Categoría: UN ESCRITOR FRUSTRADO (NOVELA COMPLETA)

UN ESCRITOR FRUSTRADO VIII


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Su esposa se fiaba de Hortensia, con quien hiciera buenas migas durante las temporadas que pasaron allí los veranos anteriores. Los intríngulis de las relaciones femeninas se le escapaban totalmente a Córcoles, aún más en aquel supuesto. No podía encontrar mujeres más disímiles que su esposa y Hortensia. Bien pensado no coincidían en nada. Sin embargo se había producido una extraña y misteriosa complicidad entre ambas. No sabía de qué habían hablado porque su mujer nunca le contaba esas cosas y Hortensia, cuando él insistió al respecto, le había soltado un bufido de gato rabioso que le hizo desistir de seguir intentándolo. 
Nélida, Neli para sus amigas, su santa esposa, había dejado la administración de la casa en manos de la criada, algo totalmente impensable en la capital. Se pasaba las horas muertas en la cocina, charlando con Hortensia. Cuando él aparecía se producía un silencio sospechoso y cambiaban de tema. Que si la cocina serrana era muy sabrosa, que si el campo era un don del cielo en verano… cualquier cosa que le impidiera encontrar un pretexto para quedarse y sumarse a la cháchara. Eso siempre le ponía de mal humor. Hortensia era un libro cerrado para él en cuanto mencionaba a su mujer. Su impresión era de que aquella mujer de armas tomar compadecía a Neli –curiosamente había aceptado llamarla así tras ruegos insistentes- por haber tenido que cargar como un zoquete como él y por no tener lo que hay que tener para mantener a raya a un marido.

Córcoles se preguntaba si Hortensia se pondría de su parte si alguna vez el abismo existente entre su esposa y él se hacía evidente en aquella casa. No las tenía todas consigo a pesar de que la buena mujer había aceptado hacer de Celestina para él en alguna ocasión. No sería lo mismo un desliz sin importancia durante un tiempo prudencial que si Neli entraba en danza y en la guerra subsiguiente ella se veía obligada a tomar partido. Creía que en ese caso tendría que utilizar todas sus dotes de seducción, que eran muchas, para que Hortensia no le durmiera con una fuerte infusión y luego le pegara el miembro con aquel pegamento maldito.
¿Seguiría existiendo? Córcoles cerró la boca por un momento y tragó saliva. Sin abrir los ojos se limpió la saliva con el dorso de la mano y decidió pasar a pensamientos mucho más agradables. Como el de Obdulia, sin ir más lejos. Se imaginó desvistiéndola en su cuarto, contemplándola a sabor… El calor de la entrepierna se hizo tan intenso que el miembro se estiró y se estiró hasta incomodarle. Un clic en su mente y se encontró pensando en la novela.

Su seboso, barrigón, fofo y flatulento detective ocupó la pantalla de su mente. Eran precisamente estas características, aparte de su cinismo, su desvergüenza e inmoralidad, las que le habían aupado al éxito de ventas. ¿Cómo haría para que la nueva historia tuviera más gancho que las anteriores? Corrupción, políticos de por medio, gente bien que intenta ocultar su basura bajo las alfombras, señoras estupendas a las que el detective intenta despojar de las bragas sin el menor éxito… No, no sería suficiente. Necesitaba algo más, mucho más. Asesinatos múltiples, una trama trepidante… Sí, eso estaba mejor. Pero aún faltaba ese toque maestro que convertiría la historia en un fuerte inexpugnable, algo imposible de hundir, de demoler, incluso para los críticos más odiosos y odiados, incluido el inefable “Gordito”.

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Córcoles recordó su agenda negra, encerrada en la caja fuerte de la casa. Tal vez alguna historia de Hortensia, aderezada para la ocasión, le permitiría dar un toque de humor a la narración. ¿Servirían también sus historias de Tenorio barato, encerradas en un par de agendas que escondía en la caja fuerte de su piso en la capital? Por un momento pensó en la posibilidad de que hubiera dejado la caja fuerte abierta o de que Neli encontrara la forma de abrirla. ¿Cómo? Ella nunca hurgaba allí, su despacho era su sancta sanctorum. Era inconcebible que llamara a una empresa especialista en abrir cajas fuertes y la abriera sólo para saber qué guardaba él en ella.

Se estremeció. Tuvo que despertarse un poco hasta cerciorarse de que había cerrado la caja fuerte. Nunca se olvidaba. En ella también estaban, a buen recaudo, varios teléfonos móviles, donde guardaba los teléfonos de sus amantes ocasionales y que solo utilizaba cuando se quedaba solo y procurando no equivocarse. Ni se le había pasado por la cabeza poner también el número de móvil de Neli. Ni en la emergencia más espantosa que pudiera ocurrírsele echaría mano de aquellos móviles. ¿Y las agendas? En ellas anotaba con meticulosidad todos los datos interesantes de sus amantes, incluidos los mejores polvos, dónde, cómo y qué habían dicho ellas o qué circunstancia llamativa se había producido. Necesitaba esos datos como el aire para respirar. Aún recordaba la confusión sufrida con una vieja amante a la que quiso volver a ver. En pleno acto la había llamado por el nombre de otra y luego, para disculparse, había comentado un polvo antológico que tuvo lugar… con la otra.

Ahora era mucho más cuidadoso. Con sus anotaciones podía llamar a cualquiera, hiciera los años que hiciera que se habían acostado por última vez, y una vez memorizado su “currículum” no existía el menor peligro de no dar en el clavo, al menos en lo esencial… Sí, ¿pero si alguna vez Neli descubría su tesoro? Cada vez que sacaba alguna agenda de la caja fuerte, estando su esposa en casa, no se desprendía de ella hasta haberla dejado a buen recaudo en el interior del microondas de acero. Incluso anotaba con una raya, en un tablero que había hecho instalar junto a la caja y donde solía clavar los manuscritos en los que estaba trabajando o el índice de artículos urgentes que debería escribir durante el próximo mes, cuando sacaba una agenda y luego al devolverla a su sitio cortaba de abajo la rayita, con un rotulador rojo para que nunca, ni en el descuido más impensable, aquel libro negro de su condenación quedara perdido por el despacho, al alcance de las blancas y suaves manos de Neli.

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Córcoles sufría pesadillas intermitentes por causa de las agendas y los móviles, pero nunca se decidía a deshacerse de ellos. Una amante, solía pensar, es como un tesoro escondido del que un pirata puede echar mano cuando ya no le queda nada. ¿Qué anotaría de Obdulia? Su miembro volvió a estirarse tras el desinflón sufrido al pensar en su esposa y en las agendas. Se regodeó un poco fantaseando en cómo iría el asedio de la moza. Cuanto más durara y más resistencia opusiera más disfrutaría en el momento de colocar su pene entre sus muslos.
Cambió de tema. Había estado a punto de adormilarse dulcemente y ahora tendría que levantarse y hacer algo. Recordó el episodio de las fiestas del pueblo que Hortensia le contara tantas veces. Cómo ella siguió a su Pacorro furtivamente a un caserío solitario, donde una moza había quedado en retrasarse cuando el resto de la familia saliera, endomingada, para asistir a la verbena nocturna. Pacorro, desde el terrible episodio de su miembro inutilizado, adoptaba toda clase de precauciones cada vez que salía de “caza”. Esta vez incluso llegó a despreciar la supuesta casa solitaria y junto con su “presa” buscaron un lugar alejado y cómodo. 

 

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Existía un pajar abandonado en un valle solitario. Había que pasar el pueblo y seguir un camino de cabras que ascendía una colina. Al otro lado estaba aquella destartalada casa, donde una vez, hacía ya muchos años, un marido celoso había degollado a su esposa. Nadie la había tocado desde entonces. Se decía incluso que por allí se aparecía el fantasma de la muerta y pocos se atrevían a acercarse a menos de un kilómetro. El valle había sido abandonado a todos los efectos, incluidos los prados que mejor hierba daban en toda la comarca. Era el lugar ideal para Pacorro, nadie los seguiría hasta allí. 

Hortensia nunca le comentó a Córcoles cómo la moza pudo hacer caso a Pacorro en su desvarío. Éste sospechaba que no había sido la primera vez y que en las anteriores quedó muy satisfecha. Era la única explicación razonable que se le ocurrió. Hizo un inciso para decirse que al día siguiente visitaría aquel valle a caballo. 

Córcoles se fue amodorrando poco a poco, saltando de una preocupación a otra y de un deseo hasta el siguiente, hasta acabar finalmente bajo las faldas de Obdulia, buceando en un abismo sin fondo que estaba a punto de tragarle.

No supo que se había dormido apaciblemente ni cuánto tiempo transcurrió en el mundo real hasta que una voz dulce, insinuante, se transformó de pronto en la voz monstruosa de una bruja que intentaba descoyuntarle un hombre. Cuando logró salir a la superficie desde el fondo abisal en el que se había dejado caer, sin comerlo ni beberlo, se encontró efectivamente con el rostro agraciado de Obudulia, que le sonreía y con una pregunta que no había cesado de machacar su oído hasta que el grito le despertó.

-Señorito, señorito, que dice Hortensia que le despierte, que si le dejo dormir a pierna suelta luego no hará aprecio de su rico cocido. Que puede usted probar este vermut de grifo, el mejor de la comarca, y estas croquetas que acaba de hacer especialmente para usted. 

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Córcoles por fin comprendió donde estaba y qué es lo que había ocurrido. Maldijo a Hortensia por meterse donde no la llamaban y bendijo a Obdulia por hacer caso de aquella deslenguada y aproximar tanto su boca a su rostro. Solo tuvo que moverse con ligereza, como asustado y deseoso de ponerse en pie, para que como al azar, sus labios se encontraran. Fue su primer beso a Obdulia y a Córcoles le hubiera gustado mantenerlo durante algunos minutos.

 No fue posible porque la buena moza reaccionó como si le hubiera picado una avispa y a punto estuvo de tirar la bandeja y todo su contenido al suelo. En cuanto colocó su preciado tesoro en una de las mesas metálicas que rodeaban la piscina, se acercó hasta Córcoles, los brazos en jarras y le soltó un descomunal bofetón. Luego le explicó la causa de su comportamiento

-Nadie me besa sin mi permiso. Ni usted, señorito, ni nadie. Que le quede claro.

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Mientras Córcoles se pasaba la mano por la mejilla e intentaba situarse de una vez por todas a este lado de la realidad, Obdulia se retorcía las manos de espaldas al señorito. Lamentaba su impulsividad, al fin y al cabo el señorito era quien le pagaba y era preciso tener un poco de manga ancha con quien puede ponernos de patitas en la calle en cuanto se le cruce un cable en la cabeza. Aún así la moza confiaba en la influencia de Hortensia para que la situación no degenerase a mayores. Dentro de un año se casaría y había mucho ajuar que ir pagando mes a mes. Sin que lo pudiera evitar una lagrimita pugnó por salir del ojo izquierdo. Con la punta del mandil se la enjugó y tomando una firme decisión logró hacerse con la bandeja sin que sus manos temblaran ni un “tantico” así. Se la ofreció a Córcoles, quien sin duda había estado contemplando su culo a sabor, porque al volverse con brusquedad casi le pilla con los ojos en el cuerpo del delito.

-Señorito, Hortensia me ha dicho que pruebe este vermut de grifo. Si le gusta podrá pedir un barril para usted, si al señorito le parece bien. Lo ha preparado con una aceituna, un trozo de pimiento y una anchoa, como a usted le gusta.

-Gracias Obdulia y perdóname por mi impulso incontrolable. Estaba soñando contigo y al ver tu rostro tan cerca por un momento creí que continuaba soñando.

-¡Ah, sí!  ¿Y puede saberse qué soñaba el señorito?

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-Pues claro que puede saberse, muchacha, mis sueños no son un secreto para nadie. A menudo los utilizo en mis novelas.

-¿Le cuenta a todo el mundo lo que sueña? Yo no sería capaz de hacerlo, señorito, que una será lo que sea, pero para estas cosas tiene vergüenza y no le gusta ir pregonando su intimidad en boca del pregonero.

