Autor: Slictik

Escritor aficionado. Subo mis textos a Internet con frecuencia en otras páginas y blogs. Coordino un taller de humor esponsorizado por la Escuela de Escritores Alonso Quijano. Este es un blog que he abierto para almacenar mis novelas y relatos y tener a mano los textos cuando los necesite.Modero la sección literaria de Sonymage. Escribo porque me divierto, es una diversión, no un trabajo.

LA CANTANTE DE LA TROPICANA III


Se acercan las Navidades, fechas entrañables para todo el mundo, incluidos los detectives. El nuestro se pregunta cómo pasará estas Navidades. Seguro que espiando a la cantante de la Tropicana. No son malas navidades, no, para sí las hubiera querido todos estos años pasados en los que ocupó la nochevieja vigilando a un par de matrimonios ligeros de cascos, los dos. Los maridos le encargaron que vigilara a sus esposas y estas que vigilara a sus esposos. Con tanta esposa suelta decidió esposarse al buffet o barra libre del hotel donde las parejas se engañaban mutuamente. Hizo un par de fotos para cumplir y el resto de la noche lo pasó comiendo y bebiendo como un cosaco hambriento en plena Siberia. Lo malo es que tenía la tv muy cerca y tuvo que tragarse el programa de fin de año.

Esta vez el panorama se presenta mucho más entrañable. Seguro que la cantante pasará las fiestas con su familia, recordando al viejo año que se va. De vez en cuando se asomará a la ventana para contemplar la luna navideña y él podrá disfrutar de su rostro silueteado contra la noche. Pondrá unos adornillos a los prismáticos y por un momento se hará a la idea de estar bajo el árbol navideño. Tal vez pueda acercarse y robar algunos manjares y una botella de buen ron. Desde luego estas fiestas no se presentan nada mal. Incluso puede que la cantante de la Tropicana alegre la noche con algún villancico. Y para redondear no es lo mismo un clima caribeño-tropical que estar hundido en la nieve en Suecia, vigilando a un idiota que dejó a su linda mujer mediterránea para irse tras una sueca gorda, que las hay, a celebrar la Navidad. Y es que nadie está conforme con nada. Al menos él no se queja… de momento.

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UN CADÁVER EN LA CARRETERA XI


UNCADAV

ULTIMA NOCHE

Ella preparaba la cena, en su casita, situada en un perdido lugar de cualquier parte. El veía la televisión, como un zombi. Habían transcurrido muchos días, él no sabía muy bien cuántos. Ella era consciente de que las noticias eran buenas: la policía había cerrado el caso. La chica había matado al jefe y a los dos secuaces, los compinches habían matado a la chica. Ajuste de cuentas. Caso cerrado. Al menos eso decían los telediarios. No podía fiarse, tal vez todo fuera una trampa de la policía. Le buscaban a él para interrogarle, le consideraban un testigo. La hipótesis era que ella le había secuestrado, luego matado a los otros y ahí se perdía el hilo. Tal vez él lograra huir o tal vez estuviera muerto. Eso solucionaba todo a plena satisfacción. Le buscaré una nueva personalidad. No necesitaban de su dinero, que sus sicarios se quedaran con la empresa; ella tenía mucho dinero en cuentas secretas, en Suiza. Podría ir retirando lo que necesitara, utilizando cualquiera de sus múltiples personalidades. El reaccionaría, acabaría por hacerlo. Fin de la historia.

Terminó de preparar la cena y le sirvió a él una cerveza fría. Ella se sentó en el sofá a su lado, le besó y acarició su pelo revuelto. El se disculpó, levantándose para ir al servicio. Ella se quedó mirando un programa estúpido en la televisión. Como una auténtica ama de casa, pensó.

El regresó, pero llevaba algo en su mano derecha, era una pistola. La encañonó apuntándola al pecho. No tenía ninguna duda. Ella le miró fríamente a los ojos y dijo:

-Mátame, pichoncito. No tenemos futuro. Me consideras una asesina, una psicópata y el amor de una asesina no dura para siempre. Aprieta el gatillo y acabemos de una vez.

-Yo te quería, aún sabiendo que habías matado a un hombre. No lo conocí, aunque estoy seguro de que era un canalla desalmado y no merecía otro destino. Te amé con pasión cuando te enfrentaste a dos matones sin temblar. Era su vida o la tuya, no podías hacer otra cosa. Pero aquella mujer no merecía la muerte, era una prostituta, vendía su cuerpo por dinero; no merecía morir, no hacía daño a nadie. Entonces comprendí que eres una asesina fría, una profesional. ¿A cuántos has matado? Todo lo que me has dicho sobre tu vida es una mentira. Dime ahora la verdad. ¿A cuántos has matado?

-No lo sé pichoncito, puede que pasen de los cien. Tienes razón, soy una profesional. Mato por dinero. Aquel mamón no me había hecho nada. Te mentí. Me contrataron para liquidarlo. Mucho dinero. Lo seduje y lo aguanté durante unos meses, el tiempo suficiente para encontrar una oportunidad. Era un tipo muy bien protegido. Siempre estaba rodeado de matones, protegido por medidas de seguridad casi perfectas. Pero existía un agujero en la coraza. El mamón tenía gustos muy extraños en lo referente al sexo. Tal vez el menos extraño fuera que le gustaba follar en un coche en pleno campo, solo, sin guardaespaldas. Supe enseguida que esa era mi oportunidad pero había un pero; antes de quedarnos solos siempre me cacheaba Pulgarcito y no se andaba con remilgos, metía la mano hasta debajo de las bragas. Era imposible ocultar nada, ni una pistola diminuta, ni siquiera una navaja. El muy cabrón me cacheaba a fondo y disfrutaba con ello, vaya si disfrutaba. Se lo tomaba con calma, me manoseaba como una babosa. Y el jefe miraba, lo dejaba hacer. Eso le ponía cachondo. Lo hizo dos veces pero a la tercera descubrí la forma de engañar a Pulgarcito. El cabroncete tenía una debilidad, era maricón y no soportaba tocarle el culo a una mujer. A los hombres sí, se moría por tocar culos masculinos, en cambio del cuerpo de las mujeres le repugnaba. Había notado que podía desnudarme con la mirada por delante pero en cuanto movía el culo delante de él se ponía nervioso y buscaba cualquier excusa para irse. Se lo sonsaqué a Frankestein, me costó un polvete, un polvete miserable, porque al capullo no se le ponía tiesa y tuve que mamársela. Eso fue todo lo que conseguí de aquel gorila. Así que aproveché esa debilidad de Pulgarcito, escondí en el culo una pistolita que casi podía sujetar entre mis nalgas. Cuando me quedé a solas con el mamón saqué la pistolita y me apoderé de la suya. Lo demás fue fácil. Por cierto, ya que quieres saberlo todo. El mamón era un amante genial, la tenía grande y aguantaba minutos y minutos sin correrse. Le gustaba hacerlo por delante, por detrás, de rodillas, de pie, en los ascensores, que se la mamasen por debajo de la mesa, en el cuarto de baño, se lo hacía con dos a la vez, con tres, con cuatro, con las que fuera. Era un semental, un toro insaciable. Nunca he disfrutado tanto, tu eres un pardillo a su lado, tu…

-Cállate de una puta vez, zorra.

El sentía ansias de descuartizar su cuerpo, la mano le temblaba de tal forma que tuvo que quitar el dedo del gatillo.

-Lo que dices es mentira. Me provocas para que te mate. Eres una profesional pero no una pervertida. Me lo has demostrado en la cama, eres dulce, cariñosa, apasionada, romántica…

-Para el carro, pichoncito. Sabes que me he acostado con todos los hombres que maté, incluso con las mujeres. Hubo de todo, como en botica. Pichas grandes, medianas, diminutas. Amantes cariñosos, brutales, impotentes, fetichistas, pervertidos, hasta sadomasoquistas. Y qué decir de las mujeres, monjitas, ninfómanas, viejas, jovencitas, hasta una colegiala. ¿No me crees?

-Lo haces porque supones que no voy a poder matarte, pero lo haré. Eres un demonio, una zorra sin entrañas.

-Aún me quieres pichoncito. Tú aún me quieres, mi amor.

-Sí, sí, es verdad. Aún te quiero y te querré siempre.

-Si es verdad, dame un beso de despedida. Deja la pistola y bésame, luego podrás matarme, moriré a gusto.

El dejó la pistola sobre la mesa y la besó como nunca nadie había besado. Así pasaron los minutos. Ella respondió con pasión, estremecida. El se desprendió de su boca y entonces ella saltó como una pantera y se apoderó de la pistola. Le encañonó y chasqueó la lengua.

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-Ahora qué pichoncito. Tú eres el que va a morir. Antes quiero que me cuentes a cuántas te has follado. No te des prisa, tómatelo con calma.

