Categoría: LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS

LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS XI


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Bajé los ojos hacia el TBO de Spiderman y me aislé de todo lo que ocurría a mi alrededor en la clase. Con gran facilidad era capaz de meterme en la viñeta, como si fuera una pantalla de cine con una puerta por la que se pudiera pasar al otro lado, donde estaba ocurriendo todo. Yo era Spiderman y podía atravesar las calles de Nueva York colgándome de las telas de araña que iba pegando en las paredes de los edificios. Bajo aquel traje mágico mi identidad quedaba preservada, nadie podía saber quién era yo, solo me transformaba cuando había que salvar a alguien. Era apasionante. Se me ocurrían otras historias diferentes a las que allí se contaba. Tenía que leer rápido porque de otra forma no me daría tiempo a terminar todos los tebeos que estaban sobre la mesa del profesor, todos muy interesantes, no me quería perder ninguno. Me sentía angustiado ante la posibilidad de que no lograra leerlos todos y ya nunca más pudiera saber cómo eran los otros. Intentaba leer rápido, pero eso me impedía disfrutar de la historia con todo el placer que me brotaba a raudales por los poros. Estaba sudando aunque no hiciera calor. El corazón me palpitaba con mucha fuerza, podía sentir su toc-toc-toc en mi pecho. Era imposible leer rápido y disfrutar al mismo tiempo, tenía que escoger, pero no podía. Me fui poniendo cada vez más nervioso hasta que decidí disfrutar de lo que pudiera mientras pudiera. Si no podía leerlos todos, pues mala suerte.

Fue una mañana apasionante, mágica. Cuando terminaba un tebeo me levantaba del pupitre procurando no hacer ruido y casi de puntillas iba hasta la mesa del profesor. El mayorón me miraba y me señalaba un montón donde había que colocar los tebeos leídos. Luego me ponía a rebuscar en los otros montones hasta que encontraba los tebeos americanos que eran difíciles de conseguir en el quiosco y además eran muy caros, dejaba para lo último los tebeos españoles que se podían encontrar en los quioscos o se podían cambiar con otros chicos.

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Los que más me gustaban eran los que ponían Marvel. Los superhéroes eran mis favoritos, Supermán, Capitán América, Los Vengadores, Iron Man… Cuando no encontraba alguno en el montón, porque los tenían otros chicos, aprovechaba para leer al Jabato o el Capitán trueno, en casa tenía muy pocos. También me gustaba Pulgarcito o DDT, Roberto Alcazar y Pedrín, Olé, Tio Vivo y todos aquellos personajes tan divertidos que me hacían reír y me tenía que tapar la boca para que nadie me oyera. Estaban Carpanta, Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape, el botones Sacarino, Rompetechos, Las hermanas Gilda, La rue del percebe, la familia Cebolleta, Doña Urraca… Estaban todos. También me gustaban los de Hazañas bélicas o los del Oeste. Miré a ver si había alguno del Coyote que había leído en casa porque mi padre conservaba algunos en su maleta de cartón, pero no encontré ninguno, tampoco del Zorro.

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Recordé los pocos tebeos que tenía en casa, en cuanto me daban la propina los domingos me iba directo al quiosco y hacía cuentas para ver cuántos podía comprarme, solo uno, a veces dos, alguna vez tres. Renunciaba al paquete de pipas, al regaliz, a las pastillas de leche de burra y a tangas golosinas como poblaban aquel quiosco para poder aumentar mi colección de tebeos que luego podría cambiar con otros chicos, cuantos más tenías más fácil era encontrar alguno que no hubieras leído, podías incluso ofrecer dos o tres a cambio de aquella joya. No siempre era así, a veces caía en la tentación de comprar pipas, aceitunas o cualquier golosina que me llamara la atención. Entonces me pasaba la semana releyendo los que ya tenía, a no ser que pudiera cambiar alguno.

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Allí, en una sola clase había muchos más tebeos que en el quiosco, muchos más, la mesa del profesor estaba llena, montones tan grandes que había que tener cuidado para que no se cayeran al suelo cuando los ibas pasando uno a uno, buscando tu preferido. Si en las demás clases había tantos como en aquella, y era lógico que así fuera, porque todos los niños teníamos los mismos derechos a leer tebeos, no podía imaginarme cuánto dinero se habían gastado los frailes solo para que pudiéramos leer mientras comenzaban las clases. Me ponía a sumar lo que costaba un tebeo en el quiosco, con todos los que había en aquella clase y en todas las clases, y se me iba la cabeza. ¿Cuánto dinero tenían aquellos curas? Ellos decían que eran pobres, que habían hecho el voto de pobreza, ¿entonces de dónde salían los tebeos?

Era un chico con suerte. Los chicos de la escuela, del pueblo, sentirían tanta envidia que se pondrían verdes cuando yo les contara todos los tebeos que había en el cole. Tenía que leer muchos, todos, para poder contarles muchas historias. Me iba poniendo cada vez más nervioso, casi no podía ni respirar, tenía que abrir la boca y respirar fuerte para que entrara un poco de aire en los pulmones. Me puse tan malito que por un momento temí que me diera algo y me cayera al suelo desmayado. Trate de calmarme como pude y miré alrededor, por si alguien se había dado cuenta. Recordé entonces que yo era un niño muy tímido y que en el pueblo no me atrevería a contar nada de aquello, incluso dudaba de que pudiera hablar con ellos, había oído que cuando volviéramos de vacaciones teníamos que presentarnos al cura del pueblo y ayudarle a decir misa.

Me sobresaltó el ruido del timbre. No sabía por qué lo estaban tocando. Era una especie de campanilla de metal contra la que chocaba un trozo de acero. Hacía un ruido de mil demonios. El mayorón se levantó de la mesa y nos dijo que era la hora del recreo. Todos fuera. Nos hicimos los remolones, allí estábamos muy a gusto. Nos dio dos voces y nos dijo que dejáramos los tebeos en la mesa, volveríamos luego.

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LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS X


 

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Mi papá me pidió que fuera bueno, que estudiara mucho y que les escribiera una vez a la semana, por lo menos. Antonio y su papá ni siquiera se habían abrazado. Los papás se despidieron del cura dándole la mano y las gracias y se dirigieron a la puerta. Desde ella mi papi se volvió y me dijo adiós con la mano. Mi sorpresa fue inenarrable cuando observé que estaba llorando.

El cura nos dijo que dejáramos que terminaran de pasar las filas. Y allí nos quedamos, viendo cómo desfilaban, en un silencio extraño, roto a veces por una risita entrecortada. Los que pasaban nos miraban con curiosidad y nosotros a ellos con tanta curiosidad como miedo. Cuando pasaron los últimos el fraile nos dijo que le siguiéramos y así lo hicimos. Su rostro estaba ahora muy serio y le había desaparecido de la boca aquella sonrisita que a mi me había parecido como una máscara forzada.

Entramos en el comedor de la derecha y el cura nos dijo que nos sentáramos en cualquier mesa de la fila más cercana a las cocinas y a su „refectorio“.  Cuando llegaran todos los que aún restaban por llegar nos asignarían un asiento para todo el curso, pero de momento podíamos ocupar cualquiera que estuviera libre. Lo hicimos, bastante asustados, y con las miradas de todos clavadas en nosotros. El cura dió una gran palmada que sonó como un trueno y se hizo un silencio absoluto. Todos se pusieron de pie, nosotros también, y todo el mundo se santiguó. El cura rezó un padrenuestro y luego dijo „buen provecho“ y se metió en su „refectorio“.

