Autor: Slictik

Escritor aficionado. Subo mis textos a Internet con frecuencia en otras páginas y blogs. Coordino un taller de humor esponsorizado por la Escuela de Escritores Alonso Quijano. Este es un blog que he abierto para almacenar mis novelas y relatos y tener a mano los textos cuando los necesite.Modero la sección literaria de Sonymage. Escribo porque me divierto, es una diversión, no un trabajo.

ALGUNAS HISTORIAS SÓRDIDAS III


ALGUNAS

El psiquiatra estaba pensando en darme el alta. Una mañana apareció por allí A.. Entró en mi habitación sonriente y me dijo que preparara mis cosas. Había hablado con el doctor y le había convencido de que si yo aceptaba vivir en su piso superaría mucho mejor las dificultades del regreso a la normalidad después de dos años encerrado. Le había convencido. Tenía el alta sobre la mesa del despacho. Me acompañó sonriente y dicharachero. Me despedí con cortesía de aquel psiquiatra al que había llegado a odiar. Al salir nos encontramos con P.. A. bromeó sabiendo muy bien, porque yo se lo había confesado, que aquella chica me gustaba mucho. Incluso le pidió que me dejara darle un beso, algo que yo no hubiera hecho por mi propia voluntad. Me puse muy colorado y la chica, sonriente y amable, me ofreció su mejilla. A. me jaleó, incitándome a besarla en la boca y burlándose de mi timidez. ¿A que no te importaría? Le preguntó, y ella sonrió de manera encantadora mientras se despedía rápidamente, lo sentía mucho, pero tenía prisa.

Tuve que despedirme también de la monjita, porque A. estaba exultante y no pensaba ahorrarme ningún mal trago. Con el tiempo sabría que aquel comportamiento era un claro síntoma de que había bebido. Lo disimulaba muy bien. Se trataba de un hombre alto, tal vez cercano al uno noventa, y muy fuerte, ancho de espaldas y de hombros. Su corpulencia era la de un oso. Un oso bonachón. Le gustaba dejarse perilla y conservaba todo su pelo, una larga melena. Podía resultar muy simpático a la gente, cuando no se ponía demasiado pesado.

ALGUNASH

Al fin salimos de allí. Solo me lo creí cuando atravesamos la puerta después de enseñarle el alta al vigilante. Estaba tan eufórico, tras dos años de encierro, que todo me parecía bien. Que el viejo utilitario de A., un Ford Fiesta, se quedara en la carretera y tuviera que empujarlo hasta conseguir que arrancara de nuevo o que A. me confesara, a preguntas cada vez más acuciantes, que había vendido mi libro de Shakespeare para comprarse una botella de ron Bacardí. Al principio intentó mentirme con total desvergüenza. Que si lo tenía en casa, que si ya lo vería, que no me preocupara, él era un hombre de palabra…Ante la expresión de incredulidad que yo no podía disimular a cada una de sus mentiras, al final confesó que se había quedado sin dinero, viéndose obligado a venderlo en una librería de lance.

Sentí un disgusto terrible y le pedí que me dejara en cualquier parte. No importaba que tuviera que recorrerme todo Madrid andando. Se enfadó mucho. Se puso agresivo, violento. Temí que fuera a pegarme. Poco a poco se fue calmando e intentó hacerme razonar. Me compraría el libro, si eso era lo que yo deseaba. No tenía que preocuparme. ¿Le perdonaba? Íbamos a vivir como reyes, los dos solos en el piso. No tendría que pagarle nada. Eso por supuesto. Se enfadaría mucho si intentaba darle dinero. Éramos amigos y los amigos están para eso. Además me pasaría alguna de sus amigas de vez en cuando. Yo era un chico muy tímido. Ya se había dado cuenta de mis dificultades con las mujeres. ¿Era virgen?

Me molestó mucho aquella incursión en mis secretos más íntimos. ¡Qué demonios le importaba si yo era virgen o no! ¡Payaso! No insistió. Se limitó a sonreír y a decirme que eso sería un aliciente para alguna de sus amigas. No le creí. ¿Qué amigas? El era un alcohólico. No se le levantaba, como me había confesado. Además yo sabía muy bien que muy poca gente podría soportar sus cambios de humor, sus desplantes, su agresividad. Me estaba mintiendo otra vez. Con el tiempo llegaría a saber muy bien que la mentira forma parte de la naturaleza más irreductible de un alcohólico.

Si alguna vez cumplía su palabra daría por bien perdido aquel libro en el que yo había puesto tanta ilusión y tanto dinero. A mi edad perder la virginidad con una chica que se prestara a ello, sin tener que sufrir el tormento de una aproximación y un cortejo para el que no estaba preparado, sería un favor inolvidable. ¡A la mierda Shakespeare!

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Así iniciamos una amistad que duraría tres años. Me felicité de la suerte que suponía no tener que buscarme un piso de alquiler, dado el miserable sueldo que cobrábamos entonces los funcionarios, y no tener que compartirlo con desconocidos. Lo que yo ignoraba entonces era que en realidad él estaba haciendo un gran negocio. Comprarle todos los días una botella de ron Bacardí y una coca-cola de litro iba a suponer un desembolso mayor que si me hubiera pedido un alquiler.

Nunca fui un hombre mezquino para estas cosas. El dinero no deja de ser un papel para intercambiar favores y pesar en la balanza los favores que unos y otros se hacen, es propio de jugadores de bolsa, de seres sin corazón y sin entrañas. Nada me hubiera costado llevar las cuentas. Este mes tantas botellas de ron Bacardí, tantas de cocacola de dos litros, a tanto cada una, hacen un total de… Descontando lo que me costaría un alquiler por la misma zona y en un piso de características semejantes… este mes salgo perdiendo… o salgo ganando…

Acepté su oferta de ir a vivir a su piso con todas las consecuencias. Sabía cómo era A., intuía el tipo de convivencia que tendría con él y lo que me deparara el futuro no me pillaría de sorpresa. Cierto que en aquella etapa de mi vida muy pocas cosas me importaban lo suficiente como para analizarlas y tomarme la molestia de calibrar si una decisión sería o no mejor que otra. Intentaba sobrevivir como fuera, vivir otro día más a cualquier precio. Recuerdo muy bien un pensamiento que se formaba una y otra vez en mi cabeza: “ si consiguiera vivir hasta los cincuenta años sería un auténtico milagro, lo celebraría con el mismo entusiasmo que si llegara a vivir quinientos años, cinco siglos, en plenitud de facultades”.

Ideas de este tipo pasaban por mi mente con mucha frecuencia durante aquellos años de juventud desesperada. No es de extrañar que aceptara con aquella “pachorra” vivir con A. en su piso, gastarme lo que fuera para que adicción al alcohol no le pusiera violento y todo lo demás que viniera en el paquete, en el “pack” vital que el destino me entregara al iniciar el camino.

El piso no era gran cosa. Un bajo en un barrio de las afueras de Madrid. Creo que estaba por la zona de Peñagrande, al noroeste de Madrid, por la carretera de La Coruña  y cercano al Pardo. Al menos esa es la idea que se quedó en mi cabeza, al cabo de los años. No sabría decir la distancia desde el piso hasta el palacio del Pardo, donde aquel Generalísimo de los ejércitos, tan canijo y tan ninguneado por mí (nunca me tomé excesivas molestias en pensar en su persona) residía habitualmente. Lo que sí puedo decir fue lo que comí en los bares de aquel pueblo -¿era El Pardo un pueblo?- a los que me invitó A. para celebrar que ahora vivíamos los dos en su piso, como dos buenos colegas. Recuerdo que me llevó en su Ford Fiesta ( que resultó ser un coche mucho más sólido de lo que yo pensé al quedarnos tirados en la carretera la primera vez que monté en él, al salir del psiquiátrico) a visitar el Pardo. Pude ver la entrada al palacio y la zona donde el dictador, que había poblado mi infancia de alguna que otra pesadilla, residiera hasta no hacía muchos años. Si mi memoria no me flaquea mi entrada al piso de A. debió de ocurrir allá por el año 1978 o 1979, en plena transición tras la muerte del dictador.

