MI BIBLIOTECA PERSONAL XIX


ANTONIO BUERO VALLEJO

https://es.wikipedia.org/wiki/Antonio_Buero_Vallejo

LA FUNDACIÓN

No elijo esta obra porque la considere la mejor de Buero, a mi juicio tiene obras mejores y más dramáticas, sino porque tuve la suerte de verla personalmente en al menos un par de montajes, aparte de tener el libro y también un vídeo en la versión que hizo tve en aquel mítico programa titulado Estudio 1. Desde mi juventud fui un apasionado del teatro de Buero, por su dramatismo, su estructura teatral, sus diálogos, sus personajes y su temática. Su vida ya fue de por sí suficientemente dramática, con un fusilamiento que no llegó a realizarse, gracias a Dios, lo que le emparenta con el gran Dostoievski. Su lucha con la dictadura franquista sin exilarse también tiene para mí un gran mérito, la lucha contra la censura, el mantener una ideología y una filosofía vital que chocaban frontalmente con los postulados de la dictadura, me hacen ver a la persona con una perspectiva en la que la dignidad del ser humano es exaltada casi hasta el misticismo, a pesar de su conocido agnosticismo.

La Fundación, a mi juicio, tiene el gran mérito de cimentarse en un montaje muy interesante con muchas posibilidades dramáticas. A pesar de que no me gusta nada desvelar finales, creo que lo llaman spoiler, para comprender mi admiración por esta obra debo hacerlo. En una supuesta fundación, bastante agradable, sobre todo al principio, vemos deambular a un personaje que nos parece muy ingenuo, romántico y lleno de buena voluntad y buenos propósitos. Pero ya desde el principio hay cosas que no encajan y que llaman la atención del espectador. Poco a poco, con un ritmo preciso y muy dramático, va cayendo esa especie de velo de Maya -otra de las poderosas razones por las que me resulta muy interesante esta obra- en la que vive el protagonista, como de alguna manera vivimos todos, incapaces de enfrentarnos de una vez y para siempre a la dura realidad de la vida, esa que nos dice que somos mortales y vamos a morir algún día, no precisamente muy lejano. Cuando al final el protagonista, cuya mente ya es incapaz de mantener el engaño, asume que está viviendo en una cárcel y que su fuga de la realidad -muy cercana a la enfermedad mental- se debe a un acto mezquino y miserable de chivato, solo comprensible desde la tortura, al espectador se le cae también el alma a los pies. A todos nos gustaría vivir en un mundo mejor, más feliz, más humano, más fraternal, pero la realidad es la que es, como en la Fundación. Otro de los grandes atractivos de esta obra es para mí esa forma tan cercana y humana de ver la enfermedad mental. Aunque es cierto, al menos que recuerde, que ninguna de sus obras se trata la enfermedad mental como tal, en muchas de ellas los personajes, aunque arrojados al abismo por la tortura, acaban pasando la línea roja y situándose al otro lado, claramente en el mundo de la enfermedad mental. Y no solo ocurre con las víctimas, sino también con los verdugos, como en La doble historia del doctor Valmy. Aunque Buero no sea un autor que trate la enfermedad mental como tal, con profundidad y sin caretas, sí está muy cercano a bastantes de mis postulados sobre la enfermedad mental y las personas que la sufren.

La tortura es algo casi omnipresente en la obra de Buero, no en vano estuvo en la cárcel, donde fue también torturado y con la mayor tortura que puede sufrir un ser humano, la de aceptar su propia muerte y luego la resurrección milagrosa. Es evidente que esto le marcó como persona y también como dramaturgo, dando a toda su obra una profundidad, una humanidad y una dignidad en la lucha contra el mal y sus esbirros, donde quiera que estén y sean quienes fueren, que para mí le alza a la cúspide del teatro español, al menos del siglo XX, situándole muy arriba en cualquier pirámide teatral española que uno intente confeccionar. La tortura es una forma casi demoníaca de llegar a la enfermedad mental, tanto en la víctima de la tortura como en el torturador. Es esta característica de la tortura la que me ha interesado como enfermo mental, casi tanto como persona que aspira a la gran meta de vivir y morir dignamente. Se podría decir que la tortura es una especie de experimento de laboratorio, artificial, para alcanzar una enfermedad mental a la que normalmente se llega por una predisposición genética, un entorno, una cultura y una serie de acontecimientos dramáticos. A mi juicio, por muy fuerte que sea una persona, por muy digna, por mucho que sea capaz de enfrentarse al sufrimiento y a la muerte, ante la tortura está siempre indefenso como un niño. Todos los torturados, todos los torturadores acaban en la enfermedad mental, como un cordero acabará en las garras de una manada de lobos, a poco que se derrumbe la cerca que le protege. La llegada a la enfermedad mental desde este abismo infernal le da unas características propias a la enfermedad que permite su análisis más al desnudo que en los demás casos.

Esta es para mí una obra que siempre admiré y que en alguna ocasión he estado a punto de utilizar en mis textos sobre la enfermedad mental, también en mis textos budistas. Pero toda la obra de Buero es admirable, por sus personajes, por sus situaciones, por su estructura teatral, muchas veces original, novedosa y llena de hallazgos. Admiro al autor y también a la persona, puesto que aunque no le conocí y uno no sabe cómo es verdaderamente una persona hasta que convive con ella, su obra y la dignidad con que enfrentó su vida tras un acontecimiento tan terrible como un fusilamiento que no llegó a realizarse, es para mí un ejemplo.

Repasando toda su obra en la wikipedia observo que aún me faltan obras por leer, en una primera lectura. Puedo hablar de las que tengo en mi biblioteca. Historia de una escalera; En la ardiente oscuridad; Las cartas boca abajo; Un soñador para un pueblo; Las Meninas; El concierto de San Ovidio; El tragaluz; La doble historia del doctor Valmy; El sueño de la razón; La fundación y Caimán, sin contar las que pude ver en representaciones televisivas o teatrales en persona.

Aunque para muchos el teatro es el género literario más moribundo, que siempre está muriendo, agonizando, y que nunca termina de morir, para mí sigue teniendo plena vigencia a pesar de todas las modernuras y de la importancia que tiene el montaje frente al texto del autor, que puede redimirlo o hundirlo en la miseria. En algún momento de mi trayectoria como escritor aficionado incursioné en el teatro, sin llegar a terminar ninguna obra, como por otro lado me ocurre con la novela o con la mayoría de mis textos. Aún recuerdo esa obra que tengo sin terminar y que espero también rematar algún día, titulada “Algunas consideraciones sobre la guerra psicológica” y que inicié precisamente cuando estaba viviendo un acoso, un mobbing, verdaderamente infernal. Tal vez haya sido incapaz de terminarla por la rabia, la cólera muda, el deseo de venganza y otros sentimientos igualmente poco constructivos, que me llevaron a tomarme esa obra como algo personal. También recuerdo otra, la pistola, poco satisfactoria, aunque sigo creyendo que muy aprovechable.

Si hasta ahora no he tocado en esta sección el teatro, la poesía u otros géneros literarios ha sido por dejadez y por una obsesión por la novela que me ha impedido ver el bosque. Pero mi biblioteca personal está conformada también por una buena parte de obras de teatro, poesía, ensayo, etc que también deben figurar aquí, o no sería mi biblioteca personal. Que este sea el primer paso. Y que este sea un homenaje, más que merecido, a Bueno Vallejo, al teatro español y al teatro universal.

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MI BIBLIOTECA PERSONAL XVIII


CUANDO EL ROJO ES NEGRO DE XIALONG

Estoy leyendo con mucho interés toda la serie de novelas de Qiu Xialong, protagonizadas por el inspector jefe Chen. Como me suele suceder con estas series o sagas, a veces debo volver hacia atrás para leer alguna novela que se me había pasado en la lectura cronológica. Comencé con el caso Mao, de 2009, continué con Seda roja, de 2007, Muerte de una heroína roja del 2000, Visado para Shangai del 2002 y el caso de las dos ciudades del 2006. Ahora le toca a Cuando el rojo es negro, del 2004. Aunque las novelas se pueden leer de forma independiente, es aconsejable hacerlo de forma cronológica, en todas ellas la historia del inspector jefe Chen y de su ayudante el detective Yu va avanzando, por lo que de esta forma se evitan anacronías que no son muy importantes, pero sí molestas.

