Autor: Slictik

Escritor aficionado. Subo mis textos a Internet con frecuencia en otras páginas y blogs. Coordino un taller de humor esponsorizado por la Escuela de Escritores Alonso Quijano. Este es un blog que he abierto para almacenar mis novelas y relatos y tener a mano los textos cuando los necesite.Modero la sección literaria de Sonymage. Escribo porque me divierto, es una diversión, no un trabajo.

LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS XI


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Bajé los ojos hacia el TBO de Spiderman y me aislé de todo lo que ocurría a mi alrededor en la clase. Con gran facilidad era capaz de meterme en la viñeta, como si fuera una pantalla de cine con una puerta por la que se pudiera pasar al otro lado, donde estaba ocurriendo todo. Yo era Spiderman y podía atravesar las calles de Nueva York colgándome de las telas de araña que iba pegando en las paredes de los edificios. Bajo aquel traje mágico mi identidad quedaba preservada, nadie podía saber quién era yo, solo me transformaba cuando había que salvar a alguien. Era apasionante. Se me ocurrían otras historias diferentes a las que allí se contaba. Tenía que leer rápido porque de otra forma no me daría tiempo a terminar todos los tebeos que estaban sobre la mesa del profesor, todos muy interesantes, no me quería perder ninguno. Me sentía angustiado ante la posibilidad de que no lograra leerlos todos y ya nunca más pudiera saber cómo eran los otros. Intentaba leer rápido, pero eso me impedía disfrutar de la historia con todo el placer que me brotaba a raudales por los poros. Estaba sudando aunque no hiciera calor. El corazón me palpitaba con mucha fuerza, podía sentir su toc-toc-toc en mi pecho. Era imposible leer rápido y disfrutar al mismo tiempo, tenía que escoger, pero no podía. Me fui poniendo cada vez más nervioso hasta que decidí disfrutar de lo que pudiera mientras pudiera. Si no podía leerlos todos, pues mala suerte.

Fue una mañana apasionante, mágica. Cuando terminaba un tebeo me levantaba del pupitre procurando no hacer ruido y casi de puntillas iba hasta la mesa del profesor. El mayorón me miraba y me señalaba un montón donde había que colocar los tebeos leídos. Luego me ponía a rebuscar en los otros montones hasta que encontraba los tebeos americanos que eran difíciles de conseguir en el quiosco y además eran muy caros, dejaba para lo último los tebeos españoles que se podían encontrar en los quioscos o se podían cambiar con otros chicos.

Marvel

Los que más me gustaban eran los que ponían Marvel. Los superhéroes eran mis favoritos, Supermán, Capitán América, Los Vengadores, Iron Man… Cuando no encontraba alguno en el montón, porque los tenían otros chicos, aprovechaba para leer al Jabato o el Capitán trueno, en casa tenía muy pocos. También me gustaba Pulgarcito o DDT, Roberto Alcazar y Pedrín, Olé, Tio Vivo y todos aquellos personajes tan divertidos que me hacían reír y me tenía que tapar la boca para que nadie me oyera. Estaban Carpanta, Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape, el botones Sacarino, Rompetechos, Las hermanas Gilda, La rue del percebe, la familia Cebolleta, Doña Urraca… Estaban todos. También me gustaban los de Hazañas bélicas o los del Oeste. Miré a ver si había alguno del Coyote que había leído en casa porque mi padre conservaba algunos en su maleta de cartón, pero no encontré ninguno, tampoco del Zorro.

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Recordé los pocos tebeos que tenía en casa, en cuanto me daban la propina los domingos me iba directo al quiosco y hacía cuentas para ver cuántos podía comprarme, solo uno, a veces dos, alguna vez tres. Renunciaba al paquete de pipas, al regaliz, a las pastillas de leche de burra y a tangas golosinas como poblaban aquel quiosco para poder aumentar mi colección de tebeos que luego podría cambiar con otros chicos, cuantos más tenías más fácil era encontrar alguno que no hubieras leído, podías incluso ofrecer dos o tres a cambio de aquella joya. No siempre era así, a veces caía en la tentación de comprar pipas, aceitunas o cualquier golosina que me llamara la atención. Entonces me pasaba la semana releyendo los que ya tenía, a no ser que pudiera cambiar alguno.

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Allí, en una sola clase había muchos más tebeos que en el quiosco, muchos más, la mesa del profesor estaba llena, montones tan grandes que había que tener cuidado para que no se cayeran al suelo cuando los ibas pasando uno a uno, buscando tu preferido. Si en las demás clases había tantos como en aquella, y era lógico que así fuera, porque todos los niños teníamos los mismos derechos a leer tebeos, no podía imaginarme cuánto dinero se habían gastado los frailes solo para que pudiéramos leer mientras comenzaban las clases. Me ponía a sumar lo que costaba un tebeo en el quiosco, con todos los que había en aquella clase y en todas las clases, y se me iba la cabeza. ¿Cuánto dinero tenían aquellos curas? Ellos decían que eran pobres, que habían hecho el voto de pobreza, ¿entonces de dónde salían los tebeos?

Era un chico con suerte. Los chicos de la escuela, del pueblo, sentirían tanta envidia que se pondrían verdes cuando yo les contara todos los tebeos que había en el cole. Tenía que leer muchos, todos, para poder contarles muchas historias. Me iba poniendo cada vez más nervioso, casi no podía ni respirar, tenía que abrir la boca y respirar fuerte para que entrara un poco de aire en los pulmones. Me puse tan malito que por un momento temí que me diera algo y me cayera al suelo desmayado. Trate de calmarme como pude y miré alrededor, por si alguien se había dado cuenta. Recordé entonces que yo era un niño muy tímido y que en el pueblo no me atrevería a contar nada de aquello, incluso dudaba de que pudiera hablar con ellos, había oído que cuando volviéramos de vacaciones teníamos que presentarnos al cura del pueblo y ayudarle a decir misa.

Me sobresaltó el ruido del timbre. No sabía por qué lo estaban tocando. Era una especie de campanilla de metal contra la que chocaba un trozo de acero. Hacía un ruido de mil demonios. El mayorón se levantó de la mesa y nos dijo que era la hora del recreo. Todos fuera. Nos hicimos los remolones, allí estábamos muy a gusto. Nos dio dos voces y nos dijo que dejáramos los tebeos en la mesa, volveríamos luego.

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LA CANTANTE DE LA TROPICANA IV


Antes de irme de vacaciones quiero encontrar un leitmotiv para Sally. Con su permiso me gustaría convertirla en una cantante de salsa ya que parece gustarle tanto el movimiento. De paso que da su primer recital con dos versiones de la vieja canción salsera “te quiero o quiero” aprovecho para presentarla al público en la sala de fiestas Tropicana de la Habana donde ha estado, que lo sé de buena tinta, a pesar de su disculpa de estar laborando en otros menesteres. La primera versión de la canción tiene mucho movimiento de manos y mucho ardor al ritmo de una música que es puro movimiento. El cuerpo de la cantante Sally danza hasta desfallecer y es que está cantando y danzando para un espectador escondido en la penumbra del fondo. No puede vérsele pero la manos de Sally se mueven hacia allí y todo su cuerpo es oleaje en una sola dirección. Enlaza la segunda canción con una mirada lánguida hacia el horizonte y las aguas cristalinas. Sus pestañan se dejan caer lánguidamente en un movimiento melancólico que entristece al espectador del fondo al que le gustaba jugar con ironías y desplantes. Debo decir que un servidor estaba allí por casualidad. Estaba buscando al profesor y al detective que se habían pasado de rosca al prolongar su estancia en el Caribe. Caí por Tropicana en un impulso del subconsciente y allí descubro a la morena cantante Sally que tiene una voz alegre, lánguida y aterciopelada a veces, y un cuerpo hecho para la danza. Desde luego si fuera productor musical me la traería a Europa pero bastante tengo con subir en el avión a patadas a estos dos juerguistas. El profesor dice que no es verdad que él no es juerguista y la culpa de todo la tiene el detective que está fumando en pipa, me mira y se encoge de hombros pensando: la salsa cubana es irresistible.

