ANTOLOGÍA POÉTICA IV


MIGUEL HERNANDEZ-NANAS DE LA CEBOLLA

http://es.wikipedia.org/wiki/Miguel_Hern%C3%A1ndez

Para mí es uno de los poetas más humanos, más sensibles, que más me han llegado, especialmente este poema al que puso música, de forma magistral, nuestro gran Joan-Manuel Serrat. Siempre que leo el poema me siento conmovido, pero procuro escuchar la canción de Serrat que suelo poner en el pendrive del coche cada cierto tiempo. Me encantan los poemas cantados por grandes cantautores, Serrat para Hernandez y Machado, Pablo Milanés para José Martí, etc.

Miguel Hernández

NANAS DE LA CEBOLLA

La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.

Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.

Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma al oírte,
bata el espacio.

Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.

Es tu risa la espada
más victoriosa.
Vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.

La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!

Desperté de ser niño.
Nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.

Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne parece
cielo cernido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!

Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.

Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.

Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.

DICCIONARIO DE NOVELA NEGRA IV


DICCIONARIO DE NOVELA NEGRA

LETRA K

KLOTZ,CLAUDE/PATRICK CAUVIN

https://fr.wikipedia.org/wiki/Patrick_Cauvin

Amor ciego , JC Lattès , 1974
Monsieur Papa , JC Lattès , 1976
E = mc 2 mi amor , JC Lattès , 1977
¿Por qué no nosotros? , JC Lattès , 1978
Ocho días en el verano , JC Lattès , 1979
Fue Perú , JC Lattès , 1980
Fuimos a los bonitos días , JC Lattès , 1980
En los brazos del viento , JC Lattès , 1983
Laura Brams , Albin Michel , 1984
Haute-Pierre , Albin Michel , 1985
Povchéri , Albin Michel , 1987
Werther esta noche … , Albin Michel , 1987
Rue des Bons Enfants , Albin Michel , 1990 ( Premio Maison de la Presse )
Hermosa galera , Albin Michel , 1991
Mentiroso , Albin Michel , 1993
Todo lo que José escribió ese año , Albin Michel , 1994
Villa Vanilla , Albin Michel , 1995
Presidente , Albin Michel , 1996
Teatro en la noche , Albin Michel , 1997
Pitágoras, te adoro , Albin Michel , 1999
Torrentera , Albin Michel , 2000
La Reina del mundo , Albin Michel , 2001
Las rosas de sangre , Albin Michel , “Suspense Especial” en 2002
Jardín fatal , Albin Michel , “Suspense Especial” en 2003
El silencio Clara , Albin Michel , 2004
Belange , Albin Michel , 2006
vengarme! , Albin Michel , 2007
La Zapatillas de los samuráis , Plon , 2008
La casa de verano , ediciones NIL , 2008
Chispa , Plon , 2009
La noche de Skyros , Plon , 2011
Porcelana Fortaleza , Le Cherche Midi , 2012 (publicado póstumamente)
Hermanos , máscara de bolsillo , 2014 (publicado póstumamente)
las series policíacas Reiner / Raner por Claude Klotz [ el cambio | modificar el código ]
El título original de la serie fue “Reiner” en las ediciones originales de Christian Bourgois, y más tarde fue cambiado a “Raner” cuando la reedición en Río Negro.

Micro-micmacs , Christian Bourgois , 1971
dinero en efectivo cerebro , Christian Bourgois , 1971
Alfa Beretta , Christian Bourgois , 1971
Jap-trabajo , Christian Bourgois , 1971
Dolly dollar , Christian Bourgois , 1972
Bing-banco , Christian Bourgois , 1972
Cosmos-cruz , Christian Bourgois , 1973
Chin-Chin-reina , Christian Bourgois , 1973
Flic-flash , Christian Bourgois , 1973
Ow-Heil , Christian Bourgois , 1974
Putsch-punch , Christian Bourgois , 1974
Karate-caramelo , Christian Bourgois , 1975
Dingo-daga , Christian Bourgois , 1975
Otras novelas firmadas Claude Klotz [ el cambio | modificar el código ]
Clases , Christian Bourgois , 1968
Sbang-sbang , Christian Bourgois , 1969
Y los gritos de la hada , Christian Bourgois , 1970
Los Innommables , Christian Bourgois , 1971 (en colaboración con Jean Gourmelin )
Vampiro París , Ediciones Jean-Claude Lattes , 1970 ; reeditado como Drácula padre e hijo en 1983
me compre las Américas , JC Lattès , 1975
Las fabulosas aventuras de Anselme Levasseur , JC Lattès , 1976
Darakan , JC Lattès , 1978 y costas Negro de 2009
Aficiones , JC Lattès , 1980
Al que se llama , JC Lattès , 1982
Jungle , Albin Michel , 1986
No quiero ir a la escuela , Ediciones Balland , 1987
Killer Kid , Albin Michel , 1989
Kobar , Albin Michel , 1992
Yaroslav , Albin Michel , 1998
El hombre del tren , Albin Michel , 2002

No he leído nada de él, que recuerde, y tampoco me suena como guionista de alguna película que haya visto del cine francés. Debo llenar ese agujero y leer alguna de sus novelas.

KERR PHILIP
[url]

Serie de Bernie Gunther[editar]
– “Trilogía berlinesa” (también llamada “Berlin Noir”; obras publicadas entre 1989 y 1991):

1. Violetas de marzo (March Violets, 1989), ambientada en Berlín en 1936, RBA Serie Negra.
2. Pálido criminal (The Pale Criminal, 1990), ambientada en Berlín en 1938, RBA Serie Negra.
3. Réquiem alemán (A German Requiem, 1991), ambientada en Berlín y Viena en 1947-48, RBA Serie Negra.
– Nuevas novelas (publicadas a partir de 2006):

4. Unos por otros (The One From the Other, 2006), ambientada en Múnich en 1949, RBA Serie Negra.
5. Una llama misteriosa (A Quiet Flame, 2008), ambientada en Buenos Aires en 1950, RBA Serie Negra.
6. Si los muertos no resucitan (If The Dead Rise Not, 2009), ambientada en Berlín en 1934 y en La Habana en 1954, RBA Serie Negra, Premio RBA de Novela Negra.
7. Gris de campaña (Field Grey, 2010), ambientada en La Habana en 1954, con flashbacks en Berlín 20 años antes, RBA Serie Negra.
8. Praga mortal (Prague Fatale, 2011), ambientada en Berlín y Praga en 1941, RBA Serie Negra.
9. Un hombre sin aliento (A Man Without Breath, 2011), ambientada en la Oficina de Crímenes de Guerra de la Wehrmacht en 1943, RBA Serie Negra.
10. La dama de Zagreb (The Lady from Zagreb, 2015), ambientada en 1942.
11. The other side of silence (The other side of silence, 2016), ambientada en la riviera francesa, en 1956.
Serie Scott Manson[editar]
1. Mercado de invierno (2015), ambientada en Londres, RBA Libros.
2. La mano de Dios (2016), ambientada en Atenas, RBA Libros.
Otras novelas[editar]
Una investigación filosófica (A Philosophical Investigation, 1992), Anagrama.
Carga mortal (Dead Meat, 1993), ed. Planeta.
El infierno digital (Gridiron, vt US The Grid, 1995), Anagrama.
Esaú (Esau, 1996), ed. Planeta.
Plan quinquenal (A Five Year Plan, 1997), Grijalbo.
El segundo ángel (The Second Angel, 1998), Grijalbo.
A tiro (The Shot, 1999), ed. DeBolsillo.
Dark Matter: The Private Life of Sir Isaac Newton (Dark Matter: The Private Life of Sir Isaac Newton, 2002)
Hitler’s Peace (2005)
Prayer (2013)
The Winter Horses (2014)
Research (2014)

Tampoco he leído nada de él, ni me suena de nada, aunque creo haber visto algo en televisión sobre un detective berlinés, tal vez basado en su trilogía. Leer algo en cuanto pueda.