No conocía a Qiu Xialong, un escritor de novela policiaca muy interesante, no porque revolucione el género negro, sino más bien por el retrato de la sociedad china que ofrece a través de sus historias. Nació en Shangai en 1953 por lo que tiene tres años más que yo. El retrato que hace de esta ciudad no le quita el aura cinematográfica de películas como la dama de Shangai de Orson Wells o el embrujo de Shangai, novela de Juan Marsé llevada al cine por Fernando Trueba. Antes de saber que el autor vive desde 1988 en USA y da clases en la universidad de Saint-Louis, me llamó la atención que estas novelas pudieran haber sido escritas en China y autorizadas por el régimen. No hay en ellas una crítica feroz al régimen chino, a pesar de que el padre del autor fuera víctima de la revolución cultural de 1966 y él sufriera las consecuencias hasta su traslado a USA. Yo diría incluso que llama la atención su objetividad y ecuanimidad.

El inspector jefe Chen es uno de esos personajes de novela negra que permanecerán en la historia de la novela negra, como tantos otros que sería muy largo citar aquí. Como todos ellos es un solitario, aunque no se le den muy mal las relaciones sociales. Como el autor el personaje también es traductor al chino de autores de habla inglesa, pero lo que más llama la atención es su condición de poeta (ahora mismo no encuentro ningún antecedente en protagonistas de novelas de este género) y no es un mal poeta, a juzgar por alguno de sus versos, pero sobre todo sorprende su conocimiento de la poesía histórica china de poetas de diferentes dinastías. Sus citas de estos poetas, además de encantar al lector amante de la poesía y hacerle desear leer poesía china tradicional, van jalonando la investigación y dando un toque intuitivo a las elucubraciones del inspector. Porque, en efecto, nuestro icónico detective se parece más a un Sherlock Holmes tradicional, muy intuitivo y deductivo, que a los detectives de la novela negra más característica, repleta de violencia. Es algo que sorprende al lector apasionado y habitual de este género, porque cuesta recordar un momento en el que salgan a relucir armas de fuego y se escuchen disparos. Ahora mismo solo recuerdo una escena de una novela, no puedo concretar, en la que el inspector se ve tiroteado y tiene que llamar con su móvil reglamentario para pedir ayuda al destacamento de policía más cercano. No parece llevar un arma encima, por lo menos no se menciona nunca, o tal vez si se hace en alguna ocasión pasa desapercibido al lector. Sorprende y mucho que un policía como él y su ayudante puedan investigar caso tras caso sin necesidad de sacar el arma ni una sola vez. La violencia en la sociedad china parece estar aún a años luz de la violencia en las sociedades de los países occidentales. Cierto que se genera violencia, se producen crímenes, pero son como algo bastante insólito, aún muy lejano de la ola de violencia tan frecuente en otras novelas negras que retratan sociedades occidentales.

La investigación del crimen es la clásica en la novela policiaca clásica, tal vez más cercana a Agatha Christie y Conan Doyle, los más conocidos en esta clase de novelas, que la accidentada y violenta investigación que llevan a cabo detectives y policías en la novela negra, donde quien no recibe un balazo sufre una paliza, sino es secuestrado y torturado. El respeto en la sociedad china por el policía resulta insólito para un lector occidental. El personaje tiene algunos atractivos para el lector sensible, como es su condición de poeta, a veces escribiendo versos en plena investigación, su erudición sobre la poesía china tradicional, junto alguna que otra máxima confuciana, pero sobre todo, para algunos lectores gourmets, como es mi caso, resulta apasionante la descripción y degustación de platos de la cocina china, más o menos tradicional o moderna. En este sentido me recuerda mucho a Carvalho, el detective de Vazquez Montalbán, aunque se diferencia claramente por su afición a los libros y la visita a las bibliotecas públicas, algo que no encajaría en Carvalho, ya de vuelta de todo, y que se dedica más a la quema de libros que a visitar bibliotecas.

Para un lector occidental resulta apasionante la descripción que hace el autor, a través de su personaje, de la ciudad de Shangai y de la sociedad china. Tal vez lo más llamativo sea ese hacinamiento increíble y espectacular en el que parece vivir todo el mundo, excepto los altos cuadros del partido comunista chino y los nuevos ricos surgidos al amparo de algunas libertades de mercado que se van abriendo paso en una sociedad típicamente comunista. Para un fóbico social como yo semejante hacinamiento pone el vello de punta y sería insufrible para un claustrofóbico. En algunos momentos puede recordar el camarote de los hermanos Marx o lo que podrían sentir las sardinas dentro de una lata. El tema de la vivienda parece ser un problema insoluble en China y la llegada o advenimiento del capitalismo tradicional tampoco parece ser capaz de encontrar solución alguna, salvo para los ricos. Una sociedad tan superpoblada como la China tiene que acostumbrarse a vivir hacinada, intentando mantener un orden estricto, tal como las hormigas en el hormiguero. La descripción de los edificios repletos de vecinos, donde los pisos normales han sido tabicados una y otra vez para lograr que entren más familias, en visiones esperpénticas del camarote de los hermanos Marx, resulta tan insólita para el lector occidental, a pesar del problema de la vivienda y de los okupas, que tiene que irse acostumbrando a este tipo de vida conforme va leyendo todas las novelas de la saga.

Hay otra característica insólita en el inspector jefe Chen y es su pertenencia al partido comunista, donde va ascendiendo, sin mucho interés por su parte, todo sea dicho, y su mano izquierda, nunca mejor dicho, para “torear” a los mandos regionales del partido cuando la investigación del crimen de turno choca frontalmente con los intereses del partido. Algunos personajes políticos que van apareciendo en estas historias son de un color gris tan opaco que por sí solos pueden retratar la clase política china. A lo largo de las historias se va haciendo un buen repaso a la historia china, desde Mao, el gran dictador, a Deng Xiaoping, pasando a la revolución cultural, la guardia roja y tantos otros iconos chinos del siglo XX. Lo que en estas novelas se cuenta ayuda mucho a comprender la historia china y cómo fue vivida por los diferentes grupos sociales y cómo puede ir evolucionando la sociedad china hacia un capitalismo “sui géneris” que uno piensa que con el tiempo no se diferenciará gran cosa de nuestro conocido capitalismo occidental. Se atisba con fuerza cómo son y serán los nuevos ricos chinos y cómo encajan en una sociedad comunista, algo que hasta la lectura de estas novelas a mí me resultaba particularmente incomprensible. Concretamente en esta novela la traducción al inglés de un proyecto de urbanización o ciudad moderna, que respeta al mismo tiempo la construcción china tradicional, que se encarga por un millonario al inspector jefe Chen hace que su ayudante Yu, tenga un importante papel, algo que por otro lado también tenía, aunque menos en las otras novelas de la serie. Es un personaje muy interesante, una especie de doctor Watson chino, que junto son su familia, su esposa y su hijo, así como su padre, un viejo policía jubilado, nos permiten hacernos una idea de cómo es y cómo funciona la familia china. Hay otros personajes secundarios muy interesantes, como en esta novela en concreto la secretaria que le es impuesta a Chen por el millonario que le hace el encargo.

Entre los grandes hallazgos de esta novela y de toda la saga están los personajes, muy sólidos, muy bien trazados, muy chinos, se podría decir. Es uno de los andamiajes básicos de esta saga, como lo es también la descripción de la sociedad china basada en una ciudad tan mítica como Shangai. Estas historias tienen muchos alicientes para el lector occidental interesado en la cultura china, aunque tal vez el lector habitual y apasionado de novela negra se sienta un poco desilusionado porque las investigaciones de los crímenes, a pesar de su interés, su ritmo y suspense, no aportan mucha originalidad y son más interesantes para el lector de novela policíaca deductiva clásica que para el lector caníbal de novela negra, repleta de cadáveres y de violencia.

Para mí ha sido una lectura muy amena, interesante, a veces apasionante y sobre todo un descubrimiento de la novela policíaca negra que desconocía totalmente. Una lectura exótica como lo será el descubrimiento de la novela negra japonesa en lo que estoy ahora. Dentro del género la peculiaridad del cada país le da un toque muy especial, más en los casos de países exóticos y desconocidos como puede ser China. Un consejo para el lector, si puede que se lea la saga de forma cronológica, desde la primera novela hasta la última, aunque si no le resulta posible no debería renunciar a la lectura de la novela que caiga en sus manos, creo que no le decepcionará, salvo que no pueda prescindir de la sangre y la violencia de la novela negra más caníbal.

