DICCIONARIO DESCRIPCIÓN FÍSICA DE PERSONAJES (HERRAMIENTAS PARA ESCRITORES)


DICCIONARIO PARA DESCRIPCIÓN FÍSICA DE PERSONAJES IV

HERRAMIENTAS PARA ESCRITORES

CHATO

chato, ta
Del lat. vulg. plattus ‘aplanado’, y este del gr. πλατύς platýs, con infl. del gallegoport.

1. adj. Dicho de una nariz: Poco prominente y como aplastada.

2. adj. Dicho de una persona: Que tiene la nariz chata. U. t. c. s.

3. adj. Dicho de una cosa: Que tiene menos relieve, longitud o elevación de lo normal. Una vasija, una silueta chata.

4. adj. Intelectualmente pobre, o corto de miras. Una realidad chata. Un discurso chato.

5. adj. coloq. Perú. Dicho de una persona: De baja estatura. U. t. c. s.

6. adj. coloq. Ven. Dicho de un asunto o de un negocio: Poco rentable.

7. m. coloq. En las tabernas, vaso bajo y ancho de vino o de otra bebida.

8. f. Bacín plano, con borde entrante y mango hueco, por donde se vacía, que se usa como orinal de cama para los enfermos que no pueden incorporarse.

9. f. chalana (‖ embarcación).

10. f. muerte (‖ figura del esqueleto humano). LA chata.

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NARIZ AQUILINA O ROMANA

aquilino, na
Del lat. aquilīnus.

1. adj. poét. Dicho del rostro: aguileño.

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aguileño, ña
De águila y -eño.

1. adj. Dicho del rostro: Largo y delgado.

2. adj. Dicho de una persona: Que tiene el rostro aguileño.

3. adj. Perteneciente o relativo al águila.

4. m. desus. aguilucho (‖ ave falconiforme).

nariz aguileña

El término “nariz romana” puede evocar imágenes de las narices nobles de las estatuas romanas, pero este tipo de nariz ya existe en los rostros de personas que no tienen ascendencia romana o italiana. El actor Charlton Heston poseía una distintiva nariz romana.

Imagen de Flickr.com, cortesía de Kevin Dooley.
También conocido como …
Una nariz romana también es llamada nariz aguileña. La palabra aguileña o aquilina deriva de la palabra “aquilinus”, que significa “como de aguila”.

Descripción de la nariz romana
La nariz romana o aguileña tiene un puente alto y curvo. Por lo general, este tipo de nariz se llama “nariz de gancho”, debido a la curvatura con forma de gancho en el puente.

Una nariz no solo de romanos
El jefe de Nariz Romana fue un líder de guerra llamado Woquini, que se traduce como Nariz de Gancho. Un parque estatal nombrado en su honor existe en Watonga, Oklahoma.

https://www.ehowenespanol.com/nariz-romana-hechos_132993/

NARIZ RESPINGONA O RESPINGADA

respingón, na
1. adj. coloq. Dicho especialmente de una parte del cuerpo: Levantada hacia arriba. Culo respingón. Nariz respingona.

2. adj. Méx. protestón.

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CON LA PUNTA HACIA ARRIBA

ESTRÁBICO

estrábico, ca
1. adj. Dicho de los ojos o de la mirada: Desviados respecto de su posición normal.

2. adj. Dicho de una persona: Que padece estrabismo. U. t. c. s.

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TUERTO

tuerto, ta
Del lat. tortus ‘torcido’.

1. adj. Falto de la vista en un ojo. U. t. c. s.

2. adj. desus. De vista torcida.

3. m. Agravio que se hace a alguien.

4. m. pl. entuertos (‖ dolores después del parto).

a tuertas

1. loc. adv. coloq. Al revés de como se debe hacer, u oblicuamente.

a tuertas o a derechas

1. loc. adv. p. us. a tuerto o a derecho.

a tuerto

1. loc. adv. p. us. Contra razón, injustamente.

a tuerto o a derecho

1. loc. adv. p. us. Sin consideración ni reflexión.

deshacer tuertos

1. loc. verb. deshacer agravios.

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MANCO

manco, ca
Del lat. mancus.

1. adj. Que ha perdido un brazo o una mano, o el uso de cualquiera de estos miembros. U. t. c. s.

2. adj. Dicho de una cosa: Defectuosa, falta de alguna parte necesaria. Obra manca. Verso manco.

3. adj. Mar. desus. Dicho de un bajel: Que no tiene remos.

4. m. coloq. Chile. caballo (‖ mamífero).

no ser alguien manco, ca

1. loc. verb. coloq. no ser cojo ni manco.

2. loc. verb. coloq. Ser poco escrupuloso para apropiarse lo ajeno.

3. loc. verb. coloq. Ser largo de manos.

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CALVO

calvo, va
Del lat. calvus.

1. adj. Dicho de una persona: Que ha perdido el pelo de la cabeza. U. t. c. s.

2. adj. Dicho de un terreno: Sin vegetación alguna.

3. adj. Dicho del paño o de otro tejido: Que ha perdido el pelo.

4. f. Parte de la cabeza de la que se ha caído el pelo.

5. f. Zona generalmente pequeña del cuerpo de las personas o de los animales donde se ha perdido el pelo.

6. f. Parte de una piel, felpa u otro tejido semejante que ha perdido el pelo por el uso.

7. f. Sitio en los sembrados, plantíos y arbolados donde falta la vegetación correspondiente.

8. f. Juego que consiste en tirar los jugadores a proporcionada distancia piedras a la parte superior de un madero sin tocar antes en tierra.

9. f. En la armadura antigua, parte superior del almete, que cubría el cráneo.

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CANOSO

canoso, sa
Del lat. canōsus.

1. adj. Que tiene muchas canas.

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cano, na
Del lat. canus.

1. adj. canoso.

2. adj. De color blanco. U. m. en leng. poét.

3. adj. desus. poét. Sabio o experimentado por viejo.

4. f. Cabello que se ha vuelto blanco. U. m. en pl.

echar alguien una cana al aire

1. loc. verb. coloq. Divertirse fuera de su norma habitual.

peinar canas

1. loc. verb. coloq. Ser ya viejo.

quitar mil canas a alguien

1. loc. verb. coloq. desus. Causarle gran gusto y satisfacción.

sacar canas verdes a alguien

1. loc. verb. coloq. Perú y Ur. Causarle preocupación y disgusto continuos.

hierba cana

palma cana

uva cana

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IN MEMORIAM 11-M 2019


15 ANIVERSARIO DEL 11-M

SIGO ESPERANDO QUE APAREZCA POR LA PUERTA

Me despierto sobresaltada. He escuchado un ruido. Alguien ha tropezado con algo. Me levanto de la cama y subo la persiana. Hoy es 11 de marzo. Hoy es el 15 aniversario de aquel terrible día. Sé que el ruido se ha producido en sueños, porque vivo sola, no tengo gato, ni perro, ni cualquier otra mascota. Aquel ruido que hizo mi marido aquel día fue algo insólito. Nunca me despertaba, era como un fantasma. A veces le tomaba el pelo. Cualquier día me va a dar algo, como se te vaya el pie, tropieces y me despiertes. Y aquel día ocurrió. Es un ruido que se repite todos los días al despertar. Aquel día me reí y le pedí un beso de despedida. El también se rió y me besó en la boca, alargando el beso más de la cuenta, como si esperara algo, como si temiera algo. Todas las mañanas al despertar espero que tras el ruido pueda sentir sus labios en mis labios. Pero nunca ocurre. Despierto, subo la persiana y es otro tiempo. Han pasado quince años y aún recuerdo lo detallista que era para los cumpleaños, no se le pasaba uno y siempre había un regalo especial para mí, también un desayuno especial o una cena especial, o una reserva especial en algún sitio. Han pasado quince años y mi vista se queda clavada en la puerta a la hora en que llegaba todas las tardes. Mi corazón se va a salir del pecho, oigo la llave en la cerradura y estoy a punto de levantarme para arrojarme en sus brazos. Entonces recuerdo. Han pasado quince años y sigo recordando. Se apellidaba y se llamaba igual que otro de los fallecidos, por eso a veces se olvidan de él, sólo lo recuerdan si suman las víctimas y falta una. Hasta en eso tuvo mala suerte. Pero yo no lo olvido. Yo nunca lo olvidaré.

HE PERDIDO MEMORIA

Los médicos me dicen que mi memoria ha perdido un setenta y cinco por ciento de su capacidad. Me han reconocido esa minusvalía. Pero hay algo que sigo recordando. Yo era guardia civil. Aquella mañana me había tomado solo un café porque no tenía tiempo. Sé que trabajaba en el SEPRONA y que iba en tren al trabajo como todos los días. Sí recuerdo que aquella mañana me cambié de vagón porque vi a un compañero. Fue un extraño toque del destino. Nunca veía a compañeros en otros vagones, pero aquella mañana sí vi a uno y eso me salvó la vida. Sé que me jubilaron a los 36 años. Y aunque he perdido un setenta y cinco por ciento de memoria todavía recuerdo cómo tras la explosión intenté sacar a gente del vagón. Cuatro se me murieron en los brazos. Pude recoger su último aliento, pero ni siquiera tuve tiempo para desearles un buen viaje al más allá. Ustedes no saben lo que es eso. No es lo mismo que tener un gatito muerto en los brazos, atropellado por un coche o mordido por un perro. No es lo mismo que recoger el último suspiro de un animal envenenado a disparado por un furtivo. Hay algo más. Arrancamos los asientos y los utilizamos de camilla. No saben lo que es contemplar los ojos abiertos de los muertos, el silencio de los heridos que trasportábamos, el sonido infernal de los móviles. Ustedes no pueden saber lo que es eso. Una semana más tarde me destinaron al País Vasco, luego me jubilaron. Hay mañanas en las que no quiero levantarme. No tengo nada que hacer y aunque he perdido la memoria siempre recordaré lo ocurrido aquel 15 de marzo, hace ya quince años. Por suerte tengo a mis perros. Me obligan a levantarme de la cama. No sé cómo lo saben, pero conocen la hora de levantarse. Me pueden dejar media hora, si me ven muy mal, pero luego comienzan a lamerme y a mordisquearme. Uno me lame la cara y la cabeza y el otro mordisquea los dedos de los pies. Me veo obligado a levantarme. Sobre todo si me hacen cosquillas. Me quieren mucho y yo les quiero a ellos. No hubiera podido soportarlo sin su cariño. He perdido mucha memoria, pero hay algo que siempre recordaré. Hoy se cumplen quince años. Lo peor de todo era sentirme culpable de seguir vivo. Hoy lo llevo mejor, aunque no dejo de preguntarme por qué me eligió el destino para cambiarme de vagón.

CREÍ QUE ESTABA MUERTO

Llevaba pocos meses en Madrid. Aquella mañana tenía mucho sueño. Me senté abrazado a mi mochila. Temía perderla. La explosión fue como si todo el universo reventara. También reventaron mis tímpanos. No sé cómo llegué al suelo. Creí que estaba muerto. Tenía que estarlo. No era capaz de levantarme y tras aquella explosión todos en el tren deberíamos estar muertos, incluso en la estación, en el país, en el universo. Tras una explosión así todos deben de estar muertos. Me toqué el pecho y noté mi corazón galopando. Estaba vivo. No podía creerlo pero estaba vivo. Durante meses tuve problemas con los vecinos porque según ellos ponía el televisor muy alto. Puede que fuera cierto pero a mí me costaba escuchar las noticias. Tardé tres meses en cobrar el paro y a mis hijos les he prohibido subir en tren. No puedo escuchar el pitido de un tren, me vuelvo loco, por eso me mantengo alejado de las estaciones y de las vías del tren. Pero lo más duro de todo, algo que nunca olvidaré, fue escuchar los gritos de algunos heridos que no conseguían encontrar sus piernas. Recuerdo que entonces me dije que así era la muerte y no sé si me pareció mejor o peor de lo que yo había imaginado.

EL ESCRITOR AFICIONADO

Aquel día se levantó de la cama con dificultad. Le costaba levantarse de la cama ahora que estaba jubilado y vivía solo tras el divorcio. Su gatito Zapi permanecía acurrucado sobre su mano extendida y no parecía tener prisa por saltar de la cama y maullar para que le abriera la puerta o la ventana. Los dos estaban tan a gusto que le costó levantarse. Debía de ser ya muy tarde. Y lo era, las once de la mañana. Le abrió la puerta y se fue al servicio. Encendió el móvil y pudo ver la fecha. Once de marzo. 11-M. Las noticias decían que hoy era el quince aniversario de aquel terrible día. Prometí escribir tantas historias como víctimas, incluso algunas más sobre supervivientes, pero han pasado quince años y he sido incapaz. Tengo recopilada bastante información sobre fallecidos y supervivientes, pero me cuesta ponerme a ello, es como si yo mismo hubiera estado en aquellos trenes. Pero esta mañana tengo que escribir alguna historia, aunque me cueste, aunque me queden mal, porque no se trata de quedar bien o mal, se trata de recordar a víctimas inocentes, elegidos como corderos propiciatorios ante el altar del terrorismo, sacrificados a dioses de sangre para conseguir cualquier fin. No hay buen fin cuando se sacrifica ante el altar de los dioses de sangre. Todos son fines abyectos. Han pasado quince años y los terroristas siguen matando y los políticos siguen utilizando a las víctimas para sus fines. No hay buen fin cuando se sacrifica a víctimas inocentes en el altar de los sacrificios de dioses sangrientos, ni cuando se recoge esa sangre y esa carne y se quiere utilizar para llenar urnas con nombres y siglas. El fin no justifica los medios. Maquiavelo no tenía razón, los políticos no tienen razón, los terroristas no tienen razón. Nadie que derrame la sangre de su hermano tiene razón. Pero eso no es suficiente. Quitarles la razón no es suficiente. Llorar por ellos después de quince años no es suficiente. Hay que hacer algo más. El escritor aficionado encendió el ordenador y se puso a escribir sobre aquellos hermanos sacrificados por nada. Notó sus ojos húmedos mientras observaba a su gatito jugar en el jardín. Todos sus problemas y sufrimientos se diluyeron. Estaba vivo y podía escribir. Hoy es el 11-M. Hoy es el quince aniversario del 11-M. No lo olvides. Aunque pases un mal día.

MARIE Y 3


versalles

El caso es que ya no me atreví a regresar al hotel para la siesta y salía justo a la hora en que Marie no estaba en recepción y era difícil encontrarse con alguien en el vestíbulo. La puntilla me vino una noche en la que se me ocurrió contestar a los conserjes de noche, árabes afrancesados, diciéndoles algo así como “el día bien, gracias, ha llovido con ganas y no tenía paraguas, pero por la mañana hizo mucho calor y yo me bebí una cerveza bien fresca”. Entonces no sabía que “biere”, cerveza, también significa “ataúd” en francés. Dada mi pronunciación debieron entender que me había bebido un ataúd bien fresquito. Eso hubiera tronchado de risa a cualquiera. Pero yo estaba muy sensible, muy susceptible. El que se pudieran reír de aquella manera, nada amable, más bien dura, poco jovial, agresiva y con muy mala leche, que diríamos por aquí, me hizo pensar que mi historia con Marie tenía mucho que ver. Me puse echo un energúmeno y me fui a la cama montado en el borrico de la santa cólera….

Marie empezaba a ser para mí algo distinto a la dulce y hermosísima jovencita de la que me había enamorado, era una joven bruja repugnante que dejaba leer mis versos de amor a todo “quisque” y que se burlaba de mí a mis espaldas. El amor se fue diluyendo en la ácida bebida del odio….