LETRA L

LA BERNE,ARTHUR


https://en.wikipedia.org/wiki/Ed_Lacy

La mujer Excitado (1951)
Sin en su sangre (1952)
Tira para la Violencia (1953)
Introduzca sin deseo (1954)
Ir para el cuerpo (1954)
El mejor que lo hizo (también publicado como Visa a la muerte ) (1955)
El hombres de los niños (1956)
El plomo con la izquierda (1957)
Espacio para matar (1957)
Breathe No More, My Lady (1958)
Shakedown para el asesinato (1958)
Tenga cuidado de cómo se vive (1959)
Cebo Rubio (1959)
El Big Fix (1960)
Un asunto mortal (1960)
Bugged para el asesinato (1961)
Los Freeloaders (1961)
Sur del Pacífico Affair (1961)
El castillo Sexo (también publicado como disparar de nuevo ) (1963)
Dos Hot to Handle (dos novelas: La moneda de aventura y asesinato en el paraíso ) (1963)
Momento de la falsedad (1964)
Harlem metro (1965)
Pity The Honest (1965)
El hotel Habitantes (1966)
Double Trouble (1967)
En Negro y Whitey (1967)
El Napalm Bugle (1968)
El busto grande (1969)

Tampoco he leído nada, hay tantos autores de novela negra que es imposible leerlos a todos.

RELATOS DE A.T. (RELATOS ESOTÉRICOS) II


RELATOS DE A.T. II

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Viajar por el más allá no es fácil de describir. No se trata de subirse a un soporte físico, pongamos un tren, y con la nariz pegada a la ventanilla contemplar un paisaje que va cambiando al ritmo del movimiento que impone la locomotora al vagón donde tú vas sintiendo tu cuerpo físico y todo tu entorno a través de los sentidos. En el más allá se viaja con la mente. Si es poderosa como la de un maestro el viaje no tiene más dificultad que la de guiar tu pensamiento hacia el espacio-tiempo deseado o hacia la entidad incorpórea que ya conoces o deseas conocer. Si tu mente no es la de un gran maestro debes luchar como un neófito contra el oleaje de tus pensamientos para evitar ser trasladado a donde tu voluntad no desea ir.

En el más allá no existe un paisaje al que aferrarse ni llevas un reloj de pulsera en tu muñeca para saber el tiempo que transcurre mientras recorres el entorno físico con el movimiento de tus pies o del soporte técnico que has elegido. El más allá es la oscuridad absoluta, la noche perpetua, y la pequeña luz de tu consciencia deslizándose en el tiempo interior. Tan solo el encuentro con otras entidades da un poco de luminosidad a tu entorno. Como farolas en la infinita avenida de la noche eterna eres consciente de que deben de estar ahí en alguna parte. No las ves, no las percibes hasta que se establece el contacto. Un punto de luz aparece frente a tus ojos, surgido de la oscuridad, y te dispones al contacto con lo desconocido. Eso es todo.

Todos los desencarnados sabemos que allá abajo, por poner un punto en un espacio inexistente, está el mundo material donde habitan los encarnados en un espacio físico concreto moviéndose al lento ritmo que su consciencia ha elegido para percibir las cosas. Te lo imaginas como una gran cúpula de baja vibración energética en la que no puedes entrar si no te has encarnado en un cuerpo físico o tu mente contacta con la de un corpóreo. Ves a través de los ojos del cuerpo y sientes el entorno al contacto de esa envoltura material con lo que la rodea. No hay otra forma por eso los incorpóreos somos tan reacios a descender al mundo material. Sabes que reencarnarte es sufrir la fragilidad y caducidad de la materia y conoces perfectamente las molestas sensaciones que conlleva el contacto próximo con una mente corpórea. No es agradable dejar la cálida oscuridad donde tu mente vive al compás de tus ideas y sentimientos sin miedo al dolor físico o el temor a la muerte. Por eso dicen que los muertos no regresan para anunciar a los vivos la existencia de otra vida, para consolarles de su desgraciado caminar por la materia. Los pocos que lo han hecho alguna vez recordarán para siempre la desesperación que les invade cuando sus comunicaciones telepáticas con los seres queridos aún corpóreos son rechazadas como pensamientos ajenos generados por la tristeza de haber perdido a un ser querido. Los fantasmas asustan y son relegados a la leyenda, los sonidos físicos emitidos por el incorpóreo con grandes dificultades son calificados de psicofonías con una explicación tan razonable como sonidos producidos por extraños fenómenos físicos que nadie se atreve a explicar. No es sorprendente que los incorpóreos se desesperen de la incredulidad de los encarnados y se alejen para vivir sus vidas en el más allá de la forma más agradable posible. Al fin y al cabo todos los mortales sabrán algún día qué hay al pasar la línea. Saberlo mientras se afanan en sus estúpidos quehaceres materiales no les ayudará mucho a ser mejores, que es de lo que se trata porque en el más allá lo único que cuenta es lo que piensas, lo que sientes, lo que eres.

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El maestro me iba a llevar con el difunto que por lo visto estaba causando tanto alboroto. No esperaba que fuera un viaje largo teniendo en cuenta que los maestros que se ocupan de estas cosas conocen muy bien la mente de los recién fallecidos pero como en algo hay que ocupar el pensamiento reflexioné con mucho cuidado sobre la tarea que me aguardaba. A pesar de la discreción del maestro uno está ya muy acostumbrado a sus calambrazos mentales cuando tu pensamiento se ocupa en cosas desagradables. La elevada tasa vibratoria de su consciencia rechaza automáticamente los pensamientos bajos. Ni siquiera influye en ello su voluntad, sencillamente la alta vibración no puede mezclarse fácilmente con la baja y la rechaza con tal intensidad que aprendes rápidamente a no provocar a los maestros.

De su círculo de intensa luminosidad sale una especie de ectoplasma en forma de brazo que contacta con el mío. Es una concesión del maestro a nuestro apego a los cuerpos que tuvimos una vez. A los neófitos nos gusta pensar que aún seguimos teniendo cuerpo por eso de nuestro círculo de consciencia a veces salen brazos o piernas o se forman los rostros que fueron nuestros en el pasado. La sensación de estar siendo llevado por el aire agarrado a la férrea mano del maestro es inevitable para lo que aún no hemos sido capaces de renunciar a nuestras reencarnaciones. En realidad lo único que ocurre es que dos consciencias que se comunican están siguiendo una misma línea de pensamiento. Esa es la única forma de viajar por estos pagos.

Los maestros sienten una repugnancia, que calificaría de patológica si este viejo concepto corpóreo tuviera aquí algún significado, a contactar de alguna manera con el mundo físico. En el fondo creo que temen volver a sentirse atraídos por esa orgía perpetua de estímulos sin control que resulta tan fácil de aceptar para el vacío de la mente y tan difícil de depurar que una vez lograda esta meta solo los tontos como esta especie de Angel Tontorrón en que me he convertido somos capaces de desear alguna vez. Por esta mezquina razón nos utilizan a nosotros, los impuros, para las tareas que requieren contacto físico con ese mundo material que ellos saben ofrece tan poco y genera tanto sufrimiento. A.T. también lo sabe pero no puede evitar sentirse atraído por placeres ya casi olvidados. Por eso y no por otra razón acepto de vez en cuando estas misiones. Me imagino ser un detective incorpóreo investigando algún caso enrevesado. Otros se divierten comiendo piedras como solía decir cuando era corpóreo para disculpar las extravagancias ajenas. Supongo que cada uno se divierte como puede o quiere, incluso en el más allá. Algún día no muy lejano dejaré de sentirme atraído por estas tonterías. Entonces me transformaré en un Gran Maestro y viviré en una de esas hermosas ciudades de luz que espero, esta vez sí, me permitirá visitar el maestro como premio a esta misión verdaderamente repugnante si bien se piensa. Creo que ya me he merecido conocer de pasada esas ciudades de las que tanto se habla por aquí cuando te encuentras con otro neófito. Sí amigos, hasta en el más allá se actúa por motivos espúrios, por la mezquindad de la zanahoria delante del burro que en este caso soy yo para mi desgracia.

