LA VENGANZA DE KATHY I


LA VENGANZA DE KATHY I

LA VENGANZA DE KATHY

Me desperté con la sensación de que era tarde, muy tarde, no sé para qué, porque no tenía nada que hacer. ¿O sí? Claro. Estaba investigando el asesinato del director. Pero eso no corría prisa, nada lo iba a resucitar. ¿Me habría llamado Jimmy? No, salvo emergencia. La única que se me ocurrió es que se hubiera producido otro asesinato. ¿Dónde había dejado el walkie talkie? No tenía grabadora de llamadas, al menos que yo supiera. Quería acercarme al apartamento de Heather, para darle un beso. ¿Qué turno tenía? No lo recordaba. ¿Qué hora era? En mi muñeca no había reloj de pulsera. ¿Había llegado a Crazyworld con reloj? A saber. Dolores no estaba en la cama. Lo supe cuando me volteé buscando sus pechos. Me adormilé un rato. No mucho porque mi mente había comenzado a hervir. Eso me recordó el desayuno. No porque mi cabeza hirviera como una cafetera, era la alarma del estómago. Sentía hambre. Me arrojé de la cama y me puse en marcha. Una ducha con agua caliente, me unté de gel y me restregué con la esponja. Dolorcitas no disponía de colonia masculina. Creo que en mi cuarto había de todo, pero no podía arriesgarme a volver al pabellón de los pacientes. ¡A saber lo que estaría ocurriendo allí!

Me sequé. Sin esperar a vestirme busqué a Dolores. Tampoco estaba en el apartamento. Encontré una nota en la cocina con el desayuno. “No puedo esperar, me han avisado, en las cocinas hay un caos terrible. Disfruta del desayuno. Ha sido una noche deliciosa, espero que se repita. Te he dejado una copia de la llave dentro de este camafeo. La cadena es de oro. Un regalo de mis hijas antes de abandonarlas para buscar trabajo al otro lado de la frontera. He cambiado las fotos de mis hijas por la mía, cuando era joven y guapa. Espero que te guste. Cuélgatelo al cuello y usa la llave cuando quieras. No la pierdas. Un beso”. Desayuné con apetito. Luego me puse a buscar el walkie talkie por todo el apartamento. Aproveché para husmear en los cajones. Encontré un álbum de fotos. Sus hijas eran muy guapas. No descubrí ningún secreto. El walkie estaba en el frutero, sobre la fruta. Lo tenía delante de las narices y no lo había visto. Regresé al servicio. La mermelada hizo su efecto. Procuré dejarlo todo más o menos limpio y ordenado. Me vestí, colgué el camafeo de mi cuello, el walkie del cinturón. Pensé en si me dejaba algo. No tenía reloj, tampoco cartera. Eso me hizo pensar en la posibilidad de que mis efectos personales estuvieran recogidos en la enfermería. ¡Para lo que me iban a servir! Puede que los tuviera Kathy. Mejor olvidarse de ellos. También de Kathy. Se me ponía el vello de punta solo pensar en lo que estaría tramando.

Cerré la puerta con la llave. Funcionaba a la perfección. Ahora visitaría a Heather, suponiendo que encontrara su casa. Se me ocurrió que debería pedirle un plano de Crazyworld, suponiendo que lo hubiera, tenía que haberlo. Me había olvidado de mirar la hora en algún reloj en el apartamento de Dolores. Era un día soleado, hermoso. El sol estaba alto en el cielo. ¿Ya era mediodía? En el tiempo que llevaba allí no me había planteado en qué estación del año estábamos. ¿Era verano? Comencé a sentirme raro, me venían a la cabeza ideas nuevas que no me había planteado antes. Tal vez el sueño estuviera acelerando la recuperación de mi memoria. Intenté recordar. Nada. Falsa alarma. El parque estaba vacío. Demasiado silencio. Caminé en la dirección que supuse estaba el apartamento de Heather. En dirección contraria al pabellón de los pacientes, claro. No resultó tan sencillo. Me perdí varias veces. Casi llego a la casa de la doctora Patricia. Cambié de dirección. Por suerte recordé el conjunto de farolas en el que me había fijado siguiendo a Heather a su casa. Como era de noche, las farolas era lo único en que uno se podía fijar. Suerte.

Ahora solo quedaba saber cuál era su portal. Un maullidito de gato alumbró mi oscuridad. Lo había olvidado por completo. Me sentí tan culpable que a punto estuve de responder yo también con otro maullido. Calculé cuál sería el timbre de su apartamento. No recordaba nada, ni siquiera me había preocupado de hacerme un croquis mental. Estaba dispuesto a llamar a todos, ya encontraría alguna disculpa. No fue necesario. La voz dulce y cantarina de Heather me respondió a la segunda llamada. Debió de verme por la cámara del videófono, o como se llamara, porque me abrió sin preguntar nada. Subí las escaleras. No tuve que plantearme a qué puerta debería llamar ahora, porque ella estaba esperándome con la puerta abierta, en braguitas. En sus brazos maullaba el gatito.

-¿Cómo sabías que era yo?

-¿Quién podía ser? ¿Crees que mi casa es un trasiego de guapos mozos?

-No me extrañaría.

-Hombres hay muchos, pero guapos, lo que se dice guapos, solo tú, cariño.

Nos besamos y me pasó el gatito, o la gatita. Lo besé en los morritos y le acaricié el lomo. Se puso a ronronear.

-¿Has desayunado?

– Sí, gracias.

-¿Dónde has pasado la noche?

-En casa de Dolores.

-¿Todo bien?

-Sí. Me hizo una comida mexicana muy rica. Me trató a cuerpo de rey y Kathy no dio señales de vida.

-¿Hubo sexo?

-Es una mujer muy cariñosa, y también muy necesitada. No entiendo por qué no utiliza a los gigolós. Según Jimmy Crazyworld dispone de un grupo de mercenarios y mercenarias de muy buen ver.

-¿Eso te dijo Jimmy?

-¿No es verdad?

-Lo es. Por desgracia para él ya saturó a todas las mercenarias, como dices tú. No hay mujer en Crazyworld que no esté saturada de ese payaso. Por cierto, me debes un premio. Me has despertado. Ya te dije que tenía turno de noche.

-Perdona, perdona. Me había olvidado. Necesitaba verte.

-Espero que Dolores no te haya agotado. Ven conmigo a la cama.

Y allá que nos fuimos. La gatita se quedó en una cesta que Heather le había preparado en la habitación, muy mona. Se quedó dormidita tan pronto la coloqué sobre su mantita. Me desvestí procurando que el camafeo que había colocado en un bolsillo de los pantalones no sonara contra la madera de la silla. Nos abrazamos, nos besamos y disfrutamos del placer hasta caer rendidos. Heather me hizo unas cuantas preguntas más antes de cerrar los ojos en brazos de Morfeo. Me dije que la mejor forma de pasar el día era quedarme allí, olvidándome de todo. Que le dieran a Jimmy, a Kathy, al cadáver del director, a Mr. Arkadín y a aquella prisión de mierda. No quería pensar en nada. Me abracé a Heather y me dispuse a acompañarla en el sueño. Por mucho que durmiera me costaría recuperar el sueño que había perdido con Kathy. No quería pensar en ella, no quería…

Una voz chillona y desagradable comenzó a dirigirse a alguien, insultándole con todas las palabras soeces del diccionario. Tardé en darme cuenta de lo que estaba pasando. Jimmy me estaba llamando por el walkie talkie. Heather se sobresaltó y abrió un cajón de la mesilla de noche. Antes de que pudiera sacar su arma reglamentaria yo lo había sujetado con fuerza.

-Es ese idiota de Jimmy. ¿No pudo encontrar otro momento mejor?

-El idiota lo serás tú, pasmado, zopenco. Te pasas los días y las noches saltando de cama en cama mientras yo me enfrento solo a todos los problemas.

-Atiéndele, querido, o no me dejará dormir.

Hice lo que me pedía Heather. Me levanté y busqué el walkie a tientas.

-¿Qué ocurre, maldito cabrón? Ya verás cuando te pille, no me he olvidado de los golpes que me soltaste a traición.

-Dejaré que te vengues, cobarde de mierda, pero ahora hay cosas más urgentes.

-¿Otro asesinato?

-Espero que no. Nadie ha visto a Kathy por ninguna parte. Me temo lo peor.

-¿Quieres decir que estamos ante un asesino en serie? ¿Ahora se dedica a las mujeres? Eso no se adapta al perfil.

-¡Qué sabrás tú de perfiles, imbécil! ¿No estás amnésico, o has recobrado la memoria?

-Es cierto. Es cierto. ¿Qué quieres que haga?

-Cuando veas a Heather pregúntale si ha visto a Kathy en alguna cámara. Te quiero ahora mismo en el pabellón de los pacientes, que nadie te ha visto el pelo por aquí. ¿Dónde estás ahora?

-Dame media hora. Nos vemos allí. Corto y cierro.

Y cerré.

UN ESCRITOR FRUSTRADO XIII


El sol se estaba empezando a ocultar tras Peña Oscura. El efecto era impresionante. Un sol rojo, enorme, como la boca redonda de un dragón que echara fuego, permanecía inmóvil sobre el pico más alto de la zona. Era un espectáculo que cortaba la respiración y a Córcoles se le cayó una lagrimita, que por suerte no pudo ver nadie. Fue entonces, entre la cortina gris que las lágrimas interponían entre sus ojos y el paisaje, cuando vio algo que le puso el vello de punta.  Los rayos rojizos del sol resbalaban sobre el tejado de la casona, por un momento pensó que arroyos de sangre, desprendiéndose del cielo, estaban tiñendo de rojo la casa de la mujer fantasma. Tuvo que secarse y mirar más atentamente para darse cuente del prodigioso efecto óptico que acababa de contemplar.

Recordó la historia que Hortensia le contara en cierta ocasión.

Córcoles se encontraba en la casa, haciendo un inventario de las obras que serían necesarias para que ésta quedara habitable. Unos días antes había contratado a una mujer del pueblo llamada Hortensia. De todas las entrevistadas era la que más confianza le producía y no sabía muy bien por qué razón.

 Se acercaba la Navidad y con seguridad las nieves. Nada se podría hacer en el exterior ni en el tejado, con las goteras, pero sí era factible hacerlo en el interior, poniéndolo todo a su gusto.Ya había hablado con un carpintero y un albañil de la ciudad, quienes habían aceptado trabajar durante todo el invierno en la casa, a cambio de una elevada cantidad que les compensara de las molestias de quedarse encerrados allí a temporadas. La carretera era muy mala y siempre que nevaba cerraban el puerto, quedando atrapados los habitantes del pueblo hasta que dejara de nevar o alguien se dignara mandar un camión con pala para abrirla.

Córcoles entrecerró los ojos, el efecto del sol sobre el tejado cada vez le recordaba más a la sangre, como si un monstruo sanguinario hubiera vomitado tras devorar a sus hijos. Recordó el cuadro de Goya. El caballo piafó nervioso y Córcoles se estremeció. La historia que le contara Hortensia bien hubiera podido ser escrita por un guionista ciego de coca, pero había ocurrido. Cierto que algunos detalles sinduda fueron añadidos con posterioridad, cuando la tragedia pasó a ser leyenda, pero según su ama de llaves, ella había conocido la historia de primera mano.

  Aquel mediodía alguien abrió la puerta de la casa. Córcoles, que no esperaba a nadie, se sobresaltó y se hizo con un cuchillo en la cocina. Cuando Hortensia le vio de esta guisa a punto estuvo de desmayarse. Para hacerse perdonar se vio obligado a dejar que la buena mujer le preparara un sustancioso cocido mientras comentaba las reformas que a su juicio eran imprescindibles para que aquella casa, que Córcoles adquiriera de segunda mano a un ricachón de la zona, quedara a gusto del señorito. El vendedor había emigrado a Madrid con su familia, dejando abandonada la casa durante un tiempo, hasta decidirse a venderla.

  Hortensia aceptó a regañadientes comer con el señorito quien pensaba marcharse al día siguiente, antes de que cayera la primera nevada, y de paso hacer una visita a una de sus amantes, en la ciudad. Se trataba de una joven a quien conociera en una visita para comprar cuadernos. Ella trabajaba como dependienta en unos grandes almacenes de renombre que acababan de abrir una sucursal en la pequeña ciudad.
  

 A los postres cayeron las primeras chispitas de nieve que ambos contemplaron inquietos a través de la ventana. Mientras Hortensia recogía la mesa y fregaba en la cocina Córcoles pegó la nariz al cristal de la ventana del salón y allí estuvo largo rato, observando cómo las chispas de nieve se transformaban en gruesos copos que cuajaban en el suelo con gran facilidad. No pudo resistirse a la tentación de salir y pasear por el jardín recibiendo en el rostro el frío algodón que no cesaba de caer de un cielo grisáceo y muy encapotado.

 A las dos horas el suelo aparecía cubierto por una capa de nieve que iba creciendo más y más. Hortensia le recriminó su actitud infantiloide y le obligó a cambiarse de ropa y tomar una tisana para evitar males mayores. Para su sorpresa, aquella mujer a la que acababa de conocer unos días antes, le pidió permiso para quedarse a dormir en la casa. Sería muy duro para ella regresar al pueblo que se encontraba a más de dos kilómetros de distancia, pisoteando aquella capa de nieve. No tenía calzado apropiado y muy bien podría pillar una pulmonía.  se encogió de hombros. Si ella no tenía inconveniente en quedarse a dormir en la casa, a solas con un hombre, él nunca puso reparos a que las mujeres durmieran a solas con él.

Claro que la buena mujer aún no sabía nada de su fama de seductor, o al menos eso era lo que él creía. Por otra parte no era capaz de ver en ella algo más que una mujer madura, envuelta en un vestido negro y muy viejo, a la usanza de la zona y con un pañuelo del mismo color sobre la cabeza. Por lo visto ése era el ropaje que usaban las mujeres maduras de la comarca durante la semana, una especie de ropa de trabajo que las transformaba a todas en viudas enlutadas. Parecían sentirse satisfechas de ocultar sus supuestos encantos con aquel ropaje que las hacía muy mayores, casi unas abuelas.

 Con su permiso la buena mujer preparó su cama en la habitación de invitados y luego bajó para contemplar con él la tormenta de nieve que se iba haciendo cada vez más intensa y preocupante. Un fuerte viento creaba remolinos de nieve en el jardín y azotaba contra las ventanas con un ruido sordo y estremecedor. Córcoles observó muy nerviosa a la buena mujer, pero entonces lo achacó a lo imprevisto de la circunstancia. Ahora, recordando la esperpéntica escena erótica del sueño, se preguntó si en aquel nerviosismo no habría algo más.

 La mujer le ayudó a encender la chimenea con la leña acumulada en el leñero y luego se fue a la cama, alegando un fuerte resfriado. Antes tuvo el detalle de cocinar una gruesa tortilla de patata que Hortensia hacía como nadie, como llegaría a saber con el tiempo. En aquella ocasión se le quemó un poco la patata, algo imperdonable en una cocinera tan buena. ¿Tan nerviosa se sentía de quedarse a solas con un hombre? Eso fue lo que pensó entonces.

 Comenzó a cenar. La oscuridad había cerrado su manto sobre la casa y gracias a una bombillita en el porche pudo ver cómo la nieve seguía cayendo. Una densa cortina algodonosa hacía pensar que si no paraba en algún momento de la noche Córcoles se quedaría atrapado allí el día siguiente y tal vez alguno más. Era un incordio, puesto que hubiera preferido pasar aquellos días arropado en el lecho de su joven amante que observando con repugnancia el nerviosismo de aquella mujer que parecía huirle por alguna razón sólo de ella conocida.

DICCIONARIO ECONÓMICO-HUMORÍSTICO VII


EL GRAN APAGÓN

COMUNICADO DE PRENSA DE PIRÚLO FÍSICO TEÓRICO ESPAÑOL

La oscuridad es el estado normal de las cosas. Si estás en invierno y son las seis de la tarde, tienes que encender la candela, a no ser que dispongas de una saneada cuenta corriente y puedas pagar a las eléctricas lo que pidan. Si estás en invierno y te has levantado a las doce de la mañana, antes de abrir las contraventanas, arrodíllate y reza para que el sol no se haya apagado, es decir, sufrido El Gran Apagón. Para estar a oscuras no necesitas hacer nada, en todo caso cerrar los ojos mientras se termina de consumir la energía cósmica, que no se sabe muy bien de dónde ha salido. Antes del Big Bang todo era oscuridad. La gran explosión tuvo que ser muy grande para iluminar todo el universo. Detrás de ella no pudieron estar las eléctricas, porque el Cosmos no nos ha cobrado por la luz, que es totalmente gratis, al menos por ahora. A pesar de mis grandes conocimientos de física teórica y práctica, no soy capaz de imaginarme nada que pueda iluminar todo un universo infinito, ni una central nuclear, de fusión o de fisión, ni las placas solares, ni los molinos de viento, ni las presas hidroeléctricas, ni mucho menos a todos los ciudadanos del mundo pedaleando en bicicletas estáticas. Ni siquiera quemar toda la basura del planeta, aunque acelerara la contaminación y el calentamiento global. Por lo tanto, en un día como hoy, he decidido hacerme creyente -justo antes de este instante era un agnóstico de tomo y lomo- porque solo Dios ha podido iluminar todo un Universo. Me arrodillo sobre la fría baldosa, junto las manos, cierro los ojos y comienzo a rezar. Solo Dios nos puede librar del Gran Apagón. Tengo la certeza de que las empresas eléctricas no han comprado esa energía gratuita en el gran mercado libre porque Dios no se deja comprar. no necesita dinero para comprar nada, porque todo es suyo. Si la luz es gratis, rezaré para que no se apague el sol, para que ilumine a todo el planeta a todas las horas del día y deje de haber noche. Rezaré para que los efectos del Big Bang no desaparezcan antes de que llegue mi hora. Si la luz ha estado iluminando el Universo millones y millones de millones de años, no creo que ahora, justo ahora, se apague para pillarme a mí sin candil, sin camping gas para calentar los botes de comida que he acumulado. A pesar de mi agnosticismo no soy un negacionista. Creo que las eléctricas dominan el mercado global, creo, aunque no lo entienda, que el Gran Apagón puede producirse, si no hoy, mañana y si no pasado. Creo que la energía no puede agotarse de la noche a la mañana, así, por arte de bibirloque. Algo está pasando, aunque no lo entienda, y no es nada bueno. Creo que las eléctricas se harán ricas y todos los demás seremos pobres, hasta los ricos. Desde que soy creyente, apenas hace unos minutos, no dejo de rezar a Dios, porque es el único que puede enfrentarse a las eléctricas con éxito, el único que puede iluminar mis noches invernales y calentar a mis gatitos, que no han hecho nada para merecer esto.

Me gustaría pensar en una estrategia razonable y posible para evitar el Gran Apagón. Como físico teórico asumo que hasta ahora hemos vivido en un perpetuo milagro, porque la oscuridad es el estado natural de las cosas, lo que no me convence es que las eléctricas sean las únicas que se aprovechen de este milagro. Me gustaría saber qué buscan las eléctricas, quién está detrás de las eléctricas, qué van a hacer los gobiernos para evitar el Gran Apagón, si debo comprar un camping gas, velas, mecheros, encender la chimenea, llenar la casa de legumbre seca, de legumbre cocida en tarros, de latas de conserva, de tarros de verduras, de leche en cartones con la caducidad más lejana posible, si debo comprar pilas, cargadores de pilas, pilas en conserva, cargadores de móviles autorrecargables para comunicarme con otros a los que se le haya ocurrido lo mismo; si debo comprar un transistor a pilas, suponiendo que las emisoras de radio tengan generadores que duren lo que dure el apagón; si debo adiestrar a mis gatitos para que me traigan toda clase de animalitos y buscar recetas para comer de todo. Soy solo un humilde físico teórico, no estoy preparado para enfrentarme al Gran Apagón. ¡Buaaaa! Por favor que alguien lo evite…De momento sigo rezando.

TERCER DÍA EN CRAZYWORLD XIII


TERCER DÍA EN CRAZYWORLD XIII

Me desperté con una sensación rara. No era un sueño inquietante o una pesadilla angustiosa, ni siquiera la sensación de haber recordado algo que antes no estaba ahí. Me costó situarme, estaba en la casa de Dolores, en horizontal, tardé en comprender que me encontraba en su cama. Pero no podía verla. Comprendí que miraba hacia el techo, boca arriba. Giré la cabeza hacia mi izquierda y allí estaba ella. De costado, vestida, con los pechos fuera del vestido, dormía apaciblemente. Me dolía la cabeza, sentía el estómago revuelto. En realidad tenía ganas de vomitar. Cuando lo comprendí salí disparado hacia el servicio que tardé en encontrar. Llegué justo a tiempo para echar la vomitona en el retrete. Me di una ducha con agua fría y solo al salir y secarme la toalla fui consciente de que no me había desvestido, ya estaba desnudo, lo había estado en la cama. Me sentía muy confuso. Regresé a la cama y los recuerdos comenzaron a volver. Muy revueltos, muy extraños. Comprendí dónde me encontraba, cómo había llegado, los episodios más relevantes que me habían sucedido, y sobre todo lo que más me estaba afectando. Me había quedado amnésico tras el accidente y solo muy vagos recuerdos de mi pasado, la mayoría obtenidos en sueños, podían ser tenidos en cuenta, no del todo, porque no había seguridad alguna en que fueran ciertos. Al parecer había sido un gigoló, puede que fuera español, aunque ningún hilo conductor podía explicarme cómo había llegado hasta allí, por qué hablaba inglés de manera tan perfecta, al parecer, porque nadie había notado nada especial en mi pronunciación y acento. Había tenido un accidente cerca de Crazyworld y buscando ayuda me había quedado encerrado aquí de por vida, al menos eso era lo que me había dicho Jimmy El Pecas, el bufón más ridículo que había visto en mi vida, mi corta vida, porque solo recordaba tres días. Me había despertado entre los colmillos de Kathy, nunca mejor dicho, y pronto pasé a ser absorbido por su sexo que desprendía una especie de jugo capaz de atrapar toda clase de moscas, mosquitos y moscardones, sintiendo una especial atracción por los penes, a los que podríamos calificar de lombrices, por ejemplo. Había conocido a todos los pacientes de aquel endemoniado psiquiátrico para millonarios y para rematarlo todo se había producido el asesinato del director. El doctor Sun nos había encargado a Jimmy y a mí encargarnos del caso, como dos detectives de novela. Había pasado la noche anterior con la preciosa Heather y ahora estaba con Dolores en su cama, tan grande que podía con los dos y aún sobraba un poco de sitio. Sí, todo eso lo había recordado al despertar, pero la verdad es que nada encajaba y no tenía nada que contraponer puesto que mi memoria me estaba jugando una mala pasada. ¡Bonito panorama!

Miré otra vez a Dolores, luchando contra la tentación de tocar sus pechos y lamer sus pezones. Entonces ella abrió un ojo, como en un guiño extraño, como si me estuviera diciendo que podía leer mis pensamientos. Luego el otro y una sonrisa pícara asomó a su boca.

-Juraría que ya has vomitado y que la cabeza está a punto de explotar en mil pedazos. ¿Me equivoco?

-No, no te equivocas. Tengo el cuerpo tan revuelto que no sé si es mío.

-Eso es consecuencia del resacón. Espera que te traigo un mejunje para la resaca que ya tenía preparado, porque sabía que no me ibas a decepcionar.

-Oye, Dolorcitas, querida. ¿Cuántas horas hemos dormido?

-Toda la tarde. Ya está cayendo la noche. Nunca mejor dicho, porque en Crazyworld todo cae sobre nuestras cabezas. Casi siempre sin avisar.

-Perdona, pero no recuerdo haber venido a la cama por mis propios pies. ¿Cómo lograste arrastrarme hasta aquí, subirme a la cama y quitarme la ropa?

Dolores sonrió de oreja a oreja.

-Arrastrándote, por supuesto, ¿no pensarás que puedo echarte sobre mis hombros y llevarte como un saco? Lo que más me costó fue subirte a la cama, no quieras saber cómo me las ingenié para conseguir que ese corpachón descansara en el lecho. Lo más agradable fue desprenderte de tu ropa. No pienses que me aproveché de las circunstancias, lo haré ahora, en cuanto te traiga el mejunje.

Y se alejó a paso lento, mientras yo intentaba recapitular todo lo sucedido, buscando el menor sentido que pudiera dar coherencia a la pesadilla que estaba viviendo. Entonces recordé a Jimmy y me pregunté si no habría perdido el walkie talkie. Confié en que estuviera en algún lugar del apartamento de Dolorcitas. Era curioso pero a pesar de recordar cómo me había golpeado por sorpresa, dejándome maltrecho, no sentía el menor resquemor hacia él. Era como si aquello hubiera sucedido muchos años atrás, en alguna etapa perdida de mi vida. Me pregunté qué estaría haciendo, si se habría producido otro asesinato y si me habría llamado mientras yo estaba grogui. Dolores llegó con un gran vaso de un mejunje de color indefinible y me obligó a beberlo de un trago. Sentí que todo se revolucionaba en mi interior, buscando la salida. Salí disparado al retrete y vomité hasta que un gran vacío se hizo en mi interior. Un último vómito espasmódico me convenció de que ya no había nada más que echar. Unos hilillos de baba ácida quedaron colgando de mi boca. No sé cuánto tiempo permanecí allí hasta que logré recuperarme lo suficiente para arrastrarme de nuevo hasta la cama. Me sentía muy mal pero poco a poco me fui recuperando hasta comenzar a sentirme bien, cada vez mejor. Dolores no estaba allí, seguramente se estaba dando una ducha, o mejor, un baño, y no en el retrete donde había vomitado, porque allí no había bañera. Sí, con seguridad era un baño, porque tardaba mucho. Al fin apareció en la puerta del dormitorio, desnuda, como una de esas bellezas cárnicas de Rubens. Me pregunté cómo sabía yo quién era el tal Rubens y que era pintor. Los recuerdos parecían continuar aflorando, gota a gota, pero sin pausa. Sentí un violento deseo hacia Dolorcitas y me pregunté si además del mejunje anti resaca no habría echado también algún potente afrodisiaco. Aparte la mirada y me encontré con un televisor muy grande que parecía reflexionar sobre una mesa, frente a la cama y que aún no había visto o sido consciente de verlo.

-¿Os dejan ver la televisión? No he visto ningún televisor en el pabellón de los pacientes.

-Sí podemos verla, aunque con canales limitados, la censura de Mr. Arkadín es tan ridícula como gazmoña. También tenemos Internet, aunque tan bloqueado y censurado que no sirve para nada. No podemos utilizar el correo electrónico ni hacer comentarios en ninguna página, todo está bloqueado. No sirve de nada y pocos lo utilizan. Los pacientes no tienen acceso a la televisión ni a Internet. Una vez a la semana se les deja ver una película, escogida para que ninguna escena se les atragante.

Se acercó a la cama y con mucho cuidado se tumbó en ella. Se puso de costado con cierta dificultad y me abrazó con ganas, con muchas ganas. Su boca buscó la mía y la absorbió, incluida la lengua. Una de sus manos hurgó en mi entrepierna y masajeó todo lo que quiso. Una gran cantidad de sangre se trasladó a mi miembro que sufrió una tremebunda erección, bastante dolorosa. Ella no perdió el tiempo, maniobrando para introducirlo entre sus labios y se pegó aún más a mí, hasta lograr introducirlo del todo. Era una cueva muy acogedora y muy húmeda, un jugo resbaladizo se desprendió de ella hasta deslizarse entre sus muslos y los míos. Recordé a Kathy y me estremecí. Otra noche como aquella y sufriría un severo infarto.

Era muy agradable sentir su cálida y aterciopelada piel pegada a la mía. La deseaba como había deseado a todas las mujeres que había conocido desde mi llegada a Crazyworld. Eso era algo que no sabía muy bien si podía ser normal o tal vez se tratara de que mi condición de gigoló, me hacía verlas a todas como muy deseables, porque así son los gigolós o porque se trataba de una estrategia propia del oficio, es decir, si te tienes que acostar con una mujer que te ha pagado la prestación, mejor que la desees que no hacerlo a regañadientes. Me pregunté si realmente había sido un tal gigoló en mi pasado y aún conservaba en el subconsciente todas las experiencias y los trucos o la imaginación me estaba jugando una mala pasada, o buena, según se mire. Eso era algo que tendría que meditar con calma, cuando la tuviera. Fui consciente de algo que me había pasado desapercibido hasta ese momento. Después de tomarme el mejunje de Dolorcitas me sentí mucho mejor, pero lo que no advertí es que mi miembro viril, porque los otros miembros estaban en su sitio, había sufrido una erección importante y desde ese momento había permanecido así, como si mi deseo por Dolores fuera tan natural que resultara imposible, en su presencia, mantenerse quieto y pacífico. Eso me hizo sospechar algo que me turbó un poco. ¿Y si había echado algún tipo de afrodisiaco en la bebida contra la resaca? Me hubiera gustado seguir analizando esa posibilidad más detenidamente, pero no pude porque el cuerpo de Dolores se movía ya a buen ritmo. Sus brazos sujetaban el mío con tanta fuerza que no hubiera podido escapar aunque quisiera hacerlo, que no quería. La sensación de estar dentro de su cueva, que parecía amplia, era tan agradable que me acompasé a su movimiento, hasta que no pude más y la volteé con cierta dificultad hasta ponerme encima de ella. Era un mullido y amplio colchón, con un pubis extenso y muy boscoso. Su monte de Venus parecía una duna, cálida, suave, muy receptiva a mis envites, que cada vez eran más y más galopantes y salvajes, como si hubiera perdido el control. Lo que ciertamente parecía verdad, a juzgar por mi deseo de penetrarla hasta el fondo y con ritmo ansioso, casi angustioso por mi necesidad de explotar cuanto antes para librarme de aquel dolor, generado por toda la sangre que seguía acudiendo hasta el pene desde cualquier lugar de mi organismo que la tuviera, lo que había engrosado y alargado el miembro hasta casi descoyuntarlo.

Los gemidos y hasta grititos que exhalaba Dolorcitas me decían que lo estaba haciendo bien y ella disfrutaba casi tanto como yo lo hubiera hecho sin aquel molesto dolor. Bajé mi cabeza hasta encontrar sus labios. La besé retorcidamente como intentando taparle la boca. Me hubiera gustado, y mucho, dedicarme a sus pechos, pero eso no era posible, porque me habría llevado mucho tiempo, y yo necesitaba explotar cuanto antes. Lo que conseguí al fin, sintiendo un enorme alivio. Ella en cambio continuaba moviendo sus caderas, como si quisiera más y más, hasta que exhaló un grito contundente y se relajó. Se estaba bien en su cueva y sobre el mullido colchón de su cuerpo, pero cuando noté que mi pene seguía erecto y retorciéndose como en un ataque epiléptico, me asusté y me retiré un tanto bruscamente. Me coloqué a su lado, boca arriba. Ella se movió hasta lograr colocarse de costado y me abrazó con demasiada fuerza.

-No sabes cuánto lo necesitaba, cuánto, cuánto. Me has hecho muy feliz. Ya sé que hay otras mujeres en Crazyworl, muchas, y todas más deseables que yo. Pero me gustaría que me prometieras que me vas a visitar al menos una vez a la semana, o si no puede ser, cada quince días, pero de ahí no bajo.

-Te lo prometo, Dolorcitas. Ha sido muy, muy agradable. Tengo que hacerte una pregunta, si no quieres no contestes. Juraría que me has puesto algún afrodisiaco en el mejunje. Estaba demasiado hecho polvo para alcanzar esta erección, que aún continúa.

-No te voy a engañar. No hubiera soportado que te rajaras. No sabes cuán necesitada estaba.

Y para confirmarlo o reafírmalo, echó mano a mi pene, que seguía erecto, y lo masajeó, como dándole las gracias. Hablamos cariñosamente de varias cuestiones hasta que de pronto dejé de escucharla. Me había quedado dormido sin más. El agotamiento que llevaba conmigo desde mi llegada era una disculpa que ella debió aceptar, aunque sólo por un tiempo. Me desperté porque notaba algo moviéndose por mi cara. Era la lengua y la boca de la mujer. Mordisqueó mi oreja y me susurró frases muy cariñosas, tanto como una amante le susurraría a su parejita. Su necesidad de cariño era más que evidente. Noté que el miembro viril continuaba erecto y así había estado, seguramente, durante mi sueño. No necesitaba precalentamiento, pero decidí calentar porque me apetecía. Esta vez sí que me dediqué sin prisas a sus pechos.

Cuando culminamos yo también estaba muy cariñoso, no tanto que el agotamiento no me hiciera quedarme dormido otra vez. Eso ocurrió puede que dos veces más, luego ella me dejó dormir sin molestarme. No tuve sueños, el agotamiento me hundió en un pozo sin fondo. No pensé en nada, y eso fue lo que gané.

ALGUNAS HISTORIAS SÓRDIDAS XLVIII


La memoria del ser humano es tan pobre que al cabo de un tiempo –no es necesario que sea muy prolongado- apenas seríamos capaces de escribir unos folios sobre acontecimientos importantes de nuestras vidas, tal como me está sucediendo a mí al intentar narrar este periodo vital. Sin duda almacenamos infinidad de detalles en nuestras neuronas o en las zonas de nuestra memoria a donde van a parar los recuerdos pretéritos, lo que creo llaman la memoria a largo plazo. Allí como en un sumidero, semejante a un agujero negro, se ven atrapados esos recuerdos que ya no necesitamos para nada en nuestra vida cotidiana actual. No necesitamos recordar lo que comimos un día como hoy hace veinte o treinta o cuarenta años, o si llovía o hacía sol o si estuvimos tristes o alegres, o si conocimos a tal o cual persona a la que nunca más volvimos a ver. En ese agujero negro sin duda estará todo lo que hemos vivido, desde las noticias que escuchamos en la radio o vimos en los telediarios o leímos en la prensa. Capa tras capa se van acumulando datos que en un momento determinado formaron parte de nuestro presente y que conformaron lo que entonces pensamos que era nuestra vida. Nuestras emociones de entonces están coloreadas con todo aquello, se formaron con la acumulación de datos que ahora consideramos inútiles y sin sentido. Un día lluvioso y tristón en el que leímos una noticia que nos puso aún más tristes, comimos algo que nos sentó mal y tuvimos una bronca ridícula con alguien que considerábamos tonto hasta decir basta pero que sin embargo nos amargó aún más el día porque no pudimos dejar de pensar en esa escena, dándole vueltas y más vueltas, entrando en bucle, sintiéndonos una mierdecilla. Fue sin duda un día aciago que hoy ni recordamos, ni siquiera somos conscientes de que existió. Leyendo a Proust y su busca del tiempo perdido uno se hace consciente de lo trabajoso, casi diría que angustioso, que resulta el intento de colocar en su lugar cronológico y espacial un montón de datos que sin duda fueron importantes en su momento en nuestra vida, dejándonos incluso heridas cuyas cicatrices observamos en un instante raro de concentración, y que nos hemos pasado años sin ver.

¿Por qué este empeño en recordar y narrar esa etapa tan lejana de mi vida? Tal vez se deba a que a mis sesenta y cinco años necesito llenar mi vida de recuerdos para no encontrarme con un vacío que me haga preguntarme si realmente viví. Si no recuerdas nada de tu pasado es como si no lo hubieras vivido. Por eso esta noche, insomne, mientras en el exterior ruge suavecito una pequeña tormenta, con algunos rayos y truenos tan espaciados y poco aparatosos que no sé por qué razón me empeño en compararlos con los maulliditos de un gato, de mi gato Zapi que cada día maúlla más bajito, puede que por temor a despertarme cuando viene a visitarme por la noche. O puede que haya sentido la necesidad de recapitular, siguiendo la técnica chamánica de Castaneda, porque si un guerrero no recapitula, ni es guerrero ni es “ná”. Sin duda si me empeño en recordar aquel episodio es porque ha dejado su huella, a pesar de haberlo bloqueado, de haberlo compactado entre un montón de recuerdos confusos como un coche aplastado en un desguace. No tendría sentido ponerse ahora a tratar de encontrar una tuerca entre esa masa compacta si no fuera porque forma parte de un mecanismo que sigue aún funcionando en mi psiquis. Aquella conducta con aquella mujer se ha ido repitiendo a lo largo de mi vida con otras mujeres, hasta el punto de que hace años llegué a dormir con una mujer en su cama, estrechamente abrazados, sin que ello desembocara en un acto sexual. Sólo porque ella tenía un problema, no era capaz de dormir sola, una fobia como alguna más, que podrían parecer ridículas pero que forman parte de la patología de una persona con enfermedad mental.

No he caído en la cuenta de la semejanza de ambas situaciones hasta que me he puesto a escribir este párrafo. Porque esto es lo que sucedería aquella noche. Cuando intento mirarme en el espejo de la consciencia, buscando descubrir cómo era yo en realidad entonces, no puedo por menos de asombrarme ante el ingenuo candor de aquel joven que ya había pasado por una terrible experiencia de intento de suicidio, con las consecuencias que narro en el libro segundo de estas historias. Resulta curioso que apenas puedo concretar algo sobre la conversación que mantuvimos a lo largo de aquel día. Sí recuerdo vagamente que hablamos de muchas cosas: de libros, de música, de mis gustos culturales, de mis experiencias como enfermo mental que ya le había adelantado con sobriedad, tanteando sus reacciones; también hablamos de su vida, de sus hijos, de la patética relación que mantenía con su amante, casado, con hijos, de cómo se veía obligada a estar siempre pendiente de sus llamadas, cuando estaba libre o le apetecía venir a verla; me habló de sus aspiraciones, quería ser azafata de avión, pensaba que su físico la ayudaría, pero tendría que estudiar idiomas, no sabía qué más tendría que estudiar, tal vez sus estudios, básicos no fueran suficientes. Creo que me habló de su madre, enferma, en silla de ruedas, antigua bailarina de ballet, que vivía con su pareja, un hombre más joven que ella que la cuidaba con mimo. Fueron muchas horas, por lo que los temas tratados debieron de ser muchos. Lo único que recuerdo con claridad fue cómo expuse mi visión de las relaciones hombre-mujer, mujer-hombre, del sexo, del amor, de la amistad.  Yo había abandonado el colegio religioso a los dieciocho años. Salir al mundo, el demonio y la carne, como los expresaban los frailes, fue un terrible trauma del que aún no me había repuesto. La crisis religiosa fue muy dura, tuve que empezar de cero, destruir, aniquilar todos los dogmas religiosos, buscar una filosofía de la vida, algo que lo sustituyera y me permitiera iniciar un nuevo andamiaje ideológico, saber qué pensaba yo de la vida, de la existencia, de la sociedad, de mi lugar en este mundo. Aún peor que reconstruir ladrillo a ladrillo mi filosofía de la vida fue decidir cómo debería relacionarme con las personas de mi entorno, con la sociedad en general. Mientras estuve internado en aquel colegio, ocho años, todo resultaba muy sencillo. El mundo estaba fuera de allí, minado por las asechanzas del demonio, que utilizaba la debilidad de la carne para hacernos caer en la peor de las tentaciones posibles, el sexo, la carnalidad, solo aceptando el matrimonio se podía alcanzar un sexo puro, la virginidad era imprescindible, no se podía perder hasta la noche de bodas. Todo aquello me parecía una patraña infantiloide, sin embargo no podía librarme del bucle en el que había caído; en mi psiquis se había enquistado un número casi infinito de prohibiciones, no se podía mirar a las mujeres con deseo, el demonio estaba acechando, por lo que era mejor no mirarlas. Eso hacía yo, bajaba la vista hacia el suelo, especialmente cada vez que veía a una mujer atractiva. Mi lógica me decía que aquello era irracional y lo había descartado, pero aquel comportamiento era obsesivo, maniático, no podía librarme de él a pesar de mis esfuerzos. Poco a poco fui construyendo una teoría que intentaba anular aquellas estúpidas ideas que me habían imbuido durante años, que si la mujer era un demonio que podía hacernos perder la vocación religiosa, que para nosotros, los elegidos, las mujeres no existían, o al menos no deberían existir. Los cimientos sobre los que edifiqué mi teoría sobre la relación con las mujeres eran muy básicos, aunque muy razonables: hombres y mujeres, mujeres y hombres, éramos iguales; el hecho de tener biologías diferentes solo significaba que en ciertos aspectos funcionábamos de forma distinta, así las mujeres podían quedarse embarazadas y los hombres no; que el matrimonio pudiera santificar el sexo y la convivencia era una idiotez, el matrimonio no santificaba nada, era solo un papel que te daba ciertos derechos legales, la relación de pareja era una libre decisión de ambos y no tenía que ser bendecida ni por la religión ni por la sociedad; el sexo no era pecaminoso fuera del matrimonio, ni antes, ni después, ni entretanto, era una libre decisión de dos personas que así lo decidían tras una relación más o menos extendida en el tiempo y para ello no era necesario nada, ni una promesa de cara al futuro, ni el amor, ni siquiera la amistad; el sexo podía ir acompañado de amor y entonces era maravilloso, pero también podía haber sexo sin amor, con simple amistad, afecto, ternura y también era algo muy dulce; el sexo sin estas condiciones era menos agradable, pero también podía serlo mucho; lo que importaba, lo que era básico, era la libre decisión de dos personas que quieren tener sexo, lo demás eran añadidos muy importantes, solo que no siempre se producían. De acuerdo a estas ideas yo pensaba que para tener sexo solo era necesaria la decisión libre de ambas partes. Debería haber atracción física, algo de afecto, de amistad, de ternura, porque de otra manera el sexo se diferenciaría poco del sexo mercenario que se obtenía con dinero. Entre ella y yo había amistad, afecto, atracción, al menos por mi parte que me sentía muy atraído por ella, era más que suficiente para que tuviéramos sexo si ella quería. Podía seguir existiendo amistad sin sexo, pero el sexo no la perjudicaría, al contrario, pensaba, la haría más íntima y profunda. No creía en el cortejo, la seducción, en seguir unas reglas, unos pasos de baile, que podían durar un tiempo indefinido. Cada cual decidía si quería tener sexo ahora y estaba preparado o prefería dejarlo para más adelante, ir viendo cómo fluía la relación durante un tiempo.

Creo que esta forma de pensar se la expuse de forma sobria, razonando por qué pensaba así. No me puse colorado al hacerlo y eso me hizo sentirme muy orgulloso de lo que había avanzado desde mi salida de aquel colegio represor, apenas cuatro años antes. No tengo ni idea de cómo se lo tomó aquella mujer que ya tenía dos hijos y era la amante de un hombre casado, tal vez le pareciera algo candoroso o tal vez no, el hecho de tener hijos y amante no implicaba que sus ideas fueran más avanzadas que las mías. Ahora sabía que yo consideraba el cortejo y la seducción como una tontería, que no necesitaba estar enamorado para hacer el amor, para tener sexo, me bastaba con que hubiera una cierta amistad y afecto y ella dijera que sí. En aquellos años todas estas ideas que podían parecer “progres” entre una buena parte de la sociedad de aquella época, hoy serían tan candorosas que excitarían a la risa. No podemos olvidarnos de que aún no existía el divorcio, llegaría unos años más tardes, que el adulterio no estaba despenalizado, que poner casa a las amantes, entre los burgueses que podían permitírselo, era lugar común, de que la religión aún seguía conformando aquella sociedad, la separación Iglesia-Estado y la idea de un Estado laico, amparado por toda una constitución, aún no había llegado. El que yo expresara semejantes ideas podría considerarse “avanzado” fuera de entornos de izquierdas, de juventudes progresistas, de ideologías alejadas del franquismo. No sé si me hubiera atrevido a expresarlas en público o entre personas conservadoras, creo que no. Algunos años más tarde me enfrentaría a lo que para algunos, para muchos, significaba el divorcio que acababa de ser aprobado. Una auténtica aberración, un crimen, un sacrilegio, algo inaudito y blasfemo. Y no solo en mi trabajo, también en mi vida personal me enfrenté a una decisión muy dura, simplemente porque me parecía lo más natural del mundo que dos personas que vivieran en pareja sin adaptarse, con una convivencia infernal, no pudieran divorciarse porque lo dijera la santa iglesia católica y apostólica. Hoy suena a chunga, entonces era el pan de cada día.

Cuando llegó la hora de irse a la cama yo esperaba que ella me invitara a quedarme, ya era demasiado tarde para volver a mi pensión, si es que había autobuses o trenes. Ella lo hizo, no sé si con la mayor naturalidad del mundo, pero lo hizo. Supongo que fue una decisión valiente, porque aunque no fuera probable, era posible que su amante la llamara y se presentara allí. Yo no había llevado pijama ni equipaje. Había sido invitado a comer en su apartamento y a pasar la tarde con ella, pero no se habló nada de pernoctar. Creo recordar que me ofreció un pijama de su amante, me enseñó mi habitación y me deseó buenas noches. Para mí fue una decisión decepcionante. Esperaba algo más, esperaba sexo con ella en su dormitorio. Me conformé con ponerme el pijama y empezar a leer el libro que me había regalado. El amor en el Don, de Konsalik. Mi obsesión por perder la virginidad, que ya llevaba acompañándome algún tiempo, sufrió un duro revés.

PRIMERA ENTREVISTA CON EL LOCO VI


Allí estuvimos largo rato en silencio. Miré el reloj. Eran más de las dos de la madrugada. Llevábamos horas hablando. Deseé marcharme. Pero como escritor y buen periodista, su historia era demasiado interesante para cortarla justo en ese punto. Cuando le noté más calmado le invité a sentarse y seguir con una historia que pocos creerán real. Sin embargo, luego me documenté sobre las prácticas psiquiátricas de aquella época y pude comprobar que el loco aún se quedaba corto. Los frenopáticos de aquel tiempo, anterior a la nueva psiquiatría, eran auténticos infiernos. Duchas frías, cadenas, etc. La locura es una de las enfermedades menos conocidas y más terroríficas. Estoy convencido de que aquellos psiquiatras que trataron al loco procuraron más exorcizar sus demonios que curarle. La locura nos da miedo, nos aterroriza. Porque si hay algo que va más allá del horror es la posibilidad de que alguien siga vivo sin consciencia de sí mismo. -Siga con lo que me estaba contando….

 -¿Qué más podría contarle? A partir de aquel momento –y no tendría más de veinte años- mi vida se transformó en un infierno, no una temporada como creo que dice Rimbaud, sino muchas temporadas, con algún que otro periodo de calma. La huelga de hambre tuvo que ser descartada como medida de presión, porque la alimentación que recibía era realmente brutal. Aparte de lo mal que lo pasaba intentando no ahogarme, la humillación terrible que recibía día tras día, era algo superior a mis fuerzas. 

-¿Abandonó la huelga de hambre? 

 -No sin luchar hasta el último aliento. Me sacaron de la habitación y me llevaron a un sótano, con camas de hierro, húmedo y solitario. Allí estaba solo todo el día. Me ataron a la cama. Pero no con vendas o con ataduras de cuero, como he visto que a veces atan a los pacientes en los hospitales. No. Me ataron con cadenas. 

-¿Con cadenas? ¿Lo dice en serio? 

-Muy en serio. Eran auténticas cadenas y muy gruesas. Me sentí como un condenado a muerte en una mazmorra de un castillo medieval. Es cierto que había luchado por desprenderme de mis ataduras, como haría cualquier preso. El derecho a la libertad es lo más sagrado del hombre. Pero nunca hubiera podido romper unas ataduras de cuero. Fue un castigo humillante, salvaje, y concienzudamente pensado para destrozar mi “ego”. No podía romper las cadenas, pero podía salvar mi dignidad. Lo hice con la madurez que un joven de veinte años es capaz de desarrollar en una vida dura y repleta de tragedias.  

 “Pero discúlpeme, creo que he recordado mal la secuencia de los hechos. Han pasado ya tantos años que no es extraño que la memoria me juegue a veces malas pasadas. La huelga de hambre no la decidí así como así. En realidad lo que ocurrió fue lo siguiente: 

 “ Llegaron mis padres a visitarme y una vez más les reiteré la necesidad de que me sacaran de allí. De no hacerlo terminaría por volverme realmente loco.  Les supliqué que no hicieran caso de aquel psiquiatra joven e inexperto. El hecho de que hubiera estudiado una carrera universitaria y tuviera una docena de títulos no le hacía necesariamente una persona sensata y sabia… No me hicieron caso. Para ellos era sencillo decidir entre la ciencia de un sumo sacerdote y la evidente locura de un hijo. Les bastaba con hacer caso de la cabeza, en lugar de escuchar a su corazón. 

 “Desesperado salí corriendo hacia la salida. Atravesé el inmenso patio como si me persiguieran los peores demonios del infierno, lo que no dejaba de ser cierto, y decidido emboqué la puerta de salida, donde un portero controlaba todas las entradas y salidas. Pero no pude llegar hasta él. Había previsto que sería fácil deshacerme de un portero mayor y menos fuerte que yo.  Algo imprevisible, el destino, me tumbó en el suelo.  Siendo un niño ya había sufrido una crisis nerviosa, con efectos asmáticos, cuando me enfrenté en la escuela con los matoncitos que deseaban mis canicas. No recuerdo si le he contado ese episodio. Imagino que sí. En aquel momento ni se me pasó por la cabeza esa posibilidad. Sin embargo ocurrió. El estado de nervios en que me encontraba, unido a la desesperación y a una cólera sorda que no era capaz de controlar, me produjeron una terrible crisis asmática.  No podía respirar, me ahogaba literalmente. Tuve que dejarme caer al suelo y desde allí, boca arriba,  rogué a Dios que no permitiera mi muerte de una forma tan humillante. Abría la boca hasta desencajarme las mandíbulas e intentaba  que un poco de aire penetrara hasta mis pulmones. 

“Los celadores que habían salido tras de mí, siguiendo las órdenes del psiquiatra, se lanzaron sobre aquel deshecho humano que jadeaba en el suelo. No se anduvieron con contemplaciones, no tuvieron compasión, ni siquiera se llegaron a plantear que yo era un ser humano. Sencillamente debieron pensar que su trabajo estaba en juego y decidieron darme una paliza de muerte, para que aprendiera a pensar en los demás. 

“¿Qué necesidad existía de patear a un joven que, tirado en el suelo, estaba más preocupado de respirar lo suficiente para no ahogarse, que de escapar?  Me patearon como en las películas. Con la puntera de sus zapatos me golpearon en los costados, hasta cansarse.  Luego me pisaron el pecho, por si aún lograba aspirar algo de oxígeno. Creo que también llovieron puñetazos sobre mi rostro, hasta hacerme sangrar por la nariz. Yo no podía suplicar, porque no era capaz de hablar. Tampoco podía enfrentarme a ellos, dos matones de gran envergadura. Me limité a encogerme como si fuera un fetillo en el vientre materno y a decirle a Dios que si me sacaba de allí vivo le prometía ser bueno el resto de mi vida.

 “Ni Dios ni los matones me hicieron mucho caso. Si logré sobrevivir no se debió a que la divinidad aceptara mi pacto, ni a que los matones consideraran que la paliza había sido más que suficiente. La aparición de mi madre, chillando como una loca y llorando como una “mater pietatis”, la intervención de mi padre, y sobre todo la orden del terapeuta (que no se dio mucha prisa en darla) me libraron de una muerte cierta, a los pies de unos auténticos bestias que con absoluta seguridad estaban más locos que yo. Como puede ver la cordura y la locura no se miden por normas inmutables. Quien tiene poder será siempre cuerdo, haga lo que haga, y quien carece del menor resorte para meter miedo en su entorno, será siempre un loco, aunque esté sobre el suelo, recibiendo una mortal paliza.  Aquello no podía ser cierto, pensé, con estupor. 

-¿Me dice en serio que recibió una paliza tan terrible de quienes estaban encargados de cuidar de su salud? 

-¿Cree que miento? Ahora resulta difícil imaginarse cómo eran los frenopáticos en aquellos tiempos. Solo quienes hemos vivido en ellos sabemos el “trato” que los supuestos y amables cuerdos daban a los locos, poseídos por Satanás y capaces de matar a nuestra propia madre, si no se nos sujetaba con cadenas, en sótanos inmundos. 

-Disculpe si le he dado esa sensación. No veo que tenga tanta imaginación como para escribir esa novela en su cabeza, ni mucho menos considero que le mueva algún interés en desprestigiar a profesionales e instituciones que ya están fuera de la circulación. 

-No, no me mueve ese interés. Si así fuera le daría nombres y apellidos y situaría los centros en lugares perfectamente identificables. Al salir de allí hubiera puesto una denuncia y habría intentado que aquellos malnacidos no quedaran impunes.

  -¿Cómo logró salir de allí? 

-Me costó un tiempo. Los celadores me arrastraron por el suelo de cemento, sin la menor consideración. Mis padres contemplaron horrorizados la escena y el psiquiatra debió de esbozar una sonrisa irónica.

“Ya te lo dije, chaval, te necesito aquí el tiempo suficiente para poder estudiar a mi conejillo de indias favorito”.  “Permanecí atado con cadenas, como un forzado, durante varios días, tal vez más de una semana. Continuaban obligándome a comer, utilizando el embudo de plástico. Me sujetaban la cabeza, me introducían en la boca una horma de goma, para que no pudiera cerrarla y a través de ese artilugio me arrojaban el puré lo que fuera, como el surtidor de una gasolinera echa, implacable y rítmicamente, el combustible en el depósito del coche. Aunque debo decirle que más que un coche yo me veía como un cerdo cebado para el matadero. No me hubiera sorprendido la aparición de un matarife, con un cuchillo bien afilado, en  aquel sótano húmedo, infecto.  

 “Lo esperé con cierta ilusión. Prefería que me descuartizaran a soportar aquellas horas que se hacían infinitas, tumbado en la cama de hierro, con el colchón meado por mis predecesores y oliendo como en una cloaca. Las manos atadas me impedían leer, suponiendo que alguien me hubiera dejado un libro; no me permitieron el transistor –a mis razones contestaban con risas, era evidente que intentaban doblegarme a cualquier precio-  solo tenía mi mente para viajar sobre nubes de fantasía o para ser torturado por imágenes de un previsible futuro que no cesaban de atormentarme un solo segundo… Solo la mente era mía, porque mi cuerpo era totalmente suyo. 

“Aprendí a fantasear sin interrumpirme durante horas y horas, días y días. De aquel infierno me quedó mi facilidad para inventarme cualquier tipo de historias, para delirar como un auténtico demente, sin serlo. Llegué a descubrir todas las argucias que la cabra loca de mi mente inventaba para perderme. Cuando años más tardes leí esa misma expresión en un libro de budismo, me eché reír con ganas. ¿Acaso necesitaba yo a un lama para saber que nuestra mente es la peor cabra loca que uno puede echarse a la cara? 

