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CRAZYWORLD XXV


MI PRIMERA NOCHE CON KATHY IV

CRAZYWORLD

MI PRIMERA NOCHE CON KATHY IV

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Las dificultades de la penetración fueron para mí más un aliciente que un obstáculo. La conocida como postura del misionero parecía ser la mejor, aunque aquel impedimento que ella tenía entre sus muslos me obligó a tomarla de las piernas, subirla, bajarla, rotar mi pene como un tornillo torcido, buscando el perfecto acoplamiento con la tuerca, actuar con mucha suavidad a la hora de superar por algún hueco aquella berenjena palpitante que no dejaba de crecer conforme la excitación de Castwoman se intensificaba más y más, como la ululante sirena de la ambulancia crece en volumen conforme se acerca al lugar del accidente. Una vez en el interior, más espacioso, pude relajarme un poco de tanto retorcimiento y dejándome caer con mucha dulzura sobre el hermoso cuerpo de Kathy, me acoplé con fuerza, esperando que ningún movimiento brusco por su parte me obligara a iniciar de nuevo un camino tan resbaladizo como infranqueable. Su clítoris rezumaba en grandes cantidades una sustancia muy pegajosa que se adhería a mi pene y testículos como una babosa. Su frescor era reconfortante, teniendo en cuenta el calor que exhalaba mi bajo vientre, muy magullado, el dolor persistente e inquietante de mis testículos, forzados por la excitación “in crescendo” a producir más espermatozoides de los que seguramente había generado en toda su vida útil y sobre todo el posible despellejamiento de mi pene, que aunque no podía verlo, sí notaba la piel como frotada una y otra vez por piedra pómez. El glande acumulaba tanta sangre que de haberme capado en aquel instante hubiera muerto al perder toda la sangre de mi cuerpo “ipso facto”. Estaba tan dolorido que solo aquella excitación incomprensible e inaudita le permitía mantener la cabeza erguida, como un soldado de honor, que antes se dejara cortar la cabeza que arrodillarse.

 

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El olor que se desprendía de la berenjena de Kathy hubiera podido ser catalogado de apestoso, de no ser por sus efectos de pócima mágica. Intentaba cerrar mis conductos nasales porque bastaba una pizca de aquel perfume en mi pituitaria para sufrir una sacudida electromecánica en mis caderas que me obligaba a retroceder a toda prisa y luego a proyectar mi bajo vientre entre sus muslos, como una catapulta tensa hasta el límite a la que el soldado encargado hubiera cortado la cuerda con el filo de su cortante espada. El perfume rascaba mi pituitaria, haciéndome estornudar, y con cada estornudo mis caderas retrocedían bruscamente y luego se lanzaban hacia delante como la piedra de la catapulta. Con cada embestida la berenjena se comprimía y lanzaba un chorrito de líquido pegajoso y hasta tuve la sensación de que también proyectaba un gas que refrescaba mis muslos, el escroto, el pene, subiendo por mi bajo vientre hasta mi ombligo y de allí arrastrándose hasta la garganta que se encogía rítmicamente dejándome sin respiración a veces y luego obligándome a introducir el aire en grandes bocanadas. Junto con el frescor otra sustancia ignota estiraba la piel, abría los poros, tensaba todos los músculos, ablandaba toda carne y la estimulación resultaba tan completa y feroz que hasta los poros de la piel parecían desear abandonar su forma ginecea, vaginal, pistilar, receptiva, para transformarse en pequeños penecitos deseando crecer y penetrar, todos juntos, todos a la vez. Sentía crecer en mí infinidad de penes, todos ansiosos por apoderarse de la Venusberg para ellos solos. Aquella excitación me llevaba al paroxismo y penetraba y penetraba con el único pene que poseía y que ya estaba dentro y salía como un muelle roto. Toda mi preocupación consistía en que el retroceso no fuera total y fatal, para evitarme aquel doloroso y angustioso camino de tornillo torcido buscando la tuerca escondida.

Era imposible tomarse un respiro, las secreciones berenjenales tenían a mi sufrido cuerpo en pie de guerra a cada instante y conforme más penetraba y me sacudía en su interior, la excitación más y más aumentaba, hasta el punto de comenzar a sudar como en una sauna, a pesar del frescor de aquel supuesto gas que me subía hasta la garganta desde los muslos, todo mi cuerpo estaba húmedo y resbaladizo, mis músculos en tensión, mis ojos desorbitados, mi garganta oprimida de donde pugnaban por salir aullidos lobeznos, y mis caderas eran ya totalmente incontrolables, adoptando el ritmo marcado por aquella berenjena infernal que se comprimía para luego expandirse y arrojar más sustancia pegajosa, como un líquido seminal femenino, inextinguible, insaciable, adhiriéndose a la piel de mis muslos y de mi bajo vientre como un rebaño de babosillas buscando la sangre escondida en las venas ocultas. Y conforme el olor aumentaba, apestoso y delicioso al mismo tiempo, el coito se fue haciendo más y más feroz. Kathy chillaba como si la estuviera desollando, yo sudaba y resbalaba, sentía vértigo allá arriba, los ojos me daban vueltas, los oídos parecían haberse bloqueado porque solo podía percibir un persistente zumbido como de un moscardón metálico que ocultaba todo ruido del entorno que no fuera el chillido sopranil y percutiente del gemido de Catwoman, mis jadeos estentóreos y ese grito que pugnaba por salir y se bloqueaba una y otra vez ante la incapacidad de que mi pene explotara de una vez y todo lo que tuviera que salir, saliera como un misil húmedo y pegajoso. Porque la angustia de no ser capaz de eyacular me estaba poniendo frenético. Cada vez que el climas parecía haber llegado a la cúspide, que el miembro había engordado tanto que necesariamente era preciso que explotara, cuando sentía toda la sangre agolpándose en el glande, y los testículos bombeando litros y litros de semen que obligatoriamente deberían salir por el conducto o reventar, entonces la berenjena crecía un poco más, se comprimía un momento y luego arrojaba una nueva y más grande dosis mortífera.

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Quería explotar o morir y al mismo tiempo deseaba que todo aquel infierno de lujuria continuara hasta el fin de los tiempos. Kathy parecía desear lo mismo porque sus piernas se habían cerrado sobre mis caderas, como una tenaza, sus brazos me sujetaban por la espalda como dos cadenas y sus dedos se habían clavado en mi columna vertebral con la agudeza percutiente de las uñas de una gata. Su boca mordía mi pecho con los incisivos afilados de una gata en celo y la sangre resbalaba por mi espalda y por mi pecho, el dolor se unía al placer y ambos se juntaban en un éxtasis feroz que no podía saber cuánto tiempo llevaba estirándose, pero que estaba convencido de que acabaría explotando o saldría disparado como un misil, atravesando techo y tejado, hasta reventar en el aire, en plena estratosfera.

No soy capaz de imaginarme cuántos orgasmos había sufrido Catwoman desde que estábamos enlazados, pero el mío se hacía esperar tanto que mis caderas habían alcanzado el movimiento imperceptible de una cámara rápida al máximo. Por fin algo se rompió allá abajo, creí que mis testículos habían reventado como un pantano al máximo de su capacidad y un torrente de líquido seminal, espermatozoides frenéticos, pugnando por no ahogarse en aquella corriente rápida, infernal, que parecía moverse en cascadas saltarinas, buscando un desagüe, pugnando por ser el primero que fertilizara aquel óvulo extraterrestre que parecía bombear hacia dentro, como un agujero negro. El canal seminal fue incapaz de soportar tanta presión y arrojó todo a la vez hacia el agujerito del glande. El miembro, a punto de reventar, se estiró y estiró y se hinchó aún más, si eso fuera posible y de pronto cuando la primera oleada llegó al agujerito y salió comprimida a niveles cuánticos sentía que todo se rompía en mi interior, el bajo vientre, el alto vientre, el plexo solar, riñones, hígado, toda la parafernalia interna, el sistema circulatorio, respiratorio, los músculos, los tendones, los poros, el cuero cabelludo, las fosas nasales, la garganta, los pulmones, y por último el corazón, que de tanto bombear ya no sabía si la sangre entraba o salía. Mi garganta se desbloqueó de pronto y un grito horrísono, infernal, aullador, imparable llegó hasta mis oídos, los desbloqueó, los taladró y se junto a los aullidos de Kathy y a los del hombre lobo que a lo lejos parecía responder, celoso y envidioso, y al inexpresable sonido de aquella mujer de la que recordaba que ella me había hablado en algún momento de la noche. Al cuarteto operístico se unió el griterío de todos los pacientes de Crazyworld que parecían haberse puesto de acuerdo, junto a las carreras y maldiciones del personal que les perseguía, a los relojes de cuco que alguien, tal vez Jimmy, había puesto en funcionamiento, a la música que se desprendía de los altavoces, también posiblemente causada por El Pecas y a todo lo demás, que era indescifrable en aquella algarabía.

Cuando el torrente terminó de salir y yo de aullar, cuando la Venusberg de Kathy, bien regada, fue haciendo decrecer su clítoris-berenjena y me permitió intentar sacar mi tornillo torcido de la tuerca, comprendí que de no ser por aquel tumulto insufrible que se había formado los aullidos de Catwoman y los míos hubieran provocado algo aún peor. Me pregunté si Kathy lo habría organizado todo, si Jimmy habría colaborado, si esto era normal cuando mi vampira favorita estrenaba a un novato, si Crazyworld era el infierno y yo estaba muerto o era el paraíso para los malos que han sido un poco buenos y se han arrepentido, como era mi caso. Tuve tiempo de reflexionar largo y tendido porque estaba tan agotado que me dejé caer sobre el cuerpo acogedor de Kathy y ésta me dejó hacer hasta que mi peso le resultó insufrible. Entonces me volteó como pudo, me empujó con todas sus fuerzas y yo salí disparado, con tornillo y todo fuera de la cama, quedando espatarrado boca arriba. Lo que ella aprovechó para salir disparada hacia el servicio, cerrar la puerta por dentro y resollar durante largo rato, luego oí la ducha y luego nada más porque mis ojos se cerraron, mi cuerpo se hundió en el suelo y perdí la consciencia de estar entre los vivos.

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CRAZYWORLD XXIV


MI PRIMERA NOCHE CON KATHY III

MI PRIMERA NOCHE CON KATHY/ CONTINUACIÓN

Con el tiempo llegaría a saber muy bien que esa era una excelente señal. Cuanto más fría, más gélida, más caliente, más excitada, más cachonda estaba la gatita. Mi idea era otra. Una piel volcánica indicaba una cachonda suprema. Pero esa era solo una idea del subconsciente puesto que seguía amnésico perdido, no recordaba haber practicado sexo con ninguna mujer. Aunque el sueño podía indicar lo contrario. ¿Sería yo un auténtico gigoló? En cambio la piel volcánica en Kathy indicaba lo contrario, que no había ni pizca de cachondez en ella y que su cólera sorda podía salir al exterior en forma de iceberg impredecible, capaz de hundir cualquier Titanic. Eso lo llegaría a saber con el tiempo, pero ahora solo sabía que ella estaba helada y que parecía ser yo el candidato ideal para calentarla.