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La llegada a las vibraciones materiales suele ser muy dolorosa, algo así como si en pelota picada te restregaras entre las ortigas. El maestro tuvo la delicadeza de atenuar con su poderoso pensamiento este contacto. El rechazo que experimenté no pasó de un cosquilleo molesto. Allá a lo lejos pude contemplar la inconfundible forma ectoplasmática de una mente corpórea agitándose en emociones violentas o pensamientos nada equilibrados. Su color rojo intenso me produjo un fuerte rechazo que compararía a un vómito ante un alimento en malas condiciones. El maestro se acercó, es un decir, con mucho cuidado y rozó con mucha suavidad aquella mente descontrolada. No sé qué le sugirió exactamente al corpóreo pero su rostro físico se me hizo presente con gran intensidad, rojiza por supuesto. El ectoplasma que era su mente era más lechoso de lo habitual y sus rasgos eran realmente repugnantes. Parecía estar disfrutando de algo pero a un nivel muy material, no sé si ustedes me entienden. Tal vez fuera un pensamiento tan bajo que su rostro ectoplasmático se distorsionaba en una expresión feroz y muy, muy desagradable.

El maestro me hizo saber que aquel encarnado era la llave que me permitiría contactar con el difunto. En el tiempo físico fueron amigos y su deleznable conducta atraía ahora la venganza del recién fallecido. Lo demás quedaba de mi cuenta. El maestro me recomendó mucha prudencia y toda la paciencia que fuera necesaria. El estaría atento por si las dificultades se me hacían insalvables. Me deseaba una feliz misión y su expresión de intenso afecto y paz profunda me calmó lo suficiente para no salir corriendo. Pude intuir que mi escondido deseo de visitar una ciudad de luz se vería satisfecho sino me dejaba enredar por los degradantes placeres de la materia. Era un aviso conociendo como conocía mi tendencia a dejarme enredar en estas cosas. Reconozco humildemente que hecho de menos muchas cosas del mundo físico, el alimento, el sexo, esa sensación de no tener mente que tanto echamos de menos los incorpóreos agobiados por pensamientos constantes que nos vemos obligados a controlar para no caer en mundos demoniacos como los califican los encarnados y no sin razón.

El maestro aceptó mi humilde respuesta de que haría lo que pudiera y una especie de risita cantarina me cosquilleó la consciencia. No se fía mucho de mi y no se lo reprocho. Soy más bien propenso a caer en la tentación. Me aferré con repugnancia a la mente rojiza y deformada del hombre, porque era del sexo masculino, y me dispuso a recibir una vaharada de intensas y malolientes sensaciones materiales. Con suavidad, como un parásito bien entrenado, dejé que mi mente viera por sus ojos físicos.

El hombre se encontraba en lo que parecía una cocina a juzgar por la mesa, las sillas y allá al fondo un perol de comida sobre una superficie metálica. Estaba comiendo y no era malo el guiso a juzgar por los estímulos que me llegaban desde su paladar. Me dispuse a disfrutar de su comida ya que no tenía otro remedio. Mientras llegaba mi difunto rememoraría viejas y casi olvidadas sensaciones. Me rogué a mi mismo que las tentaciones no fueran tan fuertes que me impulsaran a buscar una nueva reencarnación. En varias ocasiones estuve a punto de dejarme llevar pero pude resistirme a tiempo. Aún queda algo de voluntad en este pellejo de consciencia llamado A.T.

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Continuará.

 

 

UN ESCRITOR FRUSTRADO II


eSCRITORFRUS

UNA BIOGRAFÍA CÍNICA

 

“Hoy, en nuestra exitosa serie de biografías cínicas sobre personajes y personajillos del mundillo literario, cinematográfico, artístico y cultural, que tan bien están siendo acogidas por la mayoría de nuestros lectores, vamos a dedicar unas pinceladas a uno de los escritores jóvenes con mayor proyección de futuro, futuro  que con el tiempo se ha quedado en nada, bueno en casi nada. Ha sido la mayor decepción que ha tenido este crítico en su larga vida de botánico literario -si se me permite la expresión-, la primera planta que se  ha agostado entre mis dedos. Pero esto no impedirá que esta pequeña biografía, sin dejar de ser cínica, de ahí su encanto, sea todo lo objetiva que puede esperarse de una decepción tan dolorosa.

Luis Domingos Córcoles es nuestro personaje de hoy. Cuarenta y cinco años, alto, delgado, casi fibroso, conserva todo el cabello que los años han vuelto plateado, tiene cara de niño bueno en la que dos ojos grandes y pícaros le han dado más éxito entre las mujeres que a un actor de Hollywood una docena de películas de éxito. Casado con una de las más importantes fortunas del país. Dos hijos de los que no parece ocuparse mucho, si tenemos en cuenta todas las aventuras amorosas que se le adjudican, y una obra literaria que prometía mucho pero que se ha quedado en muy poco, casi en nada.

Ya desde niño creyó haber nacido con buena estrella y la vida parecía  querer demostrárselo a cada instante. De familia burguesa con posibles tuvo una infancia tranquila, sin preocupaciones ni más miedos que los creados por su fantasía cuando se apagaba la luz de su habitación, repleta de libros y juguetes. Estudió sin prisas ni pausas lo suficiente para conseguir un título universitario que colocó en una de las paredes del pequeño apartamento que le regalaron sus padres satisfechos de que su hijo empezara a alcanzar las expectativas que habían puesto en él. Fue aquel el momento elegido para rebelarse con mucha suavidad y elegancia: quería ser escritor y comenzó a escribir poemas sobre el amor que no llega y el tiempo que todo lo devora. Se encerró durante meses en su coqueto apartamento, bien decorado y amueblado gracias a la solicitud materna, hizo de bohemio dejándose crecer la barba y se imaginó estar pasando hambre a pesar del cuidado de sus progenitores por su salud, concretado en un envío quincenal de abundantes alimentos que la empleada de hogar traía con timidez y en el fondo con la ilusión de que algún día el señorito la invitara a quedarse a cenar, pero las ensoñaciones románticas de bohemio trasnochado en que andaba inmerso le impidieron darse cuenta de que un pequeño amor proletario llamaba a su puerta.

A los seis meses salió de su retiro con una ristra de poemas que tituló luego de mucho pensar: “Esclavo del amor y del tiempo”. Hizo que lo pasara a máquina la secretaria de su padre con la promesa de que si aquel no se enteraba la invitaría a cenar en el mejor restaurante de la ciudad. La secretaria era una joven agradable que debía a la falta de exuberancia en sus atractivos el que llevara ya un par de años en el despacho de su padre sin haber caído en sus libidinosas garras con el consiguiente ultimátum de su madre que ya había echado a media docena de secretarias durante la última década.

Presentó el manuscrito a un conocido premio que consiguió sin demasiadas dificultades, algunos críticos mal pensados dirían luego que tuvo la gran suerte de presentarse un año en el que la escasez de buenos trabajos estuvo a punto de obligar a declarar desierto el premio por primera vez pero a él nunca le importaron mucho las críticas, al menos de puertas para afuera. Después de unos ajetreados días dedicados a atender  la fama que aporreaba a su puerta decidió cumplir la promesa otorgada a la secretaria de su padre más que nada porque fue preguntado por alguna periodista cotilla  si tenía novia. Pensó que no le vendría mal si le veían con una mujer, incluso imaginó poder sacar un dinerillo de alguna exclusiva en la prensa del corazón -aún conservaba la graciosa ingenuidad del primerizo- pero no logró que revista alguna se decidiera a pagar nada a un desconocido poeta porque sus lectores supieran que tenía novia. A pesar de ese pequeño contratiempo decidió prepararse para su nuevo rango de mito de las letras. Tenía entonces veinticinco años y se consideraba un joven apasionado, idealista, dispuesto a cambiar el mundo con su pluma; la mojaría en su propia sangre si fuera preciso para alcanzar sus objetivos. ¿No hemos sido todos un poco así al comienzo de ese camino que antes o después nos conducirá al fango?