El amor tiene tanto de imaginación que cuando suprimimos la fantasía y miramos atentamente lo que de “realidad” nos queda en las manos, nos damos cuenta que solo el trabajo sólido puede ser introducido en la mochila del futuro. ¿Qué había hecho yo con Marie, aparte de fantasear? Nada. Y eso quedó en mis manos cuando la fantasía se fue al cuerno…nada…Llevaba ya demasiados días pateando París en solitario. Echaba de menos charlar en español con alguien, aunque fuera de los estúpidos lugares comunes en que caemos siempre cuando no queremos hablar de lo que verdaderamente importa. Tal vez fuera esa sincronicidad que a veces se produce entre nuestras emociones, nuestros deseos, nuestros pensamientos y la realidad que aparece al doblar una esquina…Me di de bruces con un restaurante español o que al menos pregonaba su excelente cocina española. Me acerqué curioso y estuve leyendo la carta largo rato. La boca se me hacía agua recordando viejos y sólidos sabores, pero mi bolsillo estaba tan esquilmado que necesitaba tener muy claro lo que iba a cenar, porque si me dejaba liar tendría que comer piedras los días que me quedaban…Por fin tras complicadas sumas y restas decidí que un menú le iba bien a mi bolsillo y no desagradaría a mi estómago, que a estas alturas aceptaría casi cualquier cosa con tal de que pudiera llamarse comida caliente…

restaurantes-españoles-en-paris

Entré, esperando encontrarme con camareros que hablaran el español, para variar, pero no fue posible y tuve que conformarme con chapurrear mi patético francés, no sin antes haberlo intentado en un castellano recio. Cuando me dirigía tras el camarero hacia una mesa vacía oí unas voces a mis espaldas en perfecto castellano. Una joven pareja parecía dirigirse hacia mí con una sonrisa de oreja a oreja… Se presentaron como madrileños, recién casados y ansiosos por hablar español con alguien. Llevaban dos o tres días y estaban hartos de oír susurrar francés por todas partes…

Me costó asimilar su desmesurada jovialidad. Hasta que comprendí que a mí me pasaba lo mismo, solo que aún no era completamente consciente de la magnitud del milagro. Me preguntaron si podían cenar conmigo y antes de responder ya tomaban asiento a la mesa, obligándome a jurar que me dejaría invitar sin la menor protesta. Ellos pagarían la cena solo por el placer de charlar con un compatriota.

Durante la primera parte de la cena, la jovialidad, propiciada por el encuentro con compatriotas, que deseaban tanto como yo hablar en su propio idioma, de lo que fuera, hizo que me olvidara de la frustración, que mi romántico y estúpido comportamiento con Marie pasara a segundo plano…

Hasta el bloqueo, generado por mi baja autoestima, que habitualmente me impedía sentirme a gusto en presencia de otros, fuera algo del pasado remoto… Quienes se hayan visto obligados a convivir con una timidez enfermiza, con una autoestima tan baja que hace anhelar ser otra persona distinta a la que son, saben muy bien cómo funciona este mecanismo implacable… Uno, incluso en las situaciones más positivas, no deja de pensar que sus interlocutores tienen que darse cuenta, obligatoriamente, de todos y cada uno de los defectos de su carácter. No cesas de preguntarte cómo pueden encontrar agradable estar a presencia de una persona con un físico tan desagradable y repugnante. Cómo no son conscientes de tus titubeos al hablar, de la expresión humilde y suplicante de tu rostro; de la idea tan mísera que tienes de tí mismo y que pasa por tu mente, como un tren que no puede salir de la estación y allí se queda, dando vueltas y vueltas, cambiando de vía una y otra vez, de los sentimientos de odio que te produce el saber que los demás son normales y se ven con absoluta normalidad…

Una persona con la autoestima por los suelos es el interlocutor más desagradable que puedes echarte a la cara. Sin embargo durante un tiempo pensé que ellos, al no conocerme, y al haberme encontrado en aquellas circunstancias, tenían que estar necesariamente predispuestos a mi favor. Además el hecho de que me mostrara cordial, agradable, que hablara con desparpajo de lo que a mi me gustaba y al mismo tiempo escuchara atento sus intervenciones y respondiera con interés a sus preguntas, decía mucho a mi favor…

No recuerdo lo que cenamos. Puede que se limitara a una tortilla a la española, una tabla de embutidos y “patés”, todo ello regado con un vino español. Lo que realmente nos importaba a todos era la conversación…Charlamos sobre Madrid y su doble cara, infierno-paraiso, sobre París, capital de la cultura, y sobre los franceses, tan distintos a nosotros y tan chauvinistas. Ellos me hablaron de sus proyectos, de la hipoteca, del hijo que iban a encargar. Del lado positivo de la relación de pareja y de las dificultades de toda convivencia…

Mis ideas al respecto les interesaron. La filosofía sobre el ser humano que les expuse les resultó llamativa y original. Todo iba a las mil maravillas, cuando el marido pidió otra botella de vino para celebrar el encuentro. Mi relación con el alcohol tiene mucho de atracción y de repulsión al mismo tiempo. Aparte de que algún gen alcohólico debe correr por mis raíces –un tío murió alcoholizado y a mi padre no le sentaba muy bien el alcohol- y de vez en cuando sale a la superficie, normalmente en los momentos más inesperados y oportunos. Si bien un poco de alcohol en ciertos momentos me pone en órbita, me ayuda a olvidarme de mis estúpidas inhibiciones y complejos, me vuelve eufórico y acaba con mi timidez, lo cierto es que me basta dar un paso más allá del límite permitido y todo cambia, como de la noche al día…

Me puse nervioso, los nervios se tensaron como cuerdas de violín y empecé a sentirme a disgusto. Volvieron, como si hubieran estado esperando a la puerta, las viejas y machacones ideas de siempre… Se tiene que notar mi enfermedad mental –pensé- mi carácter depresivo, mi amargura ante la vida. Suelo volverme suspicaz, introvertido, me cuesta hablar y mi único interés, mi única meta, es librarme de la presencia ajena…

De pronto todo el mundo fantástico que mi imaginación ha creado sobre mi persona, se viene abajo. Me veo como un monstruo y agradezco cualquier incidente que me permita escapar. El hecho de que los restaurantes franceses cerraran pronto me libró de salir corriendo. Dejé que el matrimonio me invitara, no sin antes hacer ese desagradable paripé de quien debe disimular su alegría porque pague otro, y me levanté antes que ellos acercándome hacia la puerta con la disculpa de que los camareros estaban ya levantando sillas y limpiando…. Cuando estoy malhumorado, con los nervios a flor de piel, no respeto las buenas maneras, o si se prefiere, la hipocresía social. Forzarme a cumplir con las normas sociales, que siempre te obligan a disimular lo que piensas y sientes, acaba por rematar mi agonizante estado de ánimo…

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Salimos a la noche parisiense, cálida y solitaria. Busqué una disculpa para alejarme de ellos. Alegué que deseaba tomar el metro. Está cerrado –me dijeron- los franceses se van a la cama como las gallinas. Ya lo sabía, pero me puse cabezón. Ellos supusieron que en mi negativa había mucho de cortesía, al rehusar compartir un taxi después de haberme dejado invitar a cenar. No era complicado suponer que mis bolsillos estaba rotos. Insistieron y eso me hizo ponerme un poco borde –lo que luego lamenté de corazón- y casi me despido por las bravas. Me tendieron su tarjeta instándome s visitarles en Madrid, sin falta. Su cordialidad me obligó a jurar que lo haría, aunque ya tenía claro que no podría soportar verles de nuevo, ahora que había tirado mi imagen a la basura….

Como siempre fui más allá de la lógica más elemental. El vino no me había sentado bien, se me notaba el malhumor y no había estado muy simpático la última parte de la cena. No obstante eso no era una tragedia. La borrachera suele ser molesta y ellos también estaban un poco cocidos. Aparte que el gasto de conversación cultural y elevado había corrido totalmente de mi cargo. De haberse sentido más molestos conmigo, no me habrían ofrecido su tarjeta e insistido en que los visitara…

Eso es lo malo de la baja-autoestima: que te aleja de cualquier meta, incluso antes de haber dado un solo paso en su dirección. Nuestros caminos se bifurcaron y ya nunca volvería a verles. Lo mismo que a la atractiva hija y a la agradable mamá madrileñas que fueran mis compañeras de viaje. Creo que a lo largo de mi vida he desaprovechado tantas posibles relaciones amistosas que con otro carácter jamás hubiera llegado a estar solo nunca….

Es cierto que la gente decepciona al cabo de un tiempo, pero uno puede conformarse con lo que hay, personas de aceptable carácter y no príncipes y millonarios o almas grandes. Lo que más me duele es admitir que no lo hago por soberbia –el alma grande que desprecia a la gente mezquina- sino al contrario, es el loco quien evita a los cuerdos su desagradable presencia…

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Ellos localizarían un taxi, que debió costarles un ojo de l a cara, y por mi parte hice como que buscaba una boca e metro, para luego regresar hacia el Sena. Era consciente de la caminata nocturna que me esperaba, aunque al menos no me perdería, siguiendo las orillas del mítico río. Localicé el barrio latino y salí a Notre Dame, que conocía tan bien tras una metódica visita unos días antes. Entonces el lugar estaba repleto de turistas y la orilla plagada de tenderetes con libros de segunda mano…

Ahora, noche avanzada, la zona aparecía fantasmal. Nadie por las calles, las farolas alumbrando un paseo desierto. A pesar de que aquella situación debería haberme aterrorizado (un asalto, navaja en mano) lo cierto es que me animó un poco y calmó el nerviosismo que me había hecho caminar con paso rápido y al buen tuntún…. No soporto la presencia de la muchedumbre cuando mi humor es malo. Inicié el paseo nocturno sin prisas, contemplando el Sena y los bateaux mouches que surcaban el río. Sentí envidia de aquellos burgueses que podían permitirse el lujo de un viaje nocturno por el Sena en aquellos barcos, cenando tranquilamente con su pareja, bebiendo un buen borgoña y champán francés a los postres. Me imaginé sobre uno de aquellos barcos, cenando con Marie. Me maldije una y otra vez por mi estupidez y caí en una profunda depresión. Nunca lograría superar mis defectos de carácter. No tenía remedio…

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Mis sueños se rompieron en pedazos y pensé en una solución romántica: arrojarme al Sena como un enamorado cualquiera o como un clochard, un vagabundo, ahíto de la vida….Para evitar seguir resbalando hacia el abismo, saqué d la bocamanga mi gran as: la imaginación, la fantasía más delirante. Un lejano día el gran escritor C… recibía el premio Nobel de literatura, muy merecidamente, y en el discurso de aceptación mencionaba a Marie…. Dibujé un futuro fantástico. Hasta me hice a mí mismo una profunda entrevista, un periodista que era yo hacía las preguntas y otro personaje que también era yo las contestaba enjundiosamente…

Sin saberlo aquella sería la base de mis personajes humorísticos, “narrados por…” y de una serie, “Mi vida ficticia”, en la que el cínico de Slictik se transforma en todo lo que le da la gana, desde millonario a locutor de radio, pasando por señora estupenda (¿qué siente una señora estupenda?)…

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Mientras caminaba de Notre Dame hasta les Invalides me hice un montón de preguntas y respondí como solo un genio, un alma grande, puede responder…Al llegar al museo del Louvre (no imaginaba que muchos años más tarde leería el Código Da Vinci de Dan Brown) mi estado de ánimo era bastante mejor, con clara tendencia al romanticismo….

A pesar de la dura realidad, imaginé que la historia con Marie se reconducía y terminaba con ella en el lecho…. A la vista de la torre Eiffel un sospechoso bulto hinchaba mi bragueta y mi alma se deshacía en puro amor romántico. Encontré un banco y reposé mis magullados pies… Hoy, años más tarde, veo aquella escena como un arquetipo de mis pautas de conducta más básicas. La eterna lucha enre realidad y fantasía. Entre la “dura y amarga realidad” y la increíble satisfacción que proporciona la fantasía”…

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La tendencia, entonces y ahora, era hacia el universo fantástico, donde yo soy el rey y donde no existe el menor obstáculo. En contraposición a la realidad, donde soy un don Nadie y los obstáculos se multiplican geométricamente a cada paso….Puede que ya hubiera leído o estuviera a punto de leer “La psicopatología de la vida cotidiana” de Freud. Curiosamente ahora estoy leyendo (releyendo en el caso de algunos textos) las obras completas de Freud. Soy pues mucho más consciente que entonces, sentado en aquel banco, a orillas del Sena, de la gran diferencia entre la realidad y la fantasía Mientras que la segunda deja siempre un poso de frustración y amargura, la primera es más plena y eleva nuestra autoestima… A pesar de mis desesperados intentos nunca hubiera sido igual la realidad de hacer el amor con Marie, que la fantasía de estarlo haciendo dentro de mi mente. La representación no es lo mismo que la realidad, por mucho que luego acabe también siendo “representada”. Freud en un “Proyecto de una psicología para neurólogos”, dice: “… no pudiéndose alcanzar entonces la satisfacción, porque el objeto no existe en la realidad, sino solo como un pensamiento imaginario…

Así, necesita disponer de un criterio venido de otra parte, para distinguir entre la percepción y la representación…”…No obstante, aunque a veces la satisfacción de la fantasía, del deseo imaginario, puede llegar a resultar muy agradable, lo cierto es que como dice Freud, hay un importantísimo matiz de “calidad o cualidad” entre la realidad y su representación que el “yo” –cuando no sufre una severa patología que lo incapacite, es plenamente capaz de distinguir. Esa y no otra es la razón, a mi juicio, de que nos resulte más fácil vivir en la realidad que en el mundo de la fantasía: la satisfacción de la realidad es cualitativamente superior a la satisfacción de la fantasía….

Por alguna razón, a lo largo de mi vida, esta clara diferencia se fue difuminando, hasta, en ciertas etapas, llegar a perder sus límites. Creo que para bien o para mal, eso nunca se sabe, este difumine de límites, entre realidad y fantasía, marca de una manera definitiva casi todos mis textos… Dentro de mi producción literaria nada refleja mejor esta difuminación de límites que la serie “Mi vida ficticia”. En ella soy, con todas las consecuencias, incluidas las emocionales, lo que me apetece ser: millonario, premio Nobel de literatura, ama de casa, policía, currante…

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El episodio en que me dan ese premio, cumbre de cualquier carrera literaria, está casi copiado de la fantasía dialogada que “viví” a orillas del Sena aquella noche. Sin yo saberlo estaba sentando las bases de lo que andando los años Slictik convertiría en su bandera literaria: el jugo entre realidad y ficción, difuminando límites hasta obligar a sus lectores a preguntarse qué habrá de verdad, de real, en lo que él cuenta y qué de pura imaginación…. Allí, sentado en aquel banco, a orillas del Sena, tuve la intuición de todo un universo: lo que llegaría a ser años más tarde, si no me suicidaba antes, y que me estaba hablando a través del sutil velo del tiempo, contándome sus secretos a través de la cortina de aire que separa un tiempo de otro….

Fue allí donde descubrí la extraña esencia del tiempo, que nos impide sentarnos en la misma silla a todos los “yoes” que van llegando a casa un día tras otro. De no existir el tiempo nos sentaríamos unos encima de otros en las mismas sillas colocadas en los mismos lugares, puesto que el espacio no parece cambiar o al menos no parece cambiar mucho o no parece cambiar lo suficiente para que la silla en la que nos sentamos ayer sea distinta a la silla en la que nos estamos sentando hoy…

Esta paradoja temporal, muy de Stephen Hawkings (su historia del tiempo me impactó) me impulsó a escribir un relato en el que, por alguna desconocida causa, el tiempo se paralizaba y el protagonista se sentaba día tras día en la misma silla de la cocina. Con el resultado de que sus distintos “yoes” iban pesando más y más cada vez hasta llegar a asesinar al último “yo” que se sentaba sobre ellos… Parece una estupidez, pero me pregunto qué pensaríamos de esas paradojas temporales si algún día el tiempo desapareciera por alguna causa desconocida….