 

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EL SILENCIO VII


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*                        *                      *

Se despertó con los pies fríos, la cabeza retumbando como un tambor, la lengua estropajosa y la sensación de haber vivido espantosas pesadillas. Recordó con vaguedad la pesadilla que durante toda la noche había estado royendo las fibras más delicadas del interior de su ser. Intentó hacer presentes los aspectos más llamativos del sueño pero éste se diluía en la memoria como agua en la arena. Tan solo pudo retener la imagen de su mujer y sus hijas discutiendo con él, que acababa de tomar una decisión: iba a morir pero nunca sabría que los hechos se habían decidido en otra dimensión invisible. Aquello no tenía ningún sentido pero en el entramado del sueño era algo perfectamente lógico, era la renuncia definitiva a hacer daño a quienes más quería.

Se levantó tiritando,tocó el radiador que estaba completamente helado y se preguntó si la calefacción se habría estropeado. Levantó la persiana y lo que vio le despejó totalmente, haciéndole olvidar incluso la preocupación angustiosa que había dejado la pesadilla en su interior, como el  poso de un veneno amargo: en el exterior todo estaba blanco, la nieve había caído durante la noche y debió hacerlo constante y copiosamente porque calculó habría medio metro.

Ligeros copos caían oblicuos, debido a las rachas de viento, dejando en su mirada la dulzura navideña. Sintió una gran alegría, su mujer no podría salir de allí con el coche y hacerlo andando sería una locura. Habría tiempo para olvidar rencores y curar viejas heridas. Hasta era  posible que ese sabor navideño alegre volviera a sus labios, cálidos a pesar de estar degustando una bola de nieve hecha con la capa que cubría el alfeizar de la ventana.

Permaneció con la ventana abierta largo tiempo contemplando, a través del aire blanco, el valle allá abajo, dormido entre enormes sábanas blancas. Todo el verdor había desaparecido, hasta los árboles y arbustos parecían muñecos de nieve con brazos de pólipo, formaban un paisaje extasiante para ver en casa en gran pantalla como recordó haber visto aquella maravillosa película de nombre bíblico, Jeremias…,no pudo recordar el apellido del personaje que encarnaba Robert Redford. Pero aquello era real, el temblor de sus piernas, el rechinar de sus dientes dejaban bien claro que la belleza no tenía que reñir siempre con la dureza y la crueldad; en eso la naturaleza era como en tantas otras cosas la maestra de la vida.

Cerró la ventana mientras su mente, ya completamente despierta, se planteaba el día de forma tan pragmática como solía hacer en su trabajo. Lo primero era descubrir qué había pasado con la calefacción: una estancia en la montaña, entre la nieve, tiritando de frio no era precisamente una imagen agradable; pensó que su amigo tendría una provisión de leña y en algún sitio, a veces pasaba allí las navidades y una persona que conoce bien la montaña no puede fiar su supervivencia al azar de la tecnología.

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Bien abrigado salió al exterior hundiéndose en la nieve hasta las rodillas- tendría que buscar también una pala para abrir un sendero. Cuando llegó al depósito de gasoil tenía los vaqueros y los pies completamente empapados. Miró las agujas en los medidores, dos círculos acristalados, y sintió una ligera angustia, todos estaban a cero. Eso no tenía porque significar nada pero le dio mala espina; era posible que en el deposito solo hubieran quedado restos apenas suficientes para unas horas de calefacción. Cogió un palo que sobresalía entre la nieve y golpeó el metal, el sonido le pareció claramente el de un recipiente vacío.

Ya en la cocina buscó las llaves de la calefacción por todas partes, las encontró detrás de una puerta de madera que antes le había parecido un armario. Allí estaban las llaves del agua, el contador de la luz y un contador de gasoil, sobre él una pegatina lo indicaba claramente. Estaba claro que el depósito estaba vacío. Se pasó media hora buscando la leñera, hasta que descubrió una trampilla en el salón debajo debajo de la alfombra. Se trataba de un sótano dedicado a bodega, leñera y trastero.

Se trataba de un enorme cuarto, que ocupaba los bajos de toda la casa, estaba dividido por tabiques de madera en leñera a la izquierda,bodega a la derecha y cuarto para todo en el centro, donde guardaba juguetes viejos y todo tipo de cosas no usadas habitualmente, incluso pudo ver libros en cajas de cartón. Había encendido la luz según bajaba por la escalera de madera, el interruptor estaba encima de su cabeza, a la altura de los ojos, pisando el tercer escalón. Al fondo un par de ventanucos cerrados servían para dar un poco de luz en verano. Los abrió no sin esfuerzo, al otro lado del cristal tres barrotes de hierro parecían querer cerrar el paso a algún animal ya que era evidente ninguna persona podía pasar por allí. Su amigo había tomado precauciones para que ningún excursionista o aldeano tuviera tentaciones de entrar en la casa a la que había dotado de modernas medidas de seguridad.

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Antes de recoger leña en un capacho de mimbre, que tenían colgado de un clavo en la pared, estuvo hojeando los libros de las cajas sin encontrar nada que le llamara especialmente la atención; luego manipuló botellas hasta encontrar un tinto y un rosado de la casa que decidió probar en las comidas del día.

Subió todo hasta el salón, preparó la chimenea consiguiendo prender la leña no sin algunas dificultades. Entonces decidió atender a su estómago preparándose café, huevos revueltos con bacon y unas tostadas. Era hombre de buen apetito que se agudizaba cuando pisaba la montaña. Dejó preparadas raciones de todo para su mujer por si decidía levantarse, supuso que acabaría haciéndolo buscando el calor de la chimenea.

Desayunó con apetito y con el ánimo más tranquilo y alegre, la reacción de su mujer era normal pero ahora se verían obligados a pasar allí al menos una semana no tenía duda alguna sobre su comportamiento, se acabaría tranquilizando y entraría en razón. De vez en cuando levantaba la mirada del plato para contemplar por la ventana la nieve cayendo mansamente. Terminó, puso en el fregadero los cacharros y se acercó a vigilar el fuego. Solo entonces se dió cuenta de la mojadura pillada al salir, se quitó botas y calcetines poniéndolos junto al fuego, hizo lo mismo con los pantalones de pana, un par de calcetines fuertes y las playeras. Ya junto al fuego dejó que las prendas entraran en calor y se las puso con gran placer. Arrimó una silla y permaneció largo rato amodorrado por el dulce calor que se desprendía de la chimenea. Una cabezada le despertó, recordó a su mujer, y pensando que ella no se acercaría a la cocina mientras el estuviese allí, volvió a la habitación, antes echó varios leños más al fuego, y se introdujo en la cama después de cerrar la ventana que había quedado abierta, no sin antes dejar la puerta entornada, quería escuchar el ruido que haría si se levantaba.

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LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS VIII


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Y allí estaba ahora, contemplando con arrobo las canchas de baloncesto y los campos de balonmano, mientras el cura decía que eran lo mejor de España. Nunca había jugado al baloncesto, en el pueblo no había canastas, pero lo había visto en la „tele“ de Luisito y me gustaba mucho, lo mismo que el balonmano. Estaba deseando que el cura dejara de hablar y nos llevara a galope por el resto del colegio para que cuando nos dejara en paz pudiera salir con un balón de baloncesto e intentar encestar unas canastas. ¿Dónde estarían los balones? No me atreví a preguntarlo. No abría la boca por si algo de lo que dijera pudiera enfadar al cura o a mi padre y aquella maravillosa aventura terminaba antes de empezar.

El cura nos invitó a seguirle para ver de cerca los campos de futbol y la piscina. Por fin había llegado el momento de ver de cerca lo que me llevó en la escuela a levantar el brazo como si de ello dependiera mi vida. No me decepcionaron. Eran seis, tres a un lado y tres al otro, separados por un paseo de tierra con numerosos arbolitos casi recién plantados. Cada campo tenía porterías de metal y en los tres campos de la derecha había dos porterías enormes de madera, con redes. Tardé en comprender su sentido. Los campos pequeños era para que jugaran en ellos los seis cursos de bachillerato, uno por cada curso. El campo grande, de las porterías de madera y las redes era para que jugara el equipo de futbol del colegio. La unión de los tres campos lo hacía enorme. Era de reglamento, tenía las medidas necesarias para que pudiera jugar el equipo del „cole“ que estaba en juveniles. Todo esto nos lo fue explicando el cura con toda clase de gestos y sonrisas.