Pues los escritores no tenemos vergüenza alguna, si así fuera no podríamos ni escribir un párrafo sin temblar.

-¿No sería un sueño desvergonzado, de esos que da vergüenza incluso mentar?

Córcoles había tomado de nuevo las riendas que por un momento, mientras se despertaba y no, había extraviado. Ahora era muy consciente de lo que deseaba hacer, el plan de seducción de la guapa Obdulia empezaba a tomar cuerpo en su mente retorcida. En realidad casi nunca utilizaba sueños en sus novelas, en primer lugar apenas soñaba y cuando lo hacía se le olvidaba anotar el sueño, y en segundo lugar aunque hubiera querido no sabría cómo engranar un sueño en una trama novelística.

-Mujer, que estamos en el siglo XXI, hoy en día puede verse en la caja tonta mucha más desvergüenza de la que yo sería capaz de contarte en un año…Bueno, en realidad algo fuerte sí que era el sueño. Yo te invitaba a darnos un baño en la piscina. Nada malo, teniendo en cuenta el día que hace y que tal vez sea la última oportunidad que tengamos este año de aprovecharla… Recuérdame que le diga a Pacorro que en unos días vacíe la piscina y la limpie…

-Pues muy bueno no sería, señorito, porque ni yo tengo bañador a mano ni está bien que una criada se bañe con el señor.

-¿Por qué no, Obdulia, preciosa? El hecho de que yo pague tu sueldo no significa que no podamos ser amigos. Lo del bañador está un poco más difícil de solucionar, a no ser que encuentre alguno de mi esposa en el armario de nuestro dormitorio. Tenía que haberme dado cuenta de que era un sueño porque tú aceptaste bañarte en bragas y eso no lo harías nunca estando despierta. ¿Me equivoco?

-No, no se equivoca el señorito. ¡Dios mío, qué bochorno!

-No debes avergonzarte, en realidad era solo un sueño.

-¿Y qué hacía el señorito? Si puede saberse.

-Pues claro que se puede, alma cándida. Yo nunca he tenido problemas para bañarme en pelota picada, ni estando despierto. Nos dábamos un buen remojón y acabábamos por ponernos muy calientes. ¡Con decirte que tú jugueteabas con mi miembro! ¡Uuff! Fue un sueño bonito.

-¿Bonito? Lo que es usted, señorito y que usted y Dios me perdonen, es un sinvergüenza y un calavera. Esas cosas no se le cuentan a una mujer, ni aunque se tenga mucha confianza con ella. Y yo a usted no le he dado ninguna confianza, que apenas nos conocemos.

Obdulia se había puesto roja como un tomate madurito y sus manos temblaban tanto que Córcoles por un momento temió que las croquetas de Hortensia terminaran en el suelo, o lo que es aún peor, sobre su cabeza. Porque el enfado de la moza no era fingido, no, ni mucho menos. Por suerte Hortensia debía de haber estado con el ojo y la oreja avizor porque de la ventana de la cocina vino, como un tornado, una voz perentoria.

-Obdulia, deja la cháchara y regresa, que te necesito. ¡Habrase visto esta moza, de cháchara con el señorito, como si fuera de la casa y aquí me deja sola! ¡Con el trabajo que hay pendiente!  ¡Obdulia! ¡Obdulia! Ahora mismo te quiero ver aquí.

La moza logró dejar la bandeja de nuevo en la mesa, sin caer una sola croqueta ni un solo calamar a la romana, y salió corriendo como alma que persiguiera un demonio con rabo, con un rabo muy desvergonzado.

Córcoles se sonrió para sus adentros y dio un trago al vermut de grifo. Excelente, pensó, esta Hortensia cada día se esmera más. Luego se levantó y puso la bandeja en sus rodillas. Las croquetas mejor que nunca y los calamares “rustiditos” como a él le gustaban. Aquella mujer era una joya. Y en cuanto a Obdulia aún era más ingenua y tonta de lo que había pensado, eso facilitaría las cosas. Seguramente ahora Hortensia le estaría poniendo las peras al cuarto en la cocina. Por mucho que lo hiciera la moza no iba a espabilar en un mes y a él le sobraría una semana para “espabilarla” si es que algo no se torcía.

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Dio buena cuenta de todo y decidió darse un baño en pelota picada, más que nada para “picar” a Obdulia. Aprovechó que llevaba la bandeja vacía para pasar por la cocina y ver el panorama. Ambas mujeres trajinaban en silencio, pero a Córcoles le pareció oler el azufre de una tormenta de mil demonios. Ninguna de las dos le hizo el menor caso cuando colocó la bandeja sobre la encima. Aprovechando que ambas estaban de espaldas se regodeó mirando con deleite el culo de la más joven.

Subió las escaleras de dos en dos hasta el dormitorio. Solo necesitaba una toalla de baño para secarse. Si Hortensia se lo recriminaba le diría que no había encontrado ningún traje de baño, aunque ella lograra hallarlo más tarde el embuste no iba a perjudicarle mucho más de lo que ya estaba perjudicado en su fama y honor.

Al pasar por su despacho –la puerta estaba abierta- pudo ver el teléfono sobre la mesa y recordó que aún no había llamado a Neli. Decidió hacerlo cuanto antes y así se quitaría un peso de encima.

Córcoles sintió una punzada de miedo en el estómago. Rara era la vez que hablaba con su esposa sin que al final algo quedara pendiente en el aire, sobre su cabeza, como una espada de Damocles. No es que ella buscara el enfrentamiento de continuo pero algo anidaba en su vientre que terminaba por emponzoñarlo todo. Como una solitaria se alimentaba hasta de los alimentos más dulces, dejando a su portadora en un estado de perpetuo resquemor, de debilidad mórbida, del que nunca lograba librarse del todo, especialmente cuando su marido estaba lejos de sus faldas.

Intentó mentalizarse para que su voz sonara agradable y para olvidar las puntadas que Neli le dirigiría, con absoluta seguridad. Descolgó el auricular y marcó el número respirando profundamente.

 

 

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UN ESCRITOR FRUSTRADO VII


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-Bien, voy al jardín a trabajar un poco, usted recoja el desayuno y que Obdulia adecente la habitación.

Córcoles se levantó y acercándose a Obdulia extendió su mano que esta fingió no ver.

-No te asustes, palomita. Mientras esté yo presente no tienes nada que temer. Dale la mano que no te la comerá. No, al menos de momento -volvió a reírse con risa sana y sin recovecos. Obdulia extendió su mano al tiempo que levantaba la cabeza, sus ojos grandes y oscuros se clavaron en Córcoles con interés y cierta admiración, que no fue capaz de disimular. Este la contempló a su sabor. A pesar de las ropas poco favorecedoras podía adivinarse un cuerpo espléndido debajo de la tradicional vestimenta campesina. Sólidos muslos, amplias caderas y sobre todo generosos senos que pugnaban por romper la botonadura de la bata.

Se despidió, saliendo al jardín, mientras su lengua mojaba los labios, en un gesto instintivo que sus amantes conocían muy bien. En el exterior el resplandor de un sol aplastante de verano le obligó a cerrar los ojos un instante. En el centro del jardín el agua de la piscina rebrillaba insinuante. Hubiera subido a por el bañador si el desayuno pantagruélico no le hiciese temer por las consecuencias de un refrescante chapuzón. Buscó la tumbona, debajo del sauce donde aún quedaba un retazo de sombra. Sacando una libreta de pastas duras, que encargaba especialmente para él a una imprenta, y un pequeño bolígrafo comenzó a repasar las anotaciones sobre la novela.

No pudo hilvanar una sola frase. No se sentía inspirado. Normalmente nunca lo estaba por las mañanas. Además no dejaba de pensar en Obdulia, en su hermoso trasero, en la forma más rápida y sencilla de seducirla, en las dificultades y consecuencias de todo esto…

Y sobre todo pensaba en Hortensia… Córcoles sabía muy bien cómo se las gastaban en el pueblo donde residían Obdulia y Hortensia y por extensión en toda la comarca en general. El los consideraba a todos unos paletos bastante embrutecidos y hacía caso omiso de los insultos de Gordito, que se centraban sobre todo en su oropel de hombre culto, que oculta en el fondo a un paleto integral. Sabía utilizar el diccionario, porque pensaba que un escritor era ante todo un mago de la palabra, una especie de prestidigitador con chistera, de la que va sacando según las conveniencias, un conejo, una paloma o toda clase de “bichitos” exóticos.

De Gordito podían decirse muchas cosas, que era un tragaldabas gorrón, que era un gorila lujurioso, que se aprovechaba de las sobras de segunda mesa, que era un crítico feroz porque en el fondo era muy consciente de su incapacidad para llegar a ser un escritor creativo… Lo que no podía decirse de él, sin faltar a la verdad, era que fuera tonto o falto de ingenio. Una vez que se había propuesto acabar con un escritor éste podía darse por muerto, antes o después. Releía mil veces su obra, tomaba notas, masticaba y regurgitaba sus frases hasta dejarlas en el hueso, mondo y lirondo. Los esqueletos así radiografiados eran fácilmente parodiables y sin mucha dificultad podían ser obligados a danzar un minué esperpéntico en calzoncillos.

A pesar de lo que dijera Gordito él no se consideraba paleto y mucho menos un bruto sin sensibilidad y sin maneras. Tampoco era tonto, al contrario, pensaba que le daba mil vueltas a aquel Gordito seboso.

Por eso, a pesar de su pellizco a Obdulia, esperado por ésta, debidamente aleccionada por Hortensia, su plan de seducción era tan pragmático y realista como efectivo. Habiendo cumplido con el gesto zafio que se esperaba de él, se armó de paciencia y comenzó a minar la fortaleza a conquistar con el más poderoso ariete que conocía: el poderoso caballero es don-din-dón, es don dinero de Quevedo.

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Sabía que Obdulia no se le entregaría por su cara bonita de señorito famoso y escritor. Y más valía así, porque su novio bien podría ensartarle el trasero con una horca y trincharle luego a hachazos, ante el regocijo de ambas damas, la misma Obdulia y Hortensia. En cambio una buena dote, tal vez el viejo molino del tío Pedro –un bocado apetitoso para todo el pueblo- transformaría la seducción en un intercambio aceptable para todos.

Tenía firmado un precontrato con el tío Pedro que podría ejecutar en cualquier momento. Pero no lo haría así. Por persona interpuesta, un hombre de paja, haría que su compra fuera pan comido, en cuanto Obdulia tuviera su cuantioso cheque. Un cheque era fácilmente revocable si las condiciones previas no se cumplían a su gusto. Ya lo había hecho otras veces, en connivencia con el director bancario que llevaba su cuenta personal. Le bastaba con alegar un error en el número de ceros, por ejemplo. ¿Qué podía alegar la parte contratante de la segunda parte? ¿No haber entregada un producto a cambio por ese precio? Y sin ese requisito formal las acciones legales que pudieran

ejercerse estaban condenadas al fracaso, aunque todo el mundo intuyera el tomate que untaba la tostada.

Córcoles hacía el paripé de entregar el cheque primero, fiándose de la buena fe de la otra parte y luego esperaba el cumplimiento del “quid pro quo” de Hanibal Lecter.  
Si no cumplían descolgaba el teléfono y anulaba el cheque. Que cumplían a su gusto… pues el cheque podía hacerse efectivo. Algo tan sencillo como implacable.

En este mezquino plan contaba con la ayuda de Hortensia, quien no le perdonaría la seducción de una doncella a cambio de nada, pero que aprobaría una compraventa “justa”. 

Córcoles sabía casi todo de Hortensia y lo que no sabía por boca de ésta lo conocía por otras bocas. Esta sorprendente mujer era capaz de ayudar a cualquier otra mujer del pueblo o de la comarca que estuviera “en apuros”, con su astucia pueblerina, tan sutil como implacable. En cambio no solo no movería un dedo por cualquier macho de los contornos, al contrario, se los cortaría a hachazos, uno a uno, si fuera preciso, sin el menor remordimiento.