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Allí, sentado en aquel banco del Sena, mi “yo” futuro me consoló de haber perdido a Marie; puesto que otra me estaba destinada, lo mismo que otra vida muy diferente, en la que al menos ya no estaría solo y habría una esperanza para mí… Ya recuperado continué el largo paseo nocturno, pasé cerca de la torre Eiffel, iluminada, como una grácil señorita, todo caderas. De alguna manera me las ingenié para localizar Les Champes Elisees, desde donde ya sabía llegar al hotel. Arrivé muy tarde a buen puerto, sin miedo a que la puerta estuviera cerrada, puesto que la pareja de árabes permanecía toda la noche en conserjería, atentos a la vuelta de los turistas noctámbulos…. Reflexioné sobre si debía saludar a quienes se habían reido de mí, por la confusión entre biere-cerveza y biere-ataúd y puede que también del poeta enamorado de Marie. Me decidí a saludarles al pensar que mi actitud fría y distante podría ser considerada como xenófoba. No me importaba el color de su piel, sino el desprecio mostrado hacia un tímido, hacia un africano de piel blanca (África empezaba entonces en los Pirineos) que había osado enamorarse de Marie, la dulce doncella franco-sajona….Salí del paso con un “buenas noches”, en español, en el original. Temeroso de que se rieran de mí, si me equivocaba entre el “bon soir” y el “bon nuit”, aunque las tres o las cuatro de la madrugada eran claramente “bon nuit”. Ellos ni siquiera contestaron. Aquel incidente resumía la historia de mi vida: sufrir como un condenado entre hacer esto o aquello, para acabar haciendo esto, porque es más bondadoso y recibir como respuesta “aquello”, lo más malo, para lo que los otros no se han tenido que partir el cráneo; elien lo peor, sin dudas ni reflexiones….

 

Conociéndome como me conozco, no me extrañaría que subiendo a la “chambre” se me hubiera pasado por las mientes lo “bien” que viven “los malos”. Deciden lo peor, hacen daño, se aprovechan del “bueno”, no sufren remordimientos y se benefician de los dones de la vida (tal vez un poco de sexo con maria; los dos argelinos eran altos y guapos)…. No me preocupó que le fueran con el cuento a la dulce Marie. Ella y ellos sabían perfectamente que aquel “africano” de por bajo los Pirineos, no era ni capaz de buscarse una fulana en Pigalle (suponiendo que le llegaron los francos)… Me acosté sin ducharme y puede que sin desvestirme. No recuerdo lo que soñé. Puede que lo hiciera con Marie, acostándose con los dos argelinos, mientras yo contemplaba la escena, deseando un suicidio romántico… Como bien sabía Freud, los sueños son muy puñeteros, te obligan a llevar a cabo los deseos que no has sido capaz de realizar en la vigilia, sin la plenitud de la satisfacción que obtienes con los ojos abiertos. Aunque puede que Freud se equivoque, puesto que con el tiempo he descubierto que los sueños me resultan tan satisfactorios o más que las realidades, incluidos los orgasmos oníricos. Si no han probado nunca a qué sabe un orgasmo onírico les aconsejo que lo prueben, miel sobre hojuelas, algo tan dulce que a lo mejor renuncian a los orgasmos vigiles….

 

En lo que no se equivocaba Freud es en la necesidad de realizar en sueños los deseos de venganza que inhibimos en la vigilia. Puede que la represión nos impida alcanzar un orgasmo onírico, por mil razones, todas igualmente estúpidas, pero les aseguro que la represión o inhibición no nos impide llevar a cabo venganzas oníricas, que no hemos asumido con los ojos abiertos. Hasta el subconsciente es un puñetero hipócrita, un fariseo de tres al cuarto. Así es la naturaleza humana: una mierda. Sin perdón…. Lo mismo que la baja autoestima. Te obliga a pensar lo peor del otro y lo peor de ti mismo. No recuerdo si antes de caer rendido por el agotamiento imaginé un “menage a trois” entre Marie y los dos guapos argelinos. Conociéndome como me conozco, no lo descarto. Yo le había ofrecido a la dulce Marie un poema y ellos le ofrecían sus cuerpos de Adonis de piel morena.La elección era claara. Marie podría ser una doncella romántica y sensible –seguro que lo era- pero lo absolutamente cierto es que no era tonta. Hasta yo, un romántico bonachón, hubiera elegido dos doncellas de Pigalle, a una doncella como Marie, de no haber padecido aquel estúpido carácter de idiota integral…

Con el tiempo reflexionaría profunda y largamente sobre la posibilidad de transformarme en un demonio, malo, malo, rematadamente malo, a cambio del cuerpo divino de Marie. Continué eligiendo ser un idiota integral y la vida me premió con la más bella y dulce de las esposas y con una angelita, que no me merezco, como hija. La conclusión es clara: puede que yo no sea el idiota integral que creo ser o puede que aún siéndolo, si eres bonachón y generoso, la vida acabe premiándote , aunque sea fuera de los parámetros espacio-temporales que tu has elegido y que intentas imponer al destino, con una pistola apoyada en su sien……

Ciertamente es algo sobre lo que reflexionar profundamente. Mi personaje humorístico, el profeta Milarepa, lo tiene claro: acabarás sufriendo o beneficiándote del karma que generes, aunque sea en otras vidas. Entonces creía poco en la reencarnación y en el karma, lo que no me impidió dormir como un bendito, hasta la hora de comer… Llegué a tiempo para tomarme un bocata en el “quartier latín” y para contratar una excursión, para el día siguiente, a Versalles y Fontenebleau…..

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Puede que la “mademoiselle” de la agencia de viajes fuera muy hermosa, pero no la escribí un poema. Hasta los tontos escarmientan con el tiempo. Además mi estado de ánimo no era como para tirara cohetes. Estoy seguro de haber sufrido la fobia que me puede ahora, cuando mi estado de ánimo es malo y debo relacionarme con gente. Entonces no lo llamaba así, simplemente estaba depresivo y odiaba relacionarme en ese estado de ánimo…. A pesar de ello entré en la agencia de viajes y sufrí todos los tormentos del infierno. Me mostraría tímido, apocado, como un idiota integral. Lo que no me impidió pagar en francos la excursión y luego contar, a la salida, el dinero que me quedaba. Descarté inmediatamente una copa de champán francés en el Moulin Rouge y la posibilidad de ver hermosos cuerpos bailando el cancán y enseñando sus largas, laaargas piernas…. La vida te obliga a elegir siempre entre dos o más opciones. Eso y no otra cosa es la libertad. Palabra retórica donde las haya, que está muy sobrevalorada. Es una actriz, sobreactuando siempre, hasta para ir al retrete… Al día siguiente tomé el autobús, junto con otros turistas, alguno español que intentó cambiar dos palabras conmigo… No lo consiguió. Me sentía un miserable, una pura mierda, y no solo por cambiar al Rey Sol por un ramillete de chicas-can-cán, sino sobre todo por poseer un alma que hasta el mismísimo Dios despreciaría. En aquel momento Milarepa no estaba conmigo-aunque sí lo estaba en potencia- de haberlo visto, sentado a mi lado, habría escuchado sus palabras: amigo César, el alma es atemporal, eterna, una chispa divina, lo que es temporal es la carrocería, ahora vas montado en la carrocería de César, años más tarde montarás la carrocería de Slictik, un viejo cínico, que sigue creyendo en la bondad y en la próxima vida serás X, comandante de una nave espacial, tal vez la Enterprise. Te espera aún la carrocería de un buda, y luego la de un verdugo del karma y la de un dios del karma y la de… del propio Dios….

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Cuando tengas su carrocería todo tendrá sentido, hasta esta mezquina historia de Marie….. Vi en grupo el palacio y en cuanto pude me separé para contemplar solo y deprimido los hermosísimos jardines de Versalles . De Fontenebleau solo recuerdo la comida, en un mesón discreto. Pedí verdura y un trozo de boeuf a la bourguignón. Un plato exquisito que aún espero probar otra vez….

Y esta historia llega a su fin. No me despedí de Marie. Como un cobarde, mezquino y miserable, elegí el momento en el que ella abandonaba el mostrador de conserjería, para dejar, con mis maletas, el hotel. Ni siquiera pregunté a la dueña si se debía algo. Supuse que no, puesto que el hotel estaba pagado de antemano por la agencia y no había hecho ningún extra…. No obstante, camino de la estación de Austerlitz, en un taxi, me asaltó el miedo de que Marie hubiera llamado a los gendarmes, porque no había satisfecho una pequeña cantidad con la que yo no contaba…. Me asaltó el miedo… y el deseo, porque mi imaginación me puso en la pantalla una escena en la que Marie se disculpaba por llamar a los gendarmes. En realidad lo había hecho para darme un último beso de despedida en la boca, decirme que me amaba y que pronto me visitaría en España. La escena está copiada de cualquier película romántica de tres al cuarto. Antes de rematar una historia que solo tiene de romántica lo que en ella pongan los románticos lectores un último dato:….. Me olvidaba de mencionar que Marie, en una de las conversaciones me había hecho una confidencia; sus padres eran españoles, emigrantes, no recuerdo si manchegos o andaluces. Ella había nacido en París y se consideraba francesa, aunque no olvidaba sus orígenes. ¿Fue ésta y no otra la causa de su amabilidad para conmigo, un compatriota?…………

Y ahora, avanzando un poco en el tiempo, regresaremos a España, donde me espera una temporada en el infierno, en frase de un poeta francés. ¿Viviríamos de otra manera si conociéramos lo que nos depara el futuro?…… CHI LO SA, que diría un italiano….Arrividerchi, amichi

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De nuevo sobre la cama no podía librarme de la sonrisa angelical de Marie. ¿Y si aquel “puede contar conmigo para lo que necesite” tuviera alguna connotación sexual? No era idiota hasta ese punto, pero la fantasía romántica puede llevarte muy lejos, tanto que ni siquiera sabes que has llegado. Yo estaba en el país sin fronteras del romanticismo más puro y ni siquiera era consciente de ello. Primero me había dejado llevar por la estúpida imaginación del macho en celo. Aquello de que las francesitas eran fáciles porque eran muy liberales en el sexo. Como si el hecho de que una persona viva el sexo con naturalidad le obligara a acostarse con todo el que se ponga a tiro. Pero cuando uno es joven y la potencia sexual le rezuma por todos los poros de la piel esas fantasías suelen producirse con toda naturalidad…De un simple impulso sexual pasé a una historia más romántica, con todo lujo de detalles. Así era mi imaginación, en estado bruto. Ahora tiene el refinamiento del escritor, aunque en mi caso hablar de refinamiento suena un tanto raro. En realidad lo único que hago es poner aquellas fantasías por escrito. El trabajo serio de escritor me cansa y me aburre…Me sentía muy cansado para comenzar el itinerario planeado, así que decidí dormir la siesta. Algo que me resulta de todo punto imprescindible. Mi naturaleza es pesada, muy pesada y con el movimiento se desgasta hasta límites inexplicables para una persona delgada y vital. Me quedé profundamente dormido y cuando desperté ya era tarde para pensar en cenar. Además con lo que me había gastado en la comida no me vendría mal ayunar un poco. Decidí quedarme en la habitación, leyendo mi novela negra y escuchando música clásica. Pero no podía concentrarme, por lo que decidí tomar el cuaderno e intentar escribirle un poema a Marie…Apenas logré pasar del primer verso porque el agotamiento pudo conmigo…Me desperté pronto, me duché y decidí empezar el día pronto. Al bajar al comedor me encontré con Marie: “Bon jour Monsieur Seság” Bon jour Marie. Odiaba cómo sonaba mi nombre en francés, pero la dulzura de su voz lo hacía menos estúpido. Eran casi las nueve de la mañana. Me recordó que esa era la hora límite para desayunar. No obstante por ser el primer día harían una excepción. Llamó a un camarero y le dijo en francés que Monsieur Seság deseaba desayunar. Ante su cara de malas pulga le explicó que era mi primer día. Me acompañó hasta la única mesa libre, cerca de la puerta y me presentó a una señora mayor, encargada del comedor. En realidad se trataba de la dueña del hotel, que al parecer vigilaba de cerca su negocio. Me dio la bienvenida muy cordialmente en francés y ambas se quedaron junto a mí mientras me servían el típico croissante, la mermelada, la mantequilla y el café au lait. Su amabilidad era tanta que me sentí confuso y muy tímido. Por fin Marie se disculpó ya que acababan de entrar nuevos huéspedes…

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Me quedé con la señora que no cesaba de parlotear en francés y preguntarme toda clase de cosas. Tuve que confesar que mi francés no daba para tanto. Al final se dio por vencida. Me quedé con mi desayuno y observando de reojo a Marie que atendía a un matrimonio mayor, tal vez alemán o sueco. Su amabilidad era idéntica a la que había desplegado conmigo. Eso me puso de malhumor. Yo creía ser ya algo especial para ella. Decidí abreviar y comenzar mi itinerario cuanto antes. Marie me había decepcionado. La señora se acercó muy solícita. Me despedí de ella con bastante brusquedad. Eso la puso en contra mía, como pude comprobar el resto de mi estancia… Salí con mi guía de la américan exprés bajo el brazo. Marie estaba tan ocupada que ni me vio. Subí caminando en dirección a Montmartre. Temía perderme, pero ya había visto Le Sacre Coeur el día anterior desde lejos, así que todo era cuestión de seguir todo el rato la misma dirección. Al pie del montículo descubrí que había un funicular que me ahorraría una agotadora subida. Sin embargo decidí subir por las escaleras. Tenía que ahorrar todo el dinero que me fuera posible. Ya estaba viendo que lo iba a necesitar…Recuerdo que conté todos los escalones. Llegué arriba sin aliento y tuve que sentarme. La vista de París era muy buena. Pude ver a lo lejos las torres de Montparnás. No estoy seguro de si desde allí se veía la tour Eiffel. Le Sacre Coeur me decepcionó. Nada que ver con la catedral de León. Pasé por su interior como sobre ascuas y decidí visitar la casa de Picasso. En la guía se hablaba de una placita donde toda clase de pintores y artistas intentaban esquilmar al turista. Tomé la firme decisión de no dejarme timar, aunque tuviera que salir corriendo. No podía desperdiciar mis cheques de viaje en tonterías. Me acerqué con recelo, perdiéndome entre la muchedumbre de turistas y tomando nota de todo, como si algún día fuera a describir la escena. Era una forma de superar mi timidez. Pero no pasaba desapercibido. Una chica joven, tal vez inglesa, por el aspecto y el francés elemental con el que me habló, se dirigió a mí. Hice como que no entendía y traté de perderme entre el gentío…Pero ella había descubierto en mi una presa fácil. Me tomó del brazo con fuerza, como si fuera a secuestrarme. A punto estuve de empujarla y salir corriendo, pero ella era una mujer, joven y no estaba nada mal. Eso fue lo que me perdió, como tantas otras veces. Se ofreció a pintarme al óleo. Pregunté el precio en francés y casi me caigo de culo. Negué rotundamente. Ella comprendió que el pez no picaría si lo forzaba demasiado. Me indicó unos retratos en blanco y negro, hechos de cartulina. Muy baratos, según ella. Hice el cálculo de francos a pesetas. Casi las dos mil. Aquella mujer me estaba tomando el pelo. Negó, ella insistió alzando la voz. Miré a mi alrededor. La gente me miraba como si yo estuviera intentando violarla o algo por el estilo. Aquello me desarmó. Yo no era hombre capaz de enfrentarse a estas situaciones. Dije que sí y ella me ordenó ponerme de perfil. Fueron apenas un par de minutos. Desde luego era mi perfil y estaba muy bien. Lo recortó y enmarcó en un marco de plástico, muy barato. Lo envolvió para regalo. Me lo entregó y sonriente me dijo que me rebajaba unos francos. Una miseria. Me escapé casi corriendo. La cólera me brotaba como fuego de los ojos. Aquella maldita arpía me había privado de una buena cena. Me había descubierto al primer vistazo. Yo era una víctima fácil.