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Al fondo de los patios aparecía un gran rectángulo con setos muy altos. El cura nos dijo que era la piscina. Yo sentía una gran curiosidad por ver cómo era una piscina. Me pareció enorme. Estaba llena de agua porque aún no había terminado el verano. Me daba miedo porque no sabía nadar. En el pueblo no había piscina y el río apenas cubría las rodillas, salvo en invierno que saltaba el puente cercano a la escuela.

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El cura debió de ver algo en la expresión de mi cara porque enseguida me preguntó si sabía nadar. Negué con la cabeza. No te preocupes tendrás tiempo de aprender. Y nos llevó hacia la izquierda para indicarnos que en aquella parte apenas cubría un metro. Allí podían aprender a nadar los que no supieran sin miedo a que pudieran ahogarse. En cambio en la otra parte cubría más de dos metros. Me gustó el trampolín aunque no podría utilizarlo en mucho tiempo. Tras la piscina pude ver unas extrañas paredes sin ningún sentido. Como me quedara mirándolas fíjamente el cura nos explicó que aquello era un frontón. Los vascos gustaban mucho de jugar a la pelota en el frontón. Se podía hacer con la mano, con una raqueta de madera o cesta punta, al parecer una especie de canalón curvado donde entraba la pelota y luego con el movimiento del brazo salía despedida. En la orden había muchos frailes vascos que gustaban de jugar. Lo más fácil era empezar por la pelota a mano, aunque al principio doliera mucho después salían callos y ni se notaban los golpes a la pelota.

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Todos estábamos con la boca abierta oyendo tantas novedades. El cura nos invitó a regresar al edificio, porque aún quedaba mucho por ver y pronto bajarían los estudiantes a desayunar, ahora mismo se estarían levantando. Regresamos atravesando los campos de fútbol. No dejaba ni un momento de imaginarme lo fantástico que sería jugar allí. Nos hizo entrar por la misma puerta por la que habíamos salido al patio, subir unas escaleras y caminar por aquel larguísimo pasillo en el que se perdía la mirada. Al llegar al final torcimos a la derecha y el cura nos explicó que ahora íbamos a ver la joya del colegio, una iglesia tan grande y moderna que no había otra igual en España.

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La puerta era grande, de madera, con dos jambas. El cura sacó un llavero de l bolsillo de su pantalón, bajo el hábito, y abrió la puerta. Nos invitó a pasar con una sonrisa. Entramos y un asombrado „¡oooh! Salió de nuestras gargantas al mismo tiempo. Era una iglesia enorme, y muy moderna. Se podría decir que habían utilizado uno de los pabellones de tres plantas y con dos clases en cada una, para vaciarlo y construir la iglesia. Solo que el pabellón parecía más grande, más ancho, y sobre todo más alto. Miramos hacia arriba y se nos perdió la vista.

Al fondo había un cuadro, un mosáico, o lo que fuera, que yo no había visto nunca algo parecido. Un altar de piedra ocupaba el centro de una gran plataforma a la que se accedía por escaleras de mármol negro o gris o el color que fuera, que yo no entendía mucho de colores. Las paredes estaban desnudas y parecían un poco como las de un edficio moderno. Me gustaban más las iglesias de los pueblos, con su campanario, o la catedral que me había enseñado mi padre cuando fuimos a la capital a comprar algo que no recuerdo.  La catedral era también de piedra, pero parecía mucho más antigua y más bonita, con sus torres y vidrieras.

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No es que no me gustara aquella iglesia, pero me parecía demasiado moderna, como un edificio de ladrillo solo que distinto. Era muy ancha. Un pasillo central y a los lados dos filas de bancos de madera. Allí podría caber todos los habitantes de nuestro pueblo y aún sobraría sitio. ¿O no? Me sentía incapaz de calcular, aunque si era cierto que seríamos más de quinientos entre los seís cursos, como nos había dicho el cura al enseñarnos los dormitorios, entonces puede que me equivocara, porque mi pueblo tenía más de quinientos habitantes. ¿O no?

Nos enseñó los cuadros del viacrucris que estaban a los lados de los bancos. Eran de madera, pero demasiado modernos, como todo en aquella iglesia. Hasta los confesionarios que había a la entrada y detrás de alguna columna eran demasiado grandes y modernos. Eso sí, de una madera muy sólida.  El cura se persignó después de tomar agua bendita en una de las dos pilas que había a cada lado de la puerta y nosotros hicimos lo mismo. Nos acompañó hasta el altar y nos hizo entrar a la sacristía que estaba en una esquina y que no habíamos podido ver desde la puerta, porque la tapaba un trozo de muro. Salimos otra vez al altar y me quedé mirando con fijeza el cuadro. Dentro de lo que me pareció una especie de diamante azul, muy raro, estaba la Virgen María con el niño y a su alrededor y debajo numerosas figuras que parecían frailes rezando, con las manos juntas, algunos de rodillas. El fraile se acercó y me revolvió un poco el pelo. Me disgustó aquel gesto, que aunque parecía cariñoso, me resultó un poco humillante, como si yo fuera un niño pequeño. También me avergonzaba que aquel cura pensara que yo era muy devoto. Sí, desde la primera comunión rezaba mucho, todos los días, el padre nuestro y el avemaría, antes de dormir y cuando tenía un problema gordo durante el día, y no dejaba de pensar en la salvación de las almas, en el cielo y el infierno y en lo fácil que era pecar y si luego no te confesabas y te arrepentías podías condenarte al fuego eterno por toda la eternidad. Pero aquello no era algo que deseara que los demás supieran. Era algo solo entre Dios, la Virgen María y yo. Supuse que me había delatado la mirada y la postura respetuosa. No odía evitarlo. La mentira era un pecado y yo no quería ir al Infierno, ni siquiera por un pecado tan leve.

El cura se regodeó enseñando la iglesia y explicandolo todo.Cómo era obligatorio confesarse todos los viernes por la tarde y comulgar, al menos una vez por semana. Sentí miedo, porque en aquel lugar tan nuevo me sentía incapaz de no pecar, al menos una vez al día. Y pecar era terrible, incluso los pecadillos más tontos te podían condenar al infierno. Los pecados veniales, acumulados, se convertían en pecados mortales y un solo pecado mortal te condenaba al infierno de todas-todas. No era posible tener la seguridad de que en el último momento ibas a poder confesarte o hacer un acto de profunda contricción para que Dios te perdonara y pudieras ir al cielo. Había que estar muy atento, porque la muerte llegaba en cualquier momento y si te pillaba descuidado, ¡zás!, ya estabas en el infierno. Y eso no era cualquier cosa, toda la eternidad, un día tras otro, un año tras otro, para siempre, allí metido en las calderas de Pedro Botero, quemándote el culo y lo que no es el culo. Es un sufrimiento espantoso que nadie puede soportar. Todo aquello me lo habían enseñado desde el catecismo y lo creía a pies juntillas. Por eso me confesaba al menos una vez a la semana y cada vez que cometía un pecado mortal. No quería ir al infierno, antes cualquier cosa. Pero decir los pecados a un cura, que no dejaba de ser un hombre, aunque con sotana, cada vez se me hacía más cuesta arriba. No soportaba la angustia de hacer un recuento de los pecados y luego una lista para decírsela al cura. Me daba una vergüenza terrible.

En aquella iglesia tan grande me imaginé diciéndole al cura mis pecados todas las semanas y el mundo se me cayó encima. Quería salir de allí cuanto antes y no veía el momento. Por fin el cura se cansó de tanta cháchara y salimos fuera. Ahora, nos dijo, iríamos al salón de actos. De lo mejorcito de España y del mundo. Y sí que lo era, porque nada más entrar me quedé con la boca abierta. Allí cabía mucha gente, pero que mucha, todos sentaditos para ver las películas o las obras de teatro. El cura nos dijo que allí podía verse la televisión, cuando había algún acontecimiento deportivo, o el cine, todos los fines de semana, o alguna obra de teatro, representada por los mayores en las fiestas del colegio. Aquello me entusiasmo, porque yo no había visto aún ninguna obra de teatro y me parecía el espectáculo más maravilloso del mundo.

