Categoría: CRAZYWORLD

CRAZYWORLD XXVIII


MI PRIMERA NOCHE CON KATHY VII

“Al principio nadie les creyó, pensaron que estaban “fumaos”, que tenían alucinaciones, que la droga les había llevado por caminos inexplorados. Pero eso no podía durar mucho, y yo lo sabía, antes o después sufriría las consecuencias, incapaz de renunciar a lo que la vida me ofrecía, tal vez como compensación a tanto sufrimiento. A pesar de mi juventud los avatares de la vida me han hecho sabia, sé muy bien que todo el mundo piensa que ha sufrido más que los demás y se merece mayores premios y otorgados con mayor rapidez. El abandono de mi padre, la triste vida que llevaba mi madre y que me obligaba a compartir, lo quisiera o no, las frustraciones de una niña imaginativa y de una adolescente deseosa de agradar, me hacían pensar que yo me merecía mayores premios que los demás y aquella monstruosidad que volteaba mi vida, erizándola de dificultades, también me ofrecía una fantástica compensación a la que yo no podía ni quería renunciar.

“Los rumores se fueron extendiendo y agrandando, manifestándose en todo tipo de miraditas malvadas, risitas despreciativas, cuchicheos repugnantes y una marginación tan injusta como ostensible. A pesar de ellos los chicos, machitos por naturaleza, no cesaban de aproximarse cuando nadie podía verles. Entre risitas y balbuceos avergonzados se ofrecían para darme placer. Algunos, más machos que otros y más bestiales, auténticos psicópatas, me acechaban constantemente, buscando que estuviera sola en un lugar apropiado, entonces se acercaban, solos, o bien, con más frecuencia, en parejas o grupos, con una ridícula mirada asesina en los ojos y una sonrisita que pretendían malvada en la boca, pero que solo llegaba a estúpida y bobalicona. Pensaban que su poder de machos me convertía en presa fácil, lo que no podían ni imaginar es que yo tuviera un arma que acabaría con ellos en una noche y que lo que pretendían hacerme era precisamente la trampa de conejos en la que siempre caían los cazadores. Luego se debatían entre marcharse lo más lejos posible o dejarse atrapar en una adicción que acabaría con sus vidas antes o después.

Mi madre acabó tomando cartas en el asunto. Me puso en manos del pastor, éste en las de la comunidad y ésta me encerró en una finca vallada y electrificada, en un lugar desconocido, y que utilizaban como reformatorio para chicos malos. Por suerte no estuve allí mucho tiempo porque el pastor conocía a un doctor especializado en toda clase de perrerías médicas para convertir en buenos a los chicos malos por naturaleza. Fui traslada en una furgoneta con barrotes y vigilada a la clínica de aquel doctorcito, a muchos kilómetros de distancia. Allí tampoco duré mucho, porque el doctor y sus ayudantes fueron pan comido para mí y en menos de una semana ya comían en mi mano. Por desgracia el truco empleado para conseguirlo hizo que el doctor se pusiera en contacto con un viejo compañero de universidad, un tal John, a quien todos llamaban Cabezaprivilegiada, no sé si en tono de burla o de admiración. Éste sintió de inmediato una curiosidad demoniaca por conocer a aquel portento de la naturaleza que era yo. Me trasladaron de nuevo, esta vez aún más lejos y a una clínica supermoderna y con unas medidas de seguridad a prueba de portentos.

Al principio fui dócil como una corderita, esperanzada en que aquellas lumbreras embatadas y serias encontraran el remedio para aquel paraíso infernal o aquel infierno paradisiaco, para aquella manzana envenenada del Edén a la que estaba dispuesta a renunciar de mil amores. Durante semanas y semanas me llevaron de acá para allá, me subieron y bajaron, me encerraron dentro de toda clase de artilugios médicos conocidos y algunos inventados por aquella cabecita puritana, perversa y demoniaca a quien todos sus ayudantes llamaban John CP, por lo de Cabezaprivilegiada. No dejaron parte de mi cuerpo por estudiar, todos los órganos internos y cada poro de mi piel, pero no encontraron la piedra filosofal que había transmutado mi cuerpo en una poderosa máquina del placer, capaz de convertir a cualquier macho en un bóvido babeante, en una infernal máquina que podía matar entre gemiditos de placer al más peligroso asesino en serie.

Con el tiempo comprendí que ni Cabezaprivilegiada ni sus lumbreras llegarían nunca a encontrar el remedio, por lo que me dediqué a seducirles y atontarles prometiéndoles una experiencia inolvidable. No fue sencillo, John les había escogido buscando no solo sus conocimientos y cabecitas privilegiadas, sino también un puritanismo religioso que habría acabado trayendo el apocalipsis antes que una verbena de misiles intercontinentales. Cada seducción era un largo y fino encaje de bolillos. Lo que acabó perdiendo a todos fue su demoniaca curiosidad, superior incluso a su puritanismo. A todos menos a John, aquel larguirucho abuelete, se resistió como si yo fuera una Satanasa, limitándose a cambiar a sus ayudantes conforme eran descubiertos en pecado.

Incluso llegó a utilizarlos para hacer acopio de la sustancia que destilaba mi clítoris hinchado en plena excitación. No sé cómo lo hizo pero cantidades ingentes de esa sustancia pasaron a los sofisticados laboratorios de aquella institución y comenzaron una serie inagotable de experimentos. Me sorprendió que el puritanismo de John Cabezaprivilegiada no le impidiera aquellas añagazas propias de un malvado redomado sin la menor ética ni moral, pero luego comprendería que aquel puritano había caído en la tentación más sutil de Satanás, en el maquiavélico concepto de que el fin justifica los medios y todo se convierte en bueno si el fin lo es. Aceptaba los cuantiosos donativos de un millonario más loco que un cencerro en el cuello de una vaca loca y más lujurioso que si hubiera comido plátanos empapados en la sustancia de mi berenjena.

Con el tiempo descubriría que aquel millonario no solo estaba loco y se había entregado a la lujuria como la única meta de su vida, sino que además era un astuto malvado, un canalla sin escrúpulos que para deshacerse de un hijo o una hija, no lo sé muy bien, que le había salido rana, enfermo mental o loco o simplemente rebelde, había decidido convertir su finca de caza y refocile, tan extensa como un Estado, en una prisión de por vida para familiares de millonarios locos. Poco imaginaba yo entonces que acabaría también en Crazyworld, el mayor y más sofisticado complejo carcelario para millonarios locos, eso sí, una prisión de cinco estrellas, porque uno no se imagina a un millonario viviendo en otro sitio que no sea el non plus ultra del lujo y la sofisticación.

Aquello se convirtió en una cárcel insufrible para mí y decidí fugarme a cualquier precio, pero no iba a ser fácil. No querían soltarme, creyendo que yo era su gallina de los huevos de oro. No parecían poner mucho empeño en solucionar mi problema, que yo había tratado de hacerles ver como una enfermedad, de las raras, de las muy raras, pero enfermedad al fin y al cabo. En cambio tenían los laboratorios trabajando noche y día, aparcados los restantes experimentos que estaban llevando a cabo antes de que yo apareciera por allí, buscando la fórmula mágica de convertir mis fluidos en el mayor afrodisiaco de la historia, una auténtica revolución en el negocio del sexo… pero solo para hombres, claro, porque todos sus experimentos iban dirigidos a lograr comercializar el producto, haciéndolo estable en forma de pastillas, pomadas, lo que fuera, para transformar a los machos del país, del mundo, en auténticas máquinas de follar. Como pude apreciar, escuchando alguna de sus conversaciones a escondidas, ni siquiera se planteaban crear un producto igualitario, también para mujeres, que tenemos el mismo derecho que los hombres, o más, para disfrutar de la sexualidad que nos ha dado la naturaleza a todos. Creo que en esto tenía la mayor parte de culpa el millonario Arkadín, que se dejaba caer por allí con mucha frecuencia desde que mi adorable presencia “adornaba” aquellas frías instalaciones, tal como él le decía al profesor. El pensaba que lo prioritario era lograr un afrodisiaco, estable y potente, para hombres, con lo que tendrían un gran mercado, suficiente para que él y sus socios y todos los locos científicos de aquel laboratorio se hicieran más ricos que Midas. Luego verían si el afrodisiaco para mujeres lograba ser tan estable y potente, si les compensaba sacarlo al mercado, a la vista de los estudios que se harían sobre los posibles cambios en las relaciones entre hombres y mujeres y las consecuencias en la vida familiar, sopesando entonces si las ganancias de la apertura del mercado femenino para el afrodisiaco compensarían las posibles consecuencias nefastas en la histórica prepotencia del macho en las relaciones de pareja y familiares. No creo que esto hubiera llegado a influir decisivamente en su decisión si la distribución del fármaco entre mujeres hubiera aportado cuantiosas ganancias a sus cuentas corrientes. Por desgracia para ellos y por suerte para mí y todas las mujeres del mundo, ni siquiera la cabeza privilegiada de John lograba estabilizar aquel endiablado compuesto, tal como lo denominaba el profesor, que a pesar de sus esfuerzos no era más que agua con colorantes a la hora de excitar la libido de las cobayas humanas que se ofrecían voluntarias con una sonrisita de machos estúpidos en la comisura de sus asquerosas bocas. Pero mientras tanto el millonario Arkadín buscaba, para sí y sus perversos amigos, una experiencia sexual inimaginable por la que estaban dispuestos a pagar buena parte de su fortuna. Yo era su conejillo de laboratorio, su indefensa presa. Poco podían imaginar que la indefensa cervatilla, como me calificaba Arkadín, terminaría convirtiéndole en un esclavo babeante. Su venganza, que no mis supuestos trastornos mentales o el dinero de mi madre, que era muy poco, acabarían encerrándome en esta prisión, junto con todas estas pobres criaturitas de Dios que has conocido en tu primer día en el infierno, que no tienen otra culpa que padecer algún tipo de trastorno de la personalidad y haber nacido en familias millonarias que no dudaron a la hora de quitarse de encima el problema que para ellos suponían, encerrándoles en esta maldita jaula de oro, en la que tú también has caído, pobre amigo, cegado por el destino que a todos nos pierde, a unos mejor que a otros.