No he podido evitar sonreírme al leer la primera estrofa del poema. Soy morena, soy alegre, atrevida y pirulí. Mi santa es así, morena, alegre, movidita como una peonza e imparable en el camino de la vida ni con un placaje de rugby. Slictik es todo lo contrario por eso le gusta esa vitalidad. Por eso le gusta este poema de Sally. Es un retrato la mar de divertido y alegre, nada que ver con mis autorretratos, por supuesto. ¿Qué pensamos los amigos de Sally? Con esta fotografía ya me hago una idea, ya. Deliciosa la personalidad de Sally, pero solo una pega, o paráis de moveros, tanto mi santa como tú o me bajo del tiovivo.

Las caricias, la ternura, el contacto de dos cuerpos desnudos es una de las formas de comunicación más profundas y apasionantes de la especie humana. Existe ternura entre la madre y el hijo, pero sus caricias son de un género diferente. Estoy dispuesto a mandar al profesor que investigue pero estoy convencido así a bote pronto que la madurez de una persona se mide en el número e intensidad de las caricias que ha recibido y prodigado. Las caricias de dos cuerpos desnudos es sin duda la mejor manera de llegar a sus almas e incluso a la experiencia mística. Los orientales tienen la filosofía tántrica que explica esto. Los occidentales tenemos la religión judeo-cristina que nos ha privado del cuerpo como ente diabólico. Me quedo con el tantrismo.

¿Qué será, será el amor que todos venderían sus fortunas por un beso de sus labios? Desde luego si hay paraíso allí reinará el amor y si hay infierno a él serán castigados los que no sepan amar. Amar por toda la eternidad es un hermoso sueño. Que Sally siga soñando esos hermosos sueños. Tal vez la realidad se contagie algún día. Mientras hay sueños hay esperanza.

La soledad es inmensa como el universo donde dicen que sólo habitamos los terrestres. Un planeta perdido en el Cosmos habitado por una raza que se siente sola y desearía encontrar hermanos mayores que cogieran su manita y le llevaran a la isla del paraiso donde habitan los dioses. La soledad es inmensa porque las noches son frías, es el calor del otro lo que más se echa de menos en la inmensa soledad del Cosmos. Un viaje por el infinito en una nave estelar monoplaza eso me parece a veces la vida pero siempre está el otro. Hay que tender puentes, hay que buscar respuestas, hay que tender la mano, ahí está el otro. Cuando él llega el universo se puebla aunque estemos solos en un planeta perdido en cualquier parte.

El profesor e Hipo están cantando la canción de Sally debajo de una mesa en el rincón. Algún bromista ha debido de echar ginebra pura a la horchata y están borrachos como cubas. No paran de cantar y de manifestar a quien quiera oirles que este rincón no lo dejan ni a tiros. Se tambalean peligrosamente. Si hay alguna enfermera que vaya preparando un cubo de agua helada.

Con un manifiesto así se puede esperar todo lo bueno e incluso lo mejor de los versos de Sally. Dice que se inspira solo en el amor y en la vida, supongo que aún le parecerá poco. Seguro que con esos buenos sentimientos la inspiración se mantendrá y crecerá como un torrente.

Se ha escrito mucho sobre la mujer fatal pero es el primer poema que leo dedicado a un hombre fatal. Supongo que debe haberlos y supongo que hacen tantos estragos en el corazón femenino como la mujer fatal en el masculino. Creo que estamos poco acostumbrados a oir hablar de hombres fatales. Tal vez porque la mujer suele ser un poco reservada en este aspecto. Sally rompe el silencio y lo hace muy bien. El hombre que se mofa de las mujeres y las cosifica recibirá su castigo. Algún día encontrará su mujer fatal y su corazón se romperá en pedacitos. Lo tendrá bien merecido. Quien juega a romper corazones no se librará de que rompan el suyo.

Amores y engaños se entrelazan en las palabras que entrelazan nuestras vidas. Las palabras llenan el aire como el polen al primer viento. En ellas se entralazan amores y desamores, engaños y soledades. Hacen mucho daño. Son un mal presagio, auguran sendas diferentes. Creo que es el poema de Sally que más me gusta hasta ahora, al menos formalmente y el tema me llega, palabras que entrelazan amores y desengaños. Así es la vida. Un abrazo.

Amanece en un día primaveral. Sopla suave la brisa sobre trigos y amapolas. En el lecho de la tierra se desnuda un corazón. Está esperando el amor en primavera. Puede que no tenga que esperar mucho.

Nubes negras en los cielos de Sally. Tenía ganas de verla en un poema de tema duro, en uno de esos temas que a todos nos duelen. Aunque la musicalidad del piano sigue sonando al fondo las nubes negras traen desacordes emocionales y dolor. Llueven versos doloridos y el piano sigue sonando al fondo aunque ahora habla de tristeza. Un abrazo y no me hagas mucho caso normalmente cuando me hago caso a mí mismo me equivoco ¿imagina lo que se pueden equivocar los demás cuando me hacen caso?

Nívea mirada

Autor: Cecilia Santisteban Sánchez

En la estrangulada noche con sabor a sándalos posé para ti. Parapetada en la esquina del desafío mis pétalos cayeron en marcha onírica hacia el horizonte. Los colores del arco iris desdibujados, lenguas irritantes de calamidad, versos que languidecían en la franja del olvido.

Albores de miedo en roídos almohadones de esperanzas cobijaron tu nívea mirada. Tus enjutos párpados adosados al mutismo inerte del tiempo.

©sally04

MI BIBLIOTECA PERSONAL XXXI


MIENTRAS AGONIZO DE WILLIAM FAULKNER

Ha comenzado el verano, al menos climatológicamente, y como todos los veranos en Soria me gusta salir al porche, sobre todo cuando sopla brisa, aunque sea muy ligera, para leer tranquilamente mis libros del porche, ahora mismo las obras completas de William Faulkner, de editorial Aguilar, primer tomo, La comedia Humana de Balzac, primer tomo y El tiempo recobrado de Proust. Acabo de terminar de leer Mientras agonizo de Faulkner y antes de comenzar la segunda novela, El ruido y la Furia, en este caso relectura, he reflexionado sobre lo que ha supuesto en mi vida Faulker, como lector y como escritor.