De pronto el silencio se quebró y todo el mundo pareció hablar a la vez, menos Antonio y yo, que solos a una mesa, mirábamos sorprendidos a todo el mundo. Unos cuantos mayores, de las mesas de la última fila, la más cercana a los grandes ventanales, se levantaron y salieron casi corriendo hacia las cocinas. Las puertas de madera, tan parecidas a las de un salón del Oeste, batieron una y otra vez, con fuerza. Los chicos las empujaban con brusquedad, algunos con los pies, y pasaban al interior. Pronto salieron con los carritos de las cafeteras. Los fueron dejando en el pasillo central, unos detrás de otros, y tomando aquellas enormes teteras de los carritos comenzaron a servir en las mesas más cercanas. Delante de mí tenía una gran taza de duralex, con una cuchara y un cuchillo. En el centro dos platos, uno con grandes trozos de mantequilla y el otro con pequeños y redondos estuches de plástico conteniendo mermelada de naranja.  Una cestita de paja contenía una barra cortada en trozos.

Hice lo que vi hacer a todo el mundo. Cogí un trozo de pan, del currusco, y lo abrí al medio con el cuchillo. Aproximé el plato con la mantequilla e intenté cortar un pedazo para untarlo en el pan. El cuchillo resbaló y el plato estuvo a punto de salir disparado de la mesa. Aquella mantequilla estaba dura como una piedra, parecía un trozo de yeso. Sujeté con la mano izquierda el plato y con la derecha hundí con fuerza el cuchillo. Me costó, pero al fin logré cortar un trozo. Lo trasladé al pan e intenté untarlo. Imposible. Estaba tan duro que no se pegaba. La miga se levantaba, formando una pelotilla, pero la mantequilla no se extendía. Hice lo que pude y luego abrí un estuche de mermelada y lo unté por encima.

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Antonio miraba a todo el mundo y movía las piernas hacia atrás y hacia delante, muy nervioso. El chico de la cafetera llegó hasta nosotros y nos sirvió el café con leche en la taza. Dejó vacías las que no tenían dueño. Luego, inclinándose hacia mí, me dijo, muy bajito: Hola, chivina.

¿Chivina? ¿Que significaba? Me asusté mucho. Durante todo el verano había imaginado una y mil veces lo que sería vivir allí, en el colegio, durante meses y meses, sin ver a mis papás ni poder hablar con alguien de confianza, un familiar o un amigo. Antonio no contaba porque aunque era del pueblo, apenas nos habíamos relacionado allí y además me caía mal, me parecía poco sensible, bastante bruto y de poca confianza.

El desayuno me gustó, aunque aquella extraña mantequilla más parecía yeso para encalar paredes que alimento para el cuerpo. Estaba empezando a pensar que a lo mejor allí no pasaría hambre. Ese era un miedo que no me dejó tranquilo ni un minuto durante aquellos meses.

Me dio tiempo suficiente a desayunar sin prisas y aún me sobraron algunos minutos para observar con disimulo a todos los que estábamos en el comedor, especialmente a los mayorones. Calculé que no tendrían más de dos o tres años que yo, pero parecían tan grandes y sobre todo tan atrevidos que me parecieron muy mayores, casi como adultos. Salió el padre prefecto de su refectorio frotándose las manos, como si estuviera contento por algo, tal vez porque había desayunado bien o por cualquier otra razón que yo ignoraba. Caminó por el pasillo central como un pistolero por la calle principal del pueblo, se detuvo e hizo un gesto a uno de los mayorones. Este se puso en pie a toda „veloci“ y se persignó aún más rápido. Yo observaba con discreción al fraile, que puso una cara como de haberse comido una acedera, pero no dijo nada, tal vez porque aquella mañana estaba muy contento. El chaval recitó un padrenuestro y un avemaría de corrido y se persignó como si le faltara el aire.

El fraile dio una fuerte palmada y todo el mundo se puso en pie y comenzó a desfilar. Se acercó a nuestra mesa y nos dijo que ahora  iríamos a nuestra clase, ya nos la enseñarían, y allí podríamos leer algunos tebeos hasta la hora del recreo. Salí con Antonio que procuraba acercarse a otros grupos de niños, pero como no le hacían caso se quedó rezagado conmigo que iba pensando en el cura. Había algo en él que no me encajaba. Todo el mundo puede tener vocación y decidir renunciar a formar una familia, a no casarse, a ser célibe (una palabra que me llamaba mucho la atención) como si no le gustaran las mujeres, pero aquel hombre no me parecía alguien que hablara mucho con Dios y quisiera ser bueno. Claro que yo no sabía muy bien qué era eso de que a uno le gustaran las chicas. Tal vez no fuera tan difícil vivir sin mujer, al fin y al cabo te hacían lal comida, te lavaban la ropa y la planchaban y te hacían todo lo que hacía una mujer en su casa. ¿Para qué iba a necesitar un cura una mujer?

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Caminamos por el pasillo y en el desvío a un bloque, un mayorón nos chistó.

-¿Sois vosotros los nuevos?

Le dijimos que sí y nos respondió que le siguiéramos. Nuestra clase estaba en la planta baja, conforme se subía de curso se subía también de piso. Los de primero de bachillerato estábamos en la planta baja, los de segundo en la segunda y los de tercero en la tercera. Cuando llegábamos a cuarto cambiábamos de pabellón y también de comedor. Nuestra clase, la B, estaba al lado de los servicios. El mayorón nos los enseñó, eran muy grandes y parecían muy limpios. Nos dijo que aprovecháramos si teníamos ganas de mear y se le escapó una risita. Luego nos hizo entrar en la clase.

Me quedé boquiabierto, nada tenía que ver con los pupitres de la escuela del pueblo, de madera y tan viejos y rayados que parecía que hubiera pasado por allí un regimiento. Aquí los pupitres eran modernos y parecían nuevecitos. Según entrabas había una tarima de madera con la mesa para el profesor, una pizarra muy grande y un crucifijo y un retrato de nuestro caudillo y de Jose-Antonio Primo de Rivera. Había muchas filas de pupitres y muy largas, allí cabían por lo menos… cincuenta, pensé, aunque dejé para luego contarlos porque algo llamó mi atención. Sobre la mesa del profesor había grandes montones de… (no podia ser cierto)… de tebeos. Antonio y yo nos quedamos tan asombrados que el mayorón se rió y nos dijo que podíamos leer los que quisiéramos, pero solo hasta que comenzaran las clases. En lugar de tener clases podíamos leer tebeos y luego ir al recreo y jugar al futbol, hasta que llegaran todos y comenzaran las clases, que ya no quedaba mucho, solo tres días.

Le preguntamos si podíamos coger tebeos y nos dijo que sí, pero solo de uno en uno. Antonio y yo nos pusimos a mirar en los montones. No tardé en encontrar lo que quería, uno de Spíderman. No podía creerlo, lo había visto en el quiosco del pueblo pero era muy caro. Ahora podría leerlo a gusto. Me fui al final de la clase, al último pupitre que estaba junto al ventanal.  Miré a mi alrededor y me alegró ver que solo estábamos unos cuantos, tocábamos a más. El mayorón se sentó a la mesa del profesor y se puso a leer un tebeo. Antonio no quiso sentarse a mi lado y buscó otro pupitre, cerca de un chaval con gafas con el que se puso a hablar hasta que el mayorón le llamó la atención, en clase no se podía hablar.

