Autor: Slictik

Escritor aficionado. Subo mis textos a Internet con frecuencia en otras páginas y blogs. Coordino un taller de humor esponsorizado por la Escuela de Escritores Alonso Quijano. Este es un blog que he abierto para almacenar mis novelas y relatos y tener a mano los textos cuando los necesite.Modero la sección literaria de Sonymage. Escribo porque me divierto, es una diversión, no un trabajo.

PERDIDO EN EL TIEMPO XVI


JOAN BAEZ

LLEGÓ CON TRES HERIDAS

BOB DYLAN Y JOAN BAEZ

“Blowing in the Wind”

Blowin’ In The Wind

How many roads must a man walk down
Before you call him a man?
Yes, ‘n’ how many seas must a white dove sail
Before she sleeps in the sand?
Yes, ‘n’ how many times must the cannon balls fly
Before they’re forever banned?
The answer, my friend, is blowin’ in the wind,
The answer is blowin’ in the wind.

How many years can a mountain exist
Before it’s washed to the sea?
Yes, ‘n’ how many years can some people exist
Before they’re allowed to be free?
Yes, ‘n’ how many times can a man turn his head,
Pretending he just doesn’t see?
The answer, my friend, is blowin’ in the wind,
The answer is blowin’ in the wind.

How many times must a man look up
Before he can see the sky?
Yes, ‘n’ how many ears must one man have
Before he can hear people cry?
Yes, ‘n’ how many deaths will it take till he knows
That too many people have died?
The answer, my friend, is blowin’ in the wind,
The answer is blowin’ in the wind.
Soplando en el viento

Cuantos caminos una persona debe de caminar
Antes de que lo llames un hombre?
Cuantos mares una paloma blanca debe de navegar
Antes de que duerma en la arena?
Cuanto tiempo tienen que volar las balas de cañon
Antes de que sean prohibidas para siempre?
La respuesta, mi amigo, esta soplando en el viento,
La respuesta esta soplando en el viento

Cuantos años puede existir una montaña
Antes de que este descolorida por el mar?
Cuantos años puede la gente existir
Antes de que se les sea permitida la libertad?
/> Cuantas veces un hombre puede voltear la cabeza
Pretendiendo que el no ve?
La respuesta, mi amigo, esta soplando en el viento,
La respuesta esta soplando en el viento

Cuantas veces un hombre debe de alzar la vista
Antes de que pueda ver el cielo?
Cuantos oidos debe tener un hombre
Antes de que pueda escuhcar a la gente llorar?
Cuantas muertes tendran que pasar hasta que el sepa
Que mucha gente ha muerto?
La respuesta, mi amigo, esta soplando en el viento,
La respuesta esta soplando en el viento.

BUMBURY
EL JINETE

He recordado que tal vez me quede en el maletero un trozo de tortilla, tal vez no la terminara en la merienda, y puede incluso que en el táper encuentre alguna raja de cecina, de jamón o un trozo de queso, incluso un trozo de pan duro me serviría. No sé por qué siento la imperiosa necesidad de saber lo que me queda de la vida. ¿Puedo comer, puedo beber, puedo reír? Es como si necesitara probarme y saber con qué puedo contar en este largo viaje alrededor del infierno. Sé que decidí no traer el libro electrónico, cargado de libros digitales escogidos, por miedo a perderlo. Sé que el libro que tenía en el asiento de atrás, Los pilares de la sabiduría de Lawrence de Arabia, lo subí al apartamento. Ningún cuaderno ni bolígrafo, iba a ser un viaje tranquilo, sin incidencias. La botella de agua la acabé con la merienda, en la gasolinera, y decidí no comprar otra, porque me quedaba muy poco para llegar a casa. Era un viaje improvisado, corto, no necesitaba ni siquiera lo imprescindible.

He decidido mirar. He parado el coche, sin poner las luces de avería, y me he bajado sin el chaleco reflectante. No espero intrusos, no espero nada. He abierto el maletero y mirado a fondo. El táper está vacío, no queda tortilla, ni cecina, ni jamón, ni un trozo de queso duro, ni un currusco de pan incomible, ni una gota de agua. No queda nada. Pero algo ha llamado mi atención. Dentro del táper he visto la navaja multiusos, un capricho que me concedí hace años y que tantos servicios me ha hecho en mis excursiones a la naturaleza. La he tomado entre mis dedos y la he observado largamente. Una idea macabra se va formando en el interior de mi cráneo. No le voy a dar al destino ni la más mínima oportunidad. No me queda nada, aparte de un pendrive con mucha y buena música y la posibilidad de escuchar -si las ondas no salen huyendo- alguna emisora de radio de algún tiempo y lugar, aunque nunca estaré seguro de qué tiempo.

Quiero saber si soy inmortal, si puedo abrirme las carnes y morir. La navaja multiusos me viene de perlas, está bien afilada, puedo apretar el filo contra mi muñeca y ver si aún soy capaz de sentir dolor, si aún tengo sangre en mi interior, si las fuerzas poderosas me van a dejar morir, aquí, en medio de la nada, en la oscuridad de la noche eterna, en el vacío asfaltado de la carretera del infierno. Quiero saber si me han dejado la única opción que le queda al prisionero del tiempo, al esclavo de la aleatoriedad, al títere del destino. Puedo elegir entre vivir o morir. O al menos eso creo. Voy a probarlo. Voy a retar a las fuerzas poderosas. Alzo mi navaja hacia el cielo oscuro, la pongo sobre la palma de mi mano derecha, sostengo la muñeca con la mano izquierda y comienzo a rotar sobre mi mismo en una danza llamando a la muerte, en un ritual blasfemo, desafiando a cualquiera que esté sobre mí, que tenga el más mínimo poder sobre mí. Soy libre, digo en voz alta, al menos me queda eso. Nadie, ni vosotros, podréis arrebatarme esa libertad, aunque todos los futuros estén escritos yo siempre podré elegir entre la vida y la muerte.