Su idealismo nunca abarcó al sexo femenino. Una tarde se presentó en el despacho de su padre e invitó a su secretaria a cenar la noche de la semana que mejor le viniera, ella no lo dudó un instante, precisamente esa noche le venía de perlas, además tenía un hambre de lobo. Seguramente ella pensaba que una ocasión así no podía dejarse enfriar o el plato terminaría estropeándose. Quedaron en verse en una cafetería próxima al despacho, en cuanto su padre la dejara salir estaría allí en un pis-pás. No se olvidó de saludar brevemente a su padre quien le felicitó a regañadientes insistiendo en que la literatura no era más que humo que ciega un momento para luego dejarnos ver con mayor claridad la cruda realidad de la vida. Su hijo se despidió demasiado bruscamente dejándole con la siguiente metáfora sobre la realidad intentando salir de su boca. En el fondo nunca se había llevado bien con la familia aunque lo disimulara hasta alcanzar el estatus económico que le permitiera alejarse de su lado lo más pronto posible.

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La secretaria se llamaba Yolanda -así se presentó ella nada más verse pensando con razón que no sabría su nombre ya que nunca había tenido la delicadeza de preguntárselo desde que la viera por primera vez en el despacho de su padre-y era una chica delgada  de cara ligeramente afilada terminada en una barbillita de niña indefensa, cualidad que llegaba a algún lugar escondido de la psicología masculina que sin darse cuenta comenzaban a pensar en lo mucho que les gustaría protegerla estrechamente entre sus brazos, ni siquiera Córcoles era inmune a este sentimiento; morena con  melena rizada, a primera vista nunca decía mucho a los hombres pero más tarde después de haber contemplado varias veces sus ojos grandes y tiernos una especie de atractivo oculto parecía desplegarse con la sutileza de un buen perfume y la víctima terminaba enredado en sus redes sin la menor consciencia de haber sentido ese estremecimiento en las entrañas, síntoma de males mayores. De todo esto se iría haciendo consciente con el tiempo, en aquellos momentos para él Yolanda no era sino una vergonzosa e indefensa jovencita, seguramente aún virgen, ignorante del agradable sabor de  las mieles del amor.

Cenaron en un restaurante italiano elegido por ella que parecía sentir debilidad por la pasta mientras huía como del demonio de los alimentos grasos a pesar de su marcada delgadez, excesiva a juicio de Córcoles, que no le vendría mal recubrir un poco más sus huesos y convertir el liso asfalto sino en una curva peligrosa sí al menos digna de atención. Calentaron el cuerpo con un suave vinillo y soltaron sus lenguas sin recato, él habló de sus proyectos literarios, de la agradable velada que estaba disfrutando gracias al dulce atractivo de su pareja…Ella era consciente de que el señorito hubiera sido capaz hasta de encontrar algo agradable en el asesino contratado para meterle una bala en la sesera con tal de que hubiera sido mujer. Era un momento irrepetible por lo que aceptó sus requiebros con el entusiasmo de la adolescente que descubre por primera vez lo que su cuerpo es capaz de provocar en el sexo contrario. Se dejó coger la mano mientras comentaba lo vacía que estaba su vida y la escasez de caminos en su futuro.

Terminada la cena aceptó sin hipócritas prevenciones la sugerencia de tomar una copa en un agradable pub muy recoleto y propicio a la intimidad, allí podrían seguir contándose sus cosas sin que nadie les molestara. El señorito apenas guardó las apariencias unos minutos, lo justo para que el discreto camarero les sirviera las copas y se esfumara con la suavidad que el humo del cigarrillo de él lo hacía hacia el techo. Fue materialmente asaltada sin que ella pusiera más obstáculos que los imprescindibles para no llegar al coito en un lugar tan poco propicio.

Dieron por finalizada la noche en su apartamento, donde la pasión alcohólica del atractivo señorito aceleró y brutalizó un acto que ella hubiera esperado más tierno y romántico, al menos así lo había imaginado desde el primer día que le vio aparecer por la puerta del despacho y estrechó su mano distraídamente mientras su padre les presentaba. Su relación duro un par de meses, el tiempo preciso para que él se encaramara de rondón al estribo del tranvía de la fama: colaboraciones en la prensa, entrevistas y habladurías sobre sus muy atractivos proyectos literarios. Un precontrato con un editor avispado sobre su primera novela le permitió, gracias al adelanto agradablemente sustancioso y a las pequeñas pero seguras cantidades de sus colaboraciones independizarse definitivamente de sus padres y con la disculpa de que la casa editorial tenía su domicilio social en otra ciudad trasladarse allí desde la capital e instalarse a una distancia prudencial de sus progenitores.

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Esta excusa también le sirvió para dejar a su amante que ya empezaba a creerse con privilegios de futura esposa con un simple -hasta pronto- y el regalo de una costosa joya que ella aceptó resignada, en el fondo nunca tuvo demasiadas esperanzas de cazar al señorito. Mientras recogía su último beso en el andén, permaneció entera, ni una sola lágrima resbaló por sus mejillas pero se juró que si surgía la ocasión le haría pagar aquel desapego frío y calculador que él ponía en todo. Mientras ella se dejaba llevar por estos sentimientos él apenas sintió un leve cosquilleo en la conciencia.

Dispuesto a emprender una nueva vida alquiló un pequeño apartamento, buscó  y consiguió -no sin algunas dificultades que salpimentan una buena relación- una atractiva amante por días, secretaria en la editorial y se dispuso a conquistar el mundo. Gracias a la influencia de la prestigiosa empresa editorial que lo había incorporado a su exclusiva cuadra de caballos de carrera como un potro joven que promete -en expresión del obeso fumador de puros que llevaba las riendas de la empresa- ganó un concurso de relatos cortos. Aumentó el número de sus colaboraciones en los medios de comunicación y su caché  subió lo suficiente para no verse obligado a pisar todos los días el duro suelo de la economía. Conseguido lo más difícil  decidió intentar lo más fácil, según su peculiar visión del buen periodista,  que era convertirse en una pluma de prestigio dándole un cierto humor a sus artículos, humor del que creía carecer aunque pronto descubrió que todos llevamos dentro, en  lo profundo de nuestra psicología, una veta de oro que debe buscarse con duro esfuerzo,  no obstante  a veces la suerte la pone delante de nuestras narices  a las primeras de cambio como  en su caso que encontró la mena sin mucho esfuerzo; esto le ratificó una vez más en  la creencia infantil de estar siendo guiado por una buena estrella.

La fama llegó con esa facilidad que al cabo de un tiempo todos los famosos llegan a maldecir, poco preparados para afrontar las espinas que tiene la corona de laurel que te colocan sobre la cabeza. La bella coqueta dejó caer sobre su cabeza copos de oro y al relumbre de sus cabellos acudieron algunas mujeres interesadas en acostarse con famosos tal vez deseosas sin saberlo de que la diosa errara un poco su mano y las salpicara con alguno de sus dones. No fueron solo mujeres las que acudieron tras sus pasos, también lo hicieron los típicos pelotillas que siempre buscan una buena inversión para su futuro, puesto  que no tienen dinero que gastar en bolsa quieren que sus adulaciones les abran el paso hacia un futuro lleno de rosas. Un amigo en el Parnaso siempre puede llegar a ser útil. Existen otras especies zoológicas que suelen pegarse a los famosos como los mosquitos a quienes se adentran en los pantanos buscando la  sangre fresca de sus venas, acudieron al olor del elixir. Recibió ofertas para colaborar en revistas, periódicos y otros medios de comunicación y no dijo que no a ninguna, permitiéndose opinar sobre todo y sobre todos con un desparpajo que llegó a ser proverbial. Hizo unos dinerillos que malgastó con amantes de poco pelo y morro protuberante que ordeñaron su bolsillo con la disculpa de meter mano en la bragueta, bajando su cremallera ostentosamente para que el no pudiera creer que les guiaba otro impulso que el de satisfacerle. Su rostro empezó a ser conocido de alguna entrevista en televisión o foto en la prensa, pronto empezó a andar de boca en boca cuando le dedicaron alguna portada las revistas del corazón

Se habló de su fama de mujeriego en la universidad donde prefería siempre la presencia de una atractiva mujer a la lectura de un libro; de la secretaria de su padre que había quedado desconsolada cuando fue abandonada sin consideración alguna, de sus nuevos amoríos en el vasto huerto del entorno en que se movía ahora; en él no despreciaba ninguna col, lechuga o tomate siempre que tuvieran buena presencia o agradable sabor. Dejaba que se dijera cualquier cosa sobre su persona siguiendo el viejo dicho -que hablen de uno aunque sea mal-. Nunca rectificaba un rumor ni puntualizaba nada, en alguna ocasión se le oyó decir que no ligaba con monjas y por lo tanto la fama de calavera no le iba a hacer ningún daño.