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No tuve suerte con la visita al Museo Picasso. Estaba cerrado, bien porque estuvieran de obras o porque fuera el día de descanso. Se trataba de una casita vieja y sin nada destacable. Allí había vivido Picasso su etapa bohemia a principios de siglo. Conocía bien esta etapa de su vida porque unos meses antes había leído una excelente biografía, de la que ahora no puedo dar los datos porque debió perderse en una de las innumerables mudanzas que he tenido a lo largo de mi vida… Decidí bajar de Monmartre y tomar el metro hasta Notre Dame. Pensaba dedicar la tarde a esa obra maestra del gótico y de paso conocer un poco “Le Quartier latin”, el barrio latino y la Sorbona. Ya era tarde por lo que ni me molesté en hallar un bistrot para comer. Aparte de que con la tontería que había hecho, pagando aquella cantidad por una simple cartulina, era preciso controlar la cartera… Decidí introducirme en el barrio latino y buscar un lugar donde agenciarme un bocata barato. Por suerte en aquel laberinto de callejuelas estrechas no tuve que andar mucho para encontrarme con un árabe que vendía bocatas con un carrito. Me hice servir una de esas barras de pan francesas, largas y delgadas como un palillo, rellena de atún con pimientos morrones. El precio era una ganga, comparado con lo que costaba una simple cerveza en un bistrot. La devoré en un santiamén, como aquejado por un hambre canina y aún me quedé apañando migas con la lengua. Mi estómago pedía más, pero al menos aquel día no iba a morirme de hambre…”Notre Dame” me entusiasmó. Recorriendo la catedral recordé mi lectura del Jorobado de Notre Dame de Victor Hugo. Dediqué el resto de la tarde a su interior y a un paseo sin prisas por las orillas del Sena. Cayó la noche y contemplé con envidia a los turistas más pudientes que viajaban a bordo de los “Bateaux mouches” por el río, cenando, tomando una copa, oyendo música y contemplando París sin prisas. Como sucede con todo en la vida cada uno cuenta la feria según le va en ella. Yo la cuento desde la orilla del Sena, donde los clochards se preparaban para pasar la noche. Los turistas de lujo tendrán otra historia, pero ésta es una historia de un proletario…

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Aquella noche descubrí que los franceses se iban a la cama un pasito por delante de las gallinas y que el metro dejaba de funcionar muy pronto. Aquella fue una lección que no olvidaría. Tuve que regresar andando, siguiendo la orilla del Sena para no perderme. Descubrí que el museo del Louvre no estaba lejos, lo mismo que La tumba al soldado desconocido, La Tour Eiffel o Les champs Elisées…No estaba lejos en metro, andando me llevó unas cuantas horas. Claro que la noche de verano era clara, estrellada y muy agradable de pasear. Llegué al hotel muy tarde. Marie no estaba (no podía estar todo el día y toda la noche en recepción solo para que yo pudiera contemplarla). Me duché, me acosté y leí un rato, con música clásica de fondo, para encontrar el sueño, que se negaba a venir debido al cansancio de la caminata… Los siguientes días los dediqué a visitar el centro. Solo el museo del Louvre me llevó un día entero. Aquello era una orgía de belleza. No quería perderme nada, pero a pesar del paso ligero que llevaba al atravesar algunas salas tuve que centrarme en lo que más me interesaba, porque me hubiera perdido durante años en sus pasillos y salas sin poder ver todo con el detenimiento que mi espíritu ávido me imploraba…Me acostumbré a no regresar al hotel hasta la noche. Comía bocatas en los puestos de los árabes, muy baratos y abundantes para lo que se estilaba en París (que no es precisamente Madrid a la hora de comer). Echaba mucho de menos a Marie, pero hubiera sido una tontería regresar al hotel solo para verla a ella. Al salir por la mañana, más bien tarde (prefería perderme el desayuno que madrugar) ella nunca dejaba de mirarme, de sonreírme y de preguntarme con su deliciosa vocecita: ” ¿Tout va bien, Monsieur Seság? Yo respondía: “Tres bien, Marie, todo perfecto”. Aunque en realidad la perfección estaba lejos de aquellos días de turista de a pie en París. Todo era muy caro. No podía hablar con nadie porque mi francés les resultaba indescifrable y la soledad estaba haciendo mella profunda en mi alma… Tal vez fuera la soledad, ese no cambiar ni una sola palabra con nadie durante horas y horas días y días, lo que me convenció de que yo estaba plenamente enamorado de Marie. Hoy me resulta una tontería tan monumental como la que hizo el que asó la manteca,, pero para un joven convencerse de estar enamorado de una criatura casi divina es tan fácil como convencerse de que es de día al ver el sol en lo alto. No dejaba de pensar en ella y la esperanza iba creciendo conforme mis pies iban perdiendo tierra. Imaginé la forma de expresarle mis sentimientos y se me ocurrió escribir un poema maravilloso, donde cada verso fuera un canto a su belleza y una expresión profunda del amor que embargaba mi corazón…

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Un día, ya muy cansado de tanto patearme París, de acá para allá, regresé para echarme la siesta, descansar un poco y dispuesto a dedicar la noche a una visita a la calle parisina de las putas. Pigalle era para mi un nombre mítico después de leer a Henry Miller. Me había hecho una idea desmesurada de lo que podía encontrarme… Marie se sorprendió de verme y yo tuve que explicar que me sentía muy cansado. Ella me dio un poco de cháchara. Me preguntó cómo era posible que pudiera aguantar tantos días solo, sin hablar con nadie. ¿No tenía novia? ¿No se me había ocurrido venir con un amigo o un familiar? Me mordí por dentro. No podía comentar a aquella deliciosa francesita lo terriblemente solo que me sentía. Que no tenía novia, ni casi amigos, y que mi vida era la soledad más profunda, una mierda solitaria en una calle de mucho tránsito. Esto me haría desmerecer ante sus ojos. Preferí explicar que nadie estaba dispuesto a gastarse tanto dinero en una visita a París. Yo en cambio adoraba aquella ciudad, plena de recuerdos literarios y artísticos. Su sonrisa se hizo más luminosa. Su imagen flotaba ante mi, todo alegría y belleza. Al llegar a mi cuarto recordé la expresión de su rostro y su voz al decirme aquello de « ¿Tout va bien, Monsieur Seság? “. Me derretía de amor por ella, por la dulce Marie. Tomé el cuaderno y el bolígrafo, que ya por entonces no me abandonaban casi nunca y escribí un largo poema, de un tirón. Lo hice apasionadamente, casi con frenesí, sin un momento para el respiro. Era consciente de que estaba quemando mis naves y de que después de aquello ya no podríamos ser ni amigos. Era el todo o nada. No conservo aquel poema, como no conservo otros muchos dedicados a mujeres. Lo mismo que me sucedió con el poema a Laurence, otra dulce francesita, mis versos, donde iba mi corazón, eran solo para ellas y para nadie más. Si lo deseaban podían tirarlo a la papelera o no leerlo o publicarlo o enseñárselo a sus amigas para que se rieran un poco. No importaba, puesto que era un regalo en exclusiva, puesto que mi corazón no podría amar nunca más a otra mujer… Eso me impide acompañar este relato con los versos, como hice con otras mujeres. El poema a Marie se perdió para siempre, permanece en la nada más absoluta. No recuerdo ni uno solo de sus versos. No recuerdo nada, excepto la sensación de que no había logrado expresar lo que quería: todo mi amor. Creo que no era un buen poema, pero tampoco debió ser muy malo puesto que en él latía mi pasión más delirante… Se lo dediqué con palabras apasionadas y humildes. Yo no era digno de ella y lo sabía, pero aún así me atrevía a dedicarle aquellos versos, que cantaban su divina belleza. Le decía también que no había dejado copia, que aquel poema era para ella y solo para ella. Si algún día me convertía en un gran poeta, en un genial escritor, ella podría enseñárselo con orgullo a quien quisiera. Y si nunca lograba pasar del anonimato al menos tendría el corazón de un españolito que quedó para siempre prendado de su belleza. Así era yo de joven y así soy ahora. Todo un universo entre dos “yoes”.

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Aquella noche visité Pigalle. No era el momento más oportuno tras mi efusión amorosa con Marie, pero tenía perfectamente milimetrada mi estancia en París y si no visitaba aquella noche el barrio de las putas nunca más lo visitaría. Mi interés era puramente literario. Gastarme dinero en una puta era condenarme a una semana de hambre, por lo menos…Debo decir que Pigalle me decepcionó terriblemente. Se trataba de una calle muy corta y sin nada digno de destacar. A no ser el cementerio de Le Pere Lachaise (creo recordar que estaba cerca) donde tantos escritores y gente famosa estaba enterrada. Eso sí, la calle estaba llena de puticlubs o salones, uno detrás de otro y en la puerta de cada uno de ellos un matón que te chistaba y te ofrecía una entrada gratis, sin derecho a consumición, por supuesto. Te hablaban en francés y si hacías gestos de no entender pasaban al inglés, al alemán, al italiano y finalmente al español. No había muchas putas en la acera, todas estaban recogiditas en el interior. Pero las que se mostraban a las puertas, charlando con el matón o con algún cliente conocido, me parecieron muy atractivas. Las calles estaban desiertas, todo París estaba dormido. A las once o doce de la noche París era una tumba. Algo que me sorprendió mucho. No imaginaba que una gran ciudad como aquella no tuviera vida nocturna. Y sin embargo así era. Antes de regresar al hotel eché un vistazo desde lejos al cementerio, prometiéndome visitarlo de día si me sobraba tiempo. Por el camino, solitario, iba pensando en Marie y en que mañana, sin falta, le entregaría el poema que no pude darle al salir puesto que rara vez ella trabajaba de tarde y mucho menos de noche. Si no me hacía caso desearía la muerte… y puede que lo consiguiera. Un infarto de amor y al cementerio del Père Lachaise. Allí estaría muy a gusto entre tantos escritores y artistas. Una tumba anónima. Solo Marie sabría que había muerto por ella. El romanticismo de la juventud no tiene límites, sobre todo cuando eres un cándido pichón, ignorante de la vida y de la maldad que late en cada vena de esta vieja meretriz que es la vida. Fue un regreso triste, casi desesperado, pero entonces aún creía que si uno deseaba algo con la suficiente fuerza llegaría a conseguirlo. Las estrellas en el cielo me decían que sí, que así era y yo, ¡ingenuo de mi! Me lo creía…

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A la mañana siguiente me desperté temprano y decidí darme una ducha de agua fría. Necesitaba estar despejado (no solía desprenderme de los vapores del sueño hasta pasado el mediodía) para controlar al máximo el momento que iba a vivir. Para mí era muy importante (el amor siempre fue lo más importante en mi vida, incluso de niño, cuando creía no saber qué era eso). A pesar de ello las manos me temblaban y las piernas se doblaban al bajar por la escalera… Ella estaba en recepción. “Bon jour Monsieur Seság. ¿Hoy va a desayunar?”. Resulta curioso cómo en los momentos más románticos de la vida uno no pierde el pragmatismo más elemental. De haber tenido la seguridad de que ella se echaría en mis brazos, besándome con pasión y diciéndome que sí, que ella también me amaba y que pasaríamos juntos el resto de nuestras vidas… entonces ni se me hubiera pasado por la cabeza desayunar antes. Pero era seguro que la entrega del poema no cambiaría en nada mi triste y solitaria vida. Así que decidí aprovechar el madrugón y embutirme de croissan, café con leche, mermelada, mantequilla y lo que hubiera a mano. En París yo estaba pasando mucha hambre, a pesar de los bocatas de los árabes y eso es algo que llevo muy mal…Desayuné sin prisa, observé que nadie molestaba a Marie en recepción y me levanté, dirigiéndome hacia ella a velocidad de crucero. Deseaba terminar cuanto antes lo que había decidido hacer, así cayera el cielo sobre mi cabeza…Alargué el sobre: “Pour vous, Marie. Espero que le guste”// ¿Qué es, Monsieur Seság?//Un poema// ¡Oh, Monsieur Seság. Es usted muy amable. Nunca me han regalado un poema. ¡Qué bonito!… Rasgó el sobre con el membrete del hotel en el que yo había introducido las dos o tres hojas de cuaderno, manuscritas, y se dispuso a leerlo. Pretexto tener mucha prisa y salí corriendo, literalmente. No hubiera soportado su lectura sin desmayarme….Aquel día puede que visitara la Tour Eiffel (la estaban pintando y solo pude llegar al restaurante, no hasta el final) o que me fuera al Jeu de Paumes, el museo de los impresionistas o tal vez al Centre Pompidou ( un feo edificio diseñado con tuberías, pero en cuyo interior encontré un universo de belleza). No lo recuerdo, pero lo que sí es seguro es que me pasé las horas imaginando la cara de Marie y lo que pensaría y sus sentimientos y qué haría si ella se mostraba cariñosa y cómo reaccionaría si ella me invitaba a compartir su lecho y… El romanticismo es pura imaginación y yo tenía tanta que la transpiraba al sudar…

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Esa noche, al llegar, creí notar risitas en los dos jóvenes de raza árabe que acostumbraban a atender la recepción por las noches. Supuse que hablarían de sus cosas o tal vez se cachondearan de mi pronunciación. No le di demasiada importancia. Puse la radio y escuché durante unos minutos las noticias de Radio France Internacional. No quería que mi cabeza estuviera vacía o se llenaría de Marie. Decidí leer mi novelita policiaca mientras escuchaba un poco de música clásica. Pero tuve que leer tres veces la misma página porque no me enteraba de nada. Marie rondaba dentro de mi cráneo, vestida, desnuda, callada, parlanchina. Las situaciones imaginarias se sucedían unas tras otra y todas románticas, cargadas de erotismo y sensualidad. Desde luego es mucho más fácil vivir con un sueño que con la realidad…Fue una noche agotadora, a un sueño agradable sucedía una pesadilla terrible (suelo recordar muchos de mis sueños). Debí despertarme tarde. Me duché, me puse mis mejores galas (una camisa a rayas y mi mejor pantalón). Limpié los zapatos y me rocié con medio frasco de Varon Dandy. Entonces afronté el mal trago….La hermosa y dulce francesita continuaba tras el mostrador de recepción, como si nunca se hubiera movido de allí. Me acerqué como si tal cosa. La saludaría y esperaría su reacción. Si no reaccionaba me largaría con viento fresco (destrozado el corazón pero con viento fresco)…¿Monsieur Seság? Quiero agradecerle su poema. Nunca me habían escrito algo tan bonito. ¡Qué detalle más encantador! Sin embargo me gustaría hablarle como una amiga. Verá. A veces los hombres se hacen ilusiones conmigo. No es que me considere hermosa, pero usted ya sabe… una francesita, sola, y con la fama que tenemos las francesitas…¡Oh lala! No se vaya a pensar que por haberme escrito estos versos tan bonitos me voy a acostar con usted. Ha sido un detalle, pero yo decido sobre mi vida. ¿Usted me entiende?…¡Claro que la entendía! Yo no pedía, de momento, sino un paso en el camino de la amistad. Luego Dios diría. Creo que me expresé con discreción. Quedamos como buenos amigos y ella quiso saber qué planes tenía para ese día. Le enseñé mi guía de la American Express, donde había subrayado los monumentos y el itinerario en el mapa. Me hizo varias recomendaciones, alabando mi buen gusto y mi cultura. Y así quedó la cosa….

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Mis itinerarios por París fueron intensos y agotadores. Ahora mismo no podría recordar cada uno de ellos, aunque sí lo que vi y lo que no vi. El Centro Pompidou me decepcionó por fuera (el diseño de tuberías no me gustó, ahora a lo mejor sí) y sin embargo me encantó por dentro. Salas de exposiciones, salas de conciertos, salas de video….. Belleza por doquier. En la gran plazoleta mimos, jóvenes tocando la flauta, teatro callejero, un hormiguero de gente disfrutando de la vida. La visita al museo del Louvre me llevó todo un día, con apenas media hora para comerme un bocata. ….El tiempo pasó en un santiamén, disfrutando de tanta belleza. Iba como alelado, con la boca abierta, en un nirvana permanente. Pero tuve que acelera el ritmo. Al menos deseaba ver lo más importante, incluidas las estatuas griegas y los sótanos. Salí de allí con la cabeza caliente y los pies fríos. El corazón rebosando placer por tanta belleza y deseando quedarme a vivir allí… Una tarde asistí a un concierto en una iglesia, obras del barroco, Vivaldi, Haendel… Una delicia. 

