-Está bien. Busque un hueco en mi agenda.

-Lo, haré, doctor. No se librará de mí.

La puerta se abrió y entró Albert, con tan mala cara como una hora antes.

-Llévese a este joven idiota, y traígamelo mañana a la misma hora.-

-Claro doctor.

Albert se dirigió  al diván donde yo permanecía tendido y muy cómodo, por cierto. Me tomó en brazos y me dejó caer sobre la silla de ruedas sin consideración alguna.

-Hasta mañana, doctor.-

Chao, Albert y procure no descuartizarme al joven antes de tiempo. Lo quiero entero.

-Sus deseos son órdenes, amado doctor.

-No sea pelota, Albert. Sabe que me repugna ese tipo de conducta.

Albert pateó la silla para descargar su mal humor. Me empujó hacia la puerta de salida, la abrió y volvió a patear la silla. Atravesé la puerta como un cohete y me incrusté  contra la pared de enfrente. Una mano amiga evitó que acabara por los suelos. Así conocí a Jimmy “El Pecas”.

CRAZYWORLD V (AUDIOLIBRO)


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EL DOCTOR SUN

Dolores continuó contándome chismorreos sobre aquella clínica del demonio. Algunos eran más bien secretos o misterios, sin duda muy importantes, pero a los que no hice demasiado caso, muy ocupado en rematar el desayuno. Aún ignoraba que un tal Jimmy, “El Pecas”, tomaría el relevo de Dolores y me desvelaría con pelos y señales qué me esperaba de ahora en adelante.

Dolores recogió la bandeja, la colocó en el carrito y se acercó a darme un beso maternal, que yo agradecí como un pollito angustiado agradecería a su mamá clueca que le librará del miedo a ser comido por el habitual zorro, depredador de gallineros. En ese momento entró de nuevo Albert, como un ciclón.

-El doctor Sun me ha ordenado que lo lleve inmediatamente a su consulta.

A Dolores, inclinada sobre mi frente, con sus castos y enormes pechos reposando en mi nariz, no le hizo demasiada gracia la interrupción.

-Usted es idiota, Albert, y en su casa aún no lo saben.

Se irguió en toda su majestuosidad frente al matón de gesto agrio (tal vez se desayunaba con zumo de limón puro) y a punto estuvo de sacarlo del cuarto a sopapos. Pero se lo pensó mejor (tal vez el hecho de que yo hubiera terminado mi desayuno ayudó bastante) y acató las órdenes del gran jefazo, no sin antes poner las cosas en su sitio.

-Dígale al doctor que no consentiré que se lleve a mis pacientes sin desayunar. Que sea la última vez.

-Eso se lo explica usted misma al doctor.

-Lo haré. ¡Vaya si lo haré! Y por lo que a usted se refiere quiero que me trate a este joven como si fuera mi hijo o caso contrario me rendirá cuentas.

Albert calló, por la cuenta que le traía y Dolores salió con el carrito, muy tiesa, y muy oronda. Las jambas de las puertas se apartaron unos centímetros, temerosas y recatadas.

Aquel mamón, matón y de leche agria, en cuanto mi benefactora desapareció de su vista, perdió los pocos escrúpulos que le quedaban. Sin presentarse, como es de buena educación, y sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, como es de gente, buena o mala, temerosa del destino, me tomó en sus brazos, sin ninguna consideración y se disponía a dejarme caer sobre una silla de ruedas, que había de traído de su mano, sin darle la menor importancia, cuando yo grité, primero, y después anuncié que no estaba dispuesto a presentarme en la consulta de un eminente doctor en pijama.

Albert me dejó caer sobre el lecho, que rechinó sobre sus goznes, y se dirigió, hecho un basilisco, al armario empotrado. Allí revolvió hasta sacar unos vaqueros con las rodilleras rotas y una camisa vaquera a rayas rojas y azules, realmente repugnante. Me calzó unas sandalias, tipo “pescador de hombres”,  y tras haberme arrancado el pijama a mordiscos y colocado de cualquier manera la ropa, me volvió a tomar en brazos e hizo como que mi peso le obligaba soltarme bruscamente. ¡Embustero, trapacero, hijo de p…! La silla crujió, las ruedas se desinflaron y mi cuerpo protestó como un millonario al botones de un hotel de seis estrellas.