Su peculiar psicología en este aspecto nacía de la conducta de su “Pacorro” de quien siempre hablaba con desprecio. Córcoles había escuchado esta historia de boca de Hortensia en varias ocasiones. Al parece Pacorro no esperó ni a que pasara la noche de bodas para ponerle los cuernos a la pobre Hortensia. En cuanto ésta se quedó dormida Pacorro se levantó en cueros y acudió al dormitorio de la doncella, cuya contratación fue una de las condiciones de boda de Hortensia. Ésta deseaba ser descargada de las faenas domésticas, y Pacorro aceptó con la condición de que la doncella fuera elegida por él. Por supuesto que la eligió a su gusto, a pesar del “morro” de su entonces novia, quien se prometió vigilar día y noche. Lo que no esperaba era que su Pacorro aprovechara su primer sueño conyugal para llevar a cabo sus aviesos planes.

No le costó mucho descubrirlos. Hicieron tanto ruido y se produjeron tales risas destempladas que Hortensia no pudo menos que despertarse. La doncella fue despedida “ipso facto” y su Pacorro salió al campo la mañana siguiente muy bien señalado. Lo que no impidió que otras doncellas de los alrededores sufrieran el acoso de “superPacorro” con mucho éxito, por cierto, porque éste era un buen mozo, con buena “ferramenta” como comprobó Hortensia y muy generoso con las doncellas que lo eran con él.

Hortensia calló como una muerta, pero su venganza no tuvo límites, ni en el tiempo, ni en el espacio, ni siquiera en lo retorcido de sus artimañas. Córcoles aún recordaba el mal rato que pasó cuando Hortensia le contó su primera venganza. Se las vio y se las deseó para cortar su risa compulsiva en presencia de Hortensia, quien no cesaba de mirarle con la misma cara con que seguramente miró a su Pacorro cuando éste le hizo sabedor de su problema.

Por entonces estaba de moda un nuevo pegamento que se anunciaba como el único capaz de pegar toda clase de materiales, sin el menor fallo. Hortensia hizo un viaje a la capital de la comarca, con un pretexto plausible, y allí se hizo con el nuevo “pegalotodo”. La sorpresa de Pacorro no tuvo límites cuando al despertar una mañana se encontró con que su “ferramenta” aparecía pegada de tal forma al bajo vientre que a pesar de sus esfuerzos ni siquiera pudo realizar la primera meada del día.

 Se pasó el día en el campo, haciendo como que trabajaba, aunque en realidad no hacía otra cosa que retorcerse y esconderse en la vegetación buscando una fórmula que le permitiera despegar el trozo de carne del bajo vientre. De no haber estado tan bien pegado, tal vez hubiera podido orinar un hilillo, de alguna manera, y desahogar la vejiga, pero Hortensia había tenido buen cuidado en que eso fuera de todo punto imposible. 

No pudo aguantar hasta la noche. Su vejiga estaba a punto de reventar y él con ella cuando se vio obligado a arrastrarse hasta la casa y arrodillarte ante Hortensia, a quien le contó, casi entre sollozos, su “espantoso problema”. Ésta se regodeó en el lance, haciéndole confesar todas sus infidelidades, sin omitir detalle. Una vez que su marido juró por sus muertos que nunca utilizaría “el instrumento” fuera del lecho conyugal Hortensia enjaezó la mula más lenta (en aquellos años raro era el pueblo que tenía más de un teléfono, que se utilizaba fundamentalmente para emergencias) y a sus lomos y sin ninguna prisa fue a buscar al médico, unos pueblos más allá. Mientras tanto su marido se quedó en el lecho retorciéndose y maldiciendo a todo lo que estuviera a su alcance.Cuando el joven doctorcito llegó, noche avanzada, el bueno de Pacorro se quejaba como una parturienta a punto de reventar. Hortensia presenció todo el proceso de despegue. Su Pacorro tuvo que bajarse los calzones y enseñar el problema. El doctorcito casi se desmaya del susto. Debió de ser la operación más compleja que hiciera a lo largo de su vida. Bisturí en mano cortó piel acá y allá hasta lograr que el trozo de carne pudiera evacuar el líquido represado. Ese fue solo el primer paso, porque Pacorro tenía el bajo vientre empapado en sangre. Antes de proceder a una cura y vendaje de urgencia aconsejó un lijamiento concienzudo de la zona, para deshacerse de los trocitos de piel y evitar una infección.

Hortensia lo llevó a efecto con gran fruición y placer. Los chillidos de Pacorro asustaron a los animales que acabaron montando una algarabía de mil demonios. Finalmente el joven médico, espantado de la brutalidad que se gastaban en aquella comarca, hizo un vendaje de urgencia y aconsejó mucho tacto en el uso del instrumento durante una temporada.

***

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Cuando Hortensia se hubo marchado a ordeñar a las vacas, al despertar el sol, el ingenuo doctor aconsejó a Pacorro que pusiera una denuncia en el cuartelillo de la guardia civil, contra su amada costilla y perversa psicópata. Con la boca llena de blasfemias y maldiciones Pacorro aconsejó muy seriamente al doctor que guardara el secreto profesional o le cortaría las pelotas con las tijeras de “podar” la lana a las ovejas.

 Durante toda su vida aquel pobre hombre juraría y perjuraría que él nunca, nunca, jamás, se había ido de la lengua. Muchos le creyeron. ¿Entonces quién se fue de la lengua? Teniendo en cuenta que los testigos eran tres, que el doctorcito parecía claramente inocente y que Pacorro nunca hubiera tirado semejante canto a su tejado solo quedaba la propia Hortensia. Ella y solo ella podría ser la causante del run-rún que asoló la comarca durante largo tiempo y que incluso llegó a traspasar sus límites, alcanzando hasta quién sabe dónde.

A su vez Hortensia permaneció en el lecho una buena temporada. Nadie supo muy bien por qué razón. Y al bueno de Pacorro no se le volvió a ver rondando donde nunca debió rondar, al menos durante unos buenos meses, hasta que le cicatrizó completamente la escabechina del bajo vientre.

Así se las gastaba la buena de Hortensia. Córcoles aprendió a respetar a aquella campesina zafia después de haber escuchado la historia y no solo en boca de su empleada de hogar. Sus maldiciones contra todo macho viviente, se las tomó como un piadoso rosario de una criatura que diariamente iba a misa, rezaba el rosario y empleaba toda clase de jaculatorias contra el mal del “macho”. En el respeto de Córcoles también iba su pizca de miedo o de terror, pensando que algo así pudiera ocurrirle a él a poco que se descuidara un poco.

Hortensia había vigilado sus pasos, al principio, como una loba y no hubo doncella seducida por Córcoles en aquella comarca que a cambio no lograra una sustanciosa dote. Entre ambos se estableció un pacto tácito. El primero quedaba autorizado a hacerse el rijoso de vez en cuando con mozas campesinas, siempre que a cambio hubiera un “quid pro quo” medianamente justo. A cambio la segunda recibía del primero la ayuda necesaria para que todo macho asaltador de doncellas, en la comarca y cincuenta leguas a la redonda, recibiera un severísimo castigo, caso de no aceptar casarse con la ya no doncella o ser aceptado por ella. Si había fortuna, el salteador se quedaba sin ella, como que Hortensia se llamaba Hortensia y Córcoles era su escudero. Si no existía ni media fortuna el atrevido podía darse con un canto en los dientes si conservaba lo que le pendía entre las piernas.

Gracias a Hortensia la mayoría de mozas de la comarca llegaban al matrimonio con una dote impensable en tiempos más cercanos. Y gracias a Hortensia, también, aunque a su pesar, se estableció el primer puticlub de la comarca. Su Pacorro fue autorizado, de manera tácita, a visitar a las “pilindongas” de vez en cuando, a cambio de dejar en paz a las mozas comarcales casaderas.

Antes de que Córcoles comprara la finca el famoso puticlub llevaba ya unos años funcionando a todo trapo. Con el tiempo el rijoso labrador fue perdiendo el miedo y volvió a las andadas. Eso sí, con discreción propia de espía de altos vuelos. Lo que no impidió el que su vengativa costilla se acabara enterando de cada una de sus felonías y se vengara en tiempo y forma oportunos, o más bien inoportunos.

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El famoso escritor había escrito en una agenda negra, que ocultaba en su caja fuerte, todas las anécdotas que le había contado Hortensia respecto al tema de su Pacorro, así como el resto de aventuras o aventurillas libidinosas que se producían en la zona, incluidas las suyas, de las que llevaba buena cuenta, no fuera que alguna doncella se pasara de lista y le pidiera una dote por la que no había satisfecho previamente el correspondiente intercambio carnal.

Hortensia era una deslenguada con él en cuanto se refería a estos temas. No se cortaba ni un pelo. Córcoles se preguntaba qué era en realidad lo que veía en él, para tratarle como nunca jamás se había tenido noticiade que Hortensia hubiera tratado a un macho con un rabo entre las piernas. A veces le daba por pensar que la buena mujer se había enamorado perdidamente de su amo, señor o señorito, como le gustaba llamarle a ella. Eso le ponía los pelos de punta, porque nada más lejos de su intención que levantarle el refajo a la campesina y bajarle las bragas. No obstante ella nunca pedía nada en esa dirección y se conformaba con un besito en las mejillas de vez en cuando y un beso en los morros por Navidad, cuando todo el mundo, y ella la que más andaba muy engrasada de orujo. En cambio Córcoles, cuando el estado de ánimo de su enamorada era el conveniente, tiraba de la lengua a Hortensia y le hacía prometer que le buscaría algo especial, campestre pero especial, para combatir su hastío de la vida, “su tedium vitae” como a él le gustaba denominarlo, fuera o no correcto en latín, a sus regresos del mundanal ruido.

Por eso la puntada de Hortensia aquella mañana, al despertar el señorito, estaba bien tirada, aunque tal vez Córcoles también tuviera razón y no le hubiera encargado expresamente la búsqueda de una doncella para el servicio completo del señor. 

El sol calentaba aquella mañana. En la cocina trajinaban las sirvientas. El bueno se Sebastián andaba libre, olfateando rastros como un sabueso. Su familia estaba lejos y al parecer contenta. Su novela podía esperar, al menos un poco más, y el placer de cerrar los ojos y rememorar algunas historias de Hortensia era un placer de dioses, solo al alcance de los elegidos. Poco a poco se iba quedando dormido con un gran bienestar entre las piernas, conforme repasaba las anécdotas de su sirvienta, aquellas que era capaz de rememorar sin tener que consultar la escondida agenda.

Córcoles, sin darse cuenta, entreabrió la boca y comenzó a respirar con más fuerza. Se sentía muy a gusto, al tibio sol otoñal que pronto no sería suficiente para calentar el cuerpo, ni siquiera al mediodía, y se vería obligado a arroparse. Comenzarían a bajar las nieblas y el frío cortante de la Sierra le haría buscar el calor del interior de la casa donde habría que encender la chimenea. Pacorro, el marido de Hortensia, ya tenía preparado un buen montón de leña, cortado y amontonado al estilo serrano. Entonces aprovecharía para escribir algo, lo que se le ocurriera. Como hombre pragmático que era gustaba de planificarlo todo y la posibilidad de que la nieve hiciera su aparición era algo que tenía previsto. La carretera comarcal se cortaría en el puerto de Las Culebras y nadie tendría acceso a la comarca si no era en helicóptero. Las máquinas quitanieves sólo harían su aparición cuando alguien en alguna parte lo dispusiera, y eso podía tardar bastante o mucho, según el humor del burócrata de turno.

Por supuesto que había contado con esa posibilidad. Lo peor que podría ocurrirle sería que su esposa decidiera que no podía dejarle solo y apareciera por allí con sus retoños. Necesitaba soledad para escribir y sobre todo que nadie interrumpiera sus escarceos amorosos con Obdulia. La moza merecía toda su atención y todo el tiempo de que pudiera disponer. Sería un asedio largo, de eso estaba seguro, pero la victoria merecería de todo el trabajo y el tiempo que le dedicara. Con los ojos bien cerrados y la boca entreabierta se imaginó cómo sería aquel cuerpo bajo el vestido basto que llevaba la guapa moza. El calor en la entrepierna se hizo más intenso, un hondo suspiro de satisfacción se escapó de su boca y un hilillo de baba se deslizó por la comisura de los labios.