Me mordisqueó una oreja y bajó su mano gélida hasta mi carita asustada. Yo continuaba tan sorprendido que solo pude balbucear.

-¿Cómo…? ¿Cómo…?

-Vamos cariño. Eso te lo explicaré luego. Ahora dedícate a la faena.

Se escuchó otra vez el estremecedor aullido de lobo. Se me puso el vello de punta.

-No te asustes. Es solo ese payaso de Kurt. Cuando hay luna llena le da por dar aullidos. Es nuestro hombre lobo.

Mis manos se deslizaron a su culo y lo magrearon con deleite. Kathy se estrechó más contra mí cuerpo y gimió.

-Sigue, sigue. Pensé que nunca llegaría la noche para hacerte una visita. Eres un regalo del cielo. Un bomboncito delicioso.

Continué. Separándola un poco lamí su pezón izquierdo. Ella gimió y exhaló un gritito agradecido.

De pronto escuché de nuevo a la mujer. Parecía estar sufriendo un orgasmo tras otro. Me quedé pasmado.

-No hagas caso, bomboncito, es la estúpida de Mary, una histérica insufrible. En cuanto se monta un poco de jaleo se pone a chillar como si la estuvieran degollando. Luego sufre orgasmo tras orgasmo hasta acabar agotada de tanto chillar. La muy idiota es incapaz de dejar que la toque ningún macho. Se excita con el barullo y el jaleo. Ya le he dicho al subnormal de Jimmy que lse dedique a ella y deje de quejarse de sus periodos e abstinencia. Si consiguiera hacerla gozar una sola vez ella sería suya para siempre.¿Sabes que me respondió ese burro?

-No, Kathy, amor.

-Que era vieja y fea para él y que soltaba ventosidades. Eso es señal de que lo ha intentado y le ha tocado el culo alguna vez. Pero sigamos con lo nuestro. Y no me llames amor, ni gatita. Lo odio. Llámame puta y lo más obsceno que se te ocurra. Eso me pone cachonda.

¡Vaya! Todo en la vida tiene su contrapartida o su opuesto, el día y la noche, lo dulce y lo amargo. Kathy era un bomboncito dulce pero tenía su toque amargo, como estaba comprobando. Me temía que esa no iba a ser la única sorpresa y no lo fue, aunque no adelantemos acontecimientos.

Yo no era un hombre dispuesto a insultar a una mujer, a decirle grosería o incluso a maltratarla, aunque fuera en el acto del amor y porque ella me lo pidiera. Yo era un hombre sensible, dulce, un verdadero pastelito para una mujer. Eso no me iba. Tendría que hacer un esfuerzo desmesurado. De pronto me vino a la cabeza. ¿Qué sabía yo de cómo era realmente? Era un maldito amnésico. No recordaba nada. ¿Habría sido un gigoló? ¿Me las habría tenido que ver con mujeres masoquistas y actuado como un sádico?

Como Kathy insistiera en que yo reparara mi pecado al llamarla amor me vi obligado a soltarle un par de insultos que no quiero citar aquí y unos cuantas groserías sobre su sexo y su persona. A ella le gustó y se restregó contra mí, como una gatita mimosa.

Pude comprobar que cada vez estaba más fría, casi gélida. Eso no me impidió besarla con deleite, como a un polo de fresa. Mi mano hurgó en su entrepierna y acarició su sexo intentando insuflar calor a su congelada tartita de chocolate. Busqué su clítoris y lo manipulé un poco. No mucho, porque algo extraño estaba sucediendo. Me pareció más grande de lo habitual en estos casos. Aunque bien pensado ¡qué sabía yo de lo que era habitual en estos casos! Era como un jovencito virgen, aunque en mi subconsciente debía rendir una sabiduría que iba brotando de forma inconsciente.

Su clítoris estaba creciendo de forma desmesurada y empapándose de un liquidillo lubricante como una esponja, sumergida en la bañera. Estaba rezumando enormes gotas que se convirtieron pronto en un torrente. Un olor fuerte, intenso, acre, llegó a mi nariz. Eso me excitó mucho, sin yo pretenderlo, era como un cóctel de feromonas gatunas le fueran restregadas por el olfato del gato macho. Dejé el clítoris con un estremecimiento.

Kathy, que debía haberlo previsto, se echó a reír.

-No te asustes, bomboncito de licor, mi clítoris es un poco raro. Con la excitación crece y crece hasta transformarse en una berenjena. Eso es buena señal. Significa que me has puesto muy cachonda.

-¿Es eso normal?

-Tu deberías saberlo…Perdona. Olvidaba que eres amnésico. Pues no, no lo es. Me han visto un montón de especialistas que se han quedado pasmados. Me hicieron un montón de pruebas. Me dijeron que era un caso único, jeje. Es un poco molesto para el amante de turno. Cuando se convierte en una berenjena sale al exterior y obstruye la vagina. Por eso me gusta que la tengan pequeña, así tienen menos dificultades para penetrarme y me hacen menos daño.

Kathy echó mano a mi miembro que estaba en plena fase de excitación.

-Tú la tienes grande. Tendrás que andar con cuidado y seguir mis instrucciones.

No pude evitar echar mano a su entrepierna. El clítoris continuaba creciendo y asomándose al extremo. Lo acaricié un poco para hacerme con sus textura . Kathy, gimió y exhaló un gritito. El clítoris estaba muy resbaladizo, empapado. Busqué su raja. Era complicado hasta para un dedo penetrar con semejante obstáculo. Kathy chilló de placer y sus caderas dieron un bote. Llevé mi mano a la nariz, curioso. El olor era tan intenso que casi me desmayo. Me puso frenético, las hormonas parecían lo suficientemente fuertes como para tumbar a un elefante.

-Reconozco que es un poco molesto, pero tiene sus compensaciones. Yo disfruto un trescientos por cien más que una mujer normal. Eso me dijeron es la causa de que sea una ninfómana perdida, según ellos. Nadie puede resistirse a semejante placer. Es adictivo. Los hombres también disfrutan más, por lo visto mi clítoris es un almacén de hormonas, algunas desconocidas. Los machos se vuelven frenéticos y eso ayuda a prolongar la erección. El lado negativo es que penetrarme requiere cierta técnica y tiene sus dificultades.

No podía creerlo. Aquella mujer parecía una máquina sexual. No me sorprendía ya que fuera capaz de trepar como una gata hasta el tejado. Yo también lo haría para alcanzar un orgasmo múltiple y tan intenso. que me ponía el vello de punta con solo imaginarlo.

Kathy restregaba su clítoris que iba alcanzando el tamaño de una berenjena contra mi miembro y a cada restregón gemía, chillaba y se sacudía como un pelele. Yo estaba un poco asustado, pero decidí aprovechar y disfrutar de su cuerpo todo lo que pudiera.

Me centré en sus pechos, los mordisqueé, lamí sus pezones y me deleité con aquel manjar suave, prieto, delicioso. Entre los restregones y mi trabajo en sus pechos Kathy perdió el control y se puso a chillar como una energúmena.

Entonces el hombre lobo volvió a las andadas. Su aullido fue horrísono y lúgubre, como contagiado del frenesí de Kathy. Era para reírse pero no lo hice, muy ocupado en disfrutar de lo que prometía ser una noche memorable y el mejor momento de mi estancia en aquel frenopático infernal. Apenas habían transcurrido veinticuatro horas y ni siquiera podía estar seguro de que el próximo día no fuera el último de mi vida, o de que el chalado del doctor Sun no me encerrara en las celdas de aislamiento, como parecía haber hecho con todos aquella noche, exceptuándonos a mi gatita y a mí. Si todo iba bien –que casi nunca va bien, según la ley de Murphy que acababa de asaltar mi cabeza- mi estancia en Crazyworld prometía mucho, muchas mujeres hermosas dispuestas a darme cariño, mucho camino que recorrer en el tren del placer, pero algo así requería un complot de circunstancias favorables, y allí lo más fácil era que todo se aliara para hacerte la vida imposible, las cariñosas mujeres podrían sufrir un colapso mental y transformarse en mis torturadoras; John Smith, el asesino en serie, bien podría despertar de su letargo o del sueño eterno y hacer una carnicería en menos tiempo del que Kathy alcanzaba un orgasmo, o el Sr. Múltiple Personalidad bien podría sacar a pasear a todas sus personalidades a la vez convirtiendo a Crazyworld en la carrera de aquellos chalados en sus locos cacharros. Nada, que era mejor aprovechar lo que se me ofrecía esta noche que pensar en un futuro incierto. Más vale pájaro en mano que ciento volando. Eso pensaba, sin duda, mi gatita, quien se apoderó del mío como de un pastelito de nata y nueces, disfrutando de cada nuez y cada grano de nata. Dejé de hacerme preguntas sobre el clítoris de Kathy, la berenjena mágica, y de intentar imaginarme su triste historia, de elucubrar sobre aquel sorprendente fenómeno, único en los anales de la medicina, y me dejé llevar hacia el paraíso terrenal, entre las piernas de Catwoman, la Venusberg habitada por una dragona de fuego inextinguible.

CRAZYWORLD XXIII


MI PRIMERA NOCHE CON KATHY II

Pero me costó mucho dormirme. Un montón de imágenes pasaban raudas por mi cabeza. Por si eso fuera poco de pronto se oyó un formidable aullido de lobo. Uuuuuu Era impresionante. Claro que con aquella luna llena sanguinolenta todo era posible. Tardé en comprender que el aullido seguramente procedía de un paciente licántropo o que padeciera alguna rara enfermedad de la que yo nunca hubiera oído hablar. De nuevo fui consciente de mi amnesia, muy curiosa porque algunos conceptos o datos surgían de mi memoria con absoluta naturalidad, pero no podía engarzarlos en vivencias personales y cronológicas. ¿Por qué conocía algunos términos de ciertas enfermedades y otros no? Era un misterio. Me pregunté quién sería el hombre lobo, Jimmy no me había dicho nada, tendría que preguntárselo. Se oyeron voces, carreras, golpes en las puertas…. De pronto una mujer chilló como si la estuvieran degollando durante un minuto y luego al siguiente cambió, parecía estar sufriendo un orgasmo tan terrible que era lógico que sacara al exterior todo el placer que recibía. Me puse la almohada por encima, me tapé los oídos como pude e intenté relajarme. Creo que fue el agotamiento el que me durmió.