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CRAZYWORLD XXVII


MI PRIMERA NOCHE CON CATHY VI

Catwoman, con la toalla enroscada como la piel de una serpiente, se deslizó hacia la mesita de noche y tanteó en la lamparita, luego observó con detenimiento la lámpara del techo que yo había tapado siguiendo instrucciones de Jimmy El Pecas, lo mismo que había anulado también el micrófono que aquel me había señalado. Kathy parecía un tanto paranoica, aunque seguramente tendría muchos más motivos que yo, que apenas había superado las veinticuatro horas en aquel endemoniado lugar, un tiempo tan intenso que bien podría valer por un año, o casi.

Al fin pareció quedar satisfecha y tomando unos cojines de la silla de las visitas se colocó cómodamente en el extremo de la cama más cercano a la ventana por donde había irrumpido violentamente en mi vida onírica. Yo doblé la almohada y busqué la posición más relajante posible, lo más alejado posible de aquel cuerpo embrujado. No me apercibí de que si Kathy había tenido el detalle de cubrir su desnudez para que no me sintiera tentado a probar de nuevo la manzana del bien y del mal, yo en cambio permanecía en traje de Adán sin caer en la cuenta de que las mujeres no son de piedra y sufren tentaciones lo mismo que nosotros, otra cosa es que caigan en ellas o no, que ahí cada cual es libre de buscar el placer, de rebelarse contra las imposiciones de una sociedad ñoña o de permanecer alejado de lo único que tal vez pudiera hacer aceptable la vida si fuéramos menos estúpidos. Y me doy cuenta de que hablo como un viejo vividor, cuando en realidad soy muy joven y encima no me acuerdo de nada o de casi nada, pero es ley de vida el que todos se atrevan a hablar de aquello que precisamente más desconocen.

-La historia es muy larga, cariñito, por lo que voy a contarte lo esencial, ya rellenaremos los huecos en otras ocasiones, porque tú me vas a deber mucho cuando te cuente esta lacrimógena historia que ha sido mi vida.

Estuve tentando de preguntar como cuánto la debería, por si fuera conveniente pensármelo dos veces, pero me sentía tan intrigado por aquel extraño fenómeno que portaba entre sus piernas que decidí dejarla hablar todo lo que quisiera, sin intervenir, no fuera que se le olvidara algo importante.

-Todo comenzó con mi primera regla, de la que mamá no me había hablado y tampoco lo hizo después. Era una mujer muy hermosa, pero tan beata –pertenecía a los Adventistas del séptimo día- que nunca me habló de nada que pudiera interesarme. Mi papá nos había abandonado años antes, tantos que apenas conservaba recuerdo alguno que mereciera la pena de él. No debió ser tan malo porque me dejó un fideicomiso para ser administrado por mi madre hasta la mayoría de edad. De éste y de los perfumes y productos estéticos que fabricaba mi madre en el garaje y luego vendía por las casas vivíamos y no muy mal. Mi mamá era química, había estudiado en Harvard, pero renunció a una carrera prometedora para cuidar de la familia, conforme a las directrices religiosas que recibía del pastor de la iglesia que visitábamos mucho más de lo que yo podía soportar. Un error que cometen muchas mujeres que creen demasiado en los hombres, en la sociedad y en los pastores adventistas.

“Cuando comencé a sangrar me llevé tal susto que nunca fui capaz de perdonar a mamá el ocultarme los datos esenciales de la biología femenina. Fue una regla torrencial y tan dolorosa que tuve que permanecer un mes en cama, penando que me moría y sin acabar de hacerlo, algo que me hubiera aliviado mucho. Mamá se limitó a traerme cajas y cajas de compresas, de tampones, de toallitas absorbentes y algunos tubos de pastillas para calmar mis intensos dolores. Cuando al fin logré recuperarme me reintegré a los estudios intentando disimular el gran bulto que llevaba entre las piernas, así como los tampones y compresas de mi mochila. Busqué a la compañera con más fama de atrevida y locuela y así pude enterarme de que no me iba a morir de momento, que aquello se llamaba regla, que lo teníamos todas las mujeres al llegar a una determinada edad y que se agotaba en algún momento de nuestras vidas, demasiado tarde, pienso yo.

“La segunda regla fue igualmente torrencial y dolorosa, hasta el punto de que mi madre se asustó mucho, y tras consultar con el pastor decidió llevarme a su ginecólogo, un viejo gruñón, acostumbrado a no examinar a sus pacientes en la forma habitual y a deducir lo que les pasaba por lo que ellas le contaban entre balbuceos. Cuando mi madre, ruborizada hasta la insolencia, le habló de mi problema, el viejo gruñón se rascó la barba y por primera vez en su carrera profesional tuvo el valor de mandarla a la farmacia más cercana mientras él me examinaba a consciencia y sin miedo a palpar. Con el tiempo descubriría que había heredado la belleza de mamá, superándola con creces y tal vez el encanto de papá, un empresario emprendedor que se las sabía todas y así es difícil resistirse a intentar hacer pasar por tontos a los demás. Todos los hombres que conocería de allí en adelante se hacían pasar por ginecólogos e intentaban palparme y auscultar mis zonas íntimas como si se creyeran capaces de curarme de aquel castigo divino, como no cesaba de pregonar mi mamá.

“Por suerte aquel viejo gruñón era un gran profesional, aunque su pacata clientela no le hubiera permitido demostrarlo hasta entonces, y tras un cuidadoso examen a palpo, los correspondientes análisis y todas las pruebas que fueron necesarias, que fueron muchas, creyó descubrir una malformación genética en mis órganos sexuales, vagina, trompas de Falopio y adyacentes, así como toda una serie de problemas hormonales desconocidos. Le dijo a mi madre que aquello le superaba y le recomendó nuevas pruebas con otros grandes profesionales, amigos suyos. Como mi madre renunciara a ello, bien aconsejada por el pastor, el viejo gruñón solo se comprometió a intentar contener mis reglas hasta un punto aceptable y a disminuir mis dolores y tormentos hasta el extremo de permitirme sufrir solo una semana al mes. Algo que le agradecí de corazón, como quien solo puede comer puré porque su dentadura es una mierda.

“Así fui creciendo, entre tormento y tormento, hasta que para mi desgracia los chicos comenzaron a fijarse en mis pechos y las chicas, malvadas y envidiosas, no cesaron de susurrarme lo bien que lo pasaban con los chicos en lugares escondidos, y lo que me estaba perdiendo y que no iba a recuperar nunca. Debido a mi desgracia o al castigo divino, como decía el pastor, solo pensaba en esa zona de mi cuerpo para intentar olvidarla, antes de que la maldita regla me la recordara todos los meses. No encontraba nada interesante en ella y había procurado hacer como que esa parte de mi cuerpo, desde el ombligo a las rodillas, fuera invisible. Pero la curiosidad mató al gato y la manzana perdió a Eva, como decía el pastor.

“No pude resistirme cuando el guaperas de la clase me pidió que le acompañara al cine y de allí a un lugar boscoso y oculto, en su coche, donde me besó hasta atragantarme, lo que me gustó un poco, y luego metió mano abajo, lo que no me gustó nada, por lo que se vio precisado a explicármelo todo, de “pé a pá”, visto que yo parecía una pazguata. Debí de gustarle mucho para que no me dejara allí tirada, en medio del salvaje bosque, como una caperucita despreciada por el lobo. Todo me resultó repugnante, molesto, asqueroso y me faltan adjetivos, hasta que el chico perdió los nervios, se bajó los pantalones, enseñándome lo que los hombres tenían entre las piernas y que yo desconocía hasta ese momento, y sin más ni más me penetró como el bruto que era. No me dio tiempo a reflexionar sobre el órgano sexual masculino ni la suerte que tenían los malditos hombres de no tener regla y de todas sus ventajas, excepto la de tener que portar al exterior un saco con dos bolitas o bolazas y una manguera o manguerita, algo que me pareció en extremo molesto, aunque no tanto como para que pudiera compensarme del sufrimiento de aquella regla demoniaca diseñada por un machista asqueroso a quien hubiera castrado sin pensármelo dos veces.