De pronto me encuentro saltando alrededor del coche. Comienza la canción de Joan Baez y acoplo mis movimientos a ese ritmo. Es un maravilloso desatino controlado. ¡Lástima que nadie pueda verme! Pero no lo lamento. Creo que este es el supremo desatino controlado, hacer algo que nadie puede ver, solo porque quiero hacerlo, porque soy libre. Intento cantar con Joan pero desisto ante mi ridícula voz. Decido recitar.

Aquí estoy, con tres heridas,
ciegas fuerzas poderosas.
Me habéis herido con el amor,
con la vida, con la muerte.

Sangro por tres heridas,
la de la vida, la del amor,
la de la muerte.

Son las únicas que matan
la del amor, la de la muerte,
la de la vida.

Pero sigo siendo libre de elegir,
puedo escoger la vida o la muerte
puedo escoger el amor.

Escoja lo que escoja
por alguna de las tres heridas
me desangraré hasta la muerte.
La de la vida, la del amor,
la de la muerte.

Me he dejado caer a plomo sobre el asiento. He colocado el filo de la navaja sobre mi piel. No he buscado una toalla o un trapo para evitar que la sangre salpique el cuero. He apretado un poco, duele, he apretado más fuerte, duele más, al menos sé que sigo vivo, porque a ningún muerto le duele nada. La sangre comienza a brotar lentamente. ¿He conseguido alcanzar la vena? Creo que no. Decido apretar más fuerte, con rabia, apretando los dientes. El filo se va deslizando poco a poco. Miro la muñeca, comienzo a tener una herida. ¿Es la vida? ¿Es el amor? ¿Es la muerte?

La sangre va goteando sobre mis muslos. Necesito más sangre, más. Necesito más heridas, más. No importa el dolor, es solo el camino que nos conduce a través de la vida y el amor hacia la muerte. Aprieto más los dientes, clavo más hondo el filo de la navaja, grito de dolor y maldigo. Miro la herida, no me parece bastante profunda. Inspiro profundamente. Busco otro lugar en la muñeca, palpo hasta encontrar la vena y cuando voy a aplicar el filo cortante, me detengo. No puedo creer lo que estoy viendo. La primera herida ha dejado de sangrar, pero no es solo eso, se está cerrando. Al cabo de unos segundos ya no puedo ni ver la cicatriz. No puedo morir, pero sí puedo sentir dolor. Las fuerzas poderosas son sádicas. Las reto, las maldigo. Con rabia infinita abro una nueva herida y corto como si fuera un filete muerto. Luego decido infligirme una tercera. El dolor es terrible, pero todas cicatrizan. Arrojo la navaja contra el cristal, rebota y cae al suelo, bajo el asiento. Bueno, al menos ya sé con lo que puedo contar. Enciendo un pitillo mientras suena la canción de Bob Dylan.

Salgo al exterior, camino alrededor del coche, cuando empieza la canción del jinete acompaso mis movimientos a la música, pronto me doy cuenta de que estoy en un entierro, es como si llevara el ataúd, me muevo al ritmo de una marcha fúnebre.

Algo ha ocurrido porque se inicia otra vez la canción de las tres heridas, no creo que la aleatoriedad me gaste esta broma, tal vez la copiara dos veces. Comienzo a correr, como loco, alrededor del coche, como si buscara algo, como si buscara la vida, el amor, la muerte. Me quedo sin aliento, siento un golpe en las sienes y me desplomo.


EL SILENCIO VI


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Hizo la cama rabiosamente, de cualquier manera, deshizo su maleta, sacando un pijama y los útiles de aseo .Se acercó a la cocina y colocó la comida en los estantes, si ella quería irse él se quedaría, que se llevara el coche, cuando necesitara marcharse llamaría a un taxi o se arreglaría de cualquier otra manera. Si todo había terminado no tenía gran interés en nada, ni siquiera en conservar su trabajo, se quedaría allí y pensaría en ello, si permanecía solo iba a tener mucho tiempo.

Oyó a su mujer moverse en su habitación, seguramente no saldría ni para cenar; nunca parecía disfrutar de mucho apetito y los disgustos lo hacían desaparecer por completo – luego se resarcía premiándose con un buen surtido de productos de repostería-;así que no esperaba nada de esa noche, mañana se vería, si había algo que ver.

Cuando terminó salió al porche. El ocaso iba cayendo sobre las cumbres de las montañas, no quedaba mucho para la noche; el sol ,como recién fregado, lanzaba sus últimos rayos antes de acostarse. Parte del cielo era de un hermoso azul brillante pero a su derecha, en dirección al centro de la cordillera se veían algunas nubes que no presagiaban nada bueno.

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Era una hermosa puesta de sol aunque por el norte podían verse  algunos retazos de nubes, de un color más bien negruzco. Permaneció de pie contemplando la montaña: los altos picachos graníticos, el estrecho valle allá abajo con praderas verdes donde pacían algunas vacas; el cielo como recién lavado y sintiendo en la cara la cortante brisa que anunciaba una noche fría. Dio una vuelta alrededor de la casa observándolo todo con interés y entusiasmo, a pesar de ser hombre de metrópoli, nacido y criado allí, y de donde apenas había salido, fuera de las vacaciones en la playa o alguna navidad a esquiar en la montaña, su entusiasmo por la montaña a veces resultaba gracioso, dado su escaso conocimiento del entorno.