EL SUEÑO

Una habitación lujosa. Yo estoy en la cama, desnudo. Es solo una sensación, porque no puedo verme. Acabo de hacer el amor con una dama muy atractiva y exquisita. Ésta se levanta de la cama y se dirige al servicio. Puedo ver su culito con toda claridad. Prieto, hermoso, una joya. Desaparece en el retrete. De pronto sé que soy un gigoló y que aquella señora es una de mis muchas clientas. Mi patrona me está felicitando. Se parece a Joan Collins. Nos hemos acostado muchas veces, aunque no soy capaz de recordarlas todas. Un barullo de imágenes, mujeres desnudas, altas, bajas, feas, atractivas, gordas, delgadas… Todos gimen como en pleno orgasmo y me dicen: sigue…sigue… no te pares.

La mujer regresó del servicio y se quedó parada en el centro de la habitación, frente al lecho. Me levanté un poco en la cama y con las dos manos hice el gesto de enfocarla con una supuesta cámara que tuviera en mis manos y disparar. El rostro, dulce y suave, los pechos, firmes y agresivos, el pubis, un suave triángulo de rizado vello sedoso. Ella se rió.

-¿Te gustaría sacarme alguna foto?

-¡Oh sí, me gustaría conservar este momento para la posteridad!

De pronto estaba junto a la ventana, apretó un botón y la persiana estaba arriba. La luz esplendorosa del sol penetró en el cuarto.

-Ven, tengo un regalo para ti. ¿No te habrás olvidado de que hoy es tu cumpleaños?

-¿En serio? ¿Y cuántos cumplo?

-Jajá. No tienes remedio.

-En serio. No me acuerdo.

Las ropas volaron. Ella debió quitarlas de la cama, no sé cómo. Noté el miembro erecto. No recordaba tampoco haber hecho el amor con ella.

De pronto estuve en la ventana, mirando el exterior. Ella estaba a mi lado, acariciando mi sexo. La tomé por la cintura y mi mano se deslizó a su culo sin darme cuenta.

Algo pude ver, un deportivo rojo. ¿Era un Ferrari? Lo era. De pronto ella estaba en el centro de la habitación. Me ofreció unas llaves. Estaba desnuda. ¿De dónde las había sacado? No se había acercado al bolso.

-Vístete y pruébalo. Sin prisa. Necesito dormir unas horas. Cuando vuelvas despiértame. Como tú sabes.

Estaba en la acera. Vestido. Subí al coche, arranqué y salí disparado. En la ventana ella me hacía un gesto de despedida. ¿Cómo podía verla de espaldas? Atravesé ciudad como un cohete. El deportivo rugía como un león joven, a punto de lanzarse sobre su presa.

Salí a la autopista. Aceleré. Era una sensación extraña. Como si yo estuviera por encima del coche y éste no se moviera. Paisajes. Carreteras desconocidas. Se hizo de noche. Encendí las luces. Un bosque tupido. Una carretera estrecha. Me acordé de pronto de la mujer, esperando que yo la despertara. Me había olvidado de ella. Quise frenar, pero no encontraba el freno. Di un volantazo. El deportivo se me fue. Choqué brúscamente contra un árbol, la cabeza golpeó contra el volante. Sentí un sordo dolor. Quise salir del coche, pero estaba paralizado. Lo intenté una y otra vez. De pronto estuve en lo alto, levitando. Pude ver mi cuerpo, abajo, paralizado sobre el volante. Un charco de sangre salía de mi cabeza. Volé sobre las copas de los árboles. Pasé una cerca. Me encontré de pie, golpeando una puerta de cristal. Nadie me escuchaba. Golpeé con más fuerza una y otra vez… ¿Estaba muerto?

De pronto me desperté. No, no estaba muerto, y aquello no era el estado intermedio budista. Tardé en comprender que alguien golpeaba la ventana. ¿Cómo era posible? Un tercer piso y muy alto.

Escuché. Efectivamente, alguien golpeaba el cristal. Estaba despierto. El cristal retembló. Salté de la cama. Asustado. Abrí la ventana de golpe. ¿Quién estaba allí? ¿Catwoman?

Efectivamente. Una mujer enfundada en un traje ajustado de neopreno, como una buceadora. Una capucha ajustada a su cabeza. Un antifaz. Negro como la noche. Iluminada por la luna. Su mano izquierda se aferraba al alfeizar y la derecha al tubo de desague. No podía ver sus pies.

La mujer gritó.

-Ya era hora. Déjame entrar o acabaré esmochándome.

Instintivamente me puse a un lado. La mujer saltó al interior como una gata. Cayó en cuclillas. Se puso en pie y me miró.

-¿No me reconoces?

-No. No caigo. ¿Catwoman?

-Jajá.

Entonces me di cuenta de que estaba desnudo. Me apresuré a colocar mis manos sobre mis partes pudendas. Ella se rió con más ganas.

-Déjame ver lo que he venido a buscar.

Tardé en comprender. Con vergüenza aparté mis manos del sexo.

-¿Está desnudo mi nene? No me extraña. Se habrá llevado un buen susto.

-¿Cómo…? ¿Cómo…?

-¿Quieres decir cómo he trepado hasta aquí?

-Esa es solo una de mis habilidades. Las otras las conocerás en un instante.

-¿Cómo…? ¿Cómo es posible…?

-Durante un tiempo fui acróbata de circo.

Sabía que me estaba mintiendo, que me estaba tomando el pelo. ¿Aún continuaba soñando?

No. Catwoman caminó hacia mí y al llegar acarició mi sexo. Todo era muy real, ya lo creo. Aquello no podía ser un sueño.

-Vamos a la cama, cariño.

Me empujó. Me introduje en el lecho, bajo las sábanas, tapando mis vergüenzas. Ella se bajo la cremallera del traje, por delante y se quitó la capucha. Pude ver su rostro y su melena al viento. Era…era…era…

-¡Kathy! ¿Cómo…? ¿Cómo…?

-¿Cómo es posible? Ahora verás de lo que soy capaz.

Pude ver sus tetas balanceándose. Estaba desnuda bajo el traje. Se desprendió de él rápidamente. Pude ver su pubis, sus caderas, sus piernas, toda ella. Era realmente preciosa.

-A la luz de la luna no me verás muy bien. Enciende la lamparita.

Lo hice. Me quedé pasmado contemplándola. De pronto recordé el consejo de Jimmy. Sobre la mesita de noche había una toalla doblada, la desdoblé y la coloqué rápidamente sobre la lámpara. Salté de la cama y busqué en el baño. Encontré otra toalla. La puse sobre la lámpara del techo. Luego casi corriendo me acerqué a la mesita y hurgué bajo la toalla. Descubrí un artilugio en el soporte. Tanteé hasta encontrar el interruptor de que me había hablado el Pecas.

Me metí en la cama de un salto. Kathy permanecía de pie, desnuda, en el centro del cuarto, observando risueña mis movimientos.

-¿Qué haces?… ¡Ah, sí! Ese maldito pecoso te habrá hablado de las cámaras y el micrófono. No importa. El doctor Sun podría ver lo que vamos a hacer. No me importa. ¡Que rabie ese cabrón! Quita las toallas.

-No.

Negué al mismo tiempo con la cabeza.

Vale. Como quieras.

Se dirigió contoneándose y muy despacio hacia el lecho, dejando que yo la viera en toda su plenitud.

-¿Te gusta lo que ves?

-Mucho, muchísimo.

Balbuceé aturullado. ¿Sería el sueño un recuerdo de mi pasado? ¿En verdad era yo un gigoló que había terminado en aquel frenopático onírico, surrealista, por casualidades del destino? Entonces recordé mi imagen, que aún no había asimilado. Aquel amnésico que era yo poseía un hermoso cuerpo, ya lo creo. Muy alto, tal vez como un escolta de la NBA, cercano a los dos metros. Musculoso, músculo de gimnasio, piel suave de gigoló, de metrosexual con una estantería de potingues. Rostro duro como un Steve MacQueen de película acción después de haber recibido unos cuantos puñetazos, la nariz algo torcida y la cara como ligeramente hinchada. Toda una reinona de Hollywood. Casi me da la risa. Aún no me sentía vinculado a un cuerpo que desconocía, como si no fuera mío, lo mismo que mi carácter y mi pasado. Pero ahora al menos podía comprender un poco la sensación que estaba causando entre las bellezas de aquel espantable infierno dantesco. No era solo la suerte del novato, no, con un cuerpo como aquel uno podía permitirse guiñar un ojito a la mismísima Ava Gadner. No era extraño que Jimmy, El Pecas, se hubiera pegado a mí como una lapa. Alguna migaja recogería. ¡El muy ladino!

-Pues más te gustará cuando lo cates.

Alzó las ropas que me cubrían -yo me había introducido en el lecho de nuevo, a toda prisa, y tapado mis vergüenzas con toda la ropa a mi disposición- y sonrió como una Catwoman mortífera. Habría preferido un tiempecito para asimilar lo que me estaba pasando… que yo era en realidad un gigoló con un cuerpo espléndido, que el accidente se había producido al pasarme de rosca con un ferrari regalo de una clienta o de mi madame, o de quien fuera, que yo conocía muy bien a la mujer que seguiría esperándome, preocupada, que poco a poco iría recordando mi pasado y que éste parecía tan bueno que salir de allí volvía a ser mi prioridad. Pero antes, antes podría disfrutar de Kathy y de Alices y de Heather y de… Bueno, bueno, no solo el miembro estaba resucitando, también mi supuesta libido insaciable. Pero Catwoman, no me dejó. La también mortífera señorita Ruth tenía razón, Kathy encontraría el modo de acceder a mi dormitorio y de catarme como era debido, lo que no imaginaba es que sería vestida de Catwoman y trepando unos cuantos metros de pared desnuda. Esta mujer era toda una joya, e imprevisible como un rayo.

-Vaya veo que el nene está despertando. Je,je.

Y se introdujo rápidamente en el lecho, restregándose contra mi piel como una gatita mimosa. Noté su piel fría, casi gélida. ¿Tanto frío hacía fuera?

CRAZYWORLD XXII


MI PRIMERA NOCHE CON KATHY

Logré escaparme de Alice, pero no antes de que me pellizcara un bíceps. Semejantes muestras de cariño y de intimidad lograron que mis mejillas se incendiaran ligeramente. Menos mal que nadie nos había visto… Bueno, es un decir, porque sorprendí a Jimmy mirando con ojos golosos a la camarerita, escondido tras la puerta del salón, de la que asomaba su naricita pecosa. En cuanto estuve a su lado me susurró:

-Si me consigues a Alice habrás pagado parte de la deuda que tienes conmigo.

Me encogí de hombros.

-Haré lo que pueda.

Aquel pecosillo creía haberse transformado en mi gran acreedor. Iría viendo cómo me desenvolvía en Crazyworld, aquella jungla laberíntica, y luego decidiría sobre las supuestas deudas de Jimmy.