“Y fue entonces cuando descubrí que el castigo divino era mucho mayor que el que yo había imaginado, a pesar de mis faltas y pecados, que no eran tantos como pensaba el pastor. Porque al dolor de una penetración tan brutal se añadió un fenómeno extraño que no supe entender y que me dejó tan avergonzada, como sorprendida y horrorizada. Un bultito, que yo no había percibido hasta entonces, comenzó a hincharse conforme aquel bruto entraba y salía y se restregaba contra mis labios. Lo que hasta entonces había sido puro sufrimiento se fue transformando en un placer desconocido y tan agradable que me olvidé de todo, incluso de la posibilidad de quedar embarazada, algo de lo que me habían prevenido mis amables compañeras. No pensé en mi mala suerte y en lo que podía depararme el futuro, me concentré en aquel gustito que iba creciendo al tiempo que lo hacía el bultito, que parecía rezumara alguna sustancia desconocida que estaba volviendo loco a un chico tan amable y simpático y encima el guaperas del cole. Había perdido por completo el control y no dejaba de jadear, de quejarse, de gritar, como si le dolieran los testículos tanto como si se los estuviera aplastando una apisonadora. Cuando lo que luego con el tiempo sabría que era mi clítoris, hubo crecido tanto que el amable chaval se las veía y deseaba para penetrarme, se dejó caer sobre mí y se desmayó, sin más. Yo había alcanzado un estado tan placentero que me quejaba como si sufriera mucho, pero en realidad estaba gozando como nunca pude imaginar que se pudiera gozar. Aquello por lo visto, luego me enteraría, era un orgasmo, pero no solo uno, sino múltiple, o varios entrelazados. Nunca perdonaría a mamá que me hubiera ocultado aquello, tal vez lo de la regla se lo hubiera podido perdonar con el tiempo, pero aquello no.

“No sabía muy bien qué hacer, así que dejé que el chaval se despertara por sí mismo, y mientras yo me relamía un poco, incapaz de asumir que el castigo de mi regla pudiera tener semejante compensación. Cuando lo hizo, al cabo de un rato, me miró con ojos desorbitados por el terror. Intentó sacar lo que había metido, pero conforme pugnaba por evitar el obstáculo, el roce contra mi hinchado clítoris, mi berenjenita mágica, como bien dices tú, lo volvió a excitar tanto que volvió a cabalgar sin el menor control. Con el tiempo sabría que la retención del semen, el líquido seminal, y toda ese apestoso líquido de que os dotó la naturaleza para fecundar, con olor a pescado podrido, es muy doloroso, ni punto de comparación con una regla dolorosa, pero bastante. El pobre chico no debía de ser capaz de explotar e inseminarme y la excitación era tan grande y tan dolorosa que para mi vergüenza y sorpresa, el pobre comenzó a llorar a moco tendido mientras no dejaba de penetrarme como si le fuera en ello la vida, como si estuviera enterrado y fuera la única forma de abrirse camino hacia la superficie.

“ Me dio tanta pena que yo misma ayudé con mis manos para desbloquear la entrada de la cueva, sin mucho éxito. El chico gritaba, pedía socorro, se movía espasmódicamente, y yo ayudaba en lo posible porque todo el placer se me estaba diluyendo a la vista de las circunstancias. En una de aquellas acometidas su trasero movió la palanca de la caja de cambios y debió también de quitar el seguro de mano, porque el coche comenzó a moverse por una pequeña cuesta y a tomar velocidad hasta que repentinamente chocó con el tronco de un árbol y mi cariñoso amante rompió el parabrisas y salió disparado hacia la oscuridad de la noche. Yo me quedé allí, sentada, meditando sobre la desgracia que había caído sobre mí sin merecerlo, cuando las otras chicas podían disfrutar de lo que yo había descubierto era un orgasmo, tan ricamente, sin tantas dificultades y tropiezos.

“No sé qué fue de aquel pobrecillo, mi primer amante, porque cuando logré calmarme y salir del coche a buscarlo no lo encontré por parte alguna. Tampoco quise llamar a la policía o a emergencias desde la gasolinera a la que llegué caminando tras un buen rato de mover las piernas, porque medaba mucha vergüenza tener que contar lo sucedido. No volví a verle nunca más, porque no volvió a pisar el cole, se decía que la policía había descubierto su coche en el bosque, tras un aparatoso golpe contra un árbol, pero ni rastro del pobre, ni de su cuerpo, ni de su alma. Se le dio por desaparecido y le buscaron, pero nunca fue encontrado. Aquello supuso mi despertar definitivo a la dura y dramática vida, descubrí demasiadas cosas como para no pasarme meses reflexionando sobre ello. Bendije la suerte de que él hubiera desaparecido sin contárselo a nadie. Al cabo de un largo periodo de reflexión reanudé mi actividad sexual con mucha discreción, prudencia, prevención y con juramentos previos de mis amantes de que no se lo contarían a nadie, pero se lo contaron y de esta manera se inició el largo y duro camino que me traería hasta Crazyworld.

CRAZYWORLD XXVI


MI PRIMERA NOCHE CON KATHY V

Como soy amnésico no puedo recordar qué se siente al morir, pero sin duda debe ser algo parecido a lo que experimenté cuando el agotamiento brutal me hizo sufrir un fallo multiorgánico y perdí la consciencia de ser yo, de estar despierto y de percibir el latido del corazón, tan revolucionado como un fórmula uno en la recta final. Tampoco puedo saber el tiempo que permanecí en este estado catatónico porque si ya de por sí el tiempo es un misterio, cuando pierdes la consciencia y la recuperas lo mismo ha podido pasar un minuto, que un día, un año o un milenio, si el tiempo es el pensamiento en movimiento, si no piensas el tiempo no debería transcurrir, sin embargo esto no es así, porque en cuanto observas lo que ha cambiado en tu entorno te haces una idea cabal del tiempo transcurrido. Primero fue como una lluvia pertinaz sobre mi cara, luego un baño corporal refrigerante y espasmódico, y finalmente una ola de agua dulce que me golpeó el rostro como un tsunami, penetró por mi boca, bajó por mi tráquea e hizo que me sacudiera como un epiléptico, buscando un sorbo de aire con el ansia con que imagino que un zombi mordería la manzana de la vida, si esto existiera.

Abrí los ojos, cerré la boca y esperé a que el cuerpo dejara de sacudirse como una vara verde azotada por la tormenta. Entonces pude ver a una mujer enfundada en una toalla como en un preservativo, con una papelera entre sus pechos, con expresión preocupada que se fue aliviando hasta que su boca esbozó una sonrisa y luego estalló en carcajadas sincopadas. La sangre tardó en alcanzar mis neuronas, tras un largo viaje. Cuando al final las regó, como se riega un huerto en pleno desierto, con un chorro furioso e incontenible, pude recordar que aquella mujer era Kathy, o Catwoman sin su traje de superheroína, porque en el suelo, tras ella, aparecía desparramado su traje de gatita, de cuero, con costuras de goma, y unas prendas delicadas en color negro, que en un principio etiqueté de goma, aunque con posterioridad reflexioné que la ropa interior de goma no puede ser muy cómoda, en cambio sí lo serían si fueran de seda auténtica, transportada en camello por la ruta de la seda. Cuando mi memoria me representó la escena, la secuencia, la película pornográfica que habíamos vivido “in illo témpore” sentí un hormigueo por todo el cuerpo, una ola de calor impactante, una sensación como de sorpresa, como la que debió sentir Adán cuando Eva le propuso pecar y condenarse, probando el fruto oculto entre sus piernas, aunque luego fueran expulsados del paraíso y se sintieran desnudos por primera vez, aunque está claro que desnudos estaban y estuvieron desde el principio, porque no me imagino al propio dios confeccionando ropa sexista o encargándola a unos grandes almacenes.

Así me sentía yo, desnudo, agotado, porque por mucho tiempo que llevara inconsciente estaba claro que aún no me había recuperado. Las carcajadas de Kathy no contribuyeron a hacer que me sintiera mejor. ¿De qué se reía aquella tonta?

-Perdona, perdona, pero no he podido contenerme. Todos mis amantes quedan agotados la primera vez. Intentan que no se produzca una segunda, pero cuando sucede lo llevan mucho mejor, como cuando has entrenado concienzudamente para el maratón y no se te hace tan largo y agotador.

-¿Cuánto llevo así?

-Un buen rato. Me ha dado tiempo a ducharme con calma, a darme crema por todo el cuerpo, ha hacerme las uñas de manos y pies y luego he estado sentada un buen rato, observando tu tienda de campaña.