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Al salir el metro había cerrado y tuve que tomar un taxi. Una ruina. Aprendí la lección. París de noche es un cementerio y no precisamente el del “pere Lechaise”. El museo de los impresionistas, el Jeu de paumes, fue otra experiencia casi divina…Me acerqué al café de los existencialistas y no quise tomar nada por miedo a quedarme en bancarrota. Me pareció un café como cualquier otro, solo que allí habían charlado genios: es el hombre el que santifica los lugares y no los lugares los que santifican al hombre…Fui dejando para el final lo que más me iba a costar: la visita a las fueras, Versalles, Fontainebleau y lo que cayera. Y sobre todo una noche en el Moulin Rouge, con su botellita de champagne y sus bellezas bailando el cancán (creo que Norma Duval aún no estaba por allí, soy más viejo que ella). París era una fiesta para mí y todo era maravilloso… menos la soledad y menos el dolor que me producía mi relación con Marie…

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Sí, porque estas cosas del amor nunca dejan frío a nadie. Los sentimientos pueden ser encontrados, pero siempre intensos. Una relación amorosa que se desarrolla delante de nuestras narices, un intento de seducción, el vuelo en el aire del moscardón del amor, todo genera respuestas intensas. Unos reaccionan con morbo, otros con interés paternal, algunos con envidia, unos cuantos con cinismo, etc… A la mañana siguiente de entregarle la carta a Marie fui a desayunar y todo el mundo parecía saber en el hotel que un servidor estaba por los huesos de Marie, por sus prietas carnes y lo que es peor, por lo mejor y lo más profundo de su alma…Eso no suele perdonarse nunca. La patrona me miraba con ojillos curiosos y comentaba con otros huéspedes en francés o en otras lenguas cosas que yo no podía entender, pero que sin embargo captaba en sus manifestaciones. Es decir, si un matrimonio alemán volvía la cabeza hacia mí, después de haber hablado con la patrona, y me sonreía con complicidad, como diciendo aquello de ” juventud divino tesoro”, solo que en alemán, que suena raro, muy raro; entonces yo pensaba, otros que lo saben…

 

Quien más me molestaba era la patrona, que con sus ojillos me miraba como con envidia, como diciéndose, “si yo te pillara, jovencito”, al tiempo que también decía: “¡qué desvergonzado!, tirarle los tejos a una de mis empleadas y sin permiso…Llegué a odiar profundamente a aquella matrona francesa, mayorcita y de mal ver y peor palpar. En España me hubiera pasado tres cuartos de lo mismo. Solo que la patrona se hubiera acercado y sin miramientos me hubiera soltado toda una parrafada y no me hubiera dejado en paz durante toda mi estancia. Pero los franceses son más discretos para estas cosas, más “comme il faut”…

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MARIE I


RELATOS AUTOBIOGRÁFICOS

HISTORIAS DE MUJERES

Marie

MARIE

NOTA INTRODUCTORIA/ Este relato tiene ya muchos, muchos años, no tanto como los hechos que lo inspiraron. Entonces yo era muy joven, muy enamoradizo, muy platónico y quería perder la virginidad a cualquier precio. Había estado internado en un colegio religioso hasta los dieciocho años y eso me había marcado en mi relación con las mujeres, la timidez congénita se había convertido en auténtico miedo y no era capaz de relacionarme con ellas con naturalidad. No recuerdo muy bien si aquel viaje a París, que había programado con tanto mimo, ahorrando todos los meses para permitirme el “lujazo”, en aquellos tiempos de francos y pesetas, de concederme unas vacaciones parisienses de quince días, fue antes o después del gravísimo intento de suicidio que marcaría mi vida. Tengo la sensación de que tuvo que ser antes porque a consecuencia de aquello estuve internado en un centro psiquiátrico más de un año y no creo que pudiera ni plantearme el viaje a París. Antes, en las primeras vacaciones que tuve como funcionario, también me di el “lujazo” de viajar por toda España en tren, visitando a aquellas chicas que me habían escrito tras poner una breve y curiosa carta en la revista Diez Minutos de la época solicitando amistad, especialmente de mujeres. Recibí más de quinientas cartas, la mayoría de mujeres, a las que contesté religiosamente una por una, de forma manuscrita, pero solo mantuve correspondencia con aquellas que me habían mandado fotografía o cuyas cartas eran muy cariñosas o se deducía de ellas una cultura y una sensibilidad poco comunes. Tras aquel extraño viaje a ninguna parte, tenía que cumplir uno de mis sueños, conocer el París de mis escritores favoritos de aquella época, Balzac, Henry Miller y la generación perdida, pintores como Picasso y compañía, músicos como Berlioz. París era para mí la capital de la cultura y aunque aquellas vacaciones me arruinaran -los últimos días acabé comiendo bocatas de atún y pimiento en el barrio latino- merecían la pena. A pesar de mi clara enfermedad mental que ya comenzaba a manifestarse, tuve la prudencia de pagar el hotel por anticipado en la agencia de viajes y de llevar cheques de viajes para irlos haciendo efectivos poco a poco, según las necesidades. Había pagado también el tren de vuelta y gracias a ello no me quedé en París, como un clochard, durmiendo en los bancos, porque al llegar a Madrid solo me quedaban en los bolsillos algunos francos que había decidido conservar como recuerdo. Marie era la recepcionista del hotel y una chica preciosa, deliciosa, maravillosa, el ideal de francesita y parisiense que yo llevaba en la cabeza. Me enamoré de ella como antes me había enamorado de Victoria y de toda aquella chica o mujer que se cruzaba en mi camino. Aquellos eran otros tiempos, que parecen muy lejanos e incomprensibles. La situación de la mujer era inaudita e incomprensible para los tiempos actuales, que siguen sin ser los mejores. Uno se puede hacer una idea de cómo estaba la mujer viendo cómo está ahora y sabiendo que por muy mal que esté actualmente, que lo está, entonces estaba peor, mucho peor. La mujer francesa, como todo lo europeo, era un mito para el españolito que luego visitaría Biarritz en manada para ver el Ultimo tango en París y otras películas atrevidas que era inimaginable ver aquí. Mi estancia en aquel París, tal vez del año 1979 o 1980 como mucho, dejaría en mí un recuerdo inolvidable, pero Marie fue algo muy especial. Tuve el atrevimiento de escribirle un poema manuscrito -entonces escribía poemas a todas las mujeres- y dárselo con el rostro arrebolado de vergüenza, ella hablaba español perfectamente y lo aceptó con una sonrisa entre tierna y burlona. No tuve la precaución, como haría con otros poemas dedicados a mujeres en aquella época, de hacer una copia para mí, pensando que era un regalo único para ellas y como tal no podía haber copias. Es una pena que no lo hiciera, como con el poema dedicado a Victoria, o tantos otros, porque seguramente ahora los podría leer entre risas y enternecimientos por el joven romántico que era entonces. Tardaría algunos años, no demasiados, en escribir este relato, así como otros, autobiográficos y dedicados a mujeres, que formarán parte de esta serie de relatos autobiográficos.

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MARIE

Mis planes vacacionales para los primeros años de currante eran muy concretos: conocer España con la disculpa de visitar a los amigos epistolares o al revés y una larga estancia en París-París mon amour o París-La France. Ya he contado esas primeras vacaciones. En cuanto a las segundas tuvieron que esperar un poco, hasta lograr ahorrar lo imprescindible y un pico más…No recuerdo exactamente el año, aunque teniendo en cuenta lo que me gastaba por entonces en libros, en discos en el Corte Inglés (me compré las sinfonías completas de Gustav Mahler y todas las óperas de Wagner, un pastón, oiga) o en una tienda de La Gran Vía, creo que se llamaba Movieplay, aunque no estoy seguro (allí compré todo lo que encontré de cantautores españoles, de Victor Jara y Ataulpha Yupanqui y de música celta), aparte del dinerillo que se llevaba el cine (¿se llamaban Alphaville los minicines de Plaza España?) y los estrenos teatrales, no creo que ahorrara mucho los dos o tres primeros años…Mi obsesión por París procedía de dos frentes: el literario(De Balzac a Henry Miller) y artístico y el erótico (Brigitte Bardot, Jeanne Moreau, Anna Karina y las musas de la nouvelle vague, aparte de la fama de las francesitas de a pie, sin olvidar que los niños, para los de mi generación, procedían de París). Para mi la capital de Francia era la capital del mundo de la cultura, que a mi juicio no había sido desplazada aún por Nueva York –sabía poco de New York- y pensaba, no sin razón, que cada paso por las calles de aquella ciudad me recordaría algún paisaje de alguna novela o hecho artístico (Picasso y los cubistas, los surrealistas de Bretón, Dalí y Buñuel, etc)….Por otro lado, aunque mi francés hablado era detestable –leía muy bien a los clásicos en esa lengua- fantaseaba con francesitas que se te arrojaban encima en cuanto te veían. Esta forma de pensar no era tan disparatada como pudiera parecer hoy en día, los jóvenes de mi generación creíamos a pies juntillas en que las suecas y las francesas se acostaban con el primero que encontraban en la calle… No es de extrañar que el jovencito que yo era soñara con París y planificara unas vacaciones de soltero en aquella ciudad. Primero pensé en un mes y luego recorté a quince días, cuando el dinero no llegaba ni a la de tres. Recuerdo muy bien que llegué a las 150.000 pts de las de entonces y aún así tuve dificultades los últimos días como ya se verá….

Programé mi viaje a París con la meticulosidad exhaustiva de un neurótico (lo que entonces era y sigo siendo). Era consciente, conociéndome como me conocía, de la posibilidad de quedarme en París como un clochard desesperado. Un billete de ida tan solo, me hubiera puesto en serias dificultades, puesto que si algo muy atractivo se cruzaba por medio –y se iban a cruzar muchas cosas atractivas- me olvidaría de reservar dinero para el billete de vuelta. No en vano París era la capital con más estímulos culturales del mundo y para mi solo un estímulo tenía más atractivo que el cultural, el erótico-amoroso. Por eso en la agencia de viajes insistí en que el billete fuera de ida y vuelta. Por mucha hambre que pasara -nadie se muere por unos cuantos días sin comer- al menos el regreso estaría asegurado…. Reservé un hotel de dos o tres estrellas, no recuerdo, en la zona de Montmartre, para quince días, y el resto del dinero que pensaba emplear en las vacaciones más despilfarradoras de mi vida, me aconsejaron lo pusiera en cheques de viaje, más difíciles de robar y que podía canjear sin dificultad en dinero efectivo en cualquier sitio, incluido el propio hotel… Me hice con una guía de París de la American Exprés, que aún conservo, y en ella subrayé todos los itinerarios posibles hasta completar quince días. Elegí esta guía porque la American Exprés me recordaba a Henry Miller. A través de sus sucursales mi admirado maestro recibía el poco o mucho dinero que podía enviarle su mujer June o sus amigos…. Había pensado empezar por Montmarte, que era lo que tenía más cerca, le Sacre Coeur, la casa de Picasso, etc y luego patearía el centro hasta cansarme: la tour Eiffiel, el museo del Jeu de Paumes, donde estaban los impresionistas, el museo del Louvre, le quartier latin, Notre Dame, etc. Etc. París era un mundo inagotable…. Iba a ir solo. No tenía novia, ni amiga que aceptara compartir semejante aventura (alguna amiga por correspondencia me quedaba, pero el viaje era muy caro y yo no podía invitarlas, aunque hubiera aceptado reducir mi estancia si me acompañaban unos días) ni amigos dispuestos a gastarse un pastón por probar una aventura francesa…Me compré una maleta nueva, no muy grande, y en ella introduje lo esencial: varias mudas de ropa interior –no pensaba lavar nada- dos camisas, dos pantalones, un jersey, por si el tiempo empeoraba (era agosto); calcetines y un anorak ligero por si llovía. Doblé la ropa como Dios me dio a entender y la introduje en la maleta a presión. Escogí unos libros, para matar el tiempo en el viaje, y me hice con un cuaderno nuevo y un par de bolígrafos, con intención de contar mis impresiones de la Metrópolis.

Preparé unos bocatas para el viaje, seguro que de tortilla de patata, atún con pimientos, jamón, queso y chorizo. Llamé a un taxi y me planté con tiempo sobrado en la estación de Atocha, dispuesto a tomar el expreso, con literas, que me llevaría hasta París; tras una parada en Hendaya para cuestiones aduaneras y cambio de vía (creo que las vías francesas eran más anchas o más estrechas, me hago un lío con el recuerdo). Iba a ser más largo que un día sin pan, pero yo llevaba bocatas suficientes y lectura sobrada, hasta para un lector compulsivo como yo…Odio las colas, la subida a los trenes, los aviones, los autobuses, la burocracia, pero todo termina en esta vida, hasta lo malo. Por fin me vi instalado en mi camarote de los hermanos Marx (aunque el compartimento era de cuatro plazas, yo imaginaba a todo un ejercito entrando y poniéndose unos encima de otros), tales eran los efectos delirantes de mi timidez enfermiza y esa especie de fobia que se agudizaría con los años a las aglomeraciones, las masas y las reuniones con desconocidos… Cuando ya creía que el destino me iba a deparar un viaje solitario dos damas abrieron la puerta, me miraron como si sintieran la misma decepción que yo y preguntaron si ese era el compartimento X. Por desgracia así era. Entraron con una maletita y dos bolsas de viaje y se acomodaron frente a mí. Yo me refugié en la lectura (posiblemente una novela negra de Chandler, Hammet o Thompson, de editorial Bruguera, libro de bolsillo, serie negra, que yo compraba todas las semanas religiosamente en un kiosko de Argüelles) para obviar los balbuceos y ese toma y daca de las primeras palabras intercambiadas entre desconocidos, que tanto odio…Pero no pude evitar echar miraditas disimuladas en dirección a las damas que iban a ser mi compañía hasta París. Como después me enteré, aunque saltaba a la vista, se trataba de madre e hija. La última no tendría más allá de 18 o 20 años. Era delgadita, como las modelos actuales, alta, con una cara muy agraciada y unos ojitos a tener en cuenta, aunque sus modales me parecieron bastante pijos, como de clase media-alta (yo era un proletario hijo de minero asturiano y a mucha honra). La madre tendría los cuarenta, si es que los había cumplido y su belleza madura era una copia casi exacta de la de la hija, solo que con veinte años más. Las dos me resultaron muy atractivas, aunque un tanto gazmoñas, un tanto pijas y poco cultas (algo que pensaba sería un tormento en un viaje tan largo)…

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El traqueteo del tren al salir de la estación y el atractivo de las dos damas, que me obligaba a desviar la vista del libro, hizo que clavara la vista en el libro solo para disimular. En realidad mi fantasía había tomado las riendas y me conducía en dirección al estímulo más potente. Sin poder evitarlo fantaseé sobre un “menage a trois” con aquellas dos damas que estaban muy lejos de imaginar lo que tramaba mi mente. Por aquel entonces yo aún no me había liberado de los resabios de mi educación represiva en el colegio de frailes. A pesar de que mis ideas eran completamente distintas de las del estudiante, casi ermitaño, que había sido, una pulsión subconsciente me obligó a detener la fantasía. Yo era un guarro por pensar que una mujer casada, madre de una preciosa hija, podía acabar entre los brazos de un hombre y menos de un hombre como yo, por muy joven que fuera. En cuanto a la hija, puede que necesitara una lección erótica y cuanto antes, pero era muy libre de elegir con quién, y yo no era precisamente su tipo…Aunque mis pensamientos no las hacían el menor daño, estaba demasiado acostumbrado a pensar según las normas estrictas del internado: No aceptarás pensamientos, ni cometerás actos impuros. Sí, hasta pensar en el sexo era pecado. Bueno, decidí, es tontería dejarse llevar por semejantes fantasías. Por otro lado mi timidez me impedirá una relación con ellas mínimamente cortés y no digamos la posibilidad de una amistad, aunque fuera tan superficial como acostumbran a serlo esta clase de relaciones en nuestra sociedad… Ya fuera de Madrid y a velocidad de crucero me abismé en la lectura y me olvidé de ellas. Trataron de ser amables e hicieron un par de intentos por entablar una conversación cortés, pero yo respondí con monosílabos y me dejaron en paz…De momento, porque un viaje tan largo es una fuerte tentación hasta para un mudo. Ellas insistieron y yo cedí por cansancio y un poco por gusto. Hablé de mi viaje vacacional a París y ellas me hablaron de su viaje relámpago, tres días, para combatir el aburrimiento mientras esperaban que su marido y padre pudiera iniciar las vacaciones… Hablamos de esto y de aquello y de pronto me vi libre de la timidez y en mi elemento hablando de los recuerdos literarios, pictóricos, musicales y culturales que me traería París. Entonces, como ahora, y espero que como siempre, platicar de cultura atenúa mi timidez y termina con mis fobias y manías. Lo malo es que ellas no estaban muy por la labor. No eran muy cultas y pronto se cansaron. A cambio la madre me habló de su vida madrileña y de todas las preocupaciones que tiene un ama de casa, aunque no sea proletaria. La hija me miraba sonriente y un poco cautivada por mi cultura. A pesar de ello yo seguía pensando que era un poco pija y que en realidad disimulaba el rechazo que le producía un proletario como yo, aunque hubiera leído cientos de libros… Iba a ser un viaje muy largo, así que decidí dejarme de tonterías y aprovechar la oportunidad de charlar con alguien. Terminado el viaje, si te he visto, no me acuerdo. Es cosa común que en los viajes uno confiese a sus compañeros hasta las cosas más íntimas, hay que pasar el tiempo, y después todo se olvida, porque ya nunca nos volveremos a ver….