La cena transcurrió con cierta tranquilidad. Jimmy escogió la misma mesa, al lado de la cocina. Supuse que para lanzar pellizcos a Alice al pasar, aunque tuve la sensación de que J. era persona non grata. Todo el mundo parecía huirle, especialmente las mujeres. Me pregunté si hasta mi llegada no habría tenido que comer solo y si yo no sería el tonto caído del cielo para terminar con su soledad, la oreja paciente que escuchaba todas sus tonterías sin protestar y el instrumento, el puente, para llegar allí donde él ya no podría volver a llegar.

El menú fue excelente, como no podía ser menos tratándose de una residencia para millonarios. Una sopa de guisantes, seguida de pescado a la plancha y tarta de cerezas. Me pregunté si J. habría pensado en la posibilidad de colarse en la logística de transportes. Me parecía la forma mas obvia de huida, aunque si eso se me había ocurrido a mí también se le habría ocurrido a todo el mundo.

Aproveché para observar con más detenimiento a cada paciente. Si iba a pasar allí una temporadita, mejor saber con quién me tendría que gastar los cuartos y qué incidentes me depararía el futuro con aquel rebaño de gente rara, siendo muy suave en los calificativos.

Todo parecía tranquilo. Observé que algunos pacientes hablaban en voz alta consigo mismos. Otros charlaban animadamente con mis compañeros de mesa, como si estuvieran en un restaurante de lujo en lugar de un frenopático. Me pregunté qué clase de enfermedad padecería. Como J. estaba deseoso de charlar aproveché para hacerle preguntas.

-No te preocupes. En cuanto se nos presente la ocasión asaltaremos el despacho del doctor Sun y podrás ver las historias clínicas de todos.

-¿Cómo piensas hacerlo? ¿Es que le has mangado la llave?

-Tengo una llave maestra. Me la facilitó la señorita Ruth.

-No tienes remedio, Jimmy.

-Hay que buscarse la vida. Esto es una jungla. Ya lo comprobarás.

El tiempo se deslizó con normalidad hasta que el hombre de múltiple personalidad, un maduro espécimen, rayano en la obesidad y vestido de forma estrafalaria, como si se hubiera movido subrepticiamente de habitación en habitación, poniéndose una prenda aquí y otra allá, todas desconjuntadas, de diferentes tamaños y colores y hasta una especie de chal que posiblemente habría mangado en una habitación ocupada por un huésped femenino, se levantó de la mesa, con la sopa de guisantes resbalando de su barbilla y se contoneó como una auténtica mujer hasta llegar a nuestra mesa. Me miró con un remedo de picardía barata y me dijo.

-Joven, es usted muy atractivo. Estoy a su disposición esta noche para un buen polvo. ¿Podría pasar por mi habitación después de cenar?

Se quedó esperando respuesta. El Pecas se tronchaba de risa. Me dio un codazo y me susurró.

-Síguele la corriente o tendremos jaleo.

-Es usted una preciosidad. Cuente conmigo.

El Sr. Múltiple personalidad me lanzó un beso con la yema de los dedos y regresó a su mesa con un contoneo aún más pronunciado.

-Te has pasado un poco, pero has estado bien. La personalidad de Adelita llevaba mucho tiempo sin aflorar. Le debes gustar mucho.

-¿Adelita?

-Una mujer mexicana. Suele cantar a voz en grito aquello de si “Adelita, lala,lalala. Ya sabes. Hoy le ha dado por tirarte los tejos. Esto es nuevo.

Un plato salió volando estrellándose contra la pared. Nos sobresaltamos. Habíamos dejado de seguir el contoneo de Adelita. Antes de llegar a su mesa debió ocurrir algo porque la buena mujer estaba ante la mesa de una pareja madura, los brazos en jarras, contemplando de hito en hito hito al hombre. Este parecía realmente asustado. El plato de la sopa de guisantes parecía ser el suyo, lanzado con mano maestra por “Adelita”. Este se puso a chillar con una voz femenina tan aguada que algunas copas de vino estallaron en mil pedazos.

-No le consiento, caballero, que me mire así el culo. Una dama merece un mínimo de respeto.

-¿Quién es la pareja, Jimmy?

-El matrimonio Durán, esclavos de qué dirán, una pareja de mequetrefes muy ricos. Padecen una patología severa que el doctor Sun ha diagnosticado como “síndrome de personalidad falsamente empática”. SPFE. Se pasan el día pendientes de que nadie hable mal de ellos y cualquier mirada que les dirigen es interpretada de la peor manera posible. Adelita ha escogido muy mal. Los Durán se volverán insoportables durante una buena temporada.

Un celador musculoso, como salido de la nada, se abalanzó sobre Adelita. Intentó hacerle una llave para reducirla pero ésta se volvió como un puma hacia él y le redujo con enorme facilidad con una llave portentosa de muñeca.

-Mala suerte para Ronald, toro sentado, ha hecho surgir la personalidad de Huang Ching Ping, maestro en artes marciales. Ahora tendremos una bonita diversión -dijo y acomodó sus codos en la mesa, dispuesto a presenciar un espectáculo escalofriante-.

Lo fue. Comenzaron a brotar celadores de todas partes, como si lo hicieran de la tierra, que se lanzaron sobre Huang Ching Ping como si intentaran bloquear a un jugador de futbol americano. El maestro se libró de uno, de otro, el tercero impactó con su torso, derribándole. Ambos rodaron por el suelo. Varias meses volcaron. Se oyeron chillidos. Hubo estampidos. El comedor se volvió de pronto un ring de lucha libre. Los golpes y caídas eran tan exagerados y poco creíbles como en este tipo de lucha.

Los celadores lo habrían pasado muy mal de no haber aparecido la señorita Ruth con una especie de pistola de dardos. Disparó a quemarropa sobre el pecho de Huang Chin Ping y éste pronto estuvo roncando en el suelo. Los celadores se arrastraban por el suelo, humillados y quejicosos.

-Un cliente para el doctor Sun. Las celdas de aislamiento ya no estarán vacías.

La señorita Ruth enfundó la pistola y ordenó a Alice que hiciera regresar a los comensales. La tropa volvió a regañadientes pero nadie siguió con la cena, se habían desatado las patologías y aquello era un lío espantoso. El Pecas siguió troceando el pescado, llevándose bocaditos a la boca mientras observaba al personal y me iba contando las incidencias. Yo casi había terminado de comer. Me embutí de paso y deprisa el último trozo de pescado. Terminé el postre y me levanté.

-No puedo soportar esto. Te espero en el jardín.

-Tú te lo pierdes.

Salí de estampida y solo respiré aliviado cuando me encontré fuera del edificio. La noche había caído, una noche despejada, tranquila, con numerosas estrellas en el firmamento y una luna llena muy hermosa, como de hombre lobo, con un colorido como de sangre derramada. Busqué en mis ropas el tabaco. Necesitaba un pitillo. De pronto recordé que era amnésico. ¿Acaso era fumador antes de perder la memoria? Si era así sentía síndrome de abstinencia y ahora no tenía un pitillo a mano.

Se oyó una sirena estridente. En el edificio se escuchaban voces destempladas, ruidos como de platos que se rompían, carreras… A mi lado pasaron varios celadores en ropa de calle, sin duda fuera de servicio. Seguramente estarían en sus residencias, tan tranquilos, cuando oyeron la sirena de alarma. Eso deduje de aquel evento inesperado. Todo se fue calmando. Al cabo de media hora Crazyworld parecía un cementerio. J. no apareció. Me sentía tan cansado que decidí retirarme. Entré en el edifico. Estaba vacío, las luces apagadas. Encontré como pude las escaleras. Subí un piso y otro hasta llegar al tercero. Encontré de nuevo mi cuarto. Cuando iba a abrir la puerta apareció la señorita Ruth, surgiendo de la oscuridad como un fantasma huesudo. Me dio susto de muerte.

-Hemos logrado reducir el motín, la mayoría está en las celdas de aislamiento. Tendré que cerrarte por fuera. Será una noche complicada joven. Intente dormir y olvídese de todo. Oiga lo que oiga permanezca quietecito y en silencio. Volveré a abrir la puerta por la mañana y sobre todo ni se le ocurra facilitarle las cosas a Kathy. Es de todo punto imprevisible lo que hará, más con esta locura que se ha desatado, pero puedes estar seguro que intentará acostarse contigo, no se le ha escapado un novato, paciente o del personal, desde que Crazyworld es Crazyworld. No tengo mucha confianza en que la puerta cerrada la detenga, pero tampoco es cuestión de darle todas las facilidades, dejar la puerta abierta y servirte en bandeja, joven. Lo dicho, intente dormir y si todo va bien mañana se sentirá como nuevo.

No supe qué decir. Entré en el cuarto encendí la luz y a mis espaldas escuché la llave en la cerradura. ¿Me estaba encerrando aquella vieja bruja? En otro momento me hubieran puesto a aporrear la puerta como un loco, pero estaba demasiado cansado. Había sido un día con tantas emociones que me desprendí de la ropa prestada, a manotazos, me quedé en pelota picada y me introduje entre las sábanas con un suspiro de alivio. ¡Al fín! ¡Uff, qué bien!

CRAZYWORLD XXI


EN LOS BOSQUES DE CRAZYWORLD/ FINAL

Aquello bien podría ser una auténtica cueva prehistórica reciclada por millonarios del siglo XXII para recrear la etapa más bestial de la humanidad pero con todas las comodidades que da el dinero y los adelantos técnicos de un mundo futurista. Incluso se había previsto en su centro una gigantesca hoguera que ahora estaba apagada, por supuesto, pude imaginarme todos aquellos toscos troncos amontonados ardiendo, aunque tal vez solo se trataba de un decorado y el fuego ardería de forma controlada saliendo de alguna tubería de gas diseñada por un ingeniero futurista. Jimmy me explicó que allí se reunían los cazadores para contarse sus historias de caza, como cazadores primitivos, alrededor del fuego, planeando orgías sin cuento en honor a Diana, la diosa cazadora. No supe si todo esto se lo estaba inventando El Pecas que había caído en una fantasía delirante o lo había visto en alguna de las grabaciones.

Por una trampilla en el suelo que no sé cómo encontró ni cómo abrió, porque yo estaba observando todo aquello con la boca abierta, pudimos acceder a un sótano que era un auténtico búnker, las piedras habían sido reemplazadas por gruesas paredes de acero, o tal vez se encontraban tras ellas. Un inmenso y portentoso laberinto de estanterías metálicas lo cubría todo, como una especie de biblioteca de Alejandría, solo que en lugar de valiosos papiros los estantes estaban repletos de comida y bebida enlatada, convenientemente etiquetada según pude apreciar al acercarme a la primera y manosearlo todo con la sensación de estar rodando una película de cienciaficción. De las paredes colgaba todo un arsenal de armas modernas tras gruesas vitrinas que no podría perforar ni un misil.

-Jimmy, amigo, con este armamento podríamos abrirnos paso a tiros y salir por la puerta principal tan campantes.