Como a buena parte de los clásicos, los grandes escritores de todos los tiempos, lo descubrí en mi juventud, época muy intensa de lecturas, porque antes de lograr pisar por primera vez una discoteca me encerraba en mi cuarto, leyendo compulsivamente mientras escuchaba en el transistor de aquellos tiempos Radio 2 de RNE, radio clásica. Si no recuerdo mal la primera novela que leí de Faulkner fue Santuario, aunque también pudo ser El ruido y la furia. Lecturas de la biblioteca pública de León porque en mi biblioteca no existió ningún libro de Faulkner comprado hasta que compré El Villorio en una edición de bolsillo y hace solo unos años las obras completas de Aguilar en la Cuesta de Mollano, bastante barato, de segunda mano.

Antes de leer Mientras agonizo me empapé del excelente estudio preliminar de Michael Millgate. Debo reconocer que Faulkner es un autor difícil, no tanto como Joyce o Proust, pongamos por caso, pero no es fácil de leer, entre otras razones porque su estilo es muy bueno, muy trabajado, y todas las obras literarias con un gran estilo no son fáciles de leer por definición. No es que un excelente estilo aburra, pero sí es cierto que si quieres leer una novela de un tirón, disfrutando del ritmo y los vericuetos de la historia, un estilo muy cuidado te obliga a leer con calma, disfrutando del lenguaje, que no se te escape nada, con lo que, por muy interesante y hasta apasionante que sea una historia, no puedes leerla compulsivamente, lo mismo que no puedes disfrutar de una obra maestra de la pintura mientras pasas al galope por las salas de un museo. Hay autores que son para leer a lo largo de toda la vida, con calma,sin la menor prisa, disfrutando de cada momento, tomándote tu tiempo y con adecuados periodos de descanso. Los lectores compulsivos están bien para la novela negra u otro tipo de literatura, que sin desmerecer por su calidad, su ritmo narrativo endiablado o sus historias con suspense, apasionantes, permiten al lector abismarse en ellas durante horas y horas, hasta rematarlas. Los autores clásicos son para leer en el porche, a la sombra, con un poco de brisa, con todo el tiempo del mundo, levantando la cabeza de vez en cuando para contemplar el paisaje, haciendo pausas para echar un pitillo o ir al frigorífico por una cerveza. No puedo aconsejar mi forma de leer, saltando de una novela a otra, porque eso en mi caso es patológico, aunque lo disfrute mucho y nunca pierda el hilo, pero sí es aconsejable leer solo hasta donde la concentración te lo permita, en el momento en que tengas que repasar un párrafo, porque no te has enterado, es conveniente dejarlo para otro rato o para el día siguiente.

Para mí Faulkner tiene cualidades que permiten una lectura más fácil que otros clásicos-mamotretos. Su sentido del humor ayuda a que el dramatismo de la narración no te apabulle y te deje para el arrastre. Es un sentido del humor muy peculiar, como lo son todos, según el país del autor o su carácter o idiosincrasia, pero a mí me encanta, porque es fino, muy de la tierra, generoso, sin buscar cebarse en las personas o las sociedades. Sin duda fue lo que más aprecié en la primera lectura. No es un humor cervantino, por ejemplo, pero sí enraíza en la tierra como lo hace el humor del Quijote.

A veces, a lo largo de mi vida, he hablado con lectores de nuestros respectivos gustos, y me he encontrado con que muchos de ellos han abandonado por completo la ilusión de poder leer algún día y disfrutarlos, libros difíciles o mamotretos, con El Quijote, El Ulises, a La busca del tiempo perdido, etc etc. Incluso me han comentado que se han atrevido con la Iliada o la Odisea de Homero, o con tal o cual libro, famoso por su dificultad, pero no han podido terminarlos, demasiado sacrificio, me han dicho, para los resultados finales. No se trata de sufrir, no se trata de convertirse en un lector masoquista, buscando el mayor sufrimiento posible. Para mí la lectura de los clásicos o de los autores difíciles no es un placer masoquista, si tengo un defecto es el de ser muy hedonista, con la comida, con la literatura, al escribir, con lo que sea. Busco sobre todo el placer, pero a veces uno debe de pesar en la balanza de precisión si merece la pena un determinado esfuerzo o no. En mi caso hay razones poderosas que pesan mucho en el platillo a la hora de decidir leer un determinado libro, a toda costa, por muy “mamotreto” que sea. Y que son éstas:

-Un excelente estilo siempre es digno de ser leído y apreciado, aunque cueste, y no solo porque seas un escritor aficionado y necesites aprender. El lenguaje exquisito, bello, preciso, maravilloso es en sí mismo una obra de arte. Hay que saber apreciarlo, como un cuadro que se mira sin prisas en un museo, sin pasar al galope porque hay muchos más, buscando las diferentes perspectivas y distancias, reflexionando, entrando en éxtasis, regresando mañana o dentro de un mes o de un año. No puedes pasar ante las obras maestras de la pintura como un ejército de japoneses, cámara en ristre, preocupados porque no se les pase nada y por aprovechar hasta el último minuto. Una obra maestra de la pintura es para disfrutar toda la vida, regresando al museo cuando sea posible y buscando la soledad y el silencio, sin reloj, sin nada que marque un tiempo limitado, hasta que cierre el museo. Con una obra maestra de la literatura hay que tomarse su tiempo y aunque solo sea porque el estilo merece la pena, hay que aceptar que no estamos en una discoteca, con una copa de más, desmelenándonos y buscando la aventura a cualquier precio. Un maravilloso estilo nos permite apreciar la profundidad del lenguaje, sus recovecos, sus posibilidades y el lenguaje es uno de los instrumentos imprescindibles para la comunicación y sin comunicación no hay relaciones interpersonales que merezcan la pena. No se trata de estudiar el estilo como si fuera un trabajo tan duro como convertir un erial en un huerto frondoso, cavando y cavando, regando, sudando, sufriendo y sufriendo. El estilo literario agudiza la mente, cultiva las facultades de nuestra psiquis, hasta sensibiliza el alma. Hablar bien, escribir bien, disfrutar de un buen estilo no es un castigo que nos merecemos por nuestros muchos pecados, es un placer de la mente, del corazón, del alma, es una forma maravillosa de pulirnos como personas, como seres humanos. Si para eso hay que cavar y sudar un poco, pues se suda y no pasa nada.

-Cuando una historia merece la pena, no importa que el estilo nos haga sentir como si estuviéramos en una carrera de obstáculos. Una historia dramática, una comedia, una historia profundamente humana siempre merecerán la pena aunque uno tenga que sufrir un poco. Y cuando hablo de historia estoy hablando de la historia individual de los personajes, pero también la colectiva, del retrato de una sociedad, de la humanidad en general.

-Si los personajes son sólidos, humanos, profundos, si nos aportan mucho a nuestras vidas, si nos hacen reír, si nos hacen llorar, entonces merecerá la pena leerse un mamotreto. El Quijote merecería la pena solo por sus personajes.

-Si la trama está bien estructurada, si se nota al arquitecto en los muros y en los techos, en las cúpulas y en las ruinas, es muy probable que también haya buenos personajes y una buena historia. No importa el tiempo que nos lleve leer un libro, lo que suframos, una buena estructura siempre merece la pena y si va acompañada de una buena historia y unos excelentes personajes, no lo dudemos.