-He tenido mis aventurillas pero los hombres siempre exageramos. Una aquí, otra allá, pero no demasiadas. Si es cierto que me han visto con muchas mujeres, pero no todos se derriten por mis huesos…

-No me mientas, pichoncito, no lo hagas o será lo último que digas…

-Está bien, está bien. Siempre tuve éxito con las mujeres, no sé porqué, no soy feo, pero otros son más atractivos y no se comen una rosca. Debe ser un don, como memorizar números de teléfono…

-No te enrolles pichoncito, al grano.

-En el instituto las chicas me perseguían y yo nunca decía que no, gordas, delgadas, feas, guapas, pecosas, rubias, morenas. Todas caían de rodillas y me la mamaban. Todas… ¿me has entendido?

-Claro, cariño, sigue.

-Cuando fui mayor de edad las casadas que antes se resistían, por miedo a pervertir a un menor, cayeron de rodillas ante mí y me la chuparon. Me has oído. Todas… Todas… Focas, mujeres despampanantes, ricas, pobres, recién casadas, maduritas fondonas. Todas…Todas….

-Te he oído cariño. Sigue.

-Me pagaban, algunas mucho. Así monté mi negocio. Soy un buen programador, el mejor si quieres, pero sin su dinero nunca hubiera salido adelante. Entonces contraté a las mujeres más guapas, aunque fueran unas inútiles. No me importaba, porque me las tiraba a todas…todas… ¿Me has oído? A todas….

-Claro, pichoncito. Y eran grandes, delgadas, feas, rubias, morenas…

-Sí, sí, eran gordas, delgadas, unas tenían el chocho grande, otras estrecho. ¡Pero qué me haces decir! Todas eran guapas, me oyes, todas….

-Claro, mi amor, sigue.

-Con dinero todo es más fácil. Iba por ahí de caza y caían todas… todas… ¿me oyes?…

-Claro pichoncito. Y eran gordas, delgadas….

-No te rías de mí, zorra. Mátame y acabemos de una vez, no me gusta este juego sadomasoquista. Mátame puta, mátame…

-Luego, mi vida, ahora dime la verdad. ¿Cuánto de lo que has contado es cierto?

El se echó a llorar. A ella no le temblaba el pulso.

-Vamos, deja de lloriquear como un niño y dime la verdad.

-No es cierto, nunca me vendí. El negocio lo he sacado adelante yo solito. Tampoco es cierto que contratara chicas para tirármelas. En mi empresa están los mejores, sean hombres o mujeres, no tengo preferencia. Sí, es cierto que tengo éxito con las mujeres. Todos los veranos me acompaña una mujer a la casa donde estuviste. Y lo pasamos bien, a veces muy bien, otras regular. A veces ligo en la playa o en la discoteca o por ahí. Las llevo a caso y hacemos un “menage a trois”, si la otra quiere, sino la echo, pagándole el viaje y gastos, claro, no soy un miserable.

-¿Y el Sida? ¿No tienes miedo del Sida?

-Lo tenía, pero me cuido mucho, me hago análisis todos los meses y tomo precauciones. Es un riesgo mínimo y muy calculado.

-¿Tú crees? ¿Y estas últimas noches? Me has hecho cunnilingus y no he dejado que te pusieras preservativos.

-¿Qué quieres decir?

-Quiero decir, pichoncito, que tengo el Sida y ahora seguro que tú también.

-Me estás engañando otra vez, maldita zorra.

-No, no lo estoy haciendo. Y ahora te voy a dar la pistola y me vas a matar. ¿Verdad que sí pichoncito?

Ella le entregó la pistola sin que su mano temblara, él la tomó entre las suyas temblorosas y la encañonó.

-Ahora me vas a decir la verdad. Quiero la verdad, ¿me oyes?

-Claro, cariñito. Es cierto que soy una profesional pero no he matado a tantos. No me he acostado con todos, solo con quienes me gustaban. Te he tomado el pelo. Es cierto que el mamón era un buen amante, pero nunca me dio el cariño que me has dado tú. El muy cabrón acabó por contagiarse el Sida, tomaba precauciones, pero a veces se las saltaba cuando estaba muy bebido y en plena orgía. Me lo dijo antes de matarle.
CADAV3

 

“También me dijo que había descubierto que era una profesional, pero que quería que yo le matara, no quería sufrir. Lo de Pulgarcito es cierto, a Mamón no le importaba que escondiera una pistola en el coño si quería, pero le daba instrucciones a Pulgarcito porque quería humillarme. Ahora que sabes que te he contagiado el Sida mátame.

-Aún no has dicho toda la verdad. ¿Me quieres? ¿Estás enamorada de mí?

-Claro, pichoncito por eso quiero que me mates. No Tenemos ningún futuro. ¡Mátame de una puta vez!

-No te creo, zorrita. ¿Cómo sé que no me estás mintiendo ahora?

-No lo sabes. Pero puedes hacerte un análisis de sangre. Tal vez descubras que ya tienes el Sida.

-No entiendo nada del Sida. ¿Puede saberse tan pronto que estoy contagiado?

-Podemos esperar. Y mientras tanto seguir follando sin preservativos. ¡Qué importa ya! Si no te has contagiado aún no creo que unos polvos más te sienten peor de lo que te han sentado hasta ahora.

Èl comenzó a calmarse. A ver las cosas con la frialdad con que las observan los que van a morir. Se sentó tranquilamente y le pidió a ella que le sirviera un buen trago. Estaba dispuesto a llegar al final de todo, aunque para ello tuvieran que pasar la noche enzarzados en insultos y peleas.

Ella se levantó, pizpireta, moviendo el culo con delectación. Parecía creer que echarían un último polvo antes de morir. Lo que no sabía era cómo sucedería. ¿Se atrevería él a disparar? ¿Tendría que matarle ella y luego dispararse en la sien? ¿Estaba él convencido de que realmente ella tenía el Sida y le había contagiado?
¿Cómo podía estar segura ella de que le había transmitido la enfermedad mortal?

-Sírvete tú otro. Tenemos toda la noche por delante. No me creo ni una palabra de lo que has dicho. Así que comenzaremos por el principio, desde que nos conocimos en la carretera. No quiero que me mientas. Lo sabré.

-¿Es un interrogatorio? Tú quién eres, ¿el poli malo o el poli bueno?
No me importa que me interrogues toda la noche y luego me dispares, pero yo pondré las condiciones.

-¿Qué condiciones? Me acabas de dar la pistola y ahora mando yo.

-¿Tú crees? ¿Entonces por qué no disparas de una vez?

-Está bien. ¿Qué condiciones?

-Por cada pregunta que me hagas deberás darme un largo beso y quitarme una prenda. Si al final decides matarme al menos me permitirás disfrutar del último polvo. ¿Hecho?

-Hecho. Pero no entiendo nada, absolutamente nada de lo que está pasando. Si eres una fría asesina profesional, a qué viene darme la pistola y pedirme que te mate… Y si me quieres, ¿a qué viene esta escena?

-Eres tú el que lo has empezado todo, el que me ha encañonado con la pistola.

-Está bien. Ya no aguanto más, quiero saberlo todo.

-Entonces pregunta.

-No entiendo tu aparición en la carretera. ¿Qué necesidad tenías de simular que te habían violado? Podrías haberte largado en el coche del Mamón, luego robar otro y desaparecer del mapa.

-¿Es una pregunta?

-¿Me estás tomando el pelo?

-Si es una pregunta tienes que pagar prenda y besarme.

Él volvió a dejar la pistola sobre la mesa camilla. Ya no le importaba que ella le encañonara y le disparara. Ya no le importaba morir. Ya no le importaba nada. Tuvo que arrebatarle una prenda a ella y besarla hasta que su mano en su nuca aflojó la presión. Luego ella le arrebató una prenda a él, besándole con una dulzura, impropia de la situación que estaban viviendo.

-Sí, suena raro. Yo no sabía que ibas a ser tú quien me encontrara. Tal vez hubiera sido mejor dejar allí el cadáver del mamón y escapar con el coche. Pero

Pulgarcito y Frankestein muy bien podían estar cerca. Entonces estaría perdida. Así que decidí dejar el cadáver en el coche, atarle con el cinturón y simular que nos trasladábamos los dos a otro lugar. Si ellos estaban cerca darían señales de vida. Y si no lo estaban podría dejar el coche cerca de la carretera, arrastrar el cadáver y simular que me había violado.

Me haría con el coche de quien parara y él tendría bastante confusión durante un buen rato para que la policía y mis “amiguitos” me dieran unas horas de ventaja. Era todo lo que necesitaba.

-¿Por qué no hiciste eso conmigo? ¿Por qué no me robaste el coche y me dejaste allí, para que me las arreglara yo solito?
-¿Es otra pregunta? Entonces necesito prenda y beso.

-¡Por Dios! ¿Crees que tengo ganas de juerga cuando nos estamos jugando la vida?

-Te la juegas tú. A mí me queda más bien poco.

-Eso es una sucia mentira. ¿Cuánto tiempo llevas con el SIDA? ¿Te estás medicando?

-Esa es una nueva pregunta.

