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EL VIDENTE


 

EL VIDENTE

NOVELA

Halloween scene of a young astrologist reading tarot cards

 

EL VIDENTE
EL VIDENTE II

CAPÍTULO I

Corríjanme si me equivoco. Lo primero que hace todo caballero bien educado es presentarse. No puedo darles mi nombre ni dirección, ni dato alguno que pueda identificarme. Existen poderosas razones para ello que ustedes irán descubriendo a lo largo de esta historia. Así pues permítanme que me presente diciéndoles tan solo que soy un vidente. Es decir que veo lo que otros no ven o creen no ver.

Puesto que no es un secreto sí puedo decirles que trabajo para la policía en algunos casos especialmente sensibles y difíciles. Seguro que muchos de ustedes han visto alguna serie televisiva protagonizada por videntes o alguna película en la que un sujeto con facultades paranormales echa un cable a los agentes del orden para resolver casos que de otra forma permanecerían enterrados para siempre, dada su dificultad, entre altísima e imposible.

Olvídense de todo lo que han visto. La ficción es siempre ficción, por mucho que un guionista se rompa las meninges intentando hacer verosímil lo que no es sino una elucubración de su mente calenturienta.

Si alguna vez han deseado poseer facultades de videncia y dedicarse a lo que esos simpáticos personajes televisivos se dedican, mejor que vayan eligiendo otra profesión menos dura. Ser vidente no es exactamente un don que concede la vida a algunos afortunados, es un castigo terrible del que nadie puede escapar nunca. No se trata de una mala racha, es vivir constantemente en el infierno.

No me estoy refiriendo, por supuesto, a los fulleros y timadores que tratan de parecer lo que no son, sino a los auténticos videntes. A esos que nunca son creídos cuando se hubieran podido evitar nefastas consecuencias para otros seres humanos y que luego todo el mundo busca para resolver tragedias que ya no está en su mano evitar. Porque el verdadero vidente no escoge lo que desea ver y rechaza lo que le molesta. Tampoco puede ver cuando los demás quieren que vea, ni entra en trance por muchos fajos de billetes que se pongan frente a su nariz.

No es una profesión que se elija, ni puedes prepararte durante años para ejercerla, como si de una carrera universitaria se tratara. En un momento determinado de tu vida surge algo que trastoca todos tus esquemas mentales y por mucho que te ocultes de ahí en adelante las personas de tu entorno acaban por darse cuenta. Entonces tienes dos opciones: convertirte en un fullero y ganar todo el dinero que puedas o intentar pasar desapercibido, huir de acá para allá, buscando el anonimato sin conseguirlo y cargar a cuestas con la cruz que te ha tocado.

Cuando tienes mucha suerte pueden pasar algunos años sin grandes sobresaltos. Eso sí, te conviertes en un vagabundo que nunca sabe dónde estará mañana. Si no tienes tanta suerte puede ocurrirte lo que me ocurrió a mí y pasarte el resto de tu vida mirando por las rendijas de las cortinas de las ventanas de tu casa, esperando ver aparecer en cualquier momento un rebaño de reporteros prestos a descuartizarte con tal de hacerte una foto, grabar unos planos de tu rostro o un par de frases en sus grabadoras de bolsillo.

Resulta curioso que algo así acabe sucediendo porque una víctima o sus familiares han conmovido tu corazón y decides ayudarlos con lo único que posees: la capacidad de ver a través del espacio y el tiempo. Hasta el vidente más endurecido y más precavido termina cayendo en la vieja trampa. Cuando das el paso sabes perfectamente que si te equivocas te crucificarán sin compasión y si aciertas rara vez alguien te lo agradecerá de corazón y en la intimidad. Lo peor que te puede pasar es que algún ingenuo eche unas lagrimitas en público y mencione tu inestimable ayuda. Y a pesar de todo no dejarás de conmoverte por la carita angelical de un niño o por el dolor profundo como el cosmos de una madre que busca a un hijo perdido.

Eso fue lo que me ocurrió a mí. Si eres un vidente auténtico deberías haberlo visto y haber salido corriendo hasta Alaska y haberte quedado allí para vivir entre los osos blancos. Me dirán ustedes y con razón. Pero no lo vi, uno nunca ve lo que desearía y aunque lo vieras no te serviría de nada mientras sigas teniendo un corazón humano dentro de tu pecho. Estás perdido. Desde el momento en que tu don se manifiesta estarás perdido y para siempre.

 

 

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