Me miré entre las piernas y casi me desmayo otra vez del susto. Porque mi pene-penito-pene seguía tan feliz, como si nada hubiera ocurrido.

-No te preocupes, esto no es como la via…, dentro de un rato todo volverá a ser como antes, los efectos no son permanentes, en cuanto se rompe el contacto con mi clítoris las sustancias dejan de absorberse por la piel y se agotan en el torrente sanguíneo.

-Hablas como una doctora. Me gustaría levantarme, si no te importa, pero preferiría mantener una discreta distancia entre nosotros, al menos de momento.

-Lo entiendo, a todos les sucede lo mismo, aunque tu caso ha sido un poco especial, por un momento creí que te había perdido para siempre, no conseguía despertarte, ni con una toalla empapada, ni salpicando agua desde la papelera, al final parece que cuando te arrojé toda el agua a la cara tuviste que despertar o te hubieras ahogado.

-Vaya, muchas gracias Kathy, por jugarte mi vida a cara o cruz.

-Jajá, serás tonto, solo un idiota como tú puede pensar que iba a meter el plátano en la batidora sin haberle sacado antes todo el partido.

-Pues anda, que tu berenjena mágica parece salida de las mil y una noches.

-¿Berenjena mágica? Jajá.

Había sido muy torpe al desvelar mis más ocultos pensamientos. Intenté ponerme en pie y rechacé su ayuda cuando hizo un gesto de aproximarse. Como pude me volteé, me puse a cuatro patas, flexioné brazos y piernas y me arrojé a la cama como un saltador de trampolín a la piscina. Ya en ella me sentí más recuperado y busqué el lado contrario.

-No tengas miedo, que no voy a poner a funcionar tan pronto mi berenjena mágica, como tú la llamas, necesitas reponerte, además la noche es larga y nos va a dar tiempo a todo.

Fue entonces cuando comprendí qué era lo que me estaba rechinando desde que recuperara la consciencia. El silencio absoluto, ominoso, en que parecía sumido Crazyworld.

-Oye, creo que me engañas, he debido de estar desmayado mucho más tiempo del que das a entender. ¿Cómo es posible que todo esté tan silencioso, cuando antes parecía el infierno de los monos aulladores?

-Esta vez han debido de actuar con mucha contundencia, empleando dardos narcóticos. La mayoría debe de estar encerrada en las celdas de aislamiento. Las paredes son acolchadas y están insonorizadas. Seguramente el doctor Sun les está visitando uno por uno, hipnotizándoles para que se calmen del todo, trabajará con ellos toda la noche, intentando encontrar su maldito subconsciente colectivo, y puede que mañana seamos muy pocos en el comedor.
-Es una suerte que ese loro, la señorita Ruth, me haya encerrado por fuera, no me gustaría estar ahora en las garras de Sun.

-¿Prefieres estar en las mías? Jajá.

-Sí, pero por favor, no te acerques mucho.

-No temas, hombre de poca fe, solo cuando tu miembro roza mi clítoris la berenjena se hincha, mientras tanto soy como una mujer perfectamente normal.

-Lo creo, pero por Dios, no te quites la toalla, espero poder contener mi libido un rato, hasta que me vaya recuperando. ¿Qué te parece si me cuentas un poco de tu vida? ¿Cómo descubriste que eras un fenómeno de la naturaleza?

CRAZYWORLD XXV


MI PRIMERA NOCHE CON KATHY IV

CRAZYWORLD

MI PRIMERA NOCHE CON KATHY IV

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Las dificultades de la penetración fueron para mí más un aliciente que un obstáculo. La conocida como postura del misionero parecía ser la mejor, aunque aquel impedimento que ella tenía entre sus muslos me obligó a tomarla de las piernas, subirla, bajarla, rotar mi pene como un tornillo torcido, buscando el perfecto acoplamiento con la tuerca, actuar con mucha suavidad a la hora de superar por algún hueco aquella berenjena palpitante que no dejaba de crecer conforme la excitación de Castwoman se intensificaba más y más, como la ululante sirena de la ambulancia crece en volumen conforme se acerca al lugar del accidente. Una vez en el interior, más espacioso, pude relajarme un poco de tanto retorcimiento y dejándome caer con mucha dulzura sobre el hermoso cuerpo de Kathy, me acoplé con fuerza, esperando que ningún movimiento brusco por su parte me obligara a iniciar de nuevo un camino tan resbaladizo como infranqueable. Su clítoris rezumaba en grandes cantidades una sustancia muy pegajosa que se adhería a mi pene y testículos como una babosa. Su frescor era reconfortante, teniendo en cuenta el calor que exhalaba mi bajo vientre, muy magullado, el dolor persistente e inquietante de mis testículos, forzados por la excitación “in crescendo” a producir más espermatozoides de los que seguramente había generado en toda su vida útil y sobre todo el posible despellejamiento de mi pene, que aunque no podía verlo, sí notaba la piel como frotada una y otra vez por piedra pómez. El glande acumulaba tanta sangre que de haberme capado en aquel instante hubiera muerto al perder toda la sangre de mi cuerpo “ipso facto”. Estaba tan dolorido que solo aquella excitación incomprensible e inaudita le permitía mantener la cabeza erguida, como un soldado de honor, que antes se dejara cortar la cabeza que arrodillarse.

 

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El olor que se desprendía de la berenjena de Kathy hubiera podido ser catalogado de apestoso, de no ser por sus efectos de pócima mágica. Intentaba cerrar mis conductos nasales porque bastaba una pizca de aquel perfume en mi pituitaria para sufrir una sacudida electromecánica en mis caderas que me obligaba a retroceder a toda prisa y luego a proyectar mi bajo vientre entre sus muslos, como una catapulta tensa hasta el límite a la que el soldado encargado hubiera cortado la cuerda con el filo de su cortante espada. El perfume rascaba mi pituitaria, haciéndome estornudar, y con cada estornudo mis caderas retrocedían bruscamente y luego se lanzaban hacia delante como la piedra de la catapulta. Con cada embestida la berenjena se comprimía y lanzaba un chorrito de líquido pegajoso y hasta tuve la sensación de que también proyectaba un gas que refrescaba mis muslos, el escroto, el pene, subiendo por mi bajo vientre hasta mi ombligo y de allí arrastrándose hasta la garganta que se encogía rítmicamente dejándome sin respiración a veces y luego obligándome a introducir el aire en grandes bocanadas. Junto con el frescor otra sustancia ignota estiraba la piel, abría los poros, tensaba todos los músculos, ablandaba toda carne y la estimulación resultaba tan completa y feroz que hasta los poros de la piel parecían desear abandonar su forma ginecea, vaginal, pistilar, receptiva, para transformarse en pequeños penecitos deseando crecer y penetrar, todos juntos, todos a la vez. Sentía crecer en mí infinidad de penes, todos ansiosos por apoderarse de la Venusberg para ellos solos. Aquella excitación me llevaba al paroxismo y penetraba y penetraba con el único pene que poseía y que ya estaba dentro y salía como un muelle roto. Toda mi preocupación consistía en que el retroceso no fuera total y fatal, para evitarme aquel doloroso y angustioso camino de tornillo torcido buscando la tuerca escondida.

Era imposible tomarse un respiro, las secreciones berenjenales tenían a mi sufrido cuerpo en pie de guerra a cada instante y conforme más penetraba y me sacudía en su interior, la excitación más y más aumentaba, hasta el punto de comenzar a sudar como en una sauna, a pesar del frescor de aquel supuesto gas que me subía hasta la garganta desde los muslos, todo mi cuerpo estaba húmedo y resbaladizo, mis músculos en tensión, mis ojos desorbitados, mi garganta oprimida de donde pugnaban por salir aullidos lobeznos, y mis caderas eran ya totalmente incontrolables, adoptando el ritmo marcado por aquella berenjena infernal que se comprimía para luego expandirse y arrojar más sustancia pegajosa, como un líquido seminal femenino, inextinguible, insaciable, adhiriéndose a la piel de mis muslos y de mi bajo vientre como un rebaño de babosillas buscando la sangre escondida en las venas ocultas. Y conforme el olor aumentaba, apestoso y delicioso al mismo tiempo, el coito se fue haciendo más y más feroz. Kathy chillaba como si la estuviera desollando, yo sudaba y resbalaba, sentía vértigo allá arriba, los ojos me daban vueltas, los oídos parecían haberse bloqueado porque solo podía percibir un persistente zumbido como de un moscardón metálico que ocultaba todo ruido del entorno que no fuera el chillido sopranil y percutiente del gemido de Catwoman, mis jadeos estentóreos y ese grito que pugnaba por salir y se bloqueaba una y otra vez ante la incapacidad de que mi pene explotara de una vez y todo lo que tuviera que salir, saliera como un misil húmedo y pegajoso. Porque la angustia de no ser capaz de eyacular me estaba poniendo frenético. Cada vez que el climas parecía haber llegado a la cúspide, que el miembro había engordado tanto que necesariamente era preciso que explotara, cuando sentía toda la sangre agolpándose en el glande, y los testículos bombeando litros y litros de semen que obligatoriamente deberían salir por el conducto o reventar, entonces la berenjena crecía un poco más, se comprimía un momento y luego arrojaba una nueva y más grande dosis mortífera.