Èl aceptó sumiso que ella le desnudara a su gusto y le besara. No estaba de humor, pero sus labios eran cálidos y su saliva le inoculó el elixir del deseo. Quiso acelerar los preliminares. Ella fue inflexible.

-Tú has elegido el juego, ahora debes aceptar las reglas…¿Tengo que responderte a la primera pregunta?… Me gustaste desde el principio. No me pidas ahora que desmenuce mis sentimientos. A las mujeres nos gusta más vivirlos que analizarlos. Lo sabes.

-¿Te estás medicando? ¿Cuánto tiempo hace que sabes que tienes el SIDA?

-¡Qué importa! Si no me crees deberías hacerte un análisis.

-¿Quieres decirme que no llevas encima tus análisis? ¿No puedes mostrarme alguna prueba?

-Esa es otra pregunta. No, no llevo nada encima. ¿Lo llevarías tú si hubieras decidido cargarte al mamón y salir huyendo hasta que la muerte te alcanzara?

-¡Dios mío! No puedo entenderte. No entiendo nada.

Se levantó con brusquedad y haciéndose de nuevo con la pistola la encañonó.

-¡Maldita zorra! Vas a decírmelo todo de una vez.

-Lo estoy haciendo.

-Y me vas a enseñar los análisis de sangre. No te creeré hasta que los vea.

-Pues no los llevo encima.

-¡Maldita hija de puta! ¡Te voy a matar, te voy a matar ahora mismo!

Èl quitó el seguro y dejó el dedo en el gatillo. Ella no parecía tener miedo.

-¡Hazlo! Pero antes me prometiste un buen polvete.

-No puedo. No puedo contigo.

De nuevo puso el seguro y dejó la pistola en su sitio. Se dejó hacer por ella.

 

DormitorioLago

Estaba deseando poseerla una vez más, sentir su cuerpo desnudo entre sus brazos, pero antes él quería saber. Necesitaba respuestas a unas cuentas preguntas fundamentales. ¿Ella le había contagiado el Sida conscientemente o solo estaba jugando con él, como una gatita resabiada con el ratoncito que acababa de caer entre sus garras? ¿Su naturaleza era ya la de una fría asesina o existía una veta humana en su interior, que podría ser despertada en algún momento? ¿Era posible que ella le quisiera realmente? ¿En realidad había querido a alguien en su vida? ¿Unos cuantos días eran suficientes para que el deseo y el amor brotaran como un geyser inextinguible y poderoso?

Le urgía encontrar respuestas a aquellas preguntas, pero ¿cómo lograr que ella dejar de jugar y se sincerara plenamente, por primera vez en su vida? El ya no era el mismo joven despreocupado que conducía su deportivo a través de una noche apacible, escuchando la música cosquilleante de George Winston y deseando llegar a casita, para descansar del viaje y quedarse dormido imaginando cómo serían las mujeres con las que se acostaría los próximos días.

Él era un hombre distinto, con la vida rota, deseando librarse de aquella mujer y recuperar lo que estaba a punto de perder para siempre. Pero no conseguiría hacerlo mientras viera en ella a la mujer y a la persona y no a la asesina en serie que le utilizara en un momento determinado para librarse de sus perseguidores.

Ella continuaba jugando a las prendas, cariñosa, lujuriosa, como si el pasado no existiera y se acabaran de conocer en una discoteca. Él decidió cambiar de estrategia, debería aprovechar el momento o no habría otra oportunidad. Intentó mostrarse todo lo tierno que le permitía la situación dramática que estaba viviendo.

-¿Sabes que te quiero?

Ella permanecía impasible, como si hubiera visto el futuro y supiera que siempre le sería favorable.

-¿De verdad me quieres, pichoncito?

-Sí, ¡maldita sea! Te quiero y te deseo. Pero necesito saber la verdad, toda la verdad.

-¿Qué verdad, pichón?

-Dejémonos de juegos. Cuéntame tu vida. Necesito saber cómo eres en realidad.

-Eso nos llevaría muchos días.

-Tenemos todo el tiempo del mundo.

-¿Tú crees? Me da en la nariz que ésta será nuestra última noche.

-Al menos dime la verdad sobre cómo te convertiste en una asesina profesional.

-Ya te lo he contado.

-No te creo.

-¿Y qué quieres que haga? ¿Tan difícil te resulta aceptar que alguien desee solucionar sus problemas económicos para siempre? ¿No lo intentan los demás?

-Pero no matando.

-¿Tú crees? Algunos no aprietan el gatillo, pero son tan asesinos como yo.

-No lo niego. Pero no se puede matar como quien se bebe un vaso de agua.

-Es más fácil de lo que crees.

-¿Y el remordimiento

-Si tienes claro lo que deseas que sea tu vida apenas dura unos días. El tiempo suficiente para quitarte la venda de los ojos. La vida no es como nos la han pintado, pichoncito.

-¿A eso llamas vida? Caminar sobre el alambre, siempre a punto de dar un traspiés, huyendo y escondiéndose.

-Todo tiene su riesgo, pero si eres listo no es tan complicado salir bien librado.

-Al menos dime la verdad sobre el mafioso que te cargaste.

-Ya te lo he contado.

-No te creo. Hay cosas que no encajan.

-¿Cómo cuales?

-Simular una violación y salir a la carretera a buscar ayuda no tiene el menor sentido.

-Funcionó. ¿No crees?

-No tiene sentido. Prefiero pensar que el mafioso te secuestró, te violó y tú encontraste la forma de acabar con él.

-Eso calmaría tu conciencia. ¡Una pobre chica que cae en las garras de un desalmado y luego tiene los ovarios de librarse de él para siempre! ¿Qué me dices de mi puntería? ¿Crees que me entrenaba en un club de tiro para damas aburridas? ¿Y Pulgarcito y Frankestein? ¿Me transformé de repente en la ayudante de James Bond? ¿Y la puta?

-Sí, eso es lo que no entiendo. ¿Cómo pudiste matarla tan fríamente?

-¿Existía otra opción? Esa nos libraría de la policía para siempre. Estoy convencida.

-¿A cambio de quitarle la vida a una pobre mujer?

–Ella eligió un camino arriesgado y se topó conmigo. ¡Mala suerte.

-¿Eso es todo lo que se te ocurre decir? ¿Mala suerte? Solo tenía una vida y aunque no fuera precisamente un camino de rosas, no tenía otra. Ya nunca volverá a tener otra. Solo se resucita en las películas.

-Mala suerte. No te hagas mala sangre. Nadie la echará de menos.

-Yo la echaré de menos.

-¿Te gustaba? ¡Habérmelo dicho! Unos cuantos polvos y habría perdido interés en ella.

-No es eso. Se cruzó en mi camino, la conocí, hablamos… ¡No puedo hacer como si nunca hubiera existido!

-Todos los días muere gente a la que no conoces de nada. A tu alrededor muere gente a la que solo conoces de vista, con la que solo has intercambiado cuatro “horas” y cuatro “hasta luego”. Seguro que no has pensado en su muerte más de dos segundos.

-Es cierto. Pero ellos no han muerto de un tiro en la nuca.

-Deja de darle vueltas. Lo hecho, hecho está. Dentro de un mes ni te acordarás de ella. Yo me ocuparé de que así sea.

-¡Eres tan fría como un témpano!

-A ti te gustaría que yo fuera otra. Pero eso no tiene remedio. Soy como soy.

-¿Por qué me necesitas tanto?

-Porque te quiero y porque la soledad no es agradable.

-Podrás encontrar a otros, a quien tú quieras.

-Ellos no serán tú.

-¡No puedo! ¡No puedo hacer como si nada hubiera ocurrido!

 

-Puedes, si quieres. Aún estamos a tiempo. Ven conmigo. Nadie nos perseguirá. Dentro de un año estaremos lejos, al otro lado del mundo, con otras identidades y dinero suficiente para no preocuparnos por nada.

-¿Y si no lo hago? ¿Me matarás?

-No es necesario. Tú no hablarás.

-¿Por qué estás tan segura?

-O vienes conmigo o serás tú quien me mate. Ya no puedes volverte atrás. Te tengo cogido por los cojones.

-¡Oh Dios mío! Es cierto. No podría vivir sin ti. ¿Qué me has dado?

-Un poco de sexo.

-Otras me lo dieron antes.

-No como éste.

-Cierto. No como éste.

-¡Vamos! No perdamos más tiempo. La noche se mueve.

Ella se acercó hasta él, con una sonrisa. Le tomó de la mano, llevándole hasta el dormitorio, como si fuera un manso corderito. La pistola quedó sobre la mesa camilla.

Ambos sabían que aquella sería su última noche, que las cartas estaban echadas. Pero siempre existe una esperanza. El milagro se puede producir.

Ambos esperaban que el sexo fuera el milagro. Ambos deseaban al menos una noche de pasión antes de morir. Porque no ha nada como el sexo, cuando uno va a despedirse de la vida.

Ambos esperaban que el sexo fuera el milagro. Ambos deseaban al menos una noche de pasión antes de morir. Porque no ha nada como el sexo, cuando uno va a despedirse de la vida.