-¿Crees que no lo había pensado? Pero Mary no ha podido hacerse con los códigos que abren las vitrinas, aunque como ves cada sección tiene un lector de retina o de huellas dactilares o de lo que sea, aún no lo he podido desentrañar. No parecen funcionar con códigos, algo que podría jaquearse con un poco de paciencia, y Mary tiene mucha. No son tan tontos como para no haberlo previsto, sin duda se trata de uno de esos artilugios modernos que te leen los ojos, las huellas digitales o el ADN, a saber. Su único error es haber situado el búnker dentro del terreno de Crazyworld, los muy idiotas ni se atrevieron a imaginar que un loco pudiera descubrir todo esto.

-O tal vez pensaron que podrían necesitar carne humana si las provisiones se terminaban antes de tiempo, el canibalismo es una forma de sobrevivir. La carne de loco es tan buena como la de cualquiera, o mejor. Tener al lado del bunker una buena despensa por si falla todo es una gran estrategia. ¿No crees?

Supe de inmediato que me había pasado con mi chiste de humor negro. Jimmy me miró como si estuviera loco y de hecho estaba empezando a pensar que era así.

-Perdona, pero ya me considero un loco más de la familia. Si voy a pasar aquí el resto de mi vida tendré que adaptarme al ambiente. Incluso estoy pensando en la posibilidad de que mi amnesia sea parte de mi locura, y que lleve aquí tanto tiempo como tú o más. A lo mejor me estás tomando el pelo, solo por divertirte. Te creo capaz. ¿Qué me dices?

El Pecas se encogió de hombros y bufó como si estuviera a punto de perder la paciencia conmigo. Cambió de tema. Se acercó a una curiosa estatua de cazador, en bronce, que estaba en la esquina y que yo aún no había visto.

-No creas que he descubierto todos los secretos de este antro. Aún no sé que hay detrás de esto.

Empujó la estatua ligeramente a la izquierda y un nuevo panel comenzó a desplazarse. Cuando terminó de hacerlo pude ver lo que parecía una gigantesca puerta de una no menos gigantesca caja fuerte.

-¿Qué crees que puede haber ahí dentro?

-No sé –respondí-. ¿Tal vez una bomba nuclear? Por si todo falla, harían saltar Crazyworld por los aires y todos nos iríamos a la mierda tan ricamente.

Jimmy perdió la paciencia definitivamente. Miró su reloj de pulsera y anunció que era hora de regresar. Las luces se fueron apagando automáticamente conforme nos encaminábamos a la salida, algún sensor de movimiento, imaginé.

-Espero que a los cazadores no les gusten las mascotas, un gatito o un perrito que ande por aquí acabará con el combustible del generador.

Jimmy se apresuró, no dejando de bufar y sacudir la cabeza, hasta que llegamos a la puerta de entrada. Dejó la llave en su sitio y se volvió hacia mí con cara de pocos amigos.

-Ya sabes. Junto a la maceta. Tienes que escavar un poco en la tierra y aquí está la llave para cuando la necesites.

Regresamos por el bosque. El Pecas se orientaba mejor que un perro sabueso, ni un momento dudó sobre la ruta. Estaba muy poco hablador y yo resollaba intentando seguir sus pasos. Puede que temiera perderse la cena, a pesar de su extrema delgadez era una de esas personas que pueden comerse a su madre por los pies y nunca engordan. Han recibido un pasmoso don de la vida que otros envidian. Yo aún no tenía claro cómo era mi metabolismo, apenas llevaba un día en Crazyworld y ya me habían ocurrido tantas cosas que era como un siglo de historia ajetreada. A veces notaba como si mi memoria soltara un poco de lastre y curiosas escenas y recuerdos acudían a mí, pero totalmente inconexos. En un momento determinado podía pensar en algo o decir algo que me recordaba a algo, nunca sabía muy bien a qué. Pensé que más bien el terror de Jimmy tenía más que ver con el miedo a que el doctor Sun le castigara con las celdas de aislamiento que con perderse la cena. Entonces recordé la escena de la cinta en la que el gran follador se tiraba a la señorita Ruth, algo que me había llamado poderosamente la atención. Pude ver un trozo mientras él hurgaba en las estanterías buscando una cinta en especial. No me había atrevido a comentarle nada, pero ahora me sentía muy intregado.

-¿La señorita Ruth conoce también la cabaña? –hice la pregunta entre resuello y resuello, procurando acercarme lo más posible a su espalda.

Jimmy se paró en seco y volvió su rostro conmocionado hacia mí.

-¿Cómo lo sabes? Sí, fue uno de mis mayores errores. Es la única mujer de Crazyworld que acepta tener sexo conmigo siempre que lo necesito y ninguna otra está dispuesta. La traje aquí, dormida, en la carretilla. Pero creo que debí poner una dosis muy baja de somnífero o ese palo con faldas tiene una naturaleza capaz de soportarlo todo, porque memorizó la ruta y sé que viene de vez en cuando por aquí. Lo sé porque aunque no sabe dónde dejo la llave siempre observo una ventana entreabierta que no cierro porque quiero pillarla “ in fraganti”. Creo que sospecha lo de las grabaciones, pero seguro que no es capaz de encontrar las cintas ni en mil años. Y ahora, si no te importa, deja el resto de preguntas para la cena.

-Ok. Jimmy. Ok.

Ya no abrí la boca y procuré seguirle muy de cerca, la noche estaba cayendo y lo peor que podría pasarme era perderme en aquel tupido bosque. Me entretuve pensando en las posibilidades de la cabaña, pero sobre todo en la posibilidad de hacernos con el armamento y escapar de allí a tiros. No quería permanecer allí un día más, si era posible; si en venticuatro horas me había ocurrido todo lo que me había ocurrido, no era capaz de imaginarme cómo podría terminar al cabo de un año.

El Pecas comenzó a correr como si le persiguieran todos los demonios de Crazyworld, que eran muchos. Intenté seguirle pero tropecé con una raíz y me di de bruces contra el suelo, menos mal que estaba mullidito, aún así me sentó como un tiro que a aquel papanatas le importara un comino que yo me perdiera en aquel bosque demoniaco. Mi espíritu vengativo le deseó todos los males del mundo, sobre todo que el doctor Sun lo tuviera al menos un mes en las celdas de castigo. Me regodeé tanto en lo que el doctorcito podría hacerle durante todo aquel tiempo mientras exploraba en su subconsciente a la busca de un rastro del subconsciente colectivo, que el tiempo pasó muy rápido mientras intentaba acercarme a Jimmy que ahora corría como una gacela. De pronto dejé de escuchar el ruido de sus pasos quebrando ramitas del suelo. ¡Lo había perdido! El susto solo duró unos segundos, el tiempo que tardé en procesar que las luces que estaba viendo a lo lejos eran las de Crazyworld. Respiré aliviado y no me importó dónde se encontraba ya mi mentor.

Recorrí los jardines hacia la puerta como levitando, la cabaña en el bosque, con su correspondiente bunker, era un gran alivio a lo que supuestamente me esperaba, según Jimmy el profeta, aunque no saliera de allí en un año, en toda la vida, aquel lugar a donde podría llevar a mis numerosos ligues, sería aún mejor que una isla desierta. Eso sí, habría que tener mucho cuidado con las visitas del millonario y sus acólitos, si nos pillaban éramos hombres muertos. No me preocupé en exceso, El Pecas tendría también eso controlado. Pude ver su sombra dirigiéndose hacia las escaleras que daban acceso a la terraza y a la puerta principal. Me deslicé tras él como patinando sobre hielo.

Los internos estaban ya en el comedor, aunque algunos, los más remolones, arrastraban sus pies sin prisa alguna. Delante de mi Jimmy se quedó paralizado como una estatua de sal. Porque frente a él apareció el doctor Sun como un fantasma pequeñito. Llegué al lado de ambos justo a tiempo para contestar a la pregunta del doctor.

-Me ha estado enseñando el jardín, que me ha encantado, todo aquí es fantástico, como la factura que me acabarán pasando y que nunca podré pagar.

Estaba disimulando como el mejor de los actores, como si aún no supiera que nunca me pasarían factura alguna, yo era un intruso al que mantendrían allí por el resto de sus días y seguro que ya se encargarían de darme algún trabajito con el que pagar mi estancia. Por otro lado Jimmy se había quedado tan azorado que por un momento temí que se le escapara algo sobre el bosque, ahora nuestro gran secreto.

-No se preocupe de los gastos, querido amigo, todo se arreglará. Me alegro mucho que le guste Crazyworld. En efecto es un lugar paradisiaco y todos los pacientes deberían cantar un tedeum de agradecimiento por el privilegio de ser tratados aquí. Por cierto, amigo, cómo va su amnesia. ¿Ha conseguido recordar algo más?

-Me temo que no, doctor Sun. Tengo la cabeza como un tambor al que toda la tribu hubiera estado golpeando para llamar a King-Kong.

-Jajá. Al menos recuerda quién era King-Kong. Eso está bien, muy bien. ¿Qué le parecería si le hipnotizo un ratito después de cenar?

-Déjelo para mañana, si no le importa, doctor. Esta noche tenemos una cita con dos bellas damas.

Por fin El Pecas había conseguido reaccionar. Era maravilloso que volviera a su ser, astuto y trapacero. Creo que conocía muy bien al doctorcito que dejaría cualquier cosa, hasta el mismísimo subconsciente colectivo por unas faldas, aunque éstas no se levantaran para él. Pude ver cómo aquella mirada miope se ablandaba.

-Entonces no les privaré de ese inmenso placer. Vayan, vayan a cenar. Y usted –refiriéndose a mí- le espero mañana a primera hora, no se preocupe, Albert irá a buscarle. Ya me contará cómo le ha ido la noche, jeje.

Escuché el suspiro de alivio de Jimmy antes que el mío. Nos habíamos librado. Ya ni me importaba que el cabrón de Albert apareciera en la puerta de mi dormitorio al día siguiente. Nos deslizamos hacia la puerta de entrada al comedor. Nadie parecía haberse apercibido de nuestra prolongada ausencia, o al menos eso pensaba yo, porque Alice, la dulce camarerita estaba en la puerta. Dejó pasar a Jimmy sin mirarle y al hacerlo yo me detuvo.

-¿Dónde habéis estado? El doctor Sun te ha estado buscando toda la tarde, quería hacerte un nuevo test de memoria.

-¿Y tú qué le has dicho?

-Que te había visto paseando por el jardín con una dama. Espero que esta noche puedas pagarme el inmenso favor que te he hecho. No lo sabes tú bien.

-Lo tendré en cuenta, te lo aseguro. Es un ofrecimiento muy generoso, Alice. Pero te aseguro que esta noche no se me levantaría ni aunque bailaras la danza del vientre solo para mí. Han sido demasiadas emociones juntas, cariño.

Alice se acercó a mi oreja y me susurró.