Allá a lo lejos, al fondo del valle se podía ver un pequeño pueblo con casas de piedra y tejados rojizos, durante unos minutos lo observó atentamente deteniéndose especialmente en el detalle de que aparentemente parecía incomunicado, no se veía carretera o camino que llegara hasta él. Por fin pudo ver un trozo de asfalto donde reflejaba el sol, a la salida del pueblo, dirigiéndose hacia unas laderas que parecían juntarse allí. Seguramente se trataba de una falsa impresión puesto que si pasaba la carretera tenía que existir una garganta o algo parecido. Al otro lado del pueblo pudo observar varios caminos que salían del pueblo en diferentes direcciones. Uno bordeaba las laderas de varias montañas hacia donde él se encontraba, aunque en un primer momento no pudo ver ningún camino por allí cerca, luego observó detrás de la casa uno de cabras que se encontraba con otro de tierra que parecía venir de aquella dirección.

El frío se estaba haciendo más intenso, notaba una fuerte sensación de hambre en el estómago, pensó en algo para comer y los jugos gástricos empezaron a trabajar con entusiasmo. Entró en la casa y se dirigió a la pequeña cocina separada por un tabique de madera y cristal del salón. Revolvió entre las bolsas con comida que había dejado allí al entrar y sacó unas costillas de cerdo, un par de chorizos y una morcilla. Pensó en algo caliente para entonarse y se decidió por una sopa de fideos de sobre. Busco recipientes por los armarios y encontró lo que necesitaba, un pequeño cazo para la sopa y una parrilla para asar las costillas y el chorizo. Intentaría hacer la morcilla aunque la comía pocas veces y no sabía cómo prepararla. Le gustaba cocinar de vez en cuando, hacer algunos platos que le gustaban, especialmente los fines de semana cuando la empleada, que también hacía de cocinera, se toma su descanso.

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Preparó todo con calma, sobre la tarima de la cocina encontró un pequeño transistor, buscó una emisora que pudiera escucharse sin demasiadas interferencias y trató de hacerse la ilusión de estar pasando un día de agradable descanso. Su mujer permanecía en la habitación, donde no se oía ruido alguno. Se dijo que el detalle de preguntarle si quería comer podría ayudar un poco. Llamó a la puerta cerrada con los nudillos y espero, no recibió contestación. Abrió la puerta, su mujer se había acostado y estaba leyendo con la luz de la lámpara de la mesita encendida. La pregunto con dulzura si quería cenar y al no recibir contestación volvió a cerrar suavemente.

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Cenó con apetito voraz, le gustó especialmente la morcilla que preparó en la parrilla. Cuando terminó puso los platos sobre el fregadero, apagó la radio y poniéndose un jersey de invierno en su habitación salió al porche donde encendió un cigarrillo. Era ya de noche, las primeras estrellas asomaban sus cabecitas de alfiler sobre el oscuro tejo del cielo. De vez en cuando una nube ocultaba el pequeño trozo de luna que asomaba a su derecha como un gajo blanco de alguna fruta exótica.

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Terminó el cigarrillo y fue a sentarse en el columpio de madera. Después de la sustanciosa cena se sentía más animado, la actitud de su mujer ya no le parecía tan trágica e irremediable. Encendió otro pitillo, pensando en lo bien que le vendría algo de licor. Volvió a la cocina y buscó por los estantes y armarios, encontró una botella de whisky, se sirvió un vaso colmado y volvió a salir al porche. Empezaba a hacer verdadero frío, la temperatura estaba bajando bruscamente. Bebió un largo trago notando cómo  el líquido le quemaba la garganta, después un agradable calorcillo le reanimó.

Pensó en sus dos mujercitas, tenían dos hijas de diez y seis años, a las que quería con verdadera pasión. Se habían quedado con los abuelos maternos, las imaginó en la cama pegadas a sus ositos de peluche idénticos; los irremediables celos les obligaban a comprar todo por duplicado. Una lágrima furtiva corrió por su cara, se la secó rabioso con la palma de la mano y bebió dos tragos largos de licor. No utilizaría a sus pequeñas como chantaje si el matrimonio seguía adelante tendría que ser por sí mismo. Apuró el vaso notándose mareado. El alcohol siempre le afectaba más de lo normal por eso no le gustaba beber habitualmente. El frío era ahora cortante, tendría que ir a por la cazadora de piel si quería quedarse más tiempo. Caminó hacia la casa dando algún traspiés. Ya en la cocina se sirvió el resto de la botella y decidió acostarse. Buscó otra manta en el armario y la puso encima del edredón, sería una noche gélida. Antes de introducirse en el lecho recordó que su amigo le había dicho que la casa tenía calefacción de gasóleo, regresó a la cocina y buscó los mandos, puso el termostato a veinte grados y regresó a la habitación.

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Buscó en la maleta una novela de Jim Thompson, 1280 almas, que había escogido de su colección de novela negra, pensando que su historia armonizaría con la oscuridad de su alma;  se desvistió, poniéndose el pijama de invierno que había traído ex profeso. Sumergido bajo el peso de mantas y edredones apuró un nuevo trago de whisky y se dispuso a paladear la novela de Thompson como si de un añejo licor se tratara. Al principio no fue capaz de centrarse en la lectura, se veía obligado a  releer páginas enteras antes de captar el sentido. Su mente se empeñaba en poner ante sí  tétricos cuadros, en los que aparecían su mujer, en la habitación de al lado, y sus niñas, en la de sus abuelos, superponiéndose en diferentes planos espacio-temporales, cada vez más trágicos y angustiosos. Por fin se sumergió en la lectura con intenso apasionamiento, incluso se sorprendió riéndose silenciosamente de las peripecias de aquel divertido canalla. Al cabo de un tiempo tuvo que despojarse de la manta y el edredón, la calefacción debía de estar funcionando porque el calorcillo en el aire de la habitación era una sensación muy agradable. Al fin se quedó dormido, con la botella de whisky vacía sobre la mesilla de noche, la lámpara encendida y el libro en la mano.