 

TODOS ESTAMOS SOLOS AL CAER LA TARDE XVII


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Podría seguir rememorando durante horas aquella primera noche, la tenía clavada en el núcleo de mi memoria, en el bajo vientre, en todo mi cuerpo, pero uno no dispone de toda la eternidad para recordar, la vida es demasiado acuciante para permanecer en el pasado demasiado tiempo. Helen no tardaría en llegar, yo me vería obligado a salir de mi estado catatónico para reanudar la investigación y el presente se comería al pasado como los vivos se comen a los muertos, borrándolos de su memoria. Pico de Águila continuaba en su postura,  no había movido un músculo, que yo supiera, salvo que me hubiera traspuesto en algún momento. Era como un menhir en el que no puedes observar la erosión del paso del tiempo porque todos los observadores que te han precedido están muertos y tú también lo estarás antes de notar la menor fisura en su superficie.

Madame Rouge se apoderó de mí aquella noche, y no solo de mi cuerpo, mi alma también quedó enredada en su tela de araña. No porque lograra extraer del fondo todo mi pasado -todos mis secretos, estaban sellados por una lápida que los vivos no podrían levantar nunca- sino porque su magnética personalidad me había atrapado en el misterio de su mecanismo oculto.  Yo tampoco fui capaz de hurgar más allá de la pátina superficial que cubría su pasado. Fueron unas molestas tablas. Ella mismo lo confirmó con una parrafada lapidaria.

TODOSES1

-Este condado es el último refugio de los desertores, de los que huimos de guerras que nunca podremos ganar. Es el culo del mundo, donde nadie buscará salvo que haya buscado antes en todos los demás lugares. Todos los que llegamos del exterior escondemos más de un secreto inconfesable. Aquí estará a salvo porque nadie desea saber lo que no le importa y nadie confesará su secreto a quien no le escucha. Yo tenía que intentarlo porque mi vida depende de los secretos que pueda sacar a los demás, pero acepto mi derrota, nunca volveré a molestarte indagando y tú te conformarás con lo que yo te diga de mí. Este es nuestro trato, si lo respetas serás bienvenido, si no lo haces estarás muerto antes de que vuelvas la espalda.

No era el mejor preámbulo para una noche cálida, cuerpo a cuerpo, por suerte la cena fue espléndida, el champán francés cosquilleante y alegre y la conversación de madame realmente encantadora. Antes de que pudiera darme cuenta ya estaba en su lecho, completamente entregado a su creatividad, puede que hasta me hubiera dejado tatuar el mapa del mundo en mi piel con la punta de un afilado cuchillo, si ella se lo hubiera propuesto. Hubo tiempo para todo, hasta para las confidencias que ella me hizo, apoyando su cabeza en mi pecho y que yo me creí a pies juntillas hasta que estuve lejos de allí, más frío y con tiempo para reflexionar.

TODOSES2

En algún momento de la noche, tal vez muy cerca del alba, ya completamente extenuado, caí en la inconsciencia. Fue ella la que me despertó. Me invitó a quedarme a comer, lo que yo rechacé con alguna disculpa idiota, muy consciente de lo que estaba arriesgando. Como Ulises en los brazos de Circe sentí la tentación de permanecer allí hasta que mis huesos crujieran, pero algo en mi interior se rebeló ante la esclavitud que me esperaba. No me aguardaba ninguna Penélope, no me aguardaba nada, sin embargo la libertad era demasiado preciosa, hasta para entregarla a una madame Rouge cualquiera.

Ella lo aceptó con una sonrisa. Antes de despedirme con un largo y cálido beso me susurró:

-Tu amigo te espera en el maletero de su coche, donde ronca a pierna suelta. Está vivo solo por ti, díselo cuando despierte. Anoche montó la peor de sus broncas y mis hombres tuvieron que sacarlo a patadas. Ha recibido una buena paliza, nada que no se pueda curar con unos días de reposo. He dado orden de que si vuelve por aquí lo tiroteen como a un perro rabioso. Tu en cambio puedes volver cuando quieras, solo tienes que llamarme unas horas antes a este número privado. Siempre que quieras, recuérdalo, pero no se te ocurra traer a ese pendejo, ni aunque te lo suplique de rodillas o rescindiré todos tus privilegios.

Y me tendió una tarjeta. Su jefe de matones me acompañó al exterior sin decir una sola palabra, me entregó las llaves del coche de Alfredo y no se movió del porche hasta que el coche estuvo muy lejos. Pude verlo por el retrovisor, una sombra alargada bajo el terrible sol del mediodía. Me costó colocar el fardo inconsciente en mi cama, donde  no recuperó la consciencia hasta veinticuatro horas más tarde. Cuando le comenté lo que me había dicho madame Rouge, Alfredo se echó a reír hasta que el dolor le hizo enmudecer.

-Una de mis borracheras peleonas, no te asustes, nunca mato a nadie, solo consigo que todos quieran matarme a mí.

No tuve que negarme a regresar con él al prostíbulo de madame Rouge, aunque cabezón e inconsciente y amante del riesgo, Alfredo le tenía apego a la vida, sabía muy bien que aquel trozo de desierto era la puerta del infierno. Nunca me preguntó por mis andanzas con la mujer de rojo, y cuando yo me atreví a hacerle alguna confidencia se limitó a citarme a Dante: Vosotros que entráis, dejad toda esperanza.

Mi relación con aquella mujer tan enigmática como peligrosa cambió por completo cuando fui nombrado sheriff y me negué a firmar un pacto con ella, un trato que el anterior sheriff no tuvo inconveniente en firmar y sellar. Por eso cuando decidí entrevistarme con ella para rescatar a Pico de Águila de sus garras, sabía lo que me estaba jugando. Fue una noche especialmente demoniaca. La frialdad de madame Rouge me hizo pensar en la Antártida en lugar del desierto ardiente donde ella había asentado sus reales. Fue una negociación tan ardua que estuve a punto de darme por vencido, solo cuando ella me ofreció un trato razonable, la posibilidad de que Pico de Águila pagara sus deudas mensualmente, con el setenta y cinco por ciento de su sueldo como mi ayudante, a cambio de que yo aceptara una noche en su lecho, sin condiciones, una entrega total y sumisa, acepté el trato, consciente de que aceptaba de que mi relación con madame Rouge había terminado para siempre y de que solo la volvería a ver en el infierno.

Pico de Águila no dijo nada, ni siquiera pestañeó, pero yo supe que podía contar con su agradecimiento eterno, como me demostró cada uno de los días que siguieron. De pronto, casi sin transición, se transformó de un joven rebelde sin otro futuro que una bala perdida, en una especie de impasible chamán, tan silencioso como una piedra y tan generoso, prudente y efectivo como un superhéroe de película.

Me sobresalté al comprobar que había movido un pie. Llevaba varios minutos mirándole como si quisiera cerciorarme de que no era un fantasma del desierto. Algo estaba ocurriendo. Yo no veía nada aún, pero tuve la certeza de que el coche de Helen asomaría sus faros en el horizonte en cualquier momento, como así fue. Ahora tendría que enfrentarme a ella y no estaba precisamente en las mejores condiciones para hacerlo.
TODOSES3

LA PRINCESITA SARA I


 

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NOTA/ De vez en cuando encuentro algún relato o serie de relatos que tengo perdido por ahí, en alguna parte del ordenador. En este caso se trata de una serie iniciada hace ya muchos años y en la que convertí en personaje a mi hija Sara, entonces una niña. Casualidades de la vida, el primer juego con el que decide entretenerse esta simpática pandilla de niños es el de la independencia, ahora tan de moda. Creo que será muy interesante ver qué piensan los niños de los juegos de adultos.

NARRATIVA.- Relato con niños aunque no creo que sea estrictamente infantil. Ni el estilo ni el tema es muy propio de un cuento para niños. Relato independiente de una serie en la que utilizo como personaje a mi hija Sara que es simplemente el catalizador de situaciones que permiten al autor analizar desde el punto de vista de un niño todos los temas y situaciones conflictivos en nuestra sociedad.

LA PRINCESITA SARA

El día que da comienzo a esta historia, elegido al azar en un tiempo y un espacio ficticios, encontramos a nuestros pequeños protagonistas en un campo pelado, salpicado con matojos de hierba seca, sucio de escombros y montones de basura donde acostumbran a reunirse todas las tardes al salir del colegio, los que van, los otros, los más, suelen estar esperándoles cansados de dar vueltas por el barrio a la busca de alguna nueva sensación. El narrador es consciente de lo extraño que resulta situar a unos niños en otro lugar que no sea pegados a la televisión como mejillones adheridos a las rocas de la costa, pero esto no les sorprendería si supieran lo mucho que el narrador odia esa realidad cotidiana manipulada por las grandes empresas del ocio infantil y lo mucho que ama esa facultad perdida en estos duros tiempos y que tan feliz le hizo en su infancia: la imaginación.