CUADRO DE GUSTAVO DE MAEZTU

Tal vez por eso decidió dedicarse al relato corto intentando contar  irónicamente sus experiencias eróticas. Se presentó a un concurso de prestigio y otra vez tuvo la suerte como aliada. Si sus poemas eran buenos, algunos excelentes, en cambio su prosa no lo era tanto. Según rumores el jurado parece que estaba dispuesto a declarar el premio desierto dada la baja calidad de los originales presentados, pero fue presionado por el editor para que un premio tan prestigioso no quedara desierto. Su relato era uno de los menos malos, tenía sexo, pasión y una cierta originalidad aunque indudablemente su estilo era inmaduro, muy mejorable.

Envanecido por el éxito dejó de escribir, ocupando su tiempo en disfrutar de las jovencitas que se pusieron a su alcance, quienes ordeñaron sin compasión su líquido seminal y le arrebataron de manos de la musa, quien asustada de las mariposillas multicolores que revoloteaban a su alrededor solo le hizo alguna que otra visita ocasional de cortesía. No es fácil libar alguna gota de exquisita poesía del placer sexual, los mejores poemas nacen en los momentos más trágicos de nuestra vida, cuando la soledad nos desgarra por dentro, cuando la muerte visita a nuestros seres queridos, cuando la de desesperanza y el vacío nos hacen ver el abismo infranqueable que es la vida.  En vez de  saturarse de tragedias ajenas ya que su buena estrella le impedía sufrirlas y escribir como un forzado, entró en el juego de las exclusivas porque su economía no flotaba como él hubiera deseado contando tan solo con los adelantos de la editorial o las colaboraciones en prensa, radio y esporádicamente en televisión. Una vez que uno se acostumbra a la buena vida hasta la comodidad del burgués le parece tan sólo las sobras del gran banquete de la vida. En cuanto su economía declinaba utilizaba el fácil refugio de las exclusivas, un trabajo cómodo y bien remunerado en el que bastaba con aparcar la ética o la finura de espíritu unos instantes a cambio de recibir el sustancioso salario de su traición o mala baba. No le gustaba comportarse como un hombre sin escrúpulos a pesar de quedarle pocos porque era consciente de la importancia de una buena imagen social, pero no era capaz de librarse del acoso del rebaño de hermosos cuerpos femeninos que suelen acompañar a los famosos, con una sonrisa encantadora y la disculpa de hurgar en su bragueta suelen terminar metiendo mano a la cartera lo que convierte a cualquier economía doméstica en algo tan azaroso como la vida  de un ama de casa incapaz de llegar a fin de mes y siempre al borde de un ataque de nervios. Los dinerillos de las exclusivas los malgastaba con amantes de hermosos cuerpos pero sin ningún interés humano y mucho y protuberante morro.

EL BUNKER III


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LA PARÁBOLA DEL VIDENTE Y DEL INVIDENTE

Antes de proseguir con la historia del búnker, detengámonos un instante para contar otra breve parábola. Ésta nos dará las claves para entender muchos episodios que ocurren en la otra historia.

En cierta ocasión un vidente salió de su casa con la intención de llevar a cabo ciertas tareas rutinarias. Encontrándose en la acera, a la espera de que el semáforo se pusiera verde para pasar al otro lado, sufrió un fuerte empellón por detrás. Al volverse se encontró con un invidente, quien le pidió prolijas disculpas. Al parecer alguien le había robado el bastón con el que tanteaba al andar. Nuestro personaje aceptó las disculpas cortésmente y se ofreció para ayudarle a pasar al otro lado, en cuanto el semáforo lo permitiera.

Mientras esperaban el invidente entabló una conversación que a nuestro hombre le pareció totalmente surrealista. El invidente estaba convencido, vamos que creía a pies juntillas, que todos los habitantes del planeta eran ciegos como él. No esperó su respuesta para expresar con todo detenimiento su filosofía de la vida, su “visión” de la existencia.

El vidente escuchó con paciencia hasta que su interlocutor trató de idiotas a quienes sostenían que la visión  no formaba parte de la naturaleza humana. En realidad el universo era una negra noche, solo se podían percibir sus formas palpando o hacerse una vaga idea de cómo era a través de los sonidos que emitían todos los objetos. Es cierto que algunos tenían sabor y hasta podían comerse, pero la mayoría eran duros o demasiado frágiles y se rompían entre los dedos. El mundo era una plataforma muy dura por abajo, arriba estaba el vacío, el aire y algún que otro objeto que sobresalía del suelo.

El vidente perdió un poco los nervios y le respondió con cierta acritud. ¿Acaso pretendía darle lecciones de cómo era la “realidad” a él, que podía verla todos los días, mientras el invidente estaba obligado a deducirlo todo de los escasos datos que le proporcionaban otros sentidos más limitados?

El dogmático invidente montó en cólera, le llamó “pazguato”, utópico, idealista de mierda y otras lindezas. No contento con los insultos utilizó todo su repertorio de gestos groseros, convencido como estaba de que el otro, de que los otros, de que todo el mundo, era ciego y por lo tanto nadie estaba viendo sus gestos. Para él un gesto obsceno era como un pensamiento íntimo, nadie puede saber lo que uno está pensando a no ser que se exprese en palabras y aún así, el oyente solo se hará una vaga idea de sus pensamientos y emociones.

Aún se atrevió a llegar más lejos. Como el vidente no dijera palabra, pasmado como estaba de semejante atrevimiento, intentó patearle el trasero y darle de puñetazos con muy malas intenciones. A nuestro vidente le bastó con separarse un poco del otro para no ser alcanzado.

La escena era ya tan ridícula que nuestro personaje no sabía si echarse a reír o a llorar. El invidente, entonces, encolerizado hasta el paroxismo por no poder alcanzarle, le mentó a la madre, que era una prostituta de mucho cuidado.

El vidente perdió la paciencia. El poder de su videncia le hubiera permitido darle una tremenda paliza a aquel estúpido dogmático, que había creado un universo adecuado a su limitada consciencia y no admitía que nadie le apeara de su burro.

El vidente intentó calmarse y se dijo que semejante conducta por su parte sería de todo punto mezquina e imperdonable. Sin embargo el otro continuó echando sapos y culebras por su negra boca, maldijo a los hijos del vidente y le pidió a gritos que le presentara a su esposa, él daría buena cuenta de su cuerpo y no como él, que era un eunuco de mierda.

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Nuestro hombre ya no pudo soportarlo más y se planteó muy seriamente acabar con la vida del invidente, de una forma tan limpia como contundente. ¿Y si le invitaba a pasar, ahora que estaba verde el semáforo? En realidad el semáforo se había estropeado y los vehículos pasaban a toda velocidad, como si se burlaran de los pobres peatones. El vidente se imaginó susurrándole a la oreja de aquella acémila con patas, para que nadie le oyera, que ahora sí, ahora podía pasar tranquilamente.