¿Y su esposa? Córcoles no pudo evitar pensar en ella. Tendría que llamarla por teléfono antes de comer. Ya debería haberlo hecho la noche anterior, pero no le apetecía nada, siempre podría alegar que había llegado tarde y cansado. Pero de esta mañana no pasaría. Si ella se veía obligada a llamar primero no lo haría precisamente de buen humor. Logró convencerla con la excusa de que el compromiso literario que había adquirido era demasiado importante para no intentar dar lo mejor de sí mismo y no podría hacerlo si no estaba solo en aquella casa, en medio de la nada. 

UN ESCRITOR FRUSTRADO VI


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De no ser por esta deuda de gratitud con la vida tal vez hubiera pensado seriamente en vengarse de “Gordito” de una forma tan demoledora que no le quedaran ganas de seguir incordiando. No le molestaba su cinismo, sino su regodeo en la suerte. Alguien se había preocupado de hacerle llegar detalles tan mezquinos como que el seboso crítico hubiera pagado de su propio bolsillo las páginas que ocupara su biografía cínica. Al parecer se había pasado tanto con la extensión que el director de la publicación le ordenó cortarla o pagar él lo que excediera de la longitud habitual. El hecho de que un hombre tan tacaño, y sin otra fuente de ingresos que los obtenidos con sus colaboraciones, hubiera malgastado sus ahorros en contar a todo lo mundo lo malo y cabrón que era Córcoles decía mucho del odio que anidaba en sus entrañas, como una víbora a la que alimentara a sus pechos sebosos, siempre preparada para ser lanzada al cuello de sus enemigos.

Algún día tal vez se le presentara la ocasión de devolverle la mordedura a “Gordito” y ese día estaba seguro de que no titubearía. Él no era el hombre adecuado para hacer de Hamlet. No se preguntaría por el ser o no ser de una determinada acción. Una vez pensada y decidida la llevaría a cabo con toda crudeza. Eso sí, procurando que las consecuencias le afectaran lo menos posible. La sociedad es como es y la discreción siempre ayuda a capear los temporales.

¡Ya les enseñaría a aquellos cabrones quién era Córcoles! Pasaría a la historia de la literatura y aunque ellos no pudieran verlo, seguro que antes de morir se harían una idea de las calles con su nombre, las estatuas que se erigirían por doquier y de la fama que vocearían los siglos loando las obras maestras que escribiría en su madurez. Claro que para ello iba a necesitar la ayuda de vivencias “especialmente literarias”.
Córcoles maldijo su carencia de imaginación. Luego se arrepintió, porque tal vez la vida, el destino, el fatum o lo que fuera estuviera escuchándole y se enfadara con él. Ahora más que nunca necesitaba que los hados estuvieran de su parte. Pero era una verdadera lata carecer de esa fantasía que a otros escritores les permite sacarse historias de la bocamanga como un mago conejos de la chistera. En sus contactos con otros escritores había descubierto que la mayoría poseían suficiente imaginación para que nunca les faltara alguna que otra historia interesante que llevarse a los dientes. Él, en cambio, se veía precisado a echar constantemente mano de su pasado, de sus experiencias y vivencias personales o de aquellas historias que lograra le contaran gentes interesantes. Uno de sus mayores secretos era la búsqueda de “gentecilla” a la que la vida hubiera vapuleado con saña. Pagaba a delincuentes, drogadictos, prostitutas o gentes de bien que llevaran sobre sus almas alguna gran tragedia. Buscaba en la prensa o anotaba las noticias que hablaran de tragedias personales, especialmente si en ellas aparecía el dedo sangriento del destino. Contrataba detectives para localizar a estos desheredados de la fortuna y se entrevistaba con ellos, procurando sacarles la mayor información posible por la menor cantidad de dinero. Como un vampiro literario se nutría de sangre ajena. Si no experimentaba lo que iba a narrar en una historia o no lograba vampirizar de forma adecuada historias ajenas se encontraba completamente bloqueado y sin posibilidad de echar mano de su imaginación, sin alas, sin la menor intuición sobre el camino a seguir. Ese era el único don que nunca le entregaría la vida. A veces hubiera dado un brazo y la mitad del otro (se podía escribir en un ordenador con un programa de voz) por ese don esquivo. Algún escritor no profesional, con los que gustaba a veces contactar por si podía robarles ideas originales, le había comentado que para él era lo más fácil del mundo hacerse con centenares y centenares de ideas para relatos, novelas o lo que fuera. Su imaginación estaba siempre en ebullición, como una olla a presión. Se le ocurrían historias “por un tubo” como le dijera aquel escritor novel que acudiera a él buscando que le echara una mano. “No tengo suerte en la vida, nunca llego a tiempo o no consigo que la maravillosa idea que se me acaba de ocurrir resulte comercial y sea aceptada por los editores. Me he cansado de mandar originales a concursos sin el menor éxito. Usted, en cambio, parece tocado por la varita mágica de un hada madrina”.

Eso le dijo aquel joven ingenuo que aceptó hablarle de sus ideas e incluso enseñarle sus libretas de anotaciones a cambio de que le echara una manita con los editores. Córcoles descubrió que sus esbozos de historias eran muy originales y llamativos, pero no le servirían de nada. No era el tipo de historia que a él le gustaba, con el que se encontraba a gusto. Así que le despidió con buenas palabras y decidió que lo seguro era vivir las experiencias necesarias para contar una buena historia. Como había escuchado decir, no sabía si a “Gordito”, aunque con él nunca estaba seguro si la frase que le llamaba la atención era suya o una cita que no se molestaba en atribuir, tal vez por mala leche, o tal vez a un escritor conocido, “Hay escritores que serían capaces de vender a su madre por una buena historia”. 

Córcoles era una de ellos. A menudo se encontraba fantaseando sobre un incidente que ponía en sus manos la mejor historia del mundo. En ese caso no solo no le importaría vender a su propia madre, sino incluso ahogarla con sus propias manos para contentar al destino. En otra época hubiera hecho sacrificios rituales de sangre para obtener el favor de los dioses. Para él resultaba algo tan natural como tocar un buen culo femenino que estuviera cerca. Ni se molestaba en intentar ver la inmoralidad de esta forma de pensar.

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 ¡Y todo por su falta de imaginación! Pero eso era algo irremediable, lo mismo que la longitud de una polla. Si naces con una polla pequeñita con una polla pequeñita morirás. Córcoles estaba muy orgulloso de su instrumento, pero aún así se lo hubiera entregado al destino para que lo redujera, a cambio de una fantasía viva y productiva. En ese momento recordó que al parecer las “pollas” podían ser alargadas en operaciones de cirugía estética. Bueno, puede que todo tuviera remedio en la vida, si uno era lo bastante vivo para encontrarlo. Se detuvo unos instantes para recordarse que tal vez Sebastián le pudiera ayudar a conseguir las experiencias necesarias para su novela. Y desde luego mañana le pediría a Obdulia, sin falta, que encontrara una chica joven para el servicio. Puede que ella no necesitara ayuda, pero él sí iba a necesitar un buen culo cerca de sus garras. Su libidinosidad aumentaba en proporción geométrica con la frustración literaria que sintiera a cada momento. Y ahora se sentía muy, pero que muy frustrado.

Córcoles se levantó, con la cabeza ya despejada de alcohol, y decidió acostarse. Mañana sería otro día. Antes de recluirse en su dormitorio sintió la tentación de regresar al despacho. Se sentó frente a su mesa de madera maciza. El despacho estaba lujosamente decorado. Apoyadas en las paredes, estanterías repletas de libros. Frente a él un gran cuadro, describiendo un paisaje de montaña. A su espalda, el gran ventanal, oculto por suaves cortinas de terciopelo verde. 

Sacó un folio en blanco de su portafolios de piel y abrió un cajón donde guardaba la pluma de oro, regalo de su esposa. La movió en el aire, como un director de orquesta intentando que sus músicos comprendieran, de una vez por todas, el matiz deseado. En realidad estaba buscando la palabra perdida en algún lugar el cierto, el verbo mágico del que brotó una vez el Cosmos. Permaneció así largo rato, tal vez esperando la fantasía salvadora que transformara el pobre esbozo novelesco en una obra maestra. Su mente permaneció vacía. Alguien debió haber barrenado su cráneo y extraído todas y cada una de las neuronas, porque no se le ocurría nada, absolutamente nada.

Se levantó como un muñeco roto y con paso titubeante entró al dormitorio. Estaba demasiado cansado para limpiarse los dientes o enfundarse el pijama. Se despojó de la ropa de cualquier manera y la dejó tirada sobre el suelo alfombrado. En slip, se introdujo bajo las sábanas. Probó todas las posturas, sin éxito, el sueño no acudía a su llamada. Tal vez un cuerpo femenino a su lado le hubiera relajado lo suficiente para olvidarse del cansancio y la frustración. Mañana sin falta tendría que hablar con Obdulia. Alguna moza en el pueblo cumpliría sus mínimos requisitos eróticos. Ciertamente eran mínimos pero no inexistentes. Tras dar un número indeterminado de vueltas y contar ovejitas, hasta cien, dos, tres, cuatro veces, el sueño se compadeció de él.

 
 ***
 
 
         Durmió profundamente y al despertar no pudo recordar ningún sueño, algo que lamentó. Le gustaba anotar sueños al despertarse, en una libreta que tenía siempre a mano, durmiera donde durmiera, incluso en el lecho de sus amantes. La mayoría de los sueños anotados eran utilizables de una u otra manera en sus narraciones, bien para dar un toque psicológico a un personaje demasiado gris o incluso para pergeñar una escena surrealista algo que no abundaba en su obra, pero que había observado gustaba a la mayoría de los críticos. Córcoles era ante todo un escritor práctico, si carecía del genio o de la imaginación necesaria para extraer un universo de la nada, al menos sería un buen artesano, metódico y capaz de aprovechar hasta la última viruta.

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Permaneció en la cama, dejándose llevar por pensamientos voluptuosos. Al rato se oyeron unos fuertes golpes. No podía ser otra que… Su llamada era inconfundible. Antes de dar la pertinente autorización Hortensia ya había abierto la puerta, portando una bandeja con el desayuno,café fuerte y muy oloroso; tostadas con mantequilla y mermelada y huevos revueltos con beicon.

-¿Qué hora es, Hortensia?

-Las doce, señor. Le he preparado un buen desayuno, porque siempre se queda con hambre. Tengo un buen cocido al fuego, la sopa estará lista para las tres, no dejaré que se pase. ¿Le parece buena hora?

-Estupendo Hortensia, y gracias. No acostumbro a comer mucho en la capital, pero aquí me entra un apetito atroz, tal vez sea el aire fresco de la montaña.

-Y los buenos alimentos señor. No esas pijerías que le hacen comer en esos restauranes de tres al cuarto.

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-¡Qué razón tienes Hortensia! Tantas exquisiteces pueden terminar con el más fuerte. Pijerías como bien dices tú.

-Por cierto señor, abajo está esperando una buena moza de Pradillos de Arriba. Es trabajadora y muy hacendosa. Y además muy guapa, como usted me pidió. Pero rogaría al señor que no pasara de contemplarla, tiene novio y por aquí todos somos muy brutos, no me gustaría tener que llamar a D. Modesto, el médico, para que le diera unos puntos en su cabezota de chorlito.

-¿Qué yo le pedí una moza. ¿Cuándo?

-¿No se acuerda? El señorito bebe mucho por las noches.

-¡Cuántas veces le he dicho que no me llame señorito! Me siento como un idiota. Tampoco me gusta que me llames señor. Con el nombre me basta y me sobra.

-Como diga el señor… Como diga usted, D. Luis.

-Nada, que no hay manera de que me llame Luis, a secas. Bueno, pero dígame cuándo le pedí esa moza.

-Al telefonear no se olvidó de ningún detalle habitual, la tortilla, la ensalada, que ventilara la casa… y que buscara una buena moza para ayudarme. Buena lo es y también guapa, que una no se chupa el dedo y sabe que el señorito llama buenas a las guapas y malas a las feas. Que el señorito prefiere mejor a una guapa poco honesta que a una fea, honrada y limpia.