SINOPSIS

El inspector jefe Chen ha pedido unas merecidas vacaciones que va a dedicar, por encargo de un millonario, a la traducción del chino al inglés de una especie de folleto que este millonario deberá entregar a sus socios occidentales para que le ayuden a financiar una urbanización moderna basada en un modo de construir tradicional chino. No puede resistirse a los cuantiosos emolumentos que se le ofrecen, aparte de la simpatía que siente por el millonario al que debe algún favor. Mientras traduce, con la inestimable ayuda de una adorable secretaria que le es impuesta por el millonario, su ayudante, el detective Yu, deberá ocuparse de investigar un crimen que tiene trazas de ser político, por lo que la presión resulta insufrible. Cuando la novelista Yin es asesinada en su diminuto cuarto de un edificio tradicional tras la publicación de una novela muy crítica con la guardia roja y la revolución cultural, el detective Yu debe hacerse cargo de toda la investigación, aunque el inspector jefe Chen no dejará de aportar sus conocidas intuiciones y sus versos.

FICHA TÉCNICA

AUTOR: QIU XIALONG
TÍTULO ORIGINAL: When Red is Black
EDITORIAL: ALMUZARA
SBN: 9788496968974
GÉNERO: NARRATIVA
SUBGÉNERO: NOVELA NEGRA

UN CADÁVER EN LA CARRETERA Y XII


FINAL

CADAVERC

El se despertó sobresaltado. Ella dormía dulcemente entre sus brazos. Se desprendió del abrazo, procurando no despertarla.

Una idea se clavaba una y otra vez en sus meninges, como un arpón en el lomo de una ballena. Necesitaba encontrar aquel maldito análisis de sangra que le daría la respuesta a la pregunta que no cesaba de atormentarle.

Él rebuscó por toda la casa, en silencio, mientras ella dormía apaciblemente.

No encontró nada. Elucubró hasta el agotamiento en cómo podría enterarse de si ella le decía la verdad, antes de recurrir al análisis de su propia sangre.

El regresó al lecho y tardó en quedarse dormido. Ella habló en sueños, dándose la vuelta y ofreciéndole su culo.

El se arrimó, colocando su mano derecha en su pecho y su miembro erecto entre sus nalgas. Se movió con mucho cuidado, para no despertarla y pudo llegar al orgasmo antes de quedarse por fin dormido.

Había sido una noche salvaje, él la había poseído como una bestia, había mordido sus pechos hasta ver sangre, había clavado sus dientes en sus labios y buscado su lengua como un poseso. Hasta quiso devorar sus dientes con los suyos. Su miembro era como un ariete, como un hierro al rojo vivo, que penetró en su sexo buscando partirla por la mitad.

 

Ambos llegaron a un orgasmo feroz, sin concesiones al tiempo o a la muerte, que aguardaba, acechante, bajo el lecho. Gritaron, estremecidos, por un placer que nunca antes habían sentido.

Ella se refugió en el servicio, para restañar sus heridas, y regresó con varias vendas en sus manos. Le ató muñecas y tobillos al somier y se apoderó de su cuerpo como un súcubo insaciable. Con su boca recorrió su cuerpo, como si buscara en cada poro de su piel una puerta a su ser más profundo. Tardó en resucitar su miembro con su boca y cuando lo logró clavó en él sus dientes, como una pantera hambrienta.

Ella intentó convencerle por última vez. Se volvió tierna y le suplicó que se dejara llevar en alas del viento de la más absoluta libertad.

Al no obtener la respuesta que esperaba hizo suyo su cuerpo, como una leona hace suya su presa a la que tiene sometida entre sus mandíbulas.

El luchó por mantener su miembro en decadencia, pero éste parecía haberse independizado de su mente.

Agotados se habían quedado profundamente dormidos… hasta que a él le despertó la vieja obsesión.

La sodomización a que la había sometido, estando ella dormida, era solo un símbolo de su impotencia por resistirse a su poder. Fue en vano, porque hasta este acto posesivo fue un acto de entrega.

Le despertó el ruido de la puerta al cerrarse. Abrió los ojos… pero ella no estaba.

El salió corriendo, desnudo como estaba, y desde el quicio de la puerta observó cómo ella, con una maleta en su mano, caminaba hacia el coche, aparcado al límite del jardín, sobre el camino de grava.

El regresó apresuradamente al interior y se hizo con la pistola.

Cuando la amartilló, apuntando hacia su cuerpo, ella estaba a punto de introducir la llave en la cerradura de la puerta del coche.

CADAVERC2

El la llamó a gritos, con voz ronca, irreconocible. Ella se volvió y le sonrió.

-¡Vuelve aquí o te mato, zorra!

-¿Y si vuelvo no me matas, pichoncito?

Tenemos que hablar.

Ella dejó la maleta en el suelo y caminó hacia él, moviendo en demasía sus caderas.

El se apartó, para dejarla pasar, y ella acarició su sexo, como quien no quiere la cosa.

Ya en el salón, él desnudo, con el pajarito arrugado, apuntó firmemente con la pistola a su rostro.

Ella le observó, inquisitiva, con una sonrisa acariciante en la boca.

-¿Tanto me necesita tu pajarito?

-El y yo, los dos te necesitamos.

-¿Entonces no quieres que me vaya?

-No, no quiero que te vayas.

-Pero tampoco quieres venir conmigo.

-No, hasta que sepa toda la verdad.

-Ya la sabes.

-No la sé, ¡puta! Quiero que me enseñes el análisis de sangre.

 

-Sabes que no lo llevo encima.

-Pero puedes conseguirlo.

-Puedo, pero no quiero. ¿Qué cambiaría eso?

-Lo cambiaría todo…todo… Sabría si me amas, si me has amado o solo has jugado conmigo.

-¿Aún no lo sabes.

-No, no lo sé, ¡maldita zorra!

-Si supieras que te amo, que siempre te he amado, ¿vendrías conmigo?

-¿Cómo podría estar seguro de que no volverás a matar? ¿De que no me matarás a mí, cuando te hayas cansado?

-No puedes estar seguro.

-No quiero que te vayas.

-Podemos follar unas horas, hasta saciarnos, pero luego me iré. Es cosa tuya si decides seguirme o no.

-Necesito tiempo.

-Ya no hay tiempo.

-Entonces te mataré ahora.

-¿A qué esperas?

La pistola tembló en su mano, pero continuó apuntándola.

-¡Vamos! A qué esperas. ¿Necesitas verme desnuda?

Ella se desabrochó la blusa, arrancándosela con rabia y se la arrojó a él a la cara. Luego se desabrochó el sujetador, con la facilidad que solo puede tener una mujer. Se lo lanzó con fuerza. Quedó encima de su muñeca, tapando la pistola.

 

Él ni siquiera parpadeó, sus ojos tenían la fijeza de un cadáver.

Ella deslizó la falda hasta el suelo, procurando que sus movimientos fueran sensuales, muy sensuales. Se quedó en braguitas y le miró con fijeza, erguida, sus pechos firmes, sus pezones apuntándole, como dos diminutos fusiles ametralladores, dispuestos a trocear su arrogancia.

Él ni siquiera parpadeó. Su brazo no tembló. El sostén continuaba ocultando la pistola, como un retorcido símbolo de un pintor sadomasoquista.

Ella se quitó las bragas, como si estuviera haciendo un streptease para el amante de turno.

El bajó la vista hasta su pubis y se pasó la lengua por los labios resecos. Ella sonrió.

 

-Mátame o fóllame, pero tienes que decidirte de una vez.

El apretó el gatillo, casi sin darse cuenta. La primera bala hizo un agujero por debajo del ombligo de ella. Aún así pudo esbozar una sonrisa amarga…Luego se tambaleó.

La segunda bala perforó su pezón derecho. El pudo ver cómo dos fuentes de sangre manaban de aquel precioso cuerpo desnudo.

El continuó apretando el gatillo, la mirada vidriosa de un muerto fijo en ella, la muñeca firme. El tercer disparo se coló en su sexo, mientras ella comenzaba a caer hacia atrás.

CADAVERC3

El cerró los ojos, su índice se movía aún sobre el gatillo y lo siguió haciendo hasta agotar el cargador.

Cuando los abrió de nuevo ella estaba en el suelo, desnuda, perforada, con los ojos abiertos mirando fijamente hacia el techo.

El se acercó, conmovido, arrojó la pistola lejos y se arrodilló a su lado.

-Saldrás de esta, ya verás. Eres una mujer muy dura. Luego nos iremos juntos. Ya no tengo dudas.

El no tuvo necesidad de tomarle el pulso, ni de colocar un espejo ante su boca. Los ojos vidriosos de ella repetían una y otra vez que estaba muerta… y que ya nunca volvería a la vida.

El se acercó, como un autómata, hasta la mesita del teléfono, descolgó y marcó el número de la comisaría más próxima que aparecía en un folleto, junto con otros números de emergencia. Ni siquiera fue consciente de que el folleto no estaba allí la noche anterior.