Desde luego nada como los viajes largos y recogidos (el tren es el mejor formato) para conocer a tus semejantes y comunicarte con ellos, sin las inhibiciones y normas con que nos encontramos en la vida cotidiana. Si todos hiciéramos un viaje en tren, de un par de días al mes, con las personas de nuestro entorno, compañeros de trabajo, vecinos, familiares, etc la verdad es que nos llevaríamos mejor con todo el mundo. Claro que estoy hablando de otros tiempos, ahora con los móviles, los Mp3, los artilugios virtuales portátiles y la prisa que todos llevamos en el alma, no sería fácil la comunicación… Lo cierto que eran otros tiempos y un viaje de tantas horas obligaba a la comunicación. Descubrí que no eran tan pijas como me parecían, ni de clase tan alta y que, aunque no tuvieran mucha cultura, sí se podía hablar con ellas… Yo utilicé lo mejor de mí mismo, la cultura, el conocimiento, la capacidad para expresarme, para causar buena impresión, ocultar mi timidez y mis complejos y sobre todo para vencer el miedo que me producía mi pronunciada misantropía y una especie de fobia social que se iba apoderando de mi conducta…Llegamos a Hendaya y hubo que esperar varias horas, para que los aduaneros se cercioraran de que no llevábamos la casa a cuestas, como el caracol. También era preciso cambiar de vía, de ancha a estrecha o al revés (que son muchos los años transcurridos) por lo que la demora se hizo eterna…Cuando por fin nos deslizamos por territorio francés ya era muy tarde. Nos preparamos para acostarnos en las literas. Las damas se fueron al servicio para ponerse su ropa de dormir y yo me quité los zapatos y los calcetines y me acosté tal como iba vestido (me daba vergüenza que ellas me vieran en pijama). Nos deseamos buenas noches y apagamos las luces. Me costó dormirme, pensando que iba con dos fermosas damas en el mismo compartimento, y pensando en otras muchas cosas, que la conversación con ellas había traído a mi memoria y a mis nervios…A pesar de mi juventud ya tenía ideas muy macabras, tales como que nunca encontraría el amor de mi vida, que la sociedad era una auténtica mierda, que yo estaba loco pero los demás como auténticas cabras, que ya podía la naturaleza haberme dado un sistema nervioso más sólido y que mi estancia en el colegio religioso no solo no me había preparado para la vida moderna, sino que iba a ser una rémora imposible de vencer…Cuando el cansancio pudo conmigo imagino que roncaría con ganas, como casi siempre, y los sueños traquetearon como el tren, de las damas a mis problemas cotidianos y de éstos a un enrevesamiento surrealista y daliniano de imágenes sin sentido….

 

Me desperté un montón de veces y me volví a dormir por puro agotamiento. Por la mañana las damas se levantaron, se asearon, recogieron y ordenaron la litera y me invitaron a desayunar. Yo me disculpé, primero porque por las mañanas soy un zombi y no se puede hablar conmigo y segundo, porque llevaba el dinero justo y no podía permitirme el lujo de invitar a las damas. La noche anterior también me habían invitado a cenar en el vagón-restaurante, invitación que tuve que declinar a mi pesar, por las mismas razones…Me había comido mis bocadillos con apetito voraz y placer casi carnal mientras ellas cenaban con cubiertos, atendidas por camareros siempre politicamente correctos (a menudo lo son demasiado)…Ellas volvieron del desayuno e intentaron darle a la sin hueso, pero yo me hice el dormido…Entramos a París y ellas me propusieron compartir taxi, nos saldría más barato y nos dejaría de camino a unas u a otro, según fuera el recorrido. Acepté y entramos en la estación de Austerlitz, donde reinaba un silencio que se me hizo muy sospechoso. ¿Habría ocurrido algo? En aquellos momentos yo ignoraba que el europeo era otra cosa. Los franceses apenas movían los labios al hablar e incluso en el metro no te enterabas de sus conversaciones, aunque estuvieras codo con codo (no solo por el idioma, sino que hablaban tan bajo que uno se preguntaba cómo podían oírse). La estación parecía un cementerio y si de vez en cuando se oía un grito, una risa o una conversación en voz alta podías jurar que era un español o un mediterráneo…Me sentí apabullado. Tomamos un taxi y como mi hotel quedaba primero me tuve que despedir yo de las damas, que bajaron del taxi, me besaron en las mejillas muy cariñosamente, me dieron su dirección y teléfono en una tarjeta y yo tuve que darles también mi dirección. Prometieron que me escribirían o me mandarían alguna postal ese verano, porque además de la corta visita a París pensaban visitar Italia, Roma y Venecia seguro, tal vez Florencia y tal vez Austria…Yo me sentía mal, malhumorado y rabioso. Por el cansancio del viaje, porque me quedaba solo en París, porque por las mañanas siempre estoy de malhumor y porque no estaba tratando bien a las damas, que se mostraban de un cariñoso que yo no merecía…Sentí alivio cuando el taxi arrancó y yo me dirigí al hotel, maleta en mano….

Recuerdo que el hotel estaba en pleno barrio de Montmartre. No recuerdo el nombre de la calle, aunque sí que estaba cerca de una avenida con reminiscencias de Balzac, puede que fuera el boulevard des Grandes Augustins o tal vez el boulevard Rochechouard. La calle parecía muy normalita y el hotel por fuera no parecía gran cosa, pero por dentro resultó que era un buen hotel francés de tres estrellas…Con la maleta a cuestas, ojeras, cara de cansancio infinito y un malhumor cercano a la cólera (una maldita faceta de mi carácter) me dirigí hacia recepción, pensando si me entenderían o tendría que hacer señales de humo. Repasé mi francés, lo de la reserva, el cuarto o chambre o room o como fuera y me dispuse a superar una conversación de sordomudos…Conforme me iba acercando mi cansancio fue disminuyendo, mi malhumor se volatilizó y una sonrisa amorosa cruzó mis labios…La recepcionista no tendría más allá de 25 años, morena, rostro perfecto y hermoso como un sol tras una tormenta, como recién lavado y maquillado y un cuerpo (lo que veía tras el mostrador) tan bien formado que deseé tardara horas en despacharme…./Bon jour (aún era mediodía)… J’ai reservé une chambre. Je suis espagnol –dije en un francés macarrónico, que me ruborizó a mi pesar-…./No se esfuerce. Hablo perfectamente el español/ Gracias a Dios, me dije, mi francés es realmente patético…Ella sonrió y el sol se inclinó hacia mí, sonriéndome como si yo fuera su enamorado. Yo, una puñetera mierda, que no merecía aquel dulce y maravilloso recibimiento. Hasta el día siguiente no supe que aquel era el recibimiento que dispensaba a todos los huéspedes, fueran quienes fueran. En aquel momento pensé que yo le resultaba en extremo simpático(¡ingenuo y candoroso jovencito!). Se mostró tan amable que quiso saber de dónde era y si tenía organizada mi estancia en París y si traía cheques de viaje (me los podría cambiar ella) y si pensaba comer en el hotel (al saber que lo haría fuera me recomendó los bistrots). Llamó a un botones que me llevó la maleta -¡por fin!- pero ella se ofreció a acompañarme y enseñarme el cuarto. Algo que en mi ingenuidad supuse era otra concesión a mis encantos. La habitación era amplia, el lecho tan amplio que hubiera podido invitar a Marie –así dijo llamarse- y a otras dos amigas. Me enseñó la radio empotrada en el cabecero de la cama y ella misma buscó una emisora de música clásica (me preguntó qué tipo de música me gustaba) Radio-france internacional para que pudiera oír las noticias en español y una emisora francesa de música, por si me apetecía ponerme al día de la música parisiense. Me dijo que en la mesa camilla tenía papel de cartas y sobres, por si quería escribir. Me acompañó hasta el baño y me enseñó el manejo de los grifos (algo que nunca agradeceré bastante, eran muy complicados), me dijo que el desayuno era de siete a nueve y que a partir de esa hora tendría que desayunar fuera. Si quería que no me molestaran tendría que poner el cartelito por fuera. ¡Así! Y lo hizo con tal encanto que deseé besarla… Le di un franco al botones y como no retiró la mano, dejé caer otro. Marie rechazó la propina. Aquella misma tarde sabría que en París algunas veces la propina está “comprís” y otras veces no está “compris”, con lo que te haces un lío. La propina que se llevó el botones fue exagerada, pero yo entonces no sabía que esos pequeños detalles iban a ser muy importantes….

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Cuando me quedé solo deshice la maleta, colocando la ropa en los cajones del bonito armario, mientras lamentaba que mi vestuario fuera tan paupérrimo. No lo cuidaba mucho debido a mi escaso éxito con las mujeres. Me decía que para lo único que me podría servir una ropa elegante sería para encandilar a las damas. Y como ellas no se encandilaban conmigo ni a golpe de candil, prefería gastarme el dinero en otras cosas, en comer de restaurante alguna que otra vez, en comprarme libros, discos, en ir al teatro, al cine, a los conciertos. ¡Ya me compraría buena ropa cuando alguna mujer me hiciera tilín y yo a ella al menos un pssss psssss! Resultó que Marie parecía ser la candidata ideal, pero como hombre poco previsor mi vestuario no estaba a la altura y comprar ropa en París era como agenciarse una corbata para colgarse de algún puente del Sena…Solo ahorrar para el viaje a París me había llevado un año de grandes sacrificios, ¿cómo pensar siquiera en gastar en ropa cuando no había ninguna mujer a la vista? A pesar de ello lamenté haberme comprado, meses atrás y en el Corte Inglés la integral de las sinfonías de Mahler y la tetralogía de Wagner. El inmenso placer estético que sentí oyendo la música de estos dos colosos, en mi modesto tocata, no me compensaba ahora de las estrecheces que iba a pasar en París y mucho menos del dolor que sentía por no estar presentable para aquel encanto de mujer, Marie, la más hermosa de las mujeres, la dulce francesita por antonomasia, el amor de mi vida, la luz de mis ojos y el calor de mi corazón…Así es la vida, las decisiones deben tomarse en el presente, porque desde el futuro no se puede retroceder para cambiar las cosas… Me di una ducha y luego me arrojé sobre la cama, tal como estaba, en calzoncillos. Luego pensé que aquel era un hotel de tres estrellas y con mucha renuencia me levanté, quité el edredón, lo doblé y lo puse sobre una silla. Ahora sí, me tumbé a gusto y me dije que podría dormir un par de horas hasta que el estómago pidiera manduca. Observé malhumorado el patético calzoncillo, que me sonrojaría hasta las raíces de mi cabellera, en el caso de que Marie aceptara acostarse conmigo en aquel inmenso lecho. Me avergoncé del atisbo de barriguita, que asomaba por encima de la goma de la prenda, tan poco sexy. No me cuidaba nada. ¡Y así quería convertirme en un seductor irresistible! Era un auténtico idiota… Tardé en dormirme, por el cansancio extremado y por la también extremada impresión que Marie había producido en mí. Había oído comentar que las francesitas eran muy liberales, vamos, que ni punto de comparación con las españolas, que para ellas el sexo era como beberse un vaso de agua. Algo absolutamente natural. ¿Acaso no podría suceder que Marie me encontrara mínimamente atractivo, al menos simpático, y se dejara seducir o más bien me sedujera ella a mí y acabara entre mis brazos? ¡Mon Dieu! Solo de imaginarlo se me ponía la piel de gallina y un sospechoso bulto comenzaba a hinchar mi calzoncillo… Me regodeé en la imagen de Marie entrando por la puerta sin llamar, observando mi bulto y acostándose a mi lado como si tal cosa. Tal vez hasta podrían aparecer la madre y la hija y hacer un menage a quatre verdaderamente antológico… Lo bueno de la imaginación, de la fantasía, es que no cobran por usarlas, ni hay que pagar por cada escena agradable que nos deparan, ni hay que pedir perdón, porque nadie se entera de lo que hay dentro de nuestro cráneo. Si eres creyente ortodoxo tal vez debas confesarte por pensamientos tan impuros. Pero yo no lo era, lo había sido, es cierto, pero ya no lo era. Si Dios me estaba viendo y oyendo mis pensamientos, lo más fácil era que pensara: ¡pobre idiota! Está más salido de libido que una secoia de la tierra. ¡Y encima lo voy a castigar por estas ingenuas fantasías que no hacen mal a nadie!

Pronto pasé de fantasías morbosas y pecaminosas a otras más románticas. Marie era algo especial, muy especial, no debería manchar su imagen con obscenidades sexuales. En realidad lo que ocurría era que nos caíamos bien, simpatizábamos, el día de descanso me acompañaba por ahí, a enseñarme París y los dos nos enamorábamos como dos tortolitos. Ella me invitaba a su “chambre” y allí hacíamos el amor, una y otra vez, sin prisas, sin pausas, subiendo al séptimo cielo para no volver a bajar. Han pasado muchos años, por lo que los recuerdos están tomados con alfileres, pero supongo que lo lógico es pensar que me levanté, me encerré en el servicio y descargué, para luego poder dormirme…Me desperté sobresaltado, como si hubiera dado orden a mi subconsciente de que me despertara a una hora concreta. Miré el reloj, las catorce horas. Justo para darme una ducha, salir y buscar un bistrot para comer…Al salir miré hacia recepción, pero Marie no estaba. De haber estado me habría informado que aquella no era una buena hora francesa ni europea para comer. Los españolitos éramos muy nuestros para casi todo, incluidas las comidas y sus horarios, pero los europeos eran otra cosa. ¡Ay los europeos! Caminé por la acera hasta descubrir el primer bistrot. Bueno, estaba realmente hambriento. Me resultaría caro, eso ya lo daba por supuesto, pero el primer día me lo podía permitir. Luego ya veríamos. El interior estaba vacío, un camarero terminaba de recoger. Me miró con cara de muy malas pulgas y me preguntó qué quería. Le dije en mi francés macarrónico: “Pour manger, s’il vous plait”.- /C’est plus tard, Monsieur/ Comprendí que allí regían otros horarios, pero tenía tal hambre, no apetito, auténtica hambre, que le hice un gesto muy demostrativo, tocándome la barriga y llevándome la mano a la boca. /Bien, tres bien/ dijo y me condujo a una mesa, justo tras el escaparate que permitía ver la calle semidesierta…El camarero había sido muy amable, pero solo podía comer “de la salade” y “boeuf a la bourguignon”. Mi escaso francés aún me daba para saber que eso significaba ensalada y buey a la burguiñón. No esperaba gran cosa de la ensalada, pero un poco de carne sería suficiente. /¿Pour boire?/ Une biere, s’il vous plait / Al menos eso sí lo pronunciaba bien, porque me entendió al instante. En aquel momento ignoraba que aquella palabra precisamente iba a producir un malentendido que me avergonzaría terriblemente.