 

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LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS IX


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Aquel telón en el escenario me parecía algo mágico. Bastaría con descorrerlo para que se pudieran ver las mayores maravillas del mundo. Recapitulé sobre todas las alegrías que me esperaban: jugar el futbol todos los días en los campos que habíamos visto; ver cine todos los fines de semana; bañarnos en la piscina en verano; jugar a baloncesto y a balonmano… Comparadas con tantas alegrías, el madrugar y el tener que confesarme y comulgar todas las semanas me parecía hasta aceptable. El cura nos explicó las actividades que se desarrollarían allí durante todo el año y especialmente durante las fiestas del patrono del colegio, San Agustín. Pero deberíamos dar allí por terminada la visita al colegio, porque se acercaba la hora del desayuno. El cura miró el reloj y nos hizo una seña para que le siguiéramos.

A paso ligero recorrimos otra vez el largo pasillo. Mientras lo hacíamos no pude evitar imaginarme lo adecuado que era para echar carreras. Sonreí ante la escena. Unos cuantos nos poníamos en un extremo, alguien contaba, una, dos y tres. Y salíamos corriendo como alma que lleva el diablo. Nunca mejor dicho. Pero aquello no era nada más que un sueño. Era evidente que aquel cura nunca permitiría aquello. Todo en el colegio respiraba un aire de seriedad y religiosidad que asustaba al más pintado… y yo no lo era.

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Al llegar al hall el cura continuó adelante. Abrió una puerta acristalada como al parecer lo eran todas y nos invitó a seguirle. En la pared de enfrente había una especie de dibujo o pintura, hecha al parecer con pequeños trozos de piedra o cerámica, representaba alguna escena que no pude entender. Las figuras eran altas y estaban distorsionadas, los colores muy vivos. Me resultaba difícil decidir si aquello me gustaba o no. Al final me dije que me gustaba más de lo que no me gustaba, por lo que di como ganador al „me gustaba“ y atendí las explicaciones del cura. Nos estaba diciendo que a la izquierda estaba el comedor de los mayores, es decir de quienes estudiaban cuarto, quinto y sexto de bachillerato. A la derecha estaba el nuestro, es decir para los estudiantes de primero, segundo y tercero de bachiller.

Pasamos al comedor y todos nos quedamos deslumbrados. Había tantas ventanas que uno se hubiera dicho al aire libre. El salón era muy grande y gruesas columnas de cemento pintadas sujetaban el techo. Había tantas mesas que dejé de contarlas, perdí la cuenta. Estaban colocadas en filas que llegaban hasta el centro, dejando allí un amplio pasillo y continuaban hasta la otra pared, también horadada por muchos ventanales. El cura nos dijo que podíamos sentarnos para probar las sillas. Eso era lo que más nos había sorprendido de todo. Las mesas, para ocho, cuatro en un lado y cuatro en el otro, era de formica y las sillas estaban sujetas por tuberias a las mesas. No se podían mover.

Tanto Antonio como yo nos sentamos con una cierta precaución, temiendo que aquellos tubos se rompieran y termináramos en el suelo, pero descubrimos que todo aquel artilugio era muy sólido. El cura nos lo explicó con una sonrisa de oreja a oreja. Era de lo más moderno y muy sólido, como para sostener a ocho personas sentadas a la vez, no se rompería el tubo, no. Satisfechos nos levantamos. El cura nos invitó a mirarnos en un gran espejo que había en la esquina por donde habíamos entrado, al lado de una puerta de madera. Nos miramos y no encontramos nada extraordinario en el espejo, aparte de que era muy grande y nos podiamos ver de cuerpo entero. Reflejaba muy bien, eso sí. Entonces el cura, con el gesto de un mago que va a sacar un conejo de su chistera, abrió la puerta de madera y nos invitó a pasar. Lo hicimos, curiosos, y pudimos ver lo que resultó ser el comedor del prefecto. Allí comía y los platos le llegaban a través de un torno de madera situado en una esquina, cuyo funcionamiento nos enseñó. Era la primera vez que veíamos algo semejante y todos soltamos exclamaciones, hasta los papás. Sin embargo lo más sorprendente estaba aún por llegar. Nos señaló con un dedo el rectángulo que daba al comedor, a la altura del espejo que estaba por fuera. Nuestra sorpresa se expresó con chillidos de alegría. Por dentro no era un espejo, se podía ver todo el comedor a la perfección. Se trababa de una venta con cristal, disimulada por fuera como si fuera un espejo. Desde allí el prefecto podía vigilar el comedor y nadie sabría si lo estaban mirando en el momento que hacía una trastada o no, por lo que siempre tendría que estar muy atento y modoso. Eso nos dijo el cura, solo que con otras palabras, y cuando Antonio y yo comprendimos el alcance de lo que estábamos viendo, nos miramos con miedo y se nos fue la alegría de la sorpresa.

El cura nos preguntó si deseábamos ver las cocinas y mi papá dijo que sí enseguida. Le gustaba comer, cocinar y todo lo que se refiriera a la comida. La puerta estaba al lado de su comedor. Me quedé muy sorprendido de que fueran dos puertas como las que se ven en las películas del Oeste, cuando entran al salón a tomarse su vasito de guisqui. El cura entró primero y sostuvo una de las puertas para que todos pasáramos. Las cocinas eran muy grandes, enormes. Sobre unos grandes fuegos había hasta seis enormes perolas. Si nos hubieran echado a los niños dentro, de pie, no se nos vería la cabeza.

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En aquel momento estaban desiertas. En unos carritos metálicos de tres pisos unas cafeteras enormes con asa de madera, humeantes, esperaban el momento del desayuno. El fraile nos dijo que en unos minutos los estudiantes entrarían en el comedor. Ahora formaban en el patio. Nos explicó con prisa que había un cocinero jefe y varios ayudantes, así como algunas chicas que se ocupaban de fregar los cacharros y otras labores. Nos mostró unos sacos de patatas y legumbres, amontonados contra la pared. Se iban a utilizar para la comida del mediodía. Pelar las patatas llevaría un buen rato. Los estudiantes castigados también ayudaban en la cocina, en faenas de este tipo.

Aquel frailecito parecía disfrutar con los posibles castigos que nos caerían encima si éramos malos. Me entró tanto miedo que noté cómo mis piernas comenzaban a temblar. Imaginarme allí, sentado en un taburete y pelando una patata tras otra, dejándolas caer en las enormes perolas que nunca se llenarían, pelaras las patatas que pelaras, era algo que no podría soportar. Tendría que ser bueno, más bueno de lo que me había prometido ser. Nos explicó que cada día de la semana había un menú, cómo se preparaban las comidas y cómo los estudiantes encargados del reparto durante la semana estaban autorizados a entrar en las cocinas, solo ellos, sacaban los carritos hasta el comedor y allí repartían llenando los platos con gacetadas del potaje que correspondiera.

Mi papi parecía disfrutar mucho con todo aquello, aunque no se atrevió a comentarle al cura que él había sido cocinero en la mili y que ahora le seguía gustando mucho cocinar. Nos enseñó los grandes frigoríficos metálicos, incrustados en las paredes y que estaban llenos de toda clase de comida. Cada semana venían los proveedores, con sus camiones y camionetas y reponían todo lo que se había gastado. Intenté imaginarme cuánta comida sería necesaria para dar de comer a los casi mil estudiantes que estudiaban allí, en los seis cursos de bachillerato. En mi cabecita no cabían tantos números. Aquel colegio era como una ciudad entera.