Todo fue inútil, porque aquel maldito matón emprendió una loca carrera. La puerta no se expandió, como en el caso de Dolores, y mis rodillas tropezaron con las jambas, primero con una y luego con otra. Mientras Albert conducía la silla por el pasillo, como si fuera un bólido de fórmula uno, me restregué mis rótulas y busqué roturas en huesos y músculos. No sufría daño alguno y observé curioso cómo la ropa se ajustaba a mi cuerpo, como si fuera de mi talla, o más bien como si hubiera sido hecha a  medida. Anoté el dato para preguntarle a Dolores en la próxima ocasión.

Me habían adjudicado un cuarto en la quinta planta, la misma donde estaba situado el despacho del famoso doctor Sun. Eso me permitió librarme de la entrada en el ascensor. El grosero, estúpido y malnacido hijo de perra (me estoy refiriendo a Albert) llamó suavemente, casi diría que con dulzura, a la puerta, con sus nudillos de boxeador retirado. De haber empleado esa misma dulzura conmigo ahora nos estaríamos besando como apasionados amantes que acabaran de conocerse.

Una voz baja y varonil le invitó a pasar. La imagen que me hice del doctor Sun antes de atravesar la puerta fue más o menos ésta: fornido, ancho de hombros, alto, perilla a lo Freud, traje oscuro, estetoscopio colgado de su cuello…

Lo que vi fue esto otro: Un hombre tan canijo que su cabeza apenas sobresalía de la mesa de su despacho; tan morenazo que parecía negro; tan peludo que se le hubiera podido considerar como hijo del “hombre lobo”; tan serio que parecía Edipo tras sacarse los ojos, luego de haberse enterado que la tía buena con la que se acababa de acostar era su madre y el marido de la tía buena, su padre, y la jovencita con la que pensaba acostarse su hermana y…

-Buenos días, doctor Sun.

Aquel malnacido, era un redomado pelota. Suele pasar que bestias pardas como aquel matón se achantan y besan el culo de un superior que inclina el dedo pulgar hacia abajo, con los antiguos césares.

-Buenos días, Albert. Coloque al paciente en el diván y luego puede irse.

Albert me tomó en sus brazos, con  el mimo con el que un reciente esposo lleva a la esposa al lecho nupcial, y una vez en la perpendicular del diván, sin ningún remilgo, ni vergüenza, ni complejo, ni sentimiento de padecer una patología insana, me soltó sin avisar. Reboté, literalmente hablando, pero antes de tocar el suelo, el malnacido me empujó ligeramente con una mano y allí quedé, encajado casi de cualquier manera, en el amplio diván del doctor Sun. Este hombrecillo peludo hizo como que no hubiera visto nada, a pesar de que estaba observándome con los ojillos negros muy abiertos. Tomé buena nota y decidí odiarlo, aún antes de saber por qué razón o razones.

-Ya puedes irte, Albert. Regresa a por el paciente dentro de una hora.

-No me olvidaré, doctor.

-¡Maldito pelota, hijo de perra del averno! ¡ Así se rompiera la crisma por las escaleras!

Albert cerró la puerta con suavidad. Deseé ser una puerta.

-Bien. Póngase cómodo. Necesito que me de algunos datos para su historia clínica.

No hubiera necesitado el permiso del Dr. Sun para buscar mejor posición. Albert me había dejado en una posición realmente incómoda. Busqué acomodo en el diván y apenas lo hube encontrado cerré los ojos y me dispuse a dormir una buena siesta. Pero el Doctor no me lo permitió.

-¿Me ha oído?

La implacable voz de barítono del Dr. Sun hubiera seguido  incordiándome  el resto de la sesión, así que decidí contestar.

-No recuerdo nada.

-Bien. Ya suponía que era fácil que usted sufriera una amnesia  post traumática. ¿No recuerda nada, nada de nada?

-Nada, doctor.

-Bien.

El Dr. Sun se sentó tras su mesa de despacho. Abrió un cajón, sacó un folio y se puso a escribir sin parar, con una pluma estilográfica, que relucía, tal vez era de oro.

Se trataba de un hombres bajito –sus pies no llegaban al suelo, según  pude observar por el hueco, bajo la mesa-y tan peludo que bien hubiera podido interpretar el papel de hombre lobo en una película, sin necesidad de maquillarse.

Moreno por naturaleza, cabeza grande y cuerpo enjuto, dientes amarillos, boca pequeña y mandíbula firme. Me pregunté si entre el personal de Crazyworld habría psiquiatras femeninos, y sí podría cambiar de Doctor, sólo con pedirlo.