-Comisaría de Pueblonuevo. ¿En qué puedo ayudarle?

La mujer policía, encargada de la centralita aquella mañana, solo pudo escuchar un grito inhumano, que perforó sus tímpanos.

 

FIN

LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS IX


PEQUEÑOSHU

Aquel telón en el escenario me parecía algo mágico. Bastaría con descorrerlo para que se pudieran ver las mayores maravillas del mundo. Recapitulé sobre todas las alegrías que me esperaban: jugar el futbol todos los días en los campos que habíamos visto; ver cine todos los fines de semana; bañarnos en la piscina en verano; jugar a baloncesto y a balonmano… Comparadas con tantas alegrías, el madrugar y el tener que confesarme y comulgar todas las semanas me parecía hasta aceptable. El cura nos explicó las actividades que se desarrollarían allí durante todo el año y especialmente durante las fiestas del patrono del colegio, San Agustín. Pero deberíamos dar allí por terminada la visita al colegio, porque se acercaba la hora del desayuno. El cura miró el reloj y nos hizo una seña para que le siguiéramos.

A paso ligero recorrimos otra vez el largo pasillo. Mientras lo hacíamos no pude evitar imaginarme lo adecuado que era para echar carreras. Sonreí ante la escena. Unos cuantos nos poníamos en un extremo, alguien contaba, una, dos y tres. Y salíamos corriendo como alma que lleva el diablo. Nunca mejor dicho. Pero aquello no era nada más que un sueño. Era evidente que aquel cura nunca permitiría aquello. Todo en el colegio respiraba un aire de seriedad y religiosidad que asustaba al más pintado… y yo no lo era.

PEQUEÑOSH

Al llegar al hall el cura continuó adelante. Abrió una puerta acristalada como al parecer lo eran todas y nos invitó a seguirle. En la pared de enfrente había una especie de dibujo o pintura, hecha al parecer con pequeños trozos de piedra o cerámica, representaba alguna escena que no pude entender. Las figuras eran altas y estaban distorsionadas, los colores muy vivos. Me resultaba difícil decidir si aquello me gustaba o no. Al final me dije que me gustaba más de lo que no me gustaba, por lo que di como ganador al „me gustaba“ y atendí las explicaciones del cura. Nos estaba diciendo que a la izquierda estaba el comedor de los mayores, es decir de quienes estudiaban cuarto, quinto y sexto de bachillerato. A la derecha estaba el nuestro, es decir para los estudiantes de primero, segundo y tercero de bachiller.

Pasamos al comedor y todos nos quedamos deslumbrados. Había tantas ventanas que uno se hubiera dicho al aire libre. El salón era muy grande y gruesas columnas de cemento pintadas sujetaban el techo. Había tantas mesas que dejé de contarlas, perdí la cuenta. Estaban colocadas en filas que llegaban hasta el centro, dejando allí un amplio pasillo y continuaban hasta la otra pared, también horadada por muchos ventanales. El cura nos dijo que podíamos sentarnos para probar las sillas. Eso era lo que más nos había sorprendido de todo. Las mesas, para ocho, cuatro en un lado y cuatro en el otro, era de formica y las sillas estaban sujetas por tuberias a las mesas. No se podían mover.

Tanto Antonio como yo nos sentamos con una cierta precaución, temiendo que aquellos tubos se rompieran y termináramos en el suelo, pero descubrimos que todo aquel artilugio era muy sólido. El cura nos lo explicó con una sonrisa de oreja a oreja. Era de lo más moderno y muy sólido, como para sostener a ocho personas sentadas a la vez, no se rompería el tubo, no. Satisfechos nos levantamos. El cura nos invitó a mirarnos en un gran espejo que había en la esquina por donde habíamos entrado, al lado de una puerta de madera. Nos miramos y no encontramos nada extraordinario en el espejo, aparte de que era muy grande y nos podiamos ver de cuerpo entero. Reflejaba muy bien, eso sí. Entonces el cura, con el gesto de un mago que va a sacar un conejo de su chistera, abrió la puerta de madera y nos invitó a pasar. Lo hicimos, curiosos, y pudimos ver lo que resultó ser el comedor del prefecto. Allí comía y los platos le llegaban a través de un torno de madera situado en una esquina, cuyo funcionamiento nos enseñó. Era la primera vez que veíamos algo semejante y todos soltamos exclamaciones, hasta los papás. Sin embargo lo más sorprendente estaba aún por llegar. Nos señaló con un dedo el rectángulo que daba al comedor, a la altura del espejo que estaba por fuera. Nuestra sorpresa se expresó con chillidos de alegría. Por dentro no era un espejo, se podía ver todo el comedor a la perfección. Se trababa de una venta con cristal, disimulada por fuera como si fuera un espejo. Desde allí el prefecto podía vigilar el comedor y nadie sabría si lo estaban mirando en el momento que hacía una trastada o no, por lo que siempre tendría que estar muy atento y modoso. Eso nos dijo el cura, solo que con otras palabras, y cuando Antonio y yo comprendimos el alcance de lo que estábamos viendo, nos miramos con miedo y se nos fue la alegría de la sorpresa.

El cura nos preguntó si deseábamos ver las cocinas y mi papá dijo que sí enseguida. Le gustaba comer, cocinar y todo lo que se refiriera a la comida. La puerta estaba al lado de su comedor. Me quedé muy sorprendido de que fueran dos puertas como las que se ven en las películas del Oeste, cuando entran al salón a tomarse su vasito de guisqui. El cura entró primero y sostuvo una de las puertas para que todos pasáramos. Las cocinas eran muy grandes, enormes. Sobre unos grandes fuegos había hasta seis enormes perolas. Si nos hubieran echado a los niños dentro, de pie, no se nos vería la cabeza.

PEQUEÑOSH1

En aquel momento estaban desiertas. En unos carritos metálicos de tres pisos unas cafeteras enormes con asa de madera, humeantes, esperaban el momento del desayuno. El fraile nos dijo que en unos minutos los estudiantes entrarían en el comedor. Ahora formaban en el patio. Nos explicó con prisa que había un cocinero jefe y varios ayudantes, así como algunas chicas que se ocupaban de fregar los cacharros y otras labores. Nos mostró unos sacos de patatas y legumbres, amontonados contra la pared. Se iban a utilizar para la comida del mediodía. Pelar las patatas llevaría un buen rato. Los estudiantes castigados también ayudaban en la cocina, en faenas de este tipo.

Aquel frailecito parecía disfrutar con los posibles castigos que nos caerían encima si éramos malos. Me entró tanto miedo que noté cómo mis piernas comenzaban a temblar. Imaginarme allí, sentado en un taburete y pelando una patata tras otra, dejándolas caer en las enormes perolas que nunca se llenarían, pelaras las patatas que pelaras, era algo que no podría soportar. Tendría que ser bueno, más bueno de lo que me había prometido ser. Nos explicó que cada día de la semana había un menú, cómo se preparaban las comidas y cómo los estudiantes encargados del reparto durante la semana estaban autorizados a entrar en las cocinas, solo ellos, sacaban los carritos hasta el comedor y allí repartían llenando los platos con gacetadas del potaje que correspondiera.

Mi papi parecía disfrutar mucho con todo aquello, aunque no se atrevió a comentarle al cura que él había sido cocinero en la mili y que ahora le seguía gustando mucho cocinar. Nos enseñó los grandes frigoríficos metálicos, incrustados en las paredes y que estaban llenos de toda clase de comida. Cada semana venían los proveedores, con sus camiones y camionetas y reponían todo lo que se había gastado. Intenté imaginarme cuánta comida sería necesaria para dar de comer a los casi mil estudiantes que estudiaban allí, en los seis cursos de bachillerato. En mi cabecita no cabían tantos números. Aquel colegio era como una ciudad entera.

Se oyeron silbatos en el patio y el fraile nos dijo que ya comenzaban a desfilar y en un minuto estarían allí.  Se apresuró a hacernos salir de las cocinas, atravesamos el comedor y antes de salir de allí nos invitó a asomarnos a las ventanas. En el patio se veían muchos estudiantes, estaban formados en fila india y los más cercanos a la puerta estaan ya desfilando, como soldaditos. Nos quedamos boquiabiertos contemplando aquel espectáculo y el cura nos pidió que nos diéramos prisa. Salimos de allí como si huyéramos y pronto nos encontramos en aquel vestíbulo tan enorme que se perdía la vista. El cura nos dijo que había llegado la hora de despedirse. Que no lloráramos, que deberíamos comportarnos como hombrecitos. A mí no me costó mucho contener las lágrimas. Estaba tan asombrado por todo lo que había visto que ni siquiera se me había pasado por la cabeza que ahora, por primera vez en mi vida, me quedaría solo.Me caía de sueño, los ojitos se me cerraban, por lo que me apresuré a despedirme. Mi papá estaba parado allí, contemplándome, con la cara un poco descompuesta por la emoción. Se sentía tan embarazado que no sabía qué hacer. Tuve que ser yo el que me acercara y le diera un beso en la mejilla. Aquello era algo inaudito. En casa nunca nos besábamos, ni nos abrazábamos o acariciábamos. Eso era algo que no hacíamos nunca. Claro que tampoco había visto a nadie mostrar cariño en público.