Estas son entre otras las cualidades que yo aprecio en una buena novela y por eso no me importa sufrir un poco o un mucho leyendo el Ulises de Joyce, que estoy releyendo ahora también, o A la busca del tiempo perdido de Proust, o la Comedia humana de Balzac, o las obras completas de Faulkner. No me importa tardar años en leer uno de estos mamotretos y luego darme más años de reposo hasta su relectura, siempre merecerá la pena.

Faulkner tiene un estilo excelente, muy trabajado; sus personajes son una mina de oro, maravillosos, sus historias son humanas y siempre merecen la pena, en plan drama o en plan comedia. Su estructura narrativa es algo a estudiar con detenimiento. Como es el caso de Mientras agonizo. Una novela sorprendente, entre otras cosas por el enorme trabajo que debió suponerle al lector. Como escritor aficionado me siento pasmado cuando imagino el increíble trabajo que supuso escribir esta novela. Una novela con muchos personajes que van narrando la historia, uno por uno, cuando les toca, que van apareciendo cuando es necesario y nos van contando lo que ven o lo que les pasa o ha pasado, cada uno con su propia voz, su propio carácter que se adecua al episodio de la historia que les toca contar. Es asombroso, es una gigantesca tela de araña, muy sutil, perfecta, que nos cuenta una historia tan humana y dramática como es la muerte de una persona, en este caso la madre de la familia, que agoniza mientras los otros personajes siguen viviendo, incluso cuando comienzan a trabajar artesanalmente en el ataúd.

No importa que a veces el autor deba actuar de narrador omnisciente, sin cambiar a la tercera persona, mezclando la primera persona del personaje que está narrando, la historia no pierde nada, ni parece inverosímil, al contrario, se hace más verosímil, más humana, más literaria. Nuestros personajes pertenecen a la tierra, no son personas cultas, no pueden narrar como un escritor exquisito, y sin embargo a veces deben hacerlo para que se capte un paisaje con toda su fuerza, algo que solo un gran narrador puede hacer. A veces la historia necesita un toque de un narrador culto con un estilo exquisito. Faulkner puede pasar de la narración pueblerina de un personaje a la narración de un gran escritor en el siguiente, sin que el cambio de estilo rechine o nos haga preguntarnos por la verosimilitud de lo que se está contando. En este sentido me quito el sombrero porque yo nunca lo he conseguido, mis chabacanos personajes humorísticos nunca logran pasar a un narrador de gran estilo sin que todo rechino. Es un gran trabajo, un formidable trabajo. Como mantener el carácter de tanto personaje de un episodio o capítulo a otro, cuando ya han pasado por la trama otros muchos personajes que han narrado lo que les correspondía. Si ya con un solo narrador, omnisciente o testigo, en tercera o en primera persona, muchas historias suponen un trabajo meticuloso y agobiante, el utilizar a todos los personajes de la historia como narradores, sin que pierdan el hilo, sin que el lector se pregunte qué personaje está narrando ahora, sin tener que mirar el título del capítulo, es de un mérito apabullante.

Mientras leía esta novela me he planteado cómo la hubiera planteado yo y si hubiera podido rematarla, no ya conseguir una obra maestra, simplemente acabarla. Me he sentido completamente agotado antes de empezar. Ni aunque tengas un montón de cuadernos, como tengo yo, para mis novelas, índice de personajes, esbozo de los mismos, trama cronológica, estructura… lo que quieras. Esto sobrepasa el trabajo normal de cualquier escritor. Hay que ser un genio para conseguirlo.

¿Y qué decir del diálogo? Maravilloso. Hay personajes, como Vardaman, el niño, que es inconfundible por sus diálogos y cuyas narraciones no pueden confundirse en ningún momento con las de cualquier otro adulto. A través del diálogo es como Faulkner consigue que un párrafo de exquisito estilo no rechine en el capítulo correspondiente del personaje, porque en cuanto habla sabes que es él y la exquisita descripción paisajística o dramática no desentona porque autor y narrador-personaje se han unido estrechamente, en una sola persona, no en dos, y la sutileza y suavidad con que luego se desvinculan hace que no haya grietas, que nada rechine. Cuando el personaje regresa al diálogo, una vez que la historia ha avanzado con el párrafo narrativo, uno sabe que nunca ha salido de allí, de la granja, del paisaje, del gran río desbordado, de la profunda humanidad de los personajes que van y vienen.

Una novela impresionante que uno debe releer varias veces a lo largo de la vida para disfrutarla más y más. Como toda la obra de Faulkner. Convertir el paisaje de su infancia, adolescencia, juventud, de su vida, en uno de los paisajes literarios más impresionantes de la historia de la literatura, como es el caso de Macondo de García Marquez, en este caso el condado de Yoknapatawpha, es uno de los logros más fantásticos de la historia de la literatura. Y en cuanto a los personajes uno se plantea si no los encontraría por la calle o por el campo si fuera trasladado a aquel entorno y en aquel momento histórico. Es lógico que un autor se rebele a la hora de desvelar de dónde saca sus personajes, especialmente si utiliza personas reales y vivas, pero lo mismo que en el caso de Dostoievsky, uno sabe que esos personajes no se crean de la nada, son reales, aunque luego la ficción los manipule, pode, pegue o los convierta en un puzzle.

La siguiente relectura será el Ruido y la Furia y luego Santuario, sin olvidarme de las primeras lecturas, aún hay una buena parte de la obra de Faulkner que me resta por leer. Aconsejar al lector que se atreva con la obra de este exquisito escritor que se lo tome con calma, sabiendo que una obra maestra de la pintura no puede apreciarse de una sola mirada.

https://es.wikipedia.org/wiki/William_Faulkner

PERDIDO EN EL TIEMPO XX


PERDIDO EN EL TIEMPO

HECTOR BERLIOZ

SINFONÍA FANTÁSTICA

MARCHA AL SUPLICIO

De pronto he decidido suicidarme…si puedo…si me lo permiten…si es posible. Estoy harto de esta historia. Es una mierda. Es inútil seguir fugándome de la realidad. Esto no es un delirio, una alucinación, un extravío de mi mente, estoy aquí, en una dimensión ignota, solo, y no regresaré nunca a la realidad que conozco, en la que he vivido hasta ahora. Seguir dando vueltas y más vueltas a esta autovía infernal no es precisamente un aliciente, además de noche, en una noche perpetua, eterna, solo con mi mente, que es lo único que me queda porque el cuerpo físico es solo un remedo de lo que fue, no puedo comer, ni beber, ni dormir, ni excretar… Puede parecer una mejora, ¿pero lo es?, no tengo hambre pero he perdido el placer de disfrutar de la comida, no tengo sed, pero beber también es un placer, no tengo necesidad de dormir, pero mi mente necesita evadirse unas horas al día. Puede que no muera, es algo que voy a probar, pero vivir, sin alicientes, solo, no es un don, es un castigo.

No es la música que yo hubiera elegido para acompañar un suicidio, mejor la novena de Beethoven, mucho mejor, o el réquiem de Mozart o el de Fauré, o… tantas otras, pero es la música aleatoria que me ha traído el destino y tal vez no sea la mejor pero sí armoniza con mi estado de ánimo. Es una marcha al suplicio, al cadalso, a la guillotina, pero sin llegar nunca a ella. Una marcha sarcástica, cínica, tambaleante, pomposa, majestuosa, estúpida, delirante, inconmovible, testaruda, digna, lúcida, segura de sí misma, indubitable. La marcha de quien no teme nada porque la desesperación le hace grande, poderoso, gigante, verdugo, víctima, espectador, actor, bufón y rey, real y mental. Todo es mental, todo es fantasía, puedo hacer lo que quiera porque soy un dios, puedo reír y llorar, puedo recordar y olvidar.