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Quería explotar o morir y al mismo tiempo deseaba que todo aquel infierno de lujuria continuara hasta el fin de los tiempos. Kathy parecía desear lo mismo porque sus piernas se habían cerrado sobre mis caderas, como una tenaza, sus brazos me sujetaban por la espalda como dos cadenas y sus dedos se habían clavado en mi columna vertebral con la agudeza percutiente de las uñas de una gata. Su boca mordía mi pecho con los incisivos afilados de una gata en celo y la sangre resbalaba por mi espalda y por mi pecho, el dolor se unía al placer y ambos se juntaban en un éxtasis feroz que no podía saber cuánto tiempo llevaba estirándose, pero que estaba convencido de que acabaría explotando o saldría disparado como un misil, atravesando techo y tejado, hasta reventar en el aire, en plena estratosfera.

No soy capaz de imaginarme cuántos orgasmos había sufrido Catwoman desde que estábamos enlazados, pero el mío se hacía esperar tanto que mis caderas habían alcanzado el movimiento imperceptible de una cámara rápida al máximo. Por fin algo se rompió allá abajo, creí que mis testículos habían reventado como un pantano al máximo de su capacidad y un torrente de líquido seminal, espermatozoides frenéticos, pugnando por no ahogarse en aquella corriente rápida, infernal, que parecía moverse en cascadas saltarinas, buscando un desagüe, pugnando por ser el primero que fertilizara aquel óvulo extraterrestre que parecía bombear hacia dentro, como un agujero negro. El canal seminal fue incapaz de soportar tanta presión y arrojó todo a la vez hacia el agujerito del glande. El miembro, a punto de reventar, se estiró y estiró y se hinchó aún más, si eso fuera posible y de pronto cuando la primera oleada llegó al agujerito y salió comprimida a niveles cuánticos sentía que todo se rompía en mi interior, el bajo vientre, el alto vientre, el plexo solar, riñones, hígado, toda la parafernalia interna, el sistema circulatorio, respiratorio, los músculos, los tendones, los poros, el cuero cabelludo, las fosas nasales, la garganta, los pulmones, y por último el corazón, que de tanto bombear ya no sabía si la sangre entraba o salía. Mi garganta se desbloqueó de pronto y un grito horrísono, infernal, aullador, imparable llegó hasta mis oídos, los desbloqueó, los taladró y se junto a los aullidos de Kathy y a los del hombre lobo que a lo lejos parecía responder, celoso y envidioso, y al inexpresable sonido de aquella mujer de la que recordaba que ella me había hablado en algún momento de la noche. Al cuarteto operístico se unió el griterío de todos los pacientes de Crazyworld que parecían haberse puesto de acuerdo, junto a las carreras y maldiciones del personal que les perseguía, a los relojes de cuco que alguien, tal vez Jimmy, había puesto en funcionamiento, a la música que se desprendía de los altavoces, también posiblemente causada por El Pecas y a todo lo demás, que era indescifrable en aquella algarabía.

Cuando el torrente terminó de salir y yo de aullar, cuando la Venusberg de Kathy, bien regada, fue haciendo decrecer su clítoris-berenjena y me permitió intentar sacar mi tornillo torcido de la tuerca, comprendí que de no ser por aquel tumulto insufrible que se había formado los aullidos de Catwoman y los míos hubieran provocado algo aún peor. Me pregunté si Kathy lo habría organizado todo, si Jimmy habría colaborado, si esto era normal cuando mi vampira favorita estrenaba a un novato, si Crazyworld era el infierno y yo estaba muerto o era el paraíso para los malos que han sido un poco buenos y se han arrepentido, como era mi caso. Tuve tiempo de reflexionar largo y tendido porque estaba tan agotado que me dejé caer sobre el cuerpo acogedor de Kathy y ésta me dejó hacer hasta que mi peso le resultó insufrible. Entonces me volteó como pudo, me empujó con todas sus fuerzas y yo salí disparado, con tornillo y todo fuera de la cama, quedando espatarrado boca arriba. Lo que ella aprovechó para salir disparada hacia el servicio, cerrar la puerta por dentro y resollar durante largo rato, luego oí la ducha y luego nada más porque mis ojos se cerraron, mi cuerpo se hundió en el suelo y perdí la consciencia de estar entre los vivos.

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CRAZYWORLD XXIV


MI PRIMERA NOCHE CON KATHY III

MI PRIMERA NOCHE CON KATHY/ CONTINUACIÓN

Con el tiempo llegaría a saber muy bien que esa era una excelente señal. Cuanto más fría, más gélida, más caliente, más excitada, más cachonda estaba la gatita. Mi idea era otra. Una piel volcánica indicaba una cachonda suprema. Pero esa era solo una idea del subconsciente puesto que seguía amnésico perdido, no recordaba haber practicado sexo con ninguna mujer. Aunque el sueño podía indicar lo contrario. ¿Sería yo un auténtico gigoló? En cambio la piel volcánica en Kathy indicaba lo contrario, que no había ni pizca de cachondez en ella y que su cólera sorda podía salir al exterior en forma de iceberg impredecible, capaz de hundir cualquier Titanic. Eso lo llegaría a saber con el tiempo, pero ahora solo sabía que ella estaba helada y que parecía ser yo el candidato ideal para calentarla.

Me mordisqueó una oreja y bajó su mano gélida hasta mi carita asustada. Yo continuaba tan sorprendido que solo pude balbucear.

-¿Cómo…? ¿Cómo…?

-Vamos cariño. Eso te lo explicaré luego. Ahora dedícate a la faena.

Se escuchó otra vez el estremecedor aullido de lobo. Se me puso el vello de punta.

-No te asustes. Es solo ese payaso de Kurt. Cuando hay luna llena le da por dar aullidos. Es nuestro hombre lobo.

Mis manos se deslizaron a su culo y lo magrearon con deleite. Kathy se estrechó más contra mí cuerpo y gimió.

-Sigue, sigue. Pensé que nunca llegaría la noche para hacerte una visita. Eres un regalo del cielo. Un bomboncito delicioso.

Continué. Separándola un poco lamí su pezón izquierdo. Ella gimió y exhaló un gritito agradecido.

De pronto escuché de nuevo a la mujer. Parecía estar sufriendo un orgasmo tras otro. Me quedé pasmado.

-No hagas caso, bomboncito, es la estúpida de Mary, una histérica insufrible. En cuanto se monta un poco de jaleo se pone a chillar como si la estuvieran degollando. Luego sufre orgasmo tras orgasmo hasta acabar agotada de tanto chillar. La muy idiota es incapaz de dejar que la toque ningún macho. Se excita con el barullo y el jaleo. Ya le he dicho al subnormal de Jimmy que lse dedique a ella y deje de quejarse de sus periodos e abstinencia. Si consiguiera hacerla gozar una sola vez ella sería suya para siempre.¿Sabes que me respondió ese burro?

-No, Kathy, amor.

-Que era vieja y fea para él y que soltaba ventosidades. Eso es señal de que lo ha intentado y le ha tocado el culo alguna vez. Pero sigamos con lo nuestro. Y no me llames amor, ni gatita. Lo odio. Llámame puta y lo más obsceno que se te ocurra. Eso me pone cachonda.

¡Vaya! Todo en la vida tiene su contrapartida o su opuesto, el día y la noche, lo dulce y lo amargo. Kathy era un bomboncito dulce pero tenía su toque amargo, como estaba comprobando. Me temía que esa no iba a ser la única sorpresa y no lo fue, aunque no adelantemos acontecimientos.

Yo no era un hombre dispuesto a insultar a una mujer, a decirle grosería o incluso a maltratarla, aunque fuera en el acto del amor y porque ella me lo pidiera. Yo era un hombre sensible, dulce, un verdadero pastelito para una mujer. Eso no me iba. Tendría que hacer un esfuerzo desmesurado. De pronto me vino a la cabeza. ¿Qué sabía yo de cómo era realmente? Era un maldito amnésico. No recordaba nada. ¿Habría sido un gigoló? ¿Me las habría tenido que ver con mujeres masoquistas y actuado como un sádico?

Como Kathy insistiera en que yo reparara mi pecado al llamarla amor me vi obligado a soltarle un par de insultos que no quiero citar aquí y unos cuantas groserías sobre su sexo y su persona. A ella le gustó y se restregó contra mí, como una gatita mimosa.

Pude comprobar que cada vez estaba más fría, casi gélida. Eso no me impidió besarla con deleite, como a un polo de fresa. Mi mano hurgó en su entrepierna y acarició su sexo intentando insuflar calor a su congelada tartita de chocolate. Busqué su clítoris y lo manipulé un poco. No mucho, porque algo extraño estaba sucediendo. Me pareció más grande de lo habitual en estos casos. Aunque bien pensado ¡qué sabía yo de lo que era habitual en estos casos! Era como un jovencito virgen, aunque en mi subconsciente debía rendir una sabiduría que iba brotando de forma inconsciente.