 “Me hice más duro, mucho más duro, de lo que era al entrar en aquel infierno. Al salir llegaría a pensar que yo era el hombre más duro de este planeta, un auténtico superviviente… Ja,ja. Era un ingenuo y lo seguiré siendo hasta mi muerte.  Si hubiera sido la mitad de duro de lo que pensaba, la vida no me hubiera sacudido tantas “hostias” como recibiría la siguiente década. 

 “Decidí abdicar de una parte de mi dignidad, de la que era capaz de prescindir sin volverme loco, sin dejar de considerarme un ser humano y buscar, a través de la astucia y la interpretación magistral, una puerta abierta que me permitiera alejarme de aquellas calderas de pez y sangre hirviendo, hacia la cumbre de cualquier montaña, donde pudiera respirar a gusto, sin recibir una patada en la barriga. Lo planeé cuidadosamente, con gran meticulosidad … y así lo hice. 

-¿Qué hizo?

 -¿Qué hice? Humillarme hasta transformarme de insecto en gusano. Repté por el suelo hasta llegar a la puntera de sus zapatos, desde allí alcé mis ojos suplicantes, humildes hasta el vómito, y les dije lo que llevaban tanto tiempo deseando escuchar:  “Sí, amados cuerdos, generosos normales, he decidido abandonar mi huelga de hambre. Y no lo hago porque os considere más fuertes y poderosos, sino porque he descubierto que estaba equivocado, que mi actitud procedía del demonio tentador, del orgullo satánico, de la testarudez del loco, de la irracionalidad del demente, del rugido de la bestia, de la obcecación del buey atado al yugo. 

 “Sí, amados cuerdos, generosos mortales, he decidido pediros perdón, suplicar de vuestra generosidad, de vuestra sensibilidad, de vuestra humanidad,  me concedáis una oportunidad, una última oportunidad, antes de arrojarme a la sentina, de cubrirme de lodo y de mierda, de transformarme en una rata de cloaca. 

 “Sí, mis muy amados normales, mis adorados y sensibles amigos, he decidido que nunca, nunca, que jamás volveré a rebelarme contra el poder establecido, contra la cordura, la normalidad, lo políticamente correcto, lo verdadero. Nunca volveré a alzarme contra las palabras de leche y miel que brotan de vuestras bocas, contra la palabra divina que os ha sido transmitida de generación en generación. Vosotros poseéis la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Como poseedores de la verdad absoluta os reverencio, os adoro, os rezo, os suplico. Aquí estoy, arrojado a vuestros pies, como un humilde pecador, deseando el perdón y las sagradas aguas bautismales de la penitencia. 

-¿Eso hizo que le soltaran? 

 -Jaja. Es usted un ingenuo. Ni aunque hubiera pasado mi lengua por la suela de sus zapatos, ni aunque hubiera limpiado los vómitos de todo el frenopático a lengüetazos, ni aunque les hubiera subido a un altar y adorado sacrificando animales y quemando su grasa en sus altares, ni aún entonces me hubieran perdonado. Antes necesitaban saber si mis palabras brotaban de un corazón arrepentido o de un loco, émulo de Marlon Brando, que estaba realizando la mejor interpretación de su vida. 

 “Por supuesto que no me soltaron de inmediato. Con la disculpa de que eso solo podía autorizarlo el psiquiatra, que no estaba en aquel momento, me mantuvieron atado con cadenas veinticuatro horas más. Cuando el joven terapeuta, el dios de la ciencia, aquel mequetrefe que deseaba medrar a mi costa, llegó a su despacho y se enteró de mi cambio de actitud, fue a visitarme y se alegró de corazón de que hubiera empezado a pisar la dulce senda de la racionalidad.  No obstante aquello bien podría deberse a la capacidad simulatoria del loco, que con tal de librarse del merecido castigo, es capaz de arrodillarse ante cualquiera. Otras veinticuatro horas lograrían convencerlo de la sinceridad de mi propósito de enmienda. Y cuando estas pasaron necesito un día más para reafirmar su certeza. 

 “Aquella humillación extra nunca se la perdoné. Estoy seguro de que si hoy día me lo presentaran cara a cara no lograría controlarme lo suficiente para no aferrarme a su cuello y apretar hasta que el morado pasara al pálido cadavérico. Un terapeuta que actúa de esa manera no pretende curar a un enfermo, sino vengarse de él, doblegarle, humillarle hasta convertirlo en su esclavo, en una marioneta que salta y brinca a su voz meliflua de dictador omnipotente. 

 “Mire… Nunca negaré mi tozudez, mi cabezonería de tauro redomado, mis delirios y utopías de rebelde estúpido, fuera de la realidad. Nunca negaré mis defectos, porque están ahí, a la vista de todos. Pero hay algo que no soy ni seré nunca: una mierda de persona, capaz de lamer cualquier culo del que pueda obtener una ventaja. 

 “Soy un ser humano que no puede soportar la injusticia sangrante. Que no puede callarse y decir que no está viendo nada, cuando un hermano es masacrado por un poderoso, aunque su poder sea muy relativo y casual, como en esencia son todos los poderes, que se basan en circunstancias que terminan por pasar con el tiempo. 

 “Soy un hombre muy paciente, como lo he demostrado en reiteradas ocasiones a lo largo de mi vida. Pero esas situaciones en las que un hombrecillo normal y corriente acaba por considerarse un dios, dueño de vidas y haciendas, me acaban superando siempre.  La santa cólera estalla como fuegos artificiales y una situación cualquiera, que bien podría haber sido tan solo un pequeño tropiezo, se transforma en un auténtico infierno. 

 “Lo peor en realidad no es eso, las complicaciones y pequeñas tragedias que me acarrean esos brotes de rebeldía, el típico problemilla que debería resolverse en un tiempo razonable. Lo peor, la secuela que acaba destrozando mi vida, y debido a la cual nunca seré capaz de perdonar a ese tipo de “personajillos” es el rencor que se va acumulando en mi interior. Lo peor es el odio que se pudre en mis entrañas. Que me impide perdonar a quien me han hecho mucho daño. Que me impide relacionarme con normalidad con quienes ni siquiera me han hecho el menor daño, a los que acabo de conocer y que incluso a simple vista me parecen buenas personas. 

“Es el gran defecto de carácter por el que estoy aquí, en esta vida, purgando mi karma, e intentado evolucionar hacia un nivel superior de consciencia, hacia una espiritualidad más pura y generosa. Todo, absolutamente todo, desde que tengo uso de razón, ha gravitado alrededor de este agujero negro.  

TERCER DÍA EN CRAZYWORLD XII


TERCER DÍA EN CRAZYWORLD XII

Quiero decir que en una mesita cercana al sofá serví el café, dejé la botella de tequila con dos copitas, puse la caja de puros, el cenicero y un paquete de cigarrillos por si me apetecía, aunque en ese momento no recordaba si yo era fumador o no, si había fumado en algún momento desde la llegada a Crazyworld, si Jimmy fumaba, si alguien fumaba allí, aparte de Dolorcitas, si estaba o no prohibido.

-Dolorcitas, no tengo ni idea de si fumo o no o cómo está el fumar en Crazyworld, si está prohibido, si se puede comprar tabaco, etc etc.

-Anda déjate de tonterías y siéntate aquí y apoya tu cabecita caliente sobre mis pechos que necesitan calor.

Miré y vi, pasmado, que Dolores había desabotonado su escote y sacado sus enormes pechos a tomar el aire. Tardé en reaccionar porque no recordaba cómo iba vestida, hubiera jurado que solo llevaba una gran túnica por encima de su cuerpo, o un poncho. Me sorprendió que no recordara estos detalles tan elementales, hasta que recordé que me había bebido la botella de vino yo solito, porque Dolores había bebido cerveza. Cuando pude reaccionar me senté en el sofá, a su lado y antes contemplé a gusto y gana sus pechos, gesto que ella recibió con regocijo. Sus pezones eran los más grandes que había visto nunca, suponiendo que recordara todos los pezones que había visto en mi vida, si es que había visto alguno o muchos, algo que daba por supuesto, aunque sin razones objetivas, porque quien no recuerda lo que ha vivido es como si nunca hubiera ocurrido. Sin poder controlarme, o no queriendo hacerlo puesto que me exigiría un enorme esfuerzo, bajé mi boca y besé un pezón y luego el otro, y los lamí con ansia y mordisqueé la carne de sus pechos y… dejé de hacerlo cuando escuché los lamentos de aquella santa matrona. Eran lamentos de placer, pero a mí me sonaban como quejidos de quien es torturado. Levanté mi cabeza y busqué una excusa para aplazar lo inevitable. Y la encontré. Tomé una taza de café y se la puse en las manos, saqué un puro y se lo puse en la boca. Tomé la otra taza y bebí un trago. Me quemé la boca porque aún seguía caliente. Abrí la cajetilla de tabaco y me puse un pitillo en la boca. Busqué el mechero y lo encontré en la caja de puros. Encendí el pitillo, aspiré y sufrí un colapso. Comencé a toser como si fuera a echar los pulmones y creí morirme. Dolores abrió los ojos con una sonrisa de oreja a oreja. Me dio un manotazo en la espalda y dijo:

-No hay prisa. Ya habrá tiempo. Vamos a tomar un tequilita. Eso nos animará.

Le alcancé una copita. Por mi parte me llevé la otra a la boca y la apuré de un trago. Tosí como si tuviera un sapo en los pulmones que intentara salir a cualquier precio. Dolorcitas se rió con ganas.

-Parece que no eras fumador, ni tampoco bebedor de tequila. Lo que sí parece que eras todo un experto en lamer pezones. Deberíamos seguir con eso. ¿No te parece?

-Lo siento, Dolorcitas, puede que tengas razón. No recuerdo haber fumado ni bebido, aunque tal vez lo hiciera. No es un tema importante. Preferiría dedicarme a tus pechos, pero si lo hago seguro que acabaré atragantándome. Ya he apurado mi copita de suerte. Mejor lo dejamos para más tarde. Imagino que los pacientes no tenemos derecho a fumar ni a beber alcohol. Aprovecharé este momento antes de regresar a mi condición de paciente enclaustrado.

-No, los pacientes tienen severas restricciones en ese aspecto y en otros. En cambio a los trabajadores se nos permiten ciertas licencias, aunque no hay barra libre. Todo está tasado, una caja de botellas de vino al mes, una botella de licor a elegir y tabaco como para que un fumador medio no tenga problemas. Apúrame el cortapuros, que te voy a enseñar cómo se enciende un puro.

Así lo hizo. Era todo un ritual. Cuando lo tuvo encendido y bien encendido comenzó a fumar con deleite. Preferí servirme otra copita de tequila antes que seguir con el pitillo que se había apagado en el cenicero.

-En ese sentido Mr. Arkadin es bastante comprensivo, tal vez porque los viciosos suelen ser más comprensivos con el vicio que los puritanos. Por supuesto que estos vicios no son gratis, hay que pagarlos, aunque en contadas ocasiones para celebrar algo se nos da un servicio gratuito de licor, tabaco y hasta sexo. Yo dejé de usarlo porque los gigolós de Crazyworld son tan desagradables como el beso de un sapo. Cuando recuerdes tu vida pasada como gigoló, que seguro que la recuerdas, deberías darles unas cuantas lecciones.

-No sé, cariño, creo que ahora estoy un poco mareado.

-Es lo que tiene el tequila, que se sube enseguida a la cabeza. Sírveme otra taza de café. Si puedes levantarte tal vez deberías traer el postre más cerca y la sacarina, no soporto el café a palo seco.

No sé cómo lo conseguí, pero lo logré. Sentado al lado de Dolorcitas en el sofá, trasegué el postre como si tuviera hambre, aunque en realidad estaba tan repleto que se me escaparon algunos eructos. No estaba tan mal como para no disculparme. Bebí algunas copitas más de tequila, debí fumar un par de pitillos y de pronto me encontré con la cabeza entre los pechos de Dolores. Me sentí muy niño, tanto que mi boca no pudo evitar buscar sus pezones y comencé a mamar con ansia, luego me fui calmando hasta la oscuridad me abrazó maternalmente entre sus pechos oscuros. Me quedé dormido profundamente.

UN ESCRITOR FRUSTRADO XII


>En el puticlub permanece un tiempo. Es atendido por un médico de confianza. La madame le propone ser acompañado por una de sus pupilas, la puta que el detective utiliza habitualmente. Se harán pasar por un matrimonio en viaje turístico.

>El detective cojea. En el aeropuerto es apuñalado y salva la vida gracias a los buenos oficios del chulo que les acompaña.

>Le esconden en una casa de campo. La puta se queda con él. Se cambia el plan de salir por avión y se intenta que un carguero que va a Brasil lo acepte como polizonte. No hay suerte. Tiene que viajar a Inglaterra y allí embarcar en un crucero al Caribe. La puta lo acompaña.

>En un puerto gallego su coche explota cuando él lo acaba de abandonar. Se plantea si los terroristas no estarán también detrás de él. El pánico a estas alturas ya es incontrolable.

>Comienza la odisea de su huida. Se vuelve paranoico, cree que todo el mundo lo persigue. Solo la puta conserva la calma. Piensa en pegarse un tiro.

PROBLEMAS SIN RESOLVER

>La historia de la cinta es esencial para el desarrollo narrativo. Tiene que parecer verosímil. Es esencial la documentación.

>Toda la historia de la extorsión terrorista es poco verosímil. Necesita una elaboración mejor.

>La posibilidad de que pueda salir del país con un maletín lleno de dinero, en plena crisis económica y sin demasiados problemas requiere más análisis y documentación.

>Es necesario trabajar más la psicología de algunos personajes. La conducta de la secretaria y de la esposa del empresario solo es verosímil si su psicología hace lógico su comportamiento.

Córcoles terminó las anotaciones en la libreta y se quedó pensativo. Se sentía cansado. Llevaba meses tras la historia y en apenas unos minutos la tenía completa en la pantalla de su mente. Eso era cierto. Aún así una sensación desagradable y muy intensa se iba apoderando de él. ¿No se habría metido en aguas pantanosas? Tal vez la trama fuera demasiado compleja para sus posibilidades. La obsesión por castigar a su personaje le había llevado hasta allí. Tal vez ese fuera el error, aunque le iba a resultar muy difícil imaginarse otra historia tan válida como ésta. El suspense necesitaba que los detalles ocultos de la trama fueran desvelados muy poco a poco. ¿Sabría hacerlo? Si no lo conseguía el lector dejaría de interesarse por lo que le estaba contando.

Decidió abandonar el trabajo. Cerró la libreta, colgó el bolígrafo de una página interior y guardó ambos en el bolsillo interior de su cazadora. El dolor de cabeza era ya brutal. Intentó levantarse. Las piernas se le habían quedado dormidas debido a la postura incómoda que había adoptado para escribir. Comenzó a frotar ambas piernas desde los muslos a los tobillos. El cuerpo le dolía como si acabara de recibir una paliza. La mejor decisión era montar a Fogoso y regresar a casa. No quiso hacerlo. Era una cuestión de orgullo personal o de testarudez, poco importaba porque no pensaba renunciar al plan que se había trazado.

Por fin logró ponerse en pie y comenzó a caminar por el prado hasta conseguir que las piernas le respondieran. Con la sensibilidad llegó el dolor. Sentía malestar en la espalda y dentro de su cráneo anidaba un pájaro carpintero que se alimentaba de neuronas, picoteando los trozos de dendritas que más suplicio podían producirle. Se arrastró por el prado como si fuera un viejo artrítico, solo le faltaba la cachaba en la que apoyarse. Por un momento se imaginó la vejez, el implacable deterioro del tiempo sobre su cuerpo. Las imágenes que le asaltaron le pusieron aún de peor humor. Las apartó a un lado. Observó la caída del sol sobre la cordillera. Como a todo urbanita, poco familiarizado con la naturaleza, a Córcoles le resultaba muy difícil hacerse una vaga idea de la hora sirviéndose tan solo de la posición del sol, de la sombra o de otros signos que los pastores serranos interpretaban a la perfección.

Dejándose llevar por un gesto instintivo clavó la mirada en su muñeca izquierda. Como ya sabía de antemano allí no estaba el reloj de pulsera. Se lo había quitado para dormir la siesta y con las prisas ni siquiera recordó que no lo llevaba encima. Tal vez quedara una hora de sol, tal vez menos. Era seguro que la vuelta desde el caserón encantado tendría que hacerla a oscuras.

Córcoles no era hombre imprudente y arriesgado. Amaba demasiado la vida, la única que le había sido otorgada generosamente, debido a un cúmulo de circunstancias fortuitas. Otros no tenían esa suerte, bien permanecían en el limbo de la nada porque su número no entraba en el bombo de la lotería o bien eran descartados por decisiones ajenas. La infinidad de seres vivos, de personalidades, que teóricamente podrían llegar a la vida estaban claramente limitadas por el tiempo –si la eternidad emparejaba con la infinitud, el tiempo iba estrechamente unido a lo finito y mortal- y por lo tanto solo unos pocos, elegidos de forma aleatoria por el azar, tendrían la fortuna inconmensurable de nacer algún día. La idea de una muchedumbre incontable haciendo cola ante la puerta de la vida, mientras un niñito espabilado que sería llamado Luis Domingos Córcoles, se colaba entre las piernas de los demás y veía la luz, le produjo una mezcla de hilaridad y de angustia existencial. ¿Tan frágil era en verdad la existencia humana?

 Su suerte había comenzado entonces y desde el primer vagido no hizo sino aumentar. Se consideraba un hombre nacido con buena estrella, acunado por la diosa Fortuna a sus espléndidos pechos, mimado por el azar, marcado en la frente por el ángel que cuida a los individuos elegidos para sobrevivir al exterminio de sus pueblos. Cada acontecimiento de su vida le había mostrado la certeza de su intuición, al menos eso creía él. De otra forma no podían explicarse el cúmulo de casualidades que le habían llevado hasta la cumbre mientras otros, con sus mismas características genéticas y defectos de carácter caían al hoyo para no volver a levantarse.

Excepto en el tema de las mujeres, donde a menudo el riesgo lo era todo –quien no se moja el culo no consigue peces- en todo lo demás acostumbraba a ser tan precavido y prudente que en algunas ocasiones rozaba la cobardía. Su convencimiento de que la suerte le acompañaba, allá a donde fuera, no era óbice para que cuidara su cuerpecito serrano, su vida, como a un bebé recién nacido. Mejor mirar donde se pisa para que las serpientes no puedan inocularte su veneno.

 En otra ocasión esa prudencia inveterada en su carácter le hubiera hecho retroceder, solo la compleja vinculación de un cúmulo de circunstancias que rara vez podían darse, estaban llevando su testarudez hasta el límite. La pesadilla inició la cuesta abajo, antes recibió el empujón de la actitud de Hortensia y antes incluso la conversación con Nely. La estúpida caída del caballo y sobre todo su incapacidad emocional para verse solo en la casa lo que restaba de tarde y toda la noche, remataban aquel deslizamiento por el tobogán.

Córcoles no temía a la soledad –eso era un axioma para él- no le asustaba ese monstruo invisible al que todo el mundo parece respetar, cuando menos, sino sentir auténtico pánico a ser devorados por el único caníbal que nunca deja huesos, lo consume todo, hasta el tuétano del alma, suponiendo que exista. Sólo las personas débiles son víctimas de la soledad y él se consideraba un hombre fuerte, sin más debilidades que una excesiva dependencia del sexo.

Cuando el tiempo erosionara su figura, algo inevitable, aún le quedaría el dinero para comprar sexo mercenario y si éste, por algún revés de la fortuna, le era negado, su labia y saber estar, su desparpajo en el trato con las mujeres, su arrojo para poner sobre la mesa la carta ganadora, le permitirían triunfar en el juego de la vida, un juego que solo respeta a quienes son capaces de utilizar el instinto de supervivencia hasta las últimas consecuencias. Córcoles estaba convencido de que ganar dinero no era tan difícil, si uno deja de lado consideraciones moralistas. Hasta aquel momento no había necesitado ponerse el traje de faena para conseguir el vil metal, pero lo haría y tendría éxito si le fuera preciso hacerlo. Encontrar a una mujer para un polvo de emergencia, cuando la necesidad acucia, tampoco le parecía tan complicado, teniendo en cuenta que él se había pasado la vida librando constantes batallas amorosas. Si necesitas compañía la buscas, todo el mundo está deseando contarte sus problemas, solo es preciso sonreír un poco y hacer como que escuchas. Esto funciona con todo el mundo, pero especialmente con las mujeres. Este pensamiento formaba parte de los pilares de su filosofía amorosa y vital.

A pesar de sus reflexiones aquella noche, precisamente aquella, no deseaba estar solo. Demasiadas casualidades nefastas, el enfado de Nely, el enfado de Hortensia, la pesadilla… Córcoles temía pocas cosas de la vida, sin embargo lo que más le aterrorizaba era ese raca-raca de su mente, ese disco rayado que no cesaba nunca de repetir lo que él no quería escuchar. Le ocurría  especialmente cuando su humor era melancólico, tristón, y la falta de compañía propiciaba que las ideas a las que él más temía se apoderaran de su mente vacía. Una mente ociosa puede llevarte al infierno antes de que te hagas consciente de dónde estás y de que te están achicharrando en una de las famosas calderas de Pedro Botero. Si se le impidiera la posibilidad de confundir a su mente, de hurtarse a su estocada con el equilibro del movimiento, de la actividad, de la charla en buena compañía, del sexo diario, como el almuerzo de cada día, Córcoles habría temido más a su mente que a una bomba atómica de no sé cuántos megatones en el trasero.

Guardó la liberta en el bolsillo de su cazadora y se dijo que al menos la tarde no estaba perdida puesto que había avanzado en la novela en unos minutos más que en los meses que llevaba dándole vueltas a la historia. Ésta necesitaba algo más, no sabía muy bien qué, y algunos problemas de verosimilitud le iban a dar muchos dolores de cabeza. Aún así estaba muy contento, porque ya tenía algo a lo que echar el diente.

Intentó ponerse de pie. Las piernas se le habían quedado dormidas en la incómoda postura desde la que había tomado las notas. Esperó un poco y luego caminó por el prado, bajo y arriba, hasta desentumecerse. Fogoso ramoneaba a la vera del camino. Pudo verlo de inmediato. Era una suerte no verse obligado a buscarle, con lo que le dolía todo el cuerpo. Logró saltar la valla de madera y se acercó al animal con mucha precaución. El caballo era bastante impredecible, un poco como él, pensó Córcoles, y por eso le gustaba, aunque él nunca fue amante de los animales y los caballos solo le gustaban porque le daban un toque de distinción, especialmente a la hora de seducir a bellas damas, distinguidas y amantes de la equitación.

Fogoso alzó su cabeza y soltó un relincho en cuanto lo vio. Fue un relincho alegre, al escaso entender de Córcoles en cuestión de caballos. Seguramente estaba necesitado de activad, de un buen trote y tal vez una galopada si el terreno era propicio.  Pacorro nunca lo montaba. Él estaba convencido de que era miedo, aunque con aquel hombre extraño uno nunca sabía qué albergaba su cabeza.  Se limitaba a darle de comer y sacarle al campo, de vez en cuando, para que su propietario no notara que el bello ejemplar estaba siendo tratado como un percherón.

Tomó las riendas y acarició la testuz de la bestia. Consiguió montar con alguna dificultad. Su cuerpo se quejaba como un niño malcriado. Cabalgadura y jinete enfilaron el camino de tierra, en dirección a Peña Oscura. Al paso ascendieron un montículo y allí Córcoles retuvo a la cabalgadura, deseoso de contemplar la puesta de sol. Era un hermoso espectáculo, aunque para él la naturaleza no dejaba de ser un lugar inhóspito, donde se pasaba hambre y sed, te ocurrían cosas desagradables y sobre todo… no había mujeres. Al menos no era algo común, aunque por aquella zona bien podía encontrarse alguna que otra zagala, cuidando cabras o de vuelta de algún sitio. Ocurría rara vez y en cuanto le veían, a pie o a caballo, huían como almas perseguidas por el demonio de la lujuria. Tal vez le precediera su mala fama, pero lo cierto es que a Córcoles nunca se le ocurriría ir a “ligar” al campo y él sin el sexo no era nada, un globito vacío.

Donde esté una bella mujer desnuda que se quiten las puestas de sol. Ese era uno de tantos axiomas que en la mente de Córcoles hacían mención a la mujer y su atractivo. Aquella hubiera sido una buena noche para asaltar la fortaleza de Obudulia. Con Hortensia fuera de juego, habría sido bonito convencer a la moza de que se quedara un poco más. ¡Lástima haberse dormido durante la siesta!

En su lugar se había emperrado en visitar el caserón abandonado, donde se le haría de noche. No temía a los fantasmas pero la soledad del campo durante la noche ablanda al más duro. ¡Fantasmas a mí! ¡Que sean mujeres, jóvenes y estén buenas, que del resto ya me encargo yo! Córcoles se relamió pensando en que si la moza asesinada había sido tan hermosa como se comentaba en el pueblo no le importaría que se le apareciera en la casa. Has podría llegar a convencerla de que un buen polvo siempre viene bien, hasta en el más allá.

Córcoles rió a carcajadas asustando al caballo. Este se puso nervioso y relinchó como si pudiera entender a su jinete. Lo puso al trote para calmarlo. Al menos le llevaría media hora llegar hasta la casa. Iniciaron la subida a un puertecito que ocultaba el valle del Silencio, a cuya entrada se encontraba el caserón fantasma. A lo lejos se oyeron esquilas de vacas. Un perro ladró enfadado y algo se movió entre los brezos, tal vez un jabalí, pensó Córcoles, ignorante de que raras veces pueden observarse durante el día. Ignoraba todo lo referente a la fauna de la zona y sus costumbres. No era cazador, nunca le gustó. Había oído comentar que durante el invierno los lobos podían llegar a bajar al pueblo, pero aún estaban en otoño.

Fogoso no se asustó. El caballo era más sabio que él en aquellos temas, así que se relajó y lo dejó pasar. Córcoles aprovechó para examinar con detenimiento lo que había escrito sobre su detective. Éste resultaba especialmente repugnante en aquella historia. No importaba, eso gusta al lector y más cuando las lectoras disfrutan del castigo que se merece un machista redomado, que además es gordo y feo como un demonio. Seguro que con los guapos tienen más condescendencia. Pensó Córcoles y sonrió.

Su chantaje sexual era verdaderamente asqueroso. Sin embargo eso gustaba a una gran mayoría de lectores. Lo sabía por experiencia propia. El éxito de su novela anterior así lo demostraba. Algunos lectores eran como probos padres de familia que despotrican en público de la pornografía y luego se la bajan por Internet cuando nadie puede verles. No era mala idea darle al lector una buena coz con la repugnante historia del chantaje sexual del seboso detective. Al final sufriría el severo castigo merecido y todos contentos.

El tema de los terroristas colgaba de un hilo. No resultaba muy verosímil. Aparte de que nadie gusta de terroristas en las novelas, salvo cuando muerden el polvo gracias a los pepinazos que les arrean los buenos, normalmente grupos de élite USA. Tendría que trabajarlo mucho más. A ver qué acababa saliendo de todo aquello. Existían muchos fallos más en la enrevesada historia. Tendría que reflexionar mucho. El suspense era esencial para atraer al lector.

Córcoles notó que el dolor de cabeza se había hecho persistente, era como un pinchazo en la coronilla que se estaba extendiendo a las sienes. Le parecía que algo vibraba dentro de su cabeza. Era molesto, pero bastante peor era hacerle caso. Ya casi estaban llegando a lo alto del puertecito. Allí se bajaría del caballo y descansaría un rato. Le hubiera venido bien una cantimplora llena de agua. Como siempre que salía al campo se olvidaba de lo esencial. Luego no servía de nada lamentarse.

Por fin alcanzaron la cima y Córcoles desmontó. Estiró un poco las piernas y se sentó al lado de un arbolito, sobre la hierba reseca. Esa era otra de las cosas que no le gustaban nada a Córcoles del campo, uno se ensucia mucho, hay hormigas molestas y nunca estás cómodo más que de pie. Se dedicó a contemplar el valle con interés. Era muy profundo, se prolongaba a lo largo de varios kilómetros hasta llegar al macizo de Peña Oscura. No era muy ancho, salvo en el centro, y los prados lo ocupaban en gran parte. Un riachuelo se deslizaba siguiendo un curso errático, empezaba a la derecha, ocupaba el centro del valle y luego se desviaba hacia la izquierda. Algunos árboles siguiendo su curso, grandes pedruscos caídos de las laderas, y a la entrada, justo al acabar el puerto… el caserón fantasma.

TERCER DÍA EN CRAZYWORLD XI


TERCER DÍA EN CRAZYWORLD XI

-Bueno, si no quieres hablar de nada, al menos come, que todo está muy rico. ¿O no?

-Sí, sí, ya lo creo. Gracias por darme este fabuloso banquete –dije con la boca llena- aún tengo muchas preguntas más. Este no parece un buen lugar para las parejas, las familias y los niños, entre otros. ¿Os escogió Mr. Arkadín pensando en eso?

-Bueno. No sé qué criterios empleó en la selección del personal, pero parece que eso debió de influir. Con la doctora Patricia no hablo mucho porque siempre está metida en casa, pero al parecer tuvo algún problema para ser contratada por su hija. Tuvo suerte porque el casting de doctores anduvo escaso. Pobre mujer. Tenía problemas con su marido, del que se divorció y que al parecer la maltrataba. Creo que por eso aceptó venir aquí, aunque ya se olía algo, como todos. No conozco a ninguna familia completa que haya aceptado firmar el contrato sin tener serios problemas ahí fuera. Ahora mismo me cuesta enumerarte alguna, son muy pocas y todas pasaron el casting porque cada uno de sus miembros encajaba con las necesidades de personal.

-Oye, Dolores, Jimmy me habló de mercenarias del sexo, contratadas para aliviar las necesidades del personal y de los pacientes, si es que hay alguno que sienta alguna necesidad, embutido de medicación. Esto me suena a rechifla, pero si El Pecas me lo dijo tiene que ser verdad.

-Jajá. Ese pinche no piensa en otra cosa. Es cierto que hay un grupo de mercenarias residiendo en unas casitas bastante separadas del grupo de edificios principales y también un grupito de mercenarios para satisfacer a las damas. Por cierto que si acabas recordando y confirmando que fuiste un gigoló, podrías unirte al grupo, yo sería tu principal clienta. Se rumorea que fue el doctor Sun quien aconsejó este pequeño ejército, algo así como Pantaleón y las visitadoras de Vargas Llosa, aunque no creo que le inspirara la novela, el chifladito de Sun lee muy poco. No como yo, que aquí donde me ves paso mucho de mi tiempo libre leyendo libros…

-Por cierto Dolores, que aún no he visto la biblioteca.

-No me extraña. No creo que El Pecas haya leído un libro en su vida. Y no lo digo para hundir aún más su imagen, que bastante hundida la tiene, ni porque le tenga más manía de lo que es normal teniendo en cuenta sus conductas aberrantes, me limito a constatar hechos y si puedo convencerte para que le des de lado, mucho mejor. Ya te ha molido las costillas y puedes darte con un canto en los dientes que no haya sido peor. No te preocupes que ya te llevaré yo a la biblioteca y si necesitas conectarte al mundo virtual, con las drásticas restricciones que tenemos aquí, puedes venir a mi casa cuando quieras. Luego te enseño mi ordenador y cómo manejarte con él.

-Ok. Dolores, pero sigue con lo que me estabas contando.

-Bueno, te decía que la sugerencia pudo proceder del doctor Sun, pero Mr. Arkadin la aprovechó para sus intereses, como hace con todo. Imagino, no, no imagino, lo sé, que Jimmy te habrá contado lo de la choza en el bosque y las orgías de Mr. Arkadín y sus amigotes. También te habrá llevado allí y te lo habrá enseñado todo, incluso los vídeos guarros…

-Oye, oye, Dolorcitas. ¿Cómo demonios sabes tú eso? Si es por el telépata loco quiero que me lo presentes cuanto antes. Ya estás anotando en tu agenda eso con letras rojas.

-No te preocupes, amorcito, que Dolores se acuerda de todo.

-¿No habrás estado tú allí? No me lo puedo creer.

-Ultimamente no, porque mi peso ha subido sin parar y me duelen los pies cuando camino demasiado. ¿Pero puedes creer que cuando llegué a Crazyworld Jimmy me llevó allí? Antes me había hecho prometer que si se lo enseñaba tendríamos sexo en una de aquellas habitaciones y lo grabaríamos.

-¿Accediste?

-Ja,já. Te puede la curiosidad morbosa. Estaba dispuesta, apenas conocía a Jimmy y aunque me parecía un tipo estrambótico, el trato me pareció justo y además saldría ganando, porque conocer aquel secreto de Mr. Arkadín bien podría serme de mucha utilidad en el futuro… pero, pero eso de grabar algo tan íntimo me echó para atrás. No soy una mujer pudibunda y puritana, a pesar de la educación religiosa católica que recibí de niña, pero qué quieres que te diga, la posibilidad de que Jimmy luego enseñara la grabación a quien quisiera, era algo superior a mi voluntad.

-No me digas que Jimmy te enseñó la choza antes de que tú le dieras lo que ansiaba.

-No, no te lo digo, porque me vi obligada a hacer ciertas concesiones. Un beso a la entrada, magreos cada vez más atrevidos conforme íbamos avanzando de habitación en habitación… Intentó llegar al final en el dormitorio de Mr. Arkadin, pero me negué en redondo, hasta que no viera hasta los lugares más secretos de aquel antro, no habría más concesiones. Creo que estaba ya tan salido que no le importó enseñarme la sala de grabaciones, algunos vídeos y hasta los secretos más secretos de aquel lugar de perversión. Aproveché un descuido por su parte para encerrarle en el jardín interior.

-¡Cielos! ¿Y le dejaste allí mucho tiempo?

-Lo que tardé en regresar y enviar a la chica gordita, la informática, ya sabes de quién te hablo. Gordita por gordita, pensé. Ella aceptó encantada y pasó allí la noche, lo que me hace suponer que no fue tan remilgada como yo. Ahora ya sabes por qué El Pecas no quiere sexo conmigo ni aunque sea su última opción.

-Pero entonces ¿cuántos conocen el secreto? Eso es un secreto a voces.

-Bueno, no sabría decirte el número, pero no somos muchos.

-Se me ocurre que podríamos encerrar allí a Mr. Arkadin hasta que nos dejara fugarnos a todos.

-Si viniera solo no sería mala idea, no, pero con su ejército de mercenarios no es una buena idea, mi pequeño, vete pensando en otra cosa. ¿Qué te parece si antes del postre te sientas a mi lado, traes el café y el tequila y un puro de la caja que ves allí en la encimera. Si te apetece fumar hay también cigarrillos. Podemos seguir hablando mientras hacemos hueco para el postre.

Y así lo hicimos.

UN DÍA EN LA VIDA DE UNA FAMILIA VANTIANA XV


UN DÍA EN LA VIDA DE UNA FAMILIA VANTIANA XV

“Toca su cabeza. Deja su mano en su testuz. Acaricia su frente y… Milagro. No ocurre nada. La caeros líder, la hembra Beta, cierra los ojos un instante, como si le gustara que la acariciaran. Los abre y mira a Rosindra como si la conociera de toda la vida y fueran muy amigas. Abre la boca y lanza un mugido regocijado. Todo el rebaño, compuesto de hembras y crías levantan sus testudes, miran en su dirección y comprenden de inmediato lo que ocurre. Otra visita más de estos pesados vantianos. ¿No tendrán otra cosa mejor que hacer? Ustedes, queridos holovidentes no lo saben, pero el mugido indica el permiso que la hembra Beta ha dado a Rosindra y al resto del grupo para que puedan acercarse al resto de la manada y acariciar a hembras y crías sin recibir malas caras y mucho menos agresiones destempladas. Ustedes no lo saben, pero sí Rosindra, que repite esta escena cinco veces a la semana, descansando dos días a elegir. Nuestra amable guía es  voluntaria, como otros muchos, en su mayoría amantes de los animales. Lo hace porque adora a estos seres, relegados  por la historia a un lugar secundario en la vida del planeta Omega. También porque de esta manera obtiene un buen número de créditos que está ahorrando para emplearlos en un proyecto delirante, pero que ella cree poder llevar a buen término. Ella, que ahora no nos oye, lo mismo que Alierina, nuestra intrépida reportera, porque han desconectado para impedir que mi voz cantarina pueda descentrarlas de este protocolo tan estudiado y sufrir algún percance. Ella –quiero decir Rosindra- forma parte de un grupo cada día más numeroso de omeguianos que van a plantearle a nuestra amable inteligencia artificial que levante las defensas de rayos omega que nos mantienen en cuarentena, aislados del resto de la galaxia, para así poder viajar en una nave espacial, especialmente acondicionada, hacia otros planetas de los que llevamos varios siglos separados debido a aquel ataque inesperado y terriblemente agresivo de los noctorianos. Ustedes, queridos holovidentes, no lo saben, a no ser que hayan pedido al bueno de “H” que les deje ver la gigantesca producción con actores holográficos que se hizo en su momento para explicar las razones que existieron para tomar una medida tan drástica y que tanto molestó a nuestros abuelos y tatarabuelos. El resto de ustedes ni saben ni les preocupa en lo más mínimo que no puedan hacer turismo por el Cuadrante, en naves crucero, como hacían sus ancestros, más o menos lejanos, quienes recibían al mismo tiempo un turismo apabullante, lo mejor de todo el Cuadrante y aún más allá, desde los arrabales galácticos.

“ Les anuncio, ahora que Alierina no nos oye, porque ella aún no lo sabe, que mañana tendremos un programa especial sobre la gran batalla contra los noctorianos. Proyectaremos la película de la que ya les he hablado y luego habrá un coloquio-circunloquio con tantos tertulianos y tan contradictorios entre sí, que promete una tertulia explosiva. Y mientras termina esta escena carnavalesca, me preparo para dar conexión a Alierina, Rosindra y este grupito de valientes. Resumo, por si alguno de ustedes no estaba mirando la pantalla, embelesado por mi narración. Tras Rosindra ha sido Alierina la que ha repetido exactamente los mismo pasos de la guía, y luego Elierina y su mudo esposo y el resto. La caeros los ha olido a todos, lo que no ha hecho con Rosindra a quien ya tiene muy olida, para impregnarse de su olor, memorizarlo y aceptar su intrusión como algo natural. A continuación la guía, seguida de sus adláteres, se ha dirigido hacia el interior de la manada, donde están las crías de esta temporada, todas muy pequeñitas y graciosas, aunque muy asustadizas. Sus mamás los han aceptado, creo que por sumisión debida a la hembra Beta, o mamá suprema, y han pedido a sus crías que se dejen acariciar, aunque no es algo que agrade especialmente a estos pequeños. Ha sido una escena muy tierna. Sin ningún incidente digno de reseñar, el grupito de omeguianos ha salido del perímetro que ocupa el rebaño, y ahora, ya suficientemente alejados, podemos restablecer la conexión para que todos nos expliquen sus impresiones.

-Aló, aló, Alierina. Restablecemos la conexión para que compartáis con nosotros vuestras impresiones.

-Ni aló ni leche de caeros, Arminidio. Que he estado escuchando tu estúpida narración. Ya sabía que te ibas a aprovechar, por lo que no me he desconectado. Ya hablaremos tú y yo. En compensación por tu caduco sentido del humor te pido, mejor dicho, te exijo, y te doy de tiempo hasta la semana que viene, y ya es mucho tiempo, que organices un programa especial, bien una visita a las montañas Negras para conocer a los granjeros rebeldes, o bien al palacio de HDM-24, una visita guiada por Ermantis. Y aprovecho para dejar bien claro que no nos hemos acostado, como dicen las malas lenguas, pero anuncio que sí nos acostaremos en cuanto termine el programa o dejaré de llamarme Alierina.

-Por todos los dioses de nuestros ancestros, a quienes adoraban antes de que llegara el Mesías de Omega, admito mi culpa y acepto el castigo, pero es muy poco tiempo para organizarlo todo.

-Admito que la visita a las Montañas Negras será difícil de conseguir, ya que el permiso de “H” es muy complicado y necesitarás más tiempo, pero la visita a su palacio es pan comido. Por ahí no paso.

-Lo intentaré, te lo prometo, a cambio de tu perdón incondicional. Y ahora, ¿por qué no nos contáis vuestras emociones?

-De acuerdo, que comience Rosindra, luego seguiré yo y después Elielina y todos los demás.

-Bueno, para mí ha sido una experiencia más. Me gustan especialmente los caeros, por lo que, siempre que puedo, pido hacer de guía para visitar a estos encantadores animales. El zoo de Vantis es enorme y las especies animales que contiene muy numerosas. Todas ellas son dignas de atención y muy interesantes. Mi preferida, tras los caeros, son los kooris, a quienes visitaremos a continuación. Les advierto que son tan juguetones y atolondrados que deberán tomárselo con humor o alguno sufrirá un síncope. En cuanto a los caeros, mi primera visita ocurrió hace algunos años, no sé cuántos, porque llevo ya muchos como guía del zoo. Por cierto, Arminido, que yo también te he estado escuchando. Me parece muy mal que hayas desvelado, para los holovidentes, un secreto que muy pocos conocían. En compensación, como ha hecho Alierina, te pido, mejor dicho, te exijo, que forme parte de los invitados que vayan al palacio de HDM-24. Quiero pedirle en persona que nos deje viajar, a la expedición, por los planetas más señalados del cuadrante. Estoy muy interesada en la fauna y la flora de esos planetas, así como otros miembros de la expedición lo están en otros temas, especialmente los historiadores están dispuestos a morir en el intento para conseguir toda la documentación que puedan en los archivos de esos planetas y no solo lo referente a la brutal agresión noctoriana que sufrieron nuestros antepasados.

-Pobre de mí, pobrecito. Todos son exigencias. Pues bien, yo también pongo una y no admite componendas. A cambio pido, exijo, que aceptéis mi invitación a cenar. Una cena ecológica donde vosotras digáis.

-Creo que Rosindra estará de acuerdo conmigo. Aceptamos con la condición que esté presente un robot guardián. Todo el mundo sabe que eres un seductor de pacotilla, Arminido. No nos fiamos de ti. No nos tocarás un pelo de la ropa sin nuestro permiso.

-Hecho. Pero Rosindra no ha terminado de contarnos su experiencia con los caeros…

LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS XXV


Me gusta el frío, mucho más que el calor. Al frío lo puedes combatir echándote ropa encima, frotándote las manos o dando patadas con los pies, o incluso corriendo si no logras entrar en calor. En cambio el calor siempre está ahí, por mucho que te desnudes o te pongas a la sombra. Tienes que estar todo el tiempo metido en agua fría o bebiendo agua fría y además no te puedes desnudar si no estás solo porque eso es también pecado. Sudas y sudas y no tienes ganas de hacer nada, te gustaría estar tumbado en la cama y dormir, pero no puedes hacerlo porque en la cama hace mucho calor y no puedes dormir. He pasado mucho frío en los inviernos. En la cama, cuando se enfría la botella de agua o el ladrillo. La ropa no es suficiente para entrar en calor, por muchas mantas que te echen encima. Luego no te puedes mover porque la ropa de cama pesa mucho. He tenido sabañones, he dejado de sentir los dedos, como si me los hubieran cortado. He jugado con la nieve hasta sentir las orejas heladas, las manos como témpanos de hielo, pero el frío que he pasado estos días –no sé cuántos- no se me olvidará nunca. Me he puesto dos pantalones, uno encima del otro, la camiseta de invierno, la camisa de invierno, dos jerséis de invierno. Me he puesto varios calcetines en los pies, me hubiera puesto más pero no podía meterlos en los zapatos. He echado mucho de menos el gorro siberiano que me regaló papá, forrado de piel por dentro. Me lo ataba a la barbilla y me tapaba la cabeza, las orejas, casi todo, menos la nariz. No quise traerlo porque aquí tenemos calefacción y cuando sales al patio es para jugar y correr.

En clase no te puedes concentrar por el frío. Me cuesta estudiar, estar atento. Me preocupa sobre todo aprobar las matemáticas. En el primer trimestre las he suspendido, me ha puesto un cuatro. En todo lo demás he tenido buenas notas, varios sobresalientes, algún notable, pero suspenso en “tracas”. No voy a poder con ellas. En conducta me han puesto un sobresaliente. Quiero sacar un diez, mejor una matrícula de honor, porque creo que será la única forma de compensar el suspenso. Durante las horas de estudio apoyo los codos en el pupitre, las manos en la cara y leo la lección, una y otra vez, esperando llegar a aprenderla de memoria. Mis papás vieron las notas y me felicitaron, menos cuando vieron el suspenso. Hablaron de ponerme un profesor particular en verano, si suspendía, para poder aprobar en septiembre. Quería que fuera con el maestro, pero les dije que no, sabe mucho de literatura, de historia, de geografía, pero de matemáticas sabe muy poco. Si me hubiera enseñado mejor es posible que no tuviera tantos problemas con las malditas “mates”.

Al fin arreglaron la calefacción. Fue un alivio quitarme ropa, apenas podía moverme con los dos pantalones y con los dos jerséis de invierno parecía un muñeco de nieve. Eso me permite estudiar mejor. Salgo muy poco al patio porque casi todos los días hay niebla, al menos por la mañana. No puedes saber dónde está el balón con tanta niebla. A veces me animo a jugar un poco a la campana en la cancha de baloncesto, cuando me dejan, si no hay muchos niños. Llevo los guantes de lana porque las manos se te quedan congeladas. Así es difícil encestar, aunque creo que no lo haría de todas formas porque me he dado cuenta que soy un pésimo encestador. Claro que en el pueblo nunca jugué porque no había canchas de baloncesto. Algún niño bueno se apiada de mí y me enseña cómo poner las manos, cómo lanzar el balón dando vueltas. Me temo que nunca aprenderé. Me gustaría jugar al balonmano, especialmente de portero, pero siempre juegan los mayorones y a los chivinas no nos dejan ni acercarnos.

Lo paso mal en el comedor, sigue sin gustarme la comida, sobre todo ahora que he vuelto de comer en casa cosas muy ricas. Mamá me dijo si quería llevar algo. No me atreví a pedirle un bote de colacao, porque sé que es muy caro. No para echar a la leche, que eso me da igual, si no porque he observado que algunos lo utilizan, cuando está vacío para llenarlo de comida que luego dejan en las taquillas. Si el prefecto no anda cerca lo sacan al patio y lo tiran al cubo de la basura. Algunos lo utilizan varias veces, hasta que comienza a oler, entonces lo tiran con la comida. Otros desenroscan el tapón de plástico de la tubería metálica que une la silla a la mesa. Con mucho cuidado y solo cuando el prefecto entra en la cocina, echan la comida por el tubo con la cuchara y aprietan con el mango. No me parece muy buena idea, los van a descubrir. Me he enrabietado cuando el prefecto ha dado paseos mirando a ver quiénes no se han comido todo el plato. Te da un fuerte pescozón en la cabeza o una bofetada. No he dicho nada ni me he quejado porque quiero sacer matrícula en conducta. Procuro comer todo lo que ponen, aunque a veces vomito. Si la comida gusta a los compañeros de mesa dejo que me la pidan y se la paso con cuidado. Pero cuando la comida no nos gusta a nadie hay que comerla o buscarse un truco. Nunca creí que llegara a gustarme el tomate. Esa salsa roja asquerosa. En casa nunca lo comimos. Cuando nos lo ponían con los huevos fritos le pasaba el tomate a quien me lo pedía. Pero al final lo probé varias veces y me acabó gustando, mucho, especialmente con los huevos fritos. Mojas el pan en el tomate, luego en la yema del dedo y es una delicia. He descubierto que soy un niño consentido. Otros han comido casi de todo y les gusta. A mí solo las comidas que me ponía mamá y no todas. Las judía verdes guisadas, con patatas y caldo, respiñadas con aceite, ajo y pimentón. Algún pescado, como el chicharro o la palometa. También los garbanzos y las lentejas cuando tienen un poco de chorizo y morcilla. No como las de aquí que parecen hechas con agua de fregar como dicen, son insípidas y a veces te encuentras un trozo de estropajo de fregar, o una piedrecita que te rechina en la boca cuando muerdes o un palito. Hay de todo. Sé porqué es. Cuando nos enseñaron las cocinas el primer día pude ver que echaban los sacos de legumbre a las enormes ollas, así como estaban. Normal que aparezca de todo. Tampoco deben fregar muy bien para que se les quede un trozo de estropajo o jabón en la olla. Si tienes mala suerte te toca, a todos nos ha tocado alguna vez. Voy consiguiendo que me gusten cosas que no me gustaban antes, aunque el fuagrás me repugna y nunca me va a gustar. En cambio a los otros niños le gusta mucho, no tengo problema para pasarlo. En caso mamá decía que era un comistrajo, y ahora me doy cuenta de que es así. Sólo me gustan media docena de comidas y como poco, muy poco. Ese es el otro de mis grandes problemas, junto con las matracas.

He mejorado mucho en geografía, ya estoy en la primera fila, aunque no creo que llegue al primer puesto, porque está Gallego, un chico con gafas con cristales de culo de vaso que le dan un aspecto de empollón ridículo. Tiene mucha memoria y estudia, no como otros. Me conformo con estar en la primera fila, eso me asegurará el sobresaliente. La mayoría de las asignaturas son para empollar, estudiar mucho, memorizar. No se trata de pensar, si no de recordar. Dicen que las matemáticas sí son de pensar, pero yo no entiendo esa forma de pensamiento, raíz cuadrada de… por raíz cuadrada de… igual a. Eso no me parece pensamiento. Lo que sí me gusta es el latín, y además se me da bien. Puede que sea porque el profesor, el padre Erasmo, es muy bueno y muy paciente. También pongo mucho interés porque la misa es en latín y para ser monaguillo hay que saber contestar toda la misa en latín. Ser monaguillo te sube la nota de conducta, para mí sería suficiente para que me subieran a diez o incluso a matrícula de honor. Los chivinas de momento no podemos ayudar a misa, pero siempre puede haber una excepción. El padre Erasmo un día, al salir de clase, me pidió que me quedara. Me habló de mi defecto con las “erres”, me puse muy colorado, porque ya había notado que los niños se reían cuando intentaba pronunciar la erre sin conseguirlo. Me dijo que eso era un defecto, lo llamó frenillo o algo así y que se podía corregir. Me habló de un tal Demóstenes, que tenía el mismo problema y acabó siendo uno de los mejores oradores griegos. Me dijo que cuando pasara el frío me acercara a él en el recreo. Me pondría una piedra en la boca, debajo de la lengua, como hizo Demóstenes, y aprendería a pronunciar bien la erre. Se lo agradecí mucho. Me dijo que hiciera unos ejercicios cuando estuviera solo, me enseñó unos cuantos. Eran frases con palabras con erre que debería pronunciar una y otra vez. El perro de Curro tenía un rabo y no sé qué más. Pero a mí siempre me sale El pego de Cugo tenía un gabo. Me dijo que en francés no tendría problema porque pronuncian las erres como gés. Creo que se estudia el curso que viene. Me preguntó si me gustaba leer y le dije que mucho. Le conté lo que leía en casa y se asombró porque no solo leo los tebeos si no también los libros que papé tiene en su maleta de cartón, algunos por lo visto importantes y para adultos.

Como hablo poco no se me nota mucho la dificultad que tengo para pronunciar la erre, pero aún así a veces no me queda otro remedio y tengo que pronunciar una palabra con erre. Antes se reían mucho, pero ahora no intentan burlarse diciéndome que pronuncie una palabra con erre, porque he descubierto que siempre existe una palabra parecida, que al parecer es un sinónimo, y que significa lo mismo. Ya no digo perro, si no can o cualquier otra parecida. Eso hace que a veces hable raro, pero al menos no se ríen de mí. Me gustaría tener un diccionario para buscar palabras parecidas sin erre. El padre Erasmo me ha prometido que me traerá algún libro de la biblioteca de los curas, más adelante, pero no hemos vuelto a hablar.

UN ESCRITOR FRUSTRADO XI


 Sabía muy bien que su Nely del alma no era mujer de campo (odiaba casi todo lo que el campo es o se le supone, especialmente los olores a estiércol de vaca y las hormigas, su olfato habría ganado en un concurso al sabueso más dotado de “narices”, y permítaseme la broma, porque Nely poseía unas napias bastante pronunciadas), al contrario era una mujer nacida para vivir en las grandes ciudades, rodeada de una corte de aduladores, de los que adulan porque intentan crear buen ambiente o de los que necesitan tintineo de monedas u otras manifestaciones del poder para comenzar a adular a diestro y siniestro. La esposa de Córcoles era de familia bien y sobre todo bien dotada económicamente, acostumbrada a los criados, a los viajes, a las visitas de los cortesanos urbanitas, a toda la pompa y circunstancia que solo puede observarse ya en las grandes ciudades o en las villas costeras de veraneo para gente pudiente.

Con la disculpa de que necesitaba silencio y soledad para escribir (Córcoles nunca necesitó de semejantes cosas, sino más bien de un poco de sexo como aperitivo para que se le ocurriera algo, un primer plato de buen sexo mientras trataba de escribir y un sustancioso segundo plato de proteína sexual de primer orden cuando estaba a punto de concluir su relato, fuera el que fuera) convenció a Nely de comprar aquella vieja masía abandonada. Ella, su esposa, solo la había visitado durante algunos meses del embarazo de sus retoños. Puesto que no puedo moverme mejor será que al menos me dé algo de aire fresco y sano, que dicen que viene muy bien al feto, se disculpó con su marido por incordiarle durante algún tiempo.

 Ya tendremos tiempo de hablar de los retozos de nuestro protagonista en su casa serrana, ahora es tiempo de cabalgar un poco con nuestro jinete que bota sobre la grupa de Fogoso, su caballo preferido. A pesar de su poca afición al bello paisaje y al aire sano y montañés lo cierto es que Córcoles necesitaba de aquel paseo, para despejar su cabeza que no cesaba de dolerle o de pincharle en aquellos puntos sintomáticos que presagiaban una fuerte jaqueca, para olvidarse de su esposa, de Hortensia, de la buena moza de Obdulia, de los plazos para la presentación de su novela al concurso (que cada vez se acortaban más y más) de la repugnancia que le empezaba a producir su detective, protagonista seboso de sus historias. No era algo que pudiera explicar fácilmente, sino más bien como un capricho o repugnancia de embarazada. 