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Habían aderezado la ensalada con mantequilla, algo que odio, casi hasta el mismo extremo que el ínclito D.Carlos Herrera, locutor de radio a quien sigo con gran entusiasmo (soy un fósforo suyo) y su sabor era realmente detestable. No, no me gustó, no me gustó nada. Pero como había hambre la devoré en un santiamén. En cambio el “boeuf a la burguignon” estaba delicioso. Anoté mentalmente el plato para volver a pedirlo en una próxima ocasión. Comí rápido, para no causar más trastornos al malhumorado camarero. Pagué y le quise dar una generosa propina por su amabilidad. La rechazó ofendido. Diciéndome algo que apenas entendí. /Le prix est compris! Me encogí de hombros. Si no quería propina mejor para mi. Al día siguiente Marie me lo explicaría, al comentarle el incidente. Eso significaba que la propina estaba ya incluida en el precio. ¿Pero entonces a qué venía lo del botones extendiendo la mano para pedir propina? ¿Me había tomado el pelo y se había aprovechado de mi ignorancia o es que allí la propina no estaba incluida en el precio? Mucho tendría que aprender en Paris-la-France….Regresé al hotel deseando echarme una buena siesta. Seguía muy cansado. Pasé por el vestíbulo sin mirar a recepción. Si estaba, lo que no era fácil, sería un calvario contemplarla una vez más. /¿Monsieur Seság? / ¿Oui, Marie? /¿Le dieron de comer? / ¡Oh sí, muchas gracias!…. Iba a comentarle lo de la propina pero estaba muy cansado. Se me debía notar mucho porque ella me preguntó: -¿Está usted cansado?. Porque si desea ver algo cerca, puedo sugerirle la casa de Picasso, aquí en Montmartre. Puedo ayudarle a planificar su estancia en París, si lo desea./¡Oh, muchas gracias! Es usted muy amable, pero tengo la guía de la American Exprés. He planificado ya mis itinerarios./-Veo que es usted un hombre precavido, Monsieur Seság- y me sonrió de una manera tan radiante, que hasta me olvidé de lo mal que sonaba mi nombre dicho de aquella manera, Seság. No tardaría mucho en comprender que sonreía de la misma manera a todos los huéspedes, pero a veces el no saber es positivo, ¡que nos quiten lo bailao!… /¿Desea acostarse?/ ¡Oh, sí! El viaje en tren, toda la noche, agota a cualquiera. Ella pareció dar por terminada la conversación y yo me di la vuelta, deseoso de encontrar la piltra cuanto antes. /¿Monsieur Seság?/ Oui/ Me llamo Marie. Creo que no se lo había dicho. Puede contar conmigo para todo lo que necesite. Nuestro deseo es que se sienta a gusto en el hotel/ Sí me lo había dicho. ¿Cómo hubiera podido olvidarme de su dulce nombre francés, un nombre tan español, sin embargo?/Merci Beaoucoup, Marie. Es usted muy amable y encantadora/ Hablaba un francés de libro. En realidad luego descubriría que ellos empleaban la expresión Merci bien. A pesar de mi timidez me salió del alma aquel piropo y hubiera seguido de no sentirme tan cansado. Noté que a ella le había gustado el piropo y hasta la expresión de mi cara. No es que se ruborizara. Parecía tener más mundología que yo, como de aquí a Lima, pero mi atrevimiento, si así podría llamársele, había sido un acierto. /Que descanse bien. Monsieur Seság/ Aurevoire, Marie /….

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EL ESCRIBIR VISTO POR LOS ESCRITORES XXVII


UMBERTO ECO

CONFESIONES DE UN NOVELISTA

LA RETÓRICA DE LA ENUMERACIÓN

Como he dicho, los escritores hacen listas o bien cuando el conjunto de elementos del que se ocupan es tan extenso que escapa a su capacidad de dominarlo, o bien cuando se enamoran del sonido de las palabras que designan una serie de cosas. En este último caso, uno pasa de una lista que se ocupa de referentes y significados a una lista que se ocupa de significantes.

Una de esas formas de acumulación se conocía como enumerado, que aparece con regularidad en la literatura medieval. A veces, los términos de la lista parecen carecer de consistencia y homogeneidad, porque su intención era definir las propiedades de Dios, y Dios, según Pseudo Dionisio Areopagita, solo puede ser descrito por medio de imágenes disímiles. De ahí que,en elsiglo V, Enodio escribiera que Cristo era «la fuente, el camino, el derecho, la roca, el león, el portador de la luz, el cordero; la puerta, la esperanza, la virtud, la palabra, la sabiduría, el profeta; la víctima, el vástago, el pastor, la montaña, el lazo, la paloma; la llama, el gigante, el águila, la esposa, la paciencia, el gusano»[54]. Esas listas, como las letanías de la virgen, se denominan panegíricos o encomiásticas.

Otra forma de acumulación es la congeries, una secuencia de palabras o frases que significan lo mismo, y en la que la misma idea se reproduce de manera muy numerosa. Eso se corresponde con el principio de la «amplificación oratoria», que ilustra el famoso primer discurso de Cicerón contra Catilina en el Senado romano (63 a.C): «¿Hasta cuándo has de abusar de nuestra paciencia, Catilina? ¿Cuándo nos veremos libres de tus sediciosos intentos? ¿A qué extremos se arrojará tu desenfrenada audacia? ¿No te arredran ni la nocturna guardia del Palatino, ni la vigilancia en la ciudad, ni la alarma del pueblo, ni el acuerdo de todos los hombres honrados, ni este protegidísimo lugar donde el Senado se reúne, ni las miradas y semblantes de todos los senadores? ¿No comprendes que tus designios están descubiertos? ¿No ves tu conjuración fracasada por conocerla ya todos?»

El incrementum, también conocido como climax o gradatio ,es una forma ligeramente diferente. Aun refiriéndose al mismo campo conceptual, a cada, paso dice algo más, o con mayor intensidad. Un ejemplo de ello se encuentra, una vez más, en el primer discurso de Cicerón contra Catilina: «Nada haces, nada intentas, nada piensas que yo no oiga o vea o sepa con certeza»

La retórica clásica también define la enumeración por anáfora y la enumeración por asíndeton o polisíndeton. La anáfora es la repetición de la misma palabra al principio de cada oración o de cada verso. Puede que esto no constituya siempre lo que llamaríamos una lista.

El asíndeton es una estrategia retórica que omite las conjunciones entre los elementos de una serie. Un buen ejemplo es el clásico comienzo del Orlando furioso de Ariosto: «Las damas, caballeros, armas, amores, / y grandes hechos, quiero aquí cantar»

Lo contrario de un asíndeton es un polisíndeton, que une todos los elementos de una serie. En el libro II de El paraíso perdido de Milton, el verso 949 ilustra un asíndeton, seguido en el verso siguiente por un polisíndeton: y con cabeza, manos, alas y pies, nada, se sumerge, oscila, se arrastra y vuela.

y con cabeza, manos, alas y pies, nada, se sumerge, oscila, se arrastra y vuela.

La historia de la literatura está llena de colecciones obsesivas de objetos. A veces son de carácter fantástico,como lascosas que, según Ariosto, encontró en la luna Astolfo, que había ido allí a recuperar el ingenio de Orlando. A veces son inquietantes, como las listas de sustancias malignas que usan las brujas en el acto IV de Macbeth. A veces son éxtasis de perfumes, como la colección de flores que Giambattista Marino describe en su Adonis (VI, 115-159). A veces son miserables pero esenciales, como la colección de pecios que permiten a Robinson Crusoe sobrevivir en su isla, o el pequeño y humilde tesoro que, según nos cuenta Mark Twain, reúne Tom Sawyer. A veces son vertiginosamente normales, como la enorme colección de objetos insignificantes en la cocina de Leopold Bioom. A veces son profundas, pese a su inmovilidad museística, casi funeralesca, como la colección de instrumentos musicales descrita por Thomas Mann en el capítulo VII de Doctor Fausto.

La enumeración caótica no es lo mismo que el monólogo interior. Todos los monólogos interiores de Joyce serían simples conjuntos de elementos completamente anómalos si no fuera porque, para convertirlos en un todo coherente, suponemos que emergen de la conciencia de un personaje concreto, sucesivamente, por medio de asociaciones que el autor no siempre está obligado a explicar.

CÓMO ESCRIBIR

Cuando los entrevistadores me preguntan: «¿Cómo ha escrito usted sus novelas?», suelo cortar en seco esta línea de interrogatorio respondiendo: «De izquierda a derecha». Creo que no es una respuesta satisfactoria, y que puede provocar cierto estupor en los países árabes y en Israel. Ahora tengo tiempo para dar una respuesta más detallada.

En el transcurso de la escritura de mi primera novela, aprendí varias cosas. En primer lugar, que «inspiración» es una mala palabra que los autores tramposos utilizan para parecer intelectualmente respetables. Como dice el viejo refrán,el genio es en un diez por ciento inspiración y en un noventa por ciento transpiración. Dicen que el poeta francés Lamartine describía a menudo las circunstancias en las que escribió uno de sus mejores poemas: aseguró que le había llegado completamente compuesto en una súbita iluminación, una noche que paseaba por el bosque. Después de su muerte, encontraron en su estudio un impresionante número de versiones de ese poema, que había estado escribiendo y reescribiendo a lo largo de los años.

¿Qué hago durante los años de gestación literaria? Recopilo documentos, visito lugares y dibujo mapas; observo planos de edificios, o quizá de un barco, como en el caso de La isla del día de antes, y también esbozo las caras de los personajes. Para El nombre de la rosa hice retratos de todos los monjes de los que hablaba la novela. Paso esos años de preparación en una especie de castillo encantado, o, si lo prefieren,en un estadio de enajenación autista. Nadie sabe qué estoy haciendo, ni siquiera los miembros de mi familia. Doy la impresión de estar haciendo un montón de cosas diferentes, pero estoy siempre concentrado en captar ideas, imágenes y palabras para mi relato. Si al escribir sobre la Edad Media veo pasar un coche por la calle y me impresiona por ejemplo su color, consigno la experiencia en mi cuaderno, o simplemente en mi memoria, y ese color desempeñará más tarde un papel en la descripción de, pongamos, una miniatura.

La narrativa es, en primer lugar y principalmente, un asunto cosmológico. Para narrar algo, uno empieza como una suerte de demiurgo que crea un mundo, un mundo que debe ser lo más exacto posible, de manera que pueda moverse en él con absoluta confianza.

Otra pregunta frecuente es: «¿Qué idea vaga o plan detallado tiene usted a la hora de empezar a escribir?». No fue hasta después de mi tercera novela cuando adquirí conciencia plena de que cada una de mis novelas crecía a partir de una idea fecunda que era poco más que una imagen. En Apostillas a «El nombre de la rosa» dije que había empezado a escribir esa novela porque «quería envenenar a un monje». En realidad, no tenía deseo alguno de envenenar a un monje, es decir, nunca he querido envenenar a nadie, ni a un monje ni a un seglar. Simplemente me impresionó la imagen de un monje envenenado durante la lectura de un libro. Quizá estuviera recordando una experiencia que tuve a los dieciséis años: en la visita a un monasterio benedictino (Santa Scolastica en Subiaco), anduve por los claustros medievales y entré en una oscura biblioteca donde, abierto sobre un atril, encontré el Acta Sanctorum. Al pasar las páginas de ese enorme volumen en profundo silencio, con unos rayos de luz filtrándose por las ventanas de cristal esmerilado, tuve seguramente algo así como un estremecimiento. Más de cuarenta años después, ese estremecimiento resurgió de mi inconsciente. Esa fue la imagen fecunda. El resto vino a pedazos, en mis esfuerzos por dar sentido a esa imagen. Y vino por sí mismo, gradualmente, hurgando en veinticinco años de viejas fichas de archivo sobre la Edad Media, originalmente rellenadas con un propósito completamente distinto.

Antes he dicho que una vez que he encontrado la imagen fecunda, la historia puede avanzar sola. Eso es verdadero solo hasta cierto punto. Para que la historia sea capaz de avanzar, el escritor debe imponer algunas restricciones. Las restricciones son fundamentales en cualquier cometido artístico. Un pintor que decide usar óleos y no témpera, un lienzo y no un muro; un compositor que opta por una clave determinada, un poeta que elige usar pareados, o endecasílabos en lugar de alejandrinos: todo eso conforma un sistema de restricciones. También ocurre con los artistas de vanguardia, que parecen eludir las restricciones; ellos simplemente fijan otras, que pasan inadvertidas.

Mi novela está sujeta a muchas otras restricciones, pero no puedo revelarlas todas. Para escribir una novela exitosa, es necesario mantener en secreto ciertas recetas.

UN ESCRITOR FRUSTRADO VII


ESCRITORFRUST

-Bien, voy al jardín a trabajar un poco, usted recoja el desayuno y que Obdulia adecente la habitación.

Córcoles se levantó y acercándose a Obdulia extendió su mano que esta fingió no ver.

-No te asustes, palomita. Mientras esté yo presente no tienes nada que temer. Dale la mano que no te la comerá. No, al menos de momento -volvió a reírse con risa sana y sin recovecos. Obdulia extendió su mano al tiempo que levantaba la cabeza, sus ojos grandes y oscuros se clavaron en Córcoles con interés y cierta admiración, que no fue capaz de disimular. Este la contempló a su sabor. A pesar de las ropas poco favorecedoras podía adivinarse un cuerpo espléndido debajo de la tradicional vestimenta campesina. Sólidos muslos, amplias caderas y sobre todo generosos senos que pugnaban por romper la botonadura de la bata.

Se despidió, saliendo al jardín, mientras su lengua mojaba los labios, en un gesto instintivo que sus amantes conocían muy bien. En el exterior el resplandor de un sol aplastante de verano le obligó a cerrar los ojos un instante. En el centro del jardín el agua de la piscina rebrillaba insinuante. Hubiera subido a por el bañador si el desayuno pantagruélico no le hiciese temer por las consecuencias de un refrescante chapuzón. Buscó la tumbona, debajo del sauce donde aún quedaba un retazo de sombra. Sacando una libreta de pastas duras, que encargaba especialmente para él a una imprenta, y un pequeño bolígrafo comenzó a repasar las anotaciones sobre la novela.

No pudo hilvanar una sola frase. No se sentía inspirado. Normalmente nunca lo estaba por las mañanas. Además no dejaba de pensar en Obdulia, en su hermoso trasero, en la forma más rápida y sencilla de seducirla, en las dificultades y consecuencias de todo esto…

Y sobre todo pensaba en Hortensia… Córcoles sabía muy bien cómo se las gastaban en el pueblo donde residían Obdulia y Hortensia y por extensión en toda la comarca en general. El los consideraba a todos unos paletos bastante embrutecidos y hacía caso omiso de los insultos de Gordito, que se centraban sobre todo en su oropel de hombre culto, que oculta en el fondo a un paleto integral. Sabía utilizar el diccionario, porque pensaba que un escritor era ante todo un mago de la palabra, una especie de prestidigitador con chistera, de la que va sacando según las conveniencias, un conejo, una paloma o toda clase de “bichitos” exóticos.

De Gordito podían decirse muchas cosas, que era un tragaldabas gorrón, que era un gorila lujurioso, que se aprovechaba de las sobras de segunda mesa, que era un crítico feroz porque en el fondo era muy consciente de su incapacidad para llegar a ser un escritor creativo… Lo que no podía decirse de él, sin faltar a la verdad, era que fuera tonto o falto de ingenio. Una vez que se había propuesto acabar con un escritor éste podía darse por muerto, antes o después. Releía mil veces su obra, tomaba notas, masticaba y regurgitaba sus frases hasta dejarlas en el hueso, mondo y lirondo. Los esqueletos así radiografiados eran fácilmente parodiables y sin mucha dificultad podían ser obligados a danzar un minué esperpéntico en calzoncillos.