Así son los dogmáticos recalcitrantes y estúpidos, se atreven a insultar la inteligencia de todo el mundo y luego se fían de quien menos deberían hacerlo, de aquel a quien han insultado gravemente de aquel a quien han intentado golpear con furia unos segundos antes.

El vidente sonrió a su pesar, imaginando la escena. Al invidente bajando al asfalto y caminando en mitad del furioso tráfico. Si lograba sobrevivir sería un milagro. Lo que era totalmente seguro es que aquel estúpido recibiría una lección que nunca olvidaría.

¿De qué me serviría eso a mí?, pensó nuestro hombre. El poder de mi videncia me capacita para acabar con cualquier invidente, de forma limpia, irreprochable e inimputable. Nadie podría detenerme y juzgarme. ¿Qué delito he cometido? Puede que moralmente mi conducta sea reprochable, pero nadie lo sabe y aunque lo supieran, nada podrían hacer contra mí sin el amparo de la ley. No hay pruebas y sin pruebas cualquier juicio está perdido. El invidente no podrá hablar, estará muerto, y los demás se callarán como muertos, porque la sospecha no es una prueba. El pensamiento no delinque. ¿Qué he hecho yo hasta ahora sino pensar? ¿Quién me podría acusar de ser el instigador, el autor mental del crimen?

Semejantes disquisiciones acabaron por enfriar su cólera. Lo ridículo de la situación hizo aflorar una sonrisa a sus labios. ¿Hay algo más estúpido que escupir al cielo? ¿De qué le serviría asesinar “limpiamente”, sin verse obligado a pagar el precio establecido? ¿Se sentiría mejor? ¿Acaso el poder no está también sometido a poderes más altos?

Nuestro vidente se mordió los labios hasta hacerse sangre. Era muy cierto que los insultos habían sido de extrema gravedad y que si el otro hubiera podido pillarle le habría dado una paliza de muerte. Pero la situación no sería más ridícula si en lugar del invidente se hubiera enfrentado a una hormiguita parlanchina.  Es preciso tomarse la vida con humor, de otra forma todo el mundo estaría matando a todo el mundo.

Nuestro hombre tomó del brazo al invidente y gentilmente dio la vuelta a la esquina hasta encontrar un semáforo que no estaba averiado. Esperó a que se pusiera verde y lo dejó al otro lado, despidiéndose con palabras amables. Regresó por donde había venido y siguió su camino, cruzando de acera cuando el tráfico se lo permitió.

Se permitió un último pensamiento para el invidente. Aquel pobre hombre terminaría muy mal. Algún día sería atropellado al hacer caso de los consejos de la persona a la que acabara de insultar, o sería apaleado brutalmente por otro vidente con menos paciencia que la suya. ¿Pero qué podía hacer él? No hay peor ciego que el que no quiere ver. Ahora el invidente estaría ligeramente despistado y tendría que pedir la ayuda de alguien para caminar hacia su meta. Pero bien podría darse con un canto en los dientes, porque al menos estaba vivo.

Nuestro hombre siguió reflexionando. Sí, tal vez exista otra peor forma de ceguera, la de forzar a otros ciegos a que te sigan, dándoles de palos o atemorizándoles con el infierno eterno. Si un ciego guía a otro ciego, ambos acabarán en el abismo, y si un ciego guía a mil ciegos todos terminarán rompiéndose la crisma, el número solo es eso, un número y la matemática no genera personas.

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La moraleja de esta parábola es bastante simple. La sabiduría oriental habla de los ciegos y el elefante. Cada uno toca una parte y cree que el todo es como esa parte. El maestro habló en el evangelio de un ciego que guía a otro ciego. Me he permitido copiar estas parábolas y modificarlas a mi gusto. En realidad la lección es siempre la misma.

Mi consejo para todos ustedes, para todos nosotros, es que si son ciegos sean humildes y si no lo son sean humildes también, porque podrían ser ciegos sin saberlo. Todos deberíamos admitir la posibilidad de que existan más cosas en el cielo y en la tierra de las que ven nuestros sentidos. Todos deberíamos aceptar la posible existencia de seres más poderosos que nosotros, de consciencias más expandidas que las nuestras, de mundos invisibles, de la divinidad como una luz que solo pueden ver los videntes.

Una actitud abierta y humilde ante la realidad, infinita y misteriosa, bien podría librarnos de muchos problemas, incluso de una muerte inesperada y violenta.

Somos muy poquita cosa, somos mortales, somos limitados, puede que el destino no exista, que sean los “dioses”, videntes y poderosos los que manejan nuestros destinos. Enfadarles es una actitud estúpida e irreverente. Puede que solo se rían de nosotros, pobres ciegos, pobres hormiguitas, y nunca oigamos sus risas porque son inaudibles para nuestros oídos; pero puede que algún día un dios se deje llevar por la cólera y acabemos atropellados en cualquier semáforo de la vida.

Y si no existieran dioses violentos piensen que tal vez fueran tan benevolentes que no soportaran el sufrimiento que nos ocasiona nuestra estúpida ceguera e intentaran remediarlo abriéndonos los ojos, sacándonos del estupor de nuestra ceguera. Ellos saben que es ley de vida caminar hacia adelante, acabar viendo, expandir la consciencia. Cuanto antes los hagamos menos sufriremos. ¿Seremos tan tontos de agradecerles sus desvelos escupiendo al cielo?

La actitud respetuosa ante el misterio de la vida y otras formas de existencia posibles es algo que cualquier iniciado, que ha comenzado a ver un poco,  acaba adoptando de inmediato. La expansión de la consciencia nos hace más poderosos, pero es un poder limitado y ridículo. Utilizarlo en beneficio propio y perjudicando al prójimo es una actitud tan esperpéntica como la del invidente intentando golpear al vidente, como la del vidente intentando golpear a los dioses invisibles, como la de los dioses invisibles rebelándose contra Dios.

El karma caerá sobre nuestras espaldas y los dioses, nos reservarán un destino aciago. Se troncharán de risa mientras ven cómo somos atropellados en cualquier semáforo de la vida. Incluso los más benevolentes admitirán que necesitamos una lección, no podemos seguir siendo ciegos por toda la eternidad. Cuanto antes aprendamos la lección antes comenzaremos a evolucionar. Ni el dios colérico, ni el dios benevolente, podrán librarnos de un paso irremediable.

EL SILENCIO V


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Se despertó sobresaltada cuando el coche tomó una curva con demasiada brusquedad. Todavía no podía creer que se hubiera dormido después del shock histérico sufrido, pero gracias a Dios el cuerpo tiene más recursos de los que imaginamos, sino fuera así nadie sobreviviría al segundo o tercer disgusto serio que sufriera en la vida. Su marido contemplaba el hermoso paisaje montañoso mientras escuchaba la música country que ella detestaba. Era posible que la hubiera escogido para obligarla a hablar, al menos para pedirle que la quitara, pero no era probable ya que llevaba dormida un buen rato. Aquellos meses pasados como enemigos habían agudizado su susceptibilidad sobre el comportamiento de su marido, todo le parecía mal ,en cualquier detalle buscaba una pequeña venganza, cuando debía reconocer que su comportamiento era extremadamente delicado, necesitaba la reconciliación no lo ocultaba.

El sueño la había sentado bien, se notaba más relajada y tranquila; contempló el paisaje sin preocuparse de que su cuello se volviera hacia su marido, no se sentía con ánimos para charlar sobre ningún tema pero tampoco se iba a negar a hacerlo si él lo intentaba, aunque ahora estaba demasiado ocupado en contemplar el paisaje de su infancia, del que tanto le había hablado como para preocuparse de ella. La tormenta había pasado pero en el cielo, en dirección a la montaña a donde se dirigían, se estaban acumulando negras nubes que formaban un frente tormentoso, algo nada halagüeño sobre el tiempo que iban a encontrar. Al menos si se veían obligados a permanecer en la cabaña todo el tiempo esperaba limar asperezas, aunque no se sentía muy esperanzada al respecto después de su reacción al recordar los nefastos acontecimientos de unos meses atrás.