Su clítoris estaba creciendo de forma desmesurada y empapándose de un liquidillo lubricante como una esponja, sumergida en la bañera. Estaba rezumando enormes gotas que se convirtieron pronto en un torrente. Un olor fuerte, intenso, acre, llegó a mi nariz. Eso me excitó mucho, sin yo pretenderlo, era como un cóctel de feromonas gatunas le fueran restregadas por el olfato del gato macho. Dejé el clítoris con un estremecimiento.

Kathy, que debía haberlo previsto, se echó a reír.

-No te asustes, bomboncito de licor, mi clítoris es un poco raro. Con la excitación crece y crece hasta transformarse en una berenjena. Eso es buena señal. Significa que me has puesto muy cachonda.

-¿Es eso normal?

-Tu deberías saberlo…Perdona. Olvidaba que eres amnésico. Pues no, no lo es. Me han visto un montón de especialistas que se han quedado pasmados. Me hicieron un montón de pruebas. Me dijeron que era un caso único, jeje. Es un poco molesto para el amante de turno. Cuando se convierte en una berenjena sale al exterior y obstruye la vagina. Por eso me gusta que la tengan pequeña, así tienen menos dificultades para penetrarme y me hacen menos daño.

Kathy echó mano a mi miembro que estaba en plena fase de excitación.

-Tú la tienes grande. Tendrás que andar con cuidado y seguir mis instrucciones.

No pude evitar echar mano a su entrepierna. El clítoris continuaba creciendo y asomándose al extremo. Lo acaricié un poco para hacerme con sus textura . Kathy, gimió y exhaló un gritito. El clítoris estaba muy resbaladizo, empapado. Busqué su raja. Era complicado hasta para un dedo penetrar con semejante obstáculo. Kathy chilló de placer y sus caderas dieron un bote. Llevé mi mano a la nariz, curioso. El olor era tan intenso que casi me desmayo. Me puso frenético, las hormonas parecían lo suficientemente fuertes como para tumbar a un elefante.

-Reconozco que es un poco molesto, pero tiene sus compensaciones. Yo disfruto un trescientos por cien más que una mujer normal. Eso me dijeron es la causa de que sea una ninfómana perdida, según ellos. Nadie puede resistirse a semejante placer. Es adictivo. Los hombres también disfrutan más, por lo visto mi clítoris es un almacén de hormonas, algunas desconocidas. Los machos se vuelven frenéticos y eso ayuda a prolongar la erección. El lado negativo es que penetrarme requiere cierta técnica y tiene sus dificultades.

No podía creerlo. Aquella mujer parecía una máquina sexual. No me sorprendía ya que fuera capaz de trepar como una gata hasta el tejado. Yo también lo haría para alcanzar un orgasmo múltiple y tan intenso. que me ponía el vello de punta con solo imaginarlo.

Kathy restregaba su clítoris que iba alcanzando el tamaño de una berenjena contra mi miembro y a cada restregón gemía, chillaba y se sacudía como un pelele. Yo estaba un poco asustado, pero decidí aprovechar y disfrutar de su cuerpo todo lo que pudiera.

Me centré en sus pechos, los mordisqueé, lamí sus pezones y me deleité con aquel manjar suave, prieto, delicioso. Entre los restregones y mi trabajo en sus pechos Kathy perdió el control y se puso a chillar como una energúmena.

Entonces el hombre lobo volvió a las andadas. Su aullido fue horrísono y lúgubre, como contagiado del frenesí de Kathy. Era para reírse pero no lo hice, muy ocupado en disfrutar de lo que prometía ser una noche memorable y el mejor momento de mi estancia en aquel frenopático infernal. Apenas habían transcurrido veinticuatro horas y ni siquiera podía estar seguro de que el próximo día no fuera el último de mi vida, o de que el chalado del doctor Sun no me encerrara en las celdas de aislamiento, como parecía haber hecho con todos aquella noche, exceptuándonos a mi gatita y a mí. Si todo iba bien –que casi nunca va bien, según la ley de Murphy que acababa de asaltar mi cabeza- mi estancia en Crazyworld prometía mucho, muchas mujeres hermosas dispuestas a darme cariño, mucho camino que recorrer en el tren del placer, pero algo así requería un complot de circunstancias favorables, y allí lo más fácil era que todo se aliara para hacerte la vida imposible, las cariñosas mujeres podrían sufrir un colapso mental y transformarse en mis torturadoras; John Smith, el asesino en serie, bien podría despertar de su letargo o del sueño eterno y hacer una carnicería en menos tiempo del que Kathy alcanzaba un orgasmo, o el Sr. Múltiple Personalidad bien podría sacar a pasear a todas sus personalidades a la vez convirtiendo a Crazyworld en la carrera de aquellos chalados en sus locos cacharros. Nada, que era mejor aprovechar lo que se me ofrecía esta noche que pensar en un futuro incierto. Más vale pájaro en mano que ciento volando. Eso pensaba, sin duda, mi gatita, quien se apoderó del mío como de un pastelito de nata y nueces, disfrutando de cada nuez y cada grano de nata. Dejé de hacerme preguntas sobre el clítoris de Kathy, la berenjena mágica, y de intentar imaginarme su triste historia, de elucubrar sobre aquel sorprendente fenómeno, único en los anales de la medicina, y me dejé llevar hacia el paraíso terrenal, entre las piernas de Catwoman, la Venusberg habitada por una dragona de fuego inextinguible.

CRAZYWORLD XXIII


MI PRIMERA NOCHE CON KATHY II

Pero me costó mucho dormirme. Un montón de imágenes pasaban raudas por mi cabeza. Por si eso fuera poco de pronto se oyó un formidable aullido de lobo. Uuuuuu Era impresionante. Claro que con aquella luna llena sanguinolenta todo era posible. Tardé en comprender que el aullido seguramente procedía de un paciente licántropo o que padeciera alguna rara enfermedad de la que yo nunca hubiera oído hablar. De nuevo fui consciente de mi amnesia, muy curiosa porque algunos conceptos o datos surgían de mi memoria con absoluta naturalidad, pero no podía engarzarlos en vivencias personales y cronológicas. ¿Por qué conocía algunos términos de ciertas enfermedades y otros no? Era un misterio. Me pregunté quién sería el hombre lobo, Jimmy no me había dicho nada, tendría que preguntárselo. Se oyeron voces, carreras, golpes en las puertas…. De pronto una mujer chilló como si la estuvieran degollando durante un minuto y luego al siguiente cambió, parecía estar sufriendo un orgasmo tan terrible que era lógico que sacara al exterior todo el placer que recibía. Me puse la almohada por encima, me tapé los oídos como pude e intenté relajarme. Creo que fue el agotamiento el que me durmió.

EL SUEÑO

Una habitación lujosa. Yo estoy en la cama, desnudo. Es solo una sensación, porque no puedo verme. Acabo de hacer el amor con una dama muy atractiva y exquisita. Ésta se levanta de la cama y se dirige al servicio. Puedo ver su culito con toda claridad. Prieto, hermoso, una joya. Desaparece en el retrete. De pronto sé que soy un gigoló y que aquella señora es una de mis muchas clientas. Mi patrona me está felicitando. Se parece a Joan Collins. Nos hemos acostado muchas veces, aunque no soy capaz de recordarlas todas. Un barullo de imágenes, mujeres desnudas, altas, bajas, feas, atractivas, gordas, delgadas… Todos gimen como en pleno orgasmo y me dicen: sigue…sigue… no te pares.

La mujer regresó del servicio y se quedó parada en el centro de la habitación, frente al lecho. Me levanté un poco en la cama y con las dos manos hice el gesto de enfocarla con una supuesta cámara que tuviera en mis manos y disparar. El rostro, dulce y suave, los pechos, firmes y agresivos, el pubis, un suave triángulo de rizado vello sedoso. Ella se rió.

-¿Te gustaría sacarme alguna foto?

-¡Oh sí, me gustaría conservar este momento para la posteridad!

De pronto estaba junto a la ventana, apretó un botón y la persiana estaba arriba. La luz esplendorosa del sol penetró en el cuarto.

-Ven, tengo un regalo para ti. ¿No te habrás olvidado de que hoy es tu cumpleaños?

-¿En serio? ¿Y cuántos cumplo?

-Jajá. No tienes remedio.

-En serio. No me acuerdo.

Las ropas volaron. Ella debió quitarlas de la cama, no sé cómo. Noté el miembro erecto. No recordaba tampoco haber hecho el amor con ella.

De pronto estuve en la ventana, mirando el exterior. Ella estaba a mi lado, acariciando mi sexo. La tomé por la cintura y mi mano se deslizó a su culo sin darme cuenta.

Algo pude ver, un deportivo rojo. ¿Era un Ferrari? Lo era. De pronto ella estaba en el centro de la habitación. Me ofreció unas llaves. Estaba desnuda. ¿De dónde las había sacado? No se había acercado al bolso.