A la caída de la tarde, cuando el calor va declinando, se reúnen en ese lugar solitario descrito con tan solo dos pinceladas, no se necesitan más en la paleta para pintar un entorno tan sucio y gris. Ciertamente sería inútil buscar el lugar elegido en cualquier mapa que no esté dibujado en la imaginación del lector. Los protagonistas de esta modesta historia son los niños de un barrio suburbial de cualquiera de nuestras ciudades, niños un tanto especiales a los que gusta inventar juegos en los que la violencia no tenga mucha razón de ser a pesar de que cualquiera que se acerque un momento por allí podrá mascarla en el ambiente, de hecho alguna vez se dejan contaminar por ella. Puede que el narrador sea un ingenuo al pensar que semejante historia pueda estar sucediendo en alguna de nuestras ciudades pero en su condición de niño grande le gustaría que fuera disculpado por este alarde de imaginación.

* * *

Entre los habituales a estas reuniones destaca un niño gordito, de cara llena como una hogaza de pan blanco, piernas cortas, flequillo abundante sempiternamente caído sobre sus redondas gafitas metálicas. Todos le llamaban “Empollón” porque las cosas no le van mal en el cole, algo tan infrecuente que sus colegas no saben si asombrarse o echarse a llorar por su mala suerte. Suele vérsele siempre en compañía de una niña repipi, delgadita, muy aseada y con expresión casi amorosa en unos ojitos medio bizcos que intentan tener siempre a “Empollón” en su campo de visión.

Cuando “Empollón” llega seguido muy de cerca por “Niña Repipi” se les acerca un grupo de niños de diversas edades y caras aburridas que se saludan con simpatía. Enseguida interrogan a gafitas por el juego que se le había ocurrido para hoy. Este, ante la sorpresa de todos, dice que está cansado de ver todos los días en la televisión las mismas historias de países, fronteras, guerras por la independencia y todas esas tonterías incomprensibles que le ponen de mal humor. Así que ha decidido inventarse un juego al que llamarán el juego de la independencia, de esta forma espera que todos lo pasen bien mientras intenta comprender los extraños comportamientos de los adultos.

PRINCESITASARA

EL JUEGO DE LA INDEPENDENCIA

Uno de los niños presentes pregunta ingenuamente por qué los países se declaran independientes. Entonces todos ponen caras serias, de pensar, alguno hasta se chupa disimuladamente un dedo y finalmente una niña que tiene fama de lista porque sabe muchas cosas raras, levanta la mano y dice:

-Creo que es porque hablan lenguas distintas.

-Claro, dice otro, si no hablan la misma lengua no se pueden entender y es mejor que formen un nuevo país.

-Cierto, dice un tercero, pero nosotros hablamos igual y nos entendemos de maravilla. No sé cómo vamos a jugar a ese juego.

Se hizo un gran silencio y todos comenzaron a discurrir cómo harían para comenzar el juego. “Empollón” toma la palabra y propone la creación de una nueva lengua, se modificará ligeramente la vocal “a” que se pronunciaría ligeramente oscurecida como intentando parecerse a una “o” y lo mismo con otras vocales y consonantes; claro que sin abusar porque a algunos niños les resulta muy difícil pronunciar esas modificaciones y ponen caras muy raras que dan risa, de esta manera descartan las modificaciones más peliagudas de pronunciar y se aprueba la nueva lengua por unanimidad batiendo palmas de contento.

El jolgorio dura un buen rato pero va decayendo hasta que todos quedan silenciosos como preguntándose ” y ahora qué”. “Empollón” toma la palabra de nuevo y dice que siente aguarles la fiesta pero pensando en ello se acaba de dar cuenta de que algunos países tienen la misma lengua y sin embargo son independientes unos de otros. La “Niña Repipi” que no se ha despegado de él en todo el rato intenta ayudarle con una frase que ha oído no sabe dónde.

-A veces los países se declaran independientes por motivos económicos.

-¿Qué es eso?- preguntan a coro un numeroso grupo de oyentes.

-Quiere decir que si tú por ejemplo, Luisito, tuvieras el bolso lleno de canicas –que no lo tienes porque ayer te las gané casi todas- y te vieras obligado a repartirlas con Juanito, que nunca tiene ninguna, por la tonta razón de que formáis un solo país, supongo que a ti te interesaría declararte independiente- “Empollón” se había visto obligado a intervenir para sacar del apuro a su amiga que hubiera sido incapaz de explicar la frase que acababa de repetir como un lorito.

-Ya lo creo –dijo Luisito que dio la vuelta a sus bolsillos para contar las canicas que le quedaban. Todos se rieron alborotando alegres, deseosos de que el juego tuviera más momentos de humor y alegría que de desconcierto y bronca.

-Pero ¿qué tenemos nosotros? –dijo un niño modosito que casi nunca decía nada pero a quien este juego empezaba a interesar tanto que se vio obligado a cerrar la boca, abierta durante toda la charla, para poder hablar una vez que se apercibió que con ella abierta no salen las palabras. ¡Qué curioso!, pensó, nunca lo hubiera creído.

-Nosotros podemos tener lo que queramos –dijo un niño fuertote con fama de matoncito y perdonavidas- por ejemplo aquella colina que veis allí donde dicen que hay mucho wilfrimio.

-¿Qué es eso?- preguntaron todos a coro.

-No lo sé –contestó matón- pero eso he oído comentar a unos amigos. Con el mineral que hay debajo de ella se podría comprar el mundo.

-No te creo –dijo un niño al que todos apodaban “El amargado” – si fuera así los adultos ya habrían destripado la colina hace tiempo, lo hacen con todo lo que puede darles dinero, pronto acabaran con los animales, los bosques, la naturaleza, con todo- no pudo contener la emoción y se echo a llorar amargamente, algunos niños cercanos tuvieron que consolarle-.

Cuando se hizo la calma “Empollón” quiso hacerse con las riendas del juego que parecía a punto de terminar de mala manera. Quiso dejar fuera de combate a “Amargado” por el que sentía una gran antipatía, la palabra odio no entraba en su vocabulario, sino la habría empleado.

-Ya, pero da la casualidad que ahora todos los adultos están muy ocupados con un juego que llaman “sexo”, listillo.

Se produjo un silencio embarazoso porque todos tenían un mal concepto de ese “sexo” del que antes oían hablar muy poco pero desde que en la televisión salía un programa en el que los adultos salían desnudos, todo había cambiado, ahora se pasaban el día riéndose en voz alta de cosas que nadie entendía y esperando el programa que echaban muy tarde, a las dos de la noche les habían dicho sus papás al llevarles a la cama a las nueve. El silencio se rompió cuando una niña que se las daba de sabirilonda a pesar de que lo ignoraba casi todo decidió intervenir para que se fijaran en ella.

-Yo sé qué es eso –dijo entusiasmada- sirve para traer niños al mundo. Me lo dijo una vez mi papá que estaba despistado pensando en sus cosas y no debió darse cuenta de lo que preguntaba.

“Empollón” estaba cogiendo miedo a que el protagonismo se le fuera de entre las manos como el puñado de sucia arena con el que estaba jugando desde hacía un rato.

-Si seguimos así no acabaremos nunca. Ya tenemos lengua, si nos apoderamos de la colina tendremos economía.

-¿Cómo lo hacemos?- dijo “Modosito”.

-¿Hacer qué?- contestó “Empollón” que no había entendido la pregunta reflexionando sobre manera de ponerles a todos en marcha.

-Apoderarnos de la colina – “Modosito” estaba de pie deseoso de acción, los demás llevaban un rato sentados, un tanto aburridos del nuevo juego.

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-Muy bien, chaval, ya que estás de pie, haz una bandera y plántala encima de la colina. Ahora ya tenemos bandera, otra cosa que se nos olvidaba- dijo “Empollón” dispuesto a empezar de una vez el juego.

-¿Cómo lo hago?- preguntó modosito.

-Muy fácil, pareces tonto, coge un palo, busca un trapo viejo por ahí, lo atas al palo con una cuerda y ya está.

-¿Puedo acompañarle? –preguntó una niña bajita que estaba por los huesos de “Modosito” pero a la que éste no hacía ningún caso, ella no estaba segura si por despiste o porque era más tímido que una patata, siempre parecía estar escondido bajo tierra.

-Claro – contestó “Empollón” hinchado como un globo ahora que nadie parecía contradecir su liderazgo -¿qué más nos falta? – preguntó dirigiéndose a los demás mientras “Modosito” y su novia corrían por el campo en busca de la bandera.

-Nos falta la cultura, colegas –era un niño sentado en la última fila del corro que se había formado alrededor de “Empollón”, tenía fama de estrambótico por su vestimenta y por haberse puesto un pendiente en la oreja izquierda.

-¿Y qué es eso, si puede saberse?, payaso – respondió “Empollón” encolerizado y muy herido en su orgullo.