-¿Conserva su cartera? Tal vez con su carnet de conducir tengamos bastante… De momento.

-Lo siento Doctor. No he visto  mi ropa en el cuarto.

-Me enteraré.

El Doctor activó el interfono.

-Señorita Lucy, ¿puede venir  un momento?

Por una puerta lateral, que sin duda comunicaba con el despacho de su secretaría, se introdujo una mujer joven, bajita, taconeando en morse.

-Lucy. ¿Puedes enterarte de lo que ha sido de la ropa de este joven?

-Sí, doctor. Era una vocecita  remilgada, como el pedito  del anfitrión en un cóctel. Salió, cerrando la puerta tras de sí. Al cabo de un minuto, que el doctor Sun empleó en observarme con interés, la misma vocecita de antes sonó muy intensificada por el interfono.-

-Doctor. Lo tiraron todo a la basura. La ropa estaba inservible, rota y manchada de sangre. Nadie sabe nada de la cartera.

-¿No se encontró alguna documentación?

-Me interesé por ello, doctor. Supuse que me lo preguntaría.

El Dr. Sun golpeó con sus dedos peludos el interfono, como diciendo: ¡buena chica, buena chica! En realidad se trataba de otra maldita pelota, con voz de pedito. Comprendí que mi malhumor nacía del trato recibido de Albert. Tal vez en otra ocasión descubriera encantos escondidos en el cuerpecito o de Lucy.

CRAZYWORLD IV (AUDIOLIBRO)


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DOLORES

 

 

 

 

Una mujer, tan gruesa que la puerta se aparta un poco para dejarla pasar, se introduce en la habitación, con la fuerza de un tornado. Empuja un carrito metálico, que en sus grandes manos, parece un cochecito de bebé. Está repleto de bandejas que tintinean como campanitas de fiesta. Todas son redondas y ocultan alimentos bajo campanas metálicas que relucen como los chorros del oro. Ni en los hoteles más lujosos se sirven desayunos tan pantagruélicos, ni siquiera en la suite presidencial.

Cómo puedo recordar este detalle, cuando ni siquiera soy capaz de pronunciar mi nombre… Es un misterio.

-Hola, amigo. Me llamo Dolores, para servir a Dios y a usted, como decía mi abuela. ¿Puedo preguntarle su nombre?

-Puede, aunque siento mucho no poder contestar. Ni siquiera lo recuerdo.

-No se preocupe. Los golpes en la cabeza tienen estos efectos.

-¿Cómo sabe que me golpeé la cabeza?

-Dolores conoce todo lo que sucede en Crazyworld. No hay nada que se le escape. Anoche sufrió un accidente en su coche y los vigilantes de seguridad le encontraron desmayado a la puerta.

Extendió un mantel sobre mi pecho, tras doblar la almohada y acomodarse. Puso en mi regazo una bandeja con patas y destapó un par de platos que olían tan bien que alimentaba con solo bajar la nariz.

-Riñones al jerez y salchichas con huevos a la plancha. Imagino que tendrá usted mucho apetito, amiguito.

Antes de que pudiera responder lo hicieron mis tripas, emitiendo un gluglú muy aparatoso.

-Hágalas caso, amiguito, y no se preocupe por la cuenta, que esto es gratis.

-Me alegro que haya sacado el tema. ¿Han encontrado mi cartera o alguna tarjeta de crédito?

-Aún no. Eso ayudaría. No a pagar la cuenta –que el doctor Sun ya ha dado órdenes de que se le trate como a su invitado- sino a identificarlo.

-¿Quién es el doctor Sun?

-El director médico de Crazyworld. Si él no puede curarle, créame cuando le digo que nadie lo hará. ¿Quién le atendió anoche?

-¿No me dijo que lo sabía todo?

-Pero antes hay que preguntar.

-Pues solo recuerdo a una enfermera muy rara, que me miraba como si me fuera a clavar los colmillos. Se relamía cada poco. Me sentí un bomboncito en su boca.