-¡Y dale con lo del señorito! Bueno, bueno, me había olvidado, pero si usted se adelantó ya no necesitaré recordárselo.

-¡Si una contara lo que ha visto en esta santa casa! Le recuerdo que la chica tiene novio y que es más bruto que un arado.

-Gracias Hortensia, pero no tienes por qué preocuparte. Sé cuidarme.

-Ya me lo dirá, cuando le vea sangrar como un cerdo. La moza se llama Obdulia, y ya la he puesto en guardia, así que procure ser bueno; al menos los primeros días, hasta que se le quite el susto. Por aquí tenemos las manos muy ligeras y no me extrañaría que la arreara un buen bofetón la primera vez que le toque el culo.

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-Yo no toco culos, Hortensia.

-Pues entonces los tocará el monstruo que esconde en el armario.

-Está bien, bajaré dentro de media hora, antes quiero adecentarme. Un monstruo bien afeitado da otra imagen.

-Usted bromee todo lo que quiera. Yo ya lo he advertido. ¿Quiere algo más?

-Nada más Hortensia, dígale a Sebastián que se tome el día libre si quiere. No le voy a necesitar.

Córcoles desayunó opíparamente, luego se duchó, afeitó y acicaló mirándose con ojos críticos en el espejo durante varios minutos. Vestido con pantaloncitos cortos y una camisa hawaiana bajó las escaleras, dibujando mentalmente el rostro y cuerpo de Obdulia. En la cocina las dos mujeres charlaban animadamente, la más joven se puso en pie rápidamente al verlo entrar, pero Hortensia la obligó a sentarse de nuevo.

-Siéntate, tonta, el señor se acuclilla en el retrete como todo el mundo. Si me hubiese obligado a esas pijerías que se gastan por ahí los señoritos no me hubiera visto el pelo más de cinco minutos. ¿No es así, señor Córcoles?

-Así es, Hortensia, no me gusta la etiqueta, todos somos hijos de la misma madre aunque tengan distintos padres, por lo tanto somos hermanastros y como tal no deberíamos guardar ninguna apariencia. De modo que esta guapa moza es Obdulia. ¿Qué edad tienes?

-No se lo digas, hija, una cosa es comportarse con naturalidad otra ser un grosero. ¿No sabe usted que a una mujer nunca se le pregunta la edad?

-Está bien Hortensia, ¿ya lo has explicado en qué consiste su trabajo?

-Naturalmente y también la he advertido que usted tiene las manos largas.

-No lo dirás por experiencia.

-Soy demasiado vieja para temer que cualquier mano se pierda en mi cuerpo reumático. Pero le confieso D. Luis que no me importaría, si aunque solo fuera el dedo meñique de su mano izquierda, me hiciera una caricia íntima –se rió a carcajadas y Obdulia, toda colorada la imitó con alguna precaución- pero a usted le gustan jovencitas y con la carne muy tierna.

-Me has dejado de piedra Hortensia. No te imaginaba así.

-Su imaginación sólo llega a donde le interesa. ¿Se ha creído usted que por ser de pueblo y tener unas cuantas ideas religiosas metidas en la chola no somos capaces de pensar por nuestra cuenta y darnos cuenta de que la vida no tiene nada que ver con lo que supongo escribe en esos libros que nunca se me ocurrirá leer? A mi edad ya no nos pica mucha abajo, ¿pero quién le dice a usted que no le he puesto los cuernos a mi Pacorro? Todo el pueblo sabe cuántas veces me los puso a mí y con quién. Las mujeres somos más discretas. Hasta Obdulia no le haría ascos si creyera iba a conseguir algo más que probar su cama, pero ella sabe muy bien que no merece la pena tirar su futuro a la basura y aguardar a que su novio le dé cuatro guantazos por saber hasta dónde llega la suavidad de sus sábanas.

-¿No es así Obudilia?

Ésta se había puesto aún más colorada y tenía los ojos clavados en el suelo como si allí hubiera algo que pudiera librarla de aquella situación incómoda.

-Bueno, Hortensia, dejémoslo. Hablando de Paco, me gustaría charlar con él.

-Hoy no ha venido, tenía que vigilar a media docena de negritos que ha contratado para las faenas del campo este verano. Se lo digo porque es de dominio público y a usted no se le ocurrirá ir con el cuento a quien no deba.

-Eso es cosa vuestra, ¿pero no crees que en el cuartelillo de la Pinareda tendrán algo que decir?

-Esos no abrirán la boca. Están bien untados.

-Bien, dígale a Paco que me gustaría montar a Fogoso dentro de un par de días. ¡Que lo traiga!… No, mejor iré yo a verlo. Espero que lo haya cuidado como a la niña de sus ojos.

-Eso no tiene ni que decirlo D. Luis.

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UN ESCRITOR FRUSTRADO V


 

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CAPÍTULO III

            Córcoles terminó de leer con un sabor agridulce en el corazón. Por un lado nunca agradecería bastante a “Gordito mala leche” –como era conocido entre sus víctimas- el interés que había manifestado por él desde sus comienzos, las buenas o simplemente compresivas críticas recibidas; pero últimamente se estaba pasando varios pueblos como diría un castizo. Lo que nunca le perdonaría era haber sacado a la luz confidencias vertidas sobre sus grandes orejas en un prostíbulo de altos vuelos, ciegos de alcohol y de sexo. El había conservado sus confidencias en su agenda negra, eso era cierto, pero nunca la había utilizado. Algún día acabaría pagando su deuda, no tenía prisa.

Recordaba aquella noche como una de las más vergonzosas de su vida y eso que no eran pocas. Se habían encontrado en la presentación de un libro. Córcoles aceptó tomar una copa con él en un lugar tranquilo, quería mantener una larga conversación, estaba muy interesado en su futuro como escritor. No hubiera aceptado de haber podido escabullirse sin problemas, pero le debía mucho y temía que su corrosiva pluma se pusiera en su contra. Hablaron, tomaron unas copas que cambiaron a color de rosa su visión del mundo y decidieron prolongar la noche. Córcoles le invitó a cenar en un reputado restaurante –era muy conocida la fama de gourmet de Gordito- donde la buena mesa y el buen vino les hicieron íntimos. Gordito insistió en que le acompañara a una exclusiva casa de alterne recién abierta y Córcoles pillado con el cebo al que no podía resistirse, picó en el anzuelo. Compartieron una lujosa suite y el mejor champagne con una mulata brasileña y una exquisita chinita. Hubo tiempo para todo, incluidas las confidencias, tiempo después Córcoles comprendió el engaño, las confesiones íntimas de Gordito eran tan solo una excelente novela que él hubiera firmado sin dudar. En cambio las suyas eran tan reales como la vida misma. Esperó un chantaje pero Gordito tenía una pasión mucho más intensa que el dinero, se consideraba el prototipo del nuevo mecenas literario moderno, le brillaban los ojos cuando aludía a ello, nunca perdonaba al escritor joven que él encumbrara, su fracaso tenía como consecuencia la más ruin de las venganzas.

 En su caso, como en el de otros, llegó a través de una revista cultural de prestigio que dirigía Gordito. En ella colaboraba con un apunte biográfico que titulaba muy acertadamente: Pequeña biografía cínica de un prestigioso escritor. Quienes aparecen allí recibían un duro golpe del que algunos ni se recuperaban.

A él le dolía sobre todo el ruin uso de confidencias muy íntimas, afectaban a otros aunque indudablemente él fuera el protagonista. Si merecía un severo, lo aceptaba, el que tuvieran que sufrir las consecuencias su esposa o la secretaria de su padre, entre otros, le sacaba de quicio. A pocos se les había ocurrido demandar a Gordito, menos aún eran los que habían conseguido ganar el pleito y más les hubiera valido perderlo porque su prestigio como escritores sufrió un duro revés luego de la campaña emprendida por la revista de Gordito.

Así terminaba el artículo de su mentor –Córcoles recordó la confidencia que le había hecho en una fiesta en la que los dos terminaron debajo de la mesa de un conocido pub de famosos, cocidos en alcohol, luego de íntimas confidencias que ambos supusieron ninguno recordaría- el primero en ensalzarle y darle a conocer. Ahora le flagelaba con látigo de siete puntas, aunque él sabía que no era sino el último intento para intentar revivirlo de un descubridor de jóvenes talentos que no soportaba que alguien pudiera poner en duda su olfato de sabueso literario.

 Córcoles se levantó tambaleándose y tal como estaba decidió bajar al jardín pensando que era el mejor lugar para reflexionar sobre su vida. Bajó las escaleras sin dar la luz, fantaseando sobre la posibilidad de encontrarse con una luz lechosa procedente de un clásico fantasma. Tal vez un encuentro así le ayudara a escribir una buena historia de terror o misterio, nada como un buen susto para salir del aburrido carril de la realidad cotidiana, un carril donde nunca se encuentran buenas historias y que es abandonado por todo escritor que se precie tan pronto se le presenta la ocasión.

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 El jardín estaba tenuemente iluminado por una bombillita de poca potencia escondida en un farolito de plástico colgado del techo del porche; más allá la oscuridad apenas aparecía punteada por alguna que otra estrella en un cielo claro pero ralo como sopa de pobre. Córcoles se dejó caer como pudo en la tumbona situada debajo de un sauce llorón y conforme el fresco de la noche le fue despejando se sintió tan llorón como el sauce cuyas hojas susurraban a su conciencia al ritmo suave de la brisa nocturna.

 Siempre que leía aquella biografía cínica sentía el impulso de tomar entre sus manos el cuello mantecoso de “Gordito mala leche” y estrujarlo hasta alcanzar su frágil sostén como la raspa de una sardina. Entonces podría romper esas vértebras de chicle y ese malnacido dejaría de existir.

Era su primer impulso que acababa muriendo entre mordiscos de su laxa pero acechante conciencia. No es que se arrepintiera de haber seducido a la secretaria de su padre aprovechándose de ella sin ningún escrúpulo para dejarla luego tirada como un trapo. Una mujer tan ingenua como ella necesitaba una buena lección que nunca llegaría a poder pagar ni con un premio en la lotería. Por otra parte él siempre había sido un amante capaz de satisfacer a una mujer, con gran seguridad no volverían a encontrar otro que la satisficiera tanto pero al menos él había acabado con sus tabúes respecto al sexo, una vez desbrozado el camino es fácil que cualquiera lo atraviese. Pesados los beneficios de ambas partes con una balanza de precisión era fácil que ella saliera ganando y si no era así nadie es tan imbécil para ofrecer su cuerpo a otro pensando recibir a cambio un paraíso romántico. Ella no era tan tonta como parecía y su comportamiento posterior lo demostraba, sin embargo la sinceridad de su enamoramiento le cosquilleaba muy adentro. Al menos debería haber sido mal delicado, más tierno.

 Tampoco le molestaba que “Gordito” escribiera tan cínicamente respecto a su cónyuge legal, al fin y al cabo su matrimonio había sido un pacto tácito entre ambos en el que se había logrado por las partes contratantes lo que se buscaba. El hecho de que se contara con tanto cinismo ambos episodios no era sino consecuencia de un error suyo del que no podía responsabilizar a nadie. Tal vez si hubiera frecuentado el trato con otros colegas le hubiera llegado algún rumor sobre la mala baba de “Gordito” pero eso ya no tenía remedio.

También era otro error suyo aceptar cualquier coñito que se le presentara en bandeja de plata. En algunos casos ni siquiera merecían la pena: tan fríos como recién salidos del refrigerador e incluso con dientes afilados que se hincaban en su miembro sin consideración, mientras su propietaria iba logrando lo que se había propuesto. El placer era tan vago que sólo un idiota aceptaría ese intercambio. Eso era él –un idiota. Lo repitió en voz alta regodeándose: I…D…I…O…T…A.