Ahora con los ojos abiertos contemplaba fijamente el asfalto. No se atrevía a moverse temerosa de que él la notara rebullir, le dolía todo el cuello, la espalda, hasta el trasero, pero siguió así, rígida, tensa como la cuerda de un arco presto al disparo. La negra nube que amenazaba lluvia desde hacía largo rato descargó por fin con aparato eléctrico. Una intensa cortina de lluvia ocultó todo alrededor del coche. Él dio las luces y bajó ostensiblemente la velocidad. Siempre la había gustado la lluvia, permaneció así largo tiempo, contemplando delante de ella y pensando, sin poder evitarlo, en su abuelo y sus extrañas teorías sobre el más allá.

 

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CAPITULO III

Llegaron a la cabaña,situada en lo alto de uno de los puertos de montaña del macizo montañoso,a una hora prudencial,tenían tiempo de instalarse y hacer la cena.Era un lugar demasiado aislado para su gusto;dejaron la carretera general para seguir un sinuoso camino de tierra durante un cuarto de hora hasta alcanzar una finca en la falda de una montaña.En el centro de lo que parecía un prado, allanado y apisonado con tierra, se veía una bonita cabaña de madera, no era muy grande pero sí lo suficiente para un salón con chimenea,una pequeña cocina y tres habitaciones, dos de ellas de pequeño tamaño.Las paredes hechas de troncos de madera sin desbastar encajaban perfectamente,los troncos estaban pintados de negro, seguramente con algún producto aislante,el tejado de teja roja sobre sólidas vigas parecía capaz de aguantar el peso de una buena nevada; la chimenea en ladrillo rojo estaba acompañada de un pararrayos y una antena de televisión. Detrás de la casa un trozo de terreno dedicado a huerta aparecía embarrado y descuidado.Delante habían instalado columpios de madera,una pequeña perrera,una mesa redonda de piedra con un banco circular del mismo material y unos metros más allá un cenador de madera podía servir de atalaya sobre la espléndida vista del valle.El sol luchaba a brazo partido con las nubes,dejándose ver a intervalos que calentaban la ligera brisa anunciadora de una noche fría y desapacible.

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Aquí tienes las sábanas y las mantas. ¿Quieres que te ayude a hacer la cama?

-Ya sé cómo ayudas tú a hacer las camas, cabrón –no esperaba respuesta por lo que aquella explosión de cólera le pilló por sorpresa, pero comprendió inmediatamente que era una buena señal, los psiquiatras saben muy bien que cuando se empieza a hablar de los problemas aunque sea de forma agresiva y violenta estamos en el camino de encontrar alguna solución-.

-Creí que habíamos venido a olvidar el pasado y buscar una reconciliación –habló en tono suave, casi cariñoso.

Ella se le quedó mirando fieramente con los puños apretados, caídos a los costados. Tenía la boca cerrada salvajamente como si pretendiera impedir a algún monstruo de su interior que asomara la cabeza al exterior. Así permaneció unos segundos que se le hicieron interminables, luego como si no pudiera impedir que explotara todo lo que llevaba dentro, su boca se abrió y un torrente de insultos y expresiones soeces le recordó que el pasado era mucho más que una categoría mental. Notó su cara ardiendo mientras la cólera pugnaba por salir al exterior, como un volcán a punto de reventar. De buena gana la hubiera pegado dos buenas bofetadas pero eso habría terminado definitivamente con el intento de reconciliación así que sin pensárselo dos veces dio media vuelta y salió corriendo de la casa.

Ya en el jardín recorrió a buen paso todo el perímetro de la valla hasta llegar a la puerta trasera, allí se detuvo junto al depósito de gasoil para recuperar el resuello. Apretó los dientes hasta hacerse daño luego maldijo de todo lo que se le ocurrió con palabras que salían de su boca como balas. Cuando se calmó se dio cuenta que ni siquiera había insultado a su mujer, en su subconsciente estaba clavada a sangre y fuego la orden de intentar la reconciliación a cualquier precio. Se  encontró detrás de la cabaña junto al depósito metálico, esa noche no pasarían frío, aunque si los sentimientos pudieran influir en el tiempo, la cabaña podría muy bien estar en el norte del Canadá, por poner el primer lugar gélido que se le venía a las mientes.Se entretuvo un rato contemplando el paisaje y luego volvió a la cabaña.

Al verla esforzarse bajo el peso de la caja llena de botes y latas de conserva, hizo un gesto para ayudarla, pero ella le ignoró siguiendo su camino hasta la cocina como si no hubiera nadie más en la casa. El salió hasta el jardincillo donde aún quedaban otras dos cajas y varias bolsas de plástico con comida y sacando un cigarrillo se dispuso a fumarlo mientras contemplaba más detenidamente el paisaje. A la izquierda mirando hacia la puerta de la cerca y el camino de tierra, la valla protegía de la caída por una ladera muy empinada con muchos matojos que terminaba en un amplio valle, encajonado entre dos laderas que iban ensanchándose hasta el fondo del valle, allá a lo lejos, podían apreciarse diminutas casa de teja, así como el cuerpo brillante de una carretera que travesaba el pueblo perdiéndose al otro lado de una estrecha garganta. Por el valle se oían esquilas de vacas y algunas manchas parduzcas moviéndose entre las escobas.

Terminó el cigarro sin que su mujer volviera a aparecer a recoger más bultos, supuso que estaría deshaciendo las maletas. En un par de viajes llevó todo a la cocina, su mujer estaba hurgando en la maleta en su habitación según atisbó a través de la puerta abierta. Empezó a colocar los comestibles en las estanterías y despensa, se dijo que debería hacer algo, mostrarle a su mujer que estaba dispuesto a ser un buen chico, ofrecerse a ayudarla a hacer su cama. Por cierto su amigo le había indicado dónde se encontraban las sábanas y mantas, en un arcón rústico en la habitación, a mano derecha según se entraba al salón; era pues su habitación puesto que su mujer acababa de elegir la otra. Aprovechó para llevar su maleta y echó un vistazo al arcón, no estaba cerrado con llave, en efecto, allí había mantas, eran gruesas y parecían muy cálidas. Cogió dos, un juego de sábanas y haciendo de tripas corazón se dirigió a la habitación de su mujer.

UN VIAJE SIN RETORNO V


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Durante la noche se despierta una y otra vez con la angustia inconcreta de un peligro acechando en la oscuridad, dispuesto a devorar su mente al menor descuido. Desde algún lejano lugar del hospital le llegan los gemidos lastimeros de un hombre que se queja a gritos de la desgracia de estar vivo. Poco a poco sus rechinantes quejidos se vuelven monótonos, van decreciendo hasta convertirse en un lejano murmullo adormilante.

Cuando despierta la luz de la habitación  está encendida y en la puerta el gigantón está dando palmas al tiempo que le urge a levantarse con una voz suave de tenor que resulta sorprendente en un cuerpo como el suyo.  Odia levantarse tan temprano, aún no son las ocho de la mañana. En casa sus padres se han cansado de recriminarle una y otra vez ese continuo encamamiento patológico o enfermizo como dicen ellos  nunca antes de las doce podría ser el lema de su vida. “Deberías estar buscando trabajo, vago – le recrimina su padre -, me parto los riñones todos los días para darte de comer y lo agradeces encerrándote en ti mismo como si nos odiaras”. El no le hace caso, odia el mundo adulto, su hipocresía farisaica, la agresiva competencia para todo más propia de bestias de la selva que de seres racionales. Prefiere quedarse a gusto en la cama fantaseando sobre cualquier cosa antes que enfrentarse a lobos hambrientos por un puesto en una sociedad que no le gusta y  le repele a codazos cada vez que se acerca.