 Se puede decir que Córcoles está huyendo de quedarse solo en la casa, del raca-raca que la actitud de Nely ha generado en su cacumen, de plantearse a qué puede deberse la actitud de Hortensia y de hacer una revisión de su vida. La pesadilla le ha traumatizado, aunque le cueste reconocerlo. Respira profundamente y pone a Fogoso al trote. El camino sigue a la derecha. Decide dejarlo y obliga al caballo a saltar la cerca de madera que lo separa de un extenso prado. Es un buen sitio para dar una galopada y sentir la adrenalina inyectándose en su sangre.

El caballo relincha complacido y atiende a las órdenes de su jinete. Galopa hasta el final del prado, se detiene, da la vuelta, vuelve a galopar, bordea el rectángulo verde, da una vuelta, dos, tres… Córcoles le obliga a saltar la valla. La orden es tan precipitada que el semental tropieza con un madero y su jinete sale despedido hacia atrás. El caballo consigue caer al otro lado sin sufrir mayores daños, pero su jinete no puede verlo porque se ha quedado desmayado sobre la hierba.

 Cuando despierta, Fogoso está ramoneando algunas hierbas, tranquilo baja la cabeza y su dentadura arranca hierbajos aquí y allá. Córcoles no sabe cuánto tiempo ha pasado, le duele la cabeza, siente el trasero dolorido y la espalda le molesta. Se sienta con mucho cuidado sobre la hierba, se palpa una y otra vez buscando algo roto. Todo parece estar en su sitio. Vuelve a tumbarse y respira con cuidado, procurando relajarse. Ha sido solo un tropiezo. Cierra los ojos y se deja ir.

 Sin saber cómo ni por qué la imagen de su detective obeso le asalta con brusquedad. Intenta alejarla y pensar en Obdulia. Nada como pensar en mujeres para que las preocupaciones se esfumen. El detective insiste. Se deja llevar y casi puede verlo llamando a la puerta de un lujoso chalet. Toca el timbre y espera mientras se rasca el cogote, preocupado. ¿Qué esta pasado? Córcoles no lo sabe ni le interesa mucho pero se deja llevar por la escena como si estuviera viendo una película. Es la primera vez que le sucede algo así. Debe ser el golpe, piensa.

 Al cabo de un rato se ha hecho una idea bastante cabal de lo que está sucediendo en esa película. Se levanta con precaución. Le sigue doliendo el trasero. Decide quedarse allí al menos un rato más. Se le ocurre que podría aprovechar para anotar en su libreta la idea básica de la curiosa ensoñación. La encuentra en el bolsillo de su camisa junto con el bolígrafo que lleva siempre consigo. Comienza a escribir.

 >El detective obeso debe sufrir un severo castigo. No puedo matarlo, aunque me gustaría, porque es un personaje que aún puede darme algún que otro día de gloria.

 >ESBOZO DE LA HISTORIA/ Nuestro detective es contratado para resolver un aparente robo. Se ha producido en un conocido grupo de empresas. El muy idiota no sabe que se le pretende utilizar como un hombre de paja para encubrir algo

 >Comienza la investigación. Ha desaparecido una cantidad importante de la caja fuerte en la oficina principal.

 >El detective sospecha de la secretaria, un pimpollo ingenuo y sentimental.

 > Decide seguirla durante un par de días y se hace una idea aproximada de cómo es su vida y cómo es ella.

>El primer informe lo ocupa casi por completo el seguimiento de la secretaria. De momento es la única sospechosa. Hay una dificultad, ella no conocía la combinación de la caja fuerte, según le comenta su cliente.

 >Entonces visita la casa del empresario. Esa es la escena que he visto tan clara hace un momento. El detective es arrojado a patadas, como un perro sarnoso. Ya le habían advertido de que no se presentara en la casa en ninguna circunstancia.

 >En su despacho encuentra un sobre. El empresario le advierte en una carta muy seca que otra visita a la casa y será despedido. Le cita en un parque.

 >Allí le echa una bronca insufrible y le pregunta qué era tan urgente.

 >Necesita saber el nombre de la aseguradora que cubre el robo. Necesita una tarjeta del investigador de la Cia. Eso le ayudaría mucho en la investigación. El empresario le contesta que se hará con ella si es tan imprescindible.

 >Con la tarjeta en su poder presiona a la chica, haciéndose pasar por el detective de la aseguradora. Ésta niega ser la culpable. Se pone muy nerviosa. Logra atemorizarla.

 >Nuestro amigo se plantea un acoso sexual en toda regla. La secretaria está muy buena y la lujuria del obeso detective no soporta la idea de verla irse de rositas.

 >Se plantea cómo podrá justificar su actitud si la secretaria se queja a su jefe. La encuentra. El acoso es una añagaza para descubrir si tiene algo que ocultar. Si es así y es importante aceptará el chantaje, si no se atemoriza lo suficiente es que no tiene nada que ocultar.

>Si consigue sus favores poco importará lo que está encubriendo. El detective le prometerá no ponerla en la picota a cambio de un poco más de sexo, hasta que él se canse o ella decida que es mejor cualquier consecuencia que soportar a un tipo grasoso y repugnante como él. El resultado de la investigación le tiene sin cuidado. No es tonto. Ya se está dando cuenta de que él es solo un peón.

>El detective descubre que la esposa del empresario conoce la combinación (cómo se entera) y que pasó por la oficina un día antes de que se descubriera el robo. Descubre que la secretaria cree que el robo no se ha denunciado a la policía.

>Comienza a sospechar de la esposa del empresario. Se plantea la posibilidad de un chantaje sexual. Antes tiene que conocerla y ver si merece la pena esa posibilidad. En ese caso buscaría algo sólido que lanzarle a la cara.

>Planea una estrategia de presión de la secretaria. La visita en su casa o la sigue por la calle y la aborda. A la tercera visita a su domicilio la chica se echa a llorar. El detective descubre que ella conocía la combinación de la caja. Se la dio el jefe en una emergencia hace unos meses. Ha debido olvidarse porque no ha cambiado la combinación.

>El detective la presiona sin piedad. ¿Cómo sabe ella que no la ha cambiado? La pobre chica se desmorona. Confiesa que ha estado sustrayendo pequeñas cantidades desde entonces. Nadie parecía darse cuenta. Al parecer la contabilidad de la empresa deja mucho que desear, puede que haya una segunda o tercera contabilidad.

>El detective es consciente de que se ha presentado la oportunidad que esperaba. Presiona más y más. Descubrirán que ha estado robando o se lo dirá él al jefe. Será el chivo expiatorio del robo. Nadie creerá que no ha sido ella. La cárcel será su casa durante mucho tiempo.
La secretaria se desmorona completamente. El detective aprovecha la oportunidad. Le dice que es una buena chica, que sería una pena que su vida se destrozara por una tontería semejante. El podría ayudarla pero ella tendría que darle algo a cambio.

>No tengo mucho dinero en mi cuenta, dice ella. No importa, dice él, usted es muy bonita, bastaría con que fuera un poco complaciente conmigo. Soy un hombre solitario, necesito cariño, un poco de cariño. ¿Qué le supondría a usted darme un poco de cariño a cambio de que yo la salve la vida?

>El detective contiene la respiración mientras ella llora. Al fin acepta acostarse con él. Es una chica tonta e ingenua. Es una presa fácil.

>Escena sórdida, muy sórdida. El detective no quiere esperar. Puede que ella se lo piense mejor y cambie de opinión. Ahora está completamente desquiciada, aterrorizada. Es el momento. El la consuela, la acaricia, la va desnudando venciendo su compungida resistencia.Después del acto el detective le dice que no se preocupe, echará tierra sobre el asunto. Ha sido muy amable. Le está muy agradecido. Pero lo que él le ha dado a cambio es muy importante, le ha salvado la vida. Un polvo está muy bien, pero él podría conseguirlo de una puta por una módica cantidad. Tiene que pagar más durante algún tiempo. Hasta que me canse. Se cansará pronto. No debe preocuparse, le dice con un cinismo repugnante.

>El detective sospecha que ha sido la esposa la que se ha apropiado del dinero. Le están ocultando algo.  Decide investigar hasta encontrar la herramienta apropiada para el chantaje sexual que planea.

>Primero tiene que conocerla. Se aposta a la puerta del chalet, en su coche. Ve salir a la esposa del empresario. Decide que merece la pena. Se pone rijoso.

>Visita a la secretaria en su casa y la fuerza, casi hasta la violación. Le pide información. ¿Quién es el contable de la empresa?

>Le facilita su descripción y le da la dirección de su piso. Le sigue. Es un bebedor y lo está ocultando.

>Se hace el encontradizo con él en un pub. Le invita a una copa y luego a otra. Le hace hablar. Le invita a ir de putas.

Aprovecharé para describir la escena con Gordito, el crítico. Seguro que él se reconoce en la escena. Será sangrante. No tendré compasión de ese maldito cabrón.

>El contable le cuenta que la empresa tiene problemas de liquidez. Al parecer se han recibido cartas de la organización terrorista pidiendo cantidades importantes. La sucursal del holding en el país vasco está siendo muy presionada. Se ha hablado de pagar.

>Detective toma nota. Comienza a hilvanar una hipótesis. El dinero se ha sustraído para pagar a la organización terrorista. Él es un simple monigote que va a servir como chivo expiatorio.Se traza una línea de actuación. Ahora tiene menos escrúpulos en chantajear a la esposa y tal vez logre una importante cantidad por su silencio. El asunto es serio.

>¿Cómo descubrir algo que le pueda hacer cosquillas a la “chorva” del empresario? ¿Cómo salir indemne de semejante mierda?

>Le sorprende que el empresario no le haya hablado de cámaras de seguridad. ¿Es que la oficina es un bunker con mil puertas abiertas?

>Investiga. Descubre que han contratado a una empresa de seguridad que efectúa grabaciones con cámaras ocultas. Su funcionamiento es un tanto extraño (documentarme sobre sistemas de vigilancia y alarma). Ha desaparecido la cinta de la grabadora controlada por el empresario. Tal vez en la central de la empresa de seguridad graben también las imágenes que les envían las cámaras junto con las correspondientes señales de alarma.

>De alguna manera que tengo que estudiar el detective logra que le permitan el acceso, allí anda como Pedro por su casa. Tal vez compra al encargado o chantajea a alguien. Descubre cómo funcionan los sistemas de alarma y de grabación conectados con la empresa. Por suerte no se han destruido aún las cintas de los días en que se sospecha ha podido cometerse el robo.
Se hace con ellas a cambio de una módica cantidad que paga al encargado de destruirlas. Se ha inventado un cuento chino y el otro pica. Las visiona en su casa y descubre que efectivamente ha sido grabado el “chorizo”. En este caso “la choriza” porque se trata de la mujer del empresario. Por suerte también aparece la secretaria haciéndose con una pequeña cantidad de dinero.

>El detective se frota las manos. Por un lado tiene a la secretaria el tiempo que desee. Por otro lado la posibilidad de un chantaje sexual a la mujer del empresario ya es posible.Piensa detenidamente en un plan de chantaje. Le interesa el chantaje sexual, pero tal como están las cosas también cree que se merece una parte de lo sustraído. Decide hacer varias copias de las cintas y guardarlas en sitios estratégicos. Las cintas originales van a la caja fuerte de un banco. Ha utilizado un pasaporte falso para abrir una cuenta y hacerse con una caja de seguridad.

En un notario deja una carta dirigida a la policía y que el notario deberá mandar en cuanto se entere de su muerte.

Plan para chantajear a la mujer del empresario. La sigue un día, la aborda y le deja una copia de la cinta con su teléfono.

>La mujer le llama y le cita en un motel. Le pregunta cuánto dinero quiere a cambio de la cinta y el silencio. El responde que en realidad lo que quiere son sus favores sexuales.

La mujer reacciona con repugnancia pero no le queda otro remedio que negociar. Sigue insistiendo en que necesita la seguridad de que no habrá más copias de la cinta. Exige garantías.

No hay garantías. No puede haberlas. Tiene que decidirse ya. O se acuesta con él o entregará la cinta a la policía.

>Ella cede, desesperada, pero con una sangre fría que hace temblar al detective le dice que como se le ocurra chantajearla una vez más contratará a unos matones para que le peguen un tiro. El pago será una noche de sexo y solo una, luego él le entregará la cinta y se olvidará del tema para siempre.

Una descripción muy sórdida de la escena erótica (aprovechar lo que sé del comportamiento sexual del crítico gordito en la famosa noche del puticlub). Cuando lo lea sabrá que va dedicado a él.

>Antes de entregarse la mujer le pide un favor. Le cuenta que el dinero va destinado a pagar la extorsión de un grupo terrorista. Le pide que sea él quien haga de correo.

Él dice que es muy peligroso. A cambio quiere quince noches, cuando a ella le venga bien. Ella solo acepta media docena. El tira y afloja entre ambos tiene que resultar especialmente sórdido.

>Comienza el acoso del detective. Encuentra reventados su piso y su despacho. Es evidente que están buscando las cintas. Piensa muy seriamente en enviar una copia a la policía pero le consta que la mujer no bromeaba. Mejor dejar las cosas como están.

>Comienza a sentir miedo. Prepara su huida, pero antes decide participar en la entrega de la extorsión al grupo terrorista. Se quedará con el dinero y huirá lejos. Para ello tiene que dejar atados todos los cabos.

>Comienza a trabajar en ello. Va al puticlub donde se desarrolla la primera novela del detective, la historia de la chica que quiere ser famosa a toda costa y termina de prostituta. Allí tiene buenos contactos, un chulo frio y peligroso que le puede facilitar una huida a Brasil, por ejemplo, a cambio de una cantidad.

>Recibe una invitación sorprendente del empresario para cenar en su casa. Ahora le trata como a un amigo. Su esposa actúa como si no le conociera. Le proponen servir de mensajero para entregar el dinero. Acepta a cambio de una sustanciosa parte.

>Sospecha una encerrona. No le importa. Se quedará con todo el dinero. Merece la pena el riesgo.

>Nota que es seguido. El director de su banco le llama y le cuenta que unos tipos sospechosos han intentado sacarle información sobre él. Se ha negado y ha dado cuenta a la policía.

>Le llama el comisario que ya intervino en la primera historia. Intenta sacarle en qué está metido esta vez. Hay un tira y afloja muy duro. El comisario le amenaza con retirarle la licencia si se entera de que está haciendo algo ilegal.

>El lugar fijado para la entrega le parece muy sospechoso. Los terroristas no actúan así. Le citan en el campo con suficiente antelación para que pueda prepararlo todo y colocar un segundo coche en un lugar oculto.

>Es tiroteado y herido en una pierna. Logra escapar gracias a las precauciones adoptadas.

>No cree que sean los terroristas. Sin duda se trata de matones a sueldo.

>Decide quedarse con el dinero y huir al extranjero. Esconde la mayor parte en el campo, enterrándolo junto a un árbol y con el resto compra al chulo y a la madama del puticlub.

TERCER DÍA EN CRAZYWORLD X


TERCER DÍA EN CRAZYWORLD X

Dolores, me gustaría hacerte algunas preguntas que me temo afecten a tu intimidad. Ya sé que apenas nos conocemos. Si no quieres contestar no lo hagas. Puede que mi amnesia me haga un tanto descortés, pero necesito saber…

-Si vas a estar dentro de mí, no creo que mi intimidad sea más íntima que eso. Dispara.

Estaba obsesionada por tener sexo conmigo. No acababa de entenderlo muy bien. Puede que yo fuera un guapo mozo, no voy a negarlo, pero parecía no haber catado el sexo en años. No podía creer que en Crazyworld no hubiera alguien que no la hubiera ofrecido sexo. Sabía muy poco de cómo se llevaban estas cosas en aquella jaula dorada. También iba a preguntarle por eso, si me daba tiempo. Me agradaba pensar que aquella noche ella y yo nos íbamos a hacer cosquillas. Debido a mi amnesia ignoraba con cuánta frecuencia podía considerarse normal practicar sexo y con cuántas parejas. Así mismo desconocía si aquel deseo persistente que me acuciaba un poco era algo patológico, tal vez producto de los trastornos craneales que me habían llevado o simplemente podía considerarse natural que yo respondiera tan bien a los ofrecimientos que se me hacían, tal vez también naturales o consecuencia de mi apostura y de que allí fuera un macho novedoso al que todas las féminas querían catar. No podía saber si aquel extraño mundo era muy diferente al que suponía existía más allá de las vallas electrificadas y los robots. Si yo era un gigoló, algo a lo que parecían apuntar los recuerdos o las fantasías que a cuenta gotas se colaban desde mi subconsciente no era sorprendente que me sintiera atraído por Dolores y por todas las mujeres de Crazyworld y que ellas se sintieran atraídas por un gigoló que exudaba sex appeal por todos sus poros. Me pregunté si no tendría algo que ver en todo esto la rociada nocturna de los jugos de Kathy. ¿Alguien sabía algo de las consecuencias de aquel extraño fenómeno que había sufrido y degustado la segunda noche de mi estancia en Crazyworld? Pensar en ella me estremeció. ¿Qué estaría haciendo, qué estaría tramando? ¿Sería capaz de colarse en el apartamento de Dolores la noche que se avecinaba? Me serví más comida y cuando acabé de masticarla con gran placer, porque estaba muy buena, decidí iniciar un interrogatorio complejo que tal vez me llevara a hacerme una idea más cabal de Crazyworld.

-Dolores, si hubieras sabido lo que te esperaba, ¿habría venido igualmente a este antro?

-Sí, ¿por qué no? A nadie le gusta estar enjaulado, pero a mí no me esperaba gran cosa allá fuera. Me casé muy joven y tuve dos hijos, niña y niño. Mi marido era un borrachín que me abandonó. Nos moríamos de hambre. Dejé a los niños con la abuela y atravesé la frontera con mucha suerte, porque llegué viva y pude comenzar a trabajar, en lo que nadie quería, pero trabajaba y ganaba algo de dinero que enviaba a la abuela. Yo apenas comía para mandarles el máximo de dinero posible. Estaba muy delgada, mucho, y creo que muy guapa. Recuérdame a lo largo de la tarde que te enseñe las pocas fotos que aún conservo, que son mi mayor tesoro. Comencé a engordar cuando llegué a Crazyworld, había pasado mucha hambre y me resarcí comiendo todo lo que podía y moviéndome lo menos posible, ya me había movido bastante. Durante varios años trabajé aquí y allá en todo lo que pude y me dejaron. Por fin entré de pinche de cocina en un pequeño restaurante mexicano y allí aprendí todo lo que había de aprender de nuestra cocina. Cuando vi el anuncio de Mr. Arkadín no lo dudé un instante, con el ganaría en unos meses más de lo que había ganado en unos años. Le pedí un buen adelanto que debería mandar a la dirección que yo le di. No aceptaría hasta que supiera que la abuela y los niños la habían recibido. Luego le hice jurar por su madre que mandaría mi sueldo todos los meses a esa dirección y que me enseñaría los justificantes del envío. Y así llegué aquí. Cuando supe que no volveríamos a salir en el resto de nuestras vidas no me sorprendió demasiado. Todo esto me había parecido demasiado bueno desde el principio. Algo malo o muy malo tenía que haber. Como así fue.

-¿Y no quieres volver a ver a tus hijos?

-Rezo por eso todos los días. Espero que algún día ocurra el milagro, pero los pobres tenemos que conformarnos con sobrevivir, con poder comer todos los días. No podemos tenerlo todo, comida y el cariño de los seres queridos. Sé que mis niños están bien y muy crecidos y que la abuela aguanta a pesar de su edad. Eso es lo importante.

-Imagino que Mr. Arkadín es ya un viejales, algún día morirá.

-Sí, eso esperamos todos. Si no le mata la edad le matarán sus excesos. Come tanto como yo o más y es lujurioso como un sátiro. Algún día le fallará el corazón y podremos irnos, porque no creo que una vez muerto a alguien le interese mantener este estúpido infierno en marcha. Supongo que Kathy te habrá contado lo que le hizo. Ese monstruo merece una muerte que compense los sufrimientos que ha causado.

-Perdona Dolores, pero no quiero hablar de Kathy. Me da miedo que aparezca por aquí esta noche y me vuelva a exprimir. Aún siento el agotamiento que me produjo la noche que pasé con ella.

-No te preocupes, jovencito, yo no te exprimiré tanto. Solo necesito un poco de sexo y de cariño, una pizca. Y ahora no te pediré que me cuentes tu vida porque no la recuerdas, pero me tienes que jurar que cuando sepas de tu pasado, me lo tienes que contar todo, hasta el último detalle.

-Te lo juro, Dolorcitas. ¿Sabes? No sé en qué tiempo vivo y no me lo digas, por favor. A veces tengo la sensación de que soy mucho más viejo de lo que parezco. Como si me hubieran hecho objeto de algún raro experimento y me hubieran hibernado o algo parecido. Pero eso me asusta también, no quiero hablar de ello.

Me serví una copa de vino que trasegué de un trago y me puse con el chili con carne porque ya había probado todo lo demás.

LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS XXIV


Recuerdo que regresé a casa con los pies y las manos helados. Mamá enseguida se dio cuenta de que tenía sabañones y me echó la bronca. Me picaba tanto que no dejaba de rascarme, y cuánto más me rascaba más me picaba. Me puso una palangana con agua caliente y echó algo que no recuerdo. Metí los pies, sintiendo algo de alivio. Luego las manos, quedándome en una postura inverosímil. No podía dejar de rascarme, hasta hacerme sangre. Hubiera preferido un dolor de muelas, aquello era una tortura insufrible.

Al menos mientras me rascaba dejé de pensar en que tenía que presentarme al cura. Lo iba a pasar muy mal. Cada vez que pensaba en ello me dolía la barriguita, así que decidí dejarlo para después de Navidad. Si me aceptaba como monaguillo tendría que ayudarle en la misa del gallo y en la misa de Navidad. Mejor un día normal, habría menos gente. Disfruté mucho de la cena de Nochebuena. Aquello era comida, y muy rica, no como la del cole. Un plato de paella y luego unos filetes empanados. Me puse las botas. Luego las casadielles que hizo mamá porque como papá es asturiano le gusta mucho comerlas en Navidad. Estaban riquísimas. Pude ver cómo las hacía mamá. Me pidió que estirara la pasta con el rodillo y que machacara la mezcla de nueces, avellanas, azúcar y una copita de anís. No me dejó recortar la pasta y rellenarla porque no lo hacía bien. Estuvo friendo en la sartén un buen rato. También las castañas al horno estaban muy ricas. Me dejó picarlas con el cuchillo. Quitarlas un trocito para que no saltaran en el horno. Recordé aquella Navidad en la que papá quiso que bebiera sidra el Gaitero, famosa en el mundo entero y parte del extranjero, como él decía. Estaba riquísima y pedí más. Mamá le echó la bronca a papá, porque me iba a emborrachar. Era muy pequeño, creo que tendría ocho años. Me sorprendió mucho que cuando me puse tan contento que subí a la mesa y me puse a bailar con entusiasmo, mamá dijera que estaba borracho. Yo me sentía muy bien, feliz, como si me hubiera olvidado de todo lo malo, de todos los problemas que tenemos los niños.

Esta vez no quise beber, porque luego me tendría que confesar. Emborracharse debe de ser un pecado muy gordo. Lo que más me gusta de la Navidad son las comidas, se come mucho y muy bien. En Nochebuena puedes quedarte hasta muy tarde. Se está muy a gusto. Subes la persiana de la ventana, limpias el vaho del cristal y miras fuera. La nieve está muy blanca. Debe hacer un frío que pela, pero en la cocina se está muy bien. Hace mucho calor, tanto que tienes que quitarte el jersey de lana, porque estás sudando. Han echado mucho carbón a la cocina y la chapa está roja porque los carbones se han convertido en brasas relucientes. No te puedes acercar a ella porque el calor es insoportable. Papá ha dicho que un día es un día. Nos dan un vale de carbón al mes. En invierno hay que andar con cuidado porque se gasta enseguida y no se puede comprar más, es caro. Luego jugamos al parchís. Cuando el sueño se hace irresistible te vas a la cama con una botella de agua caliente o con un ladrillo que mamá pone en el horno y luego envuelve con una toalla. Nada mejor que meterte en la cama, taparte con las mantas y poner los pies en la botella o el ladrillo. En la habitación hace mucho frío porque no llega el calor de la cocina. Imaginas la nieve fuera y el calorcito que tienes en la cama, luego de un rato, y te estremeces de gusto.

En Navidad vuelves a comer mucho y muy bien. Te quedas en casa porque no apetece salir a la nieve con la barriga llena y tan calentito. En la radio se escucha música navideña. Cuando miras por la ventana ves a otros niños jugando con un muñeco de nieve. Me da miedo volver a ver a los amigos que tenía antes porque ahora que voy para cura no puedo hacer muchas cosas que hacía antes, muchas son pecado, aunque sea venial. No podré librarme, porque antes o después vendrá Luisito a invitarme a ver la televisión en su casa y no podré negarme. Me cuesta decir que no a cualquier cosa que me digan los demás. Creo que a eso lo llaman timidez. Soy un niño muy tímido, según dicen. No me gusta serlo porque eso me crea muchos problemas, pero no puedo evitarlo por mucho que lo intente.

Al final no me quedó otro remedio que ir a la iglesia a presentarme al cura. Es un cura joven y parece bondadoso, aunque en el pueblo se dicen cosas malas de él. Que si ha dejado preñada a una chica que fue a confesarse con él y va a tener un niño. No entiendo muy bien qué quieren decir porque de pequeño me decían que a los niños los traía la cigüeña de París. Cuando a mamá le creció la barriga me dijeron que iba a tener un niño. Lo pasé muy mal por las noches pensando que la cigüeña tenía que hacer un viaje muy largo, porque París está muy lejos, y como los niños pesan, no veía cómo una cigüeña puede llevar a un niño en el pico tanto tiempo sin que se le caiga. Me daba miedo que dejara caer a mi hermanito o hermanita y se matara. Ahora sé que no los trae la cigüeña, pero me da miedo pensar en cómo se hacen los niños. Tiene que ser algo muy pecaminoso. Solo puedes tener niños si estás casado. Pero los curas no se pueden casar. Ha debido cometer un pecado muy gordo. Dicen que el obispo ya está enterado y que lo mandarán a otra parte.

Camino de la iglesia iba mirando el suelo. Me daba vergüenza que supieran que yo estaba estudiando para cura, no es que sea algo malo, al revés, dicen que es muy bueno, pero tienes que estar siempre pendiente de no cometer pecados y seguro que todo el mundo te mira para ver si eres tan bueno como se supone que debe ser un niño que estudia para cura. El cura me revolvió el pelo cuando le dije que me presentaba porque me habían dicho que lo hiciera ya que estudiaba para cura. Me preguntó dónde estudiaba. Se me trabó la lengua. El debió darse cuenta porque abrevió el trámite. Me preguntó si quería ayudarle a decir misa, como monaguillo. Le dije que sí, claro, aunque no me gustaba nada. Me llevó a la sacristía y me enseñó el traje de monaguillo. Me lo tuve que probar. No me quedaba mal. Luego me enseñó las vinajeras y la campanilla que había que tocar cuando levantara la ostia. Me preguntó si había ayudado a misa en el colegio. Le dije que no, porque los de primer curso aún no podían ser monaguillos. No importaba. Mañana vienes y ves a los niños que hacen de monaguillos. Cuando creas que sabes hacerlo me lo dices y me ayudas. Esa tarde ya había dicho misa por lo que me citó para el día siguiente a la hora de misa. Le dije que iría. Me volvió a revolver el pelo y me dijo que podía marcharme. Ya estaba hecho. No había sido tan difícil, aunque lo pasé muy mal pensando en qué habría hecho para hacerle un niño a la chica que fue a confesarse con él. Intentaba no pensar en ello, sin conseguirlo. Me puse colorado, muy colorado. Me sentí muy mal al darme cuenta que antes de hacer de monaguillo tendría que confesarme y contarle lo que había pensado, porque era pecado. Tendría que hacer como cuando la primera comunión. Recordé con mucha vergüenza cómo al ir del brazo con aquella chica, la hija del zapatero, sentí que me gustaba mucho y ocurrió algo tan vergonzoso que me muero de vergüenza al recordarlo. La pilila se me puso recta y sentí un gustín muy raro que no he podido explicarme todavía. Creí que eso era un pecado mortal y a punto estuve de salir corriendo hacia el cura y pedirle que me volviera a confesar porque no podía comulgar en pecado mortal. No pude hacerlo y comulgué en pecado. Había cometido sacrilegio. Pero no me pasó nada, no se abrió la tierra bajo mis pies y me tragó el infierno. Ahora sería lo mismo. No podía decirle al cura en confesión lo que había pensado de él. Tendría que cometer otro sacrilegio.

Luis vino a invitarme a ver la tele, como hacía antes de ir al colegio. No pude negarme. Además me gustaba mucho ver Viaje al fondo del mar o los dibujos animados del oso Yogui y Bubú. Me gustaba mucho Bubú, era muy bueno y muy tierno, daba gusto con él. No como con Yogui que era malo y siempre estaba robando. Tuve que soportar que me preguntara por el colegio, del que no quería hablar. Me libré hablándole de los campos de futbol, de cómo daba gusto que los balones fueran de reglamento y no de plástico, de que había también canchas de baloncesto y de balonmano, de cómo en los sótanos había toda clase de juegos, futbolín, ping-pong, ajedrez. A Luisito se le abría la boca y no la cerraba. No podía creer que existiera algo así. Por fin pude marcharme. Luisito es un niño avispado, nada tímido, como yo. Pero no me cae muy bien, es mandón, atrevido, siempre lleva la voz cantante, y ahora que estudio para cura su forma de hablar me disgusta un poco.

He recordado todo esto en la cama, intentando entrar en calor. Hace tanto frío que las mantas no sirven para nada y aquí no te dan una botella de agua caliente para los pies, porque tenemos calefacción…bueno la teníamos, porque ahora está estropeada. He oído decir a algún cura que es la primera vez que pasa, que nunca había helado tanto, que a dónde vamos a parar, que va a venir una glaciación, como en tiempos de los mamuts. Los chicos no hacen otra cosa que hablar de ello. Como tarden en arreglar la calefacción todos nos vamos a morir de frío. Me costó dormirme, pero al fin lo conseguí.

UN DÍA EN LA VIDA DE UNA FAMILIA VANTIANA XIV


UN DÍA EN LA VIDA DE UNA FAMILIA VANTIANA XIV

-Así es. Nuestra anfitriona Elierina ha solicitado y obtenido permiso para bajar hasta los caeros y acariciar sus peludas testudes. Nuestra amable y bella guía, Rosindra, ha accedido sin dificultades, porque como nos ha contado, es muy común que los visitantes del zoo quieran socializar con los animales que visitan. Desde hace ya bastante tiempo el zoo dispone de unos artilugios fabricados por “H” que instalados a la altura de la barriga, sujetos por un cinturón, se activan automáticamente cuando los sensores detectan movimientos o gestos que anuncien una posible agresión y de esta forma se forma una barrera protectora de rayos omega, que al parecer sirven para todo. ¿Existe algún peligro, querida Rosindra, de que bajemos a tierra y nos enfrentemos a estos monstruosos caeros, que por muy pacíficos que sean, la verdad es que dan un poco de miedo?

-Adorada Alierina –soy tu fan desde hace mucho tiempo- tienes mi palabra de que no hay el menor peligro, aunque no tengas mucha confianza en “H” la experiencia es incontrovertible, desde que viene sucediendo el contacto directo, no solo con los caeros, si no con el resto de animales del zoo, nunca, nunca hemos tenido el menor problema, y eso que la mayoría de visitantes aceptan esta aventura, salvo los miedosos o medrosillos, que haberlos hay. Por cierto, querida amiga, que me gustaría formar parte de la excursión al palacio de “H” que parece hoy no será posible, cuando lo sea, como le has prometido a tu amable anfitriona.

-Hecho, amiga del alma. Hoy no será posible, no porque nuestra amable IA no haya accedido a ello, si no porque el tiempo de que disponemos es limitado y el zoo tan grande que tendremos que renunciar a ver a algunos animales. Ya hemos prometido dedicar un programa al Mesias de Omega, me comprometo a dedicar otro a esa visita a la mayor brevedad posible, empeño en ello mi palabra.

-Sé que abuso de tu paciencia, pero me pregunto si no podrías entrevistara Ermantis, ese jovencito que vino de las Montañas Negras y se ha convertido en el preferido de “H”. En ese caso me harías un gran favor si me lo presentaras. Se dice que ya tenéis una buena relación.

-¡Será posible! Esto se ha convertido en un bulo insufrible. Todo el mundo parece dar por hecho que él y yo somos amantes, cuando en realidad solo nos hemos visto tres o cuatro veces y todas porque estoy intentando que haga de guía del programa que venimos preparando desde hace tiempo sobre los granjeros rebeldes. Es cierto que hay entre nosotros feeling, lo que no es extraño porque los dos somos jóvenes y ambos somos un poco reticentes a todo lo que procede de “H”, pero de ahí a dar por supuesto intimidades que aún no se han producido hay un largo trecho. Hecho también, si conseguimos su participación en el programa más complicado de producir hasta la fecha, te lo presentaré, pero ahora dejemos eso de lado y bajemos hasta esa manada de caeros. Voy a pedirle a Arminido que haga de locutor de la aventura, aunque sé muy bien que se aprovechará para ponerme en entredicho, porque me va resultar un poco difícil narrarlo yo en persona. No tengo inconveniente en confesar que me da un poco de miedo acariciar la testuz de esos enormes animales.  ¿Estás listo, compañero?

-Lo estoy, desconfiada compañera, seré un narrador objetivo y sabes muy bien que mi afecto hacia ti me impedirá cualquier broma o parodia. ¿Estáis listos?

-Lo estamos.

“El vehículo de nuestros anfitriones está descendiendo con lentitud para posarse en el suelo, cerca de la manada de caeros que están viendo. Como es silencioso y estos animales están más que acostumbrados a las visitas, su reacción está siendo de lo más pacífica. Se han limitado a elevar la testuz y mirar lo que tienen sobre ellos, para luego desentenderse y seguir paciendo. Se abre la puerta del vehículo ZO-10 y en primer lugar desciende la simpática guía Rosindra, con su uniforme de trabajo que tanto realza su figura. Un vestido color cielo, con faldita corta que ha permitido apreciar sus hermosas piernas, tan bien torneadas…

-Que te estoy escuchando, Arminido, como digas algo semejante de mí, te voy a capar.

 “Pido perdón, me he dejado llevar por el impulso. No te preocupes Alierina, que con tu precioso mono de trabajo, color verde pasto florido, no se pueden apreciar tus piernas. Por cierto que en segundo lugar desciende nuestra intrépida reportera, seguida de nuestra anfitriona y a continuación, y en último lugar, su silencioso esposo. No queda nadie más porque la gerencia del zoo ha tenido la deferencia de facilitarnos el vehículo en exclusiva para el programa, que habitualmente está ocupado por unas dos docenas de ciudadanos de Vantis o de omeguianos de todos los puntos del planeta.  Rosindra se pone en cabeza y el pequeño grupo avanza con paso pausado hacia el lugar que ocupa la que parece ser la madre guía del rebaño. Luego nuestra tertuliana Artemoisa, profesora de ciencias biológicas, nos hablará de los caeros, su vida y costumbres, anatomía, morfología y demás. Pero eso será luego, porque no queremos perdernos el fin de esta atrevida aventura.

“Caminan en fila y se van acercando a la líder de la manada. Parece buena idea empezar por la que manda, antes de intentar acariciar a otras caeros y mucho menos a sus crías. Parece que Rosindra será la primera en acariciar la testuz de la líder de la manada. Para ello tendrá que estirarse o tal vez hacer que la caeros baje la testuz. Como lo ha hecho ya muchas veces con otros visitantes, no tendrá que pensarlo mucho, le bastará con seguir el protocolo. Es posible que el animal ya conozca su olor. Eso se lo preguntaremos luego a nuestra tertuliana. Los demás se van quedando rezagados, puede que sea el miedo, la desconfianza, la superstición de que a ellos sí les puede pasar algo que no les ha pasado a miles y miles de visitantes anteriores. Tenemos a varios drones tomando imágenes desde diferentes perspectivas y también la cámara de Alierina nos muestra una imagen a ras de tierra. El momento crucial se va acercando. Rosindra está ya a un paso de la testuz, alarga la mano, deja que la caeros la huela, ésta baja ligeramente la testuz. La mano se acerca, se va acercando… 

ALGUNAS HISTORIAS SÓRDIDAS XLVIII


Tengo un recuerdo bastante claro de aquel día. No debí levantarme temprano porque nunca he madrugado si he podido evitarlo, tampoco tarde porque había quedado a una hora, tal vez la una o una y media y no quería llegar tarde precisamente a nuestro primer encuentro. El viaje desde Alcalá de Henares a Madrid no es largo, el problema, como yo preveía se iba a producir en la metrópolis. Creo recordar que el autobús me dejó en la estación de Ríos Rosas. Desde allí debía de tomar al menos dos líneas de autobuses. “R” me había hecho una especie de ruta bastante completa que yo anoté en mi libreta que había decidido emplear para escribir poemas, esbozos de relatos y anotaciones importantes de lo que tenía que hacer, porque siempre me olvidaba, como ahora, solo que en este momento no me muevo de casa y no necesito libretas para escribir nada, me basta encender el ordenador para escribir lo que sea o el móvil para hacer la lista de la compra. Si no recuerdo mal hasta me dijo el número de las líneas y dónde debía enlazar o parar. Pero como siempre me ha ocurrido durante toda mi vida y me seguirá sucediendo hasta que me muera, sería un milagro que no me perdiera, sobre todo en los primeros recorridos por una zona o ciudad. Este defecto lo achacaba antes a mi enfermedad mental, ahora no sé qué pensar, puede que se deba en parte a ella, pero también a la forma en que funciona mi mente, incapaz de agarrarse a la realidad, necesito fantasear para ocupar el tiempo, para llenar mi cabeza con algo, para evadirme de cualquier acontecimiento cuya intensidad emocional me vaya a desequilibrar.

Lo cierto es que me perdí. No recuerdo la calle a la que tenía que ir, ni el número, si sé que era larga. No debí bajarme en la parada que ella me había indicado para enlazar con otra línea y tuve que bajarme en una cualquiera y volver a llamar. Camina, busca en las paradas la línea correspondiente, espera al autobús, súbete, estate muy atento para no pasarte. Era un manojo de nervios y de angustia. Iba a llegar tarde, como así fue, pero gracias a la prevención de salir con mucho tiempo, el retraso no fue como para que ella se enfadara, además estaba ocupada haciendo la comida, y en su apartamento, por lo que cualquier retraso podía ser aceptable, siempre que llegara a la hora de la comida y no de la cena.

Su apartamento estaba en un piso alto, en un edificio bastante moderno. No era lujoso, pero sí indicaba una economía más que de clase media. Cuando llegué al piso, antes de llamar a la puerta, respiré hondo y me di órdenes para calmarme. No iba a pasar nada, lo peor que podía ocurrir sería que no nos entendiéramos, cumpliéramos con una comida cortés y luego si te he visto, no me acuerdo… me comió este gallo feo, para llevarme a la boda del tío Quirico o algo así. Un cuento infantil que venía en un disco que regalaban con una marca de coñac y que recuerdo haberle puesto a mi hija cuando era muy pequeña. Era consciente de que mi físico tenía su aquel. Aún conservo alguna foto de aquellos años, estaba delgado, llevaba gafas de pasta, vestía vaqueros y camisas aceptables. Mi físico no estaba mal y era joven. Cualidades suficientes para que no me cerraran la puerta en las narices. Además me sentía orgulloso de mi cultura, había leído muchos libros, la mayoría clásicos, visto películas clásicas, escuchado música clásica, en fin que era todo un clásico. Confiaba en esta cultura y en mi labia para no dejarme apabullar por su belleza y hasta conseguir que ella se sintiera un poco intimidada por mi sabiduría juvenil.

Cuando por fin llamé y ella abrió la puerta me alegró ver que la fotografía no era un engaño y que en persona hasta ganaba un poco. Me hizo pasar, un abrazo que exacerbó mi timidez porque noté su cuerpo contra el mío, especialmente sus pechos, y eso debió colorear mis mejillas. Desde la distancia me doy cuenta de lo timidísimo que era yo entonces. Dos besitos en las mejillas y me enseñó el apartamento con mucha amabilidad, yo diría incluso entusiasmo. Pedí disculpas por el retraso y ella le quitó importancia, no era para tanto, además había hecho una ensaladilla rusa que estaba en el frigorífico y para segundo freiría unos filetes con patatas fritas y pimientos, algo que no le llevaría mucho tiempo. Puede sonar extraño que recuerde el menú, algo que no es frecuente que me suceda, ni siquiera cuando me gusta tanto como aquella deliciosa comida. La ensaladilla estaba riquísima, los filetes tiernos y las patatas fritas y los pimientos en su punto. Además la conversación fue fluyendo y resultó una tarde inolvidable. Miré los libros que tenía en una estantería, haciendo algún comentario generoso. Se disculpó por los pocos libros, no leía demasiado, pero algo leía. Enseguida percibí su complejo por su escasa cultura, algo que ya había intuido en sus cartas, con muchas faltas de ortografía, algunas muy llamativas. Aproveché para hablarle de mis lecturas, de mis películas y mis músicas preferidas. Ella tomó un libro de la estantería. Me dijo que era una historia de amor que sin duda me gustaría. Me lo dedicó y regaló. Es curioso que aún lo conserve en mi biblioteca particular a pesar del tiempo transcurrido y de todas las mudanzas que sufrió, tantas que he perdido la cuenta. En efecto, para mi sorpresa, me gustó mucho. Se titula Amor en el Don de Henrik Konsalik. Lo acabo de buscar en Internet y el recuerdo es exacto, salvo por el nombre del autor, que es Heinz G.

Le di las gracias muy efusivamente, poniendo un cierto reparo a que me lo regalara así, de sopetón. Ella insistió, ya lo había leído y no acostumbraba a releer los libros. No recuerdo si yo le llevé algún regalo, puede que sí o puede que no. No andaba sobrado de dinero por lo que si había decidido llevarle unas flores tal vez no encontrara una floristería, porque desde luego no iba a pujar por ellas en los autobuses que tuve que tomar. Mi sentido del ridículo era entonces muy acusado, ahora no tanto, lo que agradezco a la evolución psicológica que acaba librándonos de algunas taras muy molestas. Es posible que llevara una botella de vino, ya entonces me gustaban los buenos vinos. Puede que vino sí, pero flores no, o hasta es posible que las dos cosas si tuve la suerte de encontrar una floristería a mano, algo que nunca sucede cuando las necesitas. Ahora que lo pienso creo que en nuestra correspondencia le había enviado un poema que debió de gustarle mucho. No sería sorprendente porque mientras estudiaba en la academia, preparando la oposición, le dediqué un largo poema a una chica con la que compartía clase. Tal vez fuera mi primer poema a una mujer, algo que se convirtió en costumbre habitual durante toda mi juventud. Por desgracia no conservo aquel poema, el de “R”, sí el de la otra chica. Cuando mandaba poemas por carta no me quedaba con copia, pensando que era un detalle del mucho aprecio que sentía por la mujer de turno. Luego comencé a hacer copia de todos los poemas, aunque nunca se me ocurrió cambiar el nombre y la dedicatoria para que me sirviera para varias mujeres. Era demasiado romántico para hacerlo, aunque mis metáforas a la belleza de la mujer concreta bien podrían aplicarse a las mujeres en general.

Recuerdo que ella se esforzaba en romper el hielo, más por mi parte, debido a una timidez acogotante que por la suya, ya que desde el primer momento debí caerle bien porque su proximidad y afecto fueron más que impecables, adorables. A lo largo de nuestra correspondencia nos habíamos contado algunas intimidades, por lo que romper el hielo no resultaba tan complicado. Me había preguntado el interés que podía suscitar un jovencito como yo en una mujer que tenía un amante e hijos. ¿Qué buscaba en mí? En la revista donde yo había publicado la carta de petición de auxilio no se permitían mandar fotografías por lo que ella no podía saber cómo era yo. Sí, cierto que era un joven muy joven, pero podía ser muy feo o muy gordo o muy… Que despertara su compasión podía tener cierto sentido, pero sin duda que allí había algo más. Es más que probable que ella, al mandarme las fotos de la playa donde aparecía con sus hijos, al menos en una de ellas, me explicara la situación. De otra forma yo preguntaría, porque era un tema demasiado importante para relegarlo al momento de conocernos en persona.

Los datos más o menos escuetos que me contó, los amplió bastante en nuestra conversación durante la comida o puede que luego, en el postre, o en la conversación muy larga que sostuvimos en un sofá a lo largo de la tarde. Los recuerdo con bastante precisión. Ella tenía un amante, un hombre casado, con un negocio que le permitía tener una “amiguita” o manceba o como se la llamara entonces. Era la típica situación en la que un hombre con posibles ponía casa a su amante. El hombre estaba casado y con hijos y, por lo que ella me contó, parecía muy machista, algo que en aquellos tiempos era bastante común y no llamaba demasiado la atención. La había hecho dos o tres hijos, ahora no recuerdo el número, por lo que o bien no utilizaba preservativo o no le proporcionaba la famosa pildorita, que supongo ya existía entonces, o bien quería tener más hijos o hasta es posible que “R” tuviera una mentalidad bastante conservadora y no quisiera utilizar la píldora, algo que me chirría bastante. Lo que sí me describe perfectamente la catadura moral del interfecto fue lo que me contó sobre las condiciones en que ella vivía en aquel apartamento. Tenía que estar a disposición de su “dueño” todos los días y a todas las horas, por si a aquel cabrón le interesaba echarle un polvo o las circunstancias eran propicias para hacer una “escapadita”.  Esa era la razón por la que recibirme en su casa era tan complicado. No puedo recordar si aquel sábado su amo y señor había ido con la familia a alguna parte y se lo había dicho, por lo que yo podía estar en su casa sin grave riesgo. Por supuesto que le había dejado bien claro que no podía tener otro amante que él y que si la descubría en “su” apartamento con otro hombre, se iba a la calle “ipso facto”. Lo mismo que si la llamaba y ella no estaba al lado del teléfono para contestar de inmediato. Aquello me repugnó visceralmente. El hecho de tener una amante, estando él casado, con hijos, en ser un adúltero redomado, como se pensaba entonces en estos casos, el hecho de haberle hecho hijos sin la menor consideración, palidecía ante semejante mezquindad. Le pagaba el apartamento, lo había amueblado, le daba una asignación para comer y para que pudiera vivir con cierta holgura, y a cambio le pedía sumisión y esclavitud completas. No puedo imaginarme que él la quisiera realmente y que le prometiera dejar a su mujer para casarse con ella o vivir como pareja de hecho, algo que en aquellos tiempos parecía tan pecaminoso que todo el que vivía semejante situación procuraba ser muy discreto y no hablar de ello con nadie. Tampoco creo que “R” aceptara aquella situación como algo provisional, hasta que él se decidiera a dejar a su esposa y vivir con ella. No sé si en algún momento estuvo enamorada de él, tal vez sí, tal vez no. Tampoco entendía muy bien cómo había llegado a aceptar el trato, más antes de tener hijos, luego era comprensible que cediera para que sus hijos no se murieran de hambre. Por cierto que también les pagaba el colegio donde estaban internos. Está claro que se gastaba un pastón en ella, pero de ahí a que fuera suficiente para convertirla en su esclava hay un largo trecho. Ni todo el dinero del mundo puede ser suficiente para convertir a alguien en tu esclavo.

Recuerdo que me preguntó qué me parecía aquello y yo se lo dije, claro. Eran otros tiempos, pero ni en aquellos, ni en estos, ni en ninguno, mi ética, mi filosofía de la vida podía asumir aquello como normal.  Suelo ser bastante amable y comedido al decirle a alguien lo que pienso de su forma de vivir, pero eso no me impide, ni me impidió entonces decirle lo que pensaba. Ella se sintió triste y me comentó sus planes para trabajar como azafata en una compañía aérea y así poder deshacerse de aquel tipo y poder vivir independiente con sus hijos. Me preguntó qué me parecía. Me parecía de perlas, aquello no era vida para ella, ni para cualquier otra mujer, pero especialmente para ella, una mujer joven, guapa, pasando las horas muertas en el apartamento, atenta al teléfono, porque cualquier error la pondría de patitas en la calle. Le pregunté por sus hijos y se emocionó, puede que echara una lagrimita. Quería tenerlos con ella, cuidarlos, pero no era posible, él no se lo permitía, por eso les pagaba un colegio donde estaban internos y solo podían estar con ella durante las vacaciones. El menor era aún bastante pequeño. Se me calló el alma a los pies. Adoro a los niños, a los animales domésticos y a todo ser frágil que no puede valerse por sí mismo.

Fue una conversación dura que ella no intentó aplazar ni hizo el menor esfuerzo por cambiar de tema. Claro que yo debí haberle hablado de mi enfermedad mental y de mis intentos de suicidio. Algo que en persona completé con todos los detalles que ella me pidió o que yo decidí darle por mi cuenta mientras ella no rechazara una conversación tan macabra. Era mi forma de ser, entonces y ahora. Puedo callarme cuando las relaciones interpersonales son meramente de cortesía, con personas a las que veo de vez en cuando y hablas de las tonterías de siempre, pero no me oculto cuando la relación es amistosa, afectiva y va a más. Debí decirle mi pensamiento acerca de esto y de otros temas, como la sexualidad, las relaciones hombre-mujer y todo lo que surgiera, que debió de ser mucho puesto que nos pasamos la tarde hablando sin parar. La confianza iba aumentando con las horas y ambos debimos decir aquello de “es como si te conociera de toda la vida”.

TERCER DÍA EN CRAZYWORLD IX


TERCER DÍA EN CRAZYWORLD IX

-Hay algo que no entiendo, Dolores. Bueno no entiendo nada de nada, pero hay algo que entiendo aún menos. Pase que Mr. Arkadin decidiera construir Crazyworld, todo millonario tiene sus caprichos, que lo utilizara para encerrar a familiares molestos de millonarios o millonarios molestos a sus familiares, aunque esto suena muy rocambolesco, ni siquiera los millonarios pueden incapacitar, poner fuera de combate y encerrar de por vida a quien quieran. Pase que reclutara con engaños a todo el personal, aunque eso también tiene su mérito. Pase que nadie pueda escapar de aquí ni ponerse en contacto con el exterior, que eso habrá que verlo. Pero que os permitan importar del exterior lo que queráis y viváis aquí a cuerpo de rey, todos, los pacientes, que tiene más sentido, pero todo el personal, y sobre todo que se gaste millones y millones para hacer un favor a sus amiguetes millonarios, que no creo que le paguen los gastos, como mucho es posible que colaboren un poco con alguna que otra donación, me parece como matar moscas a cañonazos. Pero de momento lo que más me interesa es cómo puedes tener comida mexicana, bebida mexicana y cada cual la comida que quiera, los caprichos que se le antojen. Esto es muy raro, pero que muy raro, Dolores.

-Bueno, abre la botella para que respire y tómate tú también un respiro porque la comida mexicana no es para mezclarla con aire.

Abrí la botella, la dejé respirar y cuando la mesa estuvo servida, con toda la comida mexicana que Dolores había preparado, un auténtico menú degustación, ensalada de chiles asados con vegetales orgánicos y especias, quesadilla con hummus de tomates secos, tosta de guacamole de aguacate, surimi, bonito en escabeche blanco y huevo duro, burritos, tacos y un montón de cosas más que ella me explicó mientras yo miraba y miraba y no dejaba de mirar. Como plato principal chili con carne. Me pregunté si alguna vez yo había comido mexicana y podía recordar, algo, por nimio que fuera.

-No sé si alguna vez has degustado comida mexicana y si fue así, si lo recuerdas, pero te aconsejo que te lo comes con calma, puedes hacerme preguntas para dejar un tiempo entre bocado y bocado.

Era como si me hubiera leído el pensamiento. Probé la ensalada de chiles asados antes de disparar mi ametralladora de preguntas. De inmediato me serví vino en la copa y la apuré de un trago.

-Siento curiosidad por saber todo lo que recuerdas. Por ejemplo si recuerdas haber estado en Mexico y probado la comida mexicana o si has logrado saber más de tu etapa de gigoló. Te llamaré Johnny, si me lo permites, me cuesta tener que llamarte el amnésico, el desmemoriado, guapito de cara, cuerpecito lindo. Ya he agotado todas las posibilidades que se me ocurren.

-Está bien, llámame Johnny, aunque me costará acostumbrarme. Acabo de intentar recordar si alguna vez probé la comida mexicana y no me llegan olores ni sabores, ni nada. Esto de la amnesia empieza a cansarme. En cuanto a mi supuesta etapa de gigoló, porque aún no tengo claro que lo haya sido, juraría que me reclutaron en España, una mujer parecida a Joan Collins y que vine a USA tras una mujer llamada Marta y que aquí ocurrieron muchas cosas que no recuerdo, supongo que debí aprender el inglés, aunque tal vez ya sabía algo. Pero no puedo situarlo en el tiempo. Ni siquiera sé en qué año estamos… No, no me lo digas, prefiero que sea una sorpresa cuando recuerde todo. Pero volviendo al tema, ¿has conocido en persona a Mr. Arkadín? ¿Crees que está loco?

-Sí, Mr. Arkadín nos hacía una entrevista personal a todos los que habíamos pasado las restantes pruebas a que fuimos sometidos por sus servidores. No me pareció que estuviera más loco que cualquiera de nosotros, salvo porque sus millones habían alterado su personalidad, transformándole en un depredador de mucho cuidado. ¡A saber si alguna vez fue normal, en su infancia o juventud, antes de ser rico!

-Puede que de niño tuviera un trineo y viviera en el campo. No, me acabo de acordar de que eso es de una película que recuerdo vagamente. Me preocupa no saber nada de él antes de que llegue, porque vendrá, eso seguro.

-Me da en la nariz que estás tramando algo. ¿No estarás pensando en secuestrarle y salir con él de aquí? Olvídate, siempre le acompañan un regimiento de matones, mercenarios salvajes y muy bien pagados.

-Me hago una idea, Dolores, pero puede que surja la oportunidad. Hay que estar atentos. ¿No querrás pasarte el resto de tu vida encerrada en esta jaula de oro?

-Si te quedaras tú y me hicieras un poco de caso, no me lo pensaría. Ahí fuera no me espera nada. Mis seres queridos están recibiendo el dinero que acordé con Mr. Arkadín. Lo que quiero es que sean felices, yo ya he vivido bastante y mientras sigan recibiendo mi dinero y viviendo lo mejor que puedan, a mí ya no me preocupa nada.