-Vístete y pruébalo. Sin prisa. Necesito dormir unas horas. Cuando vuelvas despiértame. Como tú sabes.

Estaba en la acera. Vestido. Subí al coche, arranqué y salí disparado. En la ventana ella me hacía un gesto de despedida. ¿Cómo podía verla de espaldas? Atravesé ciudad como un cohete. El deportivo rugía como un león joven, a punto de lanzarse sobre su presa.

Salí a la autopista. Aceleré. Era una sensación extraña. Como si yo estuviera por encima del coche y éste no se moviera. Paisajes. Carreteras desconocidas. Se hizo de noche. Encendí las luces. Un bosque tupido. Una carretera estrecha. Me acordé de pronto de la mujer, esperando que yo la despertara. Me había olvidado de ella. Quise frenar, pero no encontraba el freno. Di un volantazo. El deportivo se me fue. Choqué brúscamente contra un árbol, la cabeza golpeó contra el volante. Sentí un sordo dolor. Quise salir del coche, pero estaba paralizado. Lo intenté una y otra vez. De pronto estuve en lo alto, levitando. Pude ver mi cuerpo, abajo, paralizado sobre el volante. Un charco de sangre salía de mi cabeza. Volé sobre las copas de los árboles. Pasé una cerca. Me encontré de pie, golpeando una puerta de cristal. Nadie me escuchaba. Golpeé con más fuerza una y otra vez… ¿Estaba muerto?

De pronto me desperté. No, no estaba muerto, y aquello no era el estado intermedio budista. Tardé en comprender que alguien golpeaba la ventana. ¿Cómo era posible? Un tercer piso y muy alto.

Escuché. Efectivamente, alguien golpeaba el cristal. Estaba despierto. El cristal retembló. Salté de la cama. Asustado. Abrí la ventana de golpe. ¿Quién estaba allí? ¿Catwoman?

Efectivamente. Una mujer enfundada en un traje ajustado de neopreno, como una buceadora. Una capucha ajustada a su cabeza. Un antifaz. Negro como la noche. Iluminada por la luna. Su mano izquierda se aferraba al alfeizar y la derecha al tubo de desague. No podía ver sus pies.

La mujer gritó.

-Ya era hora. Déjame entrar o acabaré esmochándome.

Instintivamente me puse a un lado. La mujer saltó al interior como una gata. Cayó en cuclillas. Se puso en pie y me miró.

-¿No me reconoces?

-No. No caigo. ¿Catwoman?

-Jajá.

Entonces me di cuenta de que estaba desnudo. Me apresuré a colocar mis manos sobre mis partes pudendas. Ella se rió con más ganas.

-Déjame ver lo que he venido a buscar.

Tardé en comprender. Con vergüenza aparté mis manos del sexo.

-¿Está desnudo mi nene? No me extraña. Se habrá llevado un buen susto.

-¿Cómo…? ¿Cómo…?

-¿Quieres decir cómo he trepado hasta aquí?

-Esa es solo una de mis habilidades. Las otras las conocerás en un instante.

-¿Cómo…? ¿Cómo es posible…?

-Durante un tiempo fui acróbata de circo.

Sabía que me estaba mintiendo, que me estaba tomando el pelo. ¿Aún continuaba soñando?

No. Catwoman caminó hacia mí y al llegar acarició mi sexo. Todo era muy real, ya lo creo. Aquello no podía ser un sueño.

-Vamos a la cama, cariño.

Me empujó. Me introduje en el lecho, bajo las sábanas, tapando mis vergüenzas. Ella se bajo la cremallera del traje, por delante y se quitó la capucha. Pude ver su rostro y su melena al viento. Era…era…era…

-¡Kathy! ¿Cómo…? ¿Cómo…?

-¿Cómo es posible? Ahora verás de lo que soy capaz.

Pude ver sus tetas balanceándose. Estaba desnuda bajo el traje. Se desprendió de él rápidamente. Pude ver su pubis, sus caderas, sus piernas, toda ella. Era realmente preciosa.

-A la luz de la luna no me verás muy bien. Enciende la lamparita.

Lo hice. Me quedé pasmado contemplándola. De pronto recordé el consejo de Jimmy. Sobre la mesita de noche había una toalla doblada, la desdoblé y la coloqué rápidamente sobre la lámpara. Salté de la cama y busqué en el baño. Encontré otra toalla. La puse sobre la lámpara del techo. Luego casi corriendo me acerqué a la mesita y hurgué bajo la toalla. Descubrí un artilugio en el soporte. Tanteé hasta encontrar el interruptor de que me había hablado el Pecas.

Me metí en la cama de un salto. Kathy permanecía de pie, desnuda, en el centro del cuarto, observando risueña mis movimientos.

-¿Qué haces?… ¡Ah, sí! Ese maldito pecoso te habrá hablado de las cámaras y el micrófono. No importa. El doctor Sun podría ver lo que vamos a hacer. No me importa. ¡Que rabie ese cabrón! Quita las toallas.

-No.

Negué al mismo tiempo con la cabeza.

Vale. Como quieras.

Se dirigió contoneándose y muy despacio hacia el lecho, dejando que yo la viera en toda su plenitud.

-¿Te gusta lo que ves?

-Mucho, muchísimo.

Balbuceé aturullado. ¿Sería el sueño un recuerdo de mi pasado? ¿En verdad era yo un gigoló que había terminado en aquel frenopático onírico, surrealista, por casualidades del destino? Entonces recordé mi imagen, que aún no había asimilado. Aquel amnésico que era yo poseía un hermoso cuerpo, ya lo creo. Muy alto, tal vez como un escolta de la NBA, cercano a los dos metros. Musculoso, músculo de gimnasio, piel suave de gigoló, de metrosexual con una estantería de potingues. Rostro duro como un Steve MacQueen de película acción después de haber recibido unos cuantos puñetazos, la nariz algo torcida y la cara como ligeramente hinchada. Toda una reinona de Hollywood. Casi me da la risa. Aún no me sentía vinculado a un cuerpo que desconocía, como si no fuera mío, lo mismo que mi carácter y mi pasado. Pero ahora al menos podía comprender un poco la sensación que estaba causando entre las bellezas de aquel espantable infierno dantesco. No era solo la suerte del novato, no, con un cuerpo como aquel uno podía permitirse guiñar un ojito a la mismísima Ava Gadner. No era extraño que Jimmy, El Pecas, se hubiera pegado a mí como una lapa. Alguna migaja recogería. ¡El muy ladino!

-Pues más te gustará cuando lo cates.

Alzó las ropas que me cubrían -yo me había introducido en el lecho de nuevo, a toda prisa, y tapado mis vergüenzas con toda la ropa a mi disposición- y sonrió como una Catwoman mortífera. Habría preferido un tiempecito para asimilar lo que me estaba pasando… que yo era en realidad un gigoló con un cuerpo espléndido, que el accidente se había producido al pasarme de rosca con un ferrari regalo de una clienta o de mi madame, o de quien fuera, que yo conocía muy bien a la mujer que seguiría esperándome, preocupada, que poco a poco iría recordando mi pasado y que éste parecía tan bueno que salir de allí volvía a ser mi prioridad. Pero antes, antes podría disfrutar de Kathy y de Alices y de Heather y de… Bueno, bueno, no solo el miembro estaba resucitando, también mi supuesta libido insaciable. Pero Catwoman, no me dejó. La también mortífera señorita Ruth tenía razón, Kathy encontraría el modo de acceder a mi dormitorio y de catarme como era debido, lo que no imaginaba es que sería vestida de Catwoman y trepando unos cuantos metros de pared desnuda. Esta mujer era toda una joya, e imprevisible como un rayo.

-Vaya veo que el nene está despertando. Je,je.

Y se introdujo rápidamente en el lecho, restregándose contra mi piel como una gatita mimosa. Noté su piel fría, casi gélida. ¿Tanto frío hacía fuera?

CRAZYWORLD XXII


MI PRIMERA NOCHE CON KATHY

Logré escaparme de Alice, pero no antes de que me pellizcara un bíceps. Semejantes muestras de cariño y de intimidad lograron que mis mejillas se incendiaran ligeramente. Menos mal que nadie nos había visto… Bueno, es un decir, porque sorprendí a Jimmy mirando con ojos golosos a la camarerita, escondido tras la puerta del salón, de la que asomaba su naricita pecosa. En cuanto estuve a su lado me susurró:

-Si me consigues a Alice habrás pagado parte de la deuda que tienes conmigo.

Me encogí de hombros.

-Haré lo que pueda.

Aquel pecosillo creía haberse transformado en mi gran acreedor. Iría viendo cómo me desenvolvía en Crazyworld, aquella jungla laberíntica, y luego decidiría sobre las supuestas deudas de Jimmy.