Toto tototó toto tototó torotototó torotototó tutu tututú etc Tatatá tataratatatatá etc etc Tata tataratatá etc

Grande Berlioz, me pudo ver en el futuro, yendo al cadalso en plena oscuridad, en plena noche eterna, por una autovía infernal, apretando el acelerador, observando cómo la aguja del cuentakilómetros sube y sube, veinte, cuarenta, sesenta, ochenta, cien, ciento veinte… Me pudo ver yendo al suplicio, el pie en el acelerador, los dientes apretados, la mirada al frente, los faros trepanando la noche. Ya no me importa comprobar si estoy o no realmente solo. Me había planteado explorar, sí, salir del coche con una linterna, trepar el quitamiedos y caminar siguiendo la luz de los faros, hasta donde llegaran y más allá, saltando arbustos, rodeando arbolitos, tropezando en piedras, buscando, siempre buscando, una gasolinera, aunque estuviera abandonada, un muro, derruido, las viejas ruinas de una civilización, algo, cualquier cosa que me indicara que una vez hubo algo, convertido en arqueólogo en paleontólogo, buscando un hueso humano, una tibia, un peroné. Buscando un arroyo donde pudiera beber incluso sin tener sed, un manzano silvestre del que pudiera comer, aunque no tuviera hambre. Buscando más allá, tras el montículo y la colina, una luz en la oscuridad, artificial, lunar, lo que fuera. Una huella de pies en el suelo, una huella de animal, algo, lo que sea. Sí, quería hacerlo, no rendirme hasta saber la verdad, hasta descubrir si estoy realmente solo. Pero ahora sigo oprimiendo el acelerador, guiado por esta música infernal, divina, delirante. ¿Qué haría si ahora mismo apareciera un ser humano caminando sobre el asfalto? Cuando vivía entre los humanos, huía de ellos y me refugiaba en mi pequeño apartamento como en un búnker, ahora daría cualquier cosa por ver un ser humano, el que fuera, niño, joven, adulto, anciano, mujer, hombre, caminando por esta autovía. No importa que no quisiera hablar conmigo, que me despreciara, que se burlara de mí, o que comenzara a charlar sobre el tiempo, hoy hace un día estupendo, el sol es maravilloso, estamos en primavera, en verano, hoy hace un día infernal, llueve a cántaros, jarrea, el cielo se desploma, los relámpagos hienden el cielo y la tierra, los truenos son las trompetas del apocalipsis, la nieve cae en copos gigantescos, nos va a enterrar, el frío es insufrible, me corta los dedos, quema mis orejas… No importa de qué quisiera hablar el otro humano conmigo, al menos escucharía el sonido humano. Tenía previsto jubilarme pronto, irme a la montaña, una casita con jardín y huerto, un perrito y un gatito. Ya no oiré el ladrido de un perrito cariñoso ni el maullidito de un gatito zalamero. Adoro a estas personitas, tan pequeñas, tan encantadoras. No hablan el lenguaje humano sino el perruno o el gatuno. Tampoco yo hablo el ruso, el chino, el extraterrestre y sin embargo soy inteligente, consciente, humano.

Tata tatatá…

Ahora podría saltarme a la torera lo políticamente correcto, despotricar de esto o de aquello, decir lo que realmente pienso y no lo que me obligan a pensar. Podría hacer lo que quiero y no lo que me han obligado a hacer desde la cuna. Pero ya no quiero hacer nada porque estoy solo, nadie me ve, porque yo no necesito hacer nada, pensar nada, sentir nada, porque no quiero convencerme de nada. Los demás eran espejos en los que me miraba para poder verme. Ahora que estoy solo no necesito mirarme, ni verme, ni siquiera necesito existir.

Podría pasarme el resto del tiempo, si es que existe, de la eternidad, recapitulando lo que fue mi vida en el otro lado. ¿Para qué? No necesito recordar nada, justificar nada, lamentar nada, angustiarme por nada. Solo lo hacemos para que los espejos que son los otros sigan ahí y nos permitan mirarnos en ellos y encontrar nuestra imagen. Porque no tenemos imagen alguna, somos fantasmas en medio de la noche, en mitad del Cosmos. Ya no tengo que reparar daños, reconstruir jarrones rotos, ni buscar la reconciliación, ni buscar nuevos horizontes. Estoy solo y todo lo que antes me parecía importante ahora ni siquiera existe. No soportaría que mi mente se pasara los días y las noches, y el día-noche eterno recordando siempre lo mismo, una y otra vez, como si no hubiera otra cosa, intentando delimitar lo que fue realmente real y lo que añadió mi fantasía. ¿Qué importa lo que ocurrió realmente fuera de mí o lo que añadí dentro de mí? Lo real y lo irreal son una misma cosa. No soportaría dejar que mi mente me atormentara una y otra vez con los mismos recuerdos. Y sin embargo es lo que hacía cuando estaba al otro lado, con los otros, me pasaba más tiempo recordando el pasado que buscando el futuro, que caminando en el presente. El pasado lo era todo, me movía hacia atrás, como los cangrejos. Caminaba de culo y no lo sabía.

Tata tatatá

Ciento treinta, ciento cincuenta. Estoy buscando desesperadamente la muerte. Sé que el dolor será inevitable, como me ocurrió cuando me golpeé la cabeza y me desmayé, pero espero desesperadamente que sea un dolor breve, luego la nada, la ausencia de dolor, de recuerdos. ¿Y si resucito? Espero que no, que el coche estalle, que se calcine, que mi cuerpo se convierta en ceniza. ¿Pero y si resucito? ¡Maldita sea, aunque así fuera, tengo que comprobarlo!

Doscientos, doscientos diez…

El volante tiembla, cualquier pequeño movimiento en falso y chocaré con el quitamiedos, el coche dará una vuelta de campana, saltará la mediana, dará tantas vueltas de campana que terminaré fuera de la autovía entre los matojos, en plena oscuridad, los faros se apagarán y mi recuerdo desaparecerá para siempre. Nada de lo que fui es real. Tengo estos recuerdos como podría tener otros. Los recuerdos persisten porque siempre hay alguien que nos ha acompañado un trecho del camino y que ha visto lo que nosotros hemos visto, que ha vivido lo que nosotros hemos vivido, porque vemos algo en el espejo creemos que es real. Pero ahora que no hay espejos, ahora que estoy solo lo mismo podría inventarme recuerdos completamente diferentes, una existencia absolutamente distinta. Si viniera ahora mismo un extraterrestre y me abdujera podría contarle una vida nueva, diferente y él se lo creería porque no me ha visto, no me ha acompañado en el camino, no sabe cómo soy realmente, cómo fui, no sabe nada de mí. Recordamos porque están los otros, sino fuera así no necesitaríamos recordar, podríamos fantasear.
Doscientos cincuenta, doscientos sesenta