-¡Cómo que ya has vivido bastante! ¿Cuántos años tienes, Dolorcitas?

-Voy para cincuenta y con una salud renqueante. No me cuido, porque no quiero. Desde que estoy aquí he engordado tanto que me muevo como una tortuga. Y tengo a Patri, que me cuidará como a una hermana si me da un achuchón. ¡Qué más puedo pedir!

Me levanté con una tosta de guacamole en la mano para darle un abrazo. La dejé en la bandeja en cuanto me di cuenta que podía tirársela por encima.

-¿Qué más puedes pedir? Puedes pedir todo lo que quieras, excepto salir de aquí, claro. ¿Y tu hermana Patri, como tú dices, no te ha puesto a dieta?

-Lo ha intentado pero no la he dejado.

-Tú y yo vamos a hacer ejercicio todos los días, empezaremos paseando y terminaremos corriendo.

La abracé tal como estaba, sentada, y ella aprovechó para ponerme la mano en la nuca, atraerme y darme un beso que debió de saberle a quesadilla.

-Acepto, siempre que también hagamos otro ejercicio más placentero.

-Hecho, con la condición de que no me vuelvas a hablar de que ya has vivido bastante.

Regresé a mi silla. Me serví la tosta y me la comí tan ricamente. Me gustó.

UN ESCRITOR FRUSTRADO X


                                       CAPÍTULO IV

 Córcoles salió a la superficie desde profundidades abisales. Se estaba ahogando. No pudo aguantar la respiración durante más tiempo e intentó respirar por la boca. La abrió con tanta fuerza que se hizo daño en la mandíbula. En lugar del aire vivificador tragó agua salada que inundó sus pulmones. Se estaba ahogando, pero eso no era lo peor. Antes de bracear, desesperado, hasta la superficie pudo ver el rostro de un cadáver, le miraba con los ojos muy abiertos. Tenía los pies atados con una gruesa soga anudada a una anilla que sobresalía de un gran bloque de cemento. Nunca podría olvidar aquel rostro. No lo conocía, nunca antes lo había visto. De rasgos muy duros, mandíbula firme y alargada, como la de un tiburón y nariz chata, como si hubiera estado recibiendo puñetazos durante años, le pareció la cabeza de un tiburón que se hubiera dedicado al boxeo desde su más tierna juventud. No era extranjero, Córcoles se hubiera atrevido a afirmar que se trataba del rostro de un campesino de la comarca. Incluso tenía cierto parecido con el gran Pacorro, el marido de Hortensia. Fueron sus ojos, vidriosos, grandes y profundos, como un agujero negro, lo que más llamaron su atención, aterrorizándole más que la presencia de un fantasma real.

 Le daban miedo, cualquiera hubiera dicho que eran los ojos de un asesino. ¿Qué estaba haciendo allí y qué estaba haciendo él, Córcoles, al lado de su cadáver, sumergido en aguas profundas y oscuras? Pateó con todas sus fuerzas hasta lograr salir a la superficie, justo a tiempo. En sus pulmones encharcados ya no restaba ni un átomo de oxígeno. El sol, brillante en un cielo azul, le deslumbró por un momento y calentó su rostro entumecido. Fue entonces cuando abrió los ojos a la realidad. Estaba en su habitación, tumbado boca arriba sobre la cama, vestido. La luz del sol real se colaba por entre las rendijas de la persiana. Mientras pugnaba por despertarse pudo recordar algo más del sueño. Aún era peor, o así se lo pareció a Córcoles. Antes de esa escena se había visto desnudo, en su cuarto. Entraba Hortensia, como una sombra, muy despacito, caminando hacia el lecho, como si no deseara ser vista. Iba vestida con sus ropajes habituales, el vestido negro, tan viejo y usado que Córcoles se preguntaba con frecuencia si no sería una segunda piel. El pañuelo negro le cubría el pelo, áspero, color azabache, como el plumaje de un cuervo y estaba fuertemente anudado sobre su garganta.

 Córcoles abrió los ojos como platos, desorbitados por la sorpresa, Hortensia se estaba subiendo las faldas, enseñando el refajo y mostrando las puntillas de unas grandes bragas negras. Se lanzó hacia él. Antes de que pudiera moverse ella estaba ya sentada sobre sus caderas. Había logrado introducir el pene en su vagina y comenzaba a galopar sin prisas, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Sus manos sarmentosas deshicieron el nudo de la pañoleta, el pelo cayó hacia atrás, en larga melena. Inclinó la cabeza, subiendo su enorme nuez hacia el techo, y lanzó un jocoso gemido de satisfacción. Él pudo ver en sus ojos un brillo de lujuria que nunca hubiera imaginado en ella, ni de joven. Eso fue todo lo que pudo recordar antes de que la escena cambiara y se encontrara de pronto sumergido junto a un cadáver. En la pesadilla no estaba claro qué escena precedía a la otra, tampoco importaba mucho, puesto que no parecían estar conectadas. Era como pasar las páginas de un álbum de fotos, tan pronto puedes verte, desnudito, de bebé, sobre la mesa del salón, como contemplarte de adulto, con la barba que comenzaste a dejarte una semana antes. No eran escenas cronológicas, sencillamente estaban cerca una de otra, como en un álbum de fotos.

 Córcoles no sabía qué era lo peor de la pesadilla, si el cadáver observándole con aquellos ojos vidriosos de asesino o el refajo de Hortensia mientras se bajaba las bragas y se lanzaba hacia él, dispuesta a violarle con todo descaro. Abrió la boca, estaba vez bien despierto, y respiró ruidosamente. Gracias a Dios fue aire lo que llegó a sus pulmones y no agua salada. Se sintió muy feliz de estar vivo, de que todo hubiera sido una pesadilla, tanto el asesino de los ojos vidriosos como sobre todo una Hortensia hetaira cabalgando sobre su pene enhiesto, sin que pudiera evitar ni una cosa ni la otra, ni que se sintiera excitado ni que la mujer estuviera haciendo lo que estaba haciendo.

 La casa estaba vacía y silenciosa, ni un solo ruido a lo lejos, un silencio absoluto. Córcoles no creía en nada, lo que era tan malo como creer en todo o tal vez peor, puesto que quien cree en todo puede engañarse fácilmente, mientras que quien no cree en nada debe enfrentarse a la angustia de vivir y morir con todas las consecuencias. Él hubiera deseado creer en algo en aquellos momentos, porque eso le habría permitido aferrarse a un clavo ardiendo y engañarse. No creía en los sueños, nunca había creído, y menos en las pesadillas. Por eso ni siquiera llegó a plantearse que pudiera tratarse de un sueño premonitorio.

 Permítanme que abandone por un momento la piel del narrador convencional. En realidad no deberían extrañarse puesto que les estoy contando cosas tan íntimas sobre Córcoles, como sus pensamientos, emociones y hasta pesadillas, algo que solo puedo hacer un narrador omnisciente. Así pues vayamos aún un poco más lejos y adelantémonos a los acontecimientos.

 Córcoles no podía saber que Hortensia había subido hasta su cuarto y permanecido un instante en el dintel de la puerta, contemplándole, puesto que estaba dormido. Tampoco podía conocer sus pensamientos lujuriosos hacia su persona, ni siquiera estando despierto. Sin duda se habría asombrado de la semejanza de la escena de su violación en la pesadilla con la íntima fantasía que aquella discreta mujer se permitió allí, observando al hombre por el que sentía algo más que un cariño maternal.

 Por eso ahora se asombraba de que la casa estuviera sumergida en un silencio tan profundo. Ignoraba que la marcha de Hortensia, quien antes había dado permiso por su cuenta a Obdulia para marcharse mucho antes de la hora convenida, poco tenía que ver con el enfado producido por su exhibición en la piscina, que ella había visto muy bien, oculta tras las cortinas, y sí mucho con un deseo incontrolable de poseer y ser poseída por el único hombre al que hubiera permitido desnudarla. Córcoles no creía en los sueños, se puede decir que no creía en nada. Por eso solo después de realizadas las escenas de la pesadilla se permitió un pensamiento intrigante y curioso acerca de las casualidades de la vida. De haberlo sabido aquella misma tarde habría salido corriendo de la finca para no regresar nunca a ella.

 En lugar de hacer lo que más le convenía hizo lo más lógico en estos casos. Se dirigió al cuarto de baño para refrescarse el rostro y la nunca con agua bien fresquita. Luego bajó a la planta baja y se puso a llamar a voces, primero a Hortensia, y al encontrarse la cocina vacía, a Obdulia.

A pesar de la pesadez que notaba en su cabeza y sobre todo en su estómago, de la resaca del vino y de la pesadilla, no podía obviar seguir el hilo más lógico de su pensamiento. Si Hortensia se había marchado y Obdulia no aquel sería el momento ideal para intentar una seducción en toda regla, tal vez un poco abusiva por su parte, pero si la mujer respondía culminaría su deseo esa misma tarde en vez de esperar, tal vez una semana o incluso un mes.

 Recorrió la casa sin encontrar alma viviente. Salió al porche, pensando que tal vez Obdulia hubiera seguido sus consejos y se estuviera bañando en bragas. Cuando en lugar del agraciado rostro de la moza se encontró con la alargada cabeza de su caballo preferido, “Fogoso”, a quien habían atado al porche con las riendas, su desengaño se hizo tan evidente que no pudo evitar estallar en una gran carcajada. Palmeó con cariño la cabeza de Fogoso que relinchó de placer, reconociendo al jinete que le llevaría a cabalgar por fin al aire libre. A pesar de lo hilarante de su desengaño Córcoles se sentía de malhumor. Maldijo a Hortensia por abandonar su trabajo antes de la hora permitida y por darle permiso a Obdulia para marcharse. ¿Quién era ella para asumir las facultades del señor?

 No se sentía con ganas de dar una larga cabalgada. El cocido montañés aún saltaba en su panza y las dos botellas de buen tinto que se había trasegado le estaban produciendo pinchazos en los frontales, signo inequívoco de la fuerte migraña que se avecinaba. No era el mejor momento para montar a Fogoso, pero aún así lo desató y montó como el consumado jinete que ya era. Mucho mejor dar un paseo que pasarse el resto de la tarde y la noche allí solo, dándole vueltas en el magín a las viejas cuestiones sin resolver. No quería pensar en Neli, su esposa, ni en sus hijos, ni en la novela, ni en el desastre que en realidad era su vida.

 Por eso puso el caballo al paso y salió de la finca. Antes miró hacia atrás, tal vez no resultara una precaución inútil hacerse con la linterna que siempre llevaba en la guantera del coche. En el otoño los días se van acortando y él había perdido ya mucho tiempo durmiendo la siesta. Mandó todo a hacer puñetas, que se fuera Hortensia a hacer puñetas, la macizorra de Obdulia, Neli y la maldita linterna. Si tenía que regresar a casa de noche lo haría. ¿De qué tenía miedo él, Córcoles, si no era a que un marido celoso le pegara un tiro o una mujer como Hortensia le pegara el pito al pubis?

 Una vez en el camino de tierra que serpenteaba hacia la montaña, hacia el valle del Silencio, puso a Fogoso al trote y comenzó a sentirse mejor, subiendo y bajando sobre la grupa y recibiendo la brisa otoñal en el rostro. Entonces recordó su promesa de visitar la casa donde la gente del pueblo comentaba que algunas noches podía verse el fantasma de su vieja inquilina, una joven mujer apuñalada por el marido quien la descubriera con su amante, un fogoso joven del pueblo. No era el mejor momento para hacer aquella visita, pero ¡qué demonios! Nadie podría decir nunca que Córcoles tenía miedo, ni siquiera de una pesadilla tan espantosa como aquella de la que acababa de despertarse.

Córcoles no era precisamente un amante de la naturaleza, ni mucho menos un ecologista de nuevo cuño. Como solía bromear antes de su matrimonio –después dejó de hacerlo- “Si en la naturaleza no hay mujeres, no brotan como hongos, ¿alguien me podría decir qué demonios pinto yo en ella”.

 Tampoco era un hombre urbanita por vocación, no le gustaba en exceso la ciudad y aborrecía, “soto voce”, las grandes metrópolis. No obstante todo el mundo sabe que caminando, como al azar, por las aceras de las ciudades uno puede contemplar un gran número de mujeres, jóvenes, menos jóvenes, feas, menos feas, guapas y muy, muy atractivas. Solo por esta razón Luis Domingos Córcoles confesaba amar la vida en las ciudades y rara vez alguien lograba sacarle a dar un paseo por algún parque, no digamos hacerle aceptar una invitación campestre para disfrutar de una barbacoa o pegar unos tiros, haciendo como que vamos a cazar. Solo por esta razón Córcoles soportaba las aglomeraciones, las colas, el tráfico infernal, la contaminación, el tiempo perdido entre trayecto y trayecto…

 ¿Qué le impulsó, entonces, a comprarse una finca en el quinto pino, en la agreste serranía de una provincia, perdida y poco habitada, de la España profunda, se preguntarán ustedes? Nada más sencillo de explicar. Hubiera comprado una isla desierta y rodeada de tiburones, solo para poder alejarse de vez en cuando de su esposa Nely, para esconderse del mundanal ruido y gozar de los favores del bello sexo sin ser molestado ni estar todo el tiempo aterrorizado porque su esposa, las amigas de su esposa o un desconocido con mala baba descubrieran sus apaños. ¿Qué en las serranías agrestes no hay mozas y si las hay muy pocas y de pueblo, con todo lo que eso significa? Vale, admito la mayor, pero todo tiene solución en esta vida, si la montaña no viene a Mahoma, Mahoma va a la montaña. Córcoles estaba dispuesto a utilizar todo su encanto seductor, que era mucho, sobre todo cuando él quería que se notase, para atraer hasta aquel selvático nidito de amor a mujeres sin pelo en pecho, pero con dos buenos pechos y un valor a prueba de bomba de relojería.

UN DÍA EN LA VIDA DE UNA FAMILIA VANTIANA XIII


UN DÍA EN LA VIDA DE UNA FAMILIA VANTIANA XIII

-Así es, querida Alierina, todos nuestros holovidentes pueden ir tomando nota para participar en el juego cuando se de la campanada de salida. Podemos ver que vuestro transporte se ha estabilizado por encima de una manada de caeros que pastan la escasa hierba que pueden destapar con sus pezuñas en el suelo nevado. Mientras todos observamos a estos deliciosos animales, voy a pedir al doctor Mirseini, biólogo, entre otras muchas cosas, y que no sabemos si ha intervenido en nuestra tertulia, ni siquiera si estaba aquí desde el principio, o se ha incorporado en este momento… Bueno, sí lo sabemos, pero intentamos confundir a los holovidentes que no han permanecido visualizando nuestro programa desde el comienzo. Esto forma parte del juego. Bueno, doctor Mirseini, no desvele ningún dato que pueda ayudar a nuestros pacientes y constantes holovidentes, y háblenos de estos maravillosos animales mientras los contemplamos.

-Hola, hola, holovidentes, queridos y apreciados porque los holovidentes siempre tienen razón. No voy a desvelar lo que nuestro presentador, el Sr. Arminido,  no quiere que desvele, pero sí les voy a hablar, escuetamente de cómo era nuestro planeta Omega antes de que lo visitara el Mesías de Omega, momento en el que se sitúa la edad moderna, considerando todas las etapas anteriores como prehistóricas. Por cierto que el próximo programa estará dedicado al Mesías y los profundos cambios que trabajo con su nave espacial y sus compañeros extraomeguianos… Perdón, perdón, Arminido, veo un rictus en su rostro y temo haber desvelado algo que no debería haber hecho. Pido perdón y no volverá a suceder. Nuestro planeta no ha cambiado mucho desde que en él surgiera la vida. Demos gracias a Dios, los que creemos en Dios, o a los dioses, los que creen a los dioses, o al azar, los que creen en el azar, o a los elegidos los que creen haber sido elegidos por algo o por alguien. Por suerte la nave intergaláctica que nos visitó hace tanto tiempo que yo no lo recuerdo – y dejo en manos de las historiadoras de esta tertulia poner fechas y tiempos- lo hizo antes de que nuestros antepasados omeguianos hubieran evolucionado lo suficiente para convertir este planeta en un basurero. Tuvimos mucha suerte porque el Mesías y sus compañeros eran ecologistas como toda especie avanzada que se precie y establecieron un decálogo ecologista que ha sido respetado y actualizado por nuestra inteligencia artificial. El chiflado del profesor Helenio de Moroni, su creador, no era tan tonto como pudiera parecer, y la programación y los algoritmos que insertó en su IA nos han permitido sobrevivir hasta este momento, han permitido sobrevivir a nuestros queridos animales y han mantenido este planeta con una vitalidad admirable. Por cierto que no todo fueron aciertos en la programación de Helenio. El permitir el sexo virtual fue un gravísimo error. De no ser porque nuestra IA tiene autonomía para tomar decisiones y se le permite avanzar y evolucionar y eso ha sido providencial porque le ha permitido poner parches aquí y allá, digo que gracias a eso nuestra especie omeguiana no se ha extinguido. Recuerden que de no ser por los cuantiosos créditos que obtienen los que procrean, bien al estilo tradicional, bien por fecundación in vitro, o sea en laboratorio, ningún omeguiano habría tenido hijos y ahora solo un individuo inteligente reinaría sobre los valles y montañas de este planeta, HDM-24, quien solo cuidaría de los animales y no de las personas. Reitero que el sexo virtual es un gran error y proseguiré mi campaña por cambiarlo  en cada nueva legislatura. Yo no lo practico y me limito al sexo tradicional a pesar de mi escaso éxito. Por lo que aprovecho la ocasión que se me da para hacer un llamamiento a todos los partidarios del sexo tradicional para que nos reagrupemos y utilicemos el programa de Arminido, que tan generosamente nos ofrece, para los contactos que sean precisos para que nadie sufra el síndrome de abstinencia sexual, tan doloroso, por cierto. Y aprovecho específicamente para hacer un llamamiento a las mujeres heterosexuales que deseen sexo tradicional conmigo para que se pongan en contacto cuanto antes…

-Un momento, un momento Sr. Mirseini, que yo no he ofrecido este programa para contactos entre partidarios del sexo tradicional, ni tampoco le he dado permiso para hablar de un tema que podría ser objeto de otro programa específico. ¿Por qué no? En este canal y en este programa en concreto tratamos todos los temas, sin censuras previas, pero este no es el momento. Por lo que le ruego que nos habla de la evolución de los animales sobre el planeta y concretamente del caeros o calle para siempre.

-Está bien, está bien. Les decía que los animales en este planeta han seguido una evolución bastante placentera. No se tienen noticias de grandes extinciones, aunque es evidente que alguna que otra especie se ha extinguido, como se ha podido comprobar en los yacimientos de huesos que se han estudiado. Todos los animales han interactuado con normalidad, comiéndose unos a otros, salvo los herbívoros que se han comido a las plantas. Unos animales eran muy grandes y otros muy pequeños, como los insectos. Los bosques y las plantas eran enormes, como se ha comprobado con el descubrimiento de bolsas de líquidos surgidas de la putrefacción de esas plantas. Este líquido hubiera podido ser utilizado como combustible en artefactos mecánicos que nuestra civilización no ha conocido gracias a la invasión extraomeguiana que dio lugar a la etapa conocida como la manifestación del Mesías de Omega y sus consecuencias que condujo la evolución del planeta por caminos armoniosos, alejados de las terribles crisis que sufrieron otros planetas que al parecer pasaron por esas etapas. Tal como consta en los archivos de “H”, incluidos testimonios de viajeros o turistas que aterrizaron en el planeta Noctor, por ejemplo, y se trajeron abundante documentación de su historia, plagada de guerras con armamentos diabólicos, tal como las bombas nucleares que a punto estuvieron de hacer saltar el planeta en pedazos. Solo un milagro, o más bien una dictadura militarista que unió a todas las tribus noctorianas, transformándolas en un solo y único ejército que se vio obligado a salir al exterior para combatir con alguien, intentando anexionarse cuanto planeta estuviera a su alcance. De ahí su apodo de planeta guerrero. Por cierto Arminido, que debería usted dedicar un programa a Noctor y su historia, así como a la fulminante derrota que sufrió a manos de nuestro “H”. Me gustaría plantear en ese programa por qué el bueno de “H” nos sigue manteniendo en cuarentena, a pesar de que aquel intento de invasión ocurrió hace tanto tiempo que ya nadie se acuerda y los pocos que recordamos algo es porque buceamos en los archivos de nuestra IA. Y…

-No me parece mala idea, doctor Mirseini, pero se ha ido usted por las montañas Negras y no precisamente buscando caeros de los que no ha dicho ni una sola palabra y era por lo que le preguntábamos básicamente.

-Bueno, vale, usted manda. Como les decía Omega ha sido un planeta afortunado, por muchas cuestiones que no voy a concretar ya que veo en su mirada que desearía fulminarme. Nada ni nadie sufrió mucho excepto por aquella terrible carnicería conocida como la carnicería, digo como la batalla del Valle de la Muerte, donde hubo tantos muertos que de no ser por la intervención de nuestro Mesías no hubiera quedado nadie para contarlo. Los animales vivieron vidas apacibles, dentro de lo que cabe porque hasta que llegó la nave extraomeguiana, nuestros ancestros eran carnívoros redomados. Algún otro tertuliano o tertuliana podrá dar más detalles de las diferentes especies animales de este planeta, porque aunque yo soy biólogo, también soy muchas otras cosas y como usted sabe, Arminido, el que mucho abarca poco aprieta. Para terminar, porque veo que está a punto de estallar, le hablaré por fin de los caeros. Una especie verdaderamente adorable, como bien sabe nuestro amigo Artotis. Se alimentan de la hierba que pueden destapar con sus pezuñas en las llanuras o montañas nevadas y hacen poco daño a otras especies, salvo cuando son atacadas por depredadores, con las que se las tienen tiesas. Forman un círculo de cuernos y pezuñas y cornean y cocean a cuanto bicho viviente se acerca a una distancia peligrosa para su supervivencia. Cuando esto no sucede son animales pacíficos, que viven en manadas bastante democráticas porque las hembras eligen a los machos con los que desean aparearse y éstos aceptan las decisiones de las hembras por la cuenta que les trae, sin necesidad de pelearse entre ellos para poder elegir a la hembra o hembras de su gusto. Una vez que las hembras eligen, su comportamiento es muy monógamo, establecen vínculos de pareja duraderos, tienen sus caeritos que cuidan entre todas y mandan a los machos a distancia, para que pazcan tranquilamente y exploren el terreno, regresando a gran velocidad para defender a la manda del asalto de los depredadores que anden por allí.  Ese es el prototipo de caeros salvaje. El doméstico, solo existente en las montañas Negras, que yo sepa, y como mascota es el animal más tierno y fiel que se conoce. Especialmente los caeritos se hacen inseparables de los niños y mantienen una tierna relación de por vida. De esto supongo que podría hablar Artotis que tiene en su finca al menos un par de familias de caeros, que yo conozca. No es por nada pero me gustaría saber de dónde ha sacado tanto crédito para poseer semejante finca y semejantes mascotas…

-Por alusiones pido la palabra. Estoy harto de insinuaciones, así que voy a explicar el tema del derecho y del revés y…

-Está en su derecho. Luego lo hará y nos hablará de la ternura de sus caeros. Pero ahora nos pide paso Alierina porque está ocurriendo algo importante. ¿No es así?

TERCER DÍA EN CRAZYWORLD VIII


TERCER DÍA EN CRAZYWORLD VIII

Su casa era un apartamento muy coqueto no lejos del edificio principal donde habitábamos los pacientes, o más bien reclusos. Se trataba de una edificación de tres pisos, rectangular, donde calculé que podrían vivir hasta un centenar de personas, cada una en su propio apartamento. Rodeado de pequeños jardincillos muy bien cuidados, tenía al menos una docena de puertas a lo largo de la fachada. Las ventanas eran amplias, había balcones con macetas y todo estaba limpio, pulcro y coqueto como una casita de juguete para niñas no ricas, pero sí muy amadas por sus papás. Era acogedor. Tal vez desentonara un poco del gran edificio para ricos que era nuestra residencia, pero solo como la casita de los guardeses en un castillo. Dolores abrió la puerta de entrada con una tarjeta que llevaba colgada al cuello, entramos hasta un hall bastante amplio con espejos, butacones y algún que otro cuadro. Al final se iniciaban dos pasillos, izquierda y derecha, con puertas metálicas. Su apartamento era el último de la fila de la derecha. Esta vez abrió la puerta con una llave metálica y me invitó a pasar. No había pasillos, el apartamento era una sola pieza, amplia, el salón estaba separado de la cocina por una ancha encimera y el dormitorio por un tabique de madera que no llegaba al techo. El único servicio también estaba separado por un tabique que esta vez llegaba al techo. Eso era todo. Bueno, también estaba el mobiliario y la decoración que curiosamente tenía un toque mexicano.

-Me gusta mucho, Dolores. ¿Todos los apartamentos son iguales?

-No. Este es un apartamento individual. Los hay más grandes para quienes no viven solos. Escogí un bajo para no tener que subir escaleras si se estropean los ascensores.

-¿Tiene alarma?

-Ya sé, ya sé a qué viene esa pregunta, jovencito. Tienes miedo de que Kathy se cuele aquí. No te preocupes, seguro que está vigilando a cualquier otra mujer de Crazyworld. La idea de que estés conmigo no se le ha podido pasar por la cabeza. Y sí, el edificio tiene una alarma general y cada apartamento la suya. Por suerte Kathy tiene muchas cualidades pero la informática no es lo suyo. No puede saltarse las alarmas. Bueno, vas a ayudarme a terminar de hacer la comida, pero antes puedes ir al servicio. No fuiste en casa de Patricia y debes tener la vejiga llena.

-Tienes toda la razón. No había bebido nada desde mi llegada a Crazyworld. Imagino que a los pacientes les está prohibido el alcohol y yo soy un paciente, claro. No sé si antes era bebedor, lo que sí sé ahora es que me gusta el vino y supongo que otros licores. Estoy deseando recuperar la memoria, aunque pueda doler.

-Luego me cuentas lo que has conseguido recordar. Ahora vete a descargar y nos ponemos con la comida. Supongo que ya tendrás hambre.

Y eso hice. Me fijé que la ventana del servicio estaba protegida por sólidos barrotes por fuera. Con disimulo miraría luego si el resto de ventanas también estaban protegidas. Me haría el tonto y abriría alguna a ver si sonaba la alarma. No imaginaba lo que estaría haciendo Kathy, seguro que nada bueno. Lo mismo que Jimmy. Me acordé del walkie talkie y decidí apagarlo, aunque no esperaba oír su voz en todo el día, puede que mañana. Lo coloqué sobre el armarito donde Dolores guardaba sus pontingues, me lavé las manos, vacié la cisterna y salí dispuesto a disfrutar de su cocina y de su conversación.

-Perdona que me siente pero cocinar lleva su tiempo y de pie aguanto poco. Tú serás mi pinche. Harás todo lo que te vaya diciendo. Ahora necesito que laves la ensalada que tienes ahí, luego la secas y lo vas partiendo todo en trozos que se puedan comer. Mientras tanto me podrías ir contando lo que has conseguido recordar.

Me puse a la tarea que Dolores me había encomendado mientras ella se dedicaba a preparar el maíz y otros ingredientes para hacer unas tortillas, según me dijo.

-No he conseguido recordar mucho. No sé si eso es bueno o malo, porque si recordara mi vida fuera de aquí, aún se me haría más extraño este lugar. No me entra en la cabeza que alguien pueda encerrar a tantas personas en un lugar, aunque sea una jaula de oro y nadie se entere, ni investigue, como si no hubiera pasado nada especial.

-Mr. Arkadín es un auténtico demonio y lo peor que le puede pasar a un demonio es estar podrido de dinero. Eso le permite hacer todas las maldades que se le ocurran sin que nadie meta sus narices en sus chanchullos.

-Eso lo entiendo, pero cómo pueden desaparecer de la circulación tantas personas sin que los medios de comunicación metan la nariz. Es algo que no me entra en la cabeza.

-Cuando llegué aquí y supe lo que me esperaba me informé de todo lo referente a desapariciones. Mr. Arkadín nos permite disfrutar de todos los canales habidos y por haber de la televisión por cable, al menos al personal, porque la televisión de los pacientes está férreamente censurada para que nada pueda alterar sus frágiles mentes. También nos deja conectarnos a Internet, aunque solo en una dirección, puede entrar todo o casi todo, hasta guarrerías, pero no puede salir nada. El correo electrónico está bloqueado, se pueden leer foros, pero no se puede escribir en ellos. Según he oído al parecer tiene un centro de control fuera de aquí por el que pasa todo, incluidas las grabaciones de las cámaras que son supervisadas desde el centro de seguridad.

-¿Entonces cómo no se ha enterado aún de la muerte del director?

-Esa es otra. ¿No te ha dicho nada Heather?

-¿Sobre qué?

-Con ayuda de la chica gordita, un genio informático, y de Jimmy que está en todas partes, mangoneándolo todo, han montado un buen tinglado en el centro de seguridad, solo dejan salir las grabaciones que les interesan y ocultan todo lo que pasa aquí que pueda poner la mosca en la oreja de Mr. Arkadín. Por eso aún no se ha enterado de nada, pero eso no durará mucho. Antes o después atará cabos, porque las grabaciones que le llegan tienen que darle a entender que algo raro está ocurriendo aquí y se presentará con su helicóptero de combate de comandante en jefe para volver a poner orden.

-Vaya. Pues Heather no me ha contado nada.

-Es una gran chica y no me disgusta que te hayas liado con ella. Pero también tiene sus secretos, como todos aquí. Esto es una curiosa selva donde todos intentan sobrevivir mientras piensan en cómo encontrar el camino que les lleve fuera. Por cierto. ¿Ya has pensado si te apetece tener sexo conmigo?

-Me voy a quedar contigo esta noche. Será agradable.

-Pues vete pensando dónde vas a dormir, porque como has visto solo hay una cama y esta noche voy a dormir desnuda. Tú verás.

-Creo que veré. Será agradable dormir entre tus pechos maternales.

-¿Has terminado ya con la ensalada? Tengo las tortitas listas y el chili con carne ya lo tenía listo, solo hay que calentarlo. Pensé en la ensalada cuando supe que eras español.

-¡Pero cómo demonios te has enterado! Creo que anoche se lo comenté a Heather y era la primera vez que lo hacía. ¿O no? ¿No te lo habrá dicho el telépata loco? O eso o tienes micrófonos en su apartamento.

-¿Cómo voy a poner yo micrófonos en ninguna parte?

-Vale, vale, te lo ha dicho el telépata. Estoy pensando que otro día lo invitas también a comer, tengo ganas de conocerlo y charlar con él.

-Eso está hecho. Siempre que luego tengamos sexo.

-¡Cómo eres! Ni siquiera sabes si te voy a complacer esta noche.

-¿Y por qué no en la siesta? La comida es muy picante y le he echado unas hierbas afrodisiacas. Me parece que no te vas a resistir.

-Está bien. Está bien. Pero durante la comida responderás a todas mis preguntas.

-Hecho. Adereza la ensalada a tu gusto. Ahí tienes aceite de oliva, sal y vinagre. Yo beberé cerveza mexicana. Tú puedes beber vino. Abre la botella que prefieras y déjala respirar. Te sugiero un vino mexicano Balché 2012. Vamos a ir llevando todo a la mesa. Yo tengo hambre. ¿Y tú?

-Yo también. Todo huele muy bien.

ALGUNAS HISTORIAS SÓRDIDAS XLVII


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En aquellos tiempos, tan remotos para la generación actual, aún continuaba existiendo la figura de la mantenida, de la amante a la que se le había puesto casa, o se pueden utilizar todos los sinónimos a que ha dado lugar la explotación y humillación de la mujer a lo largo de la historia, barragana, concubina, etc. No desconocía su existencia pero no imaginaba que siguiera existiendo. Mi larga estancia en el colegio religioso me había apartado tanto de la vida real que al salir me llevaría todo tipo de sorpresas. Según me contara “R” era la amante de un joven empresario, no recuerdo bien a qué se dedicaba pero sí que al parecer tenía suficiente dinero como para mantener a mujer e hijos en el piso oficial, lujoso, y a una mantenida que era ella en un apartamento, pequeño pero muy coqueto, en lo alto de un edificio moderno en una zona que estaba muy bien aunque no fuera el centro-centro de Madrid. La visitaba cuando él quería y había tenido con ella dos hijos. Creo que en aquellos tiempos ya existían medidas anticonceptivas tan sólidas como la píldora o el preservativo. No me pidan que me ponga a mirar en Internet las fechas de estos inventos, me molesta mucho y puede trastocar la cronología que tengo “in mente” sobre aquellos tiempos. No me escandalicé de su situación, ni la consideré amoral, ni pensé que era una pecadora digna de lástima. Mi salida del colegio religioso acabó con todos los dogmas que me habían imbuido e inicié una etapa “quam tabula rasa”, desde cero y con un criterio muy propio y personal, que me había llevado a pensar, entre otras cosas, que el sexo no podía ser malo si Dios lo utilizaba para que la especie humana, entre otras, no se extinguiera, y lo había hecho tan placentero que pocos podían resistirse. No creía que Dios fuera tan tonto y cruel como para obligarnos a engendrar un niño cada vez que teníamos relaciones sexuales, ni que hasta mojar la tierra con nuestro semen, expresión más o menos bíblica, fuera un pecado de lesa majestad. No creía que para tener sexo hubiera que estar casado y por la Iglesia, santa, católica, apostólica y romana y nunca poner remedio a las posibles consecuencias, hijos a mansalva. Mi lavado de cerebro había pasado a la historia y ahora me consideraba un joven progresista, racional y lúcido.

Por eso lo que me contó de su situación no me escandalizó en lo más mínimo, salvo su situación de mujer explotada y humillada de esa manera. Cuando inicié el viaje a Madrid para tomar posesión de mi plaza, entre las cartas que llevé conmigo la suya era la primera. Seguro que no dejé de pensar en ella, porque cualquier otro pensamiento me producía miedo, angustia y una desesperación insufrible. Ya entonces utilizaba una técnica para controlar, en la medida de lo posible, aquellas ideas obsesivas que me hacían sufrir hasta la locura. Descubrí que los pensamientos eróticos, que pensar en las mujeres, especialmente en las que conocía, fantasear con mantener relaciones sexuales con ellas, tras un romántico cortejo, me absorbía tanto que todas las demás ideas oscuras se escondían bajo tierra, huyendo del luminoso sol diurno. Es una técnica que he utilizado gran parte de mi vida, hasta que aprendí algunas técnicas de yoga mental que me permitieron bloquear las ideas obsesivo-compulsivas sin necesidad de recurrir siempre a lo mismo. Mis padres me habían puesto sobre aviso de la cantidad de mangantes y chorizos que pululaban en los trenes y en las estaciones y de lo fácil que les resultaría hacerse con mis maletas al menor descuido. Por eso, o bien me sentaría sobre las maletas en el amplio vestíbulo del tranvía que se utilizaba para que los viajeros subieran o bajaran, o bien me sentaría en los asientos más cercanos a los estantes metálicos que habían instalado al principio y fin de los vagones. Estar atento cada vez que pasaba un viajero para que no me llevara alguna de las maletas resulta agotador, por lo que fantasear con “R” y lo que sucedería cuando llegara a Madrid, dejara las maletas en la consigna de la estación de Chamartín y me acercara a su apartamento era mucho más placentero. Esos eran mis planes, la llamaría desde la misma estación y con suerte sería invitado a su casa y allí…

Estas fantasías no impidieron que de vez en cuando se colara alguna idea oscura, tétrica, sobre mi futuro en la gran ciudad. Como moscardones que se cuelan en el interior de la casa por alguna ventana entreabierta, estas ideas no dejaron de zumbar en el interior de mi mente. Estaba convencido de mi mala suerte, algo que me ha acompañado buena parte de mi vida. Por eso cuando llegué a la estación de Chamartín y me encontré con las consignas cerradas porque acababa de explotar una bomba puesta por la organización terrorista ETA, no me sorprendí demasiado. Aquello ratificaba la supersticiosa idea de que yo era uno de los hombres con peor suerte del planeta. Podría buscar en Internet aquel episodio y cerciorarme de algunos detalles, pero no lo voy a hacer. Creo recordar que no hubo muertos porque debieron avisar antes de la explosión, pero eso no me impidió imaginar en la posibilidad de haber salido muy mal parado si hubiera tomado otro tren anterior o no hubieran avisado de la bomba. Aquello trastocaba mis planes, no obstante intenté mantenerlos en lo posible. Desde una cabina telefónica –entonces no había móviles ni nadie imaginaba que pudieran existir en el futuro- llamé a “R” y le dije que acababa de llegar y lo que me había encontrado, esperando una remota, aunque posible invitación a ir a su casa. No fue así. No era un buen momento. Aproveché para pedirle me indicara cómo tomar un autobús a la ciudad cercana a Madrid donde iba a trabajar en el juzgado al que me habían destinado. Creo recordar que me habló de la estación de Ríos Rosas. Tomé un taxi y fui hasta allí, confiando en que hubiera algún autobús y no tuviera que esperar al día siguiente. Ella me pidió que en cuanto estuviera instalado la volviera a llamar. Quedamos en eso.

Estaba completamente agotado, a pesar de que era joven, delgado, fuerte y de que el viaje no había sido tan largo como para tumbarme, unas cuatro horas. Las maletas eran muchas y pesadas, para arrastrarlas por la estación –entonces las maletas no tenían ruedas, eso debió de ser un invento posterior- algo que tampoco era tan demoledor para un joven con buena salud. Lo que me agotaba era el miedo, la angustia, las nuevas experiencias. Me imagino que debí caer rendido en la cama de la pensión que encontré al llegar a mi destino, supongo que tras de dar unas cuantas vueltas con las maletas. Mi inexperiencia en viajes y mi ingenuidad ante la vida me crearon muchos problemas, el mayor el gran error de no aceptar un adelanto sobre el sueldo al empleado de banca que me visitó en el juzgado tan pronto tomé posesión, que fue al día siguiente de llegar, porque necesitaba el dinero con urgencia. Mis padres me habían dado el dinero justo, del que podían disponer, por lo que imagino que mi visita a “R” se debió realizar el fin de semana siguiente, sin duda el sábado.

LA PRÓXIMA PANDEMIA (APOCALIPSIS VENTOSO)


APOCALIPSIS VENTOSO

LA PRÓXIMA PANDEMIA (APOCALIPSIS VENTOSO)

Hay escritores que en su tiempo –después de su muerte, claro- fueron considerados como una especie de profetas o videntes porque narraron acontecimientos considerados imposibles en su momento y que años después –tras su muerte, por supuesto- sucedieron como la cosa más natural del mundo.  Se me ocurre el caso, muy conocido, de Julio Verne y el submarino Nautilus de su capitán Nemo. También habrán oído hablar del escritor que tenía un manuscrito en un cajón y que cuando se publicó, durante la famosa pandemia del Covid, muchos críticos y lectores coincidieron en que parecía una auténtica profecía de lo que efectivamente ocurrió. Seguro que se acuerdan porque la pandemia de la que les hablo sucedió no hace muchos años. En aquel momento se elucubró sobre la siguiente pandemia que asolaría a la humanidad. Lo que nadie pudo prever entonces fue que un escritor desconocido y bastante malucho, por emplear un término despectivo que no me hiera salvajemente, porque ese escritor soy yo, el mismo que viste y calza, acertara a describir con tal cúmulo de matices, la próxima pandemia que sufriría la humanidad y que por desgracia ya estamos viviendo todos.

Los hechos escuetos y tan tontos que dan risa fueron los siguientes: En una de las muchas etapas depresivas por las que ha atravesado mi vida se me ocurrió una idea para un relato. La idea era tan delirante que yo mismo la arrinconé en una carpeta de mi ordenador. Seré un escritor malucho y desconocido, pero tengo fama, reducida, por supuesto, de ser el escritor más delirante que ha parido madre. Pero aquella historia sobrepasaba todos los límites, todas las líneas rojas de la imaginación más delirante. En aquella carpeta de mi ordenador vivió durante años el sueño de los justos, hasta que un día, no recuerdo cuál, debido a un episodio que aparece confuso en mi mente, tal vez un simple enfado contra la humanidad, algo que me sucede un día sí y otro también, decidí escribir de una vez aquel relato y librarme para siempre de aquel apestoso olor que desprendía aquella historia. Lo hice, subí el relato a mi blog, donde fue visto por tan pocos lectores que más me hubiera valido leérselo a mis gatitos, ellos me habrían hecho más caso.

Sin embargo por uno de esos azares del destino que me persiguen con tanta malevolencia  como al personaje de mi novela inacabada, El buscador del destino, en cuanto ocurrieron realmente los hechos sobre los que versaba mi relato, un lector despistado llegó hasta mi blog, leyó aquella delirante historia atrasada y le llamó tanto la atención que lo compartió en las redes. De pronto pasé de ser un escritor desconocido y malucho a convertirme en el nuevo Julio Verne de los tiempos modernos. Por suerte había elegido un alias impronunciable, Slictik, y nadie lo pudo pronunciar, ni siquiera los temidos hackers lograron conocer mi identidad que permanece en el más estricto anonimato, ahora y para siempre.

Para que se hagan una idea de si tanta algazara es o no merecida, haré una escueta comparación entre mi relato y la realidad que por desgracia estamos viviendo. En mi historia el nuevo virus se escapaba de un laboratorio militar que trabajaba en la guerra biológica que terminaría con todas las guerras. Se les escapó, no porque no hubieran tomado todas las precauciones posibles, simplemente unos bichitos tan pequeños se acaban escapando de cualquier sitio donde los encierren. ¿Por qué algunos Estados, o todos, o casi todos, continuaron experimentando en sus laboratorios de guerra biológica tras la famosa y terrible pandemia del Covid 19? Es un misterio que ni las mentes más sabias de un futuro distópico podrán nunca dilucidar. El bichito se escapó y se produjo la próxima pandemia que todos esperaban pero nadie imaginó de esa manera. Todos trataron de ocultar la verdad, pero ésta fue tan explosiva que no quedó otro remedio que admitir los hechos. Ahora sabemos de qué laboratorio se escapó el nuevo virus, cuándo, por qué, debido a qué, y sobre todo todos conocemos sus truculentos efectos.

Ni al famoso tonto que asó la manteca se le pudo ocurrir un diseño vírico tan ridículo. En su disculpa deberíamos decir que no quiso matar a nadie y sí terminar con todas las guerras de la forma más humana y menos calamitosa posible. Pensarán que era aún más tonto que el que asó la manteca porque se supone que un país en guerra biológica debe tener un antídoto para los bichos con los que rocían a sus enemigos, pero en este caso el virus se escapó antes del antídoto y eso no es culpa de nadie, antes de tener un antídoto contra un bichito debes tener primero el bichito. Elemental, querido Watson.

Como en mi relato, delirante pero también humorístico, o al menos esa fue mi intención, los efectos fueron tan esperpénticos, tan hilarantes, que la gente tardó en reaccionar, incluso los gobiernos que no dieron la menor importancia a que unos cuantos contagiados comenzaran a ventosear a diestro y siniestro, en público y en privado. Porque este fue el primer síntoma. Lo achacaron a que todo el mundo se había puesto a comer fabada asturiana después de que un experimento científico concluyera que era mucho mejor que la dieta mediterránea. Esto cayó por su propio peso cuando un número estadístico relevante de contagiados no habían probado la fabada asturiana y seguían con sus estrambóticas dietas para adelgazar.

Solo con el tiempo los gobiernos empezaron a preocuparse. Al fin y al cabo que todo el mundo ventoseara, en público y en privado, solo ocasionaba una vergüenza ruborosa. No había muertos, los hospitales no colapsaban, como mucho en algunos casos concretos y estadísticamente irrelevantes, uno por millón, al ataque ventoso se unía una diarrea explosiva de no te menees que obligaba al internamiento del paciente, pero como les hidrataban muy bien y les cortaban las terribles diarreas con medicamentos ya existentes en el mercado, no pareció suficiente para decretar una emergencia planetaria con toques de queda, de alarma, declaraciones de estados de sitio y toda la parafernalia. Al principio costó adaptarse a los nuevos tiempos, a la nueva normalidad, no era fácil ver telediarios entre toques de saxofón sincopados, por emplear una metáfora que me permita seguir hablando de algo tan repugnante sin sufrir una censura inquisitorial. Los no contagiados se tronchaban de la risa y algunos sufrieron colapsos histéricos que obligaron a ser internados de inmediato. Esto comenzaba a ser preocupante.

Costó asumir la nueva normalidad. Telediarios trompeteros, transmisiones deportivas con orquesta de viento, conversaciones políticamente correctas que terminaban a la greña porque alguien no había podido controlar el viento huracanado que soplaba en su vientre, tertulianos que aprendieron a responderse más con código morse a volumen sensoround que con las clásicas interrupciones, políticos que discurseaban intentando subir el tono más que sus enemigos políticos e ideológicos. Todo aquello tenía mala pinta, muy mala pinta. Hubo quien comenzó a hablar de un apocalipsis ventoso que acabarían con toda la humanidad, si no hoy, seguro que mañana. Esa era la próxima pandemia, que todo el mundo había profetizado. Al menos, pensaban algunos, no hay muertos, y lo que no mata engorda, sin darse cuenta de que todo el mundo estaba adelgazando a marchas forzadas, porque procuraban comer lo menos posible, o más bien nada, para evitar que fermentaran gases donde quiera que se produjera la fermentación, estómago, intestino, donde fuera. Algunos no lo sabían y yo tampoco. Solo que en mi caso, como vivía solo, aislado, en plena naturaleza, lejos de todo mundanal ruido continué comiendo como de costumbre, mucho. Aprendí a tocar el saxofón, canciones incluso líricas, me divertía, lo pasaba en grande. El problema es que no podía dormir, sufrí de insomnio, como toda la población pero elevado a la enésima potencia. Eso ya era un serio problema, pero el mayor de los problemas fue que todos mis adorables gatitos, a los que tanto quería y tanto me querían, salían disparados, completamente aterrorizados ante semejante tormenta que no habían visto nunca en sus cortas vidas.  Los animales no sufrían el contagio del virus apocalíptico, ni fueron culpados por un virus biológico escapado de un laboratorio de guerra bacteriológica… digo virológica, digo biológica, digo… Estoy harto de decir contra mi voluntad.  El caso es que tuve que ponerme a dieta, aún más, dejé de comer, porque mis gatitos eran lo primero. Les continué dando su comidita rica pero yo no comía, nada de nada. Adelgacé tanto que tuve que comprar tirantes para que no se me cayeran los pantalones, y otros, interiores, para que no se me cayeran los calzoncillos. Eso era bueno, muy bueno, por primera vez estaba delgado, muy por debajo del peso normal para mi estatura, baja. Estaba tan guapo que hasta podría ligar si me lo proponía, algo que no había conseguido en toda mi vida. Lo malo es que eso también estaba desapareciendo, nadie intentaba ligar porque hasta el momento no se había conseguido acompasar los diferentes instrumentos para crear duetos clásicos, ni orquestas sinfónicas, ni nada de nada. No se ligaba, el sexo desapareció. El amor también hubiera desaparecido si antes hubiera existido sobre la faz de este planeta de nuestros pecados. A nadie le preocupó la desaparición del amor, pero sí la del sexo. Ya no habría placer, la humanidad desaparecería porque no se harían más niños. Se intentó en laboratorio, sin embargo nadie quería donar esperma ni óvulos, nadie estaba de humor para semejantes tonterías. El carácter se agrió, las risas se convirtieron en lágrimas. La gente está saliendo a las calles, con sus músicas trompeteras y clamando por justicia para los culpables. ¿Pero quiénes son los culpables? Todos, todos sin excepción, solo que algunos más que otros y otros muchísimo más que algunos.

Yo mismo, temiendo morir y dejar indefensos a mis adorables gatitos, tomé la decisión de salir a la calle con una pancarta en la que me reconocía como Slictik, el malucho e ignorado escritor que había anticipado la próxima pandemia en un relato titulado “Apocalipsis ventoso”. La pancarta era enorme porque en ella había escrito un manifiesto sobre el amor y sobre cómo la humanidad podría salir de este bache si hiciera esto y lo otro y lo de más allá. Siempre he sido un escritor muy prolífico. Tras de mí y la pancarta todos mis gatitos y los que se fueron uniendo en los pueblos que atravesaba, a paso tortuga, por supuesto, maullaban lastimeramente, no porque tuvieran hambre, porque tras de mí llevaba mi coche cargado de pienso y comidita rica para gatitos. Como no me quedaba para gasolina, me até los cinturones de cuero que no utilizaba a la cintura, ya tan magra que daba pena. Menos mal que mi pueblo está muy alto y de momento todo es cuesta abajo. Nadie me creyó, todos se burlaron de mí, me despreciaron como el escritor ignorado y malucho que soy. No creyeron que fuera vidente ni profeta ni nada. A grandes voces clamaba que podía demostrar que mi relato era anterior a la pandemia ventosa. Se rieron con más ganas, las fechas se pueden manipular en Internet, todo se puede manipular en el mundo virtual.

No me importa, seguiré clamando en el desierto.  Al menos algo bueno ha tenido esta pandemia. No sé si fue debido a la programación del genetista más tonto que el que asó la manteca, que trabajaba en un laboratorio de guerra biológica para alguna gran potencia o a una extraña y milagrosa mutación, lo importante es que todos los psicópatas, sociópatas, asesinos en serie, asesinos de niños del mundo fueron reconocidos por el silbido de serpiente de sus ventosidades. Algunos se arrojaron al mar, con las piedras de molino que encontraron, pocas, para cumplir con la maldición evangélica sobre los que escandalizaren a los pequeñuelos, mucho más si los matan. El resto fue encerrado en estrechas celdas donde sus ventosidades de silbidos de serpiente rebotaban en las paredes y regresaban a ellos una y otra vez.

Esto es un infierno, me tiemblan las piernas y he decidido castigarme con un látigo de piel de serpiente por haber comido tanto en esta vida. Pero a pesar de ello sigo mi cruzada profética. De vez en cuando descanso y todos los gatos vienen a mí, les acaricio, les beso en sus cabecitas angelicales y les doy su comidita rica. Yo también como algo para sobrevivir y continuar con la cruzada y no dejar huérfanos a mis gatitos. No me importa volverme trompetero, porque las trompetas del apocalipsis pueden ser también las trompetas del amor que se acerca tocando y cantando la novena sinfonía de Beethoven. Que así sea.

UN DÍA EN LA VIDA DE UNA FAMILIA VANTIANA XII


UN DÍA EN LA VIDA DE UNA FAMILIA VANTIANA XII

-Hola. Hola. Aquí Alirina. Ya estamos en marcha, volando sobre el zoo. Como pueden ver nuestros holovisores, gracias al fabuloso montaje de imágenes que están haciendo nuestros técnicos desde control o desde la pecera, como lo llaman ellos, porque se sienten como peces en el agua. ¿No es así, queridos compañeros? Yo llevo una cámara en mi gorrito virtual, también hemos instalado una en los gorritos de nuestros anfitriones, y por supuesto la cámara situada en nuestro dron que nos sigue revoloteando a nuestro alrededor como un frágil y curioso pajarillo. Me abstendré pues de hacer descripciones inútiles, aunque sí haré algún que otro comentario de comentarista, de narradora de esta aventura. Para los que no han curioseado en los archivos de “H” unos datos esenciales. El zoo está protegido por rayos omega en todo su perímetro, pero también hay zonas reservadas a depredadores que acabarían con el resto de animales a lo largo de los años, por eso tienen sus propias zonas, también protegidas por rayos omega. Hay comederos situados estratégicamente a los que “H” abastece, como a nosotros, con comida artificial teletrasportada, solo que los animales no piden a la carta, se limitan a comer la dieta variada y nutritiva que se les proporciona. Todos se han ido acostumbrando a una comida fácil y segura. Se dice que hubo un tiempo en que los depredadores tuvieron que ser alimentados con comida viva, al parecer se dejaba pasar a otros animales cuando se acercaban a su territorio, apagando los rayos omega por un tiempo. Pero este no es un dato que ustedes encontrarán en los archivos. Nuestra IA a veces oculta todo lo que pueda empañar su imagen de bondadoso protector de este planeta. Pero yo tengo mis fuentes que no voy a desvelar ahora. Nos dirigimos primero a la zona de los caeros, al extremo del parque, desde donde se podría llegar a las montañas Negras en línea recta. Estos son unos animales adorables a pesar de su tamaño, mansos, cariñosos, que fueron usados como mascotas en otros tiempos,  e incluso ahora nuestro camarada Artotis posee algunos en su alejada finca. Nos gustaría saber cómo pudo conseguir tantos créditos para semejante finca. Pero que no lo diga ahora, luego se lo preguntaremos. Los granjeros rebeldes tienen grandes manadas en sus montañas. A muchos los dejan pastar libremente y se alimentan de su carne. A otros los han domesticado y los utilizan para cultivar sus tierras. Sienten un gran cariño hacia sus caeros domesticados que son también mascotas de sus niños en sus horas libres.  Nos dirigimos a esa zona del zoo porque nuestra anfitriona, la señora Elielina, es una fan de los caeros. ¿Puede decirnos cuándo fue la última vez que visitó el zoo?

-Es usted un poco malvada, querida Alierina. Sí, se lo voy a decir, fue en nuestra luna de miel, hace ya unos años. ¿No es así, amado esposo?

-Pues no lo sé, amada. Si tú lo dices será verdad.

-No te extrañe que no lo recuerde, Alierina. Hace ya tantos años que no me regala nada el día de nuestro aniversario que hasta yo misma lo he olvidado.

-Parece que su esposo, el sr. Alioronte, no es muy hablador que digamos.

-Puede contar las palabras que diga hoy, pues un décimo de ellas es lo que puede hablar un día normal, si es que dice algo.

-No mucho menos que tú, adorada esposa, perdida en el mundo virtual, todo el día con tu casco en la cabeza, buscando amantes por todo el planeta.

-No vamos a entrar en intimidades, Elielina, pero creo que todos nuestros holovidentes estarán de acuerdo en que usted no parece mucho más habladora que su cónyuge. ¿Tiene amigas? ¿Habla con ellas? ¿Hacen excursiones? ¿quedan para hacer partys y tomar el té?

-Muchas preguntas para una sola respuesta. No, desgraciadamente ya no tengo amigas, no se puede decir que las perdiera, nos perdimos todas, nos hicimos adictas al sexo virtual. Creo que ha sido el peor invento de “H”, aunque de perdernos, mejor de esta manera.

-¿Puedes contarnos cómo fue la ceremonia oficial de matrimonio?