UN VIAJE SIN RETORNO VIII


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VI

Al despertar se encuentra  atado a una camilla que rueda por un pasillo del que solo puede ver el techo. Le introducen en un ascensor que baja a los sótanos, allí, en un despacho acolchado le descubren el pecho, le colocan unos cables, varios brazos le sujetan con fuerza durante toda la operación; cierra los ojos intentando ahuyentar el dolor que caerá sobre él pero unas manos forcejean con sus mandíbulas apretadas con rabia hasta lograr introducir algo entre sus dientes con textura de goma. Una voz dice algo sobre voltios,  todo está listo y de repente una espantosa sacudida quiebra su cuerpo, rígido, que se rebela contra aquella fuerza demoniaca, se cree a punto de romperse en mil pedazos, luego nada…

Despierta en una habitación desconocida, ni siquiera sabe quién es el que se encuentra tumbado sobre la cama. Un vago recuerdo insistente le obliga a buscar su nombre en aquella cáscara hueca que es su cabeza. Solo puede encontrar dos o tres nombres comunes que a pesar de repetirlos una y otra vez no encajan en el molde invisible que los rechaza. No importaría la ausencia de nombres o de un pasado con el que contrastar sus vivencias actuales si una insoportable angustia que asciende desde el fondo de su ombligo y escarba en su cerebro no le obligase a buscar  las necesarias respuestas.

Cuando alguien se despierta repentinamente sin ese pasado que conforma nuestra identidad siente una sensación parecida a haber sido descerebrado, un cráneo vacío no es nada, por eso se ve obligado a encontrar respuestas o a inventarlas. La otra alternativa es la angustia infinita y la locura. Eso es lo que ese joven desconocido, que ayer era una identidad perfectamente definida, tiene que hacer para mantener a raya la locura que acecha al otro lado de una estrecha línea pintada con yeso en el suelo. No encuentra una respuesta lógica a aquel vacío en su recuerdo, nadie le ha explicado las consecuencias de un electroshock ni persona alguna se encuentra a su lado cerca de la cama esperando su despertar para tranquilizarle. Más tarde comprenderá que el abismo que separa a los seres humanos es insondable. Solo si fuéramos capaces de vivir y sentir la vida de los otros podríamos conseguirlo algún lejano día. Solo la inconsciencia nos hace malvados, él no ignorará nunca a otro ser humano, nunca, lo promete…

Buscando respuestas deduce que sólo una terrible razón puede haberle sumido en esa oscuridad. Por un momento imagina que su pasado está lleno de crímenes horrendos, tal vez le han quitado la memoria para que no siga matando; son muy amables por hacer eso en lugar de matarlo a él y acabar con la causa del mal, de todos los males. Esta idea no se mantiene mucho tiempo en su cabeza, palpando su cuerpo comprende que es demasiado joven para ser ya un asesino con tantos crímenes a sus espaldas. Es una idea ridícula. Pero inmediatamente surge otra. El desconcierto que sufre podría ser perfectamente explicable si acabara de morir y el trauma  hubiera borrado toda su vida pasada. Se pellizca el brazo, se toca el rostro, es evidente que está vivo a no ser que la muerte permita una sensibilidad para con la materia parecida a la que se tiene dentro de un cuerpo. Se levanta rápidamente y golpea la pared con el puño, éste no puede penetrarla. Tiene que descartar también esa idea y lo hace con una extraordinaria euforia. Saber que aún sigue vivo le consuela de la angustiosa situación por la que está pasando. Por un momento piensa en que la posibilidad de morir, conocer el más allá y regresar para contárselo a todo el mundo sería algo tan extraordinariamente milagroso que le convertiría en el ser más importante de la creación. La certeza de que con la muerte no se termina todo transformaría la vida de la humanidad. La historia le recordaría como a un dios. Pero si nadie ha regresado de la muerte, no ve razón convincente por la que él sí pudiera conseguirlo. Aquello no es sino una estúpida fantasía que no le llevará a  parte alguna.

Finalmente decide que lo más fácil es pensar en un accidente, un golpe en la cabeza con la consecuente pérdida de memoria. Se toca el cráneo pero no tiene ningún vendaje, solo una cicatriz debajo del cuero cabelludo. Se dice que tal vez ha pasado mucho tiempo, tanto que la herida ha cicatrizado. Desea gritar llamar a alguien para que le de explicaciones, pero le contiene no saber dónde se encuentra; si está en un hospital puede organizar un buen alboroto para nada. Esperará la llegada de alguna enfermera.

Pero quien llega es un hombre gigantesco vestido de azul. No reconoce al celador, es  la primera vez que lo ve. La angustia que siente es tanta que no duda en preguntarle cómo se llama, dónde se encuentra y si ha tenido algún accidente que le ha privado de la memoria. El hombre se ríe amablemente, pone su manaza en su hombro y se lo explica todo. Siente un alivio infinito. La memoria volverá y con ella el pasado. Solo tiene que esperar pacientemente.

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Durante días recibe el amable tratamiento de choque. No sabe si los efectos se hacen más suaves con el tiempo o es su cerebro el que se fortalece, lo importante es que cada vez necesita menos tiempo para recordar. Por una parte se siente exultante ante el hecho de que ya no siente fobia alguna ante los cristales, no los contempla como un muro que es preciso reventar para alcanzar la libertad. En el interior de su cabeza se está abriendo una brecha que incluso puede notar físicamente debido a los fuertes chasquidos que se producen en el cráneo de vez en cuando, como si se tratara de una puerta hacia otra forma de vida. Por otra parte echa de menos el ser capaz de descargar la cólera represada en su interior. Caminando por los pasillos intenta encontrar otra forma de desahogarse que no tenga las nefastas consecuencias de acabar rompiendo cristales. Dejando resbalar  sus pies por el suelo ha encontrado alguna protuberancia o desnivel del suelo y cae hacia delante a plomo. En un acto reflejo alarga los brazos como le obligaban a hacer en el instituto en clase de gimnasia y para el golpe doblando el codo. Suena como si hubiera pateado el suelo y pronto tiene a su lado a un celador preguntándole qué ha hecho. No acepta su respuesta, es amenazado con las correas. La falta  de confianza que demuestra el celador le lleva a adoptar esta estrambótica forma de protesta por cualquier frustración. Se deja caer bruscamente hacia delante en cualquier lugar o momento, de forma inesperada se inclina hacia adelante como un árbol sin raíces, en el último momento impulsa sus brazos  y en lugar de doblar el codo lo mantiene rígido con lo que el golpe se hace  terrible. El celador primero, luego la monja y finalmente el doctor le recriminan un comportamiento que podría acabar en la rotura de un brazo o en algo peor, pero ni las amenazas de atarle ni los razonamientos logran terminar con este comportamiento. Al contrario cuanto más se le recrimina más lo repite, incluso llega a buscar otras formas de protesta, tales como dejar caer la jarra de cristal o los vasos en el comedor. Luego de repetir estas actuaciones varias veces se ven obligados a cambiar las jarras, los vasos e incluso los tazones del desayuno por otros recipientes de plástico.