Se oyeron silbatos en el patio y el fraile nos dijo que ya comenzaban a desfilar y en un minuto estarían allí.  Se apresuró a hacernos salir de las cocinas, atravesamos el comedor y antes de salir de allí nos invitó a asomarnos a las ventanas. En el patio se veían muchos estudiantes, estaban formados en fila india y los más cercanos a la puerta estaan ya desfilando, como soldaditos. Nos quedamos boquiabiertos contemplando aquel espectáculo y el cura nos pidió que nos diéramos prisa. Salimos de allí como si huyéramos y pronto nos encontramos en aquel vestíbulo tan enorme que se perdía la vista. El cura nos dijo que había llegado la hora de despedirse. Que no lloráramos, que deberíamos comportarnos como hombrecitos. A mí no me costó mucho contener las lágrimas. Estaba tan asombrado por todo lo que había visto que ni siquiera se me había pasado por la cabeza que ahora, por primera vez en mi vida, me quedaría solo.Me caía de sueño, los ojitos se me cerraban, por lo que me apresuré a despedirme. Mi papá estaba parado allí, contemplándome, con la cara un poco descompuesta por la emoción. Se sentía tan embarazado que no sabía qué hacer. Tuve que ser yo el que me acercara y le diera un beso en la mejilla. Aquello era algo inaudito. En casa nunca nos besábamos, ni nos abrazábamos o acariciábamos. Eso era algo que no hacíamos nunca. Claro que tampoco había visto a nadie mostrar cariño en público.

LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS VIII


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Y allí estaba ahora, contemplando con arrobo las canchas de baloncesto y los campos de balonmano, mientras el cura decía que eran lo mejor de España. Nunca había jugado al baloncesto, en el pueblo no había canastas, pero lo había visto en la „tele“ de Luisito y me gustaba mucho, lo mismo que el balonmano. Estaba deseando que el cura dejara de hablar y nos llevara a galope por el resto del colegio para que cuando nos dejara en paz pudiera salir con un balón de baloncesto e intentar encestar unas canastas. ¿Dónde estarían los balones? No me atreví a preguntarlo. No abría la boca por si algo de lo que dijera pudiera enfadar al cura o a mi padre y aquella maravillosa aventura terminaba antes de empezar.

El cura nos invitó a seguirle para ver de cerca los campos de futbol y la piscina. Por fin había llegado el momento de ver de cerca lo que me llevó en la escuela a levantar el brazo como si de ello dependiera mi vida. No me decepcionaron. Eran seis, tres a un lado y tres al otro, separados por un paseo de tierra con numerosos arbolitos casi recién plantados. Cada campo tenía porterías de metal y en los tres campos de la derecha había dos porterías enormes de madera, con redes. Tardé en comprender su sentido. Los campos pequeños era para que jugaran en ellos los seis cursos de bachillerato, uno por cada curso. El campo grande, de las porterías de madera y las redes era para que jugara el equipo de futbol del colegio. La unión de los tres campos lo hacía enorme. Era de reglamento, tenía las medidas necesarias para que pudiera jugar el equipo del „cole“ que estaba en juveniles. Todo esto nos lo fue explicando el cura con toda clase de gestos y sonrisas.

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Al fondo de los patios aparecía un gran rectángulo con setos muy altos. El cura nos dijo que era la piscina. Yo sentía una gran curiosidad por ver cómo era una piscina. Me pareció enorme. Estaba llena de agua porque aún no había terminado el verano. Me daba miedo porque no sabía nadar. En el pueblo no había piscina y el río apenas cubría las rodillas, salvo en invierno que saltaba el puente cercano a la escuela.

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El cura debió de ver algo en la expresión de mi cara porque enseguida me preguntó si sabía nadar. Negué con la cabeza. No te preocupes tendrás tiempo de aprender. Y nos llevó hacia la izquierda para indicarnos que en aquella parte apenas cubría un metro. Allí podían aprender a nadar los que no supieran sin miedo a que pudieran ahogarse. En cambio en la otra parte cubría más de dos metros. Me gustó el trampolín aunque no podría utilizarlo en mucho tiempo. Tras la piscina pude ver unas extrañas paredes sin ningún sentido. Como me quedara mirándolas fíjamente el cura nos explicó que aquello era un frontón. Los vascos gustaban mucho de jugar a la pelota en el frontón. Se podía hacer con la mano, con una raqueta de madera o cesta punta, al parecer una especie de canalón curvado donde entraba la pelota y luego con el movimiento del brazo salía despedida. En la orden había muchos frailes vascos que gustaban de jugar. Lo más fácil era empezar por la pelota a mano, aunque al principio doliera mucho después salían callos y ni se notaban los golpes a la pelota.

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Todos estábamos con la boca abierta oyendo tantas novedades. El cura nos invitó a regresar al edificio, porque aún quedaba mucho por ver y pronto bajarían los estudiantes a desayunar, ahora mismo se estarían levantando. Regresamos atravesando los campos de fútbol. No dejaba ni un momento de imaginarme lo fantástico que sería jugar allí. Nos hizo entrar por la misma puerta por la que habíamos salido al patio, subir unas escaleras y caminar por aquel larguísimo pasillo en el que se perdía la mirada. Al llegar al final torcimos a la derecha y el cura nos explicó que ahora íbamos a ver la joya del colegio, una iglesia tan grande y moderna que no había otra igual en España.

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La puerta era grande, de madera, con dos jambas. El cura sacó un llavero de l bolsillo de su pantalón, bajo el hábito, y abrió la puerta. Nos invitó a pasar con una sonrisa. Entramos y un asombrado „¡oooh! Salió de nuestras gargantas al mismo tiempo. Era una iglesia enorme, y muy moderna. Se podría decir que habían utilizado uno de los pabellones de tres plantas y con dos clases en cada una, para vaciarlo y construir la iglesia. Solo que el pabellón parecía más grande, más ancho, y sobre todo más alto. Miramos hacia arriba y se nos perdió la vista.

Al fondo había un cuadro, un mosáico, o lo que fuera, que yo no había visto nunca algo parecido. Un altar de piedra ocupaba el centro de una gran plataforma a la que se accedía por escaleras de mármol negro o gris o el color que fuera, que yo no entendía mucho de colores. Las paredes estaban desnudas y parecían un poco como las de un edficio moderno. Me gustaban más las iglesias de los pueblos, con su campanario, o la catedral que me había enseñado mi padre cuando fuimos a la capital a comprar algo que no recuerdo.  La catedral era también de piedra, pero parecía mucho más antigua y más bonita, con sus torres y vidrieras.

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No es que no me gustara aquella iglesia, pero me parecía demasiado moderna, como un edificio de ladrillo solo que distinto. Era muy ancha. Un pasillo central y a los lados dos filas de bancos de madera. Allí podría caber todos los habitantes de nuestro pueblo y aún sobraría sitio. ¿O no? Me sentía incapaz de calcular, aunque si era cierto que seríamos más de quinientos entre los seís cursos, como nos había dicho el cura al enseñarnos los dormitorios, entonces puede que me equivocara, porque mi pueblo tenía más de quinientos habitantes. ¿O no?