-Colegas, la cultura es algo muy raro que sirve para que todos los países puedan decir: “Tenemos una cultura de siglos que mola mogollón, así nadie nos puede llamar advenedizos”. Colegas, si tenemos cultura tendremos prestigio internacional y las diplomacias nos reconocerán en menos que me pongo este tatuaje –había sacado una pegatina y la estaba humedeciendo con saliva, luego se la puso en el brazo izquierdo y la alisó con la palma de la mano.

Nadie conocía palabras como “advenedizo”, “prestigio”, “diplomacia” y suponían que tampoco él, aunque como era un niño tan raro y estrambótico se podía esperar cualquier cosa, hasta que fuera listo. Algunos niños asombrados por el lenguaje utilizado por “Estrambótico” empezaron a repetir en voz alta mientras daban un codazo al que tenían a su lado: “Colega, mola mogollón”. Todos terminaron riéndose a carcajadas hasta que “Empollón” consiguió imponer de nuevo el orden.

-Muy bien, necesitamos cultura –dijo cansinamente- pero ¿cómo la hacemos?

La “Niña Repipi” que sentada al lado de “Empollón”, el único que permanecía de pie, se comportaba ya como si fuera su pareja oficial, título que había adquirido tan subrepticiamente que nadie se había dado cuenta, intervino par sugerir:

-¿No será eso de los libros, la música y todas esas cosas aburridas? Mis papás a veces me dicen, cuando salen de casa con su mejor ropa y bostezando: “niña, vamos a un concierto, hoy día si no tienes un poco de cultura no eres nadie; cuando seas adulta te verás obligada a culturizarte, ahora puedes seguir viendo la televisión un ratito antes de irte a la cama”.

-Eso, eso –dijo un niño que estaba ojeando un cómic como con miedo a que se lo vieran- un día mi mamá me dijo: “Niño, deja ya de adquirir cultura y vete a jugar, ya tendrás tiempo de mayor cuando tengas que buscar trabajo y necesites rellanar impresos”. Creo que cultura es escribir libros o ir a conciertos, cosas así.

-Bien –dijo “Empollón”- veo que a ti te gustan los libros, aprovechando eso te vas a tu casa, coges un cuaderno y escribes un cuento. Serás nuestro primer escritor, y procura utilizar la nueva lengua que hemos inventado, sino no vale.

-¿Cómo lo hago? –preguntó el niño exhibiendo ahora su cómic a los cuatro puntos cardinales sin ningún temor.

-Pues muy fácil, cuando vayas a escribir la “A”, escribes “ao” que es como se pronuncia ahora, y así con todas las letras.

Daba gusto verle caminando hacia su casa por el pasillo que, respetuosos y admirados, le hicieron los otros niños, iba exhibiendo su cómic con un orgullo que hinchaba sus carrillos.

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-Colegas –dijo el niño estrambótico cuando la audiencia recuperó la atención luego que el niño-comic se perdiera en el horizonte camino de su casa –tengo una guitarra con la que podría hacer un par de canciones.

-Claro –exclamaron todos- sin himno no hay país.

-Quedas nombrado músico –dijo “Empollón”- y vas a componer el himno oficial de este país. Por cierto, tanto hablar de independencia y aún no le hemos puesto nombre al nuevo país.

Todos sugirieron alguno, desde los más pomposos a los más prácticos, pasando por los humorísticos, los onomatopéyicos y personales tales como país de Luis, etc.

-¿Qué os parece “El país sin fronteras”? –dijo entusiasmada una niña a la que nadie hacía caso porque tenía fama de tonta.

-Calla tonta –respondió inmediatamente la “Niña Repipi”- si no tiene fronteras ¿cómo va a ser un país?, no podemos declararnos independientes sin trazar unas fronteras.

Finalmente después de muchas discusiones lo terminaron llamando el país de “Nunca Jamás”, expresión que todos recordaban haber oído en algún cuento infantil. Ninguno era consciente de su significativa rotundidad, pero sonaba tan bien que fue adoptado sin oposición. Entonces vieron volver a “Modosito” y su novia que traían un largo palo seco del que colgaba un trapo sucio y roto, de un color indefinido. Fueron recibidos con vítores que duraron largo tiempo, éstos amainaron y “Empollón” comentó que un país con bandera necesita un jefe, un rey o algo por el estilo y un Presidente que es el que más manda. Recalcaba esto pensando que nadie se opondría a su elección como Presidente, si salía otro competidor se le podría nombrar jefe o lo que fuera.

Propuso una votación para elegir al jefe que no manda, dando a entender que a él no le interesaba para nada que le nombraran para el cargo, si alguien lo hacía se enfadaría mucho. Todos permanecieron en silencio, pensativos, hasta que una niña se levantó y propuso a Sara como princesita del país de “Nunca Jamás”. En el cole todos la llamaban así porque su papá la había escrito un cuento titulado “La princesita Sara” que ella llevaba siempre sobre su pecho debajo de su vestidito. Sara era una niña tímida, poco habladora y tan dulce que en el cole todos querían jugar con ella, aunque cuando proponía sus juegos, tan imaginativos, acababan por abandonarla porque preferían los viejos juegos que todos conocían. La imaginación de Sara generaba en ellos un sentimiento extraño, algo así como un miedo ancestral a la noche existente más allá del fuego prendido en la cueva. En sus cabecitas la palabra imaginación iba unida a monstruos innombrables y pesadillas nocturnas.

“Empollón” preguntó a la niña qué razones tenía para proponer este nombramiento y qué méritos alegaba para que los demás votaran a aquella niña que pocos conocían, no hacía mucho que se había instalado en el barrio. La niña dijo que las princesitas eran jefas de países y sin embargo no mandaban nada, era una buena razón, en cuanto a los méritos Sara, podía leer el cuento que le había escrito su papá y de esta manera cada uno juzgaría de sus méritos.

La niña llamada Sara se puso muy colorada, se sentía avergonzada del rumbo que iban tomando las cosas pero no le quedó otro remedio que desabrocharse un botón del vestido y sacar un papel muy doblado, viejo y arrugado que alisó con mucho miramiento y se dispuso a leerlo con la cabecita muy baja, la barbilla pegada al pecho. “Empollón” la autorizó a que comenzara la lectura y la niña que la había propuesto como princesita la dio un empollón cariñoso y volvió a sentarse en su sitio.

Sara comenzó a leer el cuento, balbuciente de timidez, aunque poco a poco se fue reponiendo y aunque a veces se cortaba por haberse pasado de línea acabo por leerlo con gran seguridad y emoción. El cuento decía así:

MISIÓN EN URANTIA II


VIDA PRIMERA

amor-ruedas

CAPÍTULO II

 

Todo empezó, si es que alguna vez hubo algún comienzo en esta historia, cuando me sorprendí dudando de mi memoria, aunque aún no de mi cordura, puesto que a lo largo de mi vida siempre me habían considerado un loco y sin embargo yo era un hombre perfectamente normal, según los parámetros que utilizaba para diferenciar a un demente de quien no lo era. Aunque parezca extraño me consideraba un hombre con suerte, puesto que toda mi tragedia personal había consistido en una prolongada estancia en un psiquiátrico, en mis años juveniles. Teniendo en cuenta lo que la gente pensaba de mí y lo que me estaba pasando, eso era lo mínimo que me podía haber ocurrido.

 

¿O hasta eso era un recuerdo falso, inducido? El simple hecho de que esté dudando me parece grave, muy grave. Hace unos días inicié un cuaderno que había comprado siguiendo un impulso. Comencé a poner por escrito todos los recuerdos dudosos en las hojas impares y aquellos de los que estoy convencido en las pares. Las terceras hojas las he dejado en blanco, para anotar las pruebas irrebatibles que vayan surgiendo sobre mi existencia y mi pasado.

 

La soledad es muy mala, la peor enfermedad que pueda sufrir un ser humano. No mata, lo que sería un consuelo, pero te deja incapacitado de por vida. En cerrado en mi piso a cal y canto, no es de extrañar que algunas veces se apoderen de mí ideas delirantes, que no soportan la confrontación con lo que pensaría una persona normal y con las que no podría mantener una conversación con cualquier persona sin que me tildara de loco. Soy consciente de que debería relacionarme, charlar con la gente, con cualquiera que me encontrara en mi camino. Eso me ayudaría a poner las cosas en su sitio, a engranar cada tuerca en el correspondiente mecanismo. Sin embargo no soy capaz de hacerlo. Me lo propongo todos los días y hago un gran esfuerzo de voluntad, pero es inútil.  Solo de pensar en la posibilidad de relacionarme, de crear vínculos, me pongo enfermo.

No he descartado la idea de acudir a un psiquiatra, al fin y al cabo tuve mucho contacto con estos profesionales durante una etapa de mi vida. Me he preguntado si me atrevería siquiera a contarle la más pequeña anécdota de lo que me está sucediendo, la idea más tonta que ha pasado estos días por mi cabeza. No, no lo haría, temeroso de que me diagnosticara una psicosis, paranoia o cualquier patología igualmente terrible. Y si no estoy dispuesto a contarle nada…¿para qué ir a un psiquiatra?