-Me cuesta recordar. Lo que sí puedo decirte es que a mí particularmente me hubiera gustado una ceremonia en las montañas Negras, celebrada por el sumo sacerdote de la Mente Universal, y luego disfrutar de una fiesta típica de los granjeros rebeldes, eso sí, nada de carne de caeros en el banquete. Ya por entonces adoraba a estos animalitos.

-Bien, estamos llegando precisamente a la zona de los caeros. Podemos ver las montañas nevadas al fondo.

Y aquí me interrumpo brevemente para hablarles del juego de hoy. Habrán observado que a lo largo de lo que llevamos del programa se han cambiado o modificado ligeramente algunos nombres. Otros se han dado como existentes en algún momento para luego decir que en realidad no existen y ha sido una broma. Algunos tertulianos están presentes y otros no han llegado aún o lo han hecho, ustedes lo han visto, aunque no han intervenido. Se han cometido otros errores que los holovidentes deben dilucidar. Este es el juego de hoy para premiar a los seguidores más concentrados, con mejor memoria y que no se han perdido ni un minuto del programa, porque de otra manera se habrán perdido algún error. Como saben los seguidores recalcitrantes, desde hace algunos programas hacemos juegos que no se anuncian previamente. Los ganadores recibirán un buen número de créditos que podrán emplear a su gusto. No es que los créditos nos sobren, como podrán comprender ustedes, amados holovidentes, pero nuestro amado “H” por fin ha accedido a una petición que llevábamos mucho tiempo machacando un día sí y otra también y nos ha dado créditos para cada programa, con el fin de utilizarlos en premios. Es la primera vez que sucede, como saben muy bien nuestra IA no delega nada y mucho menos la distribución de créditos, salvo que así se acuerde por el Consejo Planetario, y aún así no siempre hace caso de la representación democrática de los ciudadanos omeguianos. Por eso desde aquí queremos agradecer a su corazoncito generoso que nos haya hecho semejante obsequio.

TERCER DÍA EN CRAZYWORLD VII


TERCER DÍA EN CRAZYWORLD VII

No anduvimos mucho rato. En cuanto encontramos el primer banco, nos sentamos. Gemí un poquito y luego solté un suspirito de alivio. Fue Dolores la primera en hablar.

-¿Tú crees que ha sido una mujer la que se ha cargado al director? ¿Habrá más muertes? Te confieso que estoy asustada.

-Yo también, Dolores, yo también. No sé nada, no creo nada, pero esto tiene muy mala pinta. Por un lado me gustaría pensar que ha sido la venganza de una mujer y que aquí se acabará todo. Pero por otro lado esto me huele a chamusquina. La posibilidad de que tengamos un asesino en serie aquí, en Crazyworld, no es despreciable. Es un sitio tan bueno como cualquier otro, yo diría que mejor. Lo que me sorprende es que haya estado dormido todo este tiempo. ¿Cuántos años hace que se puso en marcha este antro?

-Me cuesta pensar en el tiempo transcurrido. Cuando estás recluida, sin posibilidad alguna de salir, el tiempo parece detenerse. Yo diría que más de cinco años, no creo que lleguen a diez.

-¿Y tú estás aquí desde el principio?

-Casi. Cuando yo llegué ya había pacientes, no muchos, y casi todo el personal. Me contrataron como ayudante del chef principal y encargada de la cocina. Recuerdo que los primeros pacientes a los que conocí fueron Jimmy y Kathy. Me persigné, porque soy católica, y crucé los dedos, porque soy supersticiosa. Luego me dije que no podía haber peores pacientes, pero me equivoqué. Al poco llegó John Smith, el asesino en serie, y recé un padrenuestro pero resultó ser el más inocuo de todos, se pasa los días y las noches durmiendo como una marmota. Cuando conocí al Sr. Múltiple Personalidad me dije que esto se animaba y hasta podría ser divertido, pero duró muy poco tiempo, la novedad pasó y este hombre se convirtió en un pesado tan terrible que todo el mundo huía de él como de la peste. No quise saber nada del Telépata loco porque ya estaba escamada de gente rara y pensé que sería otro pesado más, pero mira por donde resultó el más divertido. Puedes pensar que estoy loca, aquí todos estamos locos, más o menos, pero ¿qué pensarías si te dijera que él es mi fuente de información, el pajarito que me trae todas las noticias?

-¿En serio? Aún no lo conozco. ¿Sois buenos amigos? No sé qué decirte. Me resulta más lógico y natural pensar que él te lo sopla todo a la oreja que tú puedas enterarte por tus propios medios. No es por nada, pero tu capacidad de movimiento no es muy grande y por muy simpática que caigas a todos, a mí también, y mucho, puedes creerme, no veo cómo te pueden llegar esas informaciones de las que tanto alardeas. Oye, ya puestos, ¿te ha dicho algo ese telépata de si sospecha de alguien?

-Eso es lo raro. Cuando se lo pregunté –le he visto esta mañana temprano paseando por el jardín, como hace todos los días- se puso a temblar como una vara verde. Tiene miedo, yo diría que está aterrorizado. Quiero pensar que no lo estaría si supiera que ha sido una mujer la asesina del director. Insistí y entonces salió corriendo como alma que llevara el diablo. No te digo que no lo haga con los demás, pero no conmigo.

-Sé que vas a pensar que yo también estoy loco, y puede que lo esté y no me acuerde, pero me gustaría que te trabajaras al telépata, tal como estamos cualquier pista, incluso la más inverosímil, podría ser de ayuda.

-De acuerdo, lo intentaré, pero no te prometo nada. ¿Te importa que sigamos caminando? Tengo la comida casi hecha, pero necesito dar los últimos toques.

-¿No me dirás que el telépata te avisó de que hoy comeríamos en tu casa?

-Pues mira, te lo digo. Fue hace unos días y no le hice mucho caso, a veces dice cosas que no tienen ni pies ni cabeza. Lo que menos imaginaba es que todo se complicaría tanto. ¿Puedo hacerte una pregunta?

-Pues claro, todas las que quieras.

-¿A ti te gusta Patricia?

-Bueno. No diré que no. Es una mujer atractiva y a mí me gustan todas las mujeres, sobre todo las atractivas.

-¿Incluso yo? ¿Te gusto yo?

-Bien. No lo había pensado hasta ahora, pero sí, tienes un atractivo peculiar. Te confieso que necesito una madraza cariñosa, me siento como un niño desvalido.

-¿Te acostarías conmigo esta noche? No necesitas responder ahora. Vete pensándolo y lo hablamos durante la comida.

Me quedé pensativo. Era lo que menos esperaba, pero tal vez me viniera muy bien dormir con ella aquella noche. Heather me había dicho que esta noche estaría otra vez en el Centro de Seguridad. Tenía guardia. Yo seguía temiendo lo que podría hacer Kathy, y más después de haber dejado la gatita en la terraza. Necesitaba un lugar para dormir que no fuera mi cuarto, porque ella ya me había demostrado que trepar hasta mi ventana le resultaba tan fácil como a un gato trepar a un árbol. Había pensado en Alice, la camarera. Me gustaba tanto que la posibilidad de que su casa o apartamento fuera incluso más accesible que mi cuarto, no me preocupaba tanto… al menos de momento. Ahora que Dolores me había ofrecido su cama tal vez estuviera mejor que en cualquier otro sitio. No se me pasaba por la cabeza la posibilidad de que Kathy hubiera pensado en ello. Aunque ¡quién podía saber lo que ella pensaba o dejaba de pensar! Me pregunté si yo era un pervertido. No lo creía, aparte de no recordar mi pasado, fuera cual fuese, el que me gustara el sexo en el presente, las mujeres hermosas o menos bellas, el que me dejara llevar por las circunstancias, no parecía muy perverso. Y sobre todo, cuando estás en Crazyworld, sin esperanza alguna de salir algún día, el pensar en la mejor manera de pasar el tiempo, en diseñar una estrategia para no deprimirte, es una buena forma de intentar sobrevivir. No hacía daño a nadie, no forzaba a las mujeres a tener sexo conmigo, no prometía nada, no engañaba, ni siquiera intentaba seducirlas, me dejaba llevar eso era todo. No recordaba muy bien lo que era la ética, suponiendo que esa palabra significara algo en mi pasado, tal vez cuando lo recordara todo podría plantearme muchas cosas. Suponiendo que hubiera algo más que plantearse allí que el cómo salir de aquella cárcel. Estaba reflexionando más que en todo el tiempo que llevaba allí, que no era mucho, pero sí suficiente para pensar en algo. Ahora comprendía que Jimmy el Pecas era como una especie de tiovivo en el que das vueltas y más vueltas hasta marearte. No tienes tiempo para nada, solo para buscar la forma de bajarte. Unas horas sin él y mi vida se había tranquilizado, hasta parecer incluso agradable. ¿Qué estaría haciendo? Recordé el walkie talkie. Lo encontré en el bolsillo del pantalón. Milagrosamente continuaba allí. Seguía activado pero su voz no había sonado. No era sorprendente. Tenía que saber que lo mejor era dejarme en paz. En cuanto le encontrara le daría una buena tunda. De eso no se iba a librar. Mientras tanto disfrutaría de una buena comida con Dolores y me relajaría hablando con ella. Esas eran todas mis preocupaciones para aquel día.

TERCER DÍA EN CRAZYWORLD VI


TERCER DÍA EN CRAZYWORLD VI

-Su faceta de payaso oculta pulsiones muy oscuras. Hace reír a todo el mundo, pero en el fondo le gustaría encerrarnos a todos en las celdas de aislamiento, como hace el doctor Sun, violar a las mujeres, torturar a los hombres y someternos a todos a la esclavitud. A mí no me ha dejado en paz desde que llegué y a mi hija tampoco hasta que lo amenace con romperle la cabeza tras dormirlo con una droga. Después de mi amenaza se lo pensó dos veces. Estoy convencida de que es un psicópata, un pedófilo, un violado, un malnacido, que se oculta tras la máscara de payaso.

-Por favor, Patricia, vosotras lo conocéis mejor que yo que solo llevo tres días aquí, pero en ellos no me ha dejado ni a sol ni a sombra, es absolutamente insoportable, narcisista, tiene un serio problema con el sexo y habla más que un sacamuelas, pero de ahí a convertirlo en un violador y asesino en serie hay mucho trecho. El doctor Sun no le hubiera encomendado esta investigación de creer que sufre las psicopatologías que tú has desmenuzado, Patricia. Lo que me faltaba, quedarme ahora solo al cargo de la investigación. ¿No hay un solo agente de seguridad que sea de confianza?

-Heather es la única de fiar, como tú bien lo sabes, bandido, que te has pasado la noche con ella. Los demás son peligrosos, unos más que otros.

-Pero bueno, Dolores, cómo puedes saber algo que acaba de ocurrir y que ningún testigo presenció. Estoy seguro.

-Es su secreto. Si fuera ingeniera informática apostaría a que nos tiene a todos vigilados como una Gran Hermana. No lo descarto porque se llevaba muy bien, y puede que se siga llevando, con la Gordita, de la que es posible que Jimmy te haya hablado. Es una paciente con unos conocimientos de informática y electrónica que podrían sacarnos a todos de aquí, si se centrara, estoy segura.

-Bueno, bueno, bajemos de las utopías a la realidad. No voy a desvelar mis secretos. De eso podéis estar seguros. Yo estoy más de acuerdo con el amigo amnésico que contigo, Patricia, creo que le has tomado demasiada tirria por su acoso desesperado a tu persona. No creo que tenga tanta psicopatología sexual, como dice aquí el amigo, porque a mí ni me ha mirado un segundo más de la cuenta, ni ha tenido el menor pensamiento libidinoso ni en los estratos más oscuros de su subconsciente. Tampoco lo ha intentado con la Gorda, y es una pena porque la pobre hubiera comido en su mano y además se hubiera centrado. A estas horas estaríamos todos fuera de aquí. El Pecas no sería capaz ni de clavar un alfiler a una mosca, es un cobardica y lo disimula hablando mucho y haciendo el payaso siempre que puede. En cambio en la plantilla de agentes de seguridad hay algunos que dan miedo. Yo pondría al menos media docena de nombres en la lista.

-Pues ponlos y sigamos con las mujeres.

No es que no deseara retrasar el momento de salir de allí, pero tanta cháchara me estaba mareando, sin contar con los efectos de aquel exquisito vino, que entraba muy suave pero que me estaba manipulando demasiadas neuronas. No estaba yo para pensar mucho, casi prefería irme tambaleando y haciendo eses con Dolores, camino de su casa, que continuar con aquella busca detectivesca que no nos iba a llevar a ninguna parte. En cuanto a mujeres la lista se acortó mucho. Patricia habló de Kathy como sospechosa, aunque admitió a regañadientes que el veneno le iría mejor que las armas blancas. Dolores admitió que si Patricia era sospechosa por motivos obvios, todas las mujeres acosadas, violadas o simplemente chantajeadas y manipuladas por el director tenían necesariamente que engrosar la lista. Yo no conocía a nadie o casi nadie por lo que no cesaba de hacer preguntas, en parte por interés detectivesco y en otra parte porque si iba a quedarme allí de por vida, como parecía muy probable, esperaba conocerlas a todas y muy íntimamente. No en vano era Johnny, el gigoló, el caramelito de las damas. Me quedé pasmado de que semejante idea hubiera llegado a la superficie desde profundos y remotos remolinos. Tendría que profundizar en ello a la mayor brevedad posible. Suspiré aliviado cuando Dolores dijo que lo esencial de la lista ya estaba confeccionado y como se había hecho tarde para comer, nos teníamos que ir sin más. Patricia me hizo jurar que volvería a hablar de los avances detectivescos o de lo que quisiera. Puede que su hija ya estuviera mejor y aceptara hablar conmigo, que era el único hombre simpático de Crazyworld. Lo cierto es que me costó un poco ponerme en pie, entre unas cosas y otras, pero luego, ayudado por Dolores logré salir al exterior. Patricia nos despidió desde la puerta, a dolores con la mano y a mí lanzándome un beso. Pronto detuvimos nuestra caminata para sentarnos en un banco. Era una suerte que no hubiera nadie por allí para vernos caminar como dos borrachos, dos cojos de diferentes categorías en los pesos del cuadrilátero o como dos amantes que no sabían cómo agarrarse.

ALGUNAS HISTORIAS SÓRDIDAS XLVI


                        UNA RUBIA CON MALA SUERTE

Esta historia debería ser la primera, si estuvieran situadas de forma cronológica, pero es la última, porque en un círculo no hay principio ni final, lo miras y no sabes dónde empezó y dónde terminó. El comienzo y el final son una misma cosa, como en un círculo, un círculo dantesco, un círculo infernal. Puedes tomar cualquier punto y situarlo donde quieras, puedes darle el nombre de principio o el de final, porque lo sitúes donde lo sitúes nada cambiará, es la esencia misteriosa del círculo, sobre todo del círculo infernal. La diferencia entre un círculo geométrico y uno infernal, es solo cuestión de cambiar una palabra: punto por sufrimiento. Si la historia anterior finaliza en un tren, ésta comienza en otro tren, puede que el mismo, porque los trenes tienen su vida y solo es cuestión de casualidad que mi entrada y mi salida de Madrid fueran en el mismo tren. Los trenes van y vuelven. Lo mismo que la vida, aunque suene raro, porque la vida también es un círculo aunque muchos no lo sepan. Creen saber dónde comienza, en el nacimiento, y dónde termina, en la muerte, pero cuando sufres mucho las apariencias no te engañan, un cuerpo diminuto o un viejo cuerpo achacoso son lo mismo, un punto llamado sufrimiento. Entras a la vida llorando y te vas, puede que sin llorar, porque por el camino has perdido el don de las lágrimas. Sin buscar he encontrado muchas semejanzas en mi vida con el círculo, trenes que van y vienen, situaciones que se repiten, como si hubieras suspendido un curso y tuvieras que repetir. A veces, no siempre, aprendes la lección y entonces sabes por qué has vuelto a tropezar en la misma piedra. Otras sigues sin aprender la lección y ni eres consciente de lo mucho que se parece lo que estás viviendo a lo que ya habías vivido. Mi entrada en Madrid fue mi primer círculo dantesco en el infierno, mi salida de Madrid fue la entrada en el segundo círculo infernal, solo cambiaría el sufrimiento físico por el psíquico, no sabría decir cuál es peor. Pero antes de que pueda plantearme ni siquiera mencionar el segundo círculo debo acabar el primero. Principio y final son lo mismo, por eso me limitaré a cambiar de tren y de dirección para contar cómo llegué a Madrid.

El título de este episodio está un poco traído por los pelos, pero es que no se me ocurre uno mejor. Ella era rubia, como otras muchas mujeres, y lo de la mala suerte es bastante relativo. No niego ni la mala ni la buena suerte, aunque me inclino más por la ley de causa y efecto, o por el karma. Si decides seguir un determinado camino no se trata de buena o mala suerte el que llegues a un destino concreto con todas las etapas intermedias. La suerte te la labras tú con tus decisiones, si bien es muy cierto que algunos tienen muy buena suerte, es como si nacieran con una flor en el culo, mientras que a otros parece que nos ha mirado un tuerto, y pido perdón a los tuertos a quienes el refranero popular coloca en mal lugar, sin ninguna culpa de su parte. No es que R fuera una mujer gafe, con mala suerte, aunque tal vez la buena suerte habría endulzado su camino, un camino que ella eligió y que no se dirigía a una buena meta. Soy muy pesado con los valores, lo reconozco, pero sin ellos nuestras vidas se convierten en laberintos sin salida. Cada valor es un puente que si bien no siempre nos permite cruzar abismos, al menos nos ayuda a afrontar la vida con lucidez mental y una dignidad de la que carecen las personas sin valores. Algunas personas, tal vez muchas, demasiadas, no tienen un gran concepto del valor de la dignidad. Respetan a quienes, por ejemplo, consiguen ingentes cantidades de dinero con malas artes y en cambio desprecian a quienes como yo defendemos valores elevados, aunque conviertan nuestras vidas en un durísimo camino. Nos llaman tontos del culo porque no somos prácticos, porque pensamos que los valores solucionarán nuestros problemas, y no el dinero que les parece el mejor instrumento para resolver cualquier problema en la vida. La vida me ha enseñado una técnica que a mí, particularmente, me da muy buenos resultados a la hora de afrontar cualquier problema que surja en mi camino. Es algo bastante sencillo. Lo llamo la pirámide de valores. En su cúspide coloco los valores fundamentales, supremos, a los que deben subordinarse todos los demás. En la cúspide de mi pirámide he colocado dos valores que considero absolutamente supremos, son la libertad y el amor, el amor y la libertad. Ambos ocupan el mismo escalón, porque no hay amor sin libertad, lo que algunos llaman amor y que no respeta la libertad del otro es solo control, manipulación, sometimiento. Y por otro lado la libertad sin amor es muy pobre. La libertad te da dignidad pero sin amor uno se siente vacío, infeliz. Bajo estos valores supremos he ido colocando otros valores, en escalones inferiores. Se les puede llamar valores humanos, derechos humanos, aunque a mí me gusta llamarles valores espirituales. Porque para mí lo espiritual no va unido a las religiones dogmáticas, que parecen haber acaparado el mundo espiritual, como si les correspondiera por derecho. Se puede ser espiritual sin pertenecer a ninguna religión, es suficiente con colocar los valores espirituales o profundamente humanos por encima de los valores materiales.

R, llamémosla así, por lo de rubia, no tenía muy clara su pirámide de valores, como por otro lado tampoco la tenía yo, a mis veintitrés años, cuando la conocí. Yo estaba construyendo mi pirámide de valores, derribando valores religiosos dogmáticos que me habían imbuido en mi infancia y adolescencia, y sustituyéndolos por los que iba encontrando en mi camino y que me parecieron muy sólidos. Nos habíamos conocido por carta. Ya he contado en otros lugares este rocambolesco episodio, lo volveré a hacer aquí. Tras aprobar la oposición que me conduciría a Madrid, tuve que esperar más de dos años a que me dieran plaza. Entonces como ahora la burocracia era la que es y la que seguirá siendo mientras los humanos sigamos sobre la faz de este planeta, una burocracia kafkiana, por supuesto, Kafka fue el mejor retratista de la sociedad moderna, el laberinto kafkiano. Cuando el diablo tiene poco que hacer mata moscas con el rabo. Es un refrán de mi infancia que me aplico. Desde que abandonara el colegio religioso, etapa que narro en la novela Los pequeños humillados, no había dejado de sentirme solo, la soledad y el futuro económico eran mis dos máximas preocupaciones. Un día se me ocurrió echar un vistazo a una revista, Diez Minutos, que había comprado mi madre, algo que solía hacer de vez en cuando. En la parte final había una pequeña sección de cartas, que según pude ver, se utilizaba para pedir correspondencia y amistad. Se me ocurrió que yo bien podía hacerlo, aunque no esperaba nada. Dada mi timidez enfermiza aquel paso no fue moco de pavo, porque no se trataba solo de escribir cartas, algo que no me parecía muy complicado, de hecho por aquel tiempo había comenzado ya mis pinitos de escritor, recuerdo el esbozo de aquella novela, el planeta de los vampiros psíquicos, que acabaría por convertirse en la trilogía de ciencia ficción, Planeta Omega, aún sin rematar. Sé que hubo una obra de teatro, algún que otro poema y tal vez unos cuantos relatos. Escribir cartas no me preocupaba, pero sí ver a quienes me escribieran, algo que con el tiempo parecía inevitable.

La carta fue manuscrita y muy breve, la metí en un sobre, le puse un sello y la eché a un buzón, algo que para los de nuestra generación era algo corriente pero que casi habría que explicar a la generación del correo electrónico. Me olvidé por completo del tema hasta que una mañana mi madre contestó al telefonillo. Yo nunca lo hacía si podía evitarlo y casi siempre lo conseguía, incluso cuando estaba solo, hablar con la gente me daba miedo. Era el cartero que le pedía que bajara. Mi madre se escamó un poco. Era algo muy poco habitual. Cuando subió llevaba en el mandil un número de cartas que me dejó pasmado y a ella asombrada. ¿Qué has hecho? Fue lo primero que me preguntó. Porque todas eran para mí. Imagino que respondería que nada. Las mentirijillas eran un protocolo habitual en mi conducta para evitar cualquier tipo de problema. Odiaba los problemas, era incapaz de afrontarlos. Tampoco deseaba explicarle que había hojeado una de sus revistas. Era bastante vanidoso respecto a mi calidad intelectual, nada del otro mundo pero sin duda muy superior en un entorno donde pocos conseguían tener algún estudio. Alguien como yo no podía confesar así como así echar un vistazo a revistas del corazón, lo mío era la gran literatura, la música clásica y la cultura en general. Me hice con las cartas y me refugié en mi habitación. No podía creerlo. Las fui abriendo y leyendo con una sensación de pasmo y angustia. ¿Qué iba a hacer con tanta carta? Cuando aquello se repitió al día siguiente y al siguiente y al siguiente, ya no sabía qué hacer. Me había metido en un buen lío. El cartero llegó a enfadarse conmigo, como me dijo mi madre que siguió bajando a por el correo porque yo era incapaz de hacerlo.

Recuerdo que fui ordenando las cartas en varias cajas de zapatos. En una coloqué todas aquellas cartas que deseaba contestar las primeras. Todas eran de chicas que tenían el detalle de acompañar una fotografía. Salvo alguna carta sin fotografía que me llamó la atención por lo bien escrita que estaba, el resto fue a parar a otras cajas de zapatos, para contestar más adelante si disponía de tiempo. Tiempo, lo que se dice tiempo, tenía todo el tiempo del mundo, así que decidí contestarlas todas, primero las que más me interesaban, las que contenían fotografías de chicas guapas o que me lo parecían a mí. Entre ellas estaba la de R. Acompañaba una pequeña foto en blanco y negro de un primer plano de una mujer rubia, tal vez de unos treinta años, nunca he sido bueno calculando edades. Me pareció muy guapa. Me decepcionó la escasa cultura que se desprendía de su redacción y de las elementales faltas de ortografía que plagaban la carta, apenas dos cuartillas. A pesar de ello era guapa y para mí era más que suficiente.

Aún siento un poco de vergüenza al recordar la represión sexual que sufría entonces, propia de aquellos tiempos y de una educación religiosa tan represiva que da risa. El descubrimiento de la sexualidad, algo tan triste que dan ganas de llorar, lo narro en la novela de los Pequeños humillados. Por aquel entonces ya escondía como podía las revistas de Interviu que habían comenzado a llegar a los quioscos. No quiero mirar en Internet fechas porque a lo mejor no me encajan pero estoy convencido de que por entonces ya tenía en mi habitación las primeras revistas, escondidas no sé dónde ni cómo, porque no era fácil esconder algo en una habitación donde no abundaban los escondites. También recuerdo tener carpetas de cartón donde guardaba las fotografías de mujeres ligeras de ropa que aparecían en la revista. La primera compra en el quiosco debió de ser para mí toda una odisea. Me entra la risa imaginando las vueltas que debí dar hasta atreverme a comprar una revista en cuya portada aparecía una mujer tan ligera de ropa que daba miedo en aquellos tiempos, finales del franquismo y principios de la transición y el destape.

Pues bien, ver la fotografía de aquella mujer me subió la bilirrubina, como diría una canción años más tarde. En mi respuesta seguro que hubo agradecimiento por su generosidad al contestarme, siempre he sido muy cortés, especialmente con las mujeres. No creo que pudiera contenerme para no mencionar lo guapa que era y cómo me gustaba. Lo que no recuerdo es si acompañé un poema. Raro sería porque en otras cartas a otras mujeres de aquella correspondencia insólita e ingenua sí me constan los poemas que escribí, porque algunos los conservo. La ingenuidad me hizo, al principio, no hacer copias de aquellos poemas que eran únicamente para ellas. Pronto me dije que era una tontería perder aquellos poemas, algunos muy románticos y hasta aceptables. Debí de hacer copia manuscrita a partir de entonces y luego pasarlos a la máquina de escribir que había acabado por comprar para completar las horas de mecanografía que hacía en una academia. Recuerdo que era una portátil muy elemental en la que solo podía escribir a una velocidad mucho más lenta de la que adquirí en aquellas máquinas pesadas en cuyas teclas había que golpear con mucha fuerza para que se marcaran las letras en el papel.

Con tiento, no quería que se enfadara o asustara, le fui contando mi vida, sin mencionar mis primeros intentos de suicidio y mi estancia en psiquiátricos, lo que cuento en el libro segundo de estas historias que denominé sórdidas porque mi primera intención al comenzarlas fue aprovechar recortes de periódicos que conservaba en algunas carpetas sobre historias verdaderamente sórdidas. Al final se han convertido en una especie de memorias muy “sui géneris” y el título se ha conservado, aunque “sordida” no sea la palabra más adecuada para algunas de estas historias. En otra carta acompañaba dos fotos en color, en la playa. Ella estaba espectacular en bikini (ya habían aparecido los bikinis, increíble novedad). Encima del bikini llevaba un pareo transparente que permitía ver un poco y adivinar mucho de su cuerpo bien formado y deseable. Lo que me sorprendió fue la aparición en una de ellas de dos niños entre seis y diez años. En la carta me lo explicaba.

UN DÍA EN LA VIDA DE UNA FAMILIA VANTIANA XI


UN DÍA EN LA VIDA DE UNA FAMILIA VANTIANA XI

-Hola Alirina. Veo que ya estáis ahí. Cuéntanos.

-Aquí estamos, Arminido, en el centro de visitantes del zoo. Como puedes ver a través de mi cámara giratoria que llevo en lo alto de la cabeza, con este gorro tan mono, diseñado por nuestro equipo de producción, atado a la mandíbula para que no se escape por ahí, que para eso tenemos a nuestros drones, controlados desde el estudio, aquí no hay mucha gente. No puede haberla porque los vantianos ya no están interesados en los animales. Lo estuvieron al principio, cuando era una novedad, y todo el mundo quería tener en casa una mascota, pero no ahora. Todos están cansados del zoo y de los animales. Solo algún que otro excéntrico, como yo, disfrutamos de una mascota. Y por si fuera poco no sobran créditos para hacer una excursión tan poco interesante, y además hay que solicitarla con antelación, por lo que aquí estamos, sin necesidad de hacer cola. Pronto nos adjudicarán nuestra nave, que no compartiremos con nadie, e iniciaremos un tour sin prisas, disfrutando de cada momento que pasemos entre animales. ¿No es así, Elielina? Porque ustedes son nuestros anfitriones, no les forzaremos a hacer nada que no quieran. Así que si quieren hacer un tour rápido y regresar a casa, nos adaptaremos, este es su día, un día en la vida de esta familia vantiana.

-Gracias por tu cortesía y discreción, querida amiga. Soy una gran admiradora tuya, se puede decir que tu programa es el único que veo de la holovisión oficial. Permíteme que te de un par de besos. Mua y mua. Hemos pensado que no tendría ningún interés ver un día cualquiera de nuestra vida, no hacemos otra cosa que practicar sexo virtual, cada uno por su lado, comer, dormir, salir un poco al jardín para que el sol nos caliente un poco la tripa, cada uno por su lado y charlar con los amigos, a través de una holoconferencia, si es que nos apetece. Gracias a vuestra visita hemos pensado en hacer algo excepcional. A mí particularmente me hubiera gustado hacer un viaja a las montañas Negras y quedarme una semana o un mes. No mucho más porque me cuesta prescindir del sexo virtual y también del menú que me apetezca, servido al instante. Prométeme que si algún día visitas a los granjeros rebeldes, permitirás que te acompañe.

-Prometido. Si es que alguna vez conseguimos el permiso de “H”. ¿Verdad, Arminido?

-En ello estamos, querida Alierina. Sería un bombazo. Esperemos conseguirlo para el décimo aniversario del programa.

-Mientras subimos al transportador destinado para nosotros, nos acomodados e iniciamos el viaje, bien podrías preguntar a nuestros tertulianos qué piensan de los animales, de este zoo y de la relación de los vantianos con los animales.

-Excelente idea…

-No nos olvidemos de que nosotros también somos animales. No nos olvidemos.

-Bueno Artotis, siempre adelantándose a los acontecimientos y tomando la palabra hasta por las orejas. Ya que ha iniciado el turno sin permiso, termine. Díganos lo que piensa usted al respecto.

-No soy historiador pero parece clara que la relación de la especie omeguiana con el resto de especies ha sido una relación depredadora. Estamos en lo alto de la pirámide y desde allí depredamos todo lo que se nos pone a tiro. A lo largo de nuestra historia eso ha sido una constante. Con la razón o la disculpa de que nosotros somos más inteligentes que el resto de los animales, mucho más, los hemos esclavizado y utilizado para todo lo que se nos ocurrió, comida, mascotas, caza, diversión, productos manufacturados, lo que fuera. Tuvo que llegar el Mesías de Omega en su nave para que las cosas empezaran a cambiar. Luego “H” nos dio algunos datos sobre la inteligencia y consciencia animal y nos sugirió un cambio drástico de comportamiento para con ellos. El comparar su inteligencia artificial, no inferior a la nuestra, según él, y la inteligencia animal, distinta a la nuestra, pero no tan inferior como pensamos, fue una jugada maestra, puesto que nadie podría poner en tela de juicio la inteligencia animal sin poner también la suya. Mi opinión al respecto es clara, somos tan animales como ellos y si hemos alcanzado la cúspide de la pirámide evolutiva se debe en parte a la casualidad y en parte a la intervención de inteligencia extraomeguiana. He sentido curiosidad y he estudiado los archivos de “H” al respecto. Mi humilde conclusión es que nos oculta algo importante. También los archivos sobre la historia-leyenda del Mesías de Omega están manipulados, a mi juicio y tengo poderosas razones para pensar así. Por otra parte me gustan las mascotas y tengo varias, entre ellas una maravillosa caeros, muy cariñosa, que me ayuda a soportar esta vida miserable. Buena parte de mis créditos los empleo en solicitar de “H” que mantenga su entorno con nieve artificial cuando no la hay natural y que siga prolongando el alquiler de unas colinas arboladas donde mi buena caeros, que se llama Caerina, por cierto, pueda disfrutar de la vida a plena satisfacción. No me vendría mal que me subiera usted el sueldo, Arminido, y me facilitara cuantos créditos sobren en la producción del programa. Debido a Caerina resido lejos de Vantis y me gasto mis buenos créditos en los viajes al plató de este programa. Eso deberían pagarlo ustedes. ¿No cree?

-Se hablará a su debido tiempo y fuera del programa. Hoy se ha comportado, ha sido bastante escueto, aunque la mención de sus problemas personales es algo extemporáneo.  Y ahora pasemos a usted, señora Herminiani. ¿Qué piensa de los animales y de la relación que mantienen con ellos los vantianos?

-Soy decidida partidaria de la vuelta a la naturaleza, y por tanto al contacto directo con los animales. Creo que ayudaría a superar ciertos trastornos de conducta, patologías muy preocupantes, que se advierten en Vantis y en Omega en general. A pesar del gran trabajo de “H” curando y reparando físicos y psicologías durante el sueño nocturno, mucho me temo que algunos insidiosos trastornos permanecen y los supuestos cambios en la estructura cerebral que realiza “H”, cuyos detalles ignoro porque se niega a facilitar datos, manteniendo este terreno bajo la etiqueta de secretos de Estado e impidiéndonos a los ciudadanos acceder a ellos, a pesar de la ley de transparencia decretada por nuestro Consejo Planetario, es muy posible que acaben pasándonos una buena factura. Se ha datado en viejos archivos cómo la relación con mascotas mejoraba notablemente la psicología de los omeguianos. Es una pena que tan sabia y sana conducta se haya perdido salvo en algunos casos como el de nuestro compañero Artotis, por quien expreso mi admiración en este caso, y que no sirva de precedente. En cuanto a los animales en sí, soy de los que piensan que si un formato tan paupérrimo como el nuestro, animales estúpidos donde los haya, consiguió alcanzar la evolución que vemos ahora mismo, no veo razón sólida para pensar que se podría conseguir lo mismo y mejor en otros animales de Omega, la mayoría. Por lo que desde aquí propongo  solicitar a “H”, recabando firmas de nuestros holovidentes, que inicie un estudio para elevar la inteligencia y la consciencia de todos los animales, comenzando por enseñarles a hablar el omeguiano, porque ellos tienen su propio idioma, aunque no lo entendamos o queramos entenderlo y ese sería otro paso esencial para mejorar nuestra relación con ellos. Desde aquí propongo un lema para la campaña “más relación con tu mascota y menos lanzar la pelota en el mundo virtual”.  Y creo que esto se podría tratar en un próximo programa. Y creo que…

-Lo siento Herminiani, pero nos piden paso desde el zoo.

ALGUNAS HISTORIAS SÓRDIDAS XLV


El pub que era el objetivo de aquel desatino estaba abierto, creo recordar que aún quedaba luz, no había oscurecido del todo. No había mucha gente. Menos mal, pensé para mi coleto. Se lo dije, vámonos, no hay nadie, es una tontería ponerse a dar aquí cadenazos. Debió de enfadarse un poco, me tomó del brazo y me llevó al mostrador donde pidió dos copas. Seguramente yo pediría una cerveza, la bebida menos peligrosa para mezclar con la medicación. Puso los paquetes sobre el mostrador. Uno de ellos estaría tan mal atado que podría verse la cadena. No importaba. Me pregunté si habría pensado en la posibilidad de que le dieran una buena tunda, dado el estado en el que se encontraba. Pero lo que más me preocupó fue que acabara hiriendo gravemente a alguien o tal vez lo matara. ¿Su oscuridad mental era tal que no se daba cuenta de que herir o matar a alguien, teniendo pendiente un juicio por homicidio, era condenarse a pasar media vida en prisión? ¿Y yo? ¿Qué pasaría conmigo? Perdería el trabajo, si no acababa en prisión. Justo cuando estaba a punto de salir el concurso de traslado.

No quiero pensar en lo que podría haberme ocurrido. Este es uno de los episodios que elegí en el esbozo de una novela sobre mi vida, donde en las encrucijadas por las que he pasado, tomaba una decisión distinta a la que tomé en todas estas circunstancias. Confieso que la idea de esta novela, estos argumentos, me atrajeron mucho. Era la perfecta mezcla de realidad –lo que yo había vivido- con la ficción –lo que no experimenté porque la decisión fue la que realmente tomé y no la otra que pude haber tomado. Finalmente abandoné la idea porque me hacía sufrir mucho. Lo cierto es que de haberme quedado todo podía haberse complicado hasta el punto de terminar en comisaría y una denuncia por el delito correspondiente seguro que me hubiera privado de mi trabajo. En esta encrucijada el otro camino, el que no tomé, hubiera trastocado todo, absolutamente todo lo que ha sido mi vida hasta este momento.

Recuerdo vagamente que bebí algo de la cerveza mientras daba el último toque a M. Era consciente de que la línea roja estaba delante de mis ojos y mis narices casi podían tocarla. Un ligero movimiento y la traspasaría. Por eso, haciendo un hercúleo esfuerzo de voluntad tomé la decisión. Salí de estampida. Los camareros y M debieron de quedarse de una pieza viendo correr a aquel gordo con una agilidad impropia de sus kilos. No me detuve a pagar la consumición, era dar una bocanada al destino que podía aprovecharla rematándome. No sé cuándo dejé de correr y cómo llegué a mi casa. No tengo ni idea de dónde estaba aquel pub y si fuimos en taxi, en autobús o en metro, o incluso andando. Estoy tentado de decir que nunca supe lo ocurrido, pero mentiría.

No sé cuántos días después M apareció a la puerta del piso. Sí recuerdo que estaba el patrón, porque yo nunca abría la puerta a nadie, no era mi casa. Me dijo que llevaba muchos días sin dormir y que ya no podía más, se estaba volviendo loco. Le pregunté qué había pasado en el pub y se rió, estaba muy borracho. Al parecer dio unos cuantos cadenazos por allí y se marchó sin más, sin prisas. No, no hubo muertos, solo se trataba de armar un buen lío, nada más. No sabía si la policía le buscaba o si los camareros le podían identificar. Aquello era más de lo que mi mente alucinada podía soportar. Le pregunté qué quería de mí y me dijo que necesitaba de mis pastillas para poder dormir. Le dije que no cargaría su muerte sobre mi conciencia, la mezcla de mis pastillas con alcohol podrían matarle. Insistió y yo me mantuve irreductible. Cuando se marchó mi patrón me apretó el brazo y me dijo con voz conmovida que había hecho muy bien.

Y aquí llega la tragedia que anuncié, esperpéntica porque todo lo ocurrido era un puro esperpento, lo que no alivia para nada la carga de semejante tragedia. Ahora me pregunto si lo de ir a dar cadenazos al pub fue cosa suya, el delirio de un alcohólico, o se lo encomendó el capitán. Teniendo en cuenta que había intentado reclutarme, a mí, un enfermo mental, todo me parece posible. De haber sido M un enfermo mental podría plantearme que todo aquello no era sino un delirio, pero los alcohólicos no deliran salvo que estén sufriendo un delirium tremens y él no lo estaba sufriendo, lo sabía muy bien porque ya había presenciado uno. Me fui a la cama con el miedo en el cuerpo, aquella noche iba a ocurrir cualquier cosa, mala, por supuesto.

Debieron transcurrir varios días hasta que recibí una llamada en el trabajo. Era la esposa de M. Su marido aquella noche aciaga había conseguido las malditas pastillas. No sé dónde, aunque supongo que en una farmacia. Es difícil saber cómo se las arreglaría. Tampoco sé si se trató de somníferos o algo más fuerte. Me inclino por lo primero porque ningún médico le habría recetado ni siquiera somníferos. Tal vez se encontró con un empleado de farmacia que se lo quitó de encima con una caja de inocuos somníferos. No me imagino que encontrara a alguien que entrara por él a una farmacia, ni que poseyera una receta en blanco que él mismo rellenara. Nunca hasta ahora me había planteado la posibilidad de un intento de suicidio, pero no puedo descartarlo. Le había advertido claramente de que mezclar pastillas y alcohol era como arrimar un mechero a un cartucho de dinamita, lo más fácil es que explote. Él lo sabía y sin embargo lo hizo. Entiendo su disculpa del insomnio, pero todo alcohólico sabe muy bien que el alcohol le va ir quitando el sueño hasta llegar a un insomnio severo y crónico. Por otro lado el tema judicial que pendía sobre su cabeza como una espada de Damocles necesariamente iría erosionando su psiquis hasta llegar a un estado de permanente angustia. Si M fuera uno de mis personajes de ficción me tendría que plantear muchos aspectos de su psicología para hacerlo creíble. Lo que me había contado del disparo al ladrón y su muerte necesariamente tenía que ser verdad. No resultaba verosímil lo contrario. Una mentira sin ton ni son no venía a cuento. Y sin embargo tras el numerito del capitán de los servicios secretos y aquella especie de asalto berlanguiano al pub, la historia del chorizo abatido al intentar robar en un almacén podría ser puesta en solfa. Nada de todo aquello poseía el menor sentido. Si fuera uno de mis personajes buscaría una línea lógica en su conducta.

Suponiendo que hiciera pequeños “trabajos” para los servicios secretos, por los que cobraba un dinero mensual, esto le pasaría una seria factura a su psiquis. El no parecía uno de esos canallitas sin moral que hacen cualquier cosa sin importarles las consecuencias porque han perdido el norte y los demás han perdido para ellos su condición de seres humanos, lo mismo que ellos mismos, por lo que solo se trata de una lucha de depredadores en la selva, si el otro es más fuerte, me retiro, si puedo ganar, lucho y si soy astuto eso ayudará. Es curioso que después de tantos años me resulte complicado hacerme una idea de su catadura moral. Me sigue pareciendo una buena persona, bondadosa, bonachona, eso sí, con un carácter muy débil, fácilmente manipulable, pero teniendo en cuenta lo que entonces sabía sobre los alcohólicos y lo que ahora sé sobre ellos y los drogadictos, por experiencia directa en el trato, me consta hasta que punto de degradación pueden llegar. Todo lo subordinan a su provisión diaria de alcohol o droga. De acuerdo a su carácter pueden ofrecer mayor o menor resistencia a cruzar cualquier línea roja pero la tentación siempre es muy fuerte, casi irresistible. Por un lado el haberse prestado para mi reclutamiento e intentado arrastrarme hacia la violencia más estúpida me hace pensar que había cruzado ya algunas líneas rojas, de esas con las que yo nunca contemporizo. Pienso, ahora, que incluso pudo hablarle al capitán de mí con alguna malévola intención, porque no encuentro otra explicación para que aquel supiera de mí. Por otro lado todo lo achaco a su necesidad imperiosa de dinero para conseguir su alcohol cotidiano. Lo que a su vez me hace plantearme hasta qué punto estaba siendo manipulado por aquel paródico agente de los servicios secretos. Algo así como el policía y el chivato de turno.

En cuanto a su esposa, no me queda otra que imaginarme su situación. Conviviendo con un alcohólico, algo casi tan infernal como convivir con un enfermo mental, o más. Surge el tema del posible maltrato. Un hombre que, por muy borracho que esté, dispara contra un ladrón desarmado y puede liarse a cadenazos sin motivo, tiene clara tendencia a la violencia. Algo que no veo razón poderosa para pensar que no pudiera ocurrir en el ámbito doméstico. A pesar de su dulzura, aquella mujer, tenía que saber perfectamente lo que podía esperar de su marido y en qué andaba metido. El miedo estaba omnipresente en su vida y también, por supuesto, la imperiosa necesidad de proteger a sus hijos y a ella misma frente a las inclemencias de la vida. En aquellos tiempos, y también en estos, aunque quiero creer que menos, una mujer sin trabajo necesitaba el sometimiento a su pareja para sobrevivir. Sin embargo el recuerdo que tengo de ella me hace pensar más en uno de esos enamoramientos ciegos que soportan todo porque están convencidas de que el amor es un valor supremo al que someten su vida hasta convertirla en un infierno. Si ambos fueran personajes de alguna de mis historias me vería obligado a hacerme muchas más preguntas y a buscar una lógica en sus psicologías. Como no lo son, solo me guía la empatía hacia otros seres humanos. Necesito comprenderlos. Si su presencia en mi vida hubiera sido la de personas a las que conoces de refilón, como un testigo que contempla una escena desde lejos, no aparecerían en esta historia, pero lo quiera o no forman parte esencial de ella puesto que han dejado una marca indeleble que sigue perdurando después de tantos años.

Su esposa me suplicó –y esa es la palabra exacta- que fuera a verlo al hospital. Tras mis experiencias ya narradas, lo que menos deseaba era involucrarme en vidas ajenas marcadas por la desgracia y el destino. Yo mismo necesitaba mantenerme a flote en aquella tormenta perfecta que parecía iba a durar el resto de mi vida. Supongo que me conmovió. Siempre me conmueven las buenas personas que sufren y que me piden algo que está en mi mano. De nuevo me presenté en otro hospital, a la hora de las visitas. Ya desde lejos pude verlos a la puerta de su habitación. El estaba en silla de ruedas y ella a su lado. Conforme me acercaba ya supe que algo iba mal, muy mal, porque M no me saludaba con la mano ni hacía el menor gesto de reconocimiento. Ella se adelantó, nos saludamos y me comentó que había estado en coma, que había despertado con terribles secuelas, no podía moverse, no podía hablar y tampoco reconocía a la gente, al menos de momento. Me acerqué hasta la silla de ruedas, me acuclillé para situarme a la altura de sus ojos y le pregunté directamente si sabía quién era yo. No me respondió. Me miró, pero en sus ojos pude ver el vacío. No creo que me pudieran las lágrimas, por desgracia ya había perdido el don de las lágrimas, no lloraba por nada, era como un pedrusco deprimido. Eso era yo. Lo que sí debí hacer fue tomarle la mano y decirle algunas palabras cariñosas. Esa es una faceta de mi carácter que siempre me ha ayudado a pensar que en el fondo soy un hombre bueno. La escena no pudo durar mucho, no tenía sentido prolongarla. Me despedí de él como si fuera un adiós definitivo, un largo adiós, parafraseando el título de la novela de Chandler, solo que en este caso se trataba de un corto adiós porque nuestra relación había sido muy corta y no muy profunda ni intensa. Le había conocido por casualidad, había intentado echarle una mano en la medida de mis posibilidades y me había dejado liar en algunos episodios esperpénticos debido a mi carácter y a mi condición de enfermo mental. Eso fue todo. Sin embargo ellos, tanto M como su esposa, debieron de haberme tomado cariño porque me habían tratado como un amigo íntimo. Ahora me planteo la posibilidad de que ella me suplicara de aquella manera pensando que tal vez mi presencia le ayudara a recordar, a recuperar un “yo” que parecía haberse perdido en la niebla.

Me marché no sin antes decir las típicas palabras de consuelo que uno suele dejar caer en estos casos, aunque no se las crea. Porque yo no creía que M saliera de aquel trágico episodio. Parecía un vegetal. La mezcla de alcohol y pastillas debía haberle dañado seriamente el cerebro. Aquella era una terrible tragedia, casi griega, y al mismo tiempo era una especie de esperpento valle-inclanesco o berlanguiano. La distancia entre tragedia y comedia solo está en los ojos del espectador, los hechos son los mismos. Recuerdo bien que salí de aquel hospital pisando mi alma, que llevaba arrastrando por el suelo, como si fuera mi sombra.

No volví a verle, primero porque su esposa no volvió a llamarme, y segundo porque faltaba ya muy poco para que me mudara a León. De hecho creo que en parte accedí a verlo porque era la despedida del cementerio, ya nunca volverás y si lo haces será solo para recordar, porque aquel al que despediste ya no está entre nosotros. Ya sabía que me habían concedido el traslado y solo era cuestión de cesar en mi puesto y hacer la mudanza. Algo que debí hacer en tren. En aquellos tiempos no recuerdo una sola mudanza que hiciera con una empresa de mudanzas. Ni siquiera me lo planteaba. Entonces como ahora, eran muy caras y a mí no me sobraba el dinero, gastado en otros y en mis caprichos, libros, discos, espectáculos. Me imagino llevando todas mis cosas en taxi hasta la estación de Atocha y allí subirlas en el tren a León, dejándolas en aquel espacio amplio que había en los tranvías, acumulando las cajas, unas sobre otras. Puede que muchos viajeros protestaran, pero me importaba un pimiento, como todo. Debí de permanecer todo el viaje de pie o sentado en alguna de aquellas cajas, para vigilar que nadie se llevara algo, como al descuido. A pesar de ello perdí algunos libros interesantes. En aquellas mudanzas de mi estancia en Madrid perdí bastantes libros, algo que lamenté porque ellos eran ya mis únicos amigos. No entiendo cómo pude llevar tantas cajas hasta la casa de mis padres, donde iba a vivir. Puede que hiciera más de un viaje en taxi porque lo que es seguro es que mi padre no estaba allí para echarme una mano. Me habían ocultado su enfermedad. Padecía un cáncer de intestino con el que llevaba luchando ya unos años. No me habían dicho nada porque esas cosas no se le dicen a un enfermo mental que además ha intentado suicidarse tantas veces y con tanta persistencia. Allí me encontré con otra tragedia que me pilló por sorpresa. Asistí a los últimos momentos de mi padre, que pudieron ser meses, y recogí –bonita expresión- su último aliento en el hospital.

UN DÍA EN LA VIDA DE UNA FAMILIA VANTIANA X


UN DÍA EN LA VIDA DE UNA FAMILIA VANTIANA X

-No estaría mal que trataras el tema del Mesías de Omega en un próximo programa. Fue una encrucijada crucial en nuestra historia. ¿No crees, querido Arminido?

-Sí lo creo, sí, y producción se pone a ello desde este momento. Pero permíteme continuar con la historia de los animales en Omega antes de que lleguéis al zoo. Como decía el trato a los animales cambió sustancialmente cuando la nave extraterrestre que portaba a nuestro legendario Mesías aterrizó en Omega, concretamente en el Valle de la muerte, donde tuvo lugar la batalla más cruenta de nuestra historia, que a punto estuvo de acabar con toda vida sobre el planeta, incluidos animales, utilizados  en la batalla de muy diversas formas. Nuestros ancestros consideraban a todos los animales como rica comida, o si no era tan rica, como bestias de carga, animales domésticos defensivos, ponedoras de huevos o lo que fuera que hicieran bien y en provecho de la especie dominante. Ni se pensaba que pudieran tener la menor consciencia o inteligencia. Algo que no cambió sustancialmente hasta que HDM-24, nuestra amada inteligencia artificial, se hizo cargo de todos nosotros. Entonces muchos pensaron, y con razón, que si una máquina tenía inteligencia, los animales deberían poseerla asimismo, solo que nadie la había visto hasta entonces. Signo inequívoco de que los omeguianos no éramos tan listos como nos considerábamos.

“Aún así costó mucho cambiar el trato que se dispensaba a nuestros hoy amados animales. Hasta que el bueno de “H” no se hizo cargo de nuestra alimentación y logística, descargándonos de la afanosa y a menudo brutal busca de alimento, no se logró que se dejaran de cazar animales. Hubo una etapa en la que coexistieron feroces cazadores aficionados, que cazaban por placer y defendían este placer con uñas y dientes, y animalistas guerreros que no dejaban de poner trampas a los cazadores y cuidar de los animales como si fueran sus propios hijos. Recordarán ustedes, queridos holovisores –y si no recuerdan vean las películas históricas creadas por “H” con actores virtuales- que por entonces nuestra Inteligencia Artificial se iba haciendo cargo de todo. Aprovechó este conflicto para hacerse cargo también de la seguridad, generando una multitud de robots que conformaron los primeros cuerpos de seguridad. Dotados de un prodigioso sentido del humor, cuando éste no era suficiente actuaban con contundencia, durmiendo a los alborotadores y confinándoles en sus domicilios. Promulgó la primera ley animalista y procedió a buscar una solución al gran problema que se planteó cuando los animales dejaron de ser comida y esclavos de la especie omeguiana y nadie sabía qué hacer con ellos. Por desgracia para entonces muchas especies animales y vegetales ya habían desaparecido, depredadas por inconscientes y brutales ciudadanos. Las que aún sobrevivían fueron protegidas en el gran zoo de Vantis, el mayor del planeta, y otras, de territorios más alejados, fueron asentadas en grandes reservas y parques naturales, protegidas por robot forestales y ecológicos.

“Solo el territorio de las Montañas Negras quedó tal cual, protegido por el gran rio Negro, convenientemente adoptado por “H” para que se mueva en círculo, de forma tal que ningún animal de dicho territorio lo pueda atravesar. Los granjeros que deseen salir de la gran reserva o el resto de los ciudadanos que quieran llegar hasta allí para convertirse en granjeros pueden hacerlo a través de prodigiosos puentes, obras maestras de ingeniería solo al alcance de una inteligencia artificial como la que nos cuida, un complejo artilugio que solo permite el acceso a omeguianos, repeliendo a los animales que sufren pequeñas descargas eléctricas que les producen cosquillas, algo que ningún animal soporta, porque la risa no es lo suyo. Las aguas del rio Negro dan una vuelta completa al circuito y luego discurren hacia el mar, como todos los ríos. Es todo lo que “H” se ha permitido cambiar de la naturaleza del planeta, cuidando cada flor con amor paternal.

“Así pues, quienes quieren ver la naturaleza en estado salvaje, primitivo, solo la encontraran allí. Como saben las visitas turísticas están prohibidas y solo quienes quieren realizar estudios en disciplinas universitarias consiguen a veces salvoconductos o permisos.  Resumiendo. Todos los animales del planeta permanecen ahora en los zoos, reservas o parques naturales establecidos por “H”, salvo en las Montañas Negras, como acabo de decir. En un principio también existieron animales mascotas, previo permiso de nuestro sapiente y amoroso “H”, cuando aún los omeguianos no habían descubierto el “dolce far niente” –expresión curiosa que he descubierto en los archivos políglotas de nuestra inteligencia artificial y que al parecer procede de un planeta llamado Tierra, del que no se sabe nada, ni su lugar en el Cosmos. Esta expresión viene a significar “el dulce hacer nada” y define perfectamente la vida de todos nosotros desde que “H” se hizo cargo de todo. Las mascotas fueron algo muy socorrido, como los huertos y jardines. No había familia que no tuviera su mascota entrenada previamente, lo mismo que no había casa sin su correspondiente jardín o huerto. Daba gusto ver a las mascotas correteando por los jardines o a la sombra de los árboles que se plantaban casi con fiebre. Bueno, eso de ver es una metáfora, porque yo no vivía entonces, lo mismo que ustedes.