Nos enseñó los cuadros del viacrucris que estaban a los lados de los bancos. Eran de madera, pero demasiado modernos, como todo en aquella iglesia. Hasta los confesionarios que había a la entrada y detrás de alguna columna eran demasiado grandes y modernos. Eso sí, de una madera muy sólida.  El cura se persignó después de tomar agua bendita en una de las dos pilas que había a cada lado de la puerta y nosotros hicimos lo mismo. Nos acompañó hasta el altar y nos hizo entrar a la sacristía que estaba en una esquina y que no habíamos podido ver desde la puerta, porque la tapaba un trozo de muro. Salimos otra vez al altar y me quedé mirando con fijeza el cuadro. Dentro de lo que me pareció una especie de diamante azul, muy raro, estaba la Virgen María con el niño y a su alrededor y debajo numerosas figuras que parecían frailes rezando, con las manos juntas, algunos de rodillas. El fraile se acercó y me revolvió un poco el pelo. Me disgustó aquel gesto, que aunque parecía cariñoso, me resultó un poco humillante, como si yo fuera un niño pequeño. También me avergonzaba que aquel cura pensara que yo era muy devoto. Sí, desde la primera comunión rezaba mucho, todos los días, el padre nuestro y el avemaría, antes de dormir y cuando tenía un problema gordo durante el día, y no dejaba de pensar en la salvación de las almas, en el cielo y el infierno y en lo fácil que era pecar y si luego no te confesabas y te arrepentías podías condenarte al fuego eterno por toda la eternidad. Pero aquello no era algo que deseara que los demás supieran. Era algo solo entre Dios, la Virgen María y yo. Supuse que me había delatado la mirada y la postura respetuosa. No odía evitarlo. La mentira era un pecado y yo no quería ir al Infierno, ni siquiera por un pecado tan leve.

El cura se regodeó enseñando la iglesia y explicandolo todo.Cómo era obligatorio confesarse todos los viernes por la tarde y comulgar, al menos una vez por semana. Sentí miedo, porque en aquel lugar tan nuevo me sentía incapaz de no pecar, al menos una vez al día. Y pecar era terrible, incluso los pecadillos más tontos te podían condenar al infierno. Los pecados veniales, acumulados, se convertían en pecados mortales y un solo pecado mortal te condenaba al infierno de todas-todas. No era posible tener la seguridad de que en el último momento ibas a poder confesarte o hacer un acto de profunda contricción para que Dios te perdonara y pudieras ir al cielo. Había que estar muy atento, porque la muerte llegaba en cualquier momento y si te pillaba descuidado, ¡zás!, ya estabas en el infierno. Y eso no era cualquier cosa, toda la eternidad, un día tras otro, un año tras otro, para siempre, allí metido en las calderas de Pedro Botero, quemándote el culo y lo que no es el culo. Es un sufrimiento espantoso que nadie puede soportar. Todo aquello me lo habían enseñado desde el catecismo y lo creía a pies juntillas. Por eso me confesaba al menos una vez a la semana y cada vez que cometía un pecado mortal. No quería ir al infierno, antes cualquier cosa. Pero decir los pecados a un cura, que no dejaba de ser un hombre, aunque con sotana, cada vez se me hacía más cuesta arriba. No soportaba la angustia de hacer un recuento de los pecados y luego una lista para decírsela al cura. Me daba una vergüenza terrible.

En aquella iglesia tan grande me imaginé diciéndole al cura mis pecados todas las semanas y el mundo se me cayó encima. Quería salir de allí cuanto antes y no veía el momento. Por fin el cura se cansó de tanta cháchara y salimos fuera. Ahora, nos dijo, iríamos al salón de actos. De lo mejorcito de España y del mundo. Y sí que lo era, porque nada más entrar me quedé con la boca abierta. Allí cabía mucha gente, pero que mucha, todos sentaditos para ver las películas o las obras de teatro. El cura nos dijo que allí podía verse la televisión, cuando había algún acontecimiento deportivo, o el cine, todos los fines de semana, o alguna obra de teatro, representada por los mayores en las fiestas del colegio. Aquello me entusiasmo, porque yo no había visto aún ninguna obra de teatro y me parecía el espectáculo más maravilloso del mundo.

Nos dejó bajar por aquella cuesta tan empinada y sentarnos en la butaca que más nos gustara. Solo pensar en las películas de Charlot o del Gordo y el Flaco me relamí de gusto. A pesar de estar medio dormido y de que me dolía todo el cuerpo, por las dichosas piedrecitas de la entrada, tanta novedad me empezaba a entusiasmar de tal manera que temí comenzar a dar saltos de alegría.

LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS VII


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Lo cierto fue que ocurriera lo que ocurriera aquel fue el verano más decisivo de mi vida y uno de los más angustiosos. La visita del cura coincidió con el fin del curso, si no terminó aquel día no pasaría más de una semana para que saliéramos por la puerta de la escuela dando gritos con una alegría salvaje. Las vacaciones de verano, que duraban tanto como la estación, era el periodo más feliz en la vida de un niño. Tres meses sin estudiar, sin pisar la escuela, sin deberes, jugando todos los días, sin pensar en nada que no fuera divertirse. El paraíso de los niños deber ser algo muy parecido a unas vacaciones escolares.

Llegaba a casa de jugar a las chapas o a las canicas o de darme una vuelta por las montañas cercanas y siempre encontraba a mi madre en la cocina, bordando en la ropa mis iniciales. Eran solo dos letras pero aquella mujer debió pensar que me iba al Vaticano, con el Papa, porque cada prenda llevaba en una esquina o en el cuello una verdadera obra de arte. Las iniciales eran muy bonitas. Yo me quedaba embobado mirándolas. Pronto el remordimiento de exigir un sacrificio tan grande a mis padres me llevaba a refugiarme en mi habitación. Allí no podía evitar que mi mente me representara todo lo que me esperaba en aquel colegio. Los campos de futbol eran el pastel y la convivencia con los curas y con los demás niños el plato de comida podrida que no podría tirar por el retrete.

Ya me veía fichado por el equipo de mis amores, el Real Madrid. Miraba el album de cromos de futbol que tanto me había costado completar y la fantasía me ponía delante de los ojos lo que yo sería dentro de unos años. El más famoso y el más adorado de los futbolistas. Me tumbaba en la cama dejando que la mente volara y volara. De pronto, en lo mejor de la aventura, algo oscuro despertaba en mí. Yo era un niño muy tímido, muy sensible, todo me hacía daño, todo me entristecía, ¿cómo iba a pasarme un año entero en aquel enorme colegio, lejos de mis padres y hermanos, soportando las bromas crueles de los compañeros?

La angustia se apoderaba de mí. Incapaz de permanecer más tiempo en la cama, con aquel dolor de tripa que me producían los nervios, salía otra vez de casa y me iba a dar un paseo por la montaña. Al menos el movimiento me calmaba un poco. No mucho, porque enseguida pensaba en mi padre en el fondo de la mina y en mi madre, bordando y bordando todo el día, y casi deseaba morir para no enfrentarme a la vergüenza de haber levantado la mano un día mientras pensaba en los campos de futbol.

Mi madre sonreía orgullosa cuando me enseñaba las iniciales en la ropa. Lo hacía cada vez que llegaba a casa. No entendía que yo pusiera mala cara y me encerrara en la habitación. Aquel era un vestuario más adecuado al hijo de un rico que al de un minero. Cuadro juegos de ropa de cama, de quita y pon, como decían. Pantalones cortos, pantalones largos, pantalón de deporte, albornoz, toallas de baño y toallas normales. Un trajecito preciso con chaqueta y pantalón corto que me hizo el sastre del pueblo. Zapatitos de charol, brillantes. Camisas blancas para las fiestas, corbata… Ni un ministro tenía tanta ropa, como decía mi padre.