-Yo te la levantaría sin que te dieras cuenta, mi dulce amor, pero comprendo cómo te sientes, ya te irás acostumbrando a esta locura. Pero mañana no te libras.

-Mañana será otro día, Alice.

-Claro, mi amor.

Y me mordió el lóbulo de la oreja. Me escapé como pude y fui tras los pasos de Jimmy que ya estaba dentro. Estaba realmente hambriento.

FIN DE EN LOS BOSQUES DE CRAZYWORLD

CRAZYWORLD XX


EN LOS BOSQUES DE CRAZYWORLD/ CONTINUACIÓN

-Muchas gracias, hombre. Es todo un detalle por tu parte.

-No hay de qué. Este Robert es el mejor amigo del millonario y un pájaro de cuidado. Como puedes ver también le gusta el “sado”, aunque en las grabaciones que he visto no ha pasado de unos azotes en el culo de su amante o de unos latigazos muy suaves. Sí le gusta mucho esposarlas a la cama. También tiene ramalazos masoquistas. A veces se visten los dos de cuero, con antifaces y se deja pisotear por su dueña. En algún video llega a una degradación repugnante. Ella le obliga a beberse su orina. Se acuclilla sobre él y le lanza el chorrito a la boca. Realmente repugnante, pero muy divertido. Otro día te busco la grabación y te la dejo a mano para que la veas cuando quieras.

-Tú también estás hecho un buen pájaro, Jimmy, un pájaro de cuidado. Has conseguido un maravilloso refugio. Me gustaría poder pasar aquí una larga temporada, lejos de esa chifladura de Crazyworld. Pero me temo que nos echarían en falta y nos buscarían. ¿No es así?

-Tú también acabarás siendo un pajarraco, amigo. En cuanto al tiempo que se puede pasar sin que te echen de menos y comiencen a buscarte, depende mucho de quién esté de turno en el Centro de Seguridad, del humor de Sun y de otras muchas circunstancias. Nunca estás seguro de lo que puede ocurrir si llevas algunos días sin hacer acto de presencia por allí. Cuando Heather está de turno puedes pasarte una semana sin aparecer por ninguna parte, nadie te echará de menos.

-¿Qué es eso del turno de guardia?

-El protocolo que el director les dio, al comenzar a funcionar Crazyworld, y que luego fue reformado por el doctor Sun les obliga a dar un parte diario confirmando que están todos los que deberían estar, y no solo pacientes, se refiere a todo el personal. Es algo así como pasar lista en una prisión. Recuerdo que cuando llegué los guardias de seguridad pasaban lista por la mañana y por la noche. Nos hacían formar en el comedor y como algunos pacientes ni siquiera responden a su nombre les acompañaba una camarera. También lo hacían en los demás edificios del personal, incluido el de las putas y putos. Todos tenían que formar como en el ejército, ponerse firmes y responder a la lista. Fulanito de tal… ¡presente! Era un verdadero cachondeo. El doctor Sun que presenció una noche el desmadre que se organizó al pasar lista, reformó el protocolo que les había dado el director. Tenían que comprobar en las grabaciones o constatar en los monitores que no faltaba nadie. Con eso era suficiente. Con el tiempo se organizaron entre ellos mismos para que el parte correspondiente, debidamente firmado, estuviera en el despacho de Sun todas las noches a las veintidós horas. Ahora uno se encarga cada semana de ese trámite. Cuando está Heather ni se preocupa de cerciorarse por dónde ando, si no me ve en las grabaciones o en los monitores. Ya sabe que soy culo de mal asiento. Pero con los demás no ocurre lo mismo, se lo dirían a Sun y este organizaría una búsqueda hasta que me encontraran. Luego me castigaría a las celdas de aislamiento, un día, una semana… con él nunca se sabe.

-¿Y cada cuánto tiempo está Heather de guardia?

– Solo los jefes están autorizados a firmar y presentar el parte y actualmente son cinco que se sustituyen entre sí en diferentes turnos. Calculo que está una semana al mes, algunos meses dos semanas y otros ninguna. Si quieres pasar aquí unas vacaciones, pregúntame antes, los turnos nunca se cumplen a rajatabla, y se cambian según las necesidades y los acuerdos a que lleguen entre sí los jefes de seguridad.

-¿Y tú cómo te enteras?

-No te voy a contar todos los secretos, al menos no el primer día. Si estás de acuerdo en ir organizando un plan de fuga será imprescindible también contar con Heather. Puede que necesitemos que ella esté de guardia dos semanas seguidas. Tú no tendrás problemas en convencerla. Ya has visto que la tienes en el bote. A mí me odia, aunque hubo un tiempo en el que se mostró muy cariñosa conmigo.

-Cuenta, cuenta…

-No tenemos tiempo. La semana que viene le toca a Heather de guardia, si no lo cambia. Podríamos venir aquí y estar unos días, nos merecemos unas vacaciones. Creo que dejaremos los vídeos por hoy. Se está haciendo muy tarde. Te dejaré los mejores a mano, para que puedas echarles un vistazo cuando quieras. Ahora debes anotar mis instrucciones y dejarlas aquí, pegadas a este monitor. Puedes utilizar ese taco de posit-it.

Y Jimmy me fue dictando todo lo que debería saber para funcionar con aquel formidable equipo de grabación y espionaje. De momento a mí solo me interesaba conocer el funcionamiento de los vídeos y los deuvedés. Puede que la función de cámara lenta me viniera bien para recrearme en ciertas escenas, pero poco más. Cuando se lo comenté, El Pecas se enfadó mucho. ¿Acaso se me había pasado por la cabeza traerme a mis ligues y no grabar lo que hiciéramos? Debía de jurar hacerlo o me arrepentiría de haber conocido su gran secreto. No sé lo que pensaría hacerme si no juraba, no quise saberlo. Juré sin inmutarme, repitiendo la fórmula que él me fue dictando. Antes quise saber si él también grababa sus hazañas sexuales. Me lo confirmó, pero como yo me mostrara un tanto desconfiado, buscó una cinta y la puso un momento. En ella podía verse a Jimmy follando con una mujer que yo aún no conocía. Me bastó, aunque le pedí que en la próxima ocasión me dejara todas sus grabaciones a mano o yo no le dejaría las mías.

-Mira, cuando traigas a una mujer hasta aquí, deberás procurar que no sepa dónde está ni el camino que ha recorrido. Lo mejor sería que la durmieras. Puedes pedirme somníferos y te ayudaré con la carretilla. Si eso te parece demasiado complicado, al menos ponle una venda en los ojos y no dejes que se la quite hasta estar dentro de la cabaña. Puedes convencerla como si tuvieras para ella un regalo muy especial y no pudiera verlo hasta que tú se lo digas.

-¡Pero Jimmy! ¡Cómo crees que puedo mantenerla con los ojos cerrados la media hora o más que nos ha llevado caminar por el bosque! Además que nos perderíamos seguro.

-Te haré un mapa con todas las señales que he ido marcando. Y en cuanto a las mujeres se nota que eres amnésico y no recuerdas nada. Una mujer con un motivo romántico de primera clase se dejaría atar, amordazar, que le pusieras una venda en los ojos y hasta que la des una azotaina en el culo.

-¡No seas bruto, Jimmy!

-Ya me lo dirás cuando adquieras experiencia. A cambio mañana me ayudarás a traer algunos bidones de gasolina para el generador, que aunque se gaste poco vamos a necesitarlos para pasar el invierno. Ya tendremos tiempo de hablar del plan de fuga. Ahora me vas a acompañar al bunker nuclear. En caso de emergencia podríamos sobrevivir aquí un par de años sin ser localizados. Claro que yo no me encerraría ahí sin una mujer con la que poder pasar el rato. Sería muy aburrido.
Meticulosamente apagó todo lo que había encendido, dejándolo todo tal cual estaba.

-Cuando vengas, procura no dejar señales de que alguien ha descubierto la cabaña y anda por aquí. Hasta ahora no he notado nada que me haga pensar que el millonario sigue viniendo o que algún miembro del personal sabe de su existencia, pero mejor es prevenir que curar.

-De acuerdo, Jimmy, seré cuidadoso.

Apagó las luces. Por suerte había dejado encendida la luz del pasillo que proyectaba un pequeño rectángulo en el techo del desván. Me empujó con suavidad para que pasara delante. Descendí por la escalera de cuerda sintiéndome Tarzán de los monos. De nuevo una imagen clara en mi memoria. Ya pensaría en ello cuando tuviera tiempo. El Pecas recogió la escalera y cerró la trampilla con cuidado. En cuanto estuvo en el suelo colocó la escalera metálica, en la que había trepado para abrir la trampilla, en el armario del pasillo. Sin más se puso al frente y bajó escaleras hasta llegar a un sótano, decorado con más cabezas de animales y más cuernos. Me pareció una especie de museo cinegético de los bosques de Crazyworld, con mapas enmarcados y colgados de las paredes, fotografías de animales, pájaros, reptiles y todo tipo de bichos y breves textos que explicaban su vida y milagros. Todo estaba muy bien distribuido, con sillones orejeros y sofás para descansar, comentar cómo va la vida y tomarse una copa del mueble bar. Era un lugar amplio, aunque un poco estrecho para mi gusto. Si te encontrabas con una pareja, de frente, y tú ibas acompañado, alguien debería ceder el paso. Es solo para que se hagan una idea de cómo estaba distribuido aquello.

Jimmy no me dejó echar un vistazo, comprendía su prisa aunque consideraba su reacción como exagerada, teniendo en cuenta que llegar tarde a cenar o noche avanzada no debería causarnos problemas, salvo que cerraran las puertas antes de la hora habitual. ¿O es que me estaba ocultando algo?

Sin pausa y sin comentarme nada sacó algunos libros de una pequeña estantería pegada a la pared del fondo, a la izquierda de la escalera. Asistí impertérrito al esperpéntico ritual que El Pecas fue coregrafiando. Parecía sacar un libro al azar y luego otro de otra estantería, y uno lo dejaba a la mitad y otro lo sacaba por completo y algunos libros estaban juntos y otros muy separados… Aquello no tenía el menor sentido. Cuanto terminó, repasó lo hecho. Yo me acerqué, curioso, Los títulos y autores de los libros eran variados, no encontré ningún tipo de clave. Más bien parecía que escogía cada libro por su posición en la estantería y lo sacaba hasta una distancia determinada, si bien con un par de libros hizo lo contrario, los empujó hacia dentro, una cuarta aproximadamente. Cuando todo estuvo en su sitio correspondiente, según el esquema que él poseía en la cabeza, se puso de espaldas a la estantería y comenzó a caminar hacia mí, que me encontraba enfrente, de una forma que consideré muy infantil. En efecto, colocaba el pie izquierdo y luego el calcaño derecho, de forma que la puntera del izquierdo tocara la parte trasera del zapato derecho y luego al revés, y así iba caminando y contando, al parecer. Hasta que alcanzó la cantidad que andaba buscando. Entonces se paró, me miró sin verme y dio un fuerte zapatazo en el suelo. Regresó corriendo hasta la estantería y hurgando con la palma de la mano por detrás, a una altura determinada, me pareció que apretaba un botón u oprimía un saliente.