-Kathy. Esa es Kathy. Ni siquiera es enfermera. El doctor Sun la obliga a trabajar, como terapia… Pero vaya comiendo, buen hombre, que yo mientras tanto le pondré al corriente de los secretos de Crazyworld. ¿Quiere un vaso de zumo para bajar la comida? ¿Sí? Pues como le decía Kathy es una paciente. La pobrecilla es ninfómana o adicta al sexo, como se dice ahora. No puede ver un pantalón sin tirarse a él, aunque lo lleve una mujer. Le gustan sobre todos los nuevos, si son jóvenes y guapos, como es el caso, mucho mejor… Tenga cuidado con ella, porque hasta a mí un joven tan guapo como usted me hace tilín entre los pechos. Se relamía porque estaba imaginando lo que hará con usted, amiguito. Pero no se preocupe, porque la jefa de enfermería, la señorita Ruth, ya ha ordenado que cierren su habitación por las noches y un celador vigilará la puerta para que ella no pueda colarse.

 

Dejé de comer riñones, muy sabrosos, para hacer una pregunta mientras imaginaba qué podría estar haciendo mi sex-appeal entre sus enormes pechos.

-¿Y quién le dio vela en este entierro a esa señorita Ruth?

-No se deje guiar por sus instintos, amiguito, o Kathy se lo merendará en dos bocados. Hágame caso. Sé lo que me digo. Más altas torres han sido exprimidas por sus colmillos de vampira. En cuanto a la señorita Ruth, se trata de una mujer mayor, delgada como un palo, plana como una tabla de planchar y tan desagradable como una serpiente de cascabel. Pero sabe lo que se hace…

Di buena cuenta de los últimos riñones y me pasé a las salchichas con huevos a la plancha. Mientras Dolores continuó poniéndome al día de los secretos de Crazyworld. Aquella mujer hablaba más que un locutor de radio retransmitiendo un acontecimiento que no termina de echar a andar.

-Aquí estará bien, amiguito. Dolores lo cuidará como al hijo que nunca tuvo. Aunque no me vendría mal que eligiera un nombre provisional. Me siento como una tonta, hablando sin parar y sin poder dirigirme a usted por su nombre.

No le hice caso. Acabé las salchichas y los huevos. Dolores me sirvió una taza de café que olía como el elixir de la eterna juventud. Me untó las tostadas con mantequilla y mermelada de fresa. Antes de llegar a clavarle el diente a la primera, se abrió la puerta y un armario malencarado, vestido de blanco, se dirigió a ella con muy malos modos.

-El doctor Sun le está esperando.

-Dígale al doctor, Albert, que no pondré a mi protegido en sus garras con el estómago vacío. ¡Vaya a decírselo! No se quede ahí, como un pasmarote.

La puerta se cerró tras Albert. Mordí la tostada y Dolores volvió a lo suyo.

 

 

CRAZYWORLD III (AUDIOLIBRO)


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III

 

UNA CLÍNICA DE LOCOS

 

Peleaba con un extraño monstruo que pretendía clavarme los colmillos en el cuello. ¡Menos mal que me desperté!  Me encontraba en una amplia habitación, muy lujosa, muy bien decorada, vamos, como si no fuera un hospital.  La luz del día penetraba por las rendijas de la persiana. Me toqué la cara. Estaba vendada. Me toqué las piernas. Supe que no me las habían cortado. Pasé mi mano por la bragueta del pijama… todo seguía en su sitio.

 

De pronto la puerta se abrió y entró una enfermera. Era distinta a la de la noche. No estaba nada mal, cierto, pero mi enfermera de noche estaba mucho mejor. Aquella era guapa pero la otra estaba como mi deportivo antes de transformarse en un acordeón.

Con la lucidez de la mañana deduje que o bien el coche era de mi propiedad, con lo que podía dar por seguro que era un ricachón o bien lo había robado y en ese caso era un ladrón nada, nada tonto. Prefería la primera alternativa. Aunque continuaba sin poder recordar ni siquiera mi nombre.

-Me llamo Alice. Y seré su enfermera de mañanas. ¿Cómo se encuentra?

-Creo que bien.

-¿Solo lo cree?

-Bueno, ahora que está usted aquí, estoy bastante seguro.

-Jaja. Esa es buena señal. Llamaré a Dolores para que le traiga el desayuno. ¿Tiene apetito?

-¡Ya lo creo! Debo haberme pasado veinticuatro horas sin probar bocado.

-No se preocupe. Aquí alimentamos bien a nuestros pacientes.

Y salió del cuarto. No sin antes dirigirme una sonrisa, realmente seductora.

CRAZYWORLD II (AUDIOLIBROS)


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II

UNA ENFERMERA MUY EXTRAÑA

Abrí los ojos y pude ver frente a mí un bello y joven rostro de mujer.