La empatía que sentía hacia aquel enorme sacrificio económico que suponía comprarme tanta ropa me angustiaba hasta límites insufribles. Mis padres debieron notarlo en mi cara porque no cesaban de recriminarme la ingratitud que demostraba. En vez de estar alegre y agradecido por lo que estaban haciendo por mí, yo ponía cara de sepulturero. Este niño no tiene remedio, decían, no merece lo que estamos haciendo por él. Incapaces de comprender la terrible lucha que libraba en mi interior lo achacaban todo a mi insensibilidad. Aquello recrudecía aún más mi angustia, hasta el punto de que cuando los compañeros de juegos golpeaban la ventana de la cocina mientras comíamos para preguntarme si saldría luego a jugar yo buscaba mil escusas para no hacerlo. En lugar de ello salía a escondidas de casa y me iba al monte. Allí trepaba y trepaba hasta agotarme. Me sentaba en una piedra y le daba mil vueltas al mismo problema. Era un niño idiota que había levantado la mano en un gesto compulsivo, sin saber lo que hacía, y eso había puesto a mis padres en una situación insostenible. Les diría que no, que no quería ir al colegio. Pero luego me imaginaba unos años más tarde, saliendo de la mina con la cara ennegrecida por el polvo del carbón, como un auténtico negro, y recordaba los reniegos de mi padre, quejándose de la humedad, de aquellos chorros de agua fría que caían del techo de la galería y que le obligaban a permanecer con la ropa empapada toda la jornada mientras ponía las vías para las vagonetas, y aquel futuro me parecía tan espantoso que casi prefería sufrir el tormento de la vergüenza.

Yo era un niño debilucho, enclenque, pequeñajo y con las patas de alambre, tan tímido, tan sensible, que nunca podría soportar aquel tipo de vida. No existía una alternativa aceptable a la decisión que tomaba a cada minuto de abandonar aquella estùpida aventura. Y los días pasaban con lentitud. A veces, incapaz de soportar la soledad, aceptaba salir a jugar a las canicas y me dejaba ganar las mejores, las de acero que me traía mi padre de los rodamientos de las máquinas o las de cristal de colores que compraba en el quiosco de las pipas, solo para que los niños dejaran de molestarme con aquellas expresiones de que yo creía ser un rico  y más listo que nadie porque ya no quería jugar con ellos. Eran crueles. Tampoco ellos comprendían que era la vergüenza y la angustia las que me obligaban a huir de ellos. Hasta Luisito, mi mejor amigo, se enfadaba muchísimo cuando yo me negaba a ir a su casa, los sábados por la tarde para ver en su „tele“ una de las pocas que había en el pueblo, la serie de Viaje al fondo del mar, que tanto me gustaba, o los dibujos de los Picapiedra o del oso Yogui.

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Para mí era un gran sacrificio privarme de aquellas aventuras con el pulpo gigante y el submarino en Viaje al fondo del mar o del oso Yogui. Sentía una gran simpatía por Bubú, aquel pobre niño que era tan bueno y que no soportaba que Yogui hiciera las trastadas que hacía. Me gustaba hablar con él. Era uno de mis „amiguitos“ preferidos. Hablar con mis amigos invisibles era uno de mis grandes placeres que iba perdiendo porque de ahora en adelante yo tendría que ser un „hombrecito“ antes de tiempo.

Pero por fin, después de tanto sufrimiento, llegó el gran día. Todo estaba preparado. Las dos maletas gigantes que mis padres habían tenido también que comprar, a plazos, de fiado, como seguramente hicieron con todo el resto. Toda la ropa bordada con mis iniciales y colocada en su interior. El trajecito que llevaría en el viaje colocado en la silla de la cocina para que no se arrugara. Mi madre no cesaba de recordarme que escribiera, al menos una vez a la semana, que cuidara de que no me robaran la ropa, de que estudiara mucho porque si no sacaba beca no podría continuar los estudios. A pesar del enorme esfuerzo que hacía para controlarme, a veces explotaba y gritaba que me dejara en paz.

Aquella noche dormí muy mal y cuando me levanté me sentí tan cansado que no salí de casa por la mañana. Comimos deprisa y nos fuimos al autobús que nos llevaría a la capital, donde subiríamos al tren que nos llevaría al colegio. Mi madre lloró a moco tendido y no quería dejarme marchar. A mi padre se le humedecieron los ojos, y yo, incapaz de llorar, puse cara de funeral. De esta triste manera se inició mi aventura.

LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS VI


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Caminamos fuera del patio y entonces veo algo que hace que mis ojos brillen de alegría. Hay una enorme planicie con el suelo de cemento. Allí hay muchas canchas de baloncesto y campos de balonmano. Siento del deseo de gritar y de saltar, pero me contengo. El cura ha visto mi alegría y me pregunta. ¿Te gusta el deporte? Asiento con la cabeza, incapaz de hablar. ¿Qué deporte te gusta más. El futbol. Sonríe. ¿De qué equipo eres? Del Real Madrid. Nueva sonrisa. ¿ Y quién te gusta más Gento o Amancio? Digo que Gento porque corre más. Nos dice que los fines de semana por la tarde podremos escuchar carrusel deportivo de la Cadena Ser, a través de los altavoces. Y nos los señala.

Me gustaría tener un balón, de reglamento, de cuero, si pudiera ser y ponerme ya mismo a jugar. He visto que donde acaba el patio de deportes hay un talud pronunciado y al fondo están los campos de futbol. Aunque voy vestido conmi trajecito de las fiestas, chaqueta y pantalón corto y zapatos de charol, conforme a las instrucciones que les dejaron a mis papis, no me importaría ponerme a jugar, tal como estoy.

Entonces recuerdo cómo supe que tenía vocación. Estábamos en la escuela del pueblo. Era un día como cualquier otro. Entonces llamaron a la puerta y el maestro fue a abrir. Volvimos la cabeza y allí estaba un cura raro. En vez de sonata llevaba un hábito negro con capucha que le caía sobre la espalda. El maestro le saludó y ambos caminaron hacia el encerado. Allí se volvieron y todos miramos al cura raro  con ojos como platos. Nos lo presentó. No recuerdo el nombre. Era un fraile de la orden de los agustinos y venía a hablarnos de la vocación. El hombre de negro se persignó y comenzó a decirnos qué era la vocación. Nos comentó el pasaje del evangelio en el que Jesús llega a donde están pescando unos hombres y les dice que dejen todo, que les hará pescadores de hombres. Y comienza a decirnos qué grande es la vocación de seguir a Cristo y cómo no hay tarea mejor que salvar almas. Habla muy bien. Todos nos quedamos embobados. Hay un gran silencio, nadie se mueve, ni siquiera los mayores que siempre están armando jaleo. Me siento raro, nunca había pensado en eso, aunque desde la primera comunión rezo todos los días y voy a comultar los domingos, después de confesarme con el cura del pueblo. He pensado muchas veces en ir a Africa a salvar „negritos“ , pero nunca imaginé que eso se pudiera hacer de verdad. Pero lo que me deja fuera de mí es lo que dice del colegio. Parece como un cuento de hadas. Sobre todo me gusta que haya tantos campos de futbol y de baloncesto y de balonmano. Quiero ir. ¡Cómo me gustaría ir!