Mi sorpresa no tuvo límites cuando un lienzo de pared, al que estaba pegada la estantería, comenzó a moverse, con mucha lentitud al principio, y luego con más rapidez hasta dejar un espacio suficiente para que pasara una persona. Jimmy me hizo una seña de que le siguiera y él se coló en el interior en un visto y no visto. El lienzo de pared que se estaba moviendo debería encajar a la perfección para que yo no hubiera advertido nada extraño. Creo que nadie se hubiera dado cuenta, ni aunque se pasara un buen rato meditando frente a esa pared.

Tras la pared me encontré con un pequeño hueco, un vacío del que no pude hacerme una idea hasta que Jimmy encendió una pequeña luz sobre la puerta acorazada. Sí, porque el hueco había sido excavado en la piedra. Una enorme puerta acorazada, circular, imagino que hecha del mejor acero del mundo, nos impedía el paso al interior. Me recordó a las de los submarinos (¿dónde había visto yo un submarino?), con la típica ruedita a la que se da vueltas en un sentido u otro, según se intente abrir o cerrar. En el centro de la rueda parpadeaba una especie de monitor digital. Jimmy se puso a teclear, o más bien, a tocar con los dedos aquí y allá, en otra especie de danza esperpéntica, ésta vez con las manos. El resultado fue que la luz roja de arriba, la que me había permitido hacerme una idea de dónde nos encontrábamos, cambió a verde. Entonces El Pecas me pidió que le ayudara a mover la rueda hacia la derecha, como las agujas del reloj. Cuando le pareció bien empujó hacia fuera y por mi parte ayudé lo que pude.

Se oyó una especie de musiquita, muy suave y bastante hortera para mi gusto y la puerta comenzó a moverse sobre sí misma. Jimmy pasó el primero, yo le seguí con una cierta aprensión, si aquella puerta que se abría automáticamente, se cerraba de la misma forma y sin avisar allí nos quedaríamos los dos el resto de nuestras estúpidas vidas. Las luces se habían encendido en cuanto la puerta blindada comenzó a moverse. El interior era como la cueva de Alí Babá y los cuarenta ladrones, solo que aquello era un bunker nuclear y los ladrones éramos solo dos y no cuarenta.

Jimmy seguía teniendo prisa, así que no dejó que me regodeara con lo que estaba viendo. Se trataba de una especie de loft gigantesco, con paredes de piedra, en lugar de tabiques de ladrillo. De hecho se había excavado en la piedra de la montaña todo el espacio, por lo que tanto techo como paredes, en bruto, hubieran podido ser las de un túnel excavado en la montaña.

CRAZYWORLD XIX


 

EN LOS BOSQUES DE CRAZYWORLD/CONTINUACIÓN

Jimmy se sentó a mi lado, con otra copa en su mano, y olvidado de la prisa que tenía por enseñarme todo para poder llegar a cenar a Crazyworld, se puso a hablarme tranquilamente del millonario y su camarilla de cazadores de conejos.

-Aparte de cazar, lo más importante para el millonario y sus amigotes era celebrar aquí orgías, en las que se ponían tantos cuernos como los que ves en la pared.

Y El Pecas señaló las cabezas de ciervos y otras especies cinegéticas, algunas de ellas desconocidas para mí, no sabía muy bien si porque nunca llegué a conocerlas o debido a mi amnesia. Aquel era otro tema para consultar con Sun. Recordaba el nombre de las cosas y un montón de detalles, recordaba expresiones que mi memoria no podía asociar con escenas concretas de mi vida, recordaba vagamente todo tipo de detalles sobre temas que no era lógico que mi memoria retuviera, teniendo en cuenta el bloqueo casi total que sufría sobre mi personalidad pasada. Archivé en mi cabeza la pregunta y seguí la dirección del dedo de Jimmy que me invitaba a un paseo por la avenida de los cuernos. Estaba claro que por mucha orgía que se celebrara allí buena parte del tiempo lo pasaban en el bosque, cazando.

-No se conformaban con profesionales, ni con mujeres desconocidas a las que invitaban una sola vez, ni con grupos de jóvenes reclutadas aquí y allá, sobre todo en universidades, sino que a veces venían con sus propias esposas o esposas de amigos o conocidos que no formaban parte de aquel círculo, de la partida de los cazadores. En esos casos el millonario se cuidaba mucho de quiénes formaban parte de cada grupo de invitados. Incluso les obligaba a dejarse vendar los ojos o drogarse para que no pudieran recordar dónde se encontraba la cabaña. Les hacía creer que aquello era una especie de juego. Ignoro si entonces ya pensaba en el proyecto de transformarlo en un psiquiátrico, aunque imagino que cuando comenzaron las orgías, muchos años atrás, ni se le pasó por la imaginación esa posibilidad. Supongo que había comprado la finca solo para él y sus amigos, aunque a veces su mujer y el resto de la familia aceptaban pasar temporaditas en la casa principal, lejos del bosque y de esta cabaña.

-¿Cómo puedes saber eso, Jimmy? ¿No te estarás inventando toda esta historia?

El Pecas se sintió herido en su amor propio.

-¿Qué cómo lo sé? A la mierda con mi prudencia. Aún no había decidido si contarte el secreto ahora o esperar a ver si eres digno de confianza, pero voy a arriesgarme. A la mierda con todo. Si no me fío de ti, no sé de quién me voy a fiar en este maldito antro.

Y dicho y hecho. Se levantó y me invitó a seguirle. Subimos unas escaleras de madera que daban al piso de arriba. Ni siquiera me enseñó las habitaciones. Abrió un armario y se hizo con una escalerilla. Se subió a ella y hurgó en el techo. Parte de él, en forma rectangular, con yeso y todo, desapareció en la oscuridad. El Pecas hurgó y una escalerilla de cuerda quedó lista para trepar por ella. Sin mirarme se perdió arriba. De pronto se hizo la luz y Jimmy asomó la cabeza.

-Puedes subir. Este es un desván, muy bien disimulado por las razones que verás tú mismo.
Trepé sin problemas por la escalera de cuerda y cuando llegué arriba y asomé la cabeza me sentí muy intrigado por lo que veían mis ojos. Me puse en pie con cuidado, el techo era bajo, al menos para mí. Jimmy había encendido la luz del techo. Aquella era una buhardilla perfectamente preparada para los fines a que la había destinado el millonario. Era preciso caminar encogido, pero una vez sentado ante una especie de control de televisión (ignoro por qué razón me vino esa imagen a la cabeza) repleto de mandos, botones, grabadoras de video y deuvedés y otros adelantos técnicos, que me hicieron pensar había sido utilizado hasta pocos años antes, resultaba en general un lugar cómodo y acogedor.
Jimmy tocó unos botones y varios monitores, de buen tamaño incluso para ojos cansados, se encendieron. En uno pude ver el salón de donde acabábamos de subir, en otro un dormitorio y en un tercero un cuarto cuya utilidad no pude desentrañar de momento. Desde este íntimo y recoleto lugar el millonario observaba y grababa a sus colegas cazadores refocilándose en sus lechos con jovencitas, profesionales o invitadas.

-Oye, Jimmy, siento curiosidad. ¿Cómo es posible que esta sofisticada instalación se mantenga después de tanto tiempo sin ser usada?

-Bueno. Ya te comenté que una de las pacientes, una chica gordita, me ayudó a acceder al sistema informático de Crazyworld, me facilitó contraseñas y me ayudó a manejarme con cierta facilitad, a pesar de que soy un tanto negado para ese tipo de cosas. En cuanto al mantenimiento de la cabaña es cierto que el generador consume y me he visto obligado a transportar bidones de gasolina hasta aquí. Tuve que hacerlo en diferentes etapas y sudé la gota gorda, pero ahora que estás tú me ayudarás cuando sea necesario. No disponemos de señora de la limpieza, salvo que tú convenzas a alguna. Seguro que te harán más caso que a mí, pero tiene que ser de absoluta confianza. No podemos desvelar el secreto a cualquiera o esto dejará de ser nuestro secreto y un refugio perfecto para nuestras andanzas. Hay que andar con mucho ojo en Crazyworld, cualquier cosa que hagas o digas puede ser un boomerang que vuelve para abrirte la cabeza. Lo cierto es que el millonario lo preparó todo muy bien, incluido un bunker a prueba de catástrofe nuclear.

-¿Me estás tomando el pelo?

Jimmy me fue explicando cómo poner todo en marcha, los monitores, las cámaras de las dependencias que quisiera grabar, las grabadoras, a utilizar los zooms para ver una escena más de cerca. Cómo utilizar el temporizador cuando yo no pudiera estar a los mandos y todo lo que un buen espía debería saber. Me pregunté para qué demonios necesitaría yo saber todo aquello si la cabaña estaba vacía.

-¿Cómo descubriste la cabaña?

Fue por pura casualidad. En los archivos no se hablaba para nada de esta cabaña. La segunda vez que el doctor Sun quiso encerrarme en las celdas de aislamiento decidí escapar y encontrar la forma de vivir en el bosque durante una buena temporada. La primera experiencia en las celdas fue tan mala que cuando los celadores vinieron a buscarme salí de estampida. No pudieron pillarme cuando me refugié en el bosque. Me pasé tres días caminando, intentando encontrar algo que me pudiera servir, un refugio de cazadores, una choza de ramas, cualquier cosa. Me alimentaba de bayas y frutos silvestres, pero aquello no me llenaba la barriga. Tal vez fuera el sexto sentido el que me llevara hasta el claro, o el subconsciente, o el instinto de supervivencia, o lo que fuera. ¡Me importa una mierda! Lo importante es que decidí pasar la noche en el claro, si a la mañana siguiente no encontraba algo de mi gusto regresaría, aunque Sun me tuviera un mes entero en las celdas. Cualquier cosa sería mejor que pasar hambre y frío en el bosque, oyendo el sonido de las alimañas y temiendo que cualquier animal hambriento llegara a considerarme una pieza apetecible.

“Al despertar por la mañana me encontraba tan mal que me perdí. Quise salir del claro y buscar el camino de regreso, pero en su lugar me di de narices con una pared de madera. Tardé casi una hora en ser consciente de dónde me encontraba y de qué era aquello. Había ocurrido un milagro y decidí que aquel sería mi refugio secreto desde aquel momento. Intenté abrir la puerta pero estaba cerrada con llave. Busqué una ventana para romperla y poder entrar, pero no encontré ninguna. Con tanto ir y venir, tambaleándome, volqué la maceta de la entrada. Mi mente funcionaba tan mal que intenté devolver la tierra a su sitio y mientras la atropaba con mis manos me encontré una vieja llave oxidada. No podía creer en mi buena suerte. La probé en la puerta y conseguí abrir, con alguna dificultad, eso sí.