Nos dejó bajar por aquella cuesta tan empinada y sentarnos en la butaca que más nos gustara. Solo pensar en las películas de Charlot o del Gordo y el Flaco me relamí de gusto. A pesar de estar medio dormido y de que me dolía todo el cuerpo, por las dichosas piedrecitas de la entrada, tanta novedad me empezaba a entusiasmar de tal manera que temí comenzar a dar saltos de alegría.

OBRA COMPLETA DE SLICTIK X


A/ DE ALCOBA

COLABORACIÓN EN UN TEXTO A TRES EN LA SECCIÓN ALCOBA DE LA CASA DE ASTERIÓN

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LILIANA

Cuando me casé con Liliana no existía otra mujer en el universo. Cuando me despertaba por las mañanas y abría la ventana del dormitorio no podía ver el sol que asomaba sobre las montañas, en el horizonte. Volvía la mirada hacia el lecho, porque de allí era de donde surgía la luz que me iluminaba. Un sol desnudo, resplandeciente, moreno, sonriente.

Todo era perfecto, todo era idílico y maravilloso…hasta que la convivencia lo erosionó todo. Ella no soportaba mis defectos y por mi parte no podía ser flexible con los suyos. Día tras día el amor iba disminuyendo y un rencor corrosivo se apoderaba de todo, hasta de las paredes de nuestro nido, donde habíamos pensado criar media docena de pollitos.

Fue por entonces cuando la encontré a ella, en un café cualquiera de nuestra ciudad. La miré, no deslumbrado ni con oscuros ojos de romántica pasión…simplemente la miré con lujuria. Era hermosa, era apetecible, todo su cuerpo chorreaba sensualidad…y sobre todo parecía receptiva a mi lujuria.

Ardía con ella unas cuantas horas a la semana y cuando regresaba a casa me sentía culpable. Liliana a veces se mostraba cariñosa, muy cariñosa; tierna, demasiado tierna para mi gusto… y entonces descubrí, o tal vez solo sospeché, que ella tenía un amante.

Fuimos retrasando las explicaciones y las resoluciones… Hasta que una tarde nos encontramos en aquel café, donde ella y yo nos conocimos. Liliana estaba sentada a una mesa con un hombre, un joven, atractivo y tan pendiente de ella que no dejaba de besarla y de preguntarle cosas, y de sonreír…

Liliana casi no nos ve, ocupada en responder de manera adecuada a la seducción agobiante de su jovencito. Pero yo sí la vi nada más entrar. El corazón se me partió en dos. En un lado estaban los celos y los hermosos recuerdos de Liliana y en el otro estaba ella, que no se inmutó cuando percibió a su rival. Me empujó hacia una mesa alejada. Nos sentamos de cara a Liliana y ella comenzó a destruir meticulosamente a su rival. Yo me sentía tan mal que pedí un whisky doble al camarero.

Y así nos quedamos los cuatro, mejor dicho, los tres, porque el joven amante de Liliana ni siquiera se había dado cuenta de las miraditas que nos echaba el maduro sol de su vida.

 

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UN CADÁVER EN LA CARRETERA IX


OCTAVA NOCHE

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Ella decidió la ruta, sentada al volante. El protestó, no tenía sentido, pudiendo hacerlo él sin problemas. Ella le besó, sonriéndole, hacía todo lo posible para convencerle de que las cosas irían bien.

El coche no iba lo suficientemente deprisa, teniendo en cuenta que alejaba a dos presas de sus perseguidores. Ella parecía observar la carretera con mucho detenimiento, en su boca una media sonrisa, más rictus acechante que otra cosa. El se preguntó la razón de aquella expresión de fiera acosada, su miedo era muy superior y sin embargo nada delataba un ansia asesina oculta. Al salir de un pueblo una pareja joven hacía autostop. Ella miró a la chica ralentizando la marcha del coche, pero no debió gustarle lo que vio porque aceleró bruscamente, dejando a la pareja con dos palmos de narices, a lo lejos se oyeron voces, sin duda los mejores insultos de su diccionario. El la notaba cada vez más rara, no era la amante dulce, ni la mujer indefensa, dormida, su  carita de ángel sobre lecho ajeno. Quiso atribuirlo al pánico de la presa, cuando siente tras de sí el aliento del cazador.

Muy lentamente atraviesan una ciudad costera, de regulares dimensiones. Ella acecha el paso de las chicas jóvenes, como una lesbiana calenturienta. Ya en las afueras un grupo de prostitutas charlan entre los árboles. Al ver el coche hacen gestos obscenos mientras rÍen brutalmente. Una de ellas, más alejada del grupo esboza un gesto desganado, como si estuviera haciendo autostop. A una autoestopista así la hubieran parado fácilmente, minifalda muy corta, cortísima, y escote amplio, amplísimo. Ella se detuvo y él la miró sorprendido y preocupado

-¿Estás haciendo autostop, preciosa?

-Hago lo que sea si pagáis bien.

-¿Cuánto pides?

La chica es mona pero a él no le parece nada del otro mundo. La chica dice el precio, aceptable, y ella cierra el trato. El se encoge de hombros, no le gusta un “menage a trois”, no por ahora, al menos; pero ella tiene un plan, ella siempre tiene algún plan. Mejor esperar a ver qué resulta de todo aquello.

La chica sube atrás y pide un cigarrillo. El ofrece tabaco, que ella acepta, se inclina en exceso para que él pueda ver su escaparate, al tiempo que enciende el cigarrillo. También tiene ganas de hablar.

-Creo que sois gente de pasta aunque podríais haber elegido mejor coche, ¿no os parece?

-¿No te gusta?- pregunta ella y él escucha interesado.

-No está mal, pero me gustan más los deportivos, descapotables, en color rojo chillón si puede ser. Mola.

-Todo se andará, preciosa. ¿Tienes chulo?

-Voy por libre aunque de vez en cuando algún cabrón me sacude y se lleva la pasta. Gajes del oficio.

-¿Tienes amigas, hijos, algún familiar?

-¿Por qué lo preguntas? ¿No seréis de los raritos-raritos? Si es así prefiero bajarme.

-No te asustes, preciosa, es solo por si tienes algún inconveniente en acompañarnos de viaje unos cuantos días.

-No tengo a nadie que me espere. Puedo acompañaros si pagáis bien. ¿A él también le gusto?

-El no cuenta, se apuntará a lo que yo diga.

-En ese caso…

El empieza a sospechar el final de todo aquello; no le gusta, sea lo que sea que esté tramando su linda cabecita. Ella tiene un plan muy claro y quiere que todo salga bien, porque así ambos tendrán alguna oportunidad, aunque fuese solo una. Una es siempre mejor que ninguna.

La chica piensa que los dos son de los rarillos. Ella le gusta, aunque no tiene mucha pinta de tortillera, pero sobre todo le gusta él. Buen mozo, simpático, un pastelito de nata. Umm…se relame. Va a ser  muy bonito, casi tanto como el adelanto que le ha dado ella. Ella piensa en un buen lugar, solitario, adecuado a lo que desea hacer. Es esencial para el negocio que se trae entre manos, un negocio con pocos testigos. El piensa en cómo librarse de la chica. No quiere llegar a una bronca seria con ella, pero la van a tener de todas formas, porque a él no le gusta lo que está viendo, a no ser que ella solo le esté poniendo a prueba, divertirse un rato en un menage a trois y ver cómo reacciona él… En ese caso…
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Llegan a un motel solitario, poco concurrido, por la pinta de las instalaciones. Ella sale con la chica, a fumar un cigarro y se alejan hacia la zona más oscura. Sin duda intenta que no las vean. El tiene que encargarse de todos los trámites. Ya en la habitación ella le pide que salga a fumar un pitillo, las chicas tienen que hablar. El se encoge de hombros, cada vez actúa más raro. Preocupado obedece, necesita pensar en algo para librarse de la chica, y cuanto antes se le ocurra algo, mejor para todos, especialmente para la chica.