Me abstraigo en mis fantasías, por eso no entiendo muy bien lo que dice. Solo sé que he alzado la mano. Yo quiero ir allí a jugar al futbol. ¿Es por eso que he subido el brazo? El fraile se me acerca. El maestro le dice al cura que yo soy el mejor alumno, que tengo muy buena cabeza. Que sería una pena que se desaprovecharan mis posibilidades. Ambos se acercan a los ventanales y hablan en voz baja. El maestro dice que se ha terminado la clase por hoy. Cuando voy a salir, me retiene. ¿Te gustaría que fuéramos a hablar con tus padres? Asiento con la cabeza sin saber muy bien lo que estoy haciendo.

Veo como en un sueño cómo ellos me acompañan hasta mi casa. Aquel día está también mi padre porque ha trabajado en el turno de noche. Su sorpresa no tiene límites. Mi madre está muy nerviosa. No sabe dónde meterse. Pide disculpas, podían haber avisado. No ha tenido tiempo de limpiar. Le dicen que no importa. Ella les hace pasar a la cocina y ni siquiera se le ocurre invitarles a nada. Ellos no parecen darse cuenta. Hablan de mi como si yo no estuviera presente.El maestro dice que soy un genio, que sería una pena desaprovechar mi cabeza. El cura dice que Dios no les perdonaría si torcieran mi vocación.

Mi madre está tan nerviosa que no sabe dónde mirar. Mi padre también está nervioso aunque se le nota el orgullo de tener un hijo tan listo. El cura les explica lo del colegio, los estudios, los campos de futbol. Mi madre dice que nada le gustaría más, pero son muy pobres, el suelo no llega a final de mes. Interviene el maestro. Les dice que hay becas y que yo con mi cabeza sacaría beca todos los años. Solo tendrían que pagar la ropa necesaria y algunos gastos extra. Mi padre pregunta cuánto. Se le nota que le gustaría poder hacerlo, pero es excéptico, aunque fuera una cantidad mínima no podrían hacer frente.

El cura les entrega unas hojas mecanografiadas. Allí está toda la ropa necesaria y los gastos imprescindibles. Mi madre la lee y casi se desmaya del susto. Recupera su valor y pregunta. ¿Y el albornoz? Es necesario para salir de la ducha, hay que guardar el recato, y para ir a la piscina. ¿Hay piscina? Pregunta mi padre. El cura le explica cómo es la piscina. Mi madre ya se ha recuperado. No la convencerán fácilmente. Esto parece el ajuar de una novia. El cura toma la ocasión por los pelos. Sí, en efecto, la vocación es como el matrimonio del alma con Dios.

Hablan y hablan. Parece imposible que les convenzan. Entonces el maestro utiliza el argumento definitivo. Se dirige a mi padre. ¿Te gustaría que tu hijo fuera minero? Mi padre se derrumba. Siempre me ha dicho que la mina es lo último. Admite que sería fantástico que yo fuera al colegio, pero no podrán pagarlo. Es imposible. Mi madre hace cuentas por encima. El cura les dice que pueden pedir fiado, que podrían pagarlo en varios meses. Luego, el curso siguiente, todo sería gratis porque yo sacaría beca. Mis padres dicen que se lo pensarán, que no pueden dar una respuesta definitiva. El maestro queda en volver a visitarles. Cura y maestro se van y en casa queda una espada sobre nuestras cabezas. Mi madre me pregunta qué he hecho. Les digo que nada, solo les dije que quería ser cura. Mi madre es muy religiosa y eso la enorgullece. Mi padre está muy alegre y nervioso. Ya te dije que tu hijo es muy listo. Le dice a mi madre, que asiente pero enseguida contraataca. ¿Cómo vamos a pagar todo eso? Ni que fuéramos ricos. Y suelta una carcajada nerviosa. Todo queda en el aire. Aquel día comemos con angustia, como si en lugar de irme al colegio me fuera a la guerra.

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No recuerdo qué fue lo que realmente ocurrió para que mis padres se embarcaran en aquel bote lleno de agujeros. Solo un milagro pudo lograr lo imposible. Tal vez cuando el cura se marchó volvió a pasar por casa para intentar convencerles de que mi mente era demasiado genial para dejar que se pudriera en el fondo de una mina. Si eso fue lo que hizo yo no estaba en casa y mis padres no me comentaron nada.

El cura les había dejado la lista de todo lo que yo iba a necesitar y las instrucciones correspondientes. Con seguridad debió mantenerse en contacto con el maestro para saber la decisión definitiva. Debió haber visitado muchos pueblos, aunque no en todos encontrara un tonto como yo, más bien creo lo contrario, que en muy pocos la semilla fructificó, aún así aquel verano estuvo muy ocupado, o estuvieron muy ocupados aquellos pescadores de hombres que visitaron la provincia, las provincias, para conseguir recolectar más de cien chavales en las escuelas de media España. Era la época de las vocaciones, el florecimiento de las sotanas negras.

LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS V


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El fraile nos sugirió que tal vez lo mejor sería subir las maletas a los dormitorios, de esta forma estaríamos más libres para visitar el resto del colegio. Nos precedió, abrió la puerta acristalada y por el pasillo nos llevó hacia unas escaleras, por las que trepamos como pudimos con las maletas. Yo intenté hacerme con una pero mi padre no me lo permitió. Los dormitorios estaban en el tercer piso. Bueno creo que había otros dormitorios en el segundo, pero nosotros, los nuevos ocuparíamos uno de los dormitorios del tercero, a la izquierda de la puerta de entrada.

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El fraile no paraba de hablar. Se le notaba que estaba muy orgulloso de aquel colegio inmenso. Había costado más de mil millones de pesetas. Aquella cifra me mareó. Por mucho que lo intentara no lograria nunca imaginarme lo que ocuparía ese dinero ni cuántas barras de pan se podrían comprar. Los dormitorios tenían cabida para más de cien alumnos, y eran cuatro. El nuestro estaría ocupado por los nuevos, los que entrábamos aquel año, junto con algunos de segundo curso.

A mí me tocó una cama en una fila que miraba hacia los ventanales que se veían al fondo. Cada fila de cama estaba separada de la otra por un muro de ladrillo en el que estaban empotrados pequeños armarios de madera.  A cada lado del muro había camas cuya cabecera entraba en un pequeño hueco y al lado de la cama el correspondiente armarito. Era curioso ver cómo encajaban por ambos lados. El hueco de una fila era ocupado por un armario al otro lado y al otro lado del armario estaba el hueco de la cama del otro pasillo. Muy ingenioso. Las filas eran enormes, mirabas desde la primera y te costaba ver la última.

El fraile pidió a mi padre que dejara las maletas sobre la cama sin hacer. Ya las desharía yo más tarde. Lo que más me gustó fue un pequeño truco que nos enseñó aquel religioso. Incluso a los niños les gusta un poco de intimidad, me dijo. Pues nada más sencillo. Se abre la puerta del armario y hace como de cortina para que no nos pueda ver el de al lado y como éste también abre la puerta, cada alumno está encajonado entre dos puertas, de esta manera le produce la sensación de tener su pequeña habitación.