Nada de lo que había hecho tenía suficiente entidad para que su conciencia fuera capaz de revolverse en la tumba donde lo había enterrado tiempo atrás. Era esa sensación de ingenuidad infantiloide, de estupidez de malo de película de serie Z, lo que apretaba con fuerza sus mandíbulas hasta hacerse daño. Encendió otro cigarrillo para controlar ese movimiento reflejo y balanceó ligeramente la hamaca. Con un poco más de ropa, la noche sería espléndida para dejarse llevar por las olas de la fantasía; pero no se levantó para volver a la casa. El frío le hacía bien, le ayudaba a analizar el camino recorrido con objetividad tomando las decisiones necesarias.

Córcoles no era un hombre al que cualquier acontecimiento vital pudiera afectar durante mucho tiempo y muy traumáticamente. Disculpaba a todo el mundo, tal vez porque era muy consciente de su buena estrella. La vida le regalaba a manos llenas lo que necesitaba a cada momento, e incluso en ciertas ocasiones se complacía en hacerle regalos muy especiales, que nadie merece y mucho menos él. Por eso procuraba no mostrarse desagradecido con la vida, el destino o lo que fuera que le amamantaba a sus pechos como un hijo predilecto, sin ni siquiera ser hijo natural. Porque él, Luis Domingos Córcoles, era un auténtico “hijo de puta”. De eso no tenía la menor duda, ni sentía remordimiento alguno. La vida era demasiado dura como para ponerse a elucubrar sobre lo que uno podría llegar a ser si no estuviera constantemente preocupado en sobrevivir. 

UN ESCRITOR FRUSTRADO IV


 

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Esta segunda estancia fue extraordinariamente provechosa. Perdido en los lugares más apartados de la serranía se encontró con una musa nueva y atractiva a la que nunca antes había visto el pelo. Allí esbozó ideas de una originalidad pasmosa, para relatos breves. Su mirada podía posarse en los caminos más trillados, que siempre encontraba algo nuevo que decir, hasta la huella de un caminante que había pasado completamente desapercibida para otros. Se aplicó a mejorar su estilo, como un escultor en madera consigue la perfección en su talla, viruta a viruta. Terminó un excelente libro de relatos y se aplicó con entusiasmo a esbozar su segunda novela pero su mujer no pudo soportar durante más tiempo aquel aislamiento que le crispaba los nervios- siempre fue ciudadana del ruido y de la prisa-  y decidió volver a la capital para celebrarlo, dejando bien claro que no solo no admitiría opinión contraria, sino que estaría dispuesta a llegar hasta donde fuera preciso.

Córcoles no puso ningún reparo, sorprendido de que su joven y vivaracha esposa hubiera podido aguantar tanto tiempo recluida en aquel convento, adorando a la diosa naturaleza. Volvieron, reanudaron la vida social con entusiasmo y él aprovechó para entregar el manuscrito del libro de relatos a su editor quien buscó un título adecuado a la gran variedad de temas y tratamientos narrativos de los relatos. Se tituló “Arcoiris” y tuvo un gran éxito de crítica, aunque su lector habitual se sintió defraudado por las dificultades que se ponían en un camino, habitualmente llano y previsible. Se celebró la madurez del joven escritor y recibió incluso reconocimientos oficiales. Su mujer rebosaba satisfacción, se sentía encantada de salir en la prensa del corazón con su retoño en brazos, recibiendo el beso cariñoso de u famoso marido. Recibía constantes visitas de amigas y conocidas que la habían echado mucho de menos, según ellas decían con un mohín que expresaba todos sus sentidos reproches.

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Todo iba sobre ruedas. Córcoles reanudó su vida donjuanesca con una exquisita discreción, mientras su mujer apenas tenía tiempo para atender a todos sus compromisos. Entonces recibió la visita de un conocido editor que en una conversación, sincera hasta la grosería, durante una exquisita comida, le ofreció entrar a formar parte de su reducida cuadra de caballos de primera categoría, únicamente aquellos que despiertan pasiones en todos los hipódromos a los que acuden.

Su próxima novela se presentaría al más prestigioso de los premios y lo ganaría con facilidad; su calidad contrastada y la madurez como escritor, que ya habían sido reconocida por todo el mundo haría que nadie se sorprendiera y si la calidad era mínima le catapultaría definitivamente a la fama.

“Córcoles no sintió ningún escrúpulo moral al aceptar el trato, la desfachatez de la propuesta no le pareció tan grave, al fin y al cabo él era un buen escritor y con toda seguridad su novela, si no la mejor de las que se presentaran al concurso, sí estaría entre las mejores. Se lo comentó a su esposa, quien aceptó encantada que se recluyera en la finca, mientras ella aprovechaba las dulces sensaciones que le producía estar en la cresta de la ola. Pero esta vez la musa le resultó esquiva; coqueta como era por naturaleza, seguramente habría decidido otorgar sus favores a cualquier otro que hallara en su errático camino. Se bloqueó y sufrió el tormento de verse obligado a crear unos personajes que se le escapaban de la mano y sumergidos en una trama que no era mucho más que una pequeña bañera para que un bebé jugara con patitos de goma. Su detective no encajaba en aquel entorno de barrio proletario, plagado de delincuencia y de droga. Así fue como en un intento desesperado que él creyó muy alejado de la inspiración de la musa decidió crear un nuevo detective. Un hombre cincuentón, gordo, seboso, sucio, con menos escrúpulos morales que un león hambriento ante su presa. Este personaje se encontraba como en un guante hecho a medida dentro de aquel entorno, se fue haciendo con la trama y decidiendo las situaciones. Tuvo dificultades para terminar la novela aantes de la fecha límite de presentación al famoso premio. No quedó muy satisfecho del resultado, hasta el punto de que estuvo a punto de no presentarla, pero se dijo que era tontería desaprovechar un premio que se le servía en bandeja.

Por supuesto que el resultado fue el esperado y durante una temporada Córcoles fue el nuevo diosecillo del Parnaso literario. Su grosero personaje le salvó de la crítica, a pesar de que todos estaban de acuerdo en que su estilo era titubeante y la trama se deslizaba entre los dedos del narrador. El detective había calado en críticos y lectores, los primeros alabaron la idea de diseccionar, sin temor a las consecuencias, una situación social ante la que la buena gente pasaba de puntillas, como temerosa de contaminarse. Aquel detective grosero y zafio ponía delante de las narices de todo el mundo la mierda que todos intentaban ocultar con los más caros perfumes.

Su mujer ya no rebosaba, estallaba de satisfacción, y durante una temporada se vio obligado a acompañarla por todas partes. Esto le salvó del acoso de las jovencitas que le habían situado, según una divertida encuesta de una revista, a la misma altura que los grandes astros de la pantalla, es decir muy cerca de las zonas más íntimas de sus cuerpos. Fue una época gloriosa que nunca olvidaría. Terminó con el segundo embarazo de su esposa que le libró del incordio de las reuniones sociales. Su mujer tuvo que recluirse en casa y tomarse una temporada de descanso, ante las dificultades de este segundo embarazo, que en ningún momento llevó con normalidad. Córcoles no perdió el tiempo, dejándose querer por sus fans, cuanto más jovencitas y tiernas mejor, perdió todo sentido de la discreción y acabó en la boca de la prensa canallesca; sus colmillos desgarraron su intimidad, que apareció con la desnudez del vicio despojado de cualquier adorno. Las fotos menudearon en las revistas, su esposa se olvidó durante unos días de sus sufrimientos y clavándole sus colmillos de vampira en el cuello le amenazó con dejarle sin una gota de sangre. Se recluyeron de nuevo en la finca donde dejaron pasar el tiempo, llegó el nuevo retoño que resultó ser una rolliza y sana hembra que no dio ninguna dificultad durante su crianza. 

Ocupados en sí mismos, el tiempo pasó y todo el mundo se fue olvidando de aquel refulgente escritor, escandaloso calavera. Durante años su producción se redujo a un volumen recopilatorio de sus artículos de prensa en los que no había dejado de colaborar. Fue entonces cuando su mujer decidió que podían volver a la capital, pero se alejaron de fiestas y reuniones sociales, donde Córcoles sería presa fácil de la diosa Venus. Allí vivieron con mucha discreción, que Córcoles aguantó, porque su economía dependía cada vez más de los recursos de su esposa. Sus ingresos se habían ido como agua por el fregadero, gastados en insaciables amantes. Colaboró con algún que otro artículo en la prensa e incapaz de emprender ninguna obra de envergadura fue dado como perdido para la literatura.  

Algunos programas de televisión, que explotaban el morbo y el escándalo, lo contrataron como contertulio aunque su labia, teñida de cinismo y grosería, si bien aumentó las audiencias produjo una serie tal de escándalos y demandas judiciales que los patrocinadores acabaron por cansarse dándole una formidable patada en el trasero. Su estrella por fin parecía empezar a declinar. Era un cuarentón con barriguita y algunas entradas que anunciaban el desierto de la madurez. Su rechinante cinismo producía dentera a quienes iban desentrañando la simplicidad de su engranaje. Así estaban las cosas cuando recibió una propuesta de su editor para escribir una gran novela que le rehabilitase de una vez por todas, permitiéndole volver a su cuadra de potros exquisitos de donde no debería haber salido nunca. Esta era la última oportunidad que iba a tener y el editor lo recalcó bien clarito.

Aquello le hirió profundamente en su hombría. No echaba de menos las largas tardes inclinado sobre un folio en blanco, buscando un soplo de aire que se le escapaba -redondear una frase tenía más de labor de picapedrero que de diletante-, sí en cambio le dolía que le achacaran de vivir de las mujeres como un don Juan de pacotilla, eso encrespó su orgullo. Iba a escribir una gran obra, una obra maestra y muchos tendrían que tragarse sus palabras.

 “Y aquí termino esta biografía cínica, la más larga de la serie a mi pesar, no sin antes comprometerme con los lectores a comerme esa obra maestra con patatas fritas si algún día la escribe este cínico vividor que tiene de escritor lo que yo de monjita. Córcoles me ha decepcionado profundamente, como jamás ningún otro escritor lo ha hecho. Esperaba mucho de él, casi todo, y tal vez de no haber exprimido sus neuronas, transformándolas en disparatados espermatozoides que fue dejando en cuanta vagina se le puso a tiro, este país contaría ahora con un clásico moderno de nuestras letras. Habría que revisar aquel dicho de nuestros curas de pueblo, eso de que la excesiva masturbación nos hacía tontos.  


Sin duda es lo que le ha ocurrido a este buen hombre.

“Discúlpenme por haberme dejado llevar por nostalgias de abuelo Cebolleta que intenta contar la gran batallita de su vida a sus nietos. Esta ha sido la batallita de mi vida de crítico literario y la he perdido estrepitosamente. Algún lector podría achacarme el haber perdido tanto tiempo en encumbrar a alguien que no se lo merecía en lugar de ponerme a escribir yo una obra maestra. Ese sería el más trágico de mis errores, porque cada cual debe reconocer lo que le ha dado la madre naturaleza y no empeñarse en torcer sus designios genéticos. Nací crítico literario y crítico literario moriré. Mi gran error fue Córcoles y mi gran acierto reconocerlo antes de que este vividor empedernido y este cínico irredento, termine por poner nuestra gran literatura de la piel de toro a los pies de los hunos. He dicho
 

 

UN ESCRITOR FRUSTRADO III


30

Continuamente se prometía mientras cogía el teléfono y marcaba el número de una revista del corazón, que pronto pondría coto al asedio de las vividoras que diluían su economía  como un azucarillo en el café, pero en cuanto un cuerpo femenino especialmente adecuado para despertar su lujuria y libidinosidad se cruzaba en su camino caía una y otra vez en el blando abismo del sexo donde se olvidan los propósitos más elevados. Durante un tiempo le preocupó la acción más cobarde, rastrera y vil de su vida, pero en cuanto superó sus efectos notó con alivio que los últimos escrúpulos de su lasa conciencia se habían diluido por alguna tubería de desagüe. Recordaba ya con un vago dolor su comportamiento con la secretaria de su padre pero no fue capaz de resistirse a venderla a una revista del corazón por una jugosa cantidad que le ayudó a superar un declive económico particularmente resbaladizo después de llenar la ávida boca de su última amante durante unos meses. La ingenua joven fue cazada por un paparazzi a la puerta de su domicilio y a cambio de tantas buenas cosas como le había dado, incluidos sexo y amor, se vio en las portadas de las revistas como la mujer despreciada por aquel atractivo calavera que se iba haciendo un huequecito en el mundo de la literatura y un amplio espacio en el rebaño de los famosos.