“Lo primero que hice fue buscar algo de comer. En la cocina encontré algunos botes de carne. Comí hasta saciarme y dormí en el sofá del salón. A la mañana siguiente exploré todo esto con mucha calma. Era fantástico, ni en mis mejores sueños hubiera podido imaginar algo parecido. Me quedé allí hasta que se acabó la comida enlatada que había en la cocina. Creo que fueron quince días. Cuando regresé a Crazyworld el doctor Sun ya se había olvidado de mí. A ese cabeza hueca no le suelen durar mucho los berrinches, como sabrás con el tiempo.

“Le pedí a Mary, que me ayudara a entrar en los archivos encriptadas, donde constan los datos más sensibles, para ver si se mencionaba la cabaña del bosque. A cambio me pidió que durante una semana fuera exclusivamente suyo y le echara todos los polvos que su cuerpo pudiera aguantar. En el mío no pensó, pero así es Mary, una chica muy egoísta, aunque un poco ingenua a veces y bastante tonta en los temas que no le interesan. Follar le interesa mucho, por eso las negociaciones con ella sobre ese tema son de las más duras que he tenido que soportar en Crazyworld. Ella se asombró de que yo me rindiera tan pronto, sin luchar. Me limité a decirle que llevaba un mes sin follar porque ninguna quería hacérselo ya conmigo y que ella me gustaba tanto, aparte del periodo de abstinente que llevaba encima, que no estaba dispuesto a soportar el consabido tira y afloja. Para demostrárselo tapé la cámara y el micrófono y nos pusimos de inmediato a la faena. Eso la animó tanto que no solo encontró menciones a la cabaña, sino incluso sus planos secretos y lo que más me encandiló, la existencia de un bunker nuclear y el código de acceso. En cuanto tomé nota del código y tuve en mi mano los planos impresos de la cabaña, salté de alegría, la bese en la boca y sin ninguna consideración la desnudé y nos pusimos de nuevo a la faena.

Mary es una buena chica y siempre se puede contar con ella para todo, especialmente para temas informáticos. Es la mejor hacker del mundo, sin la menor duda. Su única debilidad es el sexo. Por un buen polvo sería capaz de vender a su madre. Cualquiera le sacaría los secretos más sensibles a cambio de las correspondientes prestaciones sexuales. En ese tema es inflexible y es capaz de negociar hasta el agotamiento. Por si fuera poco no solo le gustan todos los hombres, también todas las mujeres. No te puedes fiar de ella a no ser que la tengas servida y contenta. Por suerte creo que solo yo en Crazyworld conozco su debilidad. Como es gordita no recibe muchas ofertas y nadie intenta seducirla a no ser que sea el último recurso. Hasta ahora come en mi mano, pero nunca estaré seguro de que la situación no cambie de un día para otro. No la he mencionado mis planes de fuga, pero en algún momento tendré que hacerlo porque sin su ayuda jamás lograremos salir de aquí. Creo que tú le gustarás mucho y será capaz de encontrar la forma de desactivar las alarmas y las alambradas electrificadas, e incluso de mantener el secreto así la torturen o la violen… bueno, si el que la va a violar le gusta menos que tú. Ya te la presentaré, pero tienes que prometerme que la satisfarás, no en todo lo que te pida, porque con ella hay que ser duro o pensará que estamos en sus manos y nos estrujará hasta dejarnos sin un solo espermatozoide.

-¿Por qué está aquí?

-Es una larga historia que ya te contaré otro día. Ahora andamos escasos de tiempo.

-¿Solo yo sé de la existencia de la cabaña?

-Saber, saber…solo nosotros dos, aunque he traído aquí a algunos de mis ligues, siempre ha sido con la condición de que se dejaran vendar los ojos y se tomaran un somnífero. He procurado escoger a las más delgadas porque las he tenido que traer hasta aquí a hombros. Claro que a veces el chico del almacén me ha prestado una carretilla motorizada, de esas que usan para colocar las cosas en las estanterías. Aunque es complicado atravesar el bosque con ella he descubierto un camino de tierra que llega cerca de aquí, aunque hay que dar un gran rodeo. Cuando puedo disponer de ella no me importa el peso de la mujer, la vendo los ojos, la doy un somnífero y la traigo hasta aquí. Lo pasamos divinamente hasta que nos cansamos y luego la vuelvo a vendar y a dormir. Ninguna sabe que se trata de una cabaña en el bosque, creen que es un apartamento secreto que yo he conseguido con mis trapicheos y que quiero mantener en secreto para que nadie más pueda usarlo.

-¿Quieres decirme que a veces las traes hasta aquí en una carretilla mecánica? No puedo creerlo.

-Es cierto y cuando quieras traer aquí a alguno de tus ligues te aconsejo que hagas lo mismo o el secreto dejará de serlo y tendrá graves consecuencias. Si quieres la carretilla deberás comentármelo con antelación y te acompañaré por el camino de tierra.

-¿Y no podemos decírselo a nadie, aunque sea de confianza?

-Si es de confianza, de absoluta confianza… Yo estuve a punto de decírselo a Kathy pero justo entonces rompió conmigo…Seguro que antes o después ella te asaltará y no podrás resistirte…

-¿Por qué dices eso? Reconozco que Kathy es una preciosidad, pero a cualquier mujer se le puede decir que no.
– A Kathy no. Ya lo sabrás por ti mismo.

-¿Qué tengo que saber por mí mismo?

-Cuando te suceda comprenderás que no quiero hablar de ello ahora. Si luego quieres traerla aquí no me parecerá mal, aunque sí me gustaría que me lo dijeras antes.

-Si decido hacerlo no lo haré en carretilla. Puedes estar seguro.

-Ni falta que hace. Kathy es de fiar. Incluso me gustaría que como quien no quiere la cosa, le comentaras de la posibilidad de fugarnos. Su ayuda nos sería imprescindible.

Me asombró la forma en que Jimmy hablaba de Kathy. ¿Tanto le había cambiado el paseo por el bosque? ¿O acaso estaba tramando algo? O puede que la explicación fuera más sencilla. Solo conocía al Pecas desde la mañana. Tal vez tuviera doble personalidad o su patología fuera aún más rara de lo que yo había imaginado. Fuera como fuera, para mí lo importante era la cabaña y los planes de fuga de Jimmy. Quería salir de Crazyworld cuanto antes, incluso aunque no me hubiera curado de la amnesia. Aquel mundo delirante me estaba crispando los nervios. Aquel chiflado estuvo buscando algo en un armario cerrado con llave, que abrió con una de su numeroso llavero. Colocó una cinta de video y le dio al play.
-Perdona que insista pero me gustaría que tuvieras muy claro que aquí no puedes traer a todos tus ligues, pronto sabría de esta cabaña hasta el gato. -¿Hay gatos en Crazyworld?

Estaba bromeando, pero Jimmy no lo vio así. Aquel maldito lugar no dejaría de sorprenderme ni aunque tuviera que vivir allí un año. ¡Dios no lo quisiera!

-Gatos, perros, caballos, gallinas…Ya te enseñaré también la granja. Aquí hay mucho que ver y solo llevas un día. Tómatelo con calma. Seguro que le caes muy buen a Don Pascuale.

-¿Don Pascuale?

-Sí es un gato. Le llamo así por su porte majestuoso y su pinta de macho mafioso que lo mismo persigue a las gatas que se restriega contra las piernas de las señoras. Es un gato muy rijoso. Solo por eso ya me caería simpático, pero es que además es muy listo y no sé por qué razón le he caído bien. No suelo gustar a los animales.

Me centré en el monitor. La grabación correspondía a uno de los dormitorios de la cabaña. Entró un tipo alto, maduro, vestido de cazador, impecable, con botas militares y uniforme verde. A su lado una rubia opulenta, con voz de pito se tronchaba de risa por algo que le había dicho el hombre. Se magrearon un poco y comenzaron a desnudarse, sin mucha prisa.

-Nuestro millonario era un “voyeur” compulsivo. Al principio creí que se trataba solo de eso. Que traía aquí a sus amigos para verles follar, pero luego encontré escondidas algunas cintas en las que él mismo aparece con todo tipo de mujeres. Además de “voyeur” también era fetichista, como verás en estas cintas. Se pasa horas muertas acariciando zapatos de tacón, braguitas, sujetadores y toda clase de prendas femeninas. Le gusta quedarse con ella a escondidas de sus amantes. Eso parece que le produce aún más placer. Aún así no es mal amante, a juzgar por las cintas en las que aparece en plena faena. Comparadas sus grabaciones con las de sus amigos y demás personal que acudía aquí para sus orgías, son muy pocas. Imagino que se pasaba la mayor parte del tiempo aquí, espiando a todo el mundo. Hay mucho material. Está en esos armaritos que se apoyan contra las paredes y las cintas más divertidas las guarda en una caja fuerte, disimulada tras uno de los armarios. Ya te la enseñaré cuando vengamos con más tiempo.

-¿Crees que se las dejó adrede? ¿Viene por aquí de vez en cuando?

-No entiendo cómo decidió dejar esta cabaña tal como estaba cuando Crazyworld comenzó a funcionar. A lo mejor nunca imaginó que alguien pudiera encontrarla. No sé si viene alguna vez por aquí, aunque nunca encuentro signos de que alguien, aparte de mí, esté visitando la cabaña. Y en cuanto a las cintas seguro que hizo copias. Esta cabaña es uno de los enigmas de Crazyworld que aún no he conseguido desentrañar del todo. Si el millonario está tan loco como pienso nunca destruirá este lugar. Es su refugio si alguna vez estalla una guerra nuclear. Tiene almacenada suficiente comida y con estas cintas se podría entretener durante algunos años.

-¿Cuándo me vas a enseñar el bunker?

-Luego, no seas impaciente. Esto es lo más divertido de la cabaña.

Jimmy paró la cinta y colocó otra, justo cuando empezaba a ponerse interesante la escena del millonario y la rubia.

-Este es Robert y una de sus amiguitas.

-¿Estás seguro de que sólo tú conoces este lugar y de que nadie lo ha utilizado antes o lo está haciendo ahora?

-No puedo asegurarlo al cien por cien, porque aún no he conseguido ver todas las cintas. Paso mucho tiempo aquí, pero el material es muy numeroso y de vez en cuando descubro algún nuevo escondite. Antes de descubrir el bunker sentí la tentación de invitar a algunos para chantajearles. Luego me lo pensé mejor. Este es un refugio demasiado valioso para compartirlo con personas en las que no puedes confiar. Sé que contigo me estoy arriesgando, pero me caíste bien desde el principio y estoy convencido de que eres alguien en quien se puede confiar de forma absoluta.