Luego nos llevó a los servicios. Estaban al fondo del dormitorio. Me hizo gracia la puerta, era de vaivén, como aquellas de los salones del oeste que había visto en las películas del pueblo. Eran enormes y casi como nuevecitos. Estaban tan limpios que se hubiera notado una mosca muerta en los lavabos. Nos enseñó las duchas y los retretes. Me gustó que se pudieran cerrar por dentro con un pequeño pasador. La posibilidad de que alguien pudieran entrar mientras yo estaba haciendo mis necesidades me puso los pelos de punta.  Lo que me disgustó fue que la puerta no llegara hasta el suelo. Quedaba un espacio como de dos cuartas. Un compañero con ganas de bromas podría tumbarse en el suelo y mirar a través de aquel agujero. Era un poco rebuscado, pero los niños solemos hacemos cosas tan raras como esas.

Mi padre se quedó con la boca abierta al ver el dormitorio y aún se le abrió más en los servicios. Tenían que ser enormes para que más de cien niños pudieran asearse todas las mañanas sin necesidad de hacer cola durante horas.El fraile explicó lo de las puertas, que había llamado la atención de mi padre, que se atrevió a preguntar. Algunos niños enrabietados se encierran por dentro y es necesario saber si están bien. Ya sabe usted cómo son los niños.

El hombre con el hábito negro, como ala de cuervo, procuraba ser amable, yo diría que incluso se pasaba de obsequiso o pelota. Nos invitó a acercarnos a los ventanales. Estaban muy lejos de la cama que me había tocado. Me consolé pensando que el próximo curso yo estaría allí. Las ventanas eran enormes, eso permitía que el sol iluminara el dormitorio y hubiera luz suficiente para todos los niños. Desde allí podía verse el jardín o parque, como lo llamó el cura. Estaba muy cuidado. Me pregunté si tendrían jardineros. No abrí la boca porque estaba tan asustado de que algo saliera mal y me tuviera que volver a casa que casi intentaba ser invisible.

Salimos del dormitorio y bajamos las escaleras. En el primer piso se detuvo para enseñarnos nuestra aula. Por lo visto los nuevos estaríamos en el primer piso. Al parecer allí cuanto más alto estabas más mayor eras y más categoría tenías. Del cuerpo principal  del edificio salían tres o cuatro pabellones. Allí estaban las clases. Nuestro pabellón era el más alejado del comedor y el más cercano a la capilla. En el primer piso había dos clases y al fondo un servicio muy amplio, que el cura nos enseñó casi con delectación. Estaba muy interesado en que apreciáramos la limpieza. Luego entramos en la clase más cercana a la escalera que al parecer sería la nuestra. Lo deduje porque nos preguntó los apellidos.

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No podía ser más bonita. Los pupitres eran modernos e individuales. Me gustaba estar solo. Una enorme pizarra ocupaba la pared más cercana a la puerta. Había una tarima de madera con una papelera y la mesa del profesor al final, cerca de la ventana. Todas las ventanas eran muy grandes y tenían unas persianas muy modernas que yo no había visto nunca. El fraile nos enseñó cómo se bajaban y subían y cómo se podían entornar, más o menos, según la luz que se quisiera pasar y los días, si eran más o menos soleados.

Hizo que nos sentáramos a un pupitre. Yo procuraba no mirar a Antonio para no reírme y tampoco miraba a su padre porque no me caía bien, no sabía por qué. En cuanto a mi padre, procuraba mirarle lo menos posible, no fuera que se pusiera nervioso y montara una escena, como decía mi madre cuando veía que se acercaba una tormenta. Me gustó mucho el pupitre. Era de color verde, el color que más me gustaba y además tenía un gran cajón para meter los libros. Yo había descubierto que se levantaba la tapa. El fraile esperó a que los dos niños examináramos todo, luego se acercó a la tarima y explicó que alli se sentaba el profesor. Aprovechó la ocasión para ensalzar a los profesores. La mayoría eran frailes de la orden, aunque había algún seglar, concretamente el profesor de matemáticas, don Matías, que había sido coronel en el ejército de Franco, y que era de lo mejorcito. También el profesor de dibujo, un gran artista.

Como yo me quedara mirando con reverencia el crucifijo y una ilustración muy bonita de la Inmaculada Concepción, el cura me preguntó si sabía quien era. Lo dije balbuceando. Muy bien, respondió. En efecto es nuestra madre santísima. Espero que seas muy devoto de ella. Asentí con la cabeza. Mi timidez y reverencia ante la imagen de Cristo y de su madre le conmovió un poco. Me colocó la mano sobre la cabeza y revolvió mi pelo con cariño. Eso hizo que me sintiera importante y devoto, aunque me avergonzara aquella muestra de cariño. No dijo nada de la foto de franco, muy grande, en la que se veía al generalísimo en traje militar, posando en su despacho. También estaba Jose-Antonio, un hombre vestido con el uniforme de Falange y cuya mirada me pareció muy triste. No me gustaba aquel hombre, aunque parecía guapo. Tampoco me gustaba Franco, le tenía demasiado miedo y me pareció un hombre pequeñajo y con muy poca presencia.

Salimos de la clase mientras el cura nos explicaba que al acabar la asignatura sonaría un timbre que estaba encima de la puerta y que nos enseñó. Era redondo, metálico, muy moderno. Yo no había visto nada parecido. En la escuela era el maestro quien daba dos palmadas cuando llegaba la hora de ir al recreo. Bajamos las escaleras y llegamos al sótano. Allí estaban los vestuarios. Nos los enseñó con mucho entusiasmo. El cura no dejaba de frotarse las manos. Parecía tan nervioso como nosotros, aunque no demostraba para nada tener prisa por acabar de enseñarnos el colegio. Aprovechaba cualquier cosa para decirnos lo bien que estaba todo. Los vestuarios eran muy grandes, como todo. Había unos bancos de listones en el centro, para sentarse y vestirse. También había muchas duchas, retretes y unos armarios metálicos que ocupaban todas las paredes. Cada uno tendría su propio armario que se cerraba con llave. Abrió uno. Allí se tenían que dejar las playeras y la ropa de deporte. No se permitía guardarla en el dormitorio. Aunque se cuidaba mucho que nadie robara nada y se vigilaba de cerca y se expulsaba a quien se le encontrara robando, él aconsejaba que cada alumno cerrara con llave y se quedara con ella. Para evitar tentaciones, dijo.

También dijo una frase en latín, mens sana in córpore sano, y tradujo. Mente sana en cuerpo sano. El deporte era muy importante para que los estudiantes pudieran explayar su energía y concentrarse en los estudios. También dijo que eso evitaba las tentaciones. No sé a qué se refería. Salimos de los vestuarios y por una puerta entramos en una gran sala. Allí había de todo. Mesas de ping-pong, futbolines, tableros de ajedrez y de parchís en las mesas. Hasta una mesa de billar. Era el salón de ocio, indicado especialmente en los inviernos, cuando hacía frío y no era aconsejable que los alumnos salieran al patio. Me llamó la atención las enormes tuberías que recorrían todo el techo. Todo era enorme en aquel colegio.

Mi padre estaba tan asombrado que no decía nada y el padre de Antonio no se atrevía a rechistar, era mucho más silencioso y yo creo que estaba aún más asustado que nosotros. Subimos de nuevo las escaleras y salimos a un patio, formado por dos pabellones que salían del cuerpo principal del edificio. Me llamó la atención que el patio estuviera empedrado con pequeños guijarros puntiagudos, lo mismo que la escalera donde habíamos dormido. Eso no me pareció bien. Tenían que hacer daño al caminar y si nos caíamos nos abriríamos brechas en las rodillas. Allí nos dijo el cura que se formaba en fila antes de regresar a las clases del recreo o para ir al comedor.