-¡Vaya! ¡Vaya! Nuestro jovencito vuelve a la vida.

-¿Dónde estoy?

-En Crazyworld, por supuesto. Le hemos reparado algunos costurones en el rostro, en la espalda y en la piernas. Nada grave, se lo aseguro. Quedará tan guapo como siempre.

-Quiero ver al doctor.

-Lo siento. Se ha ido a dormir. No le ha gustado nada que le despertaran en plena noche. Tiene usted suerte de que no lo dejara desangrarse.

-¿Cuánto tiempo permaneceré aquí?

-El doctor dice que los golpes en la cabeza son impredecibles. Tendrá que pasarse una temporadita con nosotros. No tenga miedo. Lo trataremos muy bien.

La enfermera –ahora podía darme cuenta de que llevaba uniforme, tras observar detenidamente su cuerpo- se relamió los labios, en un gesto que no me pareció precisamente muy normal.

-¿Qué piensan hacer conmigo?

-Ahora está en el quirófano. Lo llevaremos a una habitación. No sin que antes le ponga una inyección calmante a mi niño guapo. Necesita dormir y descansar. Mañana dejaremos que coma todo lo que quiera.

La enfermera sonrió, enseñándome sus afilados dientes, y me clavó la jeringa antes de que pudiera darme cuenta. Quise decir algo, pero la vista se me fue nublando, hasta acabar en una oscuridad absoluta.

CRAZYWORLD I (AUDIOLIBROS)


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NOTA: Este es el primer capítulo de mi novela humorística Crazyworld, la historia más delirante jamás contada. Grabada por el propio autor que intenta imitar las voces de sus personajes, aunque no lo consigue. Este es el texto del primer capítulo para que puedan seguir el audiolibro si les apetece.

CRAZYWORLD

I

LA LLEGADA

Desperté, o más bien volví en mí, en plena noche. Me encontraba atrapado entre los hierros de un coche, que supuse mío. Aunque más bien debería decir que se trataba de un acordeón sin techo –era un deportivo descapotable-  directamente empotrado en el grueso tronco de un árbol.

No recordaba nada. Deduje que yo era el conductor, que me gustaba correr y que el accidente era estadísticamente muy probable. Pero lo que realmente urgía era salir de allí. Di una orden a las piernas y estas se movieron –menos mal- utilicé brazos y dientes para desprenderme del airbag y culebrear hasta que terminé en el suelo, primero la cabeza y  luego la espalda.

A pesar del terrible vacío que notaba en el interior de mi cráneo, una tímida lucecita se encendió en mi cabeza. Lo importante era alejarme del vehículo accidentado, porque éste podía explotar, aunque si no lo había hecho ya, era posible que no lo hiciera en el futuro.  ¡A ver quién es el guapo que se juega su vida a una suposición!

Me arrastré como pude por el suelo mullido del bosque hasta llegar a una distancia prudencial. Allí me senté, apoyándome en el tronco de un árbol y recapitulé lo ocurrido. Seguía sin recordar nada. Estaba vivo. Cierto, ¿pero estaba bien? Me dolía todo el cuerpo. La cabeza era una pelota de baseball golpeada una y otra vez por el bate. Por el rostro se deslizaba una sustancia viscosa y repugnante. La palma de mi mano derecha tocó la piel con cuidado. A la escasa luz de los faros del coche, que aún seguían encendidos, pude comprobar que era sangre. Para cerciorarme más pasé la lengua. Desde luego no era gasolina.

Así pues urgía encontrar ayuda. Me levanté haciendo un esfuerzo ímprobo y seguí la carretera, pensando que al menos pasaría alguien, de vez en cuando… No pasó nadie. A mi derecha pude ver un letrero mohoso que decía: “Crazyworld”.  Un camino de tierra supuestamente conducía al mundo loco que esperaba fuese mi salvación.

Al fondo, entre los árboles, titilaba una lucecita lejana. Cada vez me encontraba más débil y la masa viscosa no dejaba de moverse lentamente por mi cara. Tambaleándome me moví en aquella dirección… No sé cuánto tiempo transcurrió, ni si me desmayé en algún momento. Finalmente llegué a un muro de piedra, con una verja metálica. Estaba cerrada. Me así a ella y respiré anhelosamente.  A mi derecha pude ver una luz roja parpadeando. Tardé en darme cuenta de que se trataba de un timbre. Puse mi dedo en él y esperé…y esperé… hasta que caí redondo al suelo