“No muchas generaciones después aquella fiebre se convirtió en somnolencia y apatía. Las mascotas fueron descuidadas y abandonadas, lo mismo que los jardines y huertos, se dejaron de plantar árboles y el bueno de “H” asumiendo competencia tras competencia ya no solo había asumido la alimentación, la logística, la seguridad, la salud, también se hizo cargo de los animales abandonados, de los jardines, de los huertos, de la construcción  de los nuevos hogares y hasta de la política internacional. Recordarán ustedes, si han leído los archivos históricos o visto las películas holográficas de la serie histórica, que fue por aquel entonces cuando se produjo el intento de invasión de los noctorianos. Noctor, el planeta guerrero, llevaba siglos conquistando planetas del cuadrante –como así es llamado, desde tiempos inmemoriales, este sector galáctico, yo no sé por qué, si alguien lo sabe, que llame al programa-  y creando un imperio militar, dictatorial y aterrador. Pero nuestra inteligencia artificial, portentosamente diseñada por Helenio de Moroni, ya llevaba mucho tiempo preparándose para este previsible evento. Nada había dicho, nada se sabía, pero cuando llegó el momento descubrimos que el planeta estaba protegido por estaciones defensivas, poseedoras de un nuevo y terrible invento militar que luego se aplicaría también a fines civiles, los llamados rayos Omega. Los noctorianos fueron derrotados, humillados y el planeta Omega fue puesto en cuarentena, terminando de esta manera con el largo periodo en el que fue el planeta turístico por excelencia, visitado por todos los ricachos del cuadrante, quienes disfrutaban de nuestra maravillosa naturaleza, al tiempo que dejaban sus créditos y nos hacían más y más ricos.

“Pero todo esto y mucho más se lo iremos contando en otros programas que ya están siendo diseñados. Lo que hoy nos importa es hablarles de cómo son sus vidas y de lo mucho que se pierden al no usar todo lo que tienen a su disposición, en este caso el zoo de Vantis, donde nuestra intrépida reportera y nuestros amables anfitriones acaban de tomar tierra en el centro de visitantes del zoo.

EL GATO QUE HABLA


EL GATO QUE HABLA

Ya había visto de todo en los vídeos virales sobre animales: un gato que parecía decir me ahogo mientras su estúpido dueño hacía como que le iba a ahogar en una piscina; otro gato que había aprendido a abrir la puerta de su casa para invitar a sus amigos, otros gatitos; un perro que tocaba el piano y montones de animales hablando como los humanos en estúpidas películas. Por eso no me preocupó demasiado que alguno de mis contactos más queridos de wasap, a quienes había enviado el vídeo de mi gato hablando como los humanos, en español, tuviera la desfachatez de subir el vídeo a youtube sin decirme nada. Pensé que no ocurriría nada. A mí también me habían mandado un vídeo en el que un gato hacía una especie de chiste sobre la pandemia hablando con la voz de un niño, claramente editada.

Las cosas más extrañas ocurren de la forma más simple. Mi relación con Zapi, como se llama mi gato, no fue fácil porque yo era un mascotero primerizo y porque los gatos son muy suyos, necesitan mucho, mucho tiempo, para coger confianza con un humano, lo que no significa que ya sean amigos de todos los humanos. Los gatos piensan, y con toda la razón del mundo, que no todos los humanos son iguales y si yo le demuestro que soy digno de confianza, los demás humanos tendrán que hacer lo mismo o no son aceptados. Pasados muchos meses durante los cuales le di de comer todos los días, dejé que entrara y saliera de mi casa, ahora la suya, le acaricié cuando él quería y no cuando a mí me apetecía, que durmiera en mi cama, ahora la suya, si le apetecía y si no, no, comencé a hablarle como si me entendiera, lo que era cierto, al menos en lo que a él le interesaba. Cuando estábamos juntos dejaba de ver la televisión o de leer para hablarle de todo un poco. Dicen que los gatos solo maúllan con los humanos, porque entre ellos no lo necesitan, se dan besitos en los morros, transmitiéndose todo lo necesario con sus bigotes y cuando necesitan un informe más detallado se huelen el culete. Mi gato comenzó a hablar conmigo en el lenguaje gatuno. Yo entendía lo básico, quiero comer, ábreme la puerta, gracias por la comidita rica que me has dado hoy…Me sorprendió mucho que en un momento determinado iniciara lo que yo llamaría la transición al lenguaje humano. Imitaba la cadencia de mi voz, sus maullidos se convirtieron en un lenguaje casi humano, salvo porque en lugar de palabras utilizaba sus sonidos gatunos. Con el tiempo observé que alguno de sus maullidos era casi una palabra humana. Le preguntaba si estaba bien y él me respondía bien, era inconfundible, en gatuno pero inconfundible. Sin darnos cuenta los dos llegamos a una comunicación básicamente humana con sonidos gatunos y en castellano. Muchos se sorprenden de que los animales no hablen. Craso error, hablan, solo que en su propio idioma. Nadie le diría a un ruso que no es inteligente porque hable en ruso y nosotros no lo entendamos, o a cualquier otro habitante del planeta porque se exprese en un idioma que no es el nuestro. Lo mismo pasa con los animales, hablan en su propio idioma y porque no lo entendamos no significa que no sean inteligentes. Con un ruso, por ejemplo, haríamos gestos para indicarle que tenemos hambre o que nos regale una botella de vodka, luego pasaríamos a imitar sus palabras rusas más comunes, como … sí esa palabra que significa a tu salud o algo parecido y que ahora no recuerdo, aunque la tengo en la punta de la lengua.

Así comenzamos a entendernos, hasta que un día me quedé pasmado cuando mi gato dijo dos o tres palabras humanas en lenguaje gatuno. No tenía a mano el móvil y no pude grabarle, pero en la siguiente ocasión sí que lo estuve y le grabé. Entusiasmado por los progresos de mi nene, envié la grabación a todos mis contactos y esto fue el fin del principio y el principio del fin. Alguien, no sé quién, lo subió a youtube, el vídeo se hizo viral y aquella fue la revolución gatuna y animal. Todos los dueños de mascotas les hablaron a las suyas, no como hacían siempre, como si fueran tontas y nunca serían capaces de aprender nada, sino como se habla a un bebé, que tiene que aprender pero que lo hará, solo hay que darle tiempo. Cuando un terror extraño, a que descubrieran que el gato era mío e intentaran robarlo o matarlo o hacer conmigo otro tanto, se apoderó de mí, me refugié en casa con Zapi y a cada minuto me informaba de lo que estaba pasando. No pasó nada, bueno al menos a mi gato y a mí, porque lo que es pasar, pasó de todo. Muchos otros animales aprendieron a hablar humano básico y sus grabaciones acapararon youtube. Los animalistas difundieron un manifiesto sobre los derechos de los animales, con el que todos los animales estuvieron de acuerdo y la mayoría de los humanos, aunque algunos no, los más retrógrados y salvajes. Se decidió que se dejaría de matar y comer a cualquier animal y se les trataría como las personitas inteligentes que eran, necesitadas de nuestra ayuda y cariño. Eso produjo una revolución en la alimentación, que ya se había iniciado con las hamburguesas veganas y los experimentos en laboratorios para lograr carne artificial. La alimentación humana cambió radicalmente, pero a los animales no se les convenció tan fácilmente, despreciaban la carne artificial, hasta mi gato prefería comerse un ratoncillo que pienso imitando la carne o el pescado. Pero con el tiempo todos comprendieron que si no querían matar a sus semejantes deberían aceptar la nueva alimentación. Y todos la aceptaron, exceptuando a los irracionales de siempre. Desaparecieron todos los cazadores, excepto algunos furtivos. Desparecieron los toros y las peleas de gallos y todas esas bestialidades. Cuando mi amigo, el difundidor del vídeo, confesó la verdad y dio mi nombre, ya era tarde, gracias a Dios, no interesé a nadie y me quedé tranquilamente en casita, hablando con Zapi y con los animales que pasaban por aquí. Sin poder evitarlo mi casa se hizo un lugar de peregrinación para todos los animales. No me llegó la pensión para alimentarlos a todos y tuve que pedir ayuda por Internet. Ahora soy feliz hablando con cualquier animal que quiera hablar conmigo y nadie me llama loco porque todos hacen lo mismo. Y colorín colorado, este cuento moralista se ha terminado.

ALGUNAS HISTORIAS SÓRDIDAS XLIV


Cuando salí de la casa de M, muy afectado, no era capaz de hacerme estas preguntas. Estaba tan nervioso y angustiado que seguramente me fui directo a la cama, como hacía siempre, para dejar que pasara el tiempo y con la distancia cronológica llegara la calma. Debí pensar que aquello había sido una escena esperpéntica, que me había tocado a mí, porque en aquella época me tocaba todo. Pero no fue así. Lo que me indica que yo no había sido un tonto útil al que se encuentra por casualidad. La intervención del capitán me hace pensar que me habían echado el ojo para algo que necesitaban y tal vez me iban a preparar, organizando pequeñas trampas para ver cómo reaccionaba y dirigirme hacia la meta que tenían planificada.

Continué yendo a trabajar todos los días, procurando hacer bien mi trabajo y que no ocurriera nada que me impidiese regresar a León cuando saliera el concurso de traslado. Me he pasado buena parte de mi vida intentando no cometer errores que complicaran mi anónima existencia y siempre muy atento a los acontecimientos más o menos predecibles que podían terminar en tragedia. Es algo que ya no puedo evitar. He adquirido un cierto olfato para oler el rastro de los infortunios que me siguen como perros de presa. En aquel momento sabía que de no conseguir salir pronto de Madrid mi vida iba a terminar muy mal. Intentaba regresar al anonimato donde me había ido mucho mejor que en mi meteórico camino como personaje público. Procuraba hablar lo menos posible, conocer a la menor gente posible, mirar lo justo y necesario a otras personas o a mi alrededor, porque no sabía de dónde podría venir el próximo mordisco.

Por eso aquella tarde tuve la ominosa intuición de que si no andaba listo me iba a meter en un buen “fregado”. Había quedado con M para tomar un café en una terraza. Me daba pena su situación, pendiente de un juicio que le podía costar muchos años de cárcel, en las garras de aquel capitán que le estaba manipulando a su antojo, bien porque necesitara imperiosamente dinero o porque su lucidez mental estaba tan menguada por el alcohol que podían convencerle casi de cualquier cosa. Sabía que no podía hacer mucho por él, pero sí era consciente de que tal vez fuera la única persona en aquel momento que podía atenuar el final funesto que ya se atisbaba en el horizonte. Por eso decidí acompañarle a la ferretería a comprar unas cadenas que no sabía para qué demonios iba a necesitar. Por supuesto que se lo pregunté. Cuando me lo dijo pensé que se había vuelto loco. Al parecer se trataba de ir a un pub para dar unos cadenazos a diestro y siniestro. No a unas personas determinadas por algún motivo. Era una encomienda de los servicios de inteligencia para armar jaleo. No tengo claro ni creo que él lo tuviera tampoco si se trataba de hacerse pasar por ultraderechistas, tal vez guerrilleros de Cristo Rey, para dar razones a las fuerzas de seguridad para llevar a cabo un dispositivo contra grupos o personas contra las que no tenían nada de momento. Tampoco estaba claro si los dueños del pub eran izquierdistas a los que se quería amedrentar por algún motivo. El no lo sabía y yo menos. Se trataba de cumplir un trabajo por el que iba a ser pagado. Eso era todo. No podía creer lo que veían mis ojos. M era un hombre con pinta de buenazo, ¿no se daría cuenta de que ir a dar cadenazos a un pub, a quien allí se encontrara, tal vez provocando serias heridas o incluso la muerte de alguien, era una auténtica locura?

Tuve que plantearme seriamente si M era un canalla redomado o un pobre hombre. Y decidí que no era un canalla, no podía serlo. Solo un hombre desgraciado que había caído en una adicción tan mortífera como el alcoholismo, tal vez debido a las circunstancias o más probablemente a una terrible debilidad de carácter. No puedo achacar a la medicación, a la espantosa depresión que seguía arrastrando o al desgraciado acontecimiento que me había ocurrido no mucho tiempo atrás. Y no puedo hacerlo porque antes me había comportado de forma parecida en circunstancias no muy diferentes, como era el caso de mi amigo A, de quien hablo en el libro anterior de estas historias sórdidas. Y he continuado haciéndolo a lo largo de toda mi vida, aunque sí con mucha mayor prudencia y lucidez. Creo que me salvó la increíble lucidez mental que siempre me ha acompañado, incluso en los momentos más oscuros de mi vida. Esa lucidez me ayudó a tomar la decisión correcta. Puesto que no me veía con fuerzas para abandonarle a su suerte, al menos tracé una clara línea roja. Procuraría hacerle desistir de su locura con argumentos razonables, pero sobre todo con mucho cariño. Desde esta distancia temporal, casi abismal, debo reconocer que sentía afecto por él. La pena me roía por dentro, por él y por su familia, su adorable esposa y sus hijos. Haría lo que estuviera en mi mano, pero no presenciaría los cadenazos y mucho menos participaría en ellos. Hoy casi me entra la risa ante la posibilidad de que yo extendiera la cadena y empezara a hacer molinetes, sin importarme a quién pillara. Eso no formaba parte de mi carácter. Podía ponerme una pistola en la sien y apretar el gatillo, pero jamás haría daño a nadie, menos a víctimas inocentes.

Le acompañé a una ferretería para que comprara las cadenas. Compró dos juegos que pidió le envolvieran en papel de periódico y ataran los bultos con cuerda. El vago recuerdo me dice que él estaba ya muy borracho y que farfullaba al hablar. Me mantuve a discreta distancia, como si pensara que el dependiente me podría tomar por otro cliente sin relación. Al salir de allí  M abrió un paquete con una navaja y me enseñó, en plena vía pública cómo manejar una cadena sin que se me enredara al cuerpo o lo que es peor, que yo mismo me hiciera daño al hacer los molinetes. En ese momento me planteé salir corriendo, porque esa era casi la línea roja que me había marcado. Decidí esperar un poco más, apurar hasta que tuviera que tomar la decisión, sí o sí. Creo que lo hice más por darme tiempo para conseguir fuerzas para realizar el acto de voluntad que porque pensara que unos pasos más allá o un poco de tiempo más, minutos o tal vez horas, la situación cambiaría, bien porque la borrachera se le fuera pasando o bien porque mis argumentos, especialmente centrados en su familia, hicieran efecto. Era consciente de que aquello no tenía remedio y me limité a acompañarle diciéndome una y otra vez que era hora de salir corriendo.

LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS XXIII


Al día siguiente nevó, como yo deseaba. Me desperté tarde. Mamá no me despertó porque ya me había dicho que durmiera todo lo que quisiera, ya que había llegado muy cansado. Al subir la persiana pude ver que el suelo estaba cubierto de nieve. En el alfeizar había una capita de nieve helada. No pude resistirme a hacer una bola y tirarla a la calle que estaba desierta. Luego me vestí, desayuné solo porque al parecer era viernes y aquel era el último día de escuela antes de las vacaciones de Navidad. Mamá me había preparado un chocolate y me había dejado unos churros que los demás habían comido también para desayunar. Supuse que los había hecho ella porque vi en el fregadero la maquinita de hacer churros. Le dije que quería salir a pisar la nieve y le pregunté dónde estaba el gorro con orejeras que no había llevado al cole porque a ella le pareció que estaba ya un poco viejo para vestir. Me quité el pijama, sobre la camiseta de invierno me puse un niki de manga larga de invierno, un jersey de lana de invierno, los pantalones, calcetines de lana muy gordos, las botas de goma, el abrigo, los guantes y el gorro. Mamá me dijo que no cogiera frío. Salí a la calle. Había caminitos entre la nieve, hechos por las pisadas de los que habían pasado antes y en algunos tramos por la pala de alguien. Miré hacia el techo del edificio donde vivíamos. Había algunos chupiteles que dejaban caer gotas. Me hubiera gustado hacer un muñeco pero seguro que se me quedarían las manos heladas y luego tendría sabañones. Recordé lo mucho que picaban. En invierno siempre tenía sabañones, hiciera lo que hiciera, en los dedos de los pies y de las manos. Llegaba a casa y me quitaba los guantes de lana, empapados, y comenzaba a rascarme los dedos de las manos como un desesperado. Picaban mucho y cuanto más me rascaba, más me picaban. Mamá me decía que no me rascara, que era peor, pero no podía evitarlo. Luego me quitaba los calcetines de lana, también empapados, y me rascaba y me rascaba sin parar. Era curioso pero rascarme me gustaba, aunque luego sangraba y me dolía mucho.

  Me acerco a las escaleras que dan al cine donde he visto tantas películas que me gustan, especialmente las de Jon Vayne, como lo llama papá y que también le gustan mucho a él. Me gustaría ver alguna esta Navidad, pero el problema es que ahora no sé lo que es pecado o lo que no lo es, al menos para mí que estudio para cura. No puedo subir porque están cubiertas de hielo. Regreso y me asomo a la plaza, escondido tras la esquina de nuestro edificio. Veo que en el centro hay un muñeco de nieve muy simpático, con una zanahoria como nariz. No quiero acercarme porque  mamá podría verme, seguro que está haciendo la comida en la cocina y podría verme por la ventana o cuidando de mi hermanito pequeño que no tendrá más de dos años. No quiero pensar en él porque siento celos y eso ahora es un pecado muy grave. Recuerdo que cuando nació me sentí muy mal porque los pocos mimos que había en casa iban para él. Recuerdo que deseaba que se muriera. Ese es un pecado muy grande, un pecado mortal que no confesé cuando hice la primera comunión con aquella niña tan guapa, la hija del zapatero del pueblo. Me pasó una cosa muy rara cuando iba con ella caminando por el pasillo central hacia los primeros bancos. La pilila se estiró, se hizo muy grande y se puso gorda y sentí un placer que nunca había sentido. No sabía lo que era y sigo sin saberlo pero me pareció que era un pecado mortal. Debí haber salido corriendo para confesarme, pero comulgué sin hacerlo y eso era aún un pecado mucho más grande. No he confesado en el colegio aquellos pecados y eso significa que no he dejado de comulgar en pecado mortal. Voy a ir al infierno. Pienso que allí no se estará tan mal si hace tanto calor como dicen, sobre todo al principio. Ahora me gustaría estar allí para entrar en calor. Me estremezco y miro el agua del río, está muy crecido. Si me tirara moriría e iría al infierno. No voy a poder librarme del infierno.

Recorro los senderos entre la nieve hasta el río. Comienzo a tener mucho frío pero no puedo volver a casa tan pronto, aunque me salgan sabañones. Miro el agua en el río y me quedo mucho rato observando. Me gustaría que los días no pasaran, ahora que me siento tan a gusto, otra vez en casa. Acabo de recordar que tengo que enseñarles la cartilla con las notas para que la firmen. Me avergüenza que vean que he suspendido en matemáticas. Nunca me gustaron y no consigo entenderlas. Pero las otras notas son buenas, incluso tengo algunos sobresalientes, bastantes, y una matrícula en buena conducta. Mamá no ha dejado de preguntarme sobre el colegio. Que si había perdido algo de ropa o me la habían robado. Que si eran difíciles los estudios. Que si comía bien. Por eso no quiero regresar tan pronto a casa, seguirá haciéndome preguntas. Me asusto cuando me hacen preguntas que no quiero contestar.

Siguiendo el río llegaría a la cafetería de los dueños de la mina de carbón para la que trabaja papá. Antes iba allí a buscar las chapas de las bebidas. De algunas había muchas, esas eran las más feas. A veces encontraba una que no se encontraba casi nunca. Esa era buena. Con ellas jugábamos a las chapas en las aceras. Les poníamos dentro un cromo recortado, cortábamos un cristal con una piedra hasta hacerlo redondo y que encajara en la chapa y luego le poníamos jabón para que no se cayera el cristal. En la acera hacíamos carreteras con tiza y poníamos cuadraditos en el camino, como en el parchís. Si caías ahí teníamos que empezar de nuevo o estar allí hasta que los otros tiraban tres veces. Me gustaba más jugar a las canicas. Papá me traía canicas de acero que él decía que eran de los cojinetes, no sé qué será eso. Nunca se rompían, no como las de cristal que se compran en el quiosco y además casi no se movían cuando les daban con bolas de cristal. Las de acero podían romper las de cristal si le dabas muy fuerte. Algunos chicos protestaban y hasta me robaban alguna sin que me atreviera a protestar. No lo entiendo porque sus papás trabajan en la mina, será porque no todos trabajan con los cojinetes. Ahora echaré de menos jugar con los niños a las canicas o a las chapas, aunque puede que en verano sí pueda jugar, no creo que sea pecado.

Me estoy quedando helado. Doy patadas con los pies y me froto las manos con los guantes de lana. Debería aprovechar para acercarme a la iglesia y presentarme al párroco, puede que siga nevando y mañana o pasado esté aún peor. Me da miedo, me da vergüenza, no voy a poder hacerlo. Mejor esperar hasta que pase la Navidad, un día cualquiera iré a la hora de misa, me presentaré y tal vez no necesite más monaguillos. Voy a tener que hacerlo porque no sé si le llamarán o escribirán desde el colegio para que les diga si yo fui a presentarme. Necesito el diez en conducta para la beca, no puedo arriesgarme a que lo hagan. En el cole somos muchos, muchísimos, pero aún así no me sorprenderían que escribieran a cada parroquia. No me gusta la religión, los curas, las misas, no me gusta nada de lo que hacen. Sí creo en Dios, que lo ve todo, que es muy bueno y cuida de todos nosotros. Pero no creo que sea como los curas, tiene que ser muchísimo mejor.

TERCER DÍA EN CRAZYWORLD V


TERCER DÍA EN CRAZYWORLD V

Patricia palideció. Su mirada se extravió durante un par de minutos, tal vez rumiando las alternativas que tenía, que no eran muchas a mi juicio, o hablaba o se callaba y nosotros seríamos los que hablaríamos hasta acorralarla. Por fin se decidió.

-Demonios, Dolores. ¿Cómo puedes saber tú lo ocurrido? Nadie en Crazyworld lo sabe, excepto el cabrón felizmente fallecido, mi hija y yo.

-No se me escapa nada de lo que ocurre en este antro. Me muevo poco, eso es verdad, pero siempre hay algún pajarillo piándome a la oreja. Veamos, estás confesando que en efecto el director que ya no está entre nosotros violó a tu hija Laura, que ella te lo contó y que tú te tomaste la justicia por tu mano.

-Quieta ahí, Dolorcitas, no pongas en mi boca algo que no he dicho. Sí confieso que mi hija fue violada por el director, que ella me lo dijo, pero yo no lo maté, aunque me hubiera gustado hacerlo. No tuve la oportunidad, ni los medios, ni soy capaz de apuñalar una y otra vez a alguien, por mucho que se lo merezca.

-Está bien. Está bien. Tú no lo mataste, aunque deseabas hacerlo y sé muy bien lo complicado que es acceder de noche al pabellón de los pacientes para cualquiera que no pertenezca al centro de seguridad, pero alguien te pudo facilitar las cosas.

-¿Tienes coartada para la noche del crimen?

Era yo que había abierto la boca casi sin querer y como impulsado por alguna frase de alguna película que había visto. Me sonaba tanto que seguro que había visto unas cuantas, aunque ahora no podía recordarlas todas, ni siquiera una.

-Eso, eso. Este pobre cuitado parece tonto, pero no lo es. ¿Dónde estabas anoche y quién puede atestiguarlo?

-Estaba aquí, con mi hija. Sabes que no nos relacionamos con nadie. O deberías saberlo puesto que lo sabes todo. Como sabes que mi hija no es la única mujer que ha sido violentada por ese cerdo. ¿O eso no lo sabes?

-Sí, eso es algo en lo que no había pensado. ¿Por qué Patricia tiene que ser la única sospechosa cuando muchas mujeres de Crazyworld han podido ser violentadas? ¿Qué me dices, Dolores?

No comprendía cómo no se me había ocurrido antes. Me dejaba llevar por Jimmy como si fuera un títere. Ahora que me encontraba molido a palos por sus manos y pies empezaba a darme cuenta de que por mucho que él supiera de Crazyworld yo debía de comenzar a tomar las riendas de mi destino, que no era muy esperanzador. Salir de allí estaba tan difícil como para una hormiga librarse de la pata del elefante que tiene encima. Pero al menos mi vida en aquel antro tendría que ser la mejor de las vidas posibles. Me vendría muy bien unos días de meditación, aunque no sabía cómo los iba a conseguir. Me vino a la cabeza una pregunta para Dolores. ¿Era Laura la única niña en Crazyworld? Sería la siguiente, no quería embarullarla.

-¡Qué listo es mi niño! Y eso que no se le ha pasado la amnesia. Pues sí, tampoco se me había ocurrido a mí. Nos dejamos llevar por esa cabeza de chorlito de Jimmy y no vemos más que por sus ojos.

-Pues si hay más mujeres violentadas en Crazyworld, aparte de mi hija, no debería ser yo la única sospechosa. ¿O no?

-Sí, querida amiga, sí. Deberíamos investigar todos los desmanes del director antes de ponernos a señalar con el dedo. Patricia es una de tantas y no creo que las demás tengan mejor coartada que ella. ¿No crees, mi querido amnésico?

-En efecto, Dolores, la investigación está mal encaminada desde el principio. Por cierto, cuántos niños hay aquí, aparte de Laura.

-No muchos, gracias al cielo, porque esto es el infierno. ¡Pobrecitos! Las madres que los trajeron debieron penar que nada podía ser peor que la vida que llevaban los pequeños allá fuera, pero se equivocaron. En cuanto a los que nacieron aquí se podrían contar con los dedos de dos manos. Es cierto que uno se acostumbra hasta al infierno. Puede que allí se formen también parejas que deseen la felicidad, fundar una familia y tener hijos.

No conocía lo suficiente a Dolores como para que sus palabras no me sorprendieran, y mucho. Me había hecho otra idea de ella, una mujer alegre, con sentido del humor, una madraza que disfrutaba hablando con los demás, ayudando a mejorar su estado de ánimo, y un poco-mucho cotilla, la mejor forma que había encontrado de divertirse y ayudar a pasar el tiempo. Ahora descubría una faceta seria, dramática, a una fina observadora de su entorno. No sé por qué dije lo que dije.

-¿Podríamos hablar con Laura?

-¿Para qué? Ya no sirve como testigo para condenar a ese cabrón y nadie aceptaría sus palabras como una buena coartada para mí. Sigue muy afectada y es mejor dejarla tranquila.

Patricia parecía poseer una lógica aplastante. No encontré nada que oponer a sus sabias palabras. Dolores llevaba ya un buen rato sentada en un sillón al lado de Patricia. Las dos miraban hacia mí, tumbado en el sofá, como miran las madres a un niño enfermo, dispuestas a levantarse a la mejor queja por mi parte. Yo no sentía ganas de quejarme de nada. Los dolores se habían atenuado con el reposo y me sentía muy a gusto allí, dispuesto a pasar el día tan ricamente.

-¿Por qué no os quedáis a comer? Os puedo hacer un buen plato de pasta y tengo un buen vino,

, un chianti Flaccianello della Pieve, exquisito.

-Suena bien, creo que en mi vida pasada y olvidada gustaba de los buenos vinos y los buenos platos.

-Lo siento, querida, pero ya ha aceptado comer conmigo, una sabrosa y picante comida mexicana.

-Bueno, en ese caso este joven queda invitado para otro día y otro momento.

Dolores me había chafado el día. No quería moverme, el reposo me estaba haciendo mucho bien. Por eso me inventé algo que nos llevaría un buen rato antes de que me viera obligado a ponerme de nuevo en pie.

-¿Por qué no hacemos una lista de las mujeres agredidas por el director y que tendrían un buen motivo para apuñalarlo con esa saña?

-¿Puedo preguntaros por qué descartáis a un hombre? ¿No podría haber un asesino en serie?

Patricia y su lógica. Aquello me despertó de mi modorra. Sentí un raro cosquilleo, como si recordara todas las películas, todas las novelas policiacas que había visto y leído. Fue como un flash que me deslumbró. Nada concreto, pero sentí que poseía un amplio conocimiento de estos temas.

-John Smith, nuestro asesino en serie, estuvo toda la noche dormido como un leño. Lo he comprobado en las grabaciones. Se pasa los días y las noches dormido, como he podido ver. El doctor Sun debe tenerlo atiborrado a pastillas, puede que porque no sea muy receptivo a la hipnosis. ¿Se os ocurre alguien más como candidato? De todas formas no parece muy lógico que si hay un asesino en serie haya permanecido todo este tiempo dormido y haya comenzado su actividad ahora y precisamente con el director. No le encuentro mucho sentido…Bueno, me está empezando a preocupar esa idea. Un asesino en serie en Crazyworld. Podría haber otro muerto hoy, y mañana, y pasado. ¡Buf! Se me ponen los pelos de punta.

-¡Mientras se dedique a los hombres! Creo que eres el único que merece la pena, y acabas de llegar.

Era Dolores. Otra faceta nueva de su personalidad. Si todos los hombres de Crazyworld eran como Jimmy, no me sorprendía aquel odio radical hacia todo lo masculino. Hice cuentas. No había conocido a muchos. El doctor Sun era un chiflado inocuo. John Smith o el Sr. Múltiple personalidad eran enfermos y no podían servir como modelos, aunque bien mirado no era descartable que fueran mejores modelos que los que no lo estaban. ¡Pero quién era yo para decir nada al respecto, ni siquiera me conocía a mí mismo!

-Estoy de acuerdo con Dolores. Hasta tu llegada he procurado no mirar a ningún hombre más de lo imprescindible. A ti te acabo de conocer, pero no podrías ni engañar a un niño con esa cara angelical y ese cuerpo escultural.

Era Patricia, quien se levantó para buscar un cuaderno y un bolígrafo. Sus palabras me dejaron descolocado y cuando me coloqué en mi sitio hubiera tenido que gritarle para darle las gracias. Regresó con un cuaderno escolar de Laura y un bolígrafo. Me preguntó a mí directamente si me apetecería ahora un chianti y más aceitunas. No pude negarme, porque quería probar ese vino, degustar sus aceitunas y hacer más tiempo hasta que tuviera que levantarme. Mientras ella se alejaba a por la botella de vino Dolores tomó el cuaderno y se puso a escribir como si tuviera prisa.

-Bueno. Vamos a empezar por los hombres. Smith descartado según tú. El doctor Sun descartado según yo, ese hombre es incapaz de matar a una mosca. Jimmy y tú también. Estaría bueno que uno de los investigadores fuera el asesino. El Sr. Múltiple personalidad fuera…

-Un momento, un momento. Aunque parece que estuvo toda la noche dormido en la cama, hay algo que debo clarificar. Pon un interrogante al lado de su nombre.

-Vale. Si tú lo dices, así se hará. Yo me centraría en los guardias de seguridad. Quien porta un arma acaba usándola.

-Pero Dolores, al director lo mataron con arma blanca y los guardia de seguridad solo llevan pistolas… y porras, claro.

Patricia llegó con la botella y unas copas, sirvió, le ofreció una a Dolores y otra a mí.

-Como eres amnésico no recordarás cómo se cata un buen vino. Mueve la copa un poco, huele, toma un traguito, enjuaga con él la boca…

Hice lo que me sugería pero en cuanto a enjuagar la boca preferí tragármelo, estaba fresco, rico, muy rico. Me bebí la copa en dos sorbos y la alargué para que volviera a llenarla. Hizo un gesto como de intento de comprender mis modales sin conseguirlo del todo.

-¿Por dónde vais?

-Por los hombres. He descartado al doctor Sun, a Smith, le he pedido a Dolores que ponga un signo de interrogación en el Sr. Múltiple Personalidad. Hay algo que se me escapa. Descartado Jimmy…

-¿Tú crees?

-¿En serio le crees capaz de dar puñaladas por doquier?

ALGUNAS HISTORIAS SÓRDIDAS XLIII


La comida terminó. Si el capitán estuvo presente debió de ser a los postres cuando ocurrió todo, mientras la mujer fregaba y los hijos estaban en sus cuartos. Si fue en otra ocasión todo debió de haber ocurrido de otra forma, porque no recuerdo más comidas. Lo cierto es que alguien habló de quién era aquel hombre, puede que fuera él o que fuera M, capitán del ejército de tierra, actualmente destinado en los servicios de inteligencia. Debí poner cara de no creérmelo. Entonces el capitán sacó su cartera, extrajo un carnet y me lo tendió. En efecto, así era. Mi primera reacción fue  que me estaban tomando el pelo, aquello era una broma. Debí de manifestarlo. Insistieron. La lógica me decía que el carnet no podía ser falso. Aparte de que tenía todas las pintas de ser verdadero, no tenía el menor sentido de que lo hubieran falsificado solo para gastarme una broma. No había la menor lógica en ello. Además yo había conocido ya a un teniente coronel. Es curioso pero en un corto periodo de tiempo llegué a conocer a más militares de los que conocería el resto de mi vida.

Bueno, en la vida a veces se producen ciertas casualidades bastante inverosímiles. Pero aquello no fue todo. M dijo que él estaba trabajando también para los servicios de Inteligencia, haciendo pequeños trabajos. Cobraba por ello, claro. Lo absolutamente insólito fue que el capitán me ofreciera enrolarme. Entonces me sorprendí tanto que no supe qué decir. Insistieron, no eran cosas muy complicadas y podía ganar bastante dinero. Ahora me hago muchas preguntas que en aquel momento no fui capaz de hacerme. ¿Me habían visto en la televisión? Puede que no, pero mi patrón debió de comentarle algo a M. No recuerdo que me hablara de ello, pero estoy casi seguro de que él lo sabía, de que la madre de A lo sabía, de que su hermano lo sabía. Puede que aún estuviera bajo el síndrome del famoso novato. Todo el mundo te ha visto y sabe de ti. Puede que fuera así, pero no me quito de la cabeza de que M lo sabía o al menos conocía mi condición de enfermo mental. ¿Cómo un capitán del ejército, que trabajaba para los servicios de Inteligencia podía ofrecerle un trabajo a un enfermo mental? No tiene el menor sentido. Es algo esperpéntico. ¿Pero y M? Un alcohólico armado, que había disparado contra un ladrón desarmado. ¿Cómo podían haberle reclutado los servicios de inteligencia? Era un auténtico disparate. Ahora me parece aún mayor. Demos por bueno, aunque es insólito, que de alguna manera el capitán y él se habían conocido por una de esas casualidades de la vida, un amigo de un amigo. No me encaja para nada que los servicios de inteligencia estuvieran reclutando entre los agentes de seguridad privados. Entre los cuerpos de seguridad del Estado es más factible. Aunque yo desconocía por completo aquel mundo, lo cierto es que la transición española fue algo muy especial, complejo y también esperpéntico. No dejaban de escucharse ruidos de sables, rumores de golpes de Estado. Alguien, tal vez fuera A, me enseñó en Moncloa la cafetería Galaxia, donde se había tramado el golpe abortado con ese nombre. El golpe de Tejero, el 23 F, debió pillarme internado en el psiquiátrico, al menos es el vago recuerdo que me queda. Podría mirar en Internet las fechas para encajar algo las piezas, pero no me apetece, en este puzle la cronología es lo menos importante, no arregla nada. Había oído hablar de los guerrilleros de Cristo Rey y de sus andanzas. De grupos de ultraderecha intentando provocar el caos y el golpe de Estado. Tampoco puedo situar la llamada Matanza de Atocha, puede que ocurriera antes de llegar yo a Madrid o estando allí. Lo que sí recuerdo muy bien fue el miedo que sentía a que todo se estropeara, a que se produjera un golpe de Estado y volviéramos al franquismo que había tenido que padecer durante mi infancia, adolescencia y parte de mi juventud. Me aterrorizaba la posibilidad de un baño de sangre. Por eso asumí con alivio todo el periodo de la transición, como la mayoría, creo. Los que no vivieron aquella época pueden pensar que se transigió demasiado, que se aceptó injustamente que no hubiera un juicio al franquismo, que se permitiera, por ejemplo, que un torturador como Billy el Niño fuera condecorado (algo que ha coleteado hasta hace muy poco) o que el Valle de los Caídos quedara tal cual. ¡Inimaginable en una democracia moderna! Cierto. Pero a muchos, tal vez la mayoría, de los que vivimos aquellos tiempos lo único que nos interesaba era que no se produjera un baño de sangre, un golpe de estado, que volviéramos a la dictadura. Lo demás era algo que podía esperar. Ya se pondrían las cosas en su sitio.

Ahora puedo hacerme una idea de cómo irían las cloacas del Estado, de que los servicios de Inteligencia pisotearan mierda hasta las cejas. ¿Qué estaban intentando hacer? ¿Jugarían a dos bandas? Había franquistas hasta en la sopa y no me parece que la izquierda estuviera muy bien situada para controlar los servicios de Inteligencia. Me da en la nariz que aquel capitán podía estar trabajando para la ultraderecha, no me lo imagino de izquierdas y defendiendo la democracia. Entonces estaba demasiado atontado por la medicación y demasiado traumatizado por lo que había vivido como para pensar en estas cosas. Pero ahora puedo hacerlo desde la distancia, con frialdad y objetividad. ¿Me estaban intentando reclutar para acciones de grupos de ultraderecha? Es lo más probable. Y hasta es posible que aún conservara un poco de lucidez. Rechacé el dinero dando una disculpa tonta. Mi calidad de funcionario me impedía recibir dinero de otras fuentes que no fuera mi trabajo. Era algo tonto, porque me pagarían en negro y nadie se enteraría. Luego dije que odiaba la violencia, lo que era cierto. Finalmente que estaba en contra de todo lo militar, de los servicios de inteligencia, del espionaje, de todo lo que oliera a cloacas del Estado. Me asombra el que fuera capaz de una oposición tan férrea e inquebrantable, dado mi estado, pero mis ideas y valores siempre han sido muy sólidos y me han librado de más laberintos de los que la vida se empeñó en sembrar a mi alrededor, como minas antipersona.

Cejaron en sus esfuerzos, tal vez esperando a que madurara, a que todo fermentara. En aquel momento yo sentía hacia M solo compasión y pena. Ahora hay preguntas que debo hacerme. ¿Cómo lo reclutaron? Su sueldo no debía ser mayor que el mío, si no era menor. Tenía una familia, mujer e hijos, tal vez su piso estuviera hipotecado. Estaba claro que necesitaba dinero. ¿Fue eso lo que le atrajo de aquella esperpéntica vida que llevaba? Sabía muy bien lo que gasta un alcohólico en bebida al mes. Imposible hacer frente a todos los gastos con su magro sueldo, los agentes de seguridad privada nunca han ganado mucho, ni ahora. ¿Qué ideología tenía M? No recuerdo que me hablara de eso en ningún momento. Por muy dogmático que fuera, que no lo parecía, un alcohólico carece de ideología de cualquier clase, la adicción lo es todo. Aunque ésta pesara en todas sus decisiones, ahora reflexiono sobre su catadura moral, su ética. Hasta yo, hundido en el abismo de la enfermedad mental, fui capaz de mantener una ética firme frente al embate del oleaje de la vida. La libertad es algo que el ser humano posee hasta en los peores momentos, hasta en el fondo del abismo. La voluntad existe y no se puede alegar que la adicción nos puede, la enfermedad nos puede, las circunstancias nos arrastran, siempre somos libres porque siempre tenemos voluntad.

¿Qué podía buscar en mí aquel capitán de los servicios de Inteligencia? ¿Había algo planeado en lo que yo encajara? ¿Un enfermo mental, y además muy conocido, una figura pública, era el chivo expiatorio perfecto? Entonces no se me ocurrió llegar tan lejos, hoy tengo que plantearme todas estas posibilidades. De otra forma tendría que asumir que los servicios de Inteligencia son idiotas, estúpidos, tan esperpénticos como los personajes de la Escopeta Nacional de Berlanga. Una posibilidad que no puedo descartar. Me imagino a todos estos espías, agentes de los servicios de inteligencia, haciendo lo que hacen y no puedo por menos de pensar en una metáfora. La barquita de los tontos de capirote, remando con insólito entusiasmo, bajo nuestras ciudades, desplazándose entre la mierda de las cloacas, generada por los buenos ciudadanos, sintiéndose poderosos, casi omnipotentes. Una comedia berlanguiana. Incluso en la actualidad estamos viendo a estos tontos de capirote intentando salir bien librados de algo que se les fue de las manos, que necesariamente se les tenía que ir de las manos. Grabaciones por todas partes. Todo el mundo hablando más de la cuenta, mintiendo, manipulando, creyéndose todo poderosos porque tienen un carguito en el engranaje del Estado, porque saben esto y aquello de estos y aquellos. Es increíble.

Otra pregunta que me hago es si los servicios de Inteligencia tienen perfilistas para reclutar o para analizar a las víctimas. Desde luego que una psicología suicida como la mía tiene que ser atractiva para estos buitres. Tal vez pensaran que alguien que quiere morir a cualquier precio es el instrumento ideal para que se le facilite una pistola y se líe a tiros en el lugar adecuado y con las personas que han decidido que deben morir. ¿Qué le puede importar a un suicida cómo va a morir? Toma, una pistola, balas de verdad, y ahora haz esto. Vale, te van a pegar un tiro. ¿Pero no querías morir? Sí, me parece muy enrevesado, pero no encuentro otra explicación a lo que me sucedió.

UN DÍA EN LA VIDA DE UNA FAMILIA VANTIANA IX


UN DÍA EN LA VIDA DE UNA FAMILIA VANTIANA IX

VISITA AL ZOO DE VANTIS

-¡Ojú, Ojú, Alirina! ¿Estás ahí?

-Pues claro que estoy aquí, Arminido, lo sabes porque te lo ha dicho producción y deja de hacer el tonto, que esto es muy serio.

-Bueno, bueno, no te pongas tan seria. Que la vida es una comedia, por mucho que nos empeñemos en hacer de ella una tragedia. En efecto, me han dicho que ya estáis volando hacia el zoo. ¿Qué te parece si hablamos mientras tanto un poco de Ermantis, el posible candidato a la presidencia del Consejo Planetario en las próximas elecciones? ¿Por qué no nos cuentas lo que sabes de este mocetón de las Montañas Negras que va a ser nuestro próximo presidente? Corren rumores de que lo conoces muy bien, que incluso has sido tú quien lo ha desvirgado. ¿Es cierto Alirina?

-No te mando a donde mandaban nuestros antepasados a quienes les encolerizaban, como consta en el diccionario de omeguiano antiguo recopilado por “H”, porque nuestros holovisores merecen un respeto. Aunque creo que ellos lo comprenderán y aplaudirán si te mando a la mierda, tal cual. Y puestos a ello el próximo programa deberías hacerlo tú de reportero en el lugar de los hechos. Te sugiero que trates sobre la escatología o cropología, de las funciones groseras del cuerpo y cómo y por qué nuestra sabia inteligencia artificial no ha modificado nuestros cuerpos para que no tengamos que seguir yendo al servicio o retrete o como queráis llamarlo… Y ponles el bozal a tus tertulianos que todos estamos escuchando unas risitas bastante desagradables, no sé si por el tema que acabo de sugerir o por esa mierda de rumor de que yo he desvirgado a Ermantis.

-Vale, vale, no te sulfures. En cuanto al tema para el próximo programa lo pensaré, pero vayamos a la pregunta que te acabo de hacer y que nuestros holovisores están deseando conocer la respuesta. ¿Es cierto que has desvirgado a Ermantis?

– Es un tema personal sobre el que no diré una palabra más. Bien podría haber ocurrido o bien podría tratarse de un rumor morboso que os hace cosquillas solo porque Ermantis es un granjero. De haber nacido y vivido en Vantis nadie se preocuparía con quién se ha acostado o dejado de acostar, física o virtualmente, y quién le desvirgó o dejó de desvirgarle.

-Estamos recibiendo muchos holomensajes de nuestros holovisores insistiendo en saber todos los detalles sobre el tema. ¿No te conmueve su interés?

-No me conmueve el morbo, ni ellos, ni tú, Arminido. Lo único que voy a decir es que hace un tiempo intenté conseguir una entrevista con Ermantis para este programa. No lo logré porque aún sigue traumatizado por la muerte accidental de su progenitor al intentar llevar a cabo un acto terrorista contra “H”. Su venida a Vantis tuvo que ver con un deseo de venganza, pero al parecer nuestra IA logró convencerle de que se trató de una muerte accidental al poner en marcha el perímetro defensivo de su palacio por haber detectado terroristas en Vantis. Pero dejémonos de circunloquios y vayamos al grano. ¿Por qué no nos facilitas la documentación que obra en tu poder sobre la historia del zoo?

-En efecto, compañera. En nuestro poder obra abundante documentación histórica que nuestra redacción ha conseguido de los archivos históricos de “H”, como no podía ser menos, aunque también han colaborado algunos historiadores independientes. Con tu permiso voy a facilitar a nuestros holovisores un resumen histórico del papel de nuestros animales en la evolución del planeta.

“Como ocurre en todos los planetas habitados por especies “inteligentes” de que tengamos noticia –y entrecomillo lo de inteligentes, porque conocemos muy bien tu sensibilidad en este tema- la especie dominante, especialmente si se considera a sí misma como inteligente, acaba practicando un auténtico genocidio entre el resto de especies hasta el punto de extinguir a la mayoría de ellas. Esto lo sabemos por los archivos históricos de “H” que reflejan también los viajes de omeguianos a otros planetas habitados del cuadrante, antes de que entráramos en cuarentena y se prohibiera toda salida o entrada debido al ataque de los noctorianos, el planeta guerrero, que fue repelido por nuestra IA con una contundencia que ha pasado a la leyenda. Un tema, por otro lado, para tratar en un próximo programa. El trato a los animales que se daba por ahí fuera no difería mucho del que dábamos nosotros hasta que “H” se hizo cargo también de esa gestión. El planeta Noctor es el único caso que conocíamos de la total y absoluta extinción de todas las especies.  Guerreros y cazadores hasta la médula, terminaron con toda la fauna y se vieron obligados a crear fauna artificial, pequeñas IAS, imitando los animales extintos para seguir cazando.

“En Omega, por suerte, ese proceso inexorable se vio interrumpido con la llegada del que fue llamado El Mesías de Omega. Una civilización alienígena llegó hasta nosotros, cuando aún estábamos en una época temprana de nuestra evolución, y nos cambió para siempre. Su nave permaneció en órbita mientras su comandante bajaba hasta nosotros, disfrazado, para explorar nuestra evolución y costumbres. Exaltado como Mesías de Omega, decidió darse a conocer como lo que era, pensando, con razón, que más vale saber la verdad que encharcarse en una mentira que no puede durar para siempre. Así bajaron los tripulantes que se mezclaron con los omeguianos hasta crear una raza esplendorosa. La vertiginosa evolución que esto causó hizo que el trato a los animales cambiara radicalmente, convirtiéndose la caza en una actividad salvaje, solo propia de tiempos primitivos. Pero no fue hasta la invención de Helenio de Moroni, su archifamosa IA HDM-24, que luego pasaría a controlar los destinos del planeta, que los animales fueron tratados como iguales y protegidos como si fueran nuestros hijos. 

TERCER DÍA EN CRAZYWORLD IV


TERCER DÍA EN CRAZYWORLD IV

Dolores me daba un poco de penita. Sin protestar arrastró sus cansados pies hasta la cocina. Saltó mi caballerosidad, pero estaba aún más molido que ella, así que contuve mis deseos de ofrecerme. También me mordí la lengua, aún no había empezado el interrogatorio y no era cuestión de poner a la interrogada en mi contra a las primeras de cambio. Cuando regresó Patricia se comió la aceituna con deleite y dio un buen trago al Martini.

-¡Cómo me gustan las aceitunas!

-¡Anda, lo mismo que a mí!

No decía ninguna mentira. Además me iba a servir para hacerme el simpático.

-¿En serio? En mi caso mi ascendencia italiana tendrá algo que ver, pero me sorprende que usted, querido amigo, sienta debilidad por este maravilloso fruto de la tierra.

-Como aún sigo amnésico no puedo saber si la causa de mi gusto es cuestión hereditaria. No me sorprendería que mis ancestros procedieran de la piel de toro.

-¿La piel de toro?

-Sí, creo que así llaman algunos tontolabas a Spain.

-Anda. ¿No estarás recordando?

-Pues no lo sé. A veces me vienen cosas a la cabeza, pero aún no sé de dónde vienen. ¿Quieres creer, querida amiga, que una de las cosas que me ha llegado a la chola últimamente es la posibilidad de que yo haya sido un gigoló en mi vida anterior?

-¡Anda! Ojalá fuera verdad. Si lo confirmas me gustaría contratarte por una noche, si no fuera muy caro. Ja,ja,já. Bueno, dejémonos de bromas. Imagino que no habéis venido solo a alegrarme la mañana. ¿Qué os trae por aquí?

-Sentimos mucho no poder seguir alegrándote la mañana, querida Patricia, pero tenemos que hablar contigo sobre un tema muy serio. Ya sabrás del feliz fallecimiento del cabrón de nuestro director, que Dios tenga en el infierno.

-¡Conque era eso! Me alegro tanto como tú, Dolores, que ese cabrón esté en el infierno, pero no sé qué puedo aportar yo al respecto.

-Necesitamos que seas sincera. No sé si sabes que eres la sospechosa número uno.

-¿Yo? ¿Por qué?

-No te hagas la tonta. Ya me conoces. Sé todo lo que pasa en esta mierda de sitio.

-Sí, tú y ese imbécil de Jimmy. Pero no sé qué sabes que me convierta en sospechosa. Hablemos claro.

-Hablemos.

Agradecí que Dolores hubiera tomado la voz cantante, yo no tenía ni voz y mucho menos para cantar. Estaba realmente molido, incapaz de centrarme en lo que estaba ocurriendo a mi alrededor. Se podría decir que yo era el detective principal de aquella investigación…bueno, no, lo era el payaso de Jimmy, pero en cuanto le pillara dejaría de serlo… Apreté los puños y me moví ligeramente. Un dolor agudo despertó por todo mi cuerpo. Cerré la boca y oprimí los dientes, no podía darle ninguna ventaja a Patricia o se escaparía de aquella encerrona. No creo que lo fuera a lograr, teniendo en cuenta que Dolores, como un perro de presa, había mordido con fuerza y no iba a soltar.

-Todos en este maldito antro tenemos motivos más que suficientes para haber agujereado el pellejo de ese pinche tirano, de ese cabrón. Pero tú tienes más motivos que nadie.

-¡Ah, sí!

-Mejor que nos lo digas a nosotros, que somos tus amigos, que te obligue a hacerlo el Sr. Arkadín cuando llegue. Sería capaz de pedirle a sus guarda espaldas que te torturen.

¿Y por qué iba a hacerlo?

-Bueno. Ya está bien. El difunto violó a tu hija Laura. Yo misma hubiera matado a alguien que hiciera algo así a una de mis hijas.

-¿Pero tú tienes hijas?

Fui yo el que había hecho la pregunta. Me pilló totalmente por sorpresa.

-Tú y yo hablaremos de ese y de otros temas. Como ves, querida Patricia, te he contado algo muy íntimo que nadie sabe en Crazyworld. Ahora te toca a ti.

ALGUNAS HISTORIAS SÓRDIDAS XLII


Sé que estuve en su casa, no sé cuántas veces, al menos una que recuerdo bastante bien. No sé cuánto tiempo después del incidente. Tal vez fuera aquella noche o alguna noche posterior a la conversación. Creo recordar que estaba dormido y me despertó mi compañero de piso. En la puerta me esperaba M. Quería que le diera alguna de mis pastillas, estaba muy angustiado y no podía dormir. Sé que me costó negarme porque siempre me ha costado negarme a hacer favores que pueden empeorar la situación de quien me los pide. La razón ya la he expresado más arriba. Pero no podía hacerlo. Era muy consciente de que si mezclaba las pastillas con alcohol podría matarse o quedar muy tocado. Me negué con un gran esfuerzo de voluntad, incluso creo recordar que me enfadé ante su insistencia. No, no y no. Luego mi patrón me dijo que había hecho muy bien y me dio las gracias. La mezcla de pastillas y alcohol era pura dinamita.

No me volvió a hablar de la evolución del sumario. Le había aconsejado que se buscara un buen abogado penalista, éste podía utilizar los pocos medios de defensa que la situación permitía. Miedo, nerviosismo, oscuridad, que le pareció ver movimientos sospechosos, que creyó, estuvo convencido de que el ladrón portaba un arma. No era mucho, pero podía ser algo. No me gusta saber más cosas de las imprescindibles cuando una situación no tiene remedio. Por eso le agradecí que no volviera a mencionar el tema. Con toda seguridad pasé unos días, semanas, muy afectado, me sucede siempre. Tal vez aumentara por mi cuenta la medicación, lo que me haría el trabajo aún más difícil.

En algún momento, no sé cuándo, me invitó a comer en su casa e insistió tanto que me vi obligado a aceptar. Me pregunto si aún entonces yo andaba aún con el síndrome del famoso reciente, del novato mediático, que cree que todo el mundo le conoce porque ha salido en la prensa o en la televisión. Imagino que sí, aunque con menor intensidad, dado que había transcurrido un tiempo, no demasiado,  pero sí tal vez suficiente. ¿Me conocía M? Nunca se lo pregunté. Como ya dije en su momento, no todo el mundo lee la prensa, menos aún un diario concreto y no todos los días. Tampoco todo el mundo veía la televisión, aunque solo hubiera dos canales, y menos todos los días y a todas las horas. La posibilidad de que una persona concreta me hubiera visto en televisión y me reconociera en persona era algo estadísticamente tan complejo e inútil como la media de cuántos pollos había comido un español durante un año. Nunca se sabría, eligiendo al azar, si un español concreto estaba por debajo de la media, por encima o había que echarle de comer aparte porque no había probado el pollo en todo el año. La fama, como todo en la vida, es limitada, y más si solo te ha tocado de refilón al pasar por tu lado. Pero cuando la sufres no te quitas el miedo de encima, más si no se trata de una fama halagüeña si no estigmatizante. Por otro lado estaba huyendo de conocer gente nueva, de relacionarme, de que alguien me viera. La condición de hombre invisible hubiera sido mi salvación. También la de hombre muerto, pero eso era algo que ya había comprendido que se me había negado, por alguna razón que escapaba a mi racionalidad.

Imaginarme temblando mientras subía en el ascensor a su piso no me parece algo gratuito y disparatado. Mirado desde la distancia de los años, vivir como viví en aquella etapa de mi vida, me parece una hazaña tan heroica como los trabajos de Hércules. No entiendo cómo pude hacerlo, cómo no caí fulminado por un ataque al corazón o un ictus o simplemente por la angustia. No hay ser humano que pueda aguantar algo así. No sirve la excusa de la vitalidad de la juventud, porque yo seguía estando tan gordo que mis arterias debían de ser las de un viejo. Pasé esos años y los posteriores, en mi segunda temporada en el infierno, como un zombi que se mueve por inercia o como un globo que flota en el aire, llevado de acá para allá por cualquier viento o simple brisa que soplara en un momento concreto.