LA CANTANTE DE LA TROPICANA III


Se acercan las Navidades, fechas entrañables para todo el mundo, incluidos los detectives. El nuestro se pregunta cómo pasará estas Navidades. Seguro que espiando a la cantante de la Tropicana. No son malas navidades, no, para sí las hubiera querido todos estos años pasados en los que ocupó la nochevieja vigilando a un par de matrimonios ligeros de cascos, los dos. Los maridos le encargaron que vigilara a sus esposas y estas que vigilara a sus esposos. Con tanta esposa suelta decidió esposarse al buffet o barra libre del hotel donde las parejas se engañaban mutuamente. Hizo un par de fotos para cumplir y el resto de la noche lo pasó comiendo y bebiendo como un cosaco hambriento en plena Siberia. Lo malo es que tenía la tv muy cerca y tuvo que tragarse el programa de fin de año.

Esta vez el panorama se presenta mucho más entrañable. Seguro que la cantante pasará las fiestas con su familia, recordando al viejo año que se va. De vez en cuando se asomará a la ventana para contemplar la luna navideña y él podrá disfrutar de su rostro silueteado contra la noche. Pondrá unos adornillos a los prismáticos y por un momento se hará a la idea de estar bajo el árbol navideño. Tal vez pueda acercarse y robar algunos manjares y una botella de buen ron. Desde luego estas fiestas no se presentan nada mal. Incluso puede que la cantante de la Tropicana alegre la noche con algún villancico. Y para redondear no es lo mismo un clima caribeño-tropical que estar hundido en la nieve en Suecia, vigilando a un idiota que dejó a su linda mujer mediterránea para irse tras una sueca gorda, que las hay, a celebrar la Navidad. Y es que nadie está conforme con nada. Al menos él no se queja… de momento.

UN CADÁVER EN LA CARRETERA XI


UNCADAV

ULTIMA NOCHE

Ella preparaba la cena, en su casita, situada en un perdido lugar de cualquier parte. El veía la televisión, como un zombi. Habían transcurrido muchos días, él no sabía muy bien cuántos. Ella era consciente de que las noticias eran buenas: la policía había cerrado el caso. La chica había matado al jefe y a los dos secuaces, los compinches habían matado a la chica. Ajuste de cuentas. Caso cerrado. Al menos eso decían los telediarios. No podía fiarse, tal vez todo fuera una trampa de la policía. Le buscaban a él para interrogarle, le consideraban un testigo. La hipótesis era que ella le había secuestrado, luego matado a los otros y ahí se perdía el hilo. Tal vez él lograra huir o tal vez estuviera muerto. Eso solucionaba todo a plena satisfacción. Le buscaré una nueva personalidad. No necesitaban de su dinero, que sus sicarios se quedaran con la empresa; ella tenía mucho dinero en cuentas secretas, en Suiza. Podría ir retirando lo que necesitara, utilizando cualquiera de sus múltiples personalidades. El reaccionaría, acabaría por hacerlo. Fin de la historia.

Terminó de preparar la cena y le sirvió a él una cerveza fría. Ella se sentó en el sofá a su lado, le besó y acarició su pelo revuelto. El se disculpó, levantándose para ir al servicio. Ella se quedó mirando un programa estúpido en la televisión. Como una auténtica ama de casa, pensó.

El regresó, pero llevaba algo en su mano derecha, era una pistola. La encañonó apuntándola al pecho. No tenía ninguna duda. Ella le miró fríamente a los ojos y dijo:

-Mátame, pichoncito. No tenemos futuro. Me consideras una asesina, una psicópata y el amor de una asesina no dura para siempre. Aprieta el gatillo y acabemos de una vez.

-Yo te quería, aún sabiendo que habías matado a un hombre. No lo conocí, aunque estoy seguro de que era un canalla desalmado y no merecía otro destino. Te amé con pasión cuando te enfrentaste a dos matones sin temblar. Era su vida o la tuya, no podías hacer otra cosa. Pero aquella mujer no merecía la muerte, era una prostituta, vendía su cuerpo por dinero; no merecía morir, no hacía daño a nadie. Entonces comprendí que eres una asesina fría, una profesional. ¿A cuántos has matado? Todo lo que me has dicho sobre tu vida es una mentira. Dime ahora la verdad. ¿A cuántos has matado?

-No lo sé pichoncito, puede que pasen de los cien. Tienes razón, soy una profesional. Mato por dinero. Aquel mamón no me había hecho nada. Te mentí. Me contrataron para liquidarlo. Mucho dinero. Lo seduje y lo aguanté durante unos meses, el tiempo suficiente para encontrar una oportunidad. Era un tipo muy bien protegido. Siempre estaba rodeado de matones, protegido por medidas de seguridad casi perfectas. Pero existía un agujero en la coraza. El mamón tenía gustos muy extraños en lo referente al sexo. Tal vez el menos extraño fuera que le gustaba follar en un coche en pleno campo, solo, sin guardaespaldas. Supe enseguida que esa era mi oportunidad pero había un pero; antes de quedarnos solos siempre me cacheaba Pulgarcito y no se andaba con remilgos, metía la mano hasta debajo de las bragas. Era imposible ocultar nada, ni una pistola diminuta, ni siquiera una navaja. El muy cabrón me cacheaba a fondo y disfrutaba con ello, vaya si disfrutaba. Se lo tomaba con calma, me manoseaba como una babosa. Y el jefe miraba, lo dejaba hacer. Eso le ponía cachondo. Lo hizo dos veces pero a la tercera descubrí la forma de engañar a Pulgarcito. El cabroncete tenía una debilidad, era maricón y no soportaba tocarle el culo a una mujer. A los hombres sí, se moría por tocar culos masculinos, en cambio del cuerpo de las mujeres le repugnaba. Había notado que podía desnudarme con la mirada por delante pero en cuanto movía el culo delante de él se ponía nervioso y buscaba cualquier excusa para irse. Se lo sonsaqué a Frankestein, me costó un polvete, un polvete miserable, porque al capullo no se le ponía tiesa y tuve que mamársela. Eso fue todo lo que conseguí de aquel gorila. Así que aproveché esa debilidad de Pulgarcito, escondí en el culo una pistolita que casi podía sujetar entre mis nalgas. Cuando me quedé a solas con el mamón saqué la pistolita y me apoderé de la suya. Lo demás fue fácil. Por cierto, ya que quieres saberlo todo. El mamón era un amante genial, la tenía grande y aguantaba minutos y minutos sin correrse. Le gustaba hacerlo por delante, por detrás, de rodillas, de pie, en los ascensores, que se la mamasen por debajo de la mesa, en el cuarto de baño, se lo hacía con dos a la vez, con tres, con cuatro, con las que fuera. Era un semental, un toro insaciable. Nunca he disfrutado tanto, tu eres un pardillo a su lado, tu…

-Cállate de una puta vez, zorra.

El sentía ansias de descuartizar su cuerpo, la mano le temblaba de tal forma que tuvo que quitar el dedo del gatillo.

-Lo que dices es mentira. Me provocas para que te mate. Eres una profesional pero no una pervertida. Me lo has demostrado en la cama, eres dulce, cariñosa, apasionada, romántica…

-Para el carro, pichoncito. Sabes que me he acostado con todos los hombres que maté, incluso con las mujeres. Hubo de todo, como en botica. Pichas grandes, medianas, diminutas. Amantes cariñosos, brutales, impotentes, fetichistas, pervertidos, hasta sadomasoquistas. Y qué decir de las mujeres, monjitas, ninfómanas, viejas, jovencitas, hasta una colegiala. ¿No me crees?

-Lo haces porque supones que no voy a poder matarte, pero lo haré. Eres un demonio, una zorra sin entrañas.

-Aún me quieres pichoncito. Tú aún me quieres, mi amor.

-Sí, sí, es verdad. Aún te quiero y te querré siempre.

-Si es verdad, dame un beso de despedida. Deja la pistola y bésame, luego podrás matarme, moriré a gusto.