La terapia de choque finaliza, el doctor considera que seguir con la terapia podría resultar peligroso por lo que la cambia a una sicoterapia de grupo. Le obliga a acudir todas las mañanas a su despacho donde junto con otros seis pacientes con enfermedades que les permiten cierta lucidez – tales como alcoholismo, depresión, toxicomanías- pasan una hora escuchando tétricas historias. Oye las conversaciones de los otros pero no consiguen sacarle una sola palabra, deja que su mirada se pierda en las paredes y cuando las recriminaciones suben de tono se levanta de la silla y se deja caer a plomo ante las miradas compasivas de todos que deciden no recriminarle nada para evitar ese espectáculo tan deprimente.

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El tiempo transcurre con la lentitud e inexorabilidad de una gota de agua cayendo de un grifo mal cerrado. Apenas recuerda la llegada a aquel lugar, podría hacer un mes o menos o tal vez mucho más. Los días no tiene aliciente alguno y su mente se pierde en extraños mundos donde nadie llegó nunca o al menos él lo cree así. Su cerebro está tan aturdido por la medicación que es incapaz de seguir dos pensamientos seguidos con algún sentido. Es consciente de que el tiempo no es nada si no va rellenando su oscuro pellejo de hechos, de acontecimientos, de sensaciones o emociones. El tiempo vacío  es la eternidad, la nada, un diosecillo de tres al cuarto. Se pregunta si Dios, en caso de existir, podría verse libre de la condena del tiempo o en otro caso permanecería para siempre perdido en un pensamiento sin sentido. Semejante posibilidad le abruma y encoleriza tanto que sus caídas se van haciendo más aparatosas cada día, el celador se ve obligado a atarle de nuevo a la cama.

Cuando el gigantón comienza su turno le hace una visita para saber cómo se encuentra. Lamenta que haya vuelto a recaer después de unos días de prometedora normalidad. Le habla del transistor que han  dejado sus padres al marcharse y que él ha guardado en el cajón de su mesita. Le pregunta si se lo han dicho, ante su respuesta negativa lo busca, lo saca de su cajita de cartón y  lo pone en marcha dejándolo en una emisora al azar. Lo deja sobre la almohada, al alcance de su mano. Las voces de los locutores acarician dulcemente sus oídos. Como un soplo de aire fresco en aquella oscura cueva reaviva sus pulmones haciéndole creer de nuevo en la libertad.

El resto del día  transcurre  plácido oyendo música, entrevistas, informativos. El mundo de la normalidad entra de nuevo en su vida. Antes de dormirse lo apaga y entonces, en medio del silencio, no puede evitar preguntarse cuál  será la pieza que falta en su mecanismo, la razón por la que su mente no sigue el mismo carril que los otros cogen con tanta facilidad. Reflexiona que en el fondo la normalidad no es sino una hipocresía, la tela con la que todo el mundo se tapa los ojos para no ver la verdadera realidad. De una forma u otra todos estamos locos, la normalidad se limita a la vida pública, en privado todos hacemos y pensamos las mismas estupideces más propias de locos que de personas normales y hablamos en voz alta como hacen los locos por la calle. La locura no es otra cosa que hacer en público las cosas que todo el mundo piensa se deben hacer en privado. Esta frase le sorprende, como impropia de su inteligencia. Durante unos segundos reflexiona sobre la posibilidad de que los electroshocks hayan agudizado su inteligencia, luego su cabeza cae sobre la almohada y se duerme profundamente

DICCIONARIO DE DESCRIPCIÓN FÍSICA PERSONAJES II


DICCIONARIO PARA ESCRITORES SOBRE DESCRIPCIÓN FÍSICA DE PERSONAJES II

FORNIDO

fornido, da.
Del part. de fornir.

1. adj. Robusto y de mucho hueso.

2. adj. Dicho de una cosa: Recia, fuerte.

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http://sinonimos.woxikon.es/es/fornido

ES SINÓNIMOS PARA FORNIDO

1 Significado: robusto [a] fuerte {m}, forzudo, membrudo, poderoso, corpulento {m}, fornido
2 Significado: musculoso [a] robusto, recio, nervudo, acérrimo, fortachón, fornido, pujante, forzudo
3 Significado: mozallón [a] mozancón, gigantesco, alto {m}, grande, fornido, crecido, grandullón
4 Significado: fuerte [a] robusto, fornido, saludable, sano, terne
5 Significado: mozancón [n] grandullón, alto {m}, grande, fornido, gigantesco, chicarrón, mozallón
6 Significado: corpulento [a] musculoso, fornido, poderoso, membrudo, nervudo, hercúleo, robusto
7 Significado: hércules [n] fornido, musculoso, titánico, forzudo, gigantesco, sansón.

ENJUTO

enjuto, ta.
Del lat. exsuctus, part. de exsugĕre ‘chupar’.

1. adj. Delgado, seco o de pocas carnes.

2. adj. Seco o carente de humedad. Tierras enjutas.