No importa quién me abriera la puerta, eso no iba a evitar otro problema que se me echaría encima enseguida. Porque M tenía una esposa bellísima, al menos así la recuerdo. Una mujer impactante con un rostro tan dulce y una forma de hablar tan amable y sensible que enamoraba al primer golpe de vista. Aunque tardaría años en darme cuenta de mi problema patológico con las mujeres, ya entonces no era capaz de comportarme con normalidad en presencia de una mujer atractiva. No puedo recordar detalles, pero sí mi súplica a la divinidad para que todo acabara cuanto antes y pudiera refugiarme en mi habitación, encamarme y dejar pasar el tiempo, mi única forma de enfrentarme a cualquier problema, sobre todo a los más graves. No recuerdo si fue en aquella ocasión cuando conocí a un “amigo” de M, o esto se produjo en otra ocasión, si es que volví a su casa, algo que no recuerdo. Si ocurrió de esta manera o lo junto todo, como el narrador que soy, para que la historia no pierda intensidad. Porque si en aquella ocasión estaba también el amigo, no consigo entender cómo no me desmayé y me tuvieron que llevar a un hospital. Porque su amigo era nada más y nada menos que un coronel o un alto cargo del ejército que a lo mejor era un simple capitán. Y por si fuera poco trabajaba en el Servicio de Inteligencia español, cuyas siglas no recuerdo, no era el CNI pero bien podía ser el CSI o como se llamara en aquel momento el servicio secreto. Cuando me lo dijo no pude evitar sonreírme o incluso reírme, creyendo que era una broma. Impávido, aquel hombre sacó su cartera y me alargó un carnet en el que pude ver que esto era realmente así. No me entraba en la cabeza que fuera falsificado y solo para gastarme una broma, como si fueran los santos inocentes.

Sí recuerdo que era un hombre en la cincuentena, más bien grueso, calvo, dando la sensación, a pesar de su barriga, de que podía darte un bofetón y mandarte a Lima. Ahora, con el tiempo, me surgen algunas preguntas que entonces no me planteé. Tales como: ¿me había invitado para que yo le conociera y él a mí?; ¿era una simple casualidad?; ¿qué interés podía tener aquel hombre en mí y qué relación, de verdad, tenía con M? Si estoy hablando de una secuencia completa y cronológicamente única, aquello tuvo que producirse nada más entrar yo al piso, luego comeríamos y al final de la comida, con el café, la copa y el puro –no para mí que entonces no fumaba- me haría aquella propuesta que es lo más esperpéntico que me ha ocurrido en la vida y que solo es imaginable en aquellos tiempos de la transición, donde todo lo que ocurría era tan dramático como ridículo. Si no fue así, es decir que no estaba él presente, me presentaría a su esposa, comeríamos y lo de aquel espía ocurriría en otra ocasión, tal vez sin comida de por medio.

En cualquiera de estos dos supuestos, lo cierto es que el piso me gustó, no era uno de esos pisazos de lujo en el centro de Madrid, puesto que vivíamos frente por frente, en Fuenlabrada, un barrio dormitorio y ciertamente nada sofisticado. Era suficientemente amplio y estaba muy bien decorado, pulcro, discreto, a imagen y semejanza de su esposa que a pesar de su belleza intentaba pasar desapercibida. Lo que no recuerdo es si fue en aquel momento cuando me presentó a su hijo, hija o hijos, porque hasta ahí no llega mi memoria. La fuerte sensación que tengo es que eran dos, hijo e hija, y ambos bellos y dulces como querubines, creo que rubios, parecidos a la madre, de la que no recuerdo si era morena o rubia, aunque el padre también era un guapo mozo, de eso no me cabe duda. Su esposa estrechó mi mano y luego se dirigió a la cocina para servir la mesa. No puedo recordar nada de la comida, ni de la conversación, ni de nada. Bastante tenía con hurtarle la mirada a la mujer y si estaba también el capitán o lo que fuera, con rezar por dentro para que todo aquello terminara de una vez.

Me resultó patético el agradecimiento de aquella pobre mujer. ¿Qué había hecho yo en realidad? Darle una información básica que podría haberlo hecho mucho mejor cualquier abogado. Algo tan elemental, querido Watson, que hasta a él mismo se le debía haber ocurrido. Me sentí muy mal, eso lo recuerdo bien. Y ahora, transcurridos más de cuarenta años, se me ocurren algunas preguntas que entonces no fui capaz de hilvanar, tal vez porque iba hasta las cejas de medicación, porque me había ocurrido lo que narro en el anterior capítulo de esta tremebunda historia o porque la presentación de su amigo como un espía, me había descolocado completamente. Preguntas tales como: ¿Si tenía un amigo que pertenecía al servicio secreto, por qué no le echaba él una mano, buscando abogados, poniendo en marcha el mecanismo de las influencias o de cualquier forma que vemos sucede en las películas? ¿Cómo era posible que M trabajara para aquel capitán en servicios de inteligencia, contra inteligencia, o lo que fuera, que ya he visto muchas películas, y además cobrando por ello, como me había dicho? Y ahora que consigo hilvanar los acontecimientos con cierta lógica, ¿cómo era posible que ocurriera lo que narraré más adelante? A no ser que tenga la cronología totalmente trastocada y ese acontecimiento fuera anterior a la tragedia de pegarle un tiro a un caco que entra en el almacén que él vigila, completamente desarmado. No lo creo porque su llamada al juzgado fue muy poco después de que apareciera en la casa donde yo vivía de alquiler para pedirme que fuera a la farmacia a por unos somníferos. Todo lo demás vino después. Empiezo a caer en la cuenta de que aquella etapa negra en Madrid bien podría ser vista por un lector no avisado como una de mis historias delirantes, ficticias, porque no cabe en cabeza humana que yo viviera todo lo que estoy contando. No es posible. Yo mismo no me lo creería si no lo hubiera vivido en mis carnes.

UN DÍA EN LA VIDA DE UNA FAMILIA VANTIANA VII


UN DÍA EN LA VIDA DE UNA FAMILIA VANTIANA VII

-Ok Alirina. ¿Por qué no terminas tu conversación con Elielina y luego pasamos a otros temas? ¿Por qué no nos cuentas qué han desayunado, por ejemplo?

-Bueno, no sé si ha sido un desayuno estándar, porque cada cual desayuna lo que le da la real gana, muchas veces despreciando los consejos dietéticos de “H” y no tenemos estadísticas al respecto. No sería mala idea que nos facilitaras algunas estadísticas instructivas al respecto, tanto de alimentación como de otros temas.

-Ahora mismo no obran en nuestro poder, pero pediré a producción que se hagan con ellas, aunque como sabes somos un poco remisos a servirnos de cualquier dato que nos llegue de “H”. Pero sí, tienes razón, las estadísticas ayudarán a completar la información que tú estás haciendo llegar desde ahí.

-Bueno, que nos diga Elielina qué ha desayunado ella.

-Yo sí suelo hacer caso de los consejos dietéticos de “H”, claro que según cómo y cuándo. He pedido el menú estándar para un día normal, sin mucho movimiento, sucedáneo de mezcla de diferentes leches de mamíferos actuales y extinguidos, que nuestro proveedor universal hace a las mil maravillas. Por cierto que siento, todos sentimos curiosidad por saber de dónde saca “H” tanto alimento para tanta gente y de qué está hecho. Podrían tocarlo en un programa especial.

-Lo haremos hoy, aunque como sabes nuestra inteligencia artificial nunca ha querido desvelar este secreto ni otros muchos. Pero continúa con tu desayuno, por favor.

-Pues verás. Me gusta echarle al sucedáneo de lecho un sucedáneo de una mezcla de cereales que tiene un sabor exquisito y es muy nutritivo. Hoy en vuestro honor había pedido frutas naturales a la cooperativa “Tierra natural”. Puedes probar alguna de ellas que tienes en este frutero. Reconozco que las frutas artificiales de “H” son muy buenas, tienen un gran sabor, pero las frutas naturales son exquisitas y además sabemos qué tienen. Dos tostadas con mermelada natural y eso ha sido todo. Hoy no pienso moverme mucho, por atenderos bien, pero aunque no hubieseis venido tampoco lo habría hecho. No soy como otros que viven sus vidas para el deporte y la naturaleza, como si les fuera en ello la vida, cuando saben que por la noche “H” restaura y cuida de nuestros cuerpos. Son nostalgias de un pasado que ya pasó hace mucho, mucho tiempo. No es que yo sea contraria a las cosas buenas del pasado, como la fruta natural y los animales libres y no como ahora en el zoo, aunque sea muy grande, pero nadie en su sano juicio negará que la inteligencia del chiflado de Helenio de Moroni, ha cambiado nuestras vidas y para bien.  Es inimaginable lo que debieron de sufrir nuestros antepasados trabajando todo el día. Espero Alirina que nos llevéis al zoo, como nos habéis prometido. Y en cuanto a lo que ha comido mi esposo, el Sr. Oloronte, aquí presente, habrás observado que un mastodonte no habría comido más. Mucha proteína, mucha carne, aunque sea sucedánea, huevos, tortillas y mucho dulce, que le chifla. Y además cómo traga, como ves no ha dejado nada sobre la mesa. Por lo menos come una fruta, querida Alirina, deberías haber pedido desayuno también para ti, que nos espera un día muy largo.

-Gracias, queridísima Elielina, pero no es necesario nuestra productora está atenta a todo y todo el equipo del programa ya habíamos desayunado antes de que ustedes se levantaran. De acuerdo a la lista de visitas que nos han hecho, primero iremos al zoo, visita propuesta por usted, luego al palacio o sede de “H”, propuesto por su esposo, y finalmente haremos una visita turística por Vantis y asistiremos a un espectáculo con actores humanos, una propuesta nuestra. Pero antes de iniciar esta agotadora jornada para ustedes, cuéntenos, Elielina, qué hubieran hecho hoy de no haber recibido nuestra visita.

-Pues verás, Alierina, me da un poco de vergüenza decirlo, pero el desayuno me suele excitar un poquito por lo que disfruto de una corta sesión de sexo virtual, antes de salir al jardín, si hace un buen día de sol y permanecer tumbada un buen rato agradeciendo la suerte que hemos tenido las generaciones posteriores a Helenio de Moroni, de disfrutar de la vida sin mover un dedo, si no queremos. Luego pido la comida cuando voy teniendo hambre, una media siesta con espectáculo virtual y por la tarde a veces voy a hacer algo por el centro comercial de Vantis o a la granja Tierra natural para encargar algunas cosillas para la semana. Todo esto si Olivina no aparece y lo revoluciona todo. Es muy faltona, nos llama vagos, inútiles, zampabollos –una palabra que no sé de dónde habrá sacado ni lo que significa- y nos amenaza con marcharse a las Montañas Negras cualquier día de estos…

-Muy bien, Elielina, pueden irse preparando mientras doy paso al estudio para que los expertos nos hablen un poco de alimentación, dietética y de dónde proceden, supuestamente, los alimentos que nos suministra “H”. Pero antes algunos anuncios de nuestros patrocinadores englobados en la marca “Planeta natural, productos naturales”. ¿No es así, Arminido?

-Así es, Alirina. Unos anuncios y enseguida volvemos, queridos holovisores.

TERCER DÍA EN CRAZYWORLD


TERCER DÍA EN CRAZYWORLD III

Durante todo el camino, que fue largo, no pude dejar de pensar en Jimmy, en cuanto pillara a aquel bastardo le iba a dar para el pelo. Según me comentó Dolores, que no dejaba de hablar para que el camino se le hiciera más corto, el personal médico vivía en una urbanización no muy grande con casitas muy coquetas y jardines bastante amplios. Estaban muy bien tratados, puede que porque la salud de todos los recluidos en Crazyworld era lo más importante para Mr. Arkadin. Los jefes supremos, el fallecido director y el doctor Sun, tenían un poco más allá dos auténticas mansiones que apenas usaban porque les gustaba quedarse en el edificio principal donde habitaban lujosos apartamentos. Los agentes de seguridad vivían en varios edificios que ya conocía por haber pasado la noche con Heather. Los cocineros, reposteros, personal de cocina y camareros ocupaban un amplio y alto edificio cerca de las cocinas que Dolores me enseñó al pasar, incluso señaló la ventana de su apartamento. Al cabo de un tiempo llegamos a la urbanización de Heather y un poco más allá, antes de alcanzar las residencias de los doctores, observé un amplio complejo deportivo, con pistas de tenis, piscina, pistas de atletismo y un miniestadio para otras actividades deportivas.

-Oye, Dolores, no sabía nada de que se pudiera practicar deportes en Crazyworld. ¿Podría pedir permiso a alguien para utilizar las instalaciones? ¿Podemos hacerlo los pacientes?

-Aquí se puede practicar de todo, muchachito, solo tienes que apuntarte en alguna de las listas del doctor Sun que tiene tantas que si no las gestionara el personal de administración esto sería un caos completo. Serás el primer paciente que hace deporte. Todos los demás tienen bastante con comer, dormir y estar despiertos el tiempo que les permite la medicación. Claro que como a ti no te medican puedes permitirte el lujo de pensar en gastar las energías que te sobren, si es que te sobra alguna.

Intuí que lo decía con segundas intenciones pero no quise tirarle de la lengua, bastante tenía con procurar mantener el equilibrio, apoyándome en su hombro. Entre los edificios y urbanizaciones pude ver bonitos parques bien cuidados, con árboles no muy altos, columpios y toda clase de diversiones para los pequeños y circuitos de footing muy completos con aparatos para estiramientos, encogimientos y lo que fuera necesario.

-¿Tantos niños hay en Crazyworld que se necesitan todos esos columpios y parques?

-Mr. Arkadin pensó en todo, menos en que aquí encerrados las parejas que se formaran, si es que se formaba alguna, tendrían muy pocas ganas de traer hijos al mundo para que fueran esclavos. Que yo sepa está Mónica, la hija de Patricia, que llegó aquí con menos de diez años y ahora tendrá unos dieciséis. El jefe de jardineros que se casó con una de las maestras de la plantilla –Arkadín quiso convertir Crazyworld en una auténtica ciudad- tiene media docena de hijos con diferentes edades. Las maestras son de las pocas mujeres que quisieron ser mamás, tal vez porque necesitaban alumnos para la escuela o no tendrían nada que hacer. Al menos ahora tienen unas dos docenas de alumnos entre párvulos y bachilleres a los que educan con mucho mimo. Cuando no dan clases les cuidan como en una guardería mientras los padres trabajan. Salen con ellos a pasear y hacer ejercicio por los diferentes parques, si se lo permiten los jardineros y horticultores les llevan a la granja donde cuidan los animales y aprenden a cultivar la tierra.

-Imagino que tiene que haber un auténtico ejército de jardineros y agricultores para cuidar de todo esto.

-Los hay. Viven en las granjas, en casitas de madera muy monas. Solo los jardineros se acercan por aquí diariamente a cuidar de los parques. Apenas se relacionan con el resto, nos ven como apestados, para ellos somos menos interesantes que sus animales y plantas. A veces regalan mascotas a los niños. Los adultos que quieren una, tienen que robarla.

Hablando de unas cosas y otras y deteniéndonos para descansar de vez en cuando en alguno de los bancos de madera estratégicamente situados, el camino se nos hizo más entretenido. Por fin llegamos ante la casa de Patricia. El jardín estaba muy bien cuidado y me pareció que una parte estaba dedicado a huerto, con trozos cubiertos de plásticos sustentados con armazones metálicos. Rodeándolo todo un alto muro por el que yo solo era capaz de asomar la cabeza. Dolores oprimió el botón de un telefonillo con cámara de video. Una voz dulce y agradable quiso saber quiénes éramos y qué queríamos.

-Doctora Patricia, soy Dolores y me acompaña un guapo joven que desea hablar con usted. ¿Nos puede abrir?

Pasó un tiempo prolongado. Ya creíamos que nos iba a dar con la puerta en las narices cuando ésta se habló y nos encontramos ante una mujer en la cuarentena, muy bien cuidada, muy hermosa. Morena, de ojos claros, vestida sencillamente con un vestido floreado y una agradable sonrisa en la boca. Me sentí atraído por ella de inmediato. No tuve tiempo para más porque ella no dejaba de mirarme.

-¿Qué le ha pasado a tu amigo, Dolores? Parece como si le hubieran dado una buena paliza.

-Fue Jimmy, que le pilló descuidado. Como comprenderás de otra forma no hubiera podido con este buen mozo.

-Pasad. Tengo un botiquín en casa. No me gustan nada esos ojos morados y esa nariz. Puede que tenga que dar algún punto a ese párpado.

Nos precedió hasta la puerta y nos invitó a pasar. Entramos directamente en un salón más que suficiente para las dos personas que vivían allí. Pude ver un sofá, dos sillones orejeros, algunos armarios de madera acristalados, con vajilla en su interior, una televisor bastante grande, un equipo de música, una librería repleta de libros y bonitas alfombras por el suelo. La doctora me hizo tumbarme en el sofá, puso un cojín bajo mi nuca y me pidió que no me moviera.

-Dolores, sírvete lo que quieras. Ya sabes dónde están las cosas.

Desapareció por una puerta.

-¿Tú quieres algo¿

-Creo que un tequila me vendría bien.

-¿A estas horas?

-Vale, pues dame un Martini, con dos cubitos y hielo y una aceituna.

-¿Una aceituna?

-Bueno, un par de ellas. Me encantan las aceitunas… O eso creo. Me ha venido a la cabeza y ya me estoy relamiendo.

-No tienes remedio.

Se alejó hacia la cocina que estaba separada del salón por un largo y amplio mostrador, tras él podía verse una amplia cocina, moderna y muy bien surtida. Llegó Patricia con el botiquín, lo abrió, sacó un trozo de algodón que empapó en agua oxigenada y me lo pasó por la cara. Hice un gesto de dolor. Luego utilizó un palito con un trozo de algodón redondeado en la punta y me lo introdujo en la nariz, primero por un orificio y luego por el otro. Salió empapado de sangre. En ese momento llegó Dolores con mi Martini que posó en la mesa acristalada que había frente al sofá y ella echó un buen trago de su zumo de naranja. La doctora observó el Martini.

-Si no te importa, querida, trae otro para mí, sin aceitunas y con solo un cubito de hielo.

ALGUNAS HISTORIAS SÓRDIDAS XLI


LIBRO III

UNA TRAGEDIA ESPERPÉNTICA EN LA TRANSICIÓN ESPAÑOLA

Llegué a Fuenlabrada completamente hundido, y no solo por el peso del equipaje. Mi amigo A había fallecido no mucho tiempo antes y puede que mi episodio de personaje mediático por unos días acabara de ocurrir. Desde luego yo trabajaba en el registro, lo que no significa necesariamente que siguiera viviendo con A. Puede que falleciera estando yo trabajando allí. O puede que no. Porque lo que sí es cierto es que las entrevistas, periodística, televisiva y radiofónica sucedieron trabajando yo en el registro. El recuerdo es claro e incontrovertible. Todo lo demás es confuso, muy confuso. Es como si aquellos años hubiera vivido en otro planeta donde no existía el tiempo o era un tiempo flexible como chicle, que tanto podía ir al principio como al final o mezclarse en el medio. Un puzle con tantos espacios vacíos que las piezas nunca encajaban, todo lo más se aproximaban, dando una sensación de que podían ir bien encaminadas, aunque los bordes rasparan.

Puede que ambas cosas ocurrieran casi a la vez, solo que la muerte de A fuera un poco anterior a las entrevistas. Esto explicaría por qué no recuerdo ninguna conversación con él sobre el tema y también tendría mucha lógica que tras su muerte yo me atreviera a dar el paso que di. Sigue sin encajar que todo esto sucediera en un espacio de tiempo tan corto como fue el que debió de producirse tras su muerte y la comunicación que me hizo su viuda, a través de su suegra, de que debería abandonar el piso donde había vivido con A a la mayor brevedad posible. Y que en este corto espacio de tiempo me hubieran concedido el traslado al juzgado de la plaza de Castilla. Debo pues inclinarme a que el traslado fue más tarde, por lo que iría a trabajar desde Fuenlabrada, primero al registro y luego a Plaza Castilla.

La mudanza debió de ser tan atípica y surrealista como casi todas mis mudanzas. Por un lado me gustaría pensar que mi nuevo “patrón”, por llamarlo así, el hombre que había aceptado que fuera a vivir a su casa, me ayudó con el traslado en su coche, pero no recuerdo que tuviera coche y a mí ni se me ocurrió en aquellos años comprarme un coche para trasladarme por Madrid y menos con la medicación que me metía al cuerpo entonces. Debo inclinarme de nuevo a una mudanza en tren. Es decir, hacer un viaje con unas cuantas cajas y maletas y luego repetir y repetir hasta terminar con la última de mis posesiones. Eso explicaría la pérdida de algunos libros, aunque bien pudo suceder en la segunda mudanza, de vuelta a León tras el nuevo traslado. Hacer la mudanza en taxi me habría costado un pico y mi economía no estaba para hacer dispendios. Por suerte no había muebles que trasladar, pero todo lo demás ya abultaba lo suficiente. Un tocadiscos con todos los discos que había comprado de música clásica, en el Corte Inglés, y de música moderna en una tienda de discos de la Gran Vía de la que no recuerdo el nombre. Muchos libros, demasiados, que había comprado en su mayoría en el tenderete de Argüelles, al hombre argentino que me caía tan bien. Mucho de mi vestuario ya no me servía, había engordado mucho, más de treinta kilos, pero dudo mucho que lo tirara o regalara, debí conservarla por si bajaba de peso, algo que me ocurrió también en la mudanza de Soria a la Rioja, aunque esta vez sí doné a Cáritas toda la ropa de tallas bajas que nunca más me volvería a poner. Al menos tuve que hacer tres viajes en tren, si es que realicé la mudanza en este medio de trasporte.

Era un piso bajo, eso lo recuerdo bien. Y el hombre con el que iba a convivir tendría unos cincuenta años. Mi edad estaría entre los veintiséis y veintisiete años, aunque mi aspecto podía hacer que me echaran una o dos décadas más. No recuerdo su nombre, como tampoco el de otras personas que apenas dejaron huella en mi vida. Solo que era amable, poco hablador, muy introvertido, soltero y distante. No me recuerdo cocinando o fregando los cacharros tras la comida, lo que me indica que debí ponerme en plan de molestar lo menos posible –era limpio, ordenado y debió de ponerme algunas condiciones- además aquella era una etapa fugaz, hasta que me concedieran el nuevo traslado. Se me ocurre que no tenía mucho sentido pedir un traslado a plaza de Castilla si ya había decidido regresar a León. Puede que el secretario del registro se pusiera borde y me obligara a pedirlo cuanto antes y coincidiera con un concurso justo en aquellos momentos. Aquel secretario era un hombre que me caía muy mal, por su carácter y por detalles tan mezquinos como tener que entregarle el bolígrafo Bic vacío para que me diera otro, algo que no sería la última vez que me sucediera. Sigue sin encajar que esperara a otro traslado para irme a León. Puede que no hubiera plazas en la capital y decidiera esperar a que saliera alguna, porque me resulta extraño que no las hubiera en toda la provincia. O tal vez decidiera pensármelo, porque regresar con mis padres no era precisamente plato de gusto tras todo lo ocurrido.

Reconstruir mi vida en Fuenlabrada durante aquellos meses, tal vez más de un año, me resulta extraordinariamente difícil tras más de cuarenta años sin pensar en ello. Porque aquella etapa, toda, ha quedado enterrada a mucha profundidad, puede que hasta el núcleo terrestre, a lo largo de todos estos años. No recuerdo haber tomado el metro para ir a trabajar, lo que me indica que el metro en aquel tiempo no llegaba hasta allí. Podría saberlo mirando en Google, pero no me apetece molestarme para un detalle tan nimio. Sí recuerdo tomar el cercanías hasta Madrid. Hasta Atocha. El que luego cogiera el metro hasta plaza Castilla o hasta el registro solo supondría un tiempo más que debería descontar del sueño. Levantarme un poco antes o un poco después. Madrugar ha sido un gran problema a lo largo de mi vida laboral, ahora, ya jubilado, me doy cuenta del enorme esfuerzo que tenía que hacer para despertarme, levantarme y asearme. No puedo saber si la estación estaba muy lejos del piso, pero por cerca que estuviera los madrugones fueron de aúpa. No creo que me llevara menos de dos horas llegar al trabajo puntual, eso significa levantarme todos los días hacia las seis de la mañana, sino antes. Por supuesto que continuaba tomando medicación, con todas sus consecuencias. Ahora mismo se me pone el vello de punta imaginando el terrible sacrificio que supuso durante aquellos años trabajar, mantenerme en pie, sin dormirme, centrado en lo que hacía, porque en un juzgado cualquier error se paga muy caro. No me sorprende lo que estoy disfrutando de no depender de nada para vivir el día a día como me plazca, levantarme cuando quiero, hacer o no hacer lo que me dé la gana a lo largo del día, acostarme o levantarme a mitad de la noche, como estoy haciendo ahora para escribir. No hay horarios, nadie me pide cuentas, solo me siento obligado a los gatitos, respeto sus ritmos y me duele el corazón cuando les veo esperando a la puerta por su comidita porque me he retrasado. Entonces mi vida era una lucha permanente contra el sueño, por mantenerme concentrado en lo que tenía que hacer, por tratar de socializar, al menos lo mínimo posible. Tras la muerte de A y sus consecuencias, tras aquella nefasta entrevista y las suyas, la depresión se me subió a la chepa y no me abandonó. Pensar en el suicidio a las seis de la mañana y seguir pensando en ello durante todo el día, mientras trabajas, cuando regresas a casa, cuando intentas quedarte dormido muy temprano, para que madrugar no sea el infierno que es, requiere un esfuerzo agotador. Solo un milagro me mantuvo en pie. Ni siquiera pensar en mi regreso a León era un alivio, porque volver a ver a mis padres exigía de mí una fuerza de voluntad titánica. Ni siquiera me planteé vivir yo solo en un piso de alquiler, sabía de sus penurias económicas y lo mínimo que podía hacer por ellos era darles una parte importante de mi sueldo, lo que suponía renunciar a vivir fuera de su casa. Sabía muy bien que adaptarme a la nueva vida no iba a ser fácil, puede incluso que me replanteara marcharme de allí, a cualquier otra parte.

Si marcharme del registro fue un gran alivio, entrar en el nuevo juzgado supuso intentar hacerme invisible, procurando hacer mi trabajo lo mejor posible para que nadie me dijera nada. Era mi única y máxima preocupación. Que el tiempo pasara, que no ocurriera nada irreversible y que al fin pudiera volver a poner todos los bártulos en el tren y regresar al comienzo. El juzgado era diminuto. Estábamos comidos por papeles. No sé si me reconocieron de la televisión. Supongo que sí. El recuerdo está bastante claro, no intenté relacionarme, procuré ser cortés y bien educado, no caer de baja para no cargar a ningún compañero con mi trabajo y hablar lo menos posible. Sí recuerdo salir la media hora del café, pero no para tomar nada con los compañeros, solo para respirar un poco, aunque fuera el aire contaminado de la gran urbe. No cometer errores y hacer bien mi trabajo era como los cien trabajos de Hércules, pero sin Hércules. No importa, debí pensar, dentro de unos meses me iré y así acabará todo.

Por suerte ya teníamos el horario continuado, una de nuestras más ansiadas reivindicaciones, por lo que al dar la hora exacta, las tres, salías tras ordenar los papeles y ya no regresabas hasta el día siguiente. Imagino que comería algún bocata o un plato combinado, suponiendo que existieran en aquellos tiempos, o un menú barato. Me lo podía permitir porque ya no tenía que comprarle a A su botella de ron Bacardí diaria y no me gastaba dinero en comprar discos o libros, consciente de que aumentar el equipaje, con la mudanza a la vuelta de la esquina era de una inconsciencia que nunca tuve. Tampoco iba al cine o me permitía las diversiones que me acompañaron durante mi estancia en Madrid. Puede que viera a H alguna vez, no muchas, incluso tal vez ninguna. Mi única meta era ser el hombre invisible hasta que pudiera marcharme. Es posible que alargara mi regreso a casa para estar allí el menor tiempo posible. No quería molestar al hombre que generosamente me había permitido vivir con él. Seguramente me tomaría una cerveza en alguna terraza mientras escribía en la libreta mis infernales poemas negros.

Al llegar a casa me escondería en mi habitación, cerraría la puerta y me acostaría. Es posible que intentara leer algún libro, si es que la medicación me permitía concentrarme en algo. La cena bien podía consistir en un vaso de leche con algún dulce. Un cartón de leche en el frigorífico tampoco le iba a molestar mucho. Apenas tengo recuerdos de aquella convivencia. Algún intento por hablar sí debió de hacer aquel hombre, aunque no con mucha intensidad, ambos éramos conscientes de que yo estaba allí por lo que estaba. Tal vez porque lo hiciera por A, o porque le debiera algún favor a la madre o por compasión.

Los días transcurrían, no velozmente, pero al menos no se quedaban quietos. Lo peor eran las guardias en plaza Castilla. No recuerdo si eran de veinticuatro o cuarenta y ocho horas, lo que sí es seguro es que entrábamos por la mañana y dormíamos en el juzgado, hasta había un pequeño cuarto con una cama que utilizábamos por rotación cuando había algún pequeño descanso en aquel pandemónium que suponía una guardia de un juzgado de instrucción en Madrid. No sé si me tocó la guardia de dos juzgados a la vez en lugar de uno, otra de nuestras aspiraciones. Durante esas interminables horas te limitabas a registrar los atestados que entraran y a poner un poco de orden en los papeles que luego llevaríamos a nuestro juzgado. Una buena guardia era aquella en la que no había crímenes, con levantamiento de cadáver o cualquier otro incidente grave que nos trastocara la noche. Yo no estaba obligado a salir para levantamientos de cadáver u otras diligencias, pero nos quedábamos menos gente para atender al increíble trasiego que suponía la vida delincuente de una gran urbe.

En algún momento, no sé cuándo, ocurrió algo que trastocaría mi apacible vida de hombre invisible y me llevaría, pasito a pasito, a vivir aquella tragedia esperpéntica solo imaginable durante la transición. Una tarde llamaron a la puerta del piso. Nunca abría yo, pero aquella tarde mi compañero de piso me llamó. Quería presentarme a un amigo, un vecino de otro edificio cercano con el que al parecer mantenía una buena relación. No recuerdo que nadie más entrara en aquel piso durante el tiempo que estuve. Me quedé de piedra cuando el visitante, un hombre joven, de unos treinta y tantos, alto, buena planta, me pidió un favor. Por lo visto sabía quién era yo, bien porque se lo hubiera comentado mi compañero de piso o porque me hubiera visto en televisión. Lo que necesitaba de mí es que fuera a una farmacia para conseguir unos somníferos. Me sorprendió semejante petición. ¿No podía ir él? Aquello era muy extraño. Me negué. Luego mi compañero me explicaría que era un bebedor y que por algún motivo que no me expliqué no le daban medicación en las farmacias. Solo más tarde, cuando nuestra relación se hizo amistosa y me contó cómo era su vida, lo comprendí.

No podía creerlo. Acababa de enterrar a un amigo alcohólico –es un decir porque sí estoy seguro de no haber ido a su entierro- y ya estaba otro llamando a la puerta. Ahora soy consciente de que los problemas de las personas de mi entorno acababan afectándome por varias razones, yo era muy tímido, estaba obsesionado por hacer el bien, de una manera casi religiosa y sobre todo mi condición de enfermo mental, con una medicación que me convertía en un zombi, me hacían fácil víctima propiciatoria de las personas de mi entorno con problemas. Todos me liaban, o mejor dicho, yo me dejaba liar. Ahora sé que las personas con enfermedad mental, cuando estamos bien o pasablemente bien, procuramos con todas nuestras fuerzas ser buenos y hacer el bien para compensar los daños colaterales que se producen cuando estamos muy mal. Es un intento de compensación que se convierte en obsesión y que nunca logramos quitarnos de la cabeza. Aún hoy me siento impulsado, obligado, a llevarme lo mejor posible con la gente de mi entorno, hacer favores y mostrarme siempre como una buena persona. No es una característica de mi personalidad, es algo que he observado y observo en casi todos los enfermos mentales. Utilizando una metáfora de la ficción terrorífica, se podría decir que cuando estamos en nuestra piel procuramos compensar los desastres que hemos producido cuando nos hemos transformado en hombre lobo.

Intenté no darle importancia al incidente, aunque sé muy bien que seguramente tuve miedo de que esto no quedara ahí y se acabara produciendo algún desastre, como en efecto así fue. Una mañana recibí una llama telefónica en el juzgado preguntando por mí. Se me encogió el estómago y me persigné mentalmente. ¡Oh my God! Que no sean otra vez los periodistas. Era M, llamémosle así. Estaba muy afectado, traumatizado. Le había ocurrido algo terrible. Le pregunté si no podía esperar hasta la tarde, podríamos hablar cuando yo llegara a casa, ahora estaba trabajando y no podía entretenerme. Pues no, no podía, noté que necesitaba una información esencial o la ansiedad y la angustia acabarían con él. Escuché su relato procurando interrumpir lo menos posible y hacer las preguntas necesarias de la forma más discreta posible para que mis compañeros no supieran de qué estábamos hablando.

La noche anterior había ido a trabajar. Era guardia de seguridad y durante aquella temporada trabajaba de noche en un almacén, procurando evitar los robos. Imaginé que habría ido bebido. Sabía muy bien cómo funcionan estas cosas. No entendía cómo podían dejarle trabajar con un arma si sabían que se pasaba bebiendo. ¿O no lo sabían? En aquellos tiempos los guardias de seguridad iban armados. Lo visualicé en su garita, dejando pasar el tiempo, con su uniforme y su pistolera a la cadera, mirando la cámara o cámaras de vigilancia. Según él ocurrió que alguien entró a robar. Le dio el alto y como no obedeció le disparó, con resultado de muerte. Su ansiedad, su angustia, era saber si podía alegar defensa propia. Tuve que hacerle algunas preguntas imprescindibles. ¿Iba armado, llevaba el arma en la mano? No. ¿Portaba un arma blanca e intentó agredirle? No, no iba armado. Tuve que decirle la verdad, no podía alegar defensa propia, ningún juez lo aceptaría. Noté un silencio denso al otro lado de la línea telefónica. Por fin habló. Me dio las gracias. Esa era la pregunta que necesitaba una respuesta inmediata, el resto podía esperar. Quedamos para la tarde.

No soy capaz de recordar dónde nos vimos, si en una cafetería o tal vez me llevara a su casa, porque a la mía seguro que no fuimos, procuraba tener un exquisito cuidado con estas cosas, debía de aguantar en aquella casa hasta mi nuevo traslado, no soportaría una nueva mudanza. Tampoco recuerdo la conversación, solo una vaga sensación de su cara pálida, su nerviosismo, su decaimiento. No estaba asustado por ir a la cárcel, solo por las consecuencias. Quedarse sin trabajo, cómo iba a vivir su familia, su esposa y su hijo o hijos, porque no recuerdo cuántos hijos tenía. Era algo que le angustiaba. Le preocupaban algunos detalles, como cuándo iba a salir el juicio. Sería largo, estas cosas van despacio, le dije, como mínimo un año, tal vez dos o más.

LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS XXII


PRIMERO DE BACHILLERATO/SEGUNDO TRIMESTRE

Han pasado las navidades y estamos de vuelta en el cole. Este año ha hecho mucho frío, muchas heladas, temperaturas por debajo de cero, ha nevado, pero sobre todo ha helado. Al llegar nos encontramos con un buen problema. Los tubos de la calefacción han reventado por el hielo. No tenemos calefacción y hace un frío que pela. Me he puesto encima toda la ropa que puedo aguantar, lo mismo que los demás, pero sigo teniendo frío. Llevo guantes, abrigo y hasta la gorra orejera que llevaba en el pueblo para ir a la escuela. Nada es suficiente. Y lo peor es que dicen que tardarán mucho en arreglarlo.

Recuerdo con nostalgia el agradable calor de la cocina de carbón de casa, los carbones al rojo vivo y la chapa roja. Pero lo que más echo de menos es dormir en mi habitación, cerrar la puerta y estar aislado de todos. Me he dado cuenta de lo mucho que me molestar no tener cuarto propio, solo una cama seguida de otras camas en un dormitorio enorme, donde todos te pueden ver y te da miedo hacer cualquier cosa, antes miras para todas partes por si alguien te estuviera mirando. Si aquí tuviera un cuarto propio, aunque fuera muy pequeñito, donde poder encerrarte cuando fuera posible y sentirte libre para moverte o hacer lo que quisiera, esto no se me haría tan cuesta arriba. Me siento mal, muy nervioso, teniendo que estar todo el día pendiente de que me estén mirando, porque nunca estoy solo.

El viaje fue agotador. Los curas me habían sacado dos billetes, uno hasta León y otro hasta el pueblo. Tuve que esperar a que saliera el tren que iba a Asturias y pasaba por el pueblo, se hizo de noche y me entró miedo, aún soy un niño del que todos pueden abusar. Aunque solo llevaba una maleta, medio vacía porque no necesitaba mucha ropa para las dos semanas que pasaría de vacaciones, pesaba mucho para un niño que tiene que llevarla desde la estación del pueblo donde paran los trenes, porque en mi pueblo, a pesar de ser más grande, solo hay un apeadero donde casi no para ningún tren. Como era de noche y solo había farolas hasta la salida del pueblo y la entrada en el mío tuve que hacer todo el recorrido a oscuras, por la carretera, menos mal que no pasaba ningún coche. A pesar de que no están muy lejos el uno del otro caminar en plena noche y con el peso de la maleta me hizo sufrir mucho. Eché de menos que papá trabajara y no pudiera ir a buscarme. Cualquier ruido me sobresaltaba y echaba a correr. Tenía miedo de que hubiera lobos o incluso hombres malos que quisieran hacerme daño. Lo pasé muy mal y el camino se me hizo muy largo, algo que no hubiera ocurrido de día.

Llegué a casa muy cansado, agarrotado por el peso de la maleta y por el miedo. Mamá me recibió muy contenta pero no me abrazó. No veo a nadie besarse ni abrazarse, es como si les diera vergüenza o estuviera prohibido. Quería irme a la cama enseguida pero me obligó a cenar algo, me conformé con un vaso de leche caliente y unas galletas. Hacía mucho frío y el calor de la cocina no podía salir por el pasillo y llegar a mi dormitorio, así que me arrebujé bajo las mantas y me quedé muy quieto, a ver si de esta forma entraba en calor. No podía dormir. Por el frío y porque estaba muy nervioso. Había pasado mucho miedo, me había cansado caminando con la maleta y se me habían helado los pies y las manos. Me sentía muy a gusto allí, en mi dormitorio, donde nadie me miraba y podía dejar pasar el tiempo porque al día siguiente no me despertarían las palmadas del prefecto. Despertarme sin tiempo para hacerme a la idea de que ya no estaba dormido y hacer un esfuerzo de voluntad para salir corriendo a los servicios, hacer caca en los minutos que correspondían a la división del tiempo que había hecho hasta que sonaban de nuevo las palmadas para ponerse en fila, me ponía muy nervioso, me sentía muy mal, siempre con miedo a no hacerlo todo bien y recibir un tortazo. Allí, bajo las mantas, en el silencio de la noche, podía relajarme sin miedo a que ocurriera algo malo, a ser castigado, a que el prefecto me golpeara como a uno más, cuando yo era tan bueno y me preocupaba tanto por serlo. Lo único que echaba de menos eran los abrazos y que me contaran algún cuento o me dieran un beso de buenas noches. Cuando vivía todos los días en casa, antes de ir al colegio, había notado algo muy raro, mis papás no se besaban o se escondían para hacerlo y cuando papá levantaba mucho la voz, mamá le chistaba para que no hablara tan alto, como si la vecina de arriba pudiera oírlos y luego chivarse a la guardia civil. Todo el mundo tenía miedo de que alguien le oyera decir algo que no debía. Yo lo achacaba a aquel hombrecito de uniforme con voz de pito. Me sorprendía que todos le temieran tanto cuando era tan pequeñito, con aquella voz que daba risa. Pero los tenía a todos en un puño. Había tantas cosas que uno no podía hacer o decir que no era capaz de  recordarlas todas. No se podían quejar del trabajo, de que les pagaban poco, no podían decir palabrotas, había que ir a misa, había que creer en Dios y en el catecismo, había que ser siempre muy bueno. Daba miedo hacer algo mal y que un vecino se chivara y viniera la guardia civil a casa. Daba miedo que los mineros se declararan en huelga y la guardia civil los encerrara en la mina o les pegara o no les pagaran y que no pudiéramos comer nada. Todo daba miedo. Sería por eso que los papás no hablaban de nada importante delante de nosotros, que siempre estuvieran con aquello de que teníamos que ser buenos y nos pegaban si hacíamos algo malo. Mamá me daba con la zapatilla cuando hacía algo malo, me ponía rebelde y decía no, no y no. Me sentía humillado cuando se sentaba en una silla, me ponía en su regazo y cogía una zapatilla y dale y dale. No me asustaba el dolor, lo que más me dolía era la vergüenza. Papá casi nunca estaba en casa y cuando estaba no quería pegarme, pero mamá le decía que era una vergüenza que el hombre de la casa no pusiera orden. A veces me amenazaba con decírselo a papá y que me pegara con su cinto. Eso me daba mucho miedo, aunque no recuerdo que lo hiciera muchas veces. Yo procuraba ser bueno, pero no siempre lo conseguía, no soportaba que los mayores tuvieran siempre razón y me dijeran lo que tenía que hacer. Pero lo que más miedo me daba era que Dios me veía, porque lo veía todo y me castigara al infierno por unas mentirijillas de nada. Me imaginaba llegando al infierno y los demonios, con sus cuernos y rabos se burlaban de mí y me metían en una tina con brea hirviendo. Y allí tenías que estar toda la eternidad, que era mucho tiempo, un día tras otro y tras otro y tras otro. No lo soportaba. Por eso siempre que hacía algo malo le pedía perdón a Dios y le rezaba para que no me castigara al infierno. Eso sí que sería terrible. Lo que no entendía es que si era tan bueno como decían pudiera castigar al infierno a un niño tan pequeño que solo hacía algunas cosas mal porque no era posible hacerlo todo bien. Aunque pensándolo bien, tal vez no fuera tan malo estar en agua o en pez hirviendo cuando hace tanto frío. Mamá me dio una botella de agua caliente para los pies. Ha sido muy agradable hasta que el agua se enfrió. Ahora noto mucho el frío en los pies. Tengo las manos bajo las mantas para que no se me queden heladas y me he encogido para que no entre frío por ninguna parte y así vaya entrando en calor.

Trato de no pensar en el infierno, ni en las cosas que he hecho mal. Por eso busco algo en lo que pensar que sea más agradable. Puede que mañana nieve. Me gusta mucho la nieve. Lo pasaré muy bien si nieva, me pondré el abrigo, las botas con los calcetines de lana y el gorro con orejeras y saldré a la calle a jugar con la nieve. Me gusta tirar bolas y hacer muñecos. A lo mejor vienen a verme los chicos de la escuela con los que jugaba antes. El que seguro que vendrá es Luisito, seguro que me invita a su casa a ver la televisión. Mañana debería ir a ver al cura y ofrecerme como monaguillo, como nos han recalcado muy seriamente que hagamos, pero me angustia ir a la parroquia, ya veremos cómo me encuentro mañana. Me obsesiono con ello y luego con el cuaderno de las cartas a Bubú. Acabo de recordar que me lo he dejado en el cole. Quería traerlo en la maleta. Me he olvidado, como me pasa siempre con lo más importante. Ahora no paro de imaginar que el prefecto lo encuentra bajo el colchón, donde lo dejé y lo lee y se ríe y luego a la vuelta lo va a comentar en voz alta. O puede que los que lleguen antes se dediquen a mirar en los armarios y las camas, sobre todo si son mayorones, buscando algo para reírse de los chivinas y gastarnos bromas. No quiero ni pensar lo que harán con mi cuaderno si lo encuentran. Por fin encuentro algo sobre lo que pensar sin que me produzca miedo o me angustie. Voy a tener tiempo para leer. Buscaré en la maleta de papá. Allí tiene muchos libros, algunos ya los he leído, pero quedan bastantes que seguro me gustarán aunque sean para mayores. También podré ir al quiosco para cambiar algunos tebeos y a lo mejor papi me manda a cambiarle sus novelas del oeste o del FBI que me gustan más. Tendré que leer a oscuras y escondido, para que no me descubran. Ya lo han hecho otras veces y me han dicho que no lea sin luz porque voy a perder mucha vista. No me queda otro remedio porque tampoco quieren que lea cosas que no son buenas para un niño, pero a mí me gustan. Pensando en lo que voy a leer me tranquilizo y cuando entro por fin en calor me quedo dormido.

MI BIBLIOTECA PERSONAL XXIX


BAJO EL VOLCÁN DE MALCOLM LOWRY

Resulta curioso que la gran mayoría de obras maestras de la literatura universal sean a menudo tan difíciles de leer. Me viene a la cabeza el Ulises de Joyce, A la busca del tiempo perdido de Proust, Crimen y Castigo de Dostoievski, e incluso el Don Quijote de Cervantes. Es como si fueran cimas muy altas que solo pudieran ser coronadas tras una agotadora ascensión, repleta de riesgos, luchando contra la climatología y en solitario. No siempre es así. Durante esta pandemia he estado releyendo buena parte de la obra de Graham Greene que leí por primera vez en mi juventud y que me apetecía ver cómo resistían a la erosión del tiempo. En este caso sus novelas son mucho más fáciles de leer, debido a su ritmo narrativo, a sus historias y personajes. Y no solo las que el autor denomina sus novelas de entretenimiento, sino las serias que ya han pasado a la historia de la literatura del siglo XX. Tal vez se deba a su concepto de la narración, el autor piensa que todo aquello que entorpezca el hilo narrativo y el ritmo debe ser descartado. Prefiere definir a los personajes en la acción que en la descripción. Algo que no ocurre en los autores antes mencionados, herederos de la novelística del siglo XIX.

He podido terminar de leer la novela de Malcolm Lowry también durante la pandemia después de un tiempo de dura ascensión a la cima. En este caso no se debe a la complejidad laberíntica de un Joyce, a la extremada meticulosidad del intento de resucitar un pasado o al demoledor análisis psicológico o al lenguaje por el que han pasado los siglos. Lo que más me ha costado de esta novela es soportar la bajada a los infiernos del personaje protagonista que nos lleva al abismo más terrible de la naturaleza humana. En este sentido entronca con Dostoievski.

Descubrí a Lowry después de ver la versión cinematográfica de la novela de John Huston, hace ya algunos años, aunque no tantos. Hasta entonces era para mí un autor desconocido, a pesar de que no me cabe la menor duda de estar ante una obra maestra de la literatura y una de las cumbres de la novela del siglo XX. Su autor murió joven, escribió poco y esta novela es tan densa que no es de extrañar que nunca haya estado en las listas de bestsellers. Su estilo es muy trabajado, muy bello, aunque esté lejos de la complejidad casi insufrible de un Joyce. En la breve reseña de la novela en mi edición, se habla de la dificultad que tuvo para publicarla. Su editor quería a toda costa podar gran parte de la obra porque se haría muy pesada para el lector. Lowry escribió al parecer una carta a su editor defendiendo cada párrafo de la novela que está considerada como una de las cimas de la crítica literaria y que aún no he podido leer. Estoy intentando conseguirla porque seguro que contiene grandes hallazgos.

Para mí lo mejor de la novela es su personaje protagonista. Un alcohólico que no deja de fugarse de la realidad, copa a copa, para evitar enfrentarse a sus demonios, básicamente amorosos. El personaje de la mujer está trazado con gran sobriedad pero con indudable profundidad, lo mismo que el amigo de ambos y trío en la novela. Creo que es el mejor personaje alcohólico de la historia de la literatura, aunque hay algunos muy buenos. La descripción del proceso alcohólico del personaje es algo extraordinario y que me recuerda a la ludopatía que sufre el personaje de Dostoievski, el jugador. No se trata solo de una descripción desde fuera, el autor se mete en el interior de la piel del personaje y lo va siguiendo en su camino a los infiernos, algo que sin duda debe tener relación con los problemas que Lowry tuvo con el alcohol.

Todo en la novela es magistral, desde la estructura narrativa, al trazo de los personajes, a la descripción de un entorno y un ambiente, de un paisaje ominoso que está ahí, siempre a punto de explotar, como el volcán a que se refiere el título. La fragilidad de la naturaleza humana llega a ser tan desesperante que por eso cuesta tanto seguir al protagonista. Algo que por otro lado se relaciona bastante con la pandemia que estamos viviendo. Lo curioso es que ya sea un volcán o unos virus los que nos amenacen, al final es el propio ser humano el que acaba por destruirse a sí mismo. No se necesita la explosión de un volcán o el contagio con un virus letal, en lo profundo de la naturaleza humana está su fragilidad más terrible y desesperante. El estilo acompaña al personaje en su viaje y el decorado, ese calor pegajoso, nos hace sentirnos como caminando por terrenos pantanosos y putrefactos. La descripción de México y del día de los difuntos es asombrosa, no en vano el autor vivió allí muchos años.

Los personajes secundarios son tan sólidos y bien trazados como los de Dostoievski. Como en él, la narración no tiene prisa en llegar a ningún destino, porque ya se adivina la tragedia final como en las novelas más importantes del gran escritor ruso. Solo que aquí no existe la lejana esperanza de una religión, porque Lowry, al contrario que su personaje, no se fuga de la realidad, nos la muestra tan descarnada como la calavera del día de los difuntos. No hay esperanza de redención, no hay otra cosa que el misterio inextricable de la existencia, que el esperpento de la tragedia de un ser humano enfrentado a sus demonios que le llevarán a un final que de todas formas estaba escrito, porque la mortalidad del ser humano no puede ser redimida, pero que sería más digna tras una lucha inquebrantable contra esos ridículos demonios que se cuelan en su interior desde la botella a cada trago. Estamos ante una obra maestra de la literatura que merece ser leída aunque la ascensión sea a veces penosa, como es penosa la frágil condición humana.

SINOPSIS

La historia comienza en el día de los muertos mexicano de 1938. Geoffrey Firmin, antiguo cónsul, es un alcohólico incapaz de enfrentarse a los demonios oscuros de su sentimiento de culpabilidad y que en el fondo busca su autodestrucción. El regreso de su ex mujer Yvonne, acelerará ese proceso, dejando que ella se acerque a su hermanastro Hugh al rechazar los intentos de ésta por intentar redimirle. Como en una tragedia griega, todo se confabulará para que el final que ya estaba elegido se materialice.

Autor: Malcolm Lowry
Título original: Under the volcano
Editorial: Tusquets Editores S.A.
ISBN: 978-84-8310-656-3
Género: Narrativa

MI ÚNICA VIDA


«Mi única vida»

César García

Todo empezó, si es que alguna vez hubo algún comienzo en esta historia, cuando me sorprendí dudando de mi memoria, aunque aún no de mi cordura. Puede parecer extraño pero antes me consideraba un hombre con suerte. ¿O hasta eso era un recuerdo falso, inducido? El simple hecho de que esté dudando me parece grave, muy grave. Hace unos días – o tal vez unas semanas, o incluso meses- inicié un cuaderno que había comprado siguiendo un impulso. Comencé a poner por escrito todos los recuerdos dudosos en las hojas impares y aquellos de los que estoy convencido en las pares. Las terceras hojas las he dejado en blanco, para anotar las pruebas irrebatibles que vayan surgiendo sobre mi existencia y mi pasado.

La soledad es muy mala compañera, la peor enfermedad que pueda sufrir un ser humano. No mata, lo que sería un consuelo, pero te deja incapacitado de por vida. Encerrado en mi piso a cal y canto, no es de extrañar que algunas veces se apoderen de mí ideas delirantes, que no soportan la confrontación con lo que pensaría una persona normal, y con las que no podría mantener una conversación sin que me tildaran de loco. Soy consciente de que debería relacionarme, charlar con la gente, con cualquiera que me encontrara en mi camino. Eso me ayudaría a poner las cosas en su sitio, a engranar cada tuerca en el correspondiente mecanismo. Sin embargo, no soy capaz de hacerlo. Me lo propongo todos los días y hago un gran esfuerzo de voluntad, pero es inútil. Solo de pensar en la posibilidad de relacionarme, de crear vínculos, me pongo enfermo.

Mi decisión de ponerlo todo por escrito será para mí una prueba irrefutable de que en algún momento he pensado lo que pienso, de que me han sucedido las cosas que me están sucediendo o, al menos, he llegado a pensar que eran reales y no delirios de mi mente.

Me he obsesionado con lo que considero un clavo ardiendo, al que aferrarme antes de que la locura se apodere definitivamente de mi mente. He vuelto a la librería y he comprado un montón de cuadernos. La dependienta, una chica guapa, pero muy desagradable, me ha mirado con extrañeza, como si pensara que estoy loco, aunque esto pudiera ser solo una exageración, ya que estoy excesivamente sensible en estos temas. Los he etiquetado todos con diferentes títulos: “cuaderno de la mala suerte” (para anotar los sucesos poco probables de que ocurran un día sí y otro también a cualquier persona, incluso a mí); “cuaderno de mi pasado” (para anotar los recuerdos que pueda probar), y de esta guisa todos los demás.

Me he observado, aterrorizado, en un espejo de la papelería, disimulando para que la empleada no llegara a pensar que me ocurría algo grave. He comentado, como quien no quiere la cosa, que había decidido escribir una novela, y que sería muy larga, de ahí los cuadernos. La dependienta ha intentado esbozar una sonrisita que no le ha salido, en su lugar, observé un desagradable rictus. Me despachó deprisa y corriendo, como si quisiera librarse de mí cuanto antes.