El dejó la pistola sobre la mesa y la besó como nunca nadie había besado. Así pasaron los minutos. Ella respondió con pasión, estremecida. El se desprendió de su boca y entonces ella saltó como una pantera y se apoderó de la pistola. Le encañonó y chasqueó la lengua.

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-Ahora qué pichoncito. Tú eres el que va a morir. Antes quiero que me cuentes a cuántas te has follado. No te des prisa, tómatelo con calma.

-He tenido mis aventurillas pero los hombres siempre exageramos. Una aquí, otra allá, pero no demasiadas. Si es cierto que me han visto con muchas mujeres, pero no todos se derriten por mis huesos…

-No me mientas, pichoncito, no lo hagas o será lo último que digas…

-Está bien, está bien. Siempre tuve éxito con las mujeres, no sé porqué, no soy feo, pero otros son más atractivos y no se comen una rosca. Debe ser un don, como memorizar números de teléfono…

-No te enrolles pichoncito, al grano.

-En el instituto las chicas me perseguían y yo nunca decía que no, gordas, delgadas, feas, guapas, pecosas, rubias, morenas. Todas caían de rodillas y me la mamaban. Todas… ¿me has entendido?

-Claro, cariño, sigue.

-Cuando fui mayor de edad las casadas que antes se resistían, por miedo a pervertir a un menor, cayeron de rodillas ante mí y me la chuparon. Me has oído. Todas… Todas… Focas, mujeres despampanantes, ricas, pobres, recién casadas, maduritas fondonas. Todas…Todas….

-Te he oído cariño. Sigue.

-Me pagaban, algunas mucho. Así monté mi negocio. Soy un buen programador, el mejor si quieres, pero sin su dinero nunca hubiera salido adelante. Entonces contraté a las mujeres más guapas, aunque fueran unas inútiles. No me importaba, porque me las tiraba a todas…todas… ¿Me has oído? A todas….

-Claro, pichoncito. Y eran grandes, delgadas, feas, rubias, morenas…

-Sí, sí, eran gordas, delgadas, unas tenían el chocho grande, otras estrecho. ¡Pero qué me haces decir! Todas eran guapas, me oyes, todas….

-Claro, mi amor, sigue.

-Con dinero todo es más fácil. Iba por ahí de caza y caían todas… todas… ¿me oyes?…

-Claro pichoncito. Y eran gordas, delgadas….

-No te rías de mí, zorra. Mátame y acabemos de una vez, no me gusta este juego sadomasoquista. Mátame puta, mátame…

-Luego, mi vida, ahora dime la verdad. ¿Cuánto de lo que has contado es cierto?

El se echó a llorar. A ella no le temblaba el pulso.

-Vamos, deja de lloriquear como un niño y dime la verdad.

-No es cierto, nunca me vendí. El negocio lo he sacado adelante yo solito. Tampoco es cierto que contratara chicas para tirármelas. En mi empresa están los mejores, sean hombres o mujeres, no tengo preferencia. Sí, es cierto que tengo éxito con las mujeres. Todos los veranos me acompaña una mujer a la casa donde estuviste. Y lo pasamos bien, a veces muy bien, otras regular. A veces ligo en la playa o en la discoteca o por ahí. Las llevo a caso y hacemos un “menage a trois”, si la otra quiere, sino la echo, pagándole el viaje y gastos, claro, no soy un miserable.

-¿Y el Sida? ¿No tienes miedo del Sida?

-Lo tenía, pero me cuido mucho, me hago análisis todos los meses y tomo precauciones. Es un riesgo mínimo y muy calculado.

-¿Tú crees? ¿Y estas últimas noches? Me has hecho cunnilingus y no he dejado que te pusieras preservativos.

-¿Qué quieres decir?

-Quiero decir, pichoncito, que tengo el Sida y ahora seguro que tú también.

-Me estás engañando otra vez, maldita zorra.

-No, no lo estoy haciendo. Y ahora te voy a dar la pistola y me vas a matar. ¿Verdad que sí pichoncito?

Ella le entregó la pistola sin que su mano temblara, él la tomó entre las suyas temblorosas y la encañonó.

-Ahora me vas a decir la verdad. Quiero la verdad, ¿me oyes?

-Claro, cariñito. Es cierto que soy una profesional pero no he matado a tantos. No me he acostado con todos, solo con quienes me gustaban. Te he tomado el pelo. Es cierto que el mamón era un buen amante, pero nunca me dio el cariño que me has dado tú. El muy cabrón acabó por contagiarse el Sida, tomaba precauciones, pero a veces se las saltaba cuando estaba muy bebido y en plena orgía. Me lo dijo antes de matarle.
CADAV3

 

“También me dijo que había descubierto que era una profesional, pero que quería que yo le matara, no quería sufrir. Lo de Pulgarcito es cierto, a Mamón no le importaba que escondiera una pistola en el coño si quería, pero le daba instrucciones a Pulgarcito porque quería humillarme. Ahora que sabes que te he contagiado el Sida mátame.

-Aún no has dicho toda la verdad. ¿Me quieres? ¿Estás enamorada de mí?

-Claro, pichoncito por eso quiero que me mates. No Tenemos ningún futuro. ¡Mátame de una puta vez!

-No te creo, zorrita. ¿Cómo sé que no me estás mintiendo ahora?

-No lo sabes. Pero puedes hacerte un análisis de sangre. Tal vez descubras que ya tienes el Sida.

-No entiendo nada del Sida. ¿Puede saberse tan pronto que estoy contagiado?

-Podemos esperar. Y mientras tanto seguir follando sin preservativos. ¡Qué importa ya! Si no te has contagiado aún no creo que unos polvos más te sienten peor de lo que te han sentado hasta ahora.

Èl comenzó a calmarse. A ver las cosas con la frialdad con que las observan los que van a morir. Se sentó tranquilamente y le pidió a ella que le sirviera un buen trago. Estaba dispuesto a llegar al final de todo, aunque para ello tuvieran que pasar la noche enzarzados en insultos y peleas.

Ella se levantó, pizpireta, moviendo el culo con delectación. Parecía creer que echarían un último polvo antes de morir. Lo que no sabía era cómo sucedería. ¿Se atrevería él a disparar? ¿Tendría que matarle ella y luego dispararse en la sien? ¿Estaba él convencido de que realmente ella tenía el Sida y le había contagiado?
¿Cómo podía estar segura ella de que le había transmitido la enfermedad mortal?

-Sírvete tú otro. Tenemos toda la noche por delante. No me creo ni una palabra de lo que has dicho. Así que comenzaremos por el principio, desde que nos conocimos en la carretera. No quiero que me mientas. Lo sabré.

-¿Es un interrogatorio? Tú quién eres, ¿el poli malo o el poli bueno?
No me importa que me interrogues toda la noche y luego me dispares, pero yo pondré las condiciones.

-¿Qué condiciones? Me acabas de dar la pistola y ahora mando yo.

-¿Tú crees? ¿Entonces por qué no disparas de una vez?

-Está bien. ¿Qué condiciones?

-Por cada pregunta que me hagas deberás darme un largo beso y quitarme una prenda. Si al final decides matarme al menos me permitirás disfrutar del último polvo. ¿Hecho?

-Hecho. Pero no entiendo nada, absolutamente nada de lo que está pasando. Si eres una fría asesina profesional, a qué viene darme la pistola y pedirme que te mate… Y si me quieres, ¿a qué viene esta escena?

-Eres tú el que lo has empezado todo, el que me ha encañonado con la pistola.

-Está bien. Ya no aguanto más, quiero saberlo todo.

-Entonces pregunta.

-No entiendo tu aparición en la carretera. ¿Qué necesidad tenías de simular que te habían violado? Podrías haberte largado en el coche del Mamón, luego robar otro y desaparecer del mapa.

-¿Es una pregunta?

-¿Me estás tomando el pelo?

-Si es una pregunta tienes que pagar prenda y besarme.

Él volvió a dejar la pistola sobre la mesa camilla. Ya no le importaba que ella le encañonara y le disparara. Ya no le importaba morir. Ya no le importaba nada. Tuvo que arrebatarle una prenda a ella y besarla hasta que su mano en su nuca aflojó la presión. Luego ella le arrebató una prenda a él, besándole con una dulzura, impropia de la situación que estaban viviendo.

-Sí, suena raro. Yo no sabía que ibas a ser tú quien me encontrara. Tal vez hubiera sido mejor dejar allí el cadáver del mamón y escapar con el coche. Pero

Pulgarcito y Frankestein muy bien podían estar cerca. Entonces estaría perdida. Así que decidí dejar el cadáver en el coche, atarle con el cinturón y simular que nos trasladábamos los dos a otro lugar. Si ellos estaban cerca darían señales de vida. Y si no lo estaban podría dejar el coche cerca de la carretera, arrastrar el cadáver y simular que me había violado.