3. adj. desus. Parco y escaso, tanto en obras como en palabras.

4. m. pl. Entre pastores y labradores especialmente, tascos y palos secos, pequeños y delgados como sarmientos, que sirven de yesca para encender lumbre.

5. m. pl. Bollitos u otros bocados ligeros que excitan la gana de beber.

6. f. Arq. Triángulo o espacio que deja en un cuadrado el círculo inscrito en él.

7. f. Arq. albanega (‖ espacio triangular).

8. f. Arq. pechina (‖ triángulo curvilíneo).

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http://www.wordreference.com/sinonimos/enjuto

enjuto

delgado, flaco, enteco, magro, seco, demacrado, consumido, chupado
Antónimos: gordo, grueso, rollizo

‘enjuto’ aparece también en las siguientes entradas:
abultado – apergaminado – carnal – cenceño – chupado – consumido – huesudo – corpulento – delgado – descarnado – encanijado – enflaquecido – escuálido – esquelético – flaco – fofo – orondo – seco

AJADO/MARCHITO

marchito, ta.
Del mozár. *marčiṭ[o], y este del lat. vulg. *marcītus, der. del lat. marcēre ‘marchitarse’.

1. adj. Ajado, falto de vigor y lozanía.

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http://www.wordreference.com/sinonimos/ajado

ajar

marchitar, mustiar, amustiar, deslucir, deteriorar, estropear, chafar, maltratar, envejecer, avejentar, gastar, sobar, manosear, resecar, arrugar, desflorar, desgraciar, hollar
Antónimos: remozar, rejuvenecer, arreglar

‘ajado’ aparece también en las siguientes entradas:
apergaminado – arrugado – atrabajado – atrasado – avejentado – cascado – viejo – decolorado – decrépito – desgastado – deslucido – envejecido – fané – fresco – gastado – macilento – manoseado – marchito – mustio – pasado – pelado – raído – reseco – seco – sobado – tronado – usado – visto

CETRINO

cetrino, na.
Del lat. mediev. citrinus ‘del color del limón’, y este der. del lat. citrus ‘cidro’.

1. adj. Dicho de un color: Amarillo verdoso. U. t. c. s. m.

2. adj. De color cetrino.

3. adj. Compuesto con cidra o que participa de sus cualidades.

4. adj. Melancólico y adusto.

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http://www.wordreference.com/sinonimos/cetrino

cetrino

amarillento, verdoso
melancólico, taciturno, adusto, malhumorado, serio, triste, huraño
Antónimos: alegre, contento

‘cetrino’ aparece también en las siguientes entradas:
aceitunado – atezado – verde

ARREBOLADO/A TEZ

arrebol1.
De arrebolar.

1. m. poét. Color rojo, especialmente el de las nubes iluminadas por los rayos del sol o el del rostro.

2. m. colorete (‖ cosmético).

3. m. pl. arrebolada.

Real Academia Española © Todos los derechos reservados

http://www.wordreference.com/sinonimos/arrebolado

arrebolado

sonrojado, avergonzado, azorado, encendido, arrebatado
Antónimos: desvergonzado

‘arrebolado’ aparece también en las siguientes entradas:
arrebatado – encendido

DICCIONARIO DE VESTUARIO Y DECORACIÓN III


DICCIONARIO DE VESTUARIO Y DECORACIÓN PARA NOVELISTAS/ CONTINUACIÓN

Jersei-coll-alt

SUETER (GUARNICIÓN DE SILLA DE ALFONSO GROSSO)

DEFINICIÓN:

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Del ingl. jersey.

1. m. Prenda de vestir de puntocerrada y con mangasque cubre desde el cuello hasta la cintura aproximadamente.

Real Academia Española © Todos los derechos reservados.

No se descarta que la R.A.G.E. pueda darle otra acepción al término en su diccionario humorístico.

WIKIPEDIA

Un suéter (del inglés sweater, ‘para sudar’) es una prenda de vestir de punto, frecuentemente de lanaalgodón o telas sintéticas, la cual cubre el tronco y extremidades superiores. Por su grueso tejido es usado normalmente como prenda de abrigo. Una prenda similar es la sudadera o buzo, deportiva y de malla fina.

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BOTINES (IDEM ALFONSO GROSSO)

Botín1.

De bota2.

1. m. Calzado de cueropaño o lienzoque cubre la parte superior del pie y parte de la piernaa la cual se ajusta conbotoneshebillas o correas.

2. m. Calzado antiguo de cueroque cubría todo el pie y parte de la pierna.

3. m. Arg., Bol., Chile, Ec., Hond., Méx., Nic., Pan., Par. y R. Dom. Calzado de material resistente quepor lo generalnocubre el tobillo y se usa para la práctica de ciertos deportesBotín de fútbol.

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Un botín es un tipo de calzado que tiene la forma de una bota con la caña baja que no llega a cubrir la pierna , sino tan solo el pie y el tobillo.

BOTINES

BISELES DE LOS RELOJES (IDEM ALFONSO GROSSO)

bisel.

Del fr. dialect. bisel, fr. biseau.

1. m. Corte oblicuo en el borde o en la extremidad de una lámina o planchacomo en el filo de una herramientaen el contornode un cristal labradoetc.

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Un bisel es un borde que está cortado oblicuamente (al bies), no en ángulo recto.

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ESTAMEÑA (IDEM ALFONSO GROSSO)

estameña.

Del lat. staminea ‘de estambre’.

1. f. Tejido de lanasencillo y ordinarioque tiene la urdimbre y la trama de estambre.