 

Mi decisión de ponerlo todo por escrito será para mí una prueba irrefutable de que en algún momento he pensado lo que pienso, de que me han sucedido las cosas que me están sucediendo o al menos he llegado a pensar que eran reales y no delirios de mi mente.

 

Me he obsesionado con lo que considero un clavo ardiendo, al que aferrarme antes de que la locura se apodere definitivamente de mi mente. He vuelto a la librería y he comprado un montón de cuadernos. La dependienta, una chica guapa, pero muy desagradable, me ha mirado con extrañeza, como si pensara que estoy loco, aunque esto pudiera ser solo una exageración, ya que estoy excesivamente sensible en estos temas. Los he etiquetado todos con diferentes títulos: “cuaderno de la mala suerte” (para anotar los sucesos poco probables de que ocurran un día sí y otro también a cualquier persona, incluso a mí); “cuaderno de mi pasado” (para anotar los recuerdos que pueda probar), y de esta guisa todos los demás. Aún no me he atrevido a iniciar las anotaciones. Creo que voy a necesitar un tiempo para la reflexión.

 

Me he observado, aterrorizado, en un espejo de la papelería, disimulando para que la empleada no llegara a pensar que me ocurría algo grave.  He comentado, como quien no quiere la cosa, que había decidido escribir una novela, y que sería muy larga, de ahí los cuadernos. La dependienta ha intentado esbozar una sonrisita que no le ha salido, en su lugar observé un desagradable rictus. Me despachó deprisa y corriendo, como si quisiera librarse de mí cuanto antes.

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He pasado el día entero buscando en las carpetas donde guardo todos mis papeles documentos que me permitan constatar de forma indubitable cuestiones tan vitales como éstas: Que yo estuve internado en un psiquiátrico y qué doctor me atendió y si hay algún informe de mi patología; un certificado de nacimiento que juraría yo había pedido para algo y que nunca necesité utilizar, tendría que haber estado en la carpeta; la escritura de propiedad de este piso, porque hasta que encontré un contrato de alquiler hubiera jurado que era mío y muy mío; acta de posesión de un puesto en la administración; recetas sin fecha de lo que parece una medicación para un enfermo mental, tal vez psicóticos y antidepresivos…

 

De pronto he recordado que  guardaba un álbum de fotos en algún cajón. No lo he encontrado. ¿Y las fotos de mis padres? Juraría que al menos tenía un portarretratos con su foto en el salón. Tampoco lo he visto. He rebuscado en mi cartera, donde acostumbro a guardar alguna foto mía y de la familia, pero no hay ninguna.

 

He buscado el cuaderno de mi pasado para cerciorarme de que tuve o tengo padres, de que no soy huérfano, para encontrar algún detalle sobre su físico que me pueda ayudar a hacerme una idea de cómo eran. Tal vez eso me ayude a recordar dónde he puesto las fotos. No lo encuentro, Ni siquiera la agenda donde he anotado los datos esenciales sobre mi vida.

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Esta mañana, cuando fui al Registro civil para sacar una partida de nacimiento no encontraba el libro de familia, a pesar de estar absolutamente seguro de haberlo metido en el bolsillo interior de la americana antes de salir. Tampoco encontraba el papel con la anotación del tomo y la página de la inscripción de mi nacimiento. Le he dicho al funcionario que solo podía darle mi fecha de nacimiento. He mencionado la fecha que antes de hacerlo consideraba como la de mi cumpleaños. Ha buscado en el ordenador. Nada. ¿Está seguro de que nació aquí?  Mencioné el hospital. Eso no significa nada, puede que sus padres vivieran en un pueblo de los alrededores y le registraran allí.

 

Me ha mirado raro. Me he puesto nervioso. No se preocupe. Buscaré el libro de familia. Y he salido casi corriendo.

 

Ya en casa me he puesto a pensar desesperadamente sino tenía que haber ido a trabajar.  Pero no recordaba dónde trabajo. Me he tumbado en la cama y he repasado todos los trabajos posibles. ¿Soy funcionario? ¿Trabajo en una cadena de montaje de laguna fábrica? No podía recordarlo. ¿Me estaré volviendo amnésico? Debería ir al médico.

 

Intenté calmarme. Dormiré un rato. Tal vez lo recuerde todo si puedo echar un sueñecito. No pude dormir, ni tampoco relajarme. Me levanté histérico y me puso a buscar la cartilla del seguro. No la encontré.

Al menos tendré algo para comer en la nevera. La abrí y he anotado en un cuaderno lo que allí había.

 

Esta noche, antes de cenar, repasé las anotaciones. Faltaban un par de cosas. ¿Las había utilizado para comer?  No podía recordar si había comido. Tampoco tenía mucha hambre. Calenté leche y bebí un tazón con algo de bollería. Lo anoté en el cuaderno.

 

¿Qué me estaba sucediendo? Encendí el televisor. Las noticias no me decían nada. No encajaban con mis recuerdos más próximos del día anterior. Hice zapping. No recordaba esos programas.

 

Me fui a la cama. ¿A qué hora tenía que levantarme para ir a trabajar? Seguía sin recordar dónde trabajaba. Puse el despertador a las siete, por si el recuerdo regresaba el despertarme.

 

Tardé en dormirme. Tuve un sueño muy extraño.  Me desperté a las cuatro de la mañana. Anoté lo poco que recordaba.

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Urantia, libro de … Planeta… Seragfinton, ciudad.

 

Quise consultarlo en Google y busqué desesperadamente el portátil. No lo encontré. Me obsesioné con ello y  me pasé dos horas buscándolo por  toda la casa. Nada. ¿No tenía yo un ordenador?

 

Conseguí volver a dormirme. Tuve una pesadilla horrible. Me desperté bruscamente el despertador y no pude recordar la pesadilla. Tampoco dónde trabajaba. Decidí afeitarme y vestirme, dando tiempo al recuerdo. Decidí desayunar. Abrí el frigorífico y estaba vacío. ¿No había anotado su contenido en un cuaderno? Decidí buscarlo. ¿Dónde lo había puesto?

 

Recorrí el pasillo hasta el salón. No era el que yo recordaba. En aquel había cuadros de París, La Torre Eiffiel, Notre Dame. Los había comprado, muy baratos, en una tiendecita, lo recordaba perfectamente. Ahora eran cuadernos de flores, bodegones.

 

Y el pasillo… el pasillo más largo de lo que yo recordaba. El salón estaba a la derecha, al fondo. Abrí la puerta.  Era un dormitorio con una cama que no era la mía. Y en ella había un bulto.

 

Encendí la luz.

 

-¿Qué buscas? ¿Es que no puedes dormir de una vez? Y cuando lo haces no paras de roncas. Eres imposible. No sé qué vería en ti para casarme contigo.

 

Era una mujer. Echó la ropa hacia atrás y se puso en pie. Estaba desnuda. Sentí cómo la libido se apoderaba de mí. ¿Por qué no aprovechar la ocasión? Bien podía ser un delirio…(pero mientras dure el tiempo suficiente…)

Ella se comportaba con tanta naturalidad que no me atreví a proponerle que regresara a la cama mientras yo me desnudaba.

 

-Vamos, dime qué buscas o te pasarás una hora haciendo ruido.

 

-Unos cuadernos. He anotado en ellos una cosa importante y no los encuentro.

 

Si era mi esposa yo no lo recordaba. ¡Y actuaba con tanta naturalidad! Como si me conociera muy bien. No podía proponerle echar un polvo así como así. Seguramente se burlaría de mi. Eso suelen hacer las esposas cuando les proponen hacer el amor nada más despertar. ¿Te pasa algo? Eso sería lo más suave que me diría. Las esposas no aceptan esas rarezas. Con naturalidad. Pero  cómo podía saber yo cómo actúan las esposas. No estaba casado. O al menos no lo recordaba.

 

-¿Cuadernos? ¿Cuándo has comprado tú cuadernos? ¿Para qué ibas a necesitarlos? Tu no escribes nunca. ¿Te pasa algo?

 

-No. Ha debido de ser un sueño.

 

-¿Por qué no vienes a la cama?

 

¿Era una proposición indecente? No lo parecía.

 

-Tengo que ir a trabajar.

 

-¿A trabajar? Pero si es domingo. Has debido de tener un sueño muy raro.

 

-Creo que ha sido eso. Aprovecho para hacer un pis.

 

-No me despiertes cuando vuelvas, que son… las siete y media. Y no te arrimes. Que  a ti te entran las ganas cuando menos se lo espera una.

 

-¿Qué podía hacer? Busqué el servicio. Pero no lo encontré. No estaba donde yo lo recordaba. Abrí todas las puertas, con suavidad, para no despertarla. Por fin apareció tras una puerta. Entré. Me miré al espejo. ¿Era yo un enfermo de Alzeimer? Me lo habría dicho ella… O tal vez disimulaba para que yo no me enfadara.

 

Me miré al espejo. Tenía la misma cara que yo recordaba. Y no parecía estar enfermo. Me senté en el retrete y cerré los ojos. Tal vez así remitiera la pesadilla.