Al leer la entrevista, las respuestas del joven calavera estas aparecían a primera vista como una confesión dolorosa de su pecado pero en realidad la que quedaba como un trapo sucio era la pobre mujer, una ingenua y estúpida víctima de aquel mujeriego simpático por el que empezaban a suspirar muchas lectoras de revistas del corazón. El reportaje tuvo su continuación para relatar el intento de suicidio de la joven que se tragó un montón de pastillas en su piso donde luchaba a solas con su dolor. Fue rescatada en el último momento como una escena de serial por una amiga a la que había plantado en una cita para cenar y a la que casualmente había dejado un juego de llaves de su piso ya que era su amiga más íntima, su familia más allegada residía en un pueblecito  en una provincia muy alejada de la capital. Un tercer reportaje cerró la serie, en él se hablaba de la reconciliación de ambos mientras cenaban en un conocido restaurante -ahora somos buenos amigos- decía un titular.

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A los treinta años era carne de cañón para las revistas del corazón, allí fue aprendiendo el difícil o fácil arte de las exclusivas -no puedo juzgarlo por falta de experiencia- y ello ayudó a poner remiendos a su economía que como un gigantesco Titanic amenazaba con hundirse a cada iceberg con forma femenina que aparecía en el horizonte. La preocupación por la volatilidad de la fama, por un futuro que siempre estaba en manos de otros, se notaba en su rostro pálido, el entrecejo fruncido en un gesto de dolorosa preocupación, su cuerpo, poco curtido en el deporte y un poco fofo gracias al disfrute de la gastronomía amenazaba con quedarse en los huesos, algo que no le preocupaba mucho; no obstante por las noches oía el rechinar de la maquinaría y el miedo a la enfermedad poblaba sus sueños de extraños monstruos con cuerpo de mujer.

Aquel episodio  le tuvo preocupado durante una temporada no muy larga, su editorial, aprovechando el tirón popular le propuso escribir un bestseller que sería lanzado con todos los medios a su alcance. Le sugirió mezclar el thriller policiaco, tan de moda, con la corrupción política, su dosis aceptable de sexo y una descripción suavemente crítica de la gente bien, los famosos y famosetes que viven de las exclusivas en las revistas del corazón y cualquier otro ingrediente que se le ocurriera. Allí precisamente, debajo de un castaño, se le ocurrió la genial idea de utilizar un escándalo político de corrupción, nacían como hongos en aquellos momentos, bien enmascarado como una trama policiaca y de espionaje, salpicada oportunamente de asesinatos, amoríos adulterinos y sobre todo la invención de un personaje detectivesco muy atractivo, gran mujeriego y aficionado a la literatura  -se habló de una fotocopia apenas enmascarada del narrador- que encantó a la crítica, pero sobre todo a los lectores que hicieron de su primera novela un bestseller en el que apenas se notó su estilo descuidado y la poca profundidad psicológica de sus personajes. Córcoles se hinchó como un globo conectado a un gran depósito de gas.

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Entonces el destino decidió actuar poniendo al alcance de sus manos a una jovencita de buena familia, harta del dinero y falso oropel de su familia, se dedicaba a la busca de un príncipe intelectual de prestigioso cerebro, físico agraciado y bolsillos vacíos a quien exhibir en las frívolas reuniones sociales dándoles un toque de glamour que ninguna lengua viperina podía conseguir, para ello se necesitaba un intelectual con suficiente cultura y espiritualidad, solo él podría paliar el hastío de aquellas vidas sin norte. Ella se adjudicó el papel de musa, de tierna amante a la espera de la santificación del matrimonio; a cambio dejaría caer en los bolsillos del elegido algún que otro napoleón de oro.

El aceptó encantado el papel que se le adjudicaba, ella era bella, tenía la riqueza que a él le faltaba y solo tenía que dejarse querer y ser discreto con sus líos de faldas a los que le resultaba tan difícil renunciar. Pero terminó por verse obligado a hacerlo, la jovencita no soportaba que fuera infiel a su musa que disponía de fondos propios y los había utilizado para poner un bonito apartamento a su nombre. Estaba enamorada de él y exigía un reconocimiento, no le pedía matrimonio pero comprendió que renunciar a otras mujeres y depender económicamente de ella era prácticamente lo mismo que estar casados, así que decidió dar el paso. Se casaron con la rimbombancia que la clase social de ella y su fama de intelectual y mujeriego exigían. Durante un tiempo su vida fue agradable tenía el futuro económico solucionado, una preciosa mujer, fiestas, relaciones interesantes; pero un día leyó un artículo en el que se le daba por muerto como escritor.

Una bella mujer y una respetable fortuna pueden terminar con el genio más prometedor, claro que es una bonita forma de acabar con la musa, yo mismo lo haría- así terminaba el artículo de un conocido y reputado escritor que había defendido su valía a capa y espada quizás porque había sido de los primeros en ensalzarle y no acostumbraba a reconocer haberse equivocado. Era más que posible que aquello de tener olfato de sabueso para reconocer a futuras lumbreras en jóvenes promesas era lo que le seguía impulsando a creer en él cuando todo el mundo le daba por muerto para la literatura.

Aquello le hirió profundamente, en lo más visceral de su hombría. No echaba de menos las largas tardes sobre el papel blanco, buscando una idea que se le escapaba o redondear una frase, algo que más se parecía a picar piedra que a dar forma al agua utilizando vasos de diversas formas y tamaños. El hecho de que alguien se hubiera atrevido a llamarle chulo, y que lo que más se destacara de su trayectoria vital fuera que vivía de las mujeres, como un Don Juan de pacotilla, encrespó su orgullo. Iba a escribir una gran obra y muchos tendrían que tragarse sus palabras.

Oyó comentarios sobre una sierra, en un lugar perdido en una provincia del norte. Visitó la zona y le gustó. Enterado de la venta de una finca en un pueblecito cercano a la serranía, decidió comprarla y con la aquiescencia de su esposa, quien no deseaba otra cosa que alejarle de las tentaciones, pasó allí una temporada, dando instrucciones al arquitecto sobre la casa que deseaba en la finca. Aprovechó los tiempos muertos para escribir una novela sobre un detective, calcado de sí mismo, que tuvo un gran éxito, como no podía ser menos. Fue muy complicado encontrar la idea apropiada, pero al fin le vino a visitar la musa, mientras se perdía en los montes cercanos, a caballo (lo primero que hizo fue comprarse un semental y una hermosa yegua y contratar a un experto para que empezara a formar una yeguada de categoría) con una mochila bien surtida de sabrosa comida y una novela policiaca para leer a la sombra de los olmos.

Fue por entonces cuando comenzó a recortar todas las críticas, incluso las malas y las fue coleccionando en un precioso álbum, encargado al efecto en una tienda especializada. El matrimonio regresó a la capital para el parto. Allí Córcoles entregó el manuscrito a su editor y éste se publicó unos meses más tarde, cuando las felicitaciones y visitas por su primer hijo comenzaban a hacerse menos frecuentes. El éxito los lanzó a una constante vorágine social. No cesaban de aparecer en las primeras páginas de las revistas del corazón que, curiosamente, apenas habían mencionado el nacimiento de su primer hijo. Córcoles estaba ya casi olvidado por las revistas a las que había hecho ganar tanto dinero con sus exclusivas cuando su éxito literario le volvió a catapultar a la fama. Después de su matrimonio, que sí fue seguido con grandes medios, el interés que despertaba todo lo suyo para la curiosidad morbosa de sus lectores, decayó rápidamente. Ahora el éxito literario le volvió a abrir las puertas de ese mundillo de par en par. Su casa era un constante trasiego de periodistas gráficos, deseosos de una entrevista en exclusiva, una foto en el sofá con el niño o cualquier otra tontería que pudiera hacer subir la tirada de la revista. Esto llegó a hacerse tan agobiante que Córcoles, aprovechando que el primogénito había nacido enclenque, convenció a la mamá para alejarse de la vida ruidosa de la capital y retirarse al campo, donde el niño podría superar las debilidades con que la naturaleza le había castigado.

 

UN ESCRITOR FRUSTRADO II


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UNA BIOGRAFÍA CÍNICA

 

“Hoy, en nuestra exitosa serie de biografías cínicas sobre personajes y personajillos del mundillo literario, cinematográfico, artístico y cultural, que tan bien están siendo acogidas por la mayoría de nuestros lectores, vamos a dedicar unas pinceladas a uno de los escritores jóvenes con mayor proyección de futuro, futuro  que con el tiempo se ha quedado en nada, bueno en casi nada. Ha sido la mayor decepción que ha tenido este crítico en su larga vida de botánico literario -si se me permite la expresión-, la primera planta que se  ha agostado entre mis dedos. Pero esto no impedirá que esta pequeña biografía, sin dejar de ser cínica, de ahí su encanto, sea todo lo objetiva que puede esperarse de una decepción tan dolorosa.

Luis Domingos Córcoles es nuestro personaje de hoy. Cuarenta y cinco años, alto, delgado, casi fibroso, conserva todo el cabello que los años han vuelto plateado, tiene cara de niño bueno en la que dos ojos grandes y pícaros le han dado más éxito entre las mujeres que a un actor de Hollywood una docena de películas de éxito. Casado con una de las más importantes fortunas del país. Dos hijos de los que no parece ocuparse mucho, si tenemos en cuenta todas las aventuras amorosas que se le adjudican, y una obra literaria que prometía mucho pero que se ha quedado en muy poco, casi en nada.

Ya desde niño creyó haber nacido con buena estrella y la vida parecía  querer demostrárselo a cada instante. De familia burguesa con posibles tuvo una infancia tranquila, sin preocupaciones ni más miedos que los creados por su fantasía cuando se apagaba la luz de su habitación, repleta de libros y juguetes. Estudió sin prisas ni pausas lo suficiente para conseguir un título universitario que colocó en una de las paredes del pequeño apartamento que le regalaron sus padres satisfechos de que su hijo empezara a alcanzar las expectativas que habían puesto en él. Fue aquel el momento elegido para rebelarse con mucha suavidad y elegancia: quería ser escritor y comenzó a escribir poemas sobre el amor que no llega y el tiempo que todo lo devora. Se encerró durante meses en su coqueto apartamento, bien decorado y amueblado gracias a la solicitud materna, hizo de bohemio dejándose crecer la barba y se imaginó estar pasando hambre a pesar del cuidado de sus progenitores por su salud, concretado en un envío quincenal de abundantes alimentos que la empleada de hogar traía con timidez y en el fondo con la ilusión de que algún día el señorito la invitara a quedarse a cenar, pero las ensoñaciones románticas de bohemio trasnochado en que andaba inmerso le impidieron darse cuenta de que un pequeño amor proletario llamaba a su puerta.

A los seis meses salió de su retiro con una ristra de poemas que tituló luego de mucho pensar: “Esclavo del amor y del tiempo”. Hizo que lo pasara a máquina la secretaria de su padre con la promesa de que si aquel no se enteraba la invitaría a cenar en el mejor restaurante de la ciudad. La secretaria era una joven agradable que debía a la falta de exuberancia en sus atractivos el que llevara ya un par de años en el despacho de su padre sin haber caído en sus libidinosas garras con el consiguiente ultimátum de su madre que ya había echado a media docena de secretarias durante la última década.

Presentó el manuscrito a un conocido premio que consiguió sin demasiadas dificultades, algunos críticos mal pensados dirían luego que tuvo la gran suerte de presentarse un año en el que la escasez de buenos trabajos estuvo a punto de obligar a declarar desierto el premio por primera vez pero a él nunca le importaron mucho las críticas, al menos de puertas para afuera. Después de unos ajetreados días dedicados a atender  la fama que aporreaba a su puerta decidió cumplir la promesa otorgada a la secretaria de su padre más que nada porque fue preguntado por alguna periodista cotilla  si tenía novia. Pensó que no le vendría mal si le veían con una mujer, incluso imaginó poder sacar un dinerillo de alguna exclusiva en la prensa del corazón -aún conservaba la graciosa ingenuidad del primerizo- pero no logró que revista alguna se decidiera a pagar nada a un desconocido poeta porque sus lectores supieran que tenía novia. A pesar de ese pequeño contratiempo decidió prepararse para su nuevo rango de mito de las letras. Tenía entonces veinticinco años y se consideraba un joven apasionado, idealista, dispuesto a cambiar el mundo con su pluma; la mojaría en su propia sangre si fuera preciso para alcanzar sus objetivos. ¿No hemos sido todos un poco así al comienzo de ese camino que antes o después nos conducirá al fango?