Me haría con el coche de quien parara y él tendría bastante confusión durante un buen rato para que la policía y mis “amiguitos” me dieran unas horas de ventaja. Era todo lo que necesitaba.

-¿Por qué no hiciste eso conmigo? ¿Por qué no me robaste el coche y me dejaste allí, para que me las arreglara yo solito?
-¿Es otra pregunta? Entonces necesito prenda y beso.

-¡Por Dios! ¿Crees que tengo ganas de juerga cuando nos estamos jugando la vida?

-Te la juegas tú. A mí me queda más bien poco.

-Eso es una sucia mentira. ¿Cuánto tiempo llevas con el SIDA? ¿Te estás medicando?

-Esa es una nueva pregunta.

Èl aceptó sumiso que ella le desnudara a su gusto y le besara. No estaba de humor, pero sus labios eran cálidos y su saliva le inoculó el elixir del deseo. Quiso acelerar los preliminares. Ella fue inflexible.

-Tú has elegido el juego, ahora debes aceptar las reglas…¿Tengo que responderte a la primera pregunta?… Me gustaste desde el principio. No me pidas ahora que desmenuce mis sentimientos. A las mujeres nos gusta más vivirlos que analizarlos. Lo sabes.

-¿Te estás medicando? ¿Cuánto tiempo hace que sabes que tienes el SIDA?

-¡Qué importa! Si no me crees deberías hacerte un análisis.

-¿Quieres decirme que no llevas encima tus análisis? ¿No puedes mostrarme alguna prueba?

-Esa es otra pregunta. No, no llevo nada encima. ¿Lo llevarías tú si hubieras decidido cargarte al mamón y salir huyendo hasta que la muerte te alcanzara?

-¡Dios mío! No puedo entenderte. No entiendo nada.

Se levantó con brusquedad y haciéndose de nuevo con la pistola la encañonó.

-¡Maldita zorra! Vas a decírmelo todo de una vez.

-Lo estoy haciendo.

-Y me vas a enseñar los análisis de sangre. No te creeré hasta que los vea.

-Pues no los llevo encima.

-¡Maldita hija de puta! ¡Te voy a matar, te voy a matar ahora mismo!

Èl quitó el seguro y dejó el dedo en el gatillo. Ella no parecía tener miedo.

-¡Hazlo! Pero antes me prometiste un buen polvete.

-No puedo. No puedo contigo.

De nuevo puso el seguro y dejó la pistola en su sitio. Se dejó hacer por ella.

 

DormitorioLago

Estaba deseando poseerla una vez más, sentir su cuerpo desnudo entre sus brazos, pero antes él quería saber. Necesitaba respuestas a unas cuentas preguntas fundamentales. ¿Ella le había contagiado el Sida conscientemente o solo estaba jugando con él, como una gatita resabiada con el ratoncito que acababa de caer entre sus garras? ¿Su naturaleza era ya la de una fría asesina o existía una veta humana en su interior, que podría ser despertada en algún momento? ¿Era posible que ella le quisiera realmente? ¿En realidad había querido a alguien en su vida? ¿Unos cuantos días eran suficientes para que el deseo y el amor brotaran como un geyser inextinguible y poderoso?

Le urgía encontrar respuestas a aquellas preguntas, pero ¿cómo lograr que ella dejar de jugar y se sincerara plenamente, por primera vez en su vida? El ya no era el mismo joven despreocupado que conducía su deportivo a través de una noche apacible, escuchando la música cosquilleante de George Winston y deseando llegar a casita, para descansar del viaje y quedarse dormido imaginando cómo serían las mujeres con las que se acostaría los próximos días.

Él era un hombre distinto, con la vida rota, deseando librarse de aquella mujer y recuperar lo que estaba a punto de perder para siempre. Pero no conseguiría hacerlo mientras viera en ella a la mujer y a la persona y no a la asesina en serie que le utilizara en un momento determinado para librarse de sus perseguidores.

Ella continuaba jugando a las prendas, cariñosa, lujuriosa, como si el pasado no existiera y se acabaran de conocer en una discoteca. Él decidió cambiar de estrategia, debería aprovechar el momento o no habría otra oportunidad. Intentó mostrarse todo lo tierno que le permitía la situación dramática que estaba viviendo.

-¿Sabes que te quiero?

Ella permanecía impasible, como si hubiera visto el futuro y supiera que siempre le sería favorable.

-¿De verdad me quieres, pichoncito?

-Sí, ¡maldita sea! Te quiero y te deseo. Pero necesito saber la verdad, toda la verdad.

-¿Qué verdad, pichón?

-Dejémonos de juegos. Cuéntame tu vida. Necesito saber cómo eres en realidad.

-Eso nos llevaría muchos días.

-Tenemos todo el tiempo del mundo.

-¿Tú crees? Me da en la nariz que ésta será nuestra última noche.

-Al menos dime la verdad sobre cómo te convertiste en una asesina profesional.

-Ya te lo he contado.

-No te creo.

-¿Y qué quieres que haga? ¿Tan difícil te resulta aceptar que alguien desee solucionar sus problemas económicos para siempre? ¿No lo intentan los demás?

-Pero no matando.

-¿Tú crees? Algunos no aprietan el gatillo, pero son tan asesinos como yo.

-No lo niego. Pero no se puede matar como quien se bebe un vaso de agua.

-Es más fácil de lo que crees.

-¿Y el remordimiento

-Si tienes claro lo que deseas que sea tu vida apenas dura unos días. El tiempo suficiente para quitarte la venda de los ojos. La vida no es como nos la han pintado, pichoncito.

-¿A eso llamas vida? Caminar sobre el alambre, siempre a punto de dar un traspiés, huyendo y escondiéndose.

-Todo tiene su riesgo, pero si eres listo no es tan complicado salir bien librado.

-Al menos dime la verdad sobre el mafioso que te cargaste.

-Ya te lo he contado.

-No te creo. Hay cosas que no encajan.

-¿Cómo cuales?

-Simular una violación y salir a la carretera a buscar ayuda no tiene el menor sentido.

-Funcionó. ¿No crees?

-No tiene sentido. Prefiero pensar que el mafioso te secuestró, te violó y tú encontraste la forma de acabar con él.

-Eso calmaría tu conciencia. ¡Una pobre chica que cae en las garras de un desalmado y luego tiene los ovarios de librarse de él para siempre! ¿Qué me dices de mi puntería? ¿Crees que me entrenaba en un club de tiro para damas aburridas? ¿Y Pulgarcito y Frankestein? ¿Me transformé de repente en la ayudante de James Bond? ¿Y la puta?

-Sí, eso es lo que no entiendo. ¿Cómo pudiste matarla tan fríamente?

-¿Existía otra opción? Esa nos libraría de la policía para siempre. Estoy convencida.

-¿A cambio de quitarle la vida a una pobre mujer?

–Ella eligió un camino arriesgado y se topó conmigo. ¡Mala suerte.

-¿Eso es todo lo que se te ocurre decir? ¿Mala suerte? Solo tenía una vida y aunque no fuera precisamente un camino de rosas, no tenía otra. Ya nunca volverá a tener otra. Solo se resucita en las películas.

-Mala suerte. No te hagas mala sangre. Nadie la echará de menos.

-Yo la echaré de menos.

-¿Te gustaba? ¡Habérmelo dicho! Unos cuantos polvos y habría perdido interés en ella.

-No es eso. Se cruzó en mi camino, la conocí, hablamos… ¡No puedo hacer como si nunca hubiera existido!

-Todos los días muere gente a la que no conoces de nada. A tu alrededor muere gente a la que solo conoces de vista, con la que solo has intercambiado cuatro “horas” y cuatro “hasta luego”. Seguro que no has pensado en su muerte más de dos segundos.

-Es cierto. Pero ellos no han muerto de un tiro en la nuca.

-Deja de darle vueltas. Lo hecho, hecho está. Dentro de un mes ni te acordarás de ella. Yo me ocuparé de que así sea.

-¡Eres tan fría como un témpano!

-A ti te gustaría que yo fuera otra. Pero eso no tiene remedio. Soy como soy.

-¿Por qué me necesitas tanto?

-Porque te quiero y porque la soledad no es agradable.

-Podrás encontrar a otros, a quien tú quieras.

-Ellos no serán tú.

-¡No puedo! ¡No puedo hacer como si nada hubiera ocurrido!