El volante trepida, no puedo controlarlo. De pronto el coche se va, colisiona con la mediana, da una vuelta de campana, otra, parece una pelota loca, el volante se rompe entre mis manos. Noto que algo se clava en mi vientre, debe ser un trozo de volante. El dolor es terrible, espantoso. No es así como quería morir, no con este dolor. No puedo soportarlo. El coche se ha detenido, no sé dónde, no sé cuándo. Puedo que ahora explote y el fuego me calcine, también será doloroso, pero más rápido. Mientras llega ese momento debo disminuir el dolor que me atenaza, intento moverme hacia atrás, tal vez el trozo de volante que tengo en la barriga salga y el dolor disminuya. A la de una a la de dos, a la de…

DIARIO DE UN REPORTERO DE GUERRA I


Diario de un reportero de guerra (I)

 

D.R.G 1

 

¿Por qué se hace uno reportero de guerra? ¿Por vocación? Esta es la pregunta del millón. ¿Por qué se hace uno cirujano? ¿Para hurgar en las entrañas del prójimo todos los días?  ¿Se hace uno soldado para saciar sus instintos asesinos o se hace uno abogado para defender a psicópatas, a asesinos en serie, a violadores, a corruptos o mangantes de guante blanco?

 

No es tan fácil encontrar la verdad. Ya Poncio Pilatos hizo la pregunta del millón y se largó corriendo porque no deseaba escuchar la respuesta o tal vez porque creyera que nadie y menos que nadie aquel hombrecillo con una corona de espinas sobre su cabeza pudiera tener un tesoro tan grande en el fondo de su corazón.

 

Si la verdad fuera un diamante enorme y reluciente en un basurero repleto de porquería hasta un ciego podría verla. Pero no es fácil hallar la respuesta a la gran pregunta; ni tan siquiera la pregunta del millón es sencilla de contestar y eso que se aproxima tanto a la verdad como un grano de arena a un universo infinito.

 

Viajo en segunda clase en un vuelo normal camino de la última guerra. Me estoy haciendo estas preguntas y otras parecidas, más que nada para no probar aún la porquería de comida que tengo en una bandeja sobre las rodillas. Necesito que pase el tiempo y recurro a preguntas que me he planteado una y mil veces sin encontrar la menor respuesta que echarme a la boca en lugar de esta bazofia que tengo delante de los ojos.

¿Una bazofia? ¡Tendrían que ver lo que llega uno a comer en las guerras! Hay momentos en que uno deglutiría hasta los casquillos vacíos si no fuera peor el remedio que la enfermedad. Pero este no es el momento de pensar en cosas tristes. Mejor recordar a la familia que se quedó en casa ocultando sus lágrimas en las esquinas.

 

Me casé hace un par de años y tengo un hijo que no lloró al despedirme porque aún es un bebé. Estaba dormido y no me atreví a despertarlo. No soy precisamente un pipiolo ni en el amor ni en la guerra. Tengo la piel curtida en mil batallas y las cicatrices recorren todo mi cuerpo y hasta mi alma, si es que un concepto tan sutil pudiera referirse a algo real. No podría responder a la pregunta de si existe el alma. Las guerras no son precisamente el lugar más adecuado para encontrar almas, ni la propia ni las ajenas.

 

Mis colegas me consideran un veterano de mil batallas. Hace un par de años decidí sentar la cabeza, casarme con la mujer que me llevaba esperando media vida y a la que sólo veía unos cuantos días entre guerra y guerra. Me sentía viejo y cansado pero sobre todo estaba asqueado de ver morir gente por razones que nunca comprendí, ni creo que pueda comprender nadie. Estos dos años me he dedicado a disfrutar de la vida (un concepto que siempre me chocó, entiendo mejor el de muerte), de la familia, de la profesión de articulista en la prensa diaria. Todo esto al tiempo que intentaba rematar mi primera novela. No, no tenía nada que ver con la guerra. En realidad el argumento no podía ser más sencillo y ameno. Trataba de un joven magnate del negocio de la comunicación que se dedicaba, entre amante y amante, a manipular a la opinión pública. De esta forma mataba dos pájaros de un solo tiro. Me vengaba de ciertos tipos, por llamarlos de algún modo, que sobrevuelan la sociedad como los buitres carroñeros los cadáveres recientes, al tiempo que satisfacía una de mis pasiones favoritas desde que el cine me abriera los ojos a leyendas de pasión, a hermosas mujeres que se movían en la pantalla grande como en su propia casa.

 

En esto estaba, feliz papá que se levantaba varias veces en la noche para contemplar embobado a su retoño, cuando estalló la última guerra. Esta vez tan cercana y trascendente que todos hablaban de que el orden mundial ya no sería el mismo nunca más. ¿Cuántos años llevo oyendo lo mismo? Mi esposa no me dejaba ver la televisión y apagaba la radio en cuanto me veía cerca. Dejamos de recibir la prensa, al parecer por problemas con la suscripción o algo por el estilo. El teléfono fijo se averió y perdí el móvil, pero eso no impidió que mi ex jefe se presentara en casa y se auto-invitara a comer. Durante la comida no dijo una sola palabra sobre el conflicto, se limitó a piropear a mi bella esposa con tanto descaro que estuve a punto de partirle la cara.

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Al marcharse me abrazó, no muy fuerte, y me pidió que le acompañara hasta el coche. Allí me habló de que viejos amigos querían saludarme, me esperaban en un café que solíamos frecuentar años atrás para tomar unas copas. Ni siquiera pude despedirme de Elena. Me empujó al interior del mercedes y salió pitando.

 

El resto se lo pueden ustedes imaginar. Es curioso cómo tira esta maldita profesión. Un psiquiatra amigo me dijo una vez que nos acostumbramos tanto a los subidones de adrenalina que ya no somos capaces de permanecer más de un par de minutos con las manos a la espalda contemplando un hormiguero en el campo. Y mucho menos si las hormigas no son de la raza caníbal sino unas simples acaparadoras de comida para el invierno. Necesitas el sabor ácido de la adrenalina en la boca, necesitas vivir el riesgo, el peligro acechante en la mirada de cuantos te rodean.

Tal vez esto sea verdad aunque sin duda no se trata de toda la verdad. En mí aún quedan viejos resabios de idealismo trasnochado, de estúpido romanticismo de siglos atrás cuando en las guerras podías insultar al enemigo que corría hacia ti con la lengua fuera. Aún soy capaz de pensar que la humanidad puede tener remedio, que no todo está perdido, que si consigo poner en el plato del ciudadano normal un cadáver que hieda lo suficientemente fuerte tal vez el cristal estalle en mil pedazos, ese cristal incoloro, inodoro e insípido que el televisor pone delante de nuestros ojos para que la realidad no pueda ser tocada ni sentida con demasiada intensidad.

 

Estos pensamientos me hacen gracia pero no puedo evitarlos. Aún recuerdo la última cena en casa con un par de viejos amigos. Bromeábamos viendo en el televisor escenas de conflictos lejanos, pero luego, en el jardín, fumando un buen habano y trasegando coñac francés se hizo un silencio que se podía cortar con un cuchillo.