No sé cuándo cambié los títulos de mis cuadernos. Ahora se titulan “Primera vida”, “Segunda vida” y así sucesivamente. De momento llevo siete vidas y podrían ir aumentando. Esto es como «El día de la marmota» –una película que he visto en esta vida… o tal vez en cualquier otra, ¡quién lo puede saber!- solo que al revés, nada es igual cuando me despierto y me levanto. En una vida estoy soltero y solo, en otra, casado y con hijos, en la siguiente casado con una mujer diferente y sin hijos. En una voy a trabajar, en otra estoy jubilado. En una soy joven y en otra un abuelo. Como apenas recuerdo las otras vidas cuando estoy en una concreta, solo una ráfaga o una secuencia, he decidido anotar todo lo que recuerdo de cada vida y los detalles más importantes del día que transcurre en cada una de las vidas, porque no duran más. Me voy a la cama solo o acompañado de una u otra mujer, después de contarles un cuento a los niños, o una historia a mi pareja, si es que no hay niños y a ella le gustan las historias. Si es que le gusta hacer el amor, sin antes leer un libro o ver la televisión o charlar un rato, pues lo hacemos. En cuanto cierro los ojos y el sueño se apodera de mí, todo se diluye en el olvido. Al día siguiente, en cuanto me despierto, lo primero que hago es consultar el cuaderno donde he anotado el día anterior, para saber que estoy en otra vida, siempre, o en la misma, nunca al día siguiente, solo a los siete días o a las dos semanas o a los dos meses… Bueno, eso aún no ha ocurrido, pero a este paso seguro que ocurrirá. Si estoy solo aprovecho para anotar lo poco que recuerdo del día anterior y fechar la anotación. Si estoy acompañado, antes hecho un vistazo al otro lado de la cama, para ver si mi pareja está dormida. Entonces me levanto rápidamente, me encierro en el servicio y anoto lo que puedo antes de que llamen a la puerta.

He llegado a pensar que vivo en varias dimensiones a la vez. No es posible que tenga múltiples personalidades, porque cuando no estoy solo, las otras personas que me acompañan son reales y no producto de mi mente. Me obsesioné con saber cuál era mi única y verdadera vida. Hoy creo que lo sé. Es esta. Esta es mi única vida. Aunque tal vez no lo sea… ¿Cómo saberlo?…

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UN DÍA EN LA VIDA DE UNA FAMILIA VANTIANA VI


UN DÍA EN LA VIDA DE UNA FAMILIA VANTIANA VI

-Así es Arminido. Por suerte yo he aprovechado el interludio para desayunar, así que no tendré que hablar con la boca llena. Y sin más iniciaremos esta entrevista a la que generosamente nuestros anfitriones han accedido.

ALIRINA

-Aprovechando la destemplada salida de su hija Olivina, me gustaría preguntarles, para abrir el fuego, cómo es la relación con su hija. Si eso no viola su intimidad, por supuesto.

ELIELINA

-Como usted sabe, porque ha pasado por lo mismo, nuestros hijos pasan por el terrible trauma de saber que quienes creían sus padres, con los que convivían todo el tiempo, en realidad eran figuras holográficas, creadas expresamente por nuestro “H”, con textura, por supuesto, de otra forma no podrían engañar a los niños, y con todas las cualidades necesarias. Incluida una personalidad clónica de los padres a los que imitan. Los padres reales nos dedicamos a seguir con nuestras vidas como si tal cosa. Son unas niñeras perfectas. Nosotros a veces les vemos y acariciamos un poco, jugamos un corto espacio de tiempo con ellos, hasta que nos cansamos y regresamos a nuestros quehaceres. Durante estos años solemos viajar más, hacemos excursiones, incluso pernoctamos en hoteles comunitarios y hasta algunos le piden a “H” que les construya habitaciones especiales para los niños, separadas de la casa por barreras energéticas que hacen cosquillas. En nuestro caso no lo hicimos. Nosotros, yo al menos, personalmente, nunca he estado de acuerdo con esta forma de educación. Tuve que sufrirla en mis propias carnes, por eso creo que la educación tradicional, histórica, que recibían los niños, era mucho mejor que la nuestra.

-¿Cómo es que no pidió a “H” que le dejara educar a Olivina en la forma tradicional?

-Estuve a punto de hacerlo. Lo pensé mucho, pero al final decidí que no estaba preparada para ser una madre tradicional y que Olivina saldría perdiendo.

-Sabe, por supuesto, que existen algunos grupos, poco numerosos, que postulan ese tipo de educación. ¿Por qué no les pidió ayuda?

-Los datos que tengo, no sé si ciertos, indican que esos niños, si bien no sufren el trauma de los nuestros al descubrir que los padres que les educaron no son sus auténticos padres, tienen otros problemas, casi tan grandes o más, al parecer les cuesta mucho integrarse en nuestra sociedad, y si no escapan a las montañas Negras, acaban en pequeños grupos de delincuentes difíciles de manejar.

-Disculpe que la interrumpa… Arminido, creo que este es un tema muy interesante para que puedan opinar nuestros tertulianos, especialmente la Sra. Arminiani.

-Así es en efecto, Alirina. Bueno, señora Arminiani, ¿qué nos puede decir al respecto? ¿Es este uno de los más graves errores de “H”?

-En realidad no se trata de un error de “H”. Fue diseñada para atender las necesidades de todos los omeguianos y atiende a este mandato de su programación mientras no colisione con cuestiones que atenten a su supervivencia. El bueno de Helenio de Moroni, su constructor, no encontró un algoritmo perfecto que en todo momento pudiera tomar la mejor decisión entre la libertad de cada omeguiano, el bienestar individual, el bienestar común y las repercusiones en el futuro de cada decisión. Teniendo en cuenta que todos, o la inmensa mayoría, decidieron educar a sus hijos de esa manera y así se lo pidieron, nuestra inteligencia artificial no podía negarse salvo que la prioridad de su libertad chocara frontalmente con las consecuencias de lo que le estaban pidiendo, y no parece que la huida a las montañas Negras de unos pocos adolescentes traumatizados pueda considerarse un revés importante. Puede que allí sean más felices que entre nosotros. No se conoce ninguna muerte, por suicidio o por otro motivo concomitante que llevarían ipso facto al bueno de “H” a cancelar su decisión. En cuanto a la polémica entre educación tradicional de los niños y educación moderna, debo decir que yo misma estoy a favor de la educación tradicional. Dejando de lado las razones importantes que esgrime la señora Elielina, todo afecto que se muestre a través del contacto físico, las caricias, los besos, toda educación personalizada, física, es siempre mejor que una educación interpuesta, aunque ésta sea llevada a cabo por clones tan perfectos de los padres como los que ha conseguido “H”. Estoy convencida de que si ella no manipulara nuestros cerebros a través del casco, durante nuestros sueños, todos los omeguianos sufriríamos graves patologías mentales…

-¿Le parece poco las que ya sufrimos?

-Lo siento Artotis, no tiene la palabra, luego se la concederé de mil amores, pero deje terminar a la señora Arminiani.

-Si, en efecto, tiene razón el Sr. Artotis. Solo “H” sabe hasta qué punto nuestras mentes están tocadas y todo lo que él está haciendo para que no se note demasiado. Nuestras vidas se han convertido en una pasiva recepción de estímulos. Nadie se mueve si no es imprescindible, y esto tiene que pasar factura necesariamente. A pesar del incentivo que suponen los créditos por hacer esto o aquello, repito que nadie hace nada que no sea imprescindible. Cuando los omeguianos necesitan créditos para lograr algo que les interesa mucho, mueven el cuelo que se las pelan. Eso sí es verdad, pero el resto del tiempo se limitan a comer, dormir, disfrutar de placeres artificiales, ver los canales holovisivos de “H” o hacer excursiones cuando les sobran créditos que no necesitan para nada más y hay sitio en las listas.

-Hay que acabar con “H”. Cuanto antes. A cualquier precio.

-Sr. Artotis, es la última vez que se lo digo, una interrupción más fuera de turno y se va a la cafetería hasta que yo diga. Bueno, a ver, ¿a qué viene este desmadre? ¿No sabe que el bueno de “H” siempre nos observa?

-Como Dios.

-Ese es un concepto totalmente desfasado. Lo mismo que acabar con el bueno de “H”, que si no fuera tan bueno ya habría acabado con todos nosotros. Bueno, vamos a ver, Artotis, ¿por qué quiere acabar con él? ¿De qué comeríamos, qué beberíamos, dónde dormiríamos, qué sería de nuestras miserables vidas? Y además, ¿cómo pretende acabar con una inteligencia artificial que se entera de todo, lo sabe todo, lo puede todo y está tan protegida de cualquier ataque, de cualquier acto terrorista, que los pocos jóvenes que se refugiaron en las montañas Negras y que luego regresaron para vengarse, fueron achicharrados con suma facilidad?

-Aquí Alirina, aquí Alirina. Cambio. Creo que cometí un error pidiendo opinión a los contertulios. Arminido, os habéis olvidado de mi conversación con la materfamilias de esta casa. Ya casi han terminado su desayuno. Un poco más y se nos termina el día sin saber cómo vive una familia vantiana estándar.

TERCER DÍA EN CRAZYWORLD II


TERCER DÍA EN CRAZYWORLD II

-No sé cómo ha descubierto que el miserable de nuestro director, ahora difunto, ¡loado sea el señor!, violó a la hija de la doctora Patricia. La pobre se ha convertido en la sospechosa número uno. Quiere que vayas a verla y hables con ella y su hija. Jimmy está convencido de que eres el único que podrá sacarles algo. No sé por qué lo pensará. Imagino que porque pareces tener buena mano con las mujeres y las gatitas. Yo te voy a acompañar, aunque él no quiere que lo haga, me lo dijo expresamente. Luego vendrás a mi casa a comer y no puedes decir que no. Hoy serás todo para mí, te pongas como te pongas. Ese idiota de Jimmy se habría ahorrado sus pesquisas si me lo hubiera preguntado a mí, pero parece que soy la única mujer en Crazyworld a la que no le interesa acosar. No lo entiendo, porque con el hambre de sexo que tiene podía tener menos remilgos. El muy cabroncete.

Dolores quitó su brazo de mi hombro, sentí un gran alivio. Cuando la miré su boca esbozaba una gran sonrisa, llena de encanto. No quise preguntarme por la razón de su creencia en mi buena mano con las mujeres y las gatitas. Parecía saber todo lo que ocurría en Crazyworld, incluso antes de que ocurriera, y eso que no tenía a su disposición las cámaras espía del centro de seguridad.

-De acuerdo. Heather no me comentó nada de la doctora Patricia…

Me quedé en suspenso. Había metido la pata, desvelando dónde había pasado la noche y poniendo en entredicho la intimidad de una dama. Me sentí mal. Ella debió notarlo.

-No te preocupes, chiquitín, ya sabía con quién has pasado esta noche, como la anterior. Nada de lo que aquí sucede escapa a mis castos ojos y orejas.

Noté un brazo mucho más liviano que el suyo oprimiéndome el gaznate. La sorpresa fue mayúscula, pero cuándo la opresión se hizo ominosa supe de quién se trataba. Jimmy estaba a mis espaldas y dispuesto a ahogarme sin darme la menor oportunidad de explicarme. Una voz susurrante y destemplada como un serrucho oxidado me dijo algo a la oreja.

-Por fin te pillo, cabrón. Mientras yo no he parado de investigar tú te lo has pasado tan ricamente con esa zorra de Heather. Quiero que sepas que no puedes ocultarme nada. Eres un cabrón con suerte. Ahora vas a ir a ver a Patricia y le sonsacarás todo, aunque tengas que pasarte la noche con ella. Eso te lo permito por el bien de la causa. Cuando acabes con ella, sea la hora que sea, te pasas por el despacho del doctor Sun, te estará esperando y yo también. Las cosas se están poniendo muy feas y necesitamos pensar en una estrategia.

Su brazo no dejaba de oprimirme el cuello, apenas podía ya respirar. Tenía que hacer algo. Pero no me dio tiempo. Tiró con fuerza hacia atrás y me vi obligado a acompañar su movimiento. Mi cuerpo salió disparado del banco y me quedé espatarrado en el suelo. Jimmy no perdió el tiempo. Comenzó a darme puñetazos como un loco, uno de ellos en el estómago, lo que me hizo vomitar los desayunos. Luego empezó a patearme con saña. Cuando acabó me lanzó un walkie-talkie a la cabeza y salió corriendo, no sin antes vocearme que como no lo tuviera encendido todo el tiempo me iba a castrar. Dolores estaba de pie y se acercaba a mí como a cámara lenta. Pude imaginarme lo mucho que le habría costado levantarse del banco para acudir en mi ayuda. La disculpé. Me dio su mano y haciendo un esfuerzo pude ponerme en pie. Sangraba un poco por la nariz y me dolía un ojo, supuse que me quedaría un moratón. El resto del cuerpo me dolía, pero no demasiado. Ni siquiera me sentía encolerizado, deseando salir tras él para pillar a aquel renacuajo y estrujarle entre mis manos. La sorpresa había sido tal que ahora que me había librado casi tenía ganas de reír. Creo que se me escapó una risita.

-Lo siento, chiquilín, a mí también me pilló por sorpresa. Acerquémonos a esa fuente para que te limpies la sangre de la nariz. Por suerte el vómito no te ha ensuciado la ropa. Ahora sí que no puedes negarte a venir a mi casa a comer, ni siquiera has podido digerir el desayuno. Si quieres podemos ir a casa y te adecento un poco.

-No gracias, Dolores, eres muy amable. Bastará con que me limpie la sangre y si eres tan amable me sacudes un poco el polvo. Quiero ir a ver cuanto antes a esa dichosa Patricia y terminar con este asunto cuanto antes. Luego te agradecería que me dieras un poco de linimento por todo el cuerpo y un buen masaje, ese tontaina me ha dejado el cuerpo machacado.

-Claro que sí, mi pequeñín, tengo en casa linimento y todo lo que haga falta.

En la fuente de agua fresca y potable me mojé la cabeza, limpié la sangre de la nariz y restregué mi camisa para quitar algunas manchas –Dolores no pudo por menos de sonreír, imagino que porque es un gesto que hacemos todos los hombres, aunque es un recuerdo vago- bebí un buen trago esperando que no me sentara mal porque el estómago andaba un tanto revuelto. Entonces recordé que había dejado en tierra el artilugio de Jimmy. Retrocedí y con esfuerzo doblé mi bisagra y me hice con él. Decidí que era mejor tenerlo activo y darle largas que arriesgarme a que me buscara porque no contestaba a sus requerimientos. Le pedí que nos sentáramos otro ratito para recuperarme.

-No veo mucha gente por aquí, para ser sincero no veo a nadie.

-La gente tiene miedo y además el doctor Sun ha recluido por grupos a los pacientes en las celdas de aislamiento. Está intentando llegar a sus subconscientes para comprobar si alguien sabe algo. Según me contó Jimmy parece que ha salido de su pasmo para regresar a su tontería habitual. El Pecas no quiso darme muchos detalles, pero al parecer Mr. Arkadin ha anunciado su presencia para dentro de unos días y quiere tener al culpable identificado y recluido. El pobre debe de estar temblando ante la posibilidad de que le releven de su puesto y no pueda seguir buscando el subconsciente colectivo. Sería una pena porque me cae bien y no creo que su sustituto sea mejor. Vale más lo malo conocido…

-¿Queda muy lejos la casa de Patricia?

-Bastante. Cuanto más importantes más lejos tienen sus casas y más lujosas.

-¿Y la granja?

-¿Aún no te ha llevado Jimmy? ¡Qué raro! Está en esta dirección, después de pasar la última zona de viviendas, en un claro del bosque que nos rodea por todas partes. Cortaron muchos árboles y las cuadras, corrales y viviendas de los granjeros están construidas de madera, es algo que merece la pena ver.

En cuanto me sentí mejor iniciamos el camino. Parecíamos dos borrachos que se apoyaran el uno en el otro para no caerse. Dolores anda con dificultad debido a su peso, aunque no se queja nunca.

ALGUNAS HISTORIAS SÓRDIDAS XL


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Mi estancia en Fuenlabrada, donde ocurrió un drama tan trágico como esperpéntico, será narrada en el tercer libro de estas historias. Así pues daré por bueno lo contado hasta este momento, a pesar de los grandes vacíos, y supondré que el episodio que estoy acabando de hilvanar transcurrió al fallecimiento de A. Me asombra comprobar que en un periodo de tiempo de poco más de cuatro años me sucedieron tantos dramas como a algunas personas, pocas –si descontamos el tercer mundo- le podrían haber ocurrido durante una larga vida. La sensación que tengo es la de que los hechos ocurrieron uno tras otro y a veces se simultanearon varios. Por supuesto que hubo muchas más cosas, fui muchas veces al cine, al teatro, compré y leí muchos libros, hubo momentos agradables, incluso muy agradables, pero mi memoria se ha empecinado en acumular todo lo malo, convirtiendo esta temporada que siempre he llamado desde entonces como “Mi temporada en el infierno”, parafraseando a Rimbaud, o mi etapa negra, en un continuum temporal en el que solo me ocupé en ir descendiendo de círculo en círculo dantesco. Hubo intervalos, eso está claro.

No recuerdo mucho más de mi etapa de famoso reciente. Recibí algunas llamadas en el trabajo de compañeros de otros juzgados, interesándose por mí, de maneras muy humanas y sensibles. No quise aceptar sus propuestas de vernos, tomar un café y charlar. Debí de estar muy mal para negarme a tomar café con algunas chicas o mujeres que estaban interesadas en conocerme y charlar. Ese debe corre de mi cuenta, porque no hubo desprecios, insultos o nada semejante. Sencillamente estaba tan mal, tan desesperado que ya no creía en nada ni en nadie. No esperaba nada, no buscaba nada, solo quería que pasara el tiempo de exposición mediática, que todo el mundo se olvidara y yo pudiera continuar con mi vida, fuera la que fuese. Resulta curioso que a pesar del tiempo transcurrido, cuando llegué a León, me encontré con un compañero de otro juzgado en el vestíbulo del palacio de Justicia y me preguntó asombrado, si yo era el que había salido en el programa de televisión. Lo negué, por supuesto, pero él siguió insistiendo y creo que nunca aceptó mi negativa. Si dentro de un tiempo leyera estas historias recordaría aquel episodio y se sentiría confirmado en algo de lo que estaba totalmente seguro. Cuando fui cambiando (bajé de peso, los treinta kilos que había subido, me vestí de otra manera, me olvidé de la mariconera que comprobé era objeto de burlas en una capital provinciana, y mi aspecto físico cambió mucho, hasta me deshice de la barba y me dejé un bigotillo) el que alguien pudiera reconocerme resultaba bastante inverosímil.

Los ejemplares del suplemento dominical de aquel periódico, puede que una docena, los quemé durante una crisis de mi enfermedad y tras una discusión con mi entonces pareja. Los metí en la caldera de la calefacción y tras ellos los cuadernos de un diario que había comenzado a escribir a mi llegada a Madrid. Es una pena porque ahora me servirían para colocar en su sitio todas las piezas del puzle y desbloquear un rincón de mi memoria que ha permanecido tapiado más de cuarenta años. Si bien durante los años siguientes hablé a algunas personas de mis intentos de suicidio, fueron muy pocas, y la versión de aquellos hechos estaba muy podada. No creo que diera ningún ejemplar del reportaje a nadie. No es algo que se regala a los amigos para que te quieran más. Los conservé todos porque el juramento que me hice de contar todo esto antes de morir ha permanecido presente toda mi vida. Comenzó en aquel sótano infecto, atado con cadenas, donde primero quise acabar con toda la humanidad y luego me conformé con la promesa de lanzar un grito de Munch defendiendo mi dignidad humana antes de morir y quedó incrustado en mi subconsciente en aquel comedor del psiquiátrico Alonso Vega de Madrid después de que el psiquiatra me dijera que iba a permanecer internado de por vida. Por suerte el bloqueo de la memoria ha sido casi total. No quiero decir que me volviera amnésico, simplemente fue enterrado a mucha profundidad, casi en el núcleo de la Tierra, de tal modo que al desenterrarlo ahora he tenido que cavar con uñas y dientes. Hay sangre entre mis uñas y hay putrefacción entre mis dientes. Ha sido una recapitulación infernal. He pasado algunas noches sin pegar ojo y he sentido temblar mis entrañas. Ha sido mi condición de novelista, capaz de escribir las historias más delirantes y de crear los personajes más alucinantes, la que me ha permitido verme como un personaje y distanciarme, escribir estas historias como si fueran relatos de terror y no una realidad que viví en mis propias carnes. Me cuesta aceptar que la persona que fui es la misma que la persona que soy. Y sin embargo cada episodio depresivo, desde hace muchos años, me recuerda un poco a lo que fui y a lo que hice entonces. Es el mismo veneno, solo que la dosis está muy rebajada. Ya no me comen por dentro los ácidos, pero el malestar estomacal de la digestión me obliga a dar vueltas en la cama, insomne, o a levantarme, como esta noche, que espero sea la última, para rematar estas historias de una vez por todas y olvidarme de ellas. La recapitulación está hecha, el desbloqueo me ha llevado hasta donde me ha permitido mi subconsciente, ahora solo queda subirlas a Internet y esperar que no pase nada. Porque nada debería pasar. Las historias humanas nunca se han llevado en esta sociedad, todo el mundo quiere pasar página, divertirse con lo que sea, fugarse de la realidad de la vida como sea y al precio que sea. Las historias humanas no interesan, porque se sufre demasiado, porque intensifican nuestra capacidad de empatía, muy dormida, y no merece la pena sufrir por algo que no nos ha ocurrido a nosotros. Soy consciente de que mi historia no deja de ser una de tantas.  La historia humana se compone de todos los círculos del infierno de Dante y de más, de muchos más, por ellos han pasado tantos seres humanos que la empatía hacia todos ellos nos volvería locos. La historia humana está repleta de genocidios, de campos de concentración, de muertos de hambre, por las guerras, torturados, despedazados, desmembrados. Las mujeres han sido violadas, los niños esclavizados, carne de cañón de pedófilos, tirados en las playas de los refugiados. Si por un milagro todas las víctimas en la historia humana aparecieran ahora ante nuestros ojos, en nuestros parques, en las plazas públicas, en nuestras calles, amontonados, sangrantes, con sus ojos abiertos mirándonos. Si las escenas de sus torturas, de sus muertos, se reprodujeran ante nuestros ojos, la humanidad se volvería loca, porque no hay mente que soporte algo así. Esta es la maldita y tenebrosa historia de la humanidad y aún no ha terminado. Ahora mismo siguen ocurriendo estas cosas. Ahora mismo la humanidad sigue mirando para otra parte, como si la depredación que está sucediendo ante nuestros ojos no fuera con nosotros. Es preciso bloquearse, es preciso anular nuestra capacidad de empatía para poder sobrevivir. Mi vida no es nada comparada con esta pirámide casi infinita de víctimas amontonadas de cualquier manera por el tiempo, la historia y los verdugos que han sido encargados de ahorrar un trabajo horrible al resto. Además, salvo las cadenas que me pusieron contra mi voluntad, las patadas, los puñetazos, los electroshocks, las reclusiones en manicomios, el resto lo hice yo, nadie intentó matarme, fui yo el que quiso hacerlo. No importan las razones, una sociedad apestosa, inhumana, la soledad, la falta de cariño, una enfermedad mental que sigue estigmatizada y que a nadie importa. Fui yo quien lo hizo y no puedo ni debo quejarme. Pero tal vez mi dignidad humana me impulse a cumplir el juramento que me hice. Por todas las víctimas amontonadas de cualquier manera a lo largo de la historia. Porque cuando la naturaleza mata, a veces para sobrevivir ella misma a la depredación humana, no se regodea en sus resultados, es objetiva e impersonal. ¿En qué infierno estamos? ¿Dónde están los verdugos? Y sobre todo, ¿dónde están las mentes asesinas que urdieron todo esto? Espero que nadie lea este testimonio, que me dejen en paz, solo quería cumplir un juramento, solo eso. Pero si todo se complica y muchos lo leen que no me llamen para entrevistas morbosas. Que cambien esta humanidad, que salgan a las calles y griten que señalen a los verdugos y a las mentes asesinas, que no tengan miedo a morir, la muerte puede ser un alivio cuando uno vive en el infierno.

Para quitar hierro debo darle a esta historia un final un tanto esperpéntico. A la muerte de A me trasladé a Fuenlabrada donde residí hasta mi traslado a León. Con el tiempo me olvidé de mi fama efímera y los demás se olvidaron antes. Seguí viendo a H, aunque no con mucha frecuencia. Mi salida de Madrid no acabó con nuestra relación. Debimos de escribirnos cada cierto tiempo, cartas, por supuesto, porque en aquellos tiempos no había correo electrónico. No recuerdo conversaciones telefónicas, aunque sí pudo haberlas. Lo cierto es que yo regresé a Madrid en alguna ocasión para verla, eso lo recuerdo. Y ella vino a León para verme. Lo sé porque tengo alguna foto que lo documenta. En ella está con la pareja de su padre, no recuerdo que viniera nadie más, aunque hay una foto en la que estamos los tres y que alguien debió hacerla, tal vez un transeúnte que pasaba por allí. Puede que insistiera un poco para tener relaciones sexuales con ella. Admito que aunque no insisto cuando me dicen que no, suelo dejar caer como quien no quiere la cosa que… Bueno, en realidad en aquellos tiempos me limitaba a hablar de mi soledad y la necesidad de cariño y de sexo. Si se lo dices a una mujer ésta puede pensar que le estás proponiendo algo. Debería callarme, ya que a nadie le importa mi soledad o mis necesidades sexuales, como a nadie importó mi trágica vida de enfermo mental. Pero no soy capaz de hacerlo, siempre se me escapa la verdad, porque no soy capaz de vivir en la mentira.

El recuerdo de lo que ocurrió en la casa de mis abuelos, entonces abandonada y a la venta, cuando ella accedió a venir a pasar unos días conmigo, sola, y en la montaña, es para mí bastante triste. Yo había comenzado a engordar de nuevo y supongo que estaba en un periodo depresivo, uno más. Ella no debía de sentirse muy atraída por mí, pero cedió por alguna razón. Además los efectos de la droga habían disminuido mucho su libido, como me había confesado estando en Madrid. Fue una experiencia muy triste. En buena parte fue culpa mía, por insistir y no ser capaz de dar lo mejor de mí, y en parte fue culpa de ella por su falta de libido. No volvimos a vernos. Creo recordar que yo aproveché el desastre que fue nuestro encuentro sexual para dejar de contestar a sus cartas. Es cierto que nunca le eché la culpa de lo ocurrido con la entrevista pero aquella experiencia fue tan brutalmente decepcionante que en algún momento pensé si no podría haber escogido otro periodista y si en realidad solo quería hacerle un favor. Puede que me comentara que se había acostado con él en un pasado no muy remoto. Nunca quise saber de aquel periodista y tal vez hubiera podido hacerlo ya que conservaba su nombre en el reportaje. Entonces no existía Google pero tampoco era tan complicado ir a una biblioteca y leerse los periódicos de Madrid. Desconozco si aquel número circense que fue la entrevista que me hizo le pudo servir para trepar y mejor su posición profesional. Por un lado no me importaría que aquella mierda que viví hubiera servido de algo a alguien, por otro lado pienso que quien desprecia la humanidad de una historia, buscando solo número de lectores, de oyentes, de televidentes, para conseguir una mejor posición, más dinero, más fama, más relevancia, lo que sea, no merece que se le desee suerte en su empeño.

Y aquí termina esta historia, aunque quedan algunas más, como la que vendrá a continuación, una tragedia esperpéntica en la transición española o la historia de una rubia con mala suerte. Lo dicho, a lo largo de mi vida no me han ocurrido tantas cosas y tan malas como en aquellos años, tal vez cuatro y unos meses. Creo que entonces era una especie de emisora de radio lanzando quejidos al aire y como es natural atraje a todo lo afín. Ahora, cuando todo el mundo vive una distopía que nadie es capaz de asimilar, cuando mi muerte no está lejana y la soledad es aliviada por mis queridos gatitos, ha llegado el momento de cumplir mi juramento y proclamar bien alto que merece la pena vivir a pesar de todo. Porque de otra forma no hubiera conocido el amor, ni tenido una maravillosa hija, ni un hijo afectivo que me sigue queriendo, ni a las buenas, personas, no demasiadas, eso es cierto que he llegado a conocer. Tampoco hubiera podido leer todo lo que he leído, ni la música que he escuchado, ni las películas y series que he visto, ni gozado de tantas puestas de sol, y tantos bellos paisajes y tantos momentos alegres y felices. A pesar de todos los pesares merece la pena seguir viviendo, aunque solo fuera para luchar por un mundo mejor. Porque este mundo, esta sociedad, tienen que ser mejoradas, mucho y en poco tiempo o todo se nos irá de las manos.

ALGUNAS HISTORIAS SÓRDIDAS XXXIX


Sí, podría haberse cebado, por ejemplo preguntándome qué pensaba mi familia de todo aquello o si me había planteado que su sufrimiento era demasiado terrible para hacerme recapacitar. Le hubiera podido responder que nadie había hecho méritos suficientes como para que yo continuara en el infierno solo para que ellos no sufrieran. ¿Dónde estaba el cariño, el afecto, el amor? Aquella era una mierda de sociedad, donde solo contaba el dinero y las relaciones interpersonales tenían tanto de humanas como las relaciones entre los pedruscos. Sí, podría haberse cebado y no lo hizo, por eso le estoy agradecido, aunque desde aquel episodio nunca he vuelto a confiar en la prensa, en los periodistas, en los medios. Incluso aunque el tratamiento sea muy humano, detrás está siempre el dinero, la fama, todo eso y más va en la naturaleza del periodismo. Nunca he confiado en personas que me piden algo, un favor, lo que sea, con argumentos muy lógicos, muy racionales, muy humanos, si sé que está en juego su trabajo, mucho dinero, la fama, el poder… El capitalismo ha podrido todo, hasta las raíces de la humanidad, al vincular cualquier actividad al dinero, a la supervivencia. Hasta el sufrimiento más infernal de una criatura puede ser algo productivo en el capitalismo. Y  sin embargo estoy convencido de que es lo único que puede conmover a los dioses, a las fuerzas poderosas que controlan y dirigen el universo, sean las que fueren. No puedo aceptar que exista algo todopoderoso que sea al mismo tiempo tan impersonal y tan gélido que mire el sufrimiento como la caída de las hojas. Recuerdo la frase evangélica, ni una hoja cae al suelo sin que vuestro Padre celestial lo sepa. Mi rebelión frente a entidades superiores que desprecien el sufrimiento de las criaturas es absoluta. No me entra en la cabeza. Es lo único que permanecerá cuando el universo, los multiversos, desaparezcan. No hay mayor amor que el que da la vida por los demás. El sufrimiento no puede diluirse como lágrimas en la lluvia. El sufrimiento tiene memoria propia. Anoche vi por cuarta o quinta vez Blade Runner y me siguen conmoviendo las frases del replicante que va a morir. He visto rayos más allá de Orión, naves en llamas, he visto el sufrimiento clavado en la cruz del universo. Eso no puede desaparecer como lágrimas en la lluvia.

Es por eso que la humanidad nunca podrá ser perdonada hasta que todo el sufrimiento, hasta la pizca más elemental, no sea redimido por el amor. Es por eso que esta humanidad doliente necesita un cordero que vuelva a poner el sufrimiento de todos los seres humanos, de todas las criaturas, en su lugar, el altar del amor, donde será regado por la sangre amorosa del cordero y transformado en algo eterno e inolvidable.

Al menos la entrevista fue corta. Salí de allí, me llevarían en el coche hasta casa y me iría a la cama directo. Seguro que dormí porque las pastillas te dormían aunque te tocara al oído una orquesta sinfónica. A la mañana siguiente me levanté con la terrible sensación de que no ocurriría nada, al menos nada bueno. Y en efecto, así fue. Me llamaron de un programa de radio. Querían hacerme otra maldita entrevista. Estaba harto de aquel circo, a pesar de ello procuré ser amable. Si no controlara mis estallidos de cólera estos serían ya legendarios. Procuré ser amable, pero no lo conseguí, fui más bien seco y puse todas las disculpas posibles. Por suerte el programa era por la mañana los días laborables. Estoy trabajando. Insistieron. ¿No puede pedir un día de permiso? No, estamos hasta arriba de trabajo y no me lo darán. Siguieron insistiendo. ¿Y la hora del café? Tiene media hora, podemos adaptarnos. ¿Y cómo me llaman, y a dónde? En aquellos tiempos no existían teléfonos móviles. Al final, saturado, asqueado, decidí que lo mejor era decir que sí y que se apañaran ellos, al menos me los quitaría de encima. Solo conservo un recuerdo sólido, indubitable. Llamando desde una cabina telefónica, porque no creo que me pidieran el número de la cabina para llamarme ellos, me parece muy rocambolesco. Así que me gasté mis moneditas, que en aquellos tiempos me hacían mucha falta para contestar a unas preguntas chorras que ya me habían hecho y de las que no sacarían nada, porque estuve seco, creo que bastante seco, por eso la entrevista también se acortó. Eso fue todo.

Bueno… casi todo. En el trabajo, un registro civil, rotábamos en la ventanilla. Uno atendía al público que te encargaba partidas de nacimiento, matrimonio, defunción, de lo que fuera. Tomabas notas y las pasabas a los compañeros que buscaban el mamotreto en las estanterías, encontraban la página y según fuera, si era en extracto, utilizabas un impreso, lo rellenabas y a la firma. Si era literal hacías una fotocopia, ponías el sello, rellenabas la fecha y a la firma. Aquella mañana me tocó a mí la ventanilla, o puede que fuera al día siguiente, qué importa. Noté que me miraban raro, no todos, y alguno, no sé si muchos o pocos, se atrevían a preguntarme si yo era el que había salido en la televisión. Lo negaba pero no se lo creían. Otro hubiera tenido más posibilidades de pasar desapercibido. Yo era un joven gordo, muy gordo, con barba de patriarca y con una vestimenta que no cambiaba. Más fácil imposible.

Cuando salí a la calle sufrí lo que llamo el síndrome del famoso reciente. Creía que todo el mundo me miraba y me reconocía. Era imposible porque a pesar de haber solo dos cadenas televisivas puede que muchos estuvieran viendo la 1 y no la 2 o hasta es posible que no vieran la televisión, todo es posible. Sin embargo la idea me taladró la cabeza y me comporté como si todo el país hubiera visto la entrevista, o hubiera leído el reportaje en el periódico, como si todos leyeran el mismo diario o todos compraran la prensa y concretamente aquel periódico y no otro. O como si todos me hubieran escuchado por la radio, no importaba que por la radio no pudieran verte. Estaba completamente paranoico. Caminando por la calle, en el metro, en el autobús, todos me miraban, todos sabían, todos me reconocían. El síndrome del famoso reciente es jodido, más si eres un enfermo mental. Puede que aquello fuera el inicio de mi fobia social o puede que solo fuera un impulso más. Puede que fuera la primera vez que me refugiaba de aquel síndrome mirando al suelo como un alelado. Aunque no, también lo hacía cuando caminaba por las calles del pueblo para ir a la iglesia y presentarme al cura, como me habían aleccionado en el colegio religioso, para ofrecerme como monaguillo. Todos me miraban, todos sabían que estudiaba con los curas, todos sabían que iba a la iglesia, a presentarme al cura. Las paranoias más terribles pueden comenzar así, de una forma tan ridícula.

Me preguntaba cuánto tiempo duraría la fama, cuánto tiempo tardarían en olvidarse de mí. Fue un infierno, uno más. En alguna ocasión, no muchas, hasta me detenían por la calle para preguntarme si yo era el que había salido en la televisión. Negaba como Judas. Tenía los nervios de punta y cada día más. Aún recuerdo, transcurridos más de cuarenta años, la sensación de ridículo espantoso que sufrí cuando en la oficina un compañero me dijo que me pusiera al teléfono, me llamaban de Alemania. Estaba tan aterrorizado por las consecuencias de mi estúpida decisión que incluso llegué a pensar en que me llamaba una televisión alemana que también quería entrevistarme. Caminé hacia el teléfono, tan asustado y con unos movimientos tan esperpénticos que todos se dieron cuenta y se escucharon risas, más bien carcajadas. Era verdad que me llamaban desde Alemania, pero era un emigrante que necesitaba una partida. No sé por qué no tomó nota el compañero, tal vez porque había turnos para todo y me tocaría el turno de atender llamadas por teléfono cuando pedían una partida. O puede que fuera para chincharme. Ya tenía fama de loco puesto que había estado tanto tiempo internado y el secretario había querido incapacitarme. Seguro que ya me había sugerido que pidiera el traslado. Otra vez. Tras la entrevista televisiva la sugerencia se convirtió en una orden.

Y aquí el tiempo cronológico se enmaraña, se hace en extremo confuso. Las piezas del puzle que faltan son muchas y hay tantos espacios vacíos que debo rellenarlos a través de la deducción. Primero, yo había llegado allí en un traslado forzoso. Segundo había estado internado más de un año. Tercero no tardaría mucho en pedir el traslado a un juzgado de Instrucción de la plaza de Castilla. Y a partir de estos datos debo de ir rellenando. No me encaja, por ejemplo, que A, de quien hablo en el libro primero de estas historias, no aparezca en mi memoria para nada en este tema. No recuerdo si le conté lo que iba a hacer, cómo reaccionó, qué me dijo. Nada, absolutamente nada. Entiendo que de haber sucedido algo al respecto debió de ser prolongado en el tiempo y aunque no recordara la mayoría de las escenas, al menos algo debió haber quedado. Nada. Esto me lleva a deducir que A ya había fallecido. Esto lo explicaría con bastante lógica. Si no fuera así mi bloqueo al respecto sería total e inexplicable. Por lo tanto debo encajar este episodio tras su muerte y seguir colocando piezas. Si tuviera que intentar una cronología sería la siguiente: Traslado a Madrid, a ese registro civil, tras el intento de suicidio con la pistola. Internamiento en el Alonso Vega durante más de un año. Aquí falta una pieza importante, porque no puedo saber qué me llevó a ese internamiento. De la docena de intentos de suicidio que calculé en su tiempo y que sigo recordando como una cantidad exacta y no a vuela pluma, faltan algunos. No me salen las cuentas. A pesar de mis intentos por recordar, por desbloquear la memoria, por recapitular cada detalle, faltan intentos de suicidio, no sirve de nada darle más vueltas. Tras mi salida del psiquiátrico me fui a vivir con A a su piso. Y aquí hay otra pieza importante que no encaja, la cronología. El recuerdo que tengo del tiempo que viví con él es que fue relativamente largo. Luego durante este episodio debía de estar viviendo con él. Aunque se hubiera producido al final de mi trabajo en aquel registro, el tiempo está muy confuso. Al menos año y medio en aquel lugar, entre la estancia en el psiquiátrico, de baja en el trabajo, y mi traslado a un juzgado de la plaza de Castilla, donde permanecí un tiempo que tuvo que ser necesariamente superior a los seis meses, no pude haber pedido el traslado a León dentro de ese periodo puesto que el concurso de traslado tuvo que producirse con posterioridad, al menos de varios meses.  De esta forma mi estancia en Fuenlabrada, tras el fallecimiento de A, estando ya trabajando en plaza de Castilla, debió de ser más prolongado de lo que recuerdo. Haciendo sumas diría: poco más de un año en el juzgado donde llevé a cabo el intento de suicido de la pistola, más de un año internado en el psiquiátrico Alonso Vega, sumando da unos dos años y medio, más o menos. Algunos meses más en el registro, podrían sumar tres años. Así pues mi trabajo en el juzgado de plaza de Castilla debió prolongarse tal vez más de un año, lo que sí tiene sentido teniendo en cuenta el tiempo que tardaba en salir un concurso y la posibilidad de pedirlo reuniendo los requisitos legales.

ALGUNAS HISTORIAS SÓRDIDAS XXXVIII


Cuando al fin me tocó el turno una azafata me condujo entre andamios metálicos y un suelo plagado de artilugios. Fue una gran decepción. Al ver el programa en la televisión uno tenía la sensación de que el plató era muy lujoso. En realidad todo era muy cutre, los andamios, los espectadores sentados allí como en las gradas de un campo de futbol de regional, solo la mesa del presentador y la decoración tras ella reflejaban lo que se veía en el televisor. Lujoso, bien iluminado. En realidad todo el estudio era un montaje práctico, solo lo que enfocaban las cámaras estaba bien decorado, el resto, que no se iba a ver, era un montaje imprescindible para su función. Había que ahorrar dinero y no tenía sentido que todo reluciera cuando el enfoque de las cámaras estaba milimetrado para lo que se iba a ver, al presentador, al invitado y un panel tras algunos espectadores que imaginé enfocaban siempre que daban un plano del público. Puede incluso que los cambiaran de sitio en los intermedios por si algún espectador listillo se fijaba en los rostros, siempre los mismos.

El presentador no me había saludado ni había hablado conmigo, ni había preparado nada. Imagino que no actuó así con los demás, los personajes vip. Me senté a su lado, siguiendo indicaciones y me aleccionaron para que mirara a la cámara y estuviera atento a la luz que se pondría verde cuando terminaran los anuncios. Yo era consciente de estar allí como un número circense, el presentador lo sabía también y todos los telespectadores. La entrevista fue breve, al menos así lo recuerdo. Debo agradecerle que al menos no se cebara demasiado en el aspecto morboso del tema. No sé  las preguntas que tenía preparadas o si algo hizo que las abreviara o cambiara o se limitó a seguir el guión. Intuyo que mis respuestas fueron lo suficientemente contundentes para no meterse en más vericuetos. El número de circo estaba claro, yo era posiblemente un record del mundo en suicidios, aunque más tarde me enteraría, no sé por quién de que en realidad no podía apropiarme ese record. Si no recuerdo mal había un hombre chino que lo había intentado más veces que yo, aunque no sé si los intentos fueron tan graves o más. El guión estaba hecho, un resumen de mis intentos de suicidio –no creo que los describiera todos ni con todo el morbo posible- una pregunta evidente, por qué lo había hecho, ¿lo seguiría intentando? y tal vez algo más, si era consciente de que lo estaba haciendo sufrir a mi familia y alguna otra pregunta por el estilo. No puedo recordar la literalidad de mis respuestas pero sí la esencia de las mismas. La vida era una mierda, esta sociedad era una mierda, no había amor, ni cariño, me sentía tan solo que no tenía el menor interés en seguir viviendo. Estaba absolutamente convencido de que existía un más allá y de que no podía ser peor que esto, nada podía ser peor que esto. Imagino que de ese pensamiento surgieron con el transcurso de los años algunas ideas para relatos, como el de Prisión Federal Galáctica, donde un periodista descubre, tras una complicada investigación, que el planeta Tierra es una prisión galáctica donde están aislados algunos delincuentes y asesinos, lo peor de la galaxia. Eso explicaría muchas cosas, la historia humana, las guerras, los genocidios, tantas aberraciones y perversiones… En otros relatos sigo hablando de ello, esto es el infierno, porque no puede haber nada peor.

Debí hablar con mucho aplomo, estaba convencido de lo que decía, visceralmente, no tenía la menor duda. A pesar de mis nervios creí notar un espeso silencio entre los espectadores del estudio. El número de circo se les estaba yendo de las manos, nadie es tan insensible como para reírse de una tragedia humana que aparece entre ellos con la desnudez de la verdad. Debo agradecer al presentador que no escarbara en el morbo, al menos no demasiado. Puedo ponerme en su piel, eso es la empatía, y hacerme una idea de lo que pudo sentir aquella persona. Aquel era su trabajo, un buen trabajo, era famoso, tenía un buen sueldo, dependía de la reacción de los espectadores para que el programa se mantuviera. Eran otros tiempos, no existía la televisión privada, que vendría años después, ni la lucha desesperada por alcanzar las mejores cuotas en el prime time o como se diga, la franja horaria en la que más espectadores están conectados. A pesar de ello imagino que un programa que no alcanzara determinada cuota de telespectadores estaba condenado a desaparecer. Mi número no era comparable con el de un señor que puede doblar cucharas en directo, pero seguramente ayudaría. Imagino que su equipo de producción había buscado noticias adecuadas al programa y se habían encontrado con el artículo dominical en un periódico de tirada. Si yo aceptaba ir al estudio y ser entrevistado, ese era mi problema. Yo en su lugar hubiera hecho lo mismo, ¿o no? Por mi trabajo he tenido que echar familias con niños en desahucios. Tienes que trabajar para ganar el garbanzo para ti y para tu familia, y todos los trabajos tienen su lado oscuro, algunos más que otros. Puedo comprenderle. Al menos no se cebó en aquella obesa carroña que podía dar mucho tuétano morboso. No me preguntó, por ejemplo, qué se siente cuando uno va a morir o cuando tienes la pistola en la sien y vas a apretar el gatillo. Porque le podía haber respondido: una angustia absoluta, infinita, que amenaza con hacerte estallar en pedazos; todas tus certezas se diluyen cuando la muerte te mira con sus ojos vacíos en una calavera gélida. Puede que ese intento de suicidio ni siquiera hubiera aparecido en el reportaje, no me imagino jugándome el trabajo cuando aquel episodio fue ocultado con la condición de que pidiera el traslado. No importa porque allí había suficiente material como para hacer una pregunta de ese tipo. Sí recuerdo que había contado el número de mis intentos y sumaban una docena, puede que hasta ese número apareciera en el título del reportaje. Algo así como doce intentos de suicidio y sigue vivo.

ALGUNAS HISTORIAS SÓRDIDAS XXXVII


No puedo saber qué ocurrió para que recibiera el alta, puede que el psiquiatra quisiera deshacerse de mí, después de haber reflexionado sobre los problemas en los que se metería si intentaba mantenerme allí de por vida. Regresé a mi trabajo en aquel registro civil. Aún continuaba allí cuando accedí a la entrevista con aquel periodista, por lo que A tuvo que saber lo que yo iba a hacer. Es curioso pero no recuerdo que me dijera nada y tuvo que hacerlo, eso encaja con su personalidad. No sé si intentó disuadirme o me animó. Era el acto de un desesperado, pero él también lo estaba y debió de comprenderme.

Cuando terminé mi narración hubo un profundo silencio. Puede que el periodista cambiara la cinta, llevaba horas hablando y hablando. Quería irme a casa – imagino que vivía con A- y tumbarme en la cama y dormirme. Puede que al día siguiente tuviera que trabajar, o tal vez no, si era fin de semana. A pesar de aquella tensión nerviosa que me hacía temblar la medicación me ayudaría a dormir. Pensé que el periodista estaba muy afectado, pero esa idea se me quitó de la cabeza cuando me pidió que posara para unas fotos. Sobre la mesa del salón, una vez retirado aquel mamotreto, aparecieron unas pilas, unas monedas. Fui fotografiado en diferentes posturas y con distintos aditamentos, que reflejaban cómo había intentado suicidarme. Me sentí indignado, pero una vez que había tomado la decisión tenía que aceptar las consecuencias.

No recuerdo haber vuelto a verle, por lo que los ejemplares del suplemento dominical, tal vez una docena, debió dármelos H. No me encaja para nada que yo los comprara en un quiosco. La profunda decepción que sufrí al ver el reportaje aún colea hoy día. Ni una escueta narración sensible y humana de lo que me había impulsado a cometer todas aquellas barbaridades Ni una frase entrecomillada con mis palabras. Solo un titular llamativo, morboso, y un montón de fotos que más parecían un reportaje fotográfico del monstruo de un circo que de un ser humano. Ya sabía que no podía utilizar todo el material grabado, salvo que escribiera un libro, pero aquel reportaje era mezquino, miserable. Por eso esta narración compensa un poco lo que allí se omitió. Fue mi primer encuentro con la prensa, los medios, y el mal sabor de boca no se me quitará nunca. Aún hoy, cuando veo el morbo de los noticiarios, los hechos más trágicos contados como si de un espectáculo circense se tratara, me repatea las tripas. No hay sensibilidad, no hay humanidad, no hay nada que no sea la busca desesperada por llamar la atención, conseguir más lectores o televidentes. El dinero es la meta, el ser humano es un instrumento para alcanzar esa meta.

Pensé que aquello se olvidaría en unos días. Había cometido un error, pero no tendría grandes consecuencias. Me equivoqué. Debieron de llamar al periodista, quien facilitó el dato de que yo trabajaba en un determinado registro civil. Llamaron allí y me quedé de piedra cuando me enteré de lo que pretendían. En aquellos tiempos la televisión era en blanco y negro, el color llegaría años más tarde, y no había televisión privada, solo dos cadenas, la primera y la segunda. Era algo muy pobre, como todo en aquella época. Un conocido periodista llevaba un programa con mucha audiencia, de entrevistas, canciones y un poco de circo, como el doblador de cucharas, Uri Geller, creo recordar que se llamaba. Me preguntaron si aceptaría ser entrevistado en aquel programa. ¿Qué podía perder? Lo había perdido todo, estaba desesperado y tal vez la publicidad pudiera cambiar algo, no sabía qué, pero algo. ¿Qué me importaba nada? Además vendrían a buscarme en coche, me llevarían al estudio, me harían la entrevista, me devolverían a casa y santas pascuas.

Cuando eres una persona anónima lo que te imaginas de la fama suele ser un disparate, un delirio, pero hay algo que sí es verdad, tu vida cambia, dejas de ser una oveja escondida en el rebaño, allí por donde vas te miran, te señalan y si el motivo de tu fama no es algo precisamente agradable llega a convertirse en un infierno. Solo quien ha tenido una corona de laurel en la cabeza, aunque sea durante unos días, aunque haya sido una farsa ridícula, carnavalesca, una especie de emperador romano de pacotilla del que todos se burlan, sabe muy bien lo agradable que es el anonimato. Hacer lo que hacen los demás, ir a donde van ellos y pasar desapercibido, como un número en una gigantesca suma de números. Nadie parece verte porque eres uno más, te encierras en casa y nadie te echa de menos, sales de casa y solo tienes que preocuparte de no tropezar con los que caminan por tu misma cera en sentido contrario.

Todo iba a cambiar tras aquella triste noche, yo no lo sabía. Es cierto que me hacía una vaga idea pero estaba muy lejos de saber cómo funcionan las cosas cuando la oveja sale del rebaño y ya no es una mancha más en una entidad amorfa. Desde aquella noche soy mucho más comprensivo con los famosos, hay que ser muy fuerte, muy individuo, muy sólido en todos los sentidos, para soportar estar en la diana de todo el mundo, el que cualquiera pueda arrojarte dardos o tirarte cuchillos afilados en cualquier momento y en cualquier lugar. No puedo recordar dónde me recogieron, cómo era el coche, cómo era el conductor, cómo fue el viaje hacia el estudio de televisión. Lo que sí permanece en mi memoria es aquel hombre retratado en unas fotos en el suplemento dominical de un periódico. Puedo verme, un joven de unos veintipocos años, tan gordo que tenía serias dificultades para caminar, con una barba descuidada de patriarca bíblico que afeaba mi rostro y me picaba lo indecible, con aquellas gafas que me duraron tanto tiempo, con muy poco pelo, vestido con una gabardina estilo Colombo, el famoso personaje de televisión, solo que más larga, bajo la cual ocultaba un viejo pantalón de pana, sucio y sin planchar, un jersey de invierno que llevaba todos los días y que no sabría decir la última vez que pasó por la lavadora y por la plancha. No llevaba zapatos sino unas playeras, como se llamaban entonces, viejas y zarrapastrosas que me costó más de una bronca en el trabajo donde el secretario me hizo saber que el reglamento obligaba a ir decentemente vestido. No soportaba los zapatos, respondí, está bien, me dijo, pero al menos podrían ser nuevas o estar limpias. Podía pasarme largas temporadas sin ducharme, sin cambiarme de ropa, de calzoncillos. Debía oler a rayos, pero no me importaba porque mi olfato ha sido siempre mi sentido menos desarrollado. No creo que me echara colonia, estaba tan deprimido que todo me importaba un comino, además sabía que los monstruitos como yo teníamos una gran ventaja, solo los hipersensibles, agresivos, mezquinos, eran capaces de gesticular o mucho menos decir algo ofensivo. Nadie me decía nada, salvo cuando resultaba muy llamativo, como en el trabajo. Aprendí entonces que los enfermos mentales somos despreciados, marginados, estigmatizados, pero se nos deja en paz salvo que hagamos algo que moleste mucho.

De aquella guisa, con mi mariconera de cuero colgada del hombro, de la que no me desprendía ni para ir a mear y que llevé a la televisión no porque la necesitara –en ella llevaba siempre un libro de bolsillo, normalmente una novela negra, una libreta y un bolígrafo, para leer o escribir en el autobús o en el metro, y alguna cosilla más como una pieza de fruta o un bocata si iba a trabajar- sino por puro automatismo, entré en la sala vip donde esperaban los invitados al programa. Es una imagen viva. Una sala amplia, rectangular, con una mesa larga donde había servido un bufé variado y exquisito. Imagino que hasta allí me llevó una azafata a la que miraría las piernas por detrás porque nada tenía que perder y a mí me gustaban mucho las mujeres, especialmente las guapas. Ahora puedo comprender muy bien por qué todos los invitados se fueron a una esquina de la mesa mientras yo me quedaba solo en la otra punta. Mi aspecto y mi olor eran suficientes para alejar a una multitud, mucho más a un grupito selecto y aristocrático. Algún que otro cuchicheo, alguna que otra miradita, no demasiados porque ellos eran muy corteses y aristocráticos, la creme de la creme. No me veo comiendo nada, aunque bien podía haberlo hecho, todo delicioso, todo apetitoso para un tragón como yo. Solo cuando estoy muy deprimido dejo de comer y en aquel momento lo estaba. Estaba gordo, no obeso, porque no me gustan los eufemismos. Había subido treinta kilos en muy poco tiempo, debido sobre todo a la medicación, como sabría con el tiempo. Pesaba unos ciento ocho kilos y había tenido que dejar en el armario todo mi vestuario. Tal vez por eso también no llevaba ropa nueva a la entrevista, porque solo me había comprado lo imprescindible para no ir desnudo, un par de pantalones, algún calzoncillo, un niki y un jersey que ya estaban sucios y viejos porque no me cambiaba ni los lavaba. Por encima una gabardina demasiado ligera para el invierno pero que tapaba la ropa que llevaba debajo. Creo recordar que me la había comprado en el Corte Inglés, buscando tallas grandes. Imagino cómo me miraron los dependientes que me atendieron. Un almacén burgués pisoteado por un enfermo mental, gordo, seboso, mal oliente, que apenas podía moverse y actuaba de forma extraña. De los que estaban allí solo han quedado en mi memoria dos personas. Una princesa, una tal Hohenlohe o algo por el estilo, entonces de moda y un conocido actor que me gustaba bastante aunque no tanto como otros actores realmente espléndidos. No recuerdo el nombre, aunque sí el aspecto. La princesa era una mujer espléndida, rubia, despampanante. Yo intentaba no mirarla, pero a veces no podía impedir que los ojos se me fueran a la carne. Por desgracia no fui de los primeros y tuve que esperar un buen rato. Las manos me temblaban, el peso me aplastaba y cambiaba el apoyo de una pierna a otra.