La cena transcurrió con cierta tranquilidad. Jimmy escogió la misma mesa, al lado de la cocina. Supuse que para lanzar pellizcos a Alice al pasar, aunque tuve la sensación de que J. era persona non grata. Todo el mundo parecía huirle, especialmente las mujeres. Me pregunté si hasta mi llegada no habría tenido que comer solo y si yo no sería el tonto caído del cielo para terminar con su soledad, la oreja paciente que escuchaba todas sus tonterías sin protestar y el instrumento, el puente, para llegar allí donde él ya no podría volver a llegar.

El menú fue excelente, como no podía ser menos tratándose de una residencia para millonarios. Una sopa de guisantes, seguida de pescado a la plancha y tarta de cerezas. Me pregunté si J. habría pensado en la posibilidad de colarse en la logística de transportes. Me parecía la forma mas obvia de huida, aunque si eso se me había ocurrido a mí también se le habría ocurrido a todo el mundo.

Aproveché para observar con más detenimiento a cada paciente. Si iba a pasar allí una temporadita, mejor saber con quién me tendría que gastar los cuartos y qué incidentes me depararía el futuro con aquel rebaño de gente rara, siendo muy suave en los calificativos.

Todo parecía tranquilo. Observé que algunos pacientes hablaban en voz alta consigo mismos. Otros charlaban animadamente con mis compañeros de mesa, como si estuvieran en un restaurante de lujo en lugar de un frenopático. Me pregunté qué clase de enfermedad padecería. Como J. estaba deseoso de charlar aproveché para hacerle preguntas.

-No te preocupes. En cuanto se nos presente la ocasión asaltaremos el despacho del doctor Sun y podrás ver las historias clínicas de todos.

-¿Cómo piensas hacerlo? ¿Es que le has mangado la llave?

-Tengo una llave maestra. Me la facilitó la señorita Ruth.

-No tienes remedio, Jimmy.

-Hay que buscarse la vida. Esto es una jungla. Ya lo comprobarás.

El tiempo se deslizó con normalidad hasta que el hombre de múltiple personalidad, un maduro espécimen, rayano en la obesidad y vestido de forma estrafalaria, como si se hubiera movido subrepticiamente de habitación en habitación, poniéndose una prenda aquí y otra allá, todas desconjuntadas, de diferentes tamaños y colores y hasta una especie de chal que posiblemente habría mangado en una habitación ocupada por un huésped femenino, se levantó de la mesa, con la sopa de guisantes resbalando de su barbilla y se contoneó como una auténtica mujer hasta llegar a nuestra mesa. Me miró con un remedo de picardía barata y me dijo.

-Joven, es usted muy atractivo. Estoy a su disposición esta noche para un buen polvo. ¿Podría pasar por mi habitación después de cenar?

Se quedó esperando respuesta. El Pecas se tronchaba de risa. Me dio un codazo y me susurró.

-Síguele la corriente o tendremos jaleo.

-Es usted una preciosidad. Cuente conmigo.

El Sr. Múltiple personalidad me lanzó un beso con la yema de los dedos y regresó a su mesa con un contoneo aún más pronunciado.

-Te has pasado un poco, pero has estado bien. La personalidad de Adelita llevaba mucho tiempo sin aflorar. Le debes gustar mucho.

-¿Adelita?

-Una mujer mexicana. Suele cantar a voz en grito aquello de si “Adelita, lala,lalala. Ya sabes. Hoy le ha dado por tirarte los tejos. Esto es nuevo.

Un plato salió volando estrellándose contra la pared. Nos sobresaltamos. Habíamos dejado de seguir el contoneo de Adelita. Antes de llegar a su mesa debió ocurrir algo porque la buena mujer estaba ante la mesa de una pareja madura, los brazos en jarras, contemplando de hito en hito hito al hombre. Este parecía realmente asustado. El plato de la sopa de guisantes parecía ser el suyo, lanzado con mano maestra por “Adelita”. Este se puso a chillar con una voz femenina tan aguada que algunas copas de vino estallaron en mil pedazos.

-No le consiento, caballero, que me mire así el culo. Una dama merece un mínimo de respeto.

-¿Quién es la pareja, Jimmy?

-El matrimonio Durán, esclavos de qué dirán, una pareja de mequetrefes muy ricos. Padecen una patología severa que el doctor Sun ha diagnosticado como “síndrome de personalidad falsamente empática”. SPFE. Se pasan el día pendientes de que nadie hable mal de ellos y cualquier mirada que les dirigen es interpretada de la peor manera posible. Adelita ha escogido muy mal. Los Durán se volverán insoportables durante una buena temporada.

Un celador musculoso, como salido de la nada, se abalanzó sobre Adelita. Intentó hacerle una llave para reducirla pero ésta se volvió como un puma hacia él y le redujo con enorme facilidad con una llave portentosa de muñeca.

-Mala suerte para Ronald, toro sentado, ha hecho surgir la personalidad de Huang Ching Ping, maestro en artes marciales. Ahora tendremos una bonita diversión -dijo y acomodó sus codos en la mesa, dispuesto a presenciar un espectáculo escalofriante-.

Lo fue. Comenzaron a brotar celadores de todas partes, como si lo hicieran de la tierra, que se lanzaron sobre Huang Ching Ping como si intentaran bloquear a un jugador de futbol americano. El maestro se libró de uno, de otro, el tercero impactó con su torso, derribándole. Ambos rodaron por el suelo. Varias meses volcaron. Se oyeron chillidos. Hubo estampidos. El comedor se volvió de pronto un ring de lucha libre. Los golpes y caídas eran tan exagerados y poco creíbles como en este tipo de lucha.

Los celadores lo habrían pasado muy mal de no haber aparecido la señorita Ruth con una especie de pistola de dardos. Disparó a quemarropa sobre el pecho de Huang Chin Ping y éste pronto estuvo roncando en el suelo. Los celadores se arrastraban por el suelo, humillados y quejicosos.

-Un cliente para el doctor Sun. Las celdas de aislamiento ya no estarán vacías.

La señorita Ruth enfundó la pistola y ordenó a Alice que hiciera regresar a los comensales. La tropa volvió a regañadientes pero nadie siguió con la cena, se habían desatado las patologías y aquello era un lío espantoso. El Pecas siguió troceando el pescado, llevándose bocaditos a la boca mientras observaba al personal y me iba contando las incidencias. Yo casi había terminado de comer. Me embutí de paso y deprisa el último trozo de pescado. Terminé el postre y me levanté.

-No puedo soportar esto. Te espero en el jardín.

-Tú te lo pierdes.

Salí de estampida y solo respiré aliviado cuando me encontré fuera del edificio. La noche había caído, una noche despejada, tranquila, con numerosas estrellas en el firmamento y una luna llena muy hermosa, como de hombre lobo, con un colorido como de sangre derramada. Busqué en mis ropas el tabaco. Necesitaba un pitillo. De pronto recordé que era amnésico. ¿Acaso era fumador antes de perder la memoria? Si era así sentía síndrome de abstinencia y ahora no tenía un pitillo a mano.

Se oyó una sirena estridente. En el edificio se escuchaban voces destempladas, ruidos como de platos que se rompían, carreras… A mi lado pasaron varios celadores en ropa de calle, sin duda fuera de servicio. Seguramente estarían en sus residencias, tan tranquilos, cuando oyeron la sirena de alarma. Eso deduje de aquel evento inesperado. Todo se fue calmando. Al cabo de media hora Crazyworld parecía un cementerio. J. no apareció. Me sentía tan cansado que decidí retirarme. Entré en el edifico. Estaba vacío, las luces apagadas. Encontré como pude las escaleras. Subí un piso y otro hasta llegar al tercero. Encontré de nuevo mi cuarto. Cuando iba a abrir la puerta apareció la señorita Ruth, surgiendo de la oscuridad como un fantasma huesudo. Me dio susto de muerte.

-Hemos logrado reducir el motín, la mayoría está en las celdas de aislamiento. Tendré que cerrarte por fuera. Será una noche complicada joven. Intente dormir y olvídese de todo. Oiga lo que oiga permanezca quietecito y en silencio. Volveré a abrir la puerta por la mañana y sobre todo ni se le ocurra facilitarle las cosas a Kathy. Es de todo punto imprevisible lo que hará, más con esta locura que se ha desatado, pero puedes estar seguro que intentará acostarse contigo, no se le ha escapado un novato, paciente o del personal, desde que Crazyworld es Crazyworld. No tengo mucha confianza en que la puerta cerrada la detenga, pero tampoco es cuestión de darle todas las facilidades, dejar la puerta abierta y servirte en bandeja, joven. Lo dicho, intente dormir y si todo va bien mañana se sentirá como nuevo.

No supe qué decir. Entré en el cuarto encendí la luz y a mis espaldas escuché la llave en la cerradura. ¿Me estaba encerrando aquella vieja bruja? En otro momento me hubieran puesto a aporrear la puerta como un loco, pero estaba demasiado cansado. Había sido un día con tantas emociones que me desprendí de la ropa prestada, a manotazos, me quedé en pelota picada y me introduje entre las sábanas con un suspiro de alivio. ¡Al fín! ¡Uff, qué bien!