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El comedor es un variado muestrario de todos los posibles tipos de locura. Allí, están representadas  las diferentes edades, tipos físicos o caracteres, como si la locura no perdonase a nadie. La pieza estropeada que la genera debe buscarse en lo profundo de la mente no en un físico disminuido. En este submundo no sirve la lógica que utiliza la persona normal en la calle, hasta él  puede ser etiquetado y catalogado como cualquier otro de los desechos humanos que están sentados en sillas de formica tomándose tranquilamente el desayuno. Nadie evitará que se le catalogue como un objeto inservible y se le deposite en cualquier desván. Esto le aterroriza hasta extremos paralizantes.

La monjita de paso marcial que le recibió  el primer día se acerca a servirle el desayuno, llena su tazón de leche y deja un currusco de pan y un pequeño rectángulo de mantequilla envuelta en papel grisáceo sobre la mesa. Parece estar de mejor humor, hasta  le sonríe preguntándole cómo se encuentra. El no quiere contestar, no le apetece ser un diapasón que resuene según el humor de los otros.

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Moja el pan en la leche y por el rabillo del ojo  observa cómo un paciente se levanta de su mesa y se dirige hacia él, le ha estado observando desde que entrara al comedor con extraña atención. Es un hombre joven,  de no más de cuarenta años, impecablemente vestido de traje negro con corbata roja de lunares, zapatos de charol relucientes. Podría pasar perfectamente por un doctor si llevara encima del traje una bata blanca. Intrigado deja de comer y espera acontecimientos. El hombre llega a su lado, coge su barbilla con la mano derecha y se le queda mirando fijamente como si él pudiera ver algo que pasa desapercibido a los demás.

-Hola, me llamo José Luis. Tu debes ser Julio-Cesar, el emperador romano. He visto un retrato en un libro y tú tienes su misma cara.

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-¡Qué Julio-Cesar ni qué leches!, tú estás gagá amigo.

Inmediatamente comprende su error. No ha podido permanecer callado como se propuso hacer mientras le veía aproximarse. La sorprendente salida de aquel hombre no le ha dejado tiempo para reaccionar. Observa cómo la expresión de su rostro se ha modificado de forma aterradora. De ser la de una persona normal que intenta presentarse a otro con simpatía ahora ha pasado a  la de alguien que le odia como al asesino de sus seres más queridos. Aprieta la mandíbula con fuerza tal que él no puede rechazar la imagen de su dentadura saltando en pedazos. Los ojos del sujeto se han puesto rojos como si la sangre estuviera afluyendo a ellos de todo el cuerpo. Lo dicho parece  haber roto el maravilloso mundo de cristal en que el otro estaba viviendo, hasta sería capaz de ver los restos en  el suelo si se atreviera a mirarlo; pero el miedo a una reacción desmesurada de aquel loco le  obliga a mantener fija la mirada en su cara esperando el momento de la explosión. Porque ahora ya no le queda duda alguna de que aquel hombre está completamente loco. Repentinamente, antes de que capte el menor cambio en su expresión, es empujado violentamente sobre la mesa que vuelca cayendo al suelo patas arriba y rompiéndose con estrépito los tazones del desayuno. La leche se desparrama en un gran charco que se va extendiendo por todo el comedor.

Caído de espaldas junto a la mesa  observa perplejo cómo un tranquilo comedor de hospital se transforma en el plató donde alguien ha decidido representar todas las locuras a que la mente humana puede llegar. Mientras el hombre bien vestido es sujetado sin contemplaciones por el celador gigantesco que ha aparecido allí como materializado en el aire  – con una implacable llave de defensa personal que le  inmoviliza por detrás, las gigantescas manos entrelazadas sobre su nuca, los antebrazos en sus sobacos- sus vecinos de mesa han salido de su mutismo y chillan como sopranos histéricas. Más lejos otro se ha subido encima de la mesa y patea los tazones, al tiempo que bajándose los pantalones del pijama se masturba con expresión de querubín. Un tranquilo anciano, antes medio catatónico, golpea una silla contra la pared como intentando hacer un agujero que le lleve a otro lado, tal vez a una nueva dimensión. Algunos resbalan en la leche desparramada dándose una culada de película muda, deciden permanecer sentados en el suelo riéndose de todos y señalándoles con gestos obscenos.

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Los gritos y chillidos horadan los tímpanos, tensan los nervios. El celador ha vuelto para seguir poniendo orden, ha debido llevarse al hombre bien trajeado a algún sitio. Dos hombres con cara de imbéciles se golpean con los puños e intentan patearse con terrible saña. Desde el suelo lo observa todo al tiempo que la venda roja que tanto teme se va colocando sobre sus ojos. El celador vuelve, abofetea con todas sus fuerzas al querubín masturbador, le sube los pantalones y termina sacándolo a rastras del comedor. Ya no puede seguir controlándose, todo se le aparece del  rojo color de la sangre. Se levanta con increible agilidad y cogiendo carrera se lanza contra los ventanales que dan al jardín; se produce una explosión y el rojo sangre pasa bruscamente al negro noche. Luego nada.

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Despierta tumbado en una camilla con la monja a su lado. Enfrente el gigante le está  mirando con preocupación, pregunta a  la monja por la gravedad de las heridas. Esta no contesta, está terminando de vendarle la cabeza con la frialdad y gesto desmañado con que se remendaría un saco. Remata la faena y comienza a limpiarle el rostro salpicado de  sangre con un trapo húmedo, después con más cuidado pasa un algodón empapado en alcohol por las heridas. Grita de dolor. Observa un gesto disimulado de la monja al gigante. Este desaparece. La monja de forma sorpresiva sale de su mutismo malhumorado y comienza a hablarle con enorme prisa, como si temiera que el silencio  descubriera lo que se está tramando; intenta ser simpática pero se nota enseguida que solo es una pose. Hace preguntas sin esperar respuesta. Decide informarle de que todos sus compañeros están ahora tranquilos, como si eso pudiera interesarles a cualquiera de los dos, sumergidos en reconcentrados pensamientos.” Pepe, le comenta  la monja – así debe llamarse el celador-  tiene experiencia en estas explosiones que se producen cuando algún acontecimiento inesperado y violento les saca de  su apatía”

Al cabo de unos minutos vuelve Pepe con otro celador  bajito, delgado y calvo, ambos traen en sus manos unas correas de cuero muy anchas con agujeros y hebillas en sus extremos. Intuye lo que va a pasar, los locos no pueden controlarse solo con medicación, para los locos violentos tienen que emplear métodos más expeditivos. Decide que cualquier oposición no serviría de nada. El gigante se lo explica con tranquilidad y le pide se comporte con calma. Van a llevarle a la habitación y le atarán a la cama, no pueden dejarle libre hasta que le vea el doctor, se ha producido profundas heridas con los cristales, podría haberse matado. Quitan el freno a la camilla y le llevan por el pasillo hasta su habitación, la monja les sigue con su taconeo marcial sin decir nada.

Comienzan a atarle. Cada celador por un lado de la cama le va sujetando las muñecas y los tobillos  a los barrotes con las correas. La monja le pone una inyección en el  brazo y por fin le dejan solo. Piensa que si estuviera en la Edad Media le atarían con cadenas, es la única diferencia que percibe entre esas dos épocas de la humanidad. No debe resultar fácil ser la mano que reduce a un hombre a la impotencia. Sin embargo todos se han marchado con una expresión amable en sus rostros, tal vez intentaban hacerse perdonar un comportamiento impropio de un ser humano. Cerró los ojos e intentó dormir pero el sentimiento de impotencia, de humillación y de vergüenza que le producía verse atado como un animal se lo impedía. Quiere razonar, convencerse de que el comportamiento de los celadores es razonable pero no puede con la intensidad de sus sentimientos, de estar libre sería capaz de  matar a aquellos bastardos o al menos los hubiera atormentado sobre el potro en una mazmorra, torturándoles hasta la muerte, regodeándose en su sufrimiento. Así no se trata a un ser humano aunque sea tan rarillo como él, ningún enfermo o loco se merecen esto. Le han infringido la peor humillación entre todas las posibles, nunca les perdonará. Rumia una y otra vez estos pensamientos hasta que finalmente el tranquilizante hace su efecto y se queda dormido.