Ella le está rogando a la chica que se deje pintar y cambiar de ropa. Tendrá que ponerse uno de sus vestidos, seguro que le sienta muy bien, son de la misma talla. La chica está ya un poco más que mosca.

-Vamos mujer, no es nada. Sencillamente somos transformistas

-¿Trans…qué?

-Quiero decir que a él le gusta que la chica se parezca a mí, que esté vestida con mis ropas, se pinte igual, en resumen que parezcamos dos almas gemelas. Le gusta follar conmigo, le gusta mucho, pero follar conmigo y con una doble es para él llegar al paraíso.

-Esto es muy rarito, pero lo entiendo. Es la primera vez que me sucede aunque puede que me guste. ¿A ti también te gustan los dobles?

-Si, lo pasamos muy bien, unas veces mejor y otras peor, pero siempre bien.

-Espero que esta vez sea de las buenas.

-Si es así tendrás una propinilla. Pero necesito dejarte perfecta, que apenas se note la diferencia. Mi marido es muy exigente.

Cuando él se cansa y regresa del paseo, ellas aún siguen dentro. Tardan tanto que se impacienta y comienza a golpear la puerta.

-Ya vamos cariño, no seas tan impaciente.

Salen. Dos gemelas no hubieran engañado tanto. El no se había apercibido de la semejanza entre ambas, así a palo seco; sin embargo tienen una estatura casi idéntica, medidas de pecho y cadera muy similares, el pelo ahora es del mismo color, pelirrojo, y ambas lo llevan suelto. El óvalo del rostro muy semejante, tal vez ella tiene la cara un poco menos ancha. Lo ojos del mismo color. Es sorprendente que ella haya visto ese parecido de una sola ojeada. Le ha quitado el colorete y toda la pintura que embadurnaba su cara, como la de un indio en pie de guerra. Está pintada tan sobriamente que uno debe fijarse para notarlo. La chica parece otra, más atractiva sin duda y desde luego nadie que la viera ahora diría que es una puta. El empieza a escamarse. Ella inicia la parte final del plan, la más peligrosa.

-Bueno chicos, se me ha ocurrido una idea. Vamos a dar un paseo por el bosque y retozar como Ninfas y Faunos.
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-¿Qué es eso? – La chica a pesar de los razonamientos que le han dado está un poquito nerviosa.

-Los antiguos creían en semidioses, Faunos y Ninfas, que hacían orgías sexuales en los bosques –intervino él, dispuesto a salir en defensa de la chica, empieza intuir por dónde van los tiros… directos a la nuca de la pobre mujer.

-Nos vamos en el coche, hasta donde podamos llegar con él. Encontraremos un bonito lugar para una orgía, lo vamos a pasar muy bien.

-Quiero hablar contigo.

El estaba dispuesto a terminar el viaje allí mismo. Se había encoñado y había cometido la estupidez de hacerse cómplice de una asesina. Esto tiene que acabar, ya… Pensaba con la cabeza, el corazón y las gónadas decían otra cosa: “convéncela de que deje a la chica y vete con ella, si sois listos no podrán encontraros, todo terminará por olvidarse antes o después. Podéis empezar de cero”. Ella sabía que la farsa había terminado, no obstante se alejó con él unos pasos y hablaron. La chica les dejabahacer sin comprender lo que estaba sucediendo.

-¿De qué quieres hablar?

-¿Qué vas a hacer con la chica?

-Déjame a mí, nos vamos a librar de los sabuesos. Nos iremos lejos y empezaremos una nueva vida juntos, solos tú y yo.

-¿Antes quiero saber qué vas a hacer con esa pobre chica?

-Bien, pichoncito, lo sabrás pronto. Ahora sube al coche y pon buena cara.

-¿Y si no lo hago?

-Si no lo haces sacaré mi pistolita de juguete de las bragas y os dejaré aquí juntitos a los dos. Estáis demasiado cerca para que pueda fallar.

-Está bien. Pero déjame que intente convencerte…

-Sube al coche y cierra el pico. Recuerda que eres mi rehén.

Subieron al coche. Esta vez conducía él y ella se colocó detrás, con la chica. El sabía que ella no dudaría en meterle una bala en la cabeza. Ella sabía que él lo sabía y la chica pensaba que era una simple pelea de enamorados. De todas formas aquello le parecía un poco rarito. Intentó hablar, enterarse de algo.

-¿Qué van a hacer en el bosque?

-Pasearemos, nos desnudaremos, follaremos. Nos revolcaremos en el duro suelo como animales y nos lo pasaremos muy bien.

-Tu marido es un poco rarito, ¿no?

-Bastante preciosa, si te portas bien será generoso contigo, tiene mucha pasta.

-Ya voy entendiendo. Tú conseguiste encoñarle, le ayudas con sus caprichitos y a cambio los dos vivís de puta madre. ¿No es eso?

-Lo has comprendido todo muy bien, preciosa.

-¿De verdad que eres su mujer?

-No, no estamos casados, el muy cabrón me paga por cada nueva aventurilla. Es generoso, muy generoso, pero así nunca me libraré de él. Me tiene bien cogida por el coño, pero si tú te portas bien puede que le convenza para que nos casemos. Le gustas mucho. ¿Sabes?

-¿De verdad?

¡Y solo con verme una vez, los hay raritos!

-No, preciosa, no es la primera vez que te ve, lleva una temporada siguiéndote. Es muy bueno para seguir a la gente sin que nadie note nada. Pero para cerrar el trato tenía que intervenir yo. Ya en plena faena se porta como se puede esperar de un macho como él, pero habitualmente es un cobardica, siempre tiene cagados los calzones, te lo digo yo que se los cambio todos los días.

Se hizo el silencio. La chica quedó más convencida. Ella pensaba que la chica era un poco tonta. El había oído la conversación y pensaba si la suerte no les haría pasar frente a una comisaría o un cuartel de la Guardia Civil. Ella le dio instrucciones claras y tajantes, él las seguía. Al cabo de unos diez minutos se acercaban a un extenso bosque de pinos. Numerosos caminos de tierra llegaban hasta la carretera. Ella le obligó a meterse por uno de ellos.

A ella le preocupaba que alguna pareja estuviera por allí, retozando, pero no vio luces –los amantes prefieren la oscuridad- ni signos de coches emboscados. Estaban ya muy dentro del bosque. Le ordenó que apagara las luces y el motor. Ella salió del coche y escuchó unos minutos en silencio. No se oía nada, ni el canto de algún parajito despistado. Ella abrió el maletero y sacó de su bolsa de viaje la pistola con la que habían estado practicando esa mañana y una linterna de bolsillo. Puso en la pistola un nuevo silenciador, tal vez pensaba que el otro podía fallar. A punta de pistola les obligó a salir del coche, a él y a la chica. El sabía que no podía hacer nada por la chica, era su vida o la suya. La chica comprendió de repente toda la tragedia que estaba viviendo y comenzó a llorar como una Magdalena.

-No me hagáis nada, por la vida de mi madre. Os lo suplico, haré lo que queráis, todo, todo, lo que más os guste…

-Creí entender que no tenías a nadie.

-Y es cierto, mi madre está muerta. Era solo una frase.

La chica continuó sollozando, se arrodilló ante ella y extendió las manos en un gesto de desesperación. El quería hacer algo.

-¿Puedo hablar contigo?.

-De acuerdo, pero no nos moveremos de aquí. Habla.

-Sé lo que pretendes, la has preparado para que pueda pasar por ti, que esas sabuesos lleguen a creer que te he matado. No nos perseguirán, les habré hecho un favor. Pero la policía tiene tus huellas y las de ella. Sabrán que no eres tú y si lo saben ellos también se acabarán enterando los sabuesos. No servirá de nada.

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-Te equivocas. La policía no tiene mis huellas. El gran mamón borró mi identidad y me dio otra, mejor dicho me dio muchas otras. Solo él y yo lo sabemos. A ella la quemaré los dedos, no podrán sacar una sola huella. Se parece mucho a mí. Todos tragarán.

-No, no lo harán y tú lo sabes.

-No se molestarán mucho. A todos les interesa que el asunto quede zanjado cuanto antes.