 

Al despedirme de Elena al tiempo que besaba sus lágrimas no dejaba de jurar y perjurar que éste sería mi último trabajo. Ella no me creyó. Ahora, mirando esta bazofia de plástico en plato de plástico, me pregunto si algún día encontraré redaños suficientes para cumplir lo prometido. Estoy intentando ver algo atractivo en esta comida que reposa en el plato de plástico que aún no he tocado. Tengo el tenedor  en la mano y pienso que cuando esté allí la echaré de menos. Un conocido cosquilleo me recorre la nuca, hace temblar mis piernas contra el asiento delantero. Es por el miedo y por algo más que no me atrevo a definir. Clavo el tenedor en el bistec de plástico al tiempo que repaso si me he dejado algo, si en mi magro equipaje falta algo esencial para retratar la guerra.

 

Continuará.

 

DICCIONARIO COLOQUIAL HUMORÍSTICO II


DICCIONARIO DE PANDILLA II

No podría saber, ni quiero saberlo, si mis tiempos juveniles fueron mejores o peores que estos o aquellos. Lo cierto es que no existían los móviles, ni el wasap o como se diga, ni el ordenador, portatil o mamotreto. No existía casi nada de lo que hay ahora, salvo el paro y las escuetas propinas que nos daban los “papis” para irnos de copas y a ligar en las discotecas. Los términos coloquiales que utilizábamos entonces aún siguen en mi cabeza, aunque no sé para qué me servirían hoy, ni tampoco si alguno de los jóvenes de esta generación los entenderá.

CHINA, O LA CHINA

Era la piedrecita de hachís que todo el mundo parecía llevar en alguna parte y cuando no la llevabas te pasabas la vida diciendo a los colegas aquello de : Pásame la china, tronco. Yo nunca llevé chinas encima, ni las compré ni quise saber nada del tema, pero si ibas en pandilla tenías que pasar por el ritual y de vez en cuando darle una calada a un porro. A mí siempre me gustaron las chinas, pero las otras, las de carne y hueso. Estoy convencido de que en una anterior reencarnación fui chino y tuve amantes chinas. Desconozco quién inventó la palabra o palabreja y por qué. La china era la bolita de droga que uno calentaba con el mechero y deshacía en el tabaco. Así se hacían los porros. Yo nunca intervine en el proceso de fabricación de un porro, pero asistí a él muchas veces.

CHOCOLATE, EL

Al hachís también se le llamaba chocolate y esto tiene más sentido porque el color tenía un toque achocolatado. Ir a buscar el “chocolate” era un ritual semanal antes de iniciar la ronda de pubs y discotecas. Con un porrito y un cubatita podías lanzarte a ligar como un loco. Ligar no ligabas nada, pero te “montabas en la moto” y los viernes y sábados por la noche no te apeabas. Luego se añadieron los jueves y al final toda la semana se convertía en una perpetua fiesta achocolatada y poco ligada.

PORRO, PORRITO, EL

El porro era el cigarro confeccionado con tabaco y el chocolate desecho tras ser calentado. Se liaba con papel de fumar de estos que aún se siguen comprando en los estancos. Te comprabas un librillo y tenías papel para liarte unos cuantos porros. El porro se fumaba siempre en pandilla, quien lo fumaba solo era un monstruo de Frankestein llegado de Marte y además que si agarrabas un buen “colocón” nadie te iba a librar de caer en la fuente pública o de ser atropellado por un loco del volante. Los efectos del porro dependían de la calidad de la mercancía que te “pasaban” o de tu momento o del momento de la pandilla, o de lo que hubieras bebido o de las calabazas que te hubieran dado las chicas, que todo influía. Podías agarrar un “colocón” casi mágico, te reías de todo, lo pasabas “pipa” o “chachi-piruli” toda la noche y te importaba un comino que te miraran o te señalaran con el dedo. Un “buen viaje” te permitía encontrar defectos a todo el mundo, reírte de todo y de todos, hacer cualquier tontería en cualquier momento y en cualquier lugar. En cambio un “mal viaje” podía hacerte vomitar bilis y darte un serio disgusto que nunca terminaba en el cementerio porque aquella era una droga “blanda”.

MAL VIAJE, EL

De esto no necesito hablar de oídas, porque recuerdo mi primer mal viaje como si fuera ayer. Yo estaba en Madrid, tenía unos 22 o 23 años y una amiga me acababa de presentar al hijo de un teniente coronel del ejército de Tierra que era heroinómano, el hijo, no el padre. Además estaba uno de los hijos del gran poeta leonés Leopoldo Panero, creo que el menor. Aparece en la película de Jaime Chávarri que ya es un clásico del cine español. El desencanto. Creo que había alguien más, pero no lo recuerdo. Nos sentamos en una terraza del barrio Bilbao de Madrid, o puede que fuera otro, ya no recuerdo. Era verano, una cerveza fresquita, cháchara intelectual. Se pusieron a liar un porro y me lo pasaron. Les dije que no fumaba y casi me matan. Mi amiga me aconsejo que al menos hiciera el paripé o acabaría mal. Le di varias caladas, pero como no fumaba en aquel entonces, comenzaría a fumar en las discotecas a partir de los treinta años, no tragaba el humo. Me lo hicieron tragar. Todo fue bien, me reía como un loco, lo pasaba de miedo y la vida era maravillosa hasta que me sentí mal. Fui al servicio, vomité bilis y al salir todos en el bar me parecían pequeñitos y raros. Y es que yo estaba en el techo, viendo lo que sucedía abajo, como se lo cuento. Aquel fue mi primer mal viaje, creí morirme y recé porque Dios me acogiera en su seno. Creo que fue mi primer viaje astral. Aunque la pandilla luego lo calificó solo de “un mal viaje”.

LORO, ESTAR AL LORO

Esto lo dijo aquel político tan majo que fue alcalde de Madrid, que se llamaba… que se llamaba… ¡Ah, sí! Tierno Galván. Lo dijo en un pregón y para congraciarse con las pandillas que estaban al loro. Era muy frecuente escuchar cuando uno liaba un porro aquello de “estáte al loro” que quería decir que vigilaras por si las moscas. Estar al loro servia para todo. Tenías que estar al loro por si entraba una “tía buena” a la discoteca. Aunque solo fuera para verla, porque en aquel tiempo,catar, lo que se dice catar solo lo hacían las leyendas urbanas. Si estabas al loro estabas al día, a la moda, a la movida madrileña. Si no estabas al loro entonces tenías que “ponerte las pilas”. Pero esa es otra, para otra ocasión.