Su idealismo nunca abarcó al sexo femenino. Una tarde se presentó en el despacho de su padre e invitó a su secretaria a cenar la noche de la semana que mejor le viniera, ella no lo dudó un instante, precisamente esa noche le venía de perlas, además tenía un hambre de lobo. Seguramente ella pensaba que una ocasión así no podía dejarse enfriar o el plato terminaría estropeándose. Quedaron en verse en una cafetería próxima al despacho, en cuanto su padre la dejara salir estaría allí en un pis-pás. No se olvidó de saludar brevemente a su padre quien le felicitó a regañadientes insistiendo en que la literatura no era más que humo que ciega un momento para luego dejarnos ver con mayor claridad la cruda realidad de la vida. Su hijo se despidió demasiado bruscamente dejándole con la siguiente metáfora sobre la realidad intentando salir de su boca. En el fondo nunca se había llevado bien con la familia aunque lo disimulara hasta alcanzar el estatus económico que le permitiera alejarse de su lado lo más pronto posible.

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La secretaria se llamaba Yolanda -así se presentó ella nada más verse pensando con razón que no sabría su nombre ya que nunca había tenido la delicadeza de preguntárselo desde que la viera por primera vez en el despacho de su padre-y era una chica delgada  de cara ligeramente afilada terminada en una barbillita de niña indefensa, cualidad que llegaba a algún lugar escondido de la psicología masculina que sin darse cuenta comenzaban a pensar en lo mucho que les gustaría protegerla estrechamente entre sus brazos, ni siquiera Córcoles era inmune a este sentimiento; morena con  melena rizada, a primera vista nunca decía mucho a los hombres pero más tarde después de haber contemplado varias veces sus ojos grandes y tiernos una especie de atractivo oculto parecía desplegarse con la sutileza de un buen perfume y la víctima terminaba enredado en sus redes sin la menor consciencia de haber sentido ese estremecimiento en las entrañas, síntoma de males mayores. De todo esto se iría haciendo consciente con el tiempo, en aquellos momentos para él Yolanda no era sino una vergonzosa e indefensa jovencita, seguramente aún virgen, ignorante del agradable sabor de  las mieles del amor.

Cenaron en un restaurante italiano elegido por ella que parecía sentir debilidad por la pasta mientras huía como del demonio de los alimentos grasos a pesar de su marcada delgadez, excesiva a juicio de Córcoles, que no le vendría mal recubrir un poco más sus huesos y convertir el liso asfalto sino en una curva peligrosa sí al menos digna de atención. Calentaron el cuerpo con un suave vinillo y soltaron sus lenguas sin recato, él habló de sus proyectos literarios, de la agradable velada que estaba disfrutando gracias al dulce atractivo de su pareja…Ella era consciente de que el señorito hubiera sido capaz hasta de encontrar algo agradable en el asesino contratado para meterle una bala en la sesera con tal de que hubiera sido mujer. Era un momento irrepetible por lo que aceptó sus requiebros con el entusiasmo de la adolescente que descubre por primera vez lo que su cuerpo es capaz de provocar en el sexo contrario. Se dejó coger la mano mientras comentaba lo vacía que estaba su vida y la escasez de caminos en su futuro.

Terminada la cena aceptó sin hipócritas prevenciones la sugerencia de tomar una copa en un agradable pub muy recoleto y propicio a la intimidad, allí podrían seguir contándose sus cosas sin que nadie les molestara. El señorito apenas guardó las apariencias unos minutos, lo justo para que el discreto camarero les sirviera las copas y se esfumara con la suavidad que el humo del cigarrillo de él lo hacía hacia el techo. Fue materialmente asaltada sin que ella pusiera más obstáculos que los imprescindibles para no llegar al coito en un lugar tan poco propicio.

Dieron por finalizada la noche en su apartamento, donde la pasión alcohólica del atractivo señorito aceleró y brutalizó un acto que ella hubiera esperado más tierno y romántico, al menos así lo había imaginado desde el primer día que le vio aparecer por la puerta del despacho y estrechó su mano distraídamente mientras su padre les presentaba. Su relación duro un par de meses, el tiempo preciso para que él se encaramara de rondón al estribo del tranvía de la fama: colaboraciones en la prensa, entrevistas y habladurías sobre sus muy atractivos proyectos literarios. Un precontrato con un editor avispado sobre su primera novela le permitió, gracias al adelanto agradablemente sustancioso y a las pequeñas pero seguras cantidades de sus colaboraciones independizarse definitivamente de sus padres y con la disculpa de que la casa editorial tenía su domicilio social en otra ciudad trasladarse allí desde la capital e instalarse a una distancia prudencial de sus progenitores.

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Esta excusa también le sirvió para dejar a su amante que ya empezaba a creerse con privilegios de futura esposa con un simple -hasta pronto- y el regalo de una costosa joya que ella aceptó resignada, en el fondo nunca tuvo demasiadas esperanzas de cazar al señorito. Mientras recogía su último beso en el andén, permaneció entera, ni una sola lágrima resbaló por sus mejillas pero se juró que si surgía la ocasión le haría pagar aquel desapego frío y calculador que él ponía en todo. Mientras ella se dejaba llevar por estos sentimientos él apenas sintió un leve cosquilleo en la conciencia.

Dispuesto a emprender una nueva vida alquiló un pequeño apartamento, buscó  y consiguió -no sin algunas dificultades que salpimentan una buena relación- una atractiva amante por días, secretaria en la editorial y se dispuso a conquistar el mundo. Gracias a la influencia de la prestigiosa empresa editorial que lo había incorporado a su exclusiva cuadra de caballos de carrera como un potro joven que promete -en expresión del obeso fumador de puros que llevaba las riendas de la empresa- ganó un concurso de relatos cortos. Aumentó el número de sus colaboraciones en los medios de comunicación y su caché  subió lo suficiente para no verse obligado a pisar todos los días el duro suelo de la economía. Conseguido lo más difícil  decidió intentar lo más fácil, según su peculiar visión del buen periodista,  que era convertirse en una pluma de prestigio dándole un cierto humor a sus artículos, humor del que creía carecer aunque pronto descubrió que todos llevamos dentro, en  lo profundo de nuestra psicología, una veta de oro que debe buscarse con duro esfuerzo,  no obstante  a veces la suerte la pone delante de nuestras narices  a las primeras de cambio como  en su caso que encontró la mena sin mucho esfuerzo; esto le ratificó una vez más en  la creencia infantil de estar siendo guiado por una buena estrella.

La fama llegó con esa facilidad que al cabo de un tiempo todos los famosos llegan a maldecir, poco preparados para afrontar las espinas que tiene la corona de laurel que te colocan sobre la cabeza. La bella coqueta dejó caer sobre su cabeza copos de oro y al relumbre de sus cabellos acudieron algunas mujeres interesadas en acostarse con famosos tal vez deseosas sin saberlo de que la diosa errara un poco su mano y las salpicara con alguno de sus dones. No fueron solo mujeres las que acudieron tras sus pasos, también lo hicieron los típicos pelotillas que siempre buscan una buena inversión para su futuro, puesto  que no tienen dinero que gastar en bolsa quieren que sus adulaciones les abran el paso hacia un futuro lleno de rosas. Un amigo en el Parnaso siempre puede llegar a ser útil. Existen otras especies zoológicas que suelen pegarse a los famosos como los mosquitos a quienes se adentran en los pantanos buscando la  sangre fresca de sus venas, acudieron al olor del elixir. Recibió ofertas para colaborar en revistas, periódicos y otros medios de comunicación y no dijo que no a ninguna, permitiéndose opinar sobre todo y sobre todos con un desparpajo que llegó a ser proverbial. Hizo unos dinerillos que malgastó con amantes de poco pelo y morro protuberante que ordeñaron su bolsillo con la disculpa de meter mano en la bragueta, bajando su cremallera ostentosamente para que el no pudiera creer que les guiaba otro impulso que el de satisfacerle. Su rostro empezó a ser conocido de alguna entrevista en televisión o foto en la prensa, pronto empezó a andar de boca en boca cuando le dedicaron alguna portada las revistas del corazón

Se habló de su fama de mujeriego en la universidad donde prefería siempre la presencia de una atractiva mujer a la lectura de un libro; de la secretaria de su padre que había quedado desconsolada cuando fue abandonada sin consideración alguna, de sus nuevos amoríos en el vasto huerto del entorno en que se movía ahora; en él no despreciaba ninguna col, lechuga o tomate siempre que tuvieran buena presencia o agradable sabor. Dejaba que se dijera cualquier cosa sobre su persona siguiendo el viejo dicho -que hablen de uno aunque sea mal-. Nunca rectificaba un rumor ni puntualizaba nada, en alguna ocasión se le oyó decir que no ligaba con monjas y por lo tanto la fama de calavera no le iba a hacer ningún daño.

CUADRO DE GUSTAVO DE MAEZTU

Tal vez por eso decidió dedicarse al relato corto intentando contar  irónicamente sus experiencias eróticas. Se presentó a un concurso de prestigio y otra vez tuvo la suerte como aliada. Si sus poemas eran buenos, algunos excelentes, en cambio su prosa no lo era tanto. Según rumores el jurado parece que estaba dispuesto a declarar el premio desierto dada la baja calidad de los originales presentados, pero fue presionado por el editor para que un premio tan prestigioso no quedara desierto. Su relato era uno de los menos malos, tenía sexo, pasión y una cierta originalidad aunque indudablemente su estilo era inmaduro, muy mejorable.

Envanecido por el éxito dejó de escribir, ocupando su tiempo en disfrutar de las jovencitas que se pusieron a su alcance, quienes ordeñaron sin compasión su líquido seminal y le arrebataron de manos de la musa, quien asustada de las mariposillas multicolores que revoloteaban a su alrededor solo le hizo alguna que otra visita ocasional de cortesía. No es fácil libar alguna gota de exquisita poesía del placer sexual, los mejores poemas nacen en los momentos más trágicos de nuestra vida, cuando la soledad nos desgarra por dentro, cuando la muerte visita a nuestros seres queridos, cuando la de desesperanza y el vacío nos hacen ver el abismo infranqueable que es la vida.  En vez de  saturarse de tragedias ajenas ya que su buena estrella le impedía sufrirlas y escribir como un forzado, entró en el juego de las exclusivas porque su economía no flotaba como él hubiera deseado contando tan solo con los adelantos de la editorial o las colaboraciones en prensa, radio y esporádicamente en televisión. Una vez que uno se acostumbra a la buena vida hasta la comodidad del burgués le parece tan sólo las sobras del gran banquete de la vida. En cuanto su economía declinaba utilizaba el fácil refugio de las exclusivas, un trabajo cómodo y bien remunerado en el que bastaba con aparcar la ética o la finura de espíritu unos instantes a cambio de recibir el sustancioso salario de su traición o mala baba. No le gustaba comportarse como un hombre sin escrúpulos a pesar de quedarle pocos porque era consciente de la importancia de una buena imagen social, pero no era capaz de librarse del acoso del rebaño de hermosos cuerpos femeninos que suelen acompañar a los famosos, con una sonrisa encantadora y la disculpa de hurgar en su bragueta suelen terminar metiendo mano a la cartera lo que convierte a cualquier economía doméstica en algo tan azaroso como la vida  de un ama de casa incapaz de llegar a fin de mes y siempre al borde de un ataque de nervios. Los dinerillos de las exclusivas los malgastaba con amantes de hermosos cuerpos pero sin ningún interés humano y mucho y protuberante morro.