La chica sabía que iba morir. La desesperación la obligó a calmarse. No era tan tonta como ellos creían, sabía que hablando podría lograr algo, llorando solo aseguraría que ella se pusiera nerviosa y eso no la ayudaría en nada.

-Os juro que no diré nada, podéis hacer conmigo lo que queráis, luego me iré y no diré nada. Lo juro… Si no os fiáis de mí os acompañaré hasta que el problema que tenéis quede solucionado. Lo vamos a pasar muy bien, os lo prometo.

Ella deja hablar a la chica, no tiene prisa. La decisión está tomada. El piensa muy deprisa, busca un argumento que vuelva las cosas a su sitio. La chica continúa hablando, mientras no la callen habrá alguna esperanza.

-Si no hay otro remedio os buscaré otra que os sirva. Una que se te parezca más. Conozco a una compañera que tiene el Sida. A veces me dice que quiere morir. Se parece a ti. Te lo juro… Te lo juro…

A ella le disgusta que a la chica no le importe que otra muera en su lugar. Es una zorra cobarde y estúpida. Les encañona de nuevo.

-Vamos, los dos, vamos a dar un paseito, muy juntitos.

Ellos delante y ella detrás caminan por el bosque con precaución, mirando el suelo que pisan, no se ve nada delante de ellos, una oscuridad cerrada como la de sus almas. El está pensando que tal vez pueda empujar a la chica y arrojarse sobre ella, en la oscuridad es fácil que no pueda reaccionar a tiempo. Como si ella pudiera leer sus pensamientos enciende la linterna. Les ordena detenerse.

-¿Quieres follarla antes, pichón?

El se arrodilla y suplica.

-No lo hagas. Podemos arreglarlo de otra manera.

Ella ríe muy fuerte.

-Eso es lo peor que podías hacer, pichón, eres un cretino. ¿Quieres follarla, sí o no? Decídete.

-¿Cómo puedes preguntarme eso?

La chica reza en silencio con las manos juntas delante del pecho. El se levanta y se aleja unos pasos. Ella saca algo envuelto en un pañuelo.

-Ponte el anillo y el colgante. Vamos, deprisa.

La chica lo hace. Ahora reza en voz alta, “Padre nuestro…” Se oye un gemido en el silencio oscuro del bosque. El está llorando. Ella se acerca a la chica, pone la pistola en su sien y dispara. La chica cae como un fardo.

-Vamos, pichón, ya está hecho. Ahora me vas a ayudar a dejarlo todo como es preciso que quede. Mojaremos unos trapos en gasola y quemaremos sus manos, dejaremos que se queme un poco el resto del cuerpo, solo un poco. Pensarán que el asesino tenía prisa y no esperó que se quemara entera.

-¿Cómo eres tan fría? ¿Cómo se puede matar así a un ser humano? Ni siquiera has parpadeado. No tienes corazón, no tienes entrañas… Eres una maldita zorra hecha de puro hielo… Eres peor que las bestias… Eres….

-Basta, pichoncito mío. Ya pasó, ya pasó todo, mi bebesito. Nos iremos a un motel y follaremos como locos.

-¿Aún puedes pensar en follar?

Eres…

-Vamos, cretino, o te frío ahora mismo.

Regresan al coche, él hace lo que ella le ordena. Ella se da prisa. El desea morir, pero antes es preciso llevársela por delante. Espera la ocasión. Ella va a dejar la pistola en el maletero. El se arroja en ese momento sobre ella. Luchan sobre el suelo, ella consigue arrearle un rodillazo en los testículos. El se hace un ovillo en el suelo, aullando de dolor. Ella se hace con la pistola y lo encañona. El se va calmando, de pronto se levanta y vuelve a arrojarse sobre ella, aullando no se sabe si de dolor o de desesperada demencia. Ella dispara una sola vez y la bala roza la pierna izquierda de él, tal vez desprende una esquirla del hueso al pasar rozando la rodilla. El se lleva la mano a la herida, está sangrando abundantemente.

-No te muevas, pichón. Ahora mismo te curo. Es normal que reacciones así, no estás acostumbrado a estas emociones. No ha sido nada, no te preocupes, tengo una excelente puntería. Solo un rasguño que mamá curará. Cortará la hemorragia y su nene quedará como nuevo. Dispuesto para la juerga incestuosa de esta noche.

El no dijo nada, no se movió. Lo había sospechado desde el principio, pero ahora tenía la certeza. Estaba en manos de una psicópata.

Ella actuó como una experta enfermera. El la dejó hacer.

El no se había movido del suelo, donde su enfermera lo curara con tanta precisión, sangre fría y falta de consideración a su dolor. Le explicó lo que había hecho y que de ahora en adelante serían libres para siempre. Deberían esperar un tiempo antes de reanudar su nueva vida como amantes. Ella asumiría una de sus personalidades documentadas, puede que hasta buscara un cirujano plástico para algunos retoques y pasarían un tiempo escondidos hasta que las noticias les fueran favorables. Él no dijo nada. Solo pensaba en la forma más sencilla de acabar con ella. Sin embargo no pudo menos de admirar su perfecto control y la sensualidad que desprendía todo su cuerpo felino. La belleza de su rostro, a la luz de la linterna, resultaba casi demoniaco, tiznado como un guerrero para la batalla.

Ella arrastró el cadáver de la pobre prostituta hacia un lugar más despejado, pensando en la posibilidad de que pudiera quemar el bosque. Allí machacó las yemas de los dedos de la mujer con una piedra, roció las manos con gasolina y las prendió fuego. Esperó a que la carne se chamuscara lo suficiente. Luego roció el rostro con un buen chorro y le prendió fuego. Necesitaba que los rasgos se deterioraran lo suficiente para que pudieran confundirla con la puta, sin hacer imposible la tarea de los forenses. Apagó el fuego con tierra y ahora roció el resto del cuerpo con mucho cuidado. Prendió fuego otra vez y esperó que el asado estuviera a su gusto. Cuando se dio por satisfecha regresó al coche con la linterna en la mano izquierda y la pistola en la derecha.

Ella se puso al volante con la pistola en su regazo. El se sentó en el asiento del copiloto, procurando mover lo menos posible la pierna herida. Ella buscó un motel donde no hicieran preguntas. El actuó como un zombi.

Pronto estuvieron solos en el pequeño bungalow. Ella de pronto se puso tan cariñosa, tan dulce, que él intentó olvidar lo ocurrido. No lo logró. La otra parte, la buena, de la personalidad psicopática de ella, trabajó duro para hacerle olvidar.

EN EL CENTRO DE LA OSCURIDAD


ENELCENTRO

EN EL CENTRO DE LA OSCURIDAD

 

A veces me decido a acercarme hasta la puerta huyendo del frío de la oscuridad, intento atisbar un rayo de luz que alegre mis ojos, pero no es fácil, nada fácil, aquí…en el centro de la oscuridad. Intento mirar a través de cualquier rendida. Pongo mi mano temblorosa en el picaporte y empujo suavemente, muy suavemente el lienzo de madera hacia mi. La puerta se entreabre chirriando, con angustia, y casi, casi puedo palpar esa luz en la que he depositado todas mis esperanzas de salvación. De pronto, ¡zas!, la puerta se cierra violentamente.

Es el viejo demonio de la manía, el ancestral mito de la obsesión: no le hagas caso. No soporta que te sientas libre bajo su férrea mano oprimiendo tu cogote; aprieta, oprime tu nuca, está a punto de descoyuntarte los huesos. El demonio de la manía se disfraza de mil formas: hoy tienes miedo de la gente, ayer no soportabas la luz, mañana no serás capaz de sufrir la angustia de mirar el invisible rostro de la nada. hagas lo que hagas todo es vacío: el sin sentido de encontrar una razón para seguir viviendo.

Vuelvo al centro de la oscuridad y doy una, dos vueltas; al menos así me siento seguro. No puedo ver a nadie, es cierto, pero nadie puede verme a mí. Desahogo mi locura gritando, dando patadas en el suelo; finalmente me dejo caer como un peso muerto. Agotado el cuerpo se encoge como un fetillo, la mente comienza a moverse circularmente encaramada a un trenecillo de juguete, a cada vuelta la locomotora pita una vez, es un sonido largo, vibrante, horrísono, que se repite en el mismo intervalo de tiempo. Cuento: un, dos, tres. Me detengo. Es inútil, el tiempo se repliega una y otra vez sobre si mismo aterrorizándome como la visión de una serpiente de cascabel escondida en la maleza.