RETRETE

 

 

 

DICCIONARIO POR AUTORES LITERARIOS I


NOTA/ Siguiendo con todos los diccionarios que iniciara allá por el año 1995 ( cuando me compré mi primer ordenador, pero aún no estaba conectado a Internet, lo que tardaría en hacer por un miedo supersticioso o tabú de una generación que tuvo que asimilar la informática como nuestros abuelos la llegada del hombre a la luna) ha llegado el momento de conocer las “palabrejas” que fui anotando de mis lecturas literarias, por autor, como si cada autor tuviera un vocabulario propio, lo que no deja de ser cierto en algunos casos. Aún quedan más diccionarios que sería una pena que se perdieran tras un trabajo ímprobo generado por la fascinación de las posibilidades de mi primer ordenador. Algunos diccionarios están más avanzados que otros, como en este caso, pero todos fueron concebidos como ayuda o herramienta para escritores aficionados, algo que espero al fin pueda servir de algo, tras muchos años durmiendo el sueño de los justos en los cedés, discos duros externos y pendrives, porque eso sí, mi obsesión por conservarlo todo y no perder nada por el camino fue realmente patológica en alguna etapa de mi vida.

https://books.google.es/books?id=32EnfNqCb9EC&pg=PA85&lpg=PA85&dq=cercioro+en+Tirano+Banderas&source=bl&ots=kDDTNgtwcb&sig=U6br_2w0F5WfK9RaYtO6HIojzK4&hl=es&sa=X&ved=0ahUKEwjVsoLi1crXAhUF0RQKHcjQDqUQ6AEISTAH#v=onepage&q=cercioro%20en%20Tirano%20Banderas&f=false

VALLE INCLÁN/TIRANO BANDERAS

42 CHARRASCO Charrasca/Arma arrastradiza por lo común sable/Navaja de muelles
charrasca
Voz onomat.
1. f. fest. coloq. Arma arrastradiza, por lo común el sable.
2. f. coloq. Navaja de muelles.
3. f. Ven. Pequeño instrumento musical de percusión, de forma cilíndrica, hecho de metal o madera y provisto de ranuras que producen sonidos broncos al ser frotadas con una barrita metálica, un clavo, etc.
Real Academia Española © Todos los derechos reservados

43 COIME Del arb. Qaim el que se encarga de algo / el que cuida del garito y presta con usura a los jugadores/

coime
De or. inc.
1. m. Hombre que cuida del garito y presta con usura a los jugadores.
2. m. Mozo de billar.
3. m. despect. Col. camarero (‖ persona que sirve en restaurantes o bares).
4. m. germ. dios. Grande, sagrado coime.
Real Academia Española © Todos los derechos reservados

44 CHUPALLA Planta bromeliácea que tiene las hojas en forma de roseta y cuyo jugo se emplea en medicina casera
Chile sombrero de paja hecho con tirillas de las hojas de esta planta

RAE

chupalla
De achupalla.
1. f. Chile. Planta bromeliácea que tiene las hojas en forma de roseta y cuyo jugo se emplea en la medicina casera.
2. f. Chile. Sombrero de paja hecho con tirillas de las hojas de chupalla.
Real Academia Española © Todos los derechos reservados

45 HUIPIL

RAE

huipil
Tb. güipil en acep. 1, El Salv., Guat., Hond. y Nic.
Del náhuatl huipilli.
1. m. El Salv., Guat., Hond. y Méx. Especie de blusa adornada propia de los trajes indígenas.
2. m. El Salv. Enagua o falda que usan las mujeres indígenas.
Real Academia Española © Todos los derechos reservados

46 MAGÜEY

RAE

maguey
Voz antillana.
1. m. Am. pita (‖ planta amarilidácea).
Real Academia Española © Todos los derechos reservados

pita1
De or. inc.
1. f. Planta vivaz, oriunda de México, de la familia de las amarilidáceas, con hojas o pencas radicales, carnosas, en pirámide triangular, con espinas en el margen y en la punta, color verde claro, de 15 a 20 cm de anchura en la base y de hasta 3 m de longitud; flores amarillentas, en ramilletes, sobre un bohordo central que no se desarrolla hasta pasados varios años, pero entonces se eleva en pocos días a la altura de 6 o 7 m. Se ha naturalizado en las costas del Mediterráneo. De las hojas se saca buena hilaza, y una variedad de esta planta produce, por incisiones en su tronco, un líquido azucarado de que se hace el pulque.
2. f. Hilo que se hace de las hojas de pita.
3. f. Bol. Cordel de cáñamo.
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47 MÉDANO

RAE

médano
Del ár. hisp. máydan, y este del ár. clás. maydān ‘explanada [de arena]’; cf. port. médão.
1. m. duna.
2. m. Montón de arena casi a flor de agua, en un paraje en que el mar tiene poco fondo.
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48 ASEÑAR

RAE

señar Conjugar el verbo señar
De seña.
1. tr. Arg., Par. y Ur. Dar una cantidad de dinero del total del precio de algo como adelanto a su reserva o compra.
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DICCIONARIO DE ENTORNO Y PAISAJE II


ENTRELIÑO

Alfonso Grosso, de su novela Guarnición de silla.

RAE

entreliño
1. m. Espacio de tierra que en las viñas u olivares se deja entre liño y liño.
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liño
De liña.
1. m. Línea de árboles u otras plantas.
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BESANA

Alfonso Grosso, de su novela Guarnición de silla.

RAE

besana
Der. del lat. versāre ‘volver’.
1. f. Labor de surcos paralelos que se hace con el arado.
2. f. Primer surco que se abre en la tierra cuando se empieza a arar.
3. f. Medida agraria usada en Cataluña, equivalente a 2187 m2.
4. f. haza (‖ porción de tierra labrantía).
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LAMA
Alfredo Grosso,de su novela Guarnición de silla

RAE

lama1
Del lat. lama.
1. f. Cieno blando, suelto y pegajoso, de color oscuro, que se halla en algunos lugares del fondo del mar o de los ríos, y en el de los recipientes o lugares en donde hay o ha habido agua largo tiempo.
2. f. Prado, pradería.
3. f. Alga u ova de los lamedales o charcales.
4. f. Ingen. En minería, lodo de mineral muy molido, que se deposita en el fondo de los canales por donde corren las aguas que salen de los aparatos de trituración de las menas.
5. f. And. Arena muy menuda y suave que sirve para mezclar con la cal.
6. f. Chile, Col., Hond., Méx. y P. Rico. musgo (‖ planta).
7. f. Chile, Col., Hond. y Méx. Capa de plantas criptógamas que se cría en las aguas dulces.
8. f. Col. y Méx. moho (‖ capa que se forma en un cuerpo metálico).

COLADA

Alfonso Grosso, de su novela Guarnición de silla

RAE

colada1
1. f. Acción y efecto de colar2.
2. f. Lejía en que se cuela la ropa.
3. f. Ropa colada.
4. f. Lavado de ropa sucia de una casa.
5. f. Ropa lavada.
6. f. Faja de terreno por donde pueden transitar los ganados para ir de unos a otros pastos, bien en campos libres, adehesados o eriales, bien en los de propiedad particular, después de levantadas las cosechas.
7. f. Paso o garganta entre montañas difícil de cruzar por su angostura y mal suelo.
8. f. Dep. internada.
9. f. Geol. Masa de lava que se desplaza, hasta que se solidifica, por la ladera de un volcán.
10. f. Ingen. Sangría que se hace en los altos hornos para que salga el hierro fundido.
11. f. Taurom. Situación en la que el toro toma mal el engaño y pasa muy cerca del torero o lo golpea.
12. f. Tecnol. Vertido del metal fundido en un molde o recipiente.
13. f. Col. y Ec. Especie de mazamorra hecha con harina y agua o leche, a la que, en algunos sitios, se añade sal y, en otros, azúcar.

ALCOR

Alfonso Grosso, de su novela Guarnición de silla

RAE

colada1
1. f. Acción y efecto de colar2.
2. f. Lejía en que se cuela la ropa.
3. f. Ropa colada.
4. f. Lavado de ropa sucia de una casa.
5. f. Ropa lavada.
6. f. Faja de terreno por donde pueden transitar los ganados para ir de unos a otros pastos, bien en campos libres, adehesados o eriales, bien en los de propiedad particular, después de levantadas las cosechas.
7. f. Paso o garganta entre montañas difícil de cruzar por su angostura y mal suelo.
8. f. Dep. internada.
9. f. Geol. Masa de lava que se desplaza, hasta que se solidifica, por la ladera de un volcán.
10. f. Ingen. Sangría que se hace en los altos hornos para que salga el hierro fundido.
11. f. Taurom. Situación en la que el toro toma mal el engaño y pasa muy cerca del torero o lo golpea.
12. f. Tecnol. Vertido del metal fundido en un molde o recipiente.
13. f. Col. y Ec. Especie de mazamorra hecha con harina y agua o leche, a la que, en algunos sitios, se añade sal y, en otros, azúcar.