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La estameña, tradicionalmente, era una especie de tejido, de lana, sencillo y ordinario (del latín staminea, de estambre, por ser de estambre, la urdimbre y trama de esta tela). También se conoce como «lana de estambre».1

En la actualidad, la estameña o etamina (del francés, étamine) es un tejido poco tupido de hilos gruesos, con aspecto rústico, como si estuviera trabajado de forma artesanal.2​ Sin embargo, presenta un tacto rígido propio de las telas con «cuerpo» debido a la alta torsión de las fibras que lo componen.1

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LA VIDA ES PURA SENSACIÓN III


La vida es

El nuevo patrullero MT-21 era una perfecta máquina, de una sofisticada simplicidad, perfectamente blindado podía hacer frente a una turba de gamberros disparando toda clase de proyectiles; su ordenador de a bordo, en permanente contacto con Lucy, era capaz de llevarse en automático a cualquier parte de la ciudad y devolverle a comisaría en tiempo record en caso de emergencia. Esa posibilidad había terminado con el compañerismo en el cuerpo de patrulleros, ahora todos lo hacían en solitario.

A velocidad de código azul-1, una de las más bajas del libro de códigos, el vehículo recorrió lasa desiertas calles. Smyte se fijó en que el sol parecía estar ganando su batalla diaria contra la contaminación que en todas las ciudades del planeta precía una gran burbuja de cristal protegiendo sus perímetros. A pesar de llevar ya dos décadas a nivel verde, los paises más ricos no eran capaces aún de librarse de las terribles secuelas de su etapa de desarrollo contaminante. Esto, unido al cambio climático que el resto de paises pobres, en pleno periodo de desarrollo contamiante, no lograba estabilizar, convertía al planeta en una especie de manzana putrefacta que apestaba a la legua. Los océanos, gigantescas bañeras de desechos, tardarían siglos en ser depurados lo suficiente para que pudieran ser repoblados con alguna especie de pez superviviente nato como los que aún nadaba en los gigantescos acuarios y piscifactorias de los paises ricos.

Smyte recordó la última visita realizada al océano, dos años atrás. Se le ocurrió pasar unos días de vacaciones en uno los los pocos hoteles que aún sobrevivian como casas fantasmales al lado de las playas más de moda unas décadas atrás. Allí el olor era tan espantoso que se vio obligado a utilizar las mascarillas que los hoteles ponían a disposición de sus huéspedes con la recomendación de que las utilizaran con la mayor frecuencia posible. Se acercó a un acantilado y contempló la puesta de sol, por un momento llegó a creerse el protagonista de algún serial de exploración espacial de los que nunca se pasaban de moda. El jefe de la exploración a algún lejano planeta con su escafandra reglamentaria contemplando una hermosísima puesta de sol sobre el planeta muerto.

El resto de planetas, montañas y llanuras entre urbes no estaban mucho mejor. Todo era un basurero maloliente tan solo visitado por científicos locos o aventureros melancólicos enfundados en trajes aislantes. La naturaleza, tal como fue onocida por anteriores generaciones, solo podía contemplarse en los documentales de las cadenas arrendatarias de los canales de la gran pantalla TX-24, pero casi nadie los veía,la nostalgia del pasado era considerada una enfermedad peligrosa. De quedar un rincón virgen en todo el planeta Smyte se hubiera apoderado de él con violencia si hubiera sido necesario, pero en la misma situación se encontraban un grupito de nostálgicos cada vez más recudido. Incapaz de transformarse en un vegetal absorvente  de sensaciones como hacía la gran mauyoría desde sus bunkers, decidió convertirse en patrullero para tener una actividad que le obligara a salir de casa. Eso le producía algunos créditos extra con los que adquirir algo más que la ración usual, alimentos, vivienda y pantalla de TX, que era todo lo que poseía la gran masa. En los paises ricos todo estaba informatiado y robotizado, eran pocas las actividades que un ser humano podía ejercer. Tan solo seguían activos los políticos con sus tejemanejes y campañas lectorales lvirtuales; los cuerpos de seguridad y defensa, los ingenieros informáticos y un recudido grupo de expertos en mantenimiento, unos cuantos científicos locos buscando utópicas soluciones; la gran burocracia sanitaria y sobre todo los guapos mozoos del lSIF, el servicio de inteligencia federal, que cada día se mostraba más activo. Corrían rumores de que un grupito de intelectuales había creado una sociedad secreta con el fin de derrocar al gobierno y sacar a la masa de su incercia intentando ponerla a trabajar en la limpieza y transformación del planeta. Smyte no creía en nada capaz de cambiar el futuro, le bastaba con su actividad de patrullero, subusqueda de documentación sobre un pasado muerto y de vez en cuando la relación amorosa con alguna mujer, de las pocas que aún se atrevían a salir de casa buscando alguna nueva experiencia.

Habían llegado frente al edificio donde tenía que echar un vistazo, el vehículo se detuvo silenciosamente y él levantó sus manos del volante intentando imaginarse lo divertido que debió ser en el pasado conducir en mitad de un tráfico hirviente, sorteando vehículos con precisión. Comunicó a Lucy la llegada y se bajó del coche. Sacó su arma de la pistolera comprobando que todo estuviera en orden. Caminó con un ligero bamboleo hacia la casa. Adoraba las reconstrucciones del antigüo mito del Oeste a que dedicaba su programación las veintricuatro hroas del día el canal 12. Se imaginó como un pistolero avanzando por un pueblo abandonado con sus casitas de madera, viejas y bandonadas, dispuesto a encontrar al bandolero allí escondido. Se rió para sus adentros, todo lo que esperaba encontrar era un cadaver ya putrefacto.

El edifico era de reciente construcción, el nuevo estándar promovido por el gobierno. Seis plantas de material plástico especial contra la contaminación ambiental. Un jardincillo a su alrededor remedando el clásico jardín con unos cuantos árboles, un seto a lo largo de todo su perímetro y algunas flores de laboratorio con las que algún loco científico experimentaba la posibilidad de repoblar basureros. En el quicio de la puerta un portero automático a prueba de bromas con los llamadores digitales y el ojo sofisticado de la cámara de vídeo.