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Desde el centro de la oscuridad alargo la mano hacia el teléfono, marco un número que es un hito en mi vacía memoria. Espero el sonido de llamada, cuento: un, dos tres. Una voz dice:

-¿Sí?

Está al otro lado de la oscuridad. Mi boca se abre como caverna apestosa y farfulla incoherencias. La voz que responde desde el otro lado te conoce bien, dice: “No te preocupes, ya sabes que es una simple manía neurótica, mañana te habrás olvidado de todo. Necesitas compañía; sal de ti mismo y busca a cualquier persona con la que charlar un poco, te vendrá bien”.

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Se oye un golpe en el silencio, has colgado el teléfono, ahora buscas a tientas un lecho revuelto donde has pasado un tiempo indefinido de tu vida. la negrura es cómoda; en ella sabes muy bien que hay una puerta, un teléfono y un cómodo lecho. Te dices que no hay motivo para hacer de ello una tragedia; otros que viven en la luz no tienen la puerta blindada que  les protege del exterior; imaginas que tampoco tienen un teléfono para comunicarme por lo que se ven obligados a hacer señales de humo como los indios en la gran llanura; también imaginas que al acostarse se dejan caer sobre un lecho de puntiagudas piedras. Pero eso no te consuela, piensas…pienso, luego…existo (creo).

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En el centro de la oscuridad las noches se repiten, se transforman en una única noche eterna. Anhelas dormir, dormir el sueño eterno, pero el engranaje desquiciado de tu mente lo impide, te obliga a despertar una y otra vez, una… y otra vez. Decides contar ovejitas: una, dos, tres… Caes en la cuenta de que ni siquiera sabes qué es una oveja, en el centro de la oscuridad solo se tienen referencias de las cosas, en el centro de la oscuridad las ovejas son de color negro, lo mismo que los caballos, los perros, los otros, tu cuerpo, tus pensamientos… todo se confunde en la negrura. Te maldices en silencio y también maldices a los otros; acabas blasfemando para acabar por echarte a reír: “Si Dios existiera no podría encontrarme aquí en el centro de la oscuridad”.

Por fin tu mente se detiene con un chasquido. Despiertas porque alguien te ha pisado, notas cómo te están pateando. Oyes voces: ” es un depresivo, un loco, pero podría tener un poco de consideración y quitarse de en medio”. Te haces el dormido. Los que están despiertos, los que ven la luz, tienen la obligación de ser normales. Los normales hablan, se escuchan, asienten o discrepan, trabajan o disfrutan de unas merecidas vacaciones al sol, en una playa repleta de hermosos cuerpos semidesnudos de mujer. Deseas esos cuerpos, anhelas esas almas, pero están al otro lado…al otro lado de la oscuridad. En cambio tú dices odiar todo eso porque sabes que todo es vanidad. Repites: “Vanidad de vanidades y todo es vanidad”.

Las voces se alejan, te preguntas cómo han llegado hasta allí…hasta el centro de la oscuridad: la puerta blindada estaba cerrada con sus mil cerrojos. Te preguntas: ¿qué puerta?, ¿qué paredes?, ¿Qué casa? No se puede construir una puerta con puntitos de negrura, es imposible formar paredes con lienzos de oscuridad. Te preguntas: ¿entonces si no estoy aislado, si una muchedumbre me rodea, porqué me siento tan solo?

Te levantas y das una, dos vueltas. Si nada me lo impide acabaré por encontrar un amigo, tendré un amor, formaré una familia como hacen los otros. Caminas en línea recta. Si mis pasos me llevan hacia delante al fin encontraré lo que busco, porque lo que uno busca siempre está delante de sí: solo hay que caminar siguiendo esa bendita línea recta que siempre conduce a la meta. De pronto te das cuenta de que caminas en círculo, te paras, sitúas tu rostro mirando hacia la oscuridad, pones tus manos en los muslos y levantas una pierna, suavemente, muy suavemente, luego la otra. Deberías estar siguiendo una línea recta, es lo que te dice la lógica. Te preguntas: ¿qué lógica?… Te respondes: la lógica de la vida. Te preguntas: ¿la vida tiene lógica? Te respondes: Aún no la he encontrado.

Click…

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Tu mente se ha detenido de nuevo. Ahora notas las sensaciones de tu cuerpo, su voz te habla, dice: “Tengo hambre”. Buscas el refrigerador, lo abres, encuentras algo, se lo das a tu cuerpo a través de una rendija que llaman boca. El alimento bajo por un tubo, se detiene; un proceso mecánico se pone en marcha. Notas que el cuerpo está satisfecho, has calmado el hambre y piensas: “No puedo quejarme, tengo un frigorífico repleto de comida aquí… en el centro de la oscuridad. Otros que viven en la luz pasan muchos días sin nada que llevarse a la boca excepto piedras que utilizan para llenar su inmensa barriga vacía y a veces hasta el destino se las niega”. Piensas: “Me cambiaría por ellos ahora mismo, hasta las piedras deben tener buen sabor cuando se comen a la cálida luz del día”. Te pones de nuevo cara a la oscuridad, sitúas las manos sobre los muslos, levantas una pierna, luego la otra. Caminas. Un…dos…Un…dos… Es preciso encontrar a cualquier ser hambriento bajo la deliciosa luz solar. Esa es la salvación que esperas: cambiar tu mente por la suya. Cuando percibas la luz no te importará comer piedras, tragar tierra como los gusanos. Te preguntas si a él le molestaría no ver la luz mientras se dispone a acabar con el contenido de tu frigorífico, tan repleto, aquí…en el centro de la oscuridad.

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Sigues caminando. Un…dos…Un..dos. Te preguntas: ¿Y si esta oscuridad es un castigo por haber sido injusto con los comedores de piedras?. Te respondes: “No he sido yo quien ha hecho a los comedores de piedras, cuando nací ellos ya existían. Nací en la oscuridad, vine a un mundo de negrura y nadie me pidió permiso para nacer, no sé dónde permanecía acurrucado como un fetillo antes de ser consciente de esta noche. ¿Cómo puedo ser culpable de nada?”. Levantas la pierna derecha, luego la izquierda. Te siguen moviendo, no sabes si en línea recta o en círculo. Desearías oír otro “click” pero tu mente no se detiene, te absorbe, te regurgita, te empuja para acá, luego para allá. Piensas: “Si esto es la mente tal vez no sea tan malo ser un demente”.

Puede que ayer conociera la luz, si es así sería fácil pensar que has perdido la memoria. Te has vuelto amnésico, esa es la razón de estar girando como una peonza, aquí…en el centro de la oscuridad. Bajo la cálida luz del sol, como un dios, dividiste a los hombres en comedores de piedras y ciudadanos del primer mundo. Trazaste fronteras, la humanidad fue dividida por un abismo en enemigos que disparan y enemigos que reciben la metralla, dejaste pasar un tiempo prudencial para darle la vuelta a la tortilla, así pudiste empezar otra vez el mismo estúpido juego. Hiciste a los torturadores, enseñaste a los violadores, entrenaste a los terroristas, pagaste a los mercenarios, estrechaste la mano de canallas sin escrúpulos y todo ello bajo una luz cegadora…Soy ese diablo del que hablan, un demonio del infierno, Satanás, Azazel, el ángel de la oscuridad. He perdido la memoria, esa es la causa de que siga aquí caminando sintiéndome libre de toda culpa… Un… dos…Un…dos…aquí…en el centro de la oscuridad.

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Click…

Por fin la mente se ha bloqueado. La locura es un bello mundo circular. Estoy agotado, detengo mi pierna derecha, luego la izquierda. Caigo hacia atrás, me encojo como un fetillo. Antes de hundirme en la nada pienso; “Si la mente pudiera crear mundos reales ya habría encontrado la respuesta definitiva, pero por mucho que divague aún sigo aquí…en el centro de la oscuridad”.