A pesar de lo que dijera Gordito él no se consideraba paleto y mucho menos un bruto sin sensibilidad y sin maneras. Tampoco era tonto, al contrario, pensaba que le daba mil vueltas a aquel Gordito seboso.

Por eso, a pesar de su pellizco a Obdulia, esperado por ésta, debidamente aleccionada por Hortensia, su plan de seducción era tan pragmático y realista como efectivo. Habiendo cumplido con el gesto zafio que se esperaba de él, se armó de paciencia y comenzó a minar la fortaleza a conquistar con el más poderoso ariete que conocía: el poderoso caballero es don-din-dón, es don dinero de Quevedo.

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Sabía que Obdulia no se le entregaría por su cara bonita de señorito famoso y escritor. Y más valía así, porque su novio bien podría ensartarle el trasero con una horca y trincharle luego a hachazos, ante el regocijo de ambas damas, la misma Obdulia y Hortensia. En cambio una buena dote, tal vez el viejo molino del tío Pedro –un bocado apetitoso para todo el pueblo- transformaría la seducción en un intercambio aceptable para todos.

Tenía firmado un precontrato con el tío Pedro que podría ejecutar en cualquier momento. Pero no lo haría así. Por persona interpuesta, un hombre de paja, haría que su compra fuera pan comido, en cuanto Obdulia tuviera su cuantioso cheque. Un cheque era fácilmente revocable si las condiciones previas no se cumplían a su gusto. Ya lo había hecho otras veces, en connivencia con el director bancario que llevaba su cuenta personal. Le bastaba con alegar un error en el número de ceros, por ejemplo. ¿Qué podía alegar la parte contratante de la segunda parte? ¿No haber entregada un producto a cambio por ese precio? Y sin ese requisito formal las acciones legales que pudieran

ejercerse estaban condenadas al fracaso, aunque todo el mundo intuyera el tomate que untaba la tostada.

Córcoles hacía el paripé de entregar el cheque primero, fiándose de la buena fe de la otra parte y luego esperaba el cumplimiento del “quid pro quo” de Hanibal Lecter.  
Si no cumplían descolgaba el teléfono y anulaba el cheque. Que cumplían a su gusto… pues el cheque podía hacerse efectivo. Algo tan sencillo como implacable.

En este mezquino plan contaba con la ayuda de Hortensia, quien no le perdonaría la seducción de una doncella a cambio de nada, pero que aprobaría una compraventa “justa”. 

Córcoles sabía casi todo de Hortensia y lo que no sabía por boca de ésta lo conocía por otras bocas. Esta sorprendente mujer era capaz de ayudar a cualquier otra mujer del pueblo o de la comarca que estuviera “en apuros”, con su astucia pueblerina, tan sutil como implacable. En cambio no solo no movería un dedo por cualquier macho de los contornos, al contrario, se los cortaría a hachazos, uno a uno, si fuera preciso, sin el menor remordimiento.

Su peculiar psicología en este aspecto nacía de la conducta de su “Pacorro” de quien siempre hablaba con desprecio. Córcoles había escuchado esta historia de boca de Hortensia en varias ocasiones. Al parece Pacorro no esperó ni a que pasara la noche de bodas para ponerle los cuernos a la pobre Hortensia. En cuanto ésta se quedó dormida Pacorro se levantó en cueros y acudió al dormitorio de la doncella, cuya contratación fue una de las condiciones de boda de Hortensia. Ésta deseaba ser descargada de las faenas domésticas, y Pacorro aceptó con la condición de que la doncella fuera elegida por él. Por supuesto que la eligió a su gusto, a pesar del “morro” de su entonces novia, quien se prometió vigilar día y noche. Lo que no esperaba era que su Pacorro aprovechara su primer sueño conyugal para llevar a cabo sus aviesos planes.

No le costó mucho descubrirlos. Hicieron tanto ruido y se produjeron tales risas destempladas que Hortensia no pudo menos que despertarse. La doncella fue despedida “ipso facto” y su Pacorro salió al campo la mañana siguiente muy bien señalado. Lo que no impidió que otras doncellas de los alrededores sufrieran el acoso de “superPacorro” con mucho éxito, por cierto, porque éste era un buen mozo, con buena “ferramenta” como comprobó Hortensia y muy generoso con las doncellas que lo eran con él.

Hortensia calló como una muerta, pero su venganza no tuvo límites, ni en el tiempo, ni en el espacio, ni siquiera en lo retorcido de sus artimañas. Córcoles aún recordaba el mal rato que pasó cuando Hortensia le contó su primera venganza. Se las vio y se las deseó para cortar su risa compulsiva en presencia de Hortensia, quien no cesaba de mirarle con la misma cara con que seguramente miró a su Pacorro cuando éste le hizo sabedor de su problema.

Por entonces estaba de moda un nuevo pegamento que se anunciaba como el único capaz de pegar toda clase de materiales, sin el menor fallo. Hortensia hizo un viaje a la capital de la comarca, con un pretexto plausible, y allí se hizo con el nuevo “pegalotodo”. La sorpresa de Pacorro no tuvo límites cuando al despertar una mañana se encontró con que su “ferramenta” aparecía pegada de tal forma al bajo vientre que a pesar de sus esfuerzos ni siquiera pudo realizar la primera meada del día.

 Se pasó el día en el campo, haciendo como que trabajaba, aunque en realidad no hacía otra cosa que retorcerse y esconderse en la vegetación buscando una fórmula que le permitiera despegar el trozo de carne del bajo vientre. De no haber estado tan bien pegado, tal vez hubiera podido orinar un hilillo, de alguna manera, y desahogar la vejiga, pero Hortensia había tenido buen cuidado en que eso fuera de todo punto imposible. 

No pudo aguantar hasta la noche. Su vejiga estaba a punto de reventar y él con ella cuando se vio obligado a arrastrarse hasta la casa y arrodillarte ante Hortensia, a quien le contó, casi entre sollozos, su “espantoso problema”. Ésta se regodeó en el lance, haciéndole confesar todas sus infidelidades, sin omitir detalle. Una vez que su marido juró por sus muertos que nunca utilizaría “el instrumento” fuera del lecho conyugal Hortensia enjaezó la mula más lenta (en aquellos años raro era el pueblo que tenía más de un teléfono, que se utilizaba fundamentalmente para emergencias) y a sus lomos y sin ninguna prisa fue a buscar al médico, unos pueblos más allá. Mientras tanto su marido se quedó en el lecho retorciéndose y maldiciendo a todo lo que estuviera a su alcance.Cuando el joven doctorcito llegó, noche avanzada, el bueno de Pacorro se quejaba como una parturienta a punto de reventar. Hortensia presenció todo el proceso de despegue. Su Pacorro tuvo que bajarse los calzones y enseñar el problema. El doctorcito casi se desmaya del susto. Debió de ser la operación más compleja que hiciera a lo largo de su vida. Bisturí en mano cortó piel acá y allá hasta lograr que el trozo de carne pudiera evacuar el líquido represado. Ese fue solo el primer paso, porque Pacorro tenía el bajo vientre empapado en sangre. Antes de proceder a una cura y vendaje de urgencia aconsejó un lijamiento concienzudo de la zona, para deshacerse de los trocitos de piel y evitar una infección.

Hortensia lo llevó a efecto con gran fruición y placer. Los chillidos de Pacorro asustaron a los animales que acabaron montando una algarabía de mil demonios. Finalmente el joven médico, espantado de la brutalidad que se gastaban en aquella comarca, hizo un vendaje de urgencia y aconsejó mucho tacto en el uso del instrumento durante una temporada.

***

ESCRITORFRUSTRAD

Cuando Hortensia se hubo marchado a ordeñar a las vacas, al despertar el sol, el ingenuo doctor aconsejó a Pacorro que pusiera una denuncia en el cuartelillo de la guardia civil, contra su amada costilla y perversa psicópata. Con la boca llena de blasfemias y maldiciones Pacorro aconsejó muy seriamente al doctor que guardara el secreto profesional o le cortaría las pelotas con las tijeras de “podar” la lana a las ovejas.

 Durante toda su vida aquel pobre hombre juraría y perjuraría que él nunca, nunca, jamás, se había ido de la lengua. Muchos le creyeron. ¿Entonces quién se fue de la lengua? Teniendo en cuenta que los testigos eran tres, que el doctorcito parecía claramente inocente y que Pacorro nunca hubiera tirado semejante canto a su tejado solo quedaba la propia Hortensia. Ella y solo ella podría ser la causante del run-rún que asoló la comarca durante largo tiempo y que incluso llegó a traspasar sus límites, alcanzando hasta quién sabe dónde.

A su vez Hortensia permaneció en el lecho una buena temporada. Nadie supo muy bien por qué razón. Y al bueno de Pacorro no se le volvió a ver rondando donde nunca debió rondar, al menos durante unos buenos meses, hasta que le cicatrizó completamente la escabechina del bajo vientre.

Así se las gastaba la buena de Hortensia. Córcoles aprendió a respetar a aquella campesina zafia después de haber escuchado la historia y no solo en boca de su empleada de hogar. Sus maldiciones contra todo macho viviente, se las tomó como un piadoso rosario de una criatura que diariamente iba a misa, rezaba el rosario y empleaba toda clase de jaculatorias contra el mal del “macho”. En el respeto de Córcoles también iba su pizca de miedo o de terror, pensando que algo así pudiera ocurrirle a él a poco que se descuidara un poco.

Hortensia había vigilado sus pasos, al principio, como una loba y no hubo doncella seducida por Córcoles en aquella comarca que a cambio no lograra una sustanciosa dote. Entre ambos se estableció un pacto tácito. El primero quedaba autorizado a hacerse el rijoso de vez en cuando con mozas campesinas, siempre que a cambio hubiera un “quid pro quo” medianamente justo. A cambio la segunda recibía del primero la ayuda necesaria para que todo macho asaltador de doncellas, en la comarca y cincuenta leguas a la redonda, recibiera un severísimo castigo, caso de no aceptar casarse con la ya no doncella o ser aceptado por ella. Si había fortuna, el salteador se quedaba sin ella, como que Hortensia se llamaba Hortensia y Córcoles era su escudero. Si no existía ni media fortuna el atrevido podía darse con un canto en los dientes si conservaba lo que le pendía entre las piernas.

Gracias a Hortensia la mayoría de mozas de la comarca llegaban al matrimonio con una dote impensable en tiempos más cercanos. Y gracias a Hortensia, también, aunque a su pesar, se estableció el primer puticlub de la comarca. Su Pacorro fue autorizado, de manera tácita, a visitar a las “pilindongas” de vez en cuando, a cambio de dejar en paz a las mozas comarcales casaderas.

Antes de que Córcoles comprara la finca el famoso puticlub llevaba ya unos años funcionando a todo trapo. Con el tiempo el rijoso labrador fue perdiendo el miedo y volvió a las andadas. Eso sí, con discreción propia de espía de altos vuelos. Lo que no impidió el que su vengativa costilla se acabara enterando de cada una de sus felonías y se vengara en tiempo y forma oportunos, o más bien inoportunos.

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El famoso escritor había escrito en una agenda negra, que ocultaba en su caja fuerte, todas las anécdotas que le había contado Hortensia respecto al tema de su Pacorro, así como el resto de aventuras o aventurillas libidinosas que se producían en la zona, incluidas las suyas, de las que llevaba buena cuenta, no fuera que alguna doncella se pasara de lista y le pidiera una dote por la que no había satisfecho previamente el correspondiente intercambio carnal.

Hortensia era una deslenguada con él en cuanto se refería a estos temas. No se cortaba ni un pelo. Córcoles se preguntaba qué era en realidad lo que veía en él, para tratarle como nunca jamás se había tenido noticiade que Hortensia hubiera tratado a un macho con un rabo entre las piernas. A veces le daba por pensar que la buena mujer se había enamorado perdidamente de su amo, señor o señorito, como le gustaba llamarle a ella. Eso le ponía los pelos de punta, porque nada más lejos de su intención que levantarle el refajo a la campesina y bajarle las bragas. No obstante ella nunca pedía nada en esa dirección y se conformaba con un besito en las mejillas de vez en cuando y un beso en los morros por Navidad, cuando todo el mundo, y ella la que más andaba muy engrasada de orujo. En cambio Córcoles, cuando el estado de ánimo de su enamorada era el conveniente, tiraba de la lengua a Hortensia y le hacía prometer que le buscaría algo especial, campestre pero especial, para combatir su hastío de la vida, “su tedium vitae” como a él le gustaba denominarlo, fuera o no correcto en latín, a sus regresos del mundanal ruido.

Por eso la puntada de Hortensia aquella mañana, al despertar el señorito, estaba bien tirada, aunque tal vez Córcoles también tuviera razón y no le hubiera encargado expresamente la búsqueda de una doncella para el servicio completo del señor. 

El sol calentaba aquella mañana. En la cocina trajinaban las sirvientas. El bueno se Sebastián andaba libre, olfateando rastros como un sabueso. Su familia estaba lejos y al parecer contenta. Su novela podía esperar, al menos un poco más, y el placer de cerrar los ojos y rememorar algunas historias de Hortensia era un placer de dioses, solo al alcance de los elegidos. Poco a poco se iba quedando dormido con un gran bienestar entre las piernas, conforme repasaba las anécdotas de su sirvienta, aquellas que era capaz de rememorar sin tener que consultar la escondida agenda.

Córcoles, sin darse cuenta, entreabrió la boca y comenzó a respirar con más fuerza. Se sentía muy a gusto, al tibio sol otoñal que pronto no sería suficiente para calentar el cuerpo, ni siquiera al mediodía, y se vería obligado a arroparse. Comenzarían a bajar las nieblas y el frío cortante de la Sierra le haría buscar el calor del interior de la casa donde habría que encender la chimenea. Pacorro, el marido de Hortensia, ya tenía preparado un buen montón de leña, cortado y amontonado al estilo serrano. Entonces aprovecharía para escribir algo, lo que se le ocurriera. Como hombre pragmático que era gustaba de planificarlo todo y la posibilidad de que la nieve hiciera su aparición era algo que tenía previsto. La carretera comarcal se cortaría en el puerto de Las Culebras y nadie tendría acceso a la comarca si no era en helicóptero. Las máquinas quitanieves sólo harían su aparición cuando alguien en alguna parte lo dispusiera, y eso podía tardar bastante o mucho, según el humor del burócrata de turno.

Por supuesto que había contado con esa posibilidad. Lo peor que podría ocurrirle sería que su esposa decidiera que no podía dejarle solo y apareciera por allí con sus retoños. Necesitaba soledad para escribir y sobre todo que nadie interrumpiera sus escarceos amorosos con Obdulia. La moza merecía toda su atención y todo el tiempo de que pudiera disponer. Sería un asedio largo, de eso estaba seguro, pero la victoria merecería de todo el trabajo y el tiempo que le dedicara. Con los ojos bien cerrados y la boca entreabierta se imaginó cómo sería aquel cuerpo bajo el vestido basto que llevaba la guapa moza. El calor en la entrepierna se hizo más intenso, un hondo suspiro de satisfacción se escapó de su boca y un hilillo de baba se deslizó por la comisura de los labios.

¿Y su esposa? Córcoles no pudo evitar pensar en ella. Tendría que llamarla por teléfono antes de comer. Ya debería haberlo hecho la noche anterior, pero no le apetecía nada, siempre podría alegar que había llegado tarde y cansado. Pero de esta mañana no pasaría. Si ella se veía obligada a llamar primero no lo haría precisamente de buen humor. Logró convencerla con la excusa de que el compromiso literario que había adquirido era demasiado importante para no intentar dar lo mejor de sí mismo y no podría hacerlo si no estaba solo en aquella casa, en medio de la nada.