UN CADÁVER EN LA CARRETERA VIII


SEXTA NOCHE

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Antes de cenar él volvió a colocar el termómetro bajo su sobaco. No tenía fiebre. Ella se encontraba bien y quiso cenar a la mesa, con las correspondientes velas y en un ambiente romántico. El sentía curiosidad por conocer mejor a su amante y quiso saber sus aficiones, si le gustaba el cine, qué tipo de música escuchaba habitualmente. Ella contestó con buen humor, antes de cada respuesta exigía un beso.

Ella quiso hacer el amor y él aceptó a regañadientes temiendo que la herida volviera a abrirse. Ella puso pasión, aunque tuvo que refrenarse, porque la herida le molestaba mucho. El actuó como el amante más delicado del mundo. Satisfechos y felices, ella le pidió un cigarrillo y él se lo ofreció con reparos, semejaba una madre cuidando de su hija enferma. Ella se rió tiernamente y se lo dijo así, los dos rieron con ganas.

Siguieron charlando. De repente ella quiso escuchar las noticias y él trajo el televisor a la habitación.  Nada nuevo, la policía parecía perdida, dijo la locutora, muy mona y sonriente.

Ella le preguntó si le gustaba la locutora. El dijo que estando a su lado a una mujer como ella, todas las demás le parecían feas.

-Dime la verdad. ¿Te has enamorado alguna vez?

-No, algunas mujeres me han gustado más que otras; he pasado más tiempo con ellas, he sido más feliz, pero siempre he terminado cansado y aburrido. No buscaré disculpas para este comportamiento; ni odio a las mujeres – ninguna me ha hecho más daño del habitual- ni estoy esperando a la princesa de mis sueños, no me interesan las princesas. Me gustan todas y con todas me lo paso bien… Perdóname cariño, quiero decir que me gustaban, ahora solo me gustas tú.

-Vaya, vaya con el pichoncito. Menudo lapsus mentalis.

-¿Sabes latín?

-¿No te he contado que estudié varias carreras universitarias?

-Creo que sí, pero antes no te creí.

-Puedes creerme, soy una mujer muy inteligente, además de atractiva; habría podido conseguir lo que me propusiera. Pero para todo se necesita tiempo. Quería una vida regalada y la quería ya.

-Por eso te dejaste enredar con malas compañías.

-No existen las malas compañías, solo malas metas. Creo que lo leí en alguna parte. ¿Y tú, pichoncito? ¿No te has enredado en malas compañías?

-No, siempre buenas, muy buenas. Bellas mujeres,
más bellas mujeres…tengo algún amigo, aunque nos vemos poco.

-O sea que yo soy la peor compañía con la que has andado nunca. ¿Verdad, pichoncito?

-Nunca sermoneo a nadie. Bastante tengo con mis problemas, aunque pienso que llevas un mal camino. Ni siquiera la suerte podría salvarte, si continúas en esa dirección.

-¿Y qué me ofreces tú, cariño?

-Sabes…es la primera vez que lo pienso y la primera que se lo voy a decir a una mujer, pero no me arrepentiré nunca de hacerlo. Te ofrezco ser mi compañera, mi esposa, mi amante, lo que prefieras. Cuidaremos juntos de la empresa, viajaremos mucho, ampliaremos horizontes cuando lo deseemos. Disfrutaremos de la vida, en una palabra.

-¿Sabes, pichoncito? Estoy a punto de aceptar. Soy hay un problema.

-¿Cuál?

-Tenemos que deshacernos de esos sabuesos que ahora mismo están husmeando nuestro rastro.

-¿Tienes algún plan?

-Puede, puede que sí… puede que no.

El se sentía muy feliz, pensaba que tal vez ella encontraría la solución al problema. Ella pensaba que tal vez tuviera la solución, aunque eso cavara la tumba de ambos. Ella quiso olvidar en brazos de su amante. El quiso recordar una forma de hacer el amor que no olvidaría nunca.

 

SEPTIMA MAÑANA
CADÁVER CA

Despertaron juntos en el lecho, estrechamente abrazados. El se retiró rápidamente.

-Ya no me duele, mi amor, puedes abrazarme fuerte.

El la abrazó muy fuerte. Hicieron otra vez el amor. Ella gimió tan fuerte que él detuvo su movimiento amoroso para saber si le estaba haciendo daño. Ella contestó con una alegre risa. Esa fue toda su respuesta.

Desayunaron copiosamente, los dos estaban desesperadamente hambrientos. Al terminar ella puso la radio. Fue un acierto no haberlo hecho antes, porque se les hubiera indigestado el desayuno. El conserje del motel estaba en el hospital como consecuencia de una descomunal paliza. Los matones querían saber de una chica. El se resistió y le molieron a palos. Los matones sabían de la chica y de su acompañante, del coche que les había llevado por toda la costa en alas del viento. No existían muchas posibilidades de continuar vivo, para aquel ingenuo mozo que había corrido detrás de una mariposa multicolor, sin saber que en sus frágiles lomos cabalgaba la muerte. Sufría graves lesiones en órganos internos, aunque aún así los médicos no le daban por perdido. Nunca lo hacen, a pesar de que la alegre Parca siempre termina por triunfar.

-Hay que prepararse, no tardarán en dar con nosotros. Te enseñaré a disparar en el bosquecillo.

-¿No haremos demasiado ruido?

-No, tengo un buen silenciador. Solo dispararemos unas cuantas veces, las suficientes para que aprendas lo más elemental y le pierdas el miedo a la pistola.

Ella le enseñó a disparar como lo haría una fría asesina: no dudes, dispara a matar, eres tú o el otro. El aprendió a hacerlo como un tímido cordero, que no olvida su condición, a pesar de que los lobos andan ya muy cerca. Regresaron a la casa y ella decidió que era mejor seguir camino cuanto antes. Esa noche volarían lejos del fuego que ya sentían quemar sus traseros, cuanto más lejos mejor. Ella tenía un plan. El no lo sabía o no quería saberlo.