Me despierto, alargo la mano hacia el teléfono, repito el proceso y oigo una voz conocida diciéndome: “Te acecha la paranoia, la psicosis la esquizofrenia, la locura. Sal de ahí, muévete, habla con alguien. La gente es buena, no la temas. Todos sabemos que los dictadores, los torturadores, los verdugos, los generales que aprietan los rojos botones que disparan misiles, los hombres de negocios que tiran al mar toneladas de alimentos para subir los precios, los políticos que han dictado las normas de la sociedad de consumo que no deja de consumirse a sí misma día a día, todos ellos están hechos de la misma carne que recubre tus huesos; pero no temas, el dictador está a miles de kilómetros, el torturador vive en profundos subterráneos a donde no llega tu mirada; los verdugos se esconden tras las máscaras; los generales están en sus búnkers, los hombres de negocios en sus mansiones, los políticos en sus parlamentos; los terroristas se esconden en la multitud con la pistola amartillada en sus cinturones… ellos no te conocen, nunca han oído hablar de ti. Hitler fue una mutación genética. La guerra del Golfo una maniobra militar sin más trascendencia. El francotirador del tarot era un robot, cortocircuitado. Los terroristas chechenos iban a ver Hamlet a un teatro. No encontrarás a nadie como ellos cuando salgas a la luz. Habla con tu hermano y la oscuridad se desvanecerá para siempre”.

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¡Blum!…

He golpeado con tanta furia que el teléfono se ha roto en mil pedazos. Ahora esperaré pacientemente a que me absorba la locura absoluta.

Click…

La mente ha vuelto a detenerse, todo es silencio, aquí…en el centro de la oscuridad. No me consuela que el mundo de la luz no sea el sueño que he estado imaginando tantos años, necesito salir de aquí. Busco a tientas la pared y golpeo contra ella la cabeza. Un…dos…Un…dos…Me digo: “Tienes que ser una persona normal, como los demás”. Un…”Tienes…” dos…Me digo: “No tengas miedo”. Un…”No tengas miedo”…dos… Un…”Olvídate de la neurosis, tu no eres un loco”…dos…”Soy un hombre plenamente feliz”…Un…”Soy un hombre plenamente feliz”….dos…”La vida es bella”…Un…”La vida es bella”…dos… “Por mal que te vayan las cosas siempre te quedará la muerte, no debes preocuparte”…Un…”Por…” dos…

Estás sangrando, sangrando, aquí….en el centro de la oscuridad. Puedo ver en el suelo el color rojo de tu sangre brillando: “resplandece”. Es un milagro, la negrura está retrocediendo.

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S.O.S.

 

¿Alguien me escucha?…

 

S.O.S…

 

¿Alguien me escucha?

S.O.S…

Click…

 

Para todos los depresivos y “comedores de piedras” del mundo, con todo mi amor.

 

 

UN VIAJE SIN RETORNO Y IX


VII

VIAJESINR

Al día siguiente alguien abre la puerta y se cuela en su habitación como una tromba. Dice tratarse de un nuevo interno, es un joven muy bien vestido con traje y corbata, lleva gafas con montura metálica y un bigotito perfectamente recortado da a su rostro redondo una expresión ridícula como la de un payaso que intentara hacerse pasar por una persona seria. Habla con tal rapidez, moviéndose de acá para allá como si le picara todo el cuerpo, que no puede  entender gran cosa de  lo que dice. Ve el transistor apagado sobre la mesita y en un movimiento impulsivo lo enciende poniéndose a buscar algo en el dial pero con tal precipitación que es imposible saber lo que busca, corta las palabras de los locutores o la música como con un cuchillo. Finalmente lo apaga y lo vuelve a dejar en su sitio.

Al cabo de los minutos consigue calmarse un poco, sus manos dejan de temblar, permanece de pie contemplándole como si pudiera ver algo a sutravés. Inicia un torrente de palabras con las que parece intentar contarle toda su vida. Se entera de que al parecer se trata de un estudiante universitario, un buen estudiante que simultanea dos carreras con grandes notas. Su familia es importante, de recio abolengo y mucho dinero. De vez en cuando le da por dejar los estudios y se dedica a juerguearse varios días seguidos hasta que pierde totalmente la cabeza. Visita prostíbulos, invita a beber a todo el mundo y él mismo bebe como un cosaco. Se queda allí a comer y dormir charlando por los codos, no deja títere con cabeza, incapaz de dormir o de quedarse quieto exige la presencia constante de alguna prostituta que no le hace ascos porque paga muy generosamente y solo pide que se le preste atención. Al cabo de algún tiempo es encontrado por algún familiar o vuelve a la normalidad y reaparece por casa después de haberse gastado todo el dinero de su cuenta corriente. Sus padres le abroncan y el médico de la familia aconseja  su internamiento durante una temporada. Por eso esta allí. Le pregunta cuándo le soltarán y sin esperar respuesta se marcha cerrando la puerta de un portazo. Al cabo de unos minutos vuelve con el gigantón a quien al parecer ha convencido para que le suelte. Aquel bromea sobre la posibilidad de que su mutua compañía les resulte beneficiosa y con las correas a cuestas se marcha dejándoles solos.

Durante varios días no puede desprenderse de aquel tipo que habla y se mueve como una peonza. Exige su compañía desde el desayuno hasta la hora de irse a dormir, no le importa que no hable, solo le necesita como oyente. Cuando llega la noche respira aliviado y en su cama, antes de quedarse dormido, desea que en las noticias alguien hable de terremotos, huracanes, explosión de bombas atómicas, volcanes en erupción, cualquier cosa capaz de terminar con toda la vida sobre el planeta. Es entonces cuando una idea comienza a brotar en su mente. Ha oído comentar, no sabe a quién, tal vez en la terapia de grupo, que alguien se había tragado una vez las pilas del transistor, no pudieron salvarle, el ácido perforó su estómago y murió.

A la mañana siguiente le visita su expansivo amigo para comunicarle que estará todo el día fuera, vienen sus padres a verle y comerá en la ciudad, puede incluso que le dejen dormir en casa de unos parientes. Al quedarse solo reflexiona largamente sobre la idea de las pilas. La angustia que este pensamiento  genera le obliga a desahogarse lanzándose al suelo por los pasillos y metiéndose con todo el mundo. Le atan de nuevo y cuando le traen la bandeja de la comida piensa en la posibilidad de declararse en huelga de hambre pero luego se lo piensa mejor, saca las dos pilas del transistor y se las traga una detrás de otra. Para atenuar el dolor en su garganta y estómago se come el plato de albóndigas con todo el pan. Temeroso de que el ácido empiece a actuar demasiado deprisa se bebe  el agua de la botella pensando que nada como el líquido elemento para apagar cualquier fuego. Aún así la idea de sufrir insoportables dolores le aterroriza tanto que cuando viene el celador a buscar la bandeja le ruega casi llorando que le pongan algún tranquilizante, está muy nervioso.

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Al cabo de unos minutos una enfermera – ¿dónde estará la monjita?- entra sin hacer el menor ruido ni dirigirle la palabra, busca la vena en su brazo derecho y le inyecta algo marchándose como un fantasma blanco. Allí queda él sobre la cama imaginando el interior de su estómago donde los jugos gástricos van corroyendo poco a poco el revestimiento de las pilas. Dentro de poco comenzarán los dolores, no quiere ser consciente de ellos, desea dormirse rápidamente, cierra los ojos reviviendo escenas que puedan tranquilizarle. En una de ellas el celador que le trae la cena nota algo raro y llama al médico, éste imagina lo sucedido y rápidamente es trasladado a un hospital donde le operan  del estómago salvándose in extremis. O tal vez las pilas no se corroan y salen tal cual con los excrementos. Una falsa alarma.

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Dulcemente se va apoderando de todo su cuerpo un agradable sopor. Tal vez el tranquilizante esté surtiendo efecto o simplemente es el poder de la sugestión, no importa, se deja ir sin oponer resistencia. En el último momento piensa en la muerte, en la cara de esa dama que nadie puede ver dos veces, y un formidable grito de terror pugna por salir de su boca. No lo logra, debatiéndose entre el horror y la esperanza va entrando en el mundo de los sueños, allí donde la realidad se expande hacia el infinito.

FIN