DICCIONARIO COLOQUIAL HUMORÍSTICO I


DICCIONARIO COLOQUIAL HUMORÍSTICO I

TÍO
-Colega, camarada, amigo. Lo empleábamos constantemente en la pandilla. “Tío, qué pasa contigo” “Dónde has estado tío”.
Es curioso que se utilice un término familiar que en aquella época y no creo que tampoco en esta tenga un especial significado afectivo. La relación con los tíos en los entornos familiares se podría decir que no es ni fú ni fá. Podrían haber elegido “sobrino”. ¿Qué pasa sobrino? No era aconsejable el uso de la palabra “primo” porque un primo era un tonto.
PRIMO
Como hemos visto era sinónimo de tonto. Expresiones frecuentes eran: He hecho el primo, ese tío es un primo, etc.
No he tenido ningún primo tonto por lo que nunca entendí ni porqué un colega o amigo era un tío y porqué razón los primos tenían que ser tontos. Todos mis primos eran listos.
TIENES UN MORRO QUE TE LO PISAS
Era una expresión muy corriente en mis tiempos de pandilla. Si venía uno y te bebía el “cubata” cocacola con ron o el gintonic, tónica con ginebra, las bebidas más frecuentes en aquella época, le decías aquello de “Qué pasa tío, tienes un morro que te lo pisas”.
Pisarse el morro es tener mucho morro, la razón por la que se le atribuya al morro desvergüenza, atrevimiento u otros defectos de carácter es peculiar, la boca expresa la desvergüenza, pero el morro me lo como con los callos y está muy rico. Buscar orígenes en el lenguaje coloquial o popular es como buscar petróleo, si lo encuentras te haces rico, pero es difícil encontrar una bolsa de petroleo.
TIENES UN ROSTRO DE CEMENTO “ARMAO”
Tener cara dura o rostro de cemento armado era lo máximo, era como decir que no le puedes pegar al tío un puñetazo porque es como si se lo pegaras a una pared hecha con cemento armado, te rompes la mano. Desconozco porqué el cemento armado era tan duro y si existía el desarmado. Digamos que existía una jerarquía, un tío podía tener “cara dura” pero si tenía un “rostro de cemento armao” entonces cuidadito con él.
ESA “TÍA” ESTÁ MÁS BUENA QUE EL PAN
-Las “tías buenas” han permanecido hasta este momento. Las tías que yo tuve unas estaban buenas y otras menos y otras nada. La razón por la que se escogió ese parentesco me es totalmente desconocida.
-Estar más buena que el pan era decir que había solidez porque el pan en aquella época tenía reminiscencias de postguerra, si había pan no pasabas hambre, aunque disfrutar, lo que se dice disfrutar el paladar pues no mucho.
ESTÁ DE PAN Y MOJA
Eso ya era el colmo de los colmos. Una tía que estaba de toma pan y moja era ya para comérsela. Claro que si además del pan, con su solidez alimenticia, le pones una salsa rica, como la de los callos por ejemplo, entonces tomas enormes pedazos de pan, te los llevas a la boca y tragas como un cerdito mientras la salsa te cae en la camisa. Una “tia” que estaba así es que era “demasiao”, era para comérsela a lo bruto.
Es curioso cómo reaccionaban las chicas, te llamaban machista si les decías “tía”. En cambio a nosotros nos llamaban tíos o nos llamábamos tíos entre nosotros y éramos muy felices. Llamarle “señorita” a una chica era muy finolis, muy pijo. Quien lo hacía era sin duda un pijo remirado y en cambio quien llamaba a todo el mundo tío o tía era de la calle, del pueblo, del barrio, era un colega y un amigo.
Y con esto y un bizcocho lo dejamos hasta mañana a las ocho.
DICCIONARIO DE PANDILLA
De jóvenes no podemos vivir sin la pandilla o el grupo o como se le quiera llamar. Estamos tan inseguros que necesitamos de su aprobación, de que nos arropen en nuestras decisiones. La vida de pandilla tiene sus atractivo y tiene también su lado oscuro. Voy a intentar recopilar los términos o vocablos que se utilizaban en mi pandilla hace muchos, muchos años.
MOVIDA
Palabra muy conocida por aquello de “la movida madrileña” que marcó una época en Madrid y a la que se apuntaron músicos, cineastas y algunos, como yo, que solo queríamos tomar unas copas y charlar con los amigos.
Lo de movida imagino que viene por el movimiento, estar moviéndose, y efectivamente ibas de pub en pub de copa en copa, de piropo a las chicas a piropo a las chicas, que no te hicieran caso a tiro porque me toca, como en la oca. A veces movías los pies en un concierto, si te dejaban, porque estábamos como sardinas en lata. El cerebro se movía lo suficiente y la vida seguía su ritmo, su movida, tal vez un poco más rápido, no sabría decirlo.
KEDADA
Es lo mismo en estos tiempos solo que aquí se mueven más y lo llaman kedada en lugar de movida. Es cierto que las kedadas son muy del mundo virtual y todos sabemos cómo se mueven los electrones en Internet. Movida o kedada se trataba de quedar con la pandilla, o mover a la pandilla de un pub a otro y de una copa a otra.
CUBATA
Lo que uno se tomaba habitualmente en pubs o discotecas. Un cubalibre de ron, que en mis tiempos era Bacardí. Lo de Cuba libre lo debió de inventar alguien poco afecto al régimen de Fidel Castro. Lo de Cuba-ta era típico, los añadidos en “ata” eran muy frecuentes como iremos viendo, tal como “bocata”.
GINTONIC
Era tónica con ginebra, algunas ginebras eran muy malas, de garrafón que se decía entonces. Los “puretas” otra palabra muy peculiar, los pijos de ahora, pedían una Befeater o como se escriba. Entre cubalibres y gintonic uno se podía tomar media docena, si le llegaba el dinero, y retirarse a las cuatro de la madrugada, muy alegre, o si no cerraban la “disco” te quedabas hasta las 6 o las 7 y luego te tomabas un chocolate con churros en la chocolatería más cercana.
BOCATA
Imagino que al “bocadillo” le quitaron el “dillo” y le añadieron el ata, que era una terminación repetidísima. Se quedó en “bocata”. Recuerdo los “bocatas” de calamares que me tomaba en los bares de Cuatro Caminos en Madrid. Un bocata calamares y una “caña” de cerveza era una comida barata y muy sabrosa. Existía el bocata de jamón, de tortilla española, etc. Los tiempos de pandilla también fueron tiempos de “bocatas”.
CAÑA
No tengo ni idea de dónde viene el vocablo. Se podía pedir una caña de cerveza y te la echaban del grifo a presión. Si querías cerveza de botella la pedías así, o de botellin, o el quinto que era la botella más pequeña. Nunca escuché pedir una “caña” de vino, porque imagino que con un vino peleón quedarías para el arrastre. Lo del vino era el “chato”.
CHATO
Un chato de vino era un poco de vino para limpiar el culo del vaso, tenías que tomarte muchos “chatos” para que te supieran a algo. Los vinos eran muy peleones y se subían fácilmente a la cabeza. Los “puretas” o pijos modernos pedían un chato de Rioja, era bueno, pero costaba un ojo de la cara.
TAPA
Imagino que la tapa se pone sobre el estómago para tapar el hambre, y si son buenas tapas acaban con el hambre directamente. La tapa era muy común. Pedías una caña o un chato y te ponían un trozo de tortilla, unas alitas de pollo fritas, un trozo de queso, unas aceitunas con anchoas… Los más roñosos te daban cacahuetes como a los monos o maíz o cualquier otra tontería. Estos bares o cafeterías los ponías en tu agenda negra. En cambio los que daban buenas tapas estaban hasta la bandera, otra expresión muy de la época.
Mi etapa de pandilla discurrió entre León, el famoso barrio Húmedo, tapas exquisitas y la mejor morcilla de España en la Bicha y Madrid, con la zona de Bilbao, entonces muy de moda y otros barrios por donde se extendía la movida Madrileña.
Y con esto y una tapa hasta después de Navidad. FELIZ NAVIDAD A TODOS