 

-Puedes, si quieres. Aún estamos a tiempo. Ven conmigo. Nadie nos perseguirá. Dentro de un año estaremos lejos, al otro lado del mundo, con otras identidades y dinero suficiente para no preocuparnos por nada.

-¿Y si no lo hago? ¿Me matarás?

-No es necesario. Tú no hablarás.

-¿Por qué estás tan segura?

-O vienes conmigo o serás tú quien me mate. Ya no puedes volverte atrás. Te tengo cogido por los cojones.

-¡Oh Dios mío! Es cierto. No podría vivir sin ti. ¿Qué me has dado?

-Un poco de sexo.

-Otras me lo dieron antes.

-No como éste.

-Cierto. No como éste.

-¡Vamos! No perdamos más tiempo. La noche se mueve.

Ella se acercó hasta él, con una sonrisa. Le tomó de la mano, llevándole hasta el dormitorio, como si fuera un manso corderito. La pistola quedó sobre la mesa camilla.

Ambos sabían que aquella sería su última noche, que las cartas estaban echadas. Pero siempre existe una esperanza. El milagro se puede producir.

Ambos esperaban que el sexo fuera el milagro. Ambos deseaban al menos una noche de pasión antes de morir. Porque no ha nada como el sexo, cuando uno va a despedirse de la vida.

Ambos esperaban que el sexo fuera el milagro. Ambos deseaban al menos una noche de pasión antes de morir. Porque no ha nada como el sexo, cuando uno va a despedirse de la vida.

 

TODOS ESTAMOS SOLOS AL CAER LA TARDE XVII


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Podría seguir rememorando durante horas aquella primera noche, la tenía clavada en el núcleo de mi memoria, en el bajo vientre, en todo mi cuerpo, pero uno no dispone de toda la eternidad para recordar, la vida es demasiado acuciante para permanecer en el pasado demasiado tiempo. Helen no tardaría en llegar, yo me vería obligado a salir de mi estado catatónico para reanudar la investigación y el presente se comería al pasado como los vivos se comen a los muertos, borrándolos de su memoria. Pico de Águila continuaba en su postura,  no había movido un músculo, que yo supiera, salvo que me hubiera traspuesto en algún momento. Era como un menhir en el que no puedes observar la erosión del paso del tiempo porque todos los observadores que te han precedido están muertos y tú también lo estarás antes de notar la menor fisura en su superficie.

Madame Rouge se apoderó de mí aquella noche, y no solo de mi cuerpo, mi alma también quedó enredada en su tela de araña. No porque lograra extraer del fondo todo mi pasado -todos mis secretos, estaban sellados por una lápida que los vivos no podrían levantar nunca- sino porque su magnética personalidad me había atrapado en el misterio de su mecanismo oculto.  Yo tampoco fui capaz de hurgar más allá de la pátina superficial que cubría su pasado. Fueron unas molestas tablas. Ella mismo lo confirmó con una parrafada lapidaria.

TODOSES1

-Este condado es el último refugio de los desertores, de los que huimos de guerras que nunca podremos ganar. Es el culo del mundo, donde nadie buscará salvo que haya buscado antes en todos los demás lugares. Todos los que llegamos del exterior escondemos más de un secreto inconfesable. Aquí estará a salvo porque nadie desea saber lo que no le importa y nadie confesará su secreto a quien no le escucha. Yo tenía que intentarlo porque mi vida depende de los secretos que pueda sacar a los demás, pero acepto mi derrota, nunca volveré a molestarte indagando y tú te conformarás con lo que yo te diga de mí. Este es nuestro trato, si lo respetas serás bienvenido, si no lo haces estarás muerto antes de que vuelvas la espalda.

No era el mejor preámbulo para una noche cálida, cuerpo a cuerpo, por suerte la cena fue espléndida, el champán francés cosquilleante y alegre y la conversación de madame realmente encantadora. Antes de que pudiera darme cuenta ya estaba en su lecho, completamente entregado a su creatividad, puede que hasta me hubiera dejado tatuar el mapa del mundo en mi piel con la punta de un afilado cuchillo, si ella se lo hubiera propuesto. Hubo tiempo para todo, hasta para las confidencias que ella me hizo, apoyando su cabeza en mi pecho y que yo me creí a pies juntillas hasta que estuve lejos de allí, más frío y con tiempo para reflexionar.

TODOSES2

En algún momento de la noche, tal vez muy cerca del alba, ya completamente extenuado, caí en la inconsciencia. Fue ella la que me despertó. Me invitó a quedarme a comer, lo que yo rechacé con alguna disculpa idiota, muy consciente de lo que estaba arriesgando. Como Ulises en los brazos de Circe sentí la tentación de permanecer allí hasta que mis huesos crujieran, pero algo en mi interior se rebeló ante la esclavitud que me esperaba. No me aguardaba ninguna Penélope, no me aguardaba nada, sin embargo la libertad era demasiado preciosa, hasta para entregarla a una madame Rouge cualquiera.

Ella lo aceptó con una sonrisa. Antes de despedirme con un largo y cálido beso me susurró:

-Tu amigo te espera en el maletero de su coche, donde ronca a pierna suelta. Está vivo solo por ti, díselo cuando despierte. Anoche montó la peor de sus broncas y mis hombres tuvieron que sacarlo a patadas. Ha recibido una buena paliza, nada que no se pueda curar con unos días de reposo. He dado orden de que si vuelve por aquí lo tiroteen como a un perro rabioso. Tu en cambio puedes volver cuando quieras, solo tienes que llamarme unas horas antes a este número privado. Siempre que quieras, recuérdalo, pero no se te ocurra traer a ese pendejo, ni aunque te lo suplique de rodillas o rescindiré todos tus privilegios.

Y me tendió una tarjeta. Su jefe de matones me acompañó al exterior sin decir una sola palabra, me entregó las llaves del coche de Alfredo y no se movió del porche hasta que el coche estuvo muy lejos. Pude verlo por el retrovisor, una sombra alargada bajo el terrible sol del mediodía. Me costó colocar el fardo inconsciente en mi cama, donde  no recuperó la consciencia hasta veinticuatro horas más tarde. Cuando le comenté lo que me había dicho madame Rouge, Alfredo se echó a reír hasta que el dolor le hizo enmudecer.

-Una de mis borracheras peleonas, no te asustes, nunca mato a nadie, solo consigo que todos quieran matarme a mí.

No tuve que negarme a regresar con él al prostíbulo de madame Rouge, aunque cabezón e inconsciente y amante del riesgo, Alfredo le tenía apego a la vida, sabía muy bien que aquel trozo de desierto era la puerta del infierno. Nunca me preguntó por mis andanzas con la mujer de rojo, y cuando yo me atreví a hacerle alguna confidencia se limitó a citarme a Dante: Vosotros que entráis, dejad toda esperanza.

Mi relación con aquella mujer tan enigmática como peligrosa cambió por completo cuando fui nombrado sheriff y me negué a firmar un pacto con ella, un trato que el anterior sheriff no tuvo inconveniente en firmar y sellar. Por eso cuando decidí entrevistarme con ella para rescatar a Pico de Águila de sus garras, sabía lo que me estaba jugando. Fue una noche especialmente demoniaca. La frialdad de madame Rouge me hizo pensar en la Antártida en lugar del desierto ardiente donde ella había asentado sus reales. Fue una negociación tan ardua que estuve a punto de darme por vencido, solo cuando ella me ofreció un trato razonable, la posibilidad de que Pico de Águila pagara sus deudas mensualmente, con el setenta y cinco por ciento de su sueldo como mi ayudante, a cambio de que yo aceptara una noche en su lecho, sin condiciones, una entrega total y sumisa, acepté el trato, consciente de que aceptaba de que mi relación con madame Rouge había terminado para siempre y de que solo la volvería a ver en el infierno.

Pico de Águila no dijo nada, ni siquiera pestañeó, pero yo supe que podía contar con su agradecimiento eterno, como me demostró cada uno de los días que siguieron. De pronto, casi sin transición, se transformó de un joven rebelde sin otro futuro que una bala perdida, en una especie de impasible chamán, tan silencioso como una piedra y tan generoso, prudente y efectivo como un superhéroe de película.

Me sobresalté al comprobar que había movido un pie. Llevaba varios minutos mirándole como si quisiera cerciorarme de que no era un fantasma del desierto. Algo estaba ocurriendo. Yo no veía nada aún, pero tuve la certeza de que el coche de Helen asomaría sus faros en el horizonte en cualquier momento, como así fue. Ahora tendría que enfrentarme a ella y no estaba precisamente en las mejores condiciones para